Revista

Paso de fuego. 2. Una aproximación a un concepto de poesía. Alejandro Aldana Sellschopp

La poesía como conocimiento/ Parte 2

Una aproximación a un concepto de poesía

Alejandro Aldana Sellschopp

para: Luz y Emiliano

David Andrade replantea el concepto de poesía, ¿qué entender por la funcionalidad del lenguaje desde lo propiamente poético? El poema nos presenta un verdadero problema conceptual, el lector se enfrenta a una textualidad que indica su naturaleza poética desde el ritmo mismo de los versos, por la cualidad del lenguaje desde el que se compone y por la metatextualidad, entendida desde una convención que corresponde a la estructura social dada. En estos poemas el lenguaje es transgresor al apartarse de la significación del lenguaje referencial común, por lo que el poema es visto como parte del conocimiento sensible, pero también participa del conocimiento racional. Ya Octavio Paz en El arco y la lira diserta sobre la fuente del poema como conocimiento al decirnos que la poesía es conocimiento, salvación, abandono. Andrade combina con eficacia las dos vertientes, el mundo sensual es parte de su tejido de significación, pero también forma parte el ejercicio del pensamiento, la reflexión, el mundo de las ideas. Sentir y pensar en los versos, dejando su impronta para determinar los ritmos desde su naturaleza fonética. En este poemario encontramos un concepto de poesía como elemento de la consciencia y del lenguaje.

            La poesía forma parte de la cadena significativa de la expresión, y como expresión es una espacialidad surcada por varias posibilidades epistémicas, establece un diálogo desde su raíz literaria y filosófica. Andrade nos dice que el verso en su lenguaje poético no se limita a lo puramente emotivo y evocativo, además lo integra su posibilidad de reflexión lógica. El lenguaje poético es polivalente, no podemos atemorizarlo como verdadero o falso, Ricoeur nos dice que el lenguaje de la metáfora, del símbolo, en general el lenguaje analógico forma parte de la conjetura con respecto a la realidad.

Fotografía: Pixabay.

Universo breve. 6. Codependencia. Damaris Disner

Codependencia 

Dámaris Disner


Picar cebolla nunca fue mi intención; para llorar me bastaba su gélida mirada pero desde hace días se le vaciaron los ojos cuando me vio partir.

Fotografía: Ekrulila.

Polvo del camino. 6. Imagen y espejo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 6

Imagen y espejo*

Héctor Cortés Mandujano

Durante mucho tiempo, en Oriente y Europa las mujeres no se representaban a sí mismas en el teatro. No había actrices sino, en su lugar, actores. La razón, decían, es que quien conocía mejor el alma de las mujeres eran los hombres.

            Sobre esta costumbre se han hecho varias obras. M. Butterfly, de David Henry Hwang, por ejemplo, cuenta la historia real entre el diplomático francés Bernard Boursicot, que se enamoró del actor chino Shi Pei Pu, a quien vio representando a la Madame Butterfly, de Puccini. 

            Las varias heroínas de William Shakespeare (Rosalinda, Lady Macbeth, Julieta…) eran representadas en teatro por hombres jóvenes, llamados “boy actors”. Sobre ese equívoco hay una comedia hollywoodense, Shakespeare enamorado(1998, dirigida por John Madden), donde lo raro es que una muchacha, por amor, interpreta a Julieta como si fuera un hombre disfrazado de mujer. 

            Varios siglos después, para avanzar con pinceladas grandes, Virginia Woolf, en su célebre ensayo Una habitación propia (1929) terminó con la discusión diciendo que los escritores cuando desarrollan su trabajo deben ser ni hombres ni mujeres, sino andróginos. Ella escribió, en atención a su aserto, varios libros dando voz a personajes masculinos: La habitación de Jacobo, Las olas, Los años, Orlando

Hago todos estos prolegómenos porque la breve novela Años de carnaval (Tifón, 2019), de Alejandro Aldana Sellshopp, asume para contar una forma teatral, el monólogo, y porque su narradora, María Luisa Díaz del Castillo, y el personaje a quien dirige su discurso, la tía Maruca, son dos mujeres unidas en la pasión por un hombre.

            Contada en segunda persona y con protagonistas mujeres, una joven y una vieja, la primera influencia que salta es la famosa Aura, de Carlos Fuentes, pero la novela de Aldana parece ubicarse en su natal Yajalón, con sus chismes, los proverbiales abusos de los poderosos y la vida pacata de sus personajes populares, hasta la llegada del nuevo y joven piloto, Fernando Herrera, que desata el amor apasionado en Maruca y María Luisa; la una, vieja quedada, y la otra, de 25 años, que se queda en el pueblo cuando Fernando tiene que huir por haberse enfrentado a golpes con uno de los caciques, don Edelmiro, en defensa de una mujer indígena.

            En esta novela, como en otras del autor, se muestra de nuevo el choque entre los ladinos y los indígenas, si bien desde la perspectiva de una de las favorecidas de la fortuna (la económica, se entiende). Tiene como otras de Aldana, el estudio del pueblo y sus habitantes, la tensión racial, la rebelión, los muertos, que aquí son telón de fondo en la historia de estas mujeres enamoradas. 

            Para juntar más las personalidades femeninas, María Luisa da prestado su vestido de quinceañera para que Maruca se vista de novia, antes de morir en la revuelta, pero los dos destinos parecen unidos no sólo por esa prenda: una y la otra, imagen y espejo, son abandonadas por un hombre y viven solas, encerradas en mentes torturadas por la fantasía de creer que la realidad va a amoldarse a sus sueños.

            Alejandro Aldana ha hecho ya un estilo característico de escritura, ha creado un mundo particular para el trascurrir de sus tramas y es, sin dudas, uno de nuestros narradores imprescindibles. Hay que leerlo. Y Años de carnaval es una, otra de las oportunidades. Aprovéchenla.  

*Texto leído en la presentación de Años de carnaval, de Alejandro Aldana Sellshopp, el sábado 22 de febrero de 2020, en la Casa de la Cultura de Ocosingo, Chiapas.

Fotografía: Fotografierende.

Voces ensortijadas. 5. La ventana del bus. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Quang Nguyen Vinh

La ventana del bus
María Gabriela López Suárez

El clima era frío, las nubes grises cubrían el cielo de la tarde. Amparo subió al autobús que la llevaría con destino a su casa. Buscó el asiento número ocho, se sentó y abrochó el cinturón de seguridad. Corrió la cortina de la ventana y se dispuso a esperar su salida.

Hizo un breve repaso de su día de trabajo, el taller que había facilitado resultó de interés a su grupo de colegas. La lectura y escritura era tarea diaria y lo sabían. Por eso, los resultados del taller se verían a mediano plazo con la redacción de cuentos y poesías que cada participante eligió trabajar.

El camión inició su recorrido, Amparo observó un paisaje diverso en el cielo, por un lado las nubes grises, por otro, el azul celeste con nubecitas blancas. Fue hallando formas en cada nube, una de tamaño grande le pareció un tiburón, otra un perro, una más una rosa, hasta que su vista se posó en el verde de los cerros.

De pronto, la neblina comenzó a cubrir el paisaje y gotas de lluvia asomaron sobre el vidrio de la ventana. Escuchó unas  palabras en alemán y esto la hizo volver la vista al televisor, prestó atención, era una historia que rememoraba los crímenes en Auschiwtz, uno de los campos de concentración y centros de exterminio durante la Alemania nazi.

El naranja resplandeciente del ocaso le llegó de frente a Amparo, esto la hizo contemplar de nuevo el paisaje. Ahora podía apreciar el azul del cielo, la sombra que comenzaba a caer sobre los cerros. La noche fue cubriendo la atmósfera, empezaron a titilar las estrellas y a verse los foquitos de las casas que, de manera dispersa, aparecían en la carretera.

Siguió atenta viendo las imágenes de pequeñas tiendas de abarrotes, artesanías, venta de frutas, perros deambulando cerca de puestos de comida, asomaron también los anafres con elotes asados, las mujeres y niñas reunidas en pequeños círculos.

En un abrir y cerrar de ojos el paisaje se había transformado, ya era de noche. Amparo disfrutaba tanto esos momentos cotidianos al viajar en carretera, por ello, le gustaba ver a través de la ventaba del bus.  

Por un instante cerró sus ojos, imaginó el concierto del canto de los grillos que solía acompañar las noches en el campo. Decidió terminar de ver la película, la trama era muy interesante y aún le faltaba un poco de tiempo para llegar a su destino.

Fotografía: Quang Nguyen Vinh.

Universo breve. 5. Coautoría. Damaris Disner

Coautoría 

Dámaris Disner


Mi gata no sabe de buenos modales ni de horarios. Maúlla afuera de la puerta de mi cuarto, mientras con sus extremidades delanteras la rasga para anunciarme su presencia. Cómo si no lo supiera. Su hora favorita es de una a dos de la madrugada, justo cuando puedo leer un poco. Debo ir al baño a expulsar los miedos que me provoca explorar mis lúgubres certezas en los textos leídos. Al salir del cuarto, como si nada ante la insistencia de dejarla entrar, me sigue para acompañarme. Dejo entreabierta la puerta. Maúlla. Salgo y me rebasa con sus siete kilos de peso distribuidos desde sus orejas hasta su ondulante cola. Me gustaría ser tan segura como ella. Entramos a la habitación. Intento leer de nuevo. De un salto se acomoda entre mis libros, justo encima de ellos. Nada es más importante que acicalarse su pelambre blanco y gris. Debería aprender de su egoísmo. La observo. Se da cuenta. Se detiene. Hojeo la única novela que dejó libre su pesado cuerpo. Es una estrategia para distraerla. Se lo ha creído. O eso me hace creer. Cambia de posición y sigue acicalándose. Vuelvo a perderme en ella. Tengo miedo que un día ya no la veré hacerlo, que los soles de su anguloso rostro se eclipsen para siempre. Como un tatuaje intento conservar su imagen. Emite un breve maullido, parece decirme -Ey, estoy aquí, no me despidas aún. Siento un escalofrío. La dejo hacerse un ovillo mientras el fantasma que se filtra con ella, en este ritual diario de madrugada, me dicta lo que ahora escribo.

Fotografía: Flickr.

Paso de fuego. 1. El mito desde la modernidad. Alejandro Aldana Sellschopp

La poesía como conocimiento/ Parte 1

El mito desde la modernidad

Alejandro Aldana Sellschopp

para: Luz y Emiliano

Encadenados al fuego de David Andrade parte de una consideración fundamental en la historia de las ideas, que el mito es un fenómeno discursivo que se retroalimenta de la poesía. La mitificación forma parte consustancial de los poético, lo filosófico, lo religioso, su origen es en términos del sentido polisémico. Andrade deja muestra clara de ello en su poemario, sus composiciones logran establecer unidades de sentido que pasan por lo puramente poético hasta platearnos verdaderos problemas o cuestiones filosóficas. 

            David Andrade nos refiere que el mito de origen griego está alimentado de una genealogía sostenida en el arte. En Encadenados al fuego se observa al fenómeno mitológico como un entramado de significación abierta, comprende que el mito es un contenedor paradigmático, y gracias a esa naturaleza es posible intentar una nueva reinterpretación desde la mirada moderna. Occidente no ha dejado de mirar la mitología clásica a través de la historia, resignificando sus contenidos. Andrade vuelve la vista hacia dioses y demonios clásicos, busca con profundidad en el alma de hombres, mujeres y héroes.

            En los poemas de Andrade podemos constatar la reapropiación de un mundo lejano, el tiempo y el espacio han dejado su impronta, ahora se actualizan en estos versos. Gottfield Herder que la mitología clásica en sí misma cuenta con una estructura poética que aún se puede utilizar para escribir literatura; pero con la consideración de que se realice mediante una imitación libre. Andrade lo realiza desde esa perspectiva, sin duda su aguda mirada se ubica desde la modernidad, por lo tanto, nos exige una lectura detenida, profunda y activa. 

            En Encadenados al fuego se inserta un discurso que parte de nuevos contenidos lingüísticos para montarse, desde la mirada del montaje como técnica poética, en un campo semántico que tiene su propia dinámica de significación. Philipp Moritz afirma que la mitología debe inscribirse en el lenguaje de la fantasía. Es cierto que la relación que ofrece David Andrade es una mirada secularizada, los mitos han perdido su sentido religioso, ahora se plantean como el constructo de una cultura. 

            Ahora bien, la perspectiva de Andrade está mediada por la filosofía de los románticos, ya que nos presenta al mito como una unidad entre el ser humano y la naturaleza. Por momentos los versos nos hablan de la lejanía de los hombres y el mundo, parece que es imposible que puedan tocarse esencialmente, sin embargo, poco a poco la integración, el retorno a la naturaleza se vuelve a experimentar. 

            Andrade logra contener una posición filosófica con la capacidad de síntesis de la poesía, propone un paradigma frente a las preguntas y respuestas de la propia filosofía. Ahora nos dice que es mediante los mecanismos de la estética como podemos acceder a un mundo nuevo, entendiendo que la obra de arte, como afirmaba Schiller es la única obra de la libertad. 

Fotografía: Shitterphoto.

Polvo del camino. 5. La puerta amiga. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 5

La puerta amiga

Héctor Cortés Mandujano

El hombre, ese es el misterio…

Trabajo en este misterio, porque quiero ser hombre

Citado por Geir Kjetsaa,

en Dostoyevski, la vida de un escritor

Leo dos novelas breves de Fedor Dostoyevski: Noches blancas y El diario de Raskólnikov (Espasa-Calpe, 1990). La segunda es la extensión del clásico Crimen y castigo, y son los hechos y reflexiones de Raskólnikov, después de haber cometido sus crímenes y ocultado la evidencia, pero la primera la escribió Fedor cuando aún no padecía la tortura de la epilepsia, que lo acompañó toda su vida, ni había pasado los terribles años de encierro en la cárcel de Siberia, ni había sentido la desgastante pasión que experimentó por el juego.

            Noches blancas tiene una trama sencilla y ocurre en las calles de Petersburgo, durante cuatro noches y una mañana. El narrador se enamora de Nástenka en las cuatro noches y la pierde en un abrir y cerrar de ojos. Su vida ha sido tan desgraciada que se consuela con aquel instante (p. 86): “¡Dios mío! ¡Todo un momento de felicidad! Sí, ¿no es eso bastante para colmar una vida?…”.

            (Me gusta: una gota de alegría resulta mayor que una catarata de desgracias. En realidad, conozco a mucha gente con la visión contraria: han tenido una vida anodina, más o menos normal, que les daría, si quisieran, para intentar ser felices, pero se hallan varadas/varados en un hecho nimio que las/los hace infelices: un día se fue papá, mamá no me quería, el hombre/la mujer de quien me enamoré me dejó… Fruslerías, incapacidad emocional, disfunción, ganas de sufrir. Una gota de dolor echa a perder un océano de vida. Dostoyevski, según Kjetsaa, su biógrafo, vivió una vida de penurias y no se quejaba: lo pasado, pisado.)

            En el inicio, este pobre hombre (volvamos a Noches blancas), que no tiene ningún amigo, nadie que le consuele, siente amistad hasta por las casas. 

(Aquí debo hacer un apunte local, para que se entienda el punto final que he decidido compartir contigo lector, lectora: Hay países de colores pardos, oscuros, que homogeneizan las fachadas de las casas, los colores de puertas y ventanas. Nunca un verde eléctrico, un rojo pasión, un amarillo chillante. Camina nuestro hombre, pues, por una calle donde las casas se muestran gemelas, uniformadas y, por eso, como redil de ovejas, se sienten parte de un conglomerado: parecidas, similares.) 

Ve una de ellas en su recorrido solitario y piensa que es “su amiguita” y (p. 11) “he aquí que escucho un clamor lastimero: ‘¡Qué me han pintado de amarillo! ¡Qué bárbaros! ¡Qué perversos! ¡No respetan nada!’ ”.

Fotografía: Shitterphoto.

Cotidianidades. Por qué leer. Luis Antonio Rincón García

Por qué leer

Una perspectiva utilitarista y a ras de suelo 

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar la telesecundaria de una comunidad indígena de los Altos de Chiapas. El pueblo se llama Yutniotik, la lengua materna es el tsotsil[1], y la gran mayoría de los niños adquiere sus primeros conocimientos de español al entrar a la escuela. Llegamos ahí para presentar la reedición de uno de mis libros dirigido al público infantil.

Varios alumnos hombres se ofrecieron para realizar una lectura de mi texto en voz alta. A cada uno se le obsequiaba un libro. Al final, cuando ya quedaban menos de la mitad de los libros por regalar, debimos frenar la participación masculina: a partir de ese momento únicamente podían participar las mujeres. Sólo las más jóvenes en ese patio se atrevieron a levantar la mano. 

Curiosamente, los estudiantes de mayor edad fueron quienes más tartamudearon al leer, y me quedó la duda de si realmente estaban comprendiendo la historia. Sin embargo, fueron esos mismos alumnos quienes más interés mostraron por otros libros que llevé en una caja, e incluso me convencieron de dejarles un título que les resultaba interesante: “Te amo mil”. 

Las mujeres otra vez estaban lejos y no hubo manera de lograr que se acercaran. Sólo una de ellas susurró unas palabras en tsotsil, que de inmediato tradujo un chico a mi lado:

—Dice que ellas también lo quieren.

Esa chica, en representación de las demás, se acercó con pasos arrastrados y la mirada baja a recibir el libro “para las mujeres”. 

—Quizá no debería dejar sus libros —dijo ella en un arranque de sinceridad— ¿Qué caso tiene leer?

Una moto escandalosa interrumpió la conversación. Desde que llegamos, unas dos horas antes, era el primer vehículo que pasaba por ahí. Apenas terminó el ruido le contesté:

—Les traigo libros porque leer nos ayudará a transformar la realidad.

Entonces les leí el fragmento de un libro mío, en el que una chica, espada en mano, lucha contra seres de la mitología griega. 

Al final les pregunté a las mujeres qué les había llamado la atención.

—Que una niña sea tan poderosa —dijeron tres, una respuesta que también fue repetida por algunos hombres. 

También coincidieron en que una historia leída sin tartamudeos, aun cuando fuera en español, les resultaba mucho más fácil de comprender. Juntos concluimos que, para leer de manera fluida, no había más que ejercitarse, precisamente, leyendo.  Ese fue el primer punto que establecimos en común: Hay que leer para aprender a leer correctamente y entender lo que leemos

La siguiente pregunta que les hice a estos chicos fue sobre los escenarios. Dijeron varios que sí habían logrado imaginarlos y que no había ningún lugar así cerca de donde ellos vivían. Otro trajo a colación la lectura anterior, que hablaba sobre la selva y no sobre un espacio inventado, y dijo que preferiría visitar ese lugar real. Esa participación me permitió plantear un segundo punto: Leemos para viajar a mundos reales y ficticios, y aún para conocer cómo viven y se comportan personas distintas a nosotros, sin tener que movernos de nuestra casa

Tuve menos suerte ante la pregunta de si habían aprendido una nueva palabra. No las conocían todas, pero no recordaban una que pudiera servirnos como ejemplo. No obstante, y producto de la casualidad, mientras la traductora me presentaba en tsotsil, entendí que no todos recordaban cómo decir el número once en su lengua (desde hace un par de generaciones los números los aprenden en español), así que tomé ese caso para mostrarles que, si no conociéramos números arriba del diez, no costaría mucho explicar que alguien tiene veintisiete ovejas o cuatrocientos mangos. Incluso sería complicado imaginar cualquier cosa que tuviera una cantidad superior a diez. Y nadie puede aspirar a construir o tener lo que no puede nombrar e imaginar. 

Así llegamos a un tercer punto: Leemos para imaginar el mundo que queremos, y para tener las palabras para nombrarlo

Entonces di un salto al vacío. 

Ofrecí algo que no sé si pueda ser totalmente cierto, aunque encerraba en su concepción, al menos, una esperanza. 

Les dije que cuando podemos nombrar e imaginar algo distinto, estamos sembrando las semillas para transformar nuestra realidad y construirla de acuerdo con nuestros deseos, necesidades e intereses. Y si bien imaginar y desear no es suficiente, es también leyendo distintos libros y textos que encontraremos las rutas, las herramientas, las técnicas, para que ese cambio ocurra.  

Es decir: Leemos para transformar el mundoo al menos, para transformar nuestro mundo

Luis Antonio Rincón García


[1] Es una lengua de origen maya que intenté aprender hace ya casi una década, pero me resultó harto difícil incluso por su pronunciación. Sin embargo, apoyándome en el contexto, a veces puedo entender algunas conversaciones. 

Fotografía: Connor Danylenko

Voces ensortijadas. 4. El sabor de la libertad. María Gabriela López Suárez

El sabor de la libertad
María Gabriela López Suárez

Para Andrea, mujer guerrera y amiga.

Esa mañana invernal de fin de semana era bella, el solecito estaba radiante, el cielo azul con sus nubecitas blancas y el aire frío le daban un toque especial. Cecilia había destinado su tiempo para ir al bosque a leer, se sentó en el piso, bajo árboles de pino. Tomó el texto que su colega Felipe le había compartido, era un ensayo creativo, se sintió contenta que le hubiera compartido su borrador del texto para comentarlo.

El viento soplaba fuertemente, se escuchaba el caer de las hojas, de las ramas pequeñas, los árboles se mecían al ritmo de la ventolera. El canto de los zanates acompañaba ese paisaje sonoro. Unas ardillas juguetonas también se asomaron a hacerle compañía, subían y bajaban de los árboles. Por algunos instantes una se posó frente a Cecilia, como observándola, luego siguió su carrera.

Cecilia levantó la vista al cielo, era inmenso, sin fronteras. Recordó la primera vez que fue a un centro de readaptación social femenil, jamás olvidaría esa impresión. El cielo le pareció distinto cuando en algunos puntos la vista se perdía y solo se veían los cercos de la prisión, rodeados por los alambres circulares que sobresalían de las altas bardas. Ese día sintió una opresión en el corazón, se había propuesto no llorar al ver a la compañera que había ido a visitar, no puedo cumplir su propósito. El sentimiento fue mayor y desde ese momento su aprecio por la libertad fue distinto. 

Al salir de ahí Cecilia se llevó un mar de pensamientos y sentimientos, visitar a Luisa le dejaba muchas reflexiones. La vida ahí no era fácil, se podía palpar y percibir, después comprendería que la libertad tiene muchos significados más que simplemente transitar de un lugar a otro. 

Siguió visitando a Luisa, fue compartiendo con ella reflexiones distintas. Con el paso del tiempo Cecilia se percató que aunque llegar y entrar en ese espacio de prisión seguía siendo de fuerte impresión por todo lo que implicaba, la sensación cambiaba cuando charlaba con Luisa. Percibía en ella su fortaleza, su madurez ante la vida, el valor que implicaba para ella la libertad estaba presente en su palabra, en su mirada, esa libertad era para la vida, más allá de las ataduras que podría significar la prisión. Una frase de Luisa le quedó grabada en su corazón y en su mente, romper el silencio nos da libertad.

Pensó la certeza de Luisa al decir esa frase, sobre todo porque en muchas ocasiones no se alcanza a dimensionar los alcances de la libertad y todo lo que implica para las personas. Luisa había alcanzado su libertad más allá de la prisión, eso le había dado la fortaleza para continuar en la lucha diaria hasta obtener la libertad  y salir de ese espacio.

Cecilia sintió con más fuerza el frío del viento, nuevamente vino a su mente que justo era una mañana como  ésa, cuando comenzó su aprendizaje sobre lo que significa el sabor de la libertad. Desde su corazón abrazó en la distancia a Luisa, amiga y maestra para la vida. 

El salto de una ardilla juguetona la hizo volver al presente, continuó leyendo el ensayo de Felipe, la historia la fue atrapando.

Fotografía: Jimmy Chan.

Polvo del camino. 4. El cielo es el mar. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 4

El cielo es el mar

Héctor Cortés Mandujano

Nado en un calmado mar abierto. 

Decido zambullirme y entro en el agua como si fuera mi elemento. 

No necesito respirar y voy cada vez más hacia el fondo. 

Llego hasta el limo suave y busco algo que sé que existe: una entrada hacia el otro lado del mar. 

La encuentro.

Mágicamente penetro, con rapidez, como si estuviera acostumbrado a hacerlo, sin que caiga agua. 

Estoy en el otro lado del mar. 

Hay una soga que tomo y por la que bajo hasta la tierra. 

Entonces veo hacia arriba y me doy cuenta de que el cielo azul es el fondo del mar…

Fotografía: Engin Akyurt.