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Cotidianidades. No pasamos de los diez años. Luis Antonio Rincón García

Cotidianidades…

No pasábamos de los diez años, cuando mi hermano y yo nos retamos para imaginar qué era lo peor que podría haber dentro de una caja. Éramos unos niños del siglo pasado, en esa época hasta los delincuentes actuaban con cierto pudor, y nosotros, viviendo en un entorno pacífico, más que pensar que en objetos capaces de provocar horror, especulábamos con hechizos, maldiciones o plagas desconocidas.

El juego duró varios meses, quizá años, y cuando comencé a crear literatura infantil, recuperé esa anécdota para escribir una historia que se llama “La caja en la estación”, la cuál es parte del libro “Ábrase en noches de tormenta”.

La anécdota principal del cuento es bastante sencilla: una señora llega con una caja extraña a una estación de tren, advirtiendo a quien se le acerque que nunca nadie debe ver el interior. A parte de ella, sólo una persona más ve el contenido. De esa manera se le requiere al lector que participe en la historia, pues debe imaginar qué hay ahí adentro.

El final abierto no les ha gustado a muchos de mis jóvenes lectores, quienes se han acercado a exigirme les aclare qué había ahí, y si bien algunos se despiden elucubrando la probable respuesta, otros se alejan molestos, preguntándose por qué hay seudo escritores que se ponen a escribir cuentos, si luego no van a ser capaces de terminarlos.

Hace poco fui invitado a una escuela primaria donde alumnos y alumnas de quinto grado son consumados lectores. Habían trabajado con mi libro y varios de ellos también sufrieron por el final abierto. La profesora atrapó al aire la inquietud y los retó a construir su propia caja, así como a proponer qué podía ser ese contenido tan temible que nadie debería ver.

Esa mañana tuve el honor de abrir las veintisiete cajas y el privilegio de sorprenderme con cada una de ellas. Hubo quien, por ejemplo, colocó monedas de chocolate, collares, aretes y anillos dorados, los cuales representaban la máxima riqueza universal. Pero entre el tesoro también había una serpiente de oro, cuyo veneno provocaba la ambición sin límites.

Un niño abrió una caja de zapatos para mostrarme los principales males que el ser humano le ha provocado a la humanidad. En las paredes había pegado fotos de las guerras mundiales, de los incendios en Australia, del mar contaminado y también una ilustración apocalíptica de cómo terminaría el planeta si se desatara la tercera guerra.

Otra niña colocó dentro de un huacal un álbum con fotos de niños pequeños. Ella asumía que dentro de la caja en la estación estaban los momentos más dolorosos y tristes vividos por algunos adultos en su infancia, y precisamente por ser tan terribles y hasta vergonzosos, no querían que nadie los viera nunca. 

A su lado, una chica me mostró un frasco precioso con un contenido rosa, brillante. Era el elíxir de la impunidad. 

—Eso no debe tenerlo nadie nunca —me dijo la niña—. Pues quien lo posea, tarde o temprano terminará haciéndole daño a todos bajo la certeza de que no lo alcanzará ningún castigo.

Hubo cajas con pesadillas, con insectos y animales ponzoñosos, otra tenía la intención de iluminar —o quizá deslumbrar— por medio de la insoportable verdad, y también hubo una caja con todos los temores que llega a sentir un niño, nada más que su dueña, incapaz de tolerar sólo lo malo, decidió plantar sobre la tapa un árbol que en cada rama llevaba el antídoto a cada mal. 

Fue una mañana espléndida que me iluminó la semana, pues me dejó la certeza de que, efectivamente, los niños y las niñas están informados de cuanto ocurre a su alrededor, saben hacia dónde debería virar el timón y, sobre todo, ya están construyendo mentalmente el mundo que desean habitar, muy alejado del entorno de violencia en el cual, gracias a los adultos, están creciendo.

Hasta la próxima.

Fotografía: kaboompic.com

Cotidianidades. Por qué leer. Luis Antonio Rincón García

Por qué leer

Una perspectiva utilitarista y a ras de suelo 

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar la telesecundaria de una comunidad indígena de los Altos de Chiapas. El pueblo se llama Yutniotik, la lengua materna es el tsotsil[1], y la gran mayoría de los niños adquiere sus primeros conocimientos de español al entrar a la escuela. Llegamos ahí para presentar la reedición de uno de mis libros dirigido al público infantil.

Varios alumnos hombres se ofrecieron para realizar una lectura de mi texto en voz alta. A cada uno se le obsequiaba un libro. Al final, cuando ya quedaban menos de la mitad de los libros por regalar, debimos frenar la participación masculina: a partir de ese momento únicamente podían participar las mujeres. Sólo las más jóvenes en ese patio se atrevieron a levantar la mano. 

Curiosamente, los estudiantes de mayor edad fueron quienes más tartamudearon al leer, y me quedó la duda de si realmente estaban comprendiendo la historia. Sin embargo, fueron esos mismos alumnos quienes más interés mostraron por otros libros que llevé en una caja, e incluso me convencieron de dejarles un título que les resultaba interesante: “Te amo mil”. 

Las mujeres otra vez estaban lejos y no hubo manera de lograr que se acercaran. Sólo una de ellas susurró unas palabras en tsotsil, que de inmediato tradujo un chico a mi lado:

—Dice que ellas también lo quieren.

Esa chica, en representación de las demás, se acercó con pasos arrastrados y la mirada baja a recibir el libro “para las mujeres”. 

—Quizá no debería dejar sus libros —dijo ella en un arranque de sinceridad— ¿Qué caso tiene leer?

Una moto escandalosa interrumpió la conversación. Desde que llegamos, unas dos horas antes, era el primer vehículo que pasaba por ahí. Apenas terminó el ruido le contesté:

—Les traigo libros porque leer nos ayudará a transformar la realidad.

Entonces les leí el fragmento de un libro mío, en el que una chica, espada en mano, lucha contra seres de la mitología griega. 

Al final les pregunté a las mujeres qué les había llamado la atención.

—Que una niña sea tan poderosa —dijeron tres, una respuesta que también fue repetida por algunos hombres. 

También coincidieron en que una historia leída sin tartamudeos, aun cuando fuera en español, les resultaba mucho más fácil de comprender. Juntos concluimos que, para leer de manera fluida, no había más que ejercitarse, precisamente, leyendo.  Ese fue el primer punto que establecimos en común: Hay que leer para aprender a leer correctamente y entender lo que leemos

La siguiente pregunta que les hice a estos chicos fue sobre los escenarios. Dijeron varios que sí habían logrado imaginarlos y que no había ningún lugar así cerca de donde ellos vivían. Otro trajo a colación la lectura anterior, que hablaba sobre la selva y no sobre un espacio inventado, y dijo que preferiría visitar ese lugar real. Esa participación me permitió plantear un segundo punto: Leemos para viajar a mundos reales y ficticios, y aún para conocer cómo viven y se comportan personas distintas a nosotros, sin tener que movernos de nuestra casa

Tuve menos suerte ante la pregunta de si habían aprendido una nueva palabra. No las conocían todas, pero no recordaban una que pudiera servirnos como ejemplo. No obstante, y producto de la casualidad, mientras la traductora me presentaba en tsotsil, entendí que no todos recordaban cómo decir el número once en su lengua (desde hace un par de generaciones los números los aprenden en español), así que tomé ese caso para mostrarles que, si no conociéramos números arriba del diez, no costaría mucho explicar que alguien tiene veintisiete ovejas o cuatrocientos mangos. Incluso sería complicado imaginar cualquier cosa que tuviera una cantidad superior a diez. Y nadie puede aspirar a construir o tener lo que no puede nombrar e imaginar. 

Así llegamos a un tercer punto: Leemos para imaginar el mundo que queremos, y para tener las palabras para nombrarlo

Entonces di un salto al vacío. 

Ofrecí algo que no sé si pueda ser totalmente cierto, aunque encerraba en su concepción, al menos, una esperanza. 

Les dije que cuando podemos nombrar e imaginar algo distinto, estamos sembrando las semillas para transformar nuestra realidad y construirla de acuerdo con nuestros deseos, necesidades e intereses. Y si bien imaginar y desear no es suficiente, es también leyendo distintos libros y textos que encontraremos las rutas, las herramientas, las técnicas, para que ese cambio ocurra.  

Es decir: Leemos para transformar el mundoo al menos, para transformar nuestro mundo

Luis Antonio Rincón García


[1] Es una lengua de origen maya que intenté aprender hace ya casi una década, pero me resultó harto difícil incluso por su pronunciación. Sin embargo, apoyándome en el contexto, a veces puedo entender algunas conversaciones. 

Fotografía: Connor Danylenko

Cotidianidades. 218. Luis Antonio Rincón García

Cotidianidades (218)…

A veces, en las mañanas frías, cuando el sol irrumpe dentro de la casa y me deslumbra con sus reflejos, recuerdo a mi abuelo Jorge, quien no era mi abuelo de sangre, pero que siempre me trató como a su nieto y me hizo sentir querido, me hizo sentir que tenía en él a un buen abuelo.

En su momento, él, como el sol de estas mañanas invernales, me deslumbró con sus trucos de magia, con las historias que contaba de cuando recorría esas carreteras de Chiapas de mediados del siglo pasado, y con su sonrisa que con enorme facilidad se convertía en carcajada al recordar momentos divertidos o grotescos de su vida. Él me enseñó, sin moralejas ni consignas, que era posible reírse de uno mismo y no pasaba nada, al contrario, esa era una oportunidad maravillosa para sembrar momentos de felicidad.

Eso sí, de frente y con palabras precisas, en medio de sus borracheras me contaba del terrible daño que provocaba el alcohol. Y estando sobrio insistía en remarcar aquello de que  “no hay borracho bonito”. En sus últimos años, además, al verlo sufrir por lo deterioradas que tenía las vías respiratorias, me demostró el daño doloroso que puede provocar fumar varios cigarros al día.

Lo recuerdo caminando sonriente por las calles del centro de la ciudad, con camisas claras y de telas delgadas, con sus pantalones de vestir ligeramente arremangados, como disfrutando cada paseo, quizá recordando las distintas épocas y aventuras que vivió en ese territorio. También lo recuerdo evocando con nostalgia su Mercury de los 40’s, y siempre enamorado de su vocho del 71, que gracias a la tenacidad de mi hermana, todavía circula por estas calles tuxtlecas.

La última vez que lo vi, llegué a su casa para despedirme de él, pues a los pocos días iba yo a emprender un viaje hacia Argentina que duraría al menos dos años. Lo descubrí tan cansado y agobiado por la tos, y a la vez tan desgastado por el tiempo, que al final me arrepentí; no tuve el ánimo de contarle que quizá ese fuera el último abrazo que nos daríamos. 

De todas maneras yo se lo di con fuerza, apretado, dándole las gracias en silencio y a la vez deseándole un buen camino, y cada vez que lo he vuelto a soñar, por alguna razón dentro de mi sueño yo sé que ya no anda entre nosotros, y aprovecho —consciente de que son instantes oníricos— para contarle que fue un honor ser su nieto.

Hoy, mientras descansaba unos minutos en una mecedora y disfrutaba el aire frío de la mañana, de pronto me acordé de mi abuelo Jorge, quizá porque por unos segundos me deslumbró el sol al rebotar contra una pared blanca, o tal vez porque a su modo, es decir, sin aspavientos y sin decir una palabra, también me enseñó que se puede ser feliz cualquier mañana del año con tan solo una taza de café hecho con cariño, con un poco de silencio y con una laguna de recuerdos en la cual puedas sumergirte así sea por un momento.

Hasta la próxima.

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