Polvo del camino. 121. Los días de Scherezada. Héctor Cortés Mandujano

Evocadas páginas de otro libro/VI
Los días de Scherezada

Héctor Cortés Mandujano

Me saca de quicio con sus historias de topos,

de hormigas, del encantador Merlín, de dragones

peces sin aletas, grifos de roídas alas, cuervos en muda,

leones yacentes, gatos rampantes y otras mil extravagancias.

La noche pasada me tuvo nueve horas por lo menos

enumerando los nombres de los principales demonios y sus adláteres

William Shakespeare, en Enrique IV, primera parte
 
El rey Schahriar estaba harto de ordenar el asesinato de mujeres. Su primera esposa lo había engañado, él lo había descubierto palpablemente, y desde entonces se casaba, poseía a la mujer en turno en la noche de bodas y luego la madrugada marcaba la ejecución de la muchacha desflorada. ¡Qué saqueo del jardín de la belleza! No era óbice que, ni para el sexo ni para la muerte, a ellas no les tomaran consentimiento.
	Era difícil, a veces, deshacerse de la joven de boca dulce; de aquella cuyas caderas parecían una invención prodigiosa; de la otra de pechos opimos; de ésta, la de ahora mismo bajo su cuerpo, de movimientos fantásticos. ¿Quedarse con ella? ¿Y si también lo engañaba? La esposa infiel había fingido amarlo sin dobleces. Maldita sea. 
	—Que la maten.
	Durante un tiempo el rey sintió un especial placer mórbido al saber que este cuerpo fresco, este suave perfume, esta vagina recién estrenada, sería, horas más tarde, no más que un cadáver. Sentía su poder al máximo. Una doncella sacrificada a su sexo, como si ello fuera la máxima distinción, la última puerta. Vienen a mí y luego no les queda más que morir.

El hombre es animal de hábitos: quiere comer a ciertas horas, conversar con amistades, con afinidades electivas, disfrutar del goce erótico en distintas camas, beber líquidos embriagantes, consumir drogas que lo saquen de la cotidianidad, pero quiere, al final, después de todas las actividades crápulas a las que le lleve el desenfreno, llegar al seno amoroso de una mujer que lo quiera y lo conozca más que nadie. Recargar allí su cabeza y en esa almohada soñar que la vida es algo más que un cuerpo que suda, come, traga, hace el amor. El hombre quiere repartir su tiempo en el putero más sucio, de noche, y en el hogar purísimo, de día. Necesita errar por la noche de vicios, pero quiere a la esposa fiel en casa, a la mujer como vestal irrenunciable.
	A eso aspiraba el rey. Por eso, cuando Scherezada se ofreció como su esposa, a sabiendas del fin boreal, el hombre poderoso se relamió los bigotes y sintió el principio de una erección. Una víctima propicia, una mujer que sabía que por retozar un rato a su lado pagaría con la noche eterna. Las mujeres previas lloraban, en ocasiones, mientras él las poseía; o hacían notoria la desesperación por consentirle sus caprichos, por rebajar su dignidad, por lamerlo completamente para salvar la vida. Siempre él las elegía y hasta ahora se encontraba con una voluntaria. 
        —Tal vez sea muy fea, pensó.
	Scherezada tenía unos ojos que parecían cerca de la lágrima, cerca del placer; una boca de labios delgados y unos dientes maravillosos. Su risa era deslumbrante, su voz llena de inflexiones. 20 años. Carne suave y ágil, buena grupa.
	Se celebraron las fiestas recurrentes y el rey la llevó hasta su lecho. Ella le dio un beso apasionado, que lo puso a punto:
	—Bien mío, le dijo entonces, te pido posponer este encuentro que he soñado tantas veces, porque mi hermana menor no puede dormir si yo no le cuento una de las historias que bullen en mi mente.
	El deseo pospuesto se escancia mejor, lo sabía, y accedió a la petición. Entró la adolescente y su ya ahora esposa comenzó con una historia que lo dejó subyugado. Cuántas sugerencias en la voz, qué suavidad de ademanes, cuántos caminos de la historia. No se dio cuenta de la hora, del desvelo. Llegó la madrugada. ¿Cómo matar a esta mujer que era una hipnótica maga de la palabra, y que, además, todavía no poseía? Le otorgó licencia de vida por un día más.
	Lo mismo sucedió con la noche siguiente y la siguiente. A la séptima, luego que se hubo ido la hermanita, el rey, aunque cansado, desnudó a Scherezada y ésta bailó a horcajadas sobre su vientre; mientras la poseía le contó una historia sobre cómo el pene real, transformado en pájaro de encantos, entraba en una cueva donde le esperaban muchos misterios, infinitas aventuras. El rey oía arrobado el relato, mientras empujaba y jadeaba; no quería explotar para no interrumpir lo que la mujer decía en su flexible voz. No pudo más. Se sintió morir. La mujer, al oído, le dijo sibilina:
	—Te esperan mil y una noches mejores que ésta.
	El rey dormía de día. En la noche escuchaba el cuento dicho a la hermana menor, una adolescente menuda y silenciosa, y por las madrugadas gozaba con las historias que esta bruja del lenguaje le contaba sobre sus propios ejercicios eróticos, a los que ya se sabía esclavizado.
	La gente en su demarcación vivía una vida donde no se notaba la presencia de la autoridad, salvo en los casos de delito flagrante. El vértigo imaginativo de Scherezada y su sapiencia en materia de cama tenían al rey en una cápsula de tiempo y espacio donde nada más importaba la historia nocturna y el sexo de madrugada.

Hubo que ocuparse de asuntos oficiales y oyó únicamente la historia nocturna. Renunció al sexo, por un par de días, con la dificultad con la que un alcohólico rechaza la botella que le ofrecen. Comió con su mujer y durante la comida ella le contó la historia del platillo delicioso, de las frutas exóticas y del vino que degustaron al final. 
	En el día siguiente le fabuló sobre el ropaje que vestían y la silla alta desde donde el rey daba órdenes irrevocables. El hombre había tornado casi a la mudez, pues uno de sus vicios era escuchar a esa mujer que parecía ser dueña de las palabras exactas, de la fantasía intensa, del origen inventado de todas las cosas.
	Cuando de nuevo retornaron al sexo, en una madrugada, el rey sintió tal explosión de placer que para pagarlo decidió testar en favor de Scherezada sus bienes materiales, el oro inconmensurable del que era propietario. Pensó varias veces, incluso, que podía morir al tocar el paraíso del orgasmo y que ese era el mejor reinado que hombre alguno pudiera tener.
	En ocasiones, cuando se retiraba a descansar a su rico aposento de almohadones de plumas, perfumes delicados y velos sutiles, Scherezada le cantaba canciones venidas de algún confín desconocido, con una garganta que parecía tener anidadas voces de pájaros prodigiosos. Su mujer le rodeaba, le circundaba en vigilia y sueños, en día y noche.

Pasaron los años. El rey ya no era tan joven y su cuerpo resentía con mayores achaques las desveladas. Se le demandaba más sobre asuntos de estado, algunas rebeliones esporádicas, cuestiones de hacienda. En Scherezada también empezaban a notarse los daños del tiempo. Su voz ya no alcanzaba todos los registros y a veces desafinaba; los cuentos no siempre lograban el suspenso perfecto, el final redondo. El rey ya no estaba tan dispuesto para el sexo y ella, en algunos momentos, parecía perder la compostura. Y llegaba a los gritos, al llanto y a las reclamaciones.
	No fue fácil para el rey llegar a la decisión. Quería paz, quería volver a dormir a pierna suelta, se sentía fatigado, enfadado de tanta cháchara verbal, de tantas demandas sexuales. Quería regresar al tiempo en donde un vaso era sólo un vaso y no una historia interminable. 
Cuando el verdugo levantó la cimitarra, a Scherezada se le ocurrió un magnífico cuento sobre las armas. Y se le quedó atrapado en el cofre del cráneo; en la cabeza, recogida en un cesto de holanes rosas, de donde había brotado un innumerable río de historias locas. Se le enterró con todas las pompas oficiales. 

[En el original de Las mil y una noches, al final, el rey Schahriar y Scherezada siguen casados y han tenido tres hijos. El hermano del rey se casa con la hermana de Scherezada. Todo queda en familia.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 121. 15 metros, 3″, 8/8, 16 milímetros. Héctor Cortés Mandujano

Apunte de oído/ 8
15 metros, 3", 8/8, 16 milímetros

Héctor Cortés Mandujano

Este mundo es un atajo

el sufrimiento es un traje,

que siempre viste el de abajo

León Chávez Teixeiro, en «Adela Fernández»
Son tres largas canciones las que vienen a mi mente cuando pienso en León Chávez Teixeiro (Ciudad de México, 1936): “Cipriano Hernández Martínez” (un traidor a la huelga. Le dice su patrón: “Te aumentaré tu jornal, sin me señalas muy bien quién me va a alborotar”, y señala a Juvenal, a quien matan), “Mujer, se va la vida, compañera” (una crónica minuciosa acerca de los trabajos infinitos en el día a día de las mujeres pobres: “Se va la vida, se va al agujero, como la mugre en el lavadero”) y, la que más me impactó, desde el título, cuando la oí hace muchos años: “15 metros, 3”, 8/8, 16”. 
          Las tres están en las reformulaciones que, como homenaje, hicieron cantantes cómplices (Guillermo Briseño, El David Aguilar, Francisco Barrios,  Gerardo Enciso…) en el disco “La chava de la Martín Carrera” (Wikipedia dice que el disco fue editado en 2010, Spotify que en 2020). Son 25 canciones. “Cipriano…” la canta Roberto González, “Se va la vida…”, Los Morales y Óscar Chávez, y “15 metros…”, Nina Galindo, es decir, cantantes como él: marginales, libres, inconformes, varios muertos, varios participantes del movimiento rupestre de los 70: Rafael Catana, Emilia Almazán, Roberto González, Nina Galindo… Por supuesto, si no se les ha oído hay que conocerlas con la voz del compositor, plena de humanidad, de emociones concentradas. 
          León tuvo una infancia difícil y comenzó muy joven como músico callejero, y también como acompañante de movimientos sociales (fue militante del Partido Mexicano del Proletariado), lo que se refleja muy claramente en sus canciones.
         “15 metros, 3”, 8/8, 16” cuenta paralelamente varias historias que le están pasando a un obrero: una lámina que le corta cuatro dedos/ una chava que lo cortó; el dolor por la herida física, el dolor por la herida de amor… La canción enlaza la fiebre por las dos cosas, la ayuda del líder sindical para que el patrón no lo despida y al final, lo que me parece lindo, el reconocimiento de que la mujer se ha ido, no va a volver y pueden ser amigos, compañeros, en la trasformación de la pasión al amor y luego a la amistad. Comparto contigo lector, lectora, algunos fragmentos significativos de esta gran rola.
          Dice en su inicio: “15 metros, tres pulgadas, ocho octavos, 16 milímetros de espesor, y la lámina corrió, resbaló como navaja, en mi mano se detuvo, cuatro dedos me cortó, igual que me hiciste tú. Recordé cuando te fuiste, tu mirada dura y fría, me empezó a dar calentura, repetiste un seco “no”. Unos compas me atendieron… […] el patrón está molesto, pues la banda se paró. Me cortaste de tu vida”.
Consigue un mes de incapacidad, algo de atención médica: “Las heridas me dolieron, casi tanto como tú, casi tanto como tú”.
         Pasan los días. “Ya mi mano se curó, tu figura no he olvidado, tú me echaste de tu lado, eres libre y tu sentir no se arrima a mi costado, 15 metros, ocho octavos”.
	Pasan el accidente, el dolor (que incluye la cortada de la mano, la cortada del amor) y llega el equilibrio: “La ternura de tu risa, la recuerdo mi querida María Luisa. En tu vida hoy tan lejana, me daré por bien servido, compañera combatiente, si recuerdas al amigo, me visites por mi casa, te daré un café caliente”.
	León Chávez no tiene muchos discos (una decena apenas) a sus 86 años, ni mucha difusión. Hay canciones suyas que, me parece, deben seguirse oyendo.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»

Polvo del camino. 120. Matar un caballo. Héctor Cortés Mandujano

Matar un caballo

Héctor Cortés Mandujano

Ya no vuelve a mi pesebre mi fiel caballo,

no vuelve, no

Francisco Brancatti, Carlos Gardel y José RAzzano en «El bayo», pero en la versión corrido de Antonio Aguilar


He visto tres películas de Chloé Zhao: Nomadland (2020), su tercera cinta, una auténtica maravilla que ganó el Oscar merecidamente, El jinete (The Rider, 2017), su segundo largometraje, que me dejó impactado, y Eternals (2021), que es una historia de Marvel y con una de superhéroes, digámoslo suave, es difícil hacer arte. Sólo ha hecho cuatro pelis. La primera, de 2015, Songs My Brothers Taught Me, aún no he podido encontrarla. 
	Esta guionista y directora china, nacida en 1982, sabe lo que hace. En el caso de El jinete mezcla lo que parece una película contemplativa –el protagonista ha sufrido un accidente en su labor de jinete de rodeo y ya no podrá seguir su sueño– con el documental, porque los espléndidos actores de la cinta son los verdaderos seres humanos a los que sigue su cámara amorosa, reflexiva, poética. 
          Brady Jandreu, Tim Jandreau, Lilly Jandreau y Lane Scott (quien quedó sin habla y casi sin movimiento, por un accidente en su carrera de jinete de toros) se interpretan a ellos mismos y lo hacen con la convicción que rara vez se encuentra en los actores profesionales. Qué grado de naturalidad, qué manera de trasmitir emociones tan genuinamente. Qué gran artista es Chloé Zhao para lograr que la vida parezca una película y al revés.
          La escena que estuvo a punto de quebrarme es cuando Brady encuentra a Apolo, el caballo que ha domado y al que adora, herido de una pierna. Sabe que tendrá que matarlo, porque el equino no podrá vivir con esa herida. Lo intenta y no puede hacerlo. Tiene que venir su papá a darle el tiro mortal. Terrible escena.

Mi papá amaba los caballos y yo, tal vez por su ejemplo, también los amo. Dejé de estar con ellos desde la infancia, que me volví gente de ciudad, aunque, lo he escrito varias veces, recuerdo sus ojos nobles, sus resoplidos, los gestos de sus hocicos, sus modos de ser conmigo. Siempre tengo un caballo corriendo por las montañas de mi alma.
	Tendría seis-siete años cuando cayó por las tierras de nuestra finca la encefalitis equina y se murieron varios. Mi padre era charro y sus caballos eran enormes y bellos. Uno de ellos se acostó en el campo a morir. Mi papá llegaba a verlo y le daba comida, agua, medicinas. Cuando supo que no se salvaría, lo mató de un balazo. Sufrieron los dos esa muerte.
	Mi padre, como un corrido de caballo, era cantador. Un día, pasado poco tiempo del suceso doloroso, nos tenía abrazados, acostados en la cama, creo que a mi hermano Hernán y a mí, y nos cantaba el “Corrido del caballo bayo”, que cuenta la enfermedad, la agonía y la muerte de un cuaco.
	Apenas recuerdo (no lo olvido, porque me lo han recordado muchas veces en mi vida) que en cierto momento de la canción me puse a llorar. Tendría unos seis años de edad. Mi papá interrumpió alarmado la canción y me dijo: “Hijito, ¿te sientes mal, por qué lloras?”. Yo contesté con la sinceridad infantil del caso y casi todos, salvo mi papá, estallaron en carcajadas: “Lloro por la canción”.
	A ese momento de mi vida me llevó El jinete, de Chloé Zhao. Gran película.

[PD. Aunque, dada su antigua data, la composición de “El bayo”, como se llama originalmente, ha sido motivo de polémica, en especial porque uno de los compositores es el gran cantador de tangos Carlos Gardel y no se ha hallado, creo, ninguna grabación con su emblemática voz. Si hay en Youtube una versión, de 1928, de Ignacio Corsini. Sin embargo, de quién sea, es notable la adaptación que se hizo para que Antonio Aguilar la convirtiera en el célebre “Corrido del caballo bayo”.]


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Polvo del camino. 119. Mucha sed. Héctor Cortés Mandujano

Mucha sed

Héctor Cortés Mandujano

Todo cambió. Spisil k’atbuj (Ediciones El Animal, 2006), de Josías López Gómez (Cholol, Oxchuc, 1959), es un libro de siete cuentos bilingües –tseltal-español– bien escritos, bien tramados y, lo digo con relación a lo que decía en mi columna anterior, con muchas y directas alusiones sexuales. 
	En “El cazador” un hombre sale de casa y de caza; dice (p. 20) “fui leyendo el paso del animal en cada hoja rota, en cada hoja aplastada”. Falla, vuelve y encuentra a su mujer con un amante. Los oye hablar (p. 21): “Espera, espera, quiero orinar –dijo su acompañante”. La mujer: “No salgas, hay un agujero en la esquina, ahí orina mi esposo”. Cuenta el cazador: “Me moví con cuidado a la luz de la luna, su verga dura y gruesa soltó un chorro de orina, me dio coraje, la agarré fuertemente. Saqué mi cuchillo, se la corté de un solo tajo”. Se va, cuando de nuevo vuelve pide a su mujer que haga tortillas y le ofrece a ella un trozo de carne asada, que ella come. Después pregunta (p. 24): “¿Qué me diste de comer?”; “La verga de tu querido –contesté”. La mujer muere de no comer y de tanto tomar agua: “La verga de un hombre es caliente, salada, provoca mucha sed”.
	En “La mujer de huipil”, Catarina trata de complacer poniéndose un vestido que Juan le compró, en lugar de su huipil. No puede (p. 45): “No es posible, mi huipil me acaricia, me refresca. Este vestido no está hecho para mí: me rechaza, me hiere”. Él ha renunciado a la ropa y costumbres de su pueblo e, incluso, anda con una mujer que no es de su raza (p. 47): “una kaxlan de cara blanca y nalgas suaves”. Juan trata de volver, Catarina no lo acepta. Lo vio venir (p. 49), “suspendió su trabajo, se levantó con el machete del tejido en la mano, ¡pum!, le asestó un golpe en la cabeza”. Le da otros sin ver y Juan (p. 50) “se perdió entre las matas de la milpa para nunca volver, su perro se fue ladrando tras él”.
	En “K’atimpak, el reino de los muertos” se muere la mujer de Andrés y éste se va a buscarla al más allá. Ahí se encuentra con (p. 64) “pajk’inte’, la hembra que tiene dos sexos, de hombre y de mujer”, y ella lo toma o se deja tomar como condición para llevarlo con su mujer. Camina y se encuentra con un informante de Jun Kame, “padre y soberano del inframundo”, quien le pide que le traiga leña con una mula. Andrés avanza y oye a unas mujeres platicando en el río, mientras lavan ropa. Una dice (p. 67): “Yo soy una perniabierta, me emociona ver la verga de mi amante, la agarro, gozo cuando está a punto de metérmela”. A Andrés le piden que no revele lo que acaba de contar a su padre y es castigado (p. 72): “No pudo vencer el poder de Jun Kame, enfermó, a los pocos días murió”.
	Los cuentos de Josías no se consumen con la anécdota: hay en ellos profundidad, conocimiento, capacidad de trascendencia. Algo de él había leído antes, pero este libro me parece un volumen absolutamente recomendable, capaz de sostenerse por sí mismo, con la poderosa fuerza imaginativa y la inteligencia del autor. Me encantó.
	“Todo cambió” es la historia de un maestro que llega a un pueblo indígena y un padre que manda a su hija a estudiar (p. 112): “Mi hija María, con sus chichis virginales, estaba convirtiéndose mujer, no se hallaba lista para el comal, la metí a la escuela”. El maestro Priciano la viola y ella queda embarazada. Dicen al padre que no puede vengarse porque los ladinos arrasarán el pueblo (p. 123): “Los kaxlanes han hecho difícil nuestra existencia. La escuela no se cerró, pero nació desconfianza. Priciano se fue a la semana, mandaron otro maestro. Los padres no registraron a sus hijas, algunos hasta vistieron de niñas a los niños para que no asistieran a la escuela. Todo cambió”.
	En “Algo diferente” José trata de enamorar a Hortensia, ella lo rechaza porque, según la costumbre sus padres deben elegirle marido. Al final ella cambia y lo acepta, a sabiendas que tendrán que remar contra corriente (p. 143): “Así como el bosque se acaba, el río se seca, nuestra costumbre empieza a tomar otro cauce, corre y cambia en algo diferente”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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nosotros, que él es…»

Polvo del camino. 118. ¿Por qué así vine en este mundo? Héctor Cortés Mandujano

¿Por qué así vine en este mundo?

Héctor Cortés Mandujano

Primero gozo y después puro llorar, puro tristeza

Rosa Caralampia
Hace años, en uno de mis tantos talleres de escritura creativa, tuve como alumnas y alumnos a incipientes escritores indígenas. Me llamó la atención que en sus trabajos sólo hablaran del pasado y omitieran cualquier referencia sexual. Se los hice ver con dos preguntas retóricas: ¿Nada pasa actualmente en sus pueblos? ¿No existe el deseo, la pasión sexual entre ustedes? 
	Después leí Rosa Caralampia y otros cuentos (Coneculta-Chiapas, 2002), de Delfina Aguilar Gómez, quien, por cierto, lo aclaro, no estuvo en mi taller, y que habla de hechos recientes y, más raro aún, de sexualidad femenina. El título es un error evidente, que corrige la portadilla, porque no se trata de cuentos, sino de la Historia de una mujer tojolabal, con traducción de David Ruiz Aguilar.
         Rosa Caralampia cuenta su vida a Delfina. Dos hechos tremendos de su infancia, dichos con naturalidad: su madre murió y su padre la vendió a unos señores que querían hijos. ¿Por cuánto? (p. 21): “La verdad, mi papá dice que tres pesos, pero ellos dicen que treinta pesos, saber cuál es la verdad”. 
	La trataban mal, por supuesto (p. 29), “como de por sí me compró como un su animal, un su cuch”. Luego le vino su “xuxil” (suciedad, menstruación) y le crecieron los pechos. El viejo, como llama a su dizque papá, la intenta violar. No se deja. Pero el Carmelino, un hijo de los viejos, sí lo consigue (p. 35): “No se lo vayás a contar a nadie, porque si no, te voy a matar. Sólo entre nosotros va quedar”. El Carmelino a veces se pone romántico (p. 39): “Sentí una cosa yo con él, me ‘garró y me besó y yo también lo recibí su beso. Después de eso empezamos a acostarnos más seguido”.
	Queda embarazada y el Marcelino reconoce que el niño es suyo, tal vez por la amenaza de Rosa Caralampia (p. 43): “Si lo negás, eso sí, cuando yo salga de aquí te voy a mandar matar”.
	Dice Delfina (p. 45): “Yo le dije a la Rosi, pues una parte a lo mejor que gozaste bien con el muchacho, porque eran joven; él joven, tú joven.
	“–¡Sí, pues!
	“Ahí nos reímos bastante Rosi y yo.”
	Nace el niño, vuelve a la casa de los viejos y con el Marcelino, quien (p. 51) “seguía como mi marido, nada más la vieja me compraba pastilla para que yo no me embarace ya. A lo mejor de tanta pastilla que tomé ya no me quedaba embarazada después. Porque siempre he tenido mis hombres, pues, para qué te voy a negar”.
	Se pelea con la señora y la echan de la casa. Se quedan con su hijo. Peregrina en varios empleos de sirvienta y cambia de novios. El siguiente, el Antonio (p. 61), “es un soldado que conocí, es de Oaxaca”. Era casado (p. 63): “Me ofreció matrimonio, pero ingrato el maldito, de balde me engañó”.
	Lo olvidó pronto (p. 63): “Encontré otro hombre que no tenía mujer, estaba bien guapo, grande, es rico, me llevaba en su rancho y montábamos caballo”.
	Anda con algunos más y se casa con uno (p. 69): “Me casé con el maldito. Me pega, me hace lo que quiere. […] Toma mucho trago, cuando toma mucho… me empieza maltratar, me pega, pero soy casada. ¿Qué hago? Soy casada”. Y más (p. 73): “Orita estoy embarazada, me embarazó ese maldito hombre”.
	El primer hijo sólo la busca para pedirle dinero y el marido la maltrata. Una de sus patronas le ofrece llevársela con ella a la Ciudad de México, y se va (p. 79): “Desgraciadamente nunca tuve un hombre bueno”.
	Delfina escribe unas notas finales (p. 97): “No he sabido más de ella, sé que está en México y que ya va a nacer su hijito ahí por agosto o septiembre. Pues está bien, cada persona tiene su deseo cómo va vivir”.
	Tal vez, allá, algún hombre le haya salido bueno. Ojalá.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina lo que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»

Polvo del camino. 117. El parque de las niñas, los niños y los animales perdidos. Héctor Cortés Mandujano

El parque de las niñas, los niños y los animales perdidos
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Doña Gonzala se despertó sola en su lujosa recámara y no tocó la campanita con la que solía llamar a su servidumbre, porque vio que su servicio de té ya estaba puesto sobre uno de sus burós. Su tercer marido dormía en otra habitación del palacete. Tenía un hijo de ocho años al que encontró cuando bajaba por la anchísima escalera de mármol. Le llamó la atención verlo haciéndose el chistoso, en una posición de congelamiento: la boca abierta, una pierna levantada para dar un paso. Pasó de largo. 
	Gerardo, albañil, volvió a su choza cuando la tarde comenzaba a volverse oscuridad y se halló con su hijo sentado a la mesa, sin hablar, sin moverse. Le tomó el pulso: estaba vivo y era al mismo tiempo una estatua.
	La niña sin nombre vivía en la calle y se la halló, sin movimiento, parada en la esquina. Alguien buscó saber si estaba muerta y no: respiraba débilmente.
	Y luego se halló que un oso, un perro, un gato, un venado, varios animales dejaron de moverse, sin morir.
	Quién sabe quién fue el primero o la primera en llevar a un niño al parque. O tal vez ocurrió que el infante allí se hubiera convertido en escultura viva, no se sabe. Pareció una gran idea. Otros lo hicieron y el parque se comenzó a poblar de niñas y niños vueltos estatuas de carne y vida. Luego alguien llevó al primer animal, al que siguieron muchos.
	No hubo explicación racional que arrojara luces a esta inmovilidad súbita, que, además, parecía haber vuelto innecesario el alimento y por tanto los desechos de los cuerpos que científicamente tenían la misma vida que cuando caminaban, brincaban, jugaban. Los ojos podían ver, las narices oler, las bocas descifrar los sabores… Nada, salvo el movimiento total, había cambiado.
	Los barrenderos del parque cuidaron de que los cuerpos de niñas, niños y animales no se cubrieran de hojas y polvo, o se volvieran refugio de bichos, nido de pájaros. Se cuidó proteger los órganos expuestos (bocas, hocicos, ojos), abiertos, con un material exprofeso que no lastimaba e impedía la entrada de cualquier materia que pudiera dañar al conjunto de piezas animales y humanas estáticas. 
         Al final, ahora mismo, ese parque es uno de los atractivos turísticos de aquella ciudad con niñas, niños y animales que sólo un tiempo estuvieron a la intemperie. A alguien se le ocurrió la idea de construir un edificio de cristales para protegerlos del posible ataque de depredadores y quedaron encerrados.  Se puso un horario de visita, aunque siempre se ve a gente pegada al muro trasparente, mirando el espectáculo mudo.
         Algunas madres, algunos padres han hecho paraguas improvisados para que no les dé el sol; también hay algunas, algunos, que los cambian de ropa con frecuencia. A veces los regresan a sus casas, aunque luego de nuevo los vuelven habitantes del parque, para que, eso creen, no se sientan solos.
	No se sabe a quién se le ocurrió el nombre, políticamente correcto, de “Parque de las niñas, los niños y los animales perdidos”, pero la autoridad elevó la ocurrencia a la placa metálica que nombra el lugar. Se piensa que se han perdido por un tiempo, que se fueron quién sabe adónde y no se sabe cómo ni cuándo volverán…


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Polvo del camino. 116. Palabras que arden. Héctor Cortés Mandujano

Palabras que arden

Héctor Cortés Mandujano

 
Dicen en el prólogo Marisa Trejo Sirvent y Socorro Trejo Sirvent, que Al filo del gozo. Antología de poesía erótica (Editorial Viento al hombro, 2007), que prepararon juntas, es resultado de una convocatoria por Internet que, evidentemente, rindió muchos frutos porque hay en estas páginas poetas de Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, El Salvador, España, Guatemala, Honduras, Italia, México, Nicaragua, Perú, Puerto Rico, Uruguay, Venezuela. 
	Tomo algunos versos que me atrajeron para compartirlos contigo lector, lectora.
	Escribe Dina Posada (San salvador, El Salvador, 1946) en su breve poema “Gitana” (p. 77): “Curiosa me inclino/ para leer tu sexo/ y auguro/ el gozoso porvenir/ que te aguarda”.
	Silvia Elena Regalado (San Salvador, El Salvador, 1961) dice en “El buen libro” (p. 81): “Un buen libro/ es como vos./ Podría pasarme/ un domingo completo/ leyéndote la piel/ y amanecer el lunes/ con la necesidad/ de volver detenidamente/ a leer/ desde/ el/ principio”.
	De Ángela Reyes (Jimena de la Frontera, Cádiz, España, 1946) tomo un fragmento de su poema “Hay mujeres que nunca se asomaron” (p. 90): “Muérame/ si nunca más he de besarte,/ si no puedo sorber/ la música que llevas en los labios”.
	Carmen Rubio (Purullena, Granada, España, 1948) dice en las primeras tres líneas de su poema “Cartas breves para un desconocido” (p. 94): “Hay noches/ en que apago la luna y a hurtadillas/ reconstruyo tu cuerpo”.
	Dice Beatriz Villacañas Palomo (Toledo, España, 1964) en un fragmento de “Increíblemente desnudos” (p. 100): “Increíblemente desnudos/ y fieramente ángeles/ fuimos hacia la noche en que los cuerpos/ tuvieron sed y se encontraron”.
	Silvia Faravetto (Venecia, Italia, 1977) escribe en un fragmento de “Hombre: vuelve adentro de tu madre” (p. 124): “Quiero sentirte morir jadeando adentro de mí,/ abrazado,/ agarrado,/ para no ahogarte. Hombre de carne,/ mi amor es caníbal. ¿Te volverás tú también de papel?”.
	Tal vez el poema que más me gustó es “Taller”, de Leticia Herrera (Monterrey, Nuevo León, 1960), que comparto completamente (p. 162): “El muchacho me muestra sus poemas/ yo digo los leeré con detenimiento/ pero pienso en la turgencia de su piel/ lo veo yaciente mientras cabalgo/ sobre sus dudas poéticas con desaliño/ el uso de tus adjetivos es perfectible/ y te sugiero revises los adverbios/ el muchacho me muestra su miembro/ me dice mire maestra yo quisiera decirle que/ ah/ lo beso paciente/ después de todo tiene madera”.
	El fragmento III, de “El amante y la espiga”, de Leticia Luna (Ciudad de México, 1965), dice (p. 168): “Tiemblo debajo tuyo/ como una hoja/ cuyo rocío/ es tu semen”.
	Conozco y he leído a Ámbar Past (Estados Unidos, 1949, naturalizada como mexicana desde 1985). Me encanta su escritura. Tomo dos fragmentos suyos del poema “Las mujeres empiezan a buscar”. Fragmento 15 (p. 179): “En mi cuerpo entran unos/ y salen otros./ Soy un túnel./ Una mina de carne”; fragmento 18: “Las mujeres buscan en sus camas/ algo que no es hombre,/ ni mujer,/ algo que los hombres tampoco encuentran”.
         Nidesca Suárez (Caracas, Venezuela, 1971) dice en un fragmento de su poema “Inquisición” (p. 281): “no me rescates/ no seas el caballero de mis sueños/ no desperdicies tu saliva en las brasas”.
          Al filo del gozo es un libro polisémico, rico, escrito desde la pasión del cuerpo, desde la sensibilidad de la poesía, con palabras que arden. 

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

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Polvo del camino. 115. La hambre de Sancho. Héctor Cortés Mandujano

Evocadas páginas de otro libro/ V
La hambre de Sancho

Héctor Cortés Mandujano

Los oficios y grandes cargos no son otra cosa

sino un golfo profundo de confusiones

Miguel de Cervantes Saavedar en Don Quijote de la Mancha II
 —¡Válame, Dios! De haberlo yo sabido, antes de dar aceptación al que columbraba como regalo, este enredado asunto de ser gobernador de la ínsula Barataria, hubiera preferido pasar una noche abrazando el cuerpo de Satanás. Horas, días y nocturnidades he pasado en atención a gente que por burlas o por veras viene a contarme sus asuntos para que les dé solución con el sólo uso de mi magín y la sabiduría en exceso que tienen los muchos refranes que se guardan en mi pienso. 
         Maldito sean todos los doctores del mundo sidos, porque el que a mi servicio tengo ha decidido que comida toda me hará enfermar o morir, y pasado he más hambres que cuando andaba con mi señor Don Quijote comiendo bayas o haciendo de tripas, corazón. 
         ¡Agora me libre Dios del diablo! La hambre me posee como si fuera la locura en el pensamiento de mi amo, el señor don Quijote, quien me empinó hasta esta cuesta que sólo me ha dado trabajos sin fin.
          Tomaré mi borrico y huiré desta comarca para buscar dónde yantar hasta hartarme, donde la jira no concluya sino después de muchos potajes, y luego holgar sin seguir ninguna de las órdenes que el mundo de caballeros, médicos y nobles se han dedicado a darme. 

Sancho Panza aún no suponía haber sido engañado. No hubiera creído, aunque se lo dijeran, que la ínsula Barataria no existía, sino como una burla a su persona. No intuía que la gente llegaba a pedir consejos y justicia porque había sido pagada para ello por los nobles que se divertían haciendo chanzas con la credibilidad del caballero andante y su escudero. Su ingenua nobleza tampoco lograba pensar que el médico que le prohibía comer había sido aleccionado para eso. Lo cierto es que tantas solicitudes de ayuda, tanta atención a los falsos pobladores, tan poco dormir y nada comer comenzaron a enloquecerlo. 
         Recordó lo que el bachiller Sansón Carrasco le había dicho cuando supo que gobernaría la ínsula de la que ahora quería escapar: “Mirad, Sancho, que los oficios mudan las costumbres, y podría ser que viéndoos gobernador no conociésedes a la madre que os parió”. 
         Decidió efectivamente irse. Tomó su borrico, lo ensilló, lo montó y buscó caminos menos ásperos que éste. Sus pensamientos eran sombríos, asesinos. La rabia le había poseído por completo cuando vio delante suyo, en el camino de frente, a don Quijote. En ese instante el hambre, la ira, la decepción, el odio lo segaron. Se apeó, lo mismo que su amo. 
          El hombre flaco, alto y loco abrió los brazos para saludarlo, para estrecharlo, y Sancho sacó el tosco cuchillo de entre sus ropas y lo hundió en el esquelético cuerpo del hombre que le hizo dejar su comarca y su familia. Le dijo: 
          —Fui tu sirviente y te adoré como a un hermano, como a un padre; ya no, maldito loco. No merecen amor los que han decidido que es su madre el viento. 
          Don Quijote cayó herido y el que fuera su más querido acompañante se inclinó para hundirle una última cuchillada en el pecho, que hendió su corazón y detuvo sus palpitaciones. Así terminó su última aventura. Sancho, luego, presa de remordimientos de colgó de la rama de un triste árbol. 

[En la segunda parte de El Quijote, la de 1615, la escena que aquí cuento ocurre sin mayores tropiezos: Sancho viene de la ínsula Barataria y se encuentra con el Quijote, se abrazan y siguen sus aventuras hasta que el Caballero de la triste figura recobra su cordura y muere en su casa, en su cama.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»

Polvo del camino. 114. Intimidades. Héctor Cortés Mandujano

Intimidades

Héctor Cortés Mandujano

1
Luego de publicarse mi texto “Volver al Ciprés” (Polvo del camino, 111) recibí muchos, muchísimos mensajes felicitándome o diciéndome algo lindo y breve –no pongo a los/las autores/as porque la lista sería larga–; sin embargo, varias/varios escribieron textos de mayor extensión y hondura. Cito algunos, no en su versión original, sino sintetizados. Nelson H. Salazar: “Ufffff, tocayito. […] Hermoso relato. […] Cómo calan los recuerdos de infancia. Somos bendecidos al haber nacido en pueblos así; y muy bendecidos los que te acompañaron en tan hermoso peregrinar”.
	Álex Nudding: “Tu escrito me ha conmovido, es hermoso. Ser parte de este trozo de historia me ha enseñado cosas que no alcanzaba a ver con mis ojos torpes, miopes. Ahora entiendo un poco más lo que me decías acerca del lenguaje y su complejidad. Gracias”.
	Mi prima Natividad Muñoz, desde la CDMX: “[…] Considero que tu paseo por El Ciprés fue un cierre de ciclo. Me emocionó la actitud de Camilo para limpiar con delicadeza la tumba de nuestro abuelo. […] Sin haber leído el contenido de “Volver al Ciprés”, de manera incontrolable se me salían las lágrimas y ante el altar de Dios agradecí todos los momentos vividos junto a mi amada familia. ¡Muchas gracias, primito, por este apreciado regalo!”.

2
Mi primo Óscar Márquez, quien vive en París, leyó el texto por la complicidad de mi querida amiga Tania Corzo, y escribió un texto que me sirvió después para reflexionar sobre lo que he llamado “la patria íntima del lenguaje”.
	Dijo Óscar: “Bonita narrativa (como siempre) de mi primazo. Supongo que en Niumex perdieron el camino que va al Ciprés. Aún tengo presente la imagen de tía Araminta. Primo, ‘tus camions también son los míos’ ”. 
	Yo leí camions de un modo que eludía y reinterpretaba el error gráfico, y le escribí que “anduvimos efectivamente los mismos camiones”. Tania terció: “Sí, por supuesto, caminos y camiones”.
	Me sorprendió esa puntualización, hasta descubrir su lógica. Le escribí al día siguiente: “Hola, Como tábano me dio vueltas tu precisión “caminos y camiones”, porque yo pensé que el primo hacía alusión al modo de hacer los plurales allá: buey se vuelve bueys y rey, reys. El primo puso camions y yo de inmediato vi un guiño lingüístico. Pero la oración del primazo es: “Tus caminos también son los míos”. Sí. Y lo mismo el habla. Digámoslo en lengua verdadera, con un vuelo metafórico y te incluyo: ‘Sus palabra son miels para mi corazón colibrí’ ”.

3
Días más tarde, me escribió mi amiga Mónica Corzo: “[…] La ida al Ciprés. ¡Qué revolución de emociones! No me enteré. Habría hecho todo para acompañarte. Justo ayer tratamos de ir al Empireo. En Cerro Brujo. Mi papá tiene ese deseo antes de morir, ya que era el rancho de su madre. […] Antes de empezar a subir, el cielo se encapotó y empezó un tiempo terrible, raro. Los que viven a los pies de Cerro Brujo nos recomendaron no subir. […] Alguien dijo: es la abuela que no quiso que subiéramos al Empireo. […] Se oscureció el cielo, tembló la tierra, llovió en tiempo de seca, se arremolinó el viento”.
	En cambio, El Ciprés pareció esperarnos para regalarnos un día luminoso, espléndido, inolvidable. Noches después soñé que iba de nuevo a la finca, pero al llegar a Nuevo México (Niumex, como lo llama Óscar) me dada cuenta que no traía zapatos. Buscaba dónde comprarlos y no hallaba. Una señora, en la calle, me decía: “Tu mamá supo que ibas a ir y te está esperando allá”. Era ya de noche y no me animé a ir descalzo, caminando. Me imaginé a mi mamá acostada en el piso, cubierta con trapos viejos, en el cuarto en ruinas, rodeada de la oscuridad silente...

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

De su más reciente exposición (2021) «Palinodia del cuerpo» el maestro Cortés Mandujano opina que «Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad somos nosotros, que él es…»

Polvo del camino. 113. Las últimas canciones de Violeta Parra. Héctor Cortés Mandujano

Apuntes de oído, 7
Las últimas canciones de Violeta Parra

Héctor Cortés Mandujano


Violeta Parra (Chile, 1917-1967) es sin duda el mejor punto de referencia cuando se habla de la compilación y difusión de la música folklórica chilena. Pero fue más: artista plástica, música, cantante y compositora. Son suyos varios versos tan queridos que han encarnado en generaciones de escuchas en América Latina. 
	Mi columna Casa de citas # 26 (publicada en 2010) se llamó “Agradecimientos y maldiciones”, porque se centraba en dos canciones de Violeta: “Maldigo del Alto cielo” y “Gracias a la vida”. En aquel viejo texto decía que las dos pertenecían al “mismo disco Las últimas composiciones. ¿Por qué le pusiste así al disco?, le preguntó su hermana Hilda. Porque son las últimas, le dijo. Ya había tomado la decisión de matarse”.
         Carmen Luisa, su hija menor, recuerda el suceso (Gracias a la vida, Violeta Parra, testimonio, editorial Galerna, 1976: 127): “yo estaba ordenando algo en la carpa, serían como las seis de la tarde, de repente sentí el balazo… entré corriendo a la pieza y encontré a mi mamá ahí tirada, encima de la guitarra, con el revólver en la mano. Me acerqué a ella y la moví, le hablé… y no me contestó. Ahí me di cuenta que por la boca le corría un hilillo de sangre”. Tenía 50 años.
         Es curioso que una suicida haya escrito una canción que agradece la vida, por tantas razones. Aquí algunas: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto: me dio el corazón, que agita su marco cuando miro el fruto del cerebro humano, cuando miro el bueno tan lejos del malo, cuando miro el fondo de tus ojos claros”.
         Las últimas composiciones se publicó en noviembre de 1966 y Violeta se suicidó el 5 de febrero de 1967. De este disco me sé de memoria, desde mi adolescencia, varios temas. El disco completo es una maravilla (la revista Rolling Stones lo consideró, en 2008, el mejor disco chileno de todos los tiempos) y tiene 14 canciones escritas y musicalizadas por Violeta Parra, salvo “La cueca de los poetas”, cuya letra es del poeta (su hermano) Nicanor Parra.
         Pertenecen a este último trabajo “Gracias a la vida”, “El albertío” (dedicada al músico Alberto Zapicán, quien la acompañó con el bombo e hizo dúo con ella en cuatro temas), “Cantores que reflexionan”, “Pupila de águila”, “Run Run se fue pa’l norte”, “Maldigo del alto cielo”, “La cueca de los poetas”, “Mazúrquica Modérnica”, “Volver a los 17”, “Rin del angelito”, “Una copla me ha cantado”, “El Guillatún”, “Pastelero a tus pasteles” y “De cuerpo entero”.
         Me referiré con brevedad a ellas. “El albertío”, que es un título irónico, se refiere, he pensado desde que la oí, a ser “advertido”, pues advertir es un verbo transitivo que implica que una persona puede “observarse o percibirse”, es decir, darse cuenta de quién es. Dice Violeta: “Vale más en este mundo ser limpio de sentimientos, mucho van de ropa blanca y Dios me libre por dentro. […] Yo te mi corazón: devuélvemelo enseguida, a tiempo me he dado cuenta que vos no lo merecías. [...] Para llamarse Alberto, hay que ser bien albertío”. 
         “Cantores que reflexionan” tiene dos partes: la primera sobre el que no sabe qué y por qué canta (poseído por Satán: la vanidad, el oropel, el dinero) y el que sí, cuando escucha la voz de su conciencia (que se vuelve divina): “Cántale al hombre en su dolor, en su miseria y su sudor, y en su motivo de existir”. Era siervo de Satán y ahora sirve a su conciencia divina: “Hoy es su canto un azadón, que le abre surcos al vivir, a la justicia en su raíz y a los raudales de su voz”.
          “Pupila de águila” es una suerte de fábula. Un pájaro herido llega a su vida, lo intenta curar, el ave muere. De allí desprende conclusiones que, evidentemente, son metafóricas. El pajarillo es alguien que llega a tu vida y, después, te deja: “Ave que llega sin procedencia y no sabe adónde va, es prisionera en su propio vuelo, ave mala será”.
“Run Run se fue pa’l norte” nos da noticias de este Run Run que manda varias cartas y reflexiones: “Que la vida es mentira. Que la muerte es verdad”.
         “Maldigo del alto cielo” es el reverso de “Gracias a la vida”; aquí se maldice todo, porque un amor pagó mal. La lista es larga. Este es el final: “Maldigo por fin lo blanco, lo negro con lo amarillo, obispos y monaguillos, ministros y predicandos yo los maldigo llorando; lo libre y lo prisionero, lo dulce y lo pendenciero le pongo mi maldición en griego y en español, por culpa de un traicionero: cuánto será mi dolor”.
         “La cueca de los poetas” es una canción simpática, juguetona y habla sobre los cuatro grandes poetas chilenos: Gabriela Mistral, Pablo de Rocka, Vicente Huidobro y Pablo Neruda: “Pablo de Rocka es bueno, pero Vicente vale el doble y el triple, dice la gente. Dice la gente, ay, sí, no cabe duda que el más gallo se llama Pablo Neruda”. Agrega al final al autor de la letra: “Corre, que ya te agarra Nicanor Parra”.
         “Mazúrquica Modérnica” es una canción escrita en jerigonza (se le agregan sílabas a una palabra para que se oigan diferente, sin perder su lógica): “Me han preguntádico varias persónicas, si peligrósicas para las másicas son las canciónicas agitadóricas.
¡Ay, qué pregúntica más infantílica!”. La respuesta dice que hay varias matanzas en la historia y que no fueron necesarias, para que mataran a esa gente, canciones agitadoras. Es, pues, una canción seria disfrazada de broma. Su ritmo de mazurca moderna, da pie para decir, también, que el disco es riquísimo en ritmos.
         “Volver a los 17” es una dulce, una linda canción de amor. Amar, no importa la edad que tengas, es “volver a los 17, después de vivir un siglo”.  El amor es “volver a sentir profundo, como un niño frente a Dios. […] El amor es torbellino de pureza original, hasta el feroz animal susurra su dulce trino”.
         “Rin del angelito” habla de la muerte de un niño: “Cuando se muere la carne, el alma se queda oscura”.
          “Una copla me ha cantado” es proponer el fragmento de una canción como catalizador de la desgracia: “Cuál será, dirán ustedes, la copla que me cantó; es igual que el estampido que mata sin ton ni son”.
          “El guillatún”. Llueve tanto, que las cosechas de los indios se van a perder. Se reúnen y le oran a Dios; entonces “el rey de los cielos muy bien escuchó, remonta los vientos para otra región. Deshizo las nubes, después se acostó. Los indios lo cubren con una oración”. La cosecha se salva en esta canción sobre la fe. 
         “Pastelero a tus pasteles” es una breve canción sobre la necesidad de que cada cual se ocupe de sus deberes y saberes: “Ya me voy para Bolivia, sonaron los cascabeles, diciéndome en el oído: pastelero a tus pasteles”.
           “De cuerpo entero” es una propuesta amorosa: “El humano está formado, de un espíritu y un cuerpo. […] No entiendo los amores del alma sola. […] ¡Comprende que te quiero de cuerpo entero!”.

En El maestro y las magas (Siruela, 2005), Alejandro Jodorowsky, artista multifacético, cuenta dos anécdotas que retratan la personalidad de Violeta Parra. Fueron muy amigos cuando ella estuvo en París, en 1954, por dos años, y en 1961, por tres.
	Violeta, dice Alejandro, trabajaba mucho y vivía en la pobreza; sin embargo, grababa los cantos chilenos para Chant du Monde o para la Fonoteca Nacional del Museo del Hombre. Él le dijo (p. 17): “¡Pero, Violeta, ¡si no te dan ni un céntimo! ¡Tienes que darte cuenta de que, en nombre de la cultura, te están estafando!”, y ella le contestó: “No soy tonta, sé que me explotan. Sin embargo, lo hago con gusto: Francia es un museo. Conservarán para siempre estas canciones. Así habré salvado gran parte del folklore chileno. Para el bien de la música de mi país no me importa trabajar gratis. Es más, me enorgullece. Las cosas sagradas deben existir fuera del poder del dinero”.
	En otra ocasión paseaban frente al Palacio del Louvre. Alejandro expresó su admiración ante la majestuosidad y la fama del museo. Ella le dijo (p. 18): “Calla: el Louvre es un cementerio y nosotros estamos vivos. La vida es más poderosa que la muerte”. Le promete que ella hará una exposición allí y a él le parece una locura (p. 18): “Violeta contaba con muy poco dinero. Compró alambre, arpillera barata, lanas de colores, greda, algunos tubos de pintura. Y con esos humildes materiales creó tapices, cántaros, pequeñas esculturas, óleos. […] ¡En abril de 1964 Violeta Parra inauguró su gran exposición en el Museo de Artes Decorativas, Pabellón  Marsan, del Palacio del Louvre!
	“Esta increíble mujer me enseñó que, si queremos algo con la totalidad de nuestro ser, acabamos lográndolo. Lo que parece imposible, con paciencia y perseverancia se hace posible”. 




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Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.