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Polvo del camino. 79. Luz. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 79

Luz
(Fragmento inédito de mi novela Tamma)

Héctor Cortés Mandujano

Mientras tenéis luz, creed en la luz, para ser hijos de la luz

San Juan, XII, 36, citado por Tostói, en sus Aforismos

“Dar a luz” dicen cuando una mujer pare a un niño. “Alumbrar” le dicen al acto de permitir que algo nazca. ¿Toma la luz el recién nacido de la madre, lo recibe del mundo al que sale? La luz está en todas partes, todo es luz o todo puede serlo. 
        Parir es luz, nacer es luz, y los seres nacemos en el tiempo, que es “el oro de la vida”, y en el tiempo iluminado, del nacimiento a la “muerte”, recorremos nuestro existir: un día es el inicial y en el otro se termina, se supone, nuestra estancia en el mundo. Se apaga la luz. 
	Y el nacimiento y la muerte son los dos polos en la existencia del árbol, del animal, de la roca, del río… Pero hay otra existencia: lo que pensamos, lo que soñamos existe, se vuelve algo que cambia: la palabra “sol” se puede volver “soledad”, “soldado”, “solsticio”, y si sueño con un mar de ángeles, ese mar puede volverse una pintura, una canción, una novela: se ilumina.
	Pensé en el rostro de una pantera blanca. Y ya vive.  Y si planto la idea en otros seres, la pantera blanca existirá no sólo para mí.
	Nada muere. No sé quién fue un antepasado mío. Si investigo y descubro que se llamaba Pedro o Marte su existencia comienza a iluminarse, a llenarse de luz: se enamoró de una muchacha morena y se casó con ella; cuando él murió, ya sus hijos eran hombres de bien: uno fue relojero, otro campesino, otro… Ese hombre desconocido no ha muerto, porque después de muchos encuentros entre gente desconocida (para mí) nacieron los que serían mis conocidos abuelos, mis amados padres y finalmente yo, de quien nacerán interminablemente varias palabras, muchas cosas nuevas, quizás hijos que luego se multiplicarán por muchos años en los que, si me recuerdan y aunque no, seguiré viva. Seré una de las luces que podrá buscar en su interior cualquiera de mis descendientes.
	La vida es luz y los muertos son luz, porque no mueren: forman parte de nuevas vidas.
	El pájaro que canta en la rama, fuera de la ventana de mi casa, es la más reciente nidada que viene desde hace años aquí, desde hace mucho tiempo, y en su canto está el canto de muchos otros que se supone están muertos; están vivos en esas plumas brillantes, en esa canción eterna que oyeron otros oídos antes que los míos y que forman parte de mí.
	Nuestra vida transcurre en el tiempo y nadie es uno solo, sino la acumulación de distintas vidas que nos pueden dar luz, si queremos. Un hecho terrible puede poner oscuridad en nuestro corazón o luz, depende de lo que queramos. Lo que está dentro de mí puede ser amor u odio, depende de mí.
	Mi madre me abandonó para seguir a Seft, lo que podría haber sido oscuridad para mí; pero eso me hizo llegar hasta el castillo negro, hizo que me convirtieran en ratona y eso me hizo ayudar a muchas mujeres. El abandono de mi madre no fue, entonces, oscuridad, sino luz. No fue abandono, sino oportunidad. No lloro por eso, me alegro…
	Si aprendo que la luz que está en todo es también mía, me ilumino e ilumino más: el pájaro canta y soy parte de su canto al oírlo, el río queda en mí cuando me baño en él, el viento es mío, soy la noche, soy todos los hombres y todas las mujeres y todos los niños y soy una anciana y un recién nacido porque formo parte de la vida, soy la vida, y ésta se desarrolla hoy, en este día, en este instante, en este cuerpo que es una concentración de tiempos, luces, vidas. Soy del tiempo y nací en la luz: el tiempo es luz, soy luz, la luz.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 78. El rostro como un mapa. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 78

El rostro como un mapa
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano


Soy un gran vendedor porque sé interpretar los rostros de las personas. Sé, así, con quién cerraré un negocio y con quién no. Voy a la segura.
	En el terreno personal, por muy hábiles que hayan sido las mujeres con quienes me he ligado, descubro sus intenciones. Por eso soy soltero. Es difícil engañarme. Para mí, el rostro de una persona es un mapa, un dibujo minucioso con todas las indicaciones: peligro, arenas movedizas, pantano, animales feroces, cuidado con el perro…
	Digo esto porque muy recientemente tuve un desayuno de trabajo con, pongamos un nombre, Sergio. No somos amigos, pero él intenta convencerme y convencerse de que sí. Lo dejo hacer, pues me conviene.
	Ya habíamos acordado el asunto de negocios que a mí me llevaba y estábamos errando en una conversación tópica. En cierto momento él levantó la mano para saludar a alguien que llegaba y éste fue a nuestra mesa. Se saludaron con un abrazo efusivo. Me lo presentó. Fernando, pongamos.
	Se habían conocido de adolescentes, tenían muchos años de no verse y conversaron del pasado como de algo mágico. Los veía exultantes y esperé el momento oportuno para retirarme y dejarlos revivir su amistad a sus anchas. Antes de que lo hiciera, Sergio dijo que eran tan amigos que, incluso, tuvieron durante mucho tiempo la misma amante sin que ninguno de los dos se molestara. Noté un ligero pasmo en la cara de Fernando. “Ah, Claudia”, dijo Sergio, “cuánto placer le debemos”.
	Vi mi reloj y aduje un compromiso, me despedí de ambos. Saludé en otra mesa a otro de mis clientes, me entretuve unos momentos. Decidí ir a los sanitarios antes de abandonar el restaurante.
	No había bajado la palanca del depósito cuando escuché que alguien más entraba. Me pareció oír un quejido y después, ya con claridad, un llanto soterrado. Bajé la palanca y el hombre se metió en la cabina de al lado. Oí que respiraba con más tranquilidad y le escuché hablar por teléfono, con una voz en sordina y alterada por la rabia, el dolor. Reconocí a Fernando. Dijo lo que dijo con palabras gruesas que yo encubro porque me repugnan las vulgaridades.
	—¿Claudia? Estoy con Sergio y él me dijo algo horrible, que va a cambiar para siempre nuestro matrimonio. ¿Por qué nunca me dijiste que fue tu amante todo el tiempo que fuimos novios? 
  




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 77. ¡Ah, la pobreza! Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 77

¡Ah, la pobreza!

Héctor Cortés Mandujano




La llamaron en español Las pobres gentes (Editora Nacional, 1950, traducción de Alfonso Nadal). Es un error, que quizás no lo era cuando se publicó, agregarle una ese al sustantivo, pues la palabra gente es plural. Es la primera novela de Fedor Dostoiewski, publicada en 1846, en la revista rusa “Anales de la Patria”.
	Tuvo una historia previa singular. Dostoiewski tenía un compañero de vivienda, Grigorovich, a quien  –nos cuenta Nadal en la Noticia preliminar– leyó Fedor la novela de un tirón (p. 15) “sin descansar un momento”; después (p. 16), “Dostoieswski ha contado en su diario cómo (Grigorovich) le arrebató el manuscrito y se lo llevó inmediatamente a Nekrassov”, a quien se lo leyó, también, “en voz alta”. Nekrassov “dio a conocer el manuscrito a Bielinski” y éste lo hizo publicar. Lecturas en voz alta, de un tirón: maravillas que se han perdido.
	[Yo, modestamente, leí también en voz alta y sin pausa, a mi mujer y mi hija, mi novela Aún corre sangre por las avenidas, cuando recién la terminé de escribir. Las dos me escucharon atentas. Un beso desde estas líneas para ambas.]
	Las pobres gentes está escrita a base de cartas entre el pobre viejo Makar Dyevushkin y la joven huérfana Varvara Alexyevna, de quien está enamorado sin esperanzas (el tema lo usó Fedor con frecuencia. En La tímida (Editora Nacional, 1960), por ejemplo, otra de sus novelas breves, que recién leí, los personajes son muy parecidos. De hecho, el propio Dostoieswki, cuando ya era mayor, se casó con una jovencita). Los dos personajes son pobres en extremo (el título de esta columna la tomé de una de las exclamaciones de Makar), de allí que la decisión de Varvara sea dejar atrás al viejo enamorado y a la pobreza, aunque eso no le reporte necesariamente felicidad.
	Fedor no entronizaba su labor. Hace decir a su personaje (p. 154): “La novela es una estupidez escrita estúpidamente, sólo para entretener gente ociosa. […] Shakespeare es también un necio que escribió una serie de necedades para hacer reír a la gente”.
	Makar se sabe perdido cuando conoce a su rival en amores: es rico y, además, lo contrario que él (p. 229) “es un hombre guapo, guapo, muy guapo”; pero no entiende por qué una mujer puede aceptar a un hombre si no es por amor. Su pregunta a Varvara, sobre los lujos en el vestido, me hizo gracia (p. 242): “¿Para qué quieres golillas y perifollos?”.
	Con esta novela bien tramada (las cartas se mezclan con textos de diarios y trascripciones de libros) nació a la fama pública un hombre que sería capaz de escribir y regalarnos varias obras maestras; aunque Dostoiewski, dice mi ejemplar, nació en Moscú, en 1821, y murió, con toda precisión, “en San Petersburgo el 28 de enero de 1881, a las 8:38 de la noche”, evidentemente, sigue vivo.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 76. Evocadas páginas de otro libro/1. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 76

Evocadas páginas de otro libro/ 1
Uno de los condenados

Héctor Cortés Mandujano





Dos meses y diecisiete días después de que Noé cumplió seiscientos años, comenzó el diluvio. Ya tenía él construida el arca con todos los detalles –trescientos codos de longitud, cincuenta codos de anchura y treinta de altura– que Dios le había indicado.
	Esperaba ver aparecer en el horizonte de su vista las parejas de animales no limpios y las siete parejas de animales limpios que subirían a la amplia barca que sería la única donde sobrevivirían él, su extensa familia y los animales rastreros, volátiles, ápteros, silvestres y domesticados. Los elegidos. No sabía muy bien en qué consistía su limpieza, pero creía, confiaba en que los animales sí.
	No discutía órdenes y sabía que los demás seres humanos y toda carne que se moviera sobre la tierra, una vez que el arca abandonara la dársena donde se hallaba dispuesta (también eso le había sido especificado), serían muertos por Dios.
	No sabía ni estaba interesado en saber cómo se enterarían los animales de estos designios, pero no fue sorpresa para él ver la enorme fila que venía, con la naturalidad de los milagros, en dirección al arca. Algunos ejemplares le gruñían o silbaban, le barritaban o zureaban y a todos respondía Noé con monosílabos, un poco aburrido de esas menudencias, porque le había sido otorgado el don de las lenguas humanas y animales para realizar esta misión que, pensaba, sería conocida y repetida, quizá, en el futuro infinito.
	No eran conversaciones, por supuesto, sino sólo alguna palabra animal dicha como júbilo o alarma, como profecía o como bienaventuranza. A Noé le daba igual lo que le dijeran, porque él podía conversar con el mayor poder del mundo, de modo que poco le interesaba lo que le dijera este urogallo o aquel rinoceronte ignorantes de la amplitud del cielo, el fuego de los volcanes, la profundidad del mar.
	Resultaba cansado para Noé esperar a que la inmensa fila fuera acomodándose en la espaciosa arca y no era cómoda la lluvia que, fina y fuerte, se metía en sus ojos y volvía pastosos sus cabellos blancos. No era exactamente un portero, porque los animales sabían su cuento y su cuenta, ni verificaba a las parejas que en una y siete entraban a veces mudas y a veces, decíamos, con una exclamación. 
	No se le ocurrió que algún humano o gigante (“había gigantes en la tierra en aquellos días”) o animal no elegido llegara hasta allí, porque de esa separación entre los que serían sobrevivientes o asesinados por designio divino él no había sido más que informado.
	Al final de la inmensa fila que, por suerte, pensó Noé, ya estaba en su mayoría dentro de la barca, había un solo animal extraño. Noé preguntó sobre su pareja y escuchó su voz terrosa, pedregosa.
	—Soy el único, el último.
	—Dios no me habló de ti, ¿cómo te llamas?
	—Vanterro –dijo.
	—No creo que puedas subir. Sólo se admiten parejas.
	—¿Entonces?
	—Quédate. Estás condenado a morir.

Cuando Noé soltó amarras vio que aquel ser ya no estaba completamente en la superficie: parecía penetrar en la tierra, vivir debajo, como si fuera lodo reseco, piedra. Levantó la mano y le dijo adiós. 
El ser no hizo ningún movimiento en respuesta. Siguió hundiéndose, hasta desaparecer.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 75. Con él, conmigo, con nosotros tres. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 75

Con Él, conmigo, con nosotros tres*

Héctor Cortés Mandujano

¿Acaso no son los amantes casi siempre inocentes?

Maurice, en El fin de la aventura,
de Graham Greene



Por azar leí al hilo dos novelas, cuyas tramas son muy parecidas. Los títulos tienen, también, semejanza. Una es El fin de la aventura (Editorial Selecciones, 1955), de Graham Greene, traducida por Ricardo Baeza, y la otra El último encuentro (Ediciones Salamandra, 1999), de Sándor Márai, traducida por Judith Xantus Szarvas.
Los autores no fueron nada cercanos. Graham Greene (1904-1991) fue inglés y publicó originalmente El fin de la aventura en 1951; Sándor Márai era húngaro, publicó originalmente El último encuentro en 1942, nació en 1900 y se quitó la vida en 1989.
Las dos novelas tratan de dos hombres y una mujer casada con uno de ellos y amante del otro. La mujer se enferma y muere, en ambas ficciones, y los dos hombres, luego del deceso, se reúnen para hablar de ella. Ambos la amaban.

En El fin de la aventura Henry y Sarah son los casados, y Maurice el amante, cuyo oficio es escribir novelas. Comparto contigo lector, lectora algunas líneas que me interesaron. El epígrafe es de Léon Bloy y dice (p. 7): “El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor”.
Cuando está lleno de dudas sobre el amor-odio que siente por Henry y por Sarah, Maurice escribe (p. 28): “¿Habríamos sido capaces de decir, sólo por sus actos, quién, del celoso Judas o del medroso Pedro, fue el que amó realmente a Cristo?”.
Maurice, el amante, contrata a un detective para saber si Sarah lo engaña. El detective le consigue un diario de ella, que él lee y comparte con los lectores. Sarah, quien tiene otro amante, además de Maurice, escribe (p. 87): “Si soy una puta y una farsante, ¿no habrá nadie capaz de querer a una puta y una farsante?”. También escribe en una plegaria (p. 111): “Necesito a Maurice. Necesito el amor humano corriente y corrompido, Señor”.
Hay una reflexión sobre el tiempo, que dice a Maurice un sacerdote (p. 164): “San Agustín se preguntaba de dónde venía el tiempo. Decía que venía del futuro, que aún no existía el presente, que no tenía duración e iba al pasado que había dejado de existir”.

En El último encuentro Henrik y Krisztina son los casados (en las dos novelas el cornudo se llama Enrique, qué coincidencia) y Konrád, el amante. Henrik y Konrád fueron amigos, casi hermanos, dejaron de verse por 41 años y se reúnen cuando cumplieron los 73. Son dos viejos militares.
La novela es casi un largo monólogo de Henrik, quien dice (p. 94): “Las personas que entregan su alma y su destino a la soledad no tienen fe. Sólo esperan”.
Cree que Konrád le envidiaba (p. 120): “El deseo de ser diferentes de quienes somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el corazón humano”.
Filosofa (p. 151): “En la vida de un hombre no sólo ocurren las cosas […] Uno también construye lo que le ocurre”.
Otra de las frases de Henrik, definen el destino de los dos hombres de esta novela, y también el de los otros personajes de Graham Green (p. 182): “Nosotros dos hemos sobrevivido a una mujer”.

*El título es una de línea del enorme poema “Muerte sin fin”, de José Gorostiza


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

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Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Polvo del camino. 74. Retrato del pospretérito móvil. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 74

Retrato del pospretérito móvil

Héctor Cortés Mandujano

A Herminio y Carmen, por supuesto



Ella era delgada, tímida, blanca, con un corazón como diente de león deshaciéndose en el centro de un remolino, con la mudez que le fue impuesta por un padre muerto y una madre dominante e inmersa en la vorágine del himeneo incesante.
	Él era risueño, cantador, mago, domador de caballos, con un corazón como la corriente de una cascada que dejaba con rapidez e indiferencia, detrás suyo, amores, hijos, lo que fuera, y vivía feliz un presente perpetuo, sin memoria.
	Ella deambulaba por los terrenos cerriles de aquella finca, buscando un espacio de soledad humana para llorar, pues su llanto era la palabra que mejor sabía, que la interpretaba con mayor cabalidad, que más sacaba lo que no era capaz de explicitar con palabras.
	Él iba a la aventura de comprar o vender semovientes, y también con el ojo puesto en los árboles y el cielo; con los oídos abiertos al canto de los pájaros, a las palabras del viento; con la anuencia implícita de aceptar todo aquello que el azar le pusiera enfrente.
	Ella caminaba solitaria, silente.
	Él montaba su caballo retinto y silbaba, alegre, la tonadilla de moda.
	Ella era una rama tierna, pero ya seca de las puntas, con el tallo expuesto, las hojas caídas.
	Él era una selva llena de bejucos, árboles inmensos y plantas floridas.
	Ella, la luna cubierta con nubes negras.
	Él, un sol en el descaro de la mitad del cielo, mostrándose en su consciente e inconsciente lubricidad. 
	Ella, la sombra que trataba de esconder el cuerpo real, la inmovilidad de la piedra.
Él, un retablo de maravillas en movimiento, lleno de focos multicolores, con regalos al pie y una estrella en la cúspide que sería capaz de alumbrar la más lóbrega de sus desgracias.

Él la vio y en ese momento, presentáneo como era, decidió que le gustaba, que la enamoraría, que le propondría huir con él. Cómo no, si era un ángel flotando sobre el camino polvoso, una ninfa del bosque de cabellos rubios, una aparición bella e inexplicable, una nueva mujer para su falo insaciable.
	Ella lo vio y vio una orquesta de monos, un elefante de trompa inconmensurable y colmillos majestuosos, un centauro que con su lazo podía amarrar la luna en un árbol seco del patio, un río de variada corriente, un viento capaz de sacarla de esta realidad pacata y llevarla al cielo de las fantasías vastas e innúmeras.
	Él tal vez le dijo:
	—¿Quieres huirte conmigo, chula?
	Y ella no respondió, bajó los ojos y estiró la mano para que él la jalara y la montara en las ancas de su retinto. Lo abrazó como si no fuera un hombre, sino un regalo largamente esperado.
	Se fueron juntos. Yo comencé a latir en las bombas de dinamita de él, en la tierra ávida de ella. Algún día los vería, me verían, y les diría papá y mamá, y me llamarían con el nombre que firma esta página del móvil pospretérito que me hizo aparecer en el mundo.




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Herminio y Carmen




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Polvo del camino. 73. Minucias cancioneras. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 73

Minucias cancioneras

Héctor Cortés Mandujano



No es que dedique mucho tiempo a eso, pero suelo darme cuenta de minucias, de pequeños cambios en versos o palabras en las canciones que oigo, aunque no sean mis favoritas. A veces, claro, se dan por simple ignorancia o desconocimiento del idioma (de esas hay muchas). Me llaman la atención cuando suponen una reconversión o un guiño. Hablaré de ello.
Una canción popular, “Acaríciame”, de Alejando Jaén, por ejemplo, la compuso él para cantarla, pero la vendió a Manoella Torres y modificó sus versos finales, que decían: “Acaríciame y no importa que no sepa ni tu nombre, pues mañana puede ser quizá otro hombre el que esté en tu lecho haciéndote el amor”; en 1977 la grabó Manoella y sonaba fuerte para esos tiempos. No era el hombre el activo, sino la mujer, que volvía suyo el acto: “Y no importa que no sepa ni tu nombre, pues mañana puede ser quizá otro hombre el que esté en mi lecho haciéndome el amor”. De un tu a un mi, la canción se vuelve otra.
Rocío Jurado grabó, en 1980, la canción “Señora”, de Manuel Alejandro, donde una amante le dice a la esposa que no puede dejar al hombre que comparten (“ahora es tarde, señora, ahora nadie puede apartarlo de mí”); años después, en 2005, Falete, un cantante abiertamente homosexual (su nombre artístico lo dice todo), la grabó y la diferencia es obvia: un hombre gay le dice a la mujer que no puede dejar al hombre que comparten (“Cuando supe que existía usted… ya llevaba dentro de mi ser su aroma”).
En sentido contrario, y con buen humor, Chico Che tomó la “Macorina”, a quien le pide “ponme la mano aquí”, es decir, un hombre habla a una mujer y hace una petición sin referencia a lugar específico: “Aquí”. Cada escucha debe suponer dónde se pondrá la mano. La canción original y revolucionaria la compusieron Alfonso Comín, poeta asturiano, e Isabel Vargas. El poema hubiera sido “normal”, de un hombre a una mujer, si no la hubiera musicalizado Chabela Vargas, quien también la cantaba, la canta. Se volvió una canción lésbica, dicha de una mujer a otra, lo que supuso un escándalo cuando se cantó y se grabó, en 1956. Dice “Ponme la mano aquí, Macorina”, pero también dice: “Después el amanecer, que de mis brazos te lleva. Y yo sin saber qué hacer, de aquel olor a mujer, a mango y a caña nueva, con que llenaste el son caliente de aquel danzón”.
Uno de los que más he oído que cambia (o le cambian) versos en sus canciones es Joaquín Sabina. En “Eclipse de mar”, por ejemplo, la versión de Guadalupe Pineda, en 1989, y la de él, en 1990, tienen un montón de cambios. Señalo algunos. Dice Sabina en el inicio: “Hoy dice el periódico que ha muerto una mujer que conocí, que ha perdido en su campo el Atleti y que ha amanecido nevando en París”; dice Guadalupe: “Hoy dice el periódico que ardió la casa donde yo nací, que falló de penalti Hugo Sánchez y que ha amanecido nevando en París”. Sabina: “Que han pillado un alijo de coca”; Pineda: “Que encontraron seis kilos de coca”. Sabina: “Que siguen las putas en huelga de celo en Moscú”; Pineda: “Que siguen los curas en huelga de celo en Moscú…”.
Por cierto, la imagen “eclipse de mar” está aquí usada como algo feo: “Pero nada decía el programa de hoy de este eclipse de mar, de este salto mortal…”, y Juan Luis Guerra usa la misma expresión, en “Te regalo una rosa”, en el mismo 1990, como algo lindo: “Ay, amor, eres la rosa que me da calor, eres el sueño de mi soledad, un letargo de azul, un eclipse de mar”.
También hay varios cambios en las versiones de “Peces de ciudad” que grabaron Ana Belén, en 2001, y Sabina, en 2002. Dice Sabina en el inicio: “Se peinaba a lo garçon la viajera que quiso enseñarme a besar…”; dice Ana Belén: “Se llamaba Alain Delon el viajero que quiso enseñarme a besar…”; la versión de Sabina alude al clásico mexicano Pedro Páramo, de Juan Rulfo: “En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”; la de Ana Belén hace referencia a Cien años de soledad, de García Márquez: “En Macondo comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.
Me podría pasar horas con esto, por supuesto, pero basten estas mínimas muestras…




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 72. Un león y muchas amantes. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 72

Un león y muchas amantes
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Todo fue un sueño, un sueño que perdimos […]
Un sueño breve y antiguo como el tiempo,
que los espejos no pueden reflejar

M. Trejo y Astor Piazzola,
en su canción “Pájaros perdidos”

Como la directora del zoológico y su invitada especial llevaban cosas frágiles en el Jeep y no íbamos a caminar más que unos 200 metros, me pidió que llevara abrazado a un león joven y flaco, que no era peligroso porque estaba más o menos enfermo, me dijo. 
¿Más o menos?, me repetí en silencio.
Recibí el costal de huesos y de inmediato puso una de sus garras sobre mi hombro y me encajó las uñas. Recordé que una de mis amantes me rasguñaba, estuviéramos o no en acción erótica. Ella era una maestra en encontrar el punto exacto. Sentí placer.
Luego el león me mordió cerca del pecho, con una mordida floja, carente de energía. Otra de mis amantes me mordía. Era muy buena en eso. Sus mordidas en la espalda me hacían conocer otros mundos.
Vi a los ojos al león y éste tenía una mirada triste. Me acordé de Amanda, de la última noche que pasamos juntos. Ella se iba a casar con otro, pero estaba enamorada de mí, me dijo. Tragamos nuestras lágrimas mientras hacíamos el amor.
Acaricié al león enfermo y pensé en Nury, en su desnudez. Le gustaba dejarse acariciar, más que nada. Se desnudaba y dejaba que yo la recorriera. Era un monumento palpitante.
Me di cuenta de que estaba cansado, que habíamos avanzado bastante, que yo sudaba a chorros. Decidí descansar y puse al león en el piso, luego de lograr, con cuidado, que no me encajara las uñas y dejara de morderme.
Intentó ponerse de pie y no pudo. Recordé a la mujer que murió en mis brazos. Un accidente terrible, que siempre he intentado olvidar. Lo acomodé debajo de una sombra para que no se sofocara.
Me senté a su lado y me acordé de la vez que vi amanecer en el mar con la mujer con quien pensé en casarme. También me acordé de la enorme estrella que vimos esa noche mágica. Era tan linda la noche, era tan linda ella.
Respiré agitado, suspiré, como si acabara de terminar una relación sexual.
Me puse de pie e intenté en concentrarme no en el pasado, sino en el ahora y me di cuenta de que el león agonizaba.
Murió, sin que pudiera hacer nada por él.
Pensé en los muchos amores que he tenido y han muerto para mí, y lloré por el león, por mí, por los amores perdidos. Y recordé a la directora del zoológico llorando, cuando pidió verme por última vez, porque se había enamorado de la visitante especial con la que iba muy adelante, quizás llegando a donde yo no llegaría porque decidí dejar allí al león e irme, y no volver nunca a este lugar tan lleno de recuerdos.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 71. Apuntes de oído, 3. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 71

Apuntes de oído, 3
Noel Nicola: ¿Qué hay delante de la vida, por detrás de la muerte, al lado del amor?


Héctor Cortés Mandujano

Cuando murió Noel Nicola (La Habana, Cuba, 1946-2005) escribí un texto que titulé, en alusión a una de sus canciones, “Para un imaginario Noel Nicola”. Admiraba no sólo sus letras, su música y sus interpretaciones, sino cómo había se había apartado de las luces, de la fama, cuando pudo brillar tal vez aún más que sus compañeros Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, quienes se convirtieron en el referente más conspicuo de la ya vieja Nueva Trova Cubana.
         Noel, hijo de músicos, hizo un disco musicando poemas de César Vallejo (1986), y también puso música a un texto del Che Guevara (“Diciembre 3 y 4” ) de su diario en Bolivia (Así como soy, 1980); hizo un disco para niños, con niños (Tricolor, 1987); un poco antes de su muerte los trovadores cubanos, viejos y jóvenes, le hicieron el homenaje de cantar sus canciones y presumir con su arte de componer versos en voz alta: 37 canciones de Noel Nicola (2007). Ya había muerto Noel cuando el disco salió.
	Su canto fue libre, con explosiones de voz aguda, y su guitarra se tomó todas las licencias. Exploró distintas maneras de componer canciones y no le interesó volverse internacional ni popular, no le interesó grabar discos ni salir de Cuba para hacer conciertos en otras partes. Sus discos, por eso, incluyendo el de niños, el de Vallejo y otro que grabó con Santiago Feliú (Entre otros, 2002), no llegan a diez. Es el rebelde de la trova.
	Recuerdo que en la contraportada de mi viejo LP Así como soy, la nota de presentación decía que el disco era un acontecimiento, porque no era fácil convencer a Noel de que entrara a grabar las canciones que ya tenía años cantando. Cuando fui a Cuba (Noel aún vivía) traté de comprar algún nuevo disco suyo, en un mercadito de arte al aire libre. Me acerqué a un vendedor de discos pirata y le pedí me enseñara discos de él. Se río y me dijo: “Hermano, eso es underground. No tengo nada de él, pero sí de Silvio, Pablo, Amaury…”.

En “Detrás de esta guitarra” no sólo hay la pretensión conseguida de sacarle a la guitarra nuevos acordes y forzar la voz para llevarla a otros territorios. También busca bajar a la tierra al artista, que no se le piense especial, extraño: “Detrás de esta guitarra hay un tipo lleno de complejos, un tipo que no escapa a las leyes de nuestro universo, pegado a la tierra, urgente de besos”. Pero hay aliento poético: “Está la soledad, la compañía fiel, la muerte de papel, juguetes de peluche, alguna que otra herida chorreándole mujer.” Y la vuelta a la realidad: “Un tipo que camina y que hasta escupe, suda, come, traga”.  
           Me gustan las canciones breves de Noel. “Miedo a vivir” me parece filosófica y perfecta. Dura un minuto y dice más que muchas que se gastan en nada el tiempo. Toda la letra dice primero sobre la vida: “Miedo a vivir, luz encendida hasta la madrugada. En el sillón, frente a un espejo, sin ver la arruga que cruza tu cara. Un día de éstos viene la muerte y no ha pasado nada”. Luego sobre el amor: “Miedo al amor, cama tendida sin manchas en las sábanas. Sólo dos pies, sólo dos manos, un sólo rostro estrujando la almohada. Un día de éstos llega la muerte y no ha pasado nada”.
           “Son oscuro” dura casi cinco minutos, algo muy raro en la producción de Noel. Es una canción de amor linda, compleja, poética. Parece referirse lo mismo a la patria (Cuba) que a una mujer, que a la manufactura de una canción. En todo caso muestra lo inaprensible que es la realidad con las palabras, lo difícil que es hacer una canción que domestique lo mágico, lo multidimensional de una experiencia: “Espeso viento te da en la cara, la vida aprisa, piedra rodante, y tú en tu calma mágica. Violento espejo, mi canto te habla, y en tus silencios tú te le quedas pálida. Cuando se estruja mi alma, añora palma y pulpa de mamey; y, conmovida en sus raíces, salta, volcando al agua un sueño de papel”. La segunda parte no aclara mucho la dulce oscuridad a que alude el título: “Avieso invento el que te amarra, abre su poza, viene y se posa, como una deuda inválida. Acento viejo de la palabra, el universo de lo que siento te hace una mueca trágica. Segunda patria la noche, cerró con broche de oro el sueño aquel, puso su oscuro en la palabra, pero así y todo alumbra lo que es”.

Comparto contigo lector, lectora, algunas líneas de sus canciones:
          En “Yamile, la más bella flor” (Así como soy, 1980) es muy sutil su referencia al encuentro erótico: “Vamos a demostrar que estamos vivos la flor y yo, haremos que la palabra no necesite venir aquí”, y también su aserto sobre lo vagaroso que es el deseo masculino: “Quisiera poder dar más, ponerle un injerto aquí, pero un buen jardinero nunca lo hace así; si mira una bella flor, por bella que sea la flor, se lo come la ansiedad por mirar al jardín”.
           En “Es más te perdono” (Comienzo el día, 1977): “Te perdono andar como tú andas, tus zapatos de nube, tus dientes y tu pelo. Te perdono los cientos de razones, los miles de problemas; en fin, te perdono no amarme. Lo que no te perdono es haberme besado con tanta alevosía”.
            En “Por la vida juntos” (Así como soy, 1980): “Yo sólo te diré, sobre las cosas de esta hora, cómo es que siente aquí la inmensa mayoría: si somos igual que tú y tú no puedes feliz, ¿de qué nos valen todas nuestras alegrías?”.
            En “De cierto modo” (Así como soy, 1980): “Murió un amor, pero veo a unos niños jugar, pero siento la brisa del mar, de cierto modo eso es amar”.
En “Ay, no sabes” (Dame mi voz, 2000): “Ay, no sabes cuánto duele, que salga el sol y me faltes, que falte el sol y te sueñe”.
           En “Llueve en agosto de 1981” (Lejanías, 1985): “Llueve, se desmoronan las paredes de mi casa; el mundo buitre viene y se posa en mi espalda, con su antivida, su antiamor, su antipalabra. […] Llueve y ya la lluvia hoy es veneno, aunque llegaras; una canción atravesada en la garganta, un estallido de neutrones en el alma”.
            En “Elvia, que te quiero verde” (Comienzo el día, 1977): “Está mi mano buscando el sitio donde creces, para poner mi voz, para poner mi mano, para poner mi amor. […] Al pie del árbol donde yo sé que te despiertas, voy a poner mi cuerpo, voy a poner un beso, voy a ponerme yo. Voy a poner mi mano tocando el sitio del amor”.
           “Canción para un final razonable” (Así como soy, 1980): “Te vas sin sonreírme; total, ya no hace falta. Ya estamos convencidos de que el amor respira, de que estamos viviendo, de que existe la muerte”.
           “Nube, agua, ala y brisa” (Lejanías, 1985): “¿Adónde me llevas agua, cantora del aguacero, acaso a un rosal de enaguas o acaso a un abismo fiero?”. 

Mis discos favoritos: Así como soy (1980) y Lejanías (1985). Mis 10 canciones favoritas: “Cueca con tu nombre escondido”, “Son oscuro”, “Por la vida juntos”, “Tres estaciones”, “Llueve en agosto de 1981”, “Ay, no sabes”, “Cantiago desde cerca”, “Otro hombre, otra mujer”, “Canción para un final razonable” y “Nube, agua, ala y brisa”. El subtítulo de esta columna corresponde a la canción “Qué hay delante, detrás y al lado”.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 70. Hijo de mujer y fantasma. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 70

Hijo de mujer y fantasma


Héctor Cortés Mandujano

Aunque se publicó originalmente en 1943, El corazón de piedra verde, de Salvador de Madariaga (1886-1978) es una novela que podría pasar por una recién escrita, recién publicada (mi ejemplar es de Random House, 2014).
	La mezcla de personajes históricos (Hernán Cortés, Colón, Moctezuma, Nezahualpilli…) con seres de ficción (Alonso, Xuchitl, Citlali, Cara-Larga…) es algo que aún ahora se explora narrativamente, lo mismo que los conciliábulos de palacio, las luchas cruentas y el erotismo que en El corazón… tiene páginas brillantes. Creo que esta novela, pues, es prodigiosa, especialmente en sus dos primeras partes.
	Cara-larga se siente borracho, es decir, según su dicho (p. 46): “Estoy lleno de conejos. […] cuatrocientos conejos era el nombre popular que se daba entre el pueblo al espíritu que se supone habita en el cuerpo del hombre borracho”.
	Es bonita la descripción de las sombras nocturnas y el amanecer (p. 54): “Las mujeres nocturnas habían desaparecido, abandonando las esquinas oscuras a los duendes del alba”.
	Ixcauatzin explica a Xuchitl el sentido de los sacrificios humanos, que está por encima del dolor de su madre (p. 234): “Gorrión no es sólo hijo de su madre; es también hijo de todos sus abuelos y bisabuelos, es decir, el hijo de todo el pueblo. De modo que, si muere por todo el pueblo, no hace más que devolver lo que le dieron”.
	[El corazón de piedra verde a que alude el título es un amuleto que produce deseos eróticos, fantasías, energía sexual; lo anda Nezahualpilli colgado al cuello y lo hereda a su hija Xuchitl y ésta lo regala a Alonso. El amuleto, incluso uno falso, atraviesa tangencialmente las historias, la novela.]
	Un consejo que le da a Alonso uno de sus preceptores, cuando pretende volverse sacerdote (p. 291): “Guárdate de delantera de mujer, de trasera de caballo, de costado de mula y de todo alrededor de un cura”.
	A Quintalbor le explica el padre Olmedo que no hay que hacer sacrificios humanos, porque ya antes un hombre-Dios se sacrificó por todos (p. 445): “Al fin oía de aquellos desconocidos palabras que tenían un sentido claro. El hecho de que un cordero muerto hacía 1500 años viviera para siempre en una oblea de harina era para él una proposición evidente que no necesitaba otra base que la posesión de poderes mágicos por parte del que había matado al cordero”.
	Doña Marina, la Malinche, antes de ser amante de Cortés fue amante del capitán Puertocarrero. No se va con él a España, porque (p. 458) “estaba enamorada de Cortés”. A Cortés le llamaban Malitzin, que no es un nombre femenino (p. 488): “Era el nombre que los naturales daban a Cortés, formado a base de su amante e intérprete, doña Marina, con el sufijo tzin, que equivalía a príncipe”. 
        A Citlali le explica Ixtlicoyu qué es la cruz (p. 534): “Representa un dios-hombre-animal que nació de una mujer y de un fantasma, y tan pronto es como un fantasma y anda por las nubes o sobre el agua -eso es cuando es dios”.
	Ya en plenas batallas de conquista, a los españoles les da terror y asombro cuando un grupo de guerreros europeos los insultan en náhuatl, pero (p. 688) “los veteranos que conocían las costumbres de los indios caían en la cuenta de lo que estaba ocurriendo: los guerreros de Cuauhtémoc habían desollado a los españoles y se habían vestido con sus pellejos”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración H.C.M




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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