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Polvo del camino. 92. Evocadas páginas de otro libro, III. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 92

Evocadas páginas de otro libro/ III
Trómpogelas o el sinnúmero bosque humano
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Castígame mi madre, y yo trómpogelas

Miguel de Cervantes, En Don Quijote de la Mancha II

Trómpogelas: “Engañar, burlar”

(Real Academia Española)

“Refrán para expresar que alguien hace, inmediatamente, lo contrario de lo que se le aconseja”

(Diccionario Abierto de Español)

Muerto de aburrimiento en el mundo recién creado, hombre solo como el que más, supe que podía extraer una mujer de mi costilla izquierda y lo hice. Quería escuchar una voz que no fuera la mía, pero ella hablaba sin parar.
	Quise el silencio y me extraje otra mujer con quien veía, callados, el amanecer. Ella me miraba con la complicidad de los ojos que lo pueden decir todo, y enlazadas las manos dormíamos sin decir más que lo puede decir el amor silente.
	No gustó mucho mi idea de crear más de una mujer; se vio como una burla, un engaño, y el paraíso se volvió una tierra para cultivar y hacer mil trabajos nuevos.
	Había que barbechar, sembrar, cosechar, y me saqué otra mujer de la costilla, con el procedimiento habitual, y ella me acompañó a los campos y me sorprendió su fuerza, su energía imparable, y su saber sobre plantas, frutos, animales, nombres de las nubes. 
	La primera mujer, parlanchina y observadora, notó lo fácil que era obtener otro ser de nuestro cuerpo y creó otro hombre al que le hablaba imparablemente. Éste le sacó el secreto de los partos mágicos y él se hizo de sí mismo un nuevo hombre, y dejaron a la mujer, se fueron a vivir juntos. Ella, Lilith se llamaba, se escapó entonces con el primer demonio que le prometió oreja atenta y sexo de buena factura.
	La mujer callada, obviamente sin pedirme opinión, tan callando, hizo a su propia mujer y un día, sin palabras, me abandonaron.
	La mujer fuerte que me ayudaba con los trabajos de cultivo decidió que yo era más débil de lo necesario y se creó un hombre puro músculo con el que laboraban casi sin descanso, alegremente.
	Yo decidí hacerme una nueva mujer y también un hombre para tener una visión de los dos mundos, y un día descubrí que quién sabe quién había hecho un campamento donde todas y todos sin ropa se ayuntaban con harto contento y sin pertenencia.
	Una de las mujeres hizo, mejorando mi experiencia, un hombre que genitalmente era a la vez mujer, y exploró la nueva experiencia de ser pareja de dos seres en uno.
	Y un hombre decidió ser pareja de una yegua, y una mujer de un perro.
	Hubo una mujer o un hombre, ya no me acuerdo, que decidió vivir en soledad y se fue a la montaña más lejana. Alguna vez volvía, aunque no hablaba con nadie.
	Y a alguien se le ocurrió que hombres y mujeres no debíamos aparecer mayores en la tierra, sino pequeños, limpios, como páginas en blanco. Y que ya nadie debiera sacarse nada de las costillas. Nacieron los bebés sólo de mujeres, sólo vaginales, y la idea se generalizó en las muchas tribus que ya éramos. Se aceptó con gusto.
	Y así, hasta hoy, se fue creando la humanidad.
 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 91. Apuntes de oído, V. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 91

Apuntes de oído, V
"Cucurrucucú, paloma", una canción queer

Héctor Cortés Mandujano



En gramática, el epiceno es un sustantivo que designa por igual a individuos de ambos sexos. Los ejemplos varios son el gorila, al que para diferenciar su género tendrá que decirse si es gorila macho o hembra. Lo mismo ocurre con el águila (no se debe decir la águila), la rata, la cría (no se dice el cría), la víctima, la persona (masculina o femenina), etcétera.
	Sin embargo, el sustantivo la paloma sí tiene su contraparte masculina: el palomo.
	Explico esto porque quiero comentar la ambigüedad del alma que posee a la paloma en la famosísima canción vernácula “Cucurrucucú paloma”, del compositor Tomás Méndez (1926-1995), quien también compuso muchas rancheras famosas, entre otras “Las rejas no matan”, “Paloma negra”, “Huapango torero”, “Puñalada trapera”, “La muerte del gallero”…
	Una recurrencia es creer que los espíritus se vuelven mariposas, gorriones, aves en general. Dice Lord Byron en “La novia de Abydos” (Obras escogidas, Edicomunicación, 1999: 99): “No es necesario viajar a Oriente para encontrar la creencia de que las almas viven en los cuerpos de las aves. Recordemos la historia de lord Lytletom, de acuerdo con la cual la duquesa de Kendal había visto a Jorge I posarse en su ventana con la apariencia de un cuervo”.
	“Cucurrrucú paloma”, según Wikipedia, la escribió Tomás Méndez en 1954 y la cantó, en 1955, en la cinta Escuela de vagabundos, de ese mismo año, Pedro Infante. Pero la intérprete inicial de casi todo su repertorio –no sé si esta canción haya sido una excepción a la regla– fue Lola Beltrán. A Méndez, por supuesto, antes y hoy, lo han cantado muchas, muchos intérpretes. (Intérprete, por cierto, es otro sustantivo epiceno.)
	La canción cuenta la historia de un hombre que deja de comer y de dormir, hasta morirse, porque una mujer lo ha dejado: “Dicen que no comía, nomás se la iba en puro llorar; dicen que no dormía, nomás se le iba en puro tomar. […] Cómo lloró por ella que hasta en su muerte la fue llamando”.
	Luego viene la estrofa sobre el cucurrucucú de la paloma. ¿Quién es esa paloma que de pronto aparece en una canción sobre un hombre que acaba de morir? La incógnita se despeja con la siguiente descripción, donde nos pinta la “casita sola, con sus puertitas de par en par” que se supone ha quedado abandonada, dado que la mujer se fue y el hombre murió. 
        Inmediatamente después  alude a la paloma: “Cuentan que esa paloma no es otra cosa más que su alma, que todavía la espera a que regrese la desdichada”. Es decir, la paloma es el alma del hombre a quien el narrador explica, para que deje de llorar, sobre el material con que está construido el corazón de la ingrata: “Las piedras jamás, paloma, qué van a saber de amores”, y a quien da un último consejo, que más parece regaño, en la última línea de la canción: “Paloma, ya no le llores”.
         Me llama la atención, decía, que Tomás Méndez haya escogido a una paloma como representación de un alma masculina, cuando pudo haber elegido un palomo. Es evidente que cuando morimos desaparecen nuestros sentidos, incluido el sexo, pero queda la identidad: se dice, aunque ya no sean eso, murió el señor o la señora; la muchacha o el joven; el niño o la niña…
          Me parece interesante que en la canción ranchera, muy macha ella (nótese mi lenguaje inclusivo), se haya colado, en los oídos de todas/todos, una canción en la que un hombre (llorón, como suelen ser los héroes de estas historias) se convierte en una paloma, subvirtiendo la lógica de los géneros.
         Tomo de nuevo a Wikipedia: “Queer es un término tomado del inglés que se define como ‘extraño’ o ‘poco usual’. Se relaciona con una identidad sexual o de género que no corresponde a las ideas establecidas de sexualidad y género”, como el caso de esta (femenina) paloma que, desde su identidad masculina, llora por una mujer que lo dejó. 


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*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 90. Veste de caza. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 90

Veste de caza
(Fragmento de mi novela inédita Los estrígidos)

Héctor Cortés Mandujano

Desconfía del que ama: tiene hambre,

no quiere más que devorar.

Busca la compañía de los hartos.

Esos son los que dan.

Rosario Castellanos, en “Consejo de celestina”


Ciertos árboles (no sé si todos) producen, debajo de su sombra, condiciones específicas para que ninguna planta o arbusto pueda alimentarse, crecer, vivir. Prevalecer, para ellos, implica la desaparición del otro.
Soy un humano y he recibido descalificaciones, negativas, decepción. Creé mi propia sombra para que nada crezca desmesuradamente y me invalide, me anule. Soy por eso un árbol solitario, un cactus que si bien no da sombra tiene como superficie las espinas que no permiten el abrazo.
Busco un amor en tono menor, grisáceo, diminuto, transitorio. Huyo de la hoguera, del incendio, del sol de la pasión. No quiero que nada encarne en mí; quiero que todo acto que haga en compañía de alguien pueda lavarse y olvidarse; quiero que el sentimiento engendrado no se vuelva ni recuerdo ni nostalgia, que se vaya con el agua.
Y de pronto me encuentro con un árbol impensado, una flor, unos ojos, unas hojas (el monstruo exquisito que es todo al mismo tiempo), el silbido del viento que le habla a mi epidermis, que la roza con delicadeza, que se vuelve una voz que dice, para mí, palabras mágicas:
—Ya no puedo ser sólo tu amiga.
Son palabras comunes. Las dijo ella detrás de mí, a mis espaldas. Estábamos solos, en la casi penumbra del atardecer. Pudo estirar la mano y tocarme. No lo hizo, no hacía falta, porque ya había plantado su ser dentro del mío y yo empezaba a no ser yo sino ella, un yo-ella: eyo. Su voz suave parecía, dije, una brisa casi silente, pero sonó como una explosión en mi cerebro.
Mi sombra ahora tiembla, la tierra de mi pecho se remueve en el lado izquierdo, la semilla de tal vez una caricia o un beso se vuelve en un instante lo impensado: este temblor, esta respiración agitada, esta resequedad en la garganta, este miedo…
Mi sombra ya no existe, ya no es: está debajo de la sombra suya, es una parte de su sombra oscura y luminosa. Ella es el enormísimo árbol que me cubre por completo. Ella es el otro cuerpo que le ha nacido al mío. Ella es mi ángel, a quien, en momentos como éste, siento detrás de mis hombros leyendo esta carta de amor…


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Héctor Cortés Mandujano

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Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 89. Cruzar el río. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 89

Cruzar el río


Héctor Cortés Mandujano
Una voz en sordina me dijo que mi hijo quería verme. Nada pregunté y nada más me fue dicho. Pensé de inmediato que en estas épocas el río que separa este caserío donde estoy del pueblo donde vive mi hijo estaba crecido y nadie se arriesgaría a cruzarlo. Menos yo, con mis más de ochenta años y mi ceguera total.
Pensé que el recado de mi hijo era tan escueto que ni siquiera me aclaraba si quería verme por razones de salud o de cambio de fortuna, es decir, porque me iba a dar una buena o una mala noticia; tampoco entendía si era necesaria mi presencia o sólo era un deseo dicho como se dicen tantas cosas (“Quiero dormir, quiero bañarme, quiero verte”) o si había premura como para plantearme la idea de buscar a alguien, no sé quién, que pudiera pasarme de un lado a otro del río caudaloso.
Por otra parte, no reconocí la voz; tal vez fuera nada más el viento que a veces le da por arrimar voces fantasmales al oído; no mostré emociones (mi cara es un pergamino inescrutable): permanecí impávido sobre este viejo sillón que hice con viejos maderos y lazos hallados en el camino, y con la intuición no perdida de mi antiguo trabajo de fabricante de muebles.
Quedé a la expectativa de que alguien se acercara a verme –en ocasiones alguien viene y me trae algún zumo y algo sólido para que mis ancestrales huesos aún sigan constituyendo mi esqueleto–, pero pasaron días sin que sintiera presencia alguna en este mundo de sombras en el que sobrevivo, sin más cambios que algún dolor, alguna necesidad, algún pensamiento extravagante que me saca de esta inmovilidad que pareciera concentración, meditación o alguna de esas zarandajas espirituales, y que no es.
Llegó alguien. Se detuvo cerca. No habló durante un rato. No hice señal alguna de notar su presencia. A las tantas, como si antes hubiéramos sido dos animales indiferentes, dos pedazos de madera, dijo:
—¿Quiere ir?
Dije, con un retintín de enfado:
—¿Y el río?
—¿Quiere ir?
—Sí.
Sentí su mano sobre el rostro y me desvanecí.

Abrí los ojos, por la lamentable costumbre de hacerlo cuando ya dan lo mismo abiertos que cerrados.
—Ya llegamos –dijo.
—¿Podría preguntarle a alguien por mi hijo?
—No hay nadie vivo. Estamos en el panteón.
—Se llama Manasés.
—Lo llevaré hasta su lápida y allí podrá hablar con él.
Sentí su mano en un brazo y caminé a su lado no más de veinte pasos.
—Es aquí –dijo–, puede meter sus dedos en las letras del nombre y así estará seguro.
Mientras él se alejaba, yo me hinqué y fui tentaleando hasta tocar la losa. Hallé las cavidades y busqué la primera. Era una M, luego una A, después la N… Sí, era la tumba de mi hijo.
Cuando recorrí su nombre completo, con mis dedos temblorosos, escuché su voz.
–Papá, qué bueno que viniste. Te llamé para que ya te quedes conmigo.
Me acosté sobre la tumba y poco a poco, como cuando me duermo, fui dándome cuenta que mi respiración cesaba, que mi corazón dejaba de latir, que entraba en la nada abarcadora, totalitaria, definitiva…

***

Ayer, sábado 2 de octubre de 2021, mi querido amigo Juventino Tito Sánchez me dio la gran y alegre noticia de que ganó un importante premio en Suiza. Me hace feliz que mis amigos triunfen. Un abrazo fuerte, querido amigo.



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Héctor Cortés Mandujano

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Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

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Polvo del camino. 88. Evocadas páginas de otro libro/II. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 88

Evocadas páginas de otro libro / II
Hijos como estrellas, como arena


Héctor Cortés Mandujano

Abram y Sarai se vieron, se conocieron, se amaron. Ella era estéril. Dejaron su Harán natal (Abram tenía 75 años) y los acompañó Lot, sobrino de Abram, casi su hijo.
	En Egipto, en su pobre casa, Abram fue despertado por Él. Le dijo que saliera a ver la noche. Que contara las estrellas. Que así de numerosa sería su descendencia.
	Le contó a Sarai y ella dijo:
	—Yo no te puedo dar hijos, ¿por qué no tomas a Agar, nuestra esclava, y la embarazas?
	Era fuerte Abram, potente. Nació Ismael, el hijo que depositó en el vientre de Agar, cuando él tenía 86 años. Ismael (es decir, Dios oye) era apenas su primera estrella.
	Dios decidió, entonces, cambiarles de nombre. Abram se volvió Abraham (o sea Padre de una multitud) y Sarai, Sara, es decir, Princesa.
	Y les dijo que serían padres. Sara, a sus 90 años, sonrió: ¿Tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?
	Y tenía cien años Abraham cuando nació Isaac, el hijo de Sara.
	Otra estrella.

Pero estaba el asunto de Sodoma y Gomorra. Serían destruidas. 
        Y en Sodoma vivía Lot.
        Llegaron los ángeles a Sodoma y Lot los recibió, les hizo un banquete, y ellos le dijeron que se fuera. Él pidió salvar también a su mujer y a sus dos hijas adolescentes. Y le fue concedido, sólo con una condición: no debían volver la vista atrás. La mujer de Lot lo hizo, y se convirtió en estatua de sal.
Las hijas de Lot, después, lo emborracharon, una por noche, y decidieron tener hijos de su padre. Lot las embarazó. De una nació Moab; de otra, Ben-ammi. Y fueron génesis de multitudes.

Sara murió y Abram, más que centenario, tomó a otra mujer, Cetura, y con ella, como si fuera un adolescente brioso, tuvo más hijos: Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa. Murió Abraham a los 175 años, y su mucha descendencia se multiplicó “como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar”.
 



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Polvo del camino. 87. Parte de mi célula. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 87

Parte de mi célula


Héctor Cortés Mandujano

Las tres ilustraciones de mi querido y recordado Luisito Villatoro,

que he publicado en estas tres semanas,

me las envió Dámaris Disner. Muchísimas gracias, querida amiga.

Podría decir, sin dudar, que él había sido mi mejor amigo. Platicamos sin cesar de nuestras vidas, nos emborrachamos infinitas veces, es el padrino de mis dos hijos y mi mujer lo quiere como a alguien de la familia. 
Cuando llegó, por eso, nuestra preocupación disminuyó: él podría tranquilizarnos y decir que las malas noticias que nos habían dado la víspera eran falsas. No fue así.
Dan vino, pues, y frente a mis hijos y mi mujer dijo que todo estaba bajo control, pero me pidió que fuéramos a tomar un café y allí se sinceró conmigo. Lo hizo sin rodeos.
—Sé que te va a parecer duro: soy un infiltrado en la célula revolucionaria de la que formamos parte, trabajo para el gobierno.
—¿Es una broma, Dan? Tú me invitaste a participar en esta célula.
—Lo hice para probarte y por una instrucción de mis superiores.
—Eres un perro.
—Puedes decirme y pensar lo que quieras; sin embargo, es importante que sepas que logré que tu mujer y tus hijos no tengan ningún problema. Tú vas a pagar por todos.
—¿Y cuál es el precio?
—¿Te lo digo sin matices?
—Claro.
—Van a matarte.
—¿Y cómo?
—No será doloroso. O no lo será tanto. Deberá parecer un accidente. Te arrojarás o te arrojarán, según elijas, del acantilado.
—¡Será espantoso!
—Querían torturarte hasta tu último aliento, yo intervine para que conmutaran aquello por esto.
—Qué amable, me tranquilizas; así que aventarme de la cima del acantilado, según tú, parecerá un día de campo. ¿Con mi familia, de veras, no habrá repercusiones?
—Ninguna. Tú desapareces y ellos seguirán una vida normal. Por eso te pedí que hicieras esas inversiones, que compraras esos seguros…
—Lo hiciste bien. Creía que era por amistad y no como parte de tu trabajo de achichincle del gobierno.
—Bueno, vamos. Si te parece, te acompaño.
—¿Vas a ir conmigo al acantilado?
—Sí, debo cerciorarme de que te arrojes. Es parte de mi responsabilidad.

Llegamos. Dan bajó del coche conmigo y me abrazó. Yo ya había decidido lo que para él fue una sorpresa. Lo jalé conmigo. En una de esas rarezas tan comunes en mí, me dio un ataque de risa su grito desesperado mientras caíamos a una muerte segura, juntos, como los compañeros de la misma célula revolucionaria, como los grandes amigos que se supone habíamos sido…



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Ilustración: Luis Villatoro




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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 86. Vida marital. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 86

Vida marital


Héctor Cortés Mandujano

Yo busco, yo persigo, yo reboso

fuerza de amor, que de mi forma vierto:

Vivo extra-mí: mi cuerpo sin reposo, vertido ya en el amor, es cuerpo muerto.

José Martí, en “La ví ayer, la ví hoy”
En el canto X, “De cómo Brunequilda fue recibida en Worms”, de El cantar de los nibelungos, escrito en el siglo XIII, Gunter quiere tener intimidad por primera vez con Brunegilda, su esposa, una guerrera muy fuerte, quien sólo pudo ser vencida (condición para casarse) por Sigfrido, el héroe de los primeros cantos, y posterior cuñado de Gunter, quien ordena su muerte y desencadena la brutal venganza que es la parte más impactante de la historia.
	Cuando Gunter quiere poseer a Brunegilda, decíamos, ésta no quiere; él intenta obligarla, ella lo vence y lo ata sin mayor esfuerzo; Gunter cuenta a Sigfrido su humillación y éste, invisibilizado por un sortilegio (se pone un casco del tesoro de los nibelungos), lucha con ella y es casi muerto. Pero la derrota y Gunter finalmente la toma, la hace suya. Brunegilda cree que su marido es poderoso y se somete.
	[Leer El cantar de los nibelungos es toda una experiencia; en especial por los cantos finales donde hay tanta matanza descrita, tantas luchas cruentas con espada, tanta sangre… Espeluznante.]

La cinta Malcolm y Marie (2021, dirigida por Sam Levinson) me recordó esa vieja historia. Malcolm es un director de cine, que ha triunfado con su primera película y Marie, su mujer, le reclama que haya usado su historia como argumento, que no le haya agradecido públicamente y que, siendo ella actriz, no la haya contratado para interpretarse a sí misma. No tienen intimidad esa noche, claro, y aunque tal vez sigan juntos, la discusión ha abierto muchas heridas, que quién sabe cómo se cierren.

En La buena esposa (The Wife, 2018, dirigida por Björn Runge), la actriz Gleen Close representa a la esposa de un escritor que ha ganado el Premio Nobel de Literatura. Él comienza a marearse por la fama hasta que somos testigos de la escena explosiva del matrimonio donde nos descubren la verdad: la escritora es ella, a quien no le interesa figurar, y él sólo se ha aprovechado, con el acuerdo de ambos, del talento de su mujer.

En la vida real, Sofía Adréyevna Tolstáya (1862-1910) fue esposa de León Tolstói y copiadora de su obra. Uno de los varios problemas que cruzó este matrimonio (que tuvo trece hijos) fue que Sofía, dado que copiaba los libros de su marido –y que también era escritora– quiso, quería poner su nombre en las portadas como coautora. No le faltaba algo de razón, pues copió siete veces la voluminosa y genial Guerra y paz, y algo le habrá agregado, seguro.

En varias funciones de mi obra de teatro La divinidad del monstruo, y a veces a pregunta expresa, he dicho que la obra se llamó inicialmente La patria de la irrealidad; para que la gente no pensara que tenía contenido político, decidí rebautizarla y le propuse a mi mujer dos títulos, para ver cuál le gustaba. Ya los olvidé, pero en uno estaba la palabra divinidad y en otro la palabra monstruo. Mi mujer escuchó mal, unió justamente esas palabras y me regaló un título que me encanta. Gracias, mi vida.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Luis Villatoro




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Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

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Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

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Polvo del camino. 85. Más de 200 aviones sobre el cielo de Atenas. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 85

Más de 200 aviones sobre el cielo de Atenas


Héctor Cortés Mandujano

He leído tal vez una veintena de libros de Roald Dahl (1916-1990), pero Volando solo (Alfaguara, 1988), uno que leí recientemente, ha sido quizás el que más me ha gustado. Es autobiográfico, continuación de Boy, que habla de su infancia.
	En Volando solo Roald se va como empleado de Shell a Dar es Salaam, en Tanganica, hoy Tanzania. En su barco de ida le pasan anécdotas divertidas; una de ellas con la señorita Tefusis, una anciana que cortaba incluso las naranjas con tenedor y cuchillo, porque (p. 18) “los dedos son cosas repugnantemente sucias. Piense sólo en lo que se hace con ellos. […] Los dedos no son más que herramientas. Son las herramientas de jardinería del cuerpo, las palas y las horquillas. Los metemos en todas partes”. Aún más (pp. 18-19): “¡Los dedos de las manos son asquerosos y sucios, pero los de los pies…! ¡Los de los pies son como reptiles venenosos!”.
	Hay dos relatos escalofriantes, ya cuando vive en Tanganica, sobre dos serpientes venenosas y agresivas: la mamba negra y la mamba verde; sin embargo, la historia de simba (en swahili es león) puede resumirse. Le dicen (p. 40): “¡Un león enorme se está comiendo a la mujer del cocinero!”, y lo ven (p. 41) “llevando orgullosamente a la mujer en la boca al igual que un perro que se aleja con un buen hueso”. Lo asustan con una bala y suelta a su presa. La sorpresa es que ella se incorpora sin un rasguño y explica (pp. 42-43): “Me quedé quieta en su boca, fingiendo que estaba muerta, y ni siquiera me ha roto la ropa. […] Me llevaba tan suavemente como si hubiera sido uno de sus cachorros”.
	Cuenta también una historia notable sobre los sapos que cantan cuando se hayan dispuestos para el sexo. Llega la hembra y siguen cantando, sin hacer caso de ella (p. 63): “La ignora totalmente y continúa sentado, lanzando su canto a las estrellas, mientras la hembra aguarda paciente a su lado. Espera y espera. El macho sigue cantando sin cesar, a veces durante varias horas, y lo que realmente sucede es que el macho está tan enamorado de su voz que se olvida por completo de por qué comenzó a croar. […] Ella pierde la paciencia y comienza a empujarle con una de las patas delanteras y, sólo entonces, sale el macho del trance y se vuelve y se une a ella”.
	La segunda parte del libro es cuando se convierte en piloto de guerra y participa como tal en el conflicto bélico entre Inglaterra y la Alemania de Hitler. Son poquísimos aviones ingleses que han sido destacados en Grecia, doce, contra los muchísimos alemanes, y dan pelea. Se hallan los doce en el cielo sobre Atenas y aparecen cientos de aviones alemanes (p. 134): “Testigos de tierra dicen que no habría menos de doscientos aquella mañana. Rompimos la formación y cada hombre tuvo que preocuparse de sí mismo. Comenzaba lo que llegó a conocerse como la batalla de Atenas”. Es impresionante cómo Roald y varios pilotos ingleses más (sólo derribaron a cinco) lograron sobrevivir en aquella circunstancia.
	Intentan matar a los sobrevivientes en el campo de aterrizaje de Eleusis, Grecia, pero sobreviven y se trasladan a un pequeño campo de Megara. Allí, escondidos en una colina, son testigos de cómo un avión alemán bombardea un barco; deja caer (p. 146) “un gran bulto de metal negro que descendió bastante lentamente”. Ven cómo el barco explota. Roald narra sin melodramatismo el hecho (p. 147): “Mirábamos al petrolero ardiendo. Nadie había escapado con él con vida, pero había un cierto número de cuerpos achicharrados flotando en el agua. La corriente o la marea iba acercando lentamente los cuerpos a la orilla”.  
	 Gran libro.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Luis Villatoro




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 84. Palabras como el corazón, como el mundo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 84

Palabras como el corazón, como el mundo


Héctor Cortés Mandujano

No condeno yo las palabras que son como vasos selectos y preciosos,

sino el vino del error que en ellos nos servían ebrios maestros

San Agustín en Las Confesiones

Las palabras están hechas para transformarnos. 
        Digo soy millonario y de inmediato sé que tengo yates, un castillo, muchas cuentas de inversión, varios viajes pendientes a escogidos puntos del planeta y tal vez cierto tedio por tenerlo todo.
	Digo soy pobre y mi pantalón se llena de orificios y mi camisa está rota y sucia, camino con hambre y sed por las calles, y la gente se asusta de mi aspecto. Pero quizás, si la nombro, tengo esperanza.
	Vuelo, digo, y siento el aire sobre mi rostro y casi enfrente el pico de la montaña con la que estoy a punto de estrellarme porque, por la emoción, no he puesto la atención debida en mi trayectoria.
	Soy un pez y soy un anciano y luego una niña y después el pasto que crece y se come el caballo, que también soy yo.
	Digo que soy el cielo y siento en la panza como me crecen las estrellas, me quema el sol y me acaricia la luna.
	Y digo mundo…

Las palabras nos pueden hacer desgraciados o felices, nos alejan y nos acercan, hieren y acarician. 
        Por eso, es mejor decir aquellas que más nos cobijan, que más nos hacen falta, que más nos vuelven humanos, fraternos; que nos convierten en la misma vida, el mismo mundo, el mismo corazón: en amor y en paz.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 83. ¿Quieres que te dé atole con el dedo? Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 83

¿Quieres que te dé atole con el dedo?


Héctor Cortés Mandujano

La mentira es, si no la madre, la nodriza de la bondad.

[…] La simulación, a la larga, se suprime a sí misma, y

los nuevos órganos e instintos son los frutos inesperados

del jardín de la hipocresía

Federico Nietzsche, en Aurora


Sueño incesantemente y suelo recordar con precisión lo que sueño. Por eso, varias de mis novelas, obras de teatro, cuentos y textos no son más que trascripciones de mi actividad onírica.
	En ocasiones, alguien a quien he dado llamar mi maestro (a veces es joven, a veces viejo; hablamos en un castillo, en la selva, en la playa), me da charlas sobre la vida y la muerte, cuyos conceptos aparecen aquí y allá en lo que escribo.  
	Hago este prolegómeno porque ayer por la noche (este ayer sin fecha sobre el que suelo escribir) soñé que daba una clase de tres horas sobre un concepto que yo inventé en mi sueño, a partir de dos palabras (una cinematográfica, otra teatral) y que explicaba a mis oyentes: “Corte escénico –les decía– es cualquier párrafo que podemos aislar de una narración, en el que se pueden identificar el tiempo, el espacio, el tipo de narrador y varias instancias más de la técnica narrativa usada para construir el relato”.
	Ponía como ejemplo a mis alumnos un texto mío (que no he escrito en la realidad) que se llama “¿Quieres que te dé atole con el dedo?”, y era sobre dos amigos –un hombre y una mujer– que por distintas circunstancias tienen que pasar la noche juntos. Se acuestan en camas separadas y luego de desearse buenos sueños, ella le dice a él –ya están a oscuras– que siempre ha querido tener una noche apasionada con alguien que le finja amor con promesas y palabras encendidas, que no tengan que ser ciertas, pero que sean convincentes; y que si él puede hacerlo ella también lo hará, sin que al día siguiente la amistad sufra variaciones.
	Él acepta incondicionalmente y se besan, se juran amor, se dicen y escuchan todo lo que alguna vez hubieran querido oír, decir a alguien, y tienen una noche maravillosa.
	Cuando desperté, mi memoria caprichosa, como si pensara sola en un posible epígrafe para el cuento que no he escrito, recordó el bolero “Miénteme”, de Armando Domínguez Borrás, quien nació en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, en 1921. Según mi top de canciones 2020, que hace en forma automática Spotify, el servicio electrónico donde generalmente oigo música, fue mi tercera canción favorita del año pasado. Me gusta mucho, en especial porque creo que la verdad exacta sobre el amor, la amistad, los cariños familiares no la podremos saber nunca, y tenemos que conformarnos con las mentiras bien hechas, es decir, aquellas que se dicen y tienen perfecta o aceptable concordancia con los actos. No querría ni quiero que alguien me diga que me quiere y me trate mal, por ejemplo.
	Yo, como en el bolero, suelo tener la convicción de que no hay diferencia entre la mentira (“Te quiero”) que es complementaria con el acto, porque ello parece “verdad” o es la verdad más aproximada que podemos conocer, es lo mejor a lo que podemos aspirar, porque si nos empeñáramos en pedirle juramentos irreprochables de amor, amistad o fidelidad a nuestros cercanos sería una pesadez y tal vez, eso sí, escucharíamos muchas mentiras flagrantes.
	Yo, como don Armando, si alguien le da “a mi vivir la dicha con su amor fingido”, no tengo empacho en pedirle “miénteme más”…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Daniel Dávila




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com