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Voces ensortijadas 97. Abrazando el invierno. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 97

Abrazando el invierno

Por María Gabriela López Suárez

Mientras se dirigía a su casa Luisa observó la puesta de sol, para cuando llegó a su destino éste se había ocultado. Sin embargo, aún quedaban esos destellos de luz en el cielo que pintan el paisaje en tonos azul claro con tintes de color gris, en diferentes matices.

Abrió el portón y se despidió del conductor que la había llevado a su domicilio. Caminó hacia la entrada de la  casa, alrededor de unos treinta y cinco  metros. Sintió que el aire estaba más fresco, le apeteció ponerse una chalina. Apresuró el paso. Escuchó unas voces, eran Esther, su mamá, y Rafa, su hijo de cinco años.

Rafa salió a su encuentro y la abrazó como solía hacerlo cuando ella llegaba de su jornada laboral. Luisa correspondió la muestra de cariño y saludó a su mamá. Dejó su bolsa, comenzó a platicar y preguntarles cómo les había ido en el día; después fue por su chalina. 

Les propuso que para cenar prepararan crepas, en la despensa había champiñones y queso manchego,  aún quedaba mermelada de guayaba que ella había hecho, así que podían elegir entre crepas saladas o dulces. Toda la familia estuvo de acuerdo en cenar crepas de ambos ingredientes.

Como todas las tardes Luisa fue a colocar el candado en el portón de la entrada, con la chalina puesta se sintió más reconfortada porque el aire había enfriado. Observó el cielo, las nubes viajaban rápidamente. La montaña que se veía desde su casa comenzaba a desdibujarse en lo alto, la neblina caía. El paisaje también permitía deleitarse distinguiendo las estrellas, en esos momentos es cuando Luisa deseaba conocer un poco más sobre astronomía y esos cuerpos celestes.  

Procedió a poner el candado, se cercioró que estuviera bien cerrado el portón. Luego se quedó unos instantes observando el paisaje, la postal que tenía frente a ella era sumamente hermosa, el coro de los grillos le daba el fondo musical perfecto. Una ráfaga de viento frío le acarició el rostro, la montaña había sido cubierta en tu totalidad por la neblina y la magia que envolvía el ambiente le hizo sentir que estaba abrazando el invierno. En su dinámica cotidiana había olvidado que ya estaban en esa época del año.
 
Se acomodó la chalina y caminó a la casa, Esther y Rafa ya la esperaban para preparar la cena. A ella le apetecía cenar crepas saladas, aunque pensándolo bien, no estaría mal compartir una crepa dulce con Rafa y le propondría a doña Esther que los deleitara contando cuentos.
 


Photo by Eva Elijas on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 97. La venosa. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 97

La venosa

Héctor Cortés Mandujano



Aunque supongo que la venden en todas partes fue en Oaxaca donde probé la cerveza Vicky con agregados a su sabor. Me llamó la atención lo que dice la etiqueta de la primera que tomé (sólo dos, no vayan a creer): “Chela chingona con chamoy y mango”.
	Recordé que fue polémico el comercial de Victoria, su cerveza emblemática: “La primera cerveza hecha con lo más chingón de México”. Remarca la publicidad, para que quede claro el mensaje, la palabra chingón.
	Hubo durante muchos años prohibiciones tácitas y escritas sobre no decir palabrotas en el cine: se decía, con eufemismos, hijos de la guayaba o de la tostada, hasta que las mentadas de madre fueron lo más socorrido de nuestro cine; en la televisión abierta son ya más permisivos, porque Youtube y las redes pulverizaron la prohibición; en los periódicos ahora menudean; en las canciones que pasaban en la radio sólo se sugerían (La rajita de canela, Voy a apagar la luz, Qué culpa tiene la estaca, etcétera), hasta que empezaron a decirse sin el menor recato…
	Los conductores, noticiarios, actores y actrices, gente famosa, ocultaban su modo de hablar. Que Sara García, la abuelita del cine nacional, dijera groserías parecía el fin del mundo. Ahora es normal que todo mundo en todos lados llame al pan, pan y al sobaco, sobaco sin ruborizarse.
	El único bastión donde la prohibición no hizo mella casi nunca fue en los libros, tal vez porque, aunque a algunos regímenes totalitarios les parecen peligrosos, tienen y siempre han tenido pocos lectores. Que se vayan a la chingada, pensaron quizás.
	Pero la última puerta, creo, que se está derrumbando es la publicidad y los nombres de los negocios. Se tenía miedo, también supongo, de que la gente se alejara del producto o del negocio que tuviera alguna mala palabra. Pero no ha sucedido, sigo suponiendo, con la cerveza Victoria.
	En los negocios siempre han tratado de esconder la palabra con sugerencias más o menos creativas, más o menos simples. Por ejemplo, llamar a un motel Rapid-inn en Tuxtla (sobre el Libramiento Sur) o una taquería Ay Güey (en la Quinta Norte) o cosas así.
	Por eso me sorprendió que en pleno Tuxtla Gutiérrez, capital del estado de Chiapas, frente a la Plaza Cristal, sin duda la más popular, la que más gente recibe, hubiera una cantina que se llamara sin darle muchas vueltas, con meridiana claridad, Don Vergas. En la entrada, además, con un albur sin rebuscar, escribieron: “Siéntate a gusto”. 
	Antes hubo una cantina que se llamaba el Chomeme (otro subterfugio para referirse a la verga) y otra El abajeño (que democráticamente se refería a los dos sexos); es decir se podía hacer alusiones al sexo usando trucos verbales que parecían, por el nombre sonoro de Don Vergas, se irían a dormir a las redes de la modosidad. 
	Chingón se dice hasta en las mejores familias y Verga ha sido la palabra más condenada y, por lo mismo, la que más dice la gente en Chiapas. Victoria pone la palabra chingón como una palabra común y Don Vergas normalizaba la satanizada expresión sobre el falo y abría la posibilidad de que algún otro negocio se llamara con otras palabras que existen pero se esconden por educación, por prudencia, por hipocresía, por tantas cosas… 
Don Vergas duró llamándose así durante meses, pero le llegó, supongo, la  admonición amenazante y ahora, con los remilgos de no hincarse ante la autoridad y dar su brazo a torcer, se llama con la misma tipografía y colores Don Vengas, que ya suena absurdo. Según yo hubiera sido mejor que cambiaran completamente de nombre, porque así nomás parece que –en acatamiento a la orden de le cambias o le cambias– se hubieran hecho la jarocha…
 



 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 3. Fisonomía 3-Homenaje al Cuadro. Antonio Florido

Cajón de rubores / 3

Fisonomía 3 
Homenaje al Cuadro

Por Antonio Florido

       


En Órganos sin cuerpo, Zizek parece recordarnos que nunca abandonamos la constancia de Ser Algo, de Ser Nada. Llegar a los extremos y comprobar que no posees, que jamás tuviste la gracia de conservar el entendimiento. Se ha hablado mucho sobre la esencia del Arte, que si penetra en el hombre, que si sale del mismo. Pero aquí asistimos a la cuadratura del pensamiento, a la agudeza del ojo que se esfuerza en ver más allá de la simple tonalidad. La forma acaso no coincida con la Forma primigenia e ideal. El color se muestra enervado, y gasta sus fuerzas en un vahído que se diluye en la lejana línea del otro cuadrado, del llano que arde, como si dijéramos, con las espigas ardientes e invisibles que sólo llegamos a intuir. El Ser necesita un sueño para poder levantar la episteme que le llama. Un sueño amansado, lento y sereno, o amarillo, a la manera de una pintura irreconocible a primera vista. Esto no sucede en este caso. Vemos un día radiante. Un sol bragado en constante lucha con el azul del cielo imaginario, una ceguera que nos inocula el miedo al paso inevitable del Tiempo. Vemos el color y corremos al espejo. Necesitamos comprobar cuánto hemos envejecido desde las altas horas de la noche, con el embozo endedado y los ojos abiertos, la mente despierta, agria. Algunos hablan de pretensión y de histeria, de vana melancolía al reconocer que no somos capaces de ningún regocijo. Algunos escriben sobre la sobria unicidad, vital y espontánea. De lo que sucede a nuestro alrededor, de lo que creemos que pasa, de aquello que anhelamos en el horizonte. Esos algunos observan, sentados sobre la amarilla tierra, el amarillo futuro que se les viene encima. Ya notan cómo sus huesos se agrietan, encerrados en el hueco cremoso; ya oyen el hervor de sus tuétanos, la despedida de los familiares, los gemidos y llantos. Algunos hacen algo. Otros hacen nada, sólo comparar la irrisoria voluntad de querer y no poder con la cruel asonancia del mundo, con el diapasón que calla, que nunca dijo nada en su movimiento loco.

Una figura a dos voces. El amarillo de Van Gogh, como afirma Hoffman, (¡qué hermoso es el amarillo!), y la perspectiva que desaparece o se yergue. Reunir nuestro cerebro y el universo en un local amarillo, en un campo inocente y oro, con una mirada pajiza que embobe la mirada del otro, es el misterio, uno de los grandes misterios de la vida, del orgullo al ser. Posible deambular por los ciegos pantanales ambarinos. Sentir y creer acaso sean la misma cosa. Idéntico despliegue de las facultades de entender o mirar hacia otro lado. La eterna discusión de ver el Todo en una herida y la Nada en una agónica explosión de risotadas.

Incorporación de formas, inflexiones, ángulos y distancias.


El Hombre como símbolo perseverante, en busca de lo inalcanzable. El Ser en el cómico intento, repetido hasta la locura, de comprender un cuadro, una figura, una alegoría salvaje de la naturaleza, quizás una invención impensada, un sueño imposible de alcanzar, una tragedia, un patio de butacas vacío, un silencio y frío, demasiado frío para ser calmado por el oro sumiso de una joya triste, rota.

 
 

 

Homenaje al cuadrado (1964). Josef Albers (1888-1976)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 96. La regla de las 3 erres. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 96

La regla de las 3 erres

Por María Gabriela López Suárez

Roberta había dispuesto que, en casa, esa semana harían depuración de lo que no utilizaban, para donarlo si estaba en buen estado o desecharlo si no era útil. Lo primero que pensó fue en el cuarto de su hijo Roberto. Él solía guardar muchas cosas que luego no ocupaba. 

Cuando estaban desayunando le comunicó la noticia a Roberto, él la quedó viendo. Roberta conocía esa mirada, significaba  algo como, no me entiendes mamá, todo es útil en su momento. 

La tarea comenzó y Roberta tenía práctica en eso, en un par de días juntó tres cajas con cosas para depurar y dos bolsas con ropa y calzado para donar. La tarde del miércoles decidió dar su revisión para ver cómo iba Roberto en su actividad, lo encontró en su cuarto con varias hojas de papel debidamente apiladas, unas libretas en proceso de deshojar y unos frascos de vidrio que ella había colocado en lo que iría para la basura.

Roberto observó el rostro de su mamá, intuyó que le diría algo y acertó.

—¿Y en qué se supone que avanzaste? Yo ya seleccioné las cosas que sirven, las que no, pero veo que ya fuiste a recoger cosas que van para la basura.
   
—Sabía que me dirías algo, pero esta ocasión no seguiré acumulando cosas, lo prometo. Te explicaré mi idea. 

Roberto recordó lo que había aprendido en algunas clases de la secundaria en su materia de Ciencias, y eso era lo que estaba  tratando de aplicar. Le explicó a su mamá que la idea de ella era muy buena, separar las cosas para donar las que servían y tirar a la basura las que no usaban. Sin embargo, podrían hacer algo más en beneficio del medio ambiente, aplicar la regla de las tres erres reducir, reciclar y reutilizar. Eso era lo que él intentaba hacer con las hojas, darles otro uso porque tenían un lado limpio, con ellas haría libretas pequeñas, sabía que a Roberta le encantaban. En cuanto a sus libretas aún podría ocuparlas para otro ciclo escolar con las hojas que estaban sin usar. Respecto a los frascos de vidrio los podían decorar y reutilizar para guardar semillas en la despensa; la otra idea era para obsequiarlos como dulceros o semilleros en alguna fecha del año.
 
Las ideas de su hijo le parecieron muy interesantes a Roberta, quien escuchaba con atención y recordaba haber leído en un periódico hace algunos años que se cortaban 500 mil árboles diarios y que para fabricar una tonelada de papel se requerían de 15 árboles. Era un impacto fuerte para la naturaleza. Esa tarde ella había aprendido algo nuevo, Roberto le había dado la lección de las tres erres y por otro lado, ella ya se estaba imaginando que le gustaría tomar parte en la elaboración de libretas y decoración de frascos. 


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 96. Palinodia del cuerpo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 96

Palinodia del cuerpo
(Sobre la exposición de Juan Ángel Esteban Cruz)

Héctor Cortés Mandujano




1. La muchacha, enamorada de sí misma, ve sus pupilas hermosas en el espejo. Detrás de ellas, una bola blanca y sanguinolenta, llena de misteriosas conexiones, está oculta en el interior de su rostro, como sarmentosa raíz oscura, en el revés de su ojo. 
         Debajo de su ombligo lúbrico, piel adentro, las costillas flotan mientras la sangre escurre, camina, corre, brota de un manantial recurrente y cansino. Sus pechos opimos muestran a ilusos la majestuosa apariencia superficial de la belleza, mientras late debajo un corazón hecho de viejos y revueltos huesos sangrantes.  

2. Levanta el pedante su brazo admonitorio y cree decir palabras que no son más que ecos repetidos de la nada eterna y sucesiva. El hombre vivo es sólo el montón de huesos que sostienen la ilusión de los cabellos, los labios, el sexo. La vida es la última línea de claridad, en el ocaso, antes de que caiga sobre ella la noche definitiva, unánime.

3. Aquel hombre genial, esta mujer encantadora, ese niño inocente, y también la vieja sabia, el anciano insoportable… todas, todos, alguna vez seremos comida fácil para los insectos que acomodarán los cráneos mondos sobre sus patas implacables, para los zopilotes que esperarán con paciencia nuestro último suspiro y que desdeñarán nuestras joyas para yantar a gusto en nuestras vísceras, en nuestra carne magra. Nos volveremos sólo huesos que roer para quien, después, será comido por otros, hasta llegar al revuelto polvo al que nos integraremos antes de volvernos aire, luz, vacío, nada…

¿Cuántos órganos se involucran en el acto mágico de ver? Muchos, algunos tan invisibles como la memoria: veo esos ojos y recuerdo a una mujer a la que quise, miro la tarde y mi padre muerto me pide que caminemos juntos. Además, el color no existe. Y el tiempo es una mezcla inextricable de ayeres, este instante y tal vez mañanas. Vemos distinto cuando somos niños, cuando jóvenes, de viejos. Y somos todos los sexos, todos los animales, todas las posibilidades: los mundos, los universos.
	Juan Ángel Esteban Cruz mira y pinta desde la profunda oscuridad que somos nosotros, que él es. Tiene la luz de la inteligencia y la sombra del arte que camina dando palos de ciego. Sabe que detrás de la bella escenografía están las maderas empatadas, los clavos enmohecidos, el cartón rompiéndose, y eso le importa más que la boca pintada con el uso maestro del bilé. 
         Esta exposición es su visión panóptica y su mirada fija; lo que ve, imagina y sueña en la duermevela, el sueño paradójico, la pesadilla.
	El otro salto es saber cómo nuestra mirada puede volverse esa raya, ese color, aquel dibujo, esta obra. Y allí ya entra el concepto, que es un quebradero de cabeza: arte. El arte es volver a nuestros orígenes, se ha dicho desde la filosofía. Y somos esqueletos, sangre, negruras, alimento para otros, carnada, misterio. Eso nos dicen estas imágenes.
	El ojo, el cerebro, la memoria, la mano, la vida de Juan Ángel Esteban Cruz están en estas representaciones que nos inquietan, nos inquieren, nos envuelven en algo que está más allá de él, que las hizo, y más allá de nosotros, que las contemplamos. 
        En ese más allá donde tiembla el agua del manantial interminable del arte eterno, de la muerte que nos espera, que nos hace señas obscenas y, a la par, guiños sugerentes. 

4. Parece que los cuerpos se retractaran de su vestido de carne en las pinturas de Juan Ángel: El gallo es una aparición de huesos y ectoplasma, que intenta cantar en el aire gris de la no materia. No termina la tortura en el esqueleto que se halla atado con alambre de púas y parece gritar piedad desde su boca seca, desde sus ojos huecos. Es bello el pez azul que, como Caronte de espléndida cola, parece arrastrar un cadáver en las aguas de la muerte, pero en las aguas rojas el pez también es una colección de huesos, una aparición que aletea, con la grandiosidad de su veste carmesí, en las profundidades de la nada…

5. Al imago no llegan estas imágenes, estas apariciones, son palinodia del cuerpo: el gazapo bicéfalo es devorado o alimentado, lo mismo da (¿quién dice que no es lo mismo estar vivo que muerto?), por un homúnculo femenino, mientras parecen caer en un abismo azul de resplandores rojizos. La muerte escarlata toca la tarantela de los muertos. La mujer y la calavera están a punto de pasarse, en un beso, el pez violeta del amor.

*Texto incluido en la exposición Palinodia del cuerpo, de Juan Ángel Esteban Cruz, inaugurada el 19 de noviembre de 2021, en Telar Teatro, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas 



 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 2. Fisonomía 2-La Jirafa Nubia. Antonio Florido

Cajón de rubores / 2

Fisonomía 2 
La Jirafa Nubia

Por Antonio Florido

       
Ware expresa la humildad que nace en su sentir como la comparación entre lo diminuto y lo fantástico. Tan así que el cuerpo alargado que mira impone su criterio derramando un castaño definido en la altura. De la nada surge, crece; yergue su figura hasta lo alto, donde en el cielo se percibe un cuello manso y poderoso, diríamos casi humano. Pasamos de la altivez inicial a la calma de la emoción, en una aquiescencia premeditada, o tal vez nacida del mundo para todos los tiempos. Más allá, vean, la cabeza se hunde en el mutismo. Observa silenciosa las tantas figuras trianguladas, como si el occidente buscase la respuesta a sus desvaríos. En otro lado de la historia un rey piensa en su obra, mira por la ventana del palacio y espera. El pintor, oculto tras una mancha azulada, lacea y muere de pronto, recuerda a su soberano, al requerimiento que apremia, y de tanto los colores van surgiendo, como por arte de magia, del extremo picudo, verde, azul, blanco…
          Bajo los hombres las sombras se quedan marcadas en unos verdes intensos, pintan obscuridades; así las patas del animal, en una fuga inevitable, hasta la rayana del cielo que luce un celeste tranquilo. 
          El animal confía en sí mismo, ajeno al trato y al porvenir. No es más que el secreto de Missiroli: El silencio, el maquillaje y Dios. Tres pilares, tres hombres, tres lecturas y tres sentimientos en la mente.
          Como si el tiempo se hubiese parado, incapaz de atravesar el vacío de la ventana por donde el rey continúa observando, en una ilusión que desaparece envuelta en sueños, la cosa se aquieta. Ahora, en la otra esquina de la ciudad, un sirviente desnuda a su amo. El hombre lo va despojando de los vestidos sucios y rotos. El artista aparece con los ojos cerrados, piensa en su obra. Tantos meses de caminatas le han servido para entender que todo tesoro permanece siempre oculto, detrás de la prisa y las obsesiones huecas. Recuerda cuando los indígenas le mostraron al animal. Manso, feliz, sonriente, con su cabeza inclinada, servil. En la trasera un matorral casi imperceptible (quizás imaginado), anticipa un bosque sin fin y, más allá, la meseta desierta perdida en el infinito llano. Pero ahora tenía ante él la oportunidad de comunicar con su paleta los demonios y santos que le mordían el alma…
         Hay algo de desconcierto en la obra nubia. No sabremos nunca dónde comienza y dónde acaba, ¿es, acaso, una leyenda, una trama, un entretenimiento fútil, un sueño pasajero, una necesidad innecesaria? Me refiero a todo. A la realidad más real, la que llamamos nuestra, a la realidad más pequeñita, la encuadrada por la geometría, como atributo de la sustancia que nos creó; ¿dónde empieza el color, dónde el sueño, dónde, insisto, la vida soñada en un sueño de vida, en un paisaje malva de vida, de muerte, de fin?
         La jirafa nubia permanece en silueta permanente, la hermosa jirafa, la coqueta jirafa salpicada de barro, la gigantesca jirafa de Sudán. Y, por encima, lo UNO, clavando sus ojos en las cabezas obtusas de los comerciantes. 
         Thoreau afirma que “en literatura sólo lo salvaje nos atrae”. También en la pintura, en el arte, en la vida; siempre lo salvaje se nos muestra con un mensaje ignoto y misterioso, recóndito, como el horror cósmico de Cthulhu, como las sombras volcadas sobre los blancos lienzos impacientes.
 
 

 

La jirafa nubia, Jacques-Laurent (1767- 1848)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 95. Tres piedras para Sísifo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 95

Tres piedras para Sísifo

Héctor Cortés Mandujano

¿Ha visto usted un tigre en una jaula?

Lo mismo es el hombre que quiere conseguir algo grande.

Va y viene frente a los barrotes

Roberto Arlt, en Los lanzallamas


Roxana Carbajal tuvo un padre que la marcó en dos sentidos: un territorio y un oficio, Chiapas y el teatro. Era actor y era chiapaneco. Roxana vino a Chiapas, se ha quedado hasta la fecha aquí, se volvió actriz y dio, además, un siguiente paso: es dramaturga.
          He tenido la suerte de acompañar sus procesos de creación, que hasta el momento se han concretado en tres obras de teatro: Mariposas posadas en el polvo, Salir al sol y Coyotes sedientos.
          Si tuviera que encontrar un hilo conductor en sus tramas diría que es el encierro y la necesidad, incluso la urgencia de escapar. En Mariposas posadas en el polvo la pareja protagónica está dando vueltas a una vida que ya ni siquiera tiene. Hablan desde lo interregno, como los seres de Comala, como los personajes de Un hogar sólido. En su vorágine de culpas y dolor también está dando vueltas su hija. Como Sísifo, los tres suben la piedra del sufrimiento hasta la cúspide y caen con ella para volverla a subir y volver a caer, eternamente.
           En Salir al sol, los jóvenes que hacen una huelga se encierran en un salón al que vuelven su centro de operaciones. Es curioso el contrasentido: los que buscan la libertad, se encierran voluntariamente y el quid de la obra es si van a decidirse a salir o se quedarán en su cárcel voluntaria de manera indefinida. Quedarse en la sombra o salir al sol es su disyuntiva.
          En Coyotes sedientos dos niños están encerrados en un pueblo que los castiga, los golpea, los segrega, los daña. Quieren escapar. Uno lo hace primero, en condiciones de subordinación; la otra lo hará sin que, en la obra, eso sea necesariamente una liberación. Ya no son niños, pero la soledad, el desarraigo, el dolor ya no los une, los separa en definitiva. Quién sabe si alguna vez puedan saciar su sed de saberse aceptados, queridos. Tal vez siempre sean coyotes sedientos.
          Hasta el momento, digamos, la poética de Roxana Carbajal está ligada a la infelicidad como santo y seña de la humanidad de sus personajes. Hay, de momento, poco lugar para la risa, aunque en Salir el sol y en Coyotes sedientos ya haya menos opresión, más ventanas que en Mariposas posadas en el polvo, en cuyas vidas perdidas las puertas están selladas. 

Pero estamos aquí para celebrar, justamente, la publicación de Mariposas en el polvo, editada por Tifón, con diseño e ilustración de Juventino Sánchez. En la contraportada escribí un pequeño texto, que les leo: “La historia ya pasó y los personajes estuvieron enamorados, fundaron una familia, tuvieron hijos. Ya no están. En qué consistió el amor, qué es el amor, por qué se termina, en qué se convierte.
          “Mariposas posadas en el polvo, de Roxana Carbajal, no sólo hace las preguntas, sino intenta las respuestas. Lo hace desde la conciencia femenina, desde una escritura que elude las obviedades y trata de calar hondo.
          “Es un privilegio ser testigo de cómo nace una nueva dramaturga y es alentador que no se quiera entretener con gracejadas inocuas, con caminos trillados. Este es su primer paso y es firme, asentado. Lo bueno de iniciar un camino es que hay poco pasado y mucho futuro. Roxana Carbajal tiene talento y disciplina para llegar lejos, hasta donde su imaginación la lleve. Ojalá nunca se conforme, nunca se detenga.”

*Texto leído en la presentación de Mariposas en el polvo, de Roxana Carbajal. 6 de noviembre de 2020. Galería Rodolfo Disner. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.



 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 95. El álbum de las memorias. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 95

El álbum de las memorias

Por María Gabriela López Suárez

Ingrid fijó su mirada en la taza humeante de té de menta que se había preparado. Sus gafas se empañaron rápidamente al darle el primer sorbo. Apartó su mirada de la computadora, luego decidió guardar el archivo en el que trabajaba y la apagó. Observó sus manos, las señales del tiempo se reflejaban en ellas, el color de su piel había cambiado, tenía decoraciones de colores,  como ella llamara de niña a las pecas.

Siguió con la mirada fija en las manos, las fue recorriendo palmo a palmo, de manera minuciosa, cada uno de sus dedos, cómplices aliados en el tecleado de tantos golpes en la máquina de escribir, luego en la computadora… sus eternos compañeros en las labores de la jardinería, en la mezcla de ingredientes para la cocina y en el intento del trabajo con el barro, actividad que realizó en alguna ocasión con sus colegas.

Se detuvo en el callo del dedo anular de su mano izquierda, recordó que era el resultado de empuñar con fuerza el lápiz en su infancia, había olvidado que le gustaba escribir de manera fuerte y que sus letras se vieran claras, haciendo que el tono de su lápiz o lapicero se remarcara.

Siguió el repaso de las historias y encontró la pequeña cicatriz en su dedo pulgar de la mano derecha, señal que le quedó cuando se prensara rápidamente al cerrar una ventana, en ese afán de querer contestar de manera pronta una llamada telefónica.

Le tocó el paso a las palmas de las manos, cuántas veces había intentado descifrar sus significados. Ellas que se habían encargado de estrechar saludos, acariciar hojas, árboles, rocas, montañas. Sus palmas también habían sido el sostén no solo de objetos sino de ilusiones, contenedoras de sus lágrimas de alegría y tristeza,  generadoras de energía en los días invernales y sin duda alguna, sus más grandes apoyos para agradecer la vida.

Bebió el último sorbo de su té. El teléfono sonó. Ingrid volvió su mirada para saber quién llamaba. Era Isabel su nieta.

—Isa, ¿cómo estás hija?

—¡Hola abue! ¿Qué haces?

Ingrid sonrió al tiempo que decía: Repasando el álbum de las memorias. 
 
 
 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 1. Fisonomía 1-Carro de Heno. Antonio Florido

Cajón de rubores / 1

Fisonomía 1 
Carro de Heno

Por Antonio Florido

Pasan los siglos en un tiempo relativo, continuo y disparatado y el hombre avanza incesante por el camino de lo absurdo. Se va deslizando por la estela del orgullo, de clase en clase, superando las posibles contingencias, pasa la vida en la madurez y las copas se le colocan delante, pero el hombre no ve otra cosa que su propio engreimiento, de eso hablan y cantan las crónicas de siempre.
          No es caso de ahora, no. 
          Se trata de la demolición, lucha eviterna de lo que es y lo que se ansía. Intentar escapar del arte engañoso del otro.
          El campesino viaja agachado, con el peso del mundo sobre la espalda cansada. Con la mano aleja al can que le provoca, avanza entre la multitud sin pensar y sin oír, tal vez en una escena muda, llena de grises y turbios, de nubes golosas sobre el techo de madera.
          Telas y ropas pobres y cestos de mimbre.
          ¡Fuera bandidos y danzas, fuera lujurias! 
          El viejo se ha detenido, observa detrás del paño al incipiente que escribe, piensa y sonríe, a veces grita en silencio, muere un poquito su vida. Lleva todos los años buscando el sentido, viaja y habla, queda y habla de nuevo, y sigue hablando sin llegar a la tediosa desesperanza.
          Le puede al hombre la espera, la toma con los dedos viejos y apelmaza con ella grumos de más vida.
          ¿Camino?
          La tarea densa de vivir. Ser y adelantar, esperar. 
          El hombre ha sido expulsado del paraíso del cielo por su gran pecado. (Moral dibujada en un azul y verde y amarillo). Ahora el asunto ingrato de volver la cabeza y pensar. Pero el hombre no ha sido puesto en la tierra para eso. Sólo debe obedecer al impulso, el rey del misterio, efímero elemento, perecedera angustia. Es tributario de la especie que prodiga y regala. 
          Desobedecer es cambiar. Buscar y encontrar la ruptura. Se levanta y observa el bullicio. Queda parado en una isla imprecisa. Alrededor juglares y danzantes, borrachos, demonios y perros, ángeles arrepentidos de haber sido buenos, mujeres en brazos extraños, éxitos florecidos, espigas quemadas.
          Ahora camina deprisa, busca la puerta, tropieza con los brazos y piernas, los perros le muerden y le desgarran y sigue luchando. 
          Pasan veloces los tiempos. Todos han envejecido. Los tonos son ahora más transparentes, como si el cuadro estuviese huyendo.
          Los personajes han detenido sus movimientos y miran al viejo con un interés malicioso. La puerta está muy cerca, la muerte llama, el anciano avanza unos pasitos. Todos se han llevado las manos a los ojos, algunos se tiran de los pelos, otros se lamentan y gritan, las mujeres lloran, los niños ríen con sus manecitas absurdas, perros que ladran como simples perros, locos más locos. 
          El viejo logra cruzar la puerta. El camino que sigue desaparece en un agujero ilógico. No puede avanzar, irse lejos, huir, se sabe cansado, inútil, yermo.
          Detrás continúan sonando canciones, las ruedas del carro chirrían. 
          Yo me alejo con el horror de entender. 
 

 

El carro de heno. El Bosco (Hieronymus Bosch o Jeroen van Aken). Museo del Prado.




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 94. El ciclo de la vida. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 94

Por María Gabriela López Suárez

El ciclo de la vida

La mañana del sábado tenía un tinte de aire frío, el cielo estaba azul,  pintaba un día soleado, de los que suelen haber en el invierno. Rebeca no había despertado, desde hace varios días tenía poco ánimo para levantarse y hacer sus actividades cotidianas. Matilde y Gerardo, sus padres, se habían dado cuenta. El motivo era la partida física de su abuelito materno, don Román. Rebeca lo quería  mucho y lo extrañaba; a sus 10 años la niña no asimilaba tan fácilmente la ausencia.

Don Román y Rebeca habían hecho muy buena mancuerda desde que ella era bebé, él solía contarle cuentos y eso desarrolló en ella el interés por la lectura, aprendió a leer antes de ingresar a la primaria. 

Gerardo y Matilde acordaron platicar con Rebeca sobre el tema. Gerardo se fue a regar el huerto y dijo a Matilde que cuando la niña despertara la enviara a ayudarle, eso la ayudaría a distraerse un poco. 

Rebeca no tardó en llegar al huerto, saludó a Gerardo quien la abrazó  enseguida.

—¿Qué estás haciendo papi? ¿Te puedo ayudar?

—Sí Rebe, justo te estoy esperando, aquí tienes una cubeta pequeña para ir llenando y regando las plantas de hinojo. 

Rebeca aprendió a conocer el hinojo por su follaje y su aroma, así que lo distinguía muy bien. Mientras hacía la actividad encontró una planta de hinojo seca, doblada. Llamó a su papá, Gerardo observó la planta, la reconoció, era una de las más altas que tenía en el huerto, poco común en las que normalmente había visto. Ya había cumplido su ciclo, estaba seca, no fue difícil arrancarla.

Aprovechó la ocasión para conversar con Rebeca sobre la partida del abuelo Román. La niña escuchaba atentamente.

—Ves esta planta Rebe, estuvo pequeña y creció mucho, mucho, nos dio lo mejor en su etapa de vida pero ha partido, su follaje se ha secado. Sin embargo, mira bien sus ramitas, ¿qué tienen?

—Son muchas semillitas, en cada rama hay varias. 

—Así es, las semillitas son los frutos que nos deja y que podemos esparcir en el huerto, para sembrarlas y  que con el tiempo crezcan y den más plantas. De esa forma, tendremos presente a la planta mamá. El abuelito Román también cumplió su ciclo de vida y dejó sembradas semillas en cada uno de quienes lo amamos, lo que aprendimos con él nos ayudará a dar los frutos de sus enseñanzas y tenerlo siempre en nuestro corazón.

Rebeca abrazó con fuerza a Gerardo, quien correspondió el gesto mientras la escuchaba sollozar y tratando de animarla le dijo.

—Los ciclos de la vida son parte de lo que nos toca vivir Rebe, quienes parten no se van, se quedan en nuestra vida, con sus enseñanzas y el amor que les tenemos. Ahora, escucha, el viento silba suavemente, mira qué bonito se mueven las hojas de los árboles.

Rebeca alzó la vista, sus ojos húmedos se fijaron en el paisaje mientras el viento les seguía acariciando.

 



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.