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Voces ensortijadas. 88. Winter, Spring, Summer or Fall. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 88

Por María Gabriela López Suárez

Winter, Spring, Summer or Fall

El inicio del otoño era más que evidente, esa mañana de viernes el sol se había levantado un poco tarde. El clima había cambiado la noche anterior, el viento continuaba soplando, acompañado de una brisa que podría invitar a evocar muchas emociones. 

Micaela se disponía a iniciar su día de trabajo en línea, prendió la computadora y buscó una selección de música de la década de los setenta.  Dejó que la música fluyera, mientras se asomaba a la ventana de la cocina. Percibió el aroma de la mañana,  observó el paisaje grisáceo del cielo, le provocó una sensación de nostalgia.

Miró el reloj, las 8,15, le apetecía beber un chocolate con cardamomo. Buscó en la cocina, seguro que Tobías, uno de los compañeros con el que compartía casa habría comprado cardamomo para la despensa. A él le encantaba esa especia para cocinar y preparar bebidas. En efecto, Micaela halló un frasco con la semilla. 

Comenzó a preparar el chocolate, lo prefirió con agua. El cardamomo le daba el toque especial. Ella disfrutaba el aroma. Se sirvió la bebida en su taza preferida, una de barro con forma de jarrito. Decidió acompañar el chocolate con una pieza de pan, una rosquilla sin azúcar. 

Mientras degustaba su chocolate con pan observó el calendario, el mes de septiembre estaba por culminar. Su mente le trajo un cargamento de memorias. El noveno mes del año tenía una particularidad, sus días le generaban un cúmulo de sentires, entre ellos estaban nacimientos y partidas de seres queridos, así como encuentros que le significaban mucho y que estimulaban su caminar. 

El tiempo pasa volando, pensó. Se quedó contemplando la taza de barro con los restos de su bebida. Saboreó el último trozo de la rosquilla. Se sintió afortunada de atesorar en la memoria y el corazón cada uno de esos momentos incluyendo los que no eran gratos, finalmente eran parte de su vida y le habían dejado aprendizajes. 

Respiró profundo, sintiendo cómo inflaba el pecho y posteriormente, inició su jornada laboral, mientras escuchaba con atención la interpretación de Carole King: Winter, Spring, Summer or Fall, all you have to do is call and I’ll be there, You’ve got a friend...


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 88. Evocadas páginas de otro libro/II. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 88

Evocadas páginas de otro libro / II
Hijos como estrellas, como arena


Héctor Cortés Mandujano

Abram y Sarai se vieron, se conocieron, se amaron. Ella era estéril. Dejaron su Harán natal (Abram tenía 75 años) y los acompañó Lot, sobrino de Abram, casi su hijo.
	En Egipto, en su pobre casa, Abram fue despertado por Él. Le dijo que saliera a ver la noche. Que contara las estrellas. Que así de numerosa sería su descendencia.
	Le contó a Sarai y ella dijo:
	—Yo no te puedo dar hijos, ¿por qué no tomas a Agar, nuestra esclava, y la embarazas?
	Era fuerte Abram, potente. Nació Ismael, el hijo que depositó en el vientre de Agar, cuando él tenía 86 años. Ismael (es decir, Dios oye) era apenas su primera estrella.
	Dios decidió, entonces, cambiarles de nombre. Abram se volvió Abraham (o sea Padre de una multitud) y Sarai, Sara, es decir, Princesa.
	Y les dijo que serían padres. Sara, a sus 90 años, sonrió: ¿Tendré deleite, siendo también mi señor ya viejo?
	Y tenía cien años Abraham cuando nació Isaac, el hijo de Sara.
	Otra estrella.

Pero estaba el asunto de Sodoma y Gomorra. Serían destruidas. 
        Y en Sodoma vivía Lot.
        Llegaron los ángeles a Sodoma y Lot los recibió, les hizo un banquete, y ellos le dijeron que se fuera. Él pidió salvar también a su mujer y a sus dos hijas adolescentes. Y le fue concedido, sólo con una condición: no debían volver la vista atrás. La mujer de Lot lo hizo, y se convirtió en estatua de sal.
Las hijas de Lot, después, lo emborracharon, una por noche, y decidieron tener hijos de su padre. Lot las embarazó. De una nació Moab; de otra, Ben-ammi. Y fueron génesis de multitudes.

Sara murió y Abram, más que centenario, tomó a otra mujer, Cetura, y con ella, como si fuera un adolescente brioso, tuvo más hijos: Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa. Murió Abraham a los 175 años, y su mucha descendencia se multiplicó “como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar”.
 



Contactos: hectorcortesm@gmail.com





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 87. Los surcos de la felicidad. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 87

Por María Gabriela López Suárez

Los surcos de la felicidad

La lluviosa tarde de verano había dejado un agradable clima, se apetecía leer, tomar chocolate con pan o conversar amenamente. Lucrecia recordó que tenía pendiente hacer una entrevista, le habían dejado una tarea en el bachillerato, en su materia de Lectura y redacción. El tema era libre. Sin dudarlo decidió preguntarle a doña Irene, su abuelita materna, si quería conversar con ella para su ejercicio. Le encantaba platicar con ella. Tenía la ventaja que vivía a dos cuadras de la casa de Lucrecia.

Cuando llegó a su casa la encontró sentada, tejiendo un tapete. Era una de las actividades que le gustaba hacer y era de una de las tantas habilidades que Lucrecia  le admiraba.  Después de saludarla le comentó su propuesta, como era de esperarse doña Irene aceptó. No sin antes decirle a Lucrecia que sentía que no tenía cosas tan importantes que contar, pero si le ayudaba con su tarea con gusto platicaban. 

—Abue, ¿estás cómoda ahí o prefieres que conversemos en otro lugar?

—Vayámonos al patio, ahí en mi mecedora vendrán mejor los recuerdos.

Con libreta en mano y su telefóno celular como aliado, Lucrecia comenzó la entrevista. Escuchaba atentamente lo que doña Irene mencionaba e iba tomando nota. Había enviudado muy joven y con su trabajo como costurera y partera había sacado adelante a su familia, dos hijos y una hija.  Su vida había estado llena de retos y momentos fuertes, destacó que la vida le había enseñado que debía disfrutarse y aprender de todas las experiencias incluyendo las más tristes. 

A Lucrecia le llamó mucho la atención cuando su abuelita mencionó que la felicidad era un ingrediente esencial en su vida, la tenía presente en muchos momentos y era una de las razones por las que todavía se mantenía de pie.  No pudo quedarse con las ganas de preguntar sobre cómo ser feliz. 

—Ay hijita, no hay una receta para tener la felicidad completa, más bien creo que consiste en valorar y agradecer lo que tienes, por ejemplo, estar con quienes quieres, tener salud, poder caminar, disfrutar comer una fruta, escuchar el canto de los pájaros, platicar contigo como ahora lo hago y algo muy importante, darte la oportunidad de reír mucho, las veces que te sea posible, sin importar los surcos que se hagan en el rostro al pasar el tiempo. 

Lucrecia observó el rostro de doña Irene, no se había percatado antes que las arrugas que se dibujaban en él justamente hacían referencia a un rostro que no mostraba facciones de enojo, por el contrario, estaba marcado en él un semblante grato, de armonía con la vida. Ahora entendía que esos eran como los surcos de la felicidad.

Cuando finalizó la entrevista, además de agradecerle a su abuelita su tiempo y compartir parte de su vida, le dijo que la admiraba mucho y que ojalá ella pudiera poner en práctica el encontrarle el lado feliz a cada instante vivido. 

—Abue, me encantaría algún día tener esos surcos en mi rostro. Mientras tanto, ¿me invitas a tomar chocolate con pan? Te ayudó a prepararlo.

Ambas sonrieron mientras que de fondo se escuchaba el canto de los grillos, era el anuncio que la noche había llegado.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 87. Parte de mi célula. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 87

Parte de mi célula


Héctor Cortés Mandujano

Las tres ilustraciones de mi querido y recordado Luisito Villatoro,

que he publicado en estas tres semanas,

me las envió Dámaris Disner. Muchísimas gracias, querida amiga.

Podría decir, sin dudar, que él había sido mi mejor amigo. Platicamos sin cesar de nuestras vidas, nos emborrachamos infinitas veces, es el padrino de mis dos hijos y mi mujer lo quiere como a alguien de la familia. 
Cuando llegó, por eso, nuestra preocupación disminuyó: él podría tranquilizarnos y decir que las malas noticias que nos habían dado la víspera eran falsas. No fue así.
Dan vino, pues, y frente a mis hijos y mi mujer dijo que todo estaba bajo control, pero me pidió que fuéramos a tomar un café y allí se sinceró conmigo. Lo hizo sin rodeos.
—Sé que te va a parecer duro: soy un infiltrado en la célula revolucionaria de la que formamos parte, trabajo para el gobierno.
—¿Es una broma, Dan? Tú me invitaste a participar en esta célula.
—Lo hice para probarte y por una instrucción de mis superiores.
—Eres un perro.
—Puedes decirme y pensar lo que quieras; sin embargo, es importante que sepas que logré que tu mujer y tus hijos no tengan ningún problema. Tú vas a pagar por todos.
—¿Y cuál es el precio?
—¿Te lo digo sin matices?
—Claro.
—Van a matarte.
—¿Y cómo?
—No será doloroso. O no lo será tanto. Deberá parecer un accidente. Te arrojarás o te arrojarán, según elijas, del acantilado.
—¡Será espantoso!
—Querían torturarte hasta tu último aliento, yo intervine para que conmutaran aquello por esto.
—Qué amable, me tranquilizas; así que aventarme de la cima del acantilado, según tú, parecerá un día de campo. ¿Con mi familia, de veras, no habrá repercusiones?
—Ninguna. Tú desapareces y ellos seguirán una vida normal. Por eso te pedí que hicieras esas inversiones, que compraras esos seguros…
—Lo hiciste bien. Creía que era por amistad y no como parte de tu trabajo de achichincle del gobierno.
—Bueno, vamos. Si te parece, te acompaño.
—¿Vas a ir conmigo al acantilado?
—Sí, debo cerciorarme de que te arrojes. Es parte de mi responsabilidad.

Llegamos. Dan bajó del coche conmigo y me abrazó. Yo ya había decidido lo que para él fue una sorpresa. Lo jalé conmigo. En una de esas rarezas tan comunes en mí, me dio un ataque de risa su grito desesperado mientras caíamos a una muerte segura, juntos, como los compañeros de la misma célula revolucionaria, como los grandes amigos que se supone habíamos sido…



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Luis Villatoro




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 86. Tejiendo ideas. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 86

Por María Gabriela López Suárez

Tejiendo ideas

Asunción se levantó muy temprano el sábado, el arrullo de la llovizna la adormeció la noche anterior y fue también el que la despertó. Había viajado a su casa el fin de semana y en la región donde vivía llovía la mayor parte del año. 

Nadie de su familia estaba despierto. Fue a la cocina, se preparó un té de jengibre. Luego abrió una de las ventanas de la sala y se quedó contemplando el paisaje. Su montaña vecina no se distinguía, aunque la llovizna había cesado ahora permanecía una densa capa de neblina. 

Comenzó a beber el té. El airecillo de la mañana le había dado frío, fue por un suéter a su cuarto. Decidió quedarse ahí un rato más. Su mirada se posó en el cesto donde guardaba un bordado que tenía un par de semanas que no tocaba. Se levantó, tomó el cesto y sacó la manta, observó que estaba a medio terminar. Había retomado el bordado recientemente, como una manera de relajarse cuanto se sentía muy estresada, pero también se percató que cuando bordaba disfrutaba mucho la manera en que su mente iba pensando en cómo entrelazar colores, puntadas y dar vida a la figura dibujada en la manta.

El bordado que estaba haciendo tenía en su mayoría tonos en color marrón, rojo y naranja, los colores cálidos eran de sus favoritos. Dio otro sorbo a su té, después se acomodó sobre la cama y comenzó a bordar. Mientras iba haciendo cada puntada se le vino a la mente que tenía que realizar una tarea en equipo. Esa idea no le agradaba, solía tener resistencia al trabajo en colectivo. Sus experiencias en años escolares anteriores habían sido desafortunadas, ella y alguien más hacían el trabajo y el resto del equipo salía beneficiado. 

Hizo el intento por dejar de pensar en ese pendiente para disfrutar del bordar, sin embargo, la idea seguía asomándose. Pausó por un instante, observó cómo iba el bordado y se fijó detenidamente en la gama de colores que se mezclaban. Continuó su labor, al tiempo que se fue imaginando que cada color de las hilazas era como un integrante de un equipo, la acción final era terminar el bordado y cada uno de los hilos daba la pauta para colorear la figura de la manta. Es decir, era necesaria la participación de cada uno. Terminó de rellenar la figura de dos cántaros y  guardó su bordado.

Bebió el último trago de té. Se quedó pensando que si el trabajo en equipo fuera como bordar no estaba tan mal, era una manera de ir tejiendo ideas y poniéndolas en orden para realizar la encomienda. Recordó que hace tiempo leyó en el Libro de los saberes una frase que le gustó mucho, el autor era Meterio, un marakame  huichol, "juntar los momentos en un solo corazón, un corazón de todos, nos hará sabios, un poquito más para enfrentar lo que venga. Sólo entre todos sabemos todo". 

Asunción decidió darse la oportunidad de poner en práctica su actividad por equipo como si estuviera bordando. Salió de su cuarto, seguían durmiendo en casa. Sintió los rayos del sol que había despertado, se asomaba sobre la montaña vecina y la saludaba a través de la ventana.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 86. Vida marital. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 86

Vida marital


Héctor Cortés Mandujano

Yo busco, yo persigo, yo reboso

fuerza de amor, que de mi forma vierto:

Vivo extra-mí: mi cuerpo sin reposo, vertido ya en el amor, es cuerpo muerto.

José Martí, en “La ví ayer, la ví hoy”
En el canto X, “De cómo Brunequilda fue recibida en Worms”, de El cantar de los nibelungos, escrito en el siglo XIII, Gunter quiere tener intimidad por primera vez con Brunegilda, su esposa, una guerrera muy fuerte, quien sólo pudo ser vencida (condición para casarse) por Sigfrido, el héroe de los primeros cantos, y posterior cuñado de Gunter, quien ordena su muerte y desencadena la brutal venganza que es la parte más impactante de la historia.
	Cuando Gunter quiere poseer a Brunegilda, decíamos, ésta no quiere; él intenta obligarla, ella lo vence y lo ata sin mayor esfuerzo; Gunter cuenta a Sigfrido su humillación y éste, invisibilizado por un sortilegio (se pone un casco del tesoro de los nibelungos), lucha con ella y es casi muerto. Pero la derrota y Gunter finalmente la toma, la hace suya. Brunegilda cree que su marido es poderoso y se somete.
	[Leer El cantar de los nibelungos es toda una experiencia; en especial por los cantos finales donde hay tanta matanza descrita, tantas luchas cruentas con espada, tanta sangre… Espeluznante.]

La cinta Malcolm y Marie (2021, dirigida por Sam Levinson) me recordó esa vieja historia. Malcolm es un director de cine, que ha triunfado con su primera película y Marie, su mujer, le reclama que haya usado su historia como argumento, que no le haya agradecido públicamente y que, siendo ella actriz, no la haya contratado para interpretarse a sí misma. No tienen intimidad esa noche, claro, y aunque tal vez sigan juntos, la discusión ha abierto muchas heridas, que quién sabe cómo se cierren.

En La buena esposa (The Wife, 2018, dirigida por Björn Runge), la actriz Gleen Close representa a la esposa de un escritor que ha ganado el Premio Nobel de Literatura. Él comienza a marearse por la fama hasta que somos testigos de la escena explosiva del matrimonio donde nos descubren la verdad: la escritora es ella, a quien no le interesa figurar, y él sólo se ha aprovechado, con el acuerdo de ambos, del talento de su mujer.

En la vida real, Sofía Adréyevna Tolstáya (1862-1910) fue esposa de León Tolstói y copiadora de su obra. Uno de los varios problemas que cruzó este matrimonio (que tuvo trece hijos) fue que Sofía, dado que copiaba los libros de su marido –y que también era escritora– quiso, quería poner su nombre en las portadas como coautora. No le faltaba algo de razón, pues copió siete veces la voluminosa y genial Guerra y paz, y algo le habrá agregado, seguro.

En varias funciones de mi obra de teatro La divinidad del monstruo, y a veces a pregunta expresa, he dicho que la obra se llamó inicialmente La patria de la irrealidad; para que la gente no pensara que tenía contenido político, decidí rebautizarla y le propuse a mi mujer dos títulos, para ver cuál le gustaba. Ya los olvidé, pero en uno estaba la palabra divinidad y en otro la palabra monstruo. Mi mujer escuchó mal, unió justamente esas palabras y me regaló un título que me encanta. Gracias, mi vida.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Luis Villatoro




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 85. Todavía no hay nadie. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 85

Por María Gabriela López Suárez

Todavía no hay nadie


Eréndira revisó su reloj, faltaban 8 minutos para que iniciara su reunión virtual con Juan, Gloria y Benito, con quienes estudiaba la licenciatura. Tenían un trabajo por equipo y habían acordado reunirse al mediodía.  No le gustaba llegar tarde pero esa mañana salió a comprar ingredientes para sus galletas. A mitad de la contingencia sanitaria había decidido hacer galletas para apoyar sus gastos en la escuela. Bajó  rápido del colectivo, corrió hacia su casa. Apenas estaba a tiempo.

Entró apresuradamente a su domicilio. Se quitó el calzado, hizo su limpieza para sanitizarse. Dejó su bolsa con el mandado. Se percató que estaba sola en casa. 

Fue a su cuarto, prendió la computadora y buscó el enlace para ingresar. Sentía el palpitar de su corazón más que rápido. Miró el reloj, 12:08, respiró profundo y entró a la sala virtual. Ahí estaba Juan, el más puntual de su equipo, lo saludó y le pidió disculpas por el retraso. Juan dijo que no tenía problema. 
Mientras llegaban Gloria y Benito, empezaron a platicar de cómo les había ido en la semana. En eso estaban cuando ingresó Gloria, 

—¡Hola! Buen día. Estaba preocupada por llegar tarde, pero veo que todavía no hay nadie.

Eréndira se quedó pensando, ¿acaso Juan y ella no contaban? ¿Eran nadie para Gloria? Como un flashazo vinieron a su mente las veces que de niña ella acompañó a su abuelita Chole a los rezos. Cuando solían llegar a alguna casa y coincidían con doña Sofía, una vecina del barrio, siempre solía decir esa frase, "todavía no hay nadie, yo que estaba preocupada". Eréndira jalaba de la blusa a su  abuelita y con su voz no tan débil le decía,

—Abue, ¿por qué doña Sofía dice eso? ¿Nosotras no contamos?  ¿Somos nadie? 

Doña Chole la volteaba a ver y le tomaba de la mano suavemente, mientras le decía:

—En la casa platicamos.

Esa plática con su abue nunca se dio, pero Eréndira creció pensando que si alguien estaba en un espacio y un lugar contaba su voz y su presencia, por lo tanto, debía ser tomada en cuenta. Regresó a su reunión virtual. Pensó que Juan diría algo, observó su rostro en la pantalla, él solo se limitó a saludar a Gloria. Eréndira prendió su micrófono y dijo,

—¡Hola Gloria! Bienvenida, Juan y yo estamos ya estamos acá, contigo ya somos tres. Solo falta Benito. Así que ya habíamos dos y ahora te sumaste.

Gloria sonrió, se disculpó por llegar tarde y por haber dicho eso. Les mencionó que era una frase que solía usar y no recordaba cómo la había aprendido. Finalmente, Benito se integró, con algunas fallas en su conexión. La reunión se realizó y después de tomar acuerdos se despidieron.


Eréndira se dispuso a limpiar los productos que había comprado, mientras lo hacía no pudo evitar recordar la frase, "todavía no hay nadie". Y evocó a Eduardo Galeano, con "Los nadies", uno de los textos de su obra El libro de los abrazos. En eso estaba cuando escuchó que la puerta de la casa se abrió y una voz dijo, 

—¿Hay alguien en casa? 

Era su mamá. Había llegado.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 85. Más de 200 aviones sobre el cielo de Atenas. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 85

Más de 200 aviones sobre el cielo de Atenas


Héctor Cortés Mandujano

He leído tal vez una veintena de libros de Roald Dahl (1916-1990), pero Volando solo (Alfaguara, 1988), uno que leí recientemente, ha sido quizás el que más me ha gustado. Es autobiográfico, continuación de Boy, que habla de su infancia.
	En Volando solo Roald se va como empleado de Shell a Dar es Salaam, en Tanganica, hoy Tanzania. En su barco de ida le pasan anécdotas divertidas; una de ellas con la señorita Tefusis, una anciana que cortaba incluso las naranjas con tenedor y cuchillo, porque (p. 18) “los dedos son cosas repugnantemente sucias. Piense sólo en lo que se hace con ellos. […] Los dedos no son más que herramientas. Son las herramientas de jardinería del cuerpo, las palas y las horquillas. Los metemos en todas partes”. Aún más (pp. 18-19): “¡Los dedos de las manos son asquerosos y sucios, pero los de los pies…! ¡Los de los pies son como reptiles venenosos!”.
	Hay dos relatos escalofriantes, ya cuando vive en Tanganica, sobre dos serpientes venenosas y agresivas: la mamba negra y la mamba verde; sin embargo, la historia de simba (en swahili es león) puede resumirse. Le dicen (p. 40): “¡Un león enorme se está comiendo a la mujer del cocinero!”, y lo ven (p. 41) “llevando orgullosamente a la mujer en la boca al igual que un perro que se aleja con un buen hueso”. Lo asustan con una bala y suelta a su presa. La sorpresa es que ella se incorpora sin un rasguño y explica (pp. 42-43): “Me quedé quieta en su boca, fingiendo que estaba muerta, y ni siquiera me ha roto la ropa. […] Me llevaba tan suavemente como si hubiera sido uno de sus cachorros”.
	Cuenta también una historia notable sobre los sapos que cantan cuando se hayan dispuestos para el sexo. Llega la hembra y siguen cantando, sin hacer caso de ella (p. 63): “La ignora totalmente y continúa sentado, lanzando su canto a las estrellas, mientras la hembra aguarda paciente a su lado. Espera y espera. El macho sigue cantando sin cesar, a veces durante varias horas, y lo que realmente sucede es que el macho está tan enamorado de su voz que se olvida por completo de por qué comenzó a croar. […] Ella pierde la paciencia y comienza a empujarle con una de las patas delanteras y, sólo entonces, sale el macho del trance y se vuelve y se une a ella”.
	La segunda parte del libro es cuando se convierte en piloto de guerra y participa como tal en el conflicto bélico entre Inglaterra y la Alemania de Hitler. Son poquísimos aviones ingleses que han sido destacados en Grecia, doce, contra los muchísimos alemanes, y dan pelea. Se hallan los doce en el cielo sobre Atenas y aparecen cientos de aviones alemanes (p. 134): “Testigos de tierra dicen que no habría menos de doscientos aquella mañana. Rompimos la formación y cada hombre tuvo que preocuparse de sí mismo. Comenzaba lo que llegó a conocerse como la batalla de Atenas”. Es impresionante cómo Roald y varios pilotos ingleses más (sólo derribaron a cinco) lograron sobrevivir en aquella circunstancia.
	Intentan matar a los sobrevivientes en el campo de aterrizaje de Eleusis, Grecia, pero sobreviven y se trasladan a un pequeño campo de Megara. Allí, escondidos en una colina, son testigos de cómo un avión alemán bombardea un barco; deja caer (p. 146) “un gran bulto de metal negro que descendió bastante lentamente”. Ven cómo el barco explota. Roald narra sin melodramatismo el hecho (p. 147): “Mirábamos al petrolero ardiendo. Nadie había escapado con él con vida, pero había un cierto número de cuerpos achicharrados flotando en el agua. La corriente o la marea iba acercando lentamente los cuerpos a la orilla”.  
	 Gran libro.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Luis Villatoro




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

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Voces ensortijadas. 84. La ceiba. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 84

Por María Gabriela López Suárez

La ceiba


Rosaura, Roberto y Ruth habían salido a trotar como todas las mañanas, aparte que les era útil para su actividad física, les resultaba divertido convivir como hermanos. De regreso a casa, Rosaura, la hermana mayor les propuso retomar la ruta de los andadores, además de estar arbolada permitía que hicieran su actividad con menos transeúntes. Aceptaron.
Roberto y Ruth iban casi al mismo ritmo, Rosaura iba detrás de ellos, atenta para no quedarse mucho. Ella era quien les había propuesto hacer actividad conjunta, sus hermanos adolescentes habían aceptado. Rosaura disfrutaba mucho esa convivencia, además, le resultaba grato observar los paisajes, cada mañana era distinto, hallaba algún motivo diferente con el cual asombrarse.

Iban casi cerca de su destino cuando pasaron por un andador, el hogar de una bella ceiba, situada a la mitad del camino. Desde lejos Rosaura observó cómo el follaje de sus ramas se mecía al vaivén del viento que soplaba esa mañana. Le pareció que estaba frente a un paisaje nuevo, aunque ya la conocía la ceiba le resultó imponente, alrededor de 30 metros de altura. Fue bajando su ritmo para hacer una pausa y observarla de cerca. Llamó a sus hermanos.

—¡Ruth, Roberto! Hagamos una pausa, vengan.

—¿Te sientes bien? —Preguntó Roberto.

—¿Te acalambraste? —Inquirió Ruth.

—Nada de eso, solo quiero que observemos algo.

Cuando llegaron se percataron que Rosaura estaba con la vista hacia arriba, en la parte alta de la ceiba. No preguntaron qué buscaba, se sumaron a la contemplación del paisaje. En una de las ramas había una paloma blanca. Se veía tan linda, reposando.

Se sentaron en unas bancas de cemento, alrededor de la ceiba. Rosaura les contó que la ceiba era un árbol sagrado en la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos, en especial para la cultura maya. En lengua maya le llamaban ya’axche, que significa árbol verde. La importancia de este árbol era ser conector entre el cielo y el inframundo.

Ruth y Roberto escuchaban con atención a Rosaura. Ruth se animó a interrumpir,

—¡Orale! ¿Cómo sabes esto?
Rosaura dijo que algo había leído en libros y también en sus clases de historia. Pero también recordó que en pláticas de personas mayores también había escuchado el respeto a la ceiba. Además, les dijo que ese árbol lo había conocido de pequeña. Hizo memoria de cuando vio las espinas gruesas que tenía en el tallo verde, cómo fue creciendo y con el paso del tiempo su tronco cambió de color, se engrosó y se hizo resistente. Las espinas ya no se observaban, era una ceiba madura.

También les pidió que pusieran atención en un detalle, la ceiba había sido mutilada en algunas de sus ramas más bajas. Seguro había sido doloroso en su momento, pero sus heridas habían sanado. Ahí estaba imponente y bella, dándoles cobijo esa mañana a la paloma y a ellos. La ceiba además de ser sagrada, era un ejemplo de cómo afrontar la vida y permanecer a pesar de las batallas. Ellos eran afortunados de tenerla en su caminar.

Roberto sonrió y agradeció a Rosaura esa pausa. No tenía idea del valor de ese árbol, que era parte de su cotidianidad. Ruth se acercó a Rosaura y la abrazó. El aleteo de la paloma les hizo volver la vista y comenzar a prepararse para reanudar su camino a casa.

Fotografia: Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 84. Palabras como el corazón, como el mundo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 84

Palabras como el corazón, como el mundo


Héctor Cortés Mandujano

No condeno yo las palabras que son como vasos selectos y preciosos,

sino el vino del error que en ellos nos servían ebrios maestros

San Agustín en Las Confesiones

Las palabras están hechas para transformarnos. 
        Digo soy millonario y de inmediato sé que tengo yates, un castillo, muchas cuentas de inversión, varios viajes pendientes a escogidos puntos del planeta y tal vez cierto tedio por tenerlo todo.
	Digo soy pobre y mi pantalón se llena de orificios y mi camisa está rota y sucia, camino con hambre y sed por las calles, y la gente se asusta de mi aspecto. Pero quizás, si la nombro, tengo esperanza.
	Vuelo, digo, y siento el aire sobre mi rostro y casi enfrente el pico de la montaña con la que estoy a punto de estrellarme porque, por la emoción, no he puesto la atención debida en mi trayectoria.
	Soy un pez y soy un anciano y luego una niña y después el pasto que crece y se come el caballo, que también soy yo.
	Digo que soy el cielo y siento en la panza como me crecen las estrellas, me quema el sol y me acaricia la luna.
	Y digo mundo…

Las palabras nos pueden hacer desgraciados o felices, nos alejan y nos acercan, hieren y acarician. 
        Por eso, es mejor decir aquellas que más nos cobijan, que más nos hacen falta, que más nos vuelven humanos, fraternos; que nos convierten en la misma vida, el mismo mundo, el mismo corazón: en amor y en paz.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com