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Voces ensortijadas. 24. ¡Lotería! María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 24

¡Lotería!

María Gabriela López Suárez

Era poco más de mediodía, los pájaros trinaban  y el cielo estaba nublado, algo cálido. Clara estaba terminando de preparar la mezcla para el pedido de panqués con pasas que entregaría después de las seis de la tarde. 

En los últimos moldes  ya no le alcanzaron las envolturas de papel para poner, así que lo hizo de manera tradicional: colocó mantequilla y un poco de harina en cada molde. Estaba tan entrajinada que no había prestado atención que se acercaba la hora de la comida. Ese día su sobrina Luna había llegado de visita. Solía ser una niña muy curiosa y conversadora.  Ya había tomado nota de qué ingredientes llevaban los panqués.

La cocina era un pequeño laboratorio donde la alquimia estaba presente. En ese momento era una mezcla de aromas de comida y postre. Mientras doña Leonor terminaba el guiso,  Clara había llenado los moldes para luego ponerlos en el horno.  

Cuando se dispuso a limpiar la mesa y lavar los trastes,  prestó atención a la charla entre Luna y doña Leonor.

—Abuelita, ¿jugamos lotería?

—Bueno, un ratito porque ya vamos a comer. Pero no vayas a hacer trampa. 

—No, yo iré leyendo las cartas.

Y así, en la voz entusiasta de Luna, empezó el desfile de cada una de las figuras integrantes de la lotería, la rana, la estrella, el nopal, el cantarito, el diablito, la dama, el tambor, la luna… y las jugadoras iban poniendo y quitando frijolitos a su carta. Cada una a su estilo, Luna quitaba, doña Leonor ponía.  La mente de Clara viajó a la infancia,  donde las tardes de verano eran el escenario perfecto para que mamá, papá, tíos, sobrinos, abuelitos, se pusieran en la mesa del comedor a jugar lotería y pasaran veladas hermosas. Había risas, enojos por los que se resistían a perder, venía la revancha, pero lo más lindo era compartir momentos en familia. 

Clara regresó al presente al escuchar en coro: ¡Lotería! Ambas jugadoras habían ganado al mismo tiempo. Sonrió desde la cocina, la sobrina y la abuelita también lo hacían. El olor a panqué empezaba a invadir la cocina y el comedor. La hora de la comida había llegado.





Fotografía:  Airin Party .

Paso de fuego. Silencio y poesía. Alejandro Aldana

Por Alejandro Aldana*

 
Silencio y poesía *


Durante años la poesía escrita por hombres y mujeres indígenas permaneció en silencio para nosotros. Ellos permanecieron cantando en sus comunidades, bailando poemas, soñando ritmos y ritos. Sin poesía no hay celebración, se empobrece la ritualidad, enmudece la fiesta. Ese silencio fue en realidad una barrera construida por nosotros, nuestros oídos estaban atrofiados, aún no lograban limpiarse de la cochambre de la modernidad. Mientras tanto ellos arrullaban al maíz con cantos floridos, convocaban las lluvias con versos alados, enterraban a sus muertos con canciones ancestrales. 
           Nosotros seguimos levantando el muro del ruido, estaciones de radio vendiéndonos el último milagro, el rugido de los coches en las autopistas del supermercado, la tronante locución de televisores eternamente encendidos, el sonido del dinero cayendo metálico sobre nuestros huesos. Tuvieron que pasar algunas lunas para que poco a poco, lentamente, al ritmo del amor y el trabajo, fuéramos aprendiendo a escuchar. Una mañana, sin esperarlo, un colibrí chascó su lengua en nuestros oídos, las flores dejaron de solar en el agua y entonaron una dulce canción milenaria. Los poetas dijeron su palabra con ritmos novedosamente antiguos, el tseltal y el tsotsil se sometieron a la cadencia del abuelo fuego, el silencio dejó de ser una barrera, ahora era una nueva forma de hablar. El zoque, el ch´ol, el kanjobal, y todas las lenguas de los pueblos indígenas se escucharon en la luminosa noche de la poesía. 
          Este libro, es una pequeña muestra de ese canto liberado, libre para nuestros oídos, los poemas de estos autores y autoras nos hablan directamente a nosotros, se dejan escuchar para todo aquel quiera hacerlo. El silencio y el poema son Uno, el silencio que de tanto caminar se ha llenado de un profundo sentido, y el poema lo recibe en sus odres viejos.

Fotografía: Johannes Plenio.

*Sobre el texto:

“Silencio y poesía” es parte del prólogo de la colección Ahelo de reposo. Antología poética, Editorial Tifón, 2019, la cual reúne poemas bilingües de escritores de la zona altos de Chiapas, sur de México.

En esta revista estaremos compartiendo, en las próximas entregas, textos y poemas extraídos de dicha antología.

Sobre Alejandro Aldana Sellschopp

Investigador, promotor cultural, editor, ensayista y narrador.

Ha sido becario de: FOESCA (Emisiones 1999-2000 y 2000-2001), PACMYC, fue becario del FONCA (2003-2004) en el programa de Jóvenes Creadores en la modalidad de novela. Está incluido en la antología del FONCA – Jóvenes Creadores generación 2003-2004.

Ha publicado: Tiempo a Contrapunto (UNAM- Espacio Cultural Jaime Sabines),  Nudo de Serpientes (Novela). Su cuento Diario de un lobo está incluido en la antología Inventa la memoria (Alfaguara). La novela en Chiapas, antología (Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas en el 2018).

Polvo del camino. 24. La palabra aguda es grave/ II. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 24

La palabra aguda es grave/ II
(Las tapas de yogurt como obras de arte)

Héctor Cortés Mandujano

 
La obra de arte no se explica: la entiendes o no la entiendes, te gusta o no te gusta, te dice algo, te grita, te susurra o se queda callada. El hecho es que te plantes frente al cuadro o la instalación, digamos, y sientas. Y tu interpretación, tu santa voluntad, es lo que da valor o no a lo que ves (un cuadro), oyes (una pieza musical) o lees (un poema). En el ámbito privado, por supuesto.
            Porque, para lo público, están los especialistas, los críticos.
            Son los que deciden que aquella película es genial, este cuadro debe estar en aquel museo, este músico debe dar un concierto en el prestigioso teatro fulano de tal, etcétera.
            Nos quedemos de momento en la pintura, que fue –hago trazos gordos–, mientras no se inventaba la fotografía, figurativa, es decir, trataba de retratar tal cual lo que veía, aunque ya hubiera algunos que comenzaban a poner verdes o azules o rojas las caras, lo que alejaba el rostro de su origen rosa o café o amarillo o negro (como se suelen representar las razas, aunque esos colores sean aproximativos). También el pintor, la pintora, imaginaba dioses o vírgenes o sentimientos y los volvía figuras: Venus era una mujer desnuda; la virgen una señora apacible que amamantaba al niño Jesús; la paz (y también el espíritu santo), una paloma.
            Cuando ya no tenía sentido que la pintura retratara, se comenzó –es un decir, antes hubo también los que se salían del huacal– a usar artísticamente lo abstracto, es decir, las manchas, los rayones, los brochazos, la amalgama de pintura que no mostraba nada reconocible. No eran caras ni animales. Nada. 
             De modo que si antes ibas a una exposición y te preguntaban de qué iba, podías decir que eran paisajes, flores, naturalezas muertas, retratos, cuerpos de campesinos, figuras de mujer… ¿Y cómo explicabas, ahora, lo abstracto?: “Era un cuadro verde, con una manchita roja, uno; un montón de rayas grises sobre un fondo amarillo, otro”. ¿Y qué significan? Aparecía el especialista y decía que el verde era el bosque y la manchita roja el fuego voraz que empezaba a quemar, a destruir: el cuadro era una protesta contra los incendios; las rayas era la gente entrecruzándose por las calles, sin verse, sin hablarse (cada cual metido en sus garabatos mentales); el amarillo, era, obvio, que la escena sucedía de día, que es cuando la gente anda más por las calles… 
            Pero lo abstracto resultó rebasado con bastante velocidad y entonces las personas “normales” dejaron de entender el arte pictórico, plástico.
            El famoso urinario, Fuente, que Duchamp (1887-1968) llevó al museo, en 1917, hizo que muchas cosas se reformularan. El artista sólo ponía ante ti algo y eras tú quien debía encontrar el arte en ello. Si no lo hallabas era porque la pintura retiniana había echado a perder tu capacidad imaginativa. Y arte comenzó a ser lo que cada artista decidiera [los chinos, dice Octavio Paz en Apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp (Editorial Era, 1973), buscan una piedra en el campo y la firman]. 
Tú no podías llevar una caja de zapatos vacía a una exposición (lo hizo Gabriel Orozco, en la Bienal de Venecia), porque te correrían con cajas destempladas, pero si eras un artista, avalado por los especialistas, podías llevar tu mierda enlatada (la obra es de Piero Manzoni, se llama Mierda de artista y consiste en 90 latas de sus excrementos; se ha expuesto en muchos museos y se vende en altísimos precios) o un frasco con aire parisino (lo hizo Duchamp, se llama Aire de París y es una ampolleta de vidrio de 50 c. c., que contiene un ejemplar de la atmósfera de esa ciudad y se ha expuesto en muchos museos del mundo)…
            Todo estaba puesto para que llegara cualquiera y decidiera ser artista (con especialistas que lo reconocieran como tal) y poner una pelota o un pedazo de maguera o arena o lo que fuera, como propuesta de exhibición para los mejores museos internacionales. A partir de Duchamp se llama Ready-made a lo que sea.
            Y en esas andamos. 
            Gabriel Orozco (Jalapa, 1962) es el artista plástico mexicano más conocido fuera de nuestras fronteras. En las tapas de Materia escrita (19 libretas con notas, dibujos, fotografías), editado por Era, en 2014, se dice que en su primera exposición individual en “el MoMA de Nueva York en 1993, Orozco colocó naranjas en las ventanas de los edificios frente al museo”; en Venecia presentó, decíamos, una caja de zapatos vacía; en otra exposición, también en NY, “colocó cuatro tapas de yogurt, una en cada muro de la galería. Estas obras se convirtieron casi de inmediato en íconos del arte contemporáneo”.
            Dice Orozco en unos apuntes para una conferencia, consignados en Materia escrita, que lo suyo busca (p. 269) “la desaparición del público y la creación del nuevo público para esa obra”; que usa (p. 271) “la realidad como materia prima”. 
            Un pintor ahora no debe saber pintar ni un escultor esculpir. Eso no importa. Debe poder encontrar algo en la calle o en el campo o en su casa, y reformularlo o, sin ningún cambio, llevarlo a un museo. Como proyecto, Orozco anota en una de sus libretas, por ejemplo, exponer en Turín (p. 233) una colección de sandalias.
            Si se le reconoce como artista, podrá hacer que todo lo que toque se vuelva arte.
            Te guste o no. 
Ilustración: HCM.

Voces ensortijadas. 23. Tanteadito, tanteadito. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 23

Tanteadito, tanteadito

María Gabriela López Suárez

Rita revisó el reloj, las 6 de la tarde, ya faltaba poco para que la tía Chepita y el tío Toño llegaran con Viviana y Carolina, sus primas. El motivo era que Julián, su esposo, les había invitado a cenar molletes. Recientemente él  los había cocinado en casa y como sabía que a los tíos les encantaban, se animó a consentir a la familia. La cita era a las 8 de la noche.

La tarde quedó fresca, después de la fuerte lluvia que duró casi dos horas. Rita pensó que podría preparar una bebida calientita para acompañar la cena. Descartó el café. Buscó en la alacena, encontró una bolsita con pinol*, recordó el rico sabor con leche y se decidió a hacer la bebida.

Habría sido tan sencillo entrar a un buscador en la internet para indagar el modo de preparar la bebida. Prefirió recordar cómo la hacía su mamá y su tía Linda. Buscó sus ingredientes, leche, pinol, azúcar mascabado, canela. Todo iba muy bien.  Vertió la leche, azúcar y al momento de añadir el pinol se quedó en pausa. 

—¿Qué tanto debo ponerle de pinol? Me gustaría que quedara un poco espesito, no tan ligero.

Justo en ese instante, recordó las frases tan sabias que escuchaba de pequeña y que solían usar su mamá y tías cuando preparaban los tamales. La mesa del comedor se convertía en un laboratorio gastronómico con ingredientes para el mole y los tamales, masa, manteca de cerdo, hojas de plátano,  aceitunas, pasitas, ciruela pasa, almendras, plátanos, carne de pollo. Algunas de las preguntas que solían hacer a quien guiaba la travesía culinaria eran:

—¿Qué tanto de manteca le pongo a la masa?

—¿Así está bien de agua y de sal?

La tía que estaba en la estufa preparando el mole respondía:  — Tantéalo, que la masa no vaya a quedar ni muy grasosa, ni muy aguada, ni muy salada. De buen tanto.

Rita volvió a la preparación del pinol y dijo, de acuerdo, yo también le iré tanteando la cantidad de pinol.  Al cabo de unos minutos ya estaba lista la bebida y el aroma era delicioso. Lo había logrado. Faltaba saber qué opinarían los invitados.

— Mmm, ¡qué bien huele acá en la cocina! Rita, ya me ganaste, yo no he comenzado a preparar los frijoles para los molletes.

Julián había  llegado a la cocina para empezar a cocinar. 

  —Estás a tiempo, apenas van a dar las 7. Iré por los bolillos a la panadería, seguro están recién salidos del horno. Es la hora.

— Rita, antes de irte, ayúdame. ¿Qué cantidad de frijoles crees que deba poner a freír? Solo he preparado molletes para nosotros dos y ahora seremos más.El rostro de Rita sonrió  y sin titubear  respondió:  ¡No te angusties amor! Ni mucho, ni poquito, tanteadito, tanteadito.

*El Pinol o pinole es una bebida prehispánica, principalmente de Mesoamérica, preparada con un polvo a base de maíz. Se toma fría o caliente. 

Fotografía: Pixabay.

Paso de fuego. Vok’ebal. Angelina Suyul

Por Angelina Suyul*

 
Nacimiento
Germina de madrugada la hija de la luna 
aroma de hierbas la envuelven con su savia 
el rocío baña su simiente
al ritmo del amanecer;
como bromelia en un roble
riega sus raíces en el cálido seno de su madre.


Vok’ebal
Chvok’ stseb jmeme’tik ta ik’luman osil, 
chvole ta slekil muil vomoletik.
Li ts’ujul chatintasbe sva’leb
k’alal xojobaj lok’eltal jtotik;
k’ucha’al kilon-ech’ ta tulan 
tsk’i yibel ta sk’ixin kuxlej sme’.

Fotografía: Johannes Plenio.

*Sobre la autora:

Angelina Suyul (1984), Poeta Tsotsil. Antropóloga Social por la Universidad Autónoma de Chiapas. Coautora de dos antologías: Sbel Sjol yo’nton ik’ Memorias del viento publicado en el año 2006 y Ma’uk sti’ilal xch’inch’unel k’inal Silencio sin frontera publicado en el año 2011. Ac- tualmente asiste al taller literario “José Antonio Reyes Matamoros” impartido por el maestro Alejandro Aldana Sellschopp, Chiapas; e integrante del grupo Misiones por la Diversidad Cultural, por parte de la Secretaria de Cultura.

**Sobre el poema:

Poema de la colección Ahelo de reposo. Antología poética, Editorial Tifón, 2019.

Polvo del camino. 23. Mi suerte como lector. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 23

Mi suerte como lector

Héctor Cortés Mandujano

 
Tal vez lo he contado ya, pero un nombre que está en mis agradecimientos de lector, siempre, es Luis Gamboa Ricci. Él me abrió la puerta de su biblioteca cuando yo era un jovencito pobre y gracias a su generosidad leí, uno a uno, recién salidos, los libros de García Márquez, Cortázar, Fuentes, Vargas Llosa, Borges y un inmenso etcétera, que yo no hubiera tenido posibilidad de comprar. Tan bueno era este hombre (lo seguirá siendo, por supuesto) que compraba las novedades y me daba el libro reluciente para que yo quitara la envoltura y pasara los ojos por primera vez sobre las páginas nuevas, asombrosas. 
            Tengo amigas y amigos que me regalan, apenas salen, los libros que escriben. Deben ser cientos a estas alturas. 
            He tenido a lo largo de mi vida linda gente que me ha regalado uno, dos, tres libros en sucesivas ocasiones. Menciono al tuntún los que me han regalado más de dos: Margarita, Mirna, Roger Octavio, Tito, mi hija… 
            Héctor Herrera, viudo del entrañable Emilio Carballido, y amigo desprendido, me envió varias cajas con la colección completa de la revista y las antologías de Tramoya, que dirigió toda su vida Carballido. Gran emoción fue para mí recibir los cientos de ejemplares.
            Nedda G. de Anhalt, amiga querida, me ha regalado muchos libros: de Reynaldo Arenas, Octavio Paz, Guillermo Cabrera Infante (que fueron también amigos suyos) y especialmente una veintena de Sergio Galindo (otro amigo suyo), de quien estoy leyendo la obra completa, gracias a la maravillosa Nedda.
            Mi querido amigo Sarelly Martínez me trajo, hace años, una bolsa de novedades que yo le había encargado. Era una treintena de libros por los que yo suspiraba, él me los compró en un viaje al centro de la república (se supone que yo le daría el dinero) y, gran amigo como es, me los obsequió. Después me ha regalado varios libros físicos, hasta que me regaló un lector electrónico con miles de libros; después, como si no bastara, me regaló otro lector con cientos de nuevos libros. Nadie le gana a generoso conmigo.
            Pero hay otra amiga entrañable que tiene cabida perfecta en este recuento: Linda Esquinca. Me ha regalado tanto: lámparas antiguas, una máquina de escribir, reproducciones de cuadros, discos, objetos varios y libros, muchos libros: uno primero, luego tres, luego una cajita, y hace muy poco dos cajas con más de una cincuentena de títulos magistrales, de autores geniales: Víctor Hugo, Hegel, Descartes, Cicerón, Aristóteles, Nietzsche, Sartre, Reyes, Moliere, Kant, Balzac, Tagore, Graham Greene, Daudet, Camus, Mauriac, Papini… Además, agregó una granada colección de Perry Mason y Sherlock Holmes, que son botanitas deliciosas. Qué más pedir a este regalo redondo, perfecto.
            He tenido la gracia que los hados me han otorgado para tener muchas amistades maravillosas, muchos amores geniales, muchas alegrías sin cuento. Como lector, evidentemente, he corrido también con muchísima suerte.
***
 
El pasado miércoles 24 de junio, murió nuestro amado gato Zapata. Vivió con nosotros durante 20 años y su vida, creemos, fue muy feliz porque hizo lo que quiso dentro y fuera de nuestra casa. Lo adorábamos y su belleza no se eclipsó, sino hasta su muerte. La foto que acompaña este escrito la tomó mi hija cinco días antes de su deceso y se puede notar, sin merma, su espléndida belleza. La muerte no existe, claro: Zapata sigue vivo. 
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

Polvo del camino. 22. Dolor y sangre en el jardín. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 22

Dolor y sangre en el jardín

Héctor Cortés Mandujano

 
Es domingo, muy temprano. Hago jardinería.
            Tomo una manguera que he dejado antes en el piso y siento una punta aguda que penetra la yema del dedo medio de mi mano izquierda.
            Dolor fortísimo. Además, ansiedad, angustia y desesperación (como dice el bolero “Toda una vida” que se siente el amor). 
            No hay sangre. 
            Veo un montón de grandes hormigas negras y deduzco que una de ellas me enseñó que hay que pedir permiso para invadir su territorio.
            El dedo no me deja de doler mientras riego, podo, trasplanto, siembro. 
            Cuando voy a desayunar con mi mujer, veo que en la tibia derecha me hice un corte –supongo que con alguna rama espinosa, trabajé con sólo un short y una camiseta como vestimentas–  y salió y escurrió sangre, que ahora ha coagulado. 
            Tiene visos rojos todavía, pero parece más azul (sí, cómo no), negruzca.
            Pero vi un tulipán, de un raro color melón, floreciendo, y siento que, en arrebato telenovelero, he pagado con dolor y sangre la visión de esa belleza. 
Fotografía: HCM.

Voces ensortijadas. 22. Rojo púrpura. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 22

Rojo púrpura

María Gabriela López Suárez

El calor comenzaba a sentirse con fuerza, Meriem estaba a mitad de labor en su pequeño huerto. Tenía un mes de haber iniciado esa tarea sembrando chile, romero, hinojo, también había colocado ahí algunas macetas que ya tenía en casa. Esa actividad le alimentaba el espíritu y lo hacía con mucho amor.

Removió la tierra para sembrar un árbol de tulipán rojo, tipo clavel. Con la firme esperanza que quisiera estar en ese espacio y crecer en el huerto. Era uno de los tulipanes favoritos de su mamá.  Puso el árbol en el espacio cavado, le agrego tierra, abono de su propia cosecha y a manera de ofrenda a la tierra y al árbol de tulipán, sembró su luna. El color de la sangre lunar era rojo intenso,  vívido, tan brillante que se veía hermoso ante la luz del sol.  Desde su corazón hizo su agradecimiento  a la tierra, a la vida, a su cuerpo. Terminó su faena  y regresó a casa.

Mientras volvía recordó que nunca era tarde para honrar el ser mujer, vinieron a su mente las diversas experiencias en los círculos de mujeres donde descubrió la importancia de agradecer cada período lunar en su vida.  Pensó para sí, que cada etapa en la vida  de las mujeres es importante, sin embargo, por cuestiones culturales la etapa menstrual se vuelve una especie de tabú que se inculca como algo que debe ocultarse, como si fuera ‘malo’, ‘sucio’, logrando con ello que muchas ocasiones  no se quiera que  lleguen ‘esos días’. 

Siempre estaría agradecida a las mujeres amigas que le permitieron descubrir la importancia de ofrendar la luna como una manera de sembrar la vida, de agradecer la oportunidad de estar, de vivir, de crecer y de amar su ser mujer.

En casa se dispuso a regar las plantas de sombra que tenía, al llegar al cactus colgante, como ella le llamaba, observó que estaba lleno de flores, color rojo púrpura. Anteriormente había sembrado en él su periodo lunar. Se acercó a las flores y a manera de susurro les dijo,

—¡Qué  bellas están! ¡Gracias!

Meriem observó detenidamente la forma de las flores, le encantaba, como una especie de estrellas pero con detalles curvos. Y lo que más le atraía era el color rojo púrpura como la ofrenda de vida.

Fotografía: Pixabay.

Universo breve. 17. Sinergia. Damaris Disner

Sinergia

Por Damaris Disner

A mi gata nada le asusta, excepto quedarse sin comida. La que se  asusta por todo soy yo, más cuando la veo comer. Aunque ahora entiendo porqué tiene esa bolsa de piel y pelos que le cuelga de la panza. Su mamá supo imaginarla, sabía que la necesitaría como bodega de alimentos. También mamá me imaginó bien aunque por mucho tiempo no lo entendí. Tengo la capacidad de doblar mis extremidades hasta parecer un pequeño bolso de mano. Me coloco arriba de la mesa. Soy hábil para guardarme. Cuando a  mamá se le hace tarde para irse al trabajo, se despide con un apresurado —Nos vemos en la tarde, cariño. Echa de manera rápida a su gran bolsa marrón el monedero en el que me convertí. Mamá es tan despistada que desde hace años hago lo mismo y aún no se da cuenta. No lo hago diario. Solo cuando aparento estar enferma y debo quedarme sola en casa, porque no hay quien me cuide. Cuando llega a su trabajo y se distrae, que es muy seguido, salgo presurosa a esconderme debajo de su escritorio. Escucho las conversaciones, lo mal que a veces la trata su jefe o la constante tristeza de sentir que no ocupa su lugar en el mundo. Me gustaría decirle que a menudo me siento también así. Cuando regresamos a casa su bolsa cae sobre el sillón, mientras va a su cuarto a cambiarse aprovecho para huir al mío, así cuando llegue me vea dormida en la cama. Besa mi frente y suspira. Mi gata pasea entre sus piernas exigiéndole la cena, ella presurosa la sirve. Y hasta ese día entendí porqué. No lograba dormir. Me levanté para servirme un vaso de leche caliente. Ahí estaba mamá en medio de la sala, levantando los brazos, moviéndose de manera extraña hasta convertirse en un alto perchero de madera oscura. Parecía extender lo que imaginaba eran sus brazos. Entendí que mi lugar era colgarme en una extremidad. Comencé a doblarme justo encima de ella. Quedé en la posición exacta. Nunca me había sentido tan bien. Estoy segura que mamá tampoco. Por primera vez dormimos profundamente. Nos despertó la claridad que entró por el ventanal. Sin mediar palabras nos transformamos en nuestros cuerpos humanos. En un instante pensé si lo había soñado pero la pijama mojada fue la certeza, nuestra gata celosa orinó su pertenencia. Pero un día a mamá la corrieron del trabajo. Poco a poco la despensa se terminó. Ahora, preferimos ser perchero y bolsa, así no sentimos hambre. Las mamás siempre saben cómo imaginarnos.

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Fotografía: Stephanie Ho.

Polvo del camino. 21. Consejos femeninos. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 21

Consejos femeninos

Héctor Cortés Mandujano

(Cuento)

 
Tal vez porque fue su obsesión de niño (ella era la más bonita y popular de la primaria, y él un gordito al que las puyas lastimaban constantemente) quedó deslumbrado cuando la vio llegar a la empresa que dirigía.
            ¿Qué busca la muchacha rubia?, preguntó a su secretaria.
            Trabajo.
            ¿De qué?
            Sabe algo de contabilidad.
            Dile al contador Ruiz que venga.
 
Dio instrucciones de que la contrataran. Ella le llevó, días más tarde, unos papeles para su firma. Estaba nervioso y ella tranquila.
            ¿Te acuerdas de mí?
            No, ¿nos conocemos?
            Sí, de la primaria.
            Hace mucho. ¿Fuimos compañeros?
            No. Yo estaba un grado adelante.
            Pues mucho gusto y muchas gracias por contratarme. Necesitaba un trabajo, un sueldo. Las cosas en casa andan muy mal.
            ¿Estás casada?
            No, vivo con mis padres, pero ambos tienen problemas severos, hasta de movilidad, y las medicinas son caras.
            Qué pena. Si en algo puedo ayudarte, no dudes en acudir a mí.
            La sonrisa de ella fue para él un pago excesivo.
 
Su complejo de gordo no lo había abandonado. Sus dientes estaban encimados y nunca había querido ir al especialista para que los acomodara y su sonrisa no fuera tan poco atractiva como era.
            Susana, ¿me aceptarías un café, la tarde que quieras?
            Salgo hasta la noche.
            Ese no será un problema.
            Entonces, sí.
            Conversaron. Ella parecía tener muchas reservas y él, no sólo por su característica timidez, sino por la implicación de ser su jefe superior, no quiso o no pudo hacer más que dar la vuelta en naderías. Ella, sin embargo, no tuvo mucho tacto para comentar algo a propósito de un tema que llegó a la mesa tensa de tantos cuidados.
            Nunca tendría una relación de noviazgo con un gordo.
 
Sebastián se inscribió al gimnasio y se disciplinó de tal manera que en poco tiempo vio resultados palpables. No se conformó e hizo una dieta que le quitó grasa y volvió notorio su abdomen musculoso.
            No dejaba de verla en cuanta oportunidad se le presentaba e incluso, en un gesto que a ella pareció bajarle la guardia, contrató a una enfermera para que se ocupara de sus padres (“Tómalo como una prestación laboral”) y los puso en manos de un médico muy capaz que logro avances notables en su deteriorada salud.
            Él, con cierta seguridad, dada su ahora figura atlética le dijo si podrían pensar en algo más que ser amigos. Ella le vio con seriedad y le dijo:
            ¿Puedo decirte algo muy serio, sin que te ofendas?
            Dime.
            No podría darte un beso con esos dientes.
            Pasó por la tortura del dentista y los frenos, hasta conseguir una dentadura que no dejaba de verse antes el espejo donde, también, con su ajustada ropa de gimnasio, se envanecía de su musculatura, de su belleza física.
            Ella le sugirió que cambiara su modo de vestirse y él se volvió bastante sofisticado y muy al tanto de cuanto encontrara nuevo y adecuado para lucir como lo que ya era: un hombre guapo, bien vestido, con una cartera siempre llena y unas miradas femeninas que le hacían luces en todos lados.
            Y se dio cuenta. ¿Para qué enamorar a una de sus empleadas, cuando en el club había tantas chicas con su mismo estatus social?
            Canceló la ayuda de la enfermera y pidió a su administrador que inscribiera a los padres de Susana a un seguro que se ocupara de su tratamiento y medicinas. Nunca más invitó a Susana a ningún lado, pero le subió el sueldo y le mandó una tarjetita: “Gracias por todos tus consejos. Sin ti no lo habría logrado”.
            Se casó con una mujer bella, de modesta fortuna y educación esmerada. En las fotos de su viaje de bodas, ambos en traje de baño, en una playa de ensueño, parecían una postal de modelos promoviendo el disfrute de los placeres de la vida. Susana, mientras tanto, revisaba cuentas en la oficina minúscula que, además, tenía una iluminación deficiente. 
Ilustración: Alejandro Nudding.