Voces ensortijadas 158. Tarde de primavera en invierno. María Gabriela López Suárez


Tarde de primavera en invierno
María Gabriela López Suárez

Xóchitl había quedado de ir a visitar a sus primos el fin de semana, ellos vivían fuera de la ciudad. Ese viernes no demoró al salir del trabajo. Pasó a casa por su maleta, se cercioró de dejar bien cerrada las puertas y se dirigió a su destino.

Si algo disfrutaba Xóchitl era manejar saliendo de la ciudad, el viaje en carretera le provocaba una sensación de relajamiento y conexión con la naturaleza. Le encantaba ir observando el paisaje, siempre con precaución al conducir, así que agradecía la invitación que sus primos Alfredo y Jeshua le habían hecho para pasar con ellos ese fin.

Lo primero que observó fue que el tráfico no estaba tan pesado como había imaginado, eso era otro punto a favor para ella. Revisó la hora, eran 15 minutos pasadas las cinco de la tarde.

—Ojalá que alcance a ver el atardecer antes de llegar con los primos —pensó.

La luz de la tarde era sumamente intensa, no parecía una tarde de invierno. Las montañas que rodeaban el camino se veían verdes, por partes, decoradas por los rayos del sol que hacían una bella combinación con las sombras que algunas nubes dibujaban sobre ellas.

A medida que se alejaba de la ciudad la vista era más atractiva. Se iba encontrando con el verde de la naturaleza. Los árboles que rodeaban los alrededores comenzaban a florecer en tonos amarillo, rosa, rojo, dándole un aire primaveral a la atmósfera. Los pájaros comenzaban con su algarabía vespertina, como en la preparación previa para ir a posarse sobre los árboles, justo cerca de las seis de la tarde.
La petición de Xóchitl se había escuchado, ahí estaba el sol frente a ella, para que pudiera contemplar el ocaso mientras manejaba con dirección al poniente. El viento que se percibía a través de la ventana comenzó a sentirse frío. Después del atardecer las montañas se fueron cubriendo de neblina, como si las nubes descendieran y se posaran sobre ellas en la parte alta. El paisaje parecía como el de una tarde de primavera en invierno. Sin duda, era uno de los mejores regalos para cerrar el primer mes del año.

El timbre de su celular sonó, era Jeshua,
— Hola prima, ¿por dónde vienes? Ya te estamos esperando.

—Jeshua querido, linda tarde, ya merito estoy con ustedes, espero que haya chocolate calientito y pan, el clima lo apetece.

La carcajada de Jeshua se escuchó, mientras Xóchitl sonreía y apresuraba el paso.
Fotografía: ROGE

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 158. Doce libros para doce meses. Héctor Cortés Mandujano

Doce libros para doce meses

Héctor Cortés Mandujano

     

Leí, según mis registros, 175 libros en 2022. De ellos escojo sólo doce para compartir contigo lector, lectora. De cada uno de éstos, me doy cuenta, he escrito en Polvo del camino o en Casa de citas pero, como voy muy adelantado en la escritura (lo que leíste en 2022 lo escribí en 2021, por ejemplo), no siempre se ha publicado ya. Ahí van…
          1. Penélope y las doce criadas (2005), de Margaret Atwood, con traducción de Gemma Rovira Ortega. Penélope, desde el Hades, muchos años después de muerta, cuenta la historia desde su punto de vista; allí andan también los espíritus de sus criadas y, entre otros, de Ulises, quien para huir de los reclamos de las criadas a las que mató bebe aguas del olvido en el Leteo y renace incesantemente convertido en distintos hombres. La novela tiene breves capítulos que son escenas teatrales, canciones, poemas, sin que Penélope pierda el hilo de su historia, donde tienen intervención constante diosas y dioses sobre quienes no tiene una gran imagen.
          2. El camino gozoso de buena fortuna (Editorial Tharpa, 1990), de Gueshe Kelsang Gyatso es un libro de enseñanzas budistas: nacimiento (“En realidad, todos los seres sintientes son nuestra madre”), muerte (“En el momento en que nos falle la respiración comenzará nuestra existencia futura”), percepción (“Los seres perciben los objetos de distintas maneras y con sentimientos dispares según su propio karma”), sentimientos (“Tantos los sufrimientos más pequeños como los más grandes surgen de la autoestima”), meditación (“Mantente siempre satisfecho”)… Es un libro para aprender a vivir en paz. 
            3. Borges (Ediciones Destino, 2006), de Adolfo Bioy Casares. Voluminoso, de 1663 páginas, con edición al cuidado de Daniel Merino, es un extracto de los diarios del autor “escritos a lo largo de más de cincuenta años”. Este librote sólo tiene como tema la relación cercanísima entre Bioy y Borges, sus charlas informales (que destilaban veneno, vulgaridades, finos juegos, reflexiones inteligentes, pleitos de comadres…), sus comidas cotidianas… Una delicia.
          4. Alfred y Emily (Random House, 2017), de Doris Lessing, es primero la biografía inventada de sus padres: Alfred quería ser granjero y lo es en la ficción, y Emily, su madre, estuvo enamorada de un médico (y aquí se vuelve hasta su viuda); luego escribe la vida real de sus padres y varios episodios de ella, la propia Lessing, su hermano, su familia y su entorno en Inglaterra y en África. Lessing es garantía de escritura inteligente.
           5. Diccionario Jázaro. Novela Léxico. Ejemplar masculino (Anagrama, 1989), de Milorad Pavić, traducción del serbocroata por Dalibor Soldatić, parte de la premisa, cierta o falsa (no importa), de que es la reconstrucción del Lexicon Cosri, de 1691, destruido en 1692. Lo que es propiamente la ¿novela? tiene entradas que aclaran a veces una palabra o un concepto o cuentan la historia de personajes jázaros, desde la perspectiva de tres diccionarios: “Libro rojo, fuentes cristianas sobre la cuestión jázara”; “Libro verde, fuentes islámicas sobre la cuestión jázara”, y “Libro amarillo, fuentes judías sobre la cuestión jázara”. Milorad no es fácil, pero es apasionante.
           6. Antología, de Czeslaw Milosz (1911-2004), Premio Nobel de Literatura 1980. He leído varios libros suyos. Es un maestro. Leí, en la revista electrónica Poesía más poesía, una antología de sus poemas. Me gusta mucho Milosz. Aunque hable de lo cotidiano lo hace con la profundidad de quien sabe lo que dice. Escribe: “El fin de la poesía es recordarnos/ Cuan difícil es ser una persona/ Pues tenemos la casa abierta, no hay llaves en las puertas,/ E invisibles huéspedes entran y salen a su gusto”.
          7. Felipe Ángeles (en Obras reunidas II, FCE, 2009), de Elena Garro, quien es, desde mi punto de vista y desde el de muchos, la mejor dramaturga de nuestro país. El “juicio” amañado para matar a este revolucionario que era incómodo para Carranza es tocado aquí con sobriedad y maestría. Dice Ángeles es un discurso que no ha envejecido, que puede aplicarse a la actualidad: “Siempre fui el mismo y siempre combatí para oponerme a lo que ustedes están haciendo ahora: reducirnos al estado de tribu, con un sacerdote mágico a la cabeza, pronunciando fórmulas sin sentido dizque para remediar los males de su pueblo”
          8. La melancolía creativa (Debate, 2022), de Jesús Ramírez-Bermúdez, trata de la locura, como fue llamada entre los griegos; la melancolía, como se le dijo en el siglo XIX, y que ahora recibe distintos nombres: “depresión psicótica”, “psicosis maniaco-depresiva”, “trastorno afectivo bipolar”… Su estudio (él es médico especialista en neuropsiquiatría y doctor en Ciencias Médicas por la UNAM) toca dos aspectos: los desajustes emocionales-mentales y la creación. Lo hace con una prosa cuidada, atractiva.
          9. S=EX². La ciencia del sexo, de Pere Estupinyà. Para escribirlo habló, entrevistó, participó, ensayó, probó, leyó y reflexionó, a partir de la ciencia, sobre asexuales, poliamorosos, transexuales, tántricos, discapacitados, sadomasoquistas y swingers… Hurgó donde pudo para presentarnos datos ya pasados por el método científico sobre el sexo en nuestras células, genitales, cerebro, mente, cama y consulta médica; en la naturaleza, evolución, bares, orgasmos, pornografía; en el hecho por placer y en sillas de ruedas, con distintas orientaciones sexuales e identidades.
          10. El corazón del daño (Penguin Random House, 2021), de María Negroni. Aunque es breve, es una rápida biografía –de niña al día de hoy–, revisión personal de sus libros anteriores, el amor, la lucha, la salida de Buenos Aires a Nueva York y la vuelta, el matrimonio, el divorcio, su nueva actitud sexual. El tema central, sin embargo, es la relación conflictiva de la autora con su madre. El libro me parece genial.
          11. La teoría sintérgica (UNAM, 1991), de Jacobo Grinberg-Zylberbaum. Tal vez su libro más famoso, porque contiene su teoría central, a la que dedicó –lo dice en su introducción– “15 años”.  “El origen de la teoría sintérgica fue la pregunta acerca de cómo se realiza la transformación de la actividad cerebral en experiencia sensible”, y con la que utilizó herramientas disímbolas que van “desde la investigación Neurofisiológica pura hasta los estudios chamánicos y místicos”. El modelo sintérgico propone llegar “hasta la conciencia de unidad en donde no existen dicotomías y separaciones entre objetos y sujetos. En este nivel de fusión entre el observador y lo observado, la experiencia resultante es que la imagen se ve a sí misma y el sonido se oye a sí mismo”.
           12. Transformaciones (Nordicalibros, 2021), de Anne Sexton, es un libro elegante y bellísimo, con ilustraciones de Sandra Rilova y traducción de María Ramos. Lo que transforma la autora son dieciséis cuentos de hadas de los hermanos Grimm. Los vuelve poemas que subvierten, deconstruyen, critican los papeles asignados especialmente a la mujer. Es, incluso, muy divertido. ¿Qué más pedir?

[Los libros que aparecen sin datos editoriales, los leí en mis lectores electrónicos.]


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Héctor Ventura:

**Héctor Ventura Cruz – Pintor (1920-2010)

Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980, Héctor Ventura no sólo es el pintor más popular de Chiapas. Su obra representa la definición estética más puntual de la conjunción entre la naturaleza y el ser humano, producida en la época de la posguerra en Chiapas. (Fuente: Coneculta Chiapas)

Cajón de rubores. 35. Crónicas 13. Antonio Florido

Crónicas (13)
Leyenda de la niña roja
Por Antonio Florido

Rua dos Douradores, espero desde tanto a Nando, mi amigo. He de contarle una breve historia. Hermosa fragancia. Poética figura en la mañana. La leyenda de un dulzor amargo, si esto se pudiera.
         Aún no he entrado. Sostengo mi cuerpo sobre la pared de la taberna, en lo alto de la cuesta. Miro por la calle hacia abajo, parece que se duerme esta calle de Lisboa, a las orillitas del río, como quien dice. Mientras tanto saco algo y fumo el largo pitillo ceniciento. La gente pasa. Pero, ¡qué saben ellos!
         La mañana amaneció inconcusa y cálida en el sur, con una ligerísima brisa que viene hacia la cara desde el oeste. Brillan los adoquines. Los amo. Amo esta calle escurrida con sus fantasías de piedra, puertas y ventanas desnudas, geranios verdes, azules, rosas...
Chirrían los carriles argentos de metal. Por lo bajo sube el tranvía. Tiembla la cuesta y los fierros gritan. Nando camina. Trae dos horas de retraso, pero sigue con sus pasos cansinos. El tranvía le adelanta. Mi amigo ha quedado quieto un instante. Le gusta el olor a fierro recalentado, dice. El sonido agrio. Los colores huidizos de los rostros y detalles que traspasan.
           Unas nubes han destilado sus algodones por las cornisas abiertas. Entre los tejados asoma la sombra de esta mañana, a comienzos de la verde primavera. En mi tierra ya intenta el azahar, en sus brotes blancos. Y las flores de Pascua encienden y abren, olor a incienso. Así se siente la llegada del tibio renacer del Creador. 
          Una mano abierta.
          La mía espera.
          Nuestras miradas se aprecian junto a la pared de cal.
          Acerco dos sillas hasta la ventana. Nos gusta parar el tiempo mientras la vida hierve. 
          ―Ya puedes, Tonio. Espero largo. Deja que fume y beba. La copa de aguardiente espera fugitiva. Mírala.
          Nunca digo nada antes que mi amigo. Respeto sus silencios. Nos entendemos así, tan frugalmente, como dos desconocidos que se encuentran a cada instante. Nos hemos saludado como si hiciera mil años de ayer. Nos atrae esta forma de empezar. Otro hombre repetido, parecido al de la semana pasada, pero siempre el mismo. Claridad en sus pensamientos y algo de nostalgia en el rostro, bajo el ala mínima que le cubre. 
          ―Eres un hombre o-culto, Nando.
          Me suelta un puñado de silencio y una leve sonrisa, rara, un poco paradójica.  
          Digo:
          ―Oí el sabor de la Añañuca. Es rojo. Es roja si se habla de la pura flor del desierto. Aquí no la encontré, de veras. Es preciso investigar, buscar el saber en otras conciencias. Visité todas las bibliotecas. Leí todos los libros del mundo. Viajé. Rodeé, Nando, la tierra que nos ha visto, la misma que nos duele. La Añañuca nace muy lejos, amigo.  Hay que nadar hasta el otro lado. Escupir la arena pegada a los labios.  Luego caminar como un loco, hasta que sientas las coyundas abiertas.
           Alcancé el norte grande. Así le llaman en esas tierras. Allí un pueblito. Monte Patria. Por el centro se dibuja el Limarí. Un hilillo de agua sorda que baja de las abras. Presto y esperanzado de ser un río. Busqué en vano. Yo agachaba el cuerpo y las tomaba. Flores rojas, me dijeron, rojas y explosivas. Luego me enteré de lo cierto. No es una flor. No era al principio. Me hablaron de la leyenda hermosa de estas tierras. 
          La viejita me tomó de la mano con su mano fría. Anduvimos recodos y calles tiesas, buscaba algo esta mujer pequeña, de rostro acartonado y vivo.
           Monte Patria era Monte Rey, acertó. Me quedé pensando. Sus dedos negros me enseñaron a observar quedamente. Señaló la casa, una pared semi caída. Triste y sola, olvidada. La viejita me aseguró que la niña había nacido en ella, en esa casita hundida por el paso de los siglos. Le pregunté cómo era. Linda, dijo. Como los picos blancos, más linda todavía que los besos hijos de otros besos. Todos la quisieron a su manera. Pero ella andaba y andaba, iba a lo suyo. Algún día aparecerá mi hombre, presumía. Los jóvenes no vivían, no dormían, no respiraban más que el amor vaporoso de esta niña. Los había embrujado. Las mismas casas chicas doblaban sus ventanas para mirar a la niña de las caderas, la de las trenzas largas. Sí, era muy hermosa, digo. Solía pasear por las lomas esas. Llegaba hasta las cimas. Perdía a veces el sentido y le costaba el regreso, cuesta abajo, pero se orientaba por el candor de esos jovenzuelos que la seguían a distancia. Ella pasaba sonriente, los conocía. Eran unos ñatitos simples, enamoradizos.
           Un día dijo, esperaré, aunque se me marchite el cuerpo, esperaré.
           Ese día se perdieron muchas esperanzas. Llovió para contarlo. Fue cuando al Limarí le pusimos río. Desde entonces no para de llorar. Le falta ella, sus andares, sus dedos finos, su cabello. Ya no hubo más reflejos en el agua tonta que bajaba y bajaba. La niña, la Añañuca, se quedó encerrada. Le dio por no salir. Años y años. Será vieja, decían algunos. Sí, vieja y arrugada, sostenían otros. Los españoles rindieron sus fuerzas, buscaron los altos blancos con sus pechos de lata. Y fueron hacia al oeste, a sus barcos, estaban hartos de tanta angustia. Sus familias también esperaban. Le cambiaron el nombre por la rabia. Desde entonces es Monte Patria. Lo nuestro, que nos lo fueron quitando como el sentir de los indios. Ahora es chico. Ya se ve. Y sus callecitas desaparecen en la imagen grande del horizonte. Nadie viene. Sólo usted, un extraño, un ser raro e imaginario, que busca lo que nadie busca, la Añañuca.
            Hijo, una tarde llegó un joven. No se sabe de dónde. Nadie le preguntó. Era apuesto, grande, hermoso. Con el rostro tostado por las caminatas de este sol que quema. Nadie le dijo esta tierra es plata.
           Oro, dijo, yo busco el oro. La plata para los asnos. Sólo amarillo oro para mi descendencia.
           A la mañana siguiente, el pueblo se arrejuntó en la placita. La Añañuca estaba escondida, pero escuchaba al joven, sus pedidos y su garbo. Dicen que de ahí en más el joven le pudo y la niña quedó atrapada entre la risa y el llanto. Eso dicen. Yo soy vieja y esto fue muy antes de mi abuela, quien lo contó a mi mamita. Así me llegó la leyenda. La historia de esta niña linda. 
          Al cabo el joven dejó de hablar. Quedó hecho bronce. La vio desde lejos. La Añañuca será mi mujer, pensó. Nosotros nos miramos como extraños en la única plaza del pueblo. Los niños y hombres formaron una calle vacía y el joven bajó. La Añañuca se tapó los ojos con una venda pudorosa. La vieron entonces fresca, joven, no era una viejita, que supo esperar con respeto. El minero le dijo algo al oído, la tomó por el brazo, se la llevó a otra parte. Luego supimos que fue el río, con su riberita, el único en oír la confesión. Para ella sería todo el oro de la montaña. Luego la besó sin permiso. Ella se dejó y corrió una cinta de vergüenza por las calles del pueblo. Algunos jóvenes no quisieron comer, otros no salieron en los días de sol, la niña había sido ultrajada, pero lo único que sucedió fue un beso y una promesa con los pies desnudos, en el agua clara del Limarí. 
           El joven minero se quedó para los restos a vivir. Ella le consintió. Él se lo juró por los santos de su tierra. Paseaban solos por las tristes aceras a la verita del valle que florecía. Eran tonos rubios y sosos, pero al fin llegarían los encarnados imponentes. Clamarían la triste noticia con la eclosión de sus granas.
           Aún faltaba mucho para eso, niño, oiga usted, lo que le digo.
           Dicen los viejos que el minero salía cada mañana con el cielo cuajado de estrellas. Llegaba pronto a las primeras sendas que se perdían entre las rocas. Buscaba, agachaba el cuerpo, a veces se echaba al suelo y juntaba el oído a la tierra. Ella palpita con el corazón frío. A nadie le cuenta los secretos, ni los españoles, con sus lanzas y aprestos lograron nada. Pero él persistía. Era joven, un loco obcecado.
           He venido de muy lejos y lo encontraré, decía. Mi descendencia será oro puro, como el rey Midas, oro para el mantel y mis aposentos, para mi mujercita hermosa, para mis hijos, mi hogar…
           Muy despacito fueron pasando los días.
           La mina, la mina…
           Ella le tomó el rostro, qué te pasa, le preguntó. Nada, dijo. Pero sí pasaba. Esa noche el joven había tenido un sueño. El duende le señaló el sitio exacto de la grieta por donde asoma el oro. Se obsesionó y abandonó a la niña de las trenzas negras. Se fue del pueblo. Hizo el hato y escaló todas las piedras. Conoció las pisadas y detalles, el color del cielo, las formas de la tierra cuando la holla el hombre. Se conocía todos los secretos de la montaña. Buscaba también al duende de sus sueños. Él le iría guiando. Pero el duende no aparecía. Era listo y pequeño. Rápido y sagaz. En cada roca le adelantaba. Notaba el joven el juego. Un perverso anuncio de que la cosa se iría de madre. Le alcanzaba de vez en cuando una angustia desesperada, un resuello necesario. Entonces apoyaba el cuerpo y se sentaba a contemplar el fracaso, porque eso también tiene su forma. Un desconsuelo por no cumplir con la amada. Pensaba en ella. Soñaba con su carita luna y sus trenzas largas, su cuello cisne y sus pies descalzos. Tocaba la promesa con los dedos de sus sueños y se decía seguir adelante, para eso estoy. 
            La joven no rehusó salir a la calle. Los otros la miraban. Pasaba el tiempo y la espiaban siempre con cierto aire de arrogancia. Los niños se hicieron hombres y los hombres viejos. Mi mamita me lo recordaba a cada instante. Cantaba la canción de la leyenda. Se tomó para arrullar a los bebitos, que así dormían el sueño duende de la montaña.
           Me lo ha prometido, oigan, mi joven cumple. 
           Una mañana la montaña apareció grande y alta, blanca. La veta suspiraba en la tiesura. El joven del río oyó en silencio y el silencio abrió sus labios. Siguió el rastro, callado, quieto y lento. Olió las pisadas de mil veces antes y en un rinconcito verde y ocre, yermo… Allí el hueco con su perfil rocoso. Negro. Rumiaba quedo el agujero de la montaña.
También le vio. Pero el duende volvió a esconderse tras una roca tensa, sonrió levemente.
           Jamás volverían sueños en las noches obsesivas. 
Pasaron varios días y semanas y el joven cavaba la tierra sin un deje de desmayo. Una vez y otra, los dedos rotos, las manos muertas, la tierra salía y el oro, el oro… 
           Afirman que la montaña sólo quería un descanso sordo, una imagen de la codicia sin sentido. El hombre busca el cielo a ciegas, quebrado, mudo, sin pausa, sin contar los años que le pueden y avinagran.
           La promesa estaba en los cantos de sus manos y en la tierra juguetona que de él se burlaba.
           Oro, oro… 
           Volveré, dijo. Eso recuerda la niña hermosa. Volveré en tus noches solas. Te lo prometo. 
           De esta manera, hijo, la Añañuca envejeció. Murió esperando un puñadito de oro y al enamorado que le apalabró el cielo. La enterraron en el ancho verde que sube, el de muy allá, mire. Sólo una crucecita blanca para sus ojos de azabache. La india apagó la risa, el pueblo quedó hecho pueblo, el río llueve. Desde entonces no deja el cielo de volcar los recuerdos de esta historia en el norte grande. Murió de amor. Desengañada. Sola.
           El espejismo se los fue tragando. Como le digo, la gente de Monte Rey la lloró y enterró un día de lluvia, que para el caso. Al otro día, el sol calentó el valle y se llenó de hermosas flores rojas. Es la Añañuca. La Añañuca para los restos, que algunos hablan y mueren sin reconocer que fue la más hermosa de todas. 
           Hijo, esa flor crece hoy hasta Melampó, por allá, mire. Hasta el valle de Quilimarí, le digo, al lado de Piedras Blancas. Cada año, después de que el cielo llora, la pampa se convierte en la voz olorosa y triste de dos enamorados rojos, rojas. Es un desierto. Un desierto florido. 
Me volví buscando el dedo de la viejita, adónde señalaba, de parte a parte, ancho campo, vasto hasta en los ojos. Luego, Nando, la viejita desapareció. Sin otro vuelo en mis entendederas, se fue, como le digo. 
           Fui alejándome del pueblito junto a las aguas frías del Limarí. Necesitaba otro dato para mis apuntes. Me quedaron claros sus ojos ciegos, como de joven. La viejita Añañuca se vistió de un rojo puro.
Se fue disolviendo.
           Nando continuaba oyendo sobre la silla de la ventana. Pensaba.  Dijo, esta historia es triste. Luego siguió fumando. La copa de aguardiente en una mano mansa cansada de escribir. Es una naturaleza honda y extraña. Un tipo singular. Dice que no le gustan los viajes, que el ser no cambia.  Siempre el mismo, imagen reflejada millones de veces, en cada madre y en todos los rincones.
          Es un artista.
          Muestra la necesaria tranquilidad que se requiere. 
          He de mentir.
          Otros en mi memoria, existen. Otros Nandos…
          Aunque sea consciente de lo que digo, sé que miento.
          Otro tú es necesario.

…………………………………………………..

Morir ambas veces. En ocasiones especiales. Pero morir no es trágico. Sólo la llegada del arte que imagina que piensa y que escribe. Una sonámbula experiencia de saberse solo. De comprender el sentido estricto de lo que pienso. 
          No ha sido más que otra breve historia. De lejos. De muy lejos, con los sentimientos comunes, humanos. De poco vale ir si nada cambia. La tristeza y el orgullo. La vanidad de la obra que se yergue, altiva. 
          Nando afirma, vivir para crear. No pido otra cosa. El año de mi nacimiento y de mi muerte. Lo de en medio es sólo mío. Cosa mía.
          Quisiera que me comprendieran. No soy nadie. Ni original ni alto. Tengo ojos en las experiencias. Memoria para atrapar las palabras. Algo de pericia si se tercia, pero nada más. Estuve largo tiempo encerrado en la cochura del hombre, en la sombra propia. Buscaba la manera de salir. Quería otro universo. Lo escribiré, dije. Luego me puse a la tarea, pero exigía un retiro ingrato. Me alejé cuanto pude de los hombres medios. Embarqué muchas veces. Abandoné el paquebote sobre la mar que me llamaba. Las aguas buscaban arte. Subir y bajar. Ser ella misma. Ser yo mismo. Nada. Nadie.
          Compuse para ella una sinfonía dulce y muchos poemas.
          Quise sanar esta herida mía.
          Los demás lo aseguran. Este hombre se nos muere.
          Eso dicen afanosamente.
          Es raro, serio, extraño, desnuda su dignidad, todo le puede. 
          ¡Aléjense de él!
          ¡Aléjense!

Añuñuca.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Librero del uroboro. 20. Versos de vida y muerte. Ilse Ibarra Baumann

Versos de vida y muerte

Por Ilse Ibarra Baumann

Al leer Versos de vida y muerte (Amoz Oz, Ed. Siruela) automáticamente regresé a mi infancia, aunque el libro no tiene nada de infantil. Trata de un “escritor”, protagonista principal (sin nombre), que va a la presentación de su último libro. En el camino, antes de llegar al Centro Cultural, pasa por un café. Ahí imagina una historia sobre la mesera, le inventa un nombre, un novio, un abandono… Después llega a la presentación y sigue ensimismado en sus historias, pero esta vez sus personajes son: el conferenciante, un joven poeta, el señor mayor pelón que está en la última fila, la chica con cara de ardilla que lee un párrafo de su novela… 
          ¿Porqué me acuerdo de mi infancia? Recuerdo mis juguetes: los Fisher Price, little people. Tenía el camper, la cabaña y el barco en cada uno de ellos venían unos cuatro muñecos, al juntarlos tendría unos doce. Uno de mis personajes principales era Carlos. Entre ellos se tejía historias hogareñas. Había un perro, un Capitan, su mujer que también podía ser su madre, o su novia o su hermana. En fin, les daba nombres y papeles a esos personajes. 

Amos Oz tiene la delicadeza de repetir en páginas más adelante, seguro para los de mala memoria, quién era el personaje. Hay como un eco permanente en su obra. Encima en este libro en especial, al final ha puesto a los participantes de la obra. 
Esta novela es un entretejido de ficción y realidad. Podría usarse para tomar ideas sobre la construcción de personajes, sin embargo no atrapa tanto (aunque su escritura es magnífica), cada personaje está disperso, no se relaciona mas que en la mente del “escritor”.
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Voces ensortijadas 157. Campanitas de viento. María Gabriela López Suárez

Campanitas de viento

Por Maria Gabriela López Suárez
Ilse se apresuró a guardar el pedido de tapetes bordados que debía entregar ese sábado por la mañana. Su rostro dibujaba alegría, ese ingreso extra ayudaría con algunos gastos pendientes en la casa porque la cuesta de enero se hacía presente. Salió rumbo al restaurante de doña Gertrudis, dejó una nota a Rogelio, su esposo: Regreso al rato, fui a entregar los tapetes. Besos. 
           Caminó un par de cuadras y llegó a la parada del colectivo que la llevaría a su destino. No tardó mucho esperando. Llegó puntual, doña Gertrudis la esperaba. 
          —Buenos días doña Gertrudis, ¿cómo le va? Aquí está el trabajo, en los colores y formas que requirió.
          —Buenos días Ilse, muchas gracias. Me muero de curiosidad por ver cómo quedaron, de seguro muy bonitos, como los vi en las fotos —dijo, mientras abría con rapidez la bolsa para ver los productos.
           Ilse estaba atenta a la mirada de doña Gertrudis y a conocer su opinión, el corazón le latía más rápido de los nervios. 
           —No me equivoqué, están preciosos los tapetes, las imágenes de las fotos se quedaron cortas. Seguro que a los comensales les gustarán mucho. Muchas gracias.
           La sonrisa de Ilse y el agradecimiento por confiar en su trabajo no se hicieron esperar, recibió su pago y se despidió. Mientras iba de regreso a casa recordó que le hacían falta algunas cosas para la despensa, decidió pasar a la tienda que estaba camino a su domicilio. Solo compró lo necesario. 
           Retomó el camino a su hogar, las calles estaban con bastante movimiento, aunque sin la algarabía de fin de año, ni del día de reyes que había pasado. Se quedó pensando que quizá la cuesta de enero era una de las causas.
           Observó a cada persona que pasaba cerca de ella, todas caminaban con prisa y llevaban algo en la mano, lo más común eran bolsas del mandado y cajas. Los rostros eran serios, cada quien en su mundo. De pronto, escuchó sonidos de campanitas de viento, ¿y eso de dónde venía? Siguió caminando hasta que unos pasos adelante de ella descubrió a un chico que llevaba en la mano derecha un colgante con una diversidad de campanitas de viento que sonaban al mismo tiempo. El sonido era muy agradable. Justo le daban el toque ameno al caminar en las calles de la ciudad.
           Para sorpresa de Ilse, el chico que llevaba las campanitas tenía audífonos puestos, de inmediato se le vinieron preguntas a la mente, ¿le disgustaba el sonido de las campanitas que vendía? ¿Prefería escuchar música? ¿Y si alguien lo llamaba para pedirle le vendiera un juego de campanitas? En esto estaba cuando una chica que pasaba a su lado dijo en voz alta,
           —Mami ¿y si hoy comemos pizza? 
           —¡La comida! —dijo para sí Ilse—, olvidé recordarle a Rogelio que hoy le toca cocinar a él, espero que se haya acordado porque ya me dio hambre.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 157. Series y películas para doce meses. Héctor Cortés Mandujano

Series y películas para doce meses

Héctor Cortés Mandujano

En 2022 vi, según mi registro, 242 películas/ series. De ellas elegí, para compartir contigo lector, lectora, sólo doce. Espero que te interesen.
          1. La hija oscura (2021). Afortunado debut como directora de la actriz Maggie Gyllenhaal, que muestra con cierta ambigüedad el raro comportamiento del personaje interpretado magistralmente por Olivia Colman. Fuera de las peripecias mínimas (saluda o no saluda a los demás, roba una muñeca, etcétera) lo que vamos descubriendo es su pasado: abandonó a sus hijas, porque le estorbaban para su desarrollo personal. La película no plantea certezas: siembra dudas.
          2. Stutz (2022) es un documental basado en una larga entrevista que el actor Jonah Hill, convertido aquí en director, hace a su psiquiatra Phil Stutz, quien ha transformado su vida con sus terapias. Le pareció que el hombre (de 74 años, con evidentes problemas de salud) puede ayudar a quien lo vea. Y así es. Hay que ver y oír a este psiquiatra, abierto a demostrar no sólo sus conocimientos, sino su vulnerabilidad.
          3. Drive My Car (2021), dirigida por Ryusuke Hamaguchi. Es una película japonesa que se toma su tiempo para ir trenzando y destrenzando varias hebras: el amor incondicional de un actor y director de teatro por una mujer infiel (la ve, incluso, con su amante), su sapiencia para hacer el casting y dirigir “Tío Vania”, de Chéjov; su adaptación a las circunstancias. Hay elegancia y sobriedad en las actuaciones, y una producción irreprochable en esta adaptación de un cuento de Haruki Murakami  
          4. Stan & Ollie (2018), de Jon S. Baird, con Steve Coogan y John C. Reilly, que representan muy bien a los llamados El gordo y el Flaco, luego de que dejan de ser estrellas del cine y hacen una gira por teatros con diversa fortuna, pues muchos los consideraban retirados o muertos. Me parece que la película es, además, una gran lección sobre la amistad. 
          5. Duda razonable. Historia de dos secuestros (2021) es una miniserie de cuatro episodios, dirigida por Roberto Hernández, sobre cuatro tabasqueños acusados injustamente de secuestro, que estuvieron en la cárcel siete años (uno salió antes), pese a que se demuestra incuestionablemente que son inocentes. Es una terrible muestra de la injusticia de la justicia mexicana. Estar en la cárcel o fuera de ella, en nuestro país, si no eres millonario o amigo de los gobernantes, parece un azar, un volado. El documental logró que la Suprema Corte diera la libertad, el 8 de diciembre de 2022, a estos sentenciados a 50 años de cárcel. Sin el documental, seguirían allí, sin esperanza.
	6. Rainbow (2022), coescrita y dirigida por el también actor y comediante español Paco León. No le fue bien creo con las críticas, pero su reformulación sobre El mago de Oz me parece una magnífica apuesta de imaginación e inclusión. Muy recomendable. Las brujas, interpretadas por Carmen Machi y Carmen Maura, son una delicia.
        7. Noche de fuego (2021), escrita y dirigida por Tatiana Huezo, basada en la novela Prayers for the Stolen, de Jennifer Clement, es una historia que de nuevo retrata un México secuestrado por el narcotráfico, aunque esta vez el retrato está centrado en las adolescentes de una comunidad (que lamentablemente podría ser cualquiera) que deben esconderse (cortarse el pelo, vendarse los pechos) para que no las secuestren, violen y maten, y aun así hallar instantes de felicidad e ilusión. 
         8. Los ladrones. La verdadera historia del robo del siglo (2022). Es un documental sobre un espectacular robo de banco en Argentina, en 2006, dirigido por Matías Gueilburt. Lo cuentan, increíblemente, el hombre que lo ideó y todos sus cómplices. Esta original idea de asalto ha sido durante años la semilla de muchas películas y series. La casa de papel, esa exitosa serie, le debe todo a estos ladrones reales e inteligentes.
         9. En todas partes al mismo tiempo (2022), dirigida por Dan Kwan y Daniel Scheinert. Fue un suceso mundial. Es una puesta en escena que pone claridad en la compleja teoría de los multiversos, con una acertadísima composición cómica y una mezcla de géneros que hace que, verla, sea muchas cosas al mismo tiempo. Una maravilla.
         10. Comedians in Car Getting Coffee, una serie que tiene ya once temporadas (yo sólo he visto seis, comenzó en 2012) con el actor y comediante Jerry Seinfeld, que en pocos minutos muestra un coche, pasa por un o una comediante (están los famosos, los célebres y los emergentes de EUA), toma un café con él o ella y conversa. Aunque la charla suele ser divertida a mí me parece que en varios episodios logra tocar, con inteligencia, temas profundamente humanos. 
         11. Miss Revolución (2020), dirigida por  Philippa Lowthorpe, es la historia, contada sin evidentes sectarismos, basada en hechos reales, de cómo surgió la lucha en contra de los concursos de belleza que volvían a las mujeres (en este caso mujeres bellas) un desfile de cosas, de objetos, de carne, y sólo preconizaban la superioridad de las mujeres blancas y de ciertos países. La cinta termina con un repunte de esperanza de que las cosas cambien, pero los concursos, en nuestros días, siguen existiendo sin grandes transformaciones.
         12. Gladbeck: el drama de los rehenes (2022), documental dirigido por Volker Heise, hecho sólo con imágenes reales, sobre dos asaltantes armados (tres en realidad, con la novia de uno de ellos) que mantienen por 54 horas a rehenes, con final trágico, en agosto de 1988, en Alemania. Lo duro de las imágenes es que lo que vemos no son actuaciones, sino realidad filmada que hizo que, después de esta cobertura a detalle de los delincuentes, se legislara para que estos no se volvieran, como aquí, estrellas de televisión.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Librero del uroboro. 19. El principe destronado. Ilse Ibarra Baumann

El príncipe destronado

Por Ilse Ibarra Baumann

Delibes nos narra un día normal en la casa de Quico, un niño de tres años a punto de cumplir cuatro, desde que despierta: contento de no haberse hecho pis en la cuna, hasta que se duerme. Quico es el quinto de una familia de seis. Su hermana Cris lo ha destronado. Cada capítulo avanza por la hora del día. 
          Pese a no estar narrada en primera persona, y de ser Quico el protagonista, toda la novela se ve a la altura del niño, como de nuestras rodillas para abajo. Pero hay un acercamiento infantil de esa tercera persona, pues al narrar no dice “la mamá esto o lo otro” sino “mamá…”
          En esta novela sentí cierta afinidad con la película “Roma” de Cuarón. En la casa de Quico trabajan dos personas en el servicio: Domi y Vito. También aparece mucho su hermano Juan que no fue al cole por estar enfermo. La narración no es nada cruda. Tiene muchos diálogos, la mayoría son de Quico. En ellos hay modismos ibéricos que a veces no entendía por mi español de México. 
          Qué bella novela y su escritura. Por algo Delibes fue reconocido con tantos premios, entre ellos el Príncipe de Asturias de las Letras 1982 y el Cervantes en 1993.
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Voces ensortijadas 156. La bóveda celeste. María Gabriela López Suárez

La bóveda celeste

Por Maria Gabriela López Suárez
Rosaura guardó sus archivos y apagó la computadora. Ordenó rápidamente su espacio y se despidió de sus colegas del trabajo. Tenía dos años de haber iniciado labores en una preparatoria, en el área administrativa. Se colocó su gorro y bufanda, el frío era intenso en la calle.

Caminó sin prisa hasta la terminal de camiones para tomar el transporte que la llevaría a casa. El tiempo aproximado de distancia para llegar a su hogar era de una hora con treinta minutos. Compró su boleto, subió al autobús, tomó su lugar en el asiento número 5, ventanilla. Se frotó las manos y se colocó un poco de crema, el frío resecaba sus manos. Posteriormente, frotó de nuevo las manos y se las llevó al rostro. Sentía la vista cansada por el trabajo en la computadora, había olvidado sus lentes en casa. 

El camión inició el recorrido. Rosaura se colocó sus audífonos, eligió escuchar a Chambao y cerró los ojos. Déjate llevar, por las sensaciones. Que no ocupen en tu vía, malas pasiones… No tardó en relajarse. Abrió sus ojos y miró hacia la ventana, había oscurecido muy pronto.  Revisó su reloj iba a mitad del camino. Ya faltaba poco para llegar a casa. 

Se quedó contemplando el paisaje en la ventana, la bóveda celeste estaba hermosa. Tonos oscuros, azules y grisáceos decoraban, algunas nubecitas blancas se dejaban notar por partes. Las estrellas titilaban dándole un toque bello a la oscuridad que rodeaba esa noche en la carretera. Rosaura agradeció que no había tráfico, no solo porque llegaría en tiempo a casa sino porque menos luces permitían contemplar mejor el paisaje.

No pudo evitar recordar las veces que contempló la bóveda celeste con Nacho, su expareja, era un deleite para ambos. Hacía algunos meses que habían terminado su relación. Casi le ganaba el sentimiento de nostalgia cuando se le vino a la mente un recuerdo de la infancia, observar el cielo estrellado con doña Celia, su abuelita materna, ambas sentadas en el pasto, en una noche en el campo.

—¿Qué estrella te gusta más Rosaura?
—La más grande y brillante abuelita. ¿Y a ti?
—A mí la que está junto a la que te gusta, es pequeña pero brilla mucho. Cuando te sientas triste, acuérdate de observar las estrellas en la noche, mira qué bonito es es cielo, es un regalo de la naturaleza. Es inmenso y nosotros somos pequeñitos ante él. 

¡Qué razón tenía la abuelita Celia! Sonrió para sí, siguió observando el paisaje, se asomaban las luces de su terruño, mientras tarareaba Esa pregunta que te haces sin responder, dentro de ti está la respuesta para saber. Tú eres el que decide el camino a escoger...que tu futuro se forma a base de decisiones...
Photo by Camille Cox on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 156. Música para doce meses. Héctor Cortés Mandujano

Música para doce meses

Héctor Cortés Mandujano

«.

Spotify dice que he sido un gran explorador de música en 2022, porque he visitado muchos géneros. Me mandó un video muy bien armado sobre mis preferencias musicales y una lista de los cien números que más oí. De esa lista tomo doce para compartir contigo lector, lectora. Tal vez te interese escuchar alguno, si no lo has hecho.
          1. “La oración del remanso”, interpretada por Liliana Herrero (en su álbum Confesión del viento, 2003). Aunque la canción es de Jorge Fandermole y también él la canta, el algoritmo dice que yo la oí 16 veces (es la que más oí) en la voz de Liliana. Ella es una cantante argentina, cuya voz me encanta. La canción, publicada por su autor en 2018, en el álbum Navega, es sobre pescadores. Dice en un cuarteto: “Tengo el color del río y su misma voz en mi canto sigo: el agua mansa y su suave danza en el corazón. Pero a veces oscura va turbulenta en la ciega hondura y se hace brillo en este cuchillo de pescador”.
          2. “Tocarte” es una afortunada colaboración entre Jorge Drexler y C. Tangana (del álbum Tinta y tiempo, 2022, de Drexler) y es una canción, muy bien producida y ejecutada (los dos son músicos fenomenales), sobre el riesgo que significa o significaba abrazar y besar a nuestra pareja en los tiempos del Covid. Me enamoró desde la primera vez. Dice un fragmento: “Quiero que el barrio entero sepa de nuestra obsesión, y presumir de ti besándonos en el balcón. Idolatrarte hasta que te hartes. Y entrar contigo en brazos en la suite del Sheraton”.
          3. “Que ya viví, que te vas”, en la versión de Carlos Díaz “Caíto”. La canción es de Silvio Rodríguez (en Rabo de nube, 1980), pero Caíto hizo una versión en 1998 (en su álbum Canciones de amor y rosas) que me gusta mucho. Es sobre el amor fugaz, aunque su letra hace de ello un retrato más o menos sutil. Dice: “Creo que la luna ya es muy alta y en la caricia falta un viaje a la humedad. Creo que de noche me despierto con frío, al descubierto, tanteando oscuridad. […] Que te perdí, que ya no estás. Que ya viví, que te vas”.
           4. “Eco”, de El David Aguilar (de su álbum Siguiente, 2017). Me gustan las canciones de este joven cantautor mexicano. Aparecen varias suyas en mi lista. Escogí “Eco”, porque se amalgaman con fortuna melodía y voz, y con creatividad resuelve el lío de hacer lógicas las palabras con su eco. Dice el estribillo: “Una mariposa posa sobre tu cabello bello, porque tu tardanza danza hace la atadura dura, mientras yo a Cupido pido que entre mis compases pases a dejar de hacer en este hueco, eco”. 
           5. “Como la cigarra”, en la versión de Nación Ekeko (Diego Pérez) y Mercedes Sosa. Es una vieja canción escrita en 1972 por la poeta y compositora argentina María Elena Wash. Dice en su clásico arranque: “Cuántas veces me mataron, cuántas veces me morí, a mi propio entierro fui sola y llorando. Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal, porque me mató tan mal que seguí cantando”. Nación Ekeko (en el álbum Qomindad, 2021), un músico que fusiona sones tradicionales con música electrónica, tomó la versión de Mercedes Sosa (ella ya había muerto) para actualizar esta belleza. El resultado me dejó muy complacido.
          6. “Como Madame Bovary”, de la compositora e intérprete Liliana Felipe (de su álbum Trucho, 2005) tiene dos filos. El primero es personal: “Como Madame Bovary, todos tenemos un amante por ahí. Como Madame Buterfly, todos tenemos un suicidio en stand by. […] esta ostentación grandilocuente, napoleónica y mayúscula, no exige responsables y pagamos, y pagamos, y pagamos”. El segundo tiene que ver con los países: “Como Madame Bovary, todos tenemos deudas con el FMI. Como Madame Buterfly, te jode un gringo y no te dice ni goodbye. […] Esta desmesura prepotente, monolítica y nefasta, no merece comentarios, pero el precio que pagamos es tan alto que la deuda, esa no nos la acabamos, y pagamos, y pagamos, y pagamos”. 
           7. “Blue Monk”, de Thelonius Monk (1917-1982). Fue de los fundadores del bebop (improvisación de giros rápidos) en el jazz y su manera autodidacta de tocar el piano era muy original en esos tiempos, pues incluso dejaba de tocarlo y se levantaba a bailar. Su vestuario ecléctico era también otra de sus características. Aunque nunca se ha precisado su posible enfermedad mental, fue paulatinamente desconectándose de la realidad. “Blue Monk” (escrita en si bemol, como muchas de Thelonius, grabada por primera vez en 1954) es una de las piezas que no me canso de escuchar.
          8. “Margarita”, de Juan Uría y Olga Román, interpretada por Olga Román y Joaquín Sabina (del álbum de Olga Seguir caminando, 2011), es una canción de ritmo pegajoso, con sabor a vieja fábula, sobre una muchacha que luego de varias peripecias encuentra el amor.  Olga ha sido durante muchos años corista de Joaquín. Dice la letra: “Margarita fue tirando sus orgullitos al cesto, sus duditas al desagüe, sus miedos por el balcón. Mira tú, qué cosa grande, que después de tantos años, tan durita como era, se hizo blando el corazón”.
           9. “Boricua en la luna” es un texto del poeta, escritor y periodista puertorriqueño Juan Antonio Corretjer (1908-1985), musicalizado e interpretado por Roy Brown (en su álbum Árboles, 1987). Este poema, esta canción resume este sinfín de historias sobre la pertenencia, sobre el amor a la patria. El hombre del poema canción nació en Nueva York, pero ama a su borinquen, que es como los nativos llamaban a la isla antes y después de que la rebautizaran. Me impresiona su final: “Dicen que la luna es una, sea del mar o sea montuna, y así le grito al villano: ¡Yo sería borincano, aunque naciera en la luna!”.
            10. “Milonga del trovador”, escrita por Horacio Ferrer, con música de Astor Piazzola, con base en la vida de Jairo, su intérprete (en el álbum a la que la canción da título, 1980). Jairo es extraordinario y tiene un gran repertorio. En esta milonga dice: “Mi casa es donde canto, porque aprendí a escuchar la voz de Dios que afina en cualquier lugar: ecos que hay en las plazas y en las cocinas, al borde de una cuna y atrás del mar”.
           11. “Ámame como si fuera nueva”, de la compositora cubana Miriam Ramos, interpretada por Guadalupe Pineda en su primer disco como solista, en 1981, luego de haber pertenecido al mítico grupo Sanampay. La Pineda tiene aquí una voz dulce, transparente. La canción era para sus tiempos muy directa: “Ámame como si fuera nueva, viájame despacio por las venas… […] Súrcame de besos desmedidos, líbrame de engaños y de olvidos; mírame de frente y desarmado, créeme si digo que te amo”. 
          12. La consagración de la primavera, de Igor Stravinzky (1882-1971), se estrenó como ballet en París en 1913, pero la música es tan poderosa que hizo su propia senda. Spotify dice que oí más la parte dos (“El sacrificio”), aunque la oigo completa cada vez que quiero y puedo. Hubo y hay música sinfónica medieval y barroca, existe el periodo clásico y el romanticismo. Gustavo Mahler fue, se dice, el primer músico moderno. Dentro de la modernidad, Stravinzky rompió con todo lo hecho antes e instauró una forma de hacer una partitura donde cabe lo que sea. Qué maravilla es La consagración…, qué sorpresiva, qué modo de sembrar, de renacer, de torcerle el cuello al cisne.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Fotografía: Anny Palacios Urbina




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Librero del uroboro. 18. Y Murakami tampoco. Ilse Ibarra Baumann

Y Murakami tampoco

Por Ilse Ibarra Baumann

No sé porqué compré este libro (Como un espectro Miao Dao de Joyce Carol Oates). Si me lo recomendaron o lo leí en alguna novela. Joyce Carol es una estadounidense que escribe novela gótica. 
            Este tipo de literatura, donde siento que prendí el canal de Investigación Discovery, el de los asesinatos, no me gusta. Además sus comparaciones son tan simples que por dentro dices: “¡No, no digas eso!”
           La primera novela trata de una estudiante que se embaraza de su profesor de filosofía. Pasan los días y él la ignora. Después ella se involucra con un hombre de 60 años, otro profesor y poeta. Pretende usarlo para que la ayude con el embarazo. 
           En esta novela la misoginia llega a una situación tan extrema que termina en feminicidio. 
           En la solapa del libro viene una pequeña biografía de la autora. Al final dice que ella es una de las futuras candidatas al premio Nobel. Lo dudo. Como también lo dudo de Murakami. 

Antier me preguntó mi hija “qué ves de diferente en una literatura de premio Nobel, o del premio Princesa de Asturias contra la demás literatura”. “Veo sencillez en lo cotidiano y muchas veces lo amargo de ciertas situaciones comunes, además de una excelente forma narrativa que estás tan inmerso en la obra que no te fijas ni en los tiempos ni las voces narrativas”. 
           Hoy subí una cita de Miguel Delibes (premio Princesa de Asturias), es algo tan simple que podría pasar desapercibido en una mala obra, no en un excelente escritor. Pero, sobre Miguel Delibes hablemos en la siguiente entrega.
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.