Voces ensortijadas 140. Prohibido rendirse. María Gabriela López Suárez

Prohibido rendirse

Por Maria Gabriela López Suárez

Los espejos de agua que formó la lluvia de la noche, alumbrados por los rayos de sol, reflejaban las imágenes de los patos y gansos que se movían para ir a beber agua. Cristina se asomó por la ventana para ver si el sol había decidido levantarse esa mañana se percató que sí. Había demorado en asomarse, eran más de la nueve y apenas iniciaba su saludo matutino.

Los ánimos de Cristina estaban algo bajos, su estado anímico obedecía a su situación de salud. Sus estudios médicos no habían sido favorables. Marlene, su hermana y única familiar le echaba porras para que siguiera con su tratamiento.

Esa mañana Cristina puso mucha atención en uno de los gansos que tenía Marlene en su patio, presentaba alguna especie de enfermedad, el cuello lo tenía hacia abajo. Nunca se había percatado de él, hasta ese momento. Observó que por su enfermedad caminaba con dificultad, sin embargo, se movía y hacía las demás actividades que sus compañeros gansos. 

Sin dejar de prestarle atención Cristina se quedó pensando que ese ganso era un ejemplo de vida. En todo el rato que lo observó percibió en él su anhelo de vivir. Su limitación no le impedía moverse, tomar agua, comer y andar con sus compañeros. Era sin duda un aliciente que la vida le presentaba para que ella continuara la batalla que le correspondía enfrentar. 

El cielo se fue nublando y el sonido de la lluvia que comenzaba a caer hizo que los gansos se juntaran justo donde las gotas caían con más fuerza. Todos estaban ahí y alrededor los patos, como una especie de jolgorío de aves.

Cristina respiró profundo y sonrió. Aunque le costaba aceptarlo, la vida era una constante lluvia de retos, todos había que irlos enfrentando. De alguna manera cada reto se iría librando, la importante lección que le había recordado esa mañana el ganso era que, a pesar de todo lo que sucediera, estaba prohibido rendirse.


Photo by Annari du Plessis on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 140. El futuro. Héctor Cortés Mandujano

El futuro

Héctor Cortés Mandujano

El niño leía un cuento ilustrado en la biblioteca polvorienta de una escuela lejana de la ciudad, atrasada.
	Era él, el niño lector, sujeto de burlas y violencia verbal y física, porque en aquella comunidad los niños y los adultos no leían nunca más que por obligación, y saber que alguien lo disfrutaba les parecía enojoso, anormal.
	El cuento que leía el niño era muy parecido a su circunstancia real: se trataba de un niño que leía, solo, en la biblioteca polvorienta de una escuela marginal, de un pueblo donde lo atacaban oral y físicamente sólo por leer.
	El hombre que escribía el cuento había sido el niño del cuento y el niño que lo leía: estaba escribiendo su propia experiencia.
	El niño del cuento comenzó a sentir angustia por llegar al final de la historia, porque ya había llegado el final del recreo, y tenía que irse. Lo maltratarían si no.
	El niño que leía el cuento también se angustió, porque en su realidad “real” había escuchado la campana que marcaba el fin del recreo y tenía que irse. Lo maltratarían si no.
	El autor que, decíamos, había sido el que leía el cuento y el personaje del mismo, comenzó a angustiarse porque no sabía cómo terminar esa historia que cuando era niño había vivido y había soñado, después, en varias ocasiones.
	En ese instante se cruzaron sus vidas, se volvieron la misma angustia en los tres corazones.
	Lo mejor –pensó el niño personaje del cuento– será darle vuelta a las páginas y mirar aunque sea nada más los dibujos para darse una idea del final.
	Lo mismo pensó el niño que leía y fue lo que se le ocurrió al hombre que escribía.
	Los tres se llenaron de una terrible desazón porque al dar la vuelta a las páginas del cuento se encontraron con que sólo eran páginas en blanco. 
        Después del pasmo, sonrieron: Las páginas en blanco eran el futuro. Qué gran oportunidad de escribirlas no cómo quisieran los demás, sino como se les viniera en gana.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración: Héctor Ventura**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Héctor Ventura:

(Jiquipilas, Chiapas, 1920), Héctor Ventura Cruz creció y descubrió la pulsión plástica por la vida en Tuxtla Gutiérrez, la capital de su estado. Ahí conocióal Maestro José María de la Cruz, único mentor entonces de pintura y dibujo en la localidad. El encuentro con el maestro “Chemita” significó el atisbo del primer referente técnico y la certeza de la constancia en el oficio. 
Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980.

Nota rimada. 2. Danzón dedicado a. Maclovio Fernández

Danzón dedicado a...
Por Maclovio Fernández

El linajudo y el ciego

A un ciego le decía un linajudo:

«Todos mis ascendientes héroes fueron.»

Y respondiole el ciego: «No lo dudo;

yo sin vista nací: mis padres vieron.»

No se envanezca de su ilustre raza

quien pudo ser melón y es calabaza.

Juan Eugenio Hartzenbusch


¡Silencio, señores!
Danzón dedicado a todos
los que buscan prestigio a güevos




Prestigio a güevos

La gallina primeriza
hace alardes de creación,
y luciendo gran sonrisa
cacarea su producción.

“Mis huevos, no es alharaca,
—dice con pudor fingido—,
cuando los pongo en el nido
no tienen mancha de caca.

Grandes, blancos o rosados,
son muestra de buen trabajo
de calidad, no a destajo,
¡se nota el buen acabado!”

Con, ya picada, la cresta
el gallo de la parvada
pregunta a la pavoneada:
¿podemos ver una muestra?

Con singular desenfado
la aludida da el contesto:
“mis huevos, señor crestado,
todavía no los he puesto…”


Maclovio Fernández

Photo by Caleb Oquendo on Pexels.com

Absenta 33. El ciclo de las borrascas. Erik García Briones

El ciclo de las borrascas
A mi amigo  y maestro "Tata Hermelindo"... 
EGB
Las nubes se condensan alrededor de las montañas esperando su turno para convertirse en gotas de lluvia, así se agolpan mi ansiedad alrededor de mis huesos tratando de salir de a borbotones.

Se me borra la cara y me cuesta respirar, la vida parece más ruidosa como cuando la lluvia esta muy fuerte y ya no puedes escuchar nada más.

Las ideas son las aves en el cielo de la mente que vagan libremente por ahí, hasta que las nubes de la ansiedad obligan a esconderse, aterradas por la borrasca.

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Cajón de rubores. 24. La segunda fotografía. Antonio Florido

La segunda fotografía
Por Antonio Florido

Temblé. Tembló. Sólo con verle.
Sólo con verle experimenté una nauseabunda sensación de vaguedad y hastío. 

(Hay ocasiones en que, al toparme por primera vez con alguna persona, siento que la odio profundamente, que estaría dispuesto a terminar con su vida a la menor oportunidad, y nunca averigüé por qué me ocurría eso tan insólito, tan visceral)

Era un joven estudiante. Adolescente. Apuesto y de porte distinguido. Sonreía de manera extraña, como a destiempo. No había motivo para esa sonrisa inadecuada y odiosa, pensé, pensó.  ¿Acaso era un dandi? 

(Por la ventana entreabierta asoma el ansia de una mañana lenta, gris y fría)

Indicó qué postura era la adecuada. El joven clavó sus ojos en los ojos de Kibou. Parecía como si le retara en algo, como si el propio jovenzuelo fuese el único digno, el único responsable de cómo debía girar la cabeza; de cómo, de manera delicada, había de humillar levemente su barbilla. 
          Kibou no estaba tranquilo. Desesperó un poco. Notaba el corazón en la punta de sus dedos, y esos mismos dedos comenzaron, de pronto, a perderse en un zozobro desconocido por él hasta entonces.

(La mañana continúa siendo calma, triste y húmeda)

El joven, observando a sus padres que esperaban, de pie, tras el fotógrafo, dibujó un poco más esa risa simplona. Kibou logró preparar el objetivo, la luz, el fondo de graduado. Hinchó entonces el pecho. Tomó aliento. Intentó calmar sus nervios. Se dijo varias veces, para sí, que esos estúpidos detalles de la sonrisa presuntuosa y la mirada inquisitiva no debían exasperarle, que tuviese paciencia. Luego, al cabo, miró a esos padres que esperaban, pacientes, y les indicó, con una leve inclinación de la cabeza, que todo estaba preparado.

(El tiempo es. Se detiene. Le apetece ser una figura más en la escena. Luego desciende el sentido estético y sensible de Kibou y se vuelca sobre los hombros atrincherados del muchacho)

(Mientras, el lector cierra el libro y madura en eso tan inverosímil que está leyendo. Pasa por su cabeza el pensamiento de que a él también le ha ocurrido, en más de una ocasión a lo largo de su vida, lo mismo que a Kibou)

Estaba a punto de fotografiar por vez primera a una sonrisa, a una mueca sin sentido. No a un ser humano, no. Era cuestión, sencillamente, de asimilar que las cosas no suceden jamás como a uno le gustaría.

Disparó la primera vez. No salió nada. Indicó al estudiante que mantuviese la postura indicada, el gesto apropiado. Disparó por vez segunda, por tercera vez, por muchas más veces. Y ahora, sí. Por fin había conseguido plasmar esa risita estúpida.  
         Kibou se retiró al cuarto obscuro, íntimo. Se sentó. Se notaba muy cansado.

En el estudio, el muchacho, ya junto a sus padres, alzaba los hombros como queriendo indicarles que él había obedecido en todo; que si la cosa, (la cosa), no salía como debía, jamás habría sido culpa suya. Los padres se miraron. Fue un secreto silencioso de amor, con el aire retenido, tan oculto que solamente ellos, después de tantos años, comprendían.

Kibou fue pasando las diferentes tomas. En todas surgía, casi del fondo de la incongruencia, esa máscara pedante, artificial; esa careta de niño que juega con los demás, muy por encima, como una vela hinchada por una ráfaga que todavía no ha nacido. 

(Afuera, la mañana se empeña en continuar siendo lenta, gris y fría. La gente ya deambula, perdida, por las aceras estrechas. En el cielo, un sol rabioso intenta abrirse paso. Y el viento comienza a zarandear los papelillos y volantes)

Kibou, extático, no daba crédito. No podía explicarse (jamás lo conseguiría) cómo, dónde estaba la vida de ese joven; dónde, su sangre. Había salido lívido, no ya con la otra cara de mono de la niñez; ahora, (lo reconocía), su rostro comunicaba inteligencia. Una sagacidad quebrada, sin embargo. Como también altivez, oquedad en el alma; Kibou, con la pantalla de la cámara frente a sus ojos, no encontraba el sentido de esa criatura, su vida, su espíritu, el secreto de su ser. El joven surgía como un muerto. Había fotografiado una sonrisa y, tras ella, la sustancia agonizada de alguien al que nunca llegaría a conocer.

(El día, dolorido, comienza demasiado ingrato para sostener la esperanza de un tierno corazón)

Kibou eligió la que más rechazo le produjo. Quizás la más yerta y pálida de todas, la menos expresiva. Los padres la observaron detenidamente y asintieron. En pocos momentos estaría preparada. Lista para colgar de una pared cualquiera. Sobre la mesa de un despacho insulso, desapacible, como la mañana fría, como el gélido temblor de los miembros que no soportan las veladas expresiones (insinuaciones) de algunas personas.

(Fue un estertor de la belleza inclinada ante la apatía)

Joven sosteniendo un medallón (Detalle). Sandro Boticelli (Florencia 1445-Ibid 1510)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 139. Hasta siempre. María Gabriela López Suárez

Hasta siempre

Por Maria Gabriela López Suárez

Esa mañana Joaquina sintió ganas de sentarse en el banquito que solía usar Benjamín, su hijo, cuando tenía dos años y hacerse pequeña, taparse con una cobija la cabeza y quedarse ahí un largo rato para luego destaparse y volver a la realidad, sin sentir tristeza. Sin embargo, eso no era posible.
 
La noticia del fallecimiento de su amiga Irene la tomó por sorpresa, tenía rato de no verla. Sus rumbos tomaron distintas rutas y eso no les permitió frecuentarse como antes. Si de algo estaban seguras era que el cariño permanecía en sus corazones, a pesar de las distancias físicas. Y eso siempre lo tuvieron presente.

Joaquina no pudo evitar traer a la mente la pregunta que alguna vez le hizo Joaquín cuando tenía cuatro años,

– Mami, ¿de qué tamaño es nuestro corazón?

La respuesta de Joaquina fue:

– El corazón tiene el tamaño de un pequeño mundo.

Y en ese mundo le dijo que estaban las personas que cada uno amaba y también  se guardaban los momentos que no eran felices. Justo estaba sintiendo uno de esos momentos, la partida de Irene. Su mente evocó el rostro de su amiga, sonriente, pizpireta, un rostro amable que inspiraba confianza y sinceridad. Las anécdotas compartidas fueron asomando una a una, todas llenas de cariño, risas, aventuras y andanzas que formaban parte de su memoria y de su corazón. Estaban ahí y las agradecía.

Joaquina se asomó frente a la ventana de su cocina, el sol no tenía muchos ánimos de salir, los tonos grises del cielo se ponían acorde al sentir de esa mañana, nostálgico. Dejó que las lágrimas fueran aflorando poco a poco hasta que no pudo contenerse, era necesario fluir.

El sonido del teléfono le hizo volver la atención. Era Cristina, otra de sus amigas que le llamaba para ponerse de acuerdo y que fueran a despedir a Irene. El teléfono volvió a sonar, era Benjamín, su hijo, que ya se había enterado de la noticia y se ofrecía a llevar a Cristina y a ella a la terminal de camiones. Joaquina comenzó a preparar su maleta; mientras empacaba tuvo sentires encontrados, regresaría al terruño de su amiga donde habían estado tantas veces, solo que ahora para darle la despedida, más bien el hasta siempre.

Photo by Frank Cone on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 139. Las fuerzas que habitan el lenguaje. Héctor Cortés Mandujano

Las fuerzas que habitan el lenguaje 

Héctor Cortés Mandujano

Disfruté leyendo Ensayos bonsái (Seix Barral, 2007), del poeta, novelista y ensayista argentino Fabián Casas (1965). Sus ensayos son varios ramales, lecturas analíticas y lúdicas de libros disímbolos, muestrario de su conocimiento del futbol, evidencia de su relación necesariamente problemática con los nombres clásicos de la literatura de su país (Borges, Cortázar, Sabato, Aira), textos donde aparecen sus cercanos: amigos, padres, colegas…  
	Me gustó su libro desde el epígrafe de David Duchovny (p. 9): “Lo que yo busco en la performance de cada actor es el Hamartía, un término de arquería que se refiere a la forma en que se yerra, no a la forma en que se acierta”.
	Pone un apodo muy bonito al whisky (p. 40): “el psicólogo rubio”. [En Cuaderno salmón, número 4, primavera de 2007, publican poemas de Fabián y repite la idea en ‘Carta abierta a tres personas del Perú’ (p. 74): “le estuve recitando sus poemas/ a la botella de JB, mi psicólogo rubio”.]
	Habla en varios textos de Carlos Castaneda, autor del mítico Las enseñanzas de Don Juan, entre muchos otros, y cuenta (p. 74): “Según sus enseñanzas, cuando llega la hora, el Nagual arde interiormente y, en vez de morir, pasa a otra dimensión. Pero cuando se le apareció Caronte, el cuerpo pesado de Castaneda no ardió interiormente, sino que crepó en su cama de un cáncer de hígado. Sus discípulas más cercanas –las brujas que él protegía y que formaban la jerarquía principal de la secta– desaparecieron y, se presume, se suicidaron”. Hay que leer a Castaneda (p. 75): “Una cosa es el hombre y lo que este hace con su vida y otra cosa son los libros que escribe”.
	Fabián Casas sostiene en varios momentos posturas controvertibles (p. 82): “Soy un gran prejuicioso y pienso que una persona que tiene un celular es un imbécil hasta que se demuestre lo contrario”.
	Cita fragmentos de una novela de Andrés Caicedo, Cartas del Yagé, que no he leído y que cuenta sobre la violencia en Cali, Colombia. Caicedo le habla a quien se acuesta con un asesino (p. 124): “Y a usted, jovencita, ¿no le asquea saber que comparte su vagina con un hombre que a pesar de las lociones que se unta huele a los cadáveres que lleva sobre sus hombros?”.
	Cita y cito a Marcelo Cohen (p. 128): “Mallarmé, Valéry, también Lezama Lima y buena parte de las vanguardias nos acostumbraron a que el poeta no escribe tanto para expresar algo –tampoco para comunicarlo–, como para hacer manifiestas las fuerzas que habitan el lenguaje”.
	Al finalizar su ensayo sobre el poema Segovia, de Daniel Durand, del que cita varios fragmentos, dice (pp. 145-146): “Leed Segovia, muchachas y muchachos de mi patria. Y si alguna vez se cruzan por la calle con quien escribió estas líneas, les pediría –como sugiere Gombrowicz en el prólogo de su Ferdydurke– que si Segovia les gustó se toquen, al verme, su oreja derecha. Y hagan lo mismo con la izquierda si no les gustó”.
	Propone este origen, esta conclusión (p. 151): “El genio descubre su estupidez –que es infinita–, sus limitaciones y su pobreza. Y a partir de ahí escribe. O a pesar de eso”.
	Los versos de Leónidas Lamborghini, que cita, me encantaron (p. 216): 

Habla
di tu palabra
	y si eres poeta
	eso
será poesía. 

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Cajón de rubores. 23. La máscara (1). Antonio Florido

La máscara (1)

Por Antonio Florido

Fumar y rayar es imposible. Lo intenté de nuevo esta mañana; la luz, esa grácil presencia recién nacida, me acarició el rostro y me sentí dichoso, pero aun así el humo y la mano no lograban concordar en el asunto. Era sencillo. Es sencillo. Iba por la primera página. Leí. Una palabra, una frase… Sentí como un cuchillo en mi corazón. 
Se trataba de un sufrimiento desconocido que me nacía de lo más hondo. Un significado había penetrado, de pronto, en el torrente seco de mis venas y creí que me desmayaría de un momento a otro. Fue, quizás, una nostalgia que gritaba, un posible que tal vez jamás existió. Al momento noté la llegada del hambre y aspiré el cigarrillo con la fiera de un humano y raspé la hoja con la punta acerada del lapicero; con fuerza, con rabia, con miedo. Estaba excitado. Y temía que aquello que me podía, huyera; así, sin más, dejando mi alma podrida y sola en aquella primera hora de la mañana, en el momento irrepetible de la emoción por la lectura extrema de un autor extremo, callado. 
El niño ante mí.
No hubo cuadro ni fotografía, sólo la elocuencia parda de una descripción desnuda y atroz. 
Dijo: “Ríe como engañando, pero no es feliz: sufre. Mírenlo”
Y era cierto…
El pelo rubito sobre unas cejas incipientes, una frente clara, la nariz apuntando un rosa cálido acompañando a unas mejillas de flor eclosionada. Cerré los ojos y le vi ante mí. ¡Qué hermosa criatura! ¡Qué delicioso orgullo saber de la Creación, de la labor imprescindible de nuestro Señor de los cielos!
Luego, mi mano consiguió enderezar una línea gris bajo el negro escrito. Me detuve en un suspiro. Pensé. Gocé como sólo se logra en algunos momentos olvidados de la vida. Abrí de nuevo mi pensamiento y me dejé llevar a esa parte ignota en la que algunos de nosotros depositamos nuestras ilusiones. 
El pequeño, efectivamente, sonreía de una manera delicada, casi invisible. Había que poseer una sutilísima perspicacia para entender que esta criatura no era feliz. Era un joven escondido tras una caricatura, tímido y cándido, pero consciente, -a esa edad en la que todo se abre de pronto-, de que aquello que observaba era sólo una apariencia. El niño buscaba con ansia un amor que le protegiese. Se le notaba en la mirada trémula, en la delicadísima desviación de sus ojos, en la inclinación, también deliciosa y casi ridícula, de su cabeza, de su cuello un poco tenso; se le apreciaba, insisto, en que con los ojos imploraba, con el arco apuntado de sus comisuras, suplicaba, pedía, gritaba en silencio, con una sonrisa macabra y falsa, compuesta. 
Tuve que abandonar el lapicero sobre la hoja curva del libro. Me aparté de esa realidad transmitida con el arte singular del que pocos entienden. Fumé el resto del cigarrillo (tal vez de otro cigarrillo, distinto) frente a la luz que crecía ante mí, frente al rayo pertinaz y claro que me decía tantas cosas, que me engatusaba. 
¡Qué dolor, Dios!
Dazai sostiene su rostro triste con una mano inocente. Mira hacia abajo, pero en verdad os digo que su mirada produce una angustia indescriptible; una mirada ciega, eterna, sin esperanzas, sin rumbo; un ensayo por seguir intentando comprender el mundo, su mundo; el sombrío sentido de la existencia. 
Arrojé al suelo la colilla, hastiado; pisoteé con ira el rabioso humo que se empeñaba en sobrevivir. Y retorné a la hoja rayada. Leí. Volví a hacerlo, sí. Leí frenéticamente, como un loco al que le falta todo, como al que no entiende nada. Leí hasta la exasperación, preguntándome si me había dejado algo a la deriva, si había perdido algún minúsculo e imperceptible detalle de lo expresado. De nuevo pasé la vista por la descripción maravillosa que ese hombre, que esa máscara triste, con su cara sostenida por una mano sin remedio, había escrito. Y el niño, ese niñito sonriente, ese niñito que sólo existía en mi imaginación, me dijo cosas, me susurró al oído. Ese niño rodeó mi cuello tembloroso y me pasó sus dedos por unos ojos ciegos, húmedos. 
¡No puedo! 
¡No puedo más!
¡Perdónenme!
 

De la serie Personas – Personajes – Máscaras; Justyna Kopania, (Varsovia, Polonia)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Nota rimada. 1. Crítica arrimada. Maclovio Fernández

Crítica arrimada
Por Maclovio Fernández


Pleito de comadres

La oposición no logra composición
su destino anticipado
ya en el ambiente se nota,
llegará desangelado
para su final derrota…

El Pan, de aceite, es espeso
y el  Pri, ya de agua es aguado.
Al querer juntarse en mezcla
resulta un desaguisado.

Desamarrar lo de marras
es sugerencia incisiva
que el canto de las cigarras
canta al pri y su directiva



…Se cae la sopa

del traste, en contraste

Persistente el alacrán,
tras un grillo va con ansia
y acortando la distancia
tiene listo su aguijón.

Al punto, en un vuelo raso,
una lechuza se abate
y de un duro picotazo
al alacrán le da mate.

Enseña este caso dado
que, aunque te den por perdido,
aún no eres pan comido
mientras no estés en la boca.



Maclovio Fernández


Fotografía: Pexel

Voces ensortijadas 138. La escritura por placer. María Gabriela López Suárez

La escritura por placer

Por Maria Gabriela López Suárez

Al público lector de las Voces ensortijadas

El canto de las aves me acompaña mientras tecleo en la computadora. El paisaje de hoy es  nublado, con tintes de nostalgia y alegría -eso percibo en los días lluviosos-, en segundo plano se escucha el barullo que hacen los gansos, más allá el ladrido de un perro y uno que otro coche que pasa en la calle. 

Escribo con el gusto y ánimo de cada semana, como lo hago desde hace cinco años y en esta entrega quiero compartir con ustedes, público lector, la alegría que me da la publicación de la Antología I, 2020-2021 de las Voces ensortijadas con el sello de la Editorial Tifón. Me siento muy agradecida con el Creador del Universo, con mi familia, con quienes cada semana leen estas líneas y con quienes han compartido su valiosa colaboración para esta publicación, Roger Octavio Gómez, editor de la Revista Letras, ideaYvoz por el estímulo para realizar el proyecto y por el patrocinio; Damaris Disner por el acompañamiento desde el inicio de esta columna; Erik García por compartir tu arte y  Editorial Tifón, casa editorial chiapaneca, por el trabajo realizado.

La Antología I, integra 100 textos de estas Voces ensortijadas, en cada uno de ellos va un cachito de mi corazón, con la intención de compartirles diversos instantes de las realidades que están presentes y cómo las percibo o se perciben, teniendo como herramienta en varias ocasiones un tinte de ficción. 

La escritura por placer, además de ser grata compañera para echar a volar la imaginación o retomar momentos cotidianos de lo que acontece -dentro de lo más común, en el día a día – es una bella manera de sanar el alma, de conectar con otras personas y de comunicarnos, más allá de las fronteras territoriales. 

Escribir por placer tiene sus retos, tener disciplina -como me suelen recordar Damaris y Erik-, es necesaria una dosis de ánimo, entusiasmo y ganas de compartir. También está el cómo se organiza la historia, el relato o el texto que se redactará, que las ideas afloren y vayan tomando forma. Es todo un entramado de colores que se van entretejiendo y que cuando se ven plasmadas las ideas llenan de alegría, más cuando conectan con quienes las leen.

En este proyecto he tenido una serie de avatares en la publicación, al ser un proyecto independiente se convierte en una labor de autogestión y por supuesto, implica inversión de tiempo, dinero y esfuerzo, además de estar pendiente de todas las etapas del proceso. Sin embargo, en esta red de puentes que se van integrando en la vida, es importante contar con quienes se sumen, colaboren, compartan desde el corazón y animen a continuar con los proyectos. Desde ahí va mi agradecimiento para quienes han estado en este proyecto personal que se ha tornado colectivo.

Al público lector, nuevamente, les agradezco el dar lectura a las Voces ensortijadas, compartir sus comentarios, anécdotas y experiencias con las que resuenan, son una parte importante para continuar con la escritura por placer. Les invito a estar pendientes de las presentaciones de la Antología para poderla adquirir.

Photo by Marina Hinic on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.