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Voces ensortijadas 92. Reconocerse. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 92

Por María Gabriela López Suárez

Reconocerse

 

La tarde otoñal tenía más tintes de primavera, el sol cobijaba a quien se diera la oportunidad de tomarse un baño de luz y calor. Eloisa no se había percatado del paisaje, ni esa tarde ni las anteriores. Su día a día tenía una agenda apretada en la que, a veces, se le olvidaba si había desayunado, comido o cenado. Benito y Raquel, sus mejores amistades le recordaban con frecuencia que no se olvidara de vivir y dejarse un espacio para respirar. Eloisa les escuchaba y agradecía, sin embargo, le costaba ponerlo en práctica.

Ese miércoles, estaba ensimismada en sus actividades frente a la computadora, un bullicio de carcajadas y aplausos la hizo desviar su mirada y buscar de dónde venía el sonido. Se asomó a la ventana, observó a un grupo de adolescentes que iban caminando y se divertían bailando. Permaneció ahí unos instantes, el tiempo justo para que sintiera cómo su rostro dibujaba una sonrisa, atrapada por la escena. Aprovechó para estirarse y sentir cómo su espalda se erguía mientras acomodaba su postura. Tuvo sed y fue por agua.

En su paso hacia la cocina se percató de su figura frente a un espejo en su recámara. Había perdido la noción del tiempo de la última vez que se detuvo para observarse, su dinámica diaria era como en automático. Se quitó las gafas y halló sus ojos cansados, las ojeras se pronunciaban y su rostro tenía un tono pálido. Por un momento se asustó, no se reconocía, qué le había sucedido. ¿Era ella o el cansancio le provocó esa visión?
Se dirigió a la cocina, tomó agua. Luego fue al baño, nuevamente se miró frente al espejo, ahí estaba la misma imagen. Le vinieron a la mente los mensajes de Raquel y Benito, empezaba a percatarse que tenían razón. Se lavó el rostro lentamente y disfrutó el contacto con el agua. Acomodó su cabello en una coleta y por tercera ocasión vio el reflejo de su cara en el espejo.

Regresó a su cuarto. Ahí estaba la computadora encendida, como llamándola a continuar sus pendientes. Eloisa observó el reloj, las 5,30 de la tarde. Aún tenía trabajo por hacer. Se acercó a la máquina, guardó su información y la apagó. Siguiendo su voz interior decidió darse la tarde libre y tener un encuentro con ella misma. Tenía meses de no ir a su cafetería preferida y degustar un capuchino acompañado de una rebanada de pastel de queso.

Prefirió no ponerse los lentes para el sol, quiso sentir sus reflejos sobre el rostro, lo sentía necesario. Mientras caminaba hacia el café iba asimilando la importancia de reconocerse en el ajetreo, donde muchas veces, uno se olvida de sí mismo en el mar de tareas que hay en la vida.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 91. La magia de la oscuridad. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 91

Por María Gabriela López Suárez

La magia de la oscuridad

 

El paisaje de montañas se avizoraba, ya estaban por llegar al pueblo donde vivían doña Lolis y don Ramiro, tíos de Lupita. Hasta después de más de tres ocasiones que Rita había recibido invitación de su amiga Lupita, para conocer el pueblo de sus tíos y pasar unos días con ellos, había aceptado. El viaje era largo y eso le animaba poco. Ese fin de semana viajaron con Roberto, Patricia y Aarón, sus mejores amigos.

El paisaje le llamó la atención a Rita. La casa estaba situada a las fueras del pueblo, como a 20 minutos. Doña Lolis y don Ramiro les recibieron con mucho ánimo, les gustaba que les visitaran. Lupita presentó a sus amistades, saludaron a sus tíos, luego se instalaron en el cuarto donde se quedarían a dormir.

La tarde comenzaba a ocultarse y Lupita les propuso ir al pueblo a comprar cosas para la despensa, la única que no quiso ir fue Rita. Les dio su cooperación, se disculpó y dijo que prefería descansar un rato. Se fue al cuarto, prendió la luz. Se recostó en un sillón, tomó el celular, no había cobertura, así que se puso a jugar un rato con una aplicación.

Estaba entretenida en su afán por ganar en el juego cuando la luz del cuarto se apagó. Solo se quedó con la iluminación del celular. Se arrepintió de no haber ido con sus amistades. Sintió un sobresalto en el corazón, le temía a la oscuridad y mucho. Desde pequeña había escuchado en plática de gente adulta relatos sobre gente fallecida que se aparecía en las noches oscuras. Trató de tranquilizarse y pensar que la luz no tardaría en regresar, así pasaba en la ciudad.

Intentó seguir jugando, no pudo concentrarse. Comenzó a escuchar ruidos extraños. Se percató que la batería de su teléfono estaba en 38 por ciento. Decidió prender la linterna del celular e ir a buscar a los tíos de Lupita. Salió del cuarto con cautela.

—¡Doña Lolis, don Ramiro! ¿Están por ahí?

Intentó reconocer el camino, no se acordaba, se detuvo. A lo lejos distinguió una luz que se acercaba, era doña Lolis que venía con una vela.

—No te aflijas Rita, acá andamos. Ven con nosotros.

Rita se apresuró y sintió que el alma le volvía al cuerpo. Doña Lolis le dijo que tenía rato que la luz no se iba en la casa, cuando sucedía eso tardaba hasta un día en que regresara el servicio. Sin embargo, no había por qué preocuparse, Don Ramiro había ido a buscar los quinqués para tenerlos listos por si se requerían.

Se sentaron en la sala, Rita aún estaba nerviosa. Doña Lolis se percató y le preguntó si le daba miedo la oscuridad, ella dijo que sí. Mencionó que había escuchado ruidos extraños. Doña Lolis le contó que no había que temer sino aprender a reconocer la magia de la oscuridad. Le platicó que los ruidos extraños seguro eran los patos que tenían mucha actividad, siempre hacían ruido; cuando había mucho viento las hojas de los árboles se mecían produciendo un sonido especial, además el viento solía silbar. La oscuridad hacía que uno se percatara más de lo que nos rodeaba, sobre todo en un lugar con naturaleza.

Doña Lolis comentó que antes de que hubiera luz en el pueblo, la gente solía reunirse para platicar más, contar cuentos, relatos, leyendas y las historias cotidianas. Eso se había perdido poco a poco, así que lejos de asustarse se debía aprovechar ese momento sin luz.

—Ahora que regrese Ramiro verás que nos cuenta algunas leyendas del pueblo, es muy bueno para contar las historias, hasta les pone sonidos. Mira, ahí viene ya con los quinqués prendidos.

Rita volteó a ver donde estaba el sendero de luz, sonrió, le dieron ganas de escuchar las leyendas. La plática de doña Lolis la había tranquilizado, sin duda, esa noche sería inolvidable. Deseó que sus amistades regresaran pronto para compartir la magia de la oscuridad.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 90. Instantes de luz. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 90

Por María Gabriela López Suárez

Instantes de luz



Estela estaba terminando los tres bocetos que presentaría como propuesta a un trabajo que le habían encargado. Le llevaba más tiempo hacerlos de manera manual luego los digitalizaba, pero lo disfrutaba y le generaba una sensación de emoción que no se podía perder. Se había llevado prácticamente buena parte del día en eso, miró la hora, eran cerca de las 6,30 de la tarde y aún no comía. De pronto se acordó que era lunes y pasaba el camión de la basura. Se quitó los lentes, dejó por un instante su encomienda y se fue por las bolsas de basura que tenía en casa.

Como todos los lunes, Estela pasó a casa de su vecina doña Rosario por su bolsa de basura. Ella le llamaba Rosarito le sonaba con más cariño. La conocía desde hace un par de años, el tiempo en que Estela se había mudado a la colonia donde ahora vivía. Hacía más de un año que doña Rosarito empezó a caminar con dificultad y a tener problemas de la vista. Vivía sola y era una persona mayor. Estela se ofreció a pasar por la basura a casa de su vecina cada semana.
Tocó el timbre una vez, como solía hacerlo. Y a lo lejos escuchó la voz de doña Rosarito,

—¿Eres Estela?

—Sí, soy yo.

Estela saludó a su vecina, tomó la bolsa de basura que la señora le entregó. Y le preguntó cómo estaba. La respuesta de doña Rosarito la dejó casi sin habla. Le dijo que cada vez veía menos, no sabía qué pasaría cuando ya no pudiera ver, a dónde la llevaría su familia, su voz se escuchó triste. Estela observó los ojos de su vecina, se apreciaban como cubiertos por una tela, como si le nublara el brillo. Le comentó a doña Rosarito que su familia podría llevarla al médico para ver su caso.

De pronto sin que Estela se diera cuenta cómo doña Rosarito cambió de tema, platicó con ella sobre cómo era la colonia años atrás, sobre su familia, los programas de televisión que le gustaba ver, que el ambiente en la ciudad era menos peligroso que ahora. Le preguntó a Estela dónde vivían sus papás, qué tan lejos estaba el lugar de la ciudad, cómo era ahí. Cerraron la conversación con comentarios del clima, esa tarde el viento se percibía fresco pero al interior de las viviendas se tenía la sensación de calor. Luego se despidieron.

Mientras caminaba con las bolsas de basura para esperar a que pasara el campanero, su mente iba pensando en la situación de doña Rosarito, vivir en soledad aún teniendo familia y con la luz de sus ojos apagándose. Respiró profundo, se sintió agradecida por la confianza de su vecina para entablar la conversación esa tarde, quizá era una especie de instantes de luz que doña Rosarito había tenido al sentirse escuchada. El toque del campanero la hizo caminar más de prisa, no tendría que esperar, el camión recolector ya estaba por llegar.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 89. Kukayetik. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 89

Por María Gabriela López Suárez

Kukayetik

 
Cecilia se levantó temprano el domingo, se apresuró a hacer las labores que le correspondían en casa. Luego desayunó y se cambió. Decidió usar un pantalón de mezclilla desteñida, la playera naranja que tanto le gustaba y se puso sus tenis negros. Tenía invitación de Óscar y Román, sus mejores amigos, para pintar con ellos un mural en la barda de la casa de Román.

Desde que la invitaron la idea le encantó, aunque ella no tenía experiencia sabía que sus amigos la habían tomado en cuenta porque alguna ocasión les mencionó que le gustaría pintar un mural. Echó en su pequeña mochila unos pinceles y brochas delgadas que tenían en casa, les podrían ser útiles. Jaló su gorra roja y se despidió de su papá antes de salir de casa.

Mientras se dirigía a casa de Román se topó con algunos perritos que, por fortuna, no le ladraron. De pronto, a lo lejos observó a un pequeño gato negro. Le llamó mucho la atención que después de verlo moverse con agilidad, como buen felino, se quedó quieto en un lugar con la mirada fija. A ella le dio curiosidad qué observaba con tanta atención. A medida que ella se fue acercando se percató que el gato estaba al pendiente de su presencia pero a la vez continuaba con la mirada puesta en su objetivo.

Cuando pasó cerca del gato se dio cuenta que él estaba frente a la entrada de una cocina económica, la puerta tenía una malla y por lo tanto, no podía entrar, pero si le dejaba observar lo que ahí sucedía. Cecilia pasó despacio para no distraerlo. El gato la volteó a ver rápidamente y siguió en su tarea.

El gato la hizo pensar en las diversas habilidades que tienen los animales. Y por su mente empezó a rondar la pregunta, ¿si yo fuera un animal, cuál me gustaría ser? ¿Y por qué? Vinieron a su memoria imágenes de los animales que le llamaban la atención, una mariposa en color azul turquesa, un zopilote, un perro, un colibrí, una libélula, un grillo, un cóndor, un delfín, un gorrión, un escarabajo y de pronto, asomó la imagen de los escarabajos que más le gustaban, los kukayetik*, también conocidos como luciérnagas.

¿Por qué ser un kukay? Recordó que desde niña le llamaba la atención observarlos en la noche. Se le figuraban como destellos de luz que van guiando el camino en noches oscuras. A ella le hacía mucha ilusión cada vez que los veía, también eran como una especie de efectos especiales durante la noche en el campo. Le gustaría ser un kukay para alegrar o guiar con su luz a quien le viera, como una especie de hada y también porque podría moverse libremente en el campo, disfrutando de la naturaleza.

El tiempo había volado, Cecilia estaba a media cuadra de casa de Román. Se percató que Óscar limpiaba la pared de la barda, seguro estaban por iniciar. Apresuró su paso, Óscar la vio y saludó moviendo la mano y ella le respondió con una sonrisa en los labios a la vez que exclamó:

—¡Ya voy, ya voy! Espérenme.


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*Kukayetik: Cucayos en plural, en lengua Tseltal.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 88. Winter, Spring, Summer or Fall. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 88

Por María Gabriela López Suárez

Winter, Spring, Summer or Fall

El inicio del otoño era más que evidente, esa mañana de viernes el sol se había levantado un poco tarde. El clima había cambiado la noche anterior, el viento continuaba soplando, acompañado de una brisa que podría invitar a evocar muchas emociones. 

Micaela se disponía a iniciar su día de trabajo en línea, prendió la computadora y buscó una selección de música de la década de los setenta.  Dejó que la música fluyera, mientras se asomaba a la ventana de la cocina. Percibió el aroma de la mañana,  observó el paisaje grisáceo del cielo, le provocó una sensación de nostalgia.

Miró el reloj, las 8,15, le apetecía beber un chocolate con cardamomo. Buscó en la cocina, seguro que Tobías, uno de los compañeros con el que compartía casa habría comprado cardamomo para la despensa. A él le encantaba esa especia para cocinar y preparar bebidas. En efecto, Micaela halló un frasco con la semilla. 

Comenzó a preparar el chocolate, lo prefirió con agua. El cardamomo le daba el toque especial. Ella disfrutaba el aroma. Se sirvió la bebida en su taza preferida, una de barro con forma de jarrito. Decidió acompañar el chocolate con una pieza de pan, una rosquilla sin azúcar. 

Mientras degustaba su chocolate con pan observó el calendario, el mes de septiembre estaba por culminar. Su mente le trajo un cargamento de memorias. El noveno mes del año tenía una particularidad, sus días le generaban un cúmulo de sentires, entre ellos estaban nacimientos y partidas de seres queridos, así como encuentros que le significaban mucho y que estimulaban su caminar. 

El tiempo pasa volando, pensó. Se quedó contemplando la taza de barro con los restos de su bebida. Saboreó el último trozo de la rosquilla. Se sintió afortunada de atesorar en la memoria y el corazón cada uno de esos momentos incluyendo los que no eran gratos, finalmente eran parte de su vida y le habían dejado aprendizajes. 

Respiró profundo, sintiendo cómo inflaba el pecho y posteriormente, inició su jornada laboral, mientras escuchaba con atención la interpretación de Carole King: Winter, Spring, Summer or Fall, all you have to do is call and I’ll be there, You’ve got a friend...


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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 87. Los surcos de la felicidad. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 87

Por María Gabriela López Suárez

Los surcos de la felicidad

La lluviosa tarde de verano había dejado un agradable clima, se apetecía leer, tomar chocolate con pan o conversar amenamente. Lucrecia recordó que tenía pendiente hacer una entrevista, le habían dejado una tarea en el bachillerato, en su materia de Lectura y redacción. El tema era libre. Sin dudarlo decidió preguntarle a doña Irene, su abuelita materna, si quería conversar con ella para su ejercicio. Le encantaba platicar con ella. Tenía la ventaja que vivía a dos cuadras de la casa de Lucrecia.

Cuando llegó a su casa la encontró sentada, tejiendo un tapete. Era una de las actividades que le gustaba hacer y era de una de las tantas habilidades que Lucrecia  le admiraba.  Después de saludarla le comentó su propuesta, como era de esperarse doña Irene aceptó. No sin antes decirle a Lucrecia que sentía que no tenía cosas tan importantes que contar, pero si le ayudaba con su tarea con gusto platicaban. 

—Abue, ¿estás cómoda ahí o prefieres que conversemos en otro lugar?

—Vayámonos al patio, ahí en mi mecedora vendrán mejor los recuerdos.

Con libreta en mano y su telefóno celular como aliado, Lucrecia comenzó la entrevista. Escuchaba atentamente lo que doña Irene mencionaba e iba tomando nota. Había enviudado muy joven y con su trabajo como costurera y partera había sacado adelante a su familia, dos hijos y una hija.  Su vida había estado llena de retos y momentos fuertes, destacó que la vida le había enseñado que debía disfrutarse y aprender de todas las experiencias incluyendo las más tristes. 

A Lucrecia le llamó mucho la atención cuando su abuelita mencionó que la felicidad era un ingrediente esencial en su vida, la tenía presente en muchos momentos y era una de las razones por las que todavía se mantenía de pie.  No pudo quedarse con las ganas de preguntar sobre cómo ser feliz. 

—Ay hijita, no hay una receta para tener la felicidad completa, más bien creo que consiste en valorar y agradecer lo que tienes, por ejemplo, estar con quienes quieres, tener salud, poder caminar, disfrutar comer una fruta, escuchar el canto de los pájaros, platicar contigo como ahora lo hago y algo muy importante, darte la oportunidad de reír mucho, las veces que te sea posible, sin importar los surcos que se hagan en el rostro al pasar el tiempo. 

Lucrecia observó el rostro de doña Irene, no se había percatado antes que las arrugas que se dibujaban en él justamente hacían referencia a un rostro que no mostraba facciones de enojo, por el contrario, estaba marcado en él un semblante grato, de armonía con la vida. Ahora entendía que esos eran como los surcos de la felicidad.

Cuando finalizó la entrevista, además de agradecerle a su abuelita su tiempo y compartir parte de su vida, le dijo que la admiraba mucho y que ojalá ella pudiera poner en práctica el encontrarle el lado feliz a cada instante vivido. 

—Abue, me encantaría algún día tener esos surcos en mi rostro. Mientras tanto, ¿me invitas a tomar chocolate con pan? Te ayudó a prepararlo.

Ambas sonrieron mientras que de fondo se escuchaba el canto de los grillos, era el anuncio que la noche había llegado.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 86. Tejiendo ideas. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 86

Por María Gabriela López Suárez

Tejiendo ideas

Asunción se levantó muy temprano el sábado, el arrullo de la llovizna la adormeció la noche anterior y fue también el que la despertó. Había viajado a su casa el fin de semana y en la región donde vivía llovía la mayor parte del año. 

Nadie de su familia estaba despierto. Fue a la cocina, se preparó un té de jengibre. Luego abrió una de las ventanas de la sala y se quedó contemplando el paisaje. Su montaña vecina no se distinguía, aunque la llovizna había cesado ahora permanecía una densa capa de neblina. 

Comenzó a beber el té. El airecillo de la mañana le había dado frío, fue por un suéter a su cuarto. Decidió quedarse ahí un rato más. Su mirada se posó en el cesto donde guardaba un bordado que tenía un par de semanas que no tocaba. Se levantó, tomó el cesto y sacó la manta, observó que estaba a medio terminar. Había retomado el bordado recientemente, como una manera de relajarse cuanto se sentía muy estresada, pero también se percató que cuando bordaba disfrutaba mucho la manera en que su mente iba pensando en cómo entrelazar colores, puntadas y dar vida a la figura dibujada en la manta.

El bordado que estaba haciendo tenía en su mayoría tonos en color marrón, rojo y naranja, los colores cálidos eran de sus favoritos. Dio otro sorbo a su té, después se acomodó sobre la cama y comenzó a bordar. Mientras iba haciendo cada puntada se le vino a la mente que tenía que realizar una tarea en equipo. Esa idea no le agradaba, solía tener resistencia al trabajo en colectivo. Sus experiencias en años escolares anteriores habían sido desafortunadas, ella y alguien más hacían el trabajo y el resto del equipo salía beneficiado. 

Hizo el intento por dejar de pensar en ese pendiente para disfrutar del bordar, sin embargo, la idea seguía asomándose. Pausó por un instante, observó cómo iba el bordado y se fijó detenidamente en la gama de colores que se mezclaban. Continuó su labor, al tiempo que se fue imaginando que cada color de las hilazas era como un integrante de un equipo, la acción final era terminar el bordado y cada uno de los hilos daba la pauta para colorear la figura de la manta. Es decir, era necesaria la participación de cada uno. Terminó de rellenar la figura de dos cántaros y  guardó su bordado.

Bebió el último trago de té. Se quedó pensando que si el trabajo en equipo fuera como bordar no estaba tan mal, era una manera de ir tejiendo ideas y poniéndolas en orden para realizar la encomienda. Recordó que hace tiempo leyó en el Libro de los saberes una frase que le gustó mucho, el autor era Meterio, un marakame  huichol, "juntar los momentos en un solo corazón, un corazón de todos, nos hará sabios, un poquito más para enfrentar lo que venga. Sólo entre todos sabemos todo". 

Asunción decidió darse la oportunidad de poner en práctica su actividad por equipo como si estuviera bordando. Salió de su cuarto, seguían durmiendo en casa. Sintió los rayos del sol que había despertado, se asomaba sobre la montaña vecina y la saludaba a través de la ventana.

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Voces ensortijadas. 85. Todavía no hay nadie. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 85

Por María Gabriela López Suárez

Todavía no hay nadie


Eréndira revisó su reloj, faltaban 8 minutos para que iniciara su reunión virtual con Juan, Gloria y Benito, con quienes estudiaba la licenciatura. Tenían un trabajo por equipo y habían acordado reunirse al mediodía.  No le gustaba llegar tarde pero esa mañana salió a comprar ingredientes para sus galletas. A mitad de la contingencia sanitaria había decidido hacer galletas para apoyar sus gastos en la escuela. Bajó  rápido del colectivo, corrió hacia su casa. Apenas estaba a tiempo.

Entró apresuradamente a su domicilio. Se quitó el calzado, hizo su limpieza para sanitizarse. Dejó su bolsa con el mandado. Se percató que estaba sola en casa. 

Fue a su cuarto, prendió la computadora y buscó el enlace para ingresar. Sentía el palpitar de su corazón más que rápido. Miró el reloj, 12:08, respiró profundo y entró a la sala virtual. Ahí estaba Juan, el más puntual de su equipo, lo saludó y le pidió disculpas por el retraso. Juan dijo que no tenía problema. 
Mientras llegaban Gloria y Benito, empezaron a platicar de cómo les había ido en la semana. En eso estaban cuando ingresó Gloria, 

—¡Hola! Buen día. Estaba preocupada por llegar tarde, pero veo que todavía no hay nadie.

Eréndira se quedó pensando, ¿acaso Juan y ella no contaban? ¿Eran nadie para Gloria? Como un flashazo vinieron a su mente las veces que de niña ella acompañó a su abuelita Chole a los rezos. Cuando solían llegar a alguna casa y coincidían con doña Sofía, una vecina del barrio, siempre solía decir esa frase, "todavía no hay nadie, yo que estaba preocupada". Eréndira jalaba de la blusa a su  abuelita y con su voz no tan débil le decía,

—Abue, ¿por qué doña Sofía dice eso? ¿Nosotras no contamos?  ¿Somos nadie? 

Doña Chole la volteaba a ver y le tomaba de la mano suavemente, mientras le decía:

—En la casa platicamos.

Esa plática con su abue nunca se dio, pero Eréndira creció pensando que si alguien estaba en un espacio y un lugar contaba su voz y su presencia, por lo tanto, debía ser tomada en cuenta. Regresó a su reunión virtual. Pensó que Juan diría algo, observó su rostro en la pantalla, él solo se limitó a saludar a Gloria. Eréndira prendió su micrófono y dijo,

—¡Hola Gloria! Bienvenida, Juan y yo estamos ya estamos acá, contigo ya somos tres. Solo falta Benito. Así que ya habíamos dos y ahora te sumaste.

Gloria sonrió, se disculpó por llegar tarde y por haber dicho eso. Les mencionó que era una frase que solía usar y no recordaba cómo la había aprendido. Finalmente, Benito se integró, con algunas fallas en su conexión. La reunión se realizó y después de tomar acuerdos se despidieron.


Eréndira se dispuso a limpiar los productos que había comprado, mientras lo hacía no pudo evitar recordar la frase, "todavía no hay nadie". Y evocó a Eduardo Galeano, con "Los nadies", uno de los textos de su obra El libro de los abrazos. En eso estaba cuando escuchó que la puerta de la casa se abrió y una voz dijo, 

—¿Hay alguien en casa? 

Era su mamá. Había llegado.

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Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas. 84. La ceiba. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 84

Por María Gabriela López Suárez

La ceiba


Rosaura, Roberto y Ruth habían salido a trotar como todas las mañanas, aparte que les era útil para su actividad física, les resultaba divertido convivir como hermanos. De regreso a casa, Rosaura, la hermana mayor les propuso retomar la ruta de los andadores, además de estar arbolada permitía que hicieran su actividad con menos transeúntes. Aceptaron.
Roberto y Ruth iban casi al mismo ritmo, Rosaura iba detrás de ellos, atenta para no quedarse mucho. Ella era quien les había propuesto hacer actividad conjunta, sus hermanos adolescentes habían aceptado. Rosaura disfrutaba mucho esa convivencia, además, le resultaba grato observar los paisajes, cada mañana era distinto, hallaba algún motivo diferente con el cual asombrarse.

Iban casi cerca de su destino cuando pasaron por un andador, el hogar de una bella ceiba, situada a la mitad del camino. Desde lejos Rosaura observó cómo el follaje de sus ramas se mecía al vaivén del viento que soplaba esa mañana. Le pareció que estaba frente a un paisaje nuevo, aunque ya la conocía la ceiba le resultó imponente, alrededor de 30 metros de altura. Fue bajando su ritmo para hacer una pausa y observarla de cerca. Llamó a sus hermanos.

—¡Ruth, Roberto! Hagamos una pausa, vengan.

—¿Te sientes bien? —Preguntó Roberto.

—¿Te acalambraste? —Inquirió Ruth.

—Nada de eso, solo quiero que observemos algo.

Cuando llegaron se percataron que Rosaura estaba con la vista hacia arriba, en la parte alta de la ceiba. No preguntaron qué buscaba, se sumaron a la contemplación del paisaje. En una de las ramas había una paloma blanca. Se veía tan linda, reposando.

Se sentaron en unas bancas de cemento, alrededor de la ceiba. Rosaura les contó que la ceiba era un árbol sagrado en la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos, en especial para la cultura maya. En lengua maya le llamaban ya’axche, que significa árbol verde. La importancia de este árbol era ser conector entre el cielo y el inframundo.

Ruth y Roberto escuchaban con atención a Rosaura. Ruth se animó a interrumpir,

—¡Orale! ¿Cómo sabes esto?
Rosaura dijo que algo había leído en libros y también en sus clases de historia. Pero también recordó que en pláticas de personas mayores también había escuchado el respeto a la ceiba. Además, les dijo que ese árbol lo había conocido de pequeña. Hizo memoria de cuando vio las espinas gruesas que tenía en el tallo verde, cómo fue creciendo y con el paso del tiempo su tronco cambió de color, se engrosó y se hizo resistente. Las espinas ya no se observaban, era una ceiba madura.

También les pidió que pusieran atención en un detalle, la ceiba había sido mutilada en algunas de sus ramas más bajas. Seguro había sido doloroso en su momento, pero sus heridas habían sanado. Ahí estaba imponente y bella, dándoles cobijo esa mañana a la paloma y a ellos. La ceiba además de ser sagrada, era un ejemplo de cómo afrontar la vida y permanecer a pesar de las batallas. Ellos eran afortunados de tenerla en su caminar.

Roberto sonrió y agradeció a Rosaura esa pausa. No tenía idea del valor de ese árbol, que era parte de su cotidianidad. Ruth se acercó a Rosaura y la abrazó. El aleteo de la paloma les hizo volver la vista y comenzar a prepararse para reanudar su camino a casa.

Fotografia: Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 83. Tomar un respiro. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 83

Por María Gabriela López Suárez

Tomar un respiro


El sol estaba en su máximo esplendor ese mediodía del sábado, a Josefina le había tocado ir por el mandado. Leonor, su hermana había salido de comisión y regresaría por la noche. A Josefina no le apeteció ir hasta el mercado, se había despertado tarde y lo caluroso del clima poco le animaba para ir. Vio como un gran beneficio que cerca de su casa hubiera una verdulería.

Después de un tomar un baño se dispuso a arreglarse. Luego, escribió la lista de cosas a comprar, la revisó cuidadosamente para que no se le olvidara algo. Jaló su sombrero de palma, su bolsa de tela, su monedero, sin olvidar sus lentes para el sol. Guardó las llaves de la casa en la bolsa izquierda de su pantalón y salió.

La bienvenida que le dio el sol le hizo recordar que, aunque el calor estaba intenso, le vendría bien ese baño de sol para terminar de despertarla y le ayudaría a que se produjera más serotonina en su organismo. Algo había leído sobre eso. En pocas palabras, asolearse un poco le traería beneficios.

Se dirigió a la verdulería, caminó alrededor de 8 cuadras. Llegó a su destino. Antes de comenzar por la búsqueda de verduras, legumbres y frutas, observó la manera en que estaban colocados cada uno de los productos. La organización de las verduras y frutas era algo que solía gustarle, hallaba armonía en la colocación y mezcla de colores que se apreciaba, además de los olores que predominaban. En el apartado donde estaban las legumbres y especias sucedía lo mismo, cada producto se dejaba ver sobre una muestra cuidadosamente colocada sobre costales abiertos.

Surtió la lista del mandado, guardó su compra en la bolsa y se dispuso a regresar a casa. A tan solo un par de cuadras para llegar decidió tomar un atajo. En su colonia tenían la fortuna de contar con algunas calles con aceras arboladas que, en días como esos, eran una especie de oasis. Eligió una que le invitaba a transitar por ella, tenía una especie de caminito lleno de hojarasca, antes de mitad de la calle un bello árbol de almendra daba cobijo a quien pasara por ahí.
Inició su caminar y observó que era la única transeúnte, luego se percató que había un señor sentado en unas graditas, afuera de una casa, bajo un árbol de guayaba. El sol seguía intenso, Josefina se felicitó por haber llevado su sombrero de palma, aparte de gustarle mucho, le hacía imaginar que le daba un carácter de misterio, sumado a sus gafas de sol.

Ya quería llegar a casa, su mente no dejaba de hacer ruido con las actividades pendientes que tenía. Cuando estuvo más cerca del señor, observó que tenía a su lado una mochila, como de trabajo, y una gorra. Infirió que se había detenido a descansar un instante, no era para menos el calor estaba sofocante. Josefina dio las buenas tardes y pasó a su lado. El señor le respondió, degustaba tranquilamente una guayaba. Se veía que disfrutaba ese momento.

El ruido de la mente de Josefina pareció apaciguarse un poco, la imagen del señor le hizo darse cuenta que siempre es importante tomar un respiro. Le contagió no solo tranquilidad, sino que le recordó la paz y alegría que se tiene al estar en contacto con la naturaleza. Cuando se percató ya estaba a unos pasos de su casa. Esa salida le había dejado la tarea de que ella también necesitaba tomar un respiro.


Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.