Voces ensortijadas 122. Respira, respira. María Gabriela López Suárez

Respira, respira

Por María Gabriela López Suárez

El canto de un ave despertó a Cristina, había conciliado el sueño pasada la media noche y su propósito ese sábado era despertar tarde. No pudo hacerlo.  En cuanto escuchó el canto abrió los ojos, como si fuera una especie de alarma matutina, con la diferencia que no se levantó de golpe, como solía hacerlo entre semana para apagar la alarma del reloj. Recordó que era sábado y no tenía ningún compromiso.

Permaneció unos minutos en cama, tratando de cerciorarse que en realidad era el canto de un ave lo que escuchaba, cuando lo confirmó se levantó de la cama para abrir la ventana de su cuarto. Se sentía afortunada de que el edificio donde vivía con su familia tenía algunos árboles alrededor, eran los únicos que había en el condominio y justo frente a su ventana estaba uno de esos árboles. 
Descubrió posando en una de sus ramas al pájaro que estaba concentrado en su cantar, era de tamaño pequeño, con el pecho rojo y las plumas negras, una bella combinación. Se quedó unos instantes contemplando el paisaje y escuchando el canto.

Regresó a su cama,  reviso qué hora era, las 6:30 de la mañana —aún es de madrugada para ser fin de semana —pensó. Estaba indecisa si seguía durmiendo o ya se levantaba, sintió la ráfaga de aire fresco que se colaba por la ventaba abierta. 

Tenía la mente llena de ruido, había estado en situaciones de estrés por cuestiones familiares y laborales y justo por eso quería dormir mucho, para ver si lograba descansar y levantarse con más ánimo. El canto del ave seguía deleitándola, en ese momento le dieron ganas de ser ese pájaro que lejos de enojarla por haberla desmañanado le brindaba el regalo de su melodía.

Decidió que ya no dormiría, se asomó nuevamente a la ventana, no tardaba en darle los buenos días el sol. Se quedaría despierta e intentaría hacer un ejercicio de meditación ayudándose de algún video guía. Una de sus compañeras del trabajo le había comentado que la meditación era una herramienta útil para disminuir el estrés, la respiración era el ingrediente esencial.  —Ante una situación de ansiedad, respira, respira —solía decirle Paola. También se le vino a la mente una frase que le compartió en alguna ocasión una de sus amigas, Mente quieta, espalda recta y corazón tranquilo. Eso era lo que necesitaba en ese momento. 

Buscó uno de los videos que le habían recomendado para meditar, colocó una manta en el piso, se acomodó sobre ella en una postura cómoda. Escuchó la voz que guiaba la meditación, inhale lento y profundo, exhale… comenzó a sentir cómo su cuerpo se relajaba y a escuchar su propia respiración.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 121. El jolgorio. María Gabriela López Suárez

El jolgorio

Por María Gabriela López Suárez

Rita aceptó la invitación de sus amistades Carlos y Sarita para visitar a los abuelitos de ellos que vivían fuera de la ciudad, en un ejido. Pasarían ahí el fin de semana. Salieron a la primera luz del día, justo al alba, el clima era muy agradable y el paisaje sumamente bello. 

El camino no estuvo mal, la carretera estaba en buenas condiciones, probablemente porque aún no era temporada de lluvias. Antes de llegar a la casa de doña Esther y don Toño pasaron por un tramo de terracería como de dos kilómetros aproximadamente. Era el indicio de que estaban cerca de su destino.
Fueron recibidos con  mucha alegría, Sarita y Carlos presentaron a Rita con sus abuelitos, quienes le dieron la bienvenida.

—Mucho gusto hija, estás en tu casa, humilde pero llena de amor —dijo doña Esther.

—Las amistades de nuestros nietos son también nuestras, siéntete en familia —comentó don Toño.

—Gusto en conocerles, Sarita y Carlos me han platicado  mucho sobre ustedes y este bello lugar, muchas gracias por el recibimiento. Les traje pan para compartir —mencionó Rita.

Acomodaron sus cosas en el cuarto donde dormirían y luego se fueron a dar una caminata para conocer el huerto y el terreno aledaño, para que después ayudaran a preparar el desayuno. El huerto tenía muchos árboles frutales y el piso estaba cubierto de hojarasca, eso le daba un efecto especial de sonido al caminar, además de cumplir con una función ambiental importante para la tierra.

El cielo estaba bellamente decorado con nubes blancas y el azul celeste de fondo le daba un lindo toque al paisaje, las ráfagas de aire hacían que la intensidad del sol fuera más llevadera. El arbolado que había favorecía no solo el clima, la sensación de calor era menor, sino que también albergaba a muchos invitados.

Rita comenzó a caminar rumbo a los árboles de mango y toronja, un concierto de aves estaba justo en ese momento. Alzaba la vista intentando identificar a cada intérprete, eran de distintos tamaños y colores y sus cantos iban alternándose, como en sincronía.

Siguió caminando rumbo a la casa, escuchó la voz de doña Esther y se dirigió a donde estaba. Descubrió que platicaba con sus gallinas y guajolotes mientras les daba de comer. La abuelita no se percató de la presencia de Rita, quien guardó silencio al tanto que observaba con alegría el gran jolgorio que tenían las aves mientras les repartían la comida. Además del paisaje sonoro,  se apreciaban las gallinas de diversos colores, blancas, coloradas, negras y las de nuca pelona, los guajolotes permanecían juntos. Jamás había presenciado un momento así, era una especie de fiesta en el gallinero.

El rostro de Rita dibujó una sonrisa, se sentía agradecida de estar en ese lugar y con la familia de sus amistades, esa mañana había presenciado el jolgorio de aves de corral que quedaría grabado en su mente y corazón. Sin duda había regalos, como ése, que eran gratuitos y hermosos, solo había que poner atención en lo cotidiano.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 120. Una pizca de silencio. María Gabriela López Suárez

Una pizca de silencio

Por María Gabriela López Suárez

Antonieta y Augusto, su hermano menor, fueron el fin de semana al zoológico, ella le había prometido que lo llevaría de paseo. El niño estaba aprendiendo a leer y Antonieta pensó que era un buen ejercicio que pusiera en práctica la lectura con los letreros que había ahí.

Augusto iba muy entusiasmado, se puso su gorra favorita y sus tenis verdes que hacían llamativa combinación. Ambos emprendieron el paseo, se llevaban muy bien a pesar de la diferencia de edades, iban muy conversadores como solían serlo, a ambos les gustaba platicar mucho. Su papá solía decirles, ustedes hablan hasta por los codos, había bastante de cierto en ello.

La actividad de lectura no tardó en comenzar, sin que Antonieta le recordara, Augusto comenzaba a leer en voz alta  y a su ritmo los letreros. Antes de ingresar a espacios cerrados Antonieta le recomendó que pusiera mucha atención, había letreros que indicaban guardar silencio para respetar el hábitat de los animales. 

—Hay muchos letreros acá y con dibujos, se ven bonitos —dijo Augusto.

—Sí, a eso se le llama señalética, está en todas partes a las que vamos, mercados, carretera, restaurantes, hoteles, escuelas —respondió Antonieta.

—Ah ya me acordé que hay varios en mi escuela.

Después de haber recorrido el herpetario, el tortugario, el aviario y el espacio de los felinos, ya casi habían terminado la caminata, solo les faltaba el mariposario. El calor estaba intenso, llegaron a un área de descanso bellamente cobijada por los árboles que tenían bancas de cemento alrededor, tomaron un respiro y se sentaron.  Augusto,  le dijo a su hermana que le gustaba el paseo, había muchos animales y algunos no los conocía más que en fotos, como los que estaban en el herpetario. 

Antonieta abrió su bote con agua, tenía mucha sed, iba a preguntar a Augusto si quería beber un poco y al voltear a verlo  se espantó, tenía los ojos cerrados y permanecía sentado a su lado. 

—¿Augusto te sientes bien? —preguntó asustada mientras lo tomaba del hombro izquierdo.

—Shhhh, sí, solo necesito una pizca de silencio —respondió sin abrir los ojos.

—¿Una pizca de silencio? ¿De qué hablas?

—Acércate —le dijo a Antonieta, con los ojos cerrados y moviendo su mano izquierda para que se inclinara y decirle en voz baja.  

—Aquí hay animalitos en los árboles pero no los podemos escuchar si no guardamos silencio, yo quiero escucharlos, te invito a que cierres los ojos y a ver si adivinamos cuáles son.

—De acuerdo, acepto la invitación —señaló Antonieta en tono susurrante.

Cerró los ojos y comenzó a disfrutar el paisaje sonoro de las aves y también fueron asomando los monos y los loros.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 119. Mientras tanto. María Gabriela López Suárez

Mientras tanto

Por María Gabriela López Suárez

Ese jueves por la tarde Rebeca quería que el tiempo pasara volando, le tocaba ir a cita con el dentista. Era necesario quitarle una de las muelas del juicio, le estaba dando muchas molestias. Se preparó mentalmente porque no le agradaba asistir al consultorio dental, sentía nervios de solo pensar en el ruido que hacía uno de los aparatos, como una especie de taladro, solo que al interior de su boca y muy cerca de sus oídos.

Llegó a la clínica, era la segunda ocasión que iba a ese lugar, se lo había recomendado su amigo Renato. Él solía asistir ahí y tenía muy buenos comentarios de los servicios. Esta ocasión Rebeca tuvo la oportunidad de explorar más la sala de espera. La vez anterior no pudo porque pasó de inmediato a su cita donde le hicieron el diagnóstico de la muela.

El espacio de espera tenía un aspecto poco común, eso lo hacía sentirlo acogedor, era como estar en la sala de una casa, así lo percibió Rebeca. Había un ventanal grande que permitía filtrar la luz, los muebles eran modernos y en un tono rojo, una mesa pequeña al centro con objetos artesanales de la región.  Y el elemento principal para Rebeca era un estante mediano como librero, con todas las repisas llenas de libros y revistas. A diferencia de otros consultorios, donde normalmente se encuentran revistas de productos médicos o de celebridades, el estante tenía una colección que le resultó interesante, desde novelas, cuentos, de autores nacionales e internacionales, hasta libros de historia, antropología, sociología.
 
En un primer momento Rebeca se sentó en uno de los sillones, pero al ver el estante se levantó y cual niña frente a una inmensidad de golosinas, comenzó a observar el mosaico de colores y tamaños que dejaban ver los lomos de los libros. Se topó con un tesoro que jamás había visto, una colección de historietas del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. —Me habría encantado leerlas de niña —pensó. Las publicaciones estaban muy bien cuidadas, la edición era de la década de los setenta. Seguía recorriendo con la mirada los materiales para decidir cuál le gustaría leer mientras pasaba a cita y hacer más amena la espera. Un libro con lomo rojo y letras negras atrapó su atención, no solo por el color sino por el título Escribir es un oficio peligroso, de la autora Alice Basso.

Regresó a sentarse, se colocó como si estuviera en casa y comenzó la lectura. Se dejó atrapar por el contenido que hasta como en un tercer o cuarto plano alcanzaba a escuchar el ‘taladro’, como ella nombraba al instrumento que le causaba nervios, sin que le interrumpiera la concentración. Estaba por iniciar el cuarto capítulo cuando escuchó su nombre, era el turno de pasar. 

—¡Qué lástima! Ya me había picado leyendo.

Dejó el libro sobre la mesa del centro y se dirigió al consultorio. El corazón empezaba a palpitar con más rapidez, saludó al dentista quien le dio la bienvenida y comenzó a explicar el procedimiento.

—¿Alguna duda Rebeca?

—Ninguna —respondió, tratando de sonreír. 

Rebeca se acomodó en el sillón dental para que iniciara el procedimiento. 
Escuchó el ruido de los instrumentos que preparaba el dentista. Mientras tanto, observó la pintura de fondo en el consultorio, a modo de mural estaba La noche estrellada de Vincent Van Gogh, respiró profundamente y cerró sus ojos. Estaba preparada.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 118. Cuidar la vida. María Gabriela López Suárez

Cuidar la vida

Por María Gabriela López Suárez

Esas vacaciones, como cada año Julieta y sus mellizos Juliana y Santiago fueron a visitar a la tía Asunción y al tío Camilo. Eran familiares paternos que vivían en otro estado. A Juliana y Santiago, de ocho años, les causaba mucha emoción ir de visita, sobre todo porque la tía y el tío vivían en una zona con mucha vegetación. Julieta les había llevado ahí desde que eran bebés y les había transmitido su amor por la naturaleza.

Después de verificar que todo estuviera listo para el viaje, desde el coche hasta el equipaje y los obsequios para los tíos, los tres emprendieron la salida. Julieta iba atenta en el camino y manejando con precaución, los mellizos observaban el paisaje. De pronto, Julieta sintió un aroma a pasto quemado, tuvo el presentimiento que era un incendio. No se equivocó.

—¡Miren allá, algo se está quemando! —dijo Juliana.

—Parece que es pasto seco —señaló Julieta.

El humo no les permitía distinguir a lo lejos que ya estaban dando atención a la emergencia. Los bomberos  y policías mantenían acordonada la zona. El paso estaba lento, así que tuvieron que esperar varios minutos para poder salir de ese tramo.

Julieta les comentó a sus hijos que estaban en la temporada de incendios, era una época que se sumaba a la sequía que había cada año, el planeta Tierra se calentaba cada vez más y parte de los efectos ya los sentían todos los seres vivos.

—¿Cómo podemos ayudar para cuidar la naturaleza? Si no, nos vamos a morir — preguntó Santiago en tono preocupado.

—Muy buena pregunta hijo, no es tan fácil pero como dicen, cuando se quiere, se puede. En casa ya lo hacemos, al menos aportamos con un granito de arena, al tener nuestra composta, usar bolsas de tela para ir al mandado, evitar consumir productos con envases de PET o unicel...

— Ah, por eso cuando vamos con doña Chonita, la señora que vende mole llevamos un recipiente y ella no nos da los vasos grandotes de unisel —señaló Juliana.

—Así es, tenemos una tarea diaria que es cuidar nuestro medio ambiente y esa tarea es colectiva, no solo de las autoridades o de las personas, sino de toda la gente, niñas, niños, jóvenes, gente mayor, grupos. A veces olvidamos que cuidar a la naturaleza es cuidar la vida.

Julieta se percató del silencio que se formó, miró el espejo retrovisor y observó que los mellizos iban despiertos y atentos al paisaje, cada uno en su respectiva ventana, con el cristal hacia abajo. No tardaron en llegar a una zona boscosa, el trino de las aves era sumamente bello como una especie de bienvenida. El rostro de Julieta se relajó, sintió el olor a vegetación, ya estaban cerca de la casa de los tíos.

—Mira Santi, ya merito llegamos, seguro que la tía Asunción y el tío Camilo estarán contentos de recibirnos, a ver si les gustan  las plantas que les traemos y los dulces de leche que les hizo mamá —comentó Juliana.

—Seguro que sí, ya quiero saludarlos y que nos lleven a recorrer el huerto, debe haber muchos chicozapotes y mangos, podemos ayudar a cortarlos —dijo Santiago, con los ojos llenos de emoción.

Entraron a un camino de terracería y en menos de 100 kilómetros se divisó la casa cubierta de tejas con sus pretiles y sus macetas colgantes. No tardaban en aparecer doña Asunción y don Camilo.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 117. Honrar a las ancestras. María Gabriela López Suárez

Honrar a las ancestras

Por María Gabriela López Suárez

El calor estaba más que sofocante, la época de vacaciones de Semana Santa había llegado y Catalina la esperaba con mucha emoción. Estaba feliz que no le habían dejado tarea en la preparatoria, así podría  hacer un receso de sus actividades educativas en línea y disfrutar mejor el descanso.

La celebración de Semana Santa tenía elementos religiosos distintivos, de acuerdo a las actividades que solían hacer en su barrio, algunas de ellas eran parte de su educación familiar. Una de las características que hacia particular esta época en su familia y que guardaba enseñanzas de la abuelita Ruth era la gastronomía, desde las bebidas como agua de frutas de temporada, mango, tamarindo, guanabana, comidas como pescado baldado, ensalada de nopales con camarón seco hasta los postres como garbanzo, papaya y jocote en dulce. Lo cierto es que todas esas prácticas tenían su historia y  por supuesto, anécdotas que deleitaban a las nuevas generaciones en la familia.

De igual manera, en estas fechas solían recibir la visita de parientes que vivían en otras ciudades y estados. Eso le gustaba mucho a Catalina. La pandemia había frenado esas visitas, pero el proceso de vacunación y los protocolos sanitarios habían permitido que pudieran tener nuevamente a sus familiares en casa.

Las tías Olga y Julia y la prima Karla fueron las visitantes en esta ocasión. La familia de Catalina las recibió con alegría, tenían buen tiempo de no verlas. Esa visita fue muy especial, además de convivir con ellas, tuvieron diversos  momentos para compartir en las tertulias, normalmente en la sobremesa.

Karla, Catalina y Mercedes, su hermanita, escuchaban atentas las anécdotas, vivencias e historias que compartían las tías Olga, Julia y Luisa, mamá de Catalina. Sin duda, la presencia de la abuelita Ruth estaba ahí, en todo momento. Ella era un elemento clave en la familia.  Afloraban también historias  del terruño y cómo era éste en la infancia de ellas, los momentos tristes, las enseñanzas, el cúmulo de aventuras y hazañas que vivieron, así como también los regaños y llamadas de atención. 

Una de las tardes después de escuchar los relatos, Catalina se detuvo frente a un retrato de la abuelita Ruth, quien parecía observarla con la mirada atenta, hasta ese momento Catalina se percató de la importancia de honrar a las ancestras. Desde su corazón le agradeció su presencia en la vida de ella y cada una de las integrantes de la familia. En su linaje había mujeres valientes, trabajadoras, amorosas, incansables luchadoras que habían sobrellevado distintas situaciones, en diferentes espacios y épocas. Sin duda, esa Semana Santa era especial, había tenido la oportunidad de conocer y reconocer a su linaje femenino.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 116. Tarde Libre. María Gabriela López Suárez

Tarde libre

Por María Gabriela López Suárez

La tarde de ese miércoles Violeta había terminado sus actividades laborales y decidió no quedarse tiempo extra que, además de no pagarle por eso, le implicaba dejar de hacer otras actividades personales. Trabajaba como correctora de estilo en una editorial desde hacía cuatro años. Su labor le encantaba y disfrutaba llevarla a cabo. 

Violeta apagó su computadora y ordenó su escritorio rápidamente. Blanca y Ernesto, sus amistades del trabajo, la quedaron viendo con sorpresa, normalmente eran ellos quienes siempre le recordaban a Violeta que ya era hora de retirarse del trabajo y ella decidía quedarse un rato más para avanzar con sus  pendientes.

Le preguntaron a su amiga si se sentía bien o si tenía algún compromiso, no daban mucho crédito a lo que veían. Violeta les agradeció preguntar y sonrió diciéndoles que estaba bien, pero les dejó con la duda si tenía cita con alguna persona. Jaló su bolso y se despidió de ambos.

La tarde estaba muy soleada, se puso sus gafas oscuras y comenzó a caminar. Decidió tomar una ruta distinta, no iría a casa tan pronto. Se encontró con la calle que daba directo al cerro que había en la ciudad, ella lo había bautizado como el cerro del ocaso, porque justo detrás de él solía ocultarse el sol.

El paisaje era sumamente agradable, los colores del atardecer creaban una atmósfera bella, cálida, que se fusionaba con la arquitectura de las casas en esa zona, la mayoría antiguas. A esto se sumaba poca afluencia de tráfico vehicular y de personas.  Mientras iba caminando Violeta se sintió como visitante en su ciudad, ¿cuánto tiempo tenía sin percibir esa sensación tan grata de disfrutar un rato consigo misma?  Se percató que su caminar no era de prisa, sino a un paso que le permitía observar y asombrarse de los detalles que hallaba, como las aves que se posaban en algunos techos y los gatos que parecían mimetizarse con algunas ventanas, absortos y atentos a lo que veían sin que nadie los distrajera.
 
Siguió su paso y se halló en la calle de los encuentros, así la había nombrado, le trajo a la mente la vez que le contó a su amigo Jerónimo que vivía en otro estado, que la vista de la ciudad era hermosa desde ahí, porque la calle estaba ubicada en lo alto y la ciudad se apreciaba  muy bien.  Y tiempo después habían recorrido juntos ese espacio. 
 
Hizo una pausa en el caminar para tomar una foto, el paisaje lo valía.  Recordó una frase que había leído en la red social de una de sus amigas, El mundo no se va a acabar porque bajes el ritmo y te tomes tu tiempo. Ésa era una tarea para la vida. Sonrió, respiró profundo y se agradeció la oportunidad de darse una tarde libre y disfrutar estar para ella y con ella.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 115. Si fuera un árbol. María Gabriela López Suárez

Si fuera un árbol

Por María Gabriela López Suárez

Primavera, verano, otoño, invierno… Dentro de las estaciones del año que más me gustan está la primavera, haciendo memoria, desde la infancia me ha llamado mucho la atención. Hay tantos elementos que me encantan, el colorido de las flores, el canto de las aves que también se alegran con el cambio de estación, los atardeceres, esas ráfagas de viento en las tardes cálidas y el canto de las chicharras, por mencionar algunos  ejemplos.

De lo que más me gusta observar en primavera es cómo los árboles se visten de gala, se renuevan con su follaje, algunos florecen y por supuesto, dan cobijo a las aves en los días soleados y en cada tarde después de la puesta del sol.

Luego de contemplar lo bello de la naturaleza, me quedé pensando que si fuera un árbol cuál me gustaría ser, se asomaron las imágenes de distintos árboles que hay en mi terruño, el de primavera, con sus flores amarillas en un tono brillante, lleno de vida. También está el de matilisguate, con sus flores en tono rosa que cuando caen, cubren el piso como alfombras que decoran el paisaje. Y qué decir del árbol de flamboyant con sus flores en color rojo o naranja que lucen con esplendor y se distinguen desde lejos. El de la ceiba que es imponente y que deja caer sus copos de algodón cuando está mudando de hojas. No puedo dejar pasar el de candox, conocido también como tronadora, que tiene sus flores amarillas y propiedades curativas. El árbol de cuchunuc es otro de los que aún se aprecian en la matria, sus flores además de ser menuditas y lindas, son muy apreciadas para preparar tamales, cocidos u horneados y también para hacer postres. 

Aunque todos los anteriores me encantan, quiero mencionar también el árbol de capulín, sus flores son pequeñas, en color blanco, sus hojas tienen propiedades curativas para la tos y su fruta tiene un sabor que es agradable a mi paladar. Solíamos comerla mucho en la infancia. En Tuxtla Gutiérrez abundaban estos árboles, ahora se observan pocos, solo en ciertas zonas, han sido arrasados por las partes que cubre el cemento o asfalto y cada vez que veo uno me alegra el corazón. Cuando me percato de la existencia de algún árbol de capulín  me parece como un guerrero que resiste a pesar de todas las adversidades. 

Con cada uno de los árboles mencionados tengo conexiones, en especial con el de capulín, los árboles que había en mi infancia, cerca de casa, fueron testigos de tantas aventuras, risas, caídas, raspones y también me deleitaron con su sombra en los días soleados. Hoy su presencia está guardada con mucho cariño en mi corazón y pensamientos, ya no existen físicamente, por eso cuando tengo la fortuna de estar cerca de alguno de ellos lo agradezco y si me es posible degusto algunos de sus frutos. Si fuera un árbol sin dudarlo, me gustaría ser un árbol de capulín.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

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Voces ensortijadas 114. Partir en primavera. María Gabriela López Suárez

Partir en primavera

Por María Gabriela López Suárez

A Pipo y Brandy, compañeras en el caminar

La primavera al fin había llegado, los días soleados, los árboles reverdeciendo, algunos aún con el cambio de hojas. Los pájaros se percibían con gran algarabía, desde tempranito comenzaban a entonar sus bellos cantos. 

Joaquina había recibido con mucho gusto esa etapa del año; una de sus orquídeas había florecido y era uno de los regalos más bonitos en su jardín. De los paisajes que más disfrutaba en primavera eran los atardeceres, los tonos rojizos que pintaban el cielo remarcaban la silueta de las montañas que contrastaban con el cielo azul celeste y unas pinceladas que le daban un toque sumamente agradable.

Sin embargo, en primavera también habían instantes grises, de los que normalmente no suelen dar buenas nuevas. Poli, una de sus perritas estaba muy enferma, el momento de partir no tardaba en llegar. Vinieron a la mente de Joaquina diversos instantes en los que Poli había disfrutado la época de la primavera, corriendo de un lado a otro, siempre tan libre e independiente. 

Poli era distinta a las demás integrantes de la banda canina que tenía Joaquina, creció en el campo y solía ser un poco huraña. Joaquina agradecía que Poli le hubiera permitido acercarse a ella y a sus críos en las dos camadas que tuvo. 

Siguieron llegando los recuerdos, las siestas que Poli tomaba en el pasto en pleno mediodía, las veces que se  perdía en el campo, la familia pensaba que no regresaría y luego volvía a casa, siempre con ojos pispiretos y moviendo la cola, como en señal de ya estoy aquí. Si Joaquina intentaba acariciarla, Poli le mostraba los dientes, como una especie de sonrisa y se dejaba acariciar la quijada.

Cuando Joaquina llegaba a casa, Poli salía a su encuentro para darle la bienvenida, con esos llantos que denotan alegría; también estaba su compañía en las caminatas que Joaquina hacía por la tarde, tantos y tantos recuerdos, instantes y cariños compartidos. Ahora Poli estaba cansada, su mirada se había ido apagando poco a poquito. Era una guerrera y Joaquina así lo sentía y se lo hacía saber.

Partir no era fácil, dejarla partir tampoco. Sin embargo, muy en el fondo de su corazón y de su mente asomaba la frase ‘son los ciclos de la vida que uno tiene’. Joaquina agradecía la presencia de Poli en su familia y en su vida,  era una integrante más y les había dejado muchos aprendizajes, ahora le tocaría partir en una de las estaciones más bonitas del año, partir en primavera.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas 113. Sentirse a gusto. María Gabriela López Suárez

Sentirse a gusto

Por María Gabriela López Suárez

La tarde de ese miércoles Maribel estaba arreglándose para asistir a un evento literario. Finalmente la fecha del recital de poesía en la preparatoria había llegado, en él participaría Martina, una de sus mejores amigas. Maribel estaba entusiasmada, sabía muy bien de todo el esfuerzo realizado por Martina para estar ahí. Además, también le daba emoción que después de dos años de no ir a eventos presenciales por la contingencia sanitaria, tenía la oportunidad de ir a uno, claro con todo el protocolo de higiene que implicaba.

Ya tenía elegida la ropa que usaría, un blusón y un pantalón hindú solo le faltaba un detalle, no sabía qué calzado ponerse. 

—¡No puede ser! Falta poco para el evento y yo en esta elección superficial, bueno ni tanto porque con lo que elija caminaré —dijo para sí. 

Echó un vistazo a sus sandalias, zapatos de tacón bajo, mocasines y al final aparecían sus tenis rojos, hasta donde recordaba solo se los había puesto una ocasión y un ratito, mientras se los probó previo a su compra.  Fue por ellos, al tiempo que pensaba, ¿combinan con mi ropa?

Recordó que los tenis tenían una anécdota especial. Hacia tiempo vio que Paco, uno de sus amigos, usaba unos tenis rojos. A Maribel le gustaron mucho, quiero unos así, le dijo a su amigo. Además de que se veían cómodos le llamó la atención el color, nunca había tenido un calzado en ese tono. Cuando le fue posible se compró sus tenis rojos. Alguna ocasión le preguntó a Paco con qué color de ropa combinaba sus tenis, él la quedó viendo con esas miradas que no necesitan palabras. Sin embargo, le dijo una frase que justo ahora le venía muy bien a Maribel, en realidad no me fijo en eso, lo importante es sentirse a gusto.

Maribel decidió usar los tenis rojos, el recital era una ocasión especial, los tenis merecían ser usados y ella estrenarlos. Revisó qué hora era, una vez más se liaba con el tiempo aunque ella trataba de aliarse con él. Faltaba poco más de media hora para que diera inicio el evento, se apresuró, seguro que llegaba antes de iniciar.
 
Se observó frente al espejo, le gustaba cómo se veía, en especial calzando sus tenis rojos. Se hizo una coleta en el cabello y se colocó el cubrebocas con la figura de Mafalda, era uno de sus favoritos. Había dejado a un lado la preocupación de los zapatos,  quería sentirse a gusto.  Apresuró el paso.

Llegó al evento 5 minutos antes que diera comienzo, ahí estaba Martina sentada en la mesa del presídium, levantó la mano para saludar a Maribel, quien correspondió al saludo y luego buscó lugar donde sentarse. Maribel vio a Paco que acababa de entrar al salón, ambos sonrieron, sin saberlo él era un estímulo para que su amiga decidiera esa tarde preferir sentirse a gusto y usar sus tenis rojos.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.