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Voces ensortijadas. 67. El canto del cuenco. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 67

Por María Gabriela López Suárez

El canto del cuenco

El miércoles había sido agotador para Gertrudis, en casa era la única que permanecía despierta. Terminó sus actividades, fue a lavar su rostro como acostumbraba hacerlo antes de dormir. Dejó que el agua tibia acariciara cada parte de la cara, con movimientos suaves se dio un masaje sintiendo el aroma del jabón de romero y disfrutando ese instante. 

Al terminar se detuvo un momento más para observarse frente al espejo. Pocas veces lo hacía, dando prioridad a otras actividades. Aún con el cansancio sus ojos permanecían alegres. Escuchó el canto del grillo que solía acompañar el paisaje sonoro de cada noche. Ese canto fue un incentivo para decidir que antes de dormir quería tocar su cuenco tibetano y relajarse.

Fue a su habitación, tomó cuidadosamente el cuenco entre sus manos. Recordó que hace un par de años lo había adquirido, pocas veces había intentado tocarlo. La vez que se lo entregaron tuvo una especie de inducción a su cuidado y uso. La persona que se lo vendió hacía terapias con cuencos y le explicó detalles importantes como el hablar con el cuenco, recordar que los materiales con los que fue hecho forman parte de la naturaleza y por lo tanto, no es un simple objeto. Había que pedirle permiso antes de tocarlo y cuidar que no se cayera. Dejarlo en un espacio específico y limpiarlo. A manera de ejemplo le mostró cómo se tocaba. Esa primera vez Gertrudis hizo varios intentos por hacer sonar el cuenco y no tuvo buenos resultados.

Ahora deseaba volver a intentarlo, ya en su habitación se sentó en el piso, se puso en postura de flor de loto y colocó en su regazo el cuenco. Comenzó a hablar con él. Posteriormente, con los ojos entrecerrados empezó a tocarlo, haciendo con una varita leves movimientos circulares alrededor del borde del cuenco. Éste fue guiando el movimiento de su mano de una manera sutil que parecía que desde siempre lo hubiera hecho. El cuenco fue comenzando a desprender sus sonidos y a vibrar de manera leve a intensa. La sensación que Gertrudis tuvo fue que había conexión entre el cuenco y ella. El canto del cuenco la iba relajando.

El movimiento de su mano fue disminuyendo hasta que el sonido del cuenco cesó y Gertrudis trató de escuchar hasta la última resonancia. Continuó respirando profundo. Esa noche era especial, para Gertrudis el cuenco había respondido a su petición y había hablado con ella. Permaneció con los ojos cerrados un momento más mientras escuchaba el canto del grillo, su acompañante cotidiano que ahora le recordaba era hora de ir a dormir.

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 66. La historia detrás de los libros. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 66

Por María Gabriela López Suárez

La historia detrás de los libros

Leer apapacha tu corazón.

Galería Rodolfo Disner

 
Mientras Bertha revisaba los mensajes en sus redes sociales se percató que había pasado la fecha en que se conmemoraba el Día Internacional del Libro. Halló textos y mensajes interesantes que recordaban la importancia de la lectura. Para ella era importante tener presente eso todos los días.
Echó un vistazo a algunos de sus libros, empezó a hacer memoria, cada uno tenía una historia de cómo había llegado a ella. Recordó el cuento de Kartush, escrito por Stephen Cosgrove, un obsequio que recibió de su mamá en la primaria y que leyó más de una vez en silencio y en voz alta. Los primeros libros que leyó en materias de literatura, como el de la Hojarasca, del autor Gabriel García Márquez; el de Azul, del autor Rubén Darío, que luego de darlo en calidad de préstamo jamás volvió a verlo. De esa experiencia aprendió a valorar más sus libros.
Fueron asomándose los libros favoritos como la novela Las aventuras de Tom Sawyer, del autor Mark Twain donde se identificó con algunos de los personajes; Clemencia del autor Ignacio Manuel Altamirano que la hizo viajar en el tiempo; Aura del autor Carlos Fuentes donde se sintió atrapada por la historia; La tumba del autor José Agustín, que la transportó a otra época en la literatura; La ley del amor de la autora Laura Esquivel que le fascinó por el tema, la música y la historieta como materiales adicionales al libro; La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada del autor Gabriel García Márquez que leyó más de una ocasión; Cuentos del autor Edgar Allan Poe donde aprendió a conocer el trabajo de este escritor. Algunos de estos libros habían sido obsequiados por sus papás, otros los había comprado ella con sus ahorros, todos tenían un valor simbólico.
También estaban los libros que había obtenido por obsequio de sus familiares y amistades. Recordaba con cariño el libro de la Canción de Bernadette del autor Franz Werfel, que le había heredado su abuelo materno. También estaba el de Crónica de una muerte anunciada de García Márquez, que ella había comprado en una edición de pasta suave, más sencilla y una amiga le había regalado la versión en pasta dura.
En esa fila de repasos llegó hasta la novela Grandes esperanzas del autor Charles Dickens. Normalmente las obras de autores extranjeros son escritas en su idioma original y son traducidas a otros idiomas, en este caso Bertha tenía tanto la versión en el idioma inglés, Great expectations como la versión en español. Era uno de los regalos que había recibido de un amigo inglés que sabía de su gusto por la literatura. Le llegó de sorpresa, envueltos cuidadosamente en un papel de color beige con pequeños detalles y un listón en tono verde claro con un lindo moño colocado en el centro. El obsequio iba acompañado de una tarjeta donde su amigo George le escribía que esperaba le gustara el regalo y pudiera leer la obra en ambas versiones.
El sonido del teléfono le hizo salir de su línea del tiempo. Era Lulú, una de sus amigas y gran amante de la lectura.
–¡Hola Bertha! ¿Qué haciendo?
–¡Hola Lulú! Ni te imaginas, recordando las historias detrás de los libros. ¿Te acuerdas que te obsequié el de Ciudades desiertas de José Agustín? ¿Lo leíste?—Comentó Bertha, mientras se acomodaba en un sillón para iniciar la conversación.


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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 65. Aguas con el agua. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 65

Por María Gabriela López Suárez

Aguas con el agua

 

Sofía despertó ese domingo contenta, con mucha energía; observó que la luz del sol estaba radiante. Era una clara señal que habría mucho calor y en efecto, así fue. Leves ráfagas de aire se dejaban sentir, eso era un gran regalo.

Tenía la intención de regar los árboles. Invitaría a Carlos y Elías, sus hermanos. Antes fue a revisar qué cantidad de agua quedaba en el tanque que tenían en casa. Al darse cuenta que tenía menos de la mitad, se quedó preocupada. Últimamente habían tenido muchos problemas con el suministro de agua. No les llegaba con frecuencia el servicio y la compra de pipas resultaba muy caro.

Aunque su familia había comenzando a administrar de mejor manera el agua, Sofía pensó que era necesario que pudieran reutilizar el agua del lavado de trastes o de ropa, se veía venir una temporada de estiaje que no sería nada fácil.

Fue al patio y observó que las hojas de los árboles de limón estaban tristes, se veían casi cerradas, opacas. La hojarasca que cubría sus raíces era la que permitía guardar un poco la humedad cuando eran regadas. Era indudable los árboles necesitaban agua. Comenzó a pensar qué haría para poder regarlos. Ojalá el servicio de agua llegara por la tarde.

El canto de los pájaros la distrajo un poco de su preocupación. Aún con el intenso calor el canto alegraba el paisaje sonoro, sumado al de una chicharra que se escuchaba de vez en vez. Sofía recordó que sus papás solían comentar que algunas aves cantan pidiendo agua, sobre todo cuando el clima es demasiado caluroso. Se quedó pensando en eso, al tiempo que escuchaba los diferentes cantos y veía moverse levemente las hojas de los árboles de mango.

Comenzó a remover la hojarasca de los árboles para cubrir las raíces. Su mente seguía pensando en la importancia de cuidar el agua, vino a su memoria un promocional que había escuchado hace muchos años en la radio, ciérrale, ciérrale, ciérrale porque se acaba. Se refería a cerrar la llave y cuidar el agua. El cuidado del agua era una tarea titánica que implicaba a toda la sociedad y por supuesto a los gobiernos, no podía olvidarse el derecho humano al agua. En eso estaba cuando escuchó gritar a Elías:

—¡Ya llegó el agua!
Los ojos de Sofía se iluminaron.

—Elías, por favor, pon a llenar el tanque, regaremos los árboles. Solo que aguas con el agua, no vaya a rebalsar. Recuerda que debemos almacenar y no desperdiciar.


Pintura de Rafael Corzo, cortesía de Tania Corzo

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 64. En un abrir y cerrar los ojos. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 64

En un abrir y cerrar los ojos

Por María Gabriela López Suárez

 
El calor era intenso, según la aplicación del celular de Abril, marcaba los 38 grados. Seguramente eso era a la sombra, pensó.  El clima tan cálido le provocaba somnolencia, también le hacía evocar algunos paisajes que describía en su literatura Gabriel García Márquez. Esa tarde, decidió dejar a un lado celular y redes sociales y tomar una siesta. 
          Fue a su habitación, prendió el ventilador, se tiró sobre un tapete y se quedó mirando fijamente hacia arriba. Observó el movimiento de las aspas del ventilador azul que se combinaba con lo blanco del techo.  Solo esos dos elementos ante su vista. El espacio se fue refrescando.  
          Abril cerró los ojos.  Intentó poner la mente en blanco para poder relajarse y dormitar tranquilamente. Era un tarea titánica, cientos de pensamientos vinieron, cada uno en su respectivo momento. Seguía haciendo el esfuerzo, trató de concentrarse en dos sonidos el latido de su corazón y el ruido del ventilador que no cesaba de hacer su trabajo.
          La última frase que resonó en su mente e intentó relacionar con lo vivido, antes de dormirse, fue una de El principito, "Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos." 
          Abril entró en la dimensión de sus sueños, fueron varios, hizo una larga caminata. En uno de ellos observó a Tobías uno de sus amigos. Todo el tiempo lo vio a lo lejos, sin cruzar palabra alguna. Tobías se veía contento, conversador como solía ser. Mientras tanto Abril  pasó de una historia a otra. De pronto se descubrió en uno de los lugares que no conocía y se encontró a Alicia, una de sus compañeras en la universidad. La ciudad recorrida tenía calles angostas y largas, con edificios antiguos, altos, pintados en tonos entre marrón y ocre. Las dos iban animadamente, sin conversar pero contentas. Llegaron un punto donde  Abril se despidió de Alicia, le dio un abrazo y tomó otra ruta. 
         En cada sueño tuvo encuentros con personas que no conocía. De pronto hizo un receso, la historia cambió, tal como sucede en los sueños. Abril se detuvo en plena acera, se colocó en el suelo para observar una casa antigua que se movía lentamente, la fachada de ésta era como de caricatura con un diseño sumamente atractivo y colorido. Ahí permaneció largo tiempo mientras disfrutaba la vista y se mimetizaba con el paisaje. 
           Un ligero movimiento en su andar, justo cuando iba a cruzar de una acera a otra la hizo despertarse. Abrió los ojos y observó, ahí estaba el ventilador, escuchó su respiración. Cerró nuevamente los ojos, respiró profundamente. Había logrado su propósito, tomar una siesta. La imagen de ella en el piso en plena calle, observando la fachada en movimiento estaba presente todavía. Había sido un sueño muy loco, pero lo había disfrutado plenamente. Se quedó pensando en todos los espacios que había recorrido en un abrir y cerrar de ojos, mientras volvía a su mente la frase de El principito.



 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 63. Los platos especiales. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 63

Los platos especiales

Por María Gabriela López Suárez

Santi y Lalo tenían una encomienda esa mañana, ésta no les había gustado mucho porque ellos habrían preferido ir a la playa, o por lo menos, a la alberca en algún día de vacaciones en Semana Santa. Sin embargo, por la contingencia sanitaria Rodrigo y Trini, sus padres, habían optado por otra propuesta. Les habían prometido enseñarles a hacer papalotes y llevarlos al campo para que los volaran. 
           Trini inició guiando la tarea para los niños, debían acomodar los platos, tazas y vasos que tenían en la vitrina de la casa. Santi, que tenía casi cinco años, miraba con los ojos bien abiertos a su mamá y ponía atención a lo que les decía. 
           –Primero hay que sacar con mucho cuidado todos los platos, luego los vasos y las tazas. Háganlo despacio porque la mayoría son de vidrio. 
          –Con razón están bien pesados—, dijo Lalo, el mayor de los niños, al momento que tomaba uno.
          —¿Todos mami? ¡Son muchísimos! Nunca acabaremos —expresó Santi.
          Trini se aguantó la risa y comentó que le vieran el lado divertido a la tarea. Les señaló que podrían ir aprendiendo la historia de cada parte de la vajilla, los platos lisos en tamaños grande y mediano, los hondos, los tazones, los vasos y las tazas. Para animarlos fue contándoles cuáles habían sido obsequiados por las abuelitas, las tías, amistades y los que habían comprado Rodrigo y ella. El relato iba acompañado con algunas anécdotas, a manera de cuento.
          —Mami, hay platos bien bonitos que no había visto, como para fiesta. Creo que no los hemos usado, como éste —, Lalo extendió su brazo y le entregó el plato a su mamá. Era un plato liso, grande, de barro, con flores bellamente pintadas alrededor.
           Trini se asombró, ya no recordaba ese plato. Les contó brevemente la historia. Era uno de los recuerdos de la bisabuelita Luci. Santi, seguía escuchando con atención, mientras que Lalo limpiaba los platos que le pasaba Trini.
          —Mami, ¿para qué estamos sacando todo esto si lo volveremos a guardar?
          —Muy buena pregunta Santi, aparte de limpiarlos es para que recordemos todo lo que tenemos en la vitrina y como dijo Lalo, lo usemos. Hay varios de ellos que ya no hemos usado, ni me acordaba que los teníamos en nuestra vajilla. ¿A poco no es bonito que tengamos diferentes modelos y que cada día podamos usar uno distinto?
          —Siii, como si cada día tuviéramos  una fiesta, aunque solo seamos nosotros los invitados —señaló Lalo.
          Trini sonrió mientras reflexionaba en lo que Lalo había dicho. Cada día era una oportunidad para festejar la vida con los seres queridos, la  comida era parte de la fiesta y, por lo tanto, no había que esperar tener una celebración para usar los platos especiales.
La expresión de Santi la hizo volver al momento, 
          —¡Miren ya casi acabamos! Solo faltan los vasos y las tazas.
          —Esa parte de la tarea le queda a papá — dijo Trini. Todos sonrieron.
          Trini agradeció a los niños la ayuda, quienes contentos ya empezaban a platicar sobre qué figuras querían hacer para sus papalotes



 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 62. La rana en la orquídea. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 62

La rana en la orquídea

Por María Gabriela López Suárez

Citlalli observó el reloj, vio que aún faltaban 30 minutos para que su reunión presencial diera inicio, estaba en tiempo. Por suerte, el lugar de la actividad le quedaba cerca de casa. Tomó su bolso, se puso el cubrebocas, los lentes para el sol y salió rumbo a su destino laboral. El calor estaba en su apogeo  y aún era temprano.
          Al llegar a la cafetería donde era la actividad Citlalli observó a su alrededor  para ver si ya estaban ahí sus colegas. Vio que el personal del lugar portaba cubrebocas, las mesas estaban distribuidas cuidando la distancia y para dar cabida a pocos comensales. En uno de los espacios cerca de un ventanal vio a sus compañeros del trabajo. Fue a su encuentro.
          Por fortuna la reunión fue breve, abordaron puntos concretos y delegaron tareas. Eso era algo que Citlalli agradecía. Pensó que la habrían podido hacer de manera virtual, sin embargo, también era importante  la interacción personal con todos los cuidados necesarios, por la pandemia. Ésa era la tercera ocasión que veía a sus colegas en una reunión presencial,  tenían más de un año de trabajar en línea. Se despidió y tomó camino a casa. 
          Verificó la hora, no era ni mediodía. Decidió ir por fruta fresca al mercado, antes buscó si traía la pequeña bolsa de tela donde guardaba el mandado. Ahí estaba en un compartimento de su bolso. Después de comprar su mandado observó a una señora vendiendo orquídeas. La señora se le acercó y le ofreció flores. Citlalli le compró una de las orquídeas que venía cuidadosamente envuelta en una bolsita de plástico. Sin fijarse en más detalles la colocó adentro de su bolsa de tela.
          Mientras regresaba a su domicilio iba pensando en dónde la plantaría. Al llegar a casa sintió un remanso de paz y frescura. Hizo su respectiva sanitización. Después, colocó la orquídea en un recipiente con agua mientras le buscaba espacio en el pequeño jardín que tenían en casa. 
          Al salir al patio verificó cuál sería el lugar más acogedor para la orquídea, decidió que era el árbol de flor de mayo. Fue por la planta y mientras le quitaba la bolsita que la cubría sintió algo frío que rozó su piel y gritó de los nervios. Era una pequeña rana que venía acompañando a la orquídea. Citlalli no se percató de eso cuando la compró ni al ponerla en su bolsa de tela.    
          Sin soltar la planta, se acercó para ver la rana, por el color de su piel podía camuflarse con el tono de las raíces de un árbol o de una hoja seca. Era la primera vez que observaba una rana de ese tipo, las que conocía eran verdes y en tonos amarillentos y cafés. Aún no entendía cómo no se había percatado que venía ahí.
          Colocó la orquídea en una parte del árbol, la regó al tiempo que le susurraba que ojalá le gustara su nuevo hogar. Se quedó pensando si la visita de la rana traía algún mensaje específico, como cuando en las culturas prehispánicas asociaban al croar de las ranas con la llegada de las lluvias. 
          Mientras daba rienda suelta a su imaginación el sonido del timbre de la casa la hizo volver al momento actual. Era Marina, una amiga de la familia, conocedora de cuentos y leyendas. Citlalli sonrió, a ella sería la primera a quien le contaría la presencia de la rana en la orquídea.


 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 61. La espera en primavera. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 61

La espera en primavera

Por María Gabriela López Suárez

Alba y Elisa concretaron irse de mochileras a visitar pueblos fuera de su estado. Además de buenas amigas, tenían la coincidencia de trabajar de manera independiente y eso permitía que sus tiempos libres pudieran ajustarse para tomar unos días de descanso. 
          Ya ubicadas en uno de sus destinos, el primer día madrugaron para aprovechar el tiempo.      Decidieron recorrer el pueblo de San  Miguel, el clima era agradable, soleado pero fresco. En su trayecto no pudieron resistirse a comprar recuerdos y productos de la región. En uno de los puestos Elisa encontró bolsos tradicionales, le gustaron mucho para poder adquirirlos y venderlos en su tienda de artesanías. Sin darse cuenta, en alrededor de un par de horas ya llevaban varias bolsas con las compras realizadas. 
          Mientras seguían su recorrido se detuvieron al inicio de un andador donde a lo lejos se veían varios puestos de antojitos, les venían como anillo al dedo, sobre todo porque aún no desayunaban. 
          –Elisa, ¿te has fijado que parece que fuimos al mercado por la despensa de la semana? Mira cuántas bolsas traemos, hay que fijarnos muy bien para no olvidar alguna.
          –Es cierto Alba, vaya que somos rápidas comprando. Y hablando de eso, ¿entre tu cargamento traes los bolsos tradicionales que compré? 
          – No, creí que los habías agarrado tú después de pagar.
          Luego de revisar el contenido de cada bolsa, preocupadas se dieron cuenta que Elisa había olvidado esos productos en la tienda, varias cuadras atrás. Elisa propuso que ella regresaría a la tienda para avanzar y Alba se quedara con las compras. Pidió a Alba la esperara en la esquina del andador de los antojitos. Acordado esto Elisa partió prometiendo no demorarse tanto, Alba no le creyó del todo, justo porque era la primera vez que recorrían esas calles en un pueblo desconocido para ambas.
           El reloj comenzó a marcar el tiempo, eran las 11:45 de la mañana. Alba decidió sentarse a esperar  bajo el ventanal de una casa, ubicada al inicio del andador. Acomodó las bolsas. Para matar el tiempo quiso revisar sus redes sociales, sin embargo, no había señal. Se arrepintió de no haber llevado algún libro de bolsillo. Vio la hora, las 12:55. Empezó a impacientarse.
          Aprovechó para observar la dinámica en ese andador. Se puso de pie, le gustó el empedrado del piso. Se veía movimiento en donde estaban los puestos de comida, en ambas banquetas del andador. La mayor parte de las personas que transitaban eran mujeres. Se veía señoras ofreciendo sus  productos como blusas y vasos hechos con bambú. Alrededor de donde Alba estaba las paredes tenían murales muy coloridos con rostros de niñas, niños, jóvenes y personas adultas, con detalles que Alba asumió alusivos a elementos culturales que había visto en las artesanías que vendían.
          Sintió un ligero roce en su espalda, giró y se percató que era una rama,  la ventana de la casa estaba bellamente decorada con flores. Se acercó a una de las flores y halló en uno de sus pétalos a una catarina. Para Alba era una linda premonición haberla encontrado, recordó que solían dormir en invierno y salir en primavera, justo la época en que se encontraban. Tan entretenida estaba que olvidó revisar el reloj. En ese momento escuchó la voz de Elisa que gritaba,
          –¡Alba, Alba ya regresé!
          Al tiempo que agitaba alegremente la bolsa con los productos recuperados.
          Alba le devolvió el mensaje con una sonrisa en el rostro y aplaudiendo. La espera en primavera había valido la pena.

 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 60. La salsa verde. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 60

La salsa verde

Por María Gabriela López Suárez

Con cariño , en tu memoria, tía Emelia

Las partidas físicas de los seres amados llegan en el momento menos esperado, cuando me enteré de la tuya tía se me vinieron a la mente los recuerdos de los instantes que compartimos contigo. Es asombroso cómo nuestra mente, corazón y los sentidos se conectan de inmediato en esta evocación de la memoria, todos ellos cobijados en el sentimiento del amor. 
         Una a una se dejaron venir las imágenes de la infancia y adolescencia, como una especie de memoria fotográfica pero  acompañadas de olores y sabores. Uno de mis primeros recuerdos fue tu sazón al cocinar, apareció sin lugar a dudas esa salsa verde inigualable que cocinabas y con la que nos deleitaste cuando estabas de visita en casa. La probamos más de una vez y en todas las ocasiones tuvo ese sabor tan delicioso que no he vuelto a probar. 
         Nunca te pregunté el ingrediente secreto, no sé si lo tenías, y como dice mi colega Delmar Penka en su obra Te sututet ixtabil, El giro de la pelota, “la falta de un soporte nos deja abierta la posibilidad de reinventar el pasado”. Por eso, hago uso de los recuerdos para tratar de encontrar ese elemento que hacía de tu salsa verde una deliciosa acompañante en las comidas, quizá era una manera de compartirnos tu cariño. 
         Aparece también tu imagen con la paciencia que siempre percibí en ti, el sentido del humor y tu franqueza, las anécdotas en las charlas, el consentir a tus sobrinos y  de nuevo, surge la cocina, esa mezcla de colores, olores y sabores que se integraban en los platillos. El sabor a la gastronomía del centro del país, donde el tomate verde y el picante no podían faltar. He ahí la insistencia de la salsa verde, probablemente ese sazón tan peculiar en ti era de familia, herencia de tu mamá y hermanas.  No lo sé.  De lo que sí estoy segura es que tú también sabías que te quedaba deliciosa, asoma a mis oídos una frase, que trato de reconstruir, después de una ocasión que preparaste tu salsa:
          – Sí que me quedó rebuena.
          De nuevo se dibujan en mi mente los sabores, ahora viene el ponche, me gustó desde que lo probé cuando lo preparaste en una cena de Navidad. Nunca te dije que me gustó tanto que lo trasladé a mi aporte culinario en casa. Cada Navidad lo preparó, le hice un ajuste a tu receta, no le agrego tamarindo.
           Gracias tía,  por el cariño que nos diste y los recuerdos que guardaremos en la memoria y el corazón.
 
Photo by Julia Volk on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 59. Vas a encontrarte. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 59

Vas a encontrarte

Por María Gabriela López Suárez

El día en el campo le había sentado bien a Vanessa, estar en contacto con los árboles, las flores, escuchar el canto de diferentes aves y en particular ver a un colibrí era una manera de conectar con ella misma. Justo la parte en que menos ponía atención por estar siempre al pendiente de la agenda de actividades que tenía y en las demás que, normalmente, no podía negarse a participar.

Sin embargo, con el paso del tiempo había ido aprendiendo a reconocer su cuerpo, quien comenzaba a manifestar su cansancio de diferente manera, hasta llegar un punto en el que debía hacer pausa para retomar el paso.

Esa mañana despertó temprano y decidió regalarse ese día para disfrutar sin prisa. El parque al que asistió era una especie de pulmón del lugar donde vivía. Era un espacio mágico, así lo sentía ella.

Al llegar se percibía otro ambiente, los árboles frondosos daban la bienvenida, junto con el aroma a bosque, a plantas y la sensación de frescura que hace sentirse apapachado. La diversidad de flores eran como la cereza del pastel, a medida que caminaba en los andadores se encontraba una flor distinta en varios colores. 

Vanessa se dejó atrapar por el aleteo de un colibrí, ahí permaneció varios instantes, observando la rapidez con que movía las alas. Trajo a su mente lo que recordaba, quizá era la presencia de uno de sus seres queridos que había regresado a saludarle o también, como se pensaba en las culturas precolombinas, era un buen augurio para sí misma.

Sintió mucha paz y a la vez alegría, al tiempo que recordaba la letra de una de sus canciones favoritas, Vas a encontrarte,

Vas a encontrarte, vas a encontrarte...Porque todo se acaba colocando, aunque parezca que al puzzle le faltan piezas, o que las instrucciones de montaje estaban equivocadas. Finalmente, todo encaja, como se ensamblan las maderas, como se encuentran dos imanes, cuando es la hora, todo llega.

Sonrío mientras sentía que los ojos se le humedecían. El canto de los pájaros siguió acompañando el recorrido que retomó después de su pausa.
 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 58. Tardes de primavera. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 58

Tardes de primavera

Por María Gabriela López Suárez

Rebeca y Julián habían salido temprano al mercado por la despensa de la semana, el tiempo se había pasado muy pronto y era poco más del mediodía. El sol brindaba unos rayos intensos que se equilibraban con las ráfagas de aire que se percibían por instantes. 

En su camino de regreso a casa decidieron sentarse en una de las bancas del parque que les quedaba de paso. Una bella ceiba les invitaba a dejarse cobijar por su sombra.    Mientras tomaban un respiro comenzaron a platicar sobre la primavera que estaba iniciando, la ceiba que tenían a un lado comenzaba a mudar de hojas. El clima de ese día indicaba que estaría muy cálida la temporada primaveral.

De pronto se hizo un silencio, ambos prestaron atención al canto de los pájaros que parecían estar más que contentos en las ramas de la ceiba, al tiempo que percibían el aire que por momentos soplaba con intensidad. Más allá de ellos estaban un papá y sus hijos dando de comer arroz a las palomas. Se veía que los niños disfrutaban la actividad.  Y como si fuera una especie de oasis, a lo lejos, venía un señor ataviado con su sombrero, empujando el carrito de paletas de hielo. 

A manera de complicidad las miradas de Rebeca y Julián se cruzaron, ambos rieron. Les apetecía degustar unas paletas. 
          –¡Señor de las paletas! ¡Señor de las paletas!
          Comenzó a gritar Rebeca, haciendo también el llamado con el movimiento de la mano. Julián se levantó para ir al encuentro del señor quien se acercaba a paso lento.
         –Buena tarde, ¿de qué sabores  son las paletas?– preguntó Julián.
         –Traigo de agua, en sabor fresa, tamarindo, limón, piña y sandía. También hay de crema en sabores fresa, vainilla y rompope.

Pidió una paleta de sabor tamarindo y otra de limón. Agradeció al señor de las paletas, quien al mismo paso que llegó hasta ellos se retiró.
Mientras degustaban las paletas Julián y Rebeca recordaron que los parques eran espacios lindos para compartir las tardes de primavera, aprovechando las áreas verdes que aún tenía la ciudad y haciendo una pausita necesaria en las actividades cotidianas.

Continuaron el camino a casa, aún les quedaban tareas por hacer, entre ellas, cocinar los camarones al mojo de ajo que había prometido preparar Julián.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.