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Voces ensortijadas. 24. ¡Lotería! María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 24

¡Lotería!

María Gabriela López Suárez

Era poco más de mediodía, los pájaros trinaban  y el cielo estaba nublado, algo cálido. Clara estaba terminando de preparar la mezcla para el pedido de panqués con pasas que entregaría después de las seis de la tarde. 

En los últimos moldes  ya no le alcanzaron las envolturas de papel para poner, así que lo hizo de manera tradicional: colocó mantequilla y un poco de harina en cada molde. Estaba tan entrajinada que no había prestado atención que se acercaba la hora de la comida. Ese día su sobrina Luna había llegado de visita. Solía ser una niña muy curiosa y conversadora.  Ya había tomado nota de qué ingredientes llevaban los panqués.

La cocina era un pequeño laboratorio donde la alquimia estaba presente. En ese momento era una mezcla de aromas de comida y postre. Mientras doña Leonor terminaba el guiso,  Clara había llenado los moldes para luego ponerlos en el horno.  

Cuando se dispuso a limpiar la mesa y lavar los trastes,  prestó atención a la charla entre Luna y doña Leonor.

—Abuelita, ¿jugamos lotería?

—Bueno, un ratito porque ya vamos a comer. Pero no vayas a hacer trampa. 

—No, yo iré leyendo las cartas.

Y así, en la voz entusiasta de Luna, empezó el desfile de cada una de las figuras integrantes de la lotería, la rana, la estrella, el nopal, el cantarito, el diablito, la dama, el tambor, la luna… y las jugadoras iban poniendo y quitando frijolitos a su carta. Cada una a su estilo, Luna quitaba, doña Leonor ponía.  La mente de Clara viajó a la infancia,  donde las tardes de verano eran el escenario perfecto para que mamá, papá, tíos, sobrinos, abuelitos, se pusieran en la mesa del comedor a jugar lotería y pasaran veladas hermosas. Había risas, enojos por los que se resistían a perder, venía la revancha, pero lo más lindo era compartir momentos en familia. 

Clara regresó al presente al escuchar en coro: ¡Lotería! Ambas jugadoras habían ganado al mismo tiempo. Sonrió desde la cocina, la sobrina y la abuelita también lo hacían. El olor a panqué empezaba a invadir la cocina y el comedor. La hora de la comida había llegado.





Fotografía:  Airin Party .

Voces ensortijadas. 23. Tanteadito, tanteadito. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 23

Tanteadito, tanteadito

María Gabriela López Suárez

Rita revisó el reloj, las 6 de la tarde, ya faltaba poco para que la tía Chepita y el tío Toño llegaran con Viviana y Carolina, sus primas. El motivo era que Julián, su esposo, les había invitado a cenar molletes. Recientemente él  los había cocinado en casa y como sabía que a los tíos les encantaban, se animó a consentir a la familia. La cita era a las 8 de la noche.

La tarde quedó fresca, después de la fuerte lluvia que duró casi dos horas. Rita pensó que podría preparar una bebida calientita para acompañar la cena. Descartó el café. Buscó en la alacena, encontró una bolsita con pinol*, recordó el rico sabor con leche y se decidió a hacer la bebida.

Habría sido tan sencillo entrar a un buscador en la internet para indagar el modo de preparar la bebida. Prefirió recordar cómo la hacía su mamá y su tía Linda. Buscó sus ingredientes, leche, pinol, azúcar mascabado, canela. Todo iba muy bien.  Vertió la leche, azúcar y al momento de añadir el pinol se quedó en pausa. 

—¿Qué tanto debo ponerle de pinol? Me gustaría que quedara un poco espesito, no tan ligero.

Justo en ese instante, recordó las frases tan sabias que escuchaba de pequeña y que solían usar su mamá y tías cuando preparaban los tamales. La mesa del comedor se convertía en un laboratorio gastronómico con ingredientes para el mole y los tamales, masa, manteca de cerdo, hojas de plátano,  aceitunas, pasitas, ciruela pasa, almendras, plátanos, carne de pollo. Algunas de las preguntas que solían hacer a quien guiaba la travesía culinaria eran:

—¿Qué tanto de manteca le pongo a la masa?

—¿Así está bien de agua y de sal?

La tía que estaba en la estufa preparando el mole respondía:  — Tantéalo, que la masa no vaya a quedar ni muy grasosa, ni muy aguada, ni muy salada. De buen tanto.

Rita volvió a la preparación del pinol y dijo, de acuerdo, yo también le iré tanteando la cantidad de pinol.  Al cabo de unos minutos ya estaba lista la bebida y el aroma era delicioso. Lo había logrado. Faltaba saber qué opinarían los invitados.

— Mmm, ¡qué bien huele acá en la cocina! Rita, ya me ganaste, yo no he comenzado a preparar los frijoles para los molletes.

Julián había  llegado a la cocina para empezar a cocinar. 

  —Estás a tiempo, apenas van a dar las 7. Iré por los bolillos a la panadería, seguro están recién salidos del horno. Es la hora.

— Rita, antes de irte, ayúdame. ¿Qué cantidad de frijoles crees que deba poner a freír? Solo he preparado molletes para nosotros dos y ahora seremos más.El rostro de Rita sonrió  y sin titubear  respondió:  ¡No te angusties amor! Ni mucho, ni poquito, tanteadito, tanteadito.

*El Pinol o pinole es una bebida prehispánica, principalmente de Mesoamérica, preparada con un polvo a base de maíz. Se toma fría o caliente. 

Fotografía: Pixabay.

Voces ensortijadas. 22. Rojo púrpura. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 22

Rojo púrpura

María Gabriela López Suárez

El calor comenzaba a sentirse con fuerza, Meriem estaba a mitad de labor en su pequeño huerto. Tenía un mes de haber iniciado esa tarea sembrando chile, romero, hinojo, también había colocado ahí algunas macetas que ya tenía en casa. Esa actividad le alimentaba el espíritu y lo hacía con mucho amor.

Removió la tierra para sembrar un árbol de tulipán rojo, tipo clavel. Con la firme esperanza que quisiera estar en ese espacio y crecer en el huerto. Era uno de los tulipanes favoritos de su mamá.  Puso el árbol en el espacio cavado, le agrego tierra, abono de su propia cosecha y a manera de ofrenda a la tierra y al árbol de tulipán, sembró su luna. El color de la sangre lunar era rojo intenso,  vívido, tan brillante que se veía hermoso ante la luz del sol.  Desde su corazón hizo su agradecimiento  a la tierra, a la vida, a su cuerpo. Terminó su faena  y regresó a casa.

Mientras volvía recordó que nunca era tarde para honrar el ser mujer, vinieron a su mente las diversas experiencias en los círculos de mujeres donde descubrió la importancia de agradecer cada período lunar en su vida.  Pensó para sí, que cada etapa en la vida  de las mujeres es importante, sin embargo, por cuestiones culturales la etapa menstrual se vuelve una especie de tabú que se inculca como algo que debe ocultarse, como si fuera ‘malo’, ‘sucio’, logrando con ello que muchas ocasiones  no se quiera que  lleguen ‘esos días’. 

Siempre estaría agradecida a las mujeres amigas que le permitieron descubrir la importancia de ofrendar la luna como una manera de sembrar la vida, de agradecer la oportunidad de estar, de vivir, de crecer y de amar su ser mujer.

En casa se dispuso a regar las plantas de sombra que tenía, al llegar al cactus colgante, como ella le llamaba, observó que estaba lleno de flores, color rojo púrpura. Anteriormente había sembrado en él su periodo lunar. Se acercó a las flores y a manera de susurro les dijo,

—¡Qué  bellas están! ¡Gracias!

Meriem observó detenidamente la forma de las flores, le encantaba, como una especie de estrellas pero con detalles curvos. Y lo que más le atraía era el color rojo púrpura como la ofrenda de vida.

Fotografía: Pixabay.

Voces ensortijadas. 21. La presencia del cenzontle. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 21

La presencia del cenzontle

María Gabriela López Suárez

Ágata estaba acomodando en un jarrón las flores que había cortado en el patio de la casa. Escuchó un ruido afuera y se asomó, era Canela, su perrita, intentando abrir una pequeña jaula que estaba en el piso. Al principio Ágata no se percató de la importancia de la jaula, luego recordó que ahí había puesto su papá un pajarito silvestre que estaba herido y un cenzontle bebé que había encontrado.

-¡Canela, deja esa jaula! ¡Canela!

La perrita ni siquiera se movió, siguió atenta en su tarea. Ágata salió, levantó cuidadosamente la jaula ante la mirada de Canela, que no despegaba la vista al pajarito. Ágata lo revisó, estaba bien.  ¿Y el cenzontle? Le preguntó a su tía Toñi que se asomó al ver lo sucedido.

—¿Qué no está ahí también en la jaulita?

—No tía, solo está el pajarito. 

Observaron las rejas de la jaula, eran delgadas y por ahí no había podido salir. Vieron al piso entre las piedras, no había rastro de alas, por aquello que Canela lo hubiera comido.

Ágata puso la jaulita en una parte baja del tejado para que el pajarito tomara el sol, se percibía nervioso ante el movimiento que había hecho Canela a la jaula, en su intento por degustarlo.

Siguieron indagando sobre el destino del cenzontle bebé, no hallaban respuesta. En eso estaban cuando llegó Arturo, el papá de Ágata. 

—¿Cuál es el alboroto?

La tía Toñi explicó lo sucedido. Los tres siguieron buscando al cenzontle entre las piedrecitas por donde estaba inicialmente la jaula. No hubo rastro  y explicación alguna.

Ágata hizo memoria, ése era el segundo día que el cenzontle había estado en casa. El día anterior su papá lo había descubierto en el suelo, cerca de un árbol,  algo poco común.  Él lo llevó a casa y lo puso en la jaulita donde estaba un pajarito herido de una ala, al que cuidaba mientras se recuperaba para dejarlo en libertad. 

Era la primera vez que Ágata veía un cenzontle bebé, le dio mucha ternura cuando le acercaron la comida, abrió su pico con la cabeza hacia arriba,  como esperando que su madre le diera de comer, de piquito a piquito. Fue una odisea darle comida, esta tarea la hizo don Arturo.  Durante la tarde y noche el cenzontle emitió unos sonidos que eran como susurros, los continuó haciendo hasta el amanecer. Como si ésa fuera su manera de hacerse presente.

El misterio de la desaparición del cenzontle bebé fue casi como su llegada. Ágata recordó, en su familia creían que sus seres queridos que habían trascendido les visitaban a través de mariposas, pájaros o gatos, quizá eso era el significado de la presencia del cenzontle.

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Fotografía: Pixabay.

Voces ensortijadas. 20. La bandita radiofónica. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 20

La bandita radiofónica

Con  cariño y admiración 

a mis colegas  del equipo de Los Colores de la Voz

María Gabriela López Suárez

A lo largo de nuestra vida podemos tener una serie de encuentros y desencuentros con las personas que convivimos, sea en lo laboral, escolar, social, etc. Sin embargo, en esas experiencias sin duda, hallamos personas que se convierten en aliadas, con las que podemos contar cuando lo necesitemos, algo así como una bandita de colegas,amistades, cuates, familia que están en buenos y malos ratos.

Hoy quiero compartir un poco sobre esas personas. Cuando se tienen objetivos o proyectos en común, en el proceso de construcción o desarrollo de estos aflora la magia de lo creativo. Aunado a ello se suman el entusiasmo, la responsabilidad, el compromiso, la colaboración, el respeto, el cariño, la pasión o gusto por lo que se realiza. Todos estos elementos se vuelven ingredientes clave que hacen posible que surja una especie de alquimia. Y por ende, se tengan resultados con muchos aprendizajes y anécdotas que quedarán para la historia personal y profesional.

Justo esto ha sucedido con el equipo de compañeras y compañeros que colaboran en el espacio radiofónico universitario Los Colores de la Voz. Este espacio colectivo se transmite todos los jueves de 6 a 7 de la tarde por la estación XERA, Radio Uno, una de las radiodifusoras integrantes del Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía. En el tiempo que llevamos de cuarentena Los Colores de la Voz se ha mantenido al aire, con entusiasmo, compromiso de divulgar, informar, entretener y con la intención de poder contribuir con aportes que también eduquen a la población.Lo anterior no sería posible sin el ánimo de mis compañeras y compañeros del equipo de producción que se han mantenido entusiastas y firmes en la colaboración. Cada semana somos como una especie de engranaje sumando cada aporte desde nuestros hogares y con nuestras herramientas. Y a este esfuerzo se integran la de quienes con gusto han contribuido con lo más valioso,  compartir su palabra y materiales con los que han colaborado en las distintas emisiones. No ha sido una tarea fácil en estas 11 emisiones pregrabadas, cada una, cada uno tenemos distintas labores en esta cuarentena. Sin embargo,  como decimos en mi querido Tuxtla, llueve, truene o relampaguee el programa Los Colores de la Voz está para ustedes. Desde mi corazón muchas gracias a la bandita radiofónica. ¡Que vengan muchas emisiones más!

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Fotografía: Pixabay.

Voces ensortijadas. 19. Aprender a perder para ganar. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 19

Aprender a perder para ganar

María Gabriela López Suárez

El día esperado había llegado, Rebeca estaba ansiosa por saber cómo le había ido con su proyecto de campaña para el cuidado y preservación de las abejas. Esperó después de la comida para ver los resultados. Había trabajado arduamente por tres meses para diseñarlo y participar en la convocatoria emitida por la organización de temas ambientales. Los primeros tres lugares serían premiados, el primero con financiamiento para el  proyecto, el segundo con la contratación de servicios para asesoría por un periodo de seis meses y el tercero con un taller ofertado por la organización.

Prendió la computadora y buscó rápidamente la página, se fue a la pestaña de resultados de convocatorias. Hizo una lectura escaneada, no halló su nombre. Fue con más detenimiento, de uno en uno, sin encontrarse en la lista. Con desánimo realizó una última revisión. No estaba entre las tres finalistas.

Sintió varios nudos en la garganta. Se quedó algunos minutos frente al monitor, intentando hallar en su mente alguna respuesta a sus interrogantes, ¿por qué no había quedado? Su proyecto estaba completo, reunía los requisitos y le habían revisado el documento algunos colegas dándole buen augurio. 

No aguantó y se soltó a llorar de impotencia y tristeza, hasta que sintió que ya no le quedaba una lágrima más. Sintió alivió, como un peso menos de encima. Apagó la computadora. Se recostó sobre su cama, abrazó un cojín y cerró los ojos. No tardó en quedarse dormida.

Despertó al sentir el aire frío que se colaba por la ventana del cuarto, ya comenzaba a caer la tarde. Se levantó, por un instante había olvidado la convocatoria. Se asomó a la ventana, vio el paisaje, empezaban a prenderse una a una las luces de las casas. Como todavía eran pocas se distrajo contándolas, llegó hasta 53, en un instante se prendieron más y más.  Sintió que eran como destellos de luz para fortalecer su ánimo. Revisó su reloj, eran las 7 de la noche.

La realidad estaba ahí nuevamente. Respiró profundo y se le vino a la mente una frase que su tío Rube, le dijo alguna ocasión en su infancia, cuando jugaban a la lotería:

—Rebe, aprende a perder para ganar, solo es un juego, no te enojes.  

Ella solía perder en los juegos de lotería, eso la entristecía mucho. En ese momento no entendió el sentido de la frase, ahora sí. No había quedado entre las finalistas, eso le dolía, entristecía y desanimaba. Sin embargo, había ganado muchas cosas en el tiempo de preparación, que serían útiles para otros proyectos y para su vida personal. 

Alguien tocó a la puerta de su cuarto.

—Rebeee, ¿estás ahí? Hoy es día de tamales y arroz con leche con doña Trini. ¿Vamos?

Era Flor, su hermana mayor. 

—¡Voyyy, dame unos minutos!

Rebeca se puso frente al espejo, limpió su rostro, vio sus ojos un tanto hinchados. Se acomodó el cabello en una coleta, se pintó los labios con su color favorito. Aprender a perder para ganar, musitó. Al tiempo que pensaba, las penas con pan son menos, intentando dibujar una sonrisa.

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Fotografía:  Matheus Bertelli  

Voces ensortijadas. 18. Nutrir el alma. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 18

Nutrir el alma

María Gabriela López Suárez

Josefina estaba terminando de cepillarse los dientes cuando escuchó  el claxon, era el colectivo de don Genaro que había llegado para llevarla al trabajo. Se apresuró a ver el reloj, eran las 7:20 de la mañana. –¿Y ahora qué le habrá pasado? Vino 20 minutos antes, sin avisar. ¡Ay, no! –Dijo en tono desesperado.

Tomó su bolsa, jaló su refrigerio. Salió corriendo, no sin antes cerciorarse de cerrar bien la puerta.

Subió al carro y saludó a don Genaro. El conductor explicó a Josefina que había llegado antes porque había un retén en el camino que siempre tomaban. Ahora necesitaba recorrer otro tramo y le llevaría unos minutos más.

–¡Muy bien! Gracias por preverlo don Genaro, usted siempre tan cuidadoso –señaló. Por dentro su corazón aún estaba agitado por la prisa de los últimos minutos.

Revisó el reloj nuevamente, 7:27, faltaba un rato para llegar al rumbo donde vivían Corina y Mateo, sus colegas del trabajo. Josefina era quien vivía más lejos, fuera de la ciudad. Por eso pasaban primero por ella. Pensó que aún le daba tiempo para dormitar unos minutos. Se dio cuenta que no podría, don Genaro iba escuchando música y tarareando alegremente la canción Buenos días señor sol, del cantante Juan Gabriel. 

En realidad la canción no le disgustaba a Josefina, por el contrario, el ritmo le fue contagiando y decidió observar el paisaje,  era un rumbo que no conocía. Se percató que aún llevaba entre las manos la bolsa del refrigerio. No recordaba qué se había preparado para comer ese día. Con la actitud de niña curiosa revisó rápidamente, granola, fruta picada, panecillos de cacao que le habían quedado de la cena y su bote con agua. Nada mal para amortiguar el hambre y también, son cosas nutritivas, pensó.

 Volvió la vista al paisaje, el sol comenzaba a asomarse detrás de  las montañas,  lo nutritivo quedó resonando en su mente. ¿Y qué hay de nutrir el alma? Alguna ocasión se lo había preguntado,  últimamente lo tenía en el olvido.  Estuvo a punto de preguntar a don Genaro qué pensaba de nutrir el alma,  pero él seguía cantando,  ahora le hacía coro a Joaquín Sabina. 

Así que Josefina empezó a tener un diálogo interno. ¿Para qué nutrir el alma? Para estimular el caminar cotidiano, ése lleno de vicisitudes, de ires y venires, de alegrías y tristezas, para continuar con nuevos bríos después de tropezar o caer. ¿Qué nutre mi alma? Con la vista puesta en los árboles floreciendo en primavera fue respondiéndose, estar en contacto con la naturaleza, amar a mi familia, mi pareja, mis amistades, enlodarme las manos mientras remuevo la tierra para apapachar las flores, viajar en autobús y a través de la literatura, cocinar para compartir, oler flores, guardar pétalos y hojas en la mitad de los libros, respirar conscientemente, escuchar anécdotas de mis ancestros y mi pueblo, hacer las libretas con hojas recicladas que me pide Corina y su hijo Joshua…

–Lic. Jose, ¿le molesta el volumen de la música? Hasta ahora me di cuenta que no le pregunté y nomás me puse a cantar –comentó don Genaro.

–Para nada don Genaro, hay que empezar alegres el día. Sabe, cantar es una manera de nutrir el alma. ¡Mire qué rápido llegamos! Ahí están ya en la puerta Corina y Mateo saludando con su mano, listos  para ir al trabajo –dijo entusiasta Josefina, mientras agitaba la mano afuera de la ventana respondiendo al saludo.

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Fotografía:  Aldo Picaso 

Voces ensortijadas. 17. Una pausa en primavera. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 17

Una pausa en primavera

María Gabriela López Suárez

Era domingo de convivencia familiar, Tabita había regresado de comprar lo que faltaba para el platillo de ese día. Mientras Meriem, su hermana mayor y Felipe, su sobrino, preparaban la comida, ella fue a abrir el portón de la casa. No tardaban en llegar la tía Clara y su familia.

Ataviada con una blusa color naranja, pantalón de mezclilla deslavada y sus tenis fue atravesando el camino que conducía al portón. El azul cielo de ese día le daba un toque especial al paisaje, mientras avanzaba observó que tenía el regalo de andar entre árboles de flores de mayo y bugambilias de colores que rodeaban el camino. Lucían espléndidas en primavera.

Llegó a la entrada, quitó el cerrojo y decidió quedarse ahí a esperar a la familia. Seguro no demoraban. Buscó un espacio y se acomodó bajó un árbol de flor de mayo, había sombra y se percibía el airecillo  matutino, además del aroma de las flores y una linda vista del paisaje.

Se percató que las flores que habían caído decoraban el piso como una especie de alfombras matizadas. Tomó algunas piedras y les comenzó a buscar formas. Recordó que de niña le gustaba hacer eso. Escuchó el trinar de los pájaros; el canto de las chicharras se volvía intermitente. Este último indicaba que el calor estaba aumentando. Nunca había visto una chicharra pero le impresionaba la potencia del sonido que emitían, iba de menor a mayor volumen y hacían pausas.

Siguió buscando qué otros elementos la acompañaban, encontró mariposas que revoloteaban de vez en cuando. El cerro que estaba frente a la casa era un vecino impresionante. Él era el principal testigo de la puesta del sol cada atardecer. Para Tabita ese cerro era el gran afortunado de terminar de ver el sol cuando se ocultaba. 

Bajó la vista y frente a ella vio pasar algunas hormigas que llevaban cargando hojas secas, siempre le llamaba la atención la organización que tenían. Iban en fila, con un ritmo incesante. Estaba ensimismada tratando de descubrir a dónde se dirigían cuando,  a lo lejos, escuchó el ruido de un coche. Era un sonido conocido. Se levantó, abrió el portón y vio que era la tía Clara y compañía. Les saludo moviendo la mano derecha, al tiempo que se quedaba pensando qué rápido había pasado el tiempo. Siempre era necesario hacer una pausa en primavera para admirar los paisajes naturales y agradecer la vida.

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Fotografía:   Streetwindy

Voces ensortijadas. 16. Los susurros en la noche. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 16

Los susurros en la noche

María Gabriela López Suárez

Quizá les haya sucedido, a veces una no presta tanta atención a lo que nos rodea, por ejemplo, a los momentos que tiene el día. Me refiero a lo que va caracterizando  el amanecer, el mediodía, la tarde, la noche, la madrugada. Si nos detenemos a contemplar el cielo, hallaremos rasgos particulares, y también en todo el ambiente que nos rodea. Me he percatado que, normalmente, los gallos comienzan a cantar a eso de las seis de la mañana. Las aves trinan casi a esa hora. Y también es agradable escuchar las parvadas de loros por las mañanas o las tardes, cuando se acerca la puesta del sol. La algarabía de los loros es inmensa en ambos momentos.

La gente que ha crecido en el campo sabe distinguir la hora con ver la posición que tiene el sol. También es asombroso cuando al echar un vistazo al cielo saben si hará calor, si es segura o no la lluvia y si habrá frío o mal tiempo, como suelen decir.

Las tardes también tienen su encanto, las puestas de sol son un deleite. En cada espacio donde estemos tiene su elemento a destacar, aún cuando sean días de lluvia. Y qué decir de la noche, tiene magia que vale la pena descubrir, en algunos espacios urbanos aún se tiene la fortuna de escuchar el canto de los grillos, o en época de lluvias el croar de los sapos. 

Sin embargo, estar en el campo o en la selva, alejado de los ruidos propios de espacios citadinos, hace que nuestros oídos puedan disfrutar o conocer otros paisajes sonoros y nuestras pupilas contemplen  el cielo estrellado, o una noche llena de relámpagos después de la lluvia.

Entre los susurros en la noche además de los grillos, está el ladrido de los perros que toma cierto ritmo primero ladra uno, dos, luego más adelante se escuchan más. El sonido del viento crea atmósferas que  dan efectos diversos, es una especie de silbido agudo que luego si se presta atención va cargado de mensajes, sumado a el movimiento de los árboles que se mecen a su compás. Los patos suelen ser animales nocturnos que no cesan de caminar y el crash crash de su paso sobre las hojas de los árboles puede hacernos pensar que hay alguien ahí deambulando en la noche. Y sí en efecto, son ellos que de vez en cuando aletean y emiten un sonido particular. 

La noche tiene silencios que sumados a los susurros le dan un encanto especial. Esos sonidos que nos permiten descubrir lo bello de la naturaleza.

Cada que tengan oportunidad les invito a prestar atención e identificar qué les susurra la noche.

Fotografía:  Pixabay.

Voces ensortijadas. 15. Historias cotidianas. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 15

Historias cotidianas

María Gabriela López Suárez

Leonor revisó la alacena, el refrigerador y comenzó a tomar nota de lo que faltaba en la despensa. También se habían terminado algunas cosas para hacer limpieza. Escribió en un post un mensaje para Patricio, Hijo, regreso al rato, voy  a comprar la despensa. Adentro del refrigerador hay licuado. Besos. Dejó el letrero sobre el comedor.

Con la cuarentena a Patricio y a ella les había cambiado el reloj biológico, más a él, aprovechando que no iba a la primaria se dormía profundamente hasta después de las 9  de la mañana. Leonor, trabajaba en línea, desde casa, en diferentes horarios del día.  

Hizo su ritual para salir, se colocó playera, pants, tenis, gorra, lentes para sol, cubrebocas. Dejó el gel antibacterial cerca de la entrada y salió al mercado. En las últimas semanas sus compras las hacía ahí, era importante apoyar la economía local. 

Observó las calles, había pocos autos. Las personas que transitaban no todas iban con cubrebocas, ni todas mantenían la sana distancia.  Iba algo apresurada. En su paso vio a una vecina del barrio, de avanzada edad caminando con dificultad, tratando de sostenerse de su bastón y la pared. Pasó a su lado pensando qué complicado sería para la señora enferma andar saliendo por el mandado, además se dio cuenta que no llevaba cubrebocas. La vecina hizo una pausa y Leonor también. Decidió regresar y preguntarle si le podía apoyar en algo. Por su mente pasó lo de sana distancia, sin embargo, era importante  ayudar a la señora. 

La vecina no reconoció a Leonor,  y menos como iba vestida, pero sintió confianza, le tomó la mano  y se fue apoyando en ella para caminar. Al principio, a Leonor, le costó seguir el paso de la señora, mientras cruzaban la calle y avanzaban se fue acoplando a él. La llevaba a una caseta telefónica. Fueron conversando. El rostro apacible y la voz tranquila de la vecina le hizo parecer a Leonor como si hubieran platicado desde siempre. En realidad, era la primera vez que lo hacían, había visto a la señora muchas veces en las actividades de la iglesia a la que ambas asistían, solo habían intercambiado miradas y saludos. Tenía rato de no verla, ahora la salud de su vecina estaba muy deteriorada.

Llegaron a la caseta, Leonor la ayudó a subir un escalón y a sentarse mientras la señora daba el número telefónico a la empleada. Se despidió de ella y siguió su recorrido. Su mente y su corazón iban con un mar de sentimientos. Se le hicieron varios nudos en la garganta, pensó en tantas personas mayores que estaban solas. El rostro de agradecimiento de la vecina se le vino a la mente. Siguió su paso.

Cerca del mercado la sana distancia se había olvidado, mucha gente sin cubrebocas. Un auto se detuvo a mitad de calle ante un vendedor ambulante, a preguntar por unos tines. – Vaya ocurrencia- pensó Leonor. Más adelante en otro puesto se dejaba escuchar la canción Help, ayúdame, de Tony Ronald, pero en versión de música de banda. El calor estaba en su apogeo.

A la entrada del mercado había un señor colocando gel antibacterial a quienes ingresaban. Leonor sacó su lista, hizo su ruta, compró su despensa. Era una odisea salir de ahí, mucho comercio ambulante, parecía que la gente había olvidado la cuarentena. ¿Acaso era la quincena que había ocasionado tal aglomeración? La economía local estaba bastante precaria ante la contingencia sanitaria, la gente necesitaba vender, ése podría ser otro motivo. Buscó la acera menos congestionada, guardó distancia del señor que iba delante de ella, alcanzó a escuchar que hablaba por teléfono y con tono alto decía: ¡Aquí en el centro hay mucha gente! ¡Vinieras!

Al pasar por un puesto de tacos vio a una mesera y un mesero en la entrada, la chica con el cubrebocas en la garganta, como tomando un receso de él y el chico portándolo bien.  A donde quiera que volteara encontraba diferentes situaciones. Iba pensando, cuántas realidades en las historias cotidianas, ésas de a pie, y ahora en tiempos de cuidado de la salud afloraban más. Patricio vino a su mente, ojalá ya se hubiera levantado, eran casi las 12 del día.

Fotografía:  Anna Shvets .