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Voces ensortijadas. 35. Historias sobre el maíz. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 35

Historias sobre el maíz

Por María Gabriela López Suárez

Esa mañana amaneció nublado, con mucho viento y  una brizna de lluvia, el clima era frío. Mariela se percató de esta sensación friecita cuando abrió la ventana, a lo lejos estaba su papá entre la milpa cortando elotes. Ella no tenía contemplado ir a la milpa y menos con ese clima. Sin embargo, se animó a ir para ayudarle.

Al ir caminando observó la milpa jiloteando,  fue sintiendo el aroma a tierra mojada, la textura de las hojas y cómo sus pasos iban entrando en contacto con la tierra. A medida que avanzaba iba cuidando para no pisar las flores de calabaza. Llegó hasta donde estaba su papá, le ayudó y regresaron con los elotes dentro de un costal.

Pusieron el costal en el piso y se sentaron para irlos pelando; separaban las hojas, los cabellos y los elotes. Mientras hacían esta tarea Mariela recordó la fase de la siembra, don Arturo, su papá, era muy cuidadoso en la selección de los granos del maíz. También acostumbraba sembrar semillas de calabaza y a veces de frijol, esto con el fin de ir nutriendo la tierra.

La época de la cosecha de elotes era la más esperada, primero porque significaba que la semilla sembrada había dado frutos, sinónimo de buena cosecha y también porque era una manera de proveer a la economía de la casa. Para Mariela y sus hermanos representaba la oportunidad de comer elotes, hervidos o asados. Las tías preparaban atoles de elote y agrio, así como tamales y pan de elote. Y cómo olvidar las tortillas que hacía la abuelita Tina con maíz nuevo, llenaba sus peroles de nixtamal[1] y hacía las bolas de masa de maíz amarillo para preparar la bebida de pozol[2].

Cuando el grano había madurado, es decir, ya era maíz, venía la etapa de desgranar, que podía ser con ayuda de una máquina o de manera manual. La segunda opción, aunque era más lenta, era la que le gustaba más a Mariela, se sentaban en la mesa varios integrantes de la familia, cada quien con su mazorca en mano y mientras iban desgranando conversaban para hacer la tarea más amena. Algunos ya tenían su técnica para avanzar más rápido, como usar un cuchillo, auxiliarse de otra mazorca o dejar una hilera completamente vacía y de ahí iniciar el desgrane.

Ahora que lo reflexionaba, en realidad el maíz representaba una especie de fiesta, porque varias de las actividades se hacían en colectivo y cada etapa tenía su procedimiento, sus elementos simbólicos. Vinieron a la mente sus clases de historia de México, hombre y mujeres de maíz, al tiempo que pensaba la diversidad de historias sobre el maíz que tendría cada familia. En eso estaba cuando se dio cuenta que ya habían terminado de pelar los elotes, era momento de ponerlos a cocer y la tarea le correspondía a otro integrante de la familia.

– ¡Alfonso te toca cocer los elotes! Ya están listos.


[1]       Nixtamal: Maíz cocido con agua y cal, se deja reposar toda la noche. Se usa para elaborar tortillas y comidas como el pozole.

[2] Pozol: Bebida tradicional a base de maiz, se suele mezclar tambien con cacao. Se consume en el sur de México y Centroamérica, es muy seguramente una herencia Maya y Azteca. Se diferencia del pozole en que este es un platillo caliente que se cocina con carne y su consumo está más extendido en el centro y occidente de México.





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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 34. Se aceptan sugerencias. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 34

Se aceptan sugerencias

Por María Gabriela López Suárez

La tarde era luminosa y el viento soplaba sutilmente permitiendo refrescar la habitación donde se encontraba Iris atenta a su video conferencia. El tema que disertaban quienes eran ponentes versaba sobre el turismo comunitario, el impacto generado por la contingencia sanitaria y  los nuevos retos que tenían para trabajar. 

El sonido de un mensaje entrante la distrajo, había olvidado silenciar el teléfono. No pudo evitar leer el mensaje, era su editor. Iris colaboraba semanalmente en una revista electrónica. En esta ocasión el editor no le compartía enlace de alguna publicación como en otras ocasiones, sino que le recordaba que él saldría de viaje fuera del país y sugería, de ser posible, adelantar el envío de su colaboración para la publicación en tiempos.

Iris no tenía contemplado ese pendiente en su agenda. Trató de seguir atenta a la videoconferencia, ya estaba por finalizar. Sin embargo, asomó a su pensamiento el personaje de Mr. Winthrop, del cuento Canastitas en serie, del autor Bruno Traven en su libro Canasta de cuentos mexicanos, cuando este personaje extranjero  visita México y conoce a un artesano indígena en Oaxaca que hace canastitas y le pide le haga una serie de éstas.  El artesano le responde que él no podría hacer eso porque en cada canastita va una parte de su corazón, de su terruño, de la naturaleza. 

Justo Iris se identificó con el artesano indígena, ella no podría hacer una serie de colaboraciones y tenerlas en archivo, como si fuera una especie de ropa para cada día de la semana, porque cada uno de sus textos eran parte de su día a día. En cada colaboración estaban presentes historias, personajes reales y de ficción, así como elementos comunes,  a los que usualmente no se presta atención hasta que se plasman a través de las líneas. Cada golpe de sus dedos en las teclas de la computadora tenía una carga de emociones, distintas e inigualables.

La video conferencia terminó  y se quedó pensando en la sugerencia de su editor, cómo trabajar eso, adelantar sus textos. Al menos uno. De pronto, su mente dio un giro, hizo memoria las veces que ella había dado sugerencias a sus colegas, familiares, amistades, a su pareja, a la gente conocida, e incluso en algunas reuniones laborales donde no conocía a las personas.  La mayoría de las veces, sino es que siempre, eran aceptadas. Recordó toda la serie de sugerencias que hizo a su amigo Felipe, cuando llegó a visitarla del extranjero. Él fue quien la hizo consciente de eso: ¡Qué manera de sugerir la que tienes Iris! Volvió a su ahora. Sonrió y dijo para sí, ahora me toca a mí, se aceptan sugerencias. Aprovechando que estaba frente a la computadora inició la danza de sus dedos sobre el teclado, estaba ante un nuevo reto y  dispuesta a vivenciarlo con la carga de emociones y sentires que solía plasmar. Fueron asomando las ideas  para ir creando la historia de Tere y sus hermanas,  guías de turistas en Puebla.





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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 33. Los caminos del corazón. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 33

Los caminos del corazón

Por María Gabriela López Suárez

Bianca revisó el reloj, faltaban 40 minutos para la cita de trabajo que  tenía. Iba a buen tiempo, eligió la ruta menos congestionada para avanzar. Más valía esperar unos minutos que llegar después de la hora acordada.

Todos los semáforos le habían tocado en verde, hasta que llegó a uno que tuvo que esperar. Al detenerse observó la calle, tenía mucho rato que no pasaba por ese rumbo. La reconoció de inmediato, a media cuadra de ahí había vivido una de sus mejores amigas. Una a una a se fueron viniendo a la mente las anécdotas de los momentos compartidos, instantes de mucha felicidad y también de inmensa tristeza, una parte de su vida en ese espacio habitado, la calle.

El semáforo cambió a verde y Bianca siguió su camino. Mientras continuaba fue pensando en todas las historias que se tienen en los distintos espacios que conforman las calles, los senderos, las carreteras. Ella tenía sus calles favoritas, ésas que rememoraban la infancia, las salidas con sus primos y amistades de pequeña, las que eran caminos para ir de paseo con la familia, las que en complicidad con sus amigas  ideaban los encuentros amorosos para que parecieran fortuitos, las que eran ruta de las tradicionales salidas para fiestas y reuniones, las que atemorizaban por ser espacios solitarios y peligrosos, las que conducían a espacios no gratos y que se resistía a recorrer.

No solo estaban las calles de su ciudad natal sino las de espacios foráneos, aquellas a las que había regresado  en un segundo viaje y al recorrer iba recordando las experiencias y a la vez sumando nuevas, pero también las que, probablemente, no volvería a caminar  y estaban llenas de los instantes vividos, como cuando se animó a  bailar con sus amistades y cantar en una ciudad extranjera, o cuando se perdió de rumbo y repasó una y otra vez la misma ruta hasta hallar la dirección correcta.

Recordó los caminos pedregosos, senderos y veredas que había tenido la oportunidad de andar en sus travesías de estar en contacto con la naturaleza, algunos parecían estar llenos de mensajes ocultos en sus árboles, montañas, paredes rocosas. Cada camino estaba colmado de historias, memorias que se habían quedado no solo en la mente, sino en el corazón.  Se avivaban en la medida que se les traía de regreso, en alguna charla, anécdota, experiencia compartida o como aquella mañana, al haber puesto un momento de atención en una de las calles que pasaba.

Los caminos del corazón, pensó y sintió cómo se humedecían sus ojos. Detuvo el coche. Había llegado a su destino. Observó su rostrofrente al espejo y secó suavemente las lágrimas. Sonrió. Miró el reloj, estaba 15 minutos antes de la cita. Bajó del auto, comenzó a caminar. Ésa se sumaría a una de las calles para su memoria.





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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 32. Sentirse lacia. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 32

Sentirse lacia

Por María Gabriela López Suárez

El despertador sonó a las 7 de la mañana. Margarita decidió quedarse en cama un ratito más, era domingo y había tenido una semana intensa. Apenas empezaba a soñar cuando escuchó rascar la puerta,  era su perrita Canica, ella no perdonaba la hora del desayuno.

Se levantó, saludó a Canica quien respondió los buenos días aventándose sobre ella y moviendo la cola. Le dio su alimento y se fue a la cocina a preparar un té verde. Abrió la ventana y sintió los rayos del sol que se filtraban entre las ramas de los árboles del patio, acariciándole los ojos, era una luz brillante y a la vez suave. La noche anterior había llovido, aún estaban los charcos y el olor a naturaleza viva. Respiró profundamente y mientras sostenía la taza con té siguió sintiendo cómo la luz del amanecer penetraba suavemente sobre su su rostro. Agradeció la vida y se sintió nuevamente con energía para seguir en su travesía.

La semana se le había pasado volando, entre emociones y estrés. Al llegar la noche del sábado Margarita se sintió lacia, lacia. Recordó la primera vez que escuchó esa frase, en aquella clase en la universidad cuando su maestra de Literatura mexicana la dijo en un ejemplo: ¡Me siento lacia, lacia! Margarita no comprendió el significado, la maestra lo explicó pero, hasta ese momento, no había caído en la importancia de sentirse así.

Fue hasta el sábado cuando se le vino a la mente el término, al no saber qué adjetivo usar para expresar su sentir. Estaba decaída y lo que le seguía. En la noche se quedó contemplando el fuego de la vela que encendió, para aromatizar su habitación con un incienso. El fuego sagrado,  el abuelito fuego, como le llamaban en algunos rituales, hizo fijar su atención en la llama que era intensa y se mantuvo sin movimiento, eso le confortó un poco. Un cúmulo de pensamientos fueron asomándose, paso a paso, a su mente. Demasiado ruido en su interior ante el impávido abuelito fuego que la observaba. Decidió irse a descansar, con la esperanza de un nuevo día.

Su sueño estuvo lleno de aventuras, caminó mucho, recorrió rutas y calles nuevas, se halló personas conocidas y muy queridas. Su niña interior se hizo presente y por instantes se sintió como en un cuento. El amanecer del domingo, entre el cariño de Canica y los regalos de la mañana, hicieron que en su rostro se dibujara nuevamente una sonrisa. Largo camino había por andar. Era importante darse el espacio para sentirse lacia, era como hacer una pausa en la ruta de la vida. El secreto estaba en no estancarse en ese sentir sino continuar. Prendió la radio, que los ríos te sean propicios, que corran para el lado que quieras navegar, que las nubes cubran el sol cuando estés en el desierto, que nunca te falte el fuego, que nunca te falte el agua, que nunca te falte el amor…la canción bendición de dragón estaba al aire.





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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 31. Cuando la neblina cae. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 31

Cuando la neblina cae

Por María Gabriela López Suárez

La llovizna comenzaba a caer esa tarde de verano mientras Olga y su familia viajaban a la casa que era de sus abuelitos. Para ella ese espacio era un remanso de paz, rodeado de naturaleza. Eso siempre la hacía recargarse de ánimo y entusiasmo.

En la carretera la vista del paisaje era sumamente bella, la época de lluvias era un baño de vida para la naturaleza, las montañas mostraban su vestimenta verde y deleitaban la vista. A medida que avanzaban en el trayecto se avizoraban nubarrones grises que anunciaban  lluvia.

Cada vez que Olga hacía ese viaje observaba los cambios que habían pasado en el territorio, para ella ese camino estaba lleno de vivencias que resguardaban experiencias gratas y no tanto, pero sin duda llenas de diversas memorias individuales y colectivas. Muchos de los cambios que veía le causaban nostalgia, venían a su mente los terrenos llenos de árboles que poco a poco se iban devastando y ahí asomaban construcciones de gente que había migrado.

Esa tarde su corazón sintió una especie de opresión, más casas nuevas estaban ahí.  Se quedó pensando que a sus abuelitos les habría dado tristeza verse rodeados de la mancha urbana que avanzaba sin más detenimiento.  Por su mente pasaron varias ideas, qué sabían los nuevos vecinos del cuidado a la naturaleza, qué manera de despojar el hábitat de los pájaros, qué conocían de las montañas que resguardaban ese lugar y que, ella con sus hermanos y primos habían recorrido. Respiró profundo. Faltaba poco para llegar a su destino.

Al entrar a la casa familiar sintió regocijo, la lluvia había escampado. El clima había refrescado bastante.  Bajaron del coche. Mientras Olga se ponía el suéter comenzó a ver que la neblina se hacía presente. Ese efecto de la naturaleza le encantaba, avanzó unos pasos  y quedó frente a una de las montañas que se revestía como si las nubes descendieran sobre ella. Llamó a la tía Juve y a sus papás para que observaran el paisaje.

– Vengan, ¿ya vieron la montaña?

—¡Qué bonito se mira Olguita!  La montaña que nos cuida— dijo la tía Juve.

Los cuatro se quedaron contemplando el paisaje en silencio. En tanto, Olga pensaba que, cuando la neblina cae, envuelve la noche y la cubre de magia, regalo de la naturaleza y una de las bendiciones de ese espacio.





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Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 30. Regresar a casa. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 30

Regresar a casa

Por María Gabriela López Suárez

Leonela había permanecido fuera de casa alrededor de seis meses, echaba de menos su espacio, sus plantas, sus hábitos, pero no su ajetreada rutina. El viaje que había realizado con su familia le significó muchos aprendizajes, instantes de regocijo, oportunidades, sonrisas, nuevas encomiendas y la convivencia con quienes amaba.

La naturaleza fue una de sus más fieles compañeras en su travesía. Disfrutó el canto de las aves en las mañanas, el de los gallos tan madrugadores, el sonido de las chicharras que para el verano era menos intenso que en primavera, el olor a tierra mojada por la temporada de lluvias, el aletear de las mariposas decoradas con bellos tonos, naranjas, amarillos, blancos, cafés y azules.

Ese viaje le recordó que las acciones más simples son muy valiosas y forman parte del gozo en la vida. Teresa, la mayor de sus nietas, le señaló cómo cambiaba el color de los patos a medida que crecían y lo diestros que suelen ser nadando, detalles a los que Leonela no había puesto atención en sus años de vida. 

Rememoró la tarde que disfrutó leyendo cuentos a sus nietos mientras llovía, para después escuchar las melodías del canto de los grillos y las ranas. Jugaron a interpretar qué mensajes daban los grillos; Lulú, la segunda nieta, dijo que los grillos susurraban: dulces sueños, dulces sueños. Para Jeshua, el menor de los nietos, los grillos cantaban diciendo: hasta mañana, hasta mañana. Teresa apuntó que ambos tenía razón, que  todos los grillos eran grandes amigos y arrulladores de la noche.

Una de las actividades más bellas para Leonela y su familia era caminar en el bosque, solían hacer pausas para contemplar el entorno, como la vez que  Lulú se halló un hongo sobre las raíces de un árbol y le pareció un regalo de la tierra.

El corazón de Leonela estaba contento, motivado y agradecido. Regresar a casa significaba continuar el andar, con nuevos bríos, deseosa de encontrarse con el espacio que habitaba, con sus plantas que había encargado a doña Tenchita, amiga y vecina de años. Mientras preparaba su maleta sonrió, sabedora que siempre es necesario tomarse un respiro para continuar.





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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 29. La araña en el techo. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 29

La araña en el techo

Por María Gabriela López Suárez

Ese martes los rayos del sol apenas alumbraban, el cielo comenzaba a despejarse, ya eran las 10 de la mañana. Renata aprovechó lo fresco del clima para iniciar con un pendiente que tenía por revisar. Hacer cuentas no era su fuerte pero debía terminar esa tarea. 

Se sirvió una taza con té de hierbabuena e inició la faena. Estaba ensimismada entre la pantalla de la computadora, su libreta y lápiz, prefería hacer las cuentas de manera manual y luego cotejarlas. Era una especie de hábito cuando se trataba de los números. 

Sintió la necesidad de hacer una pausa, subió los hombros para relajarlos y al levantar la vista al cielorraso observó atentamente. No estaba sola. Una araña de tamaño mediano se sostenía perfectamente, haciendo un contraste entre lo blanco del techo interior de la habitación. Las formas de sus patas y cuerpo parecían como un detalle dibujado. Se sorprendió porque era la primera vez que veía una araña en esa parte de la habitación. Aunque le pareció extraño en lugar de darle la sensación de miedo, a Renata le provocó una especie de tranquilidad. Justo la que necesitaba para terminar de cuadrar las cuentas.

Continuó con su labor y de vez en vez, volvía la vista hacia arriba, ahí seguía la araña impávida.  Sin hacer caso a los sonidos que hacía Renata al teclear rápidamente mientras tarareaba, Ojalá que llueva café en el campo, que caiga un aguacero de yuca y té, del cielo una jarina de queso blanco y al sur una montaña de berro y miel… Cuando terminó su tarea suspiró profundamente, sintió un peso menos de encima. Giró los hombros hacia atrás  y alzó la vista, la araña seguía ahí pero se había movido. Renata recordó el punto donde se encontraba su acompañante hace 3 horas cuando se percató de su presencia. El movimiento de la araña fue casi imperceptible entre las veces que Renata volvió la vista al cielorraso. En cuestión de distancia había avanzado muy poco en su desplazamiento. Sin embargo, lo interesante para Renata era que la araña no había huído ante su presencia. Le pareció que su movimiento era como en la vida, no había necesidad de correr al ritmo de las demás personas, sino hallar su propio ritmo y caminar con seguridad para llegar a donde una se propusiera, algo así como la araña en el techo.

 





Fotografía:  Josh Hild

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 28. Se busca hogar. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 28

Se busca hogar

Por María Gabriela López Suárez

Era un miércoles cotidiano, el último del mes de julio, permanecía en casa dentro de esta contingencia. El calor sofocante indicaba que por la tarde llovería en el terruño tuxtleco, así fue. La lluvia se tornó abundante, de esas lluvias que se añoran para refrescar la noche. 

Tiempo después  que la lluvia cesó, el llamado de mi sobrino me sacó de la actividad en la que estaba, me indicaba que habían dejado abandonados unos perritos cachorros en un andador del Río Sabinal. En mi familia tenemos gran amor y simpatía por los caninos. De inmediato se me vino a la mente, ¿y ahora dónde van a quedar? ¿Qué pasará con ellos? En casa nos habría encantado tenerlos, pero ya nuestra bandita peluda es abundante, no era posible.

Una vecina fue por ellos y nos los enseñó, eran tres bellos cachorros, dos en color canela y uno oscuro,   jaspeado de manchas en tono café claro. Los habían dejado dentro de una caja de cartón,  deteriorada por  haberse mojado. Los cachorros temblaban de frío, su  pelaje estaba húmedo.

En la complicidad  del amor con mis sobrinos, y el apoyo de los demás integrantes de la familia decidimos darles hospedaje solidario por esa noche. Es la primera ocasión que vivíamos una experiencia así, habría que buscar ayuda con amistades o personas conocidas que también cuidan por los animales. 

Empecé a escribir mensajes y preguntar quién podría apoyar en esa labor. Agradezco mucho a quienes respondieron al llamado,  la compañera Ángeles Mariscal por hacerme el enlace con Lourdes Chávez, quien me compartió ideas de cómo buscar ayuda y estuvo pendiente en todo momento. De igual manera,  a mi estimada Damaris Disner por las sugerencias brindadas.

Mis sobrinos propusieron hacer un letrero y pegarlo en el portón de la casa, entre el debate de quién de ellos lo escribía, finalmente me apunté a hacerlo yo. Me ayudaron a pegarlo: “Se regalan perritos. Sea solidario y adopte uno”.

El uso de la red social Facebook fue una herramienta importante para divulgar el servicio social, los mensajes a través del whatsapp también se sumaron a las cadenas de ayuda,  que pasó de amistades a personas que no tenía el gusto de conocer y que contribuyeron en la difusión. A todas, muchas gracias.

El mismo miércoles, el compañero Azariel Sánchez me dio la noticia que al día siguiente irían por uno de ellos. Nuestros corazones se alegraron. Me quedé pensando que era importante mencionarle a las familias que adoptaran a los perros, del cuidado que deben darles, del amor y de la atención. 

El jueves llegaron por el primer cachorro.  Agradecí por la solidaridad de darle un hogar e hice mención del mensaje del cuidado y amor al perrito. Continué con la labor de divulgar que aún quedaba la oportunidad de adoptar a los dos restantes. Llegaron varios mensajes al celular, un dato que  llamó mi atención es que algunas personas preguntaban con insistencia, ¿qué raza eran? ¿O si eran de esos callejeros? No tenía la menor idea, los dejaron abandonados  y el mayor deseo era que encontraran un hogar, con cuidado, protección, respeto y amor, sin que a su nueva familia le importara tanto ‘su raza’.

Una persona llamó y dijo que al día siguiente iría por un cachorro. Se quedaron en casa por segunda noche, contando con la atención de mis sobrinos, quienes les dieron uno de los mejores hospedajes,  jugaron con ellos, los alimentaron, les hicieron su camita provisional. 

Para el viernes, llegaron por el segundo cachorro, de nuevo el agradecimiento y la encomienda a su cuidado. Ya solo quedaba una, la única perrita. Al verse sin sus hermanos, se puso algo triste.  Por un momento pensamos que tardaría para que alguien se interesara por ella, la mayor parte de las personas prefiere a los perritos. Mientras alguien preguntaba, decidimos darle un baño, aprovechando lo caluroso del mediodía. No tardaron en llamar para solicitar información. En menos de una hora ya habían llegado por ella. Por tercera ocasión, agradecí sumarse a la adopción y recomendé su cuidado.

Se busca hogar, tres palabras que se hicieron presentes y cobraron mucho sentido por lo que implican. Tener mascota es un compromiso, es un acto de amor, responsabilidad, respeto, atención y una oportunidad de darle espacio en nuestra familia a un nuevo integrante que, sin duda, lo llenará de lindas experiencias. Es muy triste hallar gatos o perros cachorros o mayores abandonados, si tenemos la oportunidad adoptemos uno y si ya lo tenemos, cuidemos de él o ella. La vida les cambiará y a ustedes también.

 





Fotografía: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 27. La necesidad de compartir historias. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 27

La necesidad de compartir historias

Por María Gabriela López Suárez

Creo en mi corazón, el que yo exprimo

para teñir el lienzo de la vida...”

Gabriela Mistral en “Credo”

¿A quiénes de ustedes les gusta compartir historias? Quizá digan, ¿historias sobre qué? No hablo de la historia como ciencia social, más bien de las historias cotidianas, que refieren relatos comunes, las del día a día, que tiene cada persona y que se relacionan con su terruño, su familia, sus amistades, sus actividades laborales, pasatiempos, gustos, experiencias y demás.

¿Se han preguntado la importancia que tiene para cada persona compartir historias? Yo sí, es como cuando el corazón está envuelto de alguna emoción y se quiere decir, expresar, sea triste, alegre, incierta, colérica, lo que se anhela es que salga del ronco pecho, como se dijera coloquialmente. Decirla es dar una respiración profunda que alivia el interior. Haciendo una vuelta a mi experiencia recuerdo que en la niñez me gustaba escuchar las historias que contaban mis abuelitas, mis tías, tíos, las amistades mayores de la familia. Por cierto, la mayoría de personas que contaban historias eran mujeres. En mi mente y corazón quedaron grabadas esas voces, las entonaciones en sus relatos, las carcajadas, los nudos en la garganta, las lágrimas, las experiencias y enseñanzas que cada historia tenía.  

La oralidad es un medio importante para conocer y preservar las historias, esta actividad de destinar un momento en el día, para sentarse y escuchar a otras personas,  porque no solo es importante contar sino que escuchemos o nos escuchen. Ésa es una de claves fundamentales. Pero las historias no solo se cuentan, también se escriben o se registran de alguna manera, y cuando una lee un texto de un relato con el que resuena se crean conexiones, más allá de las épocas o diferencias culturales. Recuerdo que a mi abuelita materna le gustaba escribir detalles de eventos que ella consideraba importantes, tenía sus libretas, ahí anotaba fechas, nombres y algunas veces también los agregaba a las fotos. 

Ya que hablo de fotos, ahora tenemos una diversidad de medios para compartir historias, a través de las fotografías, de los videos, de los audios y producciones radiofónicas. En esta incesante proliferación de medios digitales en la actualidad, se hallan una serie de relatos compartidos en las redes sociales que me resultan asombrosos, los hay de todos los estilos y lenguajes, breves y extensos, ilustrados o no. 

El compartir relatos se ha vuelto más cotidiano, o al menos eso parece, ante tanta información que se divulga. Quizá valdría la pena profundizar en algún otro momento sobre lo que se difunde en redes sociales y cómo es la narrativa. Las historias que más me siguen cautivando son las que puedo escuchar de viva voz, las que puedo leer, de preferencia en textos escritos a mano, impresos o  visualizar a través de una imagen fija o en movimiento.

De manera personal, una manera muy agradable de contar historias es a través de la escritura, porque   podemos escribir para liberar aquello que traemos cargando y resulta complicado soltar; escribir para sanar heridas o instantes que causan dolor; escribir para desarrollar la imaginación y creatividad; escribir para expresar alegría o esperanza; escribir para llenar y apapachar el corazón. De ahí la necesidad de compartir historias, una acción cargada de emociones.

 





Fotografía:  Maria Tyutina

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 26. Resistir desde el amor. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 26

Resistir desde el amor

Por María Gabriela López Suárez

Celeste despertó, se asomó a la ventana, el paisaje aún estaba cargado de neblina densa, y como dijera coloquialmente, ni las luces del solecito.  Miró el reloj, las siete de la mañana. Fue a la cocina, se preparó un café y se dispuso a beberlo mientras contemplaba el paisaje.

La semana había sido ardua, así lo percibía. Por instantes se había sentido abrumada, triste, abatida, algo así como estar gris. Con todo y que el gris puede ser un color lindo, para Celeste era el tono que definía parte de  su sentir esa semana. El canto de los pájaros le hizo recordar que también estaban los destellos de esperanza y amor que había tenido. Se le vinieron a la mente los colores amarillo, naranja y verde para asociar a la otra parte de su sentir, colores de vida, motivación y alegría. 

Mientras daba sorbos a su café seguía observando el amanecer, poco a poco se iba despejando. Le pareció que algo así era en la vida, cuando sentía no poder más porque había nubarrones que impedían ver, el universo enviaba señales a manera de luz en el camino,  para recordar que la lucha debe ser constante, sin claudicar. Antes de darse por vencida, valía la pena luchar desde el corazón.

Se puso a reflexionar en una imagen que un amigo suyo le había enviado, el ojo de una ballena, al inicio le había causado incertidumbre, nervios, miedo. Después de varios días volvió a verla y con todo lo que había pasado, le halló otro sentir, más profundo, la importancia de la autobservación en la vida. Ejercicio que podría resultar complejo por implicar una vuelta al interior pero que podría ser muy útil para el día a día. Sobretodo si se hacía desde el amor.

Esbozó una sonrisa al recordar que, entre vicisitudes, la presencia de la naturaleza era  uno de los regalos en esa semana, sus plantas eran destellos de luz, el canto de los pájaros que alegraban los  momentos del día, así como el amor de sus seres queridos a quienes percibía a través de la distancia.  Vino a su  mente el poema que años atrás escribiera una amiga suya  y le obsequiara, Si una rosa de oriente llorara

Inhaló profundamente y exhaló, sus ojos se llenaron de brillo. El sol la saludaba con sus rayos matutinos. El café había estado delicioso; ese espacio de reflexión le había hecho sentir mucho mejor. Ahora había que seguir caminando y resistir desde el amor.

 





Fotografía: Cole Keister  .

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.