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Voces ensortijadas. 80. Tilín tilín. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 80

Por María Gabriela López Suárez

Tilín tilín

 

Esa tarde veraniega estaba resultando eterna para Rubí; se había ido la luz en su casa desde la mañana y ella, acostumbrada a ver televisión y jugar con su celular, no encontraba en qué más podía entretenerse. Fue con su mamá y le preguntó en tono desesperado:

—Mami, ¿a qué hora vendrá la luz? Desde la mañana no hay y tú dijiste que no tardaría en volver, ya casi dan las cinco de la tarde.

Ruth, que estaba avanzando en pegar etiquetas en los recipientes de postres que vendía le respondió:

—Quizá sea un problema más grande, por eso se han tardado, pero no te preocupes no solo es en casa, también le pregunté a tu abuelita Bertha y me dijo que es en toda la manzana. Así que lo más probable es que hoy quede resuelto. ¿Quieres venir a ayudarme?

—Gracias, prefiero ir a visitar a la abuelita Bertha, a ver qué hace sin luz.

—Ve, con cuidado, iré por ti al rato.

Doña Bertha, la mamá de Ruth, vivía a dos casas de Rubí. Cuando estuvo afuera de la casa la niña jaló con fuerza la campana que hacía la función del timbre. Enseguida se escuchó una voz:

—¿Quién toca con tal desesperación?

—¡Abuelita, soy Rubí!

Apenas había entrado cuando doña Bertha sintió el abrazo apretado de la niña, quien le besó las mejillas. Y ella respondió a tan cariñoso saludo. Antes que Rubí pudiera preguntar por qué tenía tierra en las manos, doña Bertha la invitó a que la acompañara a donde estaba consintiendo a sus flores.

Los ojos de Rubí se abrieron más de costumbre cuando vio que las macetas no solo estaban relucientes, sino que las flores lucían más bonitas. Doña Bertha le explicó que había que apapachar a las flores, cuidarlas, cambiarles de tierra, ponerles abono y platicar con ellas, para que se sintieran queridas.

Aprovechando que no había luz eléctrica, ese día había decidido brindarles el tiempo a sus flores. Terminó de acomodar la maceta que faltaba, se lavó muy bien las manos y se fue con la niña a la sala.

Rubí no supo qué responder cuando doña Bertha le preguntó, qué había hecho ella toda la mañana, sintió algo de pena. Finalmente, le dijo que se la había pasado aburrida, no sabía qué hacer, la luz era la culpable.

Doña Bertha sonrió, aprovechando que aún había luz del sol le propuso a Rubí que leyeran un rato juntas, la niña aceptó. El cuento sugerido por la abuelita fue De cómo Sherezade evitó que el rey le cortara la cabeza, uno de los cuentos de Las mil y una noches. Ambas se pusieron cómodas y doña Bertha inició mientras Rubí mantenía atenta la escucha al cuento.

—Hace muchísimos años, en las lejanas tierras de Oriente, hubo un rey llamado Shariar, amado por todos los habitantes de su reino. Sucedió sin embargo que un día, habiendo salido de cacería, regresó a su palacio antes de lo previsto...
En plena lectura estaban cuando se escuchó el tilín tilín de la campana.

—¡Abuelita, seguro es mi mamá, dijo que vendría por mí! No me quiero ir hasta que termines de leer el cuento y si ya no hay sol, en la casa tenemos velas.
Doña Bertha sonrió, estaba contenta que su nieta se había olvidado por un momento de la desesperación porque no había luz. Mientras respondía al llamado de la campana.

—¡Ya voy!




Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 79. El equipaje en la vida. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 79

Por María Gabriela López Suárez

El equipaje en la vida

 

Roberta se levantó más temprano que de costumbre a mitad de semana, debía realizarse unos estudios médicos. Se dio un baño rápido, se cambió y tomó un bolso de tela, colocó su cartera, teléfono, el estuche de sus gafas oscuras, sus llaves y un paquete de toallas sanitizantes. Observó su reloj, estaba a buen tiempo. El laboratorio quedaba aproximadamente a 20 minutos de su casa, si lo hacía caminando.

Mientras llegaba a su destino alzó la vista al cielo, aún estaba con pocas nubes, en partes color celeste y el sol ya estaba dando muestra que en un rato estaría más que intenso. Sintió su brazo derecho ligero, hasta olvidó que llevaba su bolso. Se puso a repasar lo que había colocado ahí, en realidad era lo que iba a necesitar en esa salida, era mucho menos peso de lo que acostumbraba cargar. Se sintió muy a gusto de no llevar más que lo necesario.

Lo anterior la llevó a observar a las personas que estaban caminando. Delante de ella iba un señor, solo llevaba el teléfono celular en su mano, más adelante una chica con una mochila pequeña en la espalda. Del otro lado de la acera, una señora con una morraleta. En esa misma calle mujeres que iban con su bolso y su lonchera y un señor mayor con su bastón en la mano. Siguió atenta a las demás personas que se fue topando y observaba qué tantas cosas llevaban consigo.
Luego se puso a pensar que algo similar sucede cuando se viaja. Ella era de las personas que normalmente creía que requería muchas cosas y así llenaba su maleta. Sin embargo, en más de una ocasión no había usado todo lo que empacaba ocupando un espacio que luego le hacía falta para guardar cosas nuevas. Se le vino a la mente que algo así era el equipaje en la vida, lo ideal era llevar solo lo necesario, como había hecho ella esa mañana. Y evitar cargar con cosas que generan más peso o abarcan un lugar que puede quedar libre para llenarlo con otras cosas que se adquieran en el camino. Ahora entendía mejor lo que le dijo en alguna ocasión su primo Emmanuel cuando salieron de paseo.

—¿Todo eso vas a llevar para el viaje? Solo estaremos 3 días. Yo llevo una mochila y está ligera. Aprendé a hacer práctica Robertita, ni creas que te vamos a ayudar a cargar tus maletas.

Vaya que Emmanuel tenía razón, aprender a ser práctica era toda una tarea que podía ser útil sobre todo para el equipaje en la vida. Aminoró su paso porque ya estaba en la esquina del laboratorio. Revisó el reloj, justo a tiempo, se había hecho los 20 minutos calculados.



Fotografía por Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 78. Entre flores y piedritas. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 78

Por María Gabriela López Suárez

Entre flores y piedritas

 

Priscila había pedido a sus padres que quería pasar las vacaciones de verano en el campo, en casa de su tía Gertrudis y su tío Melchor, además de tener muchas ganas de estar con Judit y Ozías, sus primos, le animaba estar en contacto con la naturaleza. Los padres de Priscila accedieron a su petición, le vendría muy bien unos días en el campo, Priscila había permanecido en casa estudiando en línea por la contingencia sanitaria.

Gertrudis y Melchor recibieron con gran cariño a Priscila y qué decir de Ozías y Judit estaban encantados de poder convivir y jugar con ella. 

Sus primos habían terminado el ciclo escolar de manera distinta a ella, las clases no habían sido de manera virtual sino haciendo actividades en cuadernillos y, en ocasiones, tuvieron la presencia de su maestra en casa, que les llegó a dar asesorías, juntando a otros niños y niñas cercanos. Ahí la conexión a internet era un lujo que la mayoría de habitantes no podía costear.

Desde que llegó, Priscila se puso a ayudar en las labores de la casa, disfrutaba dar de comer a las gallinas. Ozías le había mostrado algunos tips de cómo hacer para no tenerles miedo a que le picaran, así se sentía más segura y ya se animaba a realizar la labor solita. Le llamaba mucho la atención la manera en que bebían agua, pensaba que degustaban poco a poco el líquido. También sentía bonito de que al verla con el tazón en el que llevaba maíz la siguieran de manera ordenada, como si fueran en una procesión, de esas que hacían en su barrio. 

En las mañanas Judit, Priscila y Ozías ayudaban en las actividades de la casa, las tardes las tenían libres para jugar. El campo era el sitio perfecto para inventar juegos y crear historias, eso pensaba Priscila. A sus diez años le encantaba que le contaran historias, Judit era una magnífica narradora y Ozías era genial haciendo efectos para recrearlas.

Priscila admiraba a Judit, era tan solo dos años mayor que ella pero tenía un amplio repertorio de historias para contar, entre cuentos y leyendas. Judit decía que eso lo aprendía de cada texto que leía y  de los relatos que le contaban sus padres y otros familiares.

Una de las mañanas en que Priscila regaba las plantas, se quedó observando una parte en el patio, entre flores y piedritas  había un bello escenario para hacer un teatro guiñol. Imagino que los lazos para tender ropa podrían ser cortineros y que con retazos de tela podrían hacer sus guiñoles. Judit sería la cuenta cuentos y Ozías haría los efectos, ella movería los guiñoles y el público serían tía Gertrudis, tío Melchor y las gallinas.

Los ojos de Priscila brillaban de emoción ante la idea que se le había ocurrido. No pudo contenerse y comenzó a llamar a sus primos.

—¡Judit, Ozías! Vengan, vengan, les tengo una propuesta que  les encantará.

Mientras se escuchaban los pasos apresurados que iban hacia donde estaba Priscila, ella continuaba observando el escenario.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 77. Las visitantes. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 77

Por María Gabriela López Suárez

Las visitantes

 

Las despedidas no eran de los temas preferidos de Martina, le dejaban un dejo de nostalgia y a veces, como en esta ocasión, un poco más allá de eso. Para ella cada despedida era distinta, estaban aquellas con las que tenía la fortuna de volver a encontrarse con las personas o seres que amaba, despedidas momentáneas, por decirlo de alguna manera. A veces los encuentros eran más próximos, otros más lejanos.
Pero también estaban las que más le pesaban, esas que de manera sorpresiva cambian el rumbo del caminar y desafortunadamente, los encuentros no vuelven a darse, por la trascendencia de los seres amados.

Aunque había tenido experiencias diversas aún no lograba asimilar del todo las despedidas para siempre. Esa semana de verano sería inolvidable para ella y su familia, la noticia de que sus tres perritas, fieles compañeras habían trascendido dio un vuelco en sus sentimientos. La mente y el corazón hicieron conexión de inmediato, como una especie de película fueron viniendo uno a uno los recuerdos y anécdotas con cada una, los momentos alegres, las travesuras que hacían, las veces que dejó que la acariciaran y dejaran su ropa llena de lodo, las sacudidas que se daban cuando tenían poco ánimo de ser bañadas, los paseos vespertinos que tuvieron juntas y una de las imágenes más bellas verlas correr en el campo, libremente y felices.

El ambiente se percibía nostálgico para la familia. El ritmo de la vida no sería el mismo, las carreras y juegos entre ellas habían cesado, se hacían presentes los silencios en la seguía; aún con el dolor que sentía, estaba muy agradecida con la divinidad y la vida de haber tenido la oportunidad de que las perritas llegaran a ser parte de su familia. La mirada de cada una de ellas la llevaba grabada en su mente y corazón.

Mientras les depositaba una ofrenda floral e intentaba respirar profundo se quedó observando el ambiente. Ahora la morada de las tres fieles compañeras estaba bajo árboles, se escuchaba el canto de los pájaros, se sentían los rayos del sol. El día era bello, como un recordatorio para Martina que aunque haya momentos grises en el cielo, este se despeja y el sol brilla con intensidad en otro instante. Comenzaron a hacer presencia bellas mariposas, de colores diversos, en tonos naranja, azul, blanco y amarillo. Para Martina era una muestra de que sus perritas estaban de vuelta, ellas eran las visitantes. Cerró suavemente los ojos, dejándose acariciar por el viento que mecía las hojas, mientras sentía cómo sus ojos se humedecían y las lágrimas rodaban sobre sus mejillas.

Fotografía: Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 76. Escribir para compartir. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 76

Por María Gabriela López Suárez

Escribir para compartir


El clima cálido que se percibe en esta temporada lluviosa me acompaña en este texto que voy redactando para ustedes. Vienen a mi mente varias de las experiencias, personajes, relatos, sucesos, instantes que han ido  nutriendo cada entrega semanal de las Voces ensortijadas.

La imaginación sumada a lo que se puede observar en lo cotidiano son ingredientes que he ido descubriendo en cada texto que escribo. Uno de los elementos que disfruto del género periodístico de la columna es su flexibilidad para abordar la diversidad de temas sobre los que uno se interese. Así, en estas Voces ensortijadas, ustedes han leído algunos escritos informativos, otros que buscan ser una especie de relatos con personajes creados que nos dejan enseñanzas o nos invitan a la reflexión. 

Cada semana es un nuevo reto que tengo para ir definiendo y eligiendo qué temática habré de trabajar que pueda ser de interés para el público lector. Estas Voces ensortijadas son un tejido en colectivo, las líneas escritas dejan de pertenecer a la autora cuando ustedes las hacen suyas, cuando resuenan con algo del texto, se identifican con sus personajes o con los mensajes que lleva implícita cada entrega.

Hoy les comparto con agradecimiento y emoción que este proyecto que puse en marcha en 2017 llega a su cuarto aniversario. Escribir para compartir es uno de los regalos más bellos que hoy tengo. La escritura es tan noble que permite no solo plasmar en ella emociones, inquietudes, preocupaciones, reflexiones, evocaciones, sino que se convierte en una compañera inseparable, esa consejera que es sabia y nos guía cuando lo requerimos. Se escribe por placer y eso alimenta el espíritu.

En este cuarto aniversario de las Voces ensortijadas agradezco desde el corazón a quienes forman parte de esa inspiración cotidiana, a cada lector, lectora que dedica espacio de su valioso tiempo para no solo leer sino escribir sus comentarios, hacerme llegar sus opiniones, sugerencias, reflexiones y las anécdotas que evocan. Cada mensaje es un estímulo que me inspira y anima a seguir con la escritura.  Gracias por permitirme llegar a ustedes y por brindarme un espacio en su caminar.

Agradezco el valioso apoyo de la Revista Letras, ideaYvoz por brindarme espacio para la divulgación; a mis compañeros, compañeras que me han invitado a que las Voces ensortijadas también sean grabadas y se divulguen en espacios radiofónicos como Palabras Sonoras y Tropikalia. De igual manera, doy gracias a la divinidad y al universo por permitirme llegar a este cuarto aniversario y que las ideas sigan fluyendo con el mismo ánimo y entusiasmo de la vez primera.
  
 

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 75. Un mar de fueguitos. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 75

Por María Gabriela López Suárez

Un mar de fueguitos

Lucina y su familia estaban en la sobremesa, Joaquina, su madre preguntó a Rogelio el hermano mayor de Lucina, un adolescente, que les contara sobre el libro que estaba leyendo. Vio que lo había dejado sobre un sillón de la sala. Rogelio empezó a relatar que el libro era interesante, le había llamado mucho la atención primero por el título El libro de los abrazos, apenas llevaba leyendo 25 páginas, pero le gustaban los relatos de su autor, Eduardo Galeano.
Joaquina dibujó una sonrisa en su rostro, ella le había recomendado leer esa obra. Mientras tanto Lucina escuchaba atenta lo que decían, para tomar parte en la conversación.

—¿Roge de qué hablan en ese libro?

En ese momento por la mente de Lucina pasó el anhelo de poder aprender a leer bien para que ella también pudiera entender mejor las conversaciones de la gente mayor. 

–De muchas  cosas Lucina, de la gente, de pueblos, de historias, de países. Hay cosas que no entiendo muy bien, pero vuelvo a leer y busco las palabras que no sé, más cuando habla de cosas históricas, así siento que voy aprendiendo. Pero el primer relato es uno de mis favoritos, dejen les leo. 

Fue por el libro y comenzó la lectura.

“Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.

Joaquina le felicitó por su interés en la lectura, compartió que a ella también le gustaba ese relato, El mundo, era uno de sus favoritos. Lucina se quedó callada, pensativa. Joaquina se percató y le preguntó.

—¿Qué pasó Lucina? ¿No te gustó el relato?

Los ojos de Lucina expresaban asombro.

—Es que me quedé pensando eso de los fuegos, ¿cómo puedo saber si tengo uno de esos fuegos que dice el libro? ¿Y si no lo tengo, qué pasa? —preguntó con preocupación.

Rogelio quería comentar pero observó a su mamá quien había tomado la iniciativa, se acercó y abrazó a Lucina.

—No tienes por qué preocuparte, conforme vayas creciendo te darás cuenta  que todos somos un mar de fueguitos, tú ya tienes un fueguito que irá creciendo y cambiando con el paso del tiempo. Lo importante es que sepas que lo tienes y es muy valioso, por eso Galeano, el autor del relato nos recuerda que cada persona brilla con luz propia.

El rostro de Lucina sonrió y volteó a ver a Rogelio, quien estaba atento a  ellas. 

—Cuando aprenda a leer bien quiero que me prestes tu libro Roge.

—Sí, con mucho gusto Luci. Ahora qué les parece si comemos el postre. Hay helado de sabor napolitano.  
 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 74. Agradecer la vida. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 74

Por María Gabriela López Suárez

Agradecer la vida


Ese jueves Lluvia se despertó temprano, era su cumpleaños y deseaba aprovechar al máximo cada minuto de ese día especial. Cumplía 11 años y no había pedido un regalo en específico, así que daría la bienvenida a los obsequios que le hicieran llegar sus familiares. Entre ellos aceptó la invitación que le hizo su mamá de llevarla a una reunión donde llegarían mujeres adultas, jóvenes, adolescentes y niñas para platicar sobre temas de interés para todas.

Aunque a Lluvia no le quedaba claro de qué hablarían en la reunión le hacía ilusión el que justo en su día de cumpleaños pudiera conocer a otras personas y que fueran de diversas edades. Además la reunión sería por la tarde y daría espacio a que la felicitaran en su casa con la partida de pastel por la noche.

Para la reunión pidieron llevar ropa cómoda y lo que las participantes quisieran compartir. Azucena, la mamá de Lluvia preparó un ramo de gerberas de diversos colores, unas peras y unas varitas de incienso, además de una bella vela aromática.

Lluvia se puso un pantalón de colores, que no solo era cómodo sino uno de sus favoritos, una playera en tono rojo carmín y sus tenis azules.

Llegaron puntuales a la reunión, Azucena saludó a algunas amigas y también Lluvia, así como a algunas de las hijas de ellas. Cuando inició la reunión les pidieron dirigirse al patio de la casa, ahí había una especie de ofrenda en el piso con flores haciendo la forma de un corazón y unas varitas de incienso que aromatizaban de manera agradable. Les pidieron depositar en la ofrenda lo que habían llevado y que se sentaran en el piso alrededor de ésta, formando un círculo.

Dinorah era la persona que guiaría la actividad. Se presentó y mencionó la intención del círculo de mujeres como un espacio para reflexionar entre ellas sobre diferentes temáticas. En esa ocasión el tema era el agradecimiento por la vida.

La primera ronda fue la presentación de cada una, luego la guía pidió que si alguien de ellas tenía una intención especial, mensaje o experiencia que compartir lo dijera en voz alta si así lo deseaba, o solo llevara las manos al corazón y desde su interior lo hiciera mientras las demás la acompañaban en silencio. Fueron participando algunas mujeres. Después de cuatro participaciones Lluvia, que estaba sentada al lado de Azucena, vio que su mamá levantó la mano, pidió la palabra. Le generó curiosidad sobre qué diría su mamá, sintió que su corazón empezaba a latir más rápido.

Azucena compartió que esa tarde quería agradecer el regalo de celebrar un nuevo año en la vida de Lluvia, su tono fue muy emotivo, tomó la vela aromática entre sus manos, la prendió y se la entregó a Lluvia para que la pusiera en el centro, donde estaban las ofrendas. Lluvia tomó la vela con las manos temblorosas, se sentía muy emocionada y a la vez con algo de timidez. Se levantó y la puso al lado de unas rosas amarillas. Mientras hacía eso, pasaban por su mente varios momentos, los alegres, los tristes, los de emoción y ahora ese cumpleaños.

En ese momento Lluvia sentía que los ojos se le llenaban de agua, sin duda era una experiencia muy emotiva. Al llegar a su lugar quiso externar el agradecimiento por esa intención, no sabía bien qué decir, pero tampoco pudo hacerlo verbalmente porque sintió varios nudos en la garganta. Se llevó las manos al corazón y cerró suavemente los ojos, sintiendo cómo las lágrimas fluían por sus mejillas. Esa tarde Azucena le había obsequiado el bello regalo de agradecer la vida.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 73. El trabajo colectivo. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 73

Por María Gabriela López Suárez

El trabajo colectivo

 
Josefina y Ricardo eran muy buenos amigos desde la adolescencia, desde ahí habían coincidido en compartir el gusto por el arte culinario. Esa coincidencia fue llevada al ámbito profesional y ambos decidieron estudiar Gastronomía.

Hasta donde la memoria de Josefina alcanzaba a recordar además de su amistad, siempre había hecho un buen equipo con Ricardo, no solo habían alcanzado excelentes resultados al cocinar platillos sino también compartido sugerencias, ideas, propuestas y las experiencias poco gratificantes de las que sin duda tenían aprendizajes.

Josefina decidió emprender su camino como chef en un restaurante, sabía que los retos eran grandes y estaba dispuesta a enfrentarlos, finalmente amaba su profesión y la ejercía con amor y pasión.
Así que esa tarde que recibió la noticia que su solicitud de trabajo había sido aceptada no solo agradeció desde el corazón la buena nueva, era algo que deseaba tanto, sino que la compartió con su familia, incluido Ricardo que no solo era uno de sus mejores amigos sino que también formaba parte de ella.

Cuando habló con Ricardo no dudó en pedirle que le compartiera algunas sugerencias para llevar a cabo su nueva encomienda. La charla tardó más de lo que Josefina esperaba, en ella recordaron no solo anécdotas de sus primeras experiencias en la gastronomía sino que también Josefina fue encontrando en ella las sugerencias que le había pedido.

Una de las reglas de oro que le mencionó fue tener siempre presente la sencillez con todas las personas, en especial ponerlo en práctica con su equipo de trabajo.

—Recuerda Josefina, si algo hemos compartido es que ser sencillos no solo abre puertas sino que nos muestra la calidad de personas que somos y con las que podemos interactuar.

Después de haber escuchado atentamente a Ricardo, Josefina se quedó pensando que además de las reglas de oro que le había recordado, un ingrediente esencial en su nueva labor sería el trabajo en colectivo, ahí podría poner en práctica no solo las reglas que conocía sino parte de lo que había llevado a cabo desde sus inicios en la gastronomía.

Finalmente, dentro de su filosofía de vida contemplaba partir del reconocer los talentos de las demás personas, a través de eso creía que el trabajo no solo podía tener mejores resultados sino la posibilidad de interactuar y aprender de cada persona.

El sonido de su teléfono la hizo regresar a su momento actual. Era Angela, una de sus primas, seguro que se había enterado de su nuevo empleo.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 72. Los cantos de la naturaleza. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 72

Por María Gabriela López Suárez

Los cantos de la naturaleza



Esther había decidido que esa tarde terminaría sus pendientes de trabajo para que al día siguiente que era fin de semana pudiera recibir a sus amistades, tenía mucho tiempo que no se veían. Había varios temas sobre qué platicar y les apetecía una amena velada.

Colocó su computadora en un espacio que improvisó para trabajar, tenía ganas de escuchar los sonidos de la naturaleza. Al caer la tarde siempre había una especie de concierto que ese día quería disfrutar para hacer más llevadera la actividad.

Se consideraba muy afortunada de estar rodeada de vegetación en su casa, era como un oasis, después de un fraccionamiento vecino que no tenía ningún árbol. Esa tarde el clima se percibía muy agradable, un ligero viento soplaba.

Mientras terminaba de redactar su documento en la computadora, comenzó a percatarse que el ocaso se despedía, los rayos del sol se habían ocultado.

—Justo a tiempo —pensó.

Cerró la computadora. Revisó su reloj, eran las siete de la noche, Ernesto, su compañero no tardaba en llegar del trabajo. Movió su silla, se puso cómoda y comenzó a deleitarse con los cantos de la naturaleza. Se propuso ir identificando qué aves llegaban de visita. Distinguió el canto de cenzontles, luego el de otras aves que no logró reconocer. De pronto, entraron al escenario las chicharras, Esther estaba asombrada, pocas veces había escuchado que cantaran de noche. Sus cantos fueron de manera intermitente, con esa potencia que solo ellas tienen. Como en un cuarto plano, se escuchó el croar de las ranas, primero cantaba una y luego se unían otras a manera de coro.
En realidad estaba ante un concierto de la naturaleza, cada una de los ejecutantes de sonidos se integraban de tal modo que era posible regocijarse ante su canto.

Observó el cielo, estaba despejado, mientras continuaba escuchando los cantos de la naturaleza. Por un instante cerró los ojos, respiró despacio y profundo, un respiro consciente, agradeció a la divinidad y al universo por ese regalo. Los ladridos de Solín y Dragón, sus perros, la hicieron abrir los ojos. Era el anuncio que Ernesto había llegado a casa.

El rostro de Esther dibujó una gran sonrisa, no solo por la presencia de Ernesto sino por la alegría de haberse dado un instante para detenerse y disfrutar del bello y preciado regalo que le daba la naturaleza.

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Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 71. Trato de palabra. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 71

Por María Gabriela López Suárez

Trato de palabra

Esa tarde del viernes Matilde se acordó de una frase que conocía desde que era niña, “el trato fue de palabra”, sin habérselo propuesto lo había aplicado.

Cuando era pequeña era frecuente escuchar que su abuelita Malú solía platicar algunas anécdotas que hablaban de lo importante que era hacer tratos con la gente donde la palabra jugaba un papel clave. Es decir, si alguna persona hacía un negocio, venta o intercambio, la palabra mediaba como garantía. 
Con el paso del tiempo las cosas cambian, entre ellas esas formas de acuerdos en los que la confianza es parte de los tratos que se establecen en las relaciones interpersonales. Matilde aún no lo había puesto en práctica. En algún momento llegó a pensar que para ella no sería útil. Sin embargo, ese viernes su visión cambió.

Decidió ir a comprar un costal de harina, el ingrediente se les había terminado y era necesario para la panadería que tenían como negocio familiar. Fue al mercado, se topó con la sorpresa que habían cerrado calles aledañas al local donde compraba los productos. Esto había ocasionado más tráfico del acostumbrado. Normalmente solía hacer uso de un sitio de taxis que estaba frente a la tienda de productos, ahora no había ningún vehículo. 

Matilde no tenía otra opción para comprar el material. Pensó que tomaría un taxi en la esquina más cercana a la tienda, pero haría una especie de trato con quien manejara el taxi, para que pudiera esperarla y ayudarle a subir el costal. No se aventuraría a adquirir la harina sin tener asegurado cómo llevarla a casa.

Hizo la parada a un taxi y le preguntó al conductor si le podría esperar a que comprara su producto para hacer el servicio de llevarla a su domicilio. El conductor aceptó y mencionó que daría una vuelta alrededor de la manzana, mientras Matilde compraba. Ella grabó en su mente el número de la unidad, 3216.

La compra fue rápida y Matilde pidió le llevaran su producto a la esquina donde llegaría el taxi. El tiempo comenzó a pasar y Matilde veía que el tráfico era poco fluido. Bajo el intenso sol en el que estaba, su paciencia iba desvaneciéndose. Vio pasar varios taxis desocupados, estuvo a punto de hacer la parada a más de uno. No obstante, vino a su mente que ella había hecho un trato de palabra con el taxista y estaría rompiéndolo si no esperaba la unidad. 

Por su mente pasaron muchas ideas. En eso estaba cuando a lo lejos vio el número 3216, el taxi había cumplido su palabra y había llegado. El conductor se estacionó, abrió la cajuela para poner el costal de harina. Matilde se subió al carro, respiró aliviada, sin planearlo había experimentado que hacer un trato de palabra podía tener sentido cuando se asumía con responsabilidad.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.