Revista

Universo breve. 2. Recordatorio oportuno. Damaris Disner

Destacado

Recordatorio oportuno 

La gata café se acurrucó sobre la mesa. En esa posición era tan parecida al gato blanco. Recordó que desde que él murió no se sentaba a escribir en la terraza. Una notificación de Facebook le hacía saber que esa noche se colocaban las veladoras para las mascotas muertas. El golpe seco en el techo fue idéntico al que se oía en sus salidas nocturnas. No tuvo duda, fue su reclamo por pensar que regresaría en una gata; lo machista nunca se le iba a quitar. 

Voces ensortijadas 133. A paso de tortuga. María Gabriela López Suárez

A paso de tortuga

Por Maria Gabriela López Suárez

Enriqueta se decidió alcanzar a su hermano Javier que había ido de visita a casa de la tía Calixta quien vivía en la zona costera. Tenía más de tres años que Enriqueta no veía a la tía y deseaba saludarla. Así que aprovechó algunos días libres en el verano para hacerlo.

Doña Calixta era amante de los animales, hasta donde recordaba tenía gansos, conejos y gatos, no sabía cuáles eran sus favoritos. Javier le había dicho que ahora la tía tenía un integrante más, pero la dejó con la duda de saber quién sería.

La tía Calixta recibió con mucha alegría a su sobrina; para consentirla le preparó uno de sus platillos favoritos: Jaibas en chilpachole. Enriqueta no se quedó atrás y le llevó una canasta llena de galletas de canela que le había cocinado.

Como era de esperarse Enriqueta seguía con la curiosidad por conocer al nuevo integrante de los animales que tenía su tía. No tardó en conocerla, era una pequeña tortuga. Doña Calixta le adaptó un espacio de aproximadamente dos metros de largo y un metro de ancho, rodeado con pequeñas piedras y muchas maceteras  y con una parte que fungía como un pequeño estanque. 

—¡Tía Calix te quedó bien bonito el hogar para la tortuga!

—¿Verdad que sí Queta, es lo que le dije? —señaló Javier.

Doña Calixta agradeció los cumplidos y los invitó a cuidar a la tortuga. Enriqueta le tomó la palabra y a la mañana siguiente de su llegada se ofreció a darle de comer a la tortuga y cambiar el agua del estanque. Después de escuchar las indicaciones de su tía se fue al espacio e hizo las actividades. 

Al término de las tareas Enriqueta se quedó un rato observando el hogar de la tortuga, se colocó en cuclillas y se imaginó cómo sería vivir ahí como tortuga. Si ella fuera pequeña el espacio le parecería como una selva llena de vegetación. Contempló las plantas, todas eran muy lindas y permitían la entrada de los rayos del sol pero a la vez generaban sombra. 

Su mirada captó el momento en que la tortuga degustaba su alimento, estaba justo dentro del estanque, no tardó en terminarlo. Para la sorpresa de Enriqueta vio cómo la tortuga salió del estanque y comenzó a caminar al interior de su espacio; el paso que tenía no era como solía escuchar que la gente decía en frases  fue lento, como a paso de tortuga. Siguió observándola y se percató que la tortuga antes de iniciar su andar se había quedado con la cabeza levantada por unos instantes, como atenta a lo que percibía, a reconocer su espacio y de ahí comenzaba el recorrido, con un paso seguro y sin detenerse, sin lentitud, si había algo como una especie de obstáculo -una ramita, o una pequeña piedrita- la rodeaba y seguía su rumbo, pero no desistía. La tortuga llegó hasta al final de su recorrido y buscó espacio debajo de una de las maceteras que tenía más follaje. Enriqueta dedujo que quizá ahí estaba más fresco.

—¿Queta sigues aquí? Creí que ya te habías ido con Javier al mercado. 

—No tía Calix, me entretuve un rato más acá viendo a la tortuga, sabes, en la vida me gustaría ir a paso de tortuga.

El rostro de doña Calixta dibujo una sonrisa.

—Ah que niña, vaya que te gustó mucho la nueva integrante de la familia, sin duda tenemos mucho que aprender de los animalitos. Y te digo algo, también a mí. Pero vamos, que tu hermano te espera para ir por el mandado.
Photo by Chait Goli on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Absenta 28. Hombre Man. Erik García Briones

Hombre Man

 

EGB
EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Polvo del camino. 133. Bellísima noche. Héctor Cortés Mandujano

Bellísima noche
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

No he comido en todo el día, porque nadie ha comprado las chácharas que vendo.
	Al fin, alguien.
	Sólo me alcanzará para algo barato, unas quesadillas tal vez.
	Por el callejón, apenas algunos focos de luz amarillenta. 
        Huele mal. Miasmas.
	Me han dicho de tres viejas que venden comidas a precios módicos por aquí. 
        No conozco este rumbo.
	El local es pequeño, desastroso. Me asomo. Debe ser medianoche. Nadie. Basura, restos de comida. Movimiento. Una rata enorme. Otra y otra. Pienso, no sé por qué, que son las tres viejas. Me voy.
	Llego hasta el rincón donde dejé los cartones. Aquí duermo. El hambre contrae mis tripas. Me acuesto. ¿Tengo ochenta años o más?
	Cierro los ojos y me concentro en dormir. Oigo ruiditos. Entreabro los ojos y veo a las tres ratas descomunales.
	Una se convierte en una muchacha y me toma de la mano, me levanta hasta sus brazos, hasta su cuerpo oloroso, grato. Bailamos.
	La otra se vuelve una luz multicolor que acompaña nuestra danza. La tercera es mágica música.
	No tengo hambre, soy ágil, río, nada me hace falta. ¿Habrá alguien  en el mundo más feliz que yo en este instante?

***

[Dimos una función de teatro, La divinidad del monstruo, en Puebla, y salimos muy tarde. Era medianoche y teníamos hambre; encontramos –Alfredo, Nadia, Dalí y yo– algo que comer en un local pobrísimo atendido por dos ancianas. Goteaba el agua del lavabo, el olor de la comida lograba eclipsar los otros olores que yo supuse. Pasó por la calle y se acercó a nosotros un viejo esquelético, con una muleta, dificultades para moverse, una voz bajita y una caja de cartón. Vendía chucherías hechas de alambre y metal, evidentemente tomados de la basura. Nadia le compró una moto-encendedor. Se fue el hombre. Sentí desconsuelo por el viejo y las ancianas. Soñé con los tres en una pesadilla que terminaba horrorosamente. Decidí hacer mejor, apenas despertarme, esta fábula para conjurar la pesadumbre que adiviné en sus vidas. Quedé triste de todos modos.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Trabajo en alturas. 24. Aquí pasan cosas probables. Roger Octavio Gómez

Aquí pasan cosas probables
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

Se trata aquí de analizar la relación o diferencia entre los cuentos «El gato negro», (1843) de Edgar Allan Poe; «El rayo de luna» de Gustavo Adolfo Bécquer; «El reloj de Bagdad», de Cristina Fernández Cubas, por un lado. En una segunda partida tenemos los cuentos «Adiós, Cordera» (1983) de Leopoldo Alas, “Clarín”; «El revólver», (1985) de Emilia Pardo Bazán, y «Aquí pasan cosas raras» de Luisa Valenzuela.

Un lector medianamente suspicaz puede notar que, en el orden en que los he listado hay una graduación, no sólo en el tiempo de su publicación, sino en lo que Anderson Imbert (2020) registra, desde un ángulo pedagógico y bajo una análisis práctico, que viaja en la línea en que se pudieran presentar las mímesis de las realidades, o realidad, en un relato y que se sintonizarían entre dos puntos equidistantes: lo probable y la improbable. Pero también dos campos primarios: lo «no real» versus lo «real», entrecomillado ya que en tales términos hay sendas páginas de pensadores que obviaremos. 

Mi reto: intentar aclarar y desenredar el galimatías que se agolpa en mi cabeza con sólo ver los títulos. 

La línea de lo «no real»
Iniciamos el viaje de lectura con un cuento imprescindible: «El gato negro», cuyo autor cimentó bases firmes para la cuentística moderna y que permitió una compuerta para la generación de la narrativa fantástica: Edgar Alan Poe. Lo fantástico en su pureza: un cuento que apela ser una experiencia real, «No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia...» Un inicio que con variantes se ha vuelto un mecanismo muy recurrente; sin embargo, los acontecimientos son afectados por un hecho que coloca al lector en el umbral de lo irracional, donde las explicaciones basculan entre lo sobrenatural y hacia el hecho de que el protagonista es un alcohólico que sufre delirios y cambios violentos de carácter causados por su adicción. Sin embargo, quien nos narra las acciones es el mismo protagonista y las emite en un grado que hacen brindar explicaciones diversas, no sólo la locura temporal del protagonista sino, también, la existencia de hechos sobrenaturales que se manifiestan en su mascota: un gato negro. 

En «El rayo de luna», nos encontramos no sólo al Bécquer cuentista, sino al Bécquer que cubre el rango de frecuencias del pos-románticismo y el neoplatonismo que caracterizaron su obra, un escritor que fue prologado por Machado como precursor del modernismo en lengua española. Encontrar un paralelismo biográfico con Poe es posible, ambos huérfanos y genios, pero más, abarcaron la poesía, la crónica y la narrativa; también lo sublime y lo prosaico; en ambos escritores vemos un registro que abarca lo popular y el, mal llamado, culto. Bécquer es un escritor que se desenvuelve en una época donde estaba en auge el realismo y no ha de haber sido fácil la aceptación por parte de la crítica de un pensamiento que plasma la búsqueda de un ideal que sabe inalcanzable. En el cuento leído no puedo evitar referirme a sus rimas, tan icónicas, donde se describe lo ideal, lo sublime, en el amor una mujer, o mujeres, y principalmente su «Rima 40 ». El cuento, por otra parte, simula iniciar con el mecanismo que mencioné en Poe: advertirnos que narrará algo que tiene bases en la realidad. Sin embargo, en Bécquer esto será un engaño, nos predispone para lo fantástico más nos lleva por otro camino. El personaje de Bécquer persigue lo que parece ser una mujer, luego el máximo ideal femenino, y cuando sospechamos que persigue un fantasma se devela un simple rayo de luna, ha perseguido una luz blanca que había sido magnificada por la imaginación del protagonista quien queda en un estado de sufrimiento tal que le impide volver a contactar un mundo en el que ha descubierto lo efímero. Nada en este mundo, parece decir Bécquer, tiene sentido si lo que se atisba como lo ideal (lo platónico) no se puede concretar, es un fantasma imaginario, un rayo de luna que ha confundido los sentidos. Nadie lo comprende, la figura del romántico contra el pragmatismo que le invita a palpar una vida que no es más que «luz blanca». ¿Es un cuento misterioso? No. El narrador dice que se basa en una leyenda que tiene un componente real, más la solución a las posibles respuestas se dan en la psicología del personaje que despierta a una realidad que no es apreciada por la mayoría y que lo colocaría como dudoso, los razonamientos de un loco; lo extraño, la postura de un romántico. Diría que es un cuento filosófico y, sin que llegue a lo didáctico, por lo tanto, realista.

En «El reloj de Bagdaj», Cristina Fernández Cubas nos presenta el uso formal, en la literatura contemporánea, de la tradición fantástica en la línea de Poe, pero también en la de Henry James. Un objeto introducido en la casa, un reloj antiguo, parece ser el causante de las peripecias que cambian la fortuna de los personajes del cuento. Las fantasías de niños y las supersticiones de las viejas nanas permiten acrisolar la posible incursión de lo sobrenatural, diabólico, en la casa, la cual de por sí era ya habitada por ánimas mansas. Tal incursión quizá sea una fantasía generada por la aversión que causa el objeto fabricado en una tierra infiel, árabe; “no cristiano” y por lo tanto dudoso. Mas, ¿es todo aquello producto de la imaginación? Al final, la protagonista ve en el padre adusto un gesto, uno que nos comparte como prueba de que los hechos maravillosos no tenían sólo una explicación lógica sino también irracional y maravillosa: que las animas y fantasmas son reales.

La selección «real»
En la selección «realista» tenemos en primer lugar a Leopolodo Alas “Clarín” con «Adiós, Cordera», un cuento inscrito plenamente en el naturalismo, que es una proyección del realismo hacia el determinismo, que se opone, además, al romanticismo y que llega a negar a aquel realismo que le sirvió de base. Veo en la estructura del cuento tres capas, la primera es la descripción del universo donde habitan dos niños: Rosa y Pinín, quienes gastan el día en apacentar por los caminos a una vieja vaca, la cual parece suplir el hueco que ha provocado la orfandad materna. Cuidan además de que la vaca no se acerque a las vías del tren. Curiosamente, a modo de nota, Bécquer en su labor de corresponsal periodístico en la inauguración del ferrocarril del Norte (Suárez, 1995), el tren parece ser una esperanza de progreso y caballo secular del movimiento de la vida. Pero en Clarín las vías ferroviarias representan la línea fría e inmutable que causa disturbios en la placidez rural. Los niños cuidan que la vaca no cruce las vías, el ferrocarril es mortal. Las presiones económicas provocan que el padre tenga que vender a La Cordera, hay gran resistencia por su parte, sube el precio en un acto desesperado, un «sofisma del cariño» de ese hombre rudo. Las presiones son tantas, no se puede resistir a lo que ya está determinado, tiene que venderla. Lo niños observan con rencor hacia el ferrocarril que se lleva a las reses para ser consumidas por seres que viven más allá, donde se celebra el progreso. La segunda línea del cuento es el reflejo del destino de La Cordera en el espejo de Pinín, quien crece y se vuelve un mozo fuerte y que es reclutado por el rey para ir a la guerra. Es llevado en el tren, a morir. La tercera línea es el despertar del lector en esta realidad, con la crudeza que la ficción tratada como lo hace Clarín coloca en la conciencia. A pesar de los años que pasan, el cuento es fresco, ni siquiera la inserción de palabras de un lenguaje rural español confunden. En mi país no hay levas oficiales para la guerra, mas desesperados campesinos mexicanos viajan al norte, en tren, en busca de esperanza en un país que nos desprecia, para evitar las levas que sí existen: las del narcotráfico, pero pienso también en las olas migratorias de africanos hacia Europa. Más de alguno llevará los recuerdos de sus pérdidas y gritará en su partida: «¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!»

Emilia Pardo Bazán en «El revólver» nos presenta la narración de una mujer que sufrió la violencia psicológica ejercida primero por una sociedad que la instaba a contraer matrimonio y, luego, por un esposo inseguro que sufría celos enfermizos. Hay, como en el cuento de Clarín una exposición objetiva de sucesos, sin moralina, y que sin embargo muestra con crudeza los hechos. Platicando con un profesor, Héctor Cortés, comentaba que (lo parafraseo libremente) si se atravesaba un barrio peligroso en la noche, con un maletín de dinero, era inseguro, pero que tal inseguridad se incrementaba exponencialmente si quien caminaba por esas calles era una mujer con minifalda. Ser mujer es más peligroso en el mundo hispano y latino que lo que ningún hombre pueda imaginar. Emilia Pardo Bazán plasma en pocos párrafos un cuento que puede develar parte de esa situación.

En «Aquí pasan cosas raras» Luisa Valenzuela, un narrador intradiegético nos brinda un acercamiento a las peripecias psicológicas que sufren Mario y Pedro cuando encuentran dos objetos que alguien olvidó: un portafolios, primero y, después, un saco. El temor de que alguien los pueda seguir o que los puedan ver como «sospechosos de algo», los ponen alertas hacia algo que parece ser sólo producto de una imaginación temerosa pero que se convierte en un motivo para irnos presentando, en lo aparentemente ordinario, el ambiente decadente en el que moran. No es que el mundo haya cambiado por el hecho de hacer contacto con los objetos, sino que sus instintos se han movido de tal manera que perciben el mundo real. Cada día la rutina nos hace enmascarar situaciones que, por tan rutinarias, dejamos de percibir. Luisa Valenzuela desenmascara esa rutina. ¿Podemos hablar aquí de un neo-naturalismo? Los hechos son presentados, no hay discursos denunciantes ni moralinas, la vida de los protagonistas parece estar determinada por su medio ambiente y no la pueden cambiar. Vemos que los protagonistas temen a la policía más que sentirse seguros con la presencia de ellos, estudiantes que son apresados, un hombre que no soporta su suerte y llora en público por no poder encontrar trabajo, los chismorreos en los cafés, en fin, lo que viven a diario, pero desde una nueva perspectiva. Mientras leía este cuento no pude evitar recordar el que citamos unos párrafos arriba: «El reloj de Bagdad», donde la intromisión de un objeto mueve la psique de los protagonistas y en apariencia precipita el nudo de la historia. Los protagonistas dejan los objetos que les han causado tal desequilibrio de temores y vuelven al mundo ordinario, ajenos de nuevo a las cosas raras que pasan.

A modo de conclusión
Los cuentos, dice Enrique Anderson Imbert, «por ser poéticos, escapan a toda clasificación lógica» (178), sin embargo, él mismo lo aclara, hay una finalidad didáctica en la intención de clasificarlos. El mismo Anderson quita al lector un poco del poder de construcción que había dado la escuela semiótica de Roland Barthes que declaraba la «muerte del autor», considero que a falta de un autor (como lector ideal) que explique los sentidos intencionales en el cuento, el lector atento sigue siendo el mejor portador de una autoridad que gana en el momento de hacerse presente en el acto de la lectura. Las posibilidades didácticas que da, por otro lado, la lectura de la crítica bien intencionada no quita el disfrute, lo lúdico, de intentar hacer una reinterpretación de sentidos y escribirlos en un ensayo. Salvadas las distancias con la crítica, me ha gustado mucho leer, pero también escribir sobre mi lectura y exponer sentidos que quizá no puso el autor, o quizá sí. 

Bibliografía

Velasco, Emilia. (2020) Selección de textos para la materia de Narrativa Breve. Material proporcionado para fines didácticos, consultado el 24 de septiembre de 2020. Universidad de Salamanca, aula virtual. 

Anderson Imbert, Enrique. “Cuentos realistas y no realistas” en Teoría y técnica del cuento, pp. 166-178, 4ª edición. Material proporcionado para fines didácticos, consultado el 24 de septiembre de 2020. Ed. Ariel letras.

Suárez, Ana (1995). “Bécquer en el espíritu de la Castilla Azoriana” en El Gnomo 4. Boletín de estudios becquerinanos. Rubio, José, director. Universidad de Zaragoza.  

Merino, José María (2015). Cuentos del reino secreto. Barcelona: Alfaguara.

Sargatal, Alfred. “Esquema de análisis de un cuento” en Introducción al cuento literario. Introducción al género y guía didáctica. PP. 337-339. Fragmento proporcionado para fines didácticos. Ed. Laertes.

Zavala, Lauro. “La dimensión fantástica en la minificción hispanoamericana”, material proporcionado con fines didácticos, consultado el 9 de septiembre de 2020.
Ilustración: Cartel de Marabunta Colectivo Escenico, por Juan Ángel Esteban Cruz

Absenta 27. En la sombra. Erik García Briones

En la sombra

 

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Polvo del camino. 132. El hígado y el corazón de un pez. Héctor Cortés Mandujano

Evocadas páginas de otro libro/ VII
El hígado y el corazón de un pez

Héctor Cortés Mandujano

Tobías hablaba constantemente con su ángel de la guarda, aunque éste no siempre, sino muy rara vez contestaba sus preguntas o mostraba su presencia más bien fantasmal y gigantesca. Tobías, por eso, a veces pensaba estar loco cuando hablaba con el aire mudo.
	Estaba enamorado de Sara, a quien no había confesado sus sentimientos, porque, consultado antes de dar ese paso, su padre no estaba de acuerdo con el eventual matrimonio. Tampoco el padre de Sara lo quería como yerno. 
         —¿Qué hago? ¿Qué hago?, preguntaba al aire. 
         “—Espera” –pensó oír en algún momento.
	 “—Espero qué”. 
         Silencio.

Un día su padre, como el rey Hamlet, decidió tomar una siesta bajo la fresca sombra de su jardín. Un gorrión jugaba entre las ramas. Cuando el padre dormía con placidez, el gorrión voló a la altura exacta, en la coordenada precisa, para que su deposición entrara completamente en el oído del durmiente. 
	El padre despertó con alaridos y dijo a Tobías, quien llegó presto, que el excremento de gorriones era mortal, que moriría sin remedio (estaba seguro que eso era lo que tenía en el fondo de su oído, pues había visto al pájaro revolotear antes de entrar al mundo inconsciente del sueño). Le pidió que fuera a cobrar a uno de sus deudores una fuerte suma para dejarlo con dinero suficiente y pudiera hacer frente a la administración de la finca y las responsabilidades que suponían ser cabeza de familia.
	Tobías corrió a cumplir el encargo y daba voces a su ángel, que, si estaba por allí, ignoraba su desesperación. Tenía que cruzar un río para llegar a su destino provisional. Cuando iba a la mitad, sintió una terrible mordida en su calcañar: era un pez enorme.
	Rafael, su ángel, se le apareció y le dijo: “No le dejes escapar, ese es la solución de tus problemas. Sácalo del agua y arráncale el hígado y el corazón”.
	Eso hizo Tobías, no sin esfuerzo. Volvió con el hígado hasta su padre y, en obediencia a las instrucciones del ángel, se lo dio de comer crudo. El padre sintió que su vida estaba de vuelta y dijo a Tobías que le cumpliría cualesquiera de sus deseos.  “Quiero que aceptes a Sara como mi esposa”. 
        “—Concedido” –dijo el padre vuelto a vivir.
	Tobías fue hasta la residencia de Sara y sus padres, que estaba ocupada, también, por espíritus malignos, diablos poderosos. Ninguno, le dijo el ángel, podrá resistir el humo del corazón del pez, que quemarás en el centro de la casa.
	Tobías y Sara se casaron ante la mirada complacida de los padres. En la noche de bodas, Tobías deseó que el ángel no estuviera viendo a su mujer desnuda y luego a él con ella haciendo lo que los ángeles nunca podrán. No podía estar seguro. De todos modos, se portó como si sólo estuviera con ella. Y así lo siguió haciendo en las noches subsiguientes… 

[Aunque modificadas varias circunstancias, este cuento tiene como base el bíblico Libro de Tobías.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

de México y el extranjero.

Voces ensortijadas 132. La puesta del sol. María Gabriela López Suárez

La puesta del sol

Por Maria Gabriela López Suárez

Rafaela estaba por terminar de preparar un pedido de rosca de mantequilla con arándanos que le habían requerido para la tarde - noche de ese miércoles. El aroma que salía de su cocina era delicioso. Ya había apartado una rosca para Roberta, la niña que era su vecina, era fan de su rosca y tenía un olfato inconfundible para detectar cuándo la preparaba.

—¡Mamá, Rafaela está cocinando rosca de mantequilla! ¡Huele riquísimo!

—¡Ay Roberta vaya que eres muy buena identificando sabores en la cocina! Rafaela te consiente mucho, seguro que al rato te trae unas rebanadas.

El rostro de Roberta dibujó una sonrisa de oreja a oreja. Sabía que su mamá tenía razón. Sin embargo, esa ocasión ella quería obsequiarle algo a Rafaela. Le propuso a Abigail, su mamá si preparaban chocolate con leche y le compartían a Rafaela. Abigail dijo que era una excelente idea y se dispusieron a hacer la bebida.

Rafaela continuaba atareada terminando de decorar las roscas, no era por nada pero le habían quedado muy bonitas. Y qué decir del sabor, una de sus catadoras era Roberta quien, con toda la sinceridad que hay en la niñez, le solía compartir qué tal le habían quedado cada vez que le compartía. Lo hacía muy a su manera, sin esas poses que luego la gente adulta adopta, para quedar bien. 

—Aquí está la rosca para Roberta y Abigail y ahora me daré un receso para que en un rato más se la lleve y luego esté pendiente que vengan por el pedido.

Salió a su patio, tenía la fortuna de contar con un espacio mediano de terreno que le permitía tener árboles frutales y escuchar en cada amanecer y atardecer los conciertos naturales de los pájaros que solían llegar a visitarla. Se sentó sobre una piedra que tenía como especie de banco y dirigió su mirada hacia el rumbo donde se oculta el sol, observó atenta, había llegado a tiempo para contemplar la puesta del sol. Era una actividad que solía hacer las veces que le era posible, le gustaba darse el tiempo para eso, cada puesta del sol era distinta y no dejaba de asombrarla, además era efímera y por eso prefería estar antes. Las tardes de verano tenían su encanto especial.  

No tardó en escucharse que alguien tocaba la puerta en la casa de Rafaela. 
Primero fue un toquido leve, luego comenzó a ser un poco insistente. Antes de abrir Rafaela revisó la hora para verificar si eran sus clientes que llegaban por el pedido, no, aún faltaba más de media hora. Luego se fue percatando que ese estilo de tocar podría corresponder a la pequeña catadora de roscas.

—¡Ya voy! ¿Quién es?

—¡Hola! Soy Roberta, ¿me abre?
  
Rafaela abrió la puerta y saludó a Roberta quien muy sonriente correspondió al saludo y le dijo que le llevaba un obsequio, al tiempo que le entregaba la jarra con chocolate que había preparado con su  mamá.

—¡Muchas gracias Roberta! No tenían por qué molestarse, yo les tengo rosca para compartir, espero que les guste. ¿Qué te parece si le preguntas a tu mamá si quieren venir a tomar este chocolate conmigo y degustamos la rosca?

—!Sí!, gracias Rafaela, ahora le digo —respondió entusiasmada.

Mientras Roberta salía corriendo a su casa, Rafaela se asomó al patio, el sol se había retirado pero el cielo conservaba esos tonos cálidos de una tarde de verano, de esos que invitan a contemplarse.

Photo by Camille Cox on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 23. Literatura para despertar niños. Roger Octavio Gómez

Literatura para despertar niños
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

Son varias las lecturas que realicé a la novela Perseo TS, de Luis Rincón, o más bien, fueron varios los puntos de vista que tomé para leerla. Uno fue desde la perspectiva de quien conoce la historia (que no la obra) de viva voz del autor. Cuando Luis le estaba dando forma y nos contaba sobre su proyecto, yo me preguntaba cómo le haría él para lograr refrescar un mito tan recurrido, mezclarlo con sus vivencias y dirigirla, además, a un público muy exigente: el infantil y juvenil. Me sorprendió el resultado cuando la leí ya publicada. Me sorprendió más cuando la sometí a una prueba de fuego: Leérsela en voz alta a mis hijos. 
          Se las comencé a leer con la ingenua idea de que era para que se durmieran; resultó que los desvelaba porque querían que les leyera el siguiente capítulo. Les interesó tanto que llegué a usarla como medio de coerción –si no hacen la tarea, no les leo el siguiente capítulo, en fin, lo que hace todo papá desesperado por un par de hijos normalmente traviesos–. A la mañana siguiente, continuaban entusiasmados. Perseo saltó del libro al juego infantil. Maximus Gladiator, uno de los personajes, fue personificado por mi hijo en múltiples batallas imaginarias por toda la casa y Palas Atenea, la infalible diosa, lazó rayos desde la mano de mi hija que luchaba contra su molestoso hermano. Cuando finalizamos la novela me preguntaron en coro: “¿Cuándo va a salir la segunda temporada?”
	Durante la preparación de este ensayo, recordé una definición que hizo Stephen King (en Mientras Escribo, Plaza y Janes) sobre la literatura: Dice que escribir es un ejercicio de telepatía. Cuando se hace bien, hay una comunicación virtual entre los lectores y el autor sin que tenga que mediar más medio que la imaginación. Hay puntos en el que las mentes se comunican con nitidez. Esta novela es de esas, de las buenas y de las que generan puntos “telepáticos”. 
	Harold Bloom, un importante crítico, dice que leer sirve para fortalecer nuestra personalidad y averiguar cuáles son nuestros intereses más auténticos. Este autor coincide con la opinión de Augusto Monterroso sobre que el acto de leer es un asunto personal y no social. Este último opina que escribir es “una chifladura que habría que disfrutar como tal para que los demás puedan recibir parte de ese goce” (en Viaje al centro de la fábula, 1989). Leer literatura es y debe ser: gozo. 
	Menciono esto porque Luis Rincón es un autor que ha evolucionado dentro de la literatura infantil y juvenil. Se ha alejado de los clichés y formalismos que habían aquejado a los textos dirigidos a niños y logró posicionar su literatura de tal manera que la enfocó a los verdaderos niños. A lectores inteligentes que exigen historias con peso, sustanciosas y complejas.      

También recordé mis años como estudiante de nivel superior. En especial una materia en la que me enseñaban álgebra booleana y su aplicación a la tecnología. Resulta que realizamos en papel, usando estas matemáticas y lo que se llamaba “compuertas” (and, or, nor, nand, xor, xnan) (¿hay algún ingeniero en electrónica entre el público?)… En fin, que una de las tareas fue hacer un organismo que no pudiera realizarse más que con álgebra. Podíamos crear lo que fuera, incluso un dispositivo para comunicación telepática. La limitante (que era lo que quería demostrar el profesor) era la tecnología del momento. Es decir, se nos pudo haber ocurrido crear una máquina de realidad virtual pero en papel (hablo de hace apenas 20 años). Resulta que Luis creó, sin álgebra booleana ni tecnología de punta una “tableta” de realidad virtual que, además, si se lee en conjunto puede llevar a una comunicación telepática. Por si fuera poco, metió dentro de ella a los dioses y mitos griegos; creando, además, un espacio transdimensional.  La literatura se acerca al futuro y crea futuro. La imaginación llega a la realidad mucho antes que la realidad misma. En algunos años tendremos dispositivos que generen espacios transdimensionales, así como llegamos a tener los submarinos de Verne o los helicópteros de Da Vinci. La literatura no tiene límites y por eso se anticipa al futuro. Las mentes infantiles no tienen límite y por eso no se les puede limitar la literatura que se dirige a ellos. Vean (mostrar el libro y hojearlo), es un libro con muchas letras, con pocos dibujitos. Léanlo y verán que dentro han una tableta llamada Perseo TS que crea realidades virtuales y que permite a padres e hijos comunicarse telepáticamente.
	Aunque la historia que nos presenta Luis tiene como base el precioso mito griego de Perseo y Medusa, coloca a un héroe que el lector puede palpar: a él mismo. Uno puede identificarse con el protagonista y, realmente, entrar en un mundo virtual para luchar contra criaturas terribles en un espacio que Luis define como “transdimensional”. Los trajes de los personajes, por otro lado, muestran la personalidad de cada uno de los personajes y, también, desnuda la personalidad de los lectores. Son avatares que se parecen mucho al avatar hindú: la encarnación de una deidad. Somos Perseo, la Gorgona, las Grayas, los héroes y los monstruos, y lo seguimos siendo cuando cerramos el libro. 
	La novela Perseo TS ostenta el "Premio Internacional Invenciones de Narrativa Infantil y Juvenil". En el título tan largo de tal galardón, me gustaría llamar la atención que se trata de una distinción sobre narrativa y centrar en que esta es un género literario. Sin pretender entrar en controversia con tantas definiciones existentes, la literatura se refiere a una expresión artística y está destinada a causar un placer estético. No es un libro de texto ni tiene la finalidad de aleccionar a jóvenes y niños, tampoco es un libro ingenuo; toca sentimientos, miedos, valor, expresión humana que trasciende. Esta novela, como ya se ha dicho y como su título indica, rescata los mitos griegos; pero hace algo más: los pone a nuestro alcance y nos da la oportunidad de entrar en un espacio donde podemos ser los héroes y tener la oportunidad de luchar en situaciones que superan nuestro poder físico, pero estaremos vestidos con trajes especiales que no ayudarán a vencer lo que se nos ponga enfrente, incluso a nosotros mismos. 

A los que son padres de familia o que convivan con pequeños genios, les recomiendo hacer la lectura en voz alta, de tal manera que puedan hacer más fuerte el ejercicio telepático que significa leer literatura. Tengan en cuenta que este no es un libro para dormir niños; es, como toda literatura infantil debe ser: para despertarlos. Léanlo con cuidado, porque puede despertar también al niño que vive en cada uno de nosotros.

[El presente texto fue leído durante una presentación de la novela Perseo TS, de Luis Antonio Rincón García en 2016 en la librería del FCE José Emilio Pacheco de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, México]
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Voces ensortijadas 131. La aventura de hacer un examen. María Gabriela López Suárez

La aventura de hacer un examen

Por Maria Gabriela López Suárez

Circe acudió a la universidad para presentar su examen de admisión, tenía la firme decisión de estudiar Diseño Gráfico, en su casa querían que siguiera la tradición familiar de estudiar Contabilidad.

—Lo mío, lo mío, no son los números, más que para sumar o restar cuando hago mis cuentas de gastos —solía decir Circe, cada que que le mencionaban sutilmente la carrera que más elegían en la familia.

Llegó temprano a la escuela, sin complicación alguna pasó al aula y esperó las indicaciones. El tiempo le parecía lento previo al inicio del examen. Cuando empezó, le dio una ojeada al cuadernillo de preguntas, casi se va de espaldas.

—¡Madre mía, 210 preguntas! Con 4 horas para responder, uff, espero que me alcance el tiempo. Sin duda, la sección de Mate es la que me dará un poquito de dolor de cabeza, —pensó. Mientras se apresuraba a resolver la sección de Inglés.

Le tocó sentarse al lado de una ventana, inquieta como era Circe, no dejaba de echar un ojo a lo que pasaba, vio algunos estudiantes que llegaron tarde, así como también que el cielo soleado poco a poco se fue nublando.

—Solo espero que llueva una vez que yo haya salido de la escuela —dijo para sí.

Circe trató de no revisar su reloj para no atormentarse y entrar en estrés. Prefirió observar a un pequeño insecto que caminaba sobre el cristal de la ventana.

—¿Caminará más pronto para llegar del otro lado de la ventana antes que yo termine de resolver los problemas de Mate? —se preguntó.

Siguió respondiendo el examen y en efecto, el pequeño visitante no había dejado rastro alguno para cuando Circe concluyó los problemas.

De nuevo, se dejó cautivar por lo que observaba a través de la ventana, el pasto era como una especie de alfombra roja para un zanate que caminaba con un ritmo que dejó asombrada a Circe, era un caminar apresurado pero con elegancia.

Una compañera del grupo preguntó la hora, Circe se percató que solo le quedaban aproximadamente cincuenta minutos para concluir el examen, llevaba un 80% contestado. Se dio prisa y ya no volvió a ver a la ventana hasta que terminó.

Aún le dio tiempo de hacer una revisión general de sus respuestas, mientras pensaba que ojalá le fuera muy bien y quedara en la carrera, de lo contrario le tocaría repetir la aventura de hacer un examen. Entregó la prueba y se dispuso a regresar a casa, mientras el viento  le acariciaba el rostro. La lluvia no tardaba en llegar.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 131. La conversación en «Peor para el sol», de Sabina. Héctor Cortés Mandujano

Apunte de oído/ 9 
La conversación en "Peor para el sol, de Sabina 

Héctor Cortés Mandujano

Joaquín Sabina (Úbeda, Jaén, 1949) no sólo es evidentemente un gran lector; también tiene un oído entrenado para la poesía. Escribió muchos sonetos para la revista Interviú, que luego fueron parte del libro Ciento volando de catorce (AGT Editor, 2001). En algunas de sus canciones es obvio su conocimiento poético y su dominio del idioma.
	“Peor para el sol” (de su álbum Física y química, de 1992) es, aunque no lo haya explicitado con ningún dueto (creo), una conversación, que yo remarco con guiones. Se supone que, en un bar, un hombre pregunta el nombre a una mujer (esta no lo dice de forma explícita la letra de la canción, es la inferencia previa) y ésta le dice en los versos que canta únicamente Sabina:
	“—¿Que adelantas sabiendo mi nombre? Cada noche tengo uno distinto, y siguiendo la voz del instinto me lanzo a buscar… 
	“—Imagino, preciosa, que un hombre…
	“—Algo más: un amante indiscreto, que se atreva a perderme el respeto, ¿no quieres probar? Vivo justo detrás de la esquina, no me acuerdo si tengo marido. Si me quitas con arte el vestido, te invito champán.”
	El personaje que nos cuenta la historia es el hombre del bar, que nos dice: “Le solté al barman mil de propina, apuré la cerveza de un sorbo. Acertó quien ‘El templo del morbo’ le puso a este bar”. (‘El templo del morbo’, es, hay que decirlo, un pésimo nombre para un bar, pero tal vez sólo eso le rimaba a Joaquín. Es como Juan Gabriel, que en “Amor eterno” rima Sepulcro con Acapulco… A veces las musas están distraídas.)
	La canción nos sigue contando la aventura con la misma forma conversada: van al depa de la mujer, esnifan una raya de coca (“Nos sirvió para el último gramo el cristal de su foto de boda”; estas imágenes canallas de Sabina, me parecen impostadas; son usuales en sus canciones. Parece que quisiera asustar al auditorio: ‘Oh, qué falta de respeto, qué malvados’), se desnudan. La mujer, en su papel de devoradora, le informa que no se debe enamorar, en otra de sus declaraciones de mala telenovela (“con el alba tendrás que marcharte para no volver”).
	La respuesta de él tiene el mismo temblor melodramático: “Es mejor, le pedí, que te calles; no me gusta invertir en quimeras. Me han traído hasta aquí tus caderas, no tu corazón.”
	Tienen sexo, sin remilgos, como ella propone (“en mi casa no hay nada prohibido”) y que él resume, con cursilería (“Ya sabéis, copas, risas, excesos, ¿cómo van a caber tantos besos en una canción?”). Sabina reconoce, en una entrevista que le oí, que en una canción un elemento central es la cursilería; ésta tiene un evidente desbalance entre lo canalla y lo azucarado. [No quiero sugerir que mi corazón es de piedra; suelo también ser cursi, aunque hay cosas que, llevadas al extremo, como en “Peor para el sol”, me dan ñañaras.]
	Lo previsible ocurre al final: el hombre regresa al bar, herido por la experiencia, y se encuentra con que ella también ha vuelto (“Me moría de ganas, querido, de verte otra vez”. Oh, el amor existe, exclamaría una quinceañera).
	Lo menos logrado de la canción, me parece, es el estribillo, que dice el hombre a quién sabe quién: “Peor para el sol, que se mete a la siete a la cuna del mar a roncar, mientras un servidor le levanta la falda a la luna”.
	Lo llamativo es la eficacia de un compositor, bastante popular, que es capaz de disfrazar un diálogo como si fuera un texto continuo, sin perder el hilo de la trama. Y hacer que una historia, contada con cierta complejidad, parezca tan simple de escribir…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.