Universo breve. 2. Recordatorio oportuno. Damaris Disner

Recordatorio oportuno 

La gata café se acurrucó sobre la mesa. En esa posición era tan parecida al gato blanco. Recordó que desde que él murió no se sentaba a escribir en la terraza. Una notificación de Facebook le hacía saber que esa noche se colocaban las veladoras para las mascotas muertas. El golpe seco en el techo fue idéntico al que se oía en sus salidas nocturnas. No tuvo duda, fue su reclamo por pensar que regresaría en una gata; lo machista nunca se le iba a quitar. 

Líneas de desnudo. 26. El oficio del editor III. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 26

El oficio del editor III
Por Manuel Pérez-Petit

Igual que todo cabe en los libros, todo cabe en nuestra cabeza, en la de todos y cada uno. Otra cosa es que lo ejercitemos, que si no lo hacemos tampoco pasa nada. No estoy aquí para prescribir, menos mal. Pero la vida sigue su curso, y no podemos clavarnos solo en lo que nos acucia.
            Hablemos hoy de racionalidad, que es el atributo cognitivo en que se enmarca y desarrolla la capacidad de pensar, evaluar, entender y actuar de todos y cada uno. No debe confundirse con la inteligencia. Hay personas muy inteligentes que no tienen capacidad alguna de raciocinio. Doctores tiene la iglesia, como suele decirse, y no abundaré en temas que son más propios de científicos que de humanistas, dos cosas que no deberían tampoco confundirse, como ya deberíamos tener asumida la diferenciación de la trinidad información-conocimiento-sabiduría, aunque sea de manera intuitiva. La lógica, por su parte, además de una disciplina de la filosofía, es, por decirlo de algún modo, la forma en que se expresa la racionalidad de cada uno en cada uno. Por lo general, la mayoría de nosotros utilizamos la lógica racional –reconozco que en esta afirmación soy generoso–, que conforma lo que llamamos sentido común, mediante lo cual decidimos qué tiene sentido o qué no lo tiene. Pero con solo el uso de la lógica racional no se puede de ningún modo ser editor, pues hacen falta muchas más herramientas cognitivas e intelectivas para ejercer este oficio tan antiguo y complejo.
            Igual que se dice que todo está en los libros –y yo lo creo–, todo está en nuestra cabeza –así, dicho literal–. Otra cosa es sacar de nuestras mentes todo lo que se puede sacar. Nuestras capacidades cognitivas e intelectivas pueden entrenarse y desarrollarse. El ejercicio de la memoria –no confundir con la memorística, fruto de la capacidad de memorizar–, por ejemplo, se puede trabajar al punto de que todos tenemos capacidad de reconstruir nuestras propias historias de vida, incluso por encima de los recuerdos, los cuales, por lo general, vienen a distorsionar nuestra memoria, por cuanto son siempre subjetivos, en tanto la memoria es identitaria, y, por eso, tiende más hacia la objetividad. Es en nuestras capacidades cognitivas –relacionadas con el conocimiento– e intelectivas –relacionadas con el entendimiento– donde radica la clave. Un editor debe ejercitar y desarrollar ambas. 
            Para comprenderlo, debemos seguir abundando en los niveles superiores de la lógica, una vez visto que el nivel básico –el racional– no es suficiente. Si ascendemos por la escala, nos encontraremos con la lógica analógica, que nos permite poner en relación una cosa con otra. Es lo que conocemos por analogía, en realidad también un método simple de deducción que nos permite, por ejemplo, separar las obras literarias por géneros, no solo por narrativa, poesía, teatro…, sino por novela histórica, policíaca, de amor… Está bien poder poner en relación una obra literaria con otra y así tener un método, una categorización, pero esto es a todas luces insuficiente para ser editor, lo cual nos obliga a subir un nivel más en el desarrollo de la lógica: la silogística, mediante la cual se puede poner en relación una cosa con otra y sacar una conclusión, de carácter deductivo. Este nivel de la lógica no es tan simple como los anteriores, pero tampoco habilita a una persona para el oficio de editor, lo que nos obliga a acudir aún a un nivel superior: la lógica heurística, que nos pone en la situación no ya de relacionar una cosa con otra sino de conocerlas –comprenderlas– a fondo y establecer un debate. La heurística, conocida como ciencia del descubrimiento, permite resolver problemas y desarrollar la creatividad. Es el único nivel de la lógica en que puede moverse un editor, que, en el marco de la pragmática lingüística, debe interesarse en la interpretación de cada obra, por ejemplo, y su contexto, entendido éste en su conjunto –como situación, según dirían los expertos–, teniendo en cuenta los factores extraliterarios que condicionan al autor en cuanto hacedor de una obra, esto es, a todos los factores que no son en sentido estricto formales. Es en este nivel, ya digo, del desarrollo cognitivo e intelectivo en el que solo se puede ser de verdad editor. 
            Y esto no es teoría.  Es más, en la posibilidad de abrir las capacidades cognitivas e intelectivas a mucho más de lo habitual está la clave del desarrollo real y efectivo de este oficio desconocido que es el de editor. A ello se puede llegar con dinámicas, juegos, estrategias tendentes, en primer lugar, a romper las barreras mentales que, por motivos culturales y/o educacionales, se llevan, por decirlo de algún modo, “de fábrica”. En esa línea, se tendría que poder responder rápido a preguntas que nos rompen los esquemas. Y para empezar con ello no conozco nada mejor ni más adecuado que una obra de Gianni Rodari (1920-1980), escritor, pedagogo y periodista italiano, “Gramática de la fantasía”, subtitulada “Introducción al arte de contar historias”, publicada en 1973 por cierto por uno de los más notables editores de todos los tiempos, Einaudi. En “Gramática de la fantasía”, un ensayo pedagógico dirigido a docentes, padres y animadores, según sus propias palabras, para quien cree que es necesario que la imaginación tenga su lugar en la educación, para quien confía en la imaginación infantil, para quien conoce el poder de liberación que puede tener la palabra, Rodari exprime las posibilidades de la inventiva a través, en efecto, de la palabra, para lo cual comienza con romper las estructuras lógicas del lenguaje, que es en los términos en que se mueve la mente de las personas, y pasa del “qué pasaría si...” a proponer retorcimientos de la lógica en forma de ejercicios de lo que podríamos llamar “gimnasia intelectiva”, con técnicas hoy ya tan populares como la de “el binomio fantástico” –tomar dos palabras en nada relacionadas entre sí para inventar la manera de relacionarlas–, la “ensalada de cuentos” –mezclando cuentos tradicionales en uno solo– o “los cuentos al revés”.... Técnicas todas ellas eficaces, y lo digo también por experiencia, en la tarea de cualquier creador y, por ende, de cualquier editor, que debe tener las mismas condiciones que un autor y editar su obra sin intervenirla.
            Toda mente es maravillosa, pero toda mente ejercitada es incontenible. Si la mente del editor no es incontenible, no podrá ser nunca un buen editor.

   
Portada de la pirmera edición de “Gramática de la fantasía”, de Gianni Rodari. 1973.
Fotografía:  Portada de la primera edición de "Gramatica de la fantasía": GIANNI RODARI, Grammatica della fantasia. Introduzione all’arte di inventare storie. Giulio Einaudi editore, Torino, 1973 (prima edizione).

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 25. Hombre-Voluntad. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 25

Hombre-Voluntad
Por Manuel Pérez-Petit

La lucha de Manuel es como la de Sísifo: eterna, ciega, 
absurda, pero inmanente a su forma de entender el caos.
Antonio Florido

Vaya por delante mi agradecimiento a mi muy querido amigo, el escritor de Carmona –lo cual ya es un grado– Antonio Florido, quien, estoy seguro que motivado por su aprecio personal, tuvo a bien escribir acerca de mí, y, a colación de mi artículo publicado en Letras, ideaYvoz el pasado día 16 de febrero, titulado Vivir es amar, hasta en dos medios digitales españoles (periodistadigital.com y elcorreodeespana.com), se descolgó con una reproducción de mi ya mencionado texto como percha para una reflexión en que me define como Hombre-Voluntad. Y, en efecto, lo soy, como también es cierto que no pocas veces a lo largo de los años he querido mandar a la voluntad a freír gárgaras, reconozco que fracasando en cada intento.
            Voluntad de vivir, voluntad de amar, hasta convertirme en una especie de ejemplo del arquetipo –si es que existe, que, si no, debería existir– del que no se rinde nunca, dotado de ese tipo de constancia que nunca ceja en su o sus empeños, y cae cuesta abajo una y otra vez, y una y otra vez vuelve a levantarse y sube, sometido en todo caso siempre a las limitaciones de la racionalidad y el sentido común, cuestiones con las siempre estoy en disputa y que estoy seguro que no juegan limpio conmigo, con lo importante que es eso que llaman fair play, pero también a una fuerza interior y una visión del mundo  en la que nada es imposible –y acaso al ser diferente genera controversia–. Que conste que yo sí juego limpio, que siempre jugué limpio con todas y cada una de mis cosas, aunque tampoco es menos cierto que siempre tuve facilidad de hacer amigos de esos que, a las primeras de cambio, no te perdonan un estornudo, pero también a construir amistades de verdad, cimentadas en el conocimiento y el reconocimiento mutuos, que – ésas sí– siempre van conmigo. En definitiva, un tenaz, acaso algo torpe, que no malo, y puede que autolesivo en cierto modo; eso creo que soy en parte, con todos los matices que se quieran poner. 
            En una ocasión, un viejo amigo me dijo que yo tenía miedo al triunfo, y puede que algunas veces haya sido cierto. Mi tío Antonio, que en paz descanse, al que dediqué mi Líneas de desnudo del sábado pasado, me dijo varias veces, hace años, que no me metiera más a crear empresas, y ya ven cómo me ha ido por no haberle hecho caso. Me falta colmillo, por ejemplo, y la capacidad de decir no, y me sobran muchos síes, por no abundar en el asunto, pero, en líneas generales, acepto de buen grado mi deriva. Entre las muchas cosas que me aportó mi tío, aprendí a pactar con la realidad, pero una cosa es la teoría y otra la vida, y mira que me puso ejemplos. Aún así, a estas alturas del campeonato de mi existencia, pacto de manera decente con lo que me toca. Adquirí también, por otras vías, la capacidad de vivir cada momento como si fuera el primero y el último, lo cual es compatible con una visión que vaya más allá, mucho más allá, de lo inmediato. Soy de los que piensan que cada uno se busca lo que tiene. No le echo la culpa a nadie de nada, aunque me hayan fallado –yo también fallo en muchas ocasiones–, pues si ese alguien me falló fue porque yo, y solo yo, lo puse en la posición de hacerlo. Soy el único responsable de todos los errores cometidos por todas las personas en que he confiado a lo largo de mi camino, incluido yo mismo, y atribuyo los méritos acumulados siempre a los demás. No me gusta el escaparate, prefiero las bambalinas, y mi tendencia es a lamerme heridas en silencio y oculto y a ponerme mi dosis de Jean Paul Gaultier para salir a la calle, aunque se me esté cayendo el mundo encima. De todos modos, si eso ocurriera –que el mundo se me cayera encima– lo que habría que hacer es volver a levantar el mundo. ¿Dónde está el problema? Debo confesar, de todos modos, que poseo una clave que me lo da todo: la fe. Soy persona de fe, aunque en la práctica a veces pueda disimularlo. Me criaron en la fe, y vivo convencido de que la fe está en la base de mi capacidad. Y creo en los milagros, que son fruto solo de la voluntad, de la fe y del amor.
            Varios amables lectores han coincidido en estos días en sugerirme que siga escribiendo de amor. Que sí, que están muy bien mis series de la distopía, el elegido y tal, pero que en el mundo lo que hace falta es amor, y que, por lo visto, yo lo hago bonito. Sin embargo, más que en el amor creo en la voluntad. Amo, sobre todo debido a mi fe, que no puede darse sin amor. En mi capacidad de amar está también la base de mi resistencia. Creo, en cualquier caso, que la combinación buena está en unir el ejercicio de la voluntad y la capacidad de amar. 
            Dando en el clavo que más duele, dice Antonio en su artículo: “A lo que nos enfrentamos día a día en este indeseable mundo donde pareciera que el amar y el vivir estuviesen prohibidos”, y es que lo están, y no digamos Dios o los valores buenos –la honestidad, entre ellos, pero también la compasión, la integridad, el respeto, la empatía, la responsabilidad, la solidaridad, el perdón, la gratitud...–, que no es que estén de facto prohibidos, es que están desprestigiados y hasta denostados por la mayoría. Dice Antonio más adelante –y es el epígrafe con que he iniciado este Líneas de desnudo–: “La lucha de Manuel es como la de Sísifo: eterna, ciega, absurda, pero inmanente a su forma de entender el caos”. A Sísifo, hijo de Eolo y Enareta, marido de Mérope, posible padre de Odiseo –Ulises– con Anticlea, que luego fue esposa de Laertes, rey de Corinto, lo conocemos de primera mano por Homero. ¿Podría yo compararme con Sísifo? Con el personaje, imposible, pues tenía fama de ser astuto y sabio, condiciones que creo que no me alumbran en exceso. ¿Por su castigo? Ahí sí soy Sísifo. En el inframundo, en que Ares lo puso bajo su custodia, Sísifo fue obligado a cumplir su famoso castigo ejemplar:  empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, piedra que antes de llegar a la cima siempre rodaba hacia abajo, por lo que debía empezar de nuevo desde el principio una y otra vez, tal y como se cuenta en La Odisea, que no especifica la causa de tamaño castigo, aunque sí nos cuenta la habilidad que tuvo Sísifo para poder salir del inframundo, lugar al que al final se negó a regresar, muriendo de viejo en su casa. Y en esto último ya sí creo que me parezco algo a Sísifo, aunque no tanto como Heráclito, el protagonista de La lluvia en las hojas del platanar, novela de mi querido editor en este espacio de Letras, ideaYvoz, Roger Octavio Gómez Espinosa, que volvió del otro mundo para cumplir nada menos que su proyecto de amar... 
            En lo del castigo, desde luego parece el mío, pero yo no lo llamaría castigo, aunque sí acierta de pleno Antonio en que mi lucha tiene mucho de ciega y absurda pero “inmanente a su [mi] forma de entender el caos”, como cuando remata: “Tal vez el secreto que nuestro autor [yo] nos oculta es que este caos, además de simbolizar un esperpento ondulado, como lo previó Inclán en Luces de Bohemia, se nos presenta como la salvación para levantarte cada mañana y seguir con la eterna roca del mito”.
            Tengo claro que la piedra que me toca empujar, porque me toca empujarla, no podrá nunca conmigo. Es cuestión de voluntad, de amor... y de fe.
 __________
Nota del autor
Valga esta desnudez expresada aquí como celebración de mis simbólicas “bodas de plata” –mi artículo 25– en Letras, ideaYvoz, con gratitud y sin que sirva de precedente.
 
   
 ©Viviana Castillo, 2011.
Fotografía:  15 de abril de 2011. Manuel Pérez-Petit leyendo poemas de su libro Creo en los milagros. Antología personal 1985-2009 (Morvoz, 2011) en la celebración del Día Internacional del Libro en Tlalnepantla de Baz, Estado de México, en un acto organizado por la Casa del Poeta José Emilio Pacheco. Fotografía: ©Viviana Castillo.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 24. El elegido 2: Frodo, el tonto. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 24

El elegido 2: Frodo, el tonto
Por Manuel Pérez-Petit

Necesitamos arquetipos, pues con ellos nos entendemos mejor. El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) incide en ello, otorgando a la voz ‘arquetipo’ nada menos que cinco definiciones, de las cuales se puede sacar un denominador común: un arquetipo es, de manera elemental, un modelo, tal y como indica en la primera definición: “Modelo original y primario en un arte u otra cosa”, aunque también matiza en las demás. Dice, por ejemplo, que es un “Punto de partida de una tradición textual”.
            Visto lo visto hasta el momento, podríamos concluir que un arquetipo es un elemento de ficción, pero nada más lejos de la realidad si seguimos consultando el DRAE. Para el ámbito de la psicología reserva hasta dos acepciones. Dice, primero, que es “Representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad”, y en la cuarta afirma: “Imágenes o esquemas congénitos con valor simbólico que forman parte del inconsciente colectivo”. Y hay que llegar a la quinta (“Tipo soberano y eterno que sirve de ejemplar y modelo al entendimiento y a la voluntad humanos”) para completar el cuadro y darme por completo la razón en la frase con la que he comenzado esta nueva entrega de mi Líneas de desnudo, esta vez perteneciente a la serie “El elegido”: Los arquetipos sirven para entendernos.
            Hay muchos arquetipos, pero aquí nos ocupa el del elegido. Un elegido no es un héroe y tampoco un redentor dotado de fuerza y capacidad fuera de lo normal. Al contrario, se trata de una persona corriente que, incluso, tiene mayores limitaciones que los demás. Veíamos el caso de Neo, en Matrix, un pirata informático en una sociedad controlada al que no le cuadran las cosas y busca respuestas para entender mejor lo que ocurre, tarea en la que descubre su misión, y hoy quisiera detenerme en el caso de Frodo Bolsón, al que cariñosamente llamo el tonto más tonto que pueda uno imaginarse. Porque lo es.
            Así que Bilbo se va y, aconsejado por el mago Gandalf, le deja a su sobrino Frodo el anillo que le ganara con acertijos a Gollum en la cueva de las montañas Nubladas, hace años, cuando formaba parte de la expedición de los enanos que iban a luchar por recuperar Erebor, como se cuenta en El Hobbit. Así arranca El señor de los anillos, obra cumbre de J. R. R. Tolkien, publicada en 1954 y llamada a convertirse desde el primer día en un clásico. Se trata de un anillo misterioso y mágico cuya importancia no tardará en conocerse: es el anillo único, forjado por Sauron, el señor oscuro, en Mordor, en los fuegos del monte del Destino, para dominar la tierra. El señor de los anillos es la historia de la destrucción del anillo único. Frodo lo lleva a Rivendel, donde tendrá lugar el Concilio de Elrond, en el que se decide –no sin arduos debates– que el anillo debe ser destruido en el mismo lugar en que fue creado, pues, además, es indestructible por cualquier otra vía. Nadie puede quedárselo dado que el anillo, que tiene voluntad propia, busca regresar a su dueño originario, y, por si fuera poco, tiene el poder de envilecer a quien lo posea. Como en principio parece el más inmune al poder del anillo de todos los presentes, se le encarga a Frodo la tarea y se constituye una cofradía o hermandad compuesta de ocho integrantes, representantes de distintas razas y pueblos, denominada “La comunidad del anillo”, que parte hacia Mordor a cumplir la encomienda. Lo demás, lo deberían conocer todos, no por las películas –que tampoco están mal, pero no cuentan de verdad la historia– sino por la lectura de este cuento largo maravilloso al que todos llaman novela, aunque para mí tiene más de lo primero que de lo segundo, sobre todo si nos atenemos al perfil de los personajes, siendo la mayoría de ellos planos –y arquetípicos en algunos casos–, y en el que, dicho sea de paso, el héroe no es de ningún modo Frodo. Pero aquí no estamos hablando de héroes sino de elegidos. A Frodo le toca como a cualquiera de nosotros nos puede tocar la cagadita de un pájaro echando una tarde de domingo en una terraza cualquiera. En su simpleza, a Frodo le engaña todo hijo de vecino. Pocos personajes he conocido en mis lecturas tan influenciables como este joven hobbit de La Comarca, al que, como es lógico, el anillo seduce y tortura, sin prisa y sin pausa, con una eficacia demoledora y terrible. Menos mal que siempre está con él Samsagaz Gamyi, un hobbit bueno y leal, que cuida de él y observa con agudeza todo lo que está pasando. Es su escudero en las duras y en las maduras. Sin él, la historia hubiera sido distinta, porque si hubiéramos dependido de Frodo estaríamos listos. Y me ahorro contar la de veces que Sam salva a Frodo.
            Al llegar al final de su camino, quedando solo como asunto arrojar el anillo a los fuegos, va Frodo y dice que no, que se lo queda, y Gollum, que los ha estado siguiendo en secreto a fin de recuperar su “tesoro”, se lanza sobre él y forcejea, consiguiendo arrancarle el anillo a Frodo de un mordisco en el que se lleva también el dedo del hobbit, pero en su festejo por haber conseguido lo que buscaba, se tropieza y cae al fuego, convirtiéndose de este modo en el ejecutor inconsciente del mandato del Concilio de Elrond. ¿Han visto ustedes un final más tonto alguna vez? No me hablen de la condición humana. Frodo no es humano, no me sirve que me digan que los seres humanos son débiles. Lo de Frodo no es debilidad, es tontez, y de la importante. Cierto es que a Frodo lo eligieron por simple, lo cual en apariencia le hacía menos vulnerable al poder del anillo que cualquier otro, como también lo es que Frodo fracasó en su misión. Sin Samsagaz no hubiera llegado a su destino, y cuando llegó se declaró poseído. Menos mal que estaba Gollum –un ser tampoco dotado de una inteligencia extrema–, casi tan tonto como él, que se cae en donde no debería celebrando haber conseguido su objetivo.
            Personaje plano y previsible como tablero de ajedrez, inadecuado como ninguno para la misión que se le encarga, dotado de una torpeza paradigmática al punto de que ni siquiera genera simpatía, en todo caso es, pues, Frodo, el más básico, limitado y tonto de los ejemplos del arquetipo de elegido, pero un buen personaje para la historia que se nos cuenta, un cuento para niños que debe tener como tal, peripecias, enredo y tropezones. Simple y funcional, un arquetipo con el que ni siquiera merecería la pena entenderse.
   
 Dibujo original de ‘El señor de los anillos’ (Ilustración: J.R.R. Tolkien)
Fotografía:  Dibujo original de 'El señor de los anillos' (Ilustración: J.R.R. Tolkien). Donado en 2008 por Julian Blackwell, presidente de la cadena británica de librerías Blackwell, a la biblioteca de la Universidad de Oxford (Reino Unido). Fuente: https://www.elmundo.es/elmundo/2008/03/07/cultura/1204898375.html

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

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Voces ensortijadas. 58. Tardes de primavera. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 58

Tardes de primavera

Por María Gabriela López Suárez

Rebeca y Julián habían salido temprano al mercado por la despensa de la semana, el tiempo se había pasado muy pronto y era poco más del mediodía. El sol brindaba unos rayos intensos que se equilibraban con las ráfagas de aire que se percibían por instantes. 

En su camino de regreso a casa decidieron sentarse en una de las bancas del parque que les quedaba de paso. Una bella ceiba les invitaba a dejarse cobijar por su sombra.    Mientras tomaban un respiro comenzaron a platicar sobre la primavera que estaba iniciando, la ceiba que tenían a un lado comenzaba a mudar de hojas. El clima de ese día indicaba que estaría muy cálida la temporada primaveral.

De pronto se hizo un silencio, ambos prestaron atención al canto de los pájaros que parecían estar más que contentos en las ramas de la ceiba, al tiempo que percibían el aire que por momentos soplaba con intensidad. Más allá de ellos estaban un papá y sus hijos dando de comer arroz a las palomas. Se veía que los niños disfrutaban la actividad.  Y como si fuera una especie de oasis, a lo lejos, venía un señor ataviado con su sombrero, empujando el carrito de paletas de hielo. 

A manera de complicidad las miradas de Rebeca y Julián se cruzaron, ambos rieron. Les apetecía degustar unas paletas. 
          –¡Señor de las paletas! ¡Señor de las paletas!
          Comenzó a gritar Rebeca, haciendo también el llamado con el movimiento de la mano. Julián se levantó para ir al encuentro del señor quien se acercaba a paso lento.
         –Buena tarde, ¿de qué sabores  son las paletas?– preguntó Julián.
         –Traigo de agua, en sabor fresa, tamarindo, limón, piña y sandía. También hay de crema en sabores fresa, vainilla y rompope.

Pidió una paleta de sabor tamarindo y otra de limón. Agradeció al señor de las paletas, quien al mismo paso que llegó hasta ellos se retiró.
Mientras degustaban las paletas Julián y Rebeca recordaron que los parques eran espacios lindos para compartir las tardes de primavera, aprovechando las áreas verdes que aún tenía la ciudad y haciendo una pausita necesaria en las actividades cotidianas.

Continuaron el camino a casa, aún les quedaban tareas por hacer, entre ellas, cocinar los camarones al mojo de ajo que había prometido preparar Julián.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 58. Sexto piso. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 58

Sexto piso
Héctor Cortés Mandujano

Lo que se recuerda, vive

La actriz Frances McDormand, en la película Nomadland

  
Lees estas palabras que tus dedos escriben en los torpes brincos sobre el teclado, mientras piensas en algo ocurrido hace mucho: el niño flaquísimo y descalzo que lleva jalando, en la mano derecha, una cuerda atada a un burrito, que es tu compañero para ir a traer agua. En realidad, no jalas la cuerda, porque el asno te sigue sin reflejar ninguna emoción en su rostro, que parece apacible.
            Ya pasaste la primera tranca y a los lados del caminito hay árboles de coyol (has sentido el dolor de sus largas espinas en la planta del pie) y vas cantando una canción de José Alfredo Jiménez (Dame un beso delante de la gente, dame un beso delante de tu madre…), que, referida a un viejo que se enamora de una jovencita, nada tiene que ver con tus seis-siete años de niño ranchero.
            Ahora eres un adolescente que ve desde una ventana el anochecer. Tienes ganas de llorar y no sabes por qué. No te gusta la vida ni el mundo, ni la familia ni las amistades. No te gustas tú. Te sientes solo, enormemente, terriblemente solo. Has leído a Fuentes y una frase de La muerte de Artemio Cruz se está encarnando en ti: “Al final, estamos solos”. La frase ahora te hace desdichado, pero cuando la entiendas bien te hará feliz.
            Estás borracho y te sientes enamorado de esa mujer. Está contigo, desnuda, y dice que te ama. No lo crees, pero la besas y de nuevo ensayas la pasión que te llevará hasta la anhelada y momentánea desaparición de tu conciencia, a ese instante en que estás unido a la nada, al momento en que llegas al Blanco total (ya leíste a Paz).
            Tus dedos saltan hacia la memoria de aquella mañana en que nació tu hija. Cuántas emociones, cuánto miedo. ¿Cómo alguien como tú, que nada sabe de nada, es capaz de traer a otro, a otra, a este desconcierto, a este páramo de preguntas sin respuesta? Pero hay también, detrás del miedo, amor, ternura, esperanza…
            La memoria es veloz, los dedos lentos, y apenas puedes fijar el instante e intentas convertirlo en palabras cuando tu mente ya dejó atrás la infancia, la adolescencia, el sexo desenfrenado y promiscuo, la paternidad, los varios bemoles de la vida, y se ha movido a aquel doble arco iris, al árbol que mueve el viento, a la montaña imponente, al caballo que corre frente a ti, a la vaca noble, a la serpiente del arroyo, a los nidos de chorcha, a la lluvia donde te mojaste como si fueras el niño que ya no, al rostro de aquella muchacha, a los ojos de tu mujer, al pastel donde apagas las velitas y unes tu aliento al de Camilo, tu nieto más pequeño.
            Te felicitan muchas, muchos. Y lo agradeces. Te mandan mensajes, canciones, correos, grabaciones, te sientes querido, pero sabes que falta este fragmento vital donde debes estar solo, ahora que ya sabes lo maravillosa que puede llegar a ser la soledad, y te ves, te sonríes, te abrazas a ti mismo y te dices, con el amor que has aprendido a tenerte, y con el tono con el que hablas a lo más amado, a lo más íntimo, a lo más tuyo: Feliz cumpleaños, querido Héctor, qué bueno que estás, que sigues, que seguirás conmigo.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

“El gordo Zapata”, creación: Juventino Sánchez
Ilustración: Juventino Sánchez

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 23. El sobrino del diablo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 23

El sobrino del diablo
Por Manuel Pérez-Petit

                     A la memoria de mi tío Antonio Petit Caro*

Me gusta redactar mis Líneas de desnudo justo el día antes de su publicación. Debo confesar que el cierre diario siempre fue mi debilidad y mi predilección, y aún con el riesgo que pudiera conllevar siempre hago lo mismo. Es una herencia de mi oficio de periodista, que tuve el honor de desarrollar, hace muchos años, en varias redacciones de periódicos en España y México.
          Ayer me encontraba en plena redacción de una nueva entrega de mi serie El elegido, dedicada esta vez a Frodo Bolsón, sobrino de Bilbo y portador del anillo en El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, cuando desde Sevilla me llamó mi madre para comunicarme una noticia que no por esperada era y es brutal para mí.
          —Manolo, tengo malas noticias…
          —Dime, mamá, sin preámbulos.
          —Es que me lo acaban de decir.
          —Pero dime ya –en realidad, yo ya sabía a qué se estaba refiriendo.
          —Tu tío Antonio ha muerto esta tarde.
          Colgué. A qué decir que al momento fui yo quien la llamó y continuamos conversando por un rato.
          De entrada, les voy a pedir disculpas por la naturaleza personal del presente texto, pero la verdad es que no podía no hacerlo. Bien. Desconozco si conocen la expresión de ser sobrino del diablo. Frodo y yo tenemos en común serlo –en su caso– o haberlo sido –en el mío–. Se dice que uno es sobrino del diablo cuando su tío es soltero, hasta donde sé. Y durante años, para mi tío Antonio yo fui un sobrino del diablo, y hasta de este modo se refería a mí.
          El escritor británico C. S. Lewis (1898-1963) publicó en 1942 el libro del que deviene tal expresión: “Cartas de un diablo a su sobrino” –dedicado, por cierto, a J. R. R. Tolkien–: recopilación de treinta y un artículos en forma de carta publicados en un diario inglés en los meses precedentes, escritas por un viejo y pérfido demonio, de nombre Escrutopo, a su sobrino Orugario, imberbe aún en las tareas que le correspondían como diablo. Se trata de una apología de las virtudes cristianas escrita en forma de sátira, de muy recomendable lectura, en la que el anciano Escrutopo imagina el infierno en el siglo XX: una gigantesca burocracia capaz de hacer el mal mejor que nunca… ¿No les suena? A mí, sí, desde luego, pues es uno de los factores principales de la nueva Era distópica que acaba de comenzar y se implanta a velocidad extrema ya desde este mismo p. año 1 (d.p.), en el que –y no es casualidad– acaba de fallecer el maestro "diablo" del que fui y seguiré siendo sobrino.
          Las cartas son lecciones que el anciano imparte al joven a fin de prepararlo para su tarea: cada ser humano es una potencial víctima –a la que denomina “el paciente”– que hay que sumir en el sumo mal a fin de conseguir su condenación y poder devorarlo y tomar posesión de su alma y su voluntad. Si el diablo en cuestión fracasa en la misión, el diablo viejo tendrá que intervenir y hacer él su tarea.
          Pero “Cartas de un diablo a su sobrino” no se queda en lecciones teóricas. La víctima objeto de la misión de Orugario es un londinense, a quien, por supuesto, hay que debilitar su fe. Se supone que si el joven diablo consigue que no practique valores o virtudes va a tener ganada buena parte de la batalla, dado el supuesto de que un acto bueno refuerza una virtud. Para ello, debe llevar a su paciente al terreno de las tentaciones, de promover en él la indolencia, la gula, la promiscuidad y/o la venganza, y conducirlo por una ruta gradual, casi sin que se dé cuenta, hasta que sea irreversible su perdición. Todo ello era posible merced tanto a la debilidad como a la influenciabilidad de los seres humanos. C. S. Lewis, conocido sobre todo esta obra y por “Las crónicas de Narnia”, por ejemplo, y de quien yo recomendaría, de igual modo, su ensayo “La abolición del hombre”, tenía la intención con esta compilación de epístolas de resaltar las virtudes humanas como vía para no llegar al pecado, poniéndolas aún en mayor valor por las tentaciones que cada persona debe soportar. 
          Mi tío Antonio fue así conmigo, y de nadie aprendí como de él, y aunque no tanto como hubiera debido sí lo bastante como ser buena persona y mejor profesional. Periodista de carrera y profesión, fue director del diario vizcaíno La Gaceta del Norte, hoy ya extinto, y fundó en Bilbao, España, con otros compañeros de profesión, la primera agencia española regional de noticias, VascoPress, que dirigió durante cerca de 20 años. En 1999 se trasladó a vivir a Madrid en que fue director de comunicación y relaciones externas de Unesa, la patronal eléctrica española, hasta 2010, fecha de su jubilación. En 1987 había sido nombrado presidente de la Asociación de Periodistas de Vizcaya, y en 1993 de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), máximo órgano colegiado de los periodistas españoles. Bajo su presidencia fue creado el código deontológico de la profesión en España, siendo fundador y vocal del Comité de Quejas y Deontología de la FAPE durante años. A lo largo de su vida obtuvo muchos premios literarios y reconocimientos profesionales. Fue autor de media docena de libros. Gran amante de la tauromaquia, ámbito en que es reconocido como autoridad, gozó en general de un gran prestigio profesional.
          Ya me gustaría a mí tener muchas más cosas en común con él de las que al final tengo, pero entre las que sí teníamos estaba habernos formado como periodistas en la misma casa de estudios: la Universidad de Navarra, que es algo que marca, como sabrán los que conocen dicha institución, así como la fe –la suya más fuerte y estable que la mía, desde luego; un modelo para mí–, y el amor a la profesión, que ambos ejercimos –salvando las distancias, pues él era un profesional excepcional– con verdadera pasión. Con todo, nada de lo anterior es en realidad importante si no puedo destacar lo que fue –y seguirá siendo– para mí: el "diablo" mayor y sabio que a mí –su sobrino escuincle– me dio las claves principales para entender el mundo. Durante años ambos nos buscábamos y lo cierto es que muchas veces no respondí a sus expectativas acerca de mí. Él me ayudó en vida más –mucho más– de lo razonable, y yo lo necesitaba de manera sistemática por cuanto que sin su presencia en mi vida me sentía huérfano. Aunque se casó con mi querida tía Charo y tuvo cuatro hijos, para mí fue siempre como Escrutopo para Orugario. 
          Le debo casi todo, por eso le dedico este espacio. Fue mi modelo, mi guía, mi maestro, y quedarán para mí sus correcciones fraternales, muchas, que muchas veces dolían, y no poco. Podría escribir ahora algo así como las cartas de Antonio a su sobrino, pero mi testimonio profesional y de vida son más elocuentes en la mayor parte de los casos. Tardé en aprender y nunca aprendí del todo de su magisterio lleno de vida y sabiduría. Podría volverme de golpe hernandiano, y escribir, por ejemplo, que se me ha muerto como del rayo –lo cual es cierto, por otra parte– o aquello de que con él tanto quería…, pero también sé que dándome igual lo que piense cualquiera siempre seguirá conmigo. Y lo que sé es que sin sus lecciones y su benéfica y potente presencia en mi vida yo no estaría ahora aquí. Y casi ni siquiera sería yo.

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Nota de autor *
Publico este Líneas de desnudo en su homenaje. Escritor y periodista, nació en Sevilla en 1943, murió en Madrid en 2021. Sus restos volverán a Sevilla a descansar para siempre.
   
“Cartas de un diablo a su sobrino”, de C. S. Lewis. 1942.
Fotografía:  Ejemplar con sobrecubierta de la primera edición de "Cartas de un diablo a su sobrino", de C. S. Lewis. Geoffrey Bles publisher, 1942.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 22. El oficio de editor II. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 22

El oficio de editor II
Por Manuel Pérez-Petit
Lo venía hablando ayer mismo con un compañero de Kolaval. Todo el mundo cree que es escritor y todo el mundo cree que puede ser editor, y el caso es que todos los procesos históricos suponen una transformación fruto de lo cual llegamos a nuestro presente, el que nos toque, y las cosas no son tan fáciles como parecen. Esa evolución o complejización del proceso da en que hoy el editor tiene mucha menos importancia que nunca. Por el diletantismo imperante –pues todos creen creer que pueden ser editores–, por la desaparición del rigor –causado por el todo vale tan propio del legado de la Revolución francesa– o por la proliferación de la formación –todo el mundo recibe cursos sin parar como si ello les capacitara para formarse en profesión alguna o para poder presentarse ante posibles empleadores con un perfil cada vez más amplio, olvidando que el que vale para todo, en realidad, no vale para nada–. Decía un autor, José Joaquín León, gran periodista y editor de prensa, en un leve debate que se suscitó en el foro que tenemos de autores de nuestro modesto aunque ambicioso proyecto editorial: “Salvemos al editor, en trance de extinción”. Y en otra conversación –la primera a la que me refería en este artículo–, David Hidalgo, compañero desde España entre otras en las tareas editoriales de nuestra casa, me preguntaba: “¿Puede ser considerado el editor un superhéroe altruista de la cultura que lleva a cabo su labor (justiciero de los textos) en las sombras?”, a lo que yo contesté: “El editor, poéticamente hablando, es una especie de Indiana Jones del talento y, sobre todo, de la obra literaria, que puede ser hecha con el talento pero más que nada está hecha de voluntad y rigor”. Continuaron los debates, por lo que decidí adelantar en varios días esta segunda entrega de El oficio de editor. Luego, en nota de autor aparte, les anunciaré mi nuevo plan de publicación, una vez mi editor, Roger Octavio Gómez Espinosa, me lo ha aprobado. Sin embargo, el debate con David prosiguió, al punto de que le dije: “No se puede ser editor si se tiene mentalidad de funcionario. El editor es un emprendedor, alguien que rompe sus barreras mentales y es capaz de abrirse a lo inesperado…”
          Debo reconocer que me sorprendieron, y de manera grata, los diversos frentes de debate abiertos a colación de mi artículo de este martes, por estas y otras vías que no desglosaré acá para no agotar mi espacio disponible y entrar en materia a fondo, y lo cierto es que mientras el editor fue un gran motor del cambio en el mundo occidental durante el XVIII y el XIX hoy es un productor de objetos residuales en la cadena de consumo. Cuando no se entienden las Cortes de Cádiz de 1812 sin los doscientos periódicos que hubo en el proceso constitutivo gaditano, en una ciudad chiquitita, bien chiquitita; cuando no se entiende la gran literatura del siglo XVIII sin la prensa, porque Gulliver de Swift es una crónica parlamentaria, no una novela; cuando no se entiende el concepto de libelo sedicioso y los impresores los escribían y difundían en forma de panfletos periódicos tendenciosos para promover cambios en la sociedad, a fin de salvar la censura del sistema…, cuando no se conoce esto ni se comprende no nos puede sorprender –pues fue una constante en la historia– que, en la nueva sociedad que surgió tras la Revolución francesa, la censura fuera igual o peor que en la sociedad estamental previa, resultando además que el editor pasó de ser un protagonista del cambio social a convertirse en un elemento extraño e incómodo, pues acostumbrado ya a ser resistencia con mucha dificultad aceptaba el nuevo control. 
          A mí me recuerda aquello a Platón, en que la poesía se quedó al margen de la sociedad en Occidente, y, por tanto, ningún trabajo creativo o fruto del libre pensamiento tendría cabida en el concepto social por cuanto rompe con los esquemas que se pueden establecer como convencionales. Y así, a partir del siglo XIX, el concepto de artista romántico, que hace lo que quiere y rompe si quiere, supone una gran transformación y también un gran elemento de confusión, en el sentido de que altera el canon imperante. En nuestro tiempo –esto es, en los últimos dos siglos– el talento es un gran mal. Hasta finales del siglo XVIII se podía encauzar muy bien, pero ya a finales del XIX se convirtió en algo de libre disposición, pudiendo cada cual desarrollarlo a su mejor entender y surgiendo, en consecuencia, los problemas.  Yo he conocido mucho talento que no sirve para nada, muchas personas que tienen muchas ideas pero no desarrollan ninguna.  Y hoy el talento, en efecto, no sirve para nada. Es una fuente brutal de frustración, pues hay que tener una madurez personal muy sólida para poder manejarlo. Podríamos, no es menos cierto, analizar esta cuestión del talento, y es posible que lo haga en alguna de mis próximas entregas, pero a mi entender es, de entrada, un terrible mal de nuestro tiempo, y dejo aquí mi reflexión, para que no me digan que me encanta hacer amigos, no sin dejar de indicar que este problema es también hijo de la Revolución francesa, a su vez legataria, en última instancia, de Platón.
Cuando todo el mundo cree que puede hacer de todo, la mediocridad, o sea, la negación del talento, se sienta en el trono de la pirámide social. Su origen está en Platón, desde luego, y pasa por Santo Tomás de Aquino cuando a éste se le ocurrió sistematizar todo el conocimiento y, por si fuera poco, ponerlo al servicio de la fe, pues a partir de ahí surgió el debate en el barro del pensamiento que nos ha traído estos lodos de nuestro tiempo. Apenas un siglo después, Guillermo de Ockham lo revisó y –ojo al dato– negó la teoría de los Universales, que era aquello que sostenía y daba coherencia al pensamiento tomista, dando pie, un siglo después, a la Reforma protestante, rompimiento de la unidad de pensamiento de Europa, centro del universo incontestable de aquel tiempo.  No es casualidad que, también poco más de un siglo más tarde, surgieran dos figuras fundamentales para entender lo que hoy ocurre: John Locke y Thomas Hobbes. Es este último el que en su obra Leviatán escribe: “el hombre es un lobo para el hombre”, y sentencia que la sociedad es una “guerra de todos contra todos”, a partir de lo cual establece un orden social basado en celdas, en el que la libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro, marcando el origen de la sociedad de solitarios que hoy existe.  
          Pareciera que estamos hablando de filosofía, pero estamos hablando de cosas reales.  De filósofos aferrados a la realidad que dictan la norma social. Hoy, sin embargo, un filósofo escribe algo y solo queda en el plano de los intelectuales. No sabemos qué pasará dentro de un siglo, pero es terrible lo del Leviatán, porque Thomas Hobbes diseña la sociedad que tenemos hoy, y aunque hay debates que revisan esto y dicen que la libertad de uno no termina donde empieza la libertad del otro, que nuestra sociedad no tendría que ser de solitarios, pues la libertad de uno termina donde empieza el deber que tiene uno de respetar la libertad del otro –si establecemos una secuencia lógica de que un derecho conlleva una obligación–, estos no dejan de ser pensamientos. Válgame dios de corregir a Thomas Hobbes, pero lo cierto es que está en el origen de la Revolución francesa, y en el de que a partir de cierto momento de la historia –finales del XVIII-principios del XIX– el concepto del artista y de las profesiones cambiara por completo y uno ya pudiera hacer lo que le diera la gana.  
Hoy por hoy todo el mundo escribe en una hiperinflación que tiene que ver con la confusión que nos invade.  No es lo mismo ser original que creativo.  Muchas veces nos basamos en nuestra capacidad de tener ocurrencias con las que escribir un libro que ofrecer a un editor… Y mi conclusión como tal es que el ochenta por ciento de la gente que escribe no sabe escribir. No es capaz, por ejemplo, de concebir una frase con sujeto, verbo y predicado. En fin. También hablaba hace un par de días de los diccionarios, que nacieron al calor de toda esa época convulsa.  Los diccionarios son el instrumento elemental tanto del escritor como del editor, pero nos encontramos con que la inmensa mayoría no los usa.
          ¿Cómo se separa hoy la función de editor de la del escritor? ¿Hasta qué punto, desde el ámbito profesional y/o moral, un editor tiene el poder o el permiso para entrar un poco, invadir un poco, lo que es la faceta de la obra creada por el  escritor o son compartimentos totalmente aparte? Bueno, son oficios diferentes. Normalmente un editor no debe ser escritor.  Hay una incompatibilidad de base. Otra cosa es que el editor pueda tener a otro editor para sus obras, porque la cuestión es que no puede editarse a sí mismo. Es mi caso, y funciona. Hay editores, desde luego, que son escritores. Los grandes editores de la historia, y un día hablaremos de varios de los más significativos, por ejemplo, no eran autores, o lo eran en secreto. El Impresor tampoco lo era, o, en todo caso, lo era de libelos que solían cocinarse en las trastiendas de las imprentas, en tertulias sediciosas con los autores de referencia de su casa. Pero el que es escritor tiene un texto que ha hecho con esfuerzo y rigor y voluntad y que pone en manos de un editor, de un productor de libros, y empieza a trabajar con él. Aquí no hay teoría, para la teoría se apunta uno a uno de esos cursos de formación que al final no sirven para nada. El editor tiene que tener suficiente cabeza para entender aquello sobre lo que no está de acuerdo, sin ir más lejos, y poder llevarlo a buen puerto.  No importa el gusto del editor sino la pertinencia del texto que está trabajando con el propio autor, que sea lo que tiene que ser. Lee en voz alta, pues la literatura entra por el oído y no por los ojos, y avanza con una lectura analítica a fin de dejar el texto en condiciones de ser reproducido, fino, lo cual es capital.
          (... Continuará…)

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Nota del autor
Sí, ya sé que hoy no es martes 2 de marzo, fecha para la que anuncié mi segunda entrega de El oficio de editor, pero, como he dicho, el debate suscitado antes de ayer me ha llevado a seguir en ello. Debo anunciar que esta semana habrá artículo mío, además de hoy, jueves, el sábado 25, y que a partir de la próxima semana, mi Líneas de desnudo en Letras, ideaYvoz aparecerán lunes, miércoles, viernes y domingo, no teniendo día fijo para ninguna de mis líneas. 
Portada del libro Leviathan, de Thomas Hobbes. 1651.
Fotografía: Portada del libro Leviathan, de Thomas Hobbes. 1651. La frase latina que aparece en la parte superior ("Non est potestas super terram quae comparetur ei", que se puede traducir como "No hay poder sobre la Tierra que se le compare") es una cita del Libro de Job. (La imagen es de dominio público)

Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Paso de fuego. Paulo Freire. 3. Alejandro Aldana

Por Alejandro Aldana*

¿Quién es ese hombre de la barba florida?

                                Para Luz y Emiliano



Las cinco etapas del pensamiento de Paulo Freire
 
 
El pensamiento de Paulo Freire se puede esquematizar en cinco etapas, las cuales son las siguientes: el oprimido, la esperanza, la autonomía, la indignación y la tolerancia. Es interesante como se reorganiza el contenido de un pensamiento que a través de los años se fue corrigiendo, alimentando de lecturas y experiencias. La filosofía de Freire es en sí misma un diálogo con sigo misma, pero también con la realidad vista como un espacio histórico. Para Freire la actualidad es un producto histórico, no surge de manera espontánea, tiene un devenir, una relación dialéctica. Aquí sin duda se alimenta del pensamiento de Hegel, muy probablemente filtrada por la obra de Carlos Marx. Los estadios del tiempo se corresponden a la diversidad de relaciones de la vida material, la economía y las estructuras económicas repercuten en las nuevas estructuras de las sociedades, sin perder de vista que esa producción se desarrolla en un contexto cultural, la convivencia espiritual forma parte de esa nueva realidad. Entendiendo lo espiritual como la manifestación de lo propiamente humano, y la educación es parte sustancial para la expresión del mundo espiritual de la humanidad. Una sociedad deshumanizada es una sociedad sin espiritualidad, el ser humano es un ser espiritual, el único ser que posee esa cualidad. 
            En el pensamiento de Freire es fundamental ubicar el modelo económico en el que se experimenta el proceso pedagógico, sabe que los pueblos que viven en la pobreza se encuentran regidos por estructuras económicas especificas. El capitalismo genera una situación social, política y económica propia de las relaciones dialécticas de dicho sistema económico. La escasez, la pobreza, la violación a los derechos humanos, la negación de garantías jurídicas, la deshumanización de las sociedades son resultado de un sistema que prioriza la generación de riqueza económica por encima de todo lo demás. Generar plusvalor es la urgencia de los mecanismos sociales y políticos. Acapara el excedente económico el objetivo único. Esta situación lleva a las sociedades a deshumanizarse, ya que la persona humana se convierte en un instrumento de una maquinaria que lo reemplaza sin ningún problema. 
            A partir del estudio de los mecanismos y las contradicciones del capitalismo, que hoy vive una crisis que se extiende en el tiempo, poco a poco el neoliberalismo va dejando de ser la supuesta respuesta a los problemas de la humanidad, hoy hasta los liberales comienzan a tomar distancia del neoliberalismo, se va desligitimando; pero inmediatamente comienza a remplazarse con otras estructuras económicas que de manera sistemática contraviene el espíritu humano. 
            Freire comprende que desde esta situación de crisis se debe plantear una nueva forma pedagógica. Entiende que en esa relación compleja es menester ubicar al opresor. La definición de este actor es fundamental, se convierte en una necesaria brújula que permitirá situarnos en la actualidad y su contexto. Este opresor intentara deshumanizar al oprimido. No es casual que el opresor en su gran mayoría es detentador de los medios y modos de producción, además de controlar y disponer del capital. Y el oprimido posee únicamente su fuerza de trabajo, vive en la escasez, no cuenta con los mecanismo viables para salir de ese circulo vicioso que es la explotación misma.
            Freire reflexiona desde la filosofía y la historia, entiende que una salida a ese circulo puede ser la educación, pero no la educación diseñada desde la mirada y los medios de los opresores. Una educación diseñada desde el opresor tiene un objetivo básico y es que el oprimido siga cada vez más oprimido. En el mejor de los casos es generar mano de obra barata, permitiéndole a este vivir medianamente cómodo. 
            Freire propone una educación popular, y este concepto tiene una ría importante, el pueblo entendido como ese conglomerado de desposeídos. Una educación que mediante el dialogo de saberes el educando pueda convertirse en actor que transforme su realidad.
            La educación desde el pueblo es liberadora, y para transformar la realidad es menester que se identifique una comunidad. El individuo pierde parte de su consustancialidad para fundirse en su ser social, ya que el individuo también tiene un ser social, ya que proviene de una sociedad que le permite vivir y desarrollarse en un conglomerado de personas que permiten la viabilidad de la vida humana. La transformación de la realidad solamente es necesario en comunidad. La educación por lo tanto debe pugnar por construir comunidad, fundar la vida en común, situación que el capitalismo se empeña en romper o quebrar. Para el capitalismo la formación de comunidad es un problema, ya que el individuo aislado, cosificado, incomunicado es mucho más fácil de controlar. 
             
            Esta primera etapa es sumamente importante porque ubica los actores de la relación: el opresor y el oprimido. Establece una pregunta medular: ¿quemes una educación opresora o libertadora? Al resolver ese cuestionamiento estaríamos delineando las cualidades y contenidos de la educación. 
            La escuela, por lo tanto, puede convertirse en un brazo operador del opresor o propiciador de la liberación. Opresor busca desde su paradigma educativo negar al oprimido toda posibilidad de realización humana, y es por ello que le quita la mínima posibilidad de que se observe como parte de una historia, se promueve una desvinculación con la comunidad, con la economía, con la historia. Al quitarle la posibilidad de tener un pasado, una raíz, el oprimido se pierde en una cápsula abstracta que flota en la nada, y es por ello que tiene menos posibilidades para ser consciente de sus problemas más inmediatos y de esta manera se imposibilita los mecanismo para la acción transformadora. Para cambiar la realidad es sumamente importante saber en qué lugar nos encontramos, cual es nuestro devenir y cuales son las condiciones objetivas y subjetivas que nos han llevado a la situación en la que nos encontramos. Conocernos a nosotros mismo como comunidad permitirá una acción libertadora más eficaz. 
            La segunda etapa es lo referente al conocimiento como lucha. El conocimiento desde el pensamiento de Freire es un todo complejo, multifactorial e integral. El conocimiento no se reduce a la mera información, es por ello que está en contra de una educación bancaria, donde el profesor deposita datos en el educando sin tener una relación crítica con esa información. La información se convierte en conocimiento cuando se realiza una aprehensión crítica, esto implica una reflexión más profunda, comparar los datos, contrastarlos, identificar sus contradicciones, llegar a conclusiones y posibles resoluciones a problemas reales. 
            El conocimiento tendrá una verdadera praxis revolucionaria, es decir lograra incidir en la transformación de la realidad, cuando se piense y se organice desde su propia integralidad. Es importante conocer desde la epistemología, pero además es menester contextualizar ese conocimiento. Uno es el conocimiento que se genera en los cubículos universitarios y se quedan en dichos recinto a alejados de una realidad práctica. El conocimiento que le interesa a Freire es uno muy diferente, este puede nacer en la calle, los mercados, la milpa, el mar, y también en las universidades. Ese conocimiento nace en el pueblo y se relaciona directamente con el pueblo. 
            El saber no se genera en una cápsula de abstracción, eso sucede en algunas ramas epistémicas como las matemáticas, la física, la física cuántica, etc. Pero los demás saberes son producidos desde la comunalidad. El conocimiento tiene por tanto una misión transformadora, despreciar al conocimiento es la peor falla en un proceso revolucionario. No basta tener muchas intenciones de liberarse, sino se conoce las circunstancias objetivas y subjetivas, la historia del territorio y la sociedad, las maneras den que se han desarrollado las relaciones de producción, et, etc, nos llevara a un desperdicio de tiempo, esfuerzo y en muchas ocasiones de vidas. 
            Paulo Freire nos invita a aprender todo el tiempo, jamás detener los procesos de aprendizaje; pero también debemos atraernos a generar conocimiento. Es necesario que en nuestro proceso educativo seamos conscientes de nuestra ardua tarea, ¿qué tipo de profesores somos?, ¿qué mundo queremos construir?, ¿con qué herramientas cuento?, etc, etc.
            El proceso del conocimiento es dinámico, no necesariamente se presenta en una forma lineal, unidireccional, autoritaria, inmovilizadora, acrítica, ahistórica. En su dinamismo se implica una relación dialéctica, dicha forma se establece desde la ubicación y cualificación de las contradicciones del fenómeno pedagógico. Si la movilidad es dialéctica es importante observar la manera como se mueven dichos fenómenos. Las contradicciones establecen sus cargas positivas y negativas, se conduce a una tesis, la antítesis y la síntesis. 
            La síntesis supera las contradicciones, pero no se instituye en verdad incuestionable, esa síntesis vuelve a su dinámica dialéctica. Freire nos dice que para conseguirlo necesitamos estar abiertos a todos los elementos de la construcción del conocimiento. Por lo tanto, se establece una relación dialógica, el profesor aprende tanto como el alumno, el alumno con los demás alumnos. Es importante escuchar, generar convivencia libre y democrática. 
            La tercera parte es Sueños y utopia. Soñar es una acción política, entendido el sueño como un proyecto, implica una posición frente al mundo, conlleva un método, un camino a seguir. El sueño es un concepto que Freire utiliza con frecuencia, pero el sueño es al mismo tiempo responsabilidad. Cuidado con lo que sueñas, ya que se puede hacer realidad. Esto nos lleva a pensar que en muchos procesos revolucionarios mediante la vía violenta, finalmente llegaron a triunfar en la optación del poder; pero ya sin armas, sin uniformes verde olivo, sin vivir en la clandestinidad, esos movimientos no supieron qué hacer con la revolución triunfante. Todo parece indicar que los grupos guerrilleros de izquierda desarrollaron excelentes maneras de luchar contra un gobierno opresor; pero jamás soñaron qué sucedería cuando ya dirigieran al país, y los fracasos son numerosos, dolorosos y frustrante. 
            La utopía y el sueño van de la mano, soñar y construir una utopia se retroalimentan. Freire hace hincapié sobre la relación de la lectura, es decir cuando se lee la palabra, también se realiza la lectura del mundo. Cuando leemos al mismo tiempo nos leemos. El acto de leer es abierto, el texto escrito no es cerrado, no es concluyente, al paso del tiempo el texto a perdido su intención autoritaria, la relación de lectura es dialógica, el lector participa directamente en la construcción del texto, el mensaje que se decodifica. 
            Leer el mundo es leer la vida en una retroalimentación constante. Como señalamos con anterioridad la relación es dialéctica. Al leer y releer el mundo estamos reescribiendo el mundo. Esto quiere decir una cosa importante, la lectura no es una práctica pasiva, por el contrario mueve el quehacer de la comunidad y del individuo. La reescritura de la vida no es más que el momento en que el sujeto lector deja su estatus pasiva y pasa a una actividad más directa con la comunidad, es actuar sobre la realidad. El sujeto se activa, no se conforma con contemplar el mundo, sino que se realiza en su ser precisamente en su acción comunitaria. Nuevamente la comuniladidad es consustancial a dicha escritura. El individuo en su mismisidad, en su autonomía como miembro aislado y cosificado impide la reescritura del mundo. La persona en su carácter de individuo no puede transforma la realidad, pensar que el sujeto cambiara el mundo siendo buen ciudadano es por decir lo menos un absurdo, ya que el mundo no es resultado de su acción individual, por el contrario el mundo se construye socialmente y por lo tanto su transformación es posiblemente solamente si la acción liberadora se hace de manera social, colectiva.
            Las etapas cuatro y cinco son: La esperanza y la autonomía. Es importante tener claro que las etapas se interrelacionan, se comunican, se retroaliemntan, no tienen fronteras cerradas, por el contrario son porosas, tienen un sinnúmero de vasos comunicantes, por ello de nada servirá cumplir con alguna o algunas etapas pero dejar de hacer otras. Esto se ha realizado en algunos lugares, donde se edulcora el pensamiento de Freire, quitándole su contenido político, lo cual equivale a quitarle el espíritu del modelo de la educación popular. No se trata de una visión religiosa, propiamente católica de la educación, donde el proceso se reduce el modelo a un cúmulo de buenas intensiones, que trata de evitar la confrontación de los actores fundamentales de la relación, me refiero al oprimido y el opresor. 
            La esperanza se nutre de los sueños, ya que es importante la proyección del modelo, respecto a que tipo de sociedad queremos, para después configurar el modelo pedagógico que nos servirá para lograr construir esa sociedad. Pensar en una educación que no se vincule a las formas económicas y políticas que imperan en la realidad sería un nuevo absurdo, ya que el educar se convertiría simplemente en instruir. Lo hemos dicho con anterioridad, educar no es generar mano de obra barata, producir piezas acríticas que se insertan en la maquinaria de producción capitalista. 
            EL sueño, la utopia y la esperanza van de la mano, se interrelacionan, se nutren. Solamente podremos tener esperanza en un proceso, siempre y cuando ya hemos soñado un orden de cosas, sabemos que queremos, tenemos trazado el camino hacia donde queremos ir. La esperanza nace y se refuerza con el conocimiento, mediante la ignorancia no se lograra formular un sueño posible, de nada serviría proyectar mundos imposibles, ya que la frustración no solamente afecta a las generaciones inmediatas al fenómeno, sino que alcanza varias generaciones más. Nada es tan perjudicial en el proceso revolucionario que una revolución derrotada. 
            Y para soñar, formular una utopía y tener esperanza es necesario realizarlo desde la autonomía. El proceso autonómico nos permite mirarnos a nosotros mismos como los sujetos reales del cambio o transformación. La autonomía implica libertad, pero la libertad no es posible sin responsabilidad. El sujeto del cambio seremos directamente nosotros, no vendrá otro u otros que cambien nuestra situación. La libertad produce temor ya que siempre será más cómodo que otro realice las acciones fundamentales de nuestras vidas, aun que esto implique nuestra sujeción a un aparato ideológico que nada tiene que ver con nosotros. 
            La esperanza es el trabajo direccionado, la disciplina con camino claro. La autonomía nos implica directamente, pero nos permite construir la vida que realmente buscamos y para ello es necesario una educación que contribuya a obtener ese objetivo. Freire nos proporciona esa educación. Un mecanismo fundamental en el proceso, ya que el educando podrá pensarse como el actor principal en la construcción de su historia. Los pueblos solamente podrán vivir de acuerdo a sus necesidades políticas, económicas, sociales, culturales, siempre y cuando viva en autonomía. No depender de otro u otros en ningún sentido. LOs pueblos podrán establecer relaciones con otros pueblos o países desde sus propias autonomías, es decir, desde su propio ser nacional. No someterse a la hegemonía de un imperio o economía más poderosa. 
            La educación que educa para la libertad, refiere que debemos configurarnos desde la autonomía. Libertad sin autonomía y viceversa es un nuevo absurdo. Un socio político y económico respeta nuestra propia forma cultural o política, sin embargo, al perder autonomía al mismo tiempo perdemos libertad. 
            La esperanza se nutre de todos estos elementos fundamentales, no existe otra forma de lograrlo y la educación es una piedra angular en esa relación, pues es aquello que nos prepara para hacer frente a nuestra realidad y vernos en el espejo de nuestro propio ser. 
              
(Continua en la siguiente entrega)...
Photo by Skully MBa on Pexels.com

Fotografía:  Skully MBa , por Pexels

Sobre Alejandro Aldana Sellschopp

Investigador, promotor cultural, editor, ensayista y narrador.

Ha sido becario de: FOESCA (Emisiones 1999-2000 y 2000-2001), PACMYC, fue becario del FONCA (2003-2004) en el programa de Jóvenes Creadores en la modalidad de novela. Está incluido en la antología del FONCA – Jóvenes Creadores generación 2003-2004.

Ha publicado: Tiempo a Contrapunto (UNAM- Espacio Cultural Jaime Sabines),  Nudo de Serpientes (Novela). Su cuento Diario de un lobo está incluido en la antología Inventa la memoria (Alfaguara). La novela en Chiapas, antología (Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas en el 2018).

Líneas de desnudo. 21. El oficio del editor I. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 21

El oficio del editor I
Por Manuel Pérez-Petit

Debo confesar que me encanta ser editor. Me permite dedicarme a los demás y a sus cosas, y, además, me separa de mi obra de tal forma que ésta mejora y crece por sí sola en todos los sentidos, pues por el mismo ejercicio de la profesión que ejerzo vive desprovista de toda ambición. Y es en esa libertad y plenitud en la que existe la posibilidad de que algún día yo sea capaz de escribir algo reconocible y bueno, que será también el momento en que deje de escribir, que es la actividad, junto a la leer, a la que he dedicado más tiempo a lo largo de mi vida.
            El oficio de editor no se adquiere con un grado académico. Como en el periodístico, uno tiene que tener madera, por lo que en realidad no es “culpable” –y enfatizo haber puesto esta palabra entre comillas– de ser editor o periodista, sino que ha optado por serlo y, con mayor o menor grado de realismo, podrá llevar a cabo tal misión con suma, escasa o nula plenitud. Podría darse el caso de que alguien tuviera unos conocimientos técnicos extraordinarios y una capacitación fuera de toda duda y no pudiera ejercer de verdad ninguna de ambas profesiones, las cuales, de algún modo, van de la mano.
            El oficio de editor es complejo y desconocido, y hay que adquirirlo, desde luego, pero si no se tiene ese no sé qué que algunos llaman madera y otros olfato o califican con epítetos parecidos, y que se mueve en terrenos más cercanos a lo intuitivo que a lo racional, no se podrá nunca ejercer la profesión con el relieve que esta amerita y requiere, dada su trascendencia en la sociedad. Un error muy común es creer que ser editor es leer. O conocer a un diseñador o diseñar uno mismo y enviar a una imprenta un texto más o menos maquetado para que se hagan ejemplares. Lejos de eso, la función del editor es canalizar el proceso completo de puesta a disposición del lector de un texto, sea este narrativo, poético o visual. Y para ello debe tomar decisiones, pues en última instancia tiene en sus manos un material que debe convertir en objeto de consumo, pero sin olvidar que el libro hoy está a la cola en la lista de las preferencias de cualquier consumidor. Y eso no es fácil. 
            El trabajo del editor es muy cercano al del amanuense, que se niega a sí mismo para que brille el texto y no él. Es más, debe negarse a sí mismo al punto de estar por encima de sus gustos, preferencias y hasta sentimientos. Si no por criterios formados por encima de su propia estructura de pensamiento, el editor es alguien que tiene que tener mucha flexibilidad mental, aperturas de miras y capacidad de aprendizaje. Debe investigar, por ejemplo, y tratar el texto como propio y, a la vez, de su peor enemigo –o lo que es lo mismo, con amor y desapego–, debiendo fijar en su tarea incontables elementos que darán en un producto fino por el que merecerá la pena su trabajo, y es por ello que el editor debe ser una persona ilustrada y dotada de una capacidad lógica superior a la racional –que todo se entrena– y ser capaz de ser heurístico, esto es, de comprender a fondo dos cuestiones, enfrentarlas y generar un debate, que es el grado máximo de la lógica para la que las personas estamos capacitados, al menos hasta donde hemos descubierto, pues nuestra capacidad intelectiva es muy superior a la que en realidad desarrollamos. Su objetivo: negarse a sí mismo la capacidad de brillar para que brille el texto y, de paso, su autor. En ello juega un papel fundamental esa intuición que no se aprende sino de la que uno está en cierto modo dotado, aunque puede aprehenderse: la corazonada, la apuesta irracional, el corazón que uno le pone con cabeza a lo que hace para saber al golpe si sí o si no debe tomar una decisión respecto de una obra o, incluso, de un autor. Ser editor es como estar predispuesto a enamorarse a cada golpe de vista, en cada esquina, a vivir en el alambre, a jugársela, a apostar sin marcar las cartas, en un ejercicio que tiene tanto de aventurero como de sensatez… 
            No hay que ser muy perspicaz para llegar a la conclusión de que el editor es muy poco útil a la sociedad hoy en día, aunque no siempre fue así. A lo largo de la historia, ciertos roles –como el del editor o el periodista– han ido evolucionando y modificándose, en función del desarrollo de la tecnología y al calor del cambio de las mentalidades. Se trata, por lo general, de procesos lentos que en muy escasos momentos de la historia se han acelerado. Como en el caso del oficio del editor, tan antiguo como el lenguaje, pues ya éste, desde su origen primero, incluso el de señales o sonidos cuando aún el ser humano no era capaz de articular palabras ni establecer códigos complejos, era de manera constante modificado en aras de una eficiencia funcional, esto es, era editado. En un estado adánico no era necesario editar nada, pues todo era perfecto, pero cuando el hombre descubrió su miserabilidad y su limitación, asistió al nacimiento de la comunicación y de la necesidad de ponerse de acuerdo. Toda comunicación era elemental y tenía una función práctica, pero desde su origen necesitó de una corrección continua. De este modo, también surgió la tradición oral, en que toda narración se vio de manera paulatina transformada mediante continuas ediciones hasta que un día alguien la hizo por primera vez “canónica”, editándola, y esta vez por escrito, en ejemplares únicos que no mucho después fueron replicados y, en consecuencia, vueltos a editar. Y así, una vez tras otra hasta la baja Edad Media, en que al borde de la época que conocemos como Renacimiento, en Alemania, a mediados del siglo XV, un tal Gutenberg dio respuesta a la creciente necesidad de reproducción de los libros. Hasta entonces, el autor, anónimo por naturaleza en cuanto múltiple, era el editor de su propia obra, al fin y al cabo colectiva, con criterios más objetivables que subjetivos. La revolución “editorial” que supuso la imprenta de tipos móviles indujo a una transformación muy potente de la sociedad, pues permitió una inédita hasta entonces difusión y popularización de las ideas, los textos literarios o no y la cultura sin parangón, pasando a ser el impresor el editor de los textos, estatuto que perduraría por casi cuatrocientos años, no en vano el impresor tenía el medio para producir ejemplares en “masa”.
            Hasta finales de la Ilustración y el inicio de la Revolución francesa, ya en el último cuarto del siglo XVIII, el mundo era muy fácil de entender. Cualquier oficio tenía aprendices, oficiales y maestros. Uno hacía un proceso mediante el cual se convertía en maestro que a su vez tenía aprendices y oficiales, y formaba maestros... Toda expresión artística, por otra parte, contaba una historia y se llevaba a cabo por encargo de un benefactor, de alguien que la patrocinaba y/o la compraba: un miembro de la iglesia, de la aristocracia o de cualquier estamento de poder.  Todo el mundo nacía, además, sabiendo qué posición le correspondía en la sociedad. 
            Así, hasta la primera mitad del siglo XIX el editor no tenía conflicto a la hora de ser definido, porque el editor era el productor.  El autor llegaba a un impresor, alguien que tenía la imprenta, y le daba su texto, y éste lo componía, letra a letra en la caja de impresión, una especie de bandeja que luego entintaba y por la que pasaba, con su prensa, los pliegos de papel, en que quedaba impreso el resultado final de su trabajo. De ahí nació la expresión “a pie de imprenta”, referida a la labor de supervisión del último paso productivo del proceso editorial. Y como hasta la Revolución industrial era en la práctica la misma máquina que inventó Gutenberg, se generó, consolidó y evolucionó un oficio que cada día se iba pareciendo más a lo que hoy conocemos como el oficio de editar, acompañado en todo momento por un intenso proceso filosófico que puso las bases y fundamentó la tarea. 
            Durante el siglo XVIII, además, con las ideas de la Ilustración, surgió un concepto nuevo –en realidad antiguo, pero ahora con conciencia de serlo–, la burguesía, que tenía su origen en los pequeños artesanos que habían florecido en épocas medievales en las ciudades y se habían ido agrupando en gremios y, a su vez, reuniéndose por especialidades en los mismos barrios o vías, a los que dieron en llamar burgos. Esta es la razón por la que en muchas urbes antiguas de Europa, aunque también en América, existen calles con nombres de oficios, lo cual tiene que ver con que en otros tiempos si no en esas mismas vialidades en sus alrededores se reunían, por ejemplo, los toneleros, los ebanistas, los comerciantes de especias, los plateros, o, sin ir más lejos, los impresores. Pero todo cambió de manera radical durante ese famoso siglo XVIII, que dio lugar a la Revolución francesa, a partir de la cual ya de una manera efectiva cualquiera, con independencia de su posición social inicial podía evolucionar en la escala de la sociedad, lo cual se debe al crecimiento continuo de la burguesía durante esa centuria, que, desde sus albores, dio de qué hablar. En 1702 nace en Londres el primer periódico diario de la historia, The Daily Courant, merced al cual el impresor se convirtió también en el origen –de algún modo el proto empresario– de la comunicación. Teniendo a partir de ahí los impresores un renovado protagonismo se convirtieron, con la evolución y la transformación social y económica, en los impulsores de un nuevo concepto de empresa que cristalizaría cerca de doscientos años más tarde en lo que hoy conocemos como medios de comunicación.   
            La Revolución francesa, el gran hito de la época, es consecuencia en parte de todo ello. Hijo suyo en la práctica es el concepto de las convenciones, en que a partir de entonces hemos estado obligados a entendernos de una manera más racional –y a qué negarlo, más artificial que nunca–. Sin embargo, este acontecimiento histórico surgió porque durante todo el siglo XVIII el estado francés se había dedicado a vivir de espaldas a la realidad emitiendo enormes cantidades de deuda pública, al punto de llevar al estado al borde de la quiebra. En paralelo, la burguesía continuó creciendo y consolidándose como el poder de la economía real, y al ver que su estatus estaba cada vez más en peligro, dio un golpe de estado. Todo lo demás son visiones románticas.  La Revolución francesa, pues, se debe a la quiebra del estado francés y a la pujanza de la burguesía, que si no hubiera removido las instituciones establecidas se hubiera ido a la quiebra también. En ese desarrollo de la burguesía está la base de la posterior revolución industrial, así como la del desarrollo del capitalismo, en la que tenemos que enmarcar el hecho de que el editor pasara a ser, a partir de entonces, ya no un proto sino un auténtico empresario. 
            Una de las consecuencias positivas de todo ello fue la necesidad de sistematizarlo todo y, en consecuencia, verbigracia, crear diccionarios, pero este es un asunto del que hablaré como de otros más de fondo en mi Lineas de desnudo del próximo martes día 2 de marzo, titulado –por no ser más original– El oficio de editor II –y a saber cuánto dura la serie–, pues en lo sucesivo los martes dedicaré mi espacio en Letras, ideaYvoz a este oficio que muchos creen conocer y poco conocen de verdad.

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Nota del autor
Y hasta puede que le solicite a mi amable editor en este medio, el bueno de Roger Octavio Gómez Espinosa la ampliación de el espacio que me tiene asignado de los tres artículos que publico a la semana a cuatro. Que Dios nos pille confesaos.
 
   
 “Imprenta francesa del siglo XVI. Bibliothèque Nationale de France, Département des manuscrits, Paris (la imagen es de dominio público”)
Fotografía:  “Imprenta francesa del siglo XVI. Bibliothèque Nationale de France, Département des manuscrits, Paris (la imagen es de dominio público”) 2009”

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Polvo del camino. 57. Ni de noche ni de día. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 57

Ni de noche ni de día
Héctor Cortés Mandujano

Súplica de Sett Badr, en Las mil y una noche

  
Faltaban un par de meses para que nos casáramos cuando morí en un accidente estúpido: retrocedí sin ver, en un sitio que no conocía, y caí en un abismo.
            Me dijeron, no sé si como premio o castigo, que me convertiría en tu ángel de la guarda, pero que no podrías escucharme ni verme; sin embargo, si en la noche hacías la pequeña oración me permitirías darte indicaciones que, esa era la ganga, no podrías desobedecer: yo decidiría tu destino.
            Tú y yo ya habíamos tenido un sinnúmero de sesiones sexuales, por supuesto, y así podríamos haber seguido; nuestra boda más bien atendía a la necesidad de tus padres de conservar el buen nombre, de no perder respetabilidad, de “ponerle placas al coche” como decía tu mamá, pretendiendo ser de avanzada con esa idea cursi y pacata.
            Nunca te oí decir la oración ni te pregunté si la decías antes de dormirte cuando no estabas conmigo, porque hubiera sido raro que, si teníamos sexo y podíamos pasar parte de la noche juntos, después de tanta obscenidad carnal salieras con él “Ángel de la guarda, dulce compañía…”; y ahora, quién lo diría, de eso dependía que pudiera desampararte o no.
            La dijiste en la primera noche en que me puse, invisible, al lado de tu cama, y luego pediste resignación por mi muerte: te la concedí. Después, con el paso del tiempo, empezaste a sugerir un nuevo hombre en tu vida y yo me hice el sordo, y así seguí hasta esta noche en que, vieja y olvidada, ya pasados tus ochenta años, pediste morir. 
            Te hice tu gusto, no faltaba más, pero tu muerte será dulce (como mi compañía): morirás mientras duermes. 
            Te veo al rato, mi amor.
 
***
 
Mi gato Zapata, alias el Gordo, vivió 20 años con nosotros. Mi amigo Juventino Tito Sánchez lo conoció ya grande, pero le tomó cariño, tanto que para conmemorar su vida hizo una escultura dentro de una caja de cristal y me la regaló. Gracias, Tito. Zapata vive…
 
            
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

“El gordo Zapata”, creación: Juventino Sánchez
Fotografía: "El gordo Zapata", creación de Juventino Sánchez

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com