Universo breve. 2. Recordatorio oportuno. Damaris Disner

Recordatorio oportuno 

La gata café se acurrucó sobre la mesa. En esa posición era tan parecida al gato blanco. Recordó que desde que él murió no se sentaba a escribir en la terraza. Una notificación de Facebook le hacía saber que esa noche se colocaban las veladoras para las mascotas muertas. El golpe seco en el techo fue idéntico al que se oía en sus salidas nocturnas. No tuvo duda, fue su reclamo por pensar que regresaría en una gata; lo machista nunca se le iba a quitar. 

Voces ensortijadas. 72. Los cantos de la naturaleza. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 72

Por María Gabriela López Suárez

Los cantos de la naturaleza



Esther había decidido que esa tarde terminaría sus pendientes de trabajo para que al día siguiente que era fin de semana pudiera recibir a sus amistades, tenía mucho tiempo que no se veían. Había varios temas sobre qué platicar y les apetecía una amena velada.

Colocó su computadora en un espacio que improvisó para trabajar, tenía ganas de escuchar los sonidos de la naturaleza. Al caer la tarde siempre había una especie de concierto que ese día quería disfrutar para hacer más llevadera la actividad.

Se consideraba muy afortunada de estar rodeada de vegetación en su casa, era como un oasis, después de un fraccionamiento vecino que no tenía ningún árbol. Esa tarde el clima se percibía muy agradable, un ligero viento soplaba.

Mientras terminaba de redactar su documento en la computadora, comenzó a percatarse que el ocaso se despedía, los rayos del sol se habían ocultado.

—Justo a tiempo —pensó.

Cerró la computadora. Revisó su reloj, eran las siete de la noche, Ernesto, su compañero no tardaba en llegar del trabajo. Movió su silla, se puso cómoda y comenzó a deleitarse con los cantos de la naturaleza. Se propuso ir identificando qué aves llegaban de visita. Distinguió el canto de cenzontles, luego el de otras aves que no logró reconocer. De pronto, entraron al escenario las chicharras, Esther estaba asombrada, pocas veces había escuchado que cantaran de noche. Sus cantos fueron de manera intermitente, con esa potencia que solo ellas tienen. Como en un cuarto plano, se escuchó el croar de las ranas, primero cantaba una y luego se unían otras a manera de coro.
En realidad estaba ante un concierto de la naturaleza, cada una de los ejecutantes de sonidos se integraban de tal modo que era posible regocijarse ante su canto.

Observó el cielo, estaba despejado, mientras continuaba escuchando los cantos de la naturaleza. Por un instante cerró los ojos, respiró despacio y profundo, un respiro consciente, agradeció a la divinidad y al universo por ese regalo. Los ladridos de Solín y Dragón, sus perros, la hicieron abrir los ojos. Era el anuncio que Ernesto había llegado a casa.

El rostro de Esther dibujó una gran sonrisa, no solo por la presencia de Ernesto sino por la alegría de haberse dado un instante para detenerse y disfrutar del bello y preciado regalo que le daba la naturaleza.

By pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 72. Un león y muchas amantes. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 72

Un león y muchas amantes
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Todo fue un sueño, un sueño que perdimos […]
Un sueño breve y antiguo como el tiempo,
que los espejos no pueden reflejar

M. Trejo y Astor Piazzola,
en su canción “Pájaros perdidos”

Como la directora del zoológico y su invitada especial llevaban cosas frágiles en el Jeep y no íbamos a caminar más que unos 200 metros, me pidió que llevara abrazado a un león joven y flaco, que no era peligroso porque estaba más o menos enfermo, me dijo. 
¿Más o menos?, me repetí en silencio.
Recibí el costal de huesos y de inmediato puso una de sus garras sobre mi hombro y me encajó las uñas. Recordé que una de mis amantes me rasguñaba, estuviéramos o no en acción erótica. Ella era una maestra en encontrar el punto exacto. Sentí placer.
Luego el león me mordió cerca del pecho, con una mordida floja, carente de energía. Otra de mis amantes me mordía. Era muy buena en eso. Sus mordidas en la espalda me hacían conocer otros mundos.
Vi a los ojos al león y éste tenía una mirada triste. Me acordé de Amanda, de la última noche que pasamos juntos. Ella se iba a casar con otro, pero estaba enamorada de mí, me dijo. Tragamos nuestras lágrimas mientras hacíamos el amor.
Acaricié al león enfermo y pensé en Nury, en su desnudez. Le gustaba dejarse acariciar, más que nada. Se desnudaba y dejaba que yo la recorriera. Era un monumento palpitante.
Me di cuenta de que estaba cansado, que habíamos avanzado bastante, que yo sudaba a chorros. Decidí descansar y puse al león en el piso, luego de lograr, con cuidado, que no me encajara las uñas y dejara de morderme.
Intentó ponerse de pie y no pudo. Recordé a la mujer que murió en mis brazos. Un accidente terrible, que siempre he intentado olvidar. Lo acomodé debajo de una sombra para que no se sofocara.
Me senté a su lado y me acordé de la vez que vi amanecer en el mar con la mujer con quien pensé en casarme. También me acordé de la enorme estrella que vimos esa noche mágica. Era tan linda la noche, era tan linda ella.
Respiré agitado, suspiré, como si acabara de terminar una relación sexual.
Me puse de pie e intenté en concentrarme no en el pasado, sino en el ahora y me di cuenta de que el león agonizaba.
Murió, sin que pudiera hacer nada por él.
Pensé en los muchos amores que he tenido y han muerto para mí, y lloré por el león, por mí, por los amores perdidos. Y recordé a la directora del zoológico llorando, cuando pidió verme por última vez, porque se había enamorado de la visitante especial con la que iba muy adelante, quizás llegando a donde yo no llegaría porque decidí dejar allí al león e irme, y no volver nunca a este lugar tan lleno de recuerdos.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Polvo del camino. 71. Apuntes de oído, 3. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 71

Apuntes de oído, 3
Noel Nicola: ¿Qué hay delante de la vida, por detrás de la muerte, al lado del amor?


Héctor Cortés Mandujano

Cuando murió Noel Nicola (La Habana, Cuba, 1946-2005) escribí un texto que titulé, en alusión a una de sus canciones, “Para un imaginario Noel Nicola”. Admiraba no sólo sus letras, su música y sus interpretaciones, sino cómo había se había apartado de las luces, de la fama, cuando pudo brillar tal vez aún más que sus compañeros Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, quienes se convirtieron en el referente más conspicuo de la ya vieja Nueva Trova Cubana.
         Noel, hijo de músicos, hizo un disco musicando poemas de César Vallejo (1986), y también puso música a un texto del Che Guevara (“Diciembre 3 y 4” ) de su diario en Bolivia (Así como soy, 1980); hizo un disco para niños, con niños (Tricolor, 1987); un poco antes de su muerte los trovadores cubanos, viejos y jóvenes, le hicieron el homenaje de cantar sus canciones y presumir con su arte de componer versos en voz alta: 37 canciones de Noel Nicola (2007). Ya había muerto Noel cuando el disco salió.
	Su canto fue libre, con explosiones de voz aguda, y su guitarra se tomó todas las licencias. Exploró distintas maneras de componer canciones y no le interesó volverse internacional ni popular, no le interesó grabar discos ni salir de Cuba para hacer conciertos en otras partes. Sus discos, por eso, incluyendo el de niños, el de Vallejo y otro que grabó con Santiago Feliú (Entre otros, 2002), no llegan a diez. Es el rebelde de la trova.
	Recuerdo que en la contraportada de mi viejo LP Así como soy, la nota de presentación decía que el disco era un acontecimiento, porque no era fácil convencer a Noel de que entrara a grabar las canciones que ya tenía años cantando. Cuando fui a Cuba (Noel aún vivía) traté de comprar algún nuevo disco suyo, en un mercadito de arte al aire libre. Me acerqué a un vendedor de discos pirata y le pedí me enseñara discos de él. Se río y me dijo: “Hermano, eso es underground. No tengo nada de él, pero sí de Silvio, Pablo, Amaury…”.

En “Detrás de esta guitarra” no sólo hay la pretensión conseguida de sacarle a la guitarra nuevos acordes y forzar la voz para llevarla a otros territorios. También busca bajar a la tierra al artista, que no se le piense especial, extraño: “Detrás de esta guitarra hay un tipo lleno de complejos, un tipo que no escapa a las leyes de nuestro universo, pegado a la tierra, urgente de besos”. Pero hay aliento poético: “Está la soledad, la compañía fiel, la muerte de papel, juguetes de peluche, alguna que otra herida chorreándole mujer.” Y la vuelta a la realidad: “Un tipo que camina y que hasta escupe, suda, come, traga”.  
           Me gustan las canciones breves de Noel. “Miedo a vivir” me parece filosófica y perfecta. Dura un minuto y dice más que muchas que se gastan en nada el tiempo. Toda la letra dice primero sobre la vida: “Miedo a vivir, luz encendida hasta la madrugada. En el sillón, frente a un espejo, sin ver la arruga que cruza tu cara. Un día de éstos viene la muerte y no ha pasado nada”. Luego sobre el amor: “Miedo al amor, cama tendida sin manchas en las sábanas. Sólo dos pies, sólo dos manos, un sólo rostro estrujando la almohada. Un día de éstos llega la muerte y no ha pasado nada”.
           “Son oscuro” dura casi cinco minutos, algo muy raro en la producción de Noel. Es una canción de amor linda, compleja, poética. Parece referirse lo mismo a la patria (Cuba) que a una mujer, que a la manufactura de una canción. En todo caso muestra lo inaprensible que es la realidad con las palabras, lo difícil que es hacer una canción que domestique lo mágico, lo multidimensional de una experiencia: “Espeso viento te da en la cara, la vida aprisa, piedra rodante, y tú en tu calma mágica. Violento espejo, mi canto te habla, y en tus silencios tú te le quedas pálida. Cuando se estruja mi alma, añora palma y pulpa de mamey; y, conmovida en sus raíces, salta, volcando al agua un sueño de papel”. La segunda parte no aclara mucho la dulce oscuridad a que alude el título: “Avieso invento el que te amarra, abre su poza, viene y se posa, como una deuda inválida. Acento viejo de la palabra, el universo de lo que siento te hace una mueca trágica. Segunda patria la noche, cerró con broche de oro el sueño aquel, puso su oscuro en la palabra, pero así y todo alumbra lo que es”.

Comparto contigo lector, lectora, algunas líneas de sus canciones:
          En “Yamile, la más bella flor” (Así como soy, 1980) es muy sutil su referencia al encuentro erótico: “Vamos a demostrar que estamos vivos la flor y yo, haremos que la palabra no necesite venir aquí”, y también su aserto sobre lo vagaroso que es el deseo masculino: “Quisiera poder dar más, ponerle un injerto aquí, pero un buen jardinero nunca lo hace así; si mira una bella flor, por bella que sea la flor, se lo come la ansiedad por mirar al jardín”.
           En “Es más te perdono” (Comienzo el día, 1977): “Te perdono andar como tú andas, tus zapatos de nube, tus dientes y tu pelo. Te perdono los cientos de razones, los miles de problemas; en fin, te perdono no amarme. Lo que no te perdono es haberme besado con tanta alevosía”.
            En “Por la vida juntos” (Así como soy, 1980): “Yo sólo te diré, sobre las cosas de esta hora, cómo es que siente aquí la inmensa mayoría: si somos igual que tú y tú no puedes feliz, ¿de qué nos valen todas nuestras alegrías?”.
            En “De cierto modo” (Así como soy, 1980): “Murió un amor, pero veo a unos niños jugar, pero siento la brisa del mar, de cierto modo eso es amar”.
En “Ay, no sabes” (Dame mi voz, 2000): “Ay, no sabes cuánto duele, que salga el sol y me faltes, que falte el sol y te sueñe”.
           En “Llueve en agosto de 1981” (Lejanías, 1985): “Llueve, se desmoronan las paredes de mi casa; el mundo buitre viene y se posa en mi espalda, con su antivida, su antiamor, su antipalabra. […] Llueve y ya la lluvia hoy es veneno, aunque llegaras; una canción atravesada en la garganta, un estallido de neutrones en el alma”.
            En “Elvia, que te quiero verde” (Comienzo el día, 1977): “Está mi mano buscando el sitio donde creces, para poner mi voz, para poner mi mano, para poner mi amor. […] Al pie del árbol donde yo sé que te despiertas, voy a poner mi cuerpo, voy a poner un beso, voy a ponerme yo. Voy a poner mi mano tocando el sitio del amor”.
           “Canción para un final razonable” (Así como soy, 1980): “Te vas sin sonreírme; total, ya no hace falta. Ya estamos convencidos de que el amor respira, de que estamos viviendo, de que existe la muerte”.
           “Nube, agua, ala y brisa” (Lejanías, 1985): “¿Adónde me llevas agua, cantora del aguacero, acaso a un rosal de enaguas o acaso a un abismo fiero?”. 

Mis discos favoritos: Así como soy (1980) y Lejanías (1985). Mis 10 canciones favoritas: “Cueca con tu nombre escondido”, “Son oscuro”, “Por la vida juntos”, “Tres estaciones”, “Llueve en agosto de 1981”, “Ay, no sabes”, “Cantiago desde cerca”, “Otro hombre, otra mujer”, “Canción para un final razonable” y “Nube, agua, ala y brisa”. El subtítulo de esta columna corresponde a la canción “Qué hay delante, detrás y al lado”.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

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Voces ensortijadas. 71. Trato de palabra. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 71

Por María Gabriela López Suárez

Trato de palabra

Esa tarde del viernes Matilde se acordó de una frase que conocía desde que era niña, “el trato fue de palabra”, sin habérselo propuesto lo había aplicado.

Cuando era pequeña era frecuente escuchar que su abuelita Malú solía platicar algunas anécdotas que hablaban de lo importante que era hacer tratos con la gente donde la palabra jugaba un papel clave. Es decir, si alguna persona hacía un negocio, venta o intercambio, la palabra mediaba como garantía. 
Con el paso del tiempo las cosas cambian, entre ellas esas formas de acuerdos en los que la confianza es parte de los tratos que se establecen en las relaciones interpersonales. Matilde aún no lo había puesto en práctica. En algún momento llegó a pensar que para ella no sería útil. Sin embargo, ese viernes su visión cambió.

Decidió ir a comprar un costal de harina, el ingrediente se les había terminado y era necesario para la panadería que tenían como negocio familiar. Fue al mercado, se topó con la sorpresa que habían cerrado calles aledañas al local donde compraba los productos. Esto había ocasionado más tráfico del acostumbrado. Normalmente solía hacer uso de un sitio de taxis que estaba frente a la tienda de productos, ahora no había ningún vehículo. 

Matilde no tenía otra opción para comprar el material. Pensó que tomaría un taxi en la esquina más cercana a la tienda, pero haría una especie de trato con quien manejara el taxi, para que pudiera esperarla y ayudarle a subir el costal. No se aventuraría a adquirir la harina sin tener asegurado cómo llevarla a casa.

Hizo la parada a un taxi y le preguntó al conductor si le podría esperar a que comprara su producto para hacer el servicio de llevarla a su domicilio. El conductor aceptó y mencionó que daría una vuelta alrededor de la manzana, mientras Matilde compraba. Ella grabó en su mente el número de la unidad, 3216.

La compra fue rápida y Matilde pidió le llevaran su producto a la esquina donde llegaría el taxi. El tiempo comenzó a pasar y Matilde veía que el tráfico era poco fluido. Bajo el intenso sol en el que estaba, su paciencia iba desvaneciéndose. Vio pasar varios taxis desocupados, estuvo a punto de hacer la parada a más de uno. No obstante, vino a su mente que ella había hecho un trato de palabra con el taxista y estaría rompiéndolo si no esperaba la unidad. 

Por su mente pasaron muchas ideas. En eso estaba cuando a lo lejos vio el número 3216, el taxi había cumplido su palabra y había llegado. El conductor se estacionó, abrió la cajuela para poner el costal de harina. Matilde se subió al carro, respiró aliviada, sin planearlo había experimentado que hacer un trato de palabra podía tener sentido cuando se asumía con responsabilidad.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

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Voces ensortijadas. 70. La magia de los paisajes sonoros. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 70

Por María Gabriela López Suárez

La magia de los paisajes sonoros

Mientras conducía a casa y contemplaba el ocaso, Irene iba pensando qué estrategia haría esa tarde para que Felipe, su hijo de cinco años, dejara a un lado la tableta y buscara entretenerse en otra cosa. A su corta edad el niño tenía mucha habilidad para el manejo de la tecnología, pero Irene consideraba que también debía desarrollar otras habilidades.

Antes de llegar a casa empezó a despertar a Felipe, quien venía durmiendo en el asiento trasero del auto. Para hacerlo puso una de sus canciones favoritas,  La cumbia del monstruo de la laguna. Mientras la melodía se escuchaba Irene tarareaba el coro  de la canción,

—Mueve los hombros, mueve las manos, mueve la panza, pero no le alcanza…

Felipe no tardó en despertar. Se unió a cantar con su mamá, justo cuando iban entrando al camino de terracería que llevaba a su destino.

Ya en casa se lavaron las manos y antes que Felipe pidiera la tableta Irene le dijo que jugarían a algo muy divertido, descubrirían la magia de la tarde-noche. Aprovecharían el vivir fuera de la ciudad y estar en contacto con la naturaleza. Los ojos del niño se abrieron, en señal de asombro.

Fueron al patio, se sentaron en uno de los pretiles de la casa. Irene llevó hojas y colores para  dibujar. Comenzó a explicar el juego, ambos pondrían mucha atención en los sonidos de la naturaleza, cerrarían los ojos por momentos. Una vez identificado el sonido, harían un dibujo y cuando tuvieran al menos cinco sonidos cada uno imaginarían una historia y la contarían. Los dibujos serían la guía para recordar a los personajes y efectos sonoros de su historia.

Irene fue guiando la actividad para cerrar los ojos, escuchar y dibujar. Se fueron dando cita el canto de las chicharras, el viento que soplaba fuertemente, el croar de las ranas, el sonido de las hojas de los árboles mecidas por el viento, los ladridos de los perros, el canto de los pájaros y de los grillos, el murmullo de personas que se percibía a lo lejos, entre muchos más.

Mientras hacían la actividad, Irene observaba, de vez en vez, a Felipe que cerraba fuertemente sus ojos como intentando concentrarse más para escuchar mejor. Percibía que estaba disfrutando el ejercicio. Cuando ambos tuvieron sus dibujos terminados Irene dijo que tenían unos minutos para preparar la historia que contarían, el turno para iniciar era voluntario.

—Yo quiero empezar mamá. Mi historia se llama Los fantasmas y las chicharras.

El rostro de Irene dibujó una gran sonrisa, mientras escuchaba a Felipe se percató que su estrategia de esa tarde había funcionado, la magia de los paisajes sonoros se hacía presente. Al terminar de contar sus historias Irene dijo que se merecían un premio por la actividad, cenarían waffles con miel de abeja y mantequilla.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 70. Hijo de mujer y fantasma. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 70

Hijo de mujer y fantasma


Héctor Cortés Mandujano

Aunque se publicó originalmente en 1943, El corazón de piedra verde, de Salvador de Madariaga (1886-1978) es una novela que podría pasar por una recién escrita, recién publicada (mi ejemplar es de Random House, 2014).
	La mezcla de personajes históricos (Hernán Cortés, Colón, Moctezuma, Nezahualpilli…) con seres de ficción (Alonso, Xuchitl, Citlali, Cara-Larga…) es algo que aún ahora se explora narrativamente, lo mismo que los conciliábulos de palacio, las luchas cruentas y el erotismo que en El corazón… tiene páginas brillantes. Creo que esta novela, pues, es prodigiosa, especialmente en sus dos primeras partes.
	Cara-larga se siente borracho, es decir, según su dicho (p. 46): “Estoy lleno de conejos. […] cuatrocientos conejos era el nombre popular que se daba entre el pueblo al espíritu que se supone habita en el cuerpo del hombre borracho”.
	Es bonita la descripción de las sombras nocturnas y el amanecer (p. 54): “Las mujeres nocturnas habían desaparecido, abandonando las esquinas oscuras a los duendes del alba”.
	Ixcauatzin explica a Xuchitl el sentido de los sacrificios humanos, que está por encima del dolor de su madre (p. 234): “Gorrión no es sólo hijo de su madre; es también hijo de todos sus abuelos y bisabuelos, es decir, el hijo de todo el pueblo. De modo que, si muere por todo el pueblo, no hace más que devolver lo que le dieron”.
	[El corazón de piedra verde a que alude el título es un amuleto que produce deseos eróticos, fantasías, energía sexual; lo anda Nezahualpilli colgado al cuello y lo hereda a su hija Xuchitl y ésta lo regala a Alonso. El amuleto, incluso uno falso, atraviesa tangencialmente las historias, la novela.]
	Un consejo que le da a Alonso uno de sus preceptores, cuando pretende volverse sacerdote (p. 291): “Guárdate de delantera de mujer, de trasera de caballo, de costado de mula y de todo alrededor de un cura”.
	A Quintalbor le explica el padre Olmedo que no hay que hacer sacrificios humanos, porque ya antes un hombre-Dios se sacrificó por todos (p. 445): “Al fin oía de aquellos desconocidos palabras que tenían un sentido claro. El hecho de que un cordero muerto hacía 1500 años viviera para siempre en una oblea de harina era para él una proposición evidente que no necesitaba otra base que la posesión de poderes mágicos por parte del que había matado al cordero”.
	Doña Marina, la Malinche, antes de ser amante de Cortés fue amante del capitán Puertocarrero. No se va con él a España, porque (p. 458) “estaba enamorada de Cortés”. A Cortés le llamaban Malitzin, que no es un nombre femenino (p. 488): “Era el nombre que los naturales daban a Cortés, formado a base de su amante e intérprete, doña Marina, con el sufijo tzin, que equivalía a príncipe”. 
        A Citlali le explica Ixtlicoyu qué es la cruz (p. 534): “Representa un dios-hombre-animal que nació de una mujer y de un fantasma, y tan pronto es como un fantasma y anda por las nubes o sobre el agua -eso es cuando es dios”.
	Ya en plenas batallas de conquista, a los españoles les da terror y asombro cuando un grupo de guerreros europeos los insultan en náhuatl, pero (p. 688) “los veteranos que conocían las costumbres de los indios caían en la cuenta de lo que estaba ocurriendo: los guerreros de Cuauhtémoc habían desollado a los españoles y se habían vestido con sus pellejos”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración H.C.M




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 69. Las primeras lluvias. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 69

Por María Gabriela López Suárez

Las primeras lluvias

Mientras iba a casa Imelda observó cómo el clima había cambiado, se percibía una ligera sensación de frescura, ni una pista en el cielo que indicara lluvia. Por el contrario, la Luna se vislumbraba como una especie de uña entre algunas nubes que le enmarcaban. Ese paisaje la relajaba, después de una jornada laboral que había estado medianamente pesada.

Observó a su derecha, las dos montañas que eran sus vecinas se asomaban, a modo de saludo. Las casas se divisaban por las luces, a manera de cucayos. En su imaginario no pensó que esa zona se poblaría tan pronto. Un tinte de nostalgia se hizo presente.

Llegó a casa. Ya la esperaban. Cenó con su familia. Conversaron un rato, de pronto, comenzaron a escuchar, además de los grillos, el canto de una rana que luego se dejó acompañar por una más, como a modo de coro. Ese canto era una especie de anuncio de la lluvia, que de un momento a otro llegó, primero como llovizna y luego, de manera abundante.

Imelda se sentó y abrió una ventana, el olor a tierra mojada se percibió de inmediato. Ese aromaba le encantaba, era señal de naturaleza viva. Las ráfagas de viento se escucharon por momentos. Hubo una pausa en la lluvia, eso hizo que las ranas retornaran a su canto. Imelda las imaginó muy contentas.

Cerró la ventana. Era hora de dormir. Los relámpagos y truenos comenzaron a hacer acto de presencia y el canto de las ranas cesó cuando la lluvia retornó con fuerza. Mientras intentaba conciliar el sueño Imelda agradeció las primeras lluvias. Sin duda alguna, las plantas, los árboles, la tierra las anhelaban y también agradecían.

Hizo memoria del significado que tenían las primeras aguas, como solían llamar en su familia a las primeras lluvias del mes de mayo. Además de ser una bendición, también las asociaban con la maduración de las frutas de temporada.

—Hay que aprovechar comer los mangos y jocotes antes que le caigan las primeras aguas, porque sino luego se llenan de gusano—, solía decir la tía Leonor.

Los truenos seguían sonando, Imelda los escuchó cada vez menos hasta que llegó el momento que se convirtieron en una especie de arrullo y se quedó dormida.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 69. Sin remedio. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 69

Sin remedio


Héctor Cortés Mandujano

Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante
de una mujer ignota que adoro y que me adora

Paul Verlaine (1844-1896),
en “Mi sueño familiar”


Durante años he soñado con una mujer –no se parece a alguien de la realidad–, que ha sido mi amante.
En mis sueños hemos tenido larguísimas sesiones eróticas y hemos explorado casi todas las posibilidades de ayuntamiento carnal. Es alta (más que yo), delgada, con un largo pelo negro y no ha envejecido desde que la sueño, hará unos veinte años.
Hemos terminado el romance algunas veces y llorado mucho; hemos hecho tríos y estado en orgías. Nos hemos hospedado en moteles de mala muerte: recuerdo uno donde llovía torrencialmente y nos caía una gotita en las espaldas, porque ella-yo estaba a veces arriba, a veces abajo. Nos reíamos y seguíamos besándonos, amándonos…
A veces nos hemos sentado en el pasto, bajo una frondosa sombra, y vemos hipnóticamente una laguna, con las manos enlazadas. Me gusta cómo juega con mi pelo y cómo es capaz de producirme torrentes de placer sólo con sus manos, sólo con su voz en mi oído, sólo con sus besos.
Era tan común vivir con ella mientras dormía, que me sorprendió mi sueño reciente: Estábamos atendiendo a unos amigos que habían llegado a visitarnos a nuestra casa de campo (llena de cristales, con bejucos floridos enredados a los altos árboles que convivían con la construcción) y a la mesa sin adornos llevábamos botellas de vino, vasos, platos… Nos sentamos, ella tronó los dedos y nuestros amigos desaparecieron.
Acostumbrado a esas magias oníricas, yo sonreí hasta que vi la expresión triste de ella, a quien por cierto nunca puse nombre.
—¿Te pasa algo?
—Sí, claro –me respondió.
Me vio con mirada dulce y me dijo sin temblores ni pausas:
—Esta es la última vez que estaré contigo.
Yo la vi, divertido:
—No sabes lo que dices, esto que estoy viviendo es un sueño y tú estás dentro de mí, porque yo te he construido del pelo al pie.
—Ay, Héctor, no sabes nada de los sueños, pobrecito. Lo que te digo es incontrovertible: nunca más estaré en tus sueños, me voy.
—¿Adónde?
—No importa. Llámalo cementerio de los sueños, tumbas de gloria, evanescencia, como quieras. Este es, querido, el último beso que recibirás de mi boca.
Me besó y de pronto sentí que ya no estaba. Abrí los ojos, me desperté y me di cuenta de que esa mujer me había acompañado durante tanto tiempo sin que nadie lo supiera. Y ya no estaría. Quedé triste.

En el desayuno, mi mujer (la real) me dijo:
—¿Y esa cara?
Le conté y mi mujer, que es toda tranquilidad, bondad y paciencia, me quedó viendo como se ve a los enfermos terminales que uno quisiera que sanaran, pero que ya no tienen remedio.




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración H.C.M




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Photo by Quang Nguyen Vinh on Pexels.com

Voces ensortijadas. 68. Espíritu aventurero. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 68

Por María Gabriela López Suárez

Espíritu aventurero

Previo al abordaje en el autobús Violeta respiró profundamente, era su primer viaje fuera de su estado después de la contingencia sanitaria por la COVID-19. Se aseguró de tener bien colocado el cubrebocas y se puso la careta. 

Una vez en el camión buscó su número de asiento, había elegido ventanilla. Se sentó y por dentro, rogaba que pudiera ir sola en el viaje. El recorrido no era tan largo, sin embargo se sentiría más tranquila al tener más distancia entre los pasajeros. Su petición no fue atendida por el universo. Mientras se abrochaba el cinturón de seguridad escuchó que una voz la saludaba. Alzó la vista y observó a un tipo de aproximadamente 1.90 de estatura, con el cabello recogido en una coleta y que portaba un cubrebocas con tela de paliacate en tono rojo. Ella respondió el saludo, mientras que intentaba tranquilizarse. El viaje estaría bien y no había por qué preocuparse.

Violeta corrió la cortina de la ventanilla para observar el paisaje. Su compañero de asiento comenzó la conversación preguntando si iba de viaje por trabajo, visita familiar o paseo. Ella volvió la vista y pensó un instante antes de responder, tenía poca ganas de platicar. Sin embargo, le pareció que sería descortés si lo ignoraba.

Ambos se dirigían a San Luis Potosí, a diferentes lugares. Ella iba por motivos familiares, para cuidar a una tía enferma que no tenía quién estuviera con ella un par de semanas. Él era activista e iba a apoyar algunas labores con el pueblo Wixarika. 

Sin darse cuenta Violeta fue hallando interesante la conversación y se sintió en confianza, hablaron de una diversidad de temas, de las luchas de los pueblos, de las resistencias, de la terrible situación que estaba viviéndose en países latinoamericanos como Colombia ante la represión de los gobiernos. Llegaron a un tema que a ella le causaba interés desde pequeña, las culturas prehispánicas en México. Se detuvieron en las culturas mexica y maya. 

Mientras conversaban sobre las culturas Violeta vio cómo su compañero de asiento buscaba algo en la mochila que él llevaba y cuando por fin lo halló se lo mostró. Era una pequeña flauta tubular de bambú, le explicó que le gustaba tocar música prehispánica en ceremonias rituales. Violeta tomó la flauta con cuidado, la observó y se la devolvió. Después ambos voltearon la vista hacia la ventana, justo estaba la puesta del sol. Ella tomó rápidamente su celular para capturar una imagen del paisaje. Él sonrió. 

–¡Me encantan los atardeceres!— Dijo ella.

—También a mí, pero a veces, me parece que la mejor fotografía es la que queda en la memoria —señaló él. 

El conductor del autobús anunció la llegada al primero de los tres destinos de la ruta. El compañero de asiento dijo a Violeta que le daba gusto haber conversado con ella, apretó el puño de su mano izquierda para despedirse, a la usanza de la nueva normalidad. Violeta respondió la despedida deseándole buen camino.

Revisó su reloj, a ella le faltaba alrededor de una hora para arribar a su destino. Se quedó pensando que ni ella ni su compañero de viaje se habían presentado, pero por el intercambio que habían tenido para ella quedaría en su mente como un espíritu aventurero. 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 68. Elipsis metafórica. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 68

Elipsis metafórica


Héctor Cortés Mandujano

  
Me gusta en Up: una aventura de altura (2009, dirigida por Pete Docter), cinta de dibujos animados que ganó dos premios Oscar, el rápido recuento de vida que hacen del viejo que será protagonista. En un abrir y cerrar de ojos: es un niño, conoce a una niña, se caen mal, son amigos, se enojan, crecen, se vuelven novios, se casan, van envejeciendo, ella muere y él, Carl Fredricksen, se vuelve un viejo solo, viudo. Allí arranca la trama.
Antes de esta cinta se hizo otra con un procedimiento similar, pero más extremo. Se trata de Mis vecinos los Yamada (1999, dirigida por Isao Takahata, de los Estudios Ghibli). Los protagonistas son un matrimonio, dos hijos y la suegra. Es difícil ver esta película porque uno ya se acostumbró a que las caricaturas (el anime en este caso) estén hechas con dibujos cuidados y llenos de colores. Los Yamada están mal dibujados y mal pintados. La calle, por ejemplo, es un espacio en blanco, unas rayas que simulan casas y un manchón verde que sugiere un árbol. La peli me gustó también por esos atrevimientos.
El joven y la muchacha se suben a un carrito que da vueltas y vueltas en un camino que sube y sube que, cuando la toma se abre, vemos que es la orilla del pastel de bodas. Mientras la juez habla, ellos empiezan a juntar tablas y hacen una barca que se convierte en barco en medio de una tormenta; el hombre busca cómo arreglar el casco dañado por el oleaje mientras se oye la voz de la juez que dice: “Enfrentarán grandes tormentas, pero si siguen unidos, vencerán”.
El barco se va haciendo pedazos y ellos se quedan en el centro que se vuelve un carrito que los lleva por un camino de la playa. Dice la voz: “Tengan hijos lo más pronto posible”, y ellos, en su carrito, atraviesan campos de coles que tienen muchos bebés en su interior; ven el cielo y hay un sinnúmero de cigüeñas con niños recién nacidos en el pico; el coche se vuelve lancha y entran en un río donde hallan un melocotón gigante que suben a la barca, lo abren y allí está su primer hijo.
Estas secuencias elípticas cuentan la vida con rapidez metafórica: la familia completa está en el mar, en una balsa, rodeada de tiburones, sin que ellos se den cuenta, mientras la voz dice: “Tengan cuidado cuando naveguen por aguas tranquilas”.
Después de estas prodigiosas secuencias, la cinta se centra en una serie de viñetas familiares, acompañadas por poemas de Basho y otros poetas japoneses, música de piano y fragmentos clásicos. Rara y bella peli, que se toma todas las libertades.
Por la capacidad de síntesis (en un minuto te cuento una historia), estas soluciones cinematográficas me hicieron recordar una frase leída en una de las novelas de Iván Turgueniev: Humo, que también contiene Primer amor (Bruguera, 1981). Las dos novelas tratan de amores mal sucedidos. El niño se enamora de la jovencita, pero ella se enamora del padre del niño en Primer amor, y Humo es el reencuentro de un hombre enamorado otra vez de quien fue su amor juvenil. Cae en la trampa amorosa de nuevo, pero ella es casada y él se va a casar. El amor se vuelve humo. Sin embargo, tienen horas de pasión y allí se dice la frase a que aludí y que podría encajar en las películas, en la vida, cuando se escancia y se bebe con rapidez y eficiencia el vino de la felicidad (p. 257): “Si disponemos de un día, disponemos de la eternidad”.

***

Con varias amigas y varios amigos, fuimos a ver la puesta en escena de Manual para bañar al gato, de Laura Jiménez Abud, con dirección de Lenin de Zunún y con las actuaciones de Enrique Heram, Carlos Ariosto y Hugo Saldaña. Salimos complacidos. Te invito lector, lectora a que vayas a verla; seguirá en temporada hasta el 24 de mayo, con funciones los viernes (a las 8 pm) y sábados (6 y 8 pm), en Telar Teatro: 9ª Sur Poniente 514, altos.




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Obra: Héctor Ventura. Foto: Linda esquinca

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com