Revista

Universo breve. 2. Recordatorio oportuno. Damaris Disner

Destacado

Recordatorio oportuno 

La gata café se acurrucó sobre la mesa. En esa posición era tan parecida al gato blanco. Recordó que desde que él murió no se sentaba a escribir en la terraza. Una notificación de Facebook le hacía saber que esa noche se colocaban las veladoras para las mascotas muertas. El golpe seco en el techo fue idéntico al que se oía en sus salidas nocturnas. No tuvo duda, fue su reclamo por pensar que regresaría en una gata; lo machista nunca se le iba a quitar. 

Voces ensortijadas 150. La esfera olvidada. María Gabriela López Suárez

La esfera olvidada

Por Maria Gabriela López Suárez

Mónica salió apresurada de su casa, ya estaba sobre tiempo para que Gonzalo y Mireya, sus amistades y colegas del trabajo, pasaran por ella. Se puso su mochila en la espalda, acomodó sus lentes, sacudió su cabello húmedo y se hizo una coleta. Sus amistades tenían como parte de su ruta diaria pasar justo en la calle que vivía Mónica, así que se habían organizado para que se fuera con ellos.

Revisó su reloj y se percató que ella había salido antes. Estaba diez minutos adelantada, respiró profundo, 

—¡Uff, qué alivio! Menos mal que soy yo la que esperaré un ratito y no ellos.

Mientras esperaba, vio que pasaban las personas frente a ella, algunas iban con calma, otras apresuradas. De esas últimas Mónica pensó que seguro se les había hecho tarde para ir al trabajo o a la escuela. Siguió recorriendo con la mirada su calle, pocas veces o casi nunca lo hacía. En esa cotidiana rutina de salir rápido y regresar cansada a casa había perdido ser observadora y descubrir qué hallaba de nuevo. 

La mirada de Mónica se dejó atrapar por un gato blanco que cruzó corriendo los techos de las casas situadas frente a la vivienda de ella. El gato se fue a colocar sobre los tejados de una casa, ahí se acomodó muy bien, tanto que podía pasar desapercibido. Después de eso, Mónica se quedó observando el cableado extenso que colgaba de los postes, le dio una especie de temor, su memoria trajo al presente el peligro de esos cables cuando había temblores.

Del temor pasó al relajamiento, además de los cables había lazos colgados en lo alto, de un extremo al otro de la calle, eran utilizados para colgar adornos en ciertas fiestas. De pronto, giró su mirada hacia el tejado donde estaba el gato blanco, pero su vista se posó sobre una esfera navideña que colgaba de uno de los lazos. La decoración dorada de la esfera se conservaba,

—¡Wow! No puedo creer que aún permanezca esta esfera, casi intacta, y  bien colgada.

Justo estaba por cumplirse un año que sus vecinos habían decorado la calle con motivos navideños. ¿Y qué había pasado con esa esfera? Se habían olvidado de ella, de quitarla. Su mente no daba crédito a que casi un año después ni ella se había dado cuenta de la esfera olvidada y eso que la tenía muy cercan. A Mónica se le figuró que como esa esfera podría pasar con las personas, que pudieran estar necesitadas de que alguien las escuchara, conversara con ellas o quisieran compartir lo que les pasaba. Sin embargo, en el ajetreo cotidiano nadie se percataba de eso, ni siquiera la gente más allegada.

Mientras bajaba la vista Mónica vio acercarse al auto donde iban Mireya y Gonzalo.

—Ahora sí te caíste de la cama Moni —dijo en voz alta Mireya.

El rostro de Mónica sonrió sin decir nada, en su mente seguía resonando la esfera olvidada. 
Photo by Mehmet Turgut Kirkgoz on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 150. La vida de un hombre muerto. Héctor Cortés Mandujano

La vida de un hombre muerto

Héctor Cortés Mandujano

Se encendieron luces de las salas

y lenguas de luz besaron la noche

Mariano Méndez Pérez, en «Pecado en la choza».


Y el Bolom dice… Venimos a este lugar, antología de cuentos (Coneculta-Chiapas, 2007) es un volumen que contiene, dice Marceal Méndez Pérez en la presentación (p. 11), “once cuentos galardonados en el concurso de cuento Y el bolom dice… categoría ‘A’, de las emisiones 2005 y 2006”.
	Los cuentos no sólo están bien escritos: buscan y encuentran imágenes certeras, hacen retratos con pocas palabras, recrean ambientes; no se les lee como obras de aficionados, sino como propuestas interesantes, pensadas, logradas. Hay un enorme filón de talento en nuestros narradores y narradoras (hay dos entre los diez autores) indígenas.
	De “Estoy vivo”, de Claudio Entzín Hernández, me gustó mucho el nombre de su personaje: Rito Falsario. Qué maravilla.
	Raymundo Díaz Gómez, dice en “Miguel Yajval Ch’en”, algo que a veces olvidamos los caxlanes, cuando escribimos sobre el movimiento mapachista, y es que los indígenas sólo lo veían como un movimiento ajeno, incluso contrario a sus intereses (p. 31): “El coronel Alberto Pineda se vende con los hacendados”.
	“A veces uno se muere”, de Mikeas Sánchez Gómez, es un cuento escrito desde la sensibilidad femenina (el personaje es una mujer). La narradora de la historia, inventada por Mikeas, ve morir a su mamá y pone con claridad el mal en los alimentos (p. 58): “Ya no quiso comer nada y se puso muy flaca. Tenía el estómago lleno de amarguras y también de remordimientos”.
	Me encantan los árboles y en los cuentos se mencionan muchos. En “El aire de otoño”, de Noel Inocencio Morales de León, se refieren a unos conocidos y a otros que tal vez conozco con otros nombres (p. 65): “Pinos, cipreses, madrones, salvios, alises, espinas, encinos y moquillos”; en “Vinimos a este lugar”, de García Muñoz, del que hablo líneas abajo, se mencionan otros árboles desconocidos (p. 121): “Los palos de caspirol”, y en “Pecado en la choza”, de Mariano Méndez Pérez, se habla de (p. 130) “la frondosa sombra de los árboles de cacaté”. 
	Desarrolla Isabel Pascual Andrés, en “El hombre que se convirtió en rata”, una idea compleja, que parece simple a primera vista: la vida de los muertos (p. 96): “Levanté la sábana y vi que había puras ratas. Rigoberto se había convertido en ratas. En realidad, pensé, no era persona verdadera cuando le conocí, sino una rata que había tomado la vida de un hombre muerto”.
	Claudio Entzín Hernández tiene dos narraciones aquí. De “Espera sin retorno” me llamó la atención que se hermane con historias de otros lados, de otros países (La edad de la inocencia, de la escritora norteamericana Edith Wharton, y Seda, del italiano Alessandro Baricco). Un hijo escribe cartas a su padre tomando la personalidad de otro hijo que se fue de la comunidad y nunca volvió. El padre muere (p. 106): “El pobre murió creyendo que su hijo José aún se acordaba de él, que cada año le escribía. La verdad nunca tuve el valor de decirle que mi hermano había muerto en manos de unos asaltantes después de un par de años de su partida”.
	“Vinimos a este lugar”, de José Osbaldo García Muñoz, tiene una línea que me parece genial y se refiere a la gente que deja vacío un pueblo, que se va como los halcones peregrinos (p. 116): “Se fueron como los azacuanes en el invierno”. 
	


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración de Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Nota rimada. 17. Los bueyes no son de lidia. Maclovio Fernández

Foto: Anugrah Lohiya

Los bueyes no son de lidia
Por Maclovio Fernández



A pesar de tantos bueyes, no habrá más tardes de toros

México se queda sin la temporada grande en la plaza de toros.
         Un juez atendió la denuncia de la sociedad protectora de animales y prohibió las corridas en CDMX.
          Ojalá no hayan vivales que quieran tergiversar la decisión judicial y aprovecharse torcidamente del mandato para su beneficio.



Los bueyes no son de lidia

Están en la rogativa
implorando en sus corrales,
que los plurinominales
no queden a la deriva.

Quieren quedar incluidos
en la judicial medida
de suspender las corridas
y ruegan muy compungidos.

Organizan sus protestas
contra la transformación,
los de descornada testa
que piden continuación.

El juez protege a los toros
no a los bueyes descornados
parásitos sin  decoro
que han de ser sacrificados.

Maclovio Fernández

Foto: Anugrah Lohiya
Foto: Anugrah Lohiya

Cajón de rubores. 31. Crónicas 8. Antonio Florido

Crónicas (8)
Bellavista
Por Antonio Florido

 

       BELLAVISTA


Salimos del Harry’s Bar y caminamos lentos por Ernesto Pinto Lagarrigue. Paramos en seco a la altura del 80, donde había una peña de planta baja, de paredes rojas con molduras en blanco.
         Sobre mediodía.
         Un sol hermoso y tibio. Se estaba bien en camisa. Cruzamos la calle, no demasiado ancha y casi sin tránsito a esa hora. Se dibujó una joven en la puerta, con un cubo. Fregaba un suelo imposible.
         ―¿Ya llegó?
         La chica bajó la cabeza. Toribio se entendía a las mil maravillas. 
        ―¿Entramos?
        Era una especie de tablao flamenco, al estilo chileno, con paredes pintadas al tun tun. Cuadros de toda la saga. Toribio se desarmó y colgó la prenda sobre una silla. Yo le imité. Luego me quedé de pie caminando muy lento por las paredes, deteniéndome de cuando en cuando. Miraba cada una de las fotografías. Eran viejas. Violeta, Hilda, Nicanor…
         Me fui enterando de poquito en poquito. La historia de una leyenda del país vertical. (La primera vez que vi el mapa de Chile me pareció una tierra que lloraba. Ese largo, desde más arriba de Atacama hasta muy abajo, donde la tierra se vuelve blanca, brillosa y fría, parece una lágrima que va cayendo y cayendo).
         Mientras esperábamos la llegada del Nano, la joven nos fue sirviendo unos platos y bebidas. Éramos dos solitarios en un espacio pintado, con varias caras que nos miraban con sombras de desprecio. Sobre las paredes había décimas, canciones escritas a mano… Salpicaban la estancia para que los comensales fuesen comprendiendo que los Parra son y serán siempre eso, los Parra. 
         Me excusé un segundo. Salí a la calle. Me apoyé sobre la pared. El sol se encajonó sobre mi rostro de ojos cerrados. ¡Pensé tantas cosas! Luego fumé con una tranquilidad excesiva. Moto azul con cajonera, apostada a varios metros, con la patacabra que la sostenía. Al lado un tronco que se arrepintió de haber sido árbol y torció el gesto. Subieron sus ramas y hojas con rabia porque ellas sí quisieron ser un árbol plantado en una acera de Chile, por donde nadie pasa en el día. Pero en la noche el mismo tronco torcido sostiene las espaldas jóvenes cargadas de inocencias y esperanzas. Quizás fuese un árbol de noche. 
         Llegó como arrepentido. Lucía una ponchera sobre una camisa blanca. Se arremangó y cruzó sus ojos con los míos. Se extrañaba el Nano. Toribio nos presentó. Fue cuando le vi algunos dientes de oro, en las esquinas profundas de su boca, la mano gruesa y fuerte, una frente amplia y el cabello crespo, con la brillante soltura de la juventud huidiza y el decoro. 
        ―¡Tonio, de España!  ¡Un escritor muy conocido!
        De nuevo se equivocó, pero yo sonreí diluyendo una terrible humillación. 
        Permanecimos de pie. Hablamos de lo que se habla en estos casos. Naderías, halagos, medida de distancias, reconocimiento de olores, intuiciones que salpican las entendederas de los que ya cumplieron algunos años. Nos caímos bien. Me cayó bien el susodicho Nano. Yo ya sabía con quién estaba hablando. Era de la saga. Uno de los de en medio, porque detrás empujan los jovencitos y los de antes ya murieron en sus cajas de pino. 
        ―¡Un segundo, ahora vengo, creo que tengo alguno arriba!
Mientras tanto Toribio se llevaba la cuchara a la boca. Yo analizaba el contenido de la cazuela. Apartaba con el borde de acero, llenaba y bebía. 
         ―¡Un artista, un artista! ¡Y muy considerado en toda la nación!
         Había guirnaldas, cadenetas coloridas, pinturas al fresco con rostros desencajados que intentaban imitar la real apatía de algunas personas que conozco. Sonrisas afectadas y posturas de foto. 
         Estaba rico el caldo. Y la chicha morada. 
         El Nano Parra se acercó a nuestra mesa a toda prisa. Siempre iba de acá para allá como si el espacio fuese a desaparecer. Llevaba un libro en la mano. Me lo tendió, le pasé el bolígrafo con una sonrisa. Dobló la cintura, abrió la portada, luego escribió como un niño muy chico que está aprendiendo. Observé que los dedos le temblaban. Garabateó sobre la hoja hueso. No lo leí al momento. Es de mala educación. Le volví a dar la mano. Le apreté cuanto pude, pero sus cantos no cedieron nada. Después el Nano Parra dejó de existir.  Estaba hecho libro, estrofas, poemas, cantos, sentimientos, voces al son de unos acordes de guitarra, ojos ávidos y bocas medio abiertas…
Letra enorme, enrevesada. Signos dibujados al estilo Cocteau, como suelo decir. Propia de un hombre iletrado o de un idiopático, pero supuse que el Nano no era ni lo uno ni lo otro. Una cosa extraña, pues. 
         “A mi amigo… Con todo cariño. Nano Parra”. En los suspensivos podría haber escrito cualquier nombre, porque todos los nombres son uno sólo, como en aquella novela de Saramago, me acuerdo. Lo de cariño es una suposición porque la línea podría indicar cualquier cosa. Tal vez una nube enfadada en un cielo de ceniza o una ola revoltosa que se cansó de la calma. Un loco que se duerme al son de una nana de amor vespertino. ¡Yo qué sé…! Olí las páginas. A enredadera con un poquito de humedad, en su punto. Letras y letras, marcadas con números romanos. Décimas del Nano. De vez en vez alguna fotografía en blanco y negro, difuminada, con los antiguos matices (si alguna vez los tuvo) desaparecidos, huyendo a la ciudad donde viven todos los colores del mundo. Gente muerta con sonrisas forzadas. Viejos y chicos, medianos. Guitarras sostenidas, vestidos en alto, luciendo el garbo y la altanera costumbre de señalar que aquí estoy yo, un Parra. 
          Todo Chile canta por los rincones las cuecas choras de este hombre que quiso ser poeta en una tierra de poetas. 
          Pagamos la cuenta. Nos fuimos con dos sonrisas agradecidas.  La calle seguía en su sitio, la moto echada, el árbol que deseaba ser árbol me miraba con sus hojas tristes. Volví la cabeza. Eché la última ojeada adonde jamás volvería. Suspiré porque estas despedidas son siempre duras de tragar. El paso ineluctable del tiempo que se achica cada vez más deprisa. Mis manos cierran unos dedos en el afán de retener algo, poquita cosa, un segundo, un color que huye, olores y gente que se cruza conmigo sin decirme nada. 
          El fragor de las aguas negras era dulce y chascoso. Nos echamos sobre la baranda para ver un poco de esa agua que nunca piensa en el avance. Sólo corre y corre, enajenada, buscando el bajo de la tierra, el mar a lo lejos. Sí, el agua quemada del Mapocho corre urgente para encontrar y arrejuntarse con esa otra agua ancha y calma del gran Pacífico.


Nano Parra. (Curacavi, 1937). Cantautor. Chile
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 149. La nada mexicana. Héctor Cortés Mandujano

La nada mexicana

Héctor Cortés Mandujano

Alejandro Rosas y Julio Patán escriben a cuatro manos México bizarro, el país que nadie quiere recordar (Editorial Plantea, 2017), con un diseño lleno de colores, atractivo, juguetón.
	Los textos hablan de las muchas desgracias de nuestro país (sociales, políticas, artísticas, de espectáculos, de injusticias…) tratadas con humorismo. 
         En “Luchadores de nota roja” hablan de Juana Barraza, la Mataviejitas, hija de Justa (qué nombre irónico), una prostituta. La infancia de Juana no fue fácil (p. 67): “La después llamada Mataviejitas tuvo un destino similar al de su madre: fue violada en la infancia por tres hombres con la anuencia de Justa, que al parecer cobró a cambio de su autorización unas cuantas cervezas”.
         En “Embajador por once días” refieren la historia de Díaz Ordaz, quien luego de dejar la presidencia fue designado, por López Portillo, embajador de España. Sólo estuvo en su cargo once días, porque decidió por sus pistolas regresar a México y dejar todo tirado. Algo grave porque, además, México y España habían roto relaciones por el franquismo y en 1977, con el recién designado funcionario, se restablecían. Dijo Díaz Ordaz, según los autores (p. 84): “ ‘¡Me voy porque se me da la gana! ¡Y no regresaré, no me despediré de nadie, ni del rey!’ Y así lo hizo, dejando la nueva relación en una situación bastante comprometida, pues los españoles consideraron la actitud del embajador como una falta de respeto a España”. 
         “Un profe en Forbes” es la historia sintética del enriquecimiento del profe Carlos Hank González, un político rapaz, como ha habido tantos. Son famosas dos de sus frases (p. 89): “Un político pobre es un pobre político” y (p. 90): “La política es una carga muy pesada, pero los fletes son muy buenos”.
         En “Prohibido ser cura y no casarse” el protagonista es Tomás Garrido Canabal, gobernador de Tabasco en los años 20. Era anticlerical extremo (p. 99): “En el plano anecdótico, tuvo un hijo al que llamó Lenin y una hija a la que llamó Zoila Libertad, sin mencionar a su sobrina Luzbel o el hecho de que en su rancho se agrupaban animales como Dios o Papa, o que organizaba corridas de toros con un astado al que llamaba Obispo”. Curiosamente (p. 100) “murió en 1943 nada menos que en Los Ángeles”.
         En 1930, en el gobierno de Pascual Ortiz Rubio, cuentan los autores en “Santa Claus o Quetzalcóatl”, se decidió que para reforzar el nacionalismo (p. 102): “Quetzalcóatl será el símbolo de la Navidad en nuestro país”; o sea “adiós a Santa Claus –le retiraron la visa– y bienvenida la serpiente emplumada”. La población se opuso, desde luego. Dicen los autores que Ortiz Rubio (p. 103) “en septiembre de 1932 presentó su renuncia a la presidencia y salió al exilio. Desde el Polo Norte, Santa Claus rió satisfecho”.
          Miguel Alemán Valdés no sólo no era militar, sino era un dandi en la vestimenta y el trato (“agringado, culto, de trajecitos, cordial”). El sindicato de Petróleos Mexicanos amenazó con dejar en desabasto a la población si el presidente no les daba el aumento que pedían. Miguel Alemán les mandó el ejército. El sindicato aceptó la propuesta gubernamental de aumento, sin chistar. Cuando los representantes sindicales se reunieron con el recién entrado presidente le dijeron (p. 145) “Pero si nomás lo estábamos calando, señor presidente”. La respuesta del educadísimo Alemán “podría ser su epitafio: ‘Pues ya me calaron, hijos de la chingada’ ”.
           En “Si te vienen a contar cositas malas de mí…” Patán y Rosas apuntan (p. 155): “La política mexicana exige cuatro requisitos: no decir lo que se piensa, hacer lo contrario a lo que se dice, un extraordinario manejo del eufemismo y jamás reconocer culpas”.
          En 1865, la emperadora Carlota escribe a Eugenia de Montijo sobre México y los mexicanos (p. 217): “Durante los primeros seis meses, a todo el mundo le parecía encantador el nuevo gobierno, pero tocad alguna cosa, poned manos a la obra, y se os maldecirá. Es la nada que no quiere ser destronada. […] Fue menos difícil erigir las pirámides de Egipto que vencer la nada mexicana”.
	


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración de Juan Ángel Esteban Cruz**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Voces ensortijadas 149. Aliarse con el tiempo. María Gabriela López Suárez

Aliarse con el tiempo

Por Maria Gabriela López Suárez

Yesenia llegó con antelación a su cita para la entrevista laboral, era preferible esperar unos minutos a estar con el alma en un hilo por la posibilidad de llegar tarde. Ser impuntual restaba puntos para poder ser contratada. La puntualidad es una regla de oro, solía decir su tío Concepción.

Una de las asistentes le dijo que esperaría un rato porque iban demorados con las entrevistas. Yesenia dijo sonriente que no había problema, ella esperaba. Mientras tanto por dentro decía,

—¿Qué más me queda que esperar? Justo hoy que no traje alguno de los libros que me falta terminar de leer o retomar la lectura. 

Revisó su reloj, faltaban 15 minutos para la hora que la habían citado, más los minutos extra que ya le habían advertido. Decidió no sacar el celular, ahí tenía un par de libros que había descargado. Prefirió hacer otra cosa. En realidad no se le ocurría nada. 

Empezó a observar el espacio de espera, era un lugar pequeño con tres sillones en colores en tono pastel y textura aterciopelada. Había dos cuadros que decoraban las paredes, con motivos de cultura japonesa. Le pareció identificar en uno de ellos unas flores del cerezo. Las había visto en películas. En la sala, además de la persona recepcionista y ella había otra chica que quizá también estaba para la entrevista. Siguió el recorrido, los adornos navideños se hacían presentes con antelación a la temporada. Unas cajitas de colores muy llamativas lucían junto a un pinito de papel, estos detalles le daban un toque lindo a la atmósfera.
 
Miró de reojo a la chica que esperaba, estaba sumamente absorta en su teléfono celular. La persona de la recepción tenía la atención fija en la pantalla de la computadora. Yesenia dio un vistazo a la puerta que daba a la entrada de la sala, el cristal transparente le permitía ver el follaje verde de los árboles del parque situado frente a la oficina. Era un bello día soleado que contrastaba con el ambiente donde ella estaba, el aire acondicionado le sugería imaginarse que estaba en un lugar invernal y esto iba acorde a la decoración navideña.

Le tocó el turno de contemplar la mesita del centro. Halló una vasija de barro bellamente decorada con la técnica del laqueado, un ángel de cristal y unas velas de té. Siguió buscando qué observar y se detuvo en una de las esquinas de la mesa, el color de la madera era natural, sin barnizar. Tenía una parte redonda, donde se podía observar los anillos del árbol. Yesenia recordó que alguna vez le contaron que los anillos representan la edad que tiene un árbol, cuánto ha crecido por cada anillo. Comenzó a contar, intentando no perder la cuenta… 

—Veinte, veintiuno, veintidós, ay no, ya me confundí —dijo para sí. 
Mientras volvía a contar, había llegado a veintisiete, una voz la interrumpió.

—Yesenia del Carmen Hernández, pase a entrevista, por favor.

Sin titubear Yesenia se levantó con paso firme para la entrevista, al mismo tiempo que pensaba qué bella forma de aliarse con el tiempo se le había ocurrido. Ahora solo esperaba que le fuera muy bien y consiguiera el trabajo.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Nota rimada. 16. Es hermoso, aunque sea fiero. Maclovio Fernández

Es hermoso, aunque sea fiero
Por Maclovio Fernández

Gemán Larrea se perfila como ‘el gallo’ de López Obrador para comprar Banamex

El país , 26 nov 2022

Poderoso caballero

es Don Dinero…

Francisco de Quevedo en «Madre, yo al oro me humillo»


Faltan ni sobran lisonjas
ni hay adulación que baste,
el banco será una esponja
para incrementar su encaje.

En esto no hay discusión,
pleito, riña o incomodo,
el candidato es a modo
para la transformación.

Es de dientes para afuera
de uno y del otro lado,
pues diferente es la espera 
del fururo resultado.

El giro y el colorado
estarán en la boleta,
ya veremos de qué lado,
si águila o sol ha ganado.

Maclovio Fernández

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Cajón de rubores. 30. Crónicas 7. Antonio Florido

Crónicas (7)
La ciudad
Por Antonio Florido

 

Quisimos subir al Cerro Tupahue…
          Toribio se despide de la noche y abre la puerta de mi cuarto. Ya le veo vestido. Chaqueta marina, camisa clara, corbata con ligeros tonos azules (hermosa, simétrica, quizás un poco amortiguada), pantalones con un poquito de holgura y zapatos lustrosos que reflejan a su modo las deformadas superficies de las paredes y el techo, como un agua que arrecia sobre nosotros desde una cubierta en curva.
          Soñé toda la noche con la eterna niebla que cubre la ciudad, con sus grandes avenidas. Escalé torres que alcanzan el cielo y visité casuchas casi abandonadas. Me alargué al barrio bohemio de Lastarria. Traté de acariciar las estrellas del Sur y los quebrados intangibles de la cordillera que se alzan muy atrás, más allá de lo posible. Imaginé miles de farolas impertinentes. Percibí los olores extraños de esta ciudad donde todo cabe, (desde el amor en una esquina hasta la muerte imprevista al cruzar una corredera).
De mañana las calles y edificios aparecieron ante mí con una capa de ceniza. Pinceladas al capricho de un diseño muy antiguo. Con un sol escondido y misterioso.
           Es el segundo día que paso en esta ciudad de calles coloridas y extravagantes, de indianos cerriles…
          (Deseaba subir al Cerro, como dije)
          Toribio sonríe mientras toma el té a pequeños sorbos, luego me mira.
           ―¿Y las piernas?
           Apenas un gesto de resignación. Más evidente que una cadena de palabras que dirían lo mismo que mi rostro. Adelanta la tostada con mantequilla, toma otro sorbito de infusión. Me reflejo en su rostro, ¡tan claro!
          ―¿Queda lejos?
          Sacude las partículas adheridas en sus comisuras, tose varias veces, tuerce el cuello, habla.
          ―¡La ciudad es grande, Mario, inmensa, debemos tomar un taxi!
          En los bajos del restaurante el aire acondicionado crea una realidad transparente, aséptica y mullida. Pienso que nada nos podría suceder allí, mientras tomamos nuestro pequeño almuerzo, a esa hora de la mañana.
           Por el ventanal se distingue a la gente que cruza sus dejadeces sin mirarse. Avanzan rápido, a grandes zancadas, casi corriendo. La mayoría sujeta el teléfono como si se tratara de un tesoro recién encontrado. Leen y escriben, sonríen, enmascaran sus sentimientos, falsifican; otros llevan auriculares, deseosos de aislarse del mundo que ellos mismos han creado.
          (Compartimientos estancos donde la humanidad se va muriendo) 
          ―No es tanto, verás―rectifica, comprobando el derecho ajuste de sus perniles.
          Calle Las Monjitas, 744, apartamento 218, altura 17, como a media cuadra desde el comienzo. 
          Toribio me llama un poco alterado. Me equivoqué de rumbo, abstraído como iba. Torcí el cuerpo, enderecé el bastón, lo coloqué paralelo a mi pierna derecha, avancé hacia él que me esperaba con la sonrisa picarona de un niño malo. Llegamos hasta la esquina con Mac Iver. De ahí nos detuvimos y mi amigo levantó el brazo. Casi nada. Tal vez el primero en pasar, o el segundo (ya no recuerdo). 
         ―¡Dirán!
         ―Al cerro San Cristóbal.
         ―¡Sí señor, al tiro!
         El auto era viejo, amarillo y destartalado. Toribio se sentó al lado del chofer, yo detrás, con mi pierna tullida estirada. El carro planeaba. Iba tan veloz que no podía atrapar todos los sueños traseros de mi noche, cuando me imaginé por la selva de Santiago, como un vulgar turista de las cosas. Pero no dejé de mirar por la ventana.
         Sólo se oía el rodaje de las gomas, los saltitos del vehículo, a veces los repentinos frenazos por un disco impaciente que de pronto se enfermó de un rojizo sangre.
Ese tal, abigotado, no era un hombre. Manejaba con dos brazos automáticos, fumaba y hablaba por el celular, sacaba el brazo por la ventanilla, señalaba alguna dirección, un verdadero diablo… Pero conseguía que el carro serpeara como un arroyo entre las piedritas del tránsito. 
          ―¡Es de España! 
          Lo dijo sonriendo y con la cabeza casi vuelta. Le noté un orgullo inmenso. Sonreí.
          ―Sí―dije. Luego callé y continué con la fugaz panorámica del resto.
         Acortamos por el Jardín Botánico (eso dijo). Luego el auto bacheó sobre el puente del Mapocho. 
          ―Es el río de Santiago. Mira cómo va, el pobre. Tenemos, Mario, una sequía de aúpa. 
          Un chorrillo de aguas negras que bajaba entre piedras cantonadas, lisas y redondas. Poca agua para tanto largo.
         ¿Un hilo subversivo? 
          ―La dictadura, que todavía sigue con las suyas.
          No sé si Toribio llegó a enterarse. Quizás no comprendió el significado desdoblado de mi frase. Tal vez ni lo uno ni lo otro, o las dos cosas sucedieron y solamente se hizo el distraído con un pequeño ademán de su mano que indicaba que aquello no tenía ya sentido.
          Recuerdo haber torcido a la derecha buscando la circundada de los cerros, donde las torres son cada vez más chiquitas.
         ―Allí comienza el barrio Bellavista. Falta nada.
Después Toribio dilataría sus explicaciones.
         ―Bellavista es de cuidado. Muy bohemio, con estilo propio, bullanguero, imposible a ciertas horas. Putas y reputas, asaltantes y pidones, acuchilladores. Los carabineros ni se enteran ni se quieren enterar. No se entra si no eres bravo y chileno. Menos con la noche caída.
        Es hora de experimentar la ausencia de lo percibido, el amor al horror como anticipo, la mierda que nos encharca y lo banal que nos ocupa.
        (―Marcel, comprendo tus acotaciones. Aunque con matices. Sensaciones y recuerdos, un caldo denso donde bebo y me alimento. Me asedian relaciones muy sutiles. Hilos enrevesados que van tejiendo el poco a poco. Esto es la realidad. La tuya de seguro. La mía aún la voy creando a mi antojo. Pero la ausencia, ¡me puede tanto! Escribo, pienso y vivo sobre ella. ¡Es el Todo! Lo de crear es pura farsa para no saberme solo en este vacie. Marcel, llenas el hueco con tus signos. Muestras una capacidad ofensiva y dura, un arma de futuro, fiera y a menudo dolorosa. Colmas de catarsis hasta el último de tus signos)   

El carro nos dejó al pie de una gran cancela de dos cuerpos, cerrada a cal y canto. Dentro varios guardias riendo. Algunos hablaban con el pitillo entre los labios. Toribio se alejó. Le vi desde atrás. Me había sentado en un poyo que cercaba un gran parterre. Un hombre alto y seco vendía recuerditos de Santiago. Los observé. Tomé alguno para verlo más de cerca. Comenzó a hablar de manera lisonjera. Sin embargo, no quise oír sus palabras. De comprar, compro, mire usted. No más, se lo aseguro.
          La pierna comenzó a gritar y aguanté el dolor como pude. Conté los segundos. Dibujé la curva del dolor en la tinta de mi mente. Pronto llegará el declive, se irá…
Toribio también se arrimó al hombre alto y seco. Solamente desmenuzaba con su inteligencia los mil detalles del puesto. 
         ―¿Calor?
         ―Algo, sí. Me quité la chaqueta, ya ves.
         ―Cuando pega, pega. Y eso que la primavera…
         ―Huyo del calor y me da por venir a este otro calor insoportable. Me equivoqué de ropa. Y de estación.
          Nos quedamos unos segundos sin hablar.
          ―Están en huelga, los muy wueones. Tuvimos mala suerte.
          Su rostro revelaba unos rasgos de hombre bueno. Más contrariado que yo por el inconveniente de haber cruzado la ciudad para nada. Sin embargo, no me importaba quedarme allí sentado, oliendo las atrayentes fragancias de mi espalda, con mi pierna lisiada y mi bastón doblado. Se estaba a gusto en aquel sol y sombra. 
         ―¿Y?
         ―Nada. Paseamos. Espera un poco a que se me pase esto. Luego caminamos en busca del Mapocho. Quiero ver sus chorros y piedras, la anchura de su cauce. Poco a poco, querido, no tenemos nada que hacer.
         (Es la única reserva natural del ser, no tener que hacer nada, sólo dedicar el tiempo a la tibia plenitud de la observación más absurda)
         Rozó la cuerda de las doce. Anduvimos cuadra y media. Entramos en Harry’s Bar porque nos quedaba al paso. Terraza amplia, sombra, veladores, gente que pasaba, camareras que atendían.
          ―Café, por favor. Largo. Doble. Solo. Con dos azucarillos. ¡Ah, y un vasito de agua fría!
          ―Té… Normal. Sólo con sabor a té. Y también quiero agua, niña.
          Saqué tabaco.
          Fumé uno de mis primeros cigarrillos en la gran ciudad. (Me acordé de Lemmon, en la famosa película que tantas veces he visto con mi mujer. Luego me llegaron los recuerdos de mis hijos, de ella misma, de mi casa y mi pueblo. Traté de oler lo que no podía. La distancia consigue alargar estas cosas. Pero mi imaginación trabajó y me dejó al pie de la cama desde donde veía el cuerpo echado de mi esposa y quise estar con ella, oír sus risas y sus palabras, conocer de nuevo lo que ya coloreé tantas veces. La habitación de mis niños. El sabor de una buena comida, las tonturas que a veces nos decimos, los buenos días y el que tengas cuidado con la carretera…)
          Pasó una mujer cobriza demasiado joven para ser madre. Empujaba el carrito del bebé con sus brazos menudos. Llevaba el pelo recogido en un moño alto. Parecía caminar con cierta prisa. Pero tal vez esa indiana necesitaba aprisionar el tiempo que se escapaba, el tiempo naciente también de su pequeño.
          Luego llegaron dos señoras de cierta edad (hay edades indefinibles, huidizas). Se sentaron al lado de nosotros. Pidieron cervezas. Fumaron. Comenzaron a coser las palabras. Los sonidos llegaban hasta mis oídos con la confusión de una colmena. Un zumbe, acaso.  O una abejera que cae al suelo y se destroza. 
En la rejilla de la ciudad Toribio y yo sólo éramos dos motitas de polvo. Unas manchas que jugaban al qué será más adelante. 
          ―¡Tonio!
          Me sorprendió. Toribio había vuelto a confundir mi nombre. Había chocado la palabra como una piedra sobre una lata.
          ―¡Sí, dime!
          Se le abrió la sonrisa. Llamó a no sé quién. Este no sé quién le respondió y el rostro de mi amigo dibujó una figura redonda como un sol de fuego. 
          ―¡Ahora, niña! Media hora. No más. ¿Entendés? Di que voy con un amigo español que quiero presentarle, que no se vaya si regresa antes. Chao, niñita, chao.                            

(Lo triste de la belleza es que huye de nosotros, los perversos humanos que intentan asirla. Ella es Todo. Todo lo conoce, hasta el anticipo miserable de unas manos abiertas. Y lo más insensato―quizás el elemento más banal de lo absurdo―es que al final, cuando pasa por nosotros ese aire gélido que limpia y endurece, llega la tragedia, porque ¿qué puede existir más allá? ¿Miedo? ¿Discordia? ¿Locura?
Cuando me ausento abro los ojos y encuentro una isla vacía de desaciertos. No hay nada. Sólo yo y mi conciencia. Las preguntas huyeron hace ya mucho tiempo, tal vez demasiado. No se necesitan. Un campo de respuestas como granos de arena en una playa azul y clara, con la pureza de una mente que añoró desde siempre un hueco de paz.
          ¿Esto es lo que busco? 
          ¿Incansablemente?
          ¿Con la tenacidad de un acero templado?
          Hay una línea dibujada en un suelo tierno. El viento la va deshaciendo y he de darme prisa. Sé que más allá mora la expresión serena de una vida tonta y sin sentido.
          Lo que inquiero desde siempre.
          La palabra exacta que todo signifique. Una pereza que me encharque y aclare cómo es el mundo, por qué me pusieron aquí.
          Sin embargo, ya no hay hombres. Sólo arena y cielo, piedras, rocas contrahechas, vientos que huyen, un sonido sordo de algo brusco que se va acercando y no veo. Tal vez es el miedo que engendró en el seno de la materia, o la soledad, que no es más que eso, paz interior o un engaño cualquiera, atrevido y cruel.
          El mundo y yo.
          La realidad rodeada de otras mil realidades que diseña una imaginación enferma. Una incapacidad de lo que suelen llamar útil. 
          Hablo de paz, locura, ausencia, sustancias agrias subsumidas en la materia, horizontes inalcanzables con la limitación que nos pusieron en las manos… Hablo de quimeras y de absurdos. Hablo del hombre terrible que aflora de vez en cuando, engreído y paradójico, irracional.
           ¿Qué diferencia al loco de la vida?
           ¿Cómo me puedo reconocer en un conjunto de iguales?
           La locura es el cuchillo que alguien maneja y corta sin conocer el oficio. Lo hace a destajo.
           Ser obsesivo.
           Ser tembloroso.
           Con una mirada hundida en el espacio de dos cuencas que tratan de ver en lo ciego. 
           El tajo desviado dibuja una senda de vida. El loco tiene marcado el camino por donde habrá de viajar durante años. Aunque no quiera. 
           ―¡General de mierda!
           Si nos arrancan la piel nos quedamos indefensos. Aire y bacterias. Fibras sin nada. Es la chifladura que entró excediendo la realidad, desacomodando.
           El enajenado no piensa, se desprendió de una carga terrible. Breves momentos de nada, embobado, ido, obsesionado con la lindeza que sube como el telón del teatro, tardo, desesperante.
           ¿Quién podría amar a un loco sin locura? ¿A un hombre repetido? ¿Al que se compra en cualquier tenderete, en una esquina perdida en la masa de una gran ciudad, quién?) 



Santiago de Chile (Francisco Kemeny)
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 148. La silla y yo. María Gabriela López Suárez

La silla y yo

Por Maria Gabriela López Suárez

Después del desayuno en casa, la familia de Sabina se levantó de la mesa y se fueron a realizar las actividades que cada integrante tenía en el fin de semana. Sabina era la encargada de lavar los trastes ese día. Se quedó un rato más sentada. Le apetecía un postre. Degustó una naranja, saboreando gajo por gajo la dulce y jugosa fruta. De pronto volteó su mirada hacia el lado derecho y observó con atención una de las sillas del comedor, la sombra se reflejaba en una pared creando una bella fusión con el color que tenía, caoba.

La luz del sol que entraba por la ventana de la sala llegaba hasta el comedor e iluminaba perfectamente a la silla. Esa mañana la luz tenía un color muy especial, un tono ámbar. Sabina no despegaba la mirada de ese mueble que había acompañado el comedor familiar desde que ella tenía uso de razón. Sentía una especie de atracción hacia ella en ese momento, como si en la atmósfera solo se encontraran ambas en ese instante.

El estilo de la silla era muy sencillo, eso le daba también un toque interesante. Recordó cómo su abuelita solía mencionar que los muebles del comedor eran de caoba, una madera preciosa y que los muebles hechos con ese material eran muy duraderos. He ahí la prueba.

Los reflejos de la silla sobre la pared dibujaban las líneas horizontales del respaldo. Ese detalle hizo que  la mente de Sabina viajara en el tiempo, vinieron los recuerdos de todas las personas en su familia que se habían sentado ahí, las que permanecían y las que habían trascendido; amistades, gente conocida e invitados a algunas celebraciones.

—Si la silla hablara, la de historias que podría contar, desde las más alegres hasta las más nostálgicas, no solo de la familia sino desde que fue tallada y su proceso antes de llegar a casa. Y a mí me gustaría  conocer sus vivencias, tener un diálogo entre la silla y yo, —dijo en voz alta.

Terminó de masticar el último gajo de naranja, se sentía muy relajada. Jamás había pasado por su cabeza que una de las sillas que había en casa le causara tal atracción.

—Estoy segura que si mi hermana Azucena me viera en este momento atenta sobre la silla, diría que me estoy resistiendo a lavar los trastes —pensó Sabina, al tiempo que sonreía.

Justo en ese momento se escuchó la voz de Azucena:

—¿Ya terminaste tu tarea Sabina? 

—¡En eso estoy! —respondió Sabina, mientras decía para sí:— Se acabó el encanto.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 34. Arriaga, la de los grandes brazaletes de plata. Roger Octavio Gómez

Arriaga, la de los grandes brazaletes de plata
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

…pero sobre todo tú la de los ojos más bellos

en toda la extensión de la ciudad

ahora estás dormida

en los brazos del pobre solitario…

Roque Daltón en «Ya ves como»

Aquella tarde en que llegaste a mi isla y descubriste que yo soñaba con pueblos justos, debiste alejarte de mí. Quizá hacerlo cuando te llamó la atención mi rostro adusto que sometía las expresiones de alegría contra la dureza de la cara ante los discursos vacíos. No distinguiste lo extraño porque no te enseñaron cómo. Tu curiosidad de gato. Hubieras corrido cuando me sorprendiste embelesado con tu risa. 
          Habiendo gente normal, príncipes, ingenieros dedicados, políticos exitosos; te fijaste en mí, el capitán del barco aquel cuyo timón estaba roto. El elegante náufrago. El Robinson Crusoe atónito ante la huella que una sonrisa había plasmado en las arenas solitarias de la playa. 
          Soltaste las amarras con que los Lilitputienses me habían atado. Te convertiste en balsa, vela, viento y ancla. Escondiste la isla aquella en mi equipaje y me deje guiar hasta tu continente. Y me presentaste a tus amigos como "el salvaje que aprendió a ser naturalmente doméstico". Exploramos juntos las calles trazadas por los urbanistas, me enseñaste las costumbres de los colonos, las camas mullidas, los viajes con guías de turista. Todo eso en abundancia, tu sonrisa bastaba. 
           Algo tienen los dioses contra los héroes, te dije. Los cuidan y los forjan para lanzarlos al mar o les ponen monstruos en los senderos. Ellos me cuidan, te confesé. Te lo dije con miedo. Acariciaste mi frente y me enseñaste a construir castillos.

Fue al caer la tarde, observábamos las olas azotar las rocas del reventadero. Tú fuiste a cortar una flor de abismo, no viste que ellos acudieron y me mostraron la isla que habíamos escondido en la maleta. La mostraron como si fuera un mapa o una sentencia. Un trueno seco. El vértigo y el aullido aquel que me empuja hacia adelante, me empujaron. Y te grité que sonrieras, pero tu sonrisa estaba distraída. El fragor del océano apagaba mi garganta. No escuchaste. 
          En sueños rememoro: Caigo, surjo. El mar me devora. Sonríe, suplico. 

Tu sonrisa bastaba. 
          Y es que nací siendo héroe. De la estirpe de los héroes aquellos que no tienen quimera, ni sagas épicas, sólo fantasmas y sueños.
          En sueños lo recuerdo: La corriente hacia mar adentro es fuerte. Ya no eres vela, ancla ni timón. Una luz se aleja. Dulcinea de los Acantilados. La de los brazaletes de plata cortando una flor de abismo. Eres un faro.

Despierto en una playa. Reconozco las arenas. A lo lejos el fragor de una batalla. Los dioses me cuidan. No estás. No quiero convencerme: No estás. 
         Y pienso en los castillos que dejamos inconclusos. En que me esperarás un rato, quizá te digas que he aprendido por fin el arte de las bromas. Me buscarás por las calles. A la madrugada pondrás mi foto en hojas de papel donde anotarás mis generales: ojos de asombro, cejas pobladas, cara de susto, responde al nombre de… ¿Qué nombre pondrás si nunca me pusiste uno? A lo mejor agregues que sufro de mis facultades sociales y que la música de plástico me afecta la garganta. Y la familia real cantará en coro la vieja copla: “te lo dije”. Tratarán de convencerte que me escapé, que no era bueno andarme sin correa, te contarán la historia de la tía solterona, la de la abandonada con muchos hijos, la de la que se fugó con aquel poeta o la que huyó con el domador de potros. Y te harán llorar. No quiero que llores, porque tú no naciste para eso… tú… por mí… si tu sonrisa me bastaba…
          Tú que alumbras allá, cómo pienso en cada noche que dormiste en mis brazos. Tú quien fuiste educada para que se rindieran a tus pies los príncipes, los Atridas, la gente normal o los ingenieros dedicados a la ingeniería. Hubieras corrido cuando me sorprendiste embelesado con tu risa.
 

***

[El nombre de Arriaga que puse al título de esta columna es en dedicatoria a Sinar Corzo, activista chiapaneco quien murió asesinado en la ciudad de Arriaga, Chiapas, México; su pueblo, frente a su casa, en enero de 2019.  
         Moneda común en mi país; antier, entonces y ahora; las voces que denuncian o incomodan son denostadas, perseguidas o segadas mientras los perpetradores de esto último se cubren con un manto llamado impunidad.] 
Ilustración: Adriana GR.