Líneas de desnudo. 44. I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 44

I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021
Por Manuel Pérez-Petit

Con el debido permiso de mi querido editor en Letras ideaYvoz, Roger Octavio Gómez Espniosa, usaré por una temporada mi Líneas de desnudo para dar noticia del I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021: 
Del martes día 6 de abril al domingo 20 de junio de 2021:
44 eventos en vivo, más una sesión inaugural y una sesión de clausura.
75 participantes de 10 nacionalidades: Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, España, Estados Unidos, Guatemala, México, Nicaragua y Perú, para 166 intervenciones.
19 mesas de debate:
            ● Actualidad de la literatura.
            ● El sujeto en la lengua y la literatura de los pueblos originarios.
            ● Actualidad de las editoriales alternativas.
            ● Literatura escri:a por mujeres.
            ● Promoción de la lectura.
            ● Mitos, fantasía y literatura.
            ● La muerte y la literatura.
            ● La nueva literatura.
            ● Ciencias ocultas, terror y literatura.
            ● Ideas sobre la narrativa actual.
            ● Cine y literatura.
            ● Música y literatura.
            ● Literatura infantil y juvenil.
            ● Historia, ciencia y literatura.
            ● Nuevos caminos de la edición de libros.
            ● Periodismo y literatura.
            ● De los monstruos clásicos a los del espacio.
            ● Los géneros en la literatura.
            ● La distopía.
11 presentaciones de libros y proyectos:
            ● Las canciones de Eve, de Ramón I. Martínez (Méx). Poesía.
            ● La lluvia en las hojas del platanar, de Roger Octavio Gómez Espinosa (Méx). Novela.
            ● Los bordes del Paraíso, de Karina Barrionuevo (Arg). Poesía.
            ● Espíritu jaguar / Xch’ulel Balam / Vivir como fuego / Kuxinel bit’il k’ajk’, de Antonio Guzmán Gómez (Méx). Poesía en edición blingüe tseltal–español.
            ● El aroma agridulce del pasado, de Reyna Hinojosa Villalva (Méx). Miscelánea de prosa y verso.
            ● La tierra de Drácula, de Alberto Zuckermann (Méx). Novela-crónica.
            ● Quién vendrá a mi entierro, de Antonio Florido (Esp). Novela.
            ● Ciclo narrativo El año de las tormentas, de Manuel Pérez-Petit (Esp). Tetralogía. Novela y poesía.
            ● La cuarta Brontë, de Eve Gil (Méx). Novela.
            ● Vida y hechos del Ingenioso Cavallero Don Quixote de la Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra. Parte Primera/Parte segunda (Lisboa, à custa de los hermanos du Beux, Lagier y Socios, Mercaderos de Libros, 1775). Edición en cinco tomos: dos facsimilares, uno de estudio crítico y dos de la transcripción de la edición original.
            ● Mapa de la historia, de Álvaro Ybarra Osborne (Esp). Mapamundi histórico.
6 conferencias:
            ● La noche de Walpurgis: brujas, aquelarres y otras perspectivas desde el cine y la literatura, por David Hidalgo (Esp).
            ● Memorias de una hija de un preso político del México de los setenta, por Melba Gutiérrez (Méx).
            ● Alguien tiene que hacer la revolución: hacia una nueva poética en la dramaturgia contemporánea del tercer milenio, por Brenda Mitchelle (Méx/Esp).
            ● Mitos, literatura y misoginia, por Elsa D. Solórzano (Méx).
            ● Actualización de los libros de caballerías, por Aurelio Vargas Díaz-Toledo (Esp).
            ● ¿Existe la literatura afroamericana en español?, por Delia Mc Donald Wollery (Crc).
5 mesas de lectura.
3 eventos especiales:
            ● Encuentro con el autor: Francisco Alejandro Méndez (Gua), premio nacional de literatura de Guatemala. Evento en colaboración con Ediciones Periféricas.
            ● Lectura de los Premios Guanajuato 2020: Rodrigo Díaz (Méx) y Pablo Berthely (Méx). Evento en colaboración con Ediciones Periféricas y Ediciones La Rana del estado de Guanajuato, México.
            ● Homenaje a Esther Calvillo Nieto (1926-2016), autora y pionera de la radiodifusión mexicana.

Cerca de tres mil minutos de emisión en vivo. La puesta de largo de Kolaval ante el mundo. Un logro de todos. A través del canal YouTube de Kolaval: https://www.youtube.com/channel/UCJqzvlw6ISzHDo5daGp_f8g/

#KolavalporHispanoamerica #CicloPrimaveraOtoñoKolaval2021

Y lo podemos hacer gracias a la impagable colaboración de Besarilia, Industria Cultural Creativa.

            ¿La motivación?: A un año de su fundación, Kolaval se plantea dar pasos para crear una gran plataforma de debate en torno al ámbito del idioma español, al que consideramos un idioma americano de origen ibérico, por lo que lo hacemos desde la consciencia de una patria común hispanoamericana en la palabra. 
            Bueno, ¿y qué es Kolaval?
            Kolaval es una plataforma de formación, difusión y compromiso social y comunitario, una agencia literaria y una editorial con compromiso cultural y social de ámbito hispanoamericano, que nace desde Sevilla, España, para cumplir sueños en español y en todas las lenguas americanas.
            La matriz del proyecto es la compañía española 'Kolaval por Hispanoamérica, la cultura y los valores, S.C.’, que tiene entre sus objetivos establecer alianzas con personas y organizaciones con la idea de crear red sumando voluntades y compromisos para llevar autores y obras más lejos de lo que nunca nos hubiéramos planteado desde el ámbito editorial alternativo o independiente.
            En la actualidad, estamos en México y España y trabajando en nuestra implantación en otros países.
           'Kolaval' es una palabra tsotsil, lengua derivada del maya que se habla en el sureste de México, en Chiapas, cuya traducción al español es 'gracias'. Y ése es el espíritu fundacional y el principal impulso que nos motiva: la gratitud.
            Agencia Literaria Kolaval
            Como agencia literaria, nuestra principal actividad, representamos obras literarias y autores, así como la compra-venta y mediación en el sector cultural internacional en materia de derechos editoriales. 
            Ediciones de la Agencia Literaria Kolaval
            Ediciones de la Agencia Literaria Kolaval cuenta con un catálogo compuesto por una combinatoria de autores y obras de primera fila y alternativos, reunidos en tres colecciones a publicar, producir, distribuir y promocionar en todos los países de implantación, además de apostar por coediciones con instituciones públicas y privadas, así como con otras editoriales.
            Plataforma cultural, social y comunitaria 
            Como plataforma de formación, difusión y compromiso social y comunitario, Kolaval pone a disposición, a través del Laboratorio creativo de Kolaval y otros medios y causas, que cuentan con la colaboración de profesionales acreditados en más de media docena de países, cursos, talleres, seminarios, conferencias y encuentros profesionales presenciales o no, medios propios de comunicación con fines divulgativos de la cultura y las artes, especialmente las literarias, y formación y capacitación de profesionales y cuadros técnicos de entidades públicas y privadas en materias culturales, sociales, humanísticas, filosóficas, organizacionales, lingüísticas, editoriales, artísticas y literarias, así como con la voluntad de convertirse en medio y plataforma para la colaboración entre proyectos culturales, editoriales y educativos de la sociedad civil, con participación activa y promoción efectiva de proyectos de desarrollo comunitario enfocados a la divulgación de la cultura, la convivencia y la paz.
            Lo que diferencia a Kolaval de otros proyectos es que nace sin capitalización y como fruto de la suma de numerosas voluntades en todos nuestros territorios, a fin de cumplir entre todos todos nuestros sueños y anhelos comunes.
            
I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021
Fotografía:  Cartel oficial del I ciclo primavera-otoño de Kolaval, realizado por la diseñadora española Eva Cellalbo.

https://youtu.be/3xStYwAHZYU

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Photo by Praveen Kumar on Pexels.com

Voces ensortijadas. 63. Los platos especiales. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 63

Los platos especiales

Por María Gabriela López Suárez

Santi y Lalo tenían una encomienda esa mañana, ésta no les había gustado mucho porque ellos habrían preferido ir a la playa, o por lo menos, a la alberca en algún día de vacaciones en Semana Santa. Sin embargo, por la contingencia sanitaria Rodrigo y Trini, sus padres, habían optado por otra propuesta. Les habían prometido enseñarles a hacer papalotes y llevarlos al campo para que los volaran. 
           Trini inició guiando la tarea para los niños, debían acomodar los platos, tazas y vasos que tenían en la vitrina de la casa. Santi, que tenía casi cinco años, miraba con los ojos bien abiertos a su mamá y ponía atención a lo que les decía. 
           –Primero hay que sacar con mucho cuidado todos los platos, luego los vasos y las tazas. Háganlo despacio porque la mayoría son de vidrio. 
          –Con razón están bien pesados—, dijo Lalo, el mayor de los niños, al momento que tomaba uno.
          —¿Todos mami? ¡Son muchísimos! Nunca acabaremos —expresó Santi.
          Trini se aguantó la risa y comentó que le vieran el lado divertido a la tarea. Les señaló que podrían ir aprendiendo la historia de cada parte de la vajilla, los platos lisos en tamaños grande y mediano, los hondos, los tazones, los vasos y las tazas. Para animarlos fue contándoles cuáles habían sido obsequiados por las abuelitas, las tías, amistades y los que habían comprado Rodrigo y ella. El relato iba acompañado con algunas anécdotas, a manera de cuento.
          —Mami, hay platos bien bonitos que no había visto, como para fiesta. Creo que no los hemos usado, como éste —, Lalo extendió su brazo y le entregó el plato a su mamá. Era un plato liso, grande, de barro, con flores bellamente pintadas alrededor.
           Trini se asombró, ya no recordaba ese plato. Les contó brevemente la historia. Era uno de los recuerdos de la bisabuelita Luci. Santi, seguía escuchando con atención, mientras que Lalo limpiaba los platos que le pasaba Trini.
          —Mami, ¿para qué estamos sacando todo esto si lo volveremos a guardar?
          —Muy buena pregunta Santi, aparte de limpiarlos es para que recordemos todo lo que tenemos en la vitrina y como dijo Lalo, lo usemos. Hay varios de ellos que ya no hemos usado, ni me acordaba que los teníamos en nuestra vajilla. ¿A poco no es bonito que tengamos diferentes modelos y que cada día podamos usar uno distinto?
          —Siii, como si cada día tuviéramos  una fiesta, aunque solo seamos nosotros los invitados —señaló Lalo.
          Trini sonrió mientras reflexionaba en lo que Lalo había dicho. Cada día era una oportunidad para festejar la vida con los seres queridos, la  comida era parte de la fiesta y, por lo tanto, no había que esperar tener una celebración para usar los platos especiales.
La expresión de Santi la hizo volver al momento, 
          —¡Miren ya casi acabamos! Solo faltan los vasos y las tazas.
          —Esa parte de la tarea le queda a papá — dijo Trini. Todos sonrieron.
          Trini agradeció a los niños la ayuda, quienes contentos ya empezaban a platicar sobre qué figuras querían hacer para sus papalotes



 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Líneas de desnudo. 43. El nuevo ser humano. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 43

El nuevo ser humano
Por Manuel Pérez-Petit

El cronista se pregunta en tanto observa –que es su principal actividad–. Eso forma parte de su ser y estar en esto de vivir. Ya sabe –por haberse ido enterando– que la experiencia y la diferencia se hallan en todas partes, que andan por caminos que van de lo universal a lo concreto o viceversa, que sin su presencia real y efectiva en medio del mundo, en el mismo mundo, frente al mundo, contra el mundo, o en cualquiera de las maneras imaginables e/y/o inimaginables que puedan existir, todo sería otra cosa, no lo que se conoce. Y así la existencia es una interminable lista de preguntas, sucesivas o paralelas, que, a veces, no tienen respuesta pero que siempre determinan lo que habrá de hallarse, más allá de los calendarios, en los territorios para los que aún no se han fabricado los relojes precisos.
            En este camino, a veces –sólo a veces– se llega a lo que de común, entrañable y permanente tenemos todos –sin excepción, querámoslo o no, y está sin escribir, y puede que sin descubrir el por qué de esto– los seres humanos, la experiencia y la diferencia se transforman en humus y como lluvia impregnan nuestros propios devenires. Pero no tendríamos por qué celebrarlo como un triunfo de nosotros mismos, sobre todo porque no se sabe dónde está la clave de tanta magia.
            La capacidad de observar es en exclusiva humana: se observa lo que se puede, en la misma medida en que no siempre que se mira se ve. La clarividencia –aquella virtud que proviene de ver, no de mirar, mediante la cual cualquier ser humano podría ir más allá de las cosas que le rodean y extraer verdades que no existen al alcance de los ojos– es una posible –solo posible– consecuencia de la capacidad de observación que cada uno posea, y se posee en función de cuánto se cultiva. En ello es probable que se encuentre la clave del logro: en la mirada. Como en Rembrandt o como en Rilke, el artista ve y mira y observa y saca sus propias conclusiones y da en la diana –o lo intenta– haciendo cosas que no existen pero que por su propia naturaleza existen más aún que cualquiera de las cosas ya conocidas de antemano. 
            Muchos están ahí, bebiendo de las mismas fuentes y emergiendo del mismo modo, aunque con idiosincrasias propias que, siendo de la misma naturaleza, son diversas entre sí. Parece que no existieran, que nunca hubieran estado, pero de sus manos nace auténtico fuego, y el fuego –como bien se sabe– es uno de los elementos básicos y claves de la vida. Son sugestivos y sorprendentes en su ser y estar, porque en esto de vivir cada uno su propia vida, como si llevaran una armadura y a la vez estuvieran en carne viva –a veces, parecen fríos y hasta quizá, en algunas ocasiones, frívolos, pero en nada son nada de esto–, poseen una clave propia: se rebelan, viven, escudriñan, descomponen, encuentran, crean y pasan por encima hasta del mismo universo, haciéndose poseedores de muchas claves, de aquello que hace de la propia existencia algo “diferente”. Parece que no existieran pero están. Nadie que los viera por la calle diría: “Ahí va un artista”. No tienen pose. Están más por dentro que por fuera. Son, lo cual ya es noticia. Tienen la capacidad de hacer inmutables las cosas. Han descubierto la clave que sobrevivirá al hombre y al mundo: aunque no sean conscientes de ello, tienen la cabeza llena en realidad de algoritmos matemáticos y afectos perdurables. 
            Estos nuevos artistas son así. Indagan en códigos, opiniones, sensaciones y pócimas, y hallan claves y desentrañan en su tarea no pocos hallazgos y cuestiones. No en vano, van y hablan de asuntos que son más que simples, y sentencian con clarividencia que todo ello distorsiona la realidad, desvelando la clave de su motor esencial de búsqueda.
            Pueden resultar inverosímiles pero son reales. Tienen la capacidad de llegar al logro, lo cual hoy ya no está al alcance de cualquiera. Y esta capacidad, que es hija directa de la observación, se traduce en una sencillez de formas y silencios en todo compatible con la complejidad de sus acciones, que aunque no es inaudita –pues nadie crea de la nada– tiene la virtud en ellos de hacerse cosa, objeto, llave, trascendencia impregnada de la inmanencia de lo que de común, nuevo y antiguo y entrañable tenemos todos. 
            El nuevo artista, lejos de ser ególatra, de este modo, es el paradigma del ser humano, pues todos los seres humanos están llamados a ser nuevos y, por tanto, artistas. En eso, nada es nuevo.
©M. P.-P., 2009.
Fotografía:  "Visión del arte". © M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Polvo del camino. 63. El ruido del tiempo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 63

El ruido del tiempo


Héctor Cortés Mandujano

La muerte es la curva del camino

Antonio Tabucchi,
en “El pequeño Gatsby”




Soy un lector asiduo de Antonio Tabucchi (1943-2012). El primer libro suyo que leí (Sostiene Pereira), me encantó, y después seguí con La cabeza perdida de Santiago Damasceno, que también me gustó mucho; luego he perdido el orden y la cuenta: Autobiografías ajenas, El ángel negro, Réquiem…
Leo ahora su colección de cuentos El juego del revés (Anagrama, 2016, con traducción de Carlos Gumpert), pero me referiré en particular al cuento “Voces”. Trata de una mujer que recibe mensajes telefónicos de ayuda (una especie de 911 italiano, supongo), a quien un día llama un hombre que repite “Ya no puedo más, ya no puedo más, ya no puedo más”.
Me gusta el modo redaccional en que se presentan. Él dice (p. 140): “Me llamo Fernando, pero no soy un gerundio”.
Dice la narradora: “Es siempre una norma aconsejable apreciar las ocurrencias de quien llama, revelan el deseo de establecer un contacto, y me reí. Le contesté que yo tenía una abuela que se llamaba María, pero que no era una condicional; y también él se rió un poco”.
En la charla que sostienen, él le pregunta si conoce (p. 141) “el sonido del tiempo. No, dije yo, no lo conozco. Pues bien, siguió él, basta con sentarse sobre la cama, durante la noche, cuando uno no consigue quedarse dormido, y permanecer con los ojos abiertos en la oscuridad, y al cabo de un rato se oye, es como un mugido en lontananza, como el aliento de un animal que devora a la gente”.
La vida de la narradora, que debe dar consuelo a los demás, tampoco está llena de dicha, por eso lo que este hombre le cuenta la pone tan receptiva. Le dice él que vive en una casa de muebles antiguos y elegantes, “y cuadros de hombres huraños y de mujeres altivas y desdichadas, con el labio inferior imperceptiblemente colgante. ¿Sabe por qué su boca tiene esa forma tan curiosa?, porque la amargura de toda una vida se dibuja en el labio inferior y éste acaba cayendo, esas mujeres se pasaban las noches insomnes junto a maridos estúpidos e incapaces de ternura, y ellas también, esas mujeres, se quedaban con los ojos abiertos en la oscuridad, cultivando el resentimiento”.
La narradora tiene que esperar a que llegue su relevo y se le hace tarde para la cena que acordó con su pareja. Cuando llega a su departamento, él ya se ha ido. Está sola y decide preparar su cena y poner dos servicios. Piensa, aunque sabe que eso no ocurrirá, que Paco, su pareja, llegará, volverá y tocará el timbre. Ella abrirá (p. 145): “He puesto la mesa para dos, le diría, te estaba esperando, no sé por qué pero te estaba esperando”. Con o sin marido, parece, el labio inferior se le irá colgando


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Camilo Herrera Cortés

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 42. Sevilla. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 42

Sevilla
Por Manuel Pérez-Petit

Sevilla, mi ciudad natal, no es demasiado conocida en el mundo, pese a lo que piensan los sevillanos, mis coterráneos. Y desde luego que no lo es si nos atenemos a la historia de la ciudad. Empieza siendo interesante por su lema: NO8DO, siendo el ocho una madeja de lana; un jeroglífico atribuido a Alfonso X el Sabio y que la leyenda justifica por la lealtad de la ciudad al rey en su guerra contra su hijo Sancho en el siglo XIII.
            Sevilla tiene un origen controversial, pero al margen de que la fundaran fenicios o tartesios, su nombre original fue Hisbaal, alusivo a Baal, dios de la lluvia, el trueno y la fertilidad. Siglos después, y siempre según la leyenda, Julio César fundó en su lugar la colonia Iulia Romula Hispalis. A mediados del siglo I a. C., la ciudad contaba con muralla,  foro y un puerto mercantil con una importante actividad.El cristianismo llegó a la ciudad en el siglo III, registrándose ya por entonces los primeros mártires por negarse a adorar a los dioses paganos. En los tiempos de los visigodos Sevilla ya era una ciudad importante, y como tal fue tomada en 711 por los musulmanes. En 844 y 859 fue saqueada por sendas expediciones vikingas. Fue capital del reino de taifa de Sevilla y llegó a ser capital de la Al-Andalus almohade, siempre conquistada y recuperada para la cristiandad –lo cual es engañoso, pues cristianos no dejó de haber nunca, siendo como eran los mulsumanes, al menos los de la península ibérica, de los pueblos más tolerantes que ha conocido la historia– en 1248 por Fernando III, padre de Alfonso X.
            Sevilla tiene el único puerto fluvial de España: el río Guadalquivir –llamado Betis por los romanos; bonito nombre, por cierto– es navegable por un centenar de kilómetros tierra adentro hasta la propia capital hispalense. El 3 de abril de 1502, Cristóbal Colón inició su cuarto y último viaje a América desde Sevilla. El 10 de agosto de 1519 partió de Sevilla la expedición que, al mando del portugués Fernando de Magallanes, primero, y del vasco Juan Sebastián Elcano, después realizó la primera circunnavegación de la Tierra, financiada por la Corona española y culminada con éxito el 27 de abril de 1521, cuando la nao Victoria, único barco superviviente de la expedición de cinco naves inicial, retornó al puerto de Sevilla. Ya por entonces –bueno, desde los Reyes Católicos–, Sevilla tenía la exclusiva del comercio de las provincias de ultramar de la Corona española –al principio, Imperio español–, que se monopolizaron desde 1598 desde la Casa de la Contratación, en cuyo edificio se encuentra desde 1785 el Archivo de Indias, el mayor y más importante archivo mundial de tema americano. Durante el siglo XVI, la ciudad alcanzó un gran desarrollo, entrando el XVII en una decadencia económica de la que no se recuperó nunca, pero también en un auge artístico sin comparación posible. En la cárcel de Sevilla, Cervantes comenzó a escribir el Quijote. Son sevillanos y coetáneos Velázquez y Murillo, por ejemplo, de fama universal, y gran parte del siglo de oro español –siglos XVI y XVII– tiene a Sevilla como escenario protagonista. En Sevilla nació y vivió Miguel Mañana, a quien durante siglos se confundió con el personaje inspirador de “El burlador de Sevilla o convidado de piedra”, de Tirso de Molina: Don Juan Tenorio. Hay más de ciento cincuenta óperas ambientadas en Sevilla, estando entre las más conocidas y trascendentes “Las bodas de Fígaro”, “El barbero de Sevilla” o “Carmen”, y esto sin decir que el mito de Don Juan, el más dúctil y universal de los mitos de Occidente tiene su origen, en efecto, en Sevilla. 
            Sevilla cuenta, como es natural, con monumentos que no tienen la fama universal que debieran. Me voy por los más importantes. El Alcázar es palacio real de manera ininterrumpida desde el año 720 y hasta la actualidad y no tiene nada que envidiarle a la Alhambra de Granada. El famoso –esto sí– barrio de Santa Cruz está enclavado en los arrabales del Alcázar, donde vivían los trabajadores del palacio. Fue muy populoso, al punto que Santa Teresa de Jesús decidió fundar en una de sus calles un convento. La catedral es el templo gótico de mayor extensión de planta del mundo. La auténtica sepultura de Cristóbal Colón se encuentra en su interior. Su campanario, la Giralda, de cerca de 107 metros de altura, fue comenzado a construir en 1184 y rematado en 1568. No hagan turismo, que es una ordinariez. A Sevilla hay que ir a pasear. Desde 1612, el famoso Ducado de Alba tiene una de sus casas emblemáticas en Sevilla, el palacio de las Dueñas, en que en 1875 nació Antonio Machado, y al que se refirió el poeta en su poema “Retrato” con aquello de “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,/ y un huerto claro donde madura el limonero”, incluido en “Campos de Castilla (1912). En 1917, el poeta Fernando Villalón, antecedente y amigo de los integrantes de la generación llamada del 27, época de plata de la poesía española, escribió: “El mundo se divide en dos: Sevilla y Cádiz”, y la propia generación del 27 se constituyó –si puede decirse así– en el Ateneo de Sevilla. 
            Sevilla es ciudad de tradiciones no centenarias sino casi milenarias. El mejor ejemplo de ello es el de las hermandades. ¿Quién no ha oído hablar alguna vez de las cofradías de Sevilla o ha visto procesiones, aunque sea por televisión? Un día hablaré de las hermandades de Sevilla, que son el principal sostén de que se conserven en esta ciudad oficios y artesanías que si no fuera por ellas habrían desaparecido, como la tradiciones del bordado, la platería, la imaginería… Pero también lo son de las tradiciones más antiguas de la ciudad. Sin ir más lejos, de la Semana Santa. Hoy es Viernes Santo, el único día del año en que no se celebra el sacramento de la Eucaristía. Y el Viernes Santo es un día capital para la capital hispalense, entre el olor a azahar de los naranjos en flor –Sevilla es el mayor productor de naranja agria del mundo solo por los naranjos que llenan sus calles–, sino también por el del incienso, las velas, la fe…
            Sevilla guarda muchos secretos vedados al turista convencional. Uno de ellos es el barrio de mi infancia, el de San Lorenzo, de dónde era y en donde elucubró sus oscuras golondrinas Gustavo Adolfo Bécquer. El barrio de San Lorenzo es el barrio cofradiero y secreto por antonomasia de Sevilla, aquel en que se cumplen como en ninguno las condiciones de la sevillanía, esas que hace atreverse a cualquier cosa, tal y como le pasó, por ejemplo, a Rodrigo Caro, hombre puro de su tiempo, el siglo XVII, quien escribió un libro titulado "Tratado de los nombres y sitios de los vientos", aún sin tener ninguna formación meteorológica ni física, ya que él mismo sin pudor decía: "No he profesado matemáticas ni navegado en mi vida, más que de Sevilla a Triana". Sobre San Lorenzo se han escrito muchas más cosas de las que parece y se han elucubrado muchas leyendas e historias plenas de humedad, de pura antigüedad y de solera, pero el barrio es, ante todo, presente exacto, tiempo perfecto y hora en punto en que la vida camina a su aire haciendo de las suyas. Y pese a que yo tengo el privilegio de ser de allí, muy de allí, no puedo resistirme a decir que no puede haber más exacto ejemplo que mi barrio de lo que es Sevilla. 
            Sevilla en realidad es una ciudad americana. Por ello es que en América vivo y me hallo como en casa.
 Bandera de Sevilla
Fotografía:  Bandera de la ciudad de Sevilla, en Sevilla (España). Bandera rectangular en la proporción 2/3, de color rojo carmesí, con la lema NO8DO en oro en el centro: NO(madeja)DO=NO(me ha deja)DO=no me ha dejado.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 41. ¿De dónde vengo? Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 41

¿De dónde vengo?
Por Manuel Pérez-Petit

Si la consciencia del yo es la condición del ser humano, que conjuga en sí mismo identificación y acción, pues se identifica y ubica en el universo por una combinación de signos que pertenecen a un código fruto de una convención universal que se llama “nombre”, y por lo que hace y desarrolla en forma de actividad y disciplina, fruto o no ésta de la voluntad, la memoria es la genética del individuo.
            Así, estableciendo un paralelismo entre el individuo y la obra de arte, y conviniendo que ésta es una unidad de ser y de sentido, en la persona el ser sería su biología y el sentido su yo, yo que es identificación y acción y se forma con la memoria, el garante de la individualidad, de la identidad, aquello que da redondez, unidad, ser, sentido y diferencia.
            La memoria, a su vez, se conforma de varios elementos, entre los que tienen especial relevancia aun no siendo esenciales a ella los recuerdos y los olvidos. Tanto los unos, los recuerdos, como los otros, los olvidos, determinan a cada persona, y aunque no la definen, no podría existir memoria si no existieran. Son necesarios para ser individuo. Recuerdos y olvidos a veces llegan en aluvión, y por lo general esto suele ocurrir cuando “algo” ocurre. Por ejemplo, un encuentro da lugar a una tormenta interior que conduce a la reconstrucción –“fatal” por inevitable– de unos hechos de hace más o menos tiempo que fueron mucho más determinantes de lo que uno hubiera imaginado. Ese “algo”, por su naturaleza, es innecesario, pues se podría vivir con una plenitud razonable sin que ello ocurriera. Pero a diferente escala ocurre y no pocas veces que no solo determina la importancia de los hechos que se recuperan sino la dimensión y trascendencia de los mismos, en un esfuerzo fabuloso e involuntario en que uno se ve sometido a fuerzas sobre las cuales tiene apenas capacidad de control. 
            La memoria también puede ejercitarse como disciplina. En ocasiones preocupa olvidar ciertas experiencias, al margen de que sean esenciales o no, y para ello nada mejor que escribirlas lo antes posible, aunque ahora los avances tecnológicos permiten el registro de los acontecimientos de múltiples formas con garantías de perdurabilidad, e incluso en simultáneo a la propia realidad. Luego estará en el criterio de cada cual organizar, clasificar, priorizar y tabular dichos registros, a fin de que queden para uno con el sentido que quiera otorgarles: desde la simple archivística –incluso como sublimación de la egolatría– al ejercicio del autoconocimiento. También, cómo no, está la mentira, tentadora posibilidad de autoinventarse y, en consecuencia, alejarse del yo. Y allá cada cual con los potajes que quiera tragarse. 
            A la tarea de la consciencia del yo se está abocado de manera indefectible –incluso desde la más inocente y original inconsciencia–. El objetivo de ser se alcanza en mayor o menor medida según cada caso, y depende de ello. Todo ser humano es por su naturaleza creativo, e incluso puede afirmarse que no hay un ser humano que no haya realizado alguna vez en su vida algún acto de genuina creación, por leve o minúsculo que éste sea. Entendida de forma genérica, la convención, sistema de sistemas por el cual se establece la autoimposición pactada de lo que es común y aceptable por todos con la finalidad de entenderse en ciertas cuestiones consideradas como elementales, designa también a ese tipo de actividades que se consideran “arte”.
            El arte está hecho por los artistas, de tal modo que no puede darse si no existieran éstos. Las actividades artísticas son oficios que se adquieren con esfuerzo y disciplina, en una búsqueda inevitable que en no pocas ocasiones dan en “hallazgos” capaces de completar y hacer más pleno el universo conocido. En el ejercicio que los artistas realizan de sus respectivos oficios artísticos se generan las obras de arte, que tienen en común su inutilidad práctica –la obra de arte es contra natura, y dotar de ser y de sentido a cosas que no existen pero que se generan de lo existente es un ejercicio incluso esquizo y autodestructivo, por más que agrande y complete el mundo–, pero que se hacen necesarias, y no solo por el gozo que generan sino también como aporte eficaz a la estructura de pensamiento. 
            Aunque a veces se tiene lugar la tentación no se puede ser artista sin ser persona, de igual modo que no se puede ser persona si no se afronta el hecho de vivir con la humildad necesaria que genera darse cuenta de lo poco que es uno ante el hecho de ser. De la tarea que supone, de los peligros que conlleva. Los escritores están encuadrados en esta categoría de los artistas. Yo soy escritor, y puedo decir que lejos de ser un motivo de vanagloria, ser escritor es para mí una maldición y una condena, una inmensa putada –si me permiten–, pero también una decisión personal y un ejercicio y una disciplina fruto de la voluntad, por lo cual reconozco que es culpa mía. 
            Todo arte deviene de la memoria. No existen obras de arte, y las literarias lo son, si no hay vida vivida, y la condición de necesidad de ésta es la consciencia del yo, incluso aunque se sepa que el yo está para encontrarlo y una vez encontrado desprenderse de él. En mi caso, que soy artista, y antes de ello –por de perogrullo que parezca hay que indicarlo, pues en muchos casos observados no parece que exista dicha condición– persona, ejercitar mi oficio y, sobre todo, la memoria, me permite al menos saber quién soy y de dónde vengo. 
            Tanto si escribo un libro de aventuras, un poema épico o una historia en que hable de mí mismo hablo sin remedio de mí, impúdico, algo que no me gusta nada pero que tengo cierta habilidad en disimular, que es consecuencia del oficio. No soy yo quien debe determinar la relevancia o irrelevancia de mi vida –al fin y al cabo tengo fe y mi vida tiene sentido de cualquier modo–, y sin embargo sí sé que mi obra no es irrelevante, incluso aunque hable de mí –como por otra parte no hay otro remedio–, y digo esto, parafraseando a Rilke, con humilde y callada sinceridad.
            Y así al menos soy, estoy, vengo y voy, pero esto no me consuela porque ahora debo pensar a dónde voy.
 Universidad de Navarra, 1988. (Foto: Manuel Castells)
Fotografía:  Recital de poesía y guitarra en un aula del edificio Central de la Universidad de Navarra, España, celebrado en 1988, acompañado por Julio Pinel, Ángel Alcalá y César González Cajete. Foto: Manuel Castells.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 40. ¿Quién soy? Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 40

¿Quién soy?
Por Manuel Pérez-Petit

En mi más tierna infancia –y tuve una niñez llena de felicidad– escribía cuentos y hasta hacía “libros” en cuadernos, recortando revistas y pegándolas ahí con mis comentarios. Eran “publicaciones” de variedades, misceláneas, y de ejemplar único, que aún conservo, junto a mi madre, allá, en Sevilla. Puedo recordarme con mis tijeras escolares, mi pegamento Imedio, mis lápices y rotuladores, sentado en el suelo o sobre mi cama…, pero no puedo decir cuándo comencé a escribir.
            Me asombro cuando escucho que alguien puede precisar la fecha de lo primero que escribió, pues para mí sería imposible hacerlo. Sin embargo, sí tengo la conciencia de que escribir y, de algún modo primario, editar, nacieron en mí de la mano y en un tiempo tan pretérito que puedo decir que lo he hecho siempre. Yo escribía, y a la vez hacía publicaciones, aunque no con lo que escribía, pues mis “libros” no contenían nunca mis propios textos...
            Puedo hablar de mí, aunque es mi tema menos preferido y soy lo menos autorreferencial que yo conozco, pero de manera recurrente con los años me he preguntado: ¿Quién soy? ¿Cómo puedo reconocerme, identificarme, señalarme y, en consecuencia, comenzar la vida, yo diría que virtuosa, de quitarme importancia, de ponerme en mi sitio, de bajarle tres rayitas a cualquier yo que pueda imponerse en mí? 
            Ayer en el grupo privado de autores de Kolaval se estableció un debate acerca de la fama y la gloria. Todo empezó con un comentario de mi amable editor, Roger Octavio Espinosa, quien, a colación de mi Líneas de desnudo 38 (“Dudas sobre el libro”), publicado el pasado viernes, día 29, comentó: “Por si las dudas, ya compré mi pluma de ganso y estoy en busca de tinteros…” Y lo que podría haberse ahí desató un cierto debate, del que en parte me considero culpable, pues mi respuesta fue: “Deberíamos volver al papel de trapo, para tener la humildad de saber que lo que escribamos apenas tendrá setenta u ochenta años de vida…” Walter Schaefer, autor de Ciudad Juárez, Chihuahua, México, intervino pocos minutos después, argumentando que por más olvidado que esté un libro “cuando alguien lo toma y desempolva el autor vuelve a vivir”, y mi respuesta fue inmediata: “Yo es que creo mucho más en la obra que en el autor”. Enseguida, Walter, en tono jocoso, saltó: “Yo en ambas…, y luego está nuestra fama, jajaja”. Roger Octavio regresó enseguida al tono más serio en relación a mi comentario de que creo más en la obra: “Totalmente de acuerdo. ¿Quién fue el autor de las pinturas rupestres de Altamira? No importa, la obra está ahí…”, pero ya me había enfrascado: “A mí la fama me parece un fuego fatuo. Las dos grandes bibliotecas de la humanidad, las de Alejandría y Pérgamo, desaparecieron en sendos incendios y no pasó nada. Hoy conocemos la obra de Aristóteles por copias. En el fondo no sabemos si lo que escribió Aristóteles es lo que podemos leer de su autoría”. Walter, siempre divertido y provocador, nos amenazó con bloquearnos, a lo que yo le contesté que al final “todos calvos”. “Yo la fama la verdad es que la regalo. Me da una güeva…”, dije, y apostillé: “Y un sueño dorado para mí es que todas las obras de arte sean anónimas”. 
            El debate prosiguió, interviniendo varios autores –Reina Castro –poeta de mucho más allá de la frontera en que vive–, Gabriel Vega Real –narrador que levanta en su pluma un ser de corazón grande y aliento armonioso–, Ladislao Melchor, Elsa D. Solórzano –norteña mexicana en el sur, con lo mejor de ambos mundos, comprometida como pocos que yo conozca–, todos mexicanos, por cierto, y del norte al sur del país–, y por cada vez más derroteros…, y fue precisamente Ladislao, autor de extraordinarias novelas históricas que van mucho más allá del género, quien remató el debate: “Pienso en que hay razón al renunciar a la llamada 'fama'. Los 'freeways' de EEUU tienen una peculiaridad que a mi me impresionó. Resulta que en esas 'súper-avenidas' tiene 'prioridad de paso' el que ingresa, NO el que va dentro (cómo en México en su "anillo periférico"). Esa peculiaridad hace que se privilegie la 'entrada', no la 'conservación' del grupo ya establecido. ¿Podríamos mencionar 'I'am the walrus' sin decir Lennon y McCartney? Me parecería innoble no darles crédito, pero, ¿no por la misma ambición de tener fama ahora tenemos que soportar la misoginia disfrazada del reggaeton? Sí, quizá si el arte fuera anónimo, sería menos voluntarioso”.
            Pero vuelvo a mi pregunta inicial: ¿Quién soy? Periodista, escritor, editor… respuestas sencillas que, en realidad, no lo son, y, en todo caso, están en un plano simple, pues si lo pienso bien no soy ninguna de esas cosas. Antes que nada soy un ser humano que no eligió vivir y ni siquiera en este momento, que se encontró con ser sin más, que vive en la creencia de que uno debe buscar su “yo” para, una vez encontrado, comenzar la tarea de desprenderse de él. El yo da tantos problemas como la nada. Es poco práctico y menos inteligente todavía, es más defecto que virtud. Lo digo muchas veces. Soy enemigo de la nada y en aras de vivir una vida tranquila –lo cual es mi mayor deseo, que cumpliré, no sin antes cumplir por mi conciencia y honor con mis asuntos–, el poco o mucho talento que tengo me lo quitaría de encima, lo donaría... Y en donación lo doy de todos modos, en lo que escribo y hago, porque no me queda más remedio y porque así lo dicta mi decisión, sin mezquindades y con las limitaciones de las que intento –en muchas ocasiones de manera infructuosa– hacer virtud. No puedo entender la vanagloria de quien por escribir unas líneas necesita darse mayor postín ni la creación artística basada en la egolatría. No se puede ser artista en mi opinión sin ser donante. Y no se puede ser donante si no se tiene capacidad de negarse a uno mismo. Sin amor, sin humildad, sin afán.   
            Y ni siquiera me preocupa que el olvido anticipado del yo nos lleve a la desaparición.
M. P.-P., en 2016.
Fotografía:  M. P.-P., en 2016, en la Feria Universitaria del Libro (FUL) de la Universidad Autónoma de Estado de Hidalgo (UAEH)

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Photo by Inga Seliverstova on Pexels.com

Voces ensortijadas. 62. La rana en la orquídea. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 62

La rana en la orquídea

Por María Gabriela López Suárez

Citlalli observó el reloj, vio que aún faltaban 30 minutos para que su reunión presencial diera inicio, estaba en tiempo. Por suerte, el lugar de la actividad le quedaba cerca de casa. Tomó su bolso, se puso el cubrebocas, los lentes para el sol y salió rumbo a su destino laboral. El calor estaba en su apogeo  y aún era temprano.
          Al llegar a la cafetería donde era la actividad Citlalli observó a su alrededor  para ver si ya estaban ahí sus colegas. Vio que el personal del lugar portaba cubrebocas, las mesas estaban distribuidas cuidando la distancia y para dar cabida a pocos comensales. En uno de los espacios cerca de un ventanal vio a sus compañeros del trabajo. Fue a su encuentro.
          Por fortuna la reunión fue breve, abordaron puntos concretos y delegaron tareas. Eso era algo que Citlalli agradecía. Pensó que la habrían podido hacer de manera virtual, sin embargo, también era importante  la interacción personal con todos los cuidados necesarios, por la pandemia. Ésa era la tercera ocasión que veía a sus colegas en una reunión presencial,  tenían más de un año de trabajar en línea. Se despidió y tomó camino a casa. 
          Verificó la hora, no era ni mediodía. Decidió ir por fruta fresca al mercado, antes buscó si traía la pequeña bolsa de tela donde guardaba el mandado. Ahí estaba en un compartimento de su bolso. Después de comprar su mandado observó a una señora vendiendo orquídeas. La señora se le acercó y le ofreció flores. Citlalli le compró una de las orquídeas que venía cuidadosamente envuelta en una bolsita de plástico. Sin fijarse en más detalles la colocó adentro de su bolsa de tela.
          Mientras regresaba a su domicilio iba pensando en dónde la plantaría. Al llegar a casa sintió un remanso de paz y frescura. Hizo su respectiva sanitización. Después, colocó la orquídea en un recipiente con agua mientras le buscaba espacio en el pequeño jardín que tenían en casa. 
          Al salir al patio verificó cuál sería el lugar más acogedor para la orquídea, decidió que era el árbol de flor de mayo. Fue por la planta y mientras le quitaba la bolsita que la cubría sintió algo frío que rozó su piel y gritó de los nervios. Era una pequeña rana que venía acompañando a la orquídea. Citlalli no se percató de eso cuando la compró ni al ponerla en su bolsa de tela.    
          Sin soltar la planta, se acercó para ver la rana, por el color de su piel podía camuflarse con el tono de las raíces de un árbol o de una hoja seca. Era la primera vez que observaba una rana de ese tipo, las que conocía eran verdes y en tonos amarillentos y cafés. Aún no entendía cómo no se había percatado que venía ahí.
          Colocó la orquídea en una parte del árbol, la regó al tiempo que le susurraba que ojalá le gustara su nuevo hogar. Se quedó pensando si la visita de la rana traía algún mensaje específico, como cuando en las culturas prehispánicas asociaban al croar de las ranas con la llegada de las lluvias. 
          Mientras daba rienda suelta a su imaginación el sonido del timbre de la casa la hizo volver al momento actual. Era Marina, una amiga de la familia, conocedora de cuentos y leyendas. Citlalli sonrió, a ella sería la primera a quien le contaría la presencia de la rana en la orquídea.


 
Photo by Inga Seliverstova on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 62. La montaña familiar. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 62

La montaña familiar
(Fragmento de mi novela inédita Dadrá, la ciudad de la princesa)


Héctor Cortés Mandujano

  
La montaña tenía variados y extraños arbustos desdibujados, como si en el diseño de la naturaleza no se hubieran podido precisar sus hojas, el color exacto de su crústula, la delineación de los pétalos de “cosas” que parecían flores.
	Quizá se debía a que el paraje estaba teñido con un azul grisáceo que fingía ser la noche.
	El monte parecía una fotografía barrida, tomada en un coche a toda velocidad, por un fotógrafo inexperto.
	El pasto era amarillo, de una brillantez inusual, dado que alumbraba en ese momento no el sol, sino la luna. Ninguna estrella. Ningún viento. El único sonido era el de mis movimientos, el de mi respiración cada vez más agitada, pues la tarea que llevaba a cabo resultaba por momentos extenuante.
	La montaña me pertenecía.
	Mi trabajo era poner, al pie del imponente montículo, los postes de la cerca delimitante. Alguien que conocía la distancia ideal los había dejado tirados para que yo sólo los levantara y los sembrara en los hoyos realizados exprofeso.
	Mi única herramienta era una pala con la que arrojaba la tierra que, también, habían dejado apilada al lado de los agujeros. Lo más extraño de esa noche, de esa montaña y sus montes eran los postes.
	No eran de madera.
	Eran cadáveres de hombres y mujeres jóvenes, de altura similar a la mía (1.85 m aproximadamente), en total desnudez.
	Pero igual los levantaba, los acomodaba en el hoyo y los sembraba casi hasta las rodillas. 
	No olían mal.
	Parecían frescos y ninguno tenía menoscabo alguno en su geografía corporal. Todas, todos tenían los ojos cerrados y una expresión de seriedad. Se podía decir que sus músculos parecían vivos y la belleza en general era muy pareja: ningún abdomen inflado, ninguna adiposidad, ningún rostro desusado.
	Parecían maniquíes hechos, con pequeñas diferencias, sobre una misma base de perfección. Los sexos tenían vello púbico; los pechos femeninos eran perfectos, los genitales masculinos guardaban una proporción ideal al tamaño de los cuerpos.
	Yo estaba vestido con una camisa de satín negro, un pantalón de casimir gris y unos zapatos de vestir recién lustrados. 
	Hubo un momento en que necesité descanso y me senté en una piedra que parecía puesta allí para mi confort.
	Detrás de mí, escuché la voz del maestro:
	—¿Cómo vas? ¿Cómo te sientes?
	—No sé, no entiendo esto…
	—Qué.
	¬—Estos cadáveres, por ejemplo.
	—¿Ya los viste bien?
	—Sí, parecen jóvenes, parecen vivos.
	—En cuanto te sientas descansado, te pido que veas sus rostros con atención.
	Me levanté y lo hice con un hombre, ya sembrado.
	—¡Soy yo!
	Luego vi a una mujer.
	—¡No puede ser, soy yo mismo, en una versión femenina!
	—Así es. Lo que estás haciendo es usar a tus antepasados como protección, como cerco para que puedas avanzar, para separarte y, al mismo tiempo, seguir unido a ellas y a ellos. Mujeres y hombres que te antecedieron son tú mismo, como has descubierto. Este es el inicio de la montaña de tu vida; la montaña es tu futuro en ciernes, es decir, eres tú también aunque aun potencialmente; en la cúspide está lo que puedes ser. Tienes que subir solo, mientras este cerco de muertos/vivos cuidan tus espaldas.
	La luz lunar fue volviéndose más nítida, más clara. Era la nueva mañana. Abrí los ojos, desperté.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 39. 24 horas en Nueva York. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 39

24 horas en Nueva York
Por Manuel Pérez-Petit

La primera vez que pisé Nueva York fue la primera vez que vine a México, en junio de 1991, hace casi casi 30 años. No tenía yo previsto en aquella ocasión conocer la ciudad de los rascacielos, pero la fortuna se alió conmigo y me permitió pasar veinticuatro horas completas allá… Poco después escribí este pequeño relato de mi entonces breve y primera experiencia neoyorkina, que ahora, por casualidad, me he encontrado, y que publico con una muy somera revisión, por lo cual ruego al lector comprensión para ese intento de escritor que yo era entonces, que hasta ese momento casi solo había escrito poesía y que aún no había descubierto el mundo.

            24 horas en Nueva York

            Anoche llegué al aeropuerto internacional John Fitzgerald Kennedy, a tiempo de perder, por suerte para mí, el vuelo de Mexicana de Aviación que iba a llevarme a México, Distrito Federal, por lo que tuve que cambiar mi boleto y pasar la noche en un pequeño motel de carretera camino de Rhode Island. Digo que por suerte para mí, porque ahora Manhattan está desplegada ante mis ojos, esa Manhattan en la que lo minúsculo no tiene cabida y en la que acabo de navegar sin rumbo fijo, esa Manhattan que acaba de inflamarme porque me ha hecho ver que es posible resumir la vida en apenas diez avenidas y sesenta y tantas calles, en las que se encuentran condensadas todas las mejores y todas las peores cosas del ser humano, y de una manera muy sutil.... El caso es que ahora me encuentro en el metro que une Rhode Island con esa especie de corazón del espejo del mundo que es el centro de esta ciudad paradigmática. Y menudo el vagón en que me encuentro. Desde luego, la fauna es curiosa. Unos leen, otros ni miran, y no veo que nadie tampoco se pare a ver a los demás, quizá seré yo el único que observe lo que constituye, sin duda alguna, un biotipo especial, el de los vagones del metro. Muchos de los que aquí se encuentran duermen, despatarrados, con una sofisticación inaudita. Me pregunto si no se les pasará su parada. Aunque no, nadie pierde su ritmo, tan controlado y, a la vez, tan desordenado, que impresiona por su funcionalidad. Hace sol, es 27 de junio. 
            Veo un termómetro que marca veintiocho grados centígrados y el cielo está despejado. Aunque apenas entiendo inglés, esta mañana compré los dos únicos periódicos que tenían disponibles en el motel en que he dormido: el Newsday y el New York Times, que pesa algo más de un kilo, el muy bestia. Estoy tranquilo, llevo la Pentax y el zoom. Acabamos de entrar en el túnel que cruza por debajo del río Hudson. De golpe, me encuentro en una gran estación. Leo en los carteles del metropolitano: "Madison". Se me ponen los vellos de punta. Echo a andar. Subo unas escaleras. Salgo a la calle. El Madison Square Garden se presenta ante mí. A mi izquierda, no muy lejos, el rascacielos por antonomasia, el Empire State. Me encamino hacia sus pies gigantescos. Son las nueve de la mañana. 
            No es muy caro ni apto para cardíacos, porque el ascensor sube como un cohete. ¿A pie? Ja, ja. Usted no sabe, ni siquiera Induráin en bicicleta es capaz de subir las rampas de este puerto. El caso es que sube. Ya me encuentro arriba, qué maravilla. Se está tan alto que ni se siente el vértigo. Desde aquí podría ver la Giralda casi como puedo ver al caniche de una amiga desde mi metro setenta y cinco. La vista, aun con todo, no me da lugar a recordar otras alturas. Al norte, las gemelas, lejanas, sirven de vigía a la estatua de la libertad, que casi ni se percibe. Al oeste, tirando al sur, Chrysler tiene una torre que parece salida de un castillo de hadas, qué bárbaro, justo al lado del puente de Brooklin, algo detrás de la Panam, que aunque ya no exista la compañía aérea aún sigue en pie uno de los colosos más notables de esta ciudad, el que fuera su edificio. Justo detrás suyo, al sur, que también existe, como escribió Bennedetti y cantó Serrat, Central Park, como una gran ventana abierta a la frescura. En él, cabrían varios parques de María Luisa… Y tras arrepentirme de comprar unas postales tan caras como malas en el fondo, bajo, con gran alivio por pisar tierra.
            Paseo un poco por la Quinta y paso a la Sexta, justo a la altura de Broadway, ilusionado porque voy a ver la fachada del Radio City Music Hall. Antes, dado que son ya las once y media, entro en un fast food, el "Herald Square", donde me pido un 7Up y un plato de la carta, llamado "Old World", que no debe uno perderse por nada del mundo salvo que le guste la buena comida. Tiene queso y patatas, servidos con salsa de manzana. En fin, todo un compendio de lo que no debe probarse, pero, la verdad, es que me sienta de maravilla, sobre todo por las burbujitas del refresco. Vuelvo a la calle, y me encuentro con un vendedor ambulante de frutas. 
            —¡Qué plátanos! —digo con ojos como platos. 
            —Onedólar —me contesta como con rutina y displicencia.
            —Yes, yes —respondo ufano.
            —¿Ar-gen-ti-no? —me pregunta con interés.
            —No, español.
            Se me queda mirando con fijeza.
            —¡Español!... España... Europa…
            Pobre hombre, si supiera, me digo para mis adentros. Se me queda mirando como quien mira un héroe, en tanto me voy alejando. De todos modos, me llevo la mejor parte: tres plátanos como tres catedrales, que ríete tú de los de Canarias, envueltos en un cartucho de papel, y por tan sólo un dólar. Tan dulces que parecen de mentira y tan en su punto que se deshacen al comerlos.   
            Sigo caminando por la Sexta avenida, la de las Américas, llena de rascacielos y de miseria. Vagabundos que rebuscan en las papeleras públicas, apenas a cien metros de las boutiques más famosas del mundo, locas con bolsos repletos de sabe Dios qué griferías o aparatos del espíritu, repartidores de propaganda de tiendas donde una motorola es más barata que en la propia fábrica, quién sabe... Mi próximo destino: Rockefeller Center, cualquier cosa... Delante de uno de los rascacielos más simbólicos de la ciudad de los rascacielos, una fuente de varios pisos es coronada por un Prometeo dorado que parece volar sobre las aguas. La gente pasea y descansa aquí, y luego continúa hacia la catedral de San Patricio, una preciosidad neogótica que no pega ni con cola y que está llena de banderas americanas y pontificias. 
            Yo no sé que haría esta gente sin banderas, qué barbaridad. La avenida de las Américas, llena de la de todos los países latinoamericanos; los grandes hoteles, repletos sin orden ni concierto de las banderas más ondeantes. Nadie que se precie prescinde de los símbolos, y acaso sea esta una ciudad en la que todos los símbolos del mundo se reúnen para hacer, en común y con otras salsas, un símbolo del propio mundo. Quizá el más simbólico. No creo que pueda haber nada tan desprovisto de personalidad propia y, a la vez, con tanta personalidad y universalidad.
            Pero México me espera, y he de irme al motel a recoger mis cosas, con mis casi dos kilos de periódicos a cuestas. Apenas diez dólares he gastado en un día que no he de olvidar en el resto de mi vida.
 Nueva York
Fotografía:  Nueva York. (La imagen es de dominio público). Fuente de la imagen: Pixabay.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.