Revista

Líneas de desnudo. 98. Es como si mi tiempo se acabara. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 98

Es como si mi tiempo se acabara
Por Manuel Pérez-Petit

A Marco Antonio Alfaro Morales, Miguel Bárcena, Tamara Bruzoni, Eduardo Villegas, Nahum Torres, Roger Octavio Gómez Espinosa, Fernando Valdés, José Joaquín León, Gis Curto y Antonio Florido, con mi afecto, mi gratitud y mi compromiso, por lo que cada uno sabe.

Tan alejado de un sentido práctico y real como vivo –cada vez más a mi pesar–, reflexiono a menudo –al fin es una válvula de escape y compromiso– sobre de asuntos diversos a los que dedico tiempo no medido. Es frecuente que me abstraiga por algunos ratos especulando y conversando con el hombre que siempre va conmigo –y discúlpeseme, por favor, la licencia machadiana, pues yo también espero hablar a Dios un día– acerca del fuego como metáfora incluyente y universal, del peso de las ideas en las palabras y/o de las palabras en las ideas –a veces con la gravedad que amerita el asunto a veces con una levedad divertida–, de la imagen como voluntad de sentido y determinación, del ingenio como posible impostura y sucedáneo para la vida o el quehacer artístico o como surtidor de avances para la humanidad o de obras de arte genuinas, o del dolor de muelas que durante muchos años padecí y ya no padezco, del nudo que habita como un oso hambriento en mi garganta desde hace más de treinta y cinco años por amor o del asombroso y monumental compendio de errores que he sido y soy y me define...
            En los últimos tiempos confieso que lo hago sumido en un feroz, creciente e inaudito desprecio hacia mí mismo que me embarga y casi determina. De hace algo más de un año a esta parte vivo un sentimiento de orfandad y desarraigo que incluso me genera miedo, un conjunto de sensaciones que jamás antes he experimentado y que no proviene de la frustración –algo inherente al propio existir y a la que soy muy tolerante, igual que a la demora–, sino de algo que tendré que descubrir y que me inquieta sobre todo por ese desapego hacia mí mismo que quizá esté en su base. A la vez y en paralelo, casi sin darme cuenta, he incrementado mi empeño en cumplir mi vocación de servir a los demás en proyectos que admiro y para los que he recibido oportunidades providenciales que me permiten vaciarme más que nunca, como si el tiempo se acabara...
            En mi existencia actual de nubes personales y cumplimiento luminoso de anhelos, ando recibiendo oportunidades que siempre soñé, como la que muchos me siguen dando, desde el reconocimiento, el afecto o las expectativas con Kolaval, del que un autor y viejo conocido me dijo hace pocos días “es un proyectazo... uno de esos que llevan una vida... y es normal que cueste un montón” –y la verdad es que ningún otro proyecto editorial, y éste es el último que emprenderé en mi vida, me ha completado y me completa tanto como editor y, sin embargo, en cierto modo me está costando la vida–. 
            Oportunidades como la que me viene confiando –y de qué manera tan fecunda– desde hace muchos meses mi muy querido y admirable mentor Marco Antonio Alfaro Morales en el ámbito de la extensión de la cultura de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, México, que me realiza como nunca antes nada como gestor cultural, a la que estoy respondiendo de forma incondicional con todo lo que soy y tengo. 
            O como la que me da mi amigo del alma y antiguo compañero de la Universidad de Navarra, España, el sobre todo muy querido y gran periodista mexicano Miguel Bárcena, con el que me reencontré no hace mucho tras treinta años –y como ocurre con las amistades verdaderas– es como si no hubiéramos dejado de vernos, de volver a sentirme periodista con todas sus letras, que siempre lo fui hasta cuando no ejercí la profesión. La mayor felicidad que he experimentado en mi vida profesional ha tenido lugar trabajando en el periodismo, por lo que deben saber que ando como unas castañuelas por la puerta que me ha abierto Miguel, y a la que he accedido incondicional y dispuesto a todo. 
            O como la que me concede desde su –mi– Buenos Aires querido la querida Tamara Bruzoni, con quien, a pesar de que solo la conozco hace apenas meses, me unen ya tan estrechos lazos que siento que al conocerla hubiera conocido al –no ‘a’– otro yo mío aunque mejorado en muchos aspectos, a la que también admiro y a quien debo mucho, porque gracias a ella me siento, entre otras cosas, como no recuerdo en mi vida, de verdad docente, siendo la docencia una fuente de gozo para mí, con la alianza estratégica hispanoamericana que estamos creando entre Kolaval y su maravilloso y lleno de inquietudes y horizontes fecundos proyecto cultural Travel Plan & go! Magazine Digital, así como, a través de ella misma, con la galería virtual de arte contemporáneo colombiana És Gallery.
            O como, y aprovecho para anunciarlo, la que me regala el muy querido y admirado escritor, editor y maestro Eduardo Villegas Guevara, el gran coyote mayor, en su editorial Cofradía de coyotes, un clásico entre los clásicos mexicanos, con la próxima publicación de un libro mío, el cual, bajo el título “Llegó mi hora. Poesía casi completa 1983-1994”, me permite seguir cumpliendo la idea que concebí hace cinco años de publicar antes de cumplir los sesenta toda mi obra superviviente (nueve series poéticas, ocho ensayos y tres novelas, todo inédito, aparte de mi obra periodística y de lo ya publicado, como las dos primeras partes de mi trilogía narrativa-poética en cuatro libros acerca de la reconstrucción de la memoria “El año de las tormentas”, merced a la oportunidad que también recibo de mi querido amigo y editor Nahum Torres con su brillante proyecto, Ediciones Periféricas, que confío sea publicada completa de aquí al año próximo, lo cual depende de mí, pues aún debo dar por cerrada la tercera novela de la serie).
            O como, sin ir más lejos, la que, desde hace ya más de año y medio y deseo que por mucho más tiempo, me viene abriendo mi amigo chiapaneco el escritor Roger Octavio Gómez Espinosa en este Letras ideaYvoz, que me pone en la posibilidad, sobre todo, de dar cauce a mi observación de la realidad y a mis diatribas y expandirlas en este "Líneas de desnudo" que es de ustedes.
            O como las que me dan hoy con sobre todo su imprescindible amistad, y también con oportunidades, otras personas, como el editor mexicano Fernando Valdés con su entrañable  e histórica editorial Plaza y Valdés, llena de nobles ideales, el muy notable periodista y escritor español y también mentor José Joaquín León, la emprendedora mexicana Gis Curto con su amistad de tantos años ahora recobrada, mi entrañable Antonio Florido, escritor de tan altos vuelos como el tamaño de su corazón, y tanta gente maravillosa con la que me unen lazos de afecto y unas deudas impagables no solo de gratitud que sé que corresponderé porque soy persona de honor.
            Solo puedo sentirme satisfecho por estar teniendo la oportunidad de cumplir aquello a lo que he aspirado en mi vida: ser editor, gestor cultural, periodista, docente, escritor. Eso sí, me ha llegado todo de golpe, como si el tiempo se acabara.
            Puedo seguir creciendo, pues, con humildad, honestidad y afán de superación, creyendo y creando. Culminar poco a poco mis oficios y misiones para quizá irlos dando por cerrados en el momento que corresponda, con el afán, vocación y gratitud que me inculcaron desde pequeño en mi familia y en las instituciones educativas en que me formé, viviendo al servicio de los demás, pues todo lo que uno tiene y puede es para darlo, y solo así tiene sentido. De este modo, una vez cumplidas mis tareas podré llegar al final de mis días y cumplir mi deseo de hablar a Dios.
            ¿Tengo derecho, pues, gozando de tanto privilegio y teniendo tanto que agradecer y dar, a este sentimiento de orfandad y desarraigo que me aflige, al miedo que antes desconocía, a la tristeza, y a darle pábulo a todo ello en mis conversaciones conmigo mismo? Con toda rotundidad, no.
            Pudiera ser verosímil –y por desgracia lo es para muchos, pero no para mí, pues soy hombre de fe y eso me sostiene y me da la fuerza que no tengo– lo que escribió el poeta chileno Nicanor Parra (1914-2018) en su “Soliloquio del individuo”: “la vida no tiene sentido”. Yo todo lo hago con verdadero amor, aun con mi carga de dolor a cuestas, y todo lo cumpliré y, a la vez, todo lo dejaría por un amor verdadero. Es mi ventaja, lo confieso, y de ahí mi artículo de hoy, que solo he podido expresarlo con esta especie de distanciamiento y voz poética debido a que me embarga el pudor.
Julio de 1993. En la antigua redacción del diario ABC de Sevilla, hoy ubicada en otro lugar, junto a grandes profesionales andaluces de la información como Fernando Carrasco (q.e.p.d.), Juan Luis Pavón, José Luis Losa, Benito Fernández, Jesús Álvarez o Manuel Contreras, éste último hoy subdirector del periódico, el mismo cargo que tenía José Joaquín León cuando yo estuve trabajando allí. Como dato adicional, la concentración de periodistas ante una pantalla que refleja la imagen tuvo lugar, como en tantas otras ocasiones, en el despacho del propio José Joaquín. (La imagen proviene del archivo personal de su autor y fue publicada en Facebook el 9 de febrero de 2017. Me tomo la libertad de difundirla referenciando la autoría de la misma y la fuente).
Fotografía: ©Tomás Díaz Japón, 2013. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 120. Una pizca de silencio. María Gabriela López Suárez

Una pizca de silencio

Por María Gabriela López Suárez

Antonieta y Augusto, su hermano menor, fueron el fin de semana al zoológico, ella le había prometido que lo llevaría de paseo. El niño estaba aprendiendo a leer y Antonieta pensó que era un buen ejercicio que pusiera en práctica la lectura con los letreros que había ahí.

Augusto iba muy entusiasmado, se puso su gorra favorita y sus tenis verdes que hacían llamativa combinación. Ambos emprendieron el paseo, se llevaban muy bien a pesar de la diferencia de edades, iban muy conversadores como solían serlo, a ambos les gustaba platicar mucho. Su papá solía decirles, ustedes hablan hasta por los codos, había bastante de cierto en ello.

La actividad de lectura no tardó en comenzar, sin que Antonieta le recordara, Augusto comenzaba a leer en voz alta  y a su ritmo los letreros. Antes de ingresar a espacios cerrados Antonieta le recomendó que pusiera mucha atención, había letreros que indicaban guardar silencio para respetar el hábitat de los animales. 

—Hay muchos letreros acá y con dibujos, se ven bonitos —dijo Augusto.

—Sí, a eso se le llama señalética, está en todas partes a las que vamos, mercados, carretera, restaurantes, hoteles, escuelas —respondió Antonieta.

—Ah ya me acordé que hay varios en mi escuela.

Después de haber recorrido el herpetario, el tortugario, el aviario y el espacio de los felinos, ya casi habían terminado la caminata, solo les faltaba el mariposario. El calor estaba intenso, llegaron a un área de descanso bellamente cobijada por los árboles que tenían bancas de cemento alrededor, tomaron un respiro y se sentaron.  Augusto,  le dijo a su hermana que le gustaba el paseo, había muchos animales y algunos no los conocía más que en fotos, como los que estaban en el herpetario. 

Antonieta abrió su bote con agua, tenía mucha sed, iba a preguntar a Augusto si quería beber un poco y al voltear a verlo  se espantó, tenía los ojos cerrados y permanecía sentado a su lado. 

—¿Augusto te sientes bien? —preguntó asustada mientras lo tomaba del hombro izquierdo.

—Shhhh, sí, solo necesito una pizca de silencio —respondió sin abrir los ojos.

—¿Una pizca de silencio? ¿De qué hablas?

—Acércate —le dijo a Antonieta, con los ojos cerrados y moviendo su mano izquierda para que se inclinara y decirle en voz baja.  

—Aquí hay animalitos en los árboles pero no los podemos escuchar si no guardamos silencio, yo quiero escucharlos, te invito a que cierres los ojos y a ver si adivinamos cuáles son.

—De acuerdo, acepto la invitación —señaló Antonieta en tono susurrante.

Cerró los ojos y comenzó a disfrutar el paisaje sonoro de las aves y también fueron asomando los monos y los loros.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 10. Cortázar, el réferi. Roger Octavio Gómez

Los hijos del fraile y el filandón (2)
Cortázar, el réferi

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

"Decíamos ayer..." que el cuentero oral usaba una especie de cuerda-guía para salir avante del laberinto que suponía su auditorio, sin embargo, con el escritor de cuentos tal sedal quizá no sea tan palpable y quizá por eso hay, habemos, tantos cuentistas perdidos. ¿Cómo puede, según expertos, controlar, pues, un escritor el efecto de un cuento en sus lectores? 

Cortázar, el réferi
No hay leyes para escribir un cuento, dice Julio Cortázar en «Algunos aspectos del cuento» (1971). Sin embargo, la experiencia del autor y su conocimiento sobre literatura le permiten indagar en este tipo de narración, dar una opinión de experto y proponer conceptos muy válidos, no sólo para su escritura sino también para su estudio.
	Para Cortázar no basta escribir llanamente sobre algún tema que haya conmovido al prospecto a «buen cuentista» pues esto no garantiza que a su vez los lectores se conmoverán. «No bastan las buenas intenciones», se debe desarrollar un oficio de escritor que sea capaz de «secuestrar momentáneamente al lector», quizá como secuestraba mi atención el cuentero oral. Esto se logra «mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión», y se deben subrayar estos dos últimos términos ya que serían los elementos, además de la significación que se manifieste, los que puedan convertir el texto en un medio que implique una visualización que trascienda la lectura, que logre transferir al lector el universo creado. No es algo sencillo de lograr, aunque Cortázar los explique con sencillez. 
	Hay que recordar que estamos hablando de cuento y que este se distingue de otras formas de narración. Al respecto Velasco (2020) rescata de Cortázar en una serie de viñetas lo siguiente: La brevedad, unidad, esfericidad, ritmo, intensidad y una temática significativa y objetivada –hecha objeto y exorcizada en la escritura.
	Por otro lado, algo que a mí me gusta reseñar sobre de la visión cortazariana del cuento es su alusión a la música, en particular el jazz; al boxeo y la fotografía. Musicalidad con armonías inesperadas, un asalto ganado por knockout y una composición que trasciende las imágenes que ha capturado. Esto último contrapuesto a la novela que sería una sinfonía larga, que gana por decisión técnica o por puntos después de 12 rounds y que consistiría en un entramado de imágenes, como el del cine, que acumula impresiones en el espectador.  
	Aunque Cortázar parece ser claro, sin embargo, interpretarlo puede dar pie a múltiples sentidos que trataré de acotar. 
        Por un lado, considero que la musicalidad de la obra, que en Cortázar se refiere al ejercicio que caracteriza al jazz donde una melodía inesperada puede surgir y dar un mejor matiz a lo que se escucha, brinda también una “personalidad” única a la obra, que también puede ser un identificador del estilo del autor. Sin embargo, esto no es privativo del cuento. En poesía y también en novela, hay un ritmo y acordes que se mueven y emanan para generar algo que puede ser un símil de lo que en Física se conocen como armónicos, múltiplos de las ondas de frecuencia fundamentales, que en acústica pudieran representar un elemento que genere placer auditivo. Es decir, la semejanza de lo musical no es privativo del cuento.
          Nos queda el tema del boxeo y la fotografía. 

Manuel Rivas a combate
¿A qué se refiere Julio Cortázar cuando habla de que el cuento vence por knockout? 
         Se trata de un combate que se da entre el lector y el texto.  Conciba el lector una contienda cuasi musical, jazzista, para salvar la violencia que se pueda percibir cuando se habla de box. Se refiere a que desde el inicio el cuento, debido a que se desarrollará en un espacio breve, no se permite acumular elementos gratuitos, antes bien, busca la efectividad que lo lleve pronto a una resolución exitosa, dar un golpe certero que deje al lector en la lona de los significados. 
          Por ejemplo, en el cuento “La lengua de las mariposas” Manuel Rivas nos introduce en la clase escolar de un niño al que nombran, ya cariñosamente, Gorrión. Ambientado en una época en la que se espera que la escuela sea un lugar de tortura vengativa en la que los padres meten a los niños. Sin embargo, aparece la figura de un maestro apasionado que más que enseñar contagia su sabiduría. Se percibe que hay condiciones externas, quizá políticas, que provocan una polarización que llega a notarse en las discusiones de los adultos. Clero contra laicismo; derecha contra izquierda. El padre del protagonista, quien parece ser de tendencias de izquierda, regala al maestro un traje. La madre, de derecha, invita cenas al maestro. Gorrión lo admira y se maravilla de cómo ha logrado absorber conocimiento y de un placer, digamos que espiritual, que le provoca llenar su curiosidad con verdades que existen y que va descubriendo en el aprendizaje. Parece un cuento inofensivo. Llega la guardia civil, el miedo. Detienen al profesor por ser sospechoso de lo que sea. Nadie es capaz de defenderlo. Antes bien, fingen odiarlo, actúan como que lo repelen. Se meten tanto en su papel que lo fingido va mas allá y gritan «contras», lanzan injurias. Gorrión se reconoce como parte del grupo de niños que corren lanzando insultos contra el maestro que va detenido en una comitiva represora que vino para llevárselo preso. Caigo aniquilado. En la lona no me queda más que visualizar cómo se eleva el vocerío de algo que trasciende al combate. No necesitan decirme que esto es quizá una denuncia a una guerra civil, al fratricidio, a la división que se produce entre hermanos por un miedo que es superior a la civilidad puesto que se está ante fuerzas injustas que apelan, para ser más fuerte, precisamente a eso, al miedo. Siento el miedo, la injusticia y también la impotencia de Gorrión ante eso que le quita al maestro guía, porque el cuento, en un buen sentido, me ha noqueado. 
	El golpe que me «derribó», cabe mencionarlo, surgió como una nota imprevista que brotó entre los acordes de un tema que la requería.  Esto es el knockout del que habla Cortázar y me tomó por sorpresa cuando mis defensas estaban abajo.

[El tema del cuento como fotografía: Ojalá podamos discutirlo en la próxima entrega...]


Referencias:

Cortázar, Julio (1971). “Algunos aspectos del cuento” en Cuadernos hispanoamericanos, no. 255, marzo de 1971. José Antonio Maraval, director. Madrid: Revista mensual de Cultura Hispánica. 

Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). "El filandón". [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Sobre el cuento”, resumen de ideas de Julio Cortázar recabadas con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.

Velasco Marcos, Emilia (2020). “Cuentos de Villa-Matas, Axtaga y Rivas, 20200930”, carpeta electrónica con cuentos recopilados con fines didácticos, consultado el 1 de octubre de 2020.


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Absenta 16. En el mar de la tranquilidad. Erik García Briones

En el mar de la tranquilidad

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Polvo del camino. 120. Matar un caballo. Héctor Cortés Mandujano

Matar un caballo

Héctor Cortés Mandujano

Ya no vuelve a mi pesebre mi fiel caballo,

no vuelve, no

Francisco Brancatti, Carlos Gardel y José RAzzano en «El bayo», pero en la versión corrido de Antonio Aguilar


He visto tres películas de Chloé Zhao: Nomadland (2020), su tercera cinta, una auténtica maravilla que ganó el Oscar merecidamente, El jinete (The Rider, 2017), su segundo largometraje, que me dejó impactado, y Eternals (2021), que es una historia de Marvel y con una de superhéroes, digámoslo suave, es difícil hacer arte. Sólo ha hecho cuatro pelis. La primera, de 2015, Songs My Brothers Taught Me, aún no he podido encontrarla. 
	Esta guionista y directora china, nacida en 1982, sabe lo que hace. En el caso de El jinete mezcla lo que parece una película contemplativa –el protagonista ha sufrido un accidente en su labor de jinete de rodeo y ya no podrá seguir su sueño– con el documental, porque los espléndidos actores de la cinta son los verdaderos seres humanos a los que sigue su cámara amorosa, reflexiva, poética. 
          Brady Jandreu, Tim Jandreau, Lilly Jandreau y Lane Scott (quien quedó sin habla y casi sin movimiento, por un accidente en su carrera de jinete de toros) se interpretan a ellos mismos y lo hacen con la convicción que rara vez se encuentra en los actores profesionales. Qué grado de naturalidad, qué manera de trasmitir emociones tan genuinamente. Qué gran artista es Chloé Zhao para lograr que la vida parezca una película y al revés.
          La escena que estuvo a punto de quebrarme es cuando Brady encuentra a Apolo, el caballo que ha domado y al que adora, herido de una pierna. Sabe que tendrá que matarlo, porque el equino no podrá vivir con esa herida. Lo intenta y no puede hacerlo. Tiene que venir su papá a darle el tiro mortal. Terrible escena.

Mi papá amaba los caballos y yo, tal vez por su ejemplo, también los amo. Dejé de estar con ellos desde la infancia, que me volví gente de ciudad, aunque, lo he escrito varias veces, recuerdo sus ojos nobles, sus resoplidos, los gestos de sus hocicos, sus modos de ser conmigo. Siempre tengo un caballo corriendo por las montañas de mi alma.
	Tendría seis-siete años cuando cayó por las tierras de nuestra finca la encefalitis equina y se murieron varios. Mi padre era charro y sus caballos eran enormes y bellos. Uno de ellos se acostó en el campo a morir. Mi papá llegaba a verlo y le daba comida, agua, medicinas. Cuando supo que no se salvaría, lo mató de un balazo. Sufrieron los dos esa muerte.
	Mi padre, como un corrido de caballo, era cantador. Un día, pasado poco tiempo del suceso doloroso, nos tenía abrazados, acostados en la cama, creo que a mi hermano Hernán y a mí, y nos cantaba el “Corrido del caballo bayo”, que cuenta la enfermedad, la agonía y la muerte de un cuaco.
	Apenas recuerdo (no lo olvido, porque me lo han recordado muchas veces en mi vida) que en cierto momento de la canción me puse a llorar. Tendría unos seis años de edad. Mi papá interrumpió alarmado la canción y me dijo: “Hijito, ¿te sientes mal, por qué lloras?”. Yo contesté con la sinceridad infantil del caso y casi todos, salvo mi papá, estallaron en carcajadas: “Lloro por la canción”.
	A ese momento de mi vida me llevó El jinete, de Chloé Zhao. Gran película.

[PD. Aunque, dada su antigua data, la composición de “El bayo”, como se llama originalmente, ha sido motivo de polémica, en especial porque uno de los compositores es el gran cantador de tangos Carlos Gardel y no se ha hallado, creo, ninguna grabación con su emblemática voz. Si hay en Youtube una versión, de 1928, de Ignacio Corsini. Sin embargo, de quién sea, es notable la adaptación que se hizo para que Antonio Aguilar la convirtiera en el célebre “Corrido del caballo bayo”.]


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Fotografía: Raúl Ortega**




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Raúl Ortega:

**Raúl Ortega (1963). Fotógrafo independiente. Ha participado en exposiciones individuales y colectivas en México, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda, Francia, España y Estados Unidos. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios y revistas de México y el extranjero.

Entre otros reconocimientos, recibió en 1994 el Premio Especial del Jurado en la I Bienal de Fotoperiodismo; en 1996, el Premio del Público en la VI Bienal de Fotografía de Bellas Artes; en 1999, el Premio Individual de Vida Cotidiana en la III Bienal de Fotoperiodismo; en 2001 el Premio Fotoperiodismo Individual y Premio del Público en la IV Bienal de Fotoperiodismo.

Voces ensortijadas 119. Mientras tanto. María Gabriela López Suárez

Mientras tanto

Por María Gabriela López Suárez

Ese jueves por la tarde Rebeca quería que el tiempo pasara volando, le tocaba ir a cita con el dentista. Era necesario quitarle una de las muelas del juicio, le estaba dando muchas molestias. Se preparó mentalmente porque no le agradaba asistir al consultorio dental, sentía nervios de solo pensar en el ruido que hacía uno de los aparatos, como una especie de taladro, solo que al interior de su boca y muy cerca de sus oídos.

Llegó a la clínica, era la segunda ocasión que iba a ese lugar, se lo había recomendado su amigo Renato. Él solía asistir ahí y tenía muy buenos comentarios de los servicios. Esta ocasión Rebeca tuvo la oportunidad de explorar más la sala de espera. La vez anterior no pudo porque pasó de inmediato a su cita donde le hicieron el diagnóstico de la muela.

El espacio de espera tenía un aspecto poco común, eso lo hacía sentirlo acogedor, era como estar en la sala de una casa, así lo percibió Rebeca. Había un ventanal grande que permitía filtrar la luz, los muebles eran modernos y en un tono rojo, una mesa pequeña al centro con objetos artesanales de la región.  Y el elemento principal para Rebeca era un estante mediano como librero, con todas las repisas llenas de libros y revistas. A diferencia de otros consultorios, donde normalmente se encuentran revistas de productos médicos o de celebridades, el estante tenía una colección que le resultó interesante, desde novelas, cuentos, de autores nacionales e internacionales, hasta libros de historia, antropología, sociología.
 
En un primer momento Rebeca se sentó en uno de los sillones, pero al ver el estante se levantó y cual niña frente a una inmensidad de golosinas, comenzó a observar el mosaico de colores y tamaños que dejaban ver los lomos de los libros. Se topó con un tesoro que jamás había visto, una colección de historietas del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. —Me habría encantado leerlas de niña —pensó. Las publicaciones estaban muy bien cuidadas, la edición era de la década de los setenta. Seguía recorriendo con la mirada los materiales para decidir cuál le gustaría leer mientras pasaba a cita y hacer más amena la espera. Un libro con lomo rojo y letras negras atrapó su atención, no solo por el color sino por el título Escribir es un oficio peligroso, de la autora Alice Basso.

Regresó a sentarse, se colocó como si estuviera en casa y comenzó la lectura. Se dejó atrapar por el contenido que hasta como en un tercer o cuarto plano alcanzaba a escuchar el ‘taladro’, como ella nombraba al instrumento que le causaba nervios, sin que le interrumpiera la concentración. Estaba por iniciar el cuarto capítulo cuando escuchó su nombre, era el turno de pasar. 

—¡Qué lástima! Ya me había picado leyendo.

Dejó el libro sobre la mesa del centro y se dirigió al consultorio. El corazón empezaba a palpitar con más rapidez, saludó al dentista quien le dio la bienvenida y comenzó a explicar el procedimiento.

—¿Alguna duda Rebeca?

—Ninguna —respondió, tratando de sonreír. 

Rebeca se acomodó en el sillón dental para que iniciara el procedimiento. 
Escuchó el ruido de los instrumentos que preparaba el dentista. Mientras tanto, observó la pintura de fondo en el consultorio, a modo de mural estaba La noche estrellada de Vincent Van Gogh, respiró profundamente y cerró sus ojos. Estaba preparada.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Trabajo en alturas. 9. Los hijos del fraile y el filandón. Roger Octavio Gómez

Los hijos del fraile y el filandón (1)

Por Roger Octavio Gómez Espinosa

Parte de mi familia proviene de una región del sur de México a donde llegaron legiones de frailes católicos, tantos que hoy se sigue conociendo a esa zona como La Frailesca. Es muy probable que entre mis genes haya el de algún religioso que olvidó, no sería la primera vez, su voto de castidad. En esta zona el lenguaje está tapizado con palabras de un español tan antiguo que ya no existe ni en los diccionarios, incluso hay quienes han querido catalogarlo como un dialecto derivado del castellano. No creo que sea para tanto, es sólo que la incomunicación y lo remoto de aquellos parajes crearon una burbuja que conservaron costumbres y palabras que se mezclaron con las nativas hasta que la modernidad nos alcanzó de nuevo para hacernos notar que el español "culto" estaba ya en desuso. 
       Dialecto o no, a donde quiero llegar es que entre mis mejores recuerdos tengo la imagen de mujeres y hombres ancianos con grandes habilidades de narradores contando historias a los que se disponían a escucharlas. 

En la película «El filandón» de José María Martín Sarmiento (1984), cinco escritores son convocados para acudir a una ermita a narrar ante la imagen sacra de un mártir santificado llamado Pelayo, quien protege a los pobladores de posibles peligros a cambio de escuchar, precisamente, cinco relatos. Los escritores aceptan encantados. Cuentan cuatro cuentos fantásticos y un poema. Reviven una tradición llamada filandón que consiste, más o menos, en reunirse por la noche para contar cuentos y leyendas. La misma historia que rodea las causas de santificación de Pelayo es en sí digno de un cuento y las forma en que el santo pide que le cuenten historias también: cada que un peligro asola a la comarca el río Boeza se tiñe de rojo y la campana de la ermita suena. 
            
Los velorios de mi infancia era muy enriquecedores ya que ciertos personajes solían relatar cuentos y leyendas que aún platico, sin la gracia ni el histrionismo que merece, a mis hijos. La modernidad, por otro lado, ha provocado que ya no tenga mucho sentido morirse puesto que en los velorios actuales ya no hay quienes narren como los viejos cuenteros a quienes también fuimos velando uno a uno. En el último sepelio al que acudí noté muchas cabezas agachadas, ya no por tristeza, sino por observar sus teléfonos celulares los cuales han sustituido a los narradores orales de largo aliento. 
          En la actualidad hay un movimientos que pretende revivir la costumbre del filandón en España y hubo en algún momento un movimiento en el sur de México que pretendía algo similar. Aunque la cultura oral está presente en muchas regiones del mundo, considero que es difícil evitar su extinción. Poco a poco fuimos olvidamos las fogatas y los motivos que se fueron con los viejos narradores y narradoras que alimentaron el imaginario de muchos de ustedes, estimados lectores, quienes tuvieron la fortuna de conocer a uno de esos cuenta-cuentos.

Lo cierto es que la atracción que causaba el narrador de historias y el disfrute que generaba en sus oyentes debería tener algo más que sólo palabras y anécdotas. ¿Habría implícita alguna «técnica» ancestral para esas narraciones orales? Si existía, el cuentero la ejercía sin percatarse de esta, siguiendo una intuición que era un poco guiada por su ingenio y otro por el ánimo del auditorio, un poco por el valor y la confianza que iba tomando conforme la historia iba cautivando o, simplemente, la autoridad que le daban las canas y la experiencia. 
          En la literatura escrita, por otro lado, el sedal aquel que usaba el cuentero oral para librar los vericuetos de su auditorio es menos palpable, menos seguro, puesto que no hay un auditorio, si acaso hay un «lector ideal». ¿Cómo puede controlar, pues, un escritor el efecto de un cuento en sus lectores? Espero poder indagar sobre el tema en la próxima entrega...

Referencias:
Martín Sarmiento, José María, (director) (1984). "El filandón". [Cinta cinematográfica]. España: Fundación Villalar.


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Polvo del camino. 119. Mucha sed. Héctor Cortés Mandujano

Mucha sed

Héctor Cortés Mandujano

Todo cambió. Spisil k’atbuj (Ediciones El Animal, 2006), de Josías López Gómez (Cholol, Oxchuc, 1959), es un libro de siete cuentos bilingües –tseltal-español– bien escritos, bien tramados y, lo digo con relación a lo que decía en mi columna anterior, con muchas y directas alusiones sexuales. 
	En “El cazador” un hombre sale de casa y de caza; dice (p. 20) “fui leyendo el paso del animal en cada hoja rota, en cada hoja aplastada”. Falla, vuelve y encuentra a su mujer con un amante. Los oye hablar (p. 21): “Espera, espera, quiero orinar –dijo su acompañante”. La mujer: “No salgas, hay un agujero en la esquina, ahí orina mi esposo”. Cuenta el cazador: “Me moví con cuidado a la luz de la luna, su verga dura y gruesa soltó un chorro de orina, me dio coraje, la agarré fuertemente. Saqué mi cuchillo, se la corté de un solo tajo”. Se va, cuando de nuevo vuelve pide a su mujer que haga tortillas y le ofrece a ella un trozo de carne asada, que ella come. Después pregunta (p. 24): “¿Qué me diste de comer?”; “La verga de tu querido –contesté”. La mujer muere de no comer y de tanto tomar agua: “La verga de un hombre es caliente, salada, provoca mucha sed”.
	En “La mujer de huipil”, Catarina trata de complacer poniéndose un vestido que Juan le compró, en lugar de su huipil. No puede (p. 45): “No es posible, mi huipil me acaricia, me refresca. Este vestido no está hecho para mí: me rechaza, me hiere”. Él ha renunciado a la ropa y costumbres de su pueblo e, incluso, anda con una mujer que no es de su raza (p. 47): “una kaxlan de cara blanca y nalgas suaves”. Juan trata de volver, Catarina no lo acepta. Lo vio venir (p. 49), “suspendió su trabajo, se levantó con el machete del tejido en la mano, ¡pum!, le asestó un golpe en la cabeza”. Le da otros sin ver y Juan (p. 50) “se perdió entre las matas de la milpa para nunca volver, su perro se fue ladrando tras él”.
	En “K’atimpak, el reino de los muertos” se muere la mujer de Andrés y éste se va a buscarla al más allá. Ahí se encuentra con (p. 64) “pajk’inte’, la hembra que tiene dos sexos, de hombre y de mujer”, y ella lo toma o se deja tomar como condición para llevarlo con su mujer. Camina y se encuentra con un informante de Jun Kame, “padre y soberano del inframundo”, quien le pide que le traiga leña con una mula. Andrés avanza y oye a unas mujeres platicando en el río, mientras lavan ropa. Una dice (p. 67): “Yo soy una perniabierta, me emociona ver la verga de mi amante, la agarro, gozo cuando está a punto de metérmela”. A Andrés le piden que no revele lo que acaba de contar a su padre y es castigado (p. 72): “No pudo vencer el poder de Jun Kame, enfermó, a los pocos días murió”.
	Los cuentos de Josías no se consumen con la anécdota: hay en ellos profundidad, conocimiento, capacidad de trascendencia. Algo de él había leído antes, pero este libro me parece un volumen absolutamente recomendable, capaz de sostenerse por sí mismo, con la poderosa fuerza imaginativa y la inteligencia del autor. Me encantó.
	“Todo cambió” es la historia de un maestro que llega a un pueblo indígena y un padre que manda a su hija a estudiar (p. 112): “Mi hija María, con sus chichis virginales, estaba convirtiéndose mujer, no se hallaba lista para el comal, la metí a la escuela”. El maestro Priciano la viola y ella queda embarazada. Dicen al padre que no puede vengarse porque los ladinos arrasarán el pueblo (p. 123): “Los kaxlanes han hecho difícil nuestra existencia. La escuela no se cerró, pero nació desconfianza. Priciano se fue a la semana, mandaron otro maestro. Los padres no registraron a sus hijas, algunos hasta vistieron de niñas a los niños para que no asistieran a la escuela. Todo cambió”.
	En “Algo diferente” José trata de enamorar a Hortensia, ella lo rechaza porque, según la costumbre sus padres deben elegirle marido. Al final ella cambia y lo acepta, a sabiendas que tendrán que remar contra corriente (p. 143): “Así como el bosque se acaba, el río se seca, nuestra costumbre empieza a tomar otro cauce, corre y cambia en algo diferente”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.

HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

nosotros, que él es…»

Absenta 15. Rebeca. Erik García Briones

Rebeca





«Su papa había fallecido hace tres años y la situación

económica se había vuelto un poco más difícil. Bulmaro

había empezado a trabajar a los 11años » 

Maria Gabriela López en Voces ensortijadas 112, «El golpe avisa»

     -Voces ensortijadas 112 el golpe avisa  de María Gabriela López Suarez

EGB
EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Líneas de desnudo. 97. Lo que continua. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 97

Lo que continua
Por Manuel Pérez-Petit

Algo más de cuarenta días con sus respectivas algo más de cuarenta noches han pasado desde el aunque pueda parecer lo contrario no tan lejano 13 de marzo en que saqué mi Locos con Rusia, que tanto predicamento y debate tuvo… En realidad ha sido una parada en boxes –si se me permite el símil automovilístico–, un ‘en esta bajo, hasta luego que vuelva a subirme’ en mi Líneas de desnudo que siempre ha tenido, como bien siempre dije, vocación de repositorio definitivo para toda mi obra breve e incluso para más cosas. Y al fin el fin de ese hasta luego no anunciado pero tácito ha llegado. Regreso, pues, a la casa común de este “mi” Letras ideaYvoz de mi entrañable amigo y admirable escritor y promotor de la lectura Roger Octavio Gómez Espinosa, del que nunca me fui, maravilloso enclave en que un día encontré el lugar en que encontrarme, un lugar para mis palabras. Y por no pocas razones.

El autor
Mi cuarentena –léase mi ausencia– ha dado de sí como si fueran años. Es un signo de nuestro tiempo: el vértigo. Porque el mundo está loco, qué barbaridad, pero el mundo somos nosotros... ¡Qué de cosas han pasado y no durante tan solo algo más de cuarenta días...! Las hay que siguen siendo como antes y las hay que no, pero hoy voy a señalar tres de las primeras, pese a que podría de unas y otras describir trescientas...
            Continua sin caer a día de hoy la desconocida hasta hace bien poco ciudad de Mariúpol en Ucrania, que mantiene su particular resistencia numantina desde hace semanas ante el feroz y lleno de crueldad asedio de los ejércitos rusos de Putin, en un capítulo que pasará  la historia de la humanidad como ejemplo de resiliencia, equiparando a esta ciudad ucraniana a la Numancia atacada por los romanos, que Escipión tomó y destruyó en 133, o, en tiempos recientes, a los de la Alepo siria antes de su destrucción total a manos también de los rusos putinianos en 2016, o la llamada por entonces Leningrado del asedio nazi que terminó en enero de 1944, nevada por completo, sin haber caído en manos de los de Hitler. Y mientras sigue el asedio, se ha confirmado en esta maldita guerra que el objetivo del Kremlin es tomar todo el sur de Ucrania y conectar su territorio con el de Transnistria, región oriental de Moldavia, ya controlada por las hordas rusas desde hace tiempo, lo cual evidencia de manera definitiva el carácter de simple y vulgar matón de barrio de Vladímir Putin, en cuya prepotencia va a estar su derrota.
            Continua en la Presidencia de México, como debe ser por mandato constitucional –y a qué cuento viene poner en duda el mismo–, Andrés Manuel López Obrador, a quien se le ocurrió la idea –permítanme decir en conciencia y con respeto que bananera, aunque sé que esto me reportará algunos insultos y enemistades– de someterse a un plebiscito popular para continuar en su puesto, en la línea, impropia de una nación como México, de un populismo de perfil bajo que, de haber salido vinculante –se necesitaba una participación del cuarenta por ciento del censo, pero esta fue solo del veinte en el referéndum celebrado el pasado 10 de abril–, hubiera conducido a una profunda reforma del país, cuya Constitución consagra el principio de no reelección como inalienable. La última ocurrencia de López Obrador, en consecuencia, ha sido abrir la puerta a reducir la participación mínima para hacer vinculantes próximos referéndums. 
            Y continua, a mi pesar esta vez en la memoria, la bicicleta pintada en la pared de la casa de Kolaval en Pachuca, porque ya no existe, pues la propiedad del edificio –con un criterio de muy dudosa naturaleza, entre otras cosas porque con lo fea que es la colonia, la bicicleta era al final una especie de patrimonio cultural a preservar incluso por las autoridades, un elemento mucho más que decorativo– la ha cubierto con una saña ejemplar, nocturnidad y alevosía, con una especie de espuerta de cal como si fuera un Ignacio Sánchez Mejías cualquiera, muerto en la plaza a la cinco de la tarde, en forma de pintura plástica de blanco maldito inmaculado –allá que el polvo se lo coma–, y debo porque no puedo ni quiero evitarlo ponerme a cantar tal afrenta al buen gusto como si yo fuera un Federico García Lorca cualquiera –que más quisiera yo–. Sirva también este último elemento como elegía, pues en estos próximos días haré una mudanza que me llevará lejos del panteón en que un día estuvo “mi” bicicleta. 
            Son tres situaciones las de hoy aquí y podrían haber sido otras y muchas más, tantas cosas como se amontonan en la olla exprés que llevo sobre mis hombros, desde antes y durante estos algo más de cuarenta días y noches. Pero una vez puesto en marcha el changarro de mi escritura breve, les seguiré contando en medio del mundo de la locura, tanta que hasta el Real Betis de mis entretelas ha ganado la Copa de S.M. El Rey en España. ¡Viva el Betis!
Ante la bicicleta pintada en la pared de la casa de Kolaval en Pachuca de Soto, Hidalgo, México, solía yo poner muchos fines de semana y con motivo de algunas celebraciones festivas, una mesa de venta de libros y otros enseres, en un bazar sin fecha fija que siempre recibió muchas visitas. Esta vez traigo a acá esta foto de un día en que vinieron a visitarme mis amigos y autores Marisa D’Santos y Óscar Baños Huerta.
Fotografía:©M. P.-P., 2021.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.