Líneas de desnudo. 50. Declaración de reconocimiento. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 50

Declaración de reconocimiento
Por Manuel Pérez-Petit

A don Francisco Mena Cantero y a la memoria de don Luka Brajnovic y mi tío Antonio Petit Caro.

La cofradía del olvido es la más nutrida de todas. Sus cofrades se denominan olvidadizos. Yo no pertenezco a ella. No solo me sería imposible por cómo estoy hecho de fábrica; es que no querría de ningún modo. Respeto, en cualquier caso, a quien sea miembro, e incluso militante. La libertad es el don más preciado que todo ser humano puede usar. Y aunque la libertad existe en exclusiva –se mire por dónde se mire– para hacer el bien, y parte de hacer el bien es la capacidad de ejercitar la gratitud, que a los olvidadizos es lo primero que se les olvida, puedo comprender que no la haya, no en vano la condición humana en la vida real se presenta con muchos claroscuros.
            Yo nunca olvidé lo bueno y durante mucho tiempo olvidaba lo malo, lo cual es un error, pues olvidar no es ni virtuoso ni sano. Lo que hay que hacer en los casos malos es perdonar, pero nunca olvidar, más que nada por la enseñanza. No entraré aquí ni ahora en la lucha entre la memoria y los recuerdos, que ya desarrollo de manera amplia en mi trilogía novelística El año de las tormentas –en los dos títulos publicados y en los dos que han de venir–, y que de manera básica se puede resumir en que la memoria –cosa objetivable– es identitaria y los recuerdos –asunto subjetivo– son su enemigo, pues la invaden, trastocan e intoxican. Uno es el que es por su memoria, no por sus recuerdos. Aprendí no sin sufrimiento a no olvidar, a pactar con la realidad, a querer a los demás por sus virtudes y a quererlos más todavía por sus defectos. A quererlos por encima de sus fallos, sus olvidos, sus deslealtades, sobre todo porque a mí me puede pasar lo mismo, por mucho que me empeñe en que no me pase. Quiero a muchas personas, y me da lo mismo que me quieran o que me odien, que yo les sea indiferente, y los quiero de verdad. Aprendo y me renuevo cada día. Sigo adelante contra viento y marea, con la carga de mis limitaciones. 
            La gratitud es un motor inagotable, y la fe –y soy creyente convencido– me da la fortaleza, a veces pienso que inhumana, para seguir en pie. Soy incansable, en efecto, y tengo honor y palabra, y pese a que en muchas ocasiones el cumplimiento de la misma me lleve a autolesionarme, nunca dejo de cumplir mis promesas ni compromisos. Así me hicieron, así quiero ser, y así será. Soy una persona de afectos. Un sentimental mas no un romántico, porque también he conseguido transformar mi enfermizo romanticismo en literatura; así, en mis novelas, que no tanto en mis poemas y mis ensayos. Todas mis obras literarias son expansivas y contenidas a la vez, arrebatadas y medidas, libres y canónicas. 
            Podría seguir hablando de mí pero me da pereza, y además he venido hoy a hablar de reconocimientos, del motor esencial de vida que me mueve y transforma: la gratitud. La más grande de mis gratitudes la siento para con mi tío Antonio Petit Caro (1943-2021), a quien, con motivo de su fallecimiento, escribí El sobrino del diablo. Pero hoy quiero centrarlo en las dos personas ajenas a mi familia que se me vienen a la cabeza en primer lugar: don Francisco Mena Cantero (n. 1934) y don Luka Brajnovic (1919-2001), mis primeros maestros literarios y de vida; uno en el bachillerato y el otro en la universidad. Pueden buscarse por internet; son figuras indiscutibles de las que tuve la fortuna de ser discípulo.
            Don Francisco Mena Cantero me dijo –tenía yo 15 años y escribía como loco– que dejara de hacer versitos, y me puso dos años a escribir sonetos. Yo iba a su casa con frecuencia y él revisaba con lupa y afecto mis iniciales intentos de poemas, la mayor parte de los cuales yo mismo terminaba tirando a la papelera, pues no era solo la técnica de los mismos sino su sentido. Nunca tendré suficiente gratitud hacia su magisterio ni su persona, porque, además, sus enseñanzas de vida fueron sin duda alguna superiores a las literarias. 
            Otro tanto pero de mayor magnitud me pasó con don Luka. Bien es cierto que yo ya era un joven universitario, y de esos a la antigua usanza que estudiaba de todo y leía de todo, sin atenerme necesariamente a un plan de estudios establecido para una carrera determinada, que era lo que debía hacer. Yo igual no estudiaba pero me leía completas todas las bibliografías, me ocupaba más en tertulias, debates y lecturas que en ir a clase, era irremediablemente indisciplinado; así, mi expediente académico no es apto para presumidos pero mi reconocimiento en el ámbito universitario fue excepcional, incluso inmerecido. En aquella Universidad de Navarra se valoraban cosas que no son objetivables, y hasta me consta que se me “perdonaron” y aprobaron asignaturas para que evitar que repitiera curso –con el riesgo que ello conllevaba de que yo me apagara–, dada la trascendencia de mi actividad. Mi trivium y mi quadrivium los cursé con resultados excelentes gracias a este croata maestro de periodistas y escritores que, en realidad era un gigantesco maestro de vida. A medio metro –que es la medida perfecta para conectarse o no–, don Luka y yo éramos la bomba. La mezcla de su autoridad y mi atrevimiento se convertía en cada momento en una fórmula alquímica inimaginable, llena de su sabiduría y mi explosividad, transformando todo en poesía. Él creía en mí y yo lo admiraba con devoción. 
            Ellos son –mi tío se fue casi sin aviso, dejando una herida incurable, a Mena Catero hace más de treinta años que no lo veo y don Luka se nos fue hace veinte al Cielo– los primeros y mejores maestros que nunca tuve. Nunca aproveché de verdad a fondo sus enseñanzas, y así mi vida: un cúmulo de errores y despropósitos inconcebible. ¿Cómo no iba a empezar, con motivo de mi 'Líneas de desnudo 50', esta necesaria para mí declaración de reconocimiento con la que en parte ajusto cuentas con mi vida al borde de mis 55 años?   
            Al fin y al cabo, amo que no imparto la justicia y es de justicia escribir estas líneas y las que vendrán, porque llegará el día en que me enfrente al momento de mi muerte, pero no corre prisa, y, en tanto, la vida sí que corre. 
            Nada nunca evitará que asuma que si soy algo, habiendo sido por mí, ha sido por lo que otros me aportaron, con su bondad y su fe en mí, y no lo olvido.
 Agosto de 2009, en la costa de Granada, España.
Fotografía:  © Antonio Ortiz

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 49. El último Kazarenko. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 49

El último Kazarenko
Por Manuel Pérez-Petit

A la memoria de Roberto “el flaco” Goijman.

Se me murió como del rayo Roberto Goijman, el flaco Kazarenko, con quien tanto quise, quiero y querré. Fue tal día como ayer, 13 de noviembre, pero de hace un año, allá, en el partido de Pilar, en la provincia de Buenos Aires… Y disculpen, por favor, que parafrasee a Miguel Hernández, o a César Vallejo, para nombrarlo, porque desde que supe de su muerte he querido más que nunca ser llorando el hortelano de la tierra que ocupa y estercola.
Era un corazón con patas, muy largas por cierto, a una sonrisa kilométrica pegado, con brazos capaces de abrazar el universo por la ternura que siempre transmitía. Culto hasta la locura, nunca pedante. Amoroso y carismático. Humilde y noble, bueno en el buen sentido de la palabra ‘bueno’, parafraseando esta vez a Antonio Machado. Era tolerante y radical; y yo nunca supe cuál de estas dos virtudes eran más predominantes en él. Era el paradigma del ser humano comprometido. Para él, el dogmatismo no existía. Siempre daba, nunca pedía, y eso le llevó al dolor leve y perdonable siempre de sentirse a veces ignorado por otros que, con muchas más ínfulas que realidades, se sentían poetas “superiores” y a él no tanto por sus formas sencillas y cercanas. No conocía el rencor. Siempre era positivo. Más que criticar, que pocas veces hacía, tendía a aportar soluciones a las cosas. Siempre sumaba, nunca restaba. Era incansable, como yo. De manera inconcebible amigo de verdad de sus amigos, que no eran pocos. Un corazón tan grande como un rinoceronte, dicho sea en términos físicos, pues su corazón realmente era mayor en dimensión que todo el continente americano. Un corazón brutal, también inconcebible. Tanto, que se lo llevó por delante como la hermana muerte solo se lleva a los mejores, de un hachazo invisible y homicida. Era un gigante. Tenía, por lo que había sido su vida, más motivos que la mayoría para vivir lleno de dolor, pero ese dolor lo transformaba en alegría. Era, en efecto, como sí hiciera realidad en sí mismo ese endecasílabo paradigmático de José Hierro: Llegué por el dolor a la alegría, que da lugar al primer cuarteto de su soneto y lo hiciera en carne viva, y que concluye así: Supe por el dolor que el alma existe./ Por el dolor, allá en mi reino triste, / un misterioso sol amanecía.
            Y así vivía, sabiendo que la vida es dolor y que el dolor no es que se cure sino que se salva con alegría. Era imposible no quererlo. Era imposible no verle creer, crecer y crear. Era un ejemplo. Fueron los nuestros muchos años de relación personal. Conocí con él a poetas excepcionales como Vicente Zito-Lema, Eugenia Cabral o Marta Cwielong –q.e.p.d.–, o a gestores excepcionales como Cristina García Oliver. Compartimos la amistad de otros, como Flavio Crescenzi. Comimos los mejores asados del mundo. Reímos y lloramos juntos. Era un poeta en cuerpo y alma. Inútil para la vida práctica, como yo, cuestión que compartíamos llenos de vida. Viví en sus casas de la provincia de Buenos Aires, en Merlo –con la muy querida Roxana Martínez Zabala– y en Manzanares, hicimos programas de radio juntos, visitas a escuelas, viajes. Vivimos nuestra amistad en Buenos Aires, en Santiago de Chile, en la Ciudad de México y en otros lugares de nuestra copatria común mexicana –Roberto tenía muchas patrias que en realidad eran una sola: el mundo y la poesía como vía para la justicia–. Era un señor de los pies a la cabeza. Tanto en la Biblioteca Nacional como en sus casas tomando mate y/o llenándonos hasta el corvejón de tequila y perdiendo los vasos y los papeles. Colaboré brevemente un tiempo en su hermoso proyecto editorial de Ediciones Patagonia, en la quinta del sordo que como oficina tenía en Palermo... Y hasta fui su editor. Tuve la fortuna de incluir en el catálogo de Ediciones Camelot América su Remos de cartón –lástima que fuera tan lamentable la editorial, pero el intento fue inicialmente aceptable–. En la contraportada del libro firmé estas líneas: “Hecho a hierro y fuego en una de las forjas más terribles del siglo XX, la de la dictadura argentina de los setenta, a la que se enfrentó con acciones y versos llenos de un profundo y ético sentido de la libertad, altos principios morales y un admirable compromiso con la vida que le supuso ponerla en juego no pocas veces, se le puede ver con voz propia entre los cantos de libertad del Martín Fierro y la lucha comprometida y llena de luz de Juan Gelman, en versos ardientes fruto de una vida excepcional en que sufrió atentados y se vio forzado a beber las hieles del exilio, lo cual convirtió su mente de miel y seda en un testimonio de vida y de poesía como pocos pueden encontrarse, ya en pleno siglo XXI. 
            >>En Roberto Goijman podemos ver hecho carne no sólo la gloria de “vivir tan libre” sino también la sangre que corcovea/ en todos los rincones, en/ el alma superior, en su orgullo,/ en los perros con olor a furia. Y en sus Remos de cartón, una obra cumbre llena de nobleza y de auténtica poesía que fue escrita en un período de sordera total, como la novena sinfonía de Beethoven. Es tanto el dolor que se le agrupa en su costado -dicho sea parafraseando esta vez a Miguel Hernández- que Goijman supera con vitalidad su propia historia, y con una indiferencia del tipo que tanto le gustaba a Octavio Paz. 
            >>No en vano la quietud de Valparaíso hizo en él una metáfora de la supervivencia.”
            Me mantengo en contacto con sus hijas. Les he propuesto que hagan una fundación con el nombre de su padre. Que la fundación publique su ingente obra completa, que contará con muchos apoyos, empezando por el mío y el de Kolaval –bien es cierto que ni yo ni Kolaval somos suficientes para levantar ese proyecto, que solo el tiempo, y Dios, dirá si es posible–. Eso sí, me dio para Kolaval El último Kararenko, su única novela, una joya llena de orfebrería y desnudez, una obra maestra que ya solo verá la luz a título póstumo... 
            Pero qué póstumo ni qué tonterías digo. Roberto, ahora que ya no está, está más que nunca con nosotros.
 
   
 En Espacio Y, lugar cultural, en Buenos Aires, el sábado 22 de septiembre de 2018.
Fotografías:  Imagen suoerior: En el auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional de Argentina, con Roxana Martinez Zabala, Vicente Zito-Lema, Ana Cuevas Unamuno y Roberto Goijman el 1 de julio de 2012. 
Imagen inferior: De izquierda a derecha, Alejandro Mayoral, Cristina Garcia Oliver, Eugenia Cabral, Roberto Goijman, Marta Cwielong y Manuel Perez-Petit.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Polvo del camino. 95. Tres piedras para Sísifo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 95

Tres piedras para Sísifo

Héctor Cortés Mandujano

¿Ha visto usted un tigre en una jaula?

Lo mismo es el hombre que quiere conseguir algo grande.

Va y viene frente a los barrotes

Roberto Arlt, en Los lanzallamas


Roxana Carbajal tuvo un padre que la marcó en dos sentidos: un territorio y un oficio, Chiapas y el teatro. Era actor y era chiapaneco. Roxana vino a Chiapas, se ha quedado hasta la fecha aquí, se volvió actriz y dio, además, un siguiente paso: es dramaturga.
          He tenido la suerte de acompañar sus procesos de creación, que hasta el momento se han concretado en tres obras de teatro: Mariposas posadas en el polvo, Salir al sol y Coyotes sedientos.
          Si tuviera que encontrar un hilo conductor en sus tramas diría que es el encierro y la necesidad, incluso la urgencia de escapar. En Mariposas posadas en el polvo la pareja protagónica está dando vueltas a una vida que ya ni siquiera tiene. Hablan desde lo interregno, como los seres de Comala, como los personajes de Un hogar sólido. En su vorágine de culpas y dolor también está dando vueltas su hija. Como Sísifo, los tres suben la piedra del sufrimiento hasta la cúspide y caen con ella para volverla a subir y volver a caer, eternamente.
           En Salir al sol, los jóvenes que hacen una huelga se encierran en un salón al que vuelven su centro de operaciones. Es curioso el contrasentido: los que buscan la libertad, se encierran voluntariamente y el quid de la obra es si van a decidirse a salir o se quedarán en su cárcel voluntaria de manera indefinida. Quedarse en la sombra o salir al sol es su disyuntiva.
          En Coyotes sedientos dos niños están encerrados en un pueblo que los castiga, los golpea, los segrega, los daña. Quieren escapar. Uno lo hace primero, en condiciones de subordinación; la otra lo hará sin que, en la obra, eso sea necesariamente una liberación. Ya no son niños, pero la soledad, el desarraigo, el dolor ya no los une, los separa en definitiva. Quién sabe si alguna vez puedan saciar su sed de saberse aceptados, queridos. Tal vez siempre sean coyotes sedientos.
          Hasta el momento, digamos, la poética de Roxana Carbajal está ligada a la infelicidad como santo y seña de la humanidad de sus personajes. Hay, de momento, poco lugar para la risa, aunque en Salir el sol y en Coyotes sedientos ya haya menos opresión, más ventanas que en Mariposas posadas en el polvo, en cuyas vidas perdidas las puertas están selladas. 

Pero estamos aquí para celebrar, justamente, la publicación de Mariposas en el polvo, editada por Tifón, con diseño e ilustración de Juventino Sánchez. En la contraportada escribí un pequeño texto, que les leo: “La historia ya pasó y los personajes estuvieron enamorados, fundaron una familia, tuvieron hijos. Ya no están. En qué consistió el amor, qué es el amor, por qué se termina, en qué se convierte.
          “Mariposas posadas en el polvo, de Roxana Carbajal, no sólo hace las preguntas, sino intenta las respuestas. Lo hace desde la conciencia femenina, desde una escritura que elude las obviedades y trata de calar hondo.
          “Es un privilegio ser testigo de cómo nace una nueva dramaturga y es alentador que no se quiera entretener con gracejadas inocuas, con caminos trillados. Este es su primer paso y es firme, asentado. Lo bueno de iniciar un camino es que hay poco pasado y mucho futuro. Roxana Carbajal tiene talento y disciplina para llegar lejos, hasta donde su imaginación la lleve. Ojalá nunca se conforme, nunca se detenga.”

*Texto leído en la presentación de Mariposas en el polvo, de Roxana Carbajal. 6 de noviembre de 2020. Galería Rodolfo Disner. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.



 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

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Voces ensortijadas 95. El álbum de las memorias. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 95

El álbum de las memorias

Por María Gabriela López Suárez

Ingrid fijó su mirada en la taza humeante de té de menta que se había preparado. Sus gafas se empañaron rápidamente al darle el primer sorbo. Apartó su mirada de la computadora, luego decidió guardar el archivo en el que trabajaba y la apagó. Observó sus manos, las señales del tiempo se reflejaban en ellas, el color de su piel había cambiado, tenía decoraciones de colores,  como ella llamara de niña a las pecas.

Siguió con la mirada fija en las manos, las fue recorriendo palmo a palmo, de manera minuciosa, cada uno de sus dedos, cómplices aliados en el tecleado de tantos golpes en la máquina de escribir, luego en la computadora… sus eternos compañeros en las labores de la jardinería, en la mezcla de ingredientes para la cocina y en el intento del trabajo con el barro, actividad que realizó en alguna ocasión con sus colegas.

Se detuvo en el callo del dedo anular de su mano izquierda, recordó que era el resultado de empuñar con fuerza el lápiz en su infancia, había olvidado que le gustaba escribir de manera fuerte y que sus letras se vieran claras, haciendo que el tono de su lápiz o lapicero se remarcara.

Siguió el repaso de las historias y encontró la pequeña cicatriz en su dedo pulgar de la mano derecha, señal que le quedó cuando se prensara rápidamente al cerrar una ventana, en ese afán de querer contestar de manera pronta una llamada telefónica.

Le tocó el paso a las palmas de las manos, cuántas veces había intentado descifrar sus significados. Ellas que se habían encargado de estrechar saludos, acariciar hojas, árboles, rocas, montañas. Sus palmas también habían sido el sostén no solo de objetos sino de ilusiones, contenedoras de sus lágrimas de alegría y tristeza,  generadoras de energía en los días invernales y sin duda alguna, sus más grandes apoyos para agradecer la vida.

Bebió el último sorbo de su té. El teléfono sonó. Ingrid volvió su mirada para saber quién llamaba. Era Isabel su nieta.

—Isa, ¿cómo estás hija?

—¡Hola abue! ¿Qué haces?

Ingrid sonrió al tiempo que decía: Repasando el álbum de las memorias. 
 
 
 

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 1. Fisonomía 1-Carro de Heno. Antonio Florido

Cajón de rubores / 1

Fisonomía 1 
Carro de Heno

Por Antonio Florido

Pasan los siglos en un tiempo relativo, continuo y disparatado y el hombre avanza incesante por el camino de lo absurdo. Se va deslizando por la estela del orgullo, de clase en clase, superando las posibles contingencias, pasa la vida en la madurez y las copas se le colocan delante, pero el hombre no ve otra cosa que su propio engreimiento, de eso hablan y cantan las crónicas de siempre.
          No es caso de ahora, no. 
          Se trata de la demolición, lucha eviterna de lo que es y lo que se ansía. Intentar escapar del arte engañoso del otro.
          El campesino viaja agachado, con el peso del mundo sobre la espalda cansada. Con la mano aleja al can que le provoca, avanza entre la multitud sin pensar y sin oír, tal vez en una escena muda, llena de grises y turbios, de nubes golosas sobre el techo de madera.
          Telas y ropas pobres y cestos de mimbre.
          ¡Fuera bandidos y danzas, fuera lujurias! 
          El viejo se ha detenido, observa detrás del paño al incipiente que escribe, piensa y sonríe, a veces grita en silencio, muere un poquito su vida. Lleva todos los años buscando el sentido, viaja y habla, queda y habla de nuevo, y sigue hablando sin llegar a la tediosa desesperanza.
          Le puede al hombre la espera, la toma con los dedos viejos y apelmaza con ella grumos de más vida.
          ¿Camino?
          La tarea densa de vivir. Ser y adelantar, esperar. 
          El hombre ha sido expulsado del paraíso del cielo por su gran pecado. (Moral dibujada en un azul y verde y amarillo). Ahora el asunto ingrato de volver la cabeza y pensar. Pero el hombre no ha sido puesto en la tierra para eso. Sólo debe obedecer al impulso, el rey del misterio, efímero elemento, perecedera angustia. Es tributario de la especie que prodiga y regala. 
          Desobedecer es cambiar. Buscar y encontrar la ruptura. Se levanta y observa el bullicio. Queda parado en una isla imprecisa. Alrededor juglares y danzantes, borrachos, demonios y perros, ángeles arrepentidos de haber sido buenos, mujeres en brazos extraños, éxitos florecidos, espigas quemadas.
          Ahora camina deprisa, busca la puerta, tropieza con los brazos y piernas, los perros le muerden y le desgarran y sigue luchando. 
          Pasan veloces los tiempos. Todos han envejecido. Los tonos son ahora más transparentes, como si el cuadro estuviese huyendo.
          Los personajes han detenido sus movimientos y miran al viejo con un interés malicioso. La puerta está muy cerca, la muerte llama, el anciano avanza unos pasitos. Todos se han llevado las manos a los ojos, algunos se tiran de los pelos, otros se lamentan y gritan, las mujeres lloran, los niños ríen con sus manecitas absurdas, perros que ladran como simples perros, locos más locos. 
          El viejo logra cruzar la puerta. El camino que sigue desaparece en un agujero ilógico. No puede avanzar, irse lejos, huir, se sabe cansado, inútil, yermo.
          Detrás continúan sonando canciones, las ruedas del carro chirrían. 
          Yo me alejo con el horror de entender. 
 

 

El carro de heno. El Bosco (Hieronymus Bosch o Jeroen van Aken). Museo del Prado.




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Líneas de desnudo. 48. ‘Feels so good’. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 48

'Feels so good'
Por Manuel Pérez-Petit

Retomando mi ‘Líneas de desnudo’ y teniendo aún pendiente releer todo lo publicado en mi anterior etapa colaborativa, me está llegando en estos días una gran cantidad de ideas y tormentas que redimir por medio de la palabra en este ‘Letras, ideaYvoz’ de tan grata realidad para mí. Antes de ayer, una vez publicado mi ‘San Borondón como consuelo’, estremecido aún por la interminable tragedia de La Palma, decidí dejar de pensar en ello, y para ello me puse ese ‘Feels so good’ de Chuck Mangione en mi teléfono –extraño aparato éste, que cada vez sirve menos como teléfono, por cierto, y más para controlarnos–, y me dejé ir…
            Comenzó a fluir mi cabeza como agua mansa que alimentara una laguna llena de juncos torcidos por el aliento de la brisa acuosa de un valle… Qué vida tan complicada ésta… Ya no marca la diferencia la experiencia, que ya ni nos sirve, dada la velocidad de crucero en que todo cambia de forma tan vertiginosa y continua, que asusta, tan impropia del fluir de una laguna en el valle… Lo que marca la diferencia es el espíritu –fíjense, con lo tan desprestigiado que está–, sí, el espíritu con el que las cosas, cada acción, cada gesto, cada decisión, se afrontan; la capacidad de llenar de vitalidad y frescura cada momento, de crear esperanza, de asumir con ímpetu la tarea de ser libres, de encontrar el encanto de lo cotidiano, de transformar el mundo y la misma vida, incluso, si se quiere, en poesía, aunque bastaría con transformarla en vida, lo cual, en el fondo, es lo mismo.
            Es mi convencimiento: estamos obligados a transmitir valores, al menos si alcanzamos un cierto grado de consciencia, asunto cada día, por otra parte, más complicado. Hoy la trivialidad nos inunda con marchas triunfales y victoriosas. El tuerto, si es, además, miope del otro ojo, es el rey indiscutible. Hoy, mientras menos se ve más se mira, y mientras más se mira menos se ve. Vivimos sobrevalorando lo superficial, y, si nos vamos hacia dentro de nosotros mismos, sufrimos lo indecible. Adoramos el ruido y nos espanta el silencio. Sobrevaloramos el hecho de pensar y nos perdemos en diatribas inútiles. Por lo general, nos hemos olvidado de los principios de creer, crecer y crear. Ya casi todo es mímesis, fatuidad, vacío, pero, eso sí, también discurso panfletario. 
            Cierto es que cada día es más complejo el ejercicio de la propia libertad, tan desquiciada en la práctica, violada por nosotros mismos una vez tras otra, pero que es el gran tesoro que donado al ser humano le hace serlo, pese a lo cual es lo que ponemos de manera temeraria en juego cada día. Muchas veces me pregunto si somos conscientes de esta desgracia, aunque incluso podamos generar opinión y hasta convencer a otros de lo contrario. De la responsabilidad que tenemos respecto a nosotros mismos y a los otros –que, por cierto, existen–, de si seremos capaces de ofrecer soluciones a un mundo perdido o peor, como el que estamos construyendo de un tiempo a esta parte, o, al menos, de sobrevivir a la hecatombe. 
            Asistimos, unos con más estupefacción que otros, al espectáculo al que quienes tienen la batuta del mundo quieren que asistamos... ¿De verdad que la gran noticia que deberíamos conocer es que a Messi no le va tan bien como era de esperar en el PSG, que el presidente chileno Piñera vaya a terminar en la cárcel por tener una fortuna escondida en un paraíso fiscal, que la novia de Jeff Bezos –uno de los hombres más ricos del mundo, propietario de Amazon– se haya deshecho en ojitos con Leonardo DiCaprio...? ¿Nos estamos volviendo locos? ¿Es eso más importante que el interminable proceso de paz de Colombia o el empobrecimiento no solo de México sino de toda Latinoamérica, y todo lo que ello representa, merced, sin ir más lejos, entre otros factores, a la política monetaria de Estados Unidos? ¿No lo es la sangre ya olvidada de Siria o la nueva realidad de Afganistán? ¿La reelección de Ortega al frente de nuestra amada Nicaragua, afirmando que los presos políticos que hay –y no son pocos– son “hijos de perra de los imperialistas yanquis”, y esto sin entrar en considerar la limpieza o no de las elecciones mismas?...
            Podría seguir y seguir. Y es cierto que puede que seamos pendejos, todos nosotros, sí, pues nos dejamos embaucar con alegría por aquellos que gobiernan en realidad con puño de hierro y guante de seda, contra los más elementales principios de Montesquieu, nuestras vidas, negando, de entrada, nuestra propia libertad. 
            Quizá pensar sea peligroso. Y así lo entienden desde luego los que mandan, que no siempre son los que aparecen en los periódicos. Y los que tenemos la oportunidad de crear, en mayor o menor medida, con más o menos acierto, estados de opinión, debemos conocer a fondo lo que nos rodea. Yo en particular creo que lo que falta en el mundo es amor, dicho sea sin emocionalidad alguna –y mucho menos ñoñería, y es que nos estamos jugando mucho–, pero es mi problema y ya veré cómo lo atiendo. En cualquier caso, lo que falta, y ahí sí se podría alcanzar cierto consenso, es silencio, el silencio del valle bajo la lluvia fina, inmersos como estamos en el ruido orquestado por quienes nos manejan a su antojo –versión actual del antiguo “pan y circo”–. Es un ruido brutal que se manifiesta de manera flagrante, e incluso hasta la grosería, en aquellas “noticias” que ellos mismos entienden que debemos atender y asumir como principales en nuestras vidas y que deben afectarnos. Y, además, nosotros les hacemos el juego, y hasta con gusto. Al fin y al cabo esto es el mercado, la droga que con generosidad nos administran. Fue un mal de siempre me dirán, pero quizá, y ojalá no tenga yo la razón, les pido que reflexionen acerca de ello, porque a día de hoy parece más exacerbado que nunca.
            Dan ganas de irse a otro planeta, porque cada vez éste da más pena. Lo que es seguro es que nadie me quitará de la cabeza que lo que falta en el mundo es espíritu y capacidad de amar. Hoy, además, que todos estamos más cerca que nunca, y nos felicitamos por ello, aunque quizá estemos en realidad más lejos que jamás antes hayamos concebido... Qué vida tan complicada ésta… Y como el junco que se mece al paso de los pelos de gato en forma de lluvia de la laguna de un valle cualquiera, me siento en esta piedra y contemplo el mundo, con ayuda del célebre tema de Mangione, trazando ya no líneas de desnudo sino de escape...
 
   
 
Imagen:  Primera página de la partitura original del tema 'Feels so good', compuesto por Chuck Mangione en 1977.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 47. San Borondón como consuelo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 47

San Borondón como consuelo
Por Manuel Pérez-Petit

A la memoria de Manuel Pereda de Castro y a todos los suyos
Con tanto aún por compartir de mis “monstruos internos” –qué lucidez la de mi querido editor, Roger Octavio, a la hora de describir mi ‘Líneas de desnudo’– y por desplegar de mis “disertaciones seriadas” que, en efecto, son parte esencial de mi bitácora por el mundo y, de manera especial, Hispanoamérica, mi pese lo que pese casa, puestos a regresar a las andadas me inflamo como nunca y aunque hubiese deseado elaborar un articulito de saludo y para anunciar que he vuelto a esta revista admirable, ‘Letras, ideaYvoz’, y que en adelante podrán volver a leerme miércoles y domingo, me veo obligado, sin anestesia y envuelto en dolor, a hablar de fuego, pero del fuego que viene del centro mismo de la tierra, del que, convertido en lava, destruye todo lo que toca, sin hacer distingo de ninguna clase.
            A la hora de la comida del pasado 19 de septiembre entró en erupción el volcán Cumbre Vieja de La Palma, una de las siete islas conocidas del archipiélago canario, ubicado frente a las costas de Marruecos en el océano Atlántico. Digo que La Palma es una de las “conocidas” porque existe la leyenda de la isla de San Borondón, que, de manera mítica, ha aparecido y desaparecido a lo largo de los siglos, llegando a ser llamada «la Inaccesible», «la Non Trubada», «la Encubierta», «la Perdida» o «la Encantada» y que hasta tiene carácter y origen hispanoamericano, al ser vinculada a la leyenda de la bahía de Samborombón (Provincia de Buenos Aires, Argentina), bautizada durante la expedición de Magallanes en marzo de 1520, en la creencia de que había sido formada por el desprendimiento de la isla de San Borondón del continente americano. Desde la Edad Media, los cartógrafos que la han documentado ubican San Borondón cerca de La Palma. He leído en estos apocalípticos y tristérrimos días de lava y sismos que existe una posibilidad real de que con la erupción de La Palma, que ya ha supuesto una ampliación de su propia extensión geográfica, puedan emerger nuevas ínsulas que sumar a las Canarias. No sé si la posibilidad es real –no hay que olvidar que en situaciones como éstas la imaginación se dispara–, pero seguro que si se diera este hecho, una de ellas sería San Borondón, aunque fuera para darle la razón a quienes creyeron en su existencia durante este último milenio.
            Entendamos la posibilidad de que emerja San Borondón como un consuelo ante el dolor inconcebible que estos dos últimos meses nos viene deparando. Sobre todo porque me imagino que San Borondón, en realidad, es una escultura del muy querido Manuel Pereda de Castro (1949-2018), escultor extraordinario, cántabro de nacimiento y palmero de adopción, cuya casa-estudio ha sido sepultada por la lava. Gracias a los esfuerzos de su mujer, la pintora Gloria Viña, y de sus hijos, no sin apoyo de las autoridades locales –no en vano la obra de Pereda de Castro no solo cuenta con gran predicamento en Canarias sino que es reconocida en el mundo internacional del arte– antes del terrible acontecimiento y cuando se vislumbraba inevitable se pudieron recuperar muchas de las piezas del legado de Manel, como le conocíamos allegados y amigos. He tenido el honor y la fortuna de convivir con los Pereda de Castro, con los que me unen lazos de amistad perenne. Conocí a Manel, hermano de mi muy querida Rosa Pereda, y su familia, en paseos por Santander o por Madrid. De igual modo conocí a su hija Lilith, artista excepcional, quien también ha estado y está al pie del cañón en estos días, en una velada memorable de hace ya unos años en casa de Rosa y Marcos-Ricardo Barnatán, acompañados de nuestra común y entrañable amiga Soledad Orozco. 
            La destrucción de la casa de Manel y Gloria me ha traído a la memoria la obra del pintor del barroco español Juan de Valdés Leal (1622-1690), y sobre todo sus dos más famosas pinturas, ‘Finis gloriae mundi’ (El fin de las glorias mundanas) e ‘In ictu oculi’ (En un abrir y cerrar de ojos), en las que sobre la destrucción hay, de forma paradójica, una vida. En el caso de la primera, sobre el obispo muerto una mano viva sostiene una balanza. En el de la segunda, un esqueleto en pie mira al observador del cuadro. Se podría abundar en ello, y no me detendré más en la alocada sinonimia que se me ocurrido entre el drama de La Palma y estas pinturas… Con lo que me quedo es, una vez liberado el monstruo interno de mi tristeza por el desastre, con el monumento que podría emerger de las aguas, la isla de San Borondón, escultura definitiva de Manel. Y en última instancia, inflamado como estoy, con la certeza de que el monumento es su obra, que en realidad jamás podrá ser sepultada.
            Aunque lo cierto es que ni San Borondón ni nada me consuela –aun siendo posibilidad aún no se ha dado–. En todo caso, saber que hay afectos que duran siempre y son inextinguibles.
 
   
 
Imagen: © Desiree Martin / AFP 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

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Voces ensortijadas 94. El ciclo de la vida. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 94

Por María Gabriela López Suárez

El ciclo de la vida

La mañana del sábado tenía un tinte de aire frío, el cielo estaba azul,  pintaba un día soleado, de los que suelen haber en el invierno. Rebeca no había despertado, desde hace varios días tenía poco ánimo para levantarse y hacer sus actividades cotidianas. Matilde y Gerardo, sus padres, se habían dado cuenta. El motivo era la partida física de su abuelito materno, don Román. Rebeca lo quería  mucho y lo extrañaba; a sus 10 años la niña no asimilaba tan fácilmente la ausencia.

Don Román y Rebeca habían hecho muy buena mancuerda desde que ella era bebé, él solía contarle cuentos y eso desarrolló en ella el interés por la lectura, aprendió a leer antes de ingresar a la primaria. 

Gerardo y Matilde acordaron platicar con Rebeca sobre el tema. Gerardo se fue a regar el huerto y dijo a Matilde que cuando la niña despertara la enviara a ayudarle, eso la ayudaría a distraerse un poco. 

Rebeca no tardó en llegar al huerto, saludó a Gerardo quien la abrazó  enseguida.

—¿Qué estás haciendo papi? ¿Te puedo ayudar?

—Sí Rebe, justo te estoy esperando, aquí tienes una cubeta pequeña para ir llenando y regando las plantas de hinojo. 

Rebeca aprendió a conocer el hinojo por su follaje y su aroma, así que lo distinguía muy bien. Mientras hacía la actividad encontró una planta de hinojo seca, doblada. Llamó a su papá, Gerardo observó la planta, la reconoció, era una de las más altas que tenía en el huerto, poco común en las que normalmente había visto. Ya había cumplido su ciclo, estaba seca, no fue difícil arrancarla.

Aprovechó la ocasión para conversar con Rebeca sobre la partida del abuelo Román. La niña escuchaba atentamente.

—Ves esta planta Rebe, estuvo pequeña y creció mucho, mucho, nos dio lo mejor en su etapa de vida pero ha partido, su follaje se ha secado. Sin embargo, mira bien sus ramitas, ¿qué tienen?

—Son muchas semillitas, en cada rama hay varias. 

—Así es, las semillitas son los frutos que nos deja y que podemos esparcir en el huerto, para sembrarlas y  que con el tiempo crezcan y den más plantas. De esa forma, tendremos presente a la planta mamá. El abuelito Román también cumplió su ciclo de vida y dejó sembradas semillas en cada uno de quienes lo amamos, lo que aprendimos con él nos ayudará a dar los frutos de sus enseñanzas y tenerlo siempre en nuestro corazón.

Rebeca abrazó con fuerza a Gerardo, quien correspondió el gesto mientras la escuchaba sollozar y tratando de animarla le dijo.

—Los ciclos de la vida son parte de lo que nos toca vivir Rebe, quienes parten no se van, se quedan en nuestra vida, con sus enseñanzas y el amor que les tenemos. Ahora, escucha, el viento silba suavemente, mira qué bonito se mueven las hojas de los árboles.

Rebeca alzó la vista, sus ojos húmedos se fijaron en el paisaje mientras el viento les seguía acariciando.

 



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 94. Camino a Nothing. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 94

Camino a Nothing

Héctor Cortés Mandujano

Haré un poema sobre nada:

Guillaume de Poitiers (1071-1126), en «Canción»

—Se dice nathing; incluso, arrastras un poquito la t, para hacer el sonido de la th.
          —Yo digo nothing.
          —Está mal.
          —No me importa. Podría decir nething, nithing, nuthing, da lo mismo.
          —Si no vas a seguir las reglas, ¿por qué decidiste poner un título con una palabra en inglés?
          —Para mí nothing sólo es una palabra y yo soy dueño de todas las palabras que conozco, que existen y que invento. Puedo usarlas a mi antojo y darles incluso (como proponía Carroll, en su Alicia) el significado que quiera. Me da igual que estén en ruso, en esperanto o en jerigonza…
          —Es que, insisto, hay reglas.
          —Claro, algunas las conozco y las sigo, otras no me importan.
          —En fin, lo que ocurre es que tu título habla de ir rumbo a algo que se llama Nothing.
          —Podría llamarse de otra manera.
          —Nothing significa literalmente nada.
          —¿Ah, sí? Da igual: nada, todo, Tuxtla Gutiérrez, Tlaquepaque, New York.
          —Lo que escribes ¿es un cuento, un poema, un ensayo, una novela, una obra de teatro?
          —No sé. La palabra camino también es nada. Vamos a suponer que hablara del camino a Nothing. Si se habla del camino no significa que un personaje vaya para allá o esté allá, porque el camino, por antonomasia, es tránsito, no llegada; por otra parte, en ese camino puede venir alguien de Nothing en sentido contrario, es decir, ya fue y vuelve, lo que quitaría cualquier importancia a Nothing. Es decir, como te decía, “camino” y “Nothing”, aunque ésta esté en mayúscula y en cursivas, no tienen significado. Son palabras trasparentes, fantasmales.
          —¿Y la a?
          —La pobre a significa menos que nada. ¿Para qué serviría esa vocal puesta en mitad del margen superior de una hoja en blanco, qué significaría? Podría inducir a que alguien imaginara que se hablará de la vocal, de esa concretamente, pero no es el caso.
          —¿Entonces?
          —Lo que tú supones que es un título es nada, una página en blanco: camino, decíamos, es tránsito, movimiento del caminante, si es que hay alguno; si no, vía inmóvil; Nothing es nada, porque la propuesta es hablar del camino no del destino final, y la a es un animalito abandonado a su suerte, que sólo tiene sentido si existen las palabras de antes o de después.
          —¿Entonces?
          —Lo que quiero decirte es que nada de lo que se escribe, se lee o se dice significa algo concreto, salvo que tú conozcas de antemano el significado o el idioma en que se dice. Papá, corazón, amor, mundo valen lo mismo que perro, metal, odio, infinito y podrían ser intercambiables, no traen nada encima: tú se lo pones, tú les das la significación o la importancia que quieras. En otro idioma son nada, nothing. Las palabras por sí mismas –estas mismas con las que trato de explicarte– son espejos sin reflejo, piedras sin peso, venas sin sangre…
          —¿Entonces?
          —Entonces, nathing.


 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Mario Robles




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

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Voces ensortijadas 93. La víspera de las visitas. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 93

Por María Gabriela López Suárez

La víspera de las visitas

 



Esta tarde el viento sopla suavemente, lo percibo como una caricia muy sutil, el aroma que trae huele a inicios de noviembre, de las fechas más esperadas para recordar y honrar a nuestros fieles difuntos. En la preparación de las ofrendas para las tumbas y los altares me gusta el aroma a flores de cempasúchil, flor de muerto o musá como le conocemos en mi familia y también disfruto del delicioso olor que desprende el incienso de copal. Son aromas que me recuerdan a las celebraciones de estas fechas y me remontan a la niñez.

En casa el altar se prepara con anticipación, las ofrendas de alimentos llevan tamales, dulces tradicionales, como los garapiñados envueltos en papel china de diversos colores, barquillos rellenos de cocada o camote, calaveritas de azúcar,  frutas como naranjas, mandarinas, caña, pan, a veces cacahuates. También se pone vasos con agua, alguna copita con licor y cigarros, no pueden faltar estos elementos para los integrantes de la familia que gustaban fumar o beber. Las flores  de musá, de seda, margaritas amarillas o blancas y otras que son conocidas como flores de raíz son las que decoran el altar, con las velas que alumbrarán el camino de las ánimas. En el panteón las tumbas también se decoran con estas flores y con juncia. 

Hoy colocamos las ofrendas, mis manos quedaron aromatizadas con la flor de musá y la juncia. El ocaso se percibe, el sol acaba de ocultarse detrás de la montaña que tengo al frente, comienzan a dibujarse las sombras de las bugambilias, los árboles de flor de mayo y de pata de elefante. El viento se siente frío y me percató que a lo lejos dos de los cachorros caninos que tenemos en casa me observan fijamente. Mi mente trae los recuerdos de los familiares y amistades que han trascendido, sus figuras se hacen presentes. Me parece escuchar sus voces, sus risas, algunas de esas presencias las asocio con el platillo favorito que tenían o que les gustaba cocinar. No pueden faltar los recuerdos de los integrantes de la banda canina que están en el corazón. Todas las presencias de quienes han trascendido me provocan un cúmulo de sentires que mezclan la nostalgia y la alegría por haber tenido la fortuna de formar parte de la familia.

Mis ojos se humedecen, es algo que no puedo evitar, los cierro por un instante y de pronto, siento una caricia en mi cabello, uno de los cachorros se ha acercado a mí. El canto de los grillos se hace notar, a lo lejos  aún alcanzó a distinguir el color amarillo y naranja de las flores de la ofrenda, que junto con la luz de las velas indican que, en casa, ya estamos preparados en la víspera de las visitas que con gusto y amor esperamos y recibimos cada año. 
 
 

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.