Revista

Polvo del camino. 155. The game. Héctor Cortés Mandujano

The game

Héctor Cortés Mandujano

«.


Mi amigo Rudy Laddaga me dio prestado The Game (Anagrama, 2019, traducción de Xavier González Pérez), de Alessandro Baricco.
	Antes de este ensayo, Baricco publicó otro (Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación), donde reflexionaba sobre el impacto que estaba sufriendo la sociedad debido al uso de nuestras tecnologías. Lo dice él, con un ejemplo, “gente que protesta porque están cerrando las lecherías”. Rudy y yo, por poner el caso, tenemos dos visiones acerca de eso: él es un especialista en los avances tecnológicos y yo soy analógico. Que me haya dado en préstamo un libro físico significa que nuestros mundos aún siguen dándose la mano.
	The Game habla de la transformación de todo a partir de los descubrimientos de las redes digitales (Google, Facebook, YouTube,Twitter, Tinder, Netflix, Spotify, etcétera), de estos muchos cambios sociales que Baricco llama la “insurrección digital” que ha provocado el cierre de cines, librerías, empresas discográficas y varias más que ya no son útiles porque todo se pueden conseguir con un aparato, un dedo y poco presupuesto.
	La transformación es general. Pongamos por caso los colores, dice Baricco (p. 28): “Decidimos que los colores son 16.777.216, y a cada uno de ellos les asignamos un valor numérico dado por una secuencia de 0 y de 1. Lo juro. El rojo más puro que existe, por ejemplo, después de haber sido digitalizado se llama así: 1111 1111 0000 0000 0000 0000. […] Cada vez que quiero ver de nuevo el color real le pido a la máquina que me devuelva, y ella lo hace”.
	No sólo ha ocurrido con los colores (p. 30): “En la práctica hemos empezado a trocear la realidad hasta obtener partículas infinitesimales a cada una de las cuales hemos encadenado una secuencia de 0 y 1. La hemos digitalizado, es decir, transformado en números. De esta manera hemos hecho que el mundo sea modificable, almacenable, reproducible y transferible por las máquinas que hemos inventado”. La Web dice más adelante Baricco ha (p. 88) creado una copia digital del mundo.
	Le enseñan en una proyección de cine una copia en celuloide (el viejo procedimiento) y una copia digital. No nota ninguna diferencia. Le explican que en el borde del celuloide hay como una vibración, que no existe en la copia digital (p. 166): “Con el celuloide la pantalla parece que respira, entendí. Con lo digital está clavada en la pared, y punto”.
	Todo se vuelve otra cosa. Nace Uber (si tienes tiempo y auto, puedes ganar dinero) y ya no necesitamos taxistas (p. 201): “Si la gente se organiza y comparte las cosas que posee sin recurrir a expertos, mediadores, sacerdotes y poseedores de licencias, obviamente alguien acabará perdiendo bastantes cosas”.
	Desde 2011 puedes subir todos los contenidos de tu ordenador a una nube, es decir, a la nada electrónica. Puedes perder tu ordenador, porque todo lo que tenías en él se ha puesto (p. 206) “a no pesar nada, a estar en ninguna parte, y a seguirnos sin ocupar ni espacio ni tiempo”.
	Dice Baricco (p. 240): “Algo ha cambiado, y si intento explicar qué es, debo recurrir a una metáfora, la de los naipes: en el pasado hacer negocios consistía en inventar juegos factibles con una determinada baraja de cartas preexistente: ganaba el que inventaba el mejor juego. Ahora hacer negocios coincide con inventar un mazo de naipes que antes no existía y con el que es posible jugar solo a una cosa: la que tú has inventado. Fin”.
	Hay mucho más en este libro. Vale la pena leerlo.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com.       

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Alejandro Nudding:

**Alejandro Nudding, «nacido en Veracruz, Mexico; radica actualmente en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, preocupado siempre por la estancia temporal del hombre, su trabajo aún no definido pelea por lo etéreo y el carácter del humano, pensando que es un resultante del momento y fiel creyente que todo sucede un instante antes, su trabajo se empeña en el color fuerte y en la pincelada que se muestra, por que sabe que un instante después todo ha muerto.» (Fuente: artelista)

Voces ensortijadas 155. Entre cartones. María Gabriela López Suárez

Entre cartones

Por Maria Gabriela López Suárez
Juana se levantó más temprano que de costumbre, su hora de entrada a trabajar a la panadería era a las 8 de la mañana. Sin embargo, en la víspera del Día de Reyes ya debían estar a las 7,30 para preparar las roscas. Salió de su casa a las 6,30. Normalmente le tomaba alrededor de una hora para llegar caminando a su trabajo cuando iba a paso lento y unos 40 minutos a paso rápido. Ese día prefirió estar unos minutos antes y evitar llegar tarde.

Durante su recorrido pensó que las calles estarían silenciosas, con poca gente y coches. Por el contrario, el tráfico estaba fluido y ya había gente dirigiéndose a sus espacios laborales. Juana observó a personas adultas mayores que estaban acomodando sus vendimias de dulces tradicionales, otros más de tamales, atoles y champurrado. Se le antojó comprar un champurrado. Revisó su reloj, le daba tiempo.

Al detenerse para comprar, después de pedir y pagar su bebida,  esperó un momento.

—¿Ya para el trabajo chula? Es usted madrugadora. Permítame tantito, ahorita le doy su champurrado. Se esmera que no encuentro la tapita del vaso —comentó la vendedora.

—Hoy entro más temprano, ya ve que mañana es Día de Reyes, nos toca hacer roscas en la panadería donde trabajo. La espero, no se apure, tengo unos minutitos de tiempo. Se me antojó el champurrado —dijo Juana que respiraba profundo para no impacientarse.

—Aquí tiene, que lo disfrute. ¡Suerte con las roscas!

—Muchas gracias, que tenga buen día.

Retomó el camino rumbo a la panadería. Se percató que una persona estaba acostada a la entrada de una tienda abandonada, donde antes vendían ropa. La persona estaba sobre cartones y también se cubría con ellos, solo se veían sus pies. Juana pensó que ojalá no sintiera frío. Se dio cuenta que los demás transeúntes ni volteaban a ver siquiera hacia el lado donde estaba la persona. Un tanto triste siguió su ruta. Por fin llegó a su destino, 15 minutos antes.

La panadería aún estaba cerrada, había llegado antes que Ruth, la encargada de abrir. Se sentó en una gradita que había, buscó en su bolsa su botella con gel antibacterial. Después de aplicarse en las manos, se dispuso a tomar su champurrado. Se conservaba tibio. ¡Qué rico estaba! Se alegró de haber llegado antes y de llevar algo para tomar.
 
Siguió disfrutando su bebida. Comenzó a pensar que ojalá tuvieran buen pedido de roscas. La algarabía por el Día de Reyes no tardaría en empezar, no solo en la panadería sino en la calle, en las tiendas, en los mercados, en las plazas. No pudo evitar recordar a la persona entre cartones. Le dieron ganas de compartirle una rebanada de rosca y alguna bebida caliente. Seguro que le vendría bien. Se hizo el propósito de pasar por la misma ruta de regreso a casa, llevaría la rebanada preparada para dejarla con la persona y  si aún estaba algún puesto de comida le compraría una bebida. Sería como el regalo de Día de Reyes que ella podía compartir. En eso estaba que no se percató de la llegada de Ruth.

—¡Juanita siempre tan puntual!  Buenos días, ¿cómo estás? Vamos a iniciar para salir temprano.

—Buen día Ruth, bien, bien, aquí terminando mi champurrado para empezar con ánimo el día.

Ambas sonrieron mientras subían la cortina para abrir el local.
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 34. Crónicas 12. Antonio Florido

Crónicas (12)
Calle desierta
Por Antonio Florido

                  
―Esto venía de antes, Tonio. Me lo dijo un compañero, que me fuera de Valdivia. Pero Valdivia era como mi casa. Mi trabajo estaba allí. Mi vida entera. Sin embargo, escuché que alguien me gritó comunista de mierda. No lo entendí. Ese alguien era un conocido. Trabajábamos juntos y me gritaba. Iba vestido de la aviación, se acercó:
         ―¡Abre el cajón, comunista de mierda, ahora soy yo el que da las órdenes!
          Estábamos en el despacho y me trataban como si hubiese acabado con alguna vida despreciable. Más tarde sonaron ruidos extraños en mi cabeza.
          ―Vete a Santiago, Toribio, hazme caso, sé lo que me digo.
Me lo decía mi amigo el teniente. Estábamos en mi departamento con la noche encendida. Llegó un poco alterado, miraba como un loco. El eco fue sucediendo y seguía sin comprender que la cosa se estaba poniendo fea. Hablábamos bajito, casi musitando un algodón de palabras en los oídos. 
          ―No puedo decirte nada. Eres listo. Sabes que lo de tu gobierno no funciona. Eso de querer alcanzar la felicidad por la vía que nadie entiende. Ya sabes.
           Me quedé callado.
           ¡Pensé tantas cosas!
           Chicho se equivoca. Tenía malas influencias. Pero, ¿acaso? Supuse que sus derroteros ya no le servían.
           Mi amigo no siguió insistiendo.
           Me palmeó suavemente, se fue. 
           La noche era hermosa, fría, tranquila. Septiembre empezaba y todavía había que tomarse los brazos con los brazos, o ponerse algo de invierno.
           Era un viernes, el 7. 
           Por la mañana tomé la camioneta de la empresa y rodé hasta la capital. Mi familia, mis padres. Pero la ciudad funcionaba como si tal. La gente boba continuaba siendo tan boba como antes. A nadie le iba la cosa. Todos transitaban. Marchaban con prisa, caminando por las aceras empedradas, abrigados.
           Las plazas deslumbraban con un paisaje nuevo. Miradas esquivas y codos quebrados…
           ¡Llenas de rocío, las plazas!
           ¡Claros ensueños tristes, penas de rabia! 
           Santiago surgió ante la cordillera diciendo, aquí estoy yo, que me hicieron los hombres para el disfrute. Me emocioné al vivir en las venas de mi querida ciudad.
           No suelo pedir nada, pero esa mañana me salió un rosario del alma, por lo futuro.
           Así me entiendo. Compréndanme.
«Si no te vas, yo mismo te detendré» ―me dijo. 
           El mismo sábado tomé hacia el sur y me acerqué a la ciudad del valle, mi pueblo chiquito. Mis padres estaban bien, mi familia toda.
           Los dos estudiantes eran muy amigos. Lo supe de siempre. A veces, por puro capricho, se detenía frente a la casa. El que manda tiene esas cosas, de parar cien hombres, veinte autos, de oír el silencio si así lo desea. 
           Encontré al médico de los pobres con el rostro serio. Mi padre no era así. Reía. No siempre. Pero a veces le llegaba algo y reía con la furia y la soltura. Sin embargo, dije: «¿Qué pasa?» «Tú mismo» ―respondió. «Vives muy cerca, le conoces. ¿Cuántas veces le dije que lo dejara? Quiero decir ese camino, la deriva imposible. Ahí le tendrás, supongo.»
Comenzó un revuelo. Todos intentaban arreglar el desaguisado. Olían a tedio, a miedo en lata.
            Tomé el teléfono. Hice llamadas como si fuesen las últimas de mi vida.  
            Regresé con él. Me miró un poco asustado, la voz imprecisa.
            ―Quizás no pase nada. El Chicho sabe defenderse y no permitirá…
            Por primera vez mi padre no fue capaz de terminar una frase.  Dudé. Iba envejeciendo. Un viejito con olor a cera. Imaginas que se te está yendo de las manos. Me dio pena. Él entendía de todo. Era imposible quedar sin su silueta allá en el rincón del patio, bajo las hojas. 
Salí al extremo de la calle. Las cuadras de siempre. La plaza y sus falsas acacias gigantes. Una deliciosa fragancia que sólo los hombres impares muerden a dentelladas. Caminé sin rumbo. Al fondo, el cerro. El cementerio a un costado, vacío, sin almas ni huecos. El suelo ajedrezado de Curicó se resistía al capricho terrible de las armas.
           «Mejor el plebiscito, un camino absurdo, lo sé, aunque mejor que nada.» Así lo soltó el viejo.  
          (¡Chicho, convoca, hazlo!)
          Eso masculló en un susurro, como para sí. Muy adentro quedaron esos hilos que pensaban. Pero yo pude oírlos. Soy de su sangre.
           Volví a Santiago. Estaba más tranquilo. La ciudad me recibió con la indiferencia de siempre, desnuda de sentimientos, sucia por encima, polvo acumulado, viento desmayado sobre las mismas torres; pero era mía, toda esa inmundicia me pertenecía, nací allí, en sus aceras colmadas de tristezas, en sus callejones sin salida. La amé como nunca.
           Las cosas que se van se derriten en la cabeza. Te fuerzan a sufrir, a recordar.
           Mi ciudad hermosa… Querían arrebatármela.
           En la empresa todo parecía igual. Los mismos semblantes atontados con sus rostros perdidos hacían lo de siempre. Estrellar oportunidades, olvidar las querencias por una vida en adelante. No sabían. Y otros, empero, ni siquiera eran capaces, con los arrestos acobardados.
           Cruzó la raya del 11. La madrugada. Más frío en la noche. Un compañero llamó. Descolgué, me puse. Dijo que había movimientos. Luego colgó, me dejó así. Nadando en un mar profundo. Me ahogaba. Mi padre no podía equivocarse, era eso, mi padre. Ninguno lo hace, es decir, errar en una afirmación como esa. Suelen ser eternos en confianza y en figura. Eso lo averigüé más tarde, cuando ya no había remedio porque estaba muerto. Me comí los recuerdos de mi viejito, le quise decir tantas cosas, las de su hijo solo, su familia, sus nietos, el mismo amigo horizontal y acribillado. Pero ya no podía. La vida no regresa, simplemente cae entre los dedos, al suelo, y sólo puedes beber la tibia tontura del alma que se quedó en ti. Triste. Triste comedia.
           Vial me lo confirmó. Hubo movimientos, en efecto. Me quedé en la madrugada con un desprecio manchado. Abandoné la oficina, me detendrían. Prendí la radio en el fondo arisco de la sombra. Necesitaba saber. Llovían las noticias. De manera volitiva, vertical en mis oídos, acezantes. Las horas las pasé sentado, oyendo. También cabeceé algún sueño raro, como de piedras que caían sobre el tejado de chapa, en aquel día.
           Me asomé a la ventana.
           Farolas amarillas clareaban las aceras de Santiago. Brillaban, eso es, recuerdo bien ese fulgor candoroso. Y los reflejos. Santiago se repetía como un eco de hombre indefinido. Eso fue antes de romperse las corduras, mucho antes. Faltaban horas y el hablero platicaba de cosas malas. Apagaron las voces de pronto. Quedó una. Una sola. Clara y alta, persuasiva. Era hermosa la voz, y el tono pues tanto así. Como el sollozo de un ñatito que hambrea. Así sonaban ellas, las palabritas asombrosas bajo la luz mortecina…
           …Que se iba yendo, lenta, humillada, en Santiago, la ciudad dormida que despertó con el rayo veloz de los bombardeos.
           Comenzó de esta manera la obradura del arte. Varias estallaron de golpe. En el centro. Yo las veía. Las oía con mis oídos sordos. La prensa exprimió las paredes altas. Todo se levantaba en polvo. Ventanas, molduras, gritos y ayes. Me dio mucha pena el palacio que se moría. Luego la voz se fue tornando hosca. Hablaba lo mismo. Deseaban embaucarnos con que la cosa no era por el pueblo.
           ¡La burguesía!
           ¡Fuera palurdos!
           No sé el tiempo que permanecí frente a la ventana, mirando, con la desidia del que no quiere hacer nada. Era un espectador. La tragedia del Chicho estaría bajo los cascos. El fracaso de un pueblo que lloraba como la forma del Chile, hacia el sur, en una raya delgada, larga. 
            Me llamaron de casa. Era mi madre. Dijo que me requerían. ¡Pero quién, madre, quién! Sólo entendí algo así como la oficina. Luego la línea desapareció. El hilo de mi madrecita se había cortado sin causa aparente. Me volví a sentir denso. Tomé mis ocurrencias y volé a Valdivia.
            Con el viento de cola. Así la camioneta avanzaba sobre los baches de la cortadura.
            Saqué las llaves. No vi a nadie en los pasillos. Abrí y se levantaron. Llevaban el sueño de toda la noche. Yo conocía al funcionario. Era joven, acababa de ingresar a la empresa. Me observó con asco. Podría haber sido mi hijo. Y me miraba con el desprecio de la ignorancia. Y del miedo a no cumplir con lo debido.
           Me esposó a la silla, las manos atrás, en la espalda encorvada. Me supe derrotado, inexpresivo, ausente. No leyó ni se refirió en nada a mis derechos. Sólo insistía en que estaba detenido, y en que callara. Tomaron las llaves, abrieron los cajones de mi mesa, los armarios, sacaron toneladas de papeles, montones. Buscaban algo. Sus manos sobre las letras y sellos. Después, al cabo, me trasladaron a la oficina del fondo. Caminaba por el pasillo con las rodillas anguladas, puertas abiertas a ambos lados, uniformes de la aviación, revoloteo, gritos y quejidos. 
            Mis compañeros estaban parados. Miraban a la pared, a dos palmos. Los reconocí, eran de mi familia. Los quería. Yo sólo fui uno más en la fila abstrusa. Ocho, nueve, diez hombres de pie. Miedo en las espaldas. Ojos cansados. El que llevaba la voz nos golpeó uno a uno. Preguntaba por los papeles. Creo que suponían algo imposible. Pero seguía golpeando. El decoro. Respeto. Una razón constructiva. Sin embargo, la irracionalidad surgió, como del fondo negro de un iceberg de piedra. Era el hombre en estado puro. Una por otra.
            Me convertí en un iconoclasta.
            Quise destrozar las apariencias de esos mandados. 
            Así el día. Imagino las horas. No pude contarlas. El dolor en el cuerpo se confundía con la imagen engañosa del odio. El miedo fue cayendo sobre nosotros. Alguien se desplomó. El cansancio le pudo, la desdicha de lo absurdo. Como la hermosa imagen de ese elemento cuando se la entiende del otro lado. Sí. Es un arma de doble filo. Placer y angustia. Querer salvarse y que alguien te mate. Justificación y desbarro, una mezcla para el ser solitario y mudo.
          La tarde.
          Continuaba el revuelo, la busca. Crecía el malestar entre los aviadores.
           La fila de la pared apenas lograba sostener el peso. Cuando intentaba relajar mis piernas, me golpeaban en los riñones. Debía convertirme en piedra. Aplasté la cara sobre la pared. La apoyaba mansamente. Necesitaba descansar. De nuevo más golpes. Hasta que llegó el grito que taladró la tarde. Me salieron de dentro la rabia y miedo. Era demasiado pronto todavía para que todo acabase.
           ¡Detened el tiempo, deshonrad las locuras de esos milicos! 
           Cuajó la oscuridad. Preguntaban por los dichosos papeles. Pero nadie sabía nada, no entendían. Quedé dormido. No sé cómo, pero lo conseguí. Los aviadores también fueron creando una capa de silencio y de tedio. Supuse que estarían echados sobre el suelo. Doblé el cuello. Vi unos niños con la ignorancia agarrada a la garganta y los cerebros gastados.
           Pasamos el tiempo rumiando el cansino transcurso del turno. Me hice las cosas encima. Todo. La humedad y el hedor nos cobijaron en el centro del mundo. Porque la tierra se había reducido a eso, sólo un puñado de barro sobre los ojos. Soñé con la poesía del horror, cuando se pudre en versos de odio. Poetas del alma, que gritan papel. Letras de olvido, sin nombres, nada. 
            En la mañana se nos volcó un crujido alto. Era el claro del día. Un hilo de carne sin fuerzas. Nos metieron en uno de los camiones. Militares chirriantes. Verdes distintos. Mímesis bella. Temibles razones.
De allí a la calle San Pablo.
          Santiago apareció vacía. La gente echada en el suelo. Abrazados.  Solos. Quietos. Muertos. Aceras llenas de odio y olvido, de unos amores perdidos que necesitaban un abrazo sincero.
         Edificios torcidos.
         Bajamos a las bodegas de un lugar sin nombre. Alguien preguntó hasta cuándo. Le respondieron que no pensáramos. No saldríamos.
Las familias, extraviadas.
           El futuro, ¿dónde?
           Luego nos llegó la noticia de la muerte del Chicho. Por sus risas lo averiguamos. Como un cerdo, decían. Así murió.
           ¡Qué tristeza en el alma, cuántos hombres locos!
           De ahí sólo logré la metáfora de la Angostura, donde las cordilleras se van enamorando. Así es mi Chile de lágrima. Hombre seco y tierno, abrasado y convertido en crema. Pero el mismo en todas partes, en las abras y la costa, de cabo a cabo.
            El chileno es, por decir, un arrebato. Un dolor erguido sobre su sombra. El triste buscador de la indulgencia. Se inclina ante la hermosura, le pide de rodillas, ruega, solloza, sueña…
            ¡Virtud! ―clama.
            ¡Virtud! ―implora.
            Violeta lo cantó en flores. Sones al compás de una cuerda vibrante. Los demás con las barbillas apoyadas en las palmas. Todos oyendo.  Los ojos cerrados en el corralón de la Parra. 
             Éramos comunistas. (Eso decían).
            Comenzaron los insomnios y los interminables interrogatorios. (Me acordé del gulag). Nos preguntaban una vez y otra, como un disco rayado, que dónde los papeles. De qué, por qué lo callábamos.
           La lista. Queremos la lista. Operación Z. Eso queremos. Los nombres. Los hombres. Familias. Direcciones.
           Yo no tenía noticias de esa lista, al parecer, tan importante. Nunca me dijeron nada. Sólo me debía a mi trabajo. 
           (Boudjedra pide agua. Está sobre la duna. Arriba del todo. Gira sobre su eje y busca, huele. Bastaría un leve rumor bajo sus pies. Parece que lo percibe. Se agacha y coloca sus rodillas sobre la arena ardiente. Los ojos se le agrandan. Aparece una ligera sonrisa de esperanza en sus facciones. Suda. Cava y cava. Con las manos abiertas va extrayendo la arena. La echa al lado, arena sobre más arena. Frenético el hombre sediento. Busca agua donde no la hay. 
          ¿Acaso no es absurda la conducta, el ser?
          No era necesario destruir para luego crear.
          Como buscar la utopía. Nunca se llega. Te mueres antes. Antes incluso de comenzar a buscar.
          Te precede el deseo incomprensible, la necesidad formada por otros, la falsa injerencia que solamente ansía torcer el armazón que te dieron. 
          Boudjedra no habla. Nadie está con él. Sólo la naturaleza y su agobio, el sentido excelso de la soledad. Sobrecoge otear su figura, tan pequeña, desde el alto imaginario). 
          Así comenzó todo. 

Calle desierta.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Librero del uroboro. 17. Vida y época de Michael K. Ilse Ibarra Baumann

Vida y época de Michael K

Por Ilse Ibarra Baumann

Desde mi parapeto, aquí donde no se mezcla uno con la pobreza, leí cómodamente la vida de Michael K. Un jardinero de labio leporino sin padre ni hermanos que, a instancias de su madre, se la lleva de Ciudad del Cabo en plena guerra civil para regresar al campo, a aquel recuerdo de su niñez donde no vivió tanta miseria.  La madre no llega a la tierra deseada, se muere en el camino, pero él, sí. Vive circunstancias que uno nomás de leerlo, sufre, o piensa en por qué no hace esto, o aquello, también llegan momentos donde lo entiendes. Entiendes su lógica tan extraña, tan de nadie. Y aunque utiliza varias voces narrativas, el lector no pone atención a ellas, está tan enfrascado en la historia que la primera, la segunda y la tercera voz del singular se vuelven insustanciales a primera vista. Vida y época de Michael K es también una novela circular: regresa a donde empezó. Como yo vuelvo a mi parapeto, aunque ahora, incomoda. 
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Polvo del camino. 154. La fealdad metafísica del sapo. Héctor Cortés Mandujano

La fealdad metafísica del sapo

Héctor Cortés Mandujano

Aurora (Editores Mexicanos Unidos, 1986), de Federico Nietzsche, aunque dividido en cinco libros o capítulos, está en realidad conformado por 575 fragmentos numerados que no necesariamente tienen relación entre sí, ni progresión: abren y cierran un tema, a veces con poquísimas palabras
           Dice Nietzsche en el prólogo (escribió Aurora entre 1879 y 1881) que (p. 5) “este libro es la labor de un hombre subterráneo, de un hombre que cava, horada, que mina” y que de esa oscuridad “ha de salir mañana su propia redención, su propia aurora”. 
          Dice en el fragmento número 9 (p. 12-13) que “en todos los estados primitivos de la humanidad lo malo equivale a lo intelectual, a lo libre, a lo arbitrario, a lo desacostumbrado, a lo imprevisto, a lo que no puede calcularse de antemano. […] ¿Qué es la tradición? Una autoridad superior, a la cual se obedece, no porque mande cosas útiles, sino porque manda”
          En el número 31 reflexiona sobre algo que hemos perdido, lamentablemente (p. 26): “No se avergonzaban los hombres de descender de animales o de árboles y hasta se consideraban honradas con estas leyendas las razas nobles. Se miraba al espíritu como algo que nos unía a la Naturaleza, no como algo que nos separase de ella”.
          Dice en el 83 (p. 51): “Una gota de sangre más o menos en el cerebro puede hacer nuestra vida en extremo miserable y desdichada”.
         Con el 117 quiere dejar claro que nadie habita el mundo, sino un rincón nada más (p. 72): “Alrededor de cada ser se extiende un círculo que le pertenece. Medimos el mundo con arreglo a estos horizontes en que nuestros sentidos nos encierran”.
          El 223 lo lanza a quien le quede el saco (p. 129): “Lo que más temen los artistas, poetas y escritores, es un ojo que descubra las menudas supercherías del oficio, que se dé cuenta de una ojeada de si han llegado o no a la meta, antes de entregarse al placer pueril de glorificarse a sí mismos o de caer en fáciles efectos”.
          El 262 también es un dardo (p. 136): “El demonio que atormenta a los hombres no es el deseo, ni la necesidad, sino el amor al poder”.
           El 361 se titula (todos los fragmentos tienen un título) “Peligros de la inocencia” y afirma (p. 147): “Aquel que ama a un ser o cosa sin conocerlos se convierte en la presa de algo que no amaría si pudiera conocerlo”. 
           El 499, “El malo”, cita a Diderot (p. 183): “No es malo más que el hombre solitario”.
          Y unas líneas del 538 para cerrar esta página, cuyo título también corresponde a este libro poliédrico (p. 191): “Las tres cuartas partes de lo malo que se hace en la tierra se hace por miedo, y el miedo es ante todo un fenómeno fisiológico”. 
         A éste y no al otro deberíamos llamar Federico el Grande.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz.




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Juan Ángel Esteban Cruz:

**Juan Ángel Esteban Cruz. Cintalapa, Chiapas, México. Diseñador gráfico, maestro en mercadotecnia y publicidad. Su trabajo se ha publicado en numerosos diarios, libros y revistas de México y el extranjero.

Cajón de rubores. 33. Crónicas 11. Antonio Florido

Diosa griega

Crónicas (11)
Diosa griega
Por Antonio Florido

                  
Lo que te pasó con el camarero, Nando, también lo viví con la novelita de Manuel, mi otro amigo. 
           Me la regaló en el Jaque Mate de su ciudad, en otro tiempo. Habíamos quedado como siempre, para hablar de todo y de nada.
          Trabajó con sutileza la dedicatoria indulgente para este pobre diletante de las ideas. Cincuenta páginas que me mostró entre un desencanto incomprensible y una ilusión de niño fácil entre las cejas. 
            Leí y manoseé el libro. Olí lo que no se podía. Lo ojeé con cierta prisa. Aunque luego la contuve con la esperanza de encontrar el preciso momento para leerla. 
            Manuel siempre llega antes de la hora. Desde lejos veo su silueta inclinada y la mano que le va y viene con pereza, el cigarrillo a medias, fumando. Habla entre líneas. Piensa como si estuviese atrapando los peces de las ideas y no se prodiga en elucubraciones arbitrarias. 
            A estas horas inciertas, Eduardo Dato va cargada de rumores. Un río carnoso convulsiona los sentidos. Gente loca y ausente. Caminan porque no saben hacer otra cosa. Huir de la desesperación se ha convertido en los capitalinos en una primera voluntad. La nostalgia de haber vivido ni la sienten. Tampoco se suelen refugiar en un adelanto de futuro, la esperanza de un motivo. 
           Se ha levantado.
           Palmeamos las espaldas con las huellas rotas de las manos. Una leve sonrisa se confunde y un hola, qué tal, aquí estoy, trabajando. 
            Pedimos. Me ofrece la cajetilla y tomo. Enciende educadamente, con su torso fino. Hay unos momentos deliciosos de silencio. Respiro hondo. Observo el continuo rostro de alguien que se cruza. Luego abundamos en lo mismo. Sé que vamos a tratar del tema recurrente, de cómo van las cosas, a qué te dedicas en estos días, de cuándo vuelves al México de tus amores. Manuel duda. Para en seco el ligero temblor de sus labios. Espera al pensamiento. Dice: «No sé, Tonio, pronto.» Abre la cartera abultada donde guarda sus tesoros. Coloca unos libros en la mesa. «Son de la antigua editorial, la que tuve, ya recuerdas».  Digo: «Sí». Miento para no quedar mal con mi amigo. Manuel edita, escribe libros de poemas y de historias singulares. Usa expresiones poéticas, lindas y ambiciosas. Dice que corrige y corrige. De la última me ofrece su séptima versión.  
           Me pregunta qué escribo, qué pienso. Apuro el primer café de la tarde y el segundo cigarrillo. Él se adelanta por otro. Me gana por la mano, este dichoso filántropo.
            Paramos la conversación.
            Seguimos ensimismados.
            Atraviesa silencioso un tiempito lleno de más peces.
            ―Iré a Chile, ya te dije. Quiero escribir una historia. Sobre aquello, recuerda, lo que sucedió por aquél entonces…
            Manuel asiente y apura también su enésima taza. 
            Me da la tontura de reír. Un pensamiento errático se me ha colado en la mollera.
           ―Tal vez aparezcas en mi historia.
           Manuel enciende otro cigarrillo con la colilla del anterior, sonríe con malicia.
           ―No hagas eso, Tonio, no merezco tanto.
           ―Háblame de los orígenes de Venus.
           ―Quieres belleza clásica.
           Manuel levantó el brazo, el camarero se acercó.
           ―Por favor, dos buenos vasos de Ideal Estético, con un poquito de Similitud y Sobriedad, al estilo Apolíneo.
           Nos miramos y reímos.
           Pedimos excusas…, que estábamos ya del mundo hasta las narices.
           El joven se arreboló y dio la vuelta confundido por la chanza. 
           La tarde fue volcando las sombras sobre unos rostros descombrados.
           Los edificios comerciales de Eduardo Dato eran tristes.
           ―No se cuida nada en este sitio, nada. 
           ―Pero la doxa es apostólica, no te quejes.
           ―No lo hago. Pero responde algo. ¡Anda!
           ―¿Elementos inquietantes y macabros? La diosa de la belleza; nacía de la espuma de la mar, que a su vez era el esperma de Urano…
          Dejé de echarle cuenta.
          Me bastaba el timbre desgarrado.
          Una voz elocuente que se ignora.
          Aquella tarde no hizo falta nada más. Quedamos serios, un poquito muertos. Encerrados en el hecho de saber de la conciencia.  Era todo. ¿Acaso?
           Me habló su librito de Antea. Era la segunda parte. Una historia breve, pura, coagulada con la densa materia de los anhelos. Sí, un amor imposible que se recuerda de por vida, siempre.
           Todos hemos tenido nuestra Antea, de cualquier forma, en algún lugar oscuro del alma, como la tierra que espera la llegada de los conquistadores, esa es Antea.
           Así está hecha.
           De esperanzas y quiebros.
           De respiraciones alteradas.
           De vidas pensadas para morir en el intento.
           Un sentir que no te inspiras. Buscar hasta debajo de las piedras, abrir el cerebro a dentelladas y salir al monte para gritar el horror de estar solo.
           De sentirte solo.
           De que nadie reconoce el rostro desencajado y la sombra baja que te va matando.

Diosa griega
Diosa griega
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Trabajo en alturas. 36. Carta desde la isla de los feacios. Roger Octavio Gómez

Carta desde la isla de los feacios
Por Roger Octavio Gómez Espinosa

Tal cantaba aquel ínclito aedo y Ulises, tomando en sus manos fornidas

la túnica grande y purpúrea, se la echó encima y tapó su bellos rostro.

Sentía gran rubor de llorar ante aquellos feacios…

Homero. La Odisea, Canto VIII-85.


Amada Penélope, 

Ayer rompí a llorar mientras escuchaba al aedo Demódoco entonar un canto a Ilión. Cuando llegó al episodio sobre el caballo no pude más y me quebré. No lo has de poder imaginar, tampoco lo hubiera esperado. (...)
         Recuerdo los días en que araba aquella tierra calurosa, cuando Argos salía a recibirme y el aroma de tu cuerpo me arrullaba por las noches. Extraño tanto el llanto de los bebés Telémaco y Telémaca, han de ser ya jóvenes hermosos. 
          No sé si la vasija en que colocaré esta carta llegue a tus manos. Esta hecha de un material precioso que en este lugar llaman vidrio o cristal y que es fabricado a partir de fundir la arena, me pareció mejor que otro que llaman PET. El vidrio es transparente como el agua pero con la dureza de una espada, me recuerda un poco al agua congelada que vi en el reino de Eolo y que acá guardan en cajas llamadas refrigeradores. Tantas cosas he visto en mis viajes, mas cambiaría todo aquello por tocar tu piel y un abrazo de los pequeños Odiseidas. 
          En este país la gente habla poco, más bien, hablan poco entre ellos; mejor dicho, hablan mucho, pero indirectamente. Se comunican por medio de unos aparatos en los que escriben o dejan —te va a sonar extraño—: mensajes de voz. Se mandan también imágenes de ellos mismos y registran casi cada evento, por nimio que sea, en sus aparatos a través de un único ojo que convierte la luz en una imagen que recibe varios nombres, el más común es fotografía. Estas gentes caminan con la cabeza hacia abajo y no es que vayan precisamente tristes, van viendo sus aparatos comunicadores. Los cíclopes no tienen su ojo en la frente como me los había imaginado, lo tienen en la mano.
          La comida no está en el campo ni en los bosques, porque acá no hay campo ni bosques, hay fábricas. Le llaman bosque a unos lugares raquíticos y estériles, con unos cuantos árboles enfermos. Se abastecen en lugares nombrados supermercados donde intercambian productos por papeles llamados dinero. Hay tanta comida que no es necesario guardarla para el invierno, hasta la tiran en buen estado y prefieren eso a regalarla. 
           Pensarás que nadie pasa hambre o penurias con tanta abundancia mas no es así, resulta que es muy difícil obtener el papel dinero y hasta hay quienes los arrebatan a otros amenazándolos de muerte, pero eso no está permitido y los guerreros, que se llaman policías, se encargan de mantener el orden y de prevenir que hayan ladrones de papel, aunque he visto a varios de ellos que en vez de proteger a los súbditos también los extorsionan. 
           El mercado de dinero está acaparado por unos pocos quienes pusieron reglas para cederlo: Para tener recursos y poder intercambiarlo en los almacenes la gente se alquila como esclavos. Así es, ellos mismos se venden a los esclavistas, ni siquiera es necesario que salgan a cazarlos, llegan solos. 

Es tan solitaria la vida en esta isla. Aunque vayas entre la muchedumbre, cada cual va en una burbuja cuyas paredes no se ven. En las orejas se ponen unos chícharos con los que se aíslan. Si le dices a alguien: “buenos días” o “qué tal el clima”, “hola”, no contestan, se alejan a prisa, murmuran incoherencias o te dan alguna moneda de baja denominación.
           Por eso ayer que escuché a un aedo cantar sobre la guerra no pude contenerme, porque aquí no abundan los poetas ya que fueron cambiados por unos seres que aparecen en otros aparatos llamados monitores aunque escuché que también les decían televisión. Escuchar un canto culto sobre la guerra donde murió mi amigo Aquiles es algo extraño. 
           Llorar en público también es raro, tanto, que te atrapan y te llevan a un lugar que luego identifiqué como un palacio de lotófagos, donde comen el loto en cápsulas y pequeñas grageas que se llaman pastillas en las que encierran sueño, hambre, bálsamos, fuerza, lo que sea. Yo no quiero tomarlas porque sabes lo que el loto hace. 
           Para pasar desapercibido sequé mis lágrimas, fingí un catarro, agaché la cabeza y caminé sin rumbo, al ritmo de estos cíclopes cabizbajos. Así fue como encontré en el suelo la urna esa que llaman botella de cristal, papel y lápiz. Escribí escondido, puesto que el papel, ya te conté, vale oro, y lo metí en la vasija con la firme idea de arrojarlo al mar. 
           Tantas botellas flotaban en las aguas del Ponto. Al principio pensé los cíclopes querían mandar también cartas desesperadas a sus amores lejanos, luego noté que no, que son seres inmundos que gustan de crear basura y arrojarla lejos para conservar su hipócrita versión de un orden infame. Supe que no sería buena idea poner nuestra botella en el océano pues quizá se confundiría en la inmundicia. Con razón Poseidón está enojado, hay más botellas que peces en la mar.

¿Sabes, Penélope?, la luna que se ve desde aquí es la misma que veíamos en Itaka. Me pondré a obsérvala hasta que se haga pequeña. ¿Recuerdas aquellas noches en que te dije que yo tenía el poder de hacer crecer la luna? Cuando veas que cambia de tamaño, piensa que soy yo mandándote un mensaje.
          Hallaré el camino y si no lo hubiere lo forjaré a fuerza de mi necedad. ¿Aún tienes la rueca aquella? Teje un edredón con tus cabellos porque quizá llegue cansado y querré dormir rendido en el aroma de tu pelo. Si por mucho tiempo no escuchas noticias sobre mis hazañas no es que no las haga, acá no saben que soy Odiseo. Estos seres piensan que me llamo, Nadie. 
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Voces ensortijadas 154. El valor del autocuidado. María Gabriela López Suárez

El valor del autocuidado

Por Maria Gabriela López Suárez
Verónica estaba sola en casa, preparaba el desayuno en el penúltimo día del mes de diciembre. Mateo, su hijo de cuatro años, estaba en casa de sus abuelitos paternos. Para sentirse acompañada prendió la radio. Escogió una estación al azar. Lo dejó en un programa donde anunciaron que la entrevistada hablaría sobre lo que debería tenerse en cuenta en los proyectos personales para el nuevo año. Le pareció un tema interesante.

Mientras cocinaba nopales con huevos revueltos, escuchó con atención sobre la importancia del autocuidado. Era algo que a ella normalmente se le olvidaba. Observó su mano izquierda, ahora podía mover con agilidad su muñeca, se le vino a la mente lo frágil que puede ser perder la salud en el momento menos esperado y lo valioso de contar con una asistencia médica de calidad profesional y humana.

Tenía pocos meses de haberse lastimado la muñeca de la mano izquierda. No le había dado importancia pero ya sentía muchas molestias. Recordó que le recomendaron a un traumatólogo, le dieron muy buenas referencias. Desde la primera consulta le inspiró confianza no solo por observar los  diversos títulos colgados en las paredes del consultorio, sino por el  trato amable, de escucha y resolución de sus dudas. Verónica tenía temor del diagnóstico que pudiera darle, después de los estudios que le mandó a hacer el médico, se confirmó que necesitaba una cirugía. Aún con los nervios y el miedo que le ocasionaba la operación, tomó la decisión de ser operada. La cirugía tuvo buen resultado. La recuperación estuvo respaldada por el acompañamiento médico, el apapacho familiar y la prescripción de las terapias para rehabilitarse.

Todo el proceso que había vivido en esa última temporada era sin duda de aprendizaje. En primer lugar, debía tener presente darse un tiempo para ella, escuchar su cuerpo y apapacharse. Su proceso de salud física había pasado por varias etapas, se sentía afortunada de haber llegado con el médico indicado para aportar a su mejora. Y sobre todo, reafirmaba que en todas las áreas profesionales, sobre todo en la médica, además de que las personas sean expertas en su campo de estudio deben tener en cuenta ser empáticas con quienes tratan. Cada paciente es diferente y merece ser tratado con respeto, algunas personas tienen más fortaleza, optimismo, otras son más nerviosas, impacientes, miedosas, tímidas o sociables. En fin, se sentía agradecida por la red que se había tejido a su alrededor y que habían abonado a su pronta recuperación, los cuidados de sus familiares, el afecto de las amistades, la paciencia y acompañamiento del fisioterapeuta en la rehabilitación.

Mientras seguía escuchando la entrevista, Verónica terminó de preparar una ensalada de "pico de gallo" y jugo de naranja para acompañar su desayuno. Se quedó con la reflexión que el valor del autocuidado era un propósito necesario no solo para el nuevo año sino para la vida, sin duda era uno de los mejores regalos que cada persona se podría hacer.
 
—Ahí aplica bien la frase, no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy —dijo para sí, al tiempo que degustaba lo bien que le había quedado su desayuno.

***

Aprovecho estas líneas para agradecer al público lector de las Voces ensortijadas por su acompañamiento en este 2022, por ser parte de cada línea, por sus comentarios y anécdotas con las que resuenan. Les deseo muy feliz y bendecido cierre de año. Asimismo, que el año 2023 ustedes y sus familias gocen de salud y plenitud para realizar sus proyectos. Un abrazo desde algún rincón de Chiapas, México.




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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Librero del uroboro. 17. Memoria de chica. Ilse Ibarra Baumann

Memoria de chica

Por Ilse Ibarra Baumann

Una de mis amigas virtuales, a quien leo porque también le gusta la literatura, hizo un comentario corto sobre Annie Ernaux. Algo así como “hay que leerla”. Yo desconocía que ganó el Noble de literatura en el 2022, sin embargo anoté su nombre en mis notas del iPhone y al poco tiempo compré dos de sus obras en una librería. 
         Ya saben, cuando uno ve un racimo de libros del mismo autor, se pone a leer la contraportada para ver cuál le convence (debería leer primero el que se considera el mejor). Seguro que por ser mujer y por la nostalgia del pasado tomé este que ven aquí. 
          La obra de Ernaux es autobiográfica (supongo que todas lo son de alguna manera), y porque soy chismosa, y porque tiene el atrevimiento de exhibirse, para mí ya tiene palomita. 
La técnica de esta novela me gustó, habla en primera persona (un poco) y recalca el: Yo. Casi toda está escrita en tercera persona del singular: “Ella”. 
         Al escribir esta novela Ernaux ronda los setenta años, al rememorar su pasado, con el tiempo tan lejano (diacrónico), ya no se siente Yo (la vieja) y la aparta para ser Ella, la lejana (la joven). 
        A ratos la narrativa resulta rebuscada. Como perdida en laberintos existencialistas. 

“A aquella chica del invierno de 1959, la veo en una afirmación orgullosa de la voluntad, empeñada en perseguir fines que le van hundiendo poco a poco en la desgracia. Una especie de voluntad desdichada”. 

De hecho siente una influencia (a sus 19 años) por la obra de Sartre. Esta inspiración la lleva a tener arranques que quizás no hubiera tenido si no lo lee a temprana edad. 

“He empezado a hacer de mí un ser literario, alguien que vive las cosas como si un día debieran escribirse.”
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Polvo del camino. 153. Abstracción. Héctor Cortés Mandujano

Abstracción

Héctor Cortés Mandujano

     
El maravilloso librote Historia de la pintura. Guía esencial para conocer la historia del arte occidental (Libros del rincón, SEP, 2004), de Wendy Beckett, comienza con las primeras pinturas que se conocen en la humanidad, en el mundo antiguo, y luego estudia el arte paleocristiano, el medieval, el gótico y el renacimiento italiano, etcétera, pero camina, en cada página, como la pintura, “hacia la abstracción”, que es santo y seña del siglo XX y de nuestros días.
	Las últimas páginas son tomadas por el arte abstracto. Wassily Kandinsky (1866-1944), pintor alemán, miembro del grupo de expresionistas “El jinete azul” es quien (p. 353) “suele recibir la distinción de haber pintado en 1910 el primer cuadro ‘abstracto’ ”, es decir, un cuadro donde no puede definirse con claridad ninguna figura. El cuadro se llama Improvisación 31 (Batalla naval).
	Kandinsky fue (p. 354) “quien descubrió que la ‘necesidad interior’, que podía inspirar el arte verdadero por sí sola, le forzaba a dejar atrás la imagen representativa”. Adiós a lo figurativo, a las caras previsibles, a los cuerpos, a la figura que podía verse como centro unívoco del cuadro. En Acento en rosa (1926), Kandinsky hizo figuras geométricas (un rombo, tres cuadrados, varios círculos, con distintos colores) donde (p. 355) “el ‘rosa’ y el ‘acento’ son puramente visuales”.
	Están después Paul Klee y el suprematismo ruso, que llegó a la llamada “abstracción pura”, es decir, en ocasiones a sólo el color como centro del cuadro. Kasemir Malevish (1878-1935), de este grupo, dijo que (p. 359) “el objeto en sí mismo no tiene ningún significado”. Luego vino Mondrian, como ejemplo de la pura abstracción, y después los dadaístas. Los miembros de este grupo (p. 362) “fueron tan lejos en sus principios sobre el absurdo que escogieron el nombre del grupo -Dadá- buscando al azar en un diccionario alemán. La palabra sólo significa ‘caballito de madera’”.
	Giorgio de Chirico (1888-1974), pintor italiano dio origen (p. 361) “a lo que hoy llamamos pintura metafísica […], que también influyó en el arte surrealista”.
        Se llegó, pues, al surrealismo, que es trascender, como por arte del sueño, la realidad. Y aquí hay muchos nombres célebres: Miró, Magritte, Dalí…
	De allí en adelante, la imagen se perdió entre las muchas rayas, colores, sugerencias, que desembocaron en el llamado “expresionismo abstracto”, cuya cúspide, digamos, es la action painting de Pollock, quien ya no usaba ni pinceles ni paletas, sino que arrojaba la pintura sobre el lienzo. ¿Por qué? Él responde (p. 369): “La pintura tiene vida propia. Yo intento dejar que surja”.
	Me llamó la atención la vida de Arshile Gorky (1905-1948), pintor armenio, surrealista y abstracto, con una suerte terrible (p. 371): “En 1946 un incendio destruyó muchas de sus obras y le diagnosticaron un cáncer. En 1948 se rompió el cuello en un accidente de tráfico y su esposa le abandonó. Poco después se ahorcó”. Sólo falta que se haya ido al infierno. Como el arte figurativo.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Héctor Ventura




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

**Sobre Héctor Ventura:

**Héctor Ventura Cruz – Pintor (1920-2010)

Merecedor del Premio Chiapas en Artes en 1980, Héctor Ventura no sólo es el pintor más popular de Chiapas. Su obra representa la definición estética más puntual de la conjunción entre la naturaleza y el ser humano, producida en la época de la posguerra en Chiapas. (Fuente: Coneculta Chiapas)