Casa de citas/ 806
Cosas que nunca vuelven
Héctor Cortés Mandujano
¿Quién nos ha traído aquí desde el limo primordial?
¿Adónde nos encaminamos? ¿Cuál es el gran plan?
Don DeLillo
He leído varias novelas de Don DeLillo. Leo ahora Fin de campo (Seix Barral, 2016), la segunda que escribió, con traducción de Javier Calvo.
Aunque el tema central es el futbol americano y sus practicantes, evidentemente se mueve hacia otros temas; hacia el lenguaje, por ejemplo (p. 102): “Las palabras no explican, no clarifican, no expresan. Son calmantes. Todo se vuelve abstracto”.
Gary Harkness, el protagonista, platica sobre el futbol americano con Zapalac, quien le dice (p. 194): “Rechazo la noción del futbol americano entendido como guerra. La guerra es la guerra. No nos hacen falta sustitutos porque ya tenemos el original. El futbol es disciplina. Es amor de equipo. Es razón más pasión”.
Esta es una descripción interesante de lo que pasa en las regaderas de los equipos (p. 203): “En uno de los retretes había alguien intentando vomitar. Era un ruido conmovedor, monumentalmente ronco, apasionado y extrañamente carente de urgencia. Una manada de focas”.
Una ampliación al concepto del juego (p. 234): “El futbol americano es un complejo de sistemas. No se parece a ningún otro deporte. Cuando se juega como es debido, es el entrelazamiento de una serie de sistemas. El individuo. El pequeño grupúsculo del que forma parte. La unidad mayor, el grupo de once. La gente hace énfasis en la violencia. Pero ése es el menor de sus componentes. El futbol americano sólo es brutal visto de lejos. En el centro hay calma, hay tranquilidad. Los jugadores aceptan el dolor. Hay una sensación de orden incluso al final de una jugada de carrera de esas que dejan el campo lleno de cuerpos tirados. Cuando los sistemas se entrelazan, el juego produce una satisfacción que no se puede imitar. Se genera armonía”.
Se reflexiona sobre muchas cosas, porque no es esta una novela escrita para convertirse en bestseller (p. 248): “El amor es una vía de salvación. Nos hace menos imperfectos y nos acerca a la inmortalidad”.
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Excepto tú mismo tal vez nadie puede ser
tu enemigo
Emily Dickinson,
poema 384
Leo un libro que tiene casi todos los poemas que escribió Emily Dickinson, a la que leo sin pausa desde hace mucho. El libro se llama Poemas (Editorial Planeta, 2019), traducido por Silvina Ocampo.
Dice su síntesis biográfica (p. 5): “Al cumplir veinte años decidió alejarse del mundo, manteniendo el contacto con un número reducido de amistades en intensas y exigentes relaciones epistolares a las que hoy recurren aquellos que desean ahondar en la singular personalidad de Dickinson. Sin salir de su casa de Amherst, escribió casi dos mil poemas”.
Los poemas solo tienen como título un número consecutivo. Escribe en el 191 (pp. 61-62): “¡Los cielos no pueden guardar secretos!/ ¡Lo dicen a las montañas!–/ las montañas las dicen al vergel–/ y el vergel– a los narcisos. [...] ¿si el verano fuera un axioma?–/ qué brujería tendría la nieve?”.
En 254 dice: “ ‘Esperanza’ es algo con plumas–/ que se posa en el alma–/ y canta una melodía sin palabras–/ y nunca se detiene –totalmente–”.
Lo he dicho en otras ocasiones que he citado a mi admirada Dickinson: sus poemas tienen guiones a los que no hay que hacerles mucho caso. Así los dejó en sus poemas. En el poema 288 habla sobre la poca importancia de lo que somos (p. 84): “¡Soy nadie! ¿Quién eres?/ ¿Eres –nadie– también? ¡Somos entonces un par! [...] ¡Qué horrible –ser– alguien! Qué impudicia –como una rana–/ decir nuestro nombre –todo el santo día–/ a un admirativo pantano”.
Hay verdades rotundas en sus versos. El 335 (p. 100) dice: “No es morir lo que duele más–/ es vivir”.
Dice en el 413 (p. 120): “Si Dios pudiera hacer una visita–/ o dormir una siestita–/ para no vernos–/ pero dicen/ que él mismo –es un telescopio/ perenne que nos mira”.
En el 443 (p. 129): “Tenemos una bomba–/ que llevamos sobre el pecho”.
En el 861 escribe (p. 263): “Parte la alondra –y encontrarás su música–/ bulbo tras bulbo, en plata envuelto” y en el 887 (p. 263): “Sobrevivimos al amor, como a otras cosas/ y lo guardamos en el cajón”.
Se ha dicho de varias formas (la más famosa está en El Principito), Dickinson lo dice así en el 998 (p. 281): “Las mejores cosas moran fuera de la vista”.
Muchos de sus poemas son brevísimos. El 1212 lo trascribo completamente (p. 310): “Algunos dicen/ que la palabra muere/ al ser dicha./ Yo digo que empieza/ a vivir/ ese día”.
Dice en el 1515 (p. 352): “Las cosas que nunca vuelven son numerosas–/ infancia–algunas formas de esperanza –los muertos”.
Un último, el 1640 completo (pp. 366-367): “Sacadme todo lo que tengo, pero dejadme el éxtasis,/ soy más rica que todos los hombres–/ me duele morar con tanta riqueza/ cuando a mi puerta hay quienes poseen mucho más,/ en abyecta miseria–”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com

*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.
Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com


















