Revista

Librero del uroboro. 23. De Salamanca a Chiapa. Ilse Ibarra Baumann

Diario de viaje. De Salamanca a Chiapa. 1544-1545

Por Ilse Ibarra Baumann

Fui al archivo diocesano en San Cristóbal, ahí compré este libro: Diario de viaje. De Salamanca a Chiapa. 1544-1545. Sin duda sería una muy buena elección para volverlo película. Escrito en español antiguo, en primera persona por Fray Tomás de la Torre. Cuenta la travesía desde el 12 de enero de 1544 partiendo de la ciudad de Salamanca hasta llegar a Ciudad Real (hoy San Cristóbal de las Casas) el 3 de septiembre de 1545, alguna vez conocida como Chiapa de los Españoles.   
          Inician con fuertes lluvias, lodo hasta las rodillas, pierden sus zapatos. En alta mar sufren de mareos, vómitos, piojos. Habla del calor y los moscos, de los manglares (desconocidos para ellos). Naufraga un barco en la laguna de Términos y ahí mueren varios frailes. Ayunan porque no tienen qué comer. Hay días de sólo un huevo o sólo una naranja. Después la mayoría se enferma, uno saca lombrices por la nariz, todos tienen temperatura. Y cuando al fin llegan, uno quiere saber más, cómo aprenden a comunicarse con los nativos, cómo los evangelizaron... el libro ha terminado. 
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Voces ensortijadas 161. La radio, compañera de vida. María Gabriela López Suárez

La radio, compañera de vida
María Gabriela López Suárez

                                        A mis colegas radialistas, por su pasión y compromiso.


Bertha se levantó un poco más temprano que Genaro, su esposo, ese fin de semana llegarían de visita Joaquina, su sobrina y Daniel, su novio. Tenía rato que no veían a Joaquina, quería consentirla preparándole chilaquiles con pollo, uno de sus platillos favoritos. 

Decidió despejarse el sueño dándose un baño y posteriormente, se fue a la cocina para comenzar a guisar los chilaquiles. Mientras sacaba las verduras del refrigerador se percató que le faltaba encender la radio, era uno de sus ingredientes clave para cuando comenzaba a crear la alquimia culinaria. 

No alcanzó a escuchar las noticias y en los fines de semana no pasaba un programa de entrevistas que le gustaba. En él se hablaban de temas de interés para las mujeres, la salud, el autocuidado, los derechos, el autoestima, deportes, entre muchos más. Ese día decidió sintonizar una estación donde había una selección de música diversa, tipo retro, pero con una mescolanza de géneros.

Atenta a la preparación del desayuno comenzó a tararear las canciones que se sabía, identificó una canción de Duncan Dhu, "En algún lugar de un gran país, olvidaron construir, un hogar donde no queme el sol y al nacer no haya que morir…" como una especie de regreso en el tiempo Bertha recordó a su primo Pedro, el papá de Joaquina quien había fallecido un par de años atrás, esa canción era una de sus favoritas. Sintió un nudo en la garganta, se permitió soltar unas lágrimas. Regresó al presente, respiró profundo. Pensó en Joaquina y en cuánto disfrutaría degustar los chilaquiles y que recordaran anécdotas con su papá.

La selección musical de la radio cambió de género y de pronto, Bertha ya estaba escuchando "Sopa de caracol" interpretada por Banda Blanca. De nuevo la memoria le trajo al presente a otro familiar, su prima Oralia, quien en su adolescencia solía bailar con gran entusiasmo el baile de punta al escuchar esa melodía. El rostro de Bertha dibujó una sonrisa, qué bonito era recordar, momentos tristes, alegres y  agradecía a la radio, compañera de vida, que le permitiera formar parte de su día a día con tantos contenidos, información, consejos, noticias, cuentos, melodías.

Al ritmo de "Sopa de caracol", siguió cocinando, le faltaba sazonar la salsa roja para los chilaquiles. Verificó la hora, estaba muy a tiempo para terminar el desayuno, ir a despertar a Genaro y recibir a las visitas.  En eso estaba cuando escuchó...

—¡Qué bien huele! Buenos días amor. ¿En qué te ayudo? —era Genaro que ya se había despertado. 
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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 161. Miles de rugidos, el silencio. Héctor Cortés Mandujano

Árbol-Jaguar/ 4
Miles de rugidos, el silencio

Héctor Cortés Mandujano


Antes que yo, años atrás, alguien escribió la palabra Jaguar.
        Y se escucharon cientos de rugidos.

Después, en una notita de un periódico de provincia (la casa del jaguar no está en las ciudades, sino en el monte) se pudo leer que alguien se ufanaba de haber matado a uno.
        Un rugido menos.

Y hubo luego desplazamientos de gente a lugares donde antes sólo había árboles y animales en libertad.
        Los jaguares buscaron mayores profundidades para esconderse.
        Pero algunos cayeron abatidos. 
        Los mataron por deporte, por miedo, por ignorancia…
        Muchos rugidos dejaron de oírse.

Los animales humanos son cada vez más, 
        los jaguares cada vez menos.

Yo escribo ahora, en 2023, la palabra Jaguar.
        Y afinó lo más posible el oído.
        Se oye aún, lejano, un rugido.

Pongo más palabras: “Salvemos los ecosistemas donde todavía vive este enorme y bello felino”.
	Y más: “Salvemos al jaguar”.
	Lo hagamos ya.
	Antes de que alguien escriba la palabra Jaguar
	y sólo se escuche el silencio.

«Autorretrato de mi sombra: HCM»




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 101. Brevería de cantina. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 101

Brevería de cantina
Por Manuel Pérez-Petit

A Ladislao Melchor Franco

La palabra ‘nostalgia’ no tiene cabida en el vocabulario de mi vida real. Soy de los que viven cada día como único e irrepetible, y viviendo con plenitud no echo en falta nada de aquello que tuve y que hoy no tengo. Esto me viene de siempre y desconozco su raíz, y aun no siendo teórico yo siempre lo atribuí a mi lectura, con algo menos de quince años, del opúsculo “De la brevedad de la vida” de Séneca, pero sé que esto es también una impostura.
            Nunca en mi vida eché de menos nada y siempre he disfrutado todo lo que tengo cuando lo tengo, no echándolo nunca de menos cuando ya no lo tengo. No recuerdo haber sentido nunca ninguna ausencia, y sin embargo reconozco que hay presencias que habitan en mí con carácter perenne; permanencias sin las que no podría andar mis caminos, que me dan luz y calor y aliento.
            La realidad y yo somos amigos, y aunque, a veces, yo ande por las nubes, suelo tener cierta facilidad para pactar con la realidad, a la que conozco más de la mitad de lo que me apetecería y aprecio en el fondo menos de la mitad de lo que debería. No obstante, la tomo como necesaria, al menos en mi afán de dar uso noble al don gratuito que es la propia vida. 
            Ya sé que no debería, pero desconozco el concepto de decepción, lo cual lo atribuyo a la naturaleza subjetiva del mismo. La privación de lo amado –a veces, la que es fruto de una decisión y otras la impuesta–, en sus diversas manifestaciones, abre sin piedad enormes boquetes en mi línea de flotación vital, causando estragos de imprevisibles consecuencias e incrementando en progresión geométrica mi paradigmática discapacidad, que me viene de fábrica. 
            Nunca reclamo lo que es mío –ya sé que es otra de las cosas que hago mal– y sé con total conciencia que yo soy el único responsable de todo lo que me ha ocurrido y ocurre en este torpe transitar mío. Y todo es todo. Soy responsable, por ejemplo, de lo que sufro, de lo que perdí, de los saqueos y agresiones a que he sido y soy sometido y con que el mundo bendice mi inocencia, y de igual modo de mis logros, y debo reconocer que en gran parte éstos se los debo a otros. En efecto, solo yo soy responsable de todo. De lo ganado. De lo perdido. De lo nunca encontrado. De haber olvidado muchas veces lo aprendido. Soy reincidente en mi capacidad de cometer errores. Soy lo más necio y tozudo que nunca he conocido. No me gusta vivir expoliado, pero lo cierto es que son incontables los despojos que he experimentado en mis propias carnes. Vivo, en consecuencia, ligero de equipaje, como Antonio Machado, muchas veces de manera involuntaria. Siempre camino del exilio. Soy experto en tragar el polvo de todos los caminos, lo cual no es plato de buen gusto. 
            Así, en medio de tanta inequidad y naufragio, me levanto en amor dado una y otra vez, como si nunca hubiera sucedido nada. Y aun viviendo el desgarro del dolor de mis heridas, las circunstanciales y las crónicas, cuya extensión me cubre por completo, en mi renovación incansable, lo perdono todo. 
            Empiezo por perdonarme a mí mismo, actuar en conciencia y cumplir siempre con lo debido, como vía para regresar a todo comienzo, que es el volver a una condición original una vez tras otra que me aleja del mundo, me hace salir de toda hecatombe y cada vez más me completa, porque en cada piedra de mí mismo pongo mi gratitud sin medida.
            Al fin y al cabo, lo que caracteriza la vida, ese don hoy tan devaluado, es su condición de regalo inopinado, divino, y, en consecuencia, la plenitud de su brevedad. Esa misma brevedad en la que nunca aprendo.
Circa 1989. Página al azar de uno de los cuadernos de bitácora del autor, hoy perdido en uno de sus naufragios.
Fotografía: ©M. P.-P., 2016. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 160. Conexiones en el tiempo. María Gabriela López Suárez

Conexiones en el tiempo
María Gabriela López Suárez

Esa tarde Tamara decidió consentirse un rato arreglando su jardín, tenía varias semanas que deseaba hacerlo pero por una u otra cosa no había podido. Armando, uno de sus primos, había prometido llegar a ayudarle para compartirle abono para sus maceteras. Sin embargo, ella decidió avanzar porque ya conocía lo poco puntual que podría ser su primo, a ella también le pasaba así en algunas ocasiones.

Fue por los guantes para comenzar su labor, pero antes de colocárselos le dieron ganas de tocar la tierra y sentir la textura de las raíces y pétalos de las flores. Así que prefirió trabajar sin guantes. El canto de  los cotorros que pasaban en parvadas era parte del paisaje sonoro, sumándose a éste el saludo de los zanates que se posaban en la barda de su casa, para luego pasarse a la parte alta del árbol de guayaba que había en el jardín.

Mientras Tamara cortaba las hojas secas de las flores, sembraba nuevos retoños y removía la tierra de las maceteras se puso a reflexionar sobre los diversos regalos que la naturaleza le había brindado en la vida. Uno a uno fueron viniendo a su mente distintos momentos en los que su vida se había conectado con la naturaleza, en la infancia, la juventud y ahora la edad adulta. Recordó sus primeros acercamientos con las flores, los árboles frutales en casa de sus tías, sus abuelitas y abuelitos y, por supuesto, los árboles de limón y naranja que había en casa de sus padres.

Casi sintió de nuevo la sensación del primer piquete de abejas que tuvo, cuando era niña, por no fijarse que en el jardín de la tía Claudia las abejas se deleitaban con el néctar de las flores y ella llegó a interrumpir su labor. O las veces que observó a Tina, la tortuga que tenía su prima Trini, le encantaba cuando Tina se quedaba percibiendo el aire, levantaba su cabeza y comenzaba a caminar con gran seguridad y a paso rápido.

Después se le vinieron, una a una, las imágenes de sus entrañables amigos caninos, mininos y aves, que habían trascendido a lo largo de los años y con quienes había pasado diversidad de aventuras. Como en una especie de memoria fotográfica Tamara los recordaba, de cada uno había aprendido y agradecía su presencia en la vida y en la de su familia.

Mientras observaba lo alegre que se veía su jardín, se quedó pensando que con el paso de los años se van teniendo conexiones en el tiempo, las que se tienen con la naturaleza son de las más bellas y fructíferas. 

Se agradeció por el regalo que había dado a su jardín y por la sensación de sentir la vida a través de apapachar a sus flores. Había sido una linda decisión trabajar esa tarde sin los guantes. El rostro de Tamara estaba relajado y contento, sacudió sus manos para soltar los últimos residuos de tierra, mientras pensaba que si Armando llevaba el abono, lo usaría para sembrar nuevas flores.



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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 160. Las disipadas fábulas del viento/ I. Héctor Cortés Mandujano

Fotografía: Pascual Elí Méndez León

Las disipadas fábulas del viento/ I
"Algo sobre la muerte del mayor Sabines"

Héctor Cortés Mandujano

a

Jaime Sabines Gutiérrez nació el 25 de marzo de 1926 y murió, casi en un paralelismo, el 19 de marzo de 1999.
	Su poesía, en un principio, molestó a los críticos y a varios otros poetas, pero encantó a la gente común porque su lenguaje parecía sencillo y dejaba puesta, exacta, a veces dentro de un verso deslumbrante, una palabrota.
	Y luego estaba él: alto, apuesto, de ojos claros y enormes, de voz de galán de cine. Las faldas volaban a su alrededor como flores de carne en un jardín lúbrico.
	Sabines hizo escuela en su manera de leer poesía. Su entonación, sus pausas, su modo de reconocer que más que un poeta alejado de las multitudes era un hombre metido en la faena de vivir, que vendía telas, se equivocaba políticamente, vivía en un rancho, sufría un accidente que lo dejaba sin poder caminar, leía en Bellas Artes ante un montón de lectores fanáticos que fueron a verlo como si se tratara de una estrella de rock.
	Sus poemas brincaron al cine, por ejemplo, con Julissa desnuda leyendo “Los amorosos”, y a la música y al teatro y a todas las artes que se dejaron tocar por su voz masculina, poética, humana.
	Nada más humano que su poema de largo aliento “Algo sobre la muerte del mayor Sabines” donde habla de la enfermedad de su padre, del dolor compartido con la familia que lo cuida, de su agonía, su muerte, su entierro y el recuerdo que tarda demasiado en dejar de ser tizón encendido en el centro de los corazones que lo amaron.
	“Algo sobre la muerte del mayor Sabines” es el retrato de un Jaime Sabines sin miedo de mostrarnos su vulnerabilidad, su modo de llorar a gritos, su humanidad desenganchada de la educación inflexible que ha intentado enseñar a los hombres a no mostrar sus emociones. Pero no es este sólo un poema confesional, sino una muestra de saber poético. Si bien hay versos libres, no excluyen una infinidad de tropos (metáforas, metonimias, sinécdoques, hipálages, etcétera); hay también sonetos, casidas, incluso rezos, diversas formas poéticas que parecen escritas con la difícil facilidad de alguien que sabe que van a leerlo y, además, quiere que lo entiendan. En el terreno fonético, lo dice Esther Hernández Palacios, hay  “isometrías, isorritmias, homometrías, homorritmias, rimas y figuras de repetición”. 
         Aquí escribe, pues, el poeta y nos habla el hombre. 

[Este es el texto de presentación, leído por Ulises Peimberth, de la serie de poemas en atril (haremos diez, se supone), Las disipadas fábulas del viento I, con la intervención de Carlos Ariosto, Luis Daniel Pulido y Alfredo Espinoza. Se presentó, en su estreno, los días 20 y 21 de enero de 2023, en Telar Teatro, de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, bajo la dirección de Héctor Cortés Mandujano. Mil gracias al público que llenó las dos funciones.]

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Pascual Elí Méndez León
Fotografía: Pascual Elí Méndez León




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 100. De Yolotepec a Yunuén y más allá. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 100

De Yolotepec a Yunuén y más allá
Por Manuel Pérez-Petit

El día que cumplí 10 años experimenté una emoción especial, pues alcanzaba un hito que, en principio, me acompañaría toda la vida: una edad de dos cifras. Hoy, que cumplo 100 artículos en este admirable e irreductible proyecto de Roger Octavio Gómez Espinosa, Letras, ideaYvoz, mi sensación es la misma. Vaya mi gratitud por delante. Escribir estos textos que publico acá es para mí incluso más que un ejercicio de salud mental; es el proceso de prueba y error y de autoconstrucción –muchas veces de auto-reconstrucción– más grande que nunca pude concebir. Por eso, quiero dedicar este artículo a la mayor fuente de alegría que conozco junto al ejercicio del periodismo, que es la misión de mi vida.

M. P.-P.
El 2 de junio de 2011, en que fue inaugurada la biblioteca que lleva mi nombre en Yolotepec, comunidad otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, fue el día en que tomé conciencia de mi lugar en el mundo. Durante años, gracias a la maestra Mónica Castro Moreno, estuve acudiendo con regularidad, humildad y discreción a ese lugar ubicado a las orillas de la México-Laredo a declarar mi amor por esos niños, esa gente y el mundo rural mexicano, tan dejado de la mano de Dios como de la de los gobernantes. En ese proceso de compromiso y servicio descubrí que había que hacer más, y armé la causa Libros por Yolotepec para la promoción del libro y la lectura enfocada en la recolección de libros en donación por parte de particulares, instituciones y empresas para bibliotecas y espacios de lectura indígenas de los ámbitos rural y marginal urbano de México, y para aportar al impulso y la creación de éstos en los lugares en que aún no los haya, así como también para aquellos lugares ya preexistentes que no reciben ayudas ni apoyos por parte de ninguna institución pública o privada para la consecución de sus fines. Sé que es la misión de mi vida, y el pasado 2 de octubre de 2022 fue refrendada y reforzada con la inauguración de otra biblioteca con mi nombre en la isla de Yunuén, Michoacán. Hoy, para celebrar mis cien, quiero compartir lo esencial de lo que dije ese día.
            “Yunuén es la isla de la media luna –comencé–, en la que desde tiempos ancestrales nacieron, se enraizaron y difundieron las leyendas fundacionales purépechas, pueblo indígena indomable con idioma propio que cuenta en la actualidad con cerca de ciento cincuenta mil hablantes repartidos por todo Michoacán y algunos otros lugares del mundo y cuyo centro neurálgico es precisamente este lago. En mayo de 2022 esta iniciativa comunitaria y de compromiso social que hoy, aquí, inauguramos, nació como una inquietud por traer libros a la comunidad. Algunas personas se movilizaron entonces para hacer posible este sueño, que ya a finales agosto cristalizó cuando cuajó la idea no solo de traer libros sino de crear un espacio multicultural permanente que tuviera como epicentro el libro y el fomento de la lectura.”
            Valoré el esfuerzo conjunto por el que nacía la biblioteca, “cuyo fin es que la comunidad de esta isla tenga un espacio desde el cual fomentar con eficiencia la cultura del libro, que trabaje de manera permanente en favor de una educación multilingüe, buscando la dignificación de nuestras lenguas originarias y de los pueblos originarios como fundamento esencial y fundacional de la nación mexicana y que convierta a Yunuén y a la isla vecina de Pacanda en particular y, en general, al lago de Pátzcuaro y su entorno, en un faro indispensable de cultura, dignidad humana, convivencia y paz”. 
            “El día de hoy –continué–, estamos aquí reunidos a fin de cortar la cinta de la Biblioteca de la Isla de Yunuén, la cual está concebida con un carácter generalista y contará con un acervo inicial de seiscientos once títulos (...), [entre los cuales, hay] libros de México, sobre México, y también en lenguas originarias, pues no hay que olvidar que nuestra patria mexicana, la de Morelos, que era purépecha como ustedes, cuenta con sesenta y ocho idiomas indígenas, todos ellos lenguas nacionales con igual valor y validez desde el 15 de marzo de 2003 en que se publicó la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas. Pero no solo esto; con sus variantes y dialectos, nuestras lenguas nacionales suman un total de trescientas sesenta cuatro lenguas vivas, y es nuestro deber como personas que amamos a México fomentarlas, cuidarlas y cultivarlas, pues si se diera el caso de que algún día, fruto de nuestro descuido o falta de interés, desaparecieran, perderíamos nuestra identidad y nuestra razón de ser”. 
            Y para concluir, afirmé: “Y Libros por Yolotepec, mi causa, que nació a partir de la iniciativa que hace once años diversas personas pusieron en marcha para ponerle mi nombre a la biblioteca de Yolotepec, comunidad otomí del estado de Hidalgo, y que despertó mi sensibilidad y mi compromiso social, comunitario y cultural con México, con el México al que amé desde muy pequeño, al que siempre aspiré y del que espero ser algún día digno ciudadano, va a poner todo de su parte para sea posible este propósito. Por ello, por el pueblo purépecha, por Yunuén, por el lago de los sueños que es éste de Pátzcuaro y por México, erigimos hoy este faro para creer, crecer y crear.” 
            Vaya esto, pues, hoy, no solo como muestra del camino de amor entre las dos “Ye” de mi misión, Yolotepec y Yunuén, que marcan el rumbo de lo que debe ser y es solo el principio, sino como celebración de mis cien artículos publicados acá, en medio de la ruina, como motivo esencial de alegría y esperanza, que tanta falta hace en medio de tanta tristeza.
 __________
Nota del autor
Dedico este artículo a los millones de mexicanos marginados por causa de su lengua y de su condición étnica, a los apartados de facto de la primera fila de la sociedad civil, a todos aquellos que son más México que los que presumen de serlo, y, más en concreto, al corazón de Libros por Yolotepec: a las comunidades de Yolotepec, otomí, de Hidalgo, y Yunuén, purépecha, de Michoacán; a las niñas y los niños del Jardín Axayacatl y sus maestras y maestros, y, en especial a Benigna Ángeles y Magdalena Ibarra Primitivo, sus directoras de estos años; a Juana María Alarcón, Ana Beviá, Mónica Castro Moreno, Marisa D’Santos, Luis Moisés Delgado, Gabriela Díaz Medina, Leonel Diego, Rafael Diego, Yesenia Diego, Yanira García, José Luis Fernández Sepúlveda, Luis Manuel García Aguirre, Jorge Antonio Gómez Abarca, Irma Martínez, Rocío Martínez, Iván Menocal, Ali Messaoudi, Patricia Muñoz, Julio César Ocaña, Pedro Paunero, Pilar Pérez Gutiérrez, Xochitl Ramírez Venegas, Francisco Javier Ramos Sánchez, Isabel Roblas, Belén Rodriguez Taboas y Veronica Ruiz; a Abaleo Ediciones, Centro Cultural Enrique Ruelas, Ediciones Periféricas, Enk Ong Kar Centro de Yoga, Kolaval por Hispanoamérica, OIlinto Libros, Radio Expréss Jardín Colón y Sediento Ediciones, y a la parroquia de Nuestra Señora de la Piedad, de Huixquilucan, estado de México, a los telebachilleratos comunitarios 022 El Salto Grande, de Atoyac de Álvarez, y 027 Tutepec de Ayutla de los libres, ambos del estado de Guerrero, porque todos ellos, y muchos otras personas y entidades por cuya involuntaria omisión pido disculpas, son la causa de Yolotepec y Yunuén, mi causa. Con “ye” de más allá. Y porque la verdadera transformación de México vendrá siempre desde abajo.
 
   
 2 de octubre de 2022. En el evento de inauguración de la Biblioteca de Yunuén. Ataviado con una camisa de gala de Tenango y portando en mi mano un ejemplar de mi Llegó mi hora (Cofradía de Coyotes, México, 2022).




*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Librero del uroboro. 22. Cuando sale la reclusa. Ilse Ibarra Baumann

Cuando sale la reclusa

Por Ilse Ibarra Baumann

Compré el libro porque Fred Vargas recibió el premio Princesa de Asturias. No es el tipo de literatura que disfruto leer. O al menos este libro no me cautivó. Es novela policiaca. Debo de reconocer que los de Ágatha Christie son excelentes. La trama de la novela es sobre unos asesinatos hechos con veneno de araña violinista, de cómo el comisario Adamsberg maneja a toda la flotilla de una comisaría de uno de los distritos de París para desenredar la intriga. Yo nunca llegué a estar en suspenso. Los diálogos son muy simples. Se lee aprisa. No sé si esta escritora tenga otra novela que valga más la pena. Siento que perdí tiempo al leerla.
 
Fotografía: I. I. B




Sobre la autora:

Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas, México.

En 2023 su novela Gotas de adelfa fue seleccionada por el Consejo Editorial de CONECULTA Chiapas para ser parte de su programa editorial. En 2021 obtuvo un Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.

Cajón de rubores. 36. Crónicas 14. Antonio Florido

Crónicas (14)
Los Queñes
Por Antonio Florido

                                                                   


Llevo ya no sé los días con Toribio y Carmen, con otros muchos. Oigo declamar las voces en el teatro. Tonos desesperados. Canciones tristes.  Nostalgias puras en las letras de las naciones.
         Sin embargo, hoy es sábado. Descansaremos. 
         (No soy fácil)
         Llegué para estar un rato, lo justo para entender la indiscutible sonoridad del hombre. Paso casi todo mi tiempo buscando. Pero no me pregunten, por favor. No sé muy bien qué se me arrima a esa angustia por saber. Aún es pronto. 
         De vez en cuando hallo una preciosa perla en el fondo de un pensamiento; en otras ocasiones asumo que mi tarea consiste en la terrible gatea de llegar a lo más alto. Desde allí oteo el panorama, grito, los demás no me oyen. Otros ni siquiera comprenden el garro de este hombre que desea obsesivamente.
         Llueve.
         Siempre llueven mis pensamientos. Casi siempre lentos y calmos.
         Pronto, en la mañana, abro los ojos. Le veo en la distancia, oigo sus pasos sobre la alfombra. Mueve silencioso de acá para allá, abre el grifo de la ducha y siento desde mi cuarto el agua caliente correr hacia el suelo de laca de la bañera, blanca concavidad, ciega doblez de la naturaleza. Luego se lava el rostro hasta la tarde. Llama quedo en la puerta de mi dormitorio. Retiro la tela que me cubre, saludo.
        ―Hoy nos espera la montaña. Si te parece, Tonio, subiremos hasta Los Queñes. Te gustará―dijo. 
        Asentí con la muda voz del poeta. Nos esperan Miguel y Alicia, Carmen…
          El auto es viejo. Ronca cuando le puede una curva, tose en las maniobras. Es como un viejito animal desesperado. Pero Toribio lanza el pie sobre el pequeño cascarón de chapa y el carro vuela cruzando las calles concurridas, las avenidas. Hemos parado unos minutos. Veinte, para qué más, no está lejos. Coloca la goma sobre el receptor de acero, las cifras marcan el precio de la bencina. Me mira sonriente. Ya aclaró sus oídos y su rostro permanece apacible sobre el asiento. Maneja apoyado muy cerca del volante. Controla las medidas del arco, la curva cede, el auto dibuja dos sendas negras sobre el asfalto claro.  
         Desde aquí abajo el valle asoma hasta no acabar, como los dedos de un niño aferrados a una bardilla alta. Una leve subida apunta el cerro, sobre la parte este de Curicó. Luego, más allá, el pueblo va muriendo poco a poco. Las montañas se agarran unas a otras.
¿Será el miedo que las atrapa?
          Carmen, Miguel y Alicia están acabando sus desayunos. Me ven entrar y se levantan. Los tres se acercan y me saludan como si yo fuera alguien. Pero se equivocan. Quizás sólo se trate de un pensamiento loco que les atravesó de parte a parte. Una inquina lisonjera, señal de la vanidad que se escapa. Sin embargo, estos saludos me entristecen, como las únicas visiones de alguien al que nunca más volveré a ver.
         (Millones de voluntades a lo largo de mi vida)
         (Nos hemos parado en un semáforo en rojo. Hemos coincidido en algún recinto extraño, al cruzar las aceras, observando las inútiles rebajas de un escaparate…
         Recuerdo la primera vez.
         Ella echaba en el surtidor. Me quedé serio y quieto. Callé lo que mi boca aullaba. No te veré más. Sólo esta vez, una sola. La imagen fue retenida acaso un instante, suficiente para el recuerdo de toda una vida.
Dicen que somos muchos miles de millones, pero yo no los veo ni les conozco. Tal vez me hayan mentido y los únicos seres sobre la tierra seamos nosotros, los encontradizos, creando un universo de fantasía, con el indisimulado estertor del que muere. 
           Pasó el tiempo y no podía olvidar esa figura de la mujer echando en el surtidor. Quizás haya muerto. O esté cuidando a sus hijos. A lo mejor remonta una altura incomprensible o permanece detrás de mí sin poder observar y reconocer los detalles de aquel día). 
         Nunca sabrás quién está a tu espalda, nunca.
         Los niños miraron heridos por la curiosidad y el miedo. Está loco, este maestro está loco de atar. (Pero lo hacían). 
         Aunque lo intentéis, jamás podréis saber lo que se encuentra a vuestro alrededor. Si vuelves, la figura habrá cambiado de lugar, si te colocas como antes, se habrá marchado. ¡Pero estuvo allí, creedme!
         La sombra corre más que la luz de tu mirada.
         (Así intentaba que entendieran la oculta realidad de las formas) 
         Ahora estamos en la cocina de Carmen. Nos hemos sentado alrededor de la gran mesa. Carmen coloca una taza enorme, la carga hasta que mi mano le indica. Tomo el café con algo de azúcar. Unas pastas, un poco de pan con mantequilla. Luego Miguel me toma la mano, la aprieta, me lanza una terrible carcajada.
         Dice: «Tonio, ¿un matecito?»
         Miguel comienza la liturgia de la preparación. El mate, la bombilla limpia, la yerba dulce, una pizca de yerba amarga, el agua hervida…
         Mientras trabaja sobre su mate me va desplegando el ritual diario.
         ―Esto es así, Tonio. Los argentinos lo usamos a cada momento. 
         Después me aclara la forma correcta de tomar.
         ―Nunca la agarrás por la bombilla, esto es muy importante. ―Esas palabras admonitorias las ha soltado muy serio.   
         Vuelvo a pensar en la figura vieja del Toribio viejo. Aún estoy en la habitación, canturrea bajo la ducha. Sale, sonríe, observa su silueta en el espejo, la toalla a medio cuerpo.
         «Un momentito―dice―y mide la distancia con los dedos. Un momentito de nada. Puedes ir saliendo, Tonio, sí.»  
Toribio quedó afuera. Necesitaba echar un vistazo al auto, el agua, el nivel de aceite, las luces…
         Entra mirando al suelo y se une al grupo de la mesa enorme. Su esposa le sirve un tesito. Nos miramos sin ningún tipo de apoyo emocional.  Miguel continúa con sus explicaciones.
          Tomo la bombilla con mis labios, sorbo. Suena un pequeño arrullo cuando acabo el agua.
         ―¿Ves? Fácil. Ya has mateado. ―Carcajea de nuevo, vuelca el termo sobre el mate, lo llena. 
         ―En mi país se toma en grupo. Lo pasamos de mano en mano, así de sencillo, compartimos a todas horas. 
         En el exterior se adivina el perfil quebrado de las montañas azules y blancas. El aire sopla. Es frío. Quema los rostros con la brisa que baja de la cordillera. La gente camina sola. Especula el mundo. Recuerda cuando era delito salir a la calle. Podían atraparte en un descuido, por nada. Luego sacabas la documentación como si eso fuese algo valioso. Tu vida en un trozo de cartón plastificado. Pero el Estado no sabe de identidades. Sólo busca el silencio prieto. Conversaciones cortadas de cuajo.
         El carabinero ríe. Mira el papelito, después observa al compañero. Cuando te das cuenta estás entre las cuatro paredes. Más solo que por las calles solitarias de una ciudad que sospecha.
          (En unos días todo volverá al principio. Confinados en las casas, obedeciendo los consejos de un estado de alarma que nos tomó el paso. Pero ahora es media mañana y estamos preparados para ir a la cordillera). 
Entramos en el auto. Me dejan el asiento del copiloto, por mi bastón y mi pierna. Vamos saliendo entre comentarios capciosos, llenando el interior con la poesía de las canciones de mi amigo que tararea unas deliciosas fantasías. De vez en cuando miro hacia los amigos argentinos, les hago preguntas. Me responden tranquilos. Hablan de su tierra, más allá de lo que el ojo percibe, tras las montañas chilenas, donde comienzan las estribaciones en una leve bajada, zigzagueante, larga como el eco parido entre los cerros.  
         ―Son dieciocho horas, Tonio. En bus. Se hace largo y pesado. Todas curvas de un lado a otro, hasta que la cosa se va arreglando y se divisan, desde lejos, las cubiertas grises de Rosario, y las brillosas aguas del Paraná, que por ahí navega tranquilo y rumoroso.
        Habla con un deje de nostalgia.
        De su tierra plata.
        Sus costumbres ancestrales.
        El arraigo que a todos nos puede en la vida.
        Como semillas, echamos raíces silenciosas en cada trozo de tierra.  Repartidos por el mundo, hablando el mismo idioma de las emociones humanas, fracasos sucesivos, ansias declaradas, iniciativas de vivir un día más. 
Miguel observa el rostro de Alicia. Toma su mano. Sonríe. Está pidiendo sin palabras el asentimiento de su esposa. Al poco ella atestigua lo que su marido ha dicho. 
         Carmen mira distraída a través de su ventanilla hacia las alturas que lentamente van surgiendo al final de cada curva. Tal vez el recuerdo de su Lily la haya tomado de sorpresa y la busque entre las abras rugientes.
Se ha hecho un silencio de espera. Es hermosa la sierra. A la izquierda juguetea con nosotros un riachuelo de aguas negras. Un poco más adelante, el mismo río chiquito aparece a la derecha, cruza bajo nosotros, esconde sus rizos, asoma por el otro lado. Las tierras andinas son gruesas y grises. Pintan las escorrentías de una sombra diluida. Los árboles van desapareciendo, nosotros trepamos en el interior del auto que gatea. Se aferran las ruedas viejas al asfalto viejo. Vamos lentos.
          ―Un par de horas. ―Dijo Toribio, sin apartar la curva de su frente. 
         A la altura de Los Queñes bajamos a estirar las piernas. Varias casitas asoman. Construcciones de montaña. Viejas y dejadas. Cartones, hojalatas, colores estallando, caras afiladas sobre los viajeros. Un restaurante para los turistas se dibuja al cruzar el puente. Ellos han continuado. Yo me quedé sobre el estrecho barandal. Me tomaron varias fotografías con el valle de fondo, el río, los verdes pastos, las casitas tristes bajo un sol cálido. Hay una calma que se lamenta sobre los rostros de los paseantes. Nadie se atreve a alzar la voz. Únicamente el sonido fragoroso del agua que culea sobre las rocas lisas. La mirada queda atrapada en esta alma natural, en ninguna parte, donde los hombres jamás pensaron ni existieron. El mundo es grande. Las montañas sobrepasan los seis kilómetros. Sobre las nubes blancas y algodonosas, donde el ser se abandona, sólo un azul puro permanece.
          Eternidad en los sentidos.
          Noté llegar la humillación por esta clara evidencia.
          Una mota, un grumo que piensa que piensa, eso soy.
          Miguel me llamó. Era la hora del almuerzo.
          Entramos en un recinto escrito por todas partes. Anuncios de comidas, consejos, menús, manufacturas al costo… Un salón enorme, casi vacío. Una televisión diminuta y lejana sobre la alta pared. Trajeron para los cinco, comimos sin parar de hablar. De todo un poco. La historia de Los Queñes, los hechos de los 70, el transcurrir de la vida desde entonces, la política de un país y del otro, las detenciones injustificadas, el trasiego de los desertores por la parte montañosa donde estábamos, el tiroteo trascendental, la persecución de la revolucionaria… 
         Logré dividir la conciencia a media parte.
         Dos mundos atrevidos. Dos elementos disjuntos. Uno en calma, oyendo la conversación de mis compañeros, las historias nuevas, episodios para recordar como amuletos de un viaje muy extraño; otro para evocar el sentido de la ausencia, en la soledad del uno mismo, abrazado al aire denso y claro. Lo poético y lo salvaje endulzaron el ambiente. Me supe puramente desgarrado, como si estuviera escribiendo una obra en la hondura de la ilusión.
         Imaginaba el comienzo de todo. El título adecuado sobre un texto creciente. Lo haría con las herramientas de la memoria y las impresiones. No deseaba datos concretos. Sólo flujos inmanentes de la naturaleza. Trazos, pinceladas, colores y sonidos. Más allá en el tiempo vendría la ocasión de dibujar una historia compuesta de mil historias distintas. Amenas concavidades de mi cerebro sobre las teclas anhelantes de mi computadora. Saludos con la mano abierta, francos besos en el aire, sonrisas volanderas, poemas y cánticos en la sobremesa, tristes miradas en la penumbra de la noche, un cielo desconocido, la Cruz del Sur en el alto negro, una forma lejana, chiquita, indiferente. Y en medio el lunar que me acompañó desde que salí de casa, con su cara manchada, creciendo orgullosa del otro lado. Luna de allá, la que compartimos en la tintura de un cielo embalsamado.
          (Los cogumelos mágicos)
          La montaña nos sorprendió con una resignación penetrante. Quedaba cerca la frontera con la Argentina. Atravesamos varios cauces que mojaban el asfalto y pasaban al otro lado, donde el río negro baja con estrépito. A la derecha se abrió una manta hermosa. Azul celeste por varios cientos de metros, se extendía a lo largo de la carretera, sobre el arcén y poco más. Eran millones de hongos. Infinitas tonalidades giraban alrededor de ese color más parecido al matiz de la desesperación en un día caluroso de primavera. Los hongos se confundían unos en otros, subían las laderas hasta desaparecer a cierta altura. Aquí no hay árboles. Quedaron atrás, hasta los mil quinientos metros. De ahí en más no son capaces, no se atreven esos frondosos postes de leña ocre y verdes hojas. La paja me entró en los ojos y los toqué. Eran lágrimas chiquitas. Nunca fui capaz de soportar la avalancha de la hermosura. Me vuelvo y disimulo. El apenado detalle de un ser rebelde y débil.
         El aire es más lábil en las alturas. Noté cierta dificultad al respirar. Necesitaba más oxígeno, más alimento, más elixir embriagador.
         Alicia recoge algunas florecillas. 
         La mujer permanece aislada en su soledad, rodeada del azul pálido.  Es una falla en el dulzor de la primavera que va huyendo.
        (Octubre. Aún hace frío)
        Cubre sus hombros con las mangas sueltas del abrigo. Mira alrededor, se le pierde la vista en el anhelo de atraparlo todo.
         Es una tinta indeleble de amor.
         ¡Cómo detener la angustia cuando uno se sabe inerme!
         En las cimas blanquea la nieve. Dice Toribio que esa nieve nunca se va. Incluso en verano continúa la imagen pintada de las copas blancas, sobre los arabescos y rizados de las montañas. Desde Curicó no hay más que salir a la calle y observar la nítida silueta de la cordillera. Como si tus manos se alargaran. Como si llegasen hasta ellas.
          Aquella mañana mi amigo dijo: «Allí detrás está la cordillera. Hoy no se ve. Hay nubes. Quizás llueva, pero luego…» Después tragó sus palabras. Se habían convertido en deseos muertos en el filo de sus labios, deseaba que el amigo viajero descubriera ese amor de la tierra hacia los curicanos. 
           Llegó el olor olvidado a tierra mojada. A lo lejos una sombra cubrió los picos sucesivos y las piedras comenzaron a rodar por la pendiente. Estaba tan lejos que no oíamos el ulular de la tierra. La nieve también caía sobre las rocas rodantes.
           Llovía.
           Sombras inclinadas mostraban el lugar exacto donde el agua escurría de las nubes grises y negras. En pocos minutos esa agua nos alcanzaría como el olor de la tierra primitiva. Nos miramos asustados. Alicia se abrochó el pecho con los brazos. Miguel se escondió en el abrigo. Luís y yo no dejábamos de observar con recelo, prestando el oído al lejano extravío del valle. El sol apuntaba sus tenues azules por detrás de los picos del oeste. Atardecía deprisa. El aliento congelado nos golpeó y tuvimos que bajar con el auto, delante de la tormenta que nos seguía con los remolinos atroces a través de la senda. 
           Descendíamos rápido. Por nada del mundo debíamos quedar a merced de la borrasca. En esta parte es peligroso. Atravesamos los campos transparentes de cogumelos. Toribio conectó el aire caliente. Nos sumergimos en un desmayo apaciguado, nos atrapó el sueño. La tarde se iba. Llegaba la noche alunada por la parte del norte. Y el frío, el viento, las oscuridades, sonidos rocosos, quejidos y lamentos a nuestro alrededor. Aún tenía grabado el azul celeste y brillante y las transparencias y los armónicos dibujos de los troncos y las mismas copas. Creí viva la montaña. La montaña que nos empujaba hacia el valle. La timidez en la roca que sólo quería defender lo suyo, alejar al hombre de su territorio. No era bueno descubrir los secretos de las prominencias en el cerrado sepulcro de su intimidad. Era un fuero distinto y nosotros unos simples turistas de fin de semana. 
          La carretera se convirtió en un lodazal. El auto resbalaba y Toribio aferraba el volante con fuerza. Pasamos de nuevo por Los Queñes y una voz como muerta susurró pidiendo por la vida de la comandante Tamara.
         (Yo no fui, creedme, que así lo digo, lo imploro. Dejad a mi pueblo salvo. Yo no fui, pero estoy dispuesta. Soy La Comandante, desque sentí en la sangre el dolor de las gentes. Lucho por ellos, pero yo no soy mala).  
         Así de chiquito brotó el murmullo entre los zarzales del fondo y los matorrales invisibles. Luego se fue corriendo por la ladera, junto a las aguas del río, negros presentimientos. Recuerdos de varias décadas, eso fue. 
         Toribio nos avisó de que no era bueno escuchar esas voces. No eran reales. Es la montaña, sabed, es ella, que no soporta las aventuras triviales ni los ahogos. 
         Tamara sobre el agua negra.
         Rodrigo sobre el agua negra.
         Carne deshecha y agua y cieno y venganza.
         Fue simple. Lloraban como chiquillos. Soportaron sólo al comienzo, que después el cansancio y el miedo…
         Al día siguiente se conoció. Los expusieron en el altar del orgullo, a esos chilenos sobrantes. Seis vergüenzas con seis nombres. Los escribieron al pueblo. El pueblo los leyó callando. Se cerraron las puertas de casi todas las casas de la ciudad. El frente había fracasado y Los Queñes ya no eran suyos.
         ―Ella avisa. Nos recuerda los miedos de antes. Te lo quise explicar cuando llegamos. Pero se me fue olvidando porque si no olvido, muero. Hay que tener la virtud de perder los recuerdos. Algunos detalles deben irse. Hay que seguir. Hay que vivir como se pueda. 
         No hablamos más.
         Las primeras luces de Curicó aparecieron en la negrura de la noche. Detuvimos el auto a un lado. Había pasado mucho tiempo desde el olor a tierra llorada. 
         Por la carretera caminaba un hombre. Iba solo. Viejo, con las manos a la espalda, la cabeza agachada. Hablaba consigo mismo. Movía los labios y hablaba. A veces se detenía, alzaba la vista, la perdía por el callejón del valle, luego continuaba por la orilla. Pronto supimos que la gente les ve muy a menudo. Son desesperados que huyen a las montañas. Desean acabar con sus vidas. La sociedad les falló, no soportan más y buscan los hongos transparentes y azules y celestes en las alturas. Algunos se llevan varios días y noches caminando hacia las flores. Por el olor se guían. Por la renuncia. Buscan la salida al dolor que les fue atrapando en el avance de la vida. El sinsentido quedó atrás. Sus rostros, dicen, se vuelven claros y sonrientes, como de niños que juegan. Pero es la fragancia. Es ella la que los va llamando. Por eso suben. Buscan la soledad y la posibilidad de terminar con sus angustias. La gente sale a las puertas, ven a esos hombres humillados. No les dicen nada. Rezan y piden que a ellos nunca les pase.
          En los setenta y ochenta había una ristra de cuerpos echados sobre el alquitrán. Llegaba hasta más allá de la posta. Se pudrían y las alimañas arrastraban los restos. Sus familias nunca fueron informadas. Esas gentes llenaban las iglesias. Pedían que sus hombres aparecieran, que alguien les dijera algo. Fueron años así. De hombres contra hombres, ridículo, grotesco. Una caricatura de lo verdadero y útil. Fue cuando el amor comenzó a desaparecer del mundo.
         Me lo dijo la voz de Toribio. También la de Carmen.
         Alicia y Miguel asintieron.

Andes. Estribaciones.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Líneas de desnudo. 99. No hay extensión más grande que mi herida. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 99

No hay extensión más grande que mi herida
Por Manuel Pérez-Petit

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos  

y siento más tu muerte que mi vida.

Miguel Hernández, Elegía, versos 15-17
Mis dotes como visionario son el –no un– paradigma del desacierto, y no por haberlo ido comprobando de manera secular una vez tras otra aprendo. Es más, me resisto a dejar de darle cancha a mis visiones. Soy, en consecuencia, un reincidente compulsivo. Un necio en toda regla.
            No hace tanto que fue publicado mi tan leído “Es como si mi tiempo se acabara", el último de mis artículos hasta hoy en este mi “Líneas de desnudo”, en el que confesaba estar  “(...) sumido en un feroz, creciente e inaudito desprecio hacia mí mismo que me embarga y casi determina”, que vivía “un sentimiento de orfandad y desarraigo que incluso me genera miedo, un conjunto de sensaciones que jamás antes he experimentado y que no proviene de la frustración –algo inherente al propio existir y a la que soy muy tolerante, igual que a la demora–, sino de algo que tendré que descubrir (...)”, y pese a ello reconocía estar recibiendo “oportunidades providenciales que me permiten vaciarme más que nunca, como si el tiempo se acabara…”, confesaba al momento que Kolaval, el proyecto de la gratitud –al menos para mí–, me estaba costando la vida y enumeraba a continuación una serie de personas que yo sentía que estaban dándome campo en las áreas de actividad para las que estoy preparado y en las que deseaba hacía tiempo tener ocasión de desarrollarme aún más: la gestión cultural, el periodismo, el mundo editorial, la docencia, la literatura...
            Acto seguido, concluía: “(...) Puedo seguir creciendo, pues, con humildad, honestidad y afán de superación, creyendo y creando. Culminar poco a poco mis oficios y misiones para quizá irlos dando por cerrados en el momento que corresponda, con el afán, vocación y gratitud que me inculcaron desde pequeño en mi familia y en las instituciones educativas en que me formé, viviendo al servicio de los demás, pues todo lo que uno tiene y puede es para darlo, y solo así tiene sentido”, y hablaba, para terminar, acerca de la posible verosimilitud de aquello que escribió el poeta chileno Nicanor Parra (1914-2018) en su “Soliloquio del individuo”: “la vida no tiene sentido”, para llegar al punto, que hoy me parece un poco un chiste, como algunos de mis reconocimientos de entonces, en que me expresaba del siguiente modo: “(...) Yo todo lo hago con verdadero amor, aun con mi carga de dolor a cuestas, y todo lo cumpliré y, a la vez, todo lo dejaría por un amor verdadero”. 
            Lo cierto es que ya sé y pude comprobar en no pocas cosas que mi tiempo se acabó, que tan preclaro fue 2022 en mi deriva que hasta llegó mi hora, que unas veces el escritor, el editor o el periodista, y otras el poeta, el emprendedor, el visionario, el filántropo, el loco o el tonto de baba que le sale a uno como urticaria de temporada en el matorral infranqueable en que la vida se le presenta; sinsentido antinatura pero real, así como el grano que le sale al adolescente en el rostro la inutilidad florea, como por ensalmo, inopinada, y erra y erra uno erre que erre contra su propia voluntad y como consecuencia de su talento para la torpeza, como si con uno o dos –o dos docenas– de naufragios no bastara. 
            A veces, no ha habido quien pudiera entenderse ni conmigo ni con este mi ‘Líneas de desnudo’ de un autor único aunque poliédrico que tiene por cabeza una olla exprés, escribe apenas en las horas inmediatas a su publicación, se lleva días y días macerando y madurando varios artículos a la vez –imagínense, tras estos meses, cómo tengo la cocotera solo por razón de mis escritos breves– y lleva por nombre mi nombre. 
            Mi deambular por esto de vivir casi siempre ha sido ad honorem –o pro bono, si quieren, aunque esta expresión es hoy más propia del lenguaje de los abogados y no del general–, lo cual ha tenido y tiene por ventaja que soy como el Dobby de Harry Potter: “libre”, y pese a saber del costo y la servidumbre que conlleva, ese ejercicio continuo de la libertad me lleva en algunas ocasiones por caminos insospechados en que, en la mayoría de los casos, el dolor anda como Pedro por su casa en tarea devastadora. 
            No digamos si uno se ve sometido a la implacable credibilidad de las mentiras, que son como el rocío de la mañana: lo inundan todo, pero pronto se disipan, porque la verdad siempre está debajo de ese manto, incluso la escondida, incluso en mi caso, pues lejos de autoflagelarme o consolarme porque “no hay extensión más grande que mi herida”, declaro ser el único responsable de la misma, en esta gran capacidad autolesiva que me he empeñado con devoción franciscana en desarrollar a lo largo de mi vida. Por eso, como el poeta español Miguel Hernández (1910-1942) expresó en los versos siguientes a los del epígrafe del presente artículo: “Ando sobre rastrojos de difuntos,/ y sin calor de nadie y sin consuelo/ voy de mi corazón a mis asuntos”. Y en ello estoy.
Julio de 1995. M. P.-P., tras recibir el premio del XXXIV Certamen Poético Nacional Amantes de Teruel, en el teatro Marín de la ciudad de Teruel, España, leyendo un poema.
Fotografía: ©Excelentísimo Ayuntamiento de Teruel, España, 1995. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista por la Universidad de Navarra y diplomado en pedagogía en lengua y literatura por la Universidad Complutense de Madrid, es especialista en literatura comparada y un experimentado gestor cultural. Como periodista trabaja desde hace muchos años en diarios y publicaciones periódicas de España y México y medios de internet y radio. Es editor desde hace más de 30 años, habiendo tenido a su cargo en proyectos propios y ajenos más de medio millar de ediciones de títulos de todos los géneros. En 2010, se trasladó a México y fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América desde hace 20 años. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (Bicu), de Bluefields, Nicaragua. Desde junio de 2011, la biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre, y desde octubre de 2022 también la biblioteca de la comunidad indígena purépecha de la isla de Yunuén, Pátzcuaro, Michoacán, México. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, para la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de la lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Es autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa. Su obra ha sido publicada, antologada o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.