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Voces ensortijadas. 29. La araña en el techo. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 29

La araña en el techo

Por María Gabriela López Suárez

Ese martes los rayos del sol apenas alumbraban, el cielo comenzaba a despejarse, ya eran las 10 de la mañana. Renata aprovechó lo fresco del clima para iniciar con un pendiente que tenía por revisar. Hacer cuentas no era su fuerte pero debía terminar esa tarea. 

Se sirvió una taza con té de hierbabuena e inició la faena. Estaba ensimismada entre la pantalla de la computadora, su libreta y lápiz, prefería hacer las cuentas de manera manual y luego cotejarlas. Era una especie de hábito cuando se trataba de los números. 

Sintió la necesidad de hacer una pausa, subió los hombros para relajarlos y al levantar la vista al cielorraso observó atentamente. No estaba sola. Una araña de tamaño mediano se sostenía perfectamente, haciendo un contraste entre lo blanco del techo interior de la habitación. Las formas de sus patas y cuerpo parecían como un detalle dibujado. Se sorprendió porque era la primera vez que veía una araña en esa parte de la habitación. Aunque le pareció extraño en lugar de darle la sensación de miedo, a Renata le provocó una especie de tranquilidad. Justo la que necesitaba para terminar de cuadrar las cuentas.

Continuó con su labor y de vez en vez, volvía la vista hacia arriba, ahí seguía la araña impávida.  Sin hacer caso a los sonidos que hacía Renata al teclear rápidamente mientras tarareaba, Ojalá que llueva café en el campo, que caiga un aguacero de yuca y té, del cielo una jarina de queso blanco y al sur una montaña de berro y miel… Cuando terminó su tarea suspiró profundamente, sintió un peso menos de encima. Giró los hombros hacia atrás  y alzó la vista, la araña seguía ahí pero se había movido. Renata recordó el punto donde se encontraba su acompañante hace 3 horas cuando se percató de su presencia. El movimiento de la araña fue casi imperceptible entre las veces que Renata volvió la vista al cielorraso. En cuestión de distancia había avanzado muy poco en su desplazamiento. Sin embargo, lo interesante para Renata era que la araña no había huído ante su presencia. Le pareció que su movimiento era como en la vida, no había necesidad de correr al ritmo de las demás personas, sino hallar su propio ritmo y caminar con seguridad para llegar a donde una se propusiera, algo así como la araña en el techo.

 





Fotografía:  Josh Hild

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 28. Se busca hogar. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 28

Se busca hogar

Por María Gabriela López Suárez

Era un miércoles cotidiano, el último del mes de julio, permanecía en casa dentro de esta contingencia. El calor sofocante indicaba que por la tarde llovería en el terruño tuxtleco, así fue. La lluvia se tornó abundante, de esas lluvias que se añoran para refrescar la noche. 

Tiempo después  que la lluvia cesó, el llamado de mi sobrino me sacó de la actividad en la que estaba, me indicaba que habían dejado abandonados unos perritos cachorros en un andador del Río Sabinal. En mi familia tenemos gran amor y simpatía por los caninos. De inmediato se me vino a la mente, ¿y ahora dónde van a quedar? ¿Qué pasará con ellos? En casa nos habría encantado tenerlos, pero ya nuestra bandita peluda es abundante, no era posible.

Una vecina fue por ellos y nos los enseñó, eran tres bellos cachorros, dos en color canela y uno oscuro,   jaspeado de manchas en tono café claro. Los habían dejado dentro de una caja de cartón,  deteriorada por  haberse mojado. Los cachorros temblaban de frío, su  pelaje estaba húmedo.

En la complicidad  del amor con mis sobrinos, y el apoyo de los demás integrantes de la familia decidimos darles hospedaje solidario por esa noche. Es la primera ocasión que vivíamos una experiencia así, habría que buscar ayuda con amistades o personas conocidas que también cuidan por los animales. 

Empecé a escribir mensajes y preguntar quién podría apoyar en esa labor. Agradezco mucho a quienes respondieron al llamado,  la compañera Ángeles Mariscal por hacerme el enlace con Lourdes Chávez, quien me compartió ideas de cómo buscar ayuda y estuvo pendiente en todo momento. De igual manera,  a mi estimada Damaris Disner por las sugerencias brindadas.

Mis sobrinos propusieron hacer un letrero y pegarlo en el portón de la casa, entre el debate de quién de ellos lo escribía, finalmente me apunté a hacerlo yo. Me ayudaron a pegarlo: “Se regalan perritos. Sea solidario y adopte uno”.

El uso de la red social Facebook fue una herramienta importante para divulgar el servicio social, los mensajes a través del whatsapp también se sumaron a las cadenas de ayuda,  que pasó de amistades a personas que no tenía el gusto de conocer y que contribuyeron en la difusión. A todas, muchas gracias.

El mismo miércoles, el compañero Azariel Sánchez me dio la noticia que al día siguiente irían por uno de ellos. Nuestros corazones se alegraron. Me quedé pensando que era importante mencionarle a las familias que adoptaran a los perros, del cuidado que deben darles, del amor y de la atención. 

El jueves llegaron por el primer cachorro.  Agradecí por la solidaridad de darle un hogar e hice mención del mensaje del cuidado y amor al perrito. Continué con la labor de divulgar que aún quedaba la oportunidad de adoptar a los dos restantes. Llegaron varios mensajes al celular, un dato que  llamó mi atención es que algunas personas preguntaban con insistencia, ¿qué raza eran? ¿O si eran de esos callejeros? No tenía la menor idea, los dejaron abandonados  y el mayor deseo era que encontraran un hogar, con cuidado, protección, respeto y amor, sin que a su nueva familia le importara tanto ‘su raza’.

Una persona llamó y dijo que al día siguiente iría por un cachorro. Se quedaron en casa por segunda noche, contando con la atención de mis sobrinos, quienes les dieron uno de los mejores hospedajes,  jugaron con ellos, los alimentaron, les hicieron su camita provisional. 

Para el viernes, llegaron por el segundo cachorro, de nuevo el agradecimiento y la encomienda a su cuidado. Ya solo quedaba una, la única perrita. Al verse sin sus hermanos, se puso algo triste.  Por un momento pensamos que tardaría para que alguien se interesara por ella, la mayor parte de las personas prefiere a los perritos. Mientras alguien preguntaba, decidimos darle un baño, aprovechando lo caluroso del mediodía. No tardaron en llamar para solicitar información. En menos de una hora ya habían llegado por ella. Por tercera ocasión, agradecí sumarse a la adopción y recomendé su cuidado.

Se busca hogar, tres palabras que se hicieron presentes y cobraron mucho sentido por lo que implican. Tener mascota es un compromiso, es un acto de amor, responsabilidad, respeto, atención y una oportunidad de darle espacio en nuestra familia a un nuevo integrante que, sin duda, lo llenará de lindas experiencias. Es muy triste hallar gatos o perros cachorros o mayores abandonados, si tenemos la oportunidad adoptemos uno y si ya lo tenemos, cuidemos de él o ella. La vida les cambiará y a ustedes también.

 





Fotografía: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 27. La necesidad de compartir historias. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 27

La necesidad de compartir historias

Por María Gabriela López Suárez

Creo en mi corazón, el que yo exprimo

para teñir el lienzo de la vida...”

Gabriela Mistral en “Credo”

¿A quiénes de ustedes les gusta compartir historias? Quizá digan, ¿historias sobre qué? No hablo de la historia como ciencia social, más bien de las historias cotidianas, que refieren relatos comunes, las del día a día, que tiene cada persona y que se relacionan con su terruño, su familia, sus amistades, sus actividades laborales, pasatiempos, gustos, experiencias y demás.

¿Se han preguntado la importancia que tiene para cada persona compartir historias? Yo sí, es como cuando el corazón está envuelto de alguna emoción y se quiere decir, expresar, sea triste, alegre, incierta, colérica, lo que se anhela es que salga del ronco pecho, como se dijera coloquialmente. Decirla es dar una respiración profunda que alivia el interior. Haciendo una vuelta a mi experiencia recuerdo que en la niñez me gustaba escuchar las historias que contaban mis abuelitas, mis tías, tíos, las amistades mayores de la familia. Por cierto, la mayoría de personas que contaban historias eran mujeres. En mi mente y corazón quedaron grabadas esas voces, las entonaciones en sus relatos, las carcajadas, los nudos en la garganta, las lágrimas, las experiencias y enseñanzas que cada historia tenía.  

La oralidad es un medio importante para conocer y preservar las historias, esta actividad de destinar un momento en el día, para sentarse y escuchar a otras personas,  porque no solo es importante contar sino que escuchemos o nos escuchen. Ésa es una de claves fundamentales. Pero las historias no solo se cuentan, también se escriben o se registran de alguna manera, y cuando una lee un texto de un relato con el que resuena se crean conexiones, más allá de las épocas o diferencias culturales. Recuerdo que a mi abuelita materna le gustaba escribir detalles de eventos que ella consideraba importantes, tenía sus libretas, ahí anotaba fechas, nombres y algunas veces también los agregaba a las fotos. 

Ya que hablo de fotos, ahora tenemos una diversidad de medios para compartir historias, a través de las fotografías, de los videos, de los audios y producciones radiofónicas. En esta incesante proliferación de medios digitales en la actualidad, se hallan una serie de relatos compartidos en las redes sociales que me resultan asombrosos, los hay de todos los estilos y lenguajes, breves y extensos, ilustrados o no. 

El compartir relatos se ha vuelto más cotidiano, o al menos eso parece, ante tanta información que se divulga. Quizá valdría la pena profundizar en algún otro momento sobre lo que se difunde en redes sociales y cómo es la narrativa. Las historias que más me siguen cautivando son las que puedo escuchar de viva voz, las que puedo leer, de preferencia en textos escritos a mano, impresos o  visualizar a través de una imagen fija o en movimiento.

De manera personal, una manera muy agradable de contar historias es a través de la escritura, porque   podemos escribir para liberar aquello que traemos cargando y resulta complicado soltar; escribir para sanar heridas o instantes que causan dolor; escribir para desarrollar la imaginación y creatividad; escribir para expresar alegría o esperanza; escribir para llenar y apapachar el corazón. De ahí la necesidad de compartir historias, una acción cargada de emociones.

 





Fotografía:  Maria Tyutina

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 26. Resistir desde el amor. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 26

Resistir desde el amor

Por María Gabriela López Suárez

Celeste despertó, se asomó a la ventana, el paisaje aún estaba cargado de neblina densa, y como dijera coloquialmente, ni las luces del solecito.  Miró el reloj, las siete de la mañana. Fue a la cocina, se preparó un café y se dispuso a beberlo mientras contemplaba el paisaje.

La semana había sido ardua, así lo percibía. Por instantes se había sentido abrumada, triste, abatida, algo así como estar gris. Con todo y que el gris puede ser un color lindo, para Celeste era el tono que definía parte de  su sentir esa semana. El canto de los pájaros le hizo recordar que también estaban los destellos de esperanza y amor que había tenido. Se le vinieron a la mente los colores amarillo, naranja y verde para asociar a la otra parte de su sentir, colores de vida, motivación y alegría. 

Mientras daba sorbos a su café seguía observando el amanecer, poco a poco se iba despejando. Le pareció que algo así era en la vida, cuando sentía no poder más porque había nubarrones que impedían ver, el universo enviaba señales a manera de luz en el camino,  para recordar que la lucha debe ser constante, sin claudicar. Antes de darse por vencida, valía la pena luchar desde el corazón.

Se puso a reflexionar en una imagen que un amigo suyo le había enviado, el ojo de una ballena, al inicio le había causado incertidumbre, nervios, miedo. Después de varios días volvió a verla y con todo lo que había pasado, le halló otro sentir, más profundo, la importancia de la autobservación en la vida. Ejercicio que podría resultar complejo por implicar una vuelta al interior pero que podría ser muy útil para el día a día. Sobretodo si se hacía desde el amor.

Esbozó una sonrisa al recordar que, entre vicisitudes, la presencia de la naturaleza era  uno de los regalos en esa semana, sus plantas eran destellos de luz, el canto de los pájaros que alegraban los  momentos del día, así como el amor de sus seres queridos a quienes percibía a través de la distancia.  Vino a su  mente el poema que años atrás escribiera una amiga suya  y le obsequiara, Si una rosa de oriente llorara

Inhaló profundamente y exhaló, sus ojos se llenaron de brillo. El sol la saludaba con sus rayos matutinos. El café había estado delicioso; ese espacio de reflexión le había hecho sentir mucho mejor. Ahora había que seguir caminando y resistir desde el amor.

 





Fotografía: Cole Keister  .

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Voces ensortijadas. 25. ¿Cine o pastel de zanahorias? María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 25

¿Cine o pastel de zanahorias?

María Gabriela López Suárez

Lolis entró corriendo a casa buscando a doña Patricia, su mamá. No la halló. Estaba tan emocionada que no sabía si buscar el delantal que usaba su mamá para cocinar o hablarle a su querida tía Jose. Optó por lo segundo. Marcó de inmediato.

—¡Holaaaa tía Jose!! Hoy aprenderé a hacer mi pastel favorito, el de zanahoria.

— Lolis, niña, no preguntas ni cómo estoy. ¿En serio perderás el tiempo en eso?

—¿Perder el tiempo? Me encanta el pastel de zanahoria, lo sabes y quiero aprender a prepararlo. Además, doña Rita que hace unos pasteles deliciosos en el barrio, me enseñará gratis. 

—¡Ay, Lolis! Claro que es una pérdida de tiempo, aparte que te batirás toda y luego ni volverás a cocinarlo. Se te olvidará cómo se hace.

El rostro alegre de Lolis comenzaba a desdibujarse.

—Mmm, no lo veo así tía. Grabaré paso a paso la preparación,  con el celular. No creo que doña Rita se enoje.

—¿Cómo sabes? ¿Ya le preguntaste? No, ¿verdad? La señora se ve medio especial, así como enojona. ¿Y cuándo es tu dichosa clase de cocina?

—En realidad no has puesto atención, te dije que hoy, por la tardecita.

—¡No vayas! Mejor te invito al cine, anda, a ti te encanta ir.

La voz de Lolis también iba cambiando de entonación.

—Pero, al cine puedo ir otro día. Doña Rita me reservó esta tarde.

—¿Prefieres a la señora Rita que a mí que soy tu tía? ¡Me desanimas Lolis! No solo eso, me partes el corazón…

—Tía Jose, no te pongas así. Sólo quiero que me entiendas.

El tono imperativo de Jose se enfatizó antes de concluir la llamada.

—La invitación sigue en pie. ¡Lolis te espero hoy a las cuatro de la tarde en la casa! Te veo al rato. Besos.    

Lolis se sentó, estaba algo desanimada, comenzó a reflexionar en voz alta, 

—¿Y por qué no hacer lo que me gusta? Si voy al cine es probable que a las siete esté de regreso y pueda ir con doña Rita, sin decirle a tía Jose, claro. Pero qué tal se le ocurre invitarme a cenar. Ya no llegaré a tiempo. ¿Cine o pastel de zanahoria?

*Este texto es un ejercicio realizado por la autora de esta columna en el taller Desde el tejado de la infancia, facilitado por la dramaturga Damaris Disner Lara, el pasado 5 de julio del año en curso.

**Muchas gracias al público lector de esta columna,  que el 3 de julio cumplió su tercer aniversario. De igual manera, agradezco a la Revista Letras, idea y voz por el espacio que brinda para su divulgación

Fotografía: mali maeder 

Voces ensortijadas. 24. ¡Lotería! María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 24

¡Lotería!

María Gabriela López Suárez

Era poco más de mediodía, los pájaros trinaban  y el cielo estaba nublado, algo cálido. Clara estaba terminando de preparar la mezcla para el pedido de panqués con pasas que entregaría después de las seis de la tarde. 

En los últimos moldes  ya no le alcanzaron las envolturas de papel para poner, así que lo hizo de manera tradicional: colocó mantequilla y un poco de harina en cada molde. Estaba tan entrajinada que no había prestado atención que se acercaba la hora de la comida. Ese día su sobrina Luna había llegado de visita. Solía ser una niña muy curiosa y conversadora.  Ya había tomado nota de qué ingredientes llevaban los panqués.

La cocina era un pequeño laboratorio donde la alquimia estaba presente. En ese momento era una mezcla de aromas de comida y postre. Mientras doña Leonor terminaba el guiso,  Clara había llenado los moldes para luego ponerlos en el horno.  

Cuando se dispuso a limpiar la mesa y lavar los trastes,  prestó atención a la charla entre Luna y doña Leonor.

—Abuelita, ¿jugamos lotería?

—Bueno, un ratito porque ya vamos a comer. Pero no vayas a hacer trampa. 

—No, yo iré leyendo las cartas.

Y así, en la voz entusiasta de Luna, empezó el desfile de cada una de las figuras integrantes de la lotería, la rana, la estrella, el nopal, el cantarito, el diablito, la dama, el tambor, la luna… y las jugadoras iban poniendo y quitando frijolitos a su carta. Cada una a su estilo, Luna quitaba, doña Leonor ponía.  La mente de Clara viajó a la infancia,  donde las tardes de verano eran el escenario perfecto para que mamá, papá, tíos, sobrinos, abuelitos, se pusieran en la mesa del comedor a jugar lotería y pasaran veladas hermosas. Había risas, enojos por los que se resistían a perder, venía la revancha, pero lo más lindo era compartir momentos en familia. 

Clara regresó al presente al escuchar en coro: ¡Lotería! Ambas jugadoras habían ganado al mismo tiempo. Sonrió desde la cocina, la sobrina y la abuelita también lo hacían. El olor a panqué empezaba a invadir la cocina y el comedor. La hora de la comida había llegado.





Fotografía:  Airin Party .

Voces ensortijadas. 23. Tanteadito, tanteadito. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 23

Tanteadito, tanteadito

María Gabriela López Suárez

Rita revisó el reloj, las 6 de la tarde, ya faltaba poco para que la tía Chepita y el tío Toño llegaran con Viviana y Carolina, sus primas. El motivo era que Julián, su esposo, les había invitado a cenar molletes. Recientemente él  los había cocinado en casa y como sabía que a los tíos les encantaban, se animó a consentir a la familia. La cita era a las 8 de la noche.

La tarde quedó fresca, después de la fuerte lluvia que duró casi dos horas. Rita pensó que podría preparar una bebida calientita para acompañar la cena. Descartó el café. Buscó en la alacena, encontró una bolsita con pinol*, recordó el rico sabor con leche y se decidió a hacer la bebida.

Habría sido tan sencillo entrar a un buscador en la internet para indagar el modo de preparar la bebida. Prefirió recordar cómo la hacía su mamá y su tía Linda. Buscó sus ingredientes, leche, pinol, azúcar mascabado, canela. Todo iba muy bien.  Vertió la leche, azúcar y al momento de añadir el pinol se quedó en pausa. 

—¿Qué tanto debo ponerle de pinol? Me gustaría que quedara un poco espesito, no tan ligero.

Justo en ese instante, recordó las frases tan sabias que escuchaba de pequeña y que solían usar su mamá y tías cuando preparaban los tamales. La mesa del comedor se convertía en un laboratorio gastronómico con ingredientes para el mole y los tamales, masa, manteca de cerdo, hojas de plátano,  aceitunas, pasitas, ciruela pasa, almendras, plátanos, carne de pollo. Algunas de las preguntas que solían hacer a quien guiaba la travesía culinaria eran:

—¿Qué tanto de manteca le pongo a la masa?

—¿Así está bien de agua y de sal?

La tía que estaba en la estufa preparando el mole respondía:  — Tantéalo, que la masa no vaya a quedar ni muy grasosa, ni muy aguada, ni muy salada. De buen tanto.

Rita volvió a la preparación del pinol y dijo, de acuerdo, yo también le iré tanteando la cantidad de pinol.  Al cabo de unos minutos ya estaba lista la bebida y el aroma era delicioso. Lo había logrado. Faltaba saber qué opinarían los invitados.

— Mmm, ¡qué bien huele acá en la cocina! Rita, ya me ganaste, yo no he comenzado a preparar los frijoles para los molletes.

Julián había  llegado a la cocina para empezar a cocinar. 

  —Estás a tiempo, apenas van a dar las 7. Iré por los bolillos a la panadería, seguro están recién salidos del horno. Es la hora.

— Rita, antes de irte, ayúdame. ¿Qué cantidad de frijoles crees que deba poner a freír? Solo he preparado molletes para nosotros dos y ahora seremos más.El rostro de Rita sonrió  y sin titubear  respondió:  ¡No te angusties amor! Ni mucho, ni poquito, tanteadito, tanteadito.

*El Pinol o pinole es una bebida prehispánica, principalmente de Mesoamérica, preparada con un polvo a base de maíz. Se toma fría o caliente. 

Fotografía: Pixabay.

Voces ensortijadas. 22. Rojo púrpura. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 22

Rojo púrpura

María Gabriela López Suárez

El calor comenzaba a sentirse con fuerza, Meriem estaba a mitad de labor en su pequeño huerto. Tenía un mes de haber iniciado esa tarea sembrando chile, romero, hinojo, también había colocado ahí algunas macetas que ya tenía en casa. Esa actividad le alimentaba el espíritu y lo hacía con mucho amor.

Removió la tierra para sembrar un árbol de tulipán rojo, tipo clavel. Con la firme esperanza que quisiera estar en ese espacio y crecer en el huerto. Era uno de los tulipanes favoritos de su mamá.  Puso el árbol en el espacio cavado, le agrego tierra, abono de su propia cosecha y a manera de ofrenda a la tierra y al árbol de tulipán, sembró su luna. El color de la sangre lunar era rojo intenso,  vívido, tan brillante que se veía hermoso ante la luz del sol.  Desde su corazón hizo su agradecimiento  a la tierra, a la vida, a su cuerpo. Terminó su faena  y regresó a casa.

Mientras volvía recordó que nunca era tarde para honrar el ser mujer, vinieron a su mente las diversas experiencias en los círculos de mujeres donde descubrió la importancia de agradecer cada período lunar en su vida.  Pensó para sí, que cada etapa en la vida  de las mujeres es importante, sin embargo, por cuestiones culturales la etapa menstrual se vuelve una especie de tabú que se inculca como algo que debe ocultarse, como si fuera ‘malo’, ‘sucio’, logrando con ello que muchas ocasiones  no se quiera que  lleguen ‘esos días’. 

Siempre estaría agradecida a las mujeres amigas que le permitieron descubrir la importancia de ofrendar la luna como una manera de sembrar la vida, de agradecer la oportunidad de estar, de vivir, de crecer y de amar su ser mujer.

En casa se dispuso a regar las plantas de sombra que tenía, al llegar al cactus colgante, como ella le llamaba, observó que estaba lleno de flores, color rojo púrpura. Anteriormente había sembrado en él su periodo lunar. Se acercó a las flores y a manera de susurro les dijo,

—¡Qué  bellas están! ¡Gracias!

Meriem observó detenidamente la forma de las flores, le encantaba, como una especie de estrellas pero con detalles curvos. Y lo que más le atraía era el color rojo púrpura como la ofrenda de vida.

Fotografía: Pixabay.

Voces ensortijadas. 21. La presencia del cenzontle. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 21

La presencia del cenzontle

María Gabriela López Suárez

Ágata estaba acomodando en un jarrón las flores que había cortado en el patio de la casa. Escuchó un ruido afuera y se asomó, era Canela, su perrita, intentando abrir una pequeña jaula que estaba en el piso. Al principio Ágata no se percató de la importancia de la jaula, luego recordó que ahí había puesto su papá un pajarito silvestre que estaba herido y un cenzontle bebé que había encontrado.

-¡Canela, deja esa jaula! ¡Canela!

La perrita ni siquiera se movió, siguió atenta en su tarea. Ágata salió, levantó cuidadosamente la jaula ante la mirada de Canela, que no despegaba la vista al pajarito. Ágata lo revisó, estaba bien.  ¿Y el cenzontle? Le preguntó a su tía Toñi que se asomó al ver lo sucedido.

—¿Qué no está ahí también en la jaulita?

—No tía, solo está el pajarito. 

Observaron las rejas de la jaula, eran delgadas y por ahí no había podido salir. Vieron al piso entre las piedras, no había rastro de alas, por aquello que Canela lo hubiera comido.

Ágata puso la jaulita en una parte baja del tejado para que el pajarito tomara el sol, se percibía nervioso ante el movimiento que había hecho Canela a la jaula, en su intento por degustarlo.

Siguieron indagando sobre el destino del cenzontle bebé, no hallaban respuesta. En eso estaban cuando llegó Arturo, el papá de Ágata. 

—¿Cuál es el alboroto?

La tía Toñi explicó lo sucedido. Los tres siguieron buscando al cenzontle entre las piedrecitas por donde estaba inicialmente la jaula. No hubo rastro  y explicación alguna.

Ágata hizo memoria, ése era el segundo día que el cenzontle había estado en casa. El día anterior su papá lo había descubierto en el suelo, cerca de un árbol,  algo poco común.  Él lo llevó a casa y lo puso en la jaulita donde estaba un pajarito herido de una ala, al que cuidaba mientras se recuperaba para dejarlo en libertad. 

Era la primera vez que Ágata veía un cenzontle bebé, le dio mucha ternura cuando le acercaron la comida, abrió su pico con la cabeza hacia arriba,  como esperando que su madre le diera de comer, de piquito a piquito. Fue una odisea darle comida, esta tarea la hizo don Arturo.  Durante la tarde y noche el cenzontle emitió unos sonidos que eran como susurros, los continuó haciendo hasta el amanecer. Como si ésa fuera su manera de hacerse presente.

El misterio de la desaparición del cenzontle bebé fue casi como su llegada. Ágata recordó, en su familia creían que sus seres queridos que habían trascendido les visitaban a través de mariposas, pájaros o gatos, quizá eso era el significado de la presencia del cenzontle.

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Fotografía: Pixabay.

Voces ensortijadas. 20. La bandita radiofónica. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 20

La bandita radiofónica

Con  cariño y admiración 

a mis colegas  del equipo de Los Colores de la Voz

María Gabriela López Suárez

A lo largo de nuestra vida podemos tener una serie de encuentros y desencuentros con las personas que convivimos, sea en lo laboral, escolar, social, etc. Sin embargo, en esas experiencias sin duda, hallamos personas que se convierten en aliadas, con las que podemos contar cuando lo necesitemos, algo así como una bandita de colegas,amistades, cuates, familia que están en buenos y malos ratos.

Hoy quiero compartir un poco sobre esas personas. Cuando se tienen objetivos o proyectos en común, en el proceso de construcción o desarrollo de estos aflora la magia de lo creativo. Aunado a ello se suman el entusiasmo, la responsabilidad, el compromiso, la colaboración, el respeto, el cariño, la pasión o gusto por lo que se realiza. Todos estos elementos se vuelven ingredientes clave que hacen posible que surja una especie de alquimia. Y por ende, se tengan resultados con muchos aprendizajes y anécdotas que quedarán para la historia personal y profesional.

Justo esto ha sucedido con el equipo de compañeras y compañeros que colaboran en el espacio radiofónico universitario Los Colores de la Voz. Este espacio colectivo se transmite todos los jueves de 6 a 7 de la tarde por la estación XERA, Radio Uno, una de las radiodifusoras integrantes del Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía. En el tiempo que llevamos de cuarentena Los Colores de la Voz se ha mantenido al aire, con entusiasmo, compromiso de divulgar, informar, entretener y con la intención de poder contribuir con aportes que también eduquen a la población.Lo anterior no sería posible sin el ánimo de mis compañeras y compañeros del equipo de producción que se han mantenido entusiastas y firmes en la colaboración. Cada semana somos como una especie de engranaje sumando cada aporte desde nuestros hogares y con nuestras herramientas. Y a este esfuerzo se integran la de quienes con gusto han contribuido con lo más valioso,  compartir su palabra y materiales con los que han colaborado en las distintas emisiones. No ha sido una tarea fácil en estas 11 emisiones pregrabadas, cada una, cada uno tenemos distintas labores en esta cuarentena. Sin embargo,  como decimos en mi querido Tuxtla, llueve, truene o relampaguee el programa Los Colores de la Voz está para ustedes. Desde mi corazón muchas gracias a la bandita radiofónica. ¡Que vengan muchas emisiones más!

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Fotografía: Pixabay.