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Polvo del camino. 101. Tres referencias librescas en «Invisible», de Aute. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 101

Apunte de oído, 6
Tres referencias librescas en "Invisible", de Aute

Héctor Cortés Mandujano

Luis Eduardo Aute Gutiérrez (Manila, Filipinas, 1943-Madrid España, 2020) hablaba muchas lenguas y tuvo varios oficios artísticos: pintor (vivió como tal en París e hizo varias exposiciones; las portadas de algunos de sus discos son obras suyas), cineasta (estuvo detrás de cámaras, como codirector en largos y cortometrajes, y escribió guiones. Su película más conocida la hizo en 2001: Un perro llamado dolor), poeta (publicó La matemática del espejo, La liturgia del desorden, Templo de carne, entre otros), pero es conocido fundamentalmente como cantautor.
	Son suyos los éxitos: Rosas en el mar, La belleza, Sin tu latido, Pasaba por aquí, Al alba, De alguna manera, Siento que te estoy perdiendo… Sus canciones fueron y son grabadas por muchos intérpretes, y dejó para la posteridad muchísimos trabajos discográficos. 
	La canción “Invisible” es parte del disco Aire/Invisible, de 1998, y en ella, como en muchas de sus composiciones, podemos notar las lecturas, el sólido conocimiento de Aute en materia de escritura y composición. La pieza tiene tres estrofas y un estribillo final que se repite. Dice:

“Si yo tuviera el aro de Giges, y le pidiera desaparecer, sólo lo haría para camuflarme de algunos espías, que no quiero ver. Nunca sería para sorprenderte bebiendo de otras ambrosías. Me excita más la alevosía brutal de no verte, cuando no eres mía, cuando no eres mía. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
         El anillo de Giges hace referencia al mito que cuenta Platón, en La república (publicado en el año 370 a. C.). Giges era un pastor que encontró en un abismo (que se abrió frente a sus ojos por un terremoto) un caballo de bronce; dentro estaba un cuerpo muerto, que en uno de sus dedos tenía un anillo de oro. Giges lo tomó y se dio cuenta que cuando le daba vuelta se volvía invisible. Con ese poder se hizo soberano del reino de Lidia: sedujo a la reina y con ayuda de ésta mató al rey.

“Si me tomara la mezcla de Griffin, y me esfumara para no volver, sólo lo haría para liberarme de mi biografía, sin dejar de ser. E intentaría que mi transparencia fundiese con tu anatomía. Y ya entrados en herejías, tu concupiscencia me reencarnaría, me reencarnaría. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
	Griffin es el protagonista de la novela El hombre invisible, publicada en 1897 y escrita por H. G. Wells. Griffin es un científico que inventa una fórmula que primero aplica a un gato y luego a él mismo para hacerse invisible. Ese poder lo vuelve asesino y loco. 

“Si fuera el gato burlón de Cheshire, haría un trato con mi creador: No sonreiría jamás si consigue que Alicia sonría entre tanto horror. Entregaría al rey mi cabeza, incluso mi cuerpo invisible, si a cambio no fuera posible jamás tu tristeza, tu melancolía, tu melancolía. Ay, si pudiera ser, si pudiera ser invisible, invisible, invisible, amor, invisible.”
	El gato de Cheshire es uno de los tantos personajes estrambóticos que Alicia en el país de las maravillas, célebre novela de Lewis Carroll, publicada en 1865, se encuentra en su loco viaje. El país tiene un rey y una famosa reina roja que a cada momento ordena: “¡Que le corten la cabeza!”. El gato de Cheshire desaparece paulatinamente. En su imagen más icónica, sólo se ve su risa colgada en el aire. Luego, nada.

 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: HCM




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 7. La navidad. Antonio Florido

Cajón de rubores / 7

Fisonomía 7 
La navidad

Por Antonio Florido

       

Antes de encenderse la noche, mientras la bruma vespertina decae, agotada, para dar paso al esplendor de un cielo estrellado, Marina cruza la calle por el paso de peatones abstraída en sus pensamientos y caminando rauda sobre sus tacones ajados. Aún falta una hora para que los comercios se vayan a dormir los sueños profundos. Marina lo sabe, pero a pesar de todo siente su pecho intranquilo y lo único que desea es llegar lo antes posible. La dama alcanza el acerado y empuja con sus dedos diminutos el cristal de la puerta de entrada. Por fin ha llegado, piensa; por fin sus piececitos nacarados pisan alegres la suave alfombra haciendo silbar la musiquilla de aviso. Dentro no hay clientes. La sala, amplia, sobria y acogedora, muestra mil estanterías repletas de zapatos. Las baldas rodean las paredes como lágrimas que lloran. Son de cristal. Relucen y reflejan un mundo imaginario creando en el espacio dos naturalezas: la real, matizada de olores intensos a cuero, a metal, a tela vaporosa, y la brillada, imitación de lo verdadero y lo denso. Marina, una damita recogida, delgada y elegante, pasa junto al estante de chapines y ni siquiera se digna echar una mirada. Más adelante, a la derecha, unos zuecos canela muestran sus empellas anchas y altaneras rebosantes de hermosura. Aquí nuestra dama se ha detenido y ha cogido un par de zapatos dorados; los mira, entorna los ojos, los vuelve a observar y les da la vuelta para detener sus ojos en las suelas color caramelo que aparecen desnudas bajo las yemas de sus dedos. Marina hace un mohín, duda. Suelta el par y toma otro con sus manos blancas y suaves. Este segundo par es del color del brezo, similares a dos grandes hojas de la Erica cinerea. Los amorea escrupulosamente. La mujer parece un cirujano que se decide y no se decide, que intima en su interior la necesidad de abrir una fina epidermis. Se turba la dama, se ahoga, se desmaya. Luego, cuando el vapor doloroso huye de su alma sus manos los deposita con cuidado sobre el reflejo del cristal, que los acoge formando un todo indisoluble. ¿Qué busca la señora Marina? ¿Qué deseo llama a la puerta de su entendimiento?

Huele a glamur, a seda flotante en el espacio. Todo aquí es sutil y delicado. Los zapatos duermen esperando que alguna mano femenina los tome con ternura y los elijan. Desean ser ahijados de hermosas damas adineradas. Los escarpines vigilan sedientos el turno de ser tomados y subidos al aire. También las sandalias, más humildes y austeras, muestran sus encantos sin apenas moverse de las bases de cristal. La damita avanza, camina, se detiene, fija su mirada en unos, en otros. No tiene prisa Marina, la dejó afuera, en el acerado, junto al ajetreo de la calle donde bulle la gente que va y viene comprando sus regalos de Navidad.

En la sala hay dos dependientas. Son como dos maniquíes perfectos, trajeadas, acolchadas, hechas para estar allí, como si hubieran nacido al calor del cuero y de la gasa que allí se almacena. Nada dicen a la señora. La dejan hacer. La ven desde la distancia, en su ir y venir, por entre los destellos fugaces y las imágenes que aparecen y se desvanecen al ritmo de sus pasitos. Marina toma unas manoletinas plateadas, roza con sus dedos la superficie suave; las toca, las acaricia, comprende que son bellas y sonríe. Sigue caminando entre los diseños esparcidos. Los mocasines no llaman su atención. Aunque son hermosos, aunque su apariencia grácil, esponjosa y mullida, llama desesperadamente a la damita, ésta no acude, sino que avanza, decidida, hacia adelante, buscando la luz mortecina del fondo.

La zapatería se reparte en dos cuerpos distintos. El más profundo, el más alejado de la entrada, pequeño, coqueto y recogido, guarda el tesoro de la empresa, el calzado femenino por excelencia en esta temporada: el escarpín taconado. La damita camina por el pasillo. Su pisar es silencioso. El peso de su cuerpo apenas si remueve los pelillos alfombrados sobre el suelo. La luz, atenuada, relaja la respiración y las clientas, al alcanzar la pequeña estancia, sienten su alma tranquila, quieta, preparada. Una de las dependientas la ha seguido en silencio. Se diría que van a un templo. Las dos mujeres están mudas. Cada una sabe a lo que va, de forma que no hacen falta las palabras. En el centro de la pared aterciopelada, de un verde esmeralda, hay un rectángulo embutido, como si fuese una capillita parroquial. Las paredes de ésta están forradas con láminas de madera clara y veteada, y la puerta que la cierra es de cristal puro, nítido, rodeado por una fina línea dorada. La empleada, atenta, se adelanta y abre la puertecita. Nuestra dama permanece cabizbaja, con los párpados entornados. Apenas respira. La muchacha le ofrece, de pronto, el par de zapatos que ha sacado y Marina los toma con las palmas de sus manos sedientas. La dejan sola. El silencio la acompaña y se puede oír, en este rincón de la tienda, el roce de sus yemas sobre la piel del calzado. Es la primera vez que sus dedos acarician la piel, casi viva, de un zapato de categoría. Marina observa un escarpín, luego el otro, cierra los ojos y suspira. Cuando su pecho se afloja les da la vuelta y comprueba las suelas negras, finas, límpidas. El par de zapatos que tiene en sus manos es rojo, un rojo como nunca había visto. Brillan los zapatos bajo la tenue fosforescencia de las lámparas del techo. Son suaves, elegantes, distinguidos. Perfectos para ella. Junto al rojo maravilloso se descuelgan, en el otro confín de la materia, los tacones alargados. Son infinitos –se dice. Como simas que se hunden entre los altos picachos. Transcurren varios segundos en los que la damita recupera el alma. Luego se sienta, se descalza y viste sus pies con las dos maravillas. Cuando vuelve a estar de pie, frente al espejo, intuye que el desmayo está cerca. Deliciosos los escarpines. La hermosura trabajada y conseguida por las máquinas y el amor de los hombres. Pero, aun así, a pesar de reconocer el valor de lo que sostiene con sus manos, duda, nuestra damita siempre duda. ¿Estará dispuesta a gastar todos sus ahorros en este capricho?

De pronto, entre los titubeos que la azoran y le remueven la conciencia por lo que va a hacer, le asalta una idea, una tremenda y demencial idea. “¡Sí!”, es la palabra que estalla en su cabeza. “¡Sí!”, golpea de nuevo en su sien. Marina se duele, no quiere ni pensar. Pero su cuerpo se mueve, sin querer, sin comprender, avanzando hasta la entrada, retrocediendo el camino de ida.

La dama ha llegado al mostrador. Allí, frente a las dependientas silenciosas y elegantes, los coloca a modo de ofrenda y asiente con la cabeza. Ya está todo hecho.

En el camino a casa no deja de pensar en lo atroz de su conducta. Todos los ahorros, todos, por un capricho, por una veleidad infantil, por un desconsuelo de su alma. Pero no hay vuelta atrás. Trata de consolarse, de serenar su espíritu y de justificar lo injustificable, aunque use para ello razones peregrinas, inventadas y locas. Marina llega a su casa. Abre el armario. Se sienta en el borde de la cama. La bolsa donde viajan los zapatitos es de papel de fantasía, de aspecto lábil y grávido. Libera los escarpines y los coloca sobre la colcha de crespón. Luego Marina se pone de pie y su vestido, fino y vaporoso, cae al suelo como si llovieran los hilos que lo sostienen. El espejo vertical refleja el cuerpo desnudo de la damita. Se vuelve a sentar sobre el acantilado de la cama y forra sus pies con el fino calzado. De nuevo contempla su cuerpo expresado. Desnuda, sonriente y lasciva, observa la curva suave de sus senos, de su vientre. Sus ojos bajan luego hasta las caderas, justo donde comienzan sus piernas infinitas y armoniosas. Los tacones, los altos e interminables tacones, dan a la dama una elegancia inefable, elevan su garbo, respiran belleza. “Le gustarán”, se dice. Su pensamiento va escribiendo palabras en el espacio mientras la mujer, sola con su desnudez, con su intimidad, se place en mirar, solo en mirar, ―de lado, de frente, del otro lado―, su cuerpo y sus piececitos de nácar.

Jamás la soledad de una viuda se ha sentido tan encarnada y viva como en estos instantes de placer y de gozo en los que se encuentra Marina. La dama camina despacio alrededor de su cama, llega hasta el galán de noche, lo acaricia, se vuelve y continúa avanzando con sus pasitos menudos. De vez en cuando detiene su cuerpo frente a la ventana. Allí, donde las atrevidas luces de neón traspasan los finos encajes de las cortinas, recorre su cuerpo con las manos, acariciándose, recordando su vida pasada. La dama sonríe, se siente divina, feliz. Echa su cuerpo sobre la colcha, apoyando sobre la tela la espalda arqueada. “Si mi marido, el pobre, estuviese aquí, a mi lado…”, rumia en voz queda la damita encantadora. Eleva entonces sus piernas al cielo, y desde allí, desde abajo, desde el abismo de su cuerpo, advierte sus zapatos brillantes llenando con sus rojos y dorados destellos el espacio cóncavo. Nuestra damita goza por vez primera. Le invade la grata sensación de saber que ya no está sola. Que tiene algo por lo que sentirse dichosa. Se cree tan feliz y tan hermosa que sus ojos, sus negros y enormes ojos, se acristalan y dos perlas transparentes bajan por sus mejillas, raudas, buscando el camino del consuelo.




La Natividad (Aprox. 1437). Fra Angelico (1387-1455)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 100. Noche de luna llena. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 100

Noche de luna llena

Por María Gabriela López Suárez

El sábado había sido un día algo ajetreado para Ximena, buena parte de la mañana y tarde lo había dedicado   junto con Soledad, su hermana, para preparar tamales de hierba santa y  anís. Tenían un pedido grande por entregar para las seis de la tarde. Después de esa laboriosa tarea ambas decidieron tomar un descanso. 

Soledad prefirió tomar una siesta. Ximena se sentó en su mecedora, entrecerró los ojos y le llegó un aroma de manzanillita, como le llamaba a los tejocotes. Recordó que había dejado una canasta con las frutas para hacer una ensarta con ellas, lo pondría de decoración en su nacimiento. Se levantó y fue por la canasta. Reservó algunas frutas. Tomó asiento nuevamente y comenzó la labor.  Hizo alrededor de tres ensartas y las colocó alrededor del nacimiento.

Con las manzanillitas que quedaron se dispuso a hacer un ponche, el clima le hizo apetecer la bebida. Además tenía manzanas, guayabas, canela, jengibre y clavo, justo los ingredientes necesarios. El aroma del ponche era uno de los elementos que recordaban a Ximena la época decembrina. Llamó a Soledad para que tomaran juntas el ponche. Después de conversar un rato y degustar la infusión se despidieron para irse a dormir. 

Ximena se percató que había luz en el patio, pensó que Soledad o ella, por error, había dejado prendida alguna lámpara. Salió y observó que la luz provenía de la luna lunera. Se quedó contemplándola un gran rato, era la última luna llena del año y estaba sumamente hermosa.

Se fue a su cuarto y decidió descansar. No pudo conciliar pronto el sueño. Le pareció extraño. Por un momento pensó que podría ser el efecto de la noche de luna llena. En eso estaba cuando escuchó el aleteo de un pato, un rato después hizo su aparición el kikiriki del gallo madrugador que  solía cantar antes de medianoche. Luego puso atención al coro de los grillos que, puntualmente, arrullaban su sueño todas las noches. Se quedó pensando si ella fuera pato, probablemente, no estaría aleteando a altas horas de la noche como queriendo volar; si fuera gallo quizá no  cantaría tan afinada y no sería tan madrugadora. Y en el caso de ser grillo ahí si le pondría todo el ánimo y energía para entonar sus melodías acompañando los sueños de las personas y agradeciendo a la naturaleza la vida. Poco a poco los ojos de Ximena se fueron cerrando al compás de las melodías entonadas por los grillos.


PD. Muchas gracias a Letras, ideaYvoz® y al público lector, ésta es la publicación número 100 en este espacio. Gracias por ser parte de las Voces ensortijadas.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 100. Sí. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 100



Héctor Cortés Mandujano

Lennon (Alfaguara, 2010), de David Foenkinos, con traducción de César Aira, es una novela biográfica dividida en sesiones terapéuticas en las que el célebre exBeatle nos cuenta su vida. Foenkinos, gran fan, dice que la música de los Beatles lo (p. 9) “acompaña desde siempre”, aunque “por momentos no sé qué pienso de John Lennon”.
	El libro, salvo en el epílogo, cede la voz al John Lennon (1940-1980) que, se supone, está hablando con su sicoanalista. Dice en la primera sesión (p. 14): “Una parte de mí mismo está persuadida de que soy un pobre diablo, y la otra piensa que soy Dios”.
	Nació en plena guerra (p. 21): “Al comienzo mismo, oí el ruido de los bombardeos. Yo no vine al mundo. Vine al caos. Liverpool era el blanco de las bombas alemanas”. Sabe, sin embargo, que lo que diga ya lo sabrá quien lo escucha: “Soy tan famoso que mi vida pertenece a todos”.
	Apenas nacer, como las bombas caían (p. 23), “mi tía Mimí me dijo que de inmediato me pusieron debajo de la cama. Como si una cama pudiera atenuar el derrumbe de un techo”.
	Dice en la quinta sesión (p. 49): “El futuro del hombre es volverse mujer. Se van a invertir los roles. Y eso a mí me viene bien. Me siento mujer. Y me siento niño también. No soy adulto”.
	Su infancia no fue fácil. Primero lo abandonó su padre y luego su madre. Vivió con su tía Mimí hasta que encontró a Paul, George y Ringo (me salto al famoso quinto Beatle), que fueron su más cercana familia. George era el más pequeño de todos y el único célibe (p. 84): “Todos asistimos al desvirgamiento de George. No había visto que estábamos ahí. Cuando terminó, encendimos la luz y aplaudimos”.
	La fama del grupo fue tremenda y ellos experimentaron con mucho sexo (había mujeres que hacían fila para compartir instantes de placer) y muchas drogas, hasta que conoció a Yoko (p. 133): “Millones de personas comenzaban a reducirse y a desaparecer, a hundirse en el vacío, a ser olvido en el amor que sentía por una sola persona, una sola persona que reducía el mundo a nada, y ésa es la definición suprema del amor: una persona que reduce el mundo a nada”.
	Paul le pidió que fuera a la exposición de Yoko. Ella no conocía a los Beatles, pero sabía que el millonario John podía financiar su obra. Llegó y la vio, se saludaron y lo dejó solo para que recorriera la muestra de su trabajo (p. 136): “En la primera sala había una escalera que conducía a una lupa. Había que subir y observar la palabra escrita en lo alto. Subí, con miedo de descubrir algo cínico o negativo, pero pude leer: SÍ. Nada más que la palabra ‘sí’ ”.
	Cuando se casaron él tomó el nombre de Yoko (p. 153): “Me llamo John Ono Lennon. […] Yoko es yo”. Ella, dice, le dio la fuerza para divorciarse de los Beatles (p. 161): “Me tomó de la mano y me dijo: la vida está en otra parte”.
	El epílogo cuenta, ya no desde su voz, su asesinato. Hay una foto donde (p. 191) “Lennon firma el álbum del que lo asesinará unas horas más tarde”.
	Después de los cinco tiros a quemarropa (cuatro dan en el blanco), en el coche de policía donde lo llevan al hospital, para que no se duerma le preguntan (p. 192) “ ‘¿Usted es John Lennon’. La respuesta: ‘Sí’. Y será su última palabra”. La misma palabra que leyó cuando conoció a Yoko.

***
Lector, lectora, llegamos juntos  a la columna número cien. Muchas gracias por leerme, por ser mi imagen en el espejo, los ojos del sueño, la otra vida donde me multiplico y donde somos tú, yo, nosotros, todos, todas…
 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Cajón de rubores. 6. Vieja en una noche de nieve. Antonio Florido

Cajón de rubores / 6

Fisonomía 6 
Vieja en una noche de nieve

Por Antonio Florido

       

VIEJA EN UNA NOCHE DE NIEVE

¿Cómo así?

Azul, negro, gris piedroso, gris lejano, huidizo, blanco, sombra difusa sobre un blanco pálido, como una vida que se apaga. Adivinamos un trazado de bastón en la mano aviejada de la abuela. Sólo eso, una breve y fugaz alusión al recuerdo, a esa infantil fantasía, a la utopía martillada del adulto. Querer ver donde no se puede. Desear el regreso cuando ya el camino está bien trillado. Un lloro de impotencia por arrancar el terrible suceso, de poder alcanzarlo con las manos. El fervor de la sangre que dice que todavía han de cambiar tantas cosas…

¿Adónde irá esta mujer, a sus años, adónde pisará con tiento en la cuesta, abajo en la Rúa dos Douradores, con los ojos de Nando observando al través de la ventana? 

De pequeña subía y resbalaba bajo las sombras del baño, en un estío cansado de quemar. En la primavera con los olores vivos, los de sus labios, los de sus dedos que palpan un delicado ramo de flores (tal vez, de nuevo, nos viene a las mientes esa lograda floresta que el enamorado entregó a la muchacha del banco). De cuando cae al suelo la hoja muerta, clara, crujiente, pisada por los pueblerinos, esto es, el otoño de sus años, la madurez en calma, la mirada flagelada por el vidrio y las quejas.
 
-Nando, esa es la viejita de la que te hube hablado en aquel entonces. La que me recibió a la entrada del pueblo, ya comprendes, y me enseñó, me dijo aquellas cosas lindas de la linda señorita, la que esperaba y esperaba, recuerda, has de hacerlo, amigo.

Nando fuma por encima de un bigote negro, echa el ala hacia arriba, un solo toque de la mente, el dedo crispa, ¡chas! Luego sorbe y queda mirando la línea negra del café, analizando el acto premeditado. Goza del instante, piensa. Tuerce el gesto. Dice algo…

-Sí, claro, la trémula muchachita del cuento. La recuerdo. De tanto me enamoré de ella, le quise quitar el novio, el minero sin mina que llegó para llevarse a la Añañuca, para vaciar de oro los cerros y chanzar a los conquistadores. Claro que me acuerdo.

-De ahí en más te lo fui declarando, que esa muchacha era de las grandes, que sería alguien algún día…, y ya ves que se nos convirtió en la flor de los cerros, rojo explosivo, rojo de amor, rojo para unos ojos muertos que ya no son capaces de nada, sólo de oler la miseria de haberlo perdido todo. 

-Porque el minerito no fue capaz de ganar al duende que lo volvía loco.

-Sí, y el pueblo, que es como es, la tomó con ella, y ella no fue valiente para salir a la calle. En sus adentros se volvió rosa, roja, amapolada virgen, grana de reventar las envidias. 

-Ahora se nos aviejó, ya ves su cuerpo, la espalda en curva, la ropa sosa, el bastón asegurado por una zarpa uñosa. Baja la cuesta todos los días. Engancha sus zapatos en las piedras rotas. Mira al suelo. Una fachada le cuenta algo, la mujer duda, pero no gira el cuerpo, continúa con su terco avance. Tal vez al final de la calle encuentre la primavera escarlata…

-Sin embargo, la nieve me recordó a la manzana muerta. Ocre sobre verde, sangre almidonada, con el molde de unos dientes jóvenes. La manzana de la cena. Navidad en copos. Sí, fue gozoso escribir aquella historia. Comían y bebían, charlaban de esto y aquello, por la ventana un globo frío caía sobre las copas de los árboles dormidos. Luego se rompía en mil millones de diminutos copos, lavaba el suelo de la plaza. Mientras tanto ellos seguían cenando al calor de los criados y sirvientas. Postres en el centro. Frutas y arcadas, triángulo que sube casi al techo.

-La joven estaba ahíta, pero la había descubierto desde el comienzo. Dijo, ésta es mía. Después los platos pasaron volando, uno tras otro, como en aquella cena olvidada del señor Stepelthon y su querida. Postre, anunció el más viejo de los criados. Su mano se abalanzó de manera ofensiva. Una irritante delicadeza la de esa niña. Al primer mordisco la fruta gritó. Fue un dolor insoportable. De ahí que cayese al suelo, bajo la trinchadora, detrás de una de las patas, oculta, muda, sobre un charco de verde sangre.

-Fue una tragodia, lo reconozco; empero, observa bien el sufrimiento acumulado en esta dulce mujer. La esbozaron como se nace. De cuajo vivió y de cuajo llegó a ser vieja. Sólo el color de la pintura me puede recordar a la ausencia de toda voluntad. Ella duerme eternamente sobre un lienzo cama. Jamás comprobaremos sus facciones, tantas como miradas, como tiempos suenen, tantas como la imaginación nos arroje. Esta es una señora que se merece todo. Una gota, un lamido de amor, una esquina de nuestro tiempo, una señora de todo respeto. Añañuca, roja, disimulada en gestos, abandonada por un minerillo que jamás se atrevió a ser un hombre, un campo de terciopelo grana, o una joven irritante que, con su pose provocadora, insoportable, asesinó la fruta, la misma niña que pisó la hoja seca, la misma joven que rechazó el ramo de florecillas porque se moría sin remedio y en secreto.

La calle nunca pasa. Un vacío en el blanco manto. El tiempo congelado. Sólo las grises piedras alfombran los zapatos viejos de esta vieja entrañable.
Corre un aire silbo. Oigo, desde mi asiento, el terrible crujir de la nieve. Siento frío.



Vieja en una noche de nieve. Artista desconocido




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Voces ensortijadas 99. Pan de pulque. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 99

Pan de pulque

Por María Gabriela López Suárez

En esta entrega les quiero compartir parte de mi sentir, vinculado con mi labor como docente. Estar al frente de grupos en tres semestres en una contingencia sanitaria,  de una manera distinta, no presencial, haciendo uso de plataformas en línea, ha significado una serie de retos para cada estudiante y para mí como acompañante en su formación profesional. Sin duda alguna, he tenido diversos aprendizajes y lo agradezco en el corazón.

Acostumbrada a realizar dinámicas presenciales en las clases, escuchar a estudiantes e interactuar con los grupos, añoro poder llevar a cabo estas actividades. Recuerdo que el año pasado, cuando me correspondió dar la bienvenida a los grupos de nuevo ingreso en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), donde laboro, lo hice a través de la computadora, dando mi mensaje sin poder ver a nadie, tuve una sensación de nostalgia. Me acomodé frente a la computadora, miré fijamente a la cámara y realicé mi encomienda; luego de dar mi mensaje me quedé pensando cómo serían las clases, no imaginé del todo lo que vendría después. 

En este periodo de clases una de las añoranzas que más tengo es poder conocer a cada estudiante, no todas las personas prenden su cámara y micrófonos, por diversos motivos. De esa forma, la interacción con los grupos es distinta, si bien como docente mantengo la cámara encendida, me genera la intención de poder conocer a quienes están del otro lado de las pantallas de las computadoras o celulares. 

Desde agosto de 2020 a la fecha solo he tenido la oportunidad de conocer alrededor de siete estudiantes de los grupos de nuevo ingreso en la licenciatura en Comunicación Intercultural en que he dado clases, cada encuentro ha sido distinto, todos hasta este 2021 con el protocolo sanitario. El primero a quien conocí es Ángel, porque fue el contacto para entregar un libro que había ganado una amiga de él al responder una pregunta en el programa radiofónico Los Colores de la Voz de la UNICH, fue una coincidencia. Otra ocasión saludé a cinco estudiantes más que estaban en una práctica de fotografía en la universidad, los vi de lejos, a uno ya lo conocía de semestres anteriores y solo pude identificar a otro de los cuatro restantes, aún con el cubrebocas, era de los que a veces prendían su cámara. Recuerdo que esa vez una de las estudiantes me reconoció por mi voz. Posteriormente conocí a Víctor, quien asistió a una exposición fotográfica colectiva de la que formo parte. Y finalmente, conocí a Citlalli, en un evento en la universidad.

Les confieso que muchas veces ha pasado por mi mente que podría coincidir con estudiantes en algún espacio sin saber que son ellas y ellos, porque no nos conocemos físicamente y portamos el cubrebocas.  Eso me sucedió con Citlalli, llegamos al mismo tiempo al evento, me llamó la atención su vestimenta, muy colorida y bella. No era un traje regional de Chiapas, la blusa me pareció con bordados semejantes a algunas prendas de la región Selva. Pasé a su lado sin saber que era ella, yo llevaba prisa y seguí mi camino. Momentos después, se sentó delante de mí, y fue hasta cuando saludé a Rosita, otra estudiante a quien ya conozco, quien se colocó al lado de ella, cuando Citlalli me saludó. De nueva cuenta me reconocían por la voz. Me dio mucho gusto conocerla,  intercambiamos algunas palabras antes que iniciara el evento. Recordé que es originaria de Nochixtlán, Oaxaca, de ahí que la vestimenta no me resultara común.

Al término del evento, me despedí de Citlalli, quien tuvo el detalle de obsequiarme pan de pulque, ese pan que me generó curiosidad por su nombre y elaboración, que conocí como parte del contenido de su informe de proyecto integrador, justo hace más de un año cuando le di clases en primer semestre. Agradezco a Citlalli por el gesto de compartir ese producto de su terruño y a cada estudiante con quien he coincidido de manera presencial y en línea, gracias por permitirme ser parte de esta nueva etapa de educación a la distancia y gracias también por recordar el timbre de mi voz.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 5. Paisaje con lago. Antonio Florido

Cajón de rubores / 5

Fisonomía 5 
Paisaje con lago

Por Antonio Florido

       

Lucien comenzó a subir la cuesta.

Se le apareció en curva, de pronto, empinada sobre un sendero pedregoso, altiva, tosca, ardiente. En el más allá, muy lejos aún, le observaba la calva piedra erguida, como animándole a la caminata. Por encima de ella, cielo, nubes, algunas aves con las alas extendidas, la ilusión de que alcanzaría la otra cara de la montaña. 

Era larga la subida.

Abajo, en la hospedería, se le quedó esperando el amigo. Perseguía el sueño que un día le contaron, que hay que seguir siempre en la brega, lejos de las vacuidades, un sueño abrigado en la almohada que le hablaba cada noche.

El paseador pensaba en sus cosas. Miraba las piedras del camino, la tierra seca, la pendiente por delante… Así nuestro amigo. Llevaba consigo, sobre la espalda, una mochila llena de experiencias. Algunos errores cometidos, muchos; algunos éxitos…, también todo un mundo de rutinas. Alguien le hubo susurrado que al filo de la mitad, en lo alto, en lo más alto, sobre las rocas que llegan al cielo, donde la tierra se acaba, allí, repito, está la felicidad.

El paisaje junto al lago, el agua brumosa, tierna, la que se puede coger, sin que se duerma, con los dedos abanicados, allí mora la delicia del silencio, bajo las ramas altísimas del bosque, los árboles de glorias incomprensibles, fabulosas, de un misterioso verde o marrón o castaño, o de cortezas quebrajadas; allí habían colocado, además, ese lugar adonde nadie acude porque no hay, sencillamente, lugar adónde ir, sólo las almas desnudas y sensibles, las mentes curiosas, las atrevidas aquietudes que aspiran a más en la vida, allí deseaba llegar nuestro buen amigo mientras el amigo de éste moría en la tasca cada paso un poquito, un poquito más, igual que en aquella conversación en la que dos sabios se desnudaban con la mirada, el café en medio, las manos apoyadas sobre la mesa antigua, uno que sube y comienza, el otro que responde, y así la tarde que transcurre ajena a los sufrimientos del caminante que continúa gateando agarrado con las uñas a esa montaña dura y calva.

A mitad del ascenso una quedada para resoplar el cansancio. Mirada quieta hacia la hondonada que se va agrandando bajo sus pies. La cabaña, o la hostelería, o la tasca, muy abajo, de aspecto diminuto, lejana imagen del presente aviejado. 

Continuó con los dedos arcosos sobre la clara piedra.

Pensó en el amigo, se sentía solo, necesitaba oír sus palabras, sus quejas, las ondas de sus labios al murmurar el amor entre dos hombres de por siempre, pero no había nadie junto a él, sólo la dura realidad, el yermo paraje, la disminución progresiva de su arrojo, el arrepentimiento temprano, tal vez una arrogancia disfrazada sobre la tierra, pegada a las palmas y rodillas, una soberbia que al fin iba comprendiendo eso de los misterios, que se trata de algo grande, como esas cartas sobre la mesa y las palabras soltadas a cuajo, lentas, como quien no desea nada. Llegó a sonreír porque ya la curva apuntaba cerca. Allá no había árboles calmos, ni aguas zarcas, ni truchas o serpentines, ni ramas sobre el suelo, no crujía el pecho de la alegría, solamente un pozo de angustia al rodear la escueta situación, el vacío, el silencio absoluto, el silencio roto, ese silencio que rompe los oídos de no querer, de ansiar un poco más, una puñada para seguir respirando. 

Los dos se han dicho lo que no hay en los escritos, aunque los dos también saben que no cesan de morir mientras se miran, mientras juegan a vivir, con sus cafés acabados; la pareja que un día se disolvió. Uno hacia la asfixiante tierra del norte, el otro al sur, muy al sur, donde las aguas desbordan y bañan los países, eternas riberas platas. Uno de los dos, o quizás ninguno de ellos, decidió visitar los humedales donde se cuecen a las sombras las tercias altas, donde los caminos se detienen, donde no hay adónde ir, ni a quién escuchar, la tierra carente de deseos y aspiraciones. Buscaba este alguien la desaparición de sus anhelos, encontrar la solución a los días incomprensibles, difíciles de digerir, por eso se afanó en escalar a lo alto, de ahí su desventura, el maltrato del engaño. Se lo fueron contando las piedritas del camino, que allí no había nada, que no merecía el esfuerzo. Se lo confesó el sol ardiente, el azul explosivo, el vuelo majestuoso de los picos emplumados. 

Quedó en la cantina solo.

Miraba a la montaña, ni siquiera un atisbo de su amigo, nada. Quedó sólo con sus aires, en la cima, pero allí… allí el único ser…, sin oír el ladrido de los perros.

De lo alto bajó rodando una voz desgarrada, de un ecoso vivo.

(La confundieron con una piedra tosca que bajaba y bajaba por la ladera curva; los hombres dejaron de jugar, se cruzaron con los ojos, cada uno tiró por su camino. A los veinte pasos dejaron de avanzar, echaron el hombro como el otro, se dijeron todo con la vista, observaron la montaña lejos, agacharon las chorreras.

-	´dios…
-	´dios…).



 

Paisaje con lago (1804). Whashintong Allstone (1779-1843).




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 99. Errar. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 99

Errar

Héctor Cortés Mandujano

Vine a verte, mañana, en un hotel que ya no existe. 
          Has sido sucesiva y sincrónicamente un , un no, un tal vez en el múltiple espacio, el caleidoscópico tiempo de nuestro multiverso idílico.
          Y yo veo lo nuestro (que sería una exageración llamar amor) desde el principio antrópico y desde la teoría de las probabilidades, y el  no siempre termina en beso (incluso, la amorosa moneda echada al azar, a veces ha caído de canto), el no es a veces un encuentro erótico (lo que resignifica y renombra con la lucidez de la locura tu negativa caprichosa)  y el tal vez es una dispersión que va desde no contestar mis mensajes telefónicos hasta borrarme de tus contactos, pasando, en contraste, por mandarme un emoticón romántico y decirle a una de mis amigas que yo soy el hombre de tu vida.
          El jardín de los senderos que se bifurcan sería un retrato móvil de esto que a veces te interesa, a veces tal vez, a veces no. Pero no el cuento de Borges, sino la fisicalidad de un jardín que tuviera todas las posibilidades de tránsito, en todos los tiempos.
           Sé que cualquiera con menos práctica en el pensamiento complejo me diría que tú no eres una individualidad, sino la multitud de mujeres con quienes me he relacionado familiar, amistosa, amorosa y eróticamente, y que yo he hecho una con todas; por eso, incluso, a veces tus ojos, que no son de la misma cara, representen la heterocromía.
            No es así: tú te has llamado de muchas formas (Carmen, Luisa, Carolina, etcétera), pero eres única, y te recuerdo lo mismo en el jardín de la infancia, que cuando partí mi pastel de cumpleaños número 40. Y te he visto en las nubes y en el árbol de espinas, y en el frondoso nambimbo de cuando niño, y en los sueños…
            Pero tu más reciente encarnación me hace perder la paciencia y la esperanza, porque siento que no estás cuando estás, que no te vas cuando te vas, que has enredado tu existencia (cambiante, polimorfa, isótropa) a lo que yo llamo mi vida, que más parece una copia deforme de la tuya.
            Pero la existencia, me dice mi incesante pensamiento, es prueba de su extremo contrario: el deceso, la ausencia, la falta.
            El hotel sigue allí, ayer: tú no existes.


 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas 98. El ranchito. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 98

El ranchito

Por María Gabriela López Suárez

Amparo y Pedro regresaron a casa, ella había pasado a traerlo a la primaria como solía hacerlo después de salir de su trabajo. Se dio cuenta que iba callado, algo raro en el pequeño Pedro, le preguntó qué tal había estado su  día, dijo que bien. Sin embargo, Amparo sabía que algo sucedía y le preocupaba a su hijo. 

Al llegar a casa y comenzar a preparar la mesa para comer ella le comentó cómo le había ido en su trabajo y que se sentía muy contenta. Amparo, Pedro y Manuel, habían llegado a la ciudad pocos meses atrás, anteriormente vivían en una ranchería ubicada a tres horas de su actual lugar de residencia. Ahora Manuel trabajaba en un taller mecánico y como repartidor de productos farmacéuticos, cuando le era posible llegaba a comer con su familia. Amparo era recepcionista en una clínica médica, le gustaba su trabajo, además el horario le permitía estar tiempo con su hijo Pedro por las tardes.
 
Ese día Manuel avisó que no llegaría a comer. Mientras degustaban los alimentos Amparo dejó que Pedro externara su inquietud. En una de sus materias le habían dejado como tarea hacer una descripción de un lugar distinto a la ciudad dedonde vivía, sus compañeras y compañeros de grupo hablarían de otras ciudades que conocían e incluso de otros estados, pero él no tenía más conocimiento que la ranchería donde vivían antes y eso le daba tristeza.

Amparo escuchó con atención, le dijo a Pedro que no tenía por qué angustiarse ni entristecerse, él podría describir el lugar donde antes vivían y compartir sobre su familia. Le explicó que era importante reconocer su lugar de origen y no sentir vergüenza de su terruño, su color de piel, ni de su familia. Ellos eran gente sencilla, honesta y trabajadora.

Ella estaba casi segura que no todos en su grupo tenían la oportunidad de haber apreciado un amanecer rodeado de montañas, con el canto alegre de distintas aves cada mañana. Tampoco habrían tenido el gusto de escuchar caer la lluvia sobre las hojas de los árboles y ver cómo estos reverdecían con cada gota. Ni mucho menos tenían la experiencia de escuchar el silbido del viento susurrando, acompañado del coro de los grillos, el croar de las ranas y la iluminación de los cucayos en las noches de verano. Y entre los valiosos tesoros que tenían en su familia era haber aprendido a trabajar la tierra, comer los frutos del maíz, las tortillas que preparaban sus abuelitas, el atole que cocinaba la tía Lupe, los elotes que asaba el tío Martín y comer los frijoles cosechados por el abuelito Carlos.

La mirada de Pedro había cambiado, su rostro estaba lleno de asombro y ahora sonreía, le pidió a su mamá que le ayudara a hacer la tarea. Tenía ganas de empezar a escribir y contar cómo era el ranchito donde antes vivían.  Amparo aceptó ayudarle, le revisaría su texto cuando él terminara de escribirlo y se lo enseñarían a su papá. Mientras tanto invitó a Pedro a terminar de comer, antes que la sopa de verduras se enfriara.

Photo by Ayla Fazioli on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 98. Écfrasis. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 98

Écfrasis

Héctor Cortés Mandujano


Dice Renoir, citado en El impresionismo (Editorial Hermes, 1957), de Peter de Francia, con 24 reproducciones seleccionadas por Viktor Griessmaier (p. 5): “Una mañana estábamos pintando cuando uno de nosotros se quedó sin negro y empleó en su lugar el azul… El impresionismo había nacido”.
	El impresionismo no buscaba la fotografía perfecta, sino comunicar la impresión del pintor ante lo que miraba. No fue fácil al principio, porque (p. 7) “la imagen más bien resume que explica y la pintura tiene una cualidad que la hace parecer instintiva”. 
	La gente quería que la pintura fuera bonita, fiel al modelo, y por eso (p. 8) “el impresionismo señala el comienzo de una violenta aceleración del divorcio radical entre el público y el artista”.
	En la lámina 11, “Le Pont Neuf”, de Auguste Renoir, escribe el crítico: “Realistas en su temática, los impresionistas lo eran aún más en sus esfuerzos por transcribir ese elemento de la naturaleza que es el más realista y a la vez el menos expresable, el más fugaz: el espacio expresado en términos de atmósfera”.

Sobre el mismo tema leo-veo el libro de gran formato, con reproducciones en fino papel, en vivos colores, El salón de los impresionistas: Pissarro, Manet, Degas, Monet, Renoir, que forma parte de la colección Los grandes maestros de la pintura universal (Fabbri Editori, 1980), en donde cada selección de reproducciones (catorce de cada uno) es acompañada por una biografía y un ensayo.
	Cita Dario Durbe en su ensayo lo que Edouard Manet dijo luego de no ser comprendido como artista durante su accidentada vida (p. 35): “No me disgustaría poder leer finalmente, mientras aún vivo, el extraordinario artículo que me dedicarán apenas muera”.
	Claude Monet (“Pinto como canta el pájaro”), dice Alberto Martini, pintaba sin los detalles que requiere la mirada atenta y diferenciadora, puntillosa y clínica. Cézanne dijo de él (p. 104): “Monet solamente es un ojo, pero ¡mi Dios, qué ojo!”. Una anécdota define su interés (p. 107): “Cuando Renoir lo lleva al Louvre a estudiar a los maestros él prefiere mirar por la ventana y anotar sobre la tela las impresiones que la naturaleza suscita directamente sobre él” (el cuadro está en el libro, se llama Saint-Germain l’Auxerrois).  
	Pierre Auguste Renoir también se sentía muy atraído por la naturaleza. Dice Alberto Martini en su ensayo (p. 132) “Ante la elección de la representación de una flor o de una ‘idea’, Renoir no duda en elegir la primera”.
	Cita directamente a Renoir (p. 134): “A mí me gustan los cuadros que me provocan el deseo de pasearme dentro de ellos si representan paisajes, de acariciarlos si representan mujeres”.
	Lo dicho aquí, claro, es sólo écfrasis (“descripción precisa y detallada de un objeto artístico”, según la RAE); lo ideal será, lector, lectora, que mires los cuadros, que te metas a ellos, que los sientas y, si quieres, hagas tu propia écfrasis. Te abrazo.

 


Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Alejandro Nudding




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com