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Líneas de desnudo. 46. I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021: Intervención de Antonio Florido en la presentación de La lluvia en las hojas del platanar. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 46

I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021: Intervención de Antonio Florido en la presentación de La lluvia en las hojas del platanar
Por Manuel Pérez-Petit

De nuevo, con todos los permisos que corresponden, me permito hoy reproducir el texto de Antonio Florido en el evento de presentación de la novela La lluvia en las hojas del platanar, del autor chiapaneco radicado en Jalisco, México, Roger Octavio Gómez Espinosa, número dos de la colección Biblioteca Hispanoamericana Kolaval (BHK), que tuvo lugar el pasado sábado día 10 de abril en el marco del I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021.

La lluvia en las hojas del platanar

            Como dice Karen Armstrong, “La novela, como el mito, nos enseña a ver el mundo de un modo diferente; nos muestra cómo mirar en el interior de nuestro corazón y cómo ver el mundo desde una perspectiva que va más allá de nuestro propio interés”.
            La novela que presento, La lluvia en las hojas del platanar, comienza así, “La costumbre esa de buscar explicaciones te hacía suponer que soñabas…”.  
            Sólo una frase. Una frase que engancha sobremanera a cualquier lector que busca lo diferente, porque nos alerta de lo sutil y complejo de la actividad artística y, en general, de toda actividad creadora. Busca y sueño, el constante desasosiego del hombre reflexivo que toma por bandera de vida la duda, la constante duda.  
            Condenado a buscar el regreso, el ansia constante por la perdura, por conseguir la eternidad en un instante, como afirma Roger Octavio.
            Estamos ante una historia de amor, en un contexto duplicado, entre el cielo y la tierra, mirando a los santos y demonios, al sufrir de los hombres clavados en la tierra. 
            Heráclito Ñuca o Heráclito González. Juego del nombre de todos los nombres. Sulivana será la encargada de contarnos esta historia, por mandado del viejo, que terminó de hablar y así se lo encomendó. 
            Nuestro autor es conceptual, más místico que racionalista, y con su palabra llega a conclusiones que la lógica no puede alcanzar.   
            La terquedad de un hombre-tierra, Heráclito, que se impone la obligación de cultivar unas tierras yermas. Nos habla de su trabajo, siempre con el arado por delante, cueste lo que cueste. Nos sumerge, así, en el eterno mito de Sísifo, trabajando como el primero para conseguir los favores de don Anastasio. Busca el consentimiento de este hacendado para casarse con Alejandra, su hija, pero la vida es difícil y difícil se le van presentando las circunstancias, el rechazo, la diferencia de estatus sociales. 
            El autor nos coloca por delante el mundo mágico y mítico de santos y demonios, que hacen lo que hacen, a su manera. Relación de dos mundos para dar un sentido ontológico a una novela que va más allá de los usos actuales.
            El lector se podría preguntar: ¿Estoy leyendo a Rulfo? ¿A Onetti? ¿A Quiroga? ¿A Juan José Arreola? ¿A Márquez? Y no lo podría asimilar porque nuestro autor bebe de todos y de nadie, es singular en su manera expresiva. Salvaje con las palabras y tiempos, a los que domina de una forma realmente sorpresiva.
            Ponerle veladoras a los santos ayuda, al menos eso cree el imaginario colectivo donde se desarrolla esta historia atemporal. 
            Cobra una especial importancia el sueño, lo más inviolable que tiene lugar en el interior del ser humano. En los sueños los santos y demonios viven. Nos desvían el destino y las decisiones a su antojo, una lucha sin cartel entre unos y otros; sin embargo, sobre la tierra está erguido el personaje de la narración, muriendo y volviendo a la vida de una forma recurrente, el eterno retorno de Nietzsche.
            Ya el título de la novela, La lluvia en las hojas del platanar, es hermoso hasta el crujido, pero uno avanza por ella y la belleza de las palabras le sorprende a cada instante; los sonidos y la liturgia que anida en sus párrafos; la continuidad de la prosa con algunos revoques de flashbacks. Juega con los tiempos de manera magistral, pero uno no se pierde porque ya entró, ya es parte, como lector, de Santa Lucía, de doña Candelaria, de Alejandra. 
            Muerte y renacimiento construidos con los ladrillos de la magia de Roger Octavio, un maestro que comienza a brillar como se merece.
            El autor nos vuelve a sorprender con el uso de las tres voces. A veces narra en primera persona, otras en segunda o tercera, adaptando la voz apropiada a la necesidad de lo contado. Difícil trabajo de creación que le da más valor, aún, al texto.
            “No soportas la soledad…”, nos dice, en una agonía constante, en un susurro develado. Alejandra murió y se ahogó Heráclito, pero ¡qué importan estos hechos cuando sabemos, cuando sentimos en el pozo de nuestras inquietudes, que el hombre es todos los hombres del mundo, y que tras Heráclito vendrá otro nombre, otro hombre distinto, o quizás el mismo. 
            Nos habla del Heráclito niño, de su abuelo, encadenando las generaciones y formando un destino que sólo la mitología y las creencias podrían cambiar. 
            Inundaciones, sequías, desvelos y angustias…sueños, soñar que se vive o vivir soñando, el Uno en el Todo, como un huso acromático que busca el infinito.
            También encontramos en esta novela reminiscencias de La nostalgia de Dios, de Pieter van der Meer.
            “Se acomodó el sombrero y pudieron ver su rostro. Yo soy Heráclito González. Ya estoy de vuelta”, 
            Sulivana de Ñuca nos afirma más todavía en el deseo de conocer a ese tal Heráclito, y a su vida toda, a su esposa e hijos, a su suegro con los desaires y con el orgullo por el hombre al que nunca quiso conocer. Sulivana espera mientras Heráclito mata a Nacho Tacuache, la huida, el lloro por la desdicha de su destierro… 
            La narrativa de Roger Octavio abunda en misterios y magia, cuando un hombre que se ahoga vuelve a la orilla y más que se ahoga y todavía más que regresa. Sus hijos mayores oyeron hablar de su padre, el tal Heráclito, y le ven en pena y el padre llora por la suerte de sus propios, por la palidez de su Alejandra, a la que solamente puede ver en sueños.
            “Hace siete años que moriste. Estás muerto y Alejandra te ha olvidado”, confiesa el narrador de la historia. “Alejandra-Penélope sigue tejiendo la red hablando consigo misma”. Aunque las fuerzas de la naturaleza se desaten en bruscas tempestades, la esperanza siempre perdura en la esencia de esta maravillosa novela.
            “Vivir casi siempre vale la pena. Morir también…”. 
            Termina la historia con el mensaje bellísimo del amor inmenso entre Heráclito y Alejandra, con la grandeza del enorme grano de maíz, representando esas noches en que tus abuelos te cuentan historias y tú te las crees y luego tú mismo se las cuentas a tus hijos y así de manera indefinida pero eterna.
Roger Octavio nos ha escrito una historia maestra no sólo para leerla una vez y otra sino para gozarla como yo he tenido la fortuna de hacer.

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Antonio Florido Lozano es un escritor español.
 
   
 Flyer del evento de presentación de La lluvia en las hojas del platanar.
Fotografía:  Flyer del evento de presentación de la novela La lluvia en las hojas del platanar, de Roger Octavio Gómez Espinosa, en el marco del I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021

https://youtu.be/pw8eutcBaEg

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 45. I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021: Intervención de Alejandro Ramírez-Arballo en la presentación de Las canciones de Eve. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 45

I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021: Intervención de Alejandro Ramírez-Arballo en la presentación de Las canciones de Eve
Por Manuel Pérez-Petit

Con todos los permisos que corresponden, me permito hoy reproducir el texto de Alejandro Ramírez-Arballo en el evento de presentación del libro de poemas Las canciones de Eve, del autor de Sonora, México, Ramón I. Martínez, que tuvo lugar el pasado jueves día 8 de abril en el marco del I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021.

Poesía, geografía y territorio

            Buenos días o buenas tardes, según sea su uso horario, según sea el día y la hora en los que escuchen mi voz. Quiero empezar esta breve reflexión agradeciendo a Ramón por haberme invitado a presentar su libro y a Manuel Pérez Petit por publicar “Las canciones de Eve”, un libro que le he pedido a Ramón escribir por los últimos veinte años más o menos, y esto que digo no es una exageración. Él, aquí presente, no me dejará mentir. Siempre he creído que la poesía que escribe Ramón Martínez merece una mayor producción y continuidad; aprovecho, pues, este momento para volver a recordárselo. Mi deseo es que después de este libro vengan otros más. Espero también que Editorial Kolaval no lo deje ir y lo presione para que siga escribiendo y compartiendo sus versos con todos nosotros. 
            Yo a Ramón lo conozco desde 1996 aproximadamente y desde entonces y a pesar de la distancia hemos mantenido un contacto directo gracias a la bendita tecnología; por aquellos años él y yo y algún amigo nuestro más nos encontrábamos ebrios por el descubrimiento de la poesía; creo que lo vivíamos todo con cierta inocencia, con esa sencillez con la que los niños juegan imaginando mundos que no existirán jamás por fuera del universo de su imaginación. Desde entonces, pues, he admirado su obra brevísima, sobre todo porque me gusta pensar que guarda en algún sitio muchos poemas que aún no ha publicado y que tarde o temprano verán la luz para regocijo de todos. 
            Ramón es un poeta que ejerce la poesía y lo hace con pleno dominio de sus poderes. Es además un poeta bien interesante y les voy a explicar por qué. Se trata de uno de esos pocos seres, si me apuran diría elegidos por los dioses de la lírica, que escribe desde un convencimiento profundo y no desde un mero formalismo; Ramón no sirve a otro amo que no sea el propio verso sobre la página. Pero hay más, todavía hay más: estamos en presencia de un poeta que abraza la poesía como ejercicio de autoconocimiento crítico no exento de belleza. En mis tiempos de juventud recuerdo a muchos poetas, entre los que probablemente me encontraba yo mismo, que repetíamos “mantras” que a esas alturas (estoy hablando a principios y mediados de los años noventa) ya estaban muy superados: la poesía del lenguaje. Todos los poemas que escribíamos por entonces se ajustaban a este modelo metapoético muy propio del siglo XX y que en el contexto finisecular, como digo, ya era una antigualla, pero como éramos jóvenes, provincianos y muy ignorantes, al menos yo, pues insistíamos en ello porque nos parecía que era el camino a seguir. Ahora recuerdo estas cosas con cierto enternecimiento.
            Los años que representan siempre experiencia, hacen que nuestra lectura del mundo cambie, casi siempre de un modo inconsciente. De tal manera que los poetas se transforman con el paso de los años, se transfiguran, se vuelven siempre otros. Nada me parece tan sospechoso como esos poetas que pasan toda una vida escribiendo una y otra vez el mismo poema. Y es que sucede que la poesía es sobre todo testimonio, el más profundo testimonio de la realidad interior de los hombres. Sin que nos demos cuenta, al escribir un poema estamos convocando fuerzas que han permanecido durante mucho tiempo largamente ignoradas y que de pronto se manifiestan, se formalizan y saltan desde la página.
            Ustedes se estarán preguntando hacia dónde voy con todo esto. ¿Se habrá confundido Alejandro y pensará que está en una de sus clases? Pues no, no es eso. Esta referencia es necesaria para entender algo que sucede con Ramón y con su más reciente libro. Me refiero a que su poesía ha transitado desde la página a la vida. Ha seguido el camino que debe seguir toda obra que, como suele suceder con las obras que valen la pena, se nutra de los poderes del mundo, de la realidad humana que nos rodea. 
            Las canciones de Eve es un libro de amor, es una declaración de amor y es también y ante todo un libro donde florece la poesía. Decir lo que se ama es honrarlo, pero decirlo desde el furor poético es redimirlo del desgaste natural de los días, volverlo único, irrepetible, imperecedero. 
            Que nadie se deje engañar por el título de este libro. Lo poemas cantan a la amada, es verdad, pero también cantan siempre a algo más; es natural que así sea. Los poetas entienden quizá como nadie más que el amante desea que su amor lo toque todo, lo despierte todo, lo transfigure todo. No es casualidad que sea así, el amor nos muestra la unión profunda que subyace a todas las cosas. Amar es escuchar el diálogo callado que sostiene la materia con sus formas. El poeta, pues, escucha y transcribe. No resisto decir una obviedad: la poesía es el lenguaje del amor.   
            La pregunta que tenemos que hacernos ahora mismo y siguiendo la lógica de mi exposición es la siguiente: ¿qué otras cosas ama y canta el poeta en este libro? Bueno, la respuesta ya se ha señalado en el prólogo que he escrito para este libro. El territorio. La voz poética que atraviesa todos estos poemas es siempre evocadora, se demora en la descripción plástica del paisaje: “Al filo de la tarde, frente al mar contemplo su desierto ondulado donde el oleaje de las gaviotas rompe dulcemente”. Este motivo se repite una y otra vez. La geografía bruta se convierte, por efecto de la palabra poética, en territorio, es decir, pertenencia vital, querencia pura dadora de sentido. El cuerpo de la amada es territorio y la geografía del desierto sonorense, citado literalmente “mar de Guaymas”, se yergue sobre sí mismo, con sensualidad, y danza y canta y habla, y responde al llamado de quien lo nombra desde la nostalgia. 
            Hay un concepto propio de la geografía cultural que recuerdo ahora mismo: el biosímbolo. Es decir, se trata de aquellos lugares que adquieren un valor simbólico para un grupo humano, como los santuarios o sitios históricos, por ejemplo; pues bien, la poesía de Ramón está llena de estos biosímbolos que deben ser leídos en clave y que nos proporcionan una gran cantidad de información sobre la propia biografía del poeta. Esto parece confirmar una vieja idea que repito desde hace muchos años: el único género auténticamente biográfico es la poesía. Las canciones de Eve parece demostrarlo.
            A pesar de todo lo dicho, a pesar de haber hablado aquí de la evidente transformación de la poesía de Ramón, es menester señalar que hay elementos estilísticos y temáticos que permanecen, que vuelven reconocible el rostro de su autor. Me detengo en dos características esenciales, una de carácter estilístico y la otra de tema y tono. La primera de ellas es que la poesía de Ramón propende a la brevedad precisa de quien utiliza el adjetivo como un pincel que se utiliza no para el trazo grueso sino para el retoque; el mundo de las cosas, es decir, el mundo de la materia se vuelve visible y auténtico en los detalles mínimos, en las sutilezas del observador ensimismado, si me permiten el término, un tanto fenomenológicamente. La anatomía femenina y la geografía pactan bajo la mirada de una voz poética que observa la realidad con el arrobo natural del que se deleita en la contemplación. Este carácter de embelesamiento me lleva al segundo punto: Ramón es un poeta místico en el sentido más amplio del término, en el sentido más noble, me atrevo a decir. La mística aquí es la sensualidad de un pacto vital con la vida; el místico busca siempre puntos de encuentro, de analogía, para decirlo en términos tomistas, que nos revelen la red de relaciones de sentido subyacente a lo que se nos muestra a los sentidos como algo dispar. El místico recupera esa vinculación última que comprueba que la vida no es caos sino terso flujo de acontecimientos. Comprende la verdad, la vive y la encarna; frente a ella no puede sino balbucear algo, ese no saber que es luz definitiva, como dijera San Juan de la Cruz.
            Me es fácil no pensar en este poemario como en una liturgia que acompasa ese tiempo sin tiempo de la conciencia poética. Eve y Ramón, como la pareja primordial, inauguran un tiempo sucesivo y un mundo mortal en el que todos somos peregrinos. No es casualidad que Ramón recupere elementos propios de la tradición veterotestamentaria: el exilio, la ceniza, el desierto y el árbol.
            Podemos decir, pues, según me lo parece, que Ramón ha sido sobre todo un poeta prudente. Ha sido capaz de escribir lo necesario, esperar, vivir, comprender hondamente su oficio. Su poesía es ahora mismo una poesía decantada que, como los ríos, vuelve siempre a su origen: la vida. Estos poemas han de leerse con gozo, con la dicha dolorosa de sabernos vivos para la muerte, es verdad, pero vivos, radicalmente vivos para que el amor opere en nosotros todos sus misterios. Poesía de profunda reconciliación, poesía que es al mismo tiempo un canto y una plegaria, una búsqueda apasionada de la comunión.

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Alejandro Ramírez-Arballo es profesor de cultura y literatura latinoamericanas en la Pennsylvania State University, poeta y escritor mexicano.
 
   
 Flyer del evento de presentación de Las canciones de Eve.
Fotografía:  Flyer del evento de presentación del libro de poemas Las canciones de Eve, de Ramón I. Martínez, en el marco del I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021

https://youtu.be/3xStYwAHZYU

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 44. I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 44

I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021
Por Manuel Pérez-Petit

Con el debido permiso de mi querido editor en Letras ideaYvoz, Roger Octavio Gómez Espniosa, usaré por una temporada mi Líneas de desnudo para dar noticia del I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021: 
Del martes día 6 de abril al domingo 20 de junio de 2021:
44 eventos en vivo, más una sesión inaugural y una sesión de clausura.
75 participantes de 10 nacionalidades: Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, España, Estados Unidos, Guatemala, México, Nicaragua y Perú, para 166 intervenciones.
19 mesas de debate:
            ● Actualidad de la literatura.
            ● El sujeto en la lengua y la literatura de los pueblos originarios.
            ● Actualidad de las editoriales alternativas.
            ● Literatura escri:a por mujeres.
            ● Promoción de la lectura.
            ● Mitos, fantasía y literatura.
            ● La muerte y la literatura.
            ● La nueva literatura.
            ● Ciencias ocultas, terror y literatura.
            ● Ideas sobre la narrativa actual.
            ● Cine y literatura.
            ● Música y literatura.
            ● Literatura infantil y juvenil.
            ● Historia, ciencia y literatura.
            ● Nuevos caminos de la edición de libros.
            ● Periodismo y literatura.
            ● De los monstruos clásicos a los del espacio.
            ● Los géneros en la literatura.
            ● La distopía.
11 presentaciones de libros y proyectos:
            ● Las canciones de Eve, de Ramón I. Martínez (Méx). Poesía.
            ● La lluvia en las hojas del platanar, de Roger Octavio Gómez Espinosa (Méx). Novela.
            ● Los bordes del Paraíso, de Karina Barrionuevo (Arg). Poesía.
            ● Espíritu jaguar / Xch’ulel Balam / Vivir como fuego / Kuxinel bit’il k’ajk’, de Antonio Guzmán Gómez (Méx). Poesía en edición blingüe tseltal–español.
            ● El aroma agridulce del pasado, de Reyna Hinojosa Villalva (Méx). Miscelánea de prosa y verso.
            ● La tierra de Drácula, de Alberto Zuckermann (Méx). Novela-crónica.
            ● Quién vendrá a mi entierro, de Antonio Florido (Esp). Novela.
            ● Ciclo narrativo El año de las tormentas, de Manuel Pérez-Petit (Esp). Tetralogía. Novela y poesía.
            ● La cuarta Brontë, de Eve Gil (Méx). Novela.
            ● Vida y hechos del Ingenioso Cavallero Don Quixote de la Mancha, compuesta por Miguel de Cervantes Saavedra. Parte Primera/Parte segunda (Lisboa, à custa de los hermanos du Beux, Lagier y Socios, Mercaderos de Libros, 1775). Edición en cinco tomos: dos facsimilares, uno de estudio crítico y dos de la transcripción de la edición original.
            ● Mapa de la historia, de Álvaro Ybarra Osborne (Esp). Mapamundi histórico.
6 conferencias:
            ● La noche de Walpurgis: brujas, aquelarres y otras perspectivas desde el cine y la literatura, por David Hidalgo (Esp).
            ● Memorias de una hija de un preso político del México de los setenta, por Melba Gutiérrez (Méx).
            ● Alguien tiene que hacer la revolución: hacia una nueva poética en la dramaturgia contemporánea del tercer milenio, por Brenda Mitchelle (Méx/Esp).
            ● Mitos, literatura y misoginia, por Elsa D. Solórzano (Méx).
            ● Actualización de los libros de caballerías, por Aurelio Vargas Díaz-Toledo (Esp).
            ● ¿Existe la literatura afroamericana en español?, por Delia Mc Donald Wollery (Crc).
5 mesas de lectura.
3 eventos especiales:
            ● Encuentro con el autor: Francisco Alejandro Méndez (Gua), premio nacional de literatura de Guatemala. Evento en colaboración con Ediciones Periféricas.
            ● Lectura de los Premios Guanajuato 2020: Rodrigo Díaz (Méx) y Pablo Berthely (Méx). Evento en colaboración con Ediciones Periféricas y Ediciones La Rana del estado de Guanajuato, México.
            ● Homenaje a Esther Calvillo Nieto (1926-2016), autora y pionera de la radiodifusión mexicana.

Cerca de tres mil minutos de emisión en vivo. La puesta de largo de Kolaval ante el mundo. Un logro de todos. A través del canal YouTube de Kolaval: https://www.youtube.com/channel/UCJqzvlw6ISzHDo5daGp_f8g/

#KolavalporHispanoamerica #CicloPrimaveraOtoñoKolaval2021

Y lo podemos hacer gracias a la impagable colaboración de Besarilia, Industria Cultural Creativa.

            ¿La motivación?: A un año de su fundación, Kolaval se plantea dar pasos para crear una gran plataforma de debate en torno al ámbito del idioma español, al que consideramos un idioma americano de origen ibérico, por lo que lo hacemos desde la consciencia de una patria común hispanoamericana en la palabra. 
            Bueno, ¿y qué es Kolaval?
            Kolaval es una plataforma de formación, difusión y compromiso social y comunitario, una agencia literaria y una editorial con compromiso cultural y social de ámbito hispanoamericano, que nace desde Sevilla, España, para cumplir sueños en español y en todas las lenguas americanas.
            La matriz del proyecto es la compañía española 'Kolaval por Hispanoamérica, la cultura y los valores, S.C.’, que tiene entre sus objetivos establecer alianzas con personas y organizaciones con la idea de crear red sumando voluntades y compromisos para llevar autores y obras más lejos de lo que nunca nos hubiéramos planteado desde el ámbito editorial alternativo o independiente.
            En la actualidad, estamos en México y España y trabajando en nuestra implantación en otros países.
           'Kolaval' es una palabra tsotsil, lengua derivada del maya que se habla en el sureste de México, en Chiapas, cuya traducción al español es 'gracias'. Y ése es el espíritu fundacional y el principal impulso que nos motiva: la gratitud.
            Agencia Literaria Kolaval
            Como agencia literaria, nuestra principal actividad, representamos obras literarias y autores, así como la compra-venta y mediación en el sector cultural internacional en materia de derechos editoriales. 
            Ediciones de la Agencia Literaria Kolaval
            Ediciones de la Agencia Literaria Kolaval cuenta con un catálogo compuesto por una combinatoria de autores y obras de primera fila y alternativos, reunidos en tres colecciones a publicar, producir, distribuir y promocionar en todos los países de implantación, además de apostar por coediciones con instituciones públicas y privadas, así como con otras editoriales.
            Plataforma cultural, social y comunitaria 
            Como plataforma de formación, difusión y compromiso social y comunitario, Kolaval pone a disposición, a través del Laboratorio creativo de Kolaval y otros medios y causas, que cuentan con la colaboración de profesionales acreditados en más de media docena de países, cursos, talleres, seminarios, conferencias y encuentros profesionales presenciales o no, medios propios de comunicación con fines divulgativos de la cultura y las artes, especialmente las literarias, y formación y capacitación de profesionales y cuadros técnicos de entidades públicas y privadas en materias culturales, sociales, humanísticas, filosóficas, organizacionales, lingüísticas, editoriales, artísticas y literarias, así como con la voluntad de convertirse en medio y plataforma para la colaboración entre proyectos culturales, editoriales y educativos de la sociedad civil, con participación activa y promoción efectiva de proyectos de desarrollo comunitario enfocados a la divulgación de la cultura, la convivencia y la paz.
            Lo que diferencia a Kolaval de otros proyectos es que nace sin capitalización y como fruto de la suma de numerosas voluntades en todos nuestros territorios, a fin de cumplir entre todos todos nuestros sueños y anhelos comunes.
            
I ciclo primavera-otoño de Kolaval 2021
Fotografía:  Cartel oficial del I ciclo primavera-otoño de Kolaval, realizado por la diseñadora española Eva Cellalbo.

https://youtu.be/3xStYwAHZYU

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 43. El nuevo ser humano. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 43

El nuevo ser humano
Por Manuel Pérez-Petit

El cronista se pregunta en tanto observa –que es su principal actividad–. Eso forma parte de su ser y estar en esto de vivir. Ya sabe –por haberse ido enterando– que la experiencia y la diferencia se hallan en todas partes, que andan por caminos que van de lo universal a lo concreto o viceversa, que sin su presencia real y efectiva en medio del mundo, en el mismo mundo, frente al mundo, contra el mundo, o en cualquiera de las maneras imaginables e/y/o inimaginables que puedan existir, todo sería otra cosa, no lo que se conoce. Y así la existencia es una interminable lista de preguntas, sucesivas o paralelas, que, a veces, no tienen respuesta pero que siempre determinan lo que habrá de hallarse, más allá de los calendarios, en los territorios para los que aún no se han fabricado los relojes precisos.
            En este camino, a veces –sólo a veces– se llega a lo que de común, entrañable y permanente tenemos todos –sin excepción, querámoslo o no, y está sin escribir, y puede que sin descubrir el por qué de esto– los seres humanos, la experiencia y la diferencia se transforman en humus y como lluvia impregnan nuestros propios devenires. Pero no tendríamos por qué celebrarlo como un triunfo de nosotros mismos, sobre todo porque no se sabe dónde está la clave de tanta magia.
            La capacidad de observar es en exclusiva humana: se observa lo que se puede, en la misma medida en que no siempre que se mira se ve. La clarividencia –aquella virtud que proviene de ver, no de mirar, mediante la cual cualquier ser humano podría ir más allá de las cosas que le rodean y extraer verdades que no existen al alcance de los ojos– es una posible –solo posible– consecuencia de la capacidad de observación que cada uno posea, y se posee en función de cuánto se cultiva. En ello es probable que se encuentre la clave del logro: en la mirada. Como en Rembrandt o como en Rilke, el artista ve y mira y observa y saca sus propias conclusiones y da en la diana –o lo intenta– haciendo cosas que no existen pero que por su propia naturaleza existen más aún que cualquiera de las cosas ya conocidas de antemano. 
            Muchos están ahí, bebiendo de las mismas fuentes y emergiendo del mismo modo, aunque con idiosincrasias propias que, siendo de la misma naturaleza, son diversas entre sí. Parece que no existieran, que nunca hubieran estado, pero de sus manos nace auténtico fuego, y el fuego –como bien se sabe– es uno de los elementos básicos y claves de la vida. Son sugestivos y sorprendentes en su ser y estar, porque en esto de vivir cada uno su propia vida, como si llevaran una armadura y a la vez estuvieran en carne viva –a veces, parecen fríos y hasta quizá, en algunas ocasiones, frívolos, pero en nada son nada de esto–, poseen una clave propia: se rebelan, viven, escudriñan, descomponen, encuentran, crean y pasan por encima hasta del mismo universo, haciéndose poseedores de muchas claves, de aquello que hace de la propia existencia algo “diferente”. Parece que no existieran pero están. Nadie que los viera por la calle diría: “Ahí va un artista”. No tienen pose. Están más por dentro que por fuera. Son, lo cual ya es noticia. Tienen la capacidad de hacer inmutables las cosas. Han descubierto la clave que sobrevivirá al hombre y al mundo: aunque no sean conscientes de ello, tienen la cabeza llena en realidad de algoritmos matemáticos y afectos perdurables. 
            Estos nuevos artistas son así. Indagan en códigos, opiniones, sensaciones y pócimas, y hallan claves y desentrañan en su tarea no pocos hallazgos y cuestiones. No en vano, van y hablan de asuntos que son más que simples, y sentencian con clarividencia que todo ello distorsiona la realidad, desvelando la clave de su motor esencial de búsqueda.
            Pueden resultar inverosímiles pero son reales. Tienen la capacidad de llegar al logro, lo cual hoy ya no está al alcance de cualquiera. Y esta capacidad, que es hija directa de la observación, se traduce en una sencillez de formas y silencios en todo compatible con la complejidad de sus acciones, que aunque no es inaudita –pues nadie crea de la nada– tiene la virtud en ellos de hacerse cosa, objeto, llave, trascendencia impregnada de la inmanencia de lo que de común, nuevo y antiguo y entrañable tenemos todos. 
            El nuevo artista, lejos de ser ególatra, de este modo, es el paradigma del ser humano, pues todos los seres humanos están llamados a ser nuevos y, por tanto, artistas. En eso, nada es nuevo.
©M. P.-P., 2009.
Fotografía:  "Visión del arte". © M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 42. Sevilla. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 42

Sevilla
Por Manuel Pérez-Petit

Sevilla, mi ciudad natal, no es demasiado conocida en el mundo, pese a lo que piensan los sevillanos, mis coterráneos. Y desde luego que no lo es si nos atenemos a la historia de la ciudad. Empieza siendo interesante por su lema: NO8DO, siendo el ocho una madeja de lana; un jeroglífico atribuido a Alfonso X el Sabio y que la leyenda justifica por la lealtad de la ciudad al rey en su guerra contra su hijo Sancho en el siglo XIII.
            Sevilla tiene un origen controversial, pero al margen de que la fundaran fenicios o tartesios, su nombre original fue Hisbaal, alusivo a Baal, dios de la lluvia, el trueno y la fertilidad. Siglos después, y siempre según la leyenda, Julio César fundó en su lugar la colonia Iulia Romula Hispalis. A mediados del siglo I a. C., la ciudad contaba con muralla,  foro y un puerto mercantil con una importante actividad.El cristianismo llegó a la ciudad en el siglo III, registrándose ya por entonces los primeros mártires por negarse a adorar a los dioses paganos. En los tiempos de los visigodos Sevilla ya era una ciudad importante, y como tal fue tomada en 711 por los musulmanes. En 844 y 859 fue saqueada por sendas expediciones vikingas. Fue capital del reino de taifa de Sevilla y llegó a ser capital de la Al-Andalus almohade, siempre conquistada y recuperada para la cristiandad –lo cual es engañoso, pues cristianos no dejó de haber nunca, siendo como eran los mulsumanes, al menos los de la península ibérica, de los pueblos más tolerantes que ha conocido la historia– en 1248 por Fernando III, padre de Alfonso X.
            Sevilla tiene el único puerto fluvial de España: el río Guadalquivir –llamado Betis por los romanos; bonito nombre, por cierto– es navegable por un centenar de kilómetros tierra adentro hasta la propia capital hispalense. El 3 de abril de 1502, Cristóbal Colón inició su cuarto y último viaje a América desde Sevilla. El 10 de agosto de 1519 partió de Sevilla la expedición que, al mando del portugués Fernando de Magallanes, primero, y del vasco Juan Sebastián Elcano, después realizó la primera circunnavegación de la Tierra, financiada por la Corona española y culminada con éxito el 27 de abril de 1521, cuando la nao Victoria, único barco superviviente de la expedición de cinco naves inicial, retornó al puerto de Sevilla. Ya por entonces –bueno, desde los Reyes Católicos–, Sevilla tenía la exclusiva del comercio de las provincias de ultramar de la Corona española –al principio, Imperio español–, que se monopolizaron desde 1598 desde la Casa de la Contratación, en cuyo edificio se encuentra desde 1785 el Archivo de Indias, el mayor y más importante archivo mundial de tema americano. Durante el siglo XVI, la ciudad alcanzó un gran desarrollo, entrando el XVII en una decadencia económica de la que no se recuperó nunca, pero también en un auge artístico sin comparación posible. En la cárcel de Sevilla, Cervantes comenzó a escribir el Quijote. Son sevillanos y coetáneos Velázquez y Murillo, por ejemplo, de fama universal, y gran parte del siglo de oro español –siglos XVI y XVII– tiene a Sevilla como escenario protagonista. En Sevilla nació y vivió Miguel Mañana, a quien durante siglos se confundió con el personaje inspirador de “El burlador de Sevilla o convidado de piedra”, de Tirso de Molina: Don Juan Tenorio. Hay más de ciento cincuenta óperas ambientadas en Sevilla, estando entre las más conocidas y trascendentes “Las bodas de Fígaro”, “El barbero de Sevilla” o “Carmen”, y esto sin decir que el mito de Don Juan, el más dúctil y universal de los mitos de Occidente tiene su origen, en efecto, en Sevilla. 
            Sevilla cuenta, como es natural, con monumentos que no tienen la fama universal que debieran. Me voy por los más importantes. El Alcázar es palacio real de manera ininterrumpida desde el año 720 y hasta la actualidad y no tiene nada que envidiarle a la Alhambra de Granada. El famoso –esto sí– barrio de Santa Cruz está enclavado en los arrabales del Alcázar, donde vivían los trabajadores del palacio. Fue muy populoso, al punto que Santa Teresa de Jesús decidió fundar en una de sus calles un convento. La catedral es el templo gótico de mayor extensión de planta del mundo. La auténtica sepultura de Cristóbal Colón se encuentra en su interior. Su campanario, la Giralda, de cerca de 107 metros de altura, fue comenzado a construir en 1184 y rematado en 1568. No hagan turismo, que es una ordinariez. A Sevilla hay que ir a pasear. Desde 1612, el famoso Ducado de Alba tiene una de sus casas emblemáticas en Sevilla, el palacio de las Dueñas, en que en 1875 nació Antonio Machado, y al que se refirió el poeta en su poema “Retrato” con aquello de “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,/ y un huerto claro donde madura el limonero”, incluido en “Campos de Castilla (1912). En 1917, el poeta Fernando Villalón, antecedente y amigo de los integrantes de la generación llamada del 27, época de plata de la poesía española, escribió: “El mundo se divide en dos: Sevilla y Cádiz”, y la propia generación del 27 se constituyó –si puede decirse así– en el Ateneo de Sevilla. 
            Sevilla es ciudad de tradiciones no centenarias sino casi milenarias. El mejor ejemplo de ello es el de las hermandades. ¿Quién no ha oído hablar alguna vez de las cofradías de Sevilla o ha visto procesiones, aunque sea por televisión? Un día hablaré de las hermandades de Sevilla, que son el principal sostén de que se conserven en esta ciudad oficios y artesanías que si no fuera por ellas habrían desaparecido, como la tradiciones del bordado, la platería, la imaginería… Pero también lo son de las tradiciones más antiguas de la ciudad. Sin ir más lejos, de la Semana Santa. Hoy es Viernes Santo, el único día del año en que no se celebra el sacramento de la Eucaristía. Y el Viernes Santo es un día capital para la capital hispalense, entre el olor a azahar de los naranjos en flor –Sevilla es el mayor productor de naranja agria del mundo solo por los naranjos que llenan sus calles–, sino también por el del incienso, las velas, la fe…
            Sevilla guarda muchos secretos vedados al turista convencional. Uno de ellos es el barrio de mi infancia, el de San Lorenzo, de dónde era y en donde elucubró sus oscuras golondrinas Gustavo Adolfo Bécquer. El barrio de San Lorenzo es el barrio cofradiero y secreto por antonomasia de Sevilla, aquel en que se cumplen como en ninguno las condiciones de la sevillanía, esas que hace atreverse a cualquier cosa, tal y como le pasó, por ejemplo, a Rodrigo Caro, hombre puro de su tiempo, el siglo XVII, quien escribió un libro titulado "Tratado de los nombres y sitios de los vientos", aún sin tener ninguna formación meteorológica ni física, ya que él mismo sin pudor decía: "No he profesado matemáticas ni navegado en mi vida, más que de Sevilla a Triana". Sobre San Lorenzo se han escrito muchas más cosas de las que parece y se han elucubrado muchas leyendas e historias plenas de humedad, de pura antigüedad y de solera, pero el barrio es, ante todo, presente exacto, tiempo perfecto y hora en punto en que la vida camina a su aire haciendo de las suyas. Y pese a que yo tengo el privilegio de ser de allí, muy de allí, no puedo resistirme a decir que no puede haber más exacto ejemplo que mi barrio de lo que es Sevilla. 
            Sevilla en realidad es una ciudad americana. Por ello es que en América vivo y me hallo como en casa.
 Bandera de Sevilla
Fotografía:  Bandera de la ciudad de Sevilla, en Sevilla (España). Bandera rectangular en la proporción 2/3, de color rojo carmesí, con la lema NO8DO en oro en el centro: NO(madeja)DO=NO(me ha deja)DO=no me ha dejado.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 41. ¿De dónde vengo? Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 41

¿De dónde vengo?
Por Manuel Pérez-Petit

Si la consciencia del yo es la condición del ser humano, que conjuga en sí mismo identificación y acción, pues se identifica y ubica en el universo por una combinación de signos que pertenecen a un código fruto de una convención universal que se llama “nombre”, y por lo que hace y desarrolla en forma de actividad y disciplina, fruto o no ésta de la voluntad, la memoria es la genética del individuo.
            Así, estableciendo un paralelismo entre el individuo y la obra de arte, y conviniendo que ésta es una unidad de ser y de sentido, en la persona el ser sería su biología y el sentido su yo, yo que es identificación y acción y se forma con la memoria, el garante de la individualidad, de la identidad, aquello que da redondez, unidad, ser, sentido y diferencia.
            La memoria, a su vez, se conforma de varios elementos, entre los que tienen especial relevancia aun no siendo esenciales a ella los recuerdos y los olvidos. Tanto los unos, los recuerdos, como los otros, los olvidos, determinan a cada persona, y aunque no la definen, no podría existir memoria si no existieran. Son necesarios para ser individuo. Recuerdos y olvidos a veces llegan en aluvión, y por lo general esto suele ocurrir cuando “algo” ocurre. Por ejemplo, un encuentro da lugar a una tormenta interior que conduce a la reconstrucción –“fatal” por inevitable– de unos hechos de hace más o menos tiempo que fueron mucho más determinantes de lo que uno hubiera imaginado. Ese “algo”, por su naturaleza, es innecesario, pues se podría vivir con una plenitud razonable sin que ello ocurriera. Pero a diferente escala ocurre y no pocas veces que no solo determina la importancia de los hechos que se recuperan sino la dimensión y trascendencia de los mismos, en un esfuerzo fabuloso e involuntario en que uno se ve sometido a fuerzas sobre las cuales tiene apenas capacidad de control. 
            La memoria también puede ejercitarse como disciplina. En ocasiones preocupa olvidar ciertas experiencias, al margen de que sean esenciales o no, y para ello nada mejor que escribirlas lo antes posible, aunque ahora los avances tecnológicos permiten el registro de los acontecimientos de múltiples formas con garantías de perdurabilidad, e incluso en simultáneo a la propia realidad. Luego estará en el criterio de cada cual organizar, clasificar, priorizar y tabular dichos registros, a fin de que queden para uno con el sentido que quiera otorgarles: desde la simple archivística –incluso como sublimación de la egolatría– al ejercicio del autoconocimiento. También, cómo no, está la mentira, tentadora posibilidad de autoinventarse y, en consecuencia, alejarse del yo. Y allá cada cual con los potajes que quiera tragarse. 
            A la tarea de la consciencia del yo se está abocado de manera indefectible –incluso desde la más inocente y original inconsciencia–. El objetivo de ser se alcanza en mayor o menor medida según cada caso, y depende de ello. Todo ser humano es por su naturaleza creativo, e incluso puede afirmarse que no hay un ser humano que no haya realizado alguna vez en su vida algún acto de genuina creación, por leve o minúsculo que éste sea. Entendida de forma genérica, la convención, sistema de sistemas por el cual se establece la autoimposición pactada de lo que es común y aceptable por todos con la finalidad de entenderse en ciertas cuestiones consideradas como elementales, designa también a ese tipo de actividades que se consideran “arte”.
            El arte está hecho por los artistas, de tal modo que no puede darse si no existieran éstos. Las actividades artísticas son oficios que se adquieren con esfuerzo y disciplina, en una búsqueda inevitable que en no pocas ocasiones dan en “hallazgos” capaces de completar y hacer más pleno el universo conocido. En el ejercicio que los artistas realizan de sus respectivos oficios artísticos se generan las obras de arte, que tienen en común su inutilidad práctica –la obra de arte es contra natura, y dotar de ser y de sentido a cosas que no existen pero que se generan de lo existente es un ejercicio incluso esquizo y autodestructivo, por más que agrande y complete el mundo–, pero que se hacen necesarias, y no solo por el gozo que generan sino también como aporte eficaz a la estructura de pensamiento. 
            Aunque a veces se tiene lugar la tentación no se puede ser artista sin ser persona, de igual modo que no se puede ser persona si no se afronta el hecho de vivir con la humildad necesaria que genera darse cuenta de lo poco que es uno ante el hecho de ser. De la tarea que supone, de los peligros que conlleva. Los escritores están encuadrados en esta categoría de los artistas. Yo soy escritor, y puedo decir que lejos de ser un motivo de vanagloria, ser escritor es para mí una maldición y una condena, una inmensa putada –si me permiten–, pero también una decisión personal y un ejercicio y una disciplina fruto de la voluntad, por lo cual reconozco que es culpa mía. 
            Todo arte deviene de la memoria. No existen obras de arte, y las literarias lo son, si no hay vida vivida, y la condición de necesidad de ésta es la consciencia del yo, incluso aunque se sepa que el yo está para encontrarlo y una vez encontrado desprenderse de él. En mi caso, que soy artista, y antes de ello –por de perogrullo que parezca hay que indicarlo, pues en muchos casos observados no parece que exista dicha condición– persona, ejercitar mi oficio y, sobre todo, la memoria, me permite al menos saber quién soy y de dónde vengo. 
            Tanto si escribo un libro de aventuras, un poema épico o una historia en que hable de mí mismo hablo sin remedio de mí, impúdico, algo que no me gusta nada pero que tengo cierta habilidad en disimular, que es consecuencia del oficio. No soy yo quien debe determinar la relevancia o irrelevancia de mi vida –al fin y al cabo tengo fe y mi vida tiene sentido de cualquier modo–, y sin embargo sí sé que mi obra no es irrelevante, incluso aunque hable de mí –como por otra parte no hay otro remedio–, y digo esto, parafraseando a Rilke, con humilde y callada sinceridad.
            Y así al menos soy, estoy, vengo y voy, pero esto no me consuela porque ahora debo pensar a dónde voy.
 Universidad de Navarra, 1988. (Foto: Manuel Castells)
Fotografía:  Recital de poesía y guitarra en un aula del edificio Central de la Universidad de Navarra, España, celebrado en 1988, acompañado por Julio Pinel, Ángel Alcalá y César González Cajete. Foto: Manuel Castells.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 40. ¿Quién soy? Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 40

¿Quién soy?
Por Manuel Pérez-Petit

En mi más tierna infancia –y tuve una niñez llena de felicidad– escribía cuentos y hasta hacía “libros” en cuadernos, recortando revistas y pegándolas ahí con mis comentarios. Eran “publicaciones” de variedades, misceláneas, y de ejemplar único, que aún conservo, junto a mi madre, allá, en Sevilla. Puedo recordarme con mis tijeras escolares, mi pegamento Imedio, mis lápices y rotuladores, sentado en el suelo o sobre mi cama…, pero no puedo decir cuándo comencé a escribir.
            Me asombro cuando escucho que alguien puede precisar la fecha de lo primero que escribió, pues para mí sería imposible hacerlo. Sin embargo, sí tengo la conciencia de que escribir y, de algún modo primario, editar, nacieron en mí de la mano y en un tiempo tan pretérito que puedo decir que lo he hecho siempre. Yo escribía, y a la vez hacía publicaciones, aunque no con lo que escribía, pues mis “libros” no contenían nunca mis propios textos...
            Puedo hablar de mí, aunque es mi tema menos preferido y soy lo menos autorreferencial que yo conozco, pero de manera recurrente con los años me he preguntado: ¿Quién soy? ¿Cómo puedo reconocerme, identificarme, señalarme y, en consecuencia, comenzar la vida, yo diría que virtuosa, de quitarme importancia, de ponerme en mi sitio, de bajarle tres rayitas a cualquier yo que pueda imponerse en mí? 
            Ayer en el grupo privado de autores de Kolaval se estableció un debate acerca de la fama y la gloria. Todo empezó con un comentario de mi amable editor, Roger Octavio Espinosa, quien, a colación de mi Líneas de desnudo 38 (“Dudas sobre el libro”), publicado el pasado viernes, día 29, comentó: “Por si las dudas, ya compré mi pluma de ganso y estoy en busca de tinteros…” Y lo que podría haberse ahí desató un cierto debate, del que en parte me considero culpable, pues mi respuesta fue: “Deberíamos volver al papel de trapo, para tener la humildad de saber que lo que escribamos apenas tendrá setenta u ochenta años de vida…” Walter Schaefer, autor de Ciudad Juárez, Chihuahua, México, intervino pocos minutos después, argumentando que por más olvidado que esté un libro “cuando alguien lo toma y desempolva el autor vuelve a vivir”, y mi respuesta fue inmediata: “Yo es que creo mucho más en la obra que en el autor”. Enseguida, Walter, en tono jocoso, saltó: “Yo en ambas…, y luego está nuestra fama, jajaja”. Roger Octavio regresó enseguida al tono más serio en relación a mi comentario de que creo más en la obra: “Totalmente de acuerdo. ¿Quién fue el autor de las pinturas rupestres de Altamira? No importa, la obra está ahí…”, pero ya me había enfrascado: “A mí la fama me parece un fuego fatuo. Las dos grandes bibliotecas de la humanidad, las de Alejandría y Pérgamo, desaparecieron en sendos incendios y no pasó nada. Hoy conocemos la obra de Aristóteles por copias. En el fondo no sabemos si lo que escribió Aristóteles es lo que podemos leer de su autoría”. Walter, siempre divertido y provocador, nos amenazó con bloquearnos, a lo que yo le contesté que al final “todos calvos”. “Yo la fama la verdad es que la regalo. Me da una güeva…”, dije, y apostillé: “Y un sueño dorado para mí es que todas las obras de arte sean anónimas”. 
            El debate prosiguió, interviniendo varios autores –Reina Castro –poeta de mucho más allá de la frontera en que vive–, Gabriel Vega Real –narrador que levanta en su pluma un ser de corazón grande y aliento armonioso–, Ladislao Melchor, Elsa D. Solórzano –norteña mexicana en el sur, con lo mejor de ambos mundos, comprometida como pocos que yo conozca–, todos mexicanos, por cierto, y del norte al sur del país–, y por cada vez más derroteros…, y fue precisamente Ladislao, autor de extraordinarias novelas históricas que van mucho más allá del género, quien remató el debate: “Pienso en que hay razón al renunciar a la llamada 'fama'. Los 'freeways' de EEUU tienen una peculiaridad que a mi me impresionó. Resulta que en esas 'súper-avenidas' tiene 'prioridad de paso' el que ingresa, NO el que va dentro (cómo en México en su "anillo periférico"). Esa peculiaridad hace que se privilegie la 'entrada', no la 'conservación' del grupo ya establecido. ¿Podríamos mencionar 'I'am the walrus' sin decir Lennon y McCartney? Me parecería innoble no darles crédito, pero, ¿no por la misma ambición de tener fama ahora tenemos que soportar la misoginia disfrazada del reggaeton? Sí, quizá si el arte fuera anónimo, sería menos voluntarioso”.
            Pero vuelvo a mi pregunta inicial: ¿Quién soy? Periodista, escritor, editor… respuestas sencillas que, en realidad, no lo son, y, en todo caso, están en un plano simple, pues si lo pienso bien no soy ninguna de esas cosas. Antes que nada soy un ser humano que no eligió vivir y ni siquiera en este momento, que se encontró con ser sin más, que vive en la creencia de que uno debe buscar su “yo” para, una vez encontrado, comenzar la tarea de desprenderse de él. El yo da tantos problemas como la nada. Es poco práctico y menos inteligente todavía, es más defecto que virtud. Lo digo muchas veces. Soy enemigo de la nada y en aras de vivir una vida tranquila –lo cual es mi mayor deseo, que cumpliré, no sin antes cumplir por mi conciencia y honor con mis asuntos–, el poco o mucho talento que tengo me lo quitaría de encima, lo donaría... Y en donación lo doy de todos modos, en lo que escribo y hago, porque no me queda más remedio y porque así lo dicta mi decisión, sin mezquindades y con las limitaciones de las que intento –en muchas ocasiones de manera infructuosa– hacer virtud. No puedo entender la vanagloria de quien por escribir unas líneas necesita darse mayor postín ni la creación artística basada en la egolatría. No se puede ser artista en mi opinión sin ser donante. Y no se puede ser donante si no se tiene capacidad de negarse a uno mismo. Sin amor, sin humildad, sin afán.   
            Y ni siquiera me preocupa que el olvido anticipado del yo nos lleve a la desaparición.
M. P.-P., en 2016.
Fotografía:  M. P.-P., en 2016, en la Feria Universitaria del Libro (FUL) de la Universidad Autónoma de Estado de Hidalgo (UAEH)

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 39. 24 horas en Nueva York. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 39

24 horas en Nueva York
Por Manuel Pérez-Petit

La primera vez que pisé Nueva York fue la primera vez que vine a México, en junio de 1991, hace casi casi 30 años. No tenía yo previsto en aquella ocasión conocer la ciudad de los rascacielos, pero la fortuna se alió conmigo y me permitió pasar veinticuatro horas completas allá… Poco después escribí este pequeño relato de mi entonces breve y primera experiencia neoyorkina, que ahora, por casualidad, me he encontrado, y que publico con una muy somera revisión, por lo cual ruego al lector comprensión para ese intento de escritor que yo era entonces, que hasta ese momento casi solo había escrito poesía y que aún no había descubierto el mundo.

            24 horas en Nueva York

            Anoche llegué al aeropuerto internacional John Fitzgerald Kennedy, a tiempo de perder, por suerte para mí, el vuelo de Mexicana de Aviación que iba a llevarme a México, Distrito Federal, por lo que tuve que cambiar mi boleto y pasar la noche en un pequeño motel de carretera camino de Rhode Island. Digo que por suerte para mí, porque ahora Manhattan está desplegada ante mis ojos, esa Manhattan en la que lo minúsculo no tiene cabida y en la que acabo de navegar sin rumbo fijo, esa Manhattan que acaba de inflamarme porque me ha hecho ver que es posible resumir la vida en apenas diez avenidas y sesenta y tantas calles, en las que se encuentran condensadas todas las mejores y todas las peores cosas del ser humano, y de una manera muy sutil.... El caso es que ahora me encuentro en el metro que une Rhode Island con esa especie de corazón del espejo del mundo que es el centro de esta ciudad paradigmática. Y menudo el vagón en que me encuentro. Desde luego, la fauna es curiosa. Unos leen, otros ni miran, y no veo que nadie tampoco se pare a ver a los demás, quizá seré yo el único que observe lo que constituye, sin duda alguna, un biotipo especial, el de los vagones del metro. Muchos de los que aquí se encuentran duermen, despatarrados, con una sofisticación inaudita. Me pregunto si no se les pasará su parada. Aunque no, nadie pierde su ritmo, tan controlado y, a la vez, tan desordenado, que impresiona por su funcionalidad. Hace sol, es 27 de junio. 
            Veo un termómetro que marca veintiocho grados centígrados y el cielo está despejado. Aunque apenas entiendo inglés, esta mañana compré los dos únicos periódicos que tenían disponibles en el motel en que he dormido: el Newsday y el New York Times, que pesa algo más de un kilo, el muy bestia. Estoy tranquilo, llevo la Pentax y el zoom. Acabamos de entrar en el túnel que cruza por debajo del río Hudson. De golpe, me encuentro en una gran estación. Leo en los carteles del metropolitano: "Madison". Se me ponen los vellos de punta. Echo a andar. Subo unas escaleras. Salgo a la calle. El Madison Square Garden se presenta ante mí. A mi izquierda, no muy lejos, el rascacielos por antonomasia, el Empire State. Me encamino hacia sus pies gigantescos. Son las nueve de la mañana. 
            No es muy caro ni apto para cardíacos, porque el ascensor sube como un cohete. ¿A pie? Ja, ja. Usted no sabe, ni siquiera Induráin en bicicleta es capaz de subir las rampas de este puerto. El caso es que sube. Ya me encuentro arriba, qué maravilla. Se está tan alto que ni se siente el vértigo. Desde aquí podría ver la Giralda casi como puedo ver al caniche de una amiga desde mi metro setenta y cinco. La vista, aun con todo, no me da lugar a recordar otras alturas. Al norte, las gemelas, lejanas, sirven de vigía a la estatua de la libertad, que casi ni se percibe. Al oeste, tirando al sur, Chrysler tiene una torre que parece salida de un castillo de hadas, qué bárbaro, justo al lado del puente de Brooklin, algo detrás de la Panam, que aunque ya no exista la compañía aérea aún sigue en pie uno de los colosos más notables de esta ciudad, el que fuera su edificio. Justo detrás suyo, al sur, que también existe, como escribió Bennedetti y cantó Serrat, Central Park, como una gran ventana abierta a la frescura. En él, cabrían varios parques de María Luisa… Y tras arrepentirme de comprar unas postales tan caras como malas en el fondo, bajo, con gran alivio por pisar tierra.
            Paseo un poco por la Quinta y paso a la Sexta, justo a la altura de Broadway, ilusionado porque voy a ver la fachada del Radio City Music Hall. Antes, dado que son ya las once y media, entro en un fast food, el "Herald Square", donde me pido un 7Up y un plato de la carta, llamado "Old World", que no debe uno perderse por nada del mundo salvo que le guste la buena comida. Tiene queso y patatas, servidos con salsa de manzana. En fin, todo un compendio de lo que no debe probarse, pero, la verdad, es que me sienta de maravilla, sobre todo por las burbujitas del refresco. Vuelvo a la calle, y me encuentro con un vendedor ambulante de frutas. 
            —¡Qué plátanos! —digo con ojos como platos. 
            —Onedólar —me contesta como con rutina y displicencia.
            —Yes, yes —respondo ufano.
            —¿Ar-gen-ti-no? —me pregunta con interés.
            —No, español.
            Se me queda mirando con fijeza.
            —¡Español!... España... Europa…
            Pobre hombre, si supiera, me digo para mis adentros. Se me queda mirando como quien mira un héroe, en tanto me voy alejando. De todos modos, me llevo la mejor parte: tres plátanos como tres catedrales, que ríete tú de los de Canarias, envueltos en un cartucho de papel, y por tan sólo un dólar. Tan dulces que parecen de mentira y tan en su punto que se deshacen al comerlos.   
            Sigo caminando por la Sexta avenida, la de las Américas, llena de rascacielos y de miseria. Vagabundos que rebuscan en las papeleras públicas, apenas a cien metros de las boutiques más famosas del mundo, locas con bolsos repletos de sabe Dios qué griferías o aparatos del espíritu, repartidores de propaganda de tiendas donde una motorola es más barata que en la propia fábrica, quién sabe... Mi próximo destino: Rockefeller Center, cualquier cosa... Delante de uno de los rascacielos más simbólicos de la ciudad de los rascacielos, una fuente de varios pisos es coronada por un Prometeo dorado que parece volar sobre las aguas. La gente pasea y descansa aquí, y luego continúa hacia la catedral de San Patricio, una preciosidad neogótica que no pega ni con cola y que está llena de banderas americanas y pontificias. 
            Yo no sé que haría esta gente sin banderas, qué barbaridad. La avenida de las Américas, llena de la de todos los países latinoamericanos; los grandes hoteles, repletos sin orden ni concierto de las banderas más ondeantes. Nadie que se precie prescinde de los símbolos, y acaso sea esta una ciudad en la que todos los símbolos del mundo se reúnen para hacer, en común y con otras salsas, un símbolo del propio mundo. Quizá el más simbólico. No creo que pueda haber nada tan desprovisto de personalidad propia y, a la vez, con tanta personalidad y universalidad.
            Pero México me espera, y he de irme al motel a recoger mis cosas, con mis casi dos kilos de periódicos a cuestas. Apenas diez dólares he gastado en un día que no he de olvidar en el resto de mi vida.
 Nueva York
Fotografía:  Nueva York. (La imagen es de dominio público). Fuente de la imagen: Pixabay.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 38. Dudas sobre el libro. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 38

Dudas sobre el libro
Por Manuel Pérez-Petit

Me impresionan los muchísimos alucinados por las tecnologías y por internet, e incluso más cuando hablan de los soportes del libro y la información con tanta habilidad dialéctica como poco acierto científico, y se atreven incluso a veces a augurar la muerte del papel a manos del avance de no se sabe bien qué desarrollo de la técnica, en una actitud excluyente y simplista que no va más allá de las pantallas de sus equipos informáticos.
            No cabe duda que los nuevos tiempos de la Era Distópica implican un desarrollo de lo virtual impensable hasta hoy, pero no está de más recordar que han sido soportes del libro la piedra, la tableta de arcilla, el papiro, el pergamino y diversos tipos de papel, por ejemplo, y que hoy se conservan muestras de todos ellos, algunas datadas hace varios milenios. Con la invención de la imprenta, a mediados del siglo XV, el papel se consagró como el soporte rey de la información.
            De la edición de la Biblia realizada por Gutemberg entre 1450 y 1455, con el famoso sistema de tipos móviles, por ejemplo, se conservan aún hoy una cincuentena de ejemplares, veintiuno de ellos completos, tanto en papel como en pergamino. 
            El papel es el soporte que ha permanecido vigente por más tiempo. Primero fue de trapo. En la segunda mitad del siglo XIX se impuso el procedente de la madera, usado masivamente hasta el primer tercio del siglo XX, cuando se descubrió que, por su característica orgánica, se descompone y deshace al cabo de unos setenta u ochenta años. Para conservar estos libros y periódicos se viene acudiendo a su digitalización, lo cual muestra una primera utilidad de los soportes electrónicos, cuyo sentido mayor está en su capacidad para conservar documentos. Se impuso después el papel de celulosa, que ahí permanece aún hoy. Los libros ya no afectan a los bosques, pues, además, se reciclan y hasta hay papel “free-acid” cuya duración garantizada es casi eterna. 
            Sabemos que el algoritmo matemático –en que está basado cualquier soporte informático– no tiene caducidad, es más largo en su durabilidad que el papel y que cualquier otro soporte, pero también sabemos que no es en sentido estricto un ‘soporte’: es un código, como el alfabeto, aunque tiene una desventaja respecto a éste: No puede ser objeto de transmisión oral. Por otra parte, no se ha inventado un soporte físico electrónico que sobreviva más allá de unos pocos años y, en algunos casos, meses. Les pasaba a los músicos electroacústicos y electrónicos del tercer cuarto del siglo XX: Componían una obra con un aparato y, a la hora de estrenarla, tenían que adaptarla a un nuevo reproductor, pues en lo que a la electrónica se refiere los nuevos soportes no se suman a los anteriores sino que los sustituyen y eliminan.
            Nada más hay que acordarse de los discos de pizarra, anulados por los de vinilo y luego por los cassettes, anulados, a su vez, por el CD, el cual desapareció a manos del DVD, que también comienza ya a ser especie en vía de extinción…, pero también puede uno acordarse de los sistemas operativos de las computadoras, del video, de las tarjetas perforadas, los discos flexibles –aquellos grandes y los otros pequeños–, el minidisc…, y hasta puede uno tener miedo de pensar en el futuro de las memorias USB. Además, hay que rezar para no encontrarse cerca de imanes, cargas electromagnéticas –tan comunes en nuestra supertecnificada sociedad– o, simplemente, agua; para que a uno no se le caiga al suelo ninguno de estos adminículos o exista la posibilidad de exponerlos al polvo o a la contaminación, porque podríamos perderlo todo. Claro está que eso nos obliga a tener varias copias en diversos soportes…  
            ¿Alguien tiene en su biblioteca varios ejemplares del mismo libro por si uno se le estropea? ¿A qué huele el soporte electrónico en plena vigencia?, ¿cómo es al tacto?, ¿puede uno dormir abrazado a uno? ¿Alguien ha podido leer un soporte electrónico sin disponer de electricidad o de pila en su equipo, que es lo mismo? ¿Alguno de todos aquellos que creen saber a ciencia cierta que el periódico y el libro en soporte papel desaparecerán puede garantizar que el soporte electrónico será para siempre o, al menos, durará lo que los ejemplares de la Biblia de Gutenberg, y se podrá leer dentro de casi 600 años, como aquella?  
            Ah, y a diferencia de los que defienden los soportes electrónicos –que no digo que no sean necesarios sino que no tienen por qué sustituir a los de siempre–, ni desprecio a nadie ni lo descalifico. Y quizá sea porque el libro –al que amo– es democrático, libre, integrador y accesible; un dinamizador social y algo que, lejos de separarnos, nos une.
   
Copia en vitela de un ejemplar de la Biblia de Gutenberg propiedad de la Biblioteca del Congreso de EE. UU.
Fotografía:  Copia en vitela de un ejemplar de la Biblia de Gutenberg propiedad de la Biblioteca del Congreso de EE. UU. (la imagen es de dominio público, bajo licencia Creative Commons Attribution-Share Alike 3.0 Unported Atribución: Raul654)

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 37. Declaración de intenciones. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 37

Declaración de intenciones
Por Manuel Pérez-Petit

Aprendí hace muchos años a vivir el presente –no como forma de suicidio sino como actitud en la que no dar pábulo a la nostalgia–, y, si acaso, a dirigir mi capacidad de ver –cuestión que he cultivado como todas las demás toda mi vida– hacia un futuro que, por inexistente, es el único concepto de promesa que concibo. Aunque lo mío es un cúmulo arquetípico de náufragios, sabe Dios cuándo aprendí a vivir, y no es una frase, como si cada día fuera el primero y el último a la vez. Hace decenios aprendí a valorar lo que tenía cuando lo tenía y a no echar de menos lo que ya no tenía cuando ya no lo tenía, y, lo que es aún mejor, lo aseguro, a no querer tener nada, a resistir los cantos de sirena de eso que llaman expectativas y que todo el mundo abona pero yo denosto, para obtener la ventaja, por ejemplo, de nunca sentirme defraudado. En consecuencia, aprendí a no querer más que lo que hay, y mucho menos para mí. Cierto que es, según se mire, poco práctico, pero, en ese terreno, aprendí, y en gran parte se lo debo a mi tío Antonio Petit Caro –cuya repentina ausencia me ha legado un sentimiento de orfandad que no soy capaz aún de superar–, a practicar dos máximas: que lo mejor es enemigo de lo bueno y que un mismo esfuerzo debe servir para varias cosas, y no son tampoco frases. Todo depende de la voluntad y de darse cuenta de que no todo está en los libros y mucho menos en internet sino en nuestra cabeza. También aprendí, y gracias a todo ello, que es mejor ser un mal alumno que no serlo, que el alumno más digno es el que simplemente aprueba, y yo sé mucho de suspensos en la vida.
            Hace muchos años aprendí a ser algo así como una esponja, a vivir en el alambre –sobre todo a fuerza de mis decisiones arriesgadas, que siempre fueron muchas, y mi proverbial tenacidad en mantenerlas y no enmendarlas–, a no quedarme nunca en la lona –pese a los muchos golpes recibidos–, a valorar que era mejor que me partieran la cara a salir corriendo –y de manera literal nunca me ha pasado ninguna de ambas cosas, pues las veces en que me he partido la cara he sido yo mismo–, a que los partidos duran noventa minutos y hasta el último suspiro hay vida, a pactar con la realidad, a llamar a las personas por su nombre, a que nunca hay que desistir en el empeño de ofrecer el corazón, la comprensión y la amistad incluso a los que fallan –y todos fallamos–, a que uno es el único responsable de todo lo que le pasa –y no puede echar balones fuera nunca, en consecuencia–, a compartir los éxitos –si es que a algo se le puede calificar así–, a reconocer que cada día el mundo se levanta nuevo. Asimismo, aprendí a apreciar la adversidad, pues se trata de una fuente de aprendizaje incomparable, y no son solo palabras. A saber que todo reto está llamado a ser resuelto. A desterrar las adversativas de mi vocabulario. A conocer todo lo que es sin medida, a sentirlo, a exprimirlo, a vivirlo, a no detenerme. A quitarme importancia, pues todo lo que veo es más grande que yo. Aprendí, incluso, a escribir, lo cual hace más de cuarenta años era un sueño de dimensiones inalcanzables, cuando me empeñaba en leer en lugar de jugar al baloncesto en el recreo –al fútbol sí que jugaba, de vez en cuando–… Y aquí me ven… Desatado –aunque quizá no tanto como parezca–… Diabético –y bético del Real Betis, mi equipo del alma– de mar y selva... Como Jack Sparrow, con una brújula que no marca el norte sino lo que más deseo... 
            Qué manera de escribir, me dicen algunos, y a veces no sé cómo interpretarlo, si me lo dicen porque les gusta lo que escribo o porque entienden que escribo demasiado, que habrá de todo. Quizá también pueda ser que me lo digan porque no se entienda nada o mucho de lo que escribo… Toda respuesta, sea de la naturaleza que sea, no obstante, es mejor que ninguna. Y vivo lleno de gratitud. Por ello y por todo lo demás. Esto de escribir es un asunto complejo que, a veces, puede con uno, lo enajena y casi abduce, en fin, en un proceso acerca del que muchos han escrito muchos textos que merecen la pena ser leídos. Pero para mí, sobre todo, es lo único seguro que tengo hasta el día de mi muerte. 
            Existe una posibilidad real de que todo me salga mal en la vida, al fin y al cabo emprendo cosas que nadie en su sano juicio emprendería, y, más allá de eso, pese a que no rindo pleitesía a expectativa alguna, todo me sigue llamando la atención y me ilusiono mucho con todo, como si tuviera quince años y anduviera en la tesitura de afrontar como novato la existencia. Pero voy camino de los cincuenta y cinco, edad, por otra parte, perfecta para comenzar a vivir de una vez, que ya me vale. Y la única forma de vivir que conozco es darme.
            Nunca he dejado de tener sueños. Siempre soñaba –incluso despierto– con que un día iba caminando por la calle y, de repente, comenzaba a desaparecer hasta desaparecer del todo. Y sí, sueño con ello. Sueño con desaparecer, por ejemplo, de la vida pública en algo así como en cinco o seis años, irme al Trópico a impartir talleres y escribir novelas y poemas y vivir en mangas de camisa, y con esa fertilidad paradigmática que en ciertas zonas del planeta es un monumento continuo a la vida y a la esperanza. Pero antes de eso, quisiera publicar mi obra literaria superviviente –después de tantos naufragios, expolios y actos aparentes de justicia, apenas siete series de poemas, dos novelas y tres ensayos, que yo recuerde–, culminar mi tarea de editor y, de paso, terminar de aprender mi oficio y dejar mi legado en forma de artículos publicados aquí, en Letras ideaYvoz, pese a que mi madre querida me dice que debería cobrar aunque fuera 5 euros por cada uno de ellos, pero me gusta entregarme a las cosas bellas –y eso se hace sin cobrar– y este proyecto de Roger Octavio Gómez Espinosa es hermoso, un lugar perfecto para depositar el repositorio de lo que he sido y soy capaz de escribir, por si alguien algún día quiere ocupar su tiempo de ocio en leer algo de mí –incluso sin saber de mí, que la obra perfecta es la obra que no conoce autor– o, de forma más simple, para terminar de vaciarme, pues aspiro a llegar a mi último suspiro sin nada de nada en las alforjas. No en vano nada tengo, nada quiero y nada he de llevarme a mi último viaje.   
            Existe una posibilidad real de que todo me salga mal en la vida, al fin y al cabo emprendo cosas que nadie en su sano juicio emprendería, y, más allá de eso, pese a que no rindo pleitesía a expectativa alguna, todo me sigue llamando la atención y me ilusiono mucho con todo, como si tuviera quince años y anduviera en la tesitura de afrontar como novato la existencia. Pero voy camino de los cincuenta y cinco, edad, por otra parte, perfecta para comenzar a vivir de una vez, que ya me vale. Y la única forma de vivir que conozco es darme. 
            Tan existe una posibilidad real de que todo me salga mal en la vida, digo, como que toda realidad sea bonancible y plena por el resto de mis días, pero al menos siempre me quedará escribir, y ahí sí que sí, lo proclamo: escribo desde la libertad y la honestidad más brutales que puedan conocerse, e insisto que puede que sea lo único que me quede, esclavo como soy en todo caso tanto de lo que digo como de lo que callo, que es el único privilegio que llevo conmigo asegurado de por vida. Después habré de morir y en eso no seré ni original ni distinto. Abrazaré con gozo el descanso que supone caer en el olvido, claro que de eso ya no seré consciente, y por esa misma razón lo único posible para mí es entregarme a la vida con ganas de vivirla, morirme de ganas de amar, amar y terminar abrazando un proyecto vital honesto, sencillo y pleno, basado en la confianza y la lealtad junto a alguien a quien llene, que me llene y con quien pueda amar. Lo demás son fruslerías.
 En la XXXIII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Ciudad de México, 2012.
Fotografía:  En la XXXIII Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería. Ciudad de México, del 22 de febrero al 5 de marzo de 2012. En el evento de presentación de Sediento Ediciones, en el marco del Pabellón Estado de México. 

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.