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Líneas de desnudo. 10. De antihéroes y líderes. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 10

Distopía V: De antihéroes y líderes

Manuel Pérez-Petit

Un mundo feliz ha venido dando que hablar desde hace casi noventa años, siendo reconocida su vigencia hasta los tiempos actuales e inspirando multitud de otros libros o películas, en canciones o composiciones musicales de todo tipo –sobre todo en rock progresivo y diversas variantes del metal– y hasta en el pensamiento contemporáneo. Y esto sin olvidar tampoco el libro de ensayos que el propio Huxley escribió, veintiséis años después de haber publicado su novela, titulado Nueva visita a un mundo feliz, que tuvo que escribir por la trascendencia que había alcanzado su obra y para desarrollar en detalle diversos aspectos de la misma. 
          1996. Arde Los Angeles, California, convertida en un caos de violencia. El sargento John Spartan, “el demoledor”, detiene a Simon Phoenix, un famoso criminal, que ha secuestrado un autobús con una treintena de pasajeros, cuyos cadáveres aparecen en medio de la destrucción causada, de lo que es declarado culpable, por lo que es condenado a 70 años en “rehabilitación subcero”, en crio-éxtasis, en la crio-penitenciaría de California, por homicidio involuntario. Así comienza Demolition Man (1993, Marco Brambilla), una cinta incomprendida y rechazada por crítica y público en su momento y, sin embargo, hoy reclamada por muchos incluso como un clásico, versión libre de la novela de Huxley, y protagonizada por los entonces todavía denostados –o pocos “prestigiosos”– Sylvester Stallone, Wesley Snipes y Sandra Bullock. De inmediato, la trama se traslada al 3 de agosto de 2032. En San Angeles, fruto de la fusión que habría tenido lugar en 2011 de Los Ángeles, San Diego, San Bernardino y Santa Bárbara, California, reina una sociedad de “paz, amor y comprensión” en la que no hay armas ni dolor y todo es aséptico e inocente y saludable –están prohibidos el tabaco, el alcohol, la sal o la cafeína y el contacto físico no está tampoco permitido, siendo la procreación llevada a cabo en laboratorios al efecto–. En ese mundo, solo trastornan los “desertores”, personas marginales que sobreviven en el subsuelo de la ciudad y atentan contra edificios públicos y el poder establecido a fin de hacer constar su desacuerdo con el sistema. El creador de la nueva sociedad es el doctor Raymond Cocteau, un visionario vestido de blanco que ejerce con mano de hierro y guante de seda, a modo de redentor, la administración de la ciudad… Phoenix es descriogenizado para ser llevado a una audiencia a fin de revisar su pena, pero se libera y escapa, generando de inmediato una espiral de violencia y muerte en la urbe. Entonces, en el departamento de Policía se acuerdan de Spartan –aunque rechazan lo que consideran sus métodos primitivos no dejan de reconocerlo como una leyenda del pasado–, y deciden liberarlo de su condena como solución, bajo la idea de que  “si el criminal es anticuado se necesita un policía anticuado”. En tanto, Phoenix acude al museo, único lugar en que hay armas, y Spartan va a buscarlo. Se enfrentan, pero el criminal huye, y, como premio, el doctor Cocteau invita al policía a cenar en el único restaurante sobreviviente de la guerra de las franquicias que había tenido lugar años antes: Taco Bell. La cena se ve interrumpida por sorpresa ante un nuevo ataque de los “desertores”, y Spartan comienza a sospechar que la realidad no es como se la están pintando. Industrias Cocteau tiene todo el poder, y en la rehabilitación de los presos implantan en ellos los datos necesarios para reinsertarse en la nueva sociedad.  A él, por ejemplo, lo han hecho tejedor, pero a Phoenix le han potenciado su criminalidad. Cocteau ordena el reingreso en la prisión de Spartan, pero éste decide acabar con el criminal, por lo que baja al subsuelo de la ciudad, en donde encuentra multitud de personas que pasan hambre y viven hacinados y temerosos. Phoenix en realidad fue reinsertado por Cocteau a fin de acabar con el líder de los rebeldes, para lo cual recupera a sus antiguos aliados y rearma su propia banda. Policía y criminal vuelven a enfrentarse y éste le reconoce a aquel que los pasajeros del autobús por cuya muerte fue condenado ya estaban muertos antes de que le detuviera, por lo que la condena a que fue sometido fue injusta… Luchan en un auto a toda velocidad y el asesino cae en el asfalto y huye. Cuando el jefe de policía acude a detener a Spartan, éste decide terminar su misión y, acompañado de los “desertores” y una mujer policía que en todo momento le ha estado acompañando –cuyo nombre es Lenina Huxley, por cierto–, va a por Phoenix. Mientras, Cocteau sueña con la puesta en marcha de la sociedad perfecta, fruto de la desaparición de los inadaptados, es asesinado por la banda del criminal, que asume todo el poder de inmediato. Otra vez, policía y asesino se enfrentan, siendo derrotado éste y quedando demolida la crio-prisión… Como, y es la moraleja, en un nuevo amanecer, todos se conjuran para una más humana sociedad y Spartan reconoce que esta vez sí le va a gustar el futuro.
            La historia se presenta como una fábula y en algunos momentos puede resultar engañosa por sus aspectos cómicos y sus guiños a los noventa, a JFK o a la posibilidad de que Arnold Schwarzenegger hubiera llegado a ser presidente de Estados Unidos, pero yo la propongo a la agudeza del lector porque, en realidad, tiene todos los ingredientes de lo que hoy vivimos: un poder totalitario con apariencia amable que busca “el bien común”, una sociedad feliz, atontada, obediente y simple, una resistencia tan noble como inútil, un líder carismático con intenciones perversas…, un malo muy malo y un bueno muy bruto –un auténtico antihéroe, pese a las apariencias–, en un contexto súper tecnificado. Es, sin duda, un retrato amable de Un mundo feliz, que también ha tenido otras lecturas mucho más complejas y hasta tórridas.
           Es el caso de La Isla (2005, Michael Bay), en la que los ricos y famosos del mundo contratan a un doctor sin escrúpulos (Sean Bean) que, en 2019, en una antigua fortaleza militar enclavada en el desierto de Arizona y convertida en centro tecnológico, fabrica en placentas artificiales seres no humanos con el material genético de sus clientes, a fin de que sirvan de donadores de órganos en caso de necesidad, siendo considerados “productos”. Nadie sale de allí, pues se supone que fuera hay una terrible contaminación y no hay vida. Existe, eso sí, “La isla”, “la única zona natural libre de patógenos”, a la que los internos van merced a la lotería, un sorteo que designa a los más afortunados, y todos viven en la ilusión de ser premiados, pues se supone que irán a un lugar privilegiado a disfrutar de la vida. Pero uno de ellos, Lincoln Seis-Echo (interpretado por Ewan McGregor) descubre una mariposa en las instalaciones y se pregunta si es posible que afuera haya vida y estén todos siendo objeto de engaño… Los “productos”, clones de sus promotores, son clasificados por generaciones y castas. Lincoln pertenece a la generación “Echo”, que se manifestará más tarde como “defectuosa” por haber desarrollado “demasiada curiosidad”. Mantiene una relación cercana con Jordan Dos-Delta (Scarlett Johansson), pero las relaciones llamadas de “proximidad” están proscritas, por lo que siempre están al borde de ser sancionados. Lincoln –cuyo perfil es el de otro antihéroe– descubre todo el pastel y huye del lugar, acompañado por Jordan. En consecuencia, el doctor contrata a un experto para perseguirlos. En su camino, los prófugos descubren que los “Echo” tienen en realidad tres años, y los “Delta”, cuatro. Buscan a sus  promotores, mientras son sometidos a persecución y acoso, siendo cazados, pero por la policía, lo que les da ventaja. Entonces, sus perseguidores emplean una violencia extrema para evitar que pueda ser descubierto todo, pero siguen saliendo indemnes, mientras trazan su plan. Regresan, ella detenida y él haciéndose pasar por su promotor para destapar todo el entramado y salvar a sus compañeros, que son liberados, colapsando las instalaciones y muriendo en el lance el doctor.
          En Gattaca (1997, Andrew Niccol), protagonizada por Ethan Hawke, Uma Thurman y Jude Law, que tiene lugar “en un futuro no tan distante”, como en La isla, la manipulación genética es el tema central. Las personas son clasificadas en ella como válidas o no válidas, según haya sido el origen de su nacimiento: hijos de Dios o con ayuda de la ingeniería genética. Los válidos, estos segundos, son superiores, y los naturales están condenados a vivir con menos opciones y expectativas. Vincent es un niño nacido de forma natural y, por tanto, se desarrolla y crece en inferioridad respecto a los demás. Sueña con ser astronauta, lo cual para uno de su condición es un imposible, pese a lo cual para él todo vale. Se inscribe en Gattaca para cumplir su sueño y, tras hacer todo tipo de fraudes –incluso tomando la identidad de otra persona– es designado para viajar a Titán, uno de los mayores satélites del planeta Saturno. Pero un día es asesinado alguien de su entorno y la investigación policial, a menos de una semana de salir al espacio, se convierte en un problema para él, puesto que ha perdido una pestaña y eso le delata por el ADN, pero, al final, toma conciencia de que los genes no son tan capitales en las personas y cumple su sueño.
          Tanto en La isla como en Gattaca hay un líder que controla todo hasta que deja de hacerlo, un antihéroe –noble en la primera película, sin escrúpulos en la segunda– que recorren un camino, un sistema opresor y un valor supremo concedido a la manipulación del sistema mediante la publicidad, asunto que merecerá un capítulo aparte en esta serie acerca de la distopía. Serie interminable como la situación que vivimos en la actualidad parece. Y atentos, que vienen curvas. En mis textos y, lo que es peor, en la propia realidad.
 
 
(... Continuará…)



   
Fotografía: © M P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 9. De mi carpintería. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 9

De mi carpintería

Manuel Pérez-Petit

Fue un 29 de diciembre que me dije: Me aplasta la derrota de saberme un paria, de no poder tener asiento aunque lo quiera, de traicionarme por sistema y tropezar siempre en las mismas piedras, de esa parcela de mi soledad con la que no pacto, de mi rebeldía que no me lleva a ningún sitio, de estas palabras que no me sirven ni como parapeto porque son yo mismo, de tu ausencia, que por mi ser y estar en el mundo bien me explico..., y apostillé: Hay nublaos que encallan y no tienen cura... Aquello me duró todo el día, lo recuerdo bien, y la verdad es que me encontraba también bien. Por la noche tuve un encuentro inesperado, tras el que escribí: "Por fin encontré el motivo que me faltaba para poder hacer el retablo de mi vida. Errante he andado por los siglos hasta ver esta luz que es la Luz y el altar en que a ti y en tu espera me consagro... Sé que vendrás, y cuando llegues todo estará tibio y preparado. Desde ya me pongo la estola pues seré tu sacerdote. Y me desharé en liturgias que brinden culto a tu mente, tu alma y tu cuerpo, que somos ambos”.
          El 5 de enero, me puse de nuevo: "Sacerdote como soy de tu luz que es la Luz, ferviente de los milagros que solo en ti se hallan, en tu espera seguiré creciendo erguido y fuerte, dispuesto a cumplir todas tus liturgias, a convertirme contigo en el sacramento definitivo de nuestro encuentro, en mi pequeñez cada día más demostrada ante la grandeza de lo que somos, de lo que seremos, y alzo mi fuego por nosotros en la oración de amor que construimos”. Y el 8: "Me llega como la luz el rayo con que te anuncias, y todo se me vuelve trueno de repente, temblores me desatan y me atan a la llama. Es tu blusa la frontera que levantas con tus ojos y el sudor se mira en el espejo arando mis carbones. La playa se extravía con gozo y me marea saber que tu sabor es oceánico, que para siempre la tormenta ha de saber salada... Esto rima con tu nombre y esto eres tú, mi gavilana”. Ya estaba yo febril, y, cuatro hojas de almanaque más tarde, volví a anotar en mi cuaderno: "Verde. Como las esmeraldas que salen de tu boca, como el trigo que en ti germina, como el bajo Guadalquivir o las selvas que te circundan, como esas playas de oro y algas que soñamos, como los aguijones de miel que hay en tus ojos, como el color de tus abrazos, como tu corazón transparente, geografía de mi ser, ser de mi extrañamiento. Y verde porque me da la gana, que eso rima con tu nombre". Aquello no parecía tener fin, y a las 48 horas, ya el 14, desde otro enfoque, volví a la carga: "Manuel Pérez-Petit es, por lo visto, un hombre de grandes sentimientos... Y eso le convierte en potencia en alguien muy peligroso para sí mismo. Pero pase lo que pase, sigue creyendo en el agua y en la luz y en los milagros y en que las selvas son fértiles, y sigue firme, incorruptible, y nunca decaerá en su voluntad de crecer y seguir creciendo". No recuerdo bien la razón por la que me expresé en esos términos, sin embargo, a las cuatro horas, movido por un impulso involuntario, volví a tomar mi bolígrafo: "Me purifico, me limpio de presencias y de cosas que lejos de aportarme me empobrecen, me abro a la luz y a la Luz que de ti llega, me dispongo a recibirte, preparo las liturgias que a ti te corresponden, sigo prendiendo lámparas, continúo mi tarea de sacerdote que se pone en tus manos, me consagro y te miro, genuflexo y con el respeto que es a ti debido, y, porque además rima con tu nombre, la vida se engalana”. Todo siguió creciendo, no obstante, y el 17 de enero publiqué en Facebook: "Camino firme hacia nosotros, nuestra realidad, me juego los talentos recibidos a la carta que lleva por nombre nuestro nombre, me vuelvo ciego para siempre y así verte más que nunca y poder prender la vela que no existe y, por ello, la más viva que pueda existir... Y el yo tuyo y mío es un yo nuevo; un yo plural que alza catedrales... Y el mundo –y rima con tu nombre– es la más grande ventana”.
            Ya en ese punto, empezó a imponerse en mí la necesidad de ser discreto, pese a lo cual, el 18 publiqué: "De 8, cubo de 2, al cuarto primo –cuadrado de 2, por cierto, 4, a su vez mitad de 8–, que es 7, media el abismo de un palo en romanos, de oxígeno –8– a colores del arco iris –7–, de bola negra –8– a letra hebrea que representa los valores espirituales –7–, de justicia –8– a luz –7–... De 8 a 7 vamos al ciclo en que Dios creó el mundo –y rima con tu nombre– porque le dio la divina gana... Y cuando Dios descanse, llegaremos”. Y, como es lógico, tuve que explicarlo: "Por partes, el 8 se escribe en romanos VIII, y el 7, VII. Además, el 8 es el número atómico del oxígeno, el número que lleva la bola negra de billar y el octavo arcano del tarot (La justicia). 7 son los colores del arco iris. La séptima letra del alfabeto hebreo, llamada zain; representa los valores espirituales. 7 es el signo cabalístico de la luz y representación del ojo humano capaz de captarla; es el sefira neshá, el Triunfo o Carro del Sol triunfante representado por el séptimo arcano del tarot, según he leído. Dios creó el mundo en 7 días, pero el séptimo descanso, que aunque trabajó seis el siete también contó, siendo esto último lo más caprichoso de todo lo expuesto aquí. Y lo más envidiable. El del descanso es el más importante de todos los días. Por ello, hallaré la luz ahí y no en cualquier otro sitio ni momento. De todos modos, y perdóneseme una leve ironía más, que Dios descanse un poco no nos viene nada mal... Así también descansamos nosotros…” Y aún añadí: "El palo de más que tiene el 7 respecto al 8 escrito en romanos se me asemeja a un abismo..." y "El 8 es subdivisible mientras el 7 no. Hago una correlación de complementarios y antagónicos de igual forma, sin dejar a un lado lo paradójico, repitiendo incluso algún dato: A ver, de 8 a 7. Del oxígeno al arco iris, de la bola negra a lo que representa los valores espirituales, del arcano de la justicia al de la luz… Si siguiéramos una enumeración convencional, esto es de 7 a 8, los resultados no serían lo mismo: pasaríamos de un número primo a uno subdivisible, del arco iris al oxígeno, de los valores espirituales a la bola negra y de la luz a la justicia. Por tanto, no es lo mismo pasar de 8 a 7 que de 7 a 8”.
          Lo escrito el 19 de enero no favorecìa, he de reconocerlo, ese deseo de discrecciòn: "Al principio, Dios creó el cielo y la tierra, y creó la luz y la separó de las tinieblas... Dios ya te conocía, como queda demostrado –si no, ¿cómo iba a concebir el cielo y la luz?–. Al principio, pues, ya sabía de nosotros... Desde entonces hubo tarde y mañana, y rima con tu nombre, y es casi la hora de nacer, dando gracias al Cielo –esto es, a ti–, para la hora en que estamos para siempre llamados a encontrarnos". Y el 20 de enero lo rematé: "Yo soy más yo en ti que en mí mismo”. En realidad, yo ya estaba vencido. Las jornadas posteriores fueron de tensión y de silencio... Hasta que estallé en canciones el 25 de enero, y eso desató una tormenta. En la madrugada del 26, sentencié: "Escribir es lo que queda", y pocas horas después publiqué mi poema "Madrid, última nevada", lleno de incertidumbre, no en vano estaba a unas horas de tomar el vuelo. En Madrid nevaba y sentí cómo la nieve bendecía mi partida.
          ¿Qué fue lo que pasó en las siguientes 48 horas para que luego, ya el 28, yo escribiera: "El pecado es enamorarse. Lo que nos queda es vivir”? No se sabe… El 30 me dejé discurrir: " ...Once upon a time in America: Fourth day... together forever... Manuel is now in San Josè, Costa Rica... I will write later about my odyssey...", haciendo público en dónde estaba, y, transcurridas diez horas, asustado, dije: "¿Por qué quiere vendarme los ojos, coserme la boca, hurtarme la vida?", intentando calmarme, supongo, de algo semejante a una inundación. Un día más tarde, ya domingo, apostillé: "Aún no sé cuál es la deriva del despojo..."
          Y ya el lunes 1 de febrero: "Sigo creyendo en la luz y en los milagros, pese a ser el tonto más grande que pueda imaginarse”.

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Nota del autor
El 3 de febrero de hace once años escribí el presente texto que, de algún modo, no solo estaba influido por mi deriva de los meses anteriores sino que en su trasunto, en un plano interno, reflejaba lo que había sido y era de mí: una habitación alquilada en Madrid, un hostal en Sevilla por tres meses, el conocimiento de alguien entre tanto, y mi partida, un 26 de enero, bajo una preciosa nevada, de la capital de España camino de Bogotá, con destino final en San José, Costa Rica; una partida, dicho sea de paso de complejo regreso. En el tiempo en que hice esta especie de sucinto memorando, yo vivía en Costa Rica y estaba en la duda de si quedarme, viajar a México o a Argentina, o regresar a España… Yo estaba en esos días cruciales vagando en tanto escribía –reconozco que como poseso– por las calles de la más hermosa que bella pero entrañable y amada para mí San José. He de reconocer que el presente texto es pura carpintería. Y, por ejemplo, sin el efecto ordenador de sus líneas no hubiera podido cerrar mi serie Poemas urgentes.
           Cuando la semana pasada atrás releí estas hojas que hoy comparto, me di cuenta de que hay cosas que nunca cambian.



   
Fotografía: “Autorretrato de noviembre con ilusión de luz” © M P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 8. Lo indeseable. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 8

Distopía IV: Lo indeseable

Manuel Pérez-Petit

‘Distopía’ y ‘utopía’ son antónimos. El axioma, de entrada, no tiene discusión posible, pero aún así a mí me asaltan dudas, sobre todo a la luz que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (DRAE) arroja sobre ambas, estableciendo dos acepciones para la segunda de estas dos palabras: primera: “Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización” y segunda: “Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”, y una sola para la primera: ”Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. El DRAE es el instrumento mediante el cual estamos de acuerdo en el uso de la lengua, la convención que nos ordena y orienta en nuestra comunicación, fruto del esfuerzo compilatorio, integrador y ordenador de la institución –hoy ya institución de instituciones– cuyo encargo es limpiar, fijar y dar esplendor al idioma... Y por esta razón, el topar con muro que supone poner en comparación la definición de ambas voces –’distopía’ y ‘utopía’– es seco y causa desconcierto. 
          El DRAE establece que, en ambos casos, se trata de un sistema de sociedad “futura”, aunque marca ‘utopía’ como “deseable” –en su primera acepción–, y “favorecedora del ser humano” –en su segunda–, y ‘distopía’ como negativa y causa de la “alienación” humana. Dice de ‘utopía’ que es una “representación imaginativa” –en la segunda– y “de muy difícil realización” –en la primera–, y de ‘distopía’ que es una “representación ficticia”, y señala que de “características negativas”, aunque no hace referencia alguna acerca de su probabilidad de existencia. Por otra parte y a fin de una mejor comprensión, según el propio DRAE, ‘imaginativo’ tiene cuatro acepciones, la cuarta de las cuales es “Facultad interior que recoge las impresiones de los sentidos exteriores”, y ‘ficticio’ tiene dos, siendo la primera “Fingido, imaginario o falso. Entusiasmo ficticio”, y esto nos da una clave: según el más alto instrumento de nuestro idioma, ‘utopía’, al ser fruto de “impresiones de los sentidos”, tendría una posibilidad de existencia, y ‘distopía’, al ser “falsa”, sería de naturaleza imposible. 
          Varias obras tanto de la literatura y la filosofía como cinematográficas conforman lo que podríamos definir el canon de las distopías, la mayor parte de ellas tecnológicas y basadas en políticas de control de la sociedad y hasta del pensamiento. Uno de los pilares canónicos del “género” distópico es Un mundo feliz, novela publicada en 1932, en que Aldous Huxley describe una realidad sin valores humanos, en el que la procreación tiene lugar en una especie de cadena de montaje y cada individuo es sometido a un control total y condicionado desde su genética hasta su utilidad social, llamado cada cual a ser miembro de una de las cinco castas en que se divide la población de las élites a los trabajadores elementales y antes, durante y después del proceso es sometido a revisión continua y vigilancia, hasta en los aspectos emocionales. No está muy lejos –me parece– de los regímenes totalitarios de cualquier color que han sido y son un denominador común en la historia del mundo desde siempre: monarquías absolutas, regímenes comunistas, tiránicos o dictatoriales, estados integristas de cualquier color… Pero aún hay más, en Un mundo feliz deprimirse está proscrito, y la solución es el soma, la droga que está en todas partes y que todo el mundo debe tomar para estar en equilibrio y tener una funcionalidad adecuada, lo que a mí me recuerda, de manera particular, al pan y circo de toda la vida: un placebo para amansar a la gente. Y, por si fuera poco, todo ocurre después de una gran guerra y el establecimiento de un estado único mundial, el cual recuerda un tanto a la hegemonía que sobre el resto del mundo –al menos, el conocido en su momento– han tenido sucesivamente algunas naciones desde tiempos inmemoriales, bien por la vía del dominio militar o cultural o económico o de todas ellas a la vez, considerando incluso lo no dominado como bárbaro. Lo de la gran guerra es capítulo aparte, porque no ha habido guerra que no haya establecido un desarrollo tecnológico y un cambio en el estatuto de las naciones. Hay un capítulo en esta serie dedicado a ello, que saldrá en pocas semanas y pone en relación las grandes guerras del siglo XX con el desarrollo integral del concepto de ‘distopía’.
            La historia de Huxley transcurre en el año 632 d. F. (2540 de la era cristiana), pues se cuentan los años desde 1908, fecha en que Henry Ford –de aquí la “F.”–  puso en marcha la primera cadena de montaje de su famosa fábrica de automóviles, creando el Ford T. A mí la verdad que esto me suena a que hace muchos años, al menos en algunas partes del planeta, esta realidad saltó de la ficción al plano terrenal. Podría discutirse –aunque no creo que mucho–, pero el mundo ante pandémico era, en parte, eso. Y digo “era”, porque lo que ha hecho posible la p. pandemia es la cristalización exacta –o casi– de la fantasía de Huxley en nuestras vidas, ¿o no es con casi precisión relojera –y quizá hasta suiza– la sublimación del sistema capitalista imperante hace decenios en Occidente o la colectivización a ultranza de las sociedades de inspiración y dirigencia comunista o, en ambos casos, la relación Norte-Sur de las naciones, o, por no abundar en exceso, unos de los pilares de la Era distópica: el teletrabajo, en que dando la sensación de libertad –¿soma quizá?– se controla incluso más y hasta mejor –y si no, al tiempo– a cada persona que nunca antes? 
          Más distopía es imposible que en esta obra, en la que en favor de la construcción de una “sociedad de características favorecedoras del bien humano” –utopía–, esto es, perfecta, han desaparecido, entre otras muchas cosas, la diversidad cultural, el arte y hasta el amor… E incluso hay solución para los que no se someten o no encajan del todo: Se les recluye en islas, para reformarlos, sin más, y adaptarlos al sistema. Pero en Un mundo feliz las guerras y la pobreza han sido erradicadas y todos viven en un indudable estado de felicidad. ¿Qué más puede quererse, incluso sin mirar el precio, si lo que tenemos como alternativa da, por ejemplo, en lo que ocurrió la semana pasada nada menos que en Estados Unidos, hechos con los que se nos han caído de golpe los palos del sombrajo y las últimas –o penúltimas, dicho sea por los optimistas– gotas de fe en lo que llamamos democracia? Si no fueran hechos ciertos y solo los conociéramos de oídas, diríamos que es “imaginativo” –utopía–, concediendo el beneficio de la duda a la noticia, y la verdad es que, por su naturaleza fáctica y tangible, no puede ser “ficción” –distopía–. Acontecimientos como los que han tenido y, con probabilidad, tendrán lugar en la nación estadounidense no son más que distopías hechas realidad, y siendo una consecuencia de lo distópico “la alienación humana”, aquello de lo que acabamos de ser espectadores solo puede ser un síntoma de la degradación que justifica cualquier idea utópico-distópica –al fin y al cabo lo mismo– que pueda pasársenos por la cabeza. Al coste que sea.
          No quisiera ahorita ponerme platónico, pero, ¿acaso alguien puede indicar qué régimen de libertades es real, aunque sea razonablemente, o en qué situación somos de verdad libres en nuestra sociedad, o qué tipo de libertad reivindicamos cuando reivindicamos nuestro derecho a la libertad? En nuestra tesitura, y no es por justificar nada, hay situaciones en las que se entiende, al menos, el desconcierto, generadas por supuestas “ficciones” capaces de entrar por la puerta trasera de nuestras vidas y hacerse realidad que son indeseables y nos hacen dudar, pues estamos sometidos –querámoslo o no– a “las impresiones de los sentidos exteriores”, por lo que de algún modo estamos residiendo ya en un mundo que es más “representación” que mundo. Y así nos va, que Dios nos pille “confesaos”.

(... Continuará…)


   
Fotografía: “Calle Feria 149” © Isabel Roblas, 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 7. Un poema de nuestro tiempo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 7

Un poema de nuestro tiempo

Manuel Pérez-Petit

Habiendo ya entrado la Era distópica de lleno en nuestras vidas nada más nacer, consagrando, entre otras muchas cosas, uno de los cánones más celebrados de la historia de la humanidad, que la realidad supera a la ficción –y no dejen de estar atentos a mi columna del viernes de la serie ensayística acerca de la distopía, pues lo que está pasando en estos mismos días en el mundo no hubo escritor de tan calenturienta imaginación como para anticiparlo–, he recordado como por ensalmo uno de los más grandes poemas escritos en español en el siglo XX, para mí de la historia de la literatura en español, y que, además, fue escrito por un mexicano.
            Se trata de un poema largo –de ésos que ahora llaman muchos “de largo aliento”, lo cual me parece una cursilería–, escrito tanto en términos de palabras como de silencio. De un poema que justifica por sí solo la vida de un poeta, no en vano su autor apenas escribió tres libros en su vida. Un poema que es un encuentro turbador, lleno de clasicismo y música, y, a la vez, de una rabiosa contemporaneidad, que nunca baja la guardia en su encontrarse con un movimiento continuo en sí mismo, lleno de imágenes que prometen mucho más de lo que dicen. De uno de esos poemas impredecibles que te abducen desde el primer verso. A partir de un comienzo tumultuoso, centrado no solo en descifrar la condición humana sino también en una identificación del propio protagonista –el poeta–, que se reconoce en sí mismo y describe una materia informe como el agua para al final descubrir el vaso, la cosmogonía de este poema se despliega a partir de una simbología central en que la forma, Dios y el mundo se hacen existencia, una existencia justificada de igual modo en sí misma. Pero el vaso pierde su sentido y la materia se vuelve huérfana, lo cual obliga a un nuevo esfuerzo, lleno de inutilidad, por destacar la forma, y el mundo queda abocado a su muerte. Así, cuando el sistema ordenador del universo queda en evidencia y la materia queda reducida a no ser nada, la destrucción lo invade todo y ya solo queda la muerte y el diablo, ante cuya realidad solo le queda al poeta la posibilidad del sarcasmo, no en vano pone a la inteligencia en la cumbre de las cualidades, e incluso la diferencia con la inteligencia divina, a la que atribuye la capacidad de concebir las ideas. Y es precisamente de inteligencia de lo que se compone este poema, que aborda la incapacidad del ser humano de crear por sí mismo, condenado como queda a la muerte, esa realidad ante la que solo queda, como queda dicho, la ironía.
En consecuencia, este poema, al que antecede tres epígrafes del libro del Antiguo Testamento Proverbios: “Conmigo está el consejo y el ser; yo soy la inteligencia; mía es la fortaleza” (P., 8, 14), “Con él estaba yo ordenándolo todo; y fui su delicia todos los días, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (P., 8, 30), “Mas el que peca contra mí defrauda su alma; todos los que me aborrecen aman la muerte” (P., 8, 36), que termina:
 
         (...)
         Desde mis ojos insomnes
         mi muerte me está acechando,
         me acecha, sí, me enamora
         con su ojo lánguido.
         ¡Anda, putilla del rubor helado,
         anda, vámonos al diablo!
 
se nos presenta en realidad como un flujo de conciencia –sometido a la paradoja de su andar consciente– que nos debería hacer pensar sobre la realidad de muerte que nos está tocando vivir en este llegar al primer cuarto del siglo XXI, y en el que los nuevos héroes son personas de carne y hueso que hacen lo posible por sobrevivir a la adversidad y a su propia vida.
            A José Gorostiza (Villahermosa, Tabasco, México, 1901-Ciudad de México, 1973) le bastó con este poema, publicado en 1939, dividido en diez partes y cuyos primeros diecinueve versos contienen la que quizá la más brillante descripción de la condición humana de la historia de la poesía en español:
 
            Lleno de mí, sitiado en mi epidermis
            por un dios inasible que me ahoga,
            mentido acaso
            por su radiante atmósfera de luces
            que oculta mi conciencia derramada,
            mis alas rotas en esquirlas de aire,
            mi torpe andar a tientas por el lodo;
            lleno de mí —ahíto— me descubro
            en la imagen atónita del agua,
            que tan sólo es un tumbo inmarcesible,
            un desplome de ángeles caídos
            a la delicia intacta de su peso,
            que nada tiene
            sino la cara en blanco
            hundida a medias, ya, como una risa agónica,
            en las tenues holandas de la nube
            y en los funestos cánticos del mar
            —más resabio de sal o albor de cúmulo
            que sola prisa de acosada espuma.
            (...)

            Un poema que viene ahora a colación por la realidad que nos circunda y cuyo título refleja como pocas cosas lo que estamos viviendo en la actualidad: Muerte sin fin.
            En sus versos podríamos ver la huella de la Sor Juana Inés de la Cruz de Primero Sueño, así como la de el Rilke de las Elegías de Duino, el T. S. Eliot de los Cuatro Cuartetos o el San Juan de la Cruz de Noche oscura del alma, dada su carga filosófica y su indudable carácter místico, pero también encuentra sus raíces en la obra de Jorge Manrique, Garcilaso de la Vega o Luis de Góngora. Podríamos ver en sus versos concomitancias con el Vicente Huidobro de Altazor o ver su influencia en la obra de José Lezama Lima. Podríamos analizar el papel de este poema en la renovación de la lírica mexicana –siendo Gorostiza como como era uno de Los Contemporáneos, ese grupo al que el propio Xavier Villaurrutia llamó “grupo sin grupo”, y en el que coincidió, por ejemplo, con Salvador Novo, Jaime Torres Bodet o Jorge Cuesta–, y, por extensión y con más propiedad, de la de la lengua española. Podríamos decir, como el crítico literario Víctor Sampayo, que Muerte sin fin es “Unidad formada en dos partes: ida y vuelta, eterno retorno, círculo en que todo muere y todo renace”. Podríamos ver incluso la influencia de este poema en la música contemporánea… Pero esta tarea la dejo a los refinados estudiosos de la poesía, al fin y al cabo soy apenas lector y como tal se me ponen los vellos como escarpias cuando leo:

            (...)
            hasta que –hijo de su misma muerte,
            gestado en la aridez de sus escombros–
            siente que su fatiga se fatiga,
            se erige a descansar de su descanso
            y sueña que su sueño se repite
            irresponsable, eterno,
            muerte sin fin de una obstinada muerte
           (...)
 
            Y de manera irremediable me llega a la mente la idea de que este poema pudiera haber sido escrito hace una semana.
 
  
(... Continuará…)


   
Fotografía: © M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 6. Milenarismo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 6

Distopía III: Milenarismo

Manuel Pérez-Petit

A costa de mis amigos los dragones hice un inciso el pasado 25 de diciembre en la serie acerca de la distopía, y, como habrán observado –no ha faltado quien me lo haya echado en falta, y hasta me ha sorprendido la cantidad de mensajes recibidos al respecto–, el pasado viernes 1 de enero tampoco apareció mi Líneas de desnudo en este proyecto valiente de Letras ideaYvoz. Pero ya estoy de regreso, y con noticias frescas, pues a partir de la semana próxima incrementaré mi colaboración acá, con hasta dos artículos a la semana, de publicación los martes y los viernes, siendo este último día el dedicado a lo distópico. Sin embargo, ahora estoy con lo que estoy, y a vueltas ya de lleno con lo mismo, es bueno señalar que hay varios centenares de producciones cinematográficas circunscritas de algún modo u otro al concepto de distopía, por usar una distopía en su argumento o por ser distópicas en su conjunto, desde las más clásicas a las más recientes –en su mayor parte desarrolladas éstas últimas bajo el concepto de saga, esto es, que una película continúa en la siguiente, tan de moda en estos tiempos– del presente siglo XXI, que parece inmerso en un milenarismo de carácter fatalista y cuya máxima expresión ha sido este recién fenecido año 0 de la p. pandemia o, como la mayoría entiende, 2020 de la era cristiana. 
            A lo largo de la historia de la cinematografía el asunto distópìco ha sido recurrente, y más desde que en 1927 Fritz Lang elevara el género –o subgénero, si se prefiere– a categoría superlativa con Metrópolis, una producción de cine mudo de 153 minutos nada menos –más de dos horas y media– e inspirada en la novela homónima de Thea von Harbou, a la sazón coguionista del filme junto a su director, que retrata un hipotético 2000 con 73 años de antelación… Aún así tuvieron que pasar más de tres decenios para que recobrará popularidad lo distópico, pues no fue hasta la década de los sesenta del siglo pasado que regresó para quedarse. En 1966 apareció Fahrenheit 451, basada en la novela de Ray Bradbury, siendo la única película de lengua inglesa del cineasta francés François Truffaut. Esta cinta, por cierto, carece de títulos de crédito, no en vano en la obra está prohibida la escritura, como quizá en cierto modo en nuestros tiempos actuales está de algún modo prohibida la libertad de expresión. 
            Dos años después, en 1968 fue lanzada El planeta de los simios, otro hito del cine, basada en otra novela, esta vez de Pierre Boulle, cuya actualidad se ha mantenido viva hasta el presente, con multitud de secuelas, precuelas y remakes desde entonces: En el año 3978 una nave espacial se estrella en un planeta extraño tras 18 meses de hibernación y navegación interestelar a casi la velocidad de la luz. Los tripulantes de la misma salen de improviso de su hibernación y se encuentran con un mundo dominado por simios evolucionados que esclavizan a los seres humanos. La memorable escena final se convirtió de inmediato en un mito: el protagonista, el coronel Taylor, interpretado por Charlton Heston, se arrodilla en una playa mientras se lamenta de su descubrimiento, y es que en realidad han viajado en el tiempo. De fondo, la estatua de la libertad en ruinas yace medio enterrada: el planeta al que llegaron es la Tierra. Dos mil años después de su partida. 
          En esta película, como, en general en todas las de anticipación y, por supuesto, las distópicas, hay una carga filosófica y ética que va, según el caso, desde la elemental moraleja a la más profunda reflexión. En 1971 fue estrenada La naranja mecánica, obra maestra y polémica de Stanley Kubrick, basada en la novela del mismo nombre de Anthony Burguess, de una carga de profundidad que obliga a verla una y otra vez pese al estupor que causa, pues el gusto por la violencia, lo salvaje y lo grotesco alcanzan en ella un grado superlativo. Alex, líder de una banda criminal que adora el sexo, la ultraviolencia y la música de Beethoven, tras cometer sin descanso numerosas brutalidades, termina siendo detenido y sometido a una terapia experimental a fin de ser reinsertado en la sociedad, tras lo que debe afrontrar su pasado. En realidad, la cinta es una crítica social ambientada en Inglaterra en 1995, supuesto futuro por entonces que no está tan lejos de la violencia de todo tipo que el fin del siglo XX y lo que llevamos del XXI nos ha mostrado. ¿No recuerdan aquellos abusos de algunos soldados estadounidenses que torturaron, incluso con prácticas propias del sadomasoquismo, a prisioneros iraquíes durante la segunda guerra del Golfo y que fueron descubiertos e investigados a comienzos de 2003?
          El milenarismo, no tanto por su definición –la venida de Cristo para un reino en paz de mil años– sino por su sentido de utopía de carácter secular aunque también religioso, influenciado por el cambio de siglo, en que muchos veían el advenimiento del fin del mundo, y cuyo concepto fue desde los mismos años sesenta del siglo XX muy extendido y popularizado, ha tenido un protagonismo muy determinante desde entonces en todas las artes y ha condicionado incluso mentalidades, hábitos y modos de vida, sobre todo en Occidente. El totalitarismo, algo muy en boga hoy incluso en las democracias más avanzadas, es consecuencia, por ejemplo, de ello, y las artes cinematográficas así nos lo atestiguan. Como se puede ver, sin mayor abundamiento, en Stalker  (Andrei Tarkovsky, 1979), Doce monos (Terry Gilliam, 1995), Matrix (cuya saga comenzó en 1999) o Minority Report (Steven Spielberg, 2002), solo por nombrar algunos títulos emblemáticos aún no nombrados en este ensayo por entregas, e incluso de trascendencia mucho más allá de lo artístico en sentido estricto.
            A estas obras, entre otras, dedicaré el próximo artículo de esta serie acerca de la distopía que si bien fue anunciada para cuatro textos tendrá al final una docena que irán saliendo de viernes en viernes. En ellos seguiré abordando la materia desde las más diversas expresiones artísticas, literarias y filosóficas. Y lo inquietante es que de todos y cada uno de los casos se puede colegir un paralelismo con la realidad que nos está tocando vivir. Porque nuestro año 1 d. p., 2021 para entendernos, es en realidad el año 1 de la Era distópica.
 
(... Continuará…)


   
Fotografía: © M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 5. Deseo de fuego. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 5

Deseo de fuego

Manuel Pérez-Petit

Hago una breve cesura en mi serie ensayística acerca de la distopía –no tan distópica, como se puede y podrá comprobar–, a la que regresaré la semana próxima, para detenerme por un día, hoy, 25 de diciembre del nefasto año 0 de la era de la p., perdón, pandemia, al borde del año 1 d.p. –d.p. corresponde a ‘después de la p. pandemia’–, al fin y al cabo, en este nuevo calendario al que habremos de acostumbrarnos, lleno de oscuridad y apenas llama, desarraigo del sentido del tacto, emponzoñamiento general y enfermedad mental más que vírica entre otras lindezas, pero también, miren por dónde, de posibilidad de crecimiento interior y de ver más que de mirar con ojos nuevos; para detenerme, digo, al final de un año en que hemos conocido más grises que nunca en nuestras vidas y los colores se nos han han desvaneciendo como por efecto de magia, provocando en muchos tanto dolor como ilusiones de nuevos horizontes no tan futuros, cuando no la propia negación, o, lo que es peor, incluso la autonegación, pues, entre otros motivos, eso de mirar hacia adentro, no por decisión propia sino casi por decreto, en demasiadas ocasiones resulta incluso peor que indigesto; para detenerme, digo, en unos seres que no son cuento ni apenas fantasía, aunque ésta los ha hecho arder por todas partes desde tiempos inmemoriales.
     Son reales; yo los he visto paseando con Sibelius y con sangre –y ni se imaginan cómo– en un bosque al borde del lago Inari, en Laponia, junto a iglesias de madera sin repintes y caminos sin retorno; en el desierto de Juárez, perdido en flores sin igual con Jorge Luis Borges junto a El Paso y el recuerdo de los centauros del desierto; en el claroscuro de las orillas imparables del río Paraná en Zárate o en Corrientes, caminando con Macedonio por avenidas y avenidas de divertimentos; en los manglares de Nicaragua, de Rama a Bluefields, con Cardenal recitando versos arrodillados; en los brazos de un Dante sometido a exilio junto a la cúpula imposible de Brunelleschi; comiendo salmón en Estocolmo con Greta Garbo, su reina Cristina; en los palmerales de Palm Springs, paseando por N Indian Canyon drive bajo chorros de vapor de agua a cincuenta grados a la sombra y en el parque de atracciones de Santa Mónica, subidos a la noria de los deseos; bajando la Cordillera –así, con mayúscula– a punto de entrar y extraviarme en el barrio Lastarria de Santiago; en las hordas de trigales de los campos de Castilla, a dónde ni Machado llegó; en los rincones más escondidos de mi imaginación por el pirineo navarro, camino de Roncesvalles y la retaguardia del ejército de Carlomagno; ahogado en máscaras en la plaza de San Marcos, a punto de entregarme en incondicional armisticio a los canales de mármol más famosos del universo; desorientado en la Alhambra pese a que me acompañaba Washington Irving; subiendo las rampas de la Giralda tras las manzanas de oro; adentrándome en los volcanes más voluptuosos de Costa Rica tras haberme enamorado en Tortuguero, tan cerca de Limón que hasta la música escuece… Los he visto saltar de las páginas de docenas de libros al sillón en que estaba sentado para que les abriera hueco o ponerse a mis pies, encenderme la pipa o un cigarrillo y hasta asar castañas, para deleite de las fiestas invernales bajo inmensas nevadas incluyentes. He volado con ellos, me han rescatado de las fauces de demasiados peligros a los que estoy, por otra parte, acostumbrado a exponerme, los he abrazado tantas veces como días tiene mi consciencia y hasta, a veces, dormido en sus lomos o incluso besado en la boca. 
     Quizá por ello soy uno de ellos también, el menor de entre los de su especie. Los conozco bien. Cuando estuve solo estaban conmigo y cuando estuve en multitudes se subían a mi espalda, donde luchaban con mi ángel de la guarda para ver quién podía más y podía conmigo. Pese a lo que se pueda colegir de esto último y contra la opinión generalizada, son seres de bondad, dotados de gran nobleza y fuentes de calor inigualables. 
     Yo deseo que esta Navidad sea la de la conjura de los dragones, que tienen la ventaja de que nadie cree que existan, pero yo puedo atestiguar que sí. Y quizá eso explique muchas cosas. Deseo que su llama inextinguible sea la que nos contagie y nos ponga la corona de triunfantes reyes de la existencia. Que ardamos como los seres gestantes que en realidad somos, que construyamos con fuego una nueva vida. No para llevar la contraria a la p., que al fin y al cabo es, por lo visto, aún inevitable, sino para apostar, el día en que conmemoramos el nacimiento del Niño-Dios, como nunca antes, por la vida.


   
Fotografía: © M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 4. Distopía II. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 4

Distopía II: No tan del pasado

Manuel Pérez-Petit

Ejemplo de toda esta reflexión acerca de la distopía y la realidad y paradigma de que la distopía no sólo se presenta ya en escenarios futuristas, Juego de Tronos, los libros y la serie de televisión, han derivado en estos últimos  años en un fenómeno merecedor de estudio aparte. Se trata de un monstruoso drama de fantasía, aderezado con grandes dosis de violencia basado en la saga literaria creada por George Raymond Richard Martin, más conocido como George R. R. Martin (New Jersey, Estados Unidos, 1948), prolífico autor que alcanzó la fama universal con Canción de Fuego y Hielo, una saga que comenzó a publicarse en 1996. La opera magna de Martin cuenta una historia en tercera persona desde los puntos de vista de más de 30 personajes. En cuanto a su valor literario, Martin ha sido criticado por su exuberancia en la descripción de los blasones, la indumentaria y los lemas de las casas que integran su universo. Pero su escritura es atrapante y fresca, y quizá ahí radique el éxito de la obra, cuya inspiración se encuentra en el medievo inglés en torno a la llamada guerra de las Dos Rosas, nombre acuñado en el Romanticismo al enfrentamiento armado de las casas de Lancaster y de York por el trono de Inglaterra, en la sucesión de Eduardo III y que daría lugar a la entronización de Enrique VII, padre de Enrique VIII, y en la que muchos consideran de manera errónea –y algún día hablaremos del concepto saga– la madre de todas las sagas de la literatura fantástica: El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien, asunto éste –el de la “madre”– que merecería otra reflexión adicional, pues en este caso de las distopías y la literatura fantástica –dos asuntos, no uno, aunque a veces entren en convergencia–, al contrario que en el Derecho natural, madres no hay nunca solo una.
    La geografía de Juego de Tronos consiste en dos continentes: Poniente, donde se establecen los Siete Reinos, monárquicos y con una estamento nobiliraio de gran influencia, Y Essos, una tierra muy extensa que alberga culturas arcaicas y salvajes que se rigen más por métodos de conquista y esclavitud. Hay tres líneas argumentales en la saga: la crónica de la guerra civil dinástica por el control del Poniente entre varias familias nobles, en donde el principal ente catalizador es Tyrion Lannister, el enano más listo del reino, la creciente amenaza de los llamados “Caminantes blancos” y de los salvajes, apenas contenida por un inmenso muro de hielo que protege el norte, custodiado por la Guardia de la noche, una orden que acoge a proscritos, violadores y personas en busca de redenciones personales y cuya figura principal recae en el bastardo de Invernalia: Jon Snow, y, por último, el viaje de Daenerys Targaryen, la hija exiliada del rey que fue asesinado quince años antes en otra guerra civil anterior al comienzo de la historia, que busca regresar a Poniente a fin de reclamar sus derechos. Las tres historias interactúan entre sí y son codependientes, en un marco de unicidad fragmentada en que se desarrolla toda esta historia de historias, en la que los personajes son complejos y están inmersos en un proceso de desarrollo constante, cambios de trama violentos y repentinos e intrigas políticas que bien podrían hacer reflexionar no sólo por sí mismas sino en relación al presente y a un probable indeseable futuro, con bases llenas de realismo. En su complejidad estructural, los protagonistas están sometidos a un constante vaivén de situaciones que les lleva a tomar decisiones que casi nunca están fundamentadas en virtudes o valores sino en la conveniencia y a veces como medidas de último recurso. La moral es un eje que juega un papel tan secundario que incluso en el contexto se puede considerar desprestigiado. La violencia, el incesto, la religión y la sexualidad se convierten en elementos indispensables, y la magia cuenta con un protagonismo en el desarrollo argumental muy leve y hasta sutil, llena de ambigüedad y oscuridad, por lo que aparece –al contrario de lo que se podría presuponer– en muy contadas ocasiones, lo cual marca una distancia significativa entre Canción de Fuego y Hielo y otras historias adscritas al género fantástico. El eje central no es la lucha entre el bien y el mal, sino la lucha política y la guerra civil, o sea, que la obra está concebida como un universo que se mira a sí mismo, y en ellas apenas aparecen –casi ni siquiera sugeridas- amenazas externas. Y eso también da para pensar, y no poco.
     Resulta cautivante la cantidad de fronteras que esta historia ha traspasado. No podemos negar que fue gracias a su adaptación televisiva que los libros cobraron importancia mundial. Y esta adaptación, concebida por los productores David Benioff y D.B. Weiss, ha demostrado que la gente está ansiosa por consumir historias complejas, saturadas de personajes y situaciones, que poco a poco se van entretejiendo. Aderezada con una banda sonora de primera, a cargo de Ramin Djawadi, y por los directores que han estado a cargo de los episodios durante sus temporadas, Juego de Tronos es una joya audiovisual que merece la pena ser vista y estudiada. 
     Y ahora más que nunca, puesto que parece no una historia basada en el pasado sino una crónica de la más rabiosa actualidad mundial. Y si no, enumeren cuantas similitudes puedan existir entre Juegos de Tronos, una hitoria distópica en un escenario del pasado, con lo que hoy ocurre y está ocurriendo en el mundo.

(Continuará…)

   
Fotografía: © M. P.-P., 2008

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 3. Distopía I. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 3

Distopía I: No tan ficticio

Manuel Pérez-Petit

El diccionario de la Real Academia Española (DRAE) define la palabra ‘distopía’ como “Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. Debería entenderse que esta ‘sociedad futura’ pertenece más al mundo de la fantasía que al de la realidad, y de hecho muchas veces disciplinas artísticas como el cine y la literatura han abundado en ello, para alimento de nuestra tradicional capacidad de asombrarnos. Es el género de anticipación, que engloba entre otros subgéneros a la ciencia ficción o la anticipación sociológica, y que cuenta desde hace decenios con una notable abundancia de obras y con una más que consolidada aceptación general más allá del público popular, en el que se encuadran las expresiones actuales distópicas, ya no en su concepción clásica, con escenarios irreconocibles para el mundo actual, no vinculados ni referenciados a nada existente, sino en marcos claramente identificables. En los últimos años, esa ficticia sociedad ha tomado otros vestuarios y apariencias, como el del género histórico o pseudohistórico, contando con exactitud lo mismo que cualquier historia que cuente un posible ‘futuro’. Sin embargo, esto es aparente, porque en realidad todo es aquí anticipación, pese a que sea ambientado en una supuesta Edad media anglosajona o del medio oriente. Pese a todo, hasta este punto todo es correcto. Los caminos de la fantasía permiten todas las licencias, y en ellos el principio de verosimilitud se plantea en términos de coherencia interna del relato. El asunto está en que tal y como las cosas andan hoy en el mundo resulta que toda esa fantasía no parece de tan dificultosa probabilidad de existencia, sino que más bien pareciera haberse hecho realidad. Y eso preocupa, y de ahí que vaya a dedicar las tres últimas columnas de este año y la primera del próximo a la materia, desde diversas perspectivas y disciplinas. Sobre todo, como colofón pesadillesco a este distópico 2020.
     El cine y la literatura han imaginado y dibujado como casi ningunas otras expresiones artísticas el futuro de las ciudades o su probable futurible, inmersas las nuevas urbes en mundos más o menos distópicos que, en cualquier caso, generan per se reflexión, discusión y hasta nuevos planteamientos filosóficos. Unas veces son películas basadas en obras literarias y otras con guiones originales, como es el caso de “The Fifth Element (El quinto elemento)” (1997, Luc Besson), en que se muestra un diseño urbanístico que va de lo post-apocalíptico a lo futurista, mezclando espacios urbanos en que los autos vuelan en medio de rascacielos de proporciones abismales, en un universo dominado por una decadencia moral y humana que se manifiesta en la propia narrativa y en los argumentos esgrimidos que a su vez se trasladan a los escenarios del filme: tras las fachadas impecables y relucientes, la pobreza y la inmoralidad descienden a los sótanos de la propia vida y a las banquetas, entre tuberías oxidadas y chorros de vapor caliente, en tanto el horizonte muestra un grado de contaminación en el aire que da que pensar respecto a los posibles escenarios de un futuro no tan ficticio. Y todo ello de manera indefectible lleva al downtown –centro de la ciudad– de Los Angeles, California. ¿Pasearon alguna vez por allá y vieron esos rascacielos espectaculares, y acaso se les ocurrió rodearlos y ver sus fachadas traseras? ¿Qué encontraron a pie de calle a espaldas de tanto cristal y acero relucientes?
     No solo muy distante de esta película sino precedente de la misma en cierto modo, hay otra mucho más famosa, basada en parte en la novela “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, de Philip K. Dick, que, es sin duda, muy significativa respecto a la arquitectura y la planeación urbanística: “Blade Runner” (1982, Ridley Scott), en la cual en la más arquetípica megalópolis del futuro la distopía queda al descubierto en sus horizontes interminables de edificios, poblados por anuncios luminosos al por mayor y, sobre todo, por la desmesura del capital, en que el gobierno queda ensombrecido por un corporativismo marcado a fuego en la vida cotidiana. ¿Y a qué decir que refiere a Nueva York?
     Esta misma tendencia a mostrar futuros que han progresado a costa de crisis y pobreza se encuentra en no pocas películas. “Children of men (Niños del hombre)” (2007, Alfonso Cuarón), basada en la novela homónima de P. D. James, muestra una urbe  superpoblada –que en este caso resulta ser la capital de Reino Unido, Londres–, que pareciera una ciudad amurallada, sometida al yugo de un control militar estricto, lo cual la aísla aún más del exterior, en cuyos espacios públicos hay sin ir más lejos grafitis con mensajes desesperados que no pasan desapercibidos, vestigios de vandalismo propio de los años noventa del siglo XX, aunque la historia esté ambientada en un supuesto 2027, tras 18 años de infertilidad del género humano.
     Los anteriores son ejemplos indiscutibles, condición no aplicable a otras obras, como “Robocop” (1987, Paul Verhoeven), que plasma un “utópico” 2015, lo cual, si se admitiera en comparación con el año verdadero resulta sobrepasado. Está ambientada, no obstante, en un Detroit, Michigan, Estados Unidos, que ha sufrido en los últimos años los estragos de una enorme depresión económica, además de encontrarse regido por el crimen organizado, lo cual, por otra parte, no está nada lejos de la realidad.
     Podríamos hablar y hablaremos en esta serie de otros casos de una popularidad extraordinaria y su vinculación con esta sorprendente realidad de hoy, pero a vueltas con que somos urbanitas, al menos en mayoría, y podemos abstraer y significar en las propias aglomeraciones urbanas lo que pasa en el conjunto del mundo –asumiendo de algún modo el todo por la parte–, nuestro entorno de ciudades controladas y gobiernos democráticos que aplican medidas totalitarias en virtud del “bien común”, justificados en la pandemia, que estamos viviendo en la actualidad me da qué pensar que una de las consecuencias de todo este 2020 será que adquiriremos, por vía de la necesidad, una nueva manera de asombrarnos. Por eso, le podríamos incluso proponer al DRAE una redefinición del significado de la voz “distopía”, que podría quedar del siguiente modo: “Representación ficticia o no de una sociedad actual de características negativas causantes de la alienación humana”.

(Continuará…) 
   
Fotografía: © M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 2. Mi primer poema. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 2

Mi primer poema (publicado)


Manuel Pérez-Petit

Mi primer poema publicado en libro fue el único poema –en realidad, fueron tres– que he publicado en un libro editado por mí. Es más, fue en el primer libro del que fui editor, en diciembre de 1990. Es aún más, fue en el único libro en que me he editado a mí mismo. 
            La tertulia “Liceo Navarro” acababa de cumplir tres años. Yo mismo la había promovido y fundado con otros nueve compañeros de la Universidad de Navarra el 21 de noviembre de 1987 firmando un sencillo manifiesto en el que se remarcaba que nacíamos con la idea de aportar algo (sic) al entorno cultural mediante la literatura, y desde el principio estuve encargado de su coordinación. 
            A lo largo de ese año de 1990 fue alimentándose la ilusión entre nosotros de hacer un libro, pero no fue hasta el inicio del siguiente curso académico que no comenzó a fructificar la idea, que finalmente vio la luz el 10 de diciembre, llegando apenas a tiempo a unas jornadas literarias organizadas por nosotros mismos en un colegio mayor pamplonés, a las que denominamos llenos de ingenuidad e ímpetu “Primeras”. Aquellos días nevó como si no pudiera pasar otra cosa en el mundo. Nevaba y nevaba y nosotros, como niños con zapatos nuevos, lucíamos nuestras mejillas sonrosadas sin disimular la satisfacción de haber conseguido el objetivo, cuyo título fue “Primera claridad”, no en vano ninguno de los autores incluidos habíamos publicado nunca en libro ninguna obra de creación nuestra.
           Podría ponerme a poner en este punto un nombre tras otro, pues no son pocas las gratitudes que nacen en el despertar a la vida, y aquello fue un paradigma de ello para muchos de nosotros. También, a qué negarlo, fue el principio del fin de la tertulia, que aún duró como año y medio más, pero esas son cosas de la condición humana que en este momento no vienen al caso.
            Un día puede que escriba en este espacio acerca del “Liceo Navarro”, y seguro que lo haré de edición y del mundo editorial, como incluso es posible que lo haga de mi propia obra literaria, que durante años me encargué de esconder a los demás bajo la bienintencionada y en realidad torpe excusa de dedicarme a la suya o a otras cosas, pero en estos días oscuros y de pandemia, año cero de una nueva era que habrá de vivirse bajo máscaras protectoras y rutinario olvido del sentido del tacto, he caído en la cuenta de que, en efecto, como los lectores perspicaces habrán observado, se cumplen treinta años desde que me inicié de manera práctica en el oficio de editor. Cerca de cuatrocientos títulos y ninguno mío –pues hasta mis viejas autoediciones se las encargaba a otros–, para sellos editoriales de creación propia o instituciones, como proyecto individual o por encargo, exprimiendo siempre hasta la última gota de mis capacidades –pues nunca he sabido dosificar esfuerzos ni le he dado tregua a la autosatisfacción– en una tarea de la que siento que ya estoy en el último tramo, en el trayecto final, entrando a los postres en realidad de un oficio desconocido al que he dedicado una buena parte de mi vida...
            —Ahora no nos vaya a hablar de Kolaval, Manuel, por favor.
            —Descuide, amigo, que Kolaval habla y hablará por sí solo, y usted lo verá. A lo que en realidad vengo es a que hubo principios, muchos, adquiridos con el tiempo unos u asumidos desde el primer día, que usted y cualquiera podrá discutir pero en los que me he mantenido firme, como el de no publicarme a mí mismo. Por eso, cuando he vuelto a tomar un ejemplar de ese libro del “Liceo Navarro” en mis manos me he sentido extraño al verme, y sobre todo al leer el primer poema mío que salió en un libro...
 
OTROS PERFILES
 
    Cuelga una palabra
del quicio de la ventana,
hacia la acera, donde hacen patria
los mendigos de asfalto y carne,
y otros tipos de funcionariado.
 
    Hay miedo. Un día fuimos
cualquier cosa. Pero hoy
podemos ser nada, y hace frío.
 
    Recuerdo un tiempo
en que pacías en la lentitud
de mis cuartillas. Hoy
te has vuelto vertiginosa
e insolente. Tengo miedo.
Hay perfiles que anuncian
que cada día te comprendo
menos. Y más te amo.
 
    No caigas al vacío, de momento.
 
            —Un buen poema.
            —Si usted lo dice… La cuestión no es si es un buen o un mal poema sino que al leerlo he tenido la sensación de que hubiera sido escrito hace un mes o esta misma semana. No sé, mi amigo, puede que sea que hay cosas que no cambian. 
   
Fotografía: “Homenaje de la Universidad de Navarra al catedrático López Escobar en su jubilación” –© 2012, Universidad de Navarra–, https://issuu.com/fcom-navarra/docs/elef.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 1. Cajón de sastre. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 1

Cajón de sastre


Manuel Pérez-Petit

Andábamos el buen Roger Octavio y un servidor cavilando hace tiempo en torno a mi inclusión como colaborador en este blog de altos vuelos y supervivencia admirable y contracorriente en este mundo que nos toca. Él, por su abnegada labor de mantenimiento de un proyecto tan poco redituable y tan ingrato tantas veces como éste de promoción de la lectura, asunto del que, miren por donde, algún conocimiento –y sobre todo, experiencia– tengo. Y yo, en la necesidad –relativa, a qué negarlo–, de darle cauce, incluso río arriba, en parte al menos a lo que llevo en la cabeza… En eso estábamos cuando le dije: “Se llamará ‘Cajón de sastre’...” Y asintió.
          Bajo el mostrador de los sastres suele haber una gaveta en cuyo interior hay todo tipo de elementos para el trabajo de su oficio, todos mezclados. Como metáfora, con ‘cajón de sastre’ se designa al contenedor en que se almacenan cosas sin orden ni concierto. Es también ‘cajón de sastre’ un término periodístico que desde el siglo XVIII alude a secciones de carácter misceláneo en realidad y en las que todo cabe, como incluso hoy puede observarse en los medios de comunicación en secciones como sociedad, por ejemplo, y en multitud de espacios de opinión. Hasta aquí, a mí, que tengo más ideas que capacidades y mejor voz que letras, me encajaba. Soy periodista de carrera y editor de profesión actual, buenas maneras de estar siempre en el “mundo” de las letras, dicho sea de paso. 
          Según el Diccionario de la Real Academia Española –que ahora es de la Asale, la Asociación de Academias de la Lengua Española, gracias a Dios–, la expresión masculina coloquial ‘cajón de sastre’ tiene dos acepciones. La primera es “Conjunto de cosas diversas y desordenadas”, y la segunda: “Persona que tiene en su imaginación gran variedad de ideas desordenadas y confusas”. Por si fuera poco, siempre en la voz ‘cajón’, añade otra expresión, ‘ser de cajón algo’, con una sola acepción: “1. loc. verb. coloq. Ser evidente u obvio, estar fuera de toda duda o discusión”. Sirva esta columna semanal, que saldrá todos los viernes en Letras, ideaYvoz, para sacar a la luz variedad de ideas y cosas diversas a fin, entre otros motivos, de ver si alguna vez encontramos, mediante la duda y la discusión, algo que sea de cajón –cuestión no tan importante, de todos modos– y nos merezca la pena compartir –dicho en el más amplio sentido de la palabra, lo cual sí es de capital importancia, al menos para el que esto suscribe–. 
          Lo cierto es que estaba dispuesto a llamar a este espacio ‘Cajón de sastre’, pero me he acordado de repente del poema “Credo poético”, de Miguel de Unamuno, que me impactó hace cerca de cuarenta años:
 
CREDO POÉTICO
 
Piensa el sentimiento, siente el pensamiento;
que tus cantos tengan nidos en la tierra,
y que cuando en vuelo a los cielos suban
tras las nubes no se pierdan.
 
Peso necesitan, en las alas peso,
la columna de humo se disipa entera,
algo que no es música es la poesía,
la pesada sólo queda.
 
Lo pensado es, no lo dudes, lo sentido.
¿Sentimiento puro? Quien en ello crea,
de la fuente del sentir nunca ha llegado
a la vida y honda vena.
 
No te cuides en exceso del ropaje,
de escultor, no de sastre es tu tarea,
no te olvides de que nunca más hermosa
que desnuda está la idea.
 
No el que un alma encarna en carne, ten presente,
no el que forma da a la idea es el poeta
sino que es el que alma encuentra tras la carne,
tras la forma encuentra idea.
 
De las fórmulas la broza es lo que hace
que nos vele la verdad, torpe, la ciencia;
la desnudas con tus manos y tus ojos
gozarán de su belleza.
 
Busca líneas de desnudo, que aunque trates
de envolvernos en lo vago de la niebla,
aun la niebla tiene líneas y se esculpe;
ten, pues, ojo, no las pierdas.
 
Que tus cantos sean cantos esculpidos,
ancla en tierra mientras tanto que se elevan,
el lenguaje es ante todo pensamiento,
y es pensada su belleza.
 
Sujetemos en verdades del espíritu
las entrañas de las formas pasajeras,
que la Idea reine en todo soberana;
esculpamos, pues, la niebla.
 
Poesías, 1907.
 
Y, en este giro inesperado, me quedo, pues, con ese “(...) No te cuides en exceso del ropaje,/ de escultor, no de sastre es tu tarea,/ no te olvides de que nunca más hermosa/ que desnuda está la idea (...), y no menos con ese imperativo: “(...) Busca líneas de desnudo (...)”, por lo que en consecuencia, he decidido, ante el cajón de sastre que me alumbra, llamar a esta columna “Líneas de desnudo”. No se la pierdan los viernes, habrá mucha tela que cortar… Y si no sirve para nada, al menos nos divertiremos.
 
   
Fotografía: ©M. P.-P., 2009.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.