Líneas de desnudo. 88. ¿Todo vale? Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 88

¿Todo vale?
Por Manuel Pérez-Petit

La dictadura militar argentina tenía la costumbre de enviar a muchas de sus víctimas al fondo del mar. En abril de 1998, la fábrica de ropas Diesel publicó en la revista Gente un aviso que probaba la resistencia de sus pantalones a todos los lavados. Una fotografía mostraba a ocho jóvenes encadenados a bloques de cemento en las profundidades del agua, y debajo decía: “No son tus primeros jeans, pero podrían ser los últimos. Al menos dejarás un hermoso cadáver”.

Eduardo Galeano: Patas Arriba. Siglo XXI de España, Madrid, 1998. Pág. 213
El 13 de mayo de 1977 en la primera plana del diario L‘Observatore Romano destacaba un titular: “Nadie puede escapar a la influencia de la publicidad”. La frase, que había sido acuñada el día anterior por el Papa Pablo VI (1897-1978) en su mensaje con motivo de la Jornada Mundial para las Comunicaciones Sociales, adquirió pronto notoriedad y hoy, más de cuarenta años después, pertenece al acervo general y sigue vigente. En la actualidad, lo publicitario ya no solo es un espejo que abarca el mundo, sino el propio aire que se respira, y el lenguaje de la publicidad es un discurso mucho más que dominante.
            El sofisma y la retórica de la aldea, en la nueva tribu global de hogares cableados y vigilados, como el editor y escritor de ciencia ficción estadounidense Frederik Pohl (1919-2013) nos describe en su famoso ensayo “La guerra de los mercaderes”, en un mundo que cada día es más selvático y, a la vez, monolítico, y en el que lo subliminal domina todo sin límite de ningún tipo, es lo que impera. Para llegar a ello, a la sociedad de la comunicación total y totalizante, la que vivimos y más aún en plena Era distópica, de la que nadie escapa y en la que a la postre la ética se reduce a una simple “buena convivencia” cuyas normas son dictadas por decreto desde arriba, en la que todo es relativo y el lenguaje de la persuasión implanta su dictadura global, sirviéndose de todo lo que encuentra a su alcance, que es todo lo que hay, y mezclándolo a su antojo, en lo cual ha tenido mucho que ver el arte y la literatura, y no solo como fuente inspiradora, la evolución del “todo vale” ha sido y es granítica y demoledora.
            La finalidad esencial de la publicidad es seducir mediante la difusión de la información específica con la que trata de convencer al receptor de las bondades de un producto o servicio. Es el marketing el que tiene como función principal la venta, y las relaciones públicas, la imagen, como bien se sabe. Estas tres disciplinas van muy de la mano pero también están muy diferenciadas, aunque suele haber confusión en cuanto a su entendimiento en general. Toda creatividad publicitaria debe estar sometida a unos límites que, en muchos países, se establecen en forma de códigos de autorregulación, los cuales se cumplen en mayor o menor medida en la práctica en función de la prioridad que cada uno otorgue a la cuenta de resultados de las empresas, cuyo saldo positivo es el objetivo principal por el que nacieron en su día estas profesiones. Por esta razón, no ha sido extraño encontrar escritores dedicados a la publicidad. Un buen escritor es un buen mentiroso. Y para ser un buen seductor hay que serlo también.  
            Desde siempre, tanto la literatura como el arte en general han servido a la publicidad como fuente de inspiración e, incluso, como referencia y, a veces, modelo. Puesto que la finalidad principal de la publicidad es conseguir el enriquecimiento de las compañías y, al final, en mayor o menor sentido, el control del mercado, que, ahora, es el control político, no es de extrañar que los creativos recurran a las técnicas que aseguren el más estético y eficaz cauce de transmisión de ideas. 
            El publicista no genera obra sino material creativo técnico encaminado a conseguir un objetivo, para lo cual se sirve de cualquier cosa que le sea útil, digamos que de una forma “bruta”, sin límite, pero aceptada por el conjunto de la sociedad, que es la que de manera supuesta marca normas con las leyes... De ahí la cita que encabeza el presente artículo: una verdadera aberración, un famoso encarte publicitario denunciado en su día por el periodista y escritor uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015), que fue publicado en la revista argentina Gente y que llegó a los tribunales, no requiere mayores comentarios pero que hace pensar que el mundo que vivimos hoy ya lo veníamos viviendo desde hace mucho tiempo. 
            La consagración del “todo vale” es la negación de la esperanza. ¿De verdad merece la pena?
Monumento Contra el Terrorismo de Estado, Costanera Norte, Buenos Aires, Argentina (publicado bajo licencia 
Creative Commons Attribution-Share Alike 2.0 Generic).
Fuente de la fotografía: https://www.flickr.com/photos/22463945@N00/5827429164

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 87. Literatura y periodismo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 87

Literatura y periodismo
Por Manuel Pérez-Petit

Autores de la talla de G. García Márquez reconocen que del periodismo pueden utilizar ciertos recursos que legitiman la verosimilitud de la historia que se narra: «A un escritor le está permitido todo, siempre que sea capaz de hacerlo creer. Eso, en general, se logra mejor con el auxilio de ciertas técnicas periodísticas, mediante el apoyo en elementos de la realidad inmediata». La emoción de lo real impregna la obra literaria, que de presentar una historia verosímil pasa a ofrecer un hecho real con todos sus detalles, potenciando inevitablemente el interés del lector. La idea de unir periodismo y literatura no es nueva. Daniel Defoe en su Diario del año de la peste (1722) construye un impresionante relato a partir de entrevistas a supervivientes, datos y encuestas reales de la epidemia de peste que asoló Londres en 1665, aunando de este modo la exactitud y rigor informativo con el conseguido valor literario. El otro gran ejemplo clásico de novela reconstruida retrospectivamente a modo de reportaje es la Historia de la columna infame (1842) de Alessandro Manzoni, que narra un memorable caso judicial. En ambos casos, la invención está excluida.

Encarnación García de León: Literatura periodística o periodismo literario, http://cvc.cervantes.es/literatura/aih/pdf/13/aih_13_4_039.pdf
En efecto, y siguiendo con la línea de mi artículo anterior, “De lo que se trata”, ‘arte’ es la palabra, pero aterrizo en una de las artes, la ‘literatura’. El elemento fundamental que diferencia a la literatura de otros medios de la escritura es la connotación, que para el lingüista y teórico literario búlgaro francés Tzvetan Todorov (1939-2017) es un concepto en el que cabe todo, que engloba “todas las significaciones no referenciales”. Sin embargo, esto resulta impreciso, aunque puede completarse con la observación de niveles semánticos. 
            A comienzos del siglo XX, el semiólogo suizo Ferdinand de Saussure (1857-1913) afirmó que puede “concebirse una ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social; formaría una parte de la psicología social, y, por consiguiente, de la psicología general; la denominaremos semiología (del griego sēmeîon, signo). Ella nos enseñaría en que consisten los signos, qué leyes los rigen”1. El lingüista danés Louis Hjelmslev (1899-1965) explicitó esto en su teoría lingüística, llamada glosemática, estableciendo los límites del concepto en una relación entre el plano de la expresión y el plano del contenido que, cuando llega a funcionar como plano de la expresión o significante de un segundo sistema, hace que el primer sistema constituya el plano de denotación y el segundo el plano de connotación, que es la definición que asumió como suya el semiólogo francés Roland Barthes (1915-1980), así como un buen número de críticos y teóricos literarios, aunque no ha sido aceptada por el consenso general de los lingüistas.
            Todo ello nos lleva a la relación entre literatura y periodismo. Ambas son disciplinas de la palabra, y se establecen en mayor o menor medida en la retórica. Por principio teórico, el periodismo no es ideológico. Barthes lo aclara: “La ideología sería, en suma, la forma (en el sentido de Hjelmslev) de los significados de connotación, en tanto que la retórica sería la forma de los connotadores”2. No hay que olvidar que toda actividad retórica es también pragmática... 
            Podríamos seguir y seguir –y seguiremos– reflexionando en torno a la literatura y al periodismo –y no es teoría aunque pudiera parecerlo–, porque da de sí –y no se imaginan cuánto–, y máxime en nuestro tiempo en que ambas disciplinas se encuentran, en mayor o menor grado, en entredicho, y ambas porque todos creen poder ejercerlas y de cualquier modo. De ahí, por ejemplo, las noticias falsas o la muy grave sustitución real de la verdadera creación por el facilismo ingenioso, y ambos casos son realidades de una gravedad extrema. 
            En mí se dan ambas condiciones, la de escritor y la de periodista, y muchas veces escribo como periodista y hago periodismo como escritor, lo cual en mí no es un problema, pero a la vista de lo que vemos y observamos hoy se trata de una fuente de problemas que dinamitan incluso conceptos como la libertad de expresión, lo cual le viene muy bien a los nuevos “dueños” del mundo, y mucho más en nuestra Era distópica, para la realización de sus planes de dominación de las personas.
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1 Curso de lingüística general, Madrid, Akal, 1994, pp. 42-43.
2 La aventura semiológica, Barcelona, Paidós, 1990, p. 77.
11 de marzo de 1702. Portada del primer ejemplar de The Daily Courant, primer periódico diario de la historia. En aquellos tiempos, periodismo y literatura iban de la mano.
Fuente de la fotografía: Archivo.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 86. De lo que se trata. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 86

De lo que se trata
Por Manuel Pérez-Petit

No es la verdad aunque la transmita. No la contiene, pero abre las puertas a visiones más completas que las visiones que puedan darse al alcance de los ojos. Es un ejercicio de la mentira cuya tarea es generar mentiras que lleven al momento en que cualquiera puede encontrarse y que permitan descubrir y reconocer verdades inmutables1.
            No es necesario para el ser humano, de igual modo que éste no necesita construir casas para habitar o vestirse para ser. Es más, a veces hasta goza de amplio desprestigio.
            No puede definirse, es paradigma de la polisemia. Por esta razón posee incontables denominadores comunes con otras muchas otras disciplinas, a todas las cuales puede expandirse. Su condición de posibilidad es la ficción, vía de acceso a su opción de completar la creación del mundo o incluso de generar un universo nuevo. Existe desde siempre, y en todas partes. Es hijo directo y legatario universal del pensamiento mágico, que hasta hoy existe gracias a él. 
            No es comunicación. Informa de lo informe de forma semántica. Es un “suceder imaginario”, como afirmó el poeta y pensador mexicano Alfonso Reyes (1889-1959)2. Se trata de un sistema modelizador secundario compuesto de signos icónicos, figurativos, no convencionales, como podemos confrontar con el semiólogo ruso Yuri Lotman (1922-1993). Contiene una enorme información en una “superficie” reducida, que ofrece a cada uno una información nueva, pues su connotación es múltiple y multiforme y no conoce límites. 
            Con todo, el descubrimiento de su naturaleza puede producir una y otra vez la revolución total de los métodos de conservación y transmisión de la información y el conocimiento, pero supera tanto a la información como al conocimiento por el mero hecho de existir, pues por el mero hecho de existir es pórtico de la sabiduría. 
            Retuerce y sublima todo lo que toca. Un elemento fundamental en él es lo que se podría denominar como ‘grado de penetración’, dado que hay todo un universo de subcódigos histórico-culturales que aunque sea negado por su propia existencia no puede negar ni niega, dada su evidencia. 
            Ernst Gombrich (1909-2001) nos dijo que, en realidad, no existe, que los que existen son sus hacedores3. Dijo “los artistas” cuando en realidad quiso decir “los seres humanos”, pues todos y cada uno estamos llamados al arte –que es de lo que se trata en estas líneas– en todas y cada una de las facetas de nuestras vidas. 
            No necesita vocación, por mucho que digan los pedantes o los indolentes, pues está en nuestra condición original y, por tanto, todos y cada uno tenemos per se esa vocación, que es imposible de desgajar de nosotros mismos y que aunque se niegue existe. Exige rigor, autocrítica, afán de superación, disciplina, un ejercicio de la voluntad descomunal, humildad, compromiso, coherencia, que estemos despiertos. La tarea de crear a la que todos y cada uno estamos llamados exige creer y crecer. Total, requiere de muchas cosas incómodas para vivir en nuestro tiempo de la comodidad, la ocurrencia, el rechazo a la creatividad, la esclavitud y la deshumanización. Y depende de un intangible universal que no ha podido ser ni será nunca desentrañado: el amor.  
            Y si todos y cada uno asumiéramos de verdad nuestra condición inevitable e incondicional, que es al amor y a la luz, y, por tanto, a la creación, y fuéramos, en consecuencia, auténticos creadores, en el más amplio sentido artistas, no con la visión romántica del artista arrebatado –que puede que también– sino asumiendo en todo caso en plenitud nuestra condición de personas, de seres humanos palpitantes que tienen alma, corazón y vida, el mundo, nuestro mundo, sería diferente. Fíjense, incluso mejor, y los horizontes se nos abrirían como nunca hayamos conocido. Y todo se nos llenaría de luces, incluso en medio de la oscuridad. Y cualquier anochecer será un presagio cierto de un día que no será otro sino nuevo.
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1 El poeta español Luis Rosales escribió en un artículo que es “una mentira que nos permite aproximarnos a la verdad” (Un cuadro profético, diario ABC de Sevilla, 20/02/1989, p. 3).
2 La experiencia literaria, Barcelona, Bruguera, 1985, p. 85.
3 En su Historia del Arte.
Atardecer como promesa. (Imagen cortesía de su autora)
Fotografía: ©Mayté Flores Ayala Mancera.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 85. El amor existe. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 85

El amor existe
Por Manuel Pérez-Petit

Aunque pudiera parecer anacrónico, todavía en algunos lugares del planeta sale la gente a la calle gritando tierra y libertad –no amor, por cierto–, portando sus estandartes de autoafirmación, e incluso dispuestos a celebrar la guerra más que la paz, ante la tesitura de que esta pudiera estar condicionada por agentes externos o internos que pretendan someter y hasta desnaturalizar a sus naciones a sus designios de grandeza y tiranía geopolítica o tribal.
            No me estoy refiriendo, que también, a Burundi, el país más pobre del mundo, ubicado en las entrañas de África, con esa guerra civil cainita entre hutus y tutsis que de 1993 a 2005 nos impactó a todos y a donde aún no ha llegado la paz del todo, pese a lo cual, en estos mismos días, la Unión Europea ha decidido derogar su decisión de 2016 de suspender las ayudas financieras a la administración política del país por el “proceso político pacífico que comenzó con las elecciones generales de mayo de 2020 y que ha abierto una nueva ventana de esperanza para el pueblo de Burundi” y los avances observados en materia de derechos humanos. Pero en ese país, en el momento más terrible de su tragedia, emergió una figura de amor: Marguérite Barankitse, llamada por muchos “El ángel de Burundi”, cuya historia les invito a leer. El suyo es un amor motivado por la fe, un amor inquebrantable y capaz de superar todo tipo de humillaciones y adversidades. Un amor de los que no salen en los periódicos.
            Tampoco me estoy refiriendo, que también, a Colombia, en el centro de nuestra América, el país con el conflicto armado interno actual más duradero del mundo, que se libra nada menos que desde 1960 –con la friolera a cuestas, pues, de 62 años a fecha de hoy– entre extrema izquierda, extrema derecha, Gobierno y varios otros grupos, por no hacer referencia a los cárteles del narcotráfico, con mayor o menor grado de intensidad de manera ininterrumpida. El jueves 25 de agosto de 2016, tras casi cuatro años de conversaciones en La Habana, Cuba, el gobierno de Colombia y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) culminaron las negociaciones de paz que pusieron fin a la guerra, pero el referéndum del 2 de octubre de ese mismo año para ratificar los acuerdos tuvo un no por respuesta… En esta Colombia querida y hermosa sigue habiendo hoy zonas calientes de conflicto a las que no conviene acercarse... Sin embargo, en medio de todo el drama inhumano de la guerra, con toda la crueldad que genera, el amor tuvo lugar. Un caso es el que nos contó la periodista colombiana Vanessa de la Torre en su libro "Historias de amor en campos de guerra" (Grijalbo, 2019), que también conviene leer. 
            No me refiero, desde luego, a las historias que pueden ocurrir en selvas recónditas e infranqueables del mundo, o a lugares escondidos e inaccesibles, que también. Todo esto pasa hoy, por ejemplo, en pleno corazón de Europa, donde Ucrania, tras Moldavia el segundo país más pobre del llamado “Viejo continente” pese a ser rico en petróleo y energía, que vive en conflicto hace años y que desde hace unos días está rodeado por todas partes de miles de tropas extranjeras. Tras la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 y el consecuente desmoronamiento del bloque soviético, que dio lugar al surgimiento de un puñado de nuevas naciones independientes, una de ellas en concreto, Ucrania, quedó en el punto de mira de los rusos como una fijación especial. Y desde entonces siempre ha sido objeto, de igual modo con mayor o menor intensidad según el momento, de conflicto. Son treinta años ya de tensiones, a veces olvidada o pasada a un segundo plano, como durante la llamada “Guerra de los balcanes”, aquel conflicto fratricida y terrible que duró de 1991 a 2001. Pero incluso en esa época Ucrania se mantuvo en tensión, y yo creo que es insoportable vivir así y que en ese entorno, en el que la desconfianza y la mentira campan por sus fueros, el amor es de difícil existencia. Sin embargo, el caso de Sergey y Natasha, y que, del mismo modo, merece la pena ser leído. 
            ¿Se acuerdan de Siria? ¿Saben que sigue vigente en la actualidad la guerra en ese país de medio oriente? Quizá lo hayan olvidado, pero ese conflicto sigue generando montañas de sangre... Y, sin embargo, también hay hueco para el amor. ¿Qué sucede cuando el amor nace entre dos personas de distinto bando? Léanlo, porque se llenarán de esperanza. Y es que es verdad que el amor todo lo puede, con su poder transformador, e incluso cambiar el mundo, que tanta falta hace. Pese a lo que pueda parecernos, el amor existe, y no es una campaña comercial. Solo falta que, en medio de la espiral y el túnel en que vivimos, lo podamos ver y lo hagamos realidad en nosotros mismos.
Chacuaco de la mina de Acosta en Real del Monte, estado de Hidalgo, México. 16 de febrero de 2020. (Cortesía de su autora)
Fotografía: ©Mayté Flores Ayala Mancera.

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Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 84. Peticiones de disculpa. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 84

Peticiones de disculpa
Por Manuel Pérez-Petit

Hago hoy un inciso en mis reflexiones últimas, que no solo tengo previsto continuar sino que a la luz de las innumerables reacciones, y de todo tipo, que están teniendo de algún modo estoy obligado a llevar a cabo –y encantado por ello, porque hay mucho en juego–. Aunque no estoy nacionalizado me acojo para este artículo, con toda humildad, a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, que especifica que los extranjeros –solo soy residente– no podemos inmiscuirnos en política (título primero, capítulo III, artículo 33), y que en su artículo 24 consagra el derecho de toda persona a la libre expresión de sus ideas y a su conciencia. El capítulo I del título primero de la Constitución, “De los derechos humanos y sus garantías”, establece que “todas las personas” –de nuevo, no dice “ciudadanos”, condición que, insisto, aún no tengo, pero sí la de persona– “gozarán de los derechos humanos reconocidos en esta Constitución”.
            En estos tiempos de agravios comparativos, aquel dicho de que el que más habla más yerra se monumentaliza y adquiere tintes hasta de tragedia griega. El pasado miércoles 9 de febrero, mientras yo estaba escribiendo mi “La deriva”, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, en su habitual y diaria conferencia de prensa mañanera –que ya es hablar bastante, dicho sea con todo respeto– planteó hacer una “pausa” en las relaciones diplomáticas entre México y España con el fin de “mejorarlas” y, acto seguido, en respuesta a un periodista, aclaró que no se estaba refiriendo a una “ruptura diplomática”. Lo posterior es imposible desconocerlo, pues está generando la mundial. Hay, desde luego, como en todo, momentos memorables. Al día siguiente de su “protesta fraterna”, el presidente comentó "¿Ya no puedo hacer ningún comentario entonces? Ya, es una plática aquí, una conversación, o sea, para que la gente tenga todos los elementos".
            Señor Presidente: 
            En mi opinión, ésta es la declaración más grave de todas las expresadas por cualquiera de las partes, la que da pie a pensar que el presidente siendo un ciudadano más puede actuar como un ciudadano cualquiera. En un estado de derecho, y México lo es –tiene usted toda la razón al afirmarlo– la cabeza del estado, el líder del país, no puede tomar una conferencia oficial, por mucho que usted las haga a diario, como una plática, una conversación, que más parece de tertulia de cafetería que de la alta política que requieren nuestras grandes naciones. En serio que no, como tampoco puede no usar, en estos tiempos actuales, cubrebocas, tal y como se encuentra la pandemia. Y la razón es bien sencilla: por su responsabilidad, porque en usted se refleja todo el pueblo mexicano y lo que usted haga y diga tiene carácter representativo de su pueblo. Mucha gente hará lo mismo que usted y el único responsable será usted mismo, alimentando odio irracional por mucha razón que le asista. 
            No voy a entrar en si ha habido “saqueo”, “contubernio”, “promiscuidad” o si alguien se ha “sentido dueño de México”, ni en si México ha tenido “las de perder” en sus relaciones con las empresas españolas, ni en si eso ha sido de especial relevancia en “los últimos tres sexenios”, ni en si México goza de paz –le recomiendo un viaje de incógnito por esas tierras queridas y dejadas de la mano de Dios de Chiapas, Chihuahua, Guerrero o Michoacán, y si quiere yo le sirvo de guía–, ni si se ha “erradicado” de verdad la corrupción en México –su optimismo genera ternura, y la realidad desgarra de dolor a los que amamos a México, sin negar los indudables avances al respecto–, como tampoco, ni mucho menos, en que el expresidente Felipe Calderón sea consejero de la española Iberdrola, principal compañía objeto de sus críticas. Las últimas 48 horas han dado de sí cientos y cientos –de manera literal– de publicaciones al respecto. Tampoco voy a analizar las docenas de declaraciones institucionales cruzadas que han tenido y están teniendo lugar en relación a sus opiniones y ni tan siquiera haré referencia a la carta que escribió hace tres años al Papa y al rey de España para que pidieran perdón por la conquista que tuvo lugar hace cinco siglos y en que por alguna razón Cortés desembarcó con medio millar de soldados y llegó a Tenochtitlan con cincuenta mil. Igual todo es un mal chiste, la historia no es la historia y en el gran teatro del mundo hasta el apuntador perdió hace tiempo los papeles, pero sí me preocupa que siendo usted presidente de una gran nación, y ni aunque su nación –que es mi patria amada de elección– fuera pequeña, se permita emitir comentarios que más parecen arengas e incluso reflexiones para autoconvencerse que declaraciones institucionales. 
            Si hay que pedir disculpas, se piden y basta. Uno mismo se da cuenta de cuando ha metido la pata y las pide sin que se las reclame el agraviado. Usted ha tomado la costumbre de exigirlas, y está en su derecho, sin duda, pero no puede basar ni justificar su mandato en el agravio comparativo ni en hacer peticiones de disculpa a diestro y siniestro. Yo abogo por un México por sí, para el mundo y la humanidad, parafraseando el lema de mi tierra de origen, Andalucía, de gran vocación americana y en la que adoramos México.
            Y yo le pido disculpas, si hiciera falta, por el presente desahogo, que al fin es un comentario como los suyos, y con el que no me inmiscuyo ni pretendo hacerlo en la política interna del país. Escribo este artículo por mi condición de español y porque amo México y vivo acá hace muchos años y el mayor sueño de mi vida es estar vinculado por siempre a esta patria mexicana a la que tanto doy y tanto me da. A México le he entregado y le entregaré toda mi vida, porque, como usted, amo de corazón esta patria, y espero un día ser mexicano de pleno derecho.
            Le deseo lo mejor, por el bien de México y el mundo, y quedo atentamente a su entera disposición.
            Manuel José Pérez Petit (es mi nombre completo)
En la plaza Juárez de Pachuca de Soto, estado de Hidalgo, México, el 20 de enero de 2021, día de mi cumpleaños.
Fotografía: ©Mayté Flores Ayala Mancera.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

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Líneas de desnudo. 83. La deriva. Manuel Pérez-Petit

La deriva

Líneas de desnudo/ 83

La deriva
Por Manuel Pérez-Petit

“(...) somos cada vez menos persona y más individuo, más cosa, más número, más nada. (...)” decía en mi aún caliente “Musculados pero muertos” y la frase parece no haber dejado indiferente a casi nadie. Me escribía en privado mi amiga la pedagoga Maru Reyes al respecto: “Me llama la atención la relación que haces de menos persona y más individuo”, y lo enfatizaba con varios signos de admiración para, a renglón seguido, preguntarme: “¿La idea es inversa?, ¿menos individuo y más persona para dejar de ser número o nada?, ¿el concepto de individuo no degrada al de persona o sí?”
            Lo cierto es que esta mañana me he levantado algo forense, entre otros motivos porque aún pudiendo ser catastrofista no me gustaría que, además de pesimista –y es que no se puede ser otra cosa en nuestra tesitura–, me tilden de agorero. El Diccionario de la Lengua Española (DLE) cuenta con varios significados tanto para la voz ‘persona’ como para la de ‘individuo’. Al respecto de la primera, ‘persona’, exhibe quince formas compuestas y diez acepciones, de las cuales, nos interesan ahora, y por este orden, la séptima (“f. Fil. Supuesto inteligente”), la cuarta (“f. Hombre o mujer prudente y cabal. U. t. c. adj. Es muy persona), la segunda (“f. Hombre o mujer distinguidos en la vida pública”) y la primera (“f. Individuo de la especie humana”). En relación a la segunda, ‘individuo’, solo cuenta con siete acepciones, de las que de manera especial nos llaman la atención la tercera (“m. y f. coloq. Persona cuyo nombre y condición se ignoran o no se quieren decir), la cuarta (“m. y f. despect. Persona despreciable) y la séptima (“m. coloq. Persona, con abstracción de las demás. Tomás cuida bien de su individuo). Como curiosidad, cabe destacar que de la última de ‘individuo’ (“Persona, con abstracción de las demás”) y la primera de ‘persona’ (“f. Individuo de la especie humana”) podríamos llegar a la conclusión de que se trata de voces sinónimas, pero nada más lejos de la realidad, o, al menos, por la vía intuitiva. 
            Verán por qué. Si hablamos de personas hablamos de seres humanos con alma, corazón y vida, sociales, y si hablamos de individuos hablamos también de seres humanos, pero carentes de valores en la convivencia, solitarios, insolidarios y, en consecuencia, venidos a menos. Para ello, para pasar de persona a individuo, hay que realizar un trayecto que podría ser más o menos inducido pero que, en todo caso, lo veamos como lo veamos, es fruto de la deshumanización de la humanidad. La persona se relaciona y el individuo niega la conexión con los demás.  En el fondo es el cumplimiento del sueño de aquellos filósofos ingleses que, en el siglo XVII, diseñaron –y yo diría que hasta con saña, aunque sus intenciones eran otras- el mundo en que vivimos: John Locke y, sobre todo, Thomas Hobbes, quien en su libro “Leviatán”, publicado en 1651, acuñó la frase que está en la raíz de todo esto: “el hombre es un lobo para el hombre”, y sentenció que la sociedad es una “guerra de todos contra todos”, a partir de lo cual estableció un orden social basado en celdas*, en el que la libertad de uno termina de manera necesaria donde empieza la libertad del otro, marcando el origen de la sociedad de solitarios, de individuos, de seres humanos con cada vez más menos rostro, cada vez menos persona, más cosa, más número, más nada, en una deriva hacia el vacío, un trayecto que es el que hoy más que nunca existe.
            (Continuará, pues la cosa tiene miga...)
 __________
*Acerca de ello he publicado muchos artículos en mi 'Líneas de desnudo', pero sobre todo me remito en esta ocasión a "El oficio de editar II".
«El nuevo rostro no-rostro» (archivo de M. P.-P.)
Año de la fotografía: 2013.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 82. Musculados pero muertos. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 82

Musculados pero muertos
Por Manuel Pérez-Petit

A Adriana Labardini, con afecto y gratitud

La expresión “mens sana in corpore sano”, de tanto predicamento, tanto para bien como para mal, durante siglos, y que se ha venido entendiendo por mucho tiempo como ‘mente sana en un cuerpo sano’, hoy es un chiste, tal y como fue tomada en su tiempo –el Imperio romano– cuando en su Sátira X el poeta romano Décimo Junio Juvenal (60-128), probable discípulo de Marco Fabio Quintiliano (circa 35-circa 95), amigo de Marco Valerio Marcial (40-104) y seguidor de Cayo Lucilio (180 a. C.-103 a.C.), creador éste de la sátira como género literario y al que dedicó Lucio Anneo Séneca (4 a.C.-65 d.C.) sus famosas “Cartas a Lucilio”, la escribiera.
            Dice el verso original –el 356 del poema, casi al final del mismo–: “(...) orandum est ut sit mens sana in corpore sano. (...),” –traducido al español, “(...) [hay] que rezar para que en un cuerpo sano haya mente sana (...)”–, y se expresa en términos de que se debería pedir en ese orar un “alma valiente, carente del temor a la muerte”, para poder poner una distancia entre los dones de la naturaleza y la vida, “que sea capaz de soportar toda clase de trabajos, que no sepa enfadarse, que nada desee” y que crea que las penalidades que uno sufra no son tanto en comparación con otras –y pone el ejemplo de las de Hércules, hijo del dios Zeus y la mortal Alcmena, famoso por los doce trabajos impuestos por Euristeo, predilecto de Hera, esposa de Zeus, que tuvo que afrontar como penitencia por haber matado en un ataque de ira, propiciado por la propia Hera, a su mujer, sus hijos y dos sobrinos suyos– y advirtiendo de que el abuso de la fiesta lo convierte a uno en un monstruo –como Sardanápalo, el decadente y autocomplaciente ficticio último rey de Asiria, que murió en una orgía–, para llegar a la conclusión de que “el camino de la tranquilidad es ciertamente evidente a través de la vida única de la virtud”.
            No me cabe duda de que, desde la perspectiva imperante hoy, Juvenal es, sin duda, un ñoño, un anticuado que propone con sus “sermones” cosas de viejo, desfasadas. Lo digan o no, muchos pensarán: ¿Qué es eso del “camino de la tranquilidad”, el equilibrio, la vida de la virtud? Y es realmente triste, porque si observamos la realidad aterra darse cuenta de la incapacidad generalizada de establecer relaciones que sean libres de cualquier finalidad, de disfrutar del silencio y de la quietud, de vivir sin objetivos de rendimiento, de reconocerse en el otro…, pues la verdad es que vivimos una sociedad llena de individuos agotados, frustrados y deprimidos, del hedonismo y el culto a la personalidad, en tanto somos cada día menos libres, estamos más dominados, somos cada vez menos persona y más individuo, más cosa, más número, más nada. 
            Lo plantea en su obra el filósofo surcoreano Byung-Chul Han (1959), al que acabo de descubrir –dicho sea de manera literal, hace apenas tres días–, gracias a mi amiga la abogada y activista social Adriana Labardini, que me lo ha empezado a dar a conocer con un inquietante “quizá tengas razón”. Tengo que escribir acerca de ello pronto, porque este experto en estudios culturales, influenciado por los también filósofos Michel Foucault (1926-1984) y Giorgio Agamben (1942), me quita la palabra de la boca –o quizá sea yo quien le lea la mente y lo venga haciendo hace decenios-, y ya verán ustedes por qué. Y me quedo no más tranquilo sino con un peso de intraquilidad aplastante, ya no solo porque soy consciente de no estar clamando en el desierto sino porque resulta que mi modesto pensamiento “quizá tenga razón”. 
            Y es que, como decía, “Estamos aviaos”, y me reafirmo en lo mismo. En relación a esos versos de Juvenal, hace poco he leído en algún sitio que “un estudio universitario asegura que no es necesario orar, sino que practicar alguna disciplina ayuda a nivel cognitivo y cerebral”. En realidad, es parte del chiste, como verán en próximas entregas de mi 'Líneas de desnudo'.
            Es desolador pero es lo que hay: culto al cuerpo, afán por diferenciarse, autoexplotación y esclavitud, sacralización de la información, olvido del conocimiento, desprecio de la sabiduría, olvido total de la mente y del espíritu. Y aunque algunos no lo hagamos, es el decreto que debemos cumplir para el triunfo definitivo del neoliberalismo, clave de este desastre de la nueva Era distópica... 
            Ok, me centro. No me gusta predecir pero predigo: en un futuro no muy lejano, en un planeta sano como una pera, frondoso y vital, sobreviviremos, como ya le pasa a demasiados, muy musculados pero muertos.
«Lo que queda de esperanza». En el patio de los Naranjos de la catedral de Córdoba, España, en 2009.
Fotografía: ©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 81. Ya no clamo en el desierto. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 81

Ya no clamo en el desierto
Por Manuel Pérez-Petit

En respuesta a Manuel J. Petit i Caro, con gratitud y, en su caso particular, además, con mucho cariño

Muchas veces por mensajes personales y otras, las menos, en forma de comentarios, cada día recibo más correspondencia con motivo de mis artículos, y a veces ni puedo responder a todos los mensajes –que es lo que me gusta hacer–, pero a mi último ‘Líneas de desnudo’, “Estamos aviaos”, recibí un comentario por parte de Manuel J. Petit i Caro, a la sazón mi muy querido tío Manolo, hermano de mi añorado tío Antonio, al que dediqué, con motivo de su inesperado fallecimiento, hace ahora cerca de un año, mi celebrado “El sobrino del diablo”.
            Hace falta generar debate, y de verdad que es necesario, y más en este mundo que nos toca vivir. De frente y por derecho, sin retórica alguna. Yo no escribo para el aplauso o para los lectores benevolentes sino para la reflexión y para ser cuestionado, y, en ese sentido, es aún más valioso recibir comentarios de este tipo. Por ello es importante destacar aquellos diálogos que suponen poner en cuestión lo que afirmo.
            Pueden leerlo en “Estamos aviaos”. Comienza Manuel J. su comentario: “Muy bonito. Pero parte de dos premisas que habrían de demostrarse”, y las enumera, y no le falta razón. He intentado, por tanto, poner en orden algunas ideas expresadas en mis columnas, a fin de armar mi respuesta. Vamos a ello. La primera de las dos premisas que apunta Manuel J. es del siguiente tenor literal: “la A.- Muerte por Decreto de la cultura. Pero Decreto, ¿de quién?, ¿de cuándo?, ¿dónde está publicado para estudiarlo? Ya sé que es una mera metáfora, pero esa situación de muerte no natural, sino con violencia, premeditación y alevosía, esto es, asesinato, no sabemos cómo, cuando y en qué situación se ha producido o se está efectuando. Asesinar la cultura es desplazarla de la vida social para lo que hay muchos medios pero siempre desde los estrados de los poderes. Tal vez yo sea sordo de los dos ojos, pero ni lo siento, ni lo veo. Postura, además, ahistórica y antihistórica; ha habido grandes simas oscuras, pero la cultura siempre se ha comportado como Ave Fénix en todo lo conocemos de los últimos doscientos mil años, día más o día menos, del homo sapiens.” 
            Bien. Ojalá pueda demostrarse, pero mucho me temo que no será posible, al menos a plena satisfacción. El método intuitivo, que es el más uso, de manera fundamental fruto de la observación, tiene esas cosas. Aun así creo tener argumentos para el diálogo. Quizá mi visión de lo que hay es catastrofista, y así lo he hecho constar en varios de mis artículos, como en mi serie de la distopía: “No tan ficticio”, “No tan del pasado”, “Milenarismo”, “Lo indeseable”, “De antihéroes y líderes”, “La nueva era (1)”, “La nueva era (2)”, “La nueva era (3)” –y ojo con estos últimos tres, pues son un comentario a un famoso texto de veinte puntos basado en las opiniones de 50 expertos con que la revista The Economist, en noviembre de 2020, vaticinaba el nuevo mundo nacido de la pandemia–, “Yo soy tu padre” y “Un mundo mejor”, que ha sido un adelanto de un ensayo mucho más extenso que tengo inédito y espero que un día no muy lejano pueda ser publicado, razón por la cual dejé de publicar la serie, pues se trataba de dar noticia de la misma y adelantar en parte su contenido, y con el que pretendo expresar mi dolor al deducir que, en nuestro tiempo, la ficción no solo no es superada por la realidad sino que se convierte en modelo efectivo de la realidad misma. 
            En tiempos más recientes, otros artículos han venido a incidir  –o reincidir, si se prefiere– en lo mismo: que vivimos en un tiempo tendente a lo monolítico, como afirmaba en mi “Homogéneos”: “​​En esta Era distópica lo que está claro es que, en Occidente, estamos asistiendo a la muerte sin paliativos de la democracia, del estado de Derecho y de las libertades. En otras áreas, a la reafirmación del poder omnímodo y negador de la individualidad de unos pocos que, por derecho divino o la fuerza de las armas, se asentaron en la cúspide de la sociedad desde sabe Dios cuándo, pues cada caso es diferente. De este modo, los sistemas basados en la libre concurrencia de partidos, el parlamentarismo y las elecciones democráticas y las tiranías del más diverso tipo se han equiparado, volviéndose la misma cosa, tomando idénticas decisiones y aplicándolas con el mismo fervor y eficacia.” 
            En el sentido de lo anterior valga la defensa de mi teoría de la petrificación del mundo, de la cosificación de las personas, de los motivos para perder cierto tipo humano de esperanza, salvo que nos alcemos todos y cada uno en defensa de la vida. Sirva esta misma respuesta como respuesta a la segunda premisa de Manuel J.: “B.- Ante la petrificación del mundo. Desconcertante afirmación. Puede que toda mi extrañeza sea producto obligado de mi incultura. Pero nos surgen dos interrogantes, a saber: ¿en qué consiste esa “petrificación? y ¿qué se entiende por cultura y por incultura?.”
            No, no es usted inculto. Todo lo contrario. Es usted bueno y admirable, y tiene y vive un concepto de la justicia que no debiera haberse perdido nunca, pero que me temo que, de facto, hoy ya no existe o solo existe de manera residual e incluso casi testimonial. No porque usted sea mi tío sino porque su visión del mundo es una mezcla de visiones nobles –desde cierta perspectiva, casi de otro tiempo– y harían falta muchas personas como usted. Su humanismo –en el más amplio sentido de la palabra– es una especie en vía de extinción.
            Tiene usted razón también en que mi artículo le sobraba erudición, pero por desgracia ni es una “bella estatua conceptual” ni “sin siquiera pies de barro”, sino fruto de una observación detenida y larga, y puede que también de una visión personal mía desesperanzada ante el mundo y la vida, que no está en línea con los existencialismos sino más bien con un cierto estoicismo cuyo predicamento es “esto es lo hay”, y de ello también podríamos, si es su gusto, seguir conversando.
            Respecto a Venus, la que usted nombra y las demás, con sus miles de años y su actualidad a cuestas, debo remitirme a mi articulo “A la madre”, en que  concluyo: “(...) desde la más remota antigüedad, sea la madre la inspiración del arte universal”, y a mi “Brillar en la oscuridad”, en que, esta vez esperanzado, termino diciendo: “(...) podríamos proponernos ser luz, y brillar en la oscuridad como carbunclo, palabra con la que en tiempos antiguos designaban al rubí, esa piedra preciosa que por su color y forma se asemeja a nuestro corazón”.
            De igual modo, comparto, por cierto, también, su teoría del “Ave Fénix”. He vivido en propias carnes eso de resurgir de mis propias cenizas y creo en la sociedad civil y en su capacidad de repetirlo.
            En fin, seguro que no he sido convincente y hago votos para que este diálogo que ahora comienza sea fecundo, sobre todo porque creo que la única vía de salvación que tenemos es el amor, y amor es lo que nos sobra. Usted y yo lo sabemos, pero con tristeza y por la vía intuitiva me atrevo a afirmar –sin juzgar de ningún modo, y menos a nadie– que muchos lo tienen olvidado, confundido, escondido, apartado de sus vidas.
            Gracias de corazón porque con su comentario me ha hecho sentir más que nunca que no vivo clamando en el desierto.
M. P.-P. en la FIL de Guadalajara 2014.
Fotografía: ©Iván Vergara.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 80. Estamos aviaos. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 80

Estamos aviaos
Por Manuel Pérez-Petit

Vengo reflexionando hace días. Frente a la muerte por decreto de la cultura, la poesía –y, con ella, por extensión, todo el arte– debería ser esa vía de salvación que anhelamos encontrar ante la petrificación del mundo, ese fuego purificador y tantas veces olvidado –el que reside en todos y que aunque apaguemos no desaparece– que se reclama en el campo de batalla de la propia vida, en ese mismo en el que habremos de dilucidar si volvemos a la luz o nos volvemos de ceniza, si vivimos nuestro tiempo o lo consumimos a secas, tal y como Michael Ende (1929-1995) plantea en “Momo”. Pero esto no es popular, y los que gobiernan el mundo desde cualquier poltrona de poder no solo se niegan a darle importancia alguna al asunto sino y lo destierran de su agenda sino que lo proscriben.
            En la antigüedad, el arte era fruto de un asombro ingenuo ante el mundo y era magia, pero ya Giambattista Vico (1668-1744) en tiempos modernos aclaró que esa ingenuidad se perdió aunque a través de la poesía se podría volver a ella, e Italo Calvino (1923-1985) en su “Seis propuestas para el próximo milenio” afirmó: “Hay cosas que solo la literatura puede dar con sus medios específicos”. Estoy convencido de que en esto consiste la fe en el futuro de la literatura y el arte, y es su reto. Un reto que debe tener en cuenta su deuda con Hermes-Mercurio, el dios que bajo el nombre de Toth inventó la escritura, y es el motivo de la defensa de la poesía, que no está ya en una separada e inaccesible “torre de marfil”. Su torre es “la piedra del tiempo”, pero, por algo inexplicado aún, trasciende también el tiempo. Es ahistórica y suprapolítica, no histórica, política o apolítica. Es libre. Las naciones son históricas, son políticas. El arte no entiende de mayorías ni de consensos ni de democracias o dictaduras. Y por esa grieta puede evitar las consecuencias de la tiranía adoquinada y aplastante de la Era distópica.
            Pero no existe, no obstante, arte sin artistas. Con un grado de inconsciencia aterrador a día de hoy nuestra narcotizada sociedad sigue sin reclamarlos, que eso también hay que tenerlo en cuenta, pero cuando los identifica se levanta sobre sí misma y está en condiciones de afrontar los terribles retos que existen. El poeta Pere Gimferrer (1945) dijo: “Todo arte no es sino un punto de vista para ver el mundo –un instante solo–, no como idea vivida día a día, sino como presencia que, de súbito, estalla ante nuestros ojos”.  
            Y así como ninguno de nosotros puede ni debe estar determinado tampoco por su pasado no es menos cierto que tampoco podemos obviarlo, y en este sentido se entiende la afirmación de Octavio Paz (1914-1998): “la indiferencia respecto a la propia historia es un índice de madurez”. En su libro “La derrota del pensamiento”, que despertó muchas conciencias a finales de los años ochenta del siglo XX, el filósofo francés Alain Finkielkraut, defendiendo el espíritu de la Ilustración, desarrolló la historia del “Volksgeist”, maldito espíritu por el que los seres humanos están determinados por su pasado, lo que impide la instauración definitiva del universal, libre y progresista espíritu ilustrado. Sin embargo, la espada que lanza se vuelve contra él y sus planteamientos, porque es en concreto el espíritu que defiende la causa de la atomización del saber de la que se queja, en una sociedad en la que da igual un videojuego que una ópera de Verdi. No creo de verdad que la solución esté en recuperar el espíritu del siglo XVIII, sino más bien en valores más perennes, acerca de los cuales hablaremos pronto. 
            La necesidad del arte, que es fruto de la pérdida de nuestra condición original, al menos en el mundo Occidental, urgiendo hoy quizá más que nunca está también hoy más aletargada que nunca, casi nulificada. O sea, que el panorama es de terror. O nos ponemos en marcha o estamos, como diría el clásico, aviaos.
Acebuche en Córdoba, España, 2009.
Fotografía: ©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 79. «Ser como dioses». Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 79

"Ser como dioses"
Por Manuel Pérez-Petit

(…) Cuando el ciego orgullo racionalista fue capaz de renovar en los espíritus ilustrados la tentación bíblica, la sentencia última que prometía, “Seréis como dioses”, no tuvo en cuenta que el ser humano había conseguido ya ir mucho más lejos por ese camino. Las miserias y los orgullos que habían jalonado durante siglos la tarea de volverse como dioses había ya enseñado a los hombres una lección mejor: que mediante el esfuerzo y la imaginación podían llegar a ser como hombres. Y no puedo dejar de proclamar, con orgullo, que en esa tarea, por cierto pendiente en una parte bien considerable, la fábula literaria ha resultado ser una herramienta decisiva en todo tiempo y en cualquier circunstancia: un arma capaz de enseñarnos a los hombres por dónde puede seguirse en la carrera sin fin hacia la libertad.

(Camilo José Cela, Elogio de la fábula, Discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura, 
10 de diciembre de 1989.)
La palabra es el motor del mundo. El mundo fue creado del verbo, en un acto libérrimo. Lo dice San Juan (circa 10 d.C.-c. 98-117 d.C.) al comienzo de su evangelio: “Al principio fue el verbo”, y añade: “Todo fue hecho por el verbo y sin el verbo no se hizo nada de cuanto llegó a existir. En el verbo estaba la vida y la vida era la luz de los hombres; la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron”. No en vano, el primer encargo que Dios le hizo al hombre fue el de nombrar las cosas...
            El campo no tiene puertas, aun por mucho que le pongan muros y hasta parezcan infranqueables. Decía en mi ‘Líneas de desnudo’ anterior, “Leer”: “Hacen falta poetas en el más amplio sentido de la palabra”... Decir ‘poeta’ y ‘ser humano’ es decir lo mismo. Todos estamos llamados a ser creadores, pero en los tiempos actuales hacemos falta quizá más que nunca, y hace falta que estemos en la calle, mirando y sobre todo viendo y observando la verdad de las cosas de frente, respondiendo con valentía las preguntas inevitables, poseídos por los dioses o en una actitud lógica, constructiva, racional, como planteaba en tiempo –que es el nuestro, pues en realidad no deja de ser uno de nuestros más ilustres contemporáneos– Platón (circa 427-347 a. C.), pero también en tiempos modernos los poetas William Butler Yeats (1865-1939), Paul Valéry (1871-1945) o Juan Ramón Jiménez (1881-1958), en su afán no solo por la pureza sino por la identidad propia. Porque el arte nunca acaba y la experiencia del arte “es una revelación de nuestra condición original”, como afirmó Octavio Paz (1914-1998), la única en que podemos ser nosotros mismos.
            Existe la creencia de que los artistas son gente rara, pero la realidad es bien distinta. Gloria Fuertes 
(1917-1998), en su memorable  “Historia de Gloria”, afirma que no es necesario escribir versos para ser poeta y que solo el poeta puede no escribirlos y serlo. Entendamos la palabra ‘poeta’ en un sentido amplio: poetas, en puridad poetas, esto es, artistas, personas de carne y hueso, con sentimientos y pasiones, verdades y contradicciones, cabeza, tronco y extremidades, capaces de recrear el mundo y crearlo sin descanso, de asombrarnos con la luz de cada día y con el fuego, somos todos, y podemos concluir sin dudar que los raros son los otros. 
            La poesía, la literatura, el arte, y también en este sentido, cauterizan en el sentido de que corrigen con eficacia los errores. Son señal de la limitación humana, y no es función suya definir, explicar o sistematizar sino completar la creación del mundo. En consecuencia, hacer un mundo mejor. Su universo sabe más de lo intangible y mágico que de tautologías, silogismos o entimemas. Y por eso es medio de salvación. 
            El arte puede caer en el vacío, y con él, el propio ser humano, pese a que de la fidelidad del arte, que es tarea del conocimiento y en tanto ello también perteneciente a la moral, a sí mismo depende y dependerá en buena medida el futuro del espíritu humano, de manera tan dramática en juego hoy. De este modo, podemos salvarnos, incluso de la implacable tiranía de la Era distópica, y podremos emprender el camino que nos lleva a ese momento definitivo, a esa intensidad de intensidades, en que “un no sé qué que queda balbuciendo” –parafraseando a San Juan de la Cruz (1542-1591)– lo ilumina todo, al hacer presente todo el existir, y en todos y en cada uno de nosotros. Que al final, como al principio, todo es solo verbo, esto es, fábula, y, en consecuencia, vida, y con mayúsculas. Por tanto, libertad, en el más amplio sentido de la palabra. Incluso para “ser como dioses”.
Fotografía de un emparrado tomada en Granada, España, en septiembre de 2009.
©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

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Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.