Cajón de rubores. 35. Crónicas 13. Antonio Florido

Crónicas (13)
Leyenda de la niña roja
Por Antonio Florido

Rua dos Douradores, espero desde tanto a Nando, mi amigo. He de contarle una breve historia. Hermosa fragancia. Poética figura en la mañana. La leyenda de un dulzor amargo, si esto se pudiera.
         Aún no he entrado. Sostengo mi cuerpo sobre la pared de la taberna, en lo alto de la cuesta. Miro por la calle hacia abajo, parece que se duerme esta calle de Lisboa, a las orillitas del río, como quien dice. Mientras tanto saco algo y fumo el largo pitillo ceniciento. La gente pasa. Pero, ¡qué saben ellos!
         La mañana amaneció inconcusa y cálida en el sur, con una ligerísima brisa que viene hacia la cara desde el oeste. Brillan los adoquines. Los amo. Amo esta calle escurrida con sus fantasías de piedra, puertas y ventanas desnudas, geranios verdes, azules, rosas...
Chirrían los carriles argentos de metal. Por lo bajo sube el tranvía. Tiembla la cuesta y los fierros gritan. Nando camina. Trae dos horas de retraso, pero sigue con sus pasos cansinos. El tranvía le adelanta. Mi amigo ha quedado quieto un instante. Le gusta el olor a fierro recalentado, dice. El sonido agrio. Los colores huidizos de los rostros y detalles que traspasan.
           Unas nubes han destilado sus algodones por las cornisas abiertas. Entre los tejados asoma la sombra de esta mañana, a comienzos de la verde primavera. En mi tierra ya intenta el azahar, en sus brotes blancos. Y las flores de Pascua encienden y abren, olor a incienso. Así se siente la llegada del tibio renacer del Creador. 
          Una mano abierta.
          La mía espera.
          Nuestras miradas se aprecian junto a la pared de cal.
          Acerco dos sillas hasta la ventana. Nos gusta parar el tiempo mientras la vida hierve. 
          ―Ya puedes, Tonio. Espero largo. Deja que fume y beba. La copa de aguardiente espera fugitiva. Mírala.
          Nunca digo nada antes que mi amigo. Respeto sus silencios. Nos entendemos así, tan frugalmente, como dos desconocidos que se encuentran a cada instante. Nos hemos saludado como si hiciera mil años de ayer. Nos atrae esta forma de empezar. Otro hombre repetido, parecido al de la semana pasada, pero siempre el mismo. Claridad en sus pensamientos y algo de nostalgia en el rostro, bajo el ala mínima que le cubre. 
          ―Eres un hombre o-culto, Nando.
          Me suelta un puñado de silencio y una leve sonrisa, rara, un poco paradójica.  
          Digo:
          ―Oí el sabor de la Añañuca. Es rojo. Es roja si se habla de la pura flor del desierto. Aquí no la encontré, de veras. Es preciso investigar, buscar el saber en otras conciencias. Visité todas las bibliotecas. Leí todos los libros del mundo. Viajé. Rodeé, Nando, la tierra que nos ha visto, la misma que nos duele. La Añañuca nace muy lejos, amigo.  Hay que nadar hasta el otro lado. Escupir la arena pegada a los labios.  Luego caminar como un loco, hasta que sientas las coyundas abiertas.
           Alcancé el norte grande. Así le llaman en esas tierras. Allí un pueblito. Monte Patria. Por el centro se dibuja el Limarí. Un hilillo de agua sorda que baja de las abras. Presto y esperanzado de ser un río. Busqué en vano. Yo agachaba el cuerpo y las tomaba. Flores rojas, me dijeron, rojas y explosivas. Luego me enteré de lo cierto. No es una flor. No era al principio. Me hablaron de la leyenda hermosa de estas tierras. 
          La viejita me tomó de la mano con su mano fría. Anduvimos recodos y calles tiesas, buscaba algo esta mujer pequeña, de rostro acartonado y vivo.
           Monte Patria era Monte Rey, acertó. Me quedé pensando. Sus dedos negros me enseñaron a observar quedamente. Señaló la casa, una pared semi caída. Triste y sola, olvidada. La viejita me aseguró que la niña había nacido en ella, en esa casita hundida por el paso de los siglos. Le pregunté cómo era. Linda, dijo. Como los picos blancos, más linda todavía que los besos hijos de otros besos. Todos la quisieron a su manera. Pero ella andaba y andaba, iba a lo suyo. Algún día aparecerá mi hombre, presumía. Los jóvenes no vivían, no dormían, no respiraban más que el amor vaporoso de esta niña. Los había embrujado. Las mismas casas chicas doblaban sus ventanas para mirar a la niña de las caderas, la de las trenzas largas. Sí, era muy hermosa, digo. Solía pasear por las lomas esas. Llegaba hasta las cimas. Perdía a veces el sentido y le costaba el regreso, cuesta abajo, pero se orientaba por el candor de esos jovenzuelos que la seguían a distancia. Ella pasaba sonriente, los conocía. Eran unos ñatitos simples, enamoradizos.
           Un día dijo, esperaré, aunque se me marchite el cuerpo, esperaré.
           Ese día se perdieron muchas esperanzas. Llovió para contarlo. Fue cuando al Limarí le pusimos río. Desde entonces no para de llorar. Le falta ella, sus andares, sus dedos finos, su cabello. Ya no hubo más reflejos en el agua tonta que bajaba y bajaba. La niña, la Añañuca, se quedó encerrada. Le dio por no salir. Años y años. Será vieja, decían algunos. Sí, vieja y arrugada, sostenían otros. Los españoles rindieron sus fuerzas, buscaron los altos blancos con sus pechos de lata. Y fueron hacia al oeste, a sus barcos, estaban hartos de tanta angustia. Sus familias también esperaban. Le cambiaron el nombre por la rabia. Desde entonces es Monte Patria. Lo nuestro, que nos lo fueron quitando como el sentir de los indios. Ahora es chico. Ya se ve. Y sus callecitas desaparecen en la imagen grande del horizonte. Nadie viene. Sólo usted, un extraño, un ser raro e imaginario, que busca lo que nadie busca, la Añañuca.
            Hijo, una tarde llegó un joven. No se sabe de dónde. Nadie le preguntó. Era apuesto, grande, hermoso. Con el rostro tostado por las caminatas de este sol que quema. Nadie le dijo esta tierra es plata.
           Oro, dijo, yo busco el oro. La plata para los asnos. Sólo amarillo oro para mi descendencia.
           A la mañana siguiente, el pueblo se arrejuntó en la placita. La Añañuca estaba escondida, pero escuchaba al joven, sus pedidos y su garbo. Dicen que de ahí en más el joven le pudo y la niña quedó atrapada entre la risa y el llanto. Eso dicen. Yo soy vieja y esto fue muy antes de mi abuela, quien lo contó a mi mamita. Así me llegó la leyenda. La historia de esta niña linda. 
          Al cabo el joven dejó de hablar. Quedó hecho bronce. La vio desde lejos. La Añañuca será mi mujer, pensó. Nosotros nos miramos como extraños en la única plaza del pueblo. Los niños y hombres formaron una calle vacía y el joven bajó. La Añañuca se tapó los ojos con una venda pudorosa. La vieron entonces fresca, joven, no era una viejita, que supo esperar con respeto. El minero le dijo algo al oído, la tomó por el brazo, se la llevó a otra parte. Luego supimos que fue el río, con su riberita, el único en oír la confesión. Para ella sería todo el oro de la montaña. Luego la besó sin permiso. Ella se dejó y corrió una cinta de vergüenza por las calles del pueblo. Algunos jóvenes no quisieron comer, otros no salieron en los días de sol, la niña había sido ultrajada, pero lo único que sucedió fue un beso y una promesa con los pies desnudos, en el agua clara del Limarí. 
           El joven minero se quedó para los restos a vivir. Ella le consintió. Él se lo juró por los santos de su tierra. Paseaban solos por las tristes aceras a la verita del valle que florecía. Eran tonos rubios y sosos, pero al fin llegarían los encarnados imponentes. Clamarían la triste noticia con la eclosión de sus granas.
           Aún faltaba mucho para eso, niño, oiga usted, lo que le digo.
           Dicen los viejos que el minero salía cada mañana con el cielo cuajado de estrellas. Llegaba pronto a las primeras sendas que se perdían entre las rocas. Buscaba, agachaba el cuerpo, a veces se echaba al suelo y juntaba el oído a la tierra. Ella palpita con el corazón frío. A nadie le cuenta los secretos, ni los españoles, con sus lanzas y aprestos lograron nada. Pero él persistía. Era joven, un loco obcecado.
           He venido de muy lejos y lo encontraré, decía. Mi descendencia será oro puro, como el rey Midas, oro para el mantel y mis aposentos, para mi mujercita hermosa, para mis hijos, mi hogar…
           Muy despacito fueron pasando los días.
           La mina, la mina…
           Ella le tomó el rostro, qué te pasa, le preguntó. Nada, dijo. Pero sí pasaba. Esa noche el joven había tenido un sueño. El duende le señaló el sitio exacto de la grieta por donde asoma el oro. Se obsesionó y abandonó a la niña de las trenzas negras. Se fue del pueblo. Hizo el hato y escaló todas las piedras. Conoció las pisadas y detalles, el color del cielo, las formas de la tierra cuando la holla el hombre. Se conocía todos los secretos de la montaña. Buscaba también al duende de sus sueños. Él le iría guiando. Pero el duende no aparecía. Era listo y pequeño. Rápido y sagaz. En cada roca le adelantaba. Notaba el joven el juego. Un perverso anuncio de que la cosa se iría de madre. Le alcanzaba de vez en cuando una angustia desesperada, un resuello necesario. Entonces apoyaba el cuerpo y se sentaba a contemplar el fracaso, porque eso también tiene su forma. Un desconsuelo por no cumplir con la amada. Pensaba en ella. Soñaba con su carita luna y sus trenzas largas, su cuello cisne y sus pies descalzos. Tocaba la promesa con los dedos de sus sueños y se decía seguir adelante, para eso estoy. 
            La joven no rehusó salir a la calle. Los otros la miraban. Pasaba el tiempo y la espiaban siempre con cierto aire de arrogancia. Los niños se hicieron hombres y los hombres viejos. Mi mamita me lo recordaba a cada instante. Cantaba la canción de la leyenda. Se tomó para arrullar a los bebitos, que así dormían el sueño duende de la montaña.
           Me lo ha prometido, oigan, mi joven cumple. 
           Una mañana la montaña apareció grande y alta, blanca. La veta suspiraba en la tiesura. El joven del río oyó en silencio y el silencio abrió sus labios. Siguió el rastro, callado, quieto y lento. Olió las pisadas de mil veces antes y en un rinconcito verde y ocre, yermo… Allí el hueco con su perfil rocoso. Negro. Rumiaba quedo el agujero de la montaña.
También le vio. Pero el duende volvió a esconderse tras una roca tensa, sonrió levemente.
           Jamás volverían sueños en las noches obsesivas. 
Pasaron varios días y semanas y el joven cavaba la tierra sin un deje de desmayo. Una vez y otra, los dedos rotos, las manos muertas, la tierra salía y el oro, el oro… 
           Afirman que la montaña sólo quería un descanso sordo, una imagen de la codicia sin sentido. El hombre busca el cielo a ciegas, quebrado, mudo, sin pausa, sin contar los años que le pueden y avinagran.
           La promesa estaba en los cantos de sus manos y en la tierra juguetona que de él se burlaba.
           Oro, oro… 
           Volveré, dijo. Eso recuerda la niña hermosa. Volveré en tus noches solas. Te lo prometo. 
           De esta manera, hijo, la Añañuca envejeció. Murió esperando un puñadito de oro y al enamorado que le apalabró el cielo. La enterraron en el ancho verde que sube, el de muy allá, mire. Sólo una crucecita blanca para sus ojos de azabache. La india apagó la risa, el pueblo quedó hecho pueblo, el río llueve. Desde entonces no deja el cielo de volcar los recuerdos de esta historia en el norte grande. Murió de amor. Desengañada. Sola.
           El espejismo se los fue tragando. Como le digo, la gente de Monte Rey la lloró y enterró un día de lluvia, que para el caso. Al otro día, el sol calentó el valle y se llenó de hermosas flores rojas. Es la Añañuca. La Añañuca para los restos, que algunos hablan y mueren sin reconocer que fue la más hermosa de todas. 
           Hijo, esa flor crece hoy hasta Melampó, por allá, mire. Hasta el valle de Quilimarí, le digo, al lado de Piedras Blancas. Cada año, después de que el cielo llora, la pampa se convierte en la voz olorosa y triste de dos enamorados rojos, rojas. Es un desierto. Un desierto florido. 
Me volví buscando el dedo de la viejita, adónde señalaba, de parte a parte, ancho campo, vasto hasta en los ojos. Luego, Nando, la viejita desapareció. Sin otro vuelo en mis entendederas, se fue, como le digo. 
           Fui alejándome del pueblito junto a las aguas frías del Limarí. Necesitaba otro dato para mis apuntes. Me quedaron claros sus ojos ciegos, como de joven. La viejita Añañuca se vistió de un rojo puro.
Se fue disolviendo.
           Nando continuaba oyendo sobre la silla de la ventana. Pensaba.  Dijo, esta historia es triste. Luego siguió fumando. La copa de aguardiente en una mano mansa cansada de escribir. Es una naturaleza honda y extraña. Un tipo singular. Dice que no le gustan los viajes, que el ser no cambia.  Siempre el mismo, imagen reflejada millones de veces, en cada madre y en todos los rincones.
          Es un artista.
          Muestra la necesaria tranquilidad que se requiere. 
          He de mentir.
          Otros en mi memoria, existen. Otros Nandos…
          Aunque sea consciente de lo que digo, sé que miento.
          Otro tú es necesario.

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Morir ambas veces. En ocasiones especiales. Pero morir no es trágico. Sólo la llegada del arte que imagina que piensa y que escribe. Una sonámbula experiencia de saberse solo. De comprender el sentido estricto de lo que pienso. 
          No ha sido más que otra breve historia. De lejos. De muy lejos, con los sentimientos comunes, humanos. De poco vale ir si nada cambia. La tristeza y el orgullo. La vanidad de la obra que se yergue, altiva. 
          Nando afirma, vivir para crear. No pido otra cosa. El año de mi nacimiento y de mi muerte. Lo de en medio es sólo mío. Cosa mía.
          Quisiera que me comprendieran. No soy nadie. Ni original ni alto. Tengo ojos en las experiencias. Memoria para atrapar las palabras. Algo de pericia si se tercia, pero nada más. Estuve largo tiempo encerrado en la cochura del hombre, en la sombra propia. Buscaba la manera de salir. Quería otro universo. Lo escribiré, dije. Luego me puse a la tarea, pero exigía un retiro ingrato. Me alejé cuanto pude de los hombres medios. Embarqué muchas veces. Abandoné el paquebote sobre la mar que me llamaba. Las aguas buscaban arte. Subir y bajar. Ser ella misma. Ser yo mismo. Nada. Nadie.
          Compuse para ella una sinfonía dulce y muchos poemas.
          Quise sanar esta herida mía.
          Los demás lo aseguran. Este hombre se nos muere.
          Eso dicen afanosamente.
          Es raro, serio, extraño, desnuda su dignidad, todo le puede. 
          ¡Aléjense de él!
          ¡Aléjense!

Añuñuca.
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 34. Crónicas 12. Antonio Florido

Crónicas (12)
Calle desierta
Por Antonio Florido

                  
―Esto venía de antes, Tonio. Me lo dijo un compañero, que me fuera de Valdivia. Pero Valdivia era como mi casa. Mi trabajo estaba allí. Mi vida entera. Sin embargo, escuché que alguien me gritó comunista de mierda. No lo entendí. Ese alguien era un conocido. Trabajábamos juntos y me gritaba. Iba vestido de la aviación, se acercó:
         ―¡Abre el cajón, comunista de mierda, ahora soy yo el que da las órdenes!
          Estábamos en el despacho y me trataban como si hubiese acabado con alguna vida despreciable. Más tarde sonaron ruidos extraños en mi cabeza.
          ―Vete a Santiago, Toribio, hazme caso, sé lo que me digo.
Me lo decía mi amigo el teniente. Estábamos en mi departamento con la noche encendida. Llegó un poco alterado, miraba como un loco. El eco fue sucediendo y seguía sin comprender que la cosa se estaba poniendo fea. Hablábamos bajito, casi musitando un algodón de palabras en los oídos. 
          ―No puedo decirte nada. Eres listo. Sabes que lo de tu gobierno no funciona. Eso de querer alcanzar la felicidad por la vía que nadie entiende. Ya sabes.
           Me quedé callado.
           ¡Pensé tantas cosas!
           Chicho se equivoca. Tenía malas influencias. Pero, ¿acaso? Supuse que sus derroteros ya no le servían.
           Mi amigo no siguió insistiendo.
           Me palmeó suavemente, se fue. 
           La noche era hermosa, fría, tranquila. Septiembre empezaba y todavía había que tomarse los brazos con los brazos, o ponerse algo de invierno.
           Era un viernes, el 7. 
           Por la mañana tomé la camioneta de la empresa y rodé hasta la capital. Mi familia, mis padres. Pero la ciudad funcionaba como si tal. La gente boba continuaba siendo tan boba como antes. A nadie le iba la cosa. Todos transitaban. Marchaban con prisa, caminando por las aceras empedradas, abrigados.
           Las plazas deslumbraban con un paisaje nuevo. Miradas esquivas y codos quebrados…
           ¡Llenas de rocío, las plazas!
           ¡Claros ensueños tristes, penas de rabia! 
           Santiago surgió ante la cordillera diciendo, aquí estoy yo, que me hicieron los hombres para el disfrute. Me emocioné al vivir en las venas de mi querida ciudad.
           No suelo pedir nada, pero esa mañana me salió un rosario del alma, por lo futuro.
           Así me entiendo. Compréndanme.
«Si no te vas, yo mismo te detendré» ―me dijo. 
           El mismo sábado tomé hacia el sur y me acerqué a la ciudad del valle, mi pueblo chiquito. Mis padres estaban bien, mi familia toda.
           Los dos estudiantes eran muy amigos. Lo supe de siempre. A veces, por puro capricho, se detenía frente a la casa. El que manda tiene esas cosas, de parar cien hombres, veinte autos, de oír el silencio si así lo desea. 
           Encontré al médico de los pobres con el rostro serio. Mi padre no era así. Reía. No siempre. Pero a veces le llegaba algo y reía con la furia y la soltura. Sin embargo, dije: «¿Qué pasa?» «Tú mismo» ―respondió. «Vives muy cerca, le conoces. ¿Cuántas veces le dije que lo dejara? Quiero decir ese camino, la deriva imposible. Ahí le tendrás, supongo.»
Comenzó un revuelo. Todos intentaban arreglar el desaguisado. Olían a tedio, a miedo en lata.
            Tomé el teléfono. Hice llamadas como si fuesen las últimas de mi vida.  
            Regresé con él. Me miró un poco asustado, la voz imprecisa.
            ―Quizás no pase nada. El Chicho sabe defenderse y no permitirá…
            Por primera vez mi padre no fue capaz de terminar una frase.  Dudé. Iba envejeciendo. Un viejito con olor a cera. Imaginas que se te está yendo de las manos. Me dio pena. Él entendía de todo. Era imposible quedar sin su silueta allá en el rincón del patio, bajo las hojas. 
Salí al extremo de la calle. Las cuadras de siempre. La plaza y sus falsas acacias gigantes. Una deliciosa fragancia que sólo los hombres impares muerden a dentelladas. Caminé sin rumbo. Al fondo, el cerro. El cementerio a un costado, vacío, sin almas ni huecos. El suelo ajedrezado de Curicó se resistía al capricho terrible de las armas.
           «Mejor el plebiscito, un camino absurdo, lo sé, aunque mejor que nada.» Así lo soltó el viejo.  
          (¡Chicho, convoca, hazlo!)
          Eso masculló en un susurro, como para sí. Muy adentro quedaron esos hilos que pensaban. Pero yo pude oírlos. Soy de su sangre.
           Volví a Santiago. Estaba más tranquilo. La ciudad me recibió con la indiferencia de siempre, desnuda de sentimientos, sucia por encima, polvo acumulado, viento desmayado sobre las mismas torres; pero era mía, toda esa inmundicia me pertenecía, nací allí, en sus aceras colmadas de tristezas, en sus callejones sin salida. La amé como nunca.
           Las cosas que se van se derriten en la cabeza. Te fuerzan a sufrir, a recordar.
           Mi ciudad hermosa… Querían arrebatármela.
           En la empresa todo parecía igual. Los mismos semblantes atontados con sus rostros perdidos hacían lo de siempre. Estrellar oportunidades, olvidar las querencias por una vida en adelante. No sabían. Y otros, empero, ni siquiera eran capaces, con los arrestos acobardados.
           Cruzó la raya del 11. La madrugada. Más frío en la noche. Un compañero llamó. Descolgué, me puse. Dijo que había movimientos. Luego colgó, me dejó así. Nadando en un mar profundo. Me ahogaba. Mi padre no podía equivocarse, era eso, mi padre. Ninguno lo hace, es decir, errar en una afirmación como esa. Suelen ser eternos en confianza y en figura. Eso lo averigüé más tarde, cuando ya no había remedio porque estaba muerto. Me comí los recuerdos de mi viejito, le quise decir tantas cosas, las de su hijo solo, su familia, sus nietos, el mismo amigo horizontal y acribillado. Pero ya no podía. La vida no regresa, simplemente cae entre los dedos, al suelo, y sólo puedes beber la tibia tontura del alma que se quedó en ti. Triste. Triste comedia.
           Vial me lo confirmó. Hubo movimientos, en efecto. Me quedé en la madrugada con un desprecio manchado. Abandoné la oficina, me detendrían. Prendí la radio en el fondo arisco de la sombra. Necesitaba saber. Llovían las noticias. De manera volitiva, vertical en mis oídos, acezantes. Las horas las pasé sentado, oyendo. También cabeceé algún sueño raro, como de piedras que caían sobre el tejado de chapa, en aquel día.
           Me asomé a la ventana.
           Farolas amarillas clareaban las aceras de Santiago. Brillaban, eso es, recuerdo bien ese fulgor candoroso. Y los reflejos. Santiago se repetía como un eco de hombre indefinido. Eso fue antes de romperse las corduras, mucho antes. Faltaban horas y el hablero platicaba de cosas malas. Apagaron las voces de pronto. Quedó una. Una sola. Clara y alta, persuasiva. Era hermosa la voz, y el tono pues tanto así. Como el sollozo de un ñatito que hambrea. Así sonaban ellas, las palabritas asombrosas bajo la luz mortecina…
           …Que se iba yendo, lenta, humillada, en Santiago, la ciudad dormida que despertó con el rayo veloz de los bombardeos.
           Comenzó de esta manera la obradura del arte. Varias estallaron de golpe. En el centro. Yo las veía. Las oía con mis oídos sordos. La prensa exprimió las paredes altas. Todo se levantaba en polvo. Ventanas, molduras, gritos y ayes. Me dio mucha pena el palacio que se moría. Luego la voz se fue tornando hosca. Hablaba lo mismo. Deseaban embaucarnos con que la cosa no era por el pueblo.
           ¡La burguesía!
           ¡Fuera palurdos!
           No sé el tiempo que permanecí frente a la ventana, mirando, con la desidia del que no quiere hacer nada. Era un espectador. La tragedia del Chicho estaría bajo los cascos. El fracaso de un pueblo que lloraba como la forma del Chile, hacia el sur, en una raya delgada, larga. 
            Me llamaron de casa. Era mi madre. Dijo que me requerían. ¡Pero quién, madre, quién! Sólo entendí algo así como la oficina. Luego la línea desapareció. El hilo de mi madrecita se había cortado sin causa aparente. Me volví a sentir denso. Tomé mis ocurrencias y volé a Valdivia.
            Con el viento de cola. Así la camioneta avanzaba sobre los baches de la cortadura.
            Saqué las llaves. No vi a nadie en los pasillos. Abrí y se levantaron. Llevaban el sueño de toda la noche. Yo conocía al funcionario. Era joven, acababa de ingresar a la empresa. Me observó con asco. Podría haber sido mi hijo. Y me miraba con el desprecio de la ignorancia. Y del miedo a no cumplir con lo debido.
           Me esposó a la silla, las manos atrás, en la espalda encorvada. Me supe derrotado, inexpresivo, ausente. No leyó ni se refirió en nada a mis derechos. Sólo insistía en que estaba detenido, y en que callara. Tomaron las llaves, abrieron los cajones de mi mesa, los armarios, sacaron toneladas de papeles, montones. Buscaban algo. Sus manos sobre las letras y sellos. Después, al cabo, me trasladaron a la oficina del fondo. Caminaba por el pasillo con las rodillas anguladas, puertas abiertas a ambos lados, uniformes de la aviación, revoloteo, gritos y quejidos. 
            Mis compañeros estaban parados. Miraban a la pared, a dos palmos. Los reconocí, eran de mi familia. Los quería. Yo sólo fui uno más en la fila abstrusa. Ocho, nueve, diez hombres de pie. Miedo en las espaldas. Ojos cansados. El que llevaba la voz nos golpeó uno a uno. Preguntaba por los papeles. Creo que suponían algo imposible. Pero seguía golpeando. El decoro. Respeto. Una razón constructiva. Sin embargo, la irracionalidad surgió, como del fondo negro de un iceberg de piedra. Era el hombre en estado puro. Una por otra.
            Me convertí en un iconoclasta.
            Quise destrozar las apariencias de esos mandados. 
            Así el día. Imagino las horas. No pude contarlas. El dolor en el cuerpo se confundía con la imagen engañosa del odio. El miedo fue cayendo sobre nosotros. Alguien se desplomó. El cansancio le pudo, la desdicha de lo absurdo. Como la hermosa imagen de ese elemento cuando se la entiende del otro lado. Sí. Es un arma de doble filo. Placer y angustia. Querer salvarse y que alguien te mate. Justificación y desbarro, una mezcla para el ser solitario y mudo.
          La tarde.
          Continuaba el revuelo, la busca. Crecía el malestar entre los aviadores.
           La fila de la pared apenas lograba sostener el peso. Cuando intentaba relajar mis piernas, me golpeaban en los riñones. Debía convertirme en piedra. Aplasté la cara sobre la pared. La apoyaba mansamente. Necesitaba descansar. De nuevo más golpes. Hasta que llegó el grito que taladró la tarde. Me salieron de dentro la rabia y miedo. Era demasiado pronto todavía para que todo acabase.
           ¡Detened el tiempo, deshonrad las locuras de esos milicos! 
           Cuajó la oscuridad. Preguntaban por los dichosos papeles. Pero nadie sabía nada, no entendían. Quedé dormido. No sé cómo, pero lo conseguí. Los aviadores también fueron creando una capa de silencio y de tedio. Supuse que estarían echados sobre el suelo. Doblé el cuello. Vi unos niños con la ignorancia agarrada a la garganta y los cerebros gastados.
           Pasamos el tiempo rumiando el cansino transcurso del turno. Me hice las cosas encima. Todo. La humedad y el hedor nos cobijaron en el centro del mundo. Porque la tierra se había reducido a eso, sólo un puñado de barro sobre los ojos. Soñé con la poesía del horror, cuando se pudre en versos de odio. Poetas del alma, que gritan papel. Letras de olvido, sin nombres, nada. 
            En la mañana se nos volcó un crujido alto. Era el claro del día. Un hilo de carne sin fuerzas. Nos metieron en uno de los camiones. Militares chirriantes. Verdes distintos. Mímesis bella. Temibles razones.
De allí a la calle San Pablo.
          Santiago apareció vacía. La gente echada en el suelo. Abrazados.  Solos. Quietos. Muertos. Aceras llenas de odio y olvido, de unos amores perdidos que necesitaban un abrazo sincero.
         Edificios torcidos.
         Bajamos a las bodegas de un lugar sin nombre. Alguien preguntó hasta cuándo. Le respondieron que no pensáramos. No saldríamos.
Las familias, extraviadas.
           El futuro, ¿dónde?
           Luego nos llegó la noticia de la muerte del Chicho. Por sus risas lo averiguamos. Como un cerdo, decían. Así murió.
           ¡Qué tristeza en el alma, cuántos hombres locos!
           De ahí sólo logré la metáfora de la Angostura, donde las cordilleras se van enamorando. Así es mi Chile de lágrima. Hombre seco y tierno, abrasado y convertido en crema. Pero el mismo en todas partes, en las abras y la costa, de cabo a cabo.
            El chileno es, por decir, un arrebato. Un dolor erguido sobre su sombra. El triste buscador de la indulgencia. Se inclina ante la hermosura, le pide de rodillas, ruega, solloza, sueña…
            ¡Virtud! ―clama.
            ¡Virtud! ―implora.
            Violeta lo cantó en flores. Sones al compás de una cuerda vibrante. Los demás con las barbillas apoyadas en las palmas. Todos oyendo.  Los ojos cerrados en el corralón de la Parra. 
             Éramos comunistas. (Eso decían).
            Comenzaron los insomnios y los interminables interrogatorios. (Me acordé del gulag). Nos preguntaban una vez y otra, como un disco rayado, que dónde los papeles. De qué, por qué lo callábamos.
           La lista. Queremos la lista. Operación Z. Eso queremos. Los nombres. Los hombres. Familias. Direcciones.
           Yo no tenía noticias de esa lista, al parecer, tan importante. Nunca me dijeron nada. Sólo me debía a mi trabajo. 
           (Boudjedra pide agua. Está sobre la duna. Arriba del todo. Gira sobre su eje y busca, huele. Bastaría un leve rumor bajo sus pies. Parece que lo percibe. Se agacha y coloca sus rodillas sobre la arena ardiente. Los ojos se le agrandan. Aparece una ligera sonrisa de esperanza en sus facciones. Suda. Cava y cava. Con las manos abiertas va extrayendo la arena. La echa al lado, arena sobre más arena. Frenético el hombre sediento. Busca agua donde no la hay. 
          ¿Acaso no es absurda la conducta, el ser?
          No era necesario destruir para luego crear.
          Como buscar la utopía. Nunca se llega. Te mueres antes. Antes incluso de comenzar a buscar.
          Te precede el deseo incomprensible, la necesidad formada por otros, la falsa injerencia que solamente ansía torcer el armazón que te dieron. 
          Boudjedra no habla. Nadie está con él. Sólo la naturaleza y su agobio, el sentido excelso de la soledad. Sobrecoge otear su figura, tan pequeña, desde el alto imaginario). 
          Así comenzó todo. 

Calle desierta.
Imagen proporcionada por el autor.

*****

Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 33. Crónicas 11. Antonio Florido

Diosa griega

Crónicas (11)
Diosa griega
Por Antonio Florido

                  
Lo que te pasó con el camarero, Nando, también lo viví con la novelita de Manuel, mi otro amigo. 
           Me la regaló en el Jaque Mate de su ciudad, en otro tiempo. Habíamos quedado como siempre, para hablar de todo y de nada.
          Trabajó con sutileza la dedicatoria indulgente para este pobre diletante de las ideas. Cincuenta páginas que me mostró entre un desencanto incomprensible y una ilusión de niño fácil entre las cejas. 
            Leí y manoseé el libro. Olí lo que no se podía. Lo ojeé con cierta prisa. Aunque luego la contuve con la esperanza de encontrar el preciso momento para leerla. 
            Manuel siempre llega antes de la hora. Desde lejos veo su silueta inclinada y la mano que le va y viene con pereza, el cigarrillo a medias, fumando. Habla entre líneas. Piensa como si estuviese atrapando los peces de las ideas y no se prodiga en elucubraciones arbitrarias. 
            A estas horas inciertas, Eduardo Dato va cargada de rumores. Un río carnoso convulsiona los sentidos. Gente loca y ausente. Caminan porque no saben hacer otra cosa. Huir de la desesperación se ha convertido en los capitalinos en una primera voluntad. La nostalgia de haber vivido ni la sienten. Tampoco se suelen refugiar en un adelanto de futuro, la esperanza de un motivo. 
           Se ha levantado.
           Palmeamos las espaldas con las huellas rotas de las manos. Una leve sonrisa se confunde y un hola, qué tal, aquí estoy, trabajando. 
            Pedimos. Me ofrece la cajetilla y tomo. Enciende educadamente, con su torso fino. Hay unos momentos deliciosos de silencio. Respiro hondo. Observo el continuo rostro de alguien que se cruza. Luego abundamos en lo mismo. Sé que vamos a tratar del tema recurrente, de cómo van las cosas, a qué te dedicas en estos días, de cuándo vuelves al México de tus amores. Manuel duda. Para en seco el ligero temblor de sus labios. Espera al pensamiento. Dice: «No sé, Tonio, pronto.» Abre la cartera abultada donde guarda sus tesoros. Coloca unos libros en la mesa. «Son de la antigua editorial, la que tuve, ya recuerdas».  Digo: «Sí». Miento para no quedar mal con mi amigo. Manuel edita, escribe libros de poemas y de historias singulares. Usa expresiones poéticas, lindas y ambiciosas. Dice que corrige y corrige. De la última me ofrece su séptima versión.  
           Me pregunta qué escribo, qué pienso. Apuro el primer café de la tarde y el segundo cigarrillo. Él se adelanta por otro. Me gana por la mano, este dichoso filántropo.
            Paramos la conversación.
            Seguimos ensimismados.
            Atraviesa silencioso un tiempito lleno de más peces.
            ―Iré a Chile, ya te dije. Quiero escribir una historia. Sobre aquello, recuerda, lo que sucedió por aquél entonces…
            Manuel asiente y apura también su enésima taza. 
            Me da la tontura de reír. Un pensamiento errático se me ha colado en la mollera.
           ―Tal vez aparezcas en mi historia.
           Manuel enciende otro cigarrillo con la colilla del anterior, sonríe con malicia.
           ―No hagas eso, Tonio, no merezco tanto.
           ―Háblame de los orígenes de Venus.
           ―Quieres belleza clásica.
           Manuel levantó el brazo, el camarero se acercó.
           ―Por favor, dos buenos vasos de Ideal Estético, con un poquito de Similitud y Sobriedad, al estilo Apolíneo.
           Nos miramos y reímos.
           Pedimos excusas…, que estábamos ya del mundo hasta las narices.
           El joven se arreboló y dio la vuelta confundido por la chanza. 
           La tarde fue volcando las sombras sobre unos rostros descombrados.
           Los edificios comerciales de Eduardo Dato eran tristes.
           ―No se cuida nada en este sitio, nada. 
           ―Pero la doxa es apostólica, no te quejes.
           ―No lo hago. Pero responde algo. ¡Anda!
           ―¿Elementos inquietantes y macabros? La diosa de la belleza; nacía de la espuma de la mar, que a su vez era el esperma de Urano…
          Dejé de echarle cuenta.
          Me bastaba el timbre desgarrado.
          Una voz elocuente que se ignora.
          Aquella tarde no hizo falta nada más. Quedamos serios, un poquito muertos. Encerrados en el hecho de saber de la conciencia.  Era todo. ¿Acaso?
           Me habló su librito de Antea. Era la segunda parte. Una historia breve, pura, coagulada con la densa materia de los anhelos. Sí, un amor imposible que se recuerda de por vida, siempre.
           Todos hemos tenido nuestra Antea, de cualquier forma, en algún lugar oscuro del alma, como la tierra que espera la llegada de los conquistadores, esa es Antea.
           Así está hecha.
           De esperanzas y quiebros.
           De respiraciones alteradas.
           De vidas pensadas para morir en el intento.
           Un sentir que no te inspiras. Buscar hasta debajo de las piedras, abrir el cerebro a dentelladas y salir al monte para gritar el horror de estar solo.
           De sentirte solo.
           De que nadie reconoce el rostro desencajado y la sombra baja que te va matando.

Diosa griega
Diosa griega
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 32. Crónicas 10. Antonio Florido

Crónicas (10)
Toribio en San Isidro
Por Antonio Florido

             TORIBIO EN SAN ISIDRO


                                                      

―El Tatio…
           Un símbolo.
           Las montañas forman una hilera misteriosa. La gente del valle las mira y de noche, al acostarse, piensa en ellas, en las roturas sangrantes de las rocas. También les cantan. Me acordé de la historia que va de boca en boca, como de pico en pico, sobre los viñedos sudorosos.
           Cada cresta es la confesión de una persona que quiso llegar a lo más alto en (de) su vida. Algunos lo consiguieron. Otros, humillados, quedaron a medio camino, solos. En una queja peñascosa, extraviados por la enorme anchura quebrada y negra. Negras, sí, como las alas del cuervo.
           Son personas o lo que cada una representó para el mundo. Seres como los rayos petrificados del sol sobre la tierra.
           Imagen en la que pienso constantemente.
           Ocurrió de un modo muy simple. Estábamos en el fundo, con Félix y muchos otros, en aquello de San Isidro.
           ―Háblame de ellas―dije, viajando muy lejos, hacia el horizonte. Quise decir sobre lo del Tatio.
           Toribio miró a lo largo de su vida, las montañas hablaron susurrando.
           ―Mario, lo que me pides no es poca cosa. Míralas. Míralas y calla. Solamente escucha el sonido de la brisa que va corriendo de cabo a cabo. Son ellas. Sus palabras blancas, como de nieve. Una vez quise subir hasta la más alta. Alquilé una recua de mulas, un arriero, gasté lo que nunca tuve por el empeño de trepar hasta lo alto…
           Mientras contaba la historia de sus montañas, Toribio sonreía con la inocencia de un niño viejo que siempre puede. A veces bajaba la cabeza, sostenía una clave de silencio, esperaba tragando y luego continuaba con la fantasía de la leyenda.
           ―Cada una de ellas es el ego de alguien que quiso más, pero mucho más. Dicen los viejos que otros viejos intentaron subir.  ¡El oro! ¡Allí estaba el oro! ¡Lo más valioso! Pero se equivocaban.  Lo más ansiado era la blanca sustancia de los altos picos. La leche de los Andes. Blanca y dulce. Una cuajada para toda la vida. También cantamos que en los días de niebla esos viejitos lloran y que sus lágrimas bajan hasta los valles. Allá quedaron sus esperanzas. Desde lo alto alzan las voces para que sus hijos no mueran. Los arrieros dejaron de trabajar. Vendieron las mulas. Por eso mi tierra es una tierra sin mulas ni arrieros. Nadie se atreve a subir. La leche de las montañas se fue corriendo desde el norte hasta el confín de la tierra. Dicen que allá abajo no hay tierra. Sólo una coagulada enorme donde los hombres más aguerridos se afanan en cargar sus barcos.     Aseguran también que por mucho afán en el trabajo esos barcos nunca se llenan.
          La leche se va derramando a sus espaldas. Luego sus mujeres sollozan en la noche. De buenas a primeras algo les anuncia que sus hombres desfallecieron en la crema baja de nuestra patria. 
Se fueron acercando algunos invitados. Toribio hablaba, enajenado, con su voz cantora y grave, de la hermosa leyenda de la cremallera que cierra la tierra entre los mares. Mi amigo fue abriendo sus brazos. Se levantó y creó una cadena de versos de su memoria. Eran lindos, como las sinfonías de ese abalorio, bello juego para los hombres que deciden vivir varias veces.
          Mientras cantaba permanecimos en silencio.
          Nos observaba el valle. Una abertura fosforescente en mil colores primaverales.
          Las palabras de Toribio despertaron. Alzó la voz. Giró varias veces. Le hablaba al viento con la emoción que el viento entiende.
          Los copihues florecidos de Temuco, los aromos lechos.
          De eso hablaba con su pelo nieve, mientras con sus brazos acariciaba el aire. Luego los volvía a separar para asir la vasta tierra con las viñas regadas por los llantos de esos rancios.  Entonaba para todos y para nadie.
           De lindas flores en los campos de Malleco.

           Viajó con la emoción en el tren de la cordura y susurró al viento.
           Valdivia, decía, Valdivia…
           Félix, Saldaña, José Antonio, Marambio, Alicia… 
           Cayó sobre nosotros un hermoso vuelo de mil aves rodando.
           Habían oído la canción de Toribio.
           Bajaron de la montaña y volaron, volaron. 
           Coihueco...
           Regalo de caricias…
           Pinos de Nahuelbuta…
           El grupo acompañó el estribillo con una acuosa tonadilla.
           Terminó con las hermosas bajuras de las islas.
           Chiloé
           el ribazo de la mar que golpea
           pescadores que madrugan mar adentro
           la nieve de la Patagonia
           su nieve.
           Se sentó. Quedó callado. Sólo pude distinguir el lamento triste de la cosecha.
           ―El Tatio. La respiración fatigosa de las cumbres. Significa el abuelo que llora. Fíjate, Tonio. Soy un Tatio. Si nos da tiempo subiremos. Está algo lejos. Un par de días. Tomamos un hotelito de pocas lucas. Hay un bus que nos lleva hasta la cumbre. Allí no hay nada. Pero te sientas y escuchas respirar a la montaña. Es hermoso, Tonio, muy hermoso.
         (Nostalghia. Enfermedad incurable. Recordar desde el camino. En otro tiempo. En otro espacio. Querer volver. Repetir el instante. Saborear. Tocar el horizonte. Conformarte con lo poquito que te ha sido dado. Sólo el fenómeno que te limita. El que te ancla. Como el intervalo de donde nadie huye. Huasos de compasión y sufrimiento. De eso tal vez se trate, de una simple comprensión. Yo escarbo. Viajo a lo profundo para entender por qué se sufre. Ellos comen, beben, charlan, ríen, doblan sus cuerpos bajo el tibio sol de esta primavera. Ellos son. Y sobre el banco mudo, mudo como un tronco muerto, pienso en que los días, el tiempo, pasa. En qué será cuando yo no esté. No sientas compasión por mí. ¡Quién la merece! Supe vivir a mi manera. Quise estar, ver, callar, ser el analista de los hombres y el testigo de sus miedos. Los hombres… Los hombres por los que siento com-pasión. Quizás haya nacido en otra época, una isla desierta me sirvió de cobijo.
           Andrei, responde. ¡Responde! ¡Di algo!
           Hoy se pierde todo.
           La ilusión traspasada por la prisa.
           El tiempo apretujado en una mano.
           Por ese todo, los brazos se nos caen.
           ¡Qué mediocridad!)

Los Andes
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 32. Crónicas 9. Antonio Florido

Crónicas (9)
Lisboa
Por Antonio Florido

             LISBOA


―Nando, lo que me cuentas es algo terrible. ¿Cómo puede ser Vasques el dueño de tu tiempo? ¿Un obstáculo, como confiesas amparado en la tragedia de tu existencia?
         (Me has dicho tantas cosas, detalles de una vida sosegada, la calle donde vive tu alma y la otra, más arriba, en el interior de ese cuarto oscuro donde secuestras tu propia manera de comprender el Arte…
          No. No puede ser. Sería una ocurrencia imposible.
          Eres un ser desdoblado, eso me cuentas, Nando.
          El trasiego de tus pasos por este miserable al que llamas Vasques, que podría ser cualquiera, por poner el caso en su sitio, digo. También hoy has fumado y has hablado conmigo como si estuvieses solo en el mundo. Lo único que te falta, querido comandante, permíteme, es que de vez en cuando decidas comprender al otro, al que se sienta frente a ti en este velador de restorán sempiterno. Un poquito vulgar, lo reconozco, donde hablamos de arreglar el mundo que nos tocó y de compendios filosóficos e intangibles. 
         Sólo pido una mirada de desprendimiento, detalle sumiso de un ser como tú, que vivió en mi futuro, al que creí entender que sería acaso yo mismo andando el tiempo.
          Me acuerdo del Escribidor cuando repaso el fondo oscuro y algo apenado de tus ojos, bajo la mascota que no te quitas nunca. Anotas lo que fue y lo que tal vez llegará a ser algún día, para los que vengan, que de esas circunstancias ya te pasaste de largo.
          También soy un siamés sin compañero, Nando). 
          ―Lo del tal Vasques es una metáfora, ¿es que no lo entendiste?
          (Hablas de cosas espantosas, de las imágenes que gasean por encima de nuestras mentes. Sobre el techo de arrebol, como de principios de siglo, flota una nube de saber que tú y yo pretendemos alcanzar, por eso quizás me hables con tus dichosas alegorías. Pero tu vida y la mía son también elementos que ya sucedieron, como ríos que pasan sin descanso, sumisos como todos los ríos de la tierra, con las espumas inclinadas y las aguas perdidas, ya comprendes.
          Logré atraparte entre unas hojas de hueso, casi amarillas por el uso y el despliegue de tantos ratos. Hay una ceguera roja con una franja alta y más roja si cabe, tu nombre en la zona más cara, la figura desolada de un hombre confundido, que confiesa en soledad la ruina de unos días muy vulgares, repetidos un millón de veces, hasta la consunción.
           Buscamos respuestas, pero comprende, Nando, que faltan muchas preguntas.
           Una mesa pintada de un roble perezoso, algunas cuartillas que apenas sirven en estos días, un recuerdo sobre la esquina callada de la propia que se mantiene a la expectativa. Eso es lo que soy. Un recuerdo que no habla, acaso un títere mancillado por unas manos locas y temblorosas.
           Ahora callas. Has logrado disparar tu mirada en la dirección correcta. Te veo con la expresión cansada de un hombre de otro siglo, como aquel del que hablamos algunas veces. Los tres juntos, ¿verdad? ¡Qué buena idea poder pasear con la tranquilidad de que nada ocurre, de que nada existe, de que todo es falso y cierto de alguna forma!
           Vasques de mierda, te coseremos los labios como al comandante).
           ―Es General, Tonio, General ―Nando me había leído el pensamiento.
           ―Te agradezco el apunte, hermano. Lo mismo sucedería sin la etiqueta porque el hombre se mueve por instintos. De la misma manera tomaría el fusil que hay en la mesa y lo acariciaría con la desidia del que conoce su propio destino. General, Comandante o Presidente. Son hombres repetidos. Todos ruines y egoístas.
           ―No todos son egoístas.
           ―De ti para mí, te aclaro que en mi mundo es así. Las cosas han cambiado sobremanera. Tú, en la Rua dos Douradores. Yo, en la parte resignada de Octavio. Lo mismo es, ¿acaso?
            (Lo que alimenta es esta comunión de poder hablar entre nosotros. Es difícil, muy difícil, esto que logramos. Hemos cruzado tierras y tiempos, soledades anchas, páramos y generaciones y, aun así, tenemos la fortuna, la increíble y maravillosa fortuna de saber, de poder entendernos como dos seres enfermos que van muriendo lentamente.)
           ―Maestro, soy Rulfo, Juan.
           ―Usted, como siempre, con esa amabilidad que tanto echamos en falta en estos días. Pero no me llame Jorge Luís. Sólo Jorge, por favor. Ni tampoco maestro. Quisiera ser Juan, como usted. Con esas cuatro letras tan poderosas y breves.
            ¿Dígame, cómo le va, querido amigo?
            Nando intentaba recordar cómo seguía ese tú a tú irrepetible. Pero se enfrentaba a un caso imposible, porque el diálogo vegetaba en su futuro.
            Como Borges, yo también quisiera ser un Pedro de Comala, pero hay empeños e ilusiones absurdas. 
            ―Ahí voy, muriendo, muriendo un poco más cada día…)
            Mi taza dormía hueca sobre la mesa. Sin embargo, moví la cucharilla por un quizás. El café se había enfriado, pero me daba cosa romper el hilo. Pedir uno nuevo, ¡qué ultraje! ¡Un acto subversivo, destruir el presente, lo más valioso!
           Volví la cabeza hacia el espejo de la ventana y dejé que Nando gozara los sorbos significados de su boca. Observé cómo avanzaba, incansable, la ofuscación de mi amigo. Y la carrera (huida) veloz de su armonía.
           Levanté la mano. El mozo se acercó con el diario alucinado. Olí el papel, la tinta húmeda sobre una celulosa trapeada. La portada apareció muda. No había titular ni fotografía de fondo. Tampoco logré adivinar la fecha del periódico. Pasé varias páginas y nada; las olas se fueron desplazando en una sinusoide matemática. Estrías de letras que deberían informar de lo ocurrido en la ciudad en alto, la que estira sus dedos para agarrar un mar que huye. Pero no conseguí encontrar el olor del hueso, ni los dibujos y fotografías en sepia. Eran simples hojas, puras crecidas de la realidad, cuando todo desaparece.
            Muerte en el salón y en el velador.
Tomé otro sorbito de una taza que ya no estaba. No pude ver a mi amigo.
            ¿Dónde estás, Nando?
            ¿Dónde tú, Juan, dime?
            ¿Dónde, Jorge, Jorge Luis, Jorgito del alma?
            Toda la vida persiguiendo una quimera y no la alcanzo. Me hicieron corto y obcecado. Quise investigar, aunque desde siempre me pensé incierto e incapaz para eso. Jamás lograría detener mi pensamiento en una sola idea. Insistiría, quizá, en abandonar a las primeras de cambio. Luego crecí y me atajé por el camino retorcido de los conceptos que nadie piensa. Me sentía a gusto componiendo y diseñando una nueva senda.
             Ser el primero en caminar por donde nadie. 
             ―¿Nando, por qué te paras? ¿Has sentido envidia por lo que dije? ¿Celos? ¡Dime! ¡Habla!
             Mi amigo levantó el rostro serio, enderezó el filo volcado de su mascota, acarició los extremos de su bigotito y comenzó a caminar con sus acostumbrados tanteos de niño.
             La calle se caía. Una poderosa pendiente tiraba de sus adoquinadas aceras. El tranvía escalaba fatigado. Resoplaban sus pulmones de acero. Los pasajeros, medio dormidos, apuntalaban sus cuerpos en los marcos de las ventanas. Pasaron a una velocidad ridícula, como si fuese un viejo chocho sin fuerzas. La rampa nos ayudó. Me arrimé y le tomé del brazo. Bajamos del todo engarzando los pensamientos de por qué nos tocó vivir de esta forma, con la dureza en el cerebro, ese ánimo inconcuso del deseo de crear para nada. 
           Es hermosa la ciudad del mar, con sus riberas crujientes y el roce de la espuma sobre las rocas. Pasó un barco balanceando su espalda. Parecía del pleistoceno. Un monstruo gigantesco que iría hacia adentro de la mar océana. Nos sentamos sobre un granito frío. Desde esa orilla distinguíamos el otro lado, donde las puntas de la desembocadura se van perdiendo. Un poco de niebla bajaba lenta. El puente, con su atrevida distancia, se confundía hasta llegar a desaparecer en el interior de esa densa neblina de la mañana. 
             Miré la juntura entre el mar misterioso y el horizonte quebrado. Se confundía la tierra con el agua. Nosotros también nos esquivábamos como la propia naturaleza.
            (Ideas trocadas en conceptos. Conceptos tomados por creencias, convicciones convertidas en piedras y éstas en dogmas infinitos. Nuestros argumentos horizontales convertidos en fisuras y agujeros insondables, sobre el suelo virgen de la ignorancia, honduras tenebrosas y ocultas a un mundo inmenso de mediocridad)
            ―¿Qué hacemos hoy, nene? El día está un poco desagradable. Puede que llueva y hace mucho viento.
            ―Mejor nos vamos de esta dichosa plaza, tomamos el tren y nos acercamos a Sintra. Lo he visto en el mapa, está cerca. ¿Te parece?
             Me echó uno de sus brazos sobre el hombro, besó mi cuello y fue resbalando su boca hasta alcanzar unos labios deseosos. Éramos unos recién casados, enervados por la rutina del mundo, con sus cadencias impuestas y las modas inútiles de siempre. 
            Me despedí de Nando con todo el dolor de mi pensamiento. Quedó allí sentado con el giro de su cuello. Parecía una figura esculpida en bronce, donde la gente se toma fotografías para tener en casa alguna imagen viva de alguien muerto. Sin embargo, para mí era muy diferente. Nando siempre en mis venas, desasosegando a cada instante. Con su tragedia gris oscura, silueta de hombre pequeño, sabia y astuta mirada, ojos tristes y caminar moribundo.
            Se necesitan personas así.
            El mundo sólo podrá expiar sus pecados con almas tristes y cultas, aunque estas almas yazgan desesperadas sobre las trivialidades más desesperantes.

Fernando Pessoa (Ñisboa, 1888-Ibídem, 1935)
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 31. Crónicas 8. Antonio Florido

Crónicas (8)
Bellavista
Por Antonio Florido

 

       BELLAVISTA


Salimos del Harry’s Bar y caminamos lentos por Ernesto Pinto Lagarrigue. Paramos en seco a la altura del 80, donde había una peña de planta baja, de paredes rojas con molduras en blanco.
         Sobre mediodía.
         Un sol hermoso y tibio. Se estaba bien en camisa. Cruzamos la calle, no demasiado ancha y casi sin tránsito a esa hora. Se dibujó una joven en la puerta, con un cubo. Fregaba un suelo imposible.
         ―¿Ya llegó?
         La chica bajó la cabeza. Toribio se entendía a las mil maravillas. 
        ―¿Entramos?
        Era una especie de tablao flamenco, al estilo chileno, con paredes pintadas al tun tun. Cuadros de toda la saga. Toribio se desarmó y colgó la prenda sobre una silla. Yo le imité. Luego me quedé de pie caminando muy lento por las paredes, deteniéndome de cuando en cuando. Miraba cada una de las fotografías. Eran viejas. Violeta, Hilda, Nicanor…
         Me fui enterando de poquito en poquito. La historia de una leyenda del país vertical. (La primera vez que vi el mapa de Chile me pareció una tierra que lloraba. Ese largo, desde más arriba de Atacama hasta muy abajo, donde la tierra se vuelve blanca, brillosa y fría, parece una lágrima que va cayendo y cayendo).
         Mientras esperábamos la llegada del Nano, la joven nos fue sirviendo unos platos y bebidas. Éramos dos solitarios en un espacio pintado, con varias caras que nos miraban con sombras de desprecio. Sobre las paredes había décimas, canciones escritas a mano… Salpicaban la estancia para que los comensales fuesen comprendiendo que los Parra son y serán siempre eso, los Parra. 
         Me excusé un segundo. Salí a la calle. Me apoyé sobre la pared. El sol se encajonó sobre mi rostro de ojos cerrados. ¡Pensé tantas cosas! Luego fumé con una tranquilidad excesiva. Moto azul con cajonera, apostada a varios metros, con la patacabra que la sostenía. Al lado un tronco que se arrepintió de haber sido árbol y torció el gesto. Subieron sus ramas y hojas con rabia porque ellas sí quisieron ser un árbol plantado en una acera de Chile, por donde nadie pasa en el día. Pero en la noche el mismo tronco torcido sostiene las espaldas jóvenes cargadas de inocencias y esperanzas. Quizás fuese un árbol de noche. 
         Llegó como arrepentido. Lucía una ponchera sobre una camisa blanca. Se arremangó y cruzó sus ojos con los míos. Se extrañaba el Nano. Toribio nos presentó. Fue cuando le vi algunos dientes de oro, en las esquinas profundas de su boca, la mano gruesa y fuerte, una frente amplia y el cabello crespo, con la brillante soltura de la juventud huidiza y el decoro. 
        ―¡Tonio, de España!  ¡Un escritor muy conocido!
        De nuevo se equivocó, pero yo sonreí diluyendo una terrible humillación. 
        Permanecimos de pie. Hablamos de lo que se habla en estos casos. Naderías, halagos, medida de distancias, reconocimiento de olores, intuiciones que salpican las entendederas de los que ya cumplieron algunos años. Nos caímos bien. Me cayó bien el susodicho Nano. Yo ya sabía con quién estaba hablando. Era de la saga. Uno de los de en medio, porque detrás empujan los jovencitos y los de antes ya murieron en sus cajas de pino. 
        ―¡Un segundo, ahora vengo, creo que tengo alguno arriba!
Mientras tanto Toribio se llevaba la cuchara a la boca. Yo analizaba el contenido de la cazuela. Apartaba con el borde de acero, llenaba y bebía. 
         ―¡Un artista, un artista! ¡Y muy considerado en toda la nación!
         Había guirnaldas, cadenetas coloridas, pinturas al fresco con rostros desencajados que intentaban imitar la real apatía de algunas personas que conozco. Sonrisas afectadas y posturas de foto. 
         Estaba rico el caldo. Y la chicha morada. 
         El Nano Parra se acercó a nuestra mesa a toda prisa. Siempre iba de acá para allá como si el espacio fuese a desaparecer. Llevaba un libro en la mano. Me lo tendió, le pasé el bolígrafo con una sonrisa. Dobló la cintura, abrió la portada, luego escribió como un niño muy chico que está aprendiendo. Observé que los dedos le temblaban. Garabateó sobre la hoja hueso. No lo leí al momento. Es de mala educación. Le volví a dar la mano. Le apreté cuanto pude, pero sus cantos no cedieron nada. Después el Nano Parra dejó de existir.  Estaba hecho libro, estrofas, poemas, cantos, sentimientos, voces al son de unos acordes de guitarra, ojos ávidos y bocas medio abiertas…
Letra enorme, enrevesada. Signos dibujados al estilo Cocteau, como suelo decir. Propia de un hombre iletrado o de un idiopático, pero supuse que el Nano no era ni lo uno ni lo otro. Una cosa extraña, pues. 
         “A mi amigo… Con todo cariño. Nano Parra”. En los suspensivos podría haber escrito cualquier nombre, porque todos los nombres son uno sólo, como en aquella novela de Saramago, me acuerdo. Lo de cariño es una suposición porque la línea podría indicar cualquier cosa. Tal vez una nube enfadada en un cielo de ceniza o una ola revoltosa que se cansó de la calma. Un loco que se duerme al son de una nana de amor vespertino. ¡Yo qué sé…! Olí las páginas. A enredadera con un poquito de humedad, en su punto. Letras y letras, marcadas con números romanos. Décimas del Nano. De vez en vez alguna fotografía en blanco y negro, difuminada, con los antiguos matices (si alguna vez los tuvo) desaparecidos, huyendo a la ciudad donde viven todos los colores del mundo. Gente muerta con sonrisas forzadas. Viejos y chicos, medianos. Guitarras sostenidas, vestidos en alto, luciendo el garbo y la altanera costumbre de señalar que aquí estoy yo, un Parra. 
          Todo Chile canta por los rincones las cuecas choras de este hombre que quiso ser poeta en una tierra de poetas. 
          Pagamos la cuenta. Nos fuimos con dos sonrisas agradecidas.  La calle seguía en su sitio, la moto echada, el árbol que deseaba ser árbol me miraba con sus hojas tristes. Volví la cabeza. Eché la última ojeada adonde jamás volvería. Suspiré porque estas despedidas son siempre duras de tragar. El paso ineluctable del tiempo que se achica cada vez más deprisa. Mis manos cierran unos dedos en el afán de retener algo, poquita cosa, un segundo, un color que huye, olores y gente que se cruza conmigo sin decirme nada. 
          El fragor de las aguas negras era dulce y chascoso. Nos echamos sobre la baranda para ver un poco de esa agua que nunca piensa en el avance. Sólo corre y corre, enajenada, buscando el bajo de la tierra, el mar a lo lejos. Sí, el agua quemada del Mapocho corre urgente para encontrar y arrejuntarse con esa otra agua ancha y calma del gran Pacífico.


Nano Parra. (Curacavi, 1937). Cantautor. Chile
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 30. Crónicas 7. Antonio Florido

Crónicas (7)
La ciudad
Por Antonio Florido

 

Quisimos subir al Cerro Tupahue…
          Toribio se despide de la noche y abre la puerta de mi cuarto. Ya le veo vestido. Chaqueta marina, camisa clara, corbata con ligeros tonos azules (hermosa, simétrica, quizás un poco amortiguada), pantalones con un poquito de holgura y zapatos lustrosos que reflejan a su modo las deformadas superficies de las paredes y el techo, como un agua que arrecia sobre nosotros desde una cubierta en curva.
          Soñé toda la noche con la eterna niebla que cubre la ciudad, con sus grandes avenidas. Escalé torres que alcanzan el cielo y visité casuchas casi abandonadas. Me alargué al barrio bohemio de Lastarria. Traté de acariciar las estrellas del Sur y los quebrados intangibles de la cordillera que se alzan muy atrás, más allá de lo posible. Imaginé miles de farolas impertinentes. Percibí los olores extraños de esta ciudad donde todo cabe, (desde el amor en una esquina hasta la muerte imprevista al cruzar una corredera).
De mañana las calles y edificios aparecieron ante mí con una capa de ceniza. Pinceladas al capricho de un diseño muy antiguo. Con un sol escondido y misterioso.
           Es el segundo día que paso en esta ciudad de calles coloridas y extravagantes, de indianos cerriles…
          (Deseaba subir al Cerro, como dije)
          Toribio sonríe mientras toma el té a pequeños sorbos, luego me mira.
           ―¿Y las piernas?
           Apenas un gesto de resignación. Más evidente que una cadena de palabras que dirían lo mismo que mi rostro. Adelanta la tostada con mantequilla, toma otro sorbito de infusión. Me reflejo en su rostro, ¡tan claro!
          ―¿Queda lejos?
          Sacude las partículas adheridas en sus comisuras, tose varias veces, tuerce el cuello, habla.
          ―¡La ciudad es grande, Mario, inmensa, debemos tomar un taxi!
          En los bajos del restaurante el aire acondicionado crea una realidad transparente, aséptica y mullida. Pienso que nada nos podría suceder allí, mientras tomamos nuestro pequeño almuerzo, a esa hora de la mañana.
           Por el ventanal se distingue a la gente que cruza sus dejadeces sin mirarse. Avanzan rápido, a grandes zancadas, casi corriendo. La mayoría sujeta el teléfono como si se tratara de un tesoro recién encontrado. Leen y escriben, sonríen, enmascaran sus sentimientos, falsifican; otros llevan auriculares, deseosos de aislarse del mundo que ellos mismos han creado.
          (Compartimientos estancos donde la humanidad se va muriendo) 
          ―No es tanto, verás―rectifica, comprobando el derecho ajuste de sus perniles.
          Calle Las Monjitas, 744, apartamento 218, altura 17, como a media cuadra desde el comienzo. 
          Toribio me llama un poco alterado. Me equivoqué de rumbo, abstraído como iba. Torcí el cuerpo, enderecé el bastón, lo coloqué paralelo a mi pierna derecha, avancé hacia él que me esperaba con la sonrisa picarona de un niño malo. Llegamos hasta la esquina con Mac Iver. De ahí nos detuvimos y mi amigo levantó el brazo. Casi nada. Tal vez el primero en pasar, o el segundo (ya no recuerdo). 
         ―¡Dirán!
         ―Al cerro San Cristóbal.
         ―¡Sí señor, al tiro!
         El auto era viejo, amarillo y destartalado. Toribio se sentó al lado del chofer, yo detrás, con mi pierna tullida estirada. El carro planeaba. Iba tan veloz que no podía atrapar todos los sueños traseros de mi noche, cuando me imaginé por la selva de Santiago, como un vulgar turista de las cosas. Pero no dejé de mirar por la ventana.
         Sólo se oía el rodaje de las gomas, los saltitos del vehículo, a veces los repentinos frenazos por un disco impaciente que de pronto se enfermó de un rojizo sangre.
Ese tal, abigotado, no era un hombre. Manejaba con dos brazos automáticos, fumaba y hablaba por el celular, sacaba el brazo por la ventanilla, señalaba alguna dirección, un verdadero diablo… Pero conseguía que el carro serpeara como un arroyo entre las piedritas del tránsito. 
          ―¡Es de España! 
          Lo dijo sonriendo y con la cabeza casi vuelta. Le noté un orgullo inmenso. Sonreí.
          ―Sí―dije. Luego callé y continué con la fugaz panorámica del resto.
         Acortamos por el Jardín Botánico (eso dijo). Luego el auto bacheó sobre el puente del Mapocho. 
          ―Es el río de Santiago. Mira cómo va, el pobre. Tenemos, Mario, una sequía de aúpa. 
          Un chorrillo de aguas negras que bajaba entre piedras cantonadas, lisas y redondas. Poca agua para tanto largo.
         ¿Un hilo subversivo? 
          ―La dictadura, que todavía sigue con las suyas.
          No sé si Toribio llegó a enterarse. Quizás no comprendió el significado desdoblado de mi frase. Tal vez ni lo uno ni lo otro, o las dos cosas sucedieron y solamente se hizo el distraído con un pequeño ademán de su mano que indicaba que aquello no tenía ya sentido.
          Recuerdo haber torcido a la derecha buscando la circundada de los cerros, donde las torres son cada vez más chiquitas.
         ―Allí comienza el barrio Bellavista. Falta nada.
Después Toribio dilataría sus explicaciones.
         ―Bellavista es de cuidado. Muy bohemio, con estilo propio, bullanguero, imposible a ciertas horas. Putas y reputas, asaltantes y pidones, acuchilladores. Los carabineros ni se enteran ni se quieren enterar. No se entra si no eres bravo y chileno. Menos con la noche caída.
        Es hora de experimentar la ausencia de lo percibido, el amor al horror como anticipo, la mierda que nos encharca y lo banal que nos ocupa.
        (―Marcel, comprendo tus acotaciones. Aunque con matices. Sensaciones y recuerdos, un caldo denso donde bebo y me alimento. Me asedian relaciones muy sutiles. Hilos enrevesados que van tejiendo el poco a poco. Esto es la realidad. La tuya de seguro. La mía aún la voy creando a mi antojo. Pero la ausencia, ¡me puede tanto! Escribo, pienso y vivo sobre ella. ¡Es el Todo! Lo de crear es pura farsa para no saberme solo en este vacie. Marcel, llenas el hueco con tus signos. Muestras una capacidad ofensiva y dura, un arma de futuro, fiera y a menudo dolorosa. Colmas de catarsis hasta el último de tus signos)   

El carro nos dejó al pie de una gran cancela de dos cuerpos, cerrada a cal y canto. Dentro varios guardias riendo. Algunos hablaban con el pitillo entre los labios. Toribio se alejó. Le vi desde atrás. Me había sentado en un poyo que cercaba un gran parterre. Un hombre alto y seco vendía recuerditos de Santiago. Los observé. Tomé alguno para verlo más de cerca. Comenzó a hablar de manera lisonjera. Sin embargo, no quise oír sus palabras. De comprar, compro, mire usted. No más, se lo aseguro.
          La pierna comenzó a gritar y aguanté el dolor como pude. Conté los segundos. Dibujé la curva del dolor en la tinta de mi mente. Pronto llegará el declive, se irá…
Toribio también se arrimó al hombre alto y seco. Solamente desmenuzaba con su inteligencia los mil detalles del puesto. 
         ―¿Calor?
         ―Algo, sí. Me quité la chaqueta, ya ves.
         ―Cuando pega, pega. Y eso que la primavera…
         ―Huyo del calor y me da por venir a este otro calor insoportable. Me equivoqué de ropa. Y de estación.
          Nos quedamos unos segundos sin hablar.
          ―Están en huelga, los muy wueones. Tuvimos mala suerte.
          Su rostro revelaba unos rasgos de hombre bueno. Más contrariado que yo por el inconveniente de haber cruzado la ciudad para nada. Sin embargo, no me importaba quedarme allí sentado, oliendo las atrayentes fragancias de mi espalda, con mi pierna lisiada y mi bastón doblado. Se estaba a gusto en aquel sol y sombra. 
         ―¿Y?
         ―Nada. Paseamos. Espera un poco a que se me pase esto. Luego caminamos en busca del Mapocho. Quiero ver sus chorros y piedras, la anchura de su cauce. Poco a poco, querido, no tenemos nada que hacer.
         (Es la única reserva natural del ser, no tener que hacer nada, sólo dedicar el tiempo a la tibia plenitud de la observación más absurda)
         Rozó la cuerda de las doce. Anduvimos cuadra y media. Entramos en Harry’s Bar porque nos quedaba al paso. Terraza amplia, sombra, veladores, gente que pasaba, camareras que atendían.
          ―Café, por favor. Largo. Doble. Solo. Con dos azucarillos. ¡Ah, y un vasito de agua fría!
          ―Té… Normal. Sólo con sabor a té. Y también quiero agua, niña.
          Saqué tabaco.
          Fumé uno de mis primeros cigarrillos en la gran ciudad. (Me acordé de Lemmon, en la famosa película que tantas veces he visto con mi mujer. Luego me llegaron los recuerdos de mis hijos, de ella misma, de mi casa y mi pueblo. Traté de oler lo que no podía. La distancia consigue alargar estas cosas. Pero mi imaginación trabajó y me dejó al pie de la cama desde donde veía el cuerpo echado de mi esposa y quise estar con ella, oír sus risas y sus palabras, conocer de nuevo lo que ya coloreé tantas veces. La habitación de mis niños. El sabor de una buena comida, las tonturas que a veces nos decimos, los buenos días y el que tengas cuidado con la carretera…)
          Pasó una mujer cobriza demasiado joven para ser madre. Empujaba el carrito del bebé con sus brazos menudos. Llevaba el pelo recogido en un moño alto. Parecía caminar con cierta prisa. Pero tal vez esa indiana necesitaba aprisionar el tiempo que se escapaba, el tiempo naciente también de su pequeño.
          Luego llegaron dos señoras de cierta edad (hay edades indefinibles, huidizas). Se sentaron al lado de nosotros. Pidieron cervezas. Fumaron. Comenzaron a coser las palabras. Los sonidos llegaban hasta mis oídos con la confusión de una colmena. Un zumbe, acaso.  O una abejera que cae al suelo y se destroza. 
En la rejilla de la ciudad Toribio y yo sólo éramos dos motitas de polvo. Unas manchas que jugaban al qué será más adelante. 
          ―¡Tonio!
          Me sorprendió. Toribio había vuelto a confundir mi nombre. Había chocado la palabra como una piedra sobre una lata.
          ―¡Sí, dime!
          Se le abrió la sonrisa. Llamó a no sé quién. Este no sé quién le respondió y el rostro de mi amigo dibujó una figura redonda como un sol de fuego. 
          ―¡Ahora, niña! Media hora. No más. ¿Entendés? Di que voy con un amigo español que quiero presentarle, que no se vaya si regresa antes. Chao, niñita, chao.                            

(Lo triste de la belleza es que huye de nosotros, los perversos humanos que intentan asirla. Ella es Todo. Todo lo conoce, hasta el anticipo miserable de unas manos abiertas. Y lo más insensato―quizás el elemento más banal de lo absurdo―es que al final, cuando pasa por nosotros ese aire gélido que limpia y endurece, llega la tragedia, porque ¿qué puede existir más allá? ¿Miedo? ¿Discordia? ¿Locura?
Cuando me ausento abro los ojos y encuentro una isla vacía de desaciertos. No hay nada. Sólo yo y mi conciencia. Las preguntas huyeron hace ya mucho tiempo, tal vez demasiado. No se necesitan. Un campo de respuestas como granos de arena en una playa azul y clara, con la pureza de una mente que añoró desde siempre un hueco de paz.
          ¿Esto es lo que busco? 
          ¿Incansablemente?
          ¿Con la tenacidad de un acero templado?
          Hay una línea dibujada en un suelo tierno. El viento la va deshaciendo y he de darme prisa. Sé que más allá mora la expresión serena de una vida tonta y sin sentido.
          Lo que inquiero desde siempre.
          La palabra exacta que todo signifique. Una pereza que me encharque y aclare cómo es el mundo, por qué me pusieron aquí.
          Sin embargo, ya no hay hombres. Sólo arena y cielo, piedras, rocas contrahechas, vientos que huyen, un sonido sordo de algo brusco que se va acercando y no veo. Tal vez es el miedo que engendró en el seno de la materia, o la soledad, que no es más que eso, paz interior o un engaño cualquiera, atrevido y cruel.
          El mundo y yo.
          La realidad rodeada de otras mil realidades que diseña una imaginación enferma. Una incapacidad de lo que suelen llamar útil. 
          Hablo de paz, locura, ausencia, sustancias agrias subsumidas en la materia, horizontes inalcanzables con la limitación que nos pusieron en las manos… Hablo de quimeras y de absurdos. Hablo del hombre terrible que aflora de vez en cuando, engreído y paradójico, irracional.
           ¿Qué diferencia al loco de la vida?
           ¿Cómo me puedo reconocer en un conjunto de iguales?
           La locura es el cuchillo que alguien maneja y corta sin conocer el oficio. Lo hace a destajo.
           Ser obsesivo.
           Ser tembloroso.
           Con una mirada hundida en el espacio de dos cuencas que tratan de ver en lo ciego. 
           El tajo desviado dibuja una senda de vida. El loco tiene marcado el camino por donde habrá de viajar durante años. Aunque no quiera. 
           ―¡General de mierda!
           Si nos arrancan la piel nos quedamos indefensos. Aire y bacterias. Fibras sin nada. Es la chifladura que entró excediendo la realidad, desacomodando.
           El enajenado no piensa, se desprendió de una carga terrible. Breves momentos de nada, embobado, ido, obsesionado con la lindeza que sube como el telón del teatro, tardo, desesperante.
           ¿Quién podría amar a un loco sin locura? ¿A un hombre repetido? ¿Al que se compra en cualquier tenderete, en una esquina perdida en la masa de una gran ciudad, quién?) 



Santiago de Chile (Francisco Kemeny)
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 30. Crónicas 6. Antonio Florido

Crónicas (6)
La pesadilla
Por Antonio Florido


El Presidente tomó la botella de chivas y se acomodó, solo, en el sofá de carmín. Destapó, inclinó y comenzó a tragar sin pensar en nada. El desprecio hacia sí mismo le fue subiendo, y un trago sucedió a otro, y así…. Intentaba destrozar la memoria de su vida, los esfuerzos en balde, apagar esas palabras que martillaban en sus oídos. Imaginadas o ciertas, eran voces clarividentes. 
          El General escuchaba los consejos y opiniones de sus correligionarios. Llegó a dudar en algún momento, pero calló. Prefería la prudencia y el silencio a las habladurías recurrentes y vacuas. Asesinar a un compañero no iba con él. En el fondo le daba asco un acto como el que todos pretendían. Anotaba distintos caminos en su libretita. Una salida condescendiente para un hombre que había dado tanto por todos. Le mostraba un afecto interno. Pero los demás formaban un coro de voces extrañas llenas de odio y sin sentido.  
           Sonó un golpe tremendo sobre la mesa. 
           ―¡Mañana!
           Todos quedaron mudos. Comprendieron la orden.
           ―¡Prepara los timbres, reparte, ordena, encarcela a quien se resista, mata si fuera necesario, no quiero errores!
           Lo había vociferado en un arranque de ira y de frustración. Como un enajenado, sin mirar a nadie. Después se retiró a la habitación de al lado y se tumbó sobre la cama sin deseos de dormir. 
           Amo la superioridad que otorga esa altura que me dieron sin querer. Quise estar solo en la cima. Lo deseaba con todas las fuerzas de mi alma. Llegué. Desde el alto gozo columbré la cotidiana banalidad de la plebe. Luego me senté sobre la roca. Descansé toda la tarde esperando la llegada del atardecer. El mundo me llamaba el Presidente. Me rendían pleitesía, obedecían mis órdenes, se anticipaban… Pero ese sueño duró solamente un instante. Luego llegó el arrepentimiento. Cada Orden y Decreto, cada Ley y mirada, cada gesto o sonrisa. Descreí mi pensamiento. Muy tardo, como una piedrita que rueda chocando con las laderas, zarandeada por las ásperas y cárdenas roquedas del poema.
           El caballete abierto sostenía un arco de tela tenso y expectante. Faltaban el arrojo, los artificios, la voluntad perezosa. Necesité mucho tiempo para dilucidar el paisaje en mi mente. Un pueblo alegre. La izquierda triunfante, los halagos y roncerías. Comencé un íntimo acto de expiación luchando con el lienzo que me retaba a cada instante.
           (Los colores se confunden…)
           (…Hubo tonos imposibles.)
           ¿Acaso la revolución que se acercaba a Palacio?
           Cada mañana pintaba un lazo estridente. Trataba de crear una figura hermosa, pero la sospecha de lo que ansiaba siempre huía, presurosa, con el horror sobre los pies deformes. Comprendí que mi labor era grandiosa e insuperable. Más allá incluso de mi propia capacidad, mi engreimiento me decía que lo dejara.
           El primer arrepentimiento se fue transformando en un segundo fallo. El Presidente no debería transigir a las primeras de cambio, pero los demás hablaban y hablaban, discutían decisiones absurdas, voceaban a mi lado, algunos llegaron a manotear la mesa, despreciando la figura de un Presidente que se diluía.
           Pasó otro minuto. El ventanal seguía abierto de par en par y la taza de café aún dormía sobre el calado glamuroso.
Recordó las sonrisas de sus hijas, de pequeñas, jugando al pilla entre las mesas de caoba, corriendo por los inmensos vericuetos del edificio. Supo atrapar aquellos momentos en que el amor lo introducía en ese cuarto donde los sentimientos se van deshaciendo. Luego le pudo otro recuerdo. Habló en alto, recreando aquel pasaje que se le quedó clavado en la memoria, cuando entonces.
           Mi nostalgia no es una emoción ligera. Es una enfermedad. Mortal si se me antoja. Porque me puede la compasión profunda por abandonar mi propio país, mi conciencia y mis actos, la historia misma de toda mi vida. Es un sufrimiento contagioso. Enfermé por eso, por el pueblo que anhela y requiere de mí toda mi alma y paciencia. Y no puedo más. Por eso tal vez desee lo que ya se intuye.
           Pero he de estar y reconocer que me he acercado (tal vez de una manera sublime y excelsa) a ese borde donde el abismo comienza a caerse. De ahí en más no tendré regreso y todo estará perdido.
El Presidente toma la botella con un cariño exquisito, como queriendo acariciar la helada y sobria superficie curva de la etiqueta y del licor. Una cárcel para el último elixir de su vida. 
           El límite está ahí, lo percibo con todas las fuerzas que soy capaz de reunir, en un esfuerzo sincrético, como aquella vez primera con el escalpelo entre los dedos, temblando en el paroxismo de la duda.
           ¿Qué son ahora los atributos del sexo y del alimento diarios?
           ¿Qué la meditación filosófica y el arte de la música?
           A veces los pensamientos se adensan de una forma inextricable.
           Es bella la imagen del fusil sobre la mesa. Curva, acero y madera, formas plegables… Sería muy sencillo. Es tan pequeño que con una mano sostendría el filo del cortado. Con la otra tomaría la decisión de todo un pueblo, o de unos desgraciados que discutían la manera de alcanzar un ilegítimo ascenso.
           Desde mi asiento la puedo distinguir y analizar, pensar en sus fútiles detalles, sus tonos y medidas, la fuerza del acero huesoso por donde llegaría al final del llano, donde comienza el tajo.
           (De pronto una caída suave. La bajura que me llama. Crujo y me desgarro como una roca desprendida. Un arbusto insospechado forma grietas en mi cara. Mi cabeza hecha añicos. Sesos salpicados por los velos y contrastes, en el techo y paredes a mi espalda. Sólo un instante sin pensar en nada).
           ¿Quién lo ha logrado en este mundo?
           ¿Abandonarse?
           Tal vez sea un acto imposible.
           ¿Absurdo?
           Quizás, si hablamos de aquella razón consciente que llegó a percibir sus propios límites.  
           El Presidente ha dejado caer la botella. El golpe sobre el suelo y la pérdida de lo grave le despiertan. Ha bebido demasiado y le duele la cabeza. Se frota los ojos, pasa unos dedos inseguros por las arrugas asurcadas de su frente. Busca sus lentes que los dejó sobre la mesa elegante. Pero es medio ciego y apenas distingue una mancha.
           Todavía cree en la quimera.
           Un hombre que se hunde en una pesadilla. 
           El fusil continúa apoyado como siempre.
           Quieto, callado, esperando…


«El sueño de la razón produce monstruos», Francisco de Goya (Fuendetodos 1746-Burdeos 1828)
Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 29. Crónicas 5. Antonio Florido

Crónicas (5)
El presidente
Por Antonio Florido


Alcanza la belleza. Cruza ahora la ventana entreabierta del despacho. Ella es. La veo en silencio. Deambula de acá para allá, se muestra como la coqueta de la casa. Mira distraída alrededor y busca algún signo de desesperación, quizás una mirada perdida más allá del horizonte finito y alcanzable de la enorme pieza decorada. La perfección es el anticipo de la tragedia. Todos parecen intuirlo. La gente del pueblo transita por las calles capitalinas y avanza silenciosa por los caminos secos del país, pero el Presidente todavía no se ha dado cuenta de nada. O tal vez cierra su boca mascando una bola que no pasa. 
         El anticipo intenta embellecer con una capa de dulzura los primeros suspiros de la mañana. El sol ha asomado por encima de los tejados altos, ilumina cándido y con un pudor inefable lo que más tarde arderá bajo sus rayos feroces. El hombre deambula perdido en su propio yo. Busca la respuesta a tantas noches en vela. Piensa en el destino de su familia, en lo que sucedería con ellos si él desapareciera. Se cree inexpugnable e imprescindible, como tantas almas de esta tierra que les nacieron para arrugarse, sólo por ese motivo, pero él observa sus pies desde arriba, atrapando a un futuro que se aproxima con una lentitud exasperante. 
         ¿Van Gogh?
         ¿Cézanne?
         ¿Un lienzo manchado de manera arbitraria por una mano dubitativa ansiosa de hallar la verdad oculta de sus miedos? 
La culata plegadiza del arma no deja de intimidarle. Ambos permanecen en silencio, pero se observan, en un acto perverso de quién tomará primero las riendas.
          Por la ventana, de grandes mochetas y finos tules de maravilla, se oyen pasos lentos y veloces, alguna bandera que flamea, el grito de un pajarillo que de pronto ha comprendido que se quedó perdido en medio del denso aire de la Plaza, huérfano.
           El Presidente sonríe al pasar frente al espejo. Ha visto su cuerpo adornado con la máscara que nunca quiso. Alguien se atreverá, piensa. Luego tuerce el rostro y se coloca de perfil, postulando una efigie altanera. Baja la cabeza y se toca los ojos con las yemas de los dedos aviejados por el roce de tantos papeles y firmas. Se siente cansado. Al otro lado de la enorme sala hay un sofá atrayente. Se acerca y apoya su espalda sobre el carmín de terciopelo. Desde el asiento gira su cuerpo y toma con la imaginación, entre sus innumerables estantes, a su querido Gotfried.
Lee: «¿Quién se encuentra consigo mismo? Sólo pocos y, además, solos.»
          La rabia de mi siglo me oirá desde el infinito, cuando mis huesos ya no sean. El polvo habrá de surgir para gritar la agonía que mi pueblo no merece. Los muy inocentes han pedido lo que nunca les podré dar: Mi vida entera y orgullo, el tiempo que me queda, mis fuerzas en declive, las ilusiones de cuando aquello no era más que un horizonte desleído, el amor de mis hijas… Pero no entienden que la soledad es la fuente de mi tristeza y de mis alegrías. Todo lo pude con ella. Rodeado de sonrisas, mi aislamiento me hablaba las verdades que no vienen en los libros, la indiscutible hondura de un alma, la huella profunda del paso de un hombre sobre eso que llaman la Historia. Sí, eras tú, mi amado desierto, el que procuraste los hallazgos más brillantes. Sólo el silencio, antítesis de todo, crea. Lo demás es puro negocio de la materia con ella misma, conjeturando realidades que duran lo que duran: Nada. Como ese gritito del ave que todavía descansa en el seno del aire, perdido, buscando a su madre que vuela y vuela, en lo alto del cielo.
          Soy un verdadero artista. Como dijo aquel (señaló otro de sus libros): «Simplemente un solitario de mí mismo.»
         La mañana creció sin darse cuenta. Ha pasado otro minuto eterno. El vendedor alza su brazo y alguien toma el papel, deposita una moneda en la mano libre del joven y comienza a leer con la necesidad del ignorante. Busca noticias. Se rumorea que hoy es el día señalado. Luego alza la mirada hacia la gran ventana del centro, observa con deleite la fachada sobria y larga, los guardias que custodian la entrada, la simetría embriagadora. Sopla sobre la Plaza una ráfaga de amor muy bello. La madre de todos los pueblerinos que han viajado desde las distintas provincias para asistir al turno y a la masacre. Ahora es el momento de gozar del mutismo que reina. Mejor hacerlo sentado en una terraza cercana, con un café como Dios manda.  A sorbos, muy despacito, sin dejar de clavar los ojos en el cielo claro que pronto se llenará de un humo grisoso. 
         El Presidente llama a sus servidores. Aparecen dos muchachos ataviados con sus uniformes castrenses. Se colocan rectos, saludan con la marcialidad aprendida en los cuarteles. Son conscientes de que la labor de hoy será la más importante de sus vidas: Servir a un hombre perdido y confuso. Le notan al Presidente la sombra bajo los ojos, el aislamiento y la tristeza, la amargura porque la vida se le escapa y no sabe cómo salir del laberinto. Recuerda que Bacherad le dijo que en el hombre todo es camino perdido, pero escupió sobre sus propios recuerdos, maldiciendo esas palabras.
         Los guardias se alteraron, creyendo que su Presidente había perdido la cordura. Luego invadió la sala una calma tensa.
           El Presidente les ordenó con el reverso de la mano, con una humildad pudorosa. Al poco le sirvieron el desayuno sobre la propia mesa presidencial, apartando los montones de papeles y trastos. 
          «No soy un criminal, ni un místico que busca la salvación al precio que sea. La piedad que siempre sentí puede ser una muestra del ego que me come, como la obscenidad que noto cuando firmo algún Decreto en contra de mi gente, un gesto desaprensivo.»
          ― ¿Es que te crees indispensable? ¿El único ser capaz de salvar a todo un país? ¿Omnipotente, acaso?
El Presidente derramó la taza de café. Había creído oír unos insultos a su propia compostura. Se levantó y buscó por todas partes. Quedó en silencio, esperando, luego caminó muellemente sobre la alfombra, quiso callar el crujido de la madera. 
          ―Chicho, ¿no me ves? ¿Te dejaste los ojos en la esperanza de que todo seguiría como siempre? ¡Pobre desgraciado! 
El Presidente se apretó la cabeza con las manos, creyendo que la locura era eso, las voces que clamaban en sus oídos. Estaba solo. Lo sabía. Pero tal vez debería buscar en los aposentos de Bea. 
         ― ¿Has sido tú? ¡Dime! ¿Lo has oído?
Beatriz se levantó, sostuvo su abultada barriga con el temor de sus manos, miró a su padre y comenzó a llorar. La joven intuyó que su amado padrito se le iba.
          El cielo se cerró de golpe. Nubes y nubes, ráfagas de ira y desgracia, copas enhiestas que comenzaban a claudicar en los ribetes de la Plaza. 
          El Presidente abandonó el costurero y corrió al salón. Mostraba un semblante engreído y serio. Temía lo por venir. Lo sospechaba. La Junta hablaba a varias cuadras, pero él era fino e intuitivo. Recordó el último gesto del General.
          ―Dime, fantasma de mierda. La cagué cuando te puse en lo alto. Ahora lo entiendo. El pueblo no necesita tus hombres ni las armas. Es una locura. Por eso atraes. Tu encanto de loco se corre como la pólvora. Te conozco. Sé que buscas tu propia catarsis. Por eso muestras el lado torcido. La originalidad. ¿Entiendes? Todos desean las palabras dichas, la tranquilidad del que manda. Nadie anhela fundar un pensamiento, porque el acto creativo duele, y nadie ama el dolor, salvo los delirantes como tú.
           El General miró su reloj de pulsera. Sonrió levemente, disimulando una caricia sobre el bigote.
           ―Habla lo que quieras. Has perdido el norte y el agua del remanso se está alborotando. Oigo las cascadas de la cordillera. Llegan sinuosas por los cortados. Corren veloces formando unas abras que jamás existieron. La voz en alto gusta. Tú lo entiendes. Sí. 
           ―Nunca me gustaron las metáforas. Ramón dijo que la plebe alucina con ellas. ¿Será porque no las entienden? Si tomasteis la decisión, ¿a qué esperáis? 
           Imaginó un asalto y un fusil en el pecho, con algún militar incompetente que no se atrevería a disparar. Confiaba en la altura de su carisma, pero la plata se la llevaban y el pueblo pasaba hambre. El pan es el motivo de casi todas las revueltas. Se acordó del moderno Esquilache y de la Rusia moribunda. La hambruna cierra los puños en las gargantas, derrumba cancelas y portones, asesina en nombre de la conciencia. Desea la muerte y el poder para alimentar a sus hijos. Tal vez esa sea la clave de todo misterio: Los hijos. 
           ―Bea, debes ir con tu madre. La he llamado. Te espera. Allí estaréis a salvo. 
           ―Padre, ¿tienes miedo?
           El Presidente estaba aterrorizado. Por no ver más a sus hijos ni a su mujer, ni a sus hombres, por no poder oler de nuevo la madreselva que se va formando cuando llega la primavera, por esa blancura, crujiente y fría, que se hunde levemente cuando la pisas, allá en los altos. 
           ―Tu padre no conoce eso, nenita. Sólo me duele el ridículo que algunos se afanan en pintar en un lienzo que nadie comprende. 
           Apartó la mirada porque las lágrimas empujaban con fuerza. Beatriz lo imaginó y volvió en silencio a la salita de estar. Pensó en el retoño que iba creciendo en su cuerpo y luego en su mamita. Hortensia, Tomás Moro, la calle larga, el coche en la puerta, los ayudantes que le sujetarían la mano por si acaso sucedía alguna desgracia. Los privilegios de los que su familia gozaba. 




Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 28. Crónicas 4. Antonio Florido

Crónicas (4)
La guerrillera
Por Antonio Florido

Aquella noche fue interminable y fatigosa.
          Había dos lanzadas hasta el pueblo. La camioneta se iba desplazando cada vez más lisa. El camino dejó de ser de tierra y las ruedas mulleron bajo el fondo denso de la noche. Hubo que torcer por varias calles. Con los ojos cerrados pensaba en mi retoño y memorizaba las curvas, los agujeros olvidados por los administradores. Supuse que nos llevaban a la comisaría que está sobre la falda del cerro.
         ¡El Condell llamaba en la altura!
          Patricia clavó todo el tiempo los ojos en la furia que llevaba y en el odio, lo supuse por mi sueño despierto. Era una compañera fuerte, pero esa fibra de hembra hecha a retazos la abandonaba de pronto sin que nadie conociese el motivo. Se le había dormido el pequeño en los brazos y de vez en cuando agachaba los labios y recapacitaba en el futuro de esa vida.
           Desde atrás no podía adivinar una frase completa del conductor con su sombra. Los niños aparentaban, en la bajura de la noche, un descuido penoso. Maduraban en las chapas fermentadas de la camioneta, con las cabezas echadas en los hombros de los compañeros.
           Las armas estaban a mi alcance, pero no lograba encontrar el arrojo suficiente porque el camino se tragaría a mi pequeña. 
           Nos bajaron a empujones. Luego entramos aprisa en un departamento apenas iluminado. En derechura, un pasillo sucio y triste. Me recordó a un día desapacible, sin nubes ni sol, con los pájaros recién despiertos y calientes, pero sin atreverse a salir al cielo, agazapados bajo las plumas de sus madres.
           La habitación, austera y desconchada, no tenía apenas nada, solamente una mesa y una silla para el escribidor. Permanecimos de pie. Un funcionario medio dormido se atusó el bigote y nos miró con cierto asco. La ampolleta del techo ardía sus últimas horas de vida. El tiempo se detuvo. Minutos. Horas. Las piernas me dolían, las rodillas, los tobillos. Patricia se derrumbó con el hijo en brazos. Allí quedó en la juntura de la pared y el suelo. El funcionario nos miró y torció el chorro de humo que fumaba. Se hacía el interesante.
          Sin embargo, Sonita recordó aquellas trenzas y la mesa pegada a su espalda, las maestras gritando y vio de nuevo sus piernas atléticas trepando por el tronco de aquel árbol gigante. 
          Me echaba de tarde en tarde sobre la pared. Necesitaba aparentar una fortaleza que lentamente se iba hacia las montañas. 
          Mi Lily…
          ―Firme aquí. Lea antes si quiere, ¡total!
          Me llevaban al hospital. Necesitaban demostrar que no me habían maltratado. Tomé el papel y escupí sobre las letras, luego lo arrojé con rabia a la cara del funcionario. Patricia me entregó a su hijo como si fuese un quebradizo jarrito de cristal; lo tomé en mis brazos, firmó y colocó el formulario sobre la mesa. Coloqué al pequeño sobre el filo del suelo, encima de la polera que su madre había colocado. Quedó una pintura de carne rosa y de ternura, pero la herida ya estaba abierta, sólo necesitaba un tiempo indefinido para cerrar los litorales de sus costuras.
          Patricia y yo lo miramos desde arriba y luego nos abrazamos.
          ―Gallo de mierda, quiero saber por qué nos habéis detenido, ¡vendidos!
          La noche engreída sonrió. 
          ―No estamos en la escuela, gringa―añadió con el acento de huaso de cuando se crió en las llanuras inacabables.
          Pasó mucho tiempo hasta que volví a verlo. Fue cuando me aviejé. Nos habíamos convertido en dos carcamales blancos y testarudos. Me pasó el vaso de terremoto, brindamos por las palabras encajadas de aquel entonces, llegamos a disculparnos clavando las artrosis sobre la superficie curva, transparente y violácea del cristal.
           Aquella tarde los compañeros habían disimulado la puerta con los libelos de los milicos. Llamé muy suave. La señal era simple, tres toques y un rosario de dedos, luego una pausa y otra vez lo mismo. Abrió un adolescente. Adentro discutían el modo de entenderse. Vociferaban y manoteaban el aire, como si este aire tuviese la culpa de la soledad de un Presidente y la galladura de un aventurero.
         Apareció la Carmen y todos callaron. Les dije que eran unos espantadizos de pacotilla. Unos sencillos aficionados sin nada importante que decir ni aportar. Y que así no se hacían las cosas. Los hombres se miraron unos a otros. Algunos intentaron responder a la insolencia, pero cambiaron el rostro hacia una parquedad silenciosa.
          ―Hay que aprovechar el tiempo. Dejarse de tonterías y actuar. ¡Retirad todas esas cosas! ¡Dejad ya los cigarrillos! 
          Estaban enloquecidos. Tomé algunas metralletas y las eché sobre la mesa. Rompí el silencio
          ―¡Ellas mandan! Llevan grabadas la revolución en las empuñaduras. Necesitamos usarlas. En una sublevación nadie te dice cómo deben funcionar las cosas. Te tienes que buscar la vida. O son los demás los que te comen. 
          Un silencio se volcó sobre los continentes y se escuchó el arrastrar de una silla. Les añadí que eran unos cobardes. No había lugar para tantas changadas ni disparates. Los militares acechaban. Mataban sin remordimientos. Contra la palabra, la palabra misma. Pero ahora llegó el tiempo de intercambiar. Ser iguales en la lucha. 
          Los compañeros movían los cuellos de un lado a otro, buscaban argumentos sólidos para rebatir a la Sonia, pero ella era de las pocas bravas del pueblo, criada en la injusticia de un señorito que no le dejó conocer a su papaíto campesino. Era dura como la nieve de la cumbre cuando se cuaja. La mujer sostenía los entendimientos de los compañeros y no cedía nunca. Era como el recuerdo de su Lily, duro y correoso, tremendamente humano. Los hombres se miraban, querían entender de dónde le salía a ella tanta rabia.
          Como Alejandra ―esa torcedura que luego anduvo por la vida bohemia y destructiva―, nuestra Sonita sentía un miedo atroz por ella misma, por pensar a cada instante en lo que sería capaz de hacer. Temía convertirse en una oligarca que no reparte, la que abandona a sus semejantes con las bocas abiertas pidiendo un sorbo de agua o un trozo de algo para sufrir un poco más. Veía los rostros de sus compañeros y pensaba en un cortejo fúnebre, detrás del cura, con mis brazos doloridos a punto de claudicar por el esfuerzo. 
         (Era un niño)
         No podía, aún, soportar el dolor de ese delito al que llaman vivir.


Imagen proporcionada por el autor.

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Edición por entregas del último libro de Antonio Florido. 

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.