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Cajón de rubores. 3. Fisonomía 3-Homenaje al Cuadro. Antonio Florido

Cajón de rubores / 3

Fisonomía 3 
Homenaje al Cuadro

Por Antonio Florido

       


En Órganos sin cuerpo, Zizek parece recordarnos que nunca abandonamos la constancia de Ser Algo, de Ser Nada. Llegar a los extremos y comprobar que no posees, que jamás tuviste la gracia de conservar el entendimiento. Se ha hablado mucho sobre la esencia del Arte, que si penetra en el hombre, que si sale del mismo. Pero aquí asistimos a la cuadratura del pensamiento, a la agudeza del ojo que se esfuerza en ver más allá de la simple tonalidad. La forma acaso no coincida con la Forma primigenia e ideal. El color se muestra enervado, y gasta sus fuerzas en un vahído que se diluye en la lejana línea del otro cuadrado, del llano que arde, como si dijéramos, con las espigas ardientes e invisibles que sólo llegamos a intuir. El Ser necesita un sueño para poder levantar la episteme que le llama. Un sueño amansado, lento y sereno, o amarillo, a la manera de una pintura irreconocible a primera vista. Esto no sucede en este caso. Vemos un día radiante. Un sol bragado en constante lucha con el azul del cielo imaginario, una ceguera que nos inocula el miedo al paso inevitable del Tiempo. Vemos el color y corremos al espejo. Necesitamos comprobar cuánto hemos envejecido desde las altas horas de la noche, con el embozo endedado y los ojos abiertos, la mente despierta, agria. Algunos hablan de pretensión y de histeria, de vana melancolía al reconocer que no somos capaces de ningún regocijo. Algunos escriben sobre la sobria unicidad, vital y espontánea. De lo que sucede a nuestro alrededor, de lo que creemos que pasa, de aquello que anhelamos en el horizonte. Esos algunos observan, sentados sobre la amarilla tierra, el amarillo futuro que se les viene encima. Ya notan cómo sus huesos se agrietan, encerrados en el hueco cremoso; ya oyen el hervor de sus tuétanos, la despedida de los familiares, los gemidos y llantos. Algunos hacen algo. Otros hacen nada, sólo comparar la irrisoria voluntad de querer y no poder con la cruel asonancia del mundo, con el diapasón que calla, que nunca dijo nada en su movimiento loco.

Una figura a dos voces. El amarillo de Van Gogh, como afirma Hoffman, (¡qué hermoso es el amarillo!), y la perspectiva que desaparece o se yergue. Reunir nuestro cerebro y el universo en un local amarillo, en un campo inocente y oro, con una mirada pajiza que embobe la mirada del otro, es el misterio, uno de los grandes misterios de la vida, del orgullo al ser. Posible deambular por los ciegos pantanales ambarinos. Sentir y creer acaso sean la misma cosa. Idéntico despliegue de las facultades de entender o mirar hacia otro lado. La eterna discusión de ver el Todo en una herida y la Nada en una agónica explosión de risotadas.

Incorporación de formas, inflexiones, ángulos y distancias.


El Hombre como símbolo perseverante, en busca de lo inalcanzable. El Ser en el cómico intento, repetido hasta la locura, de comprender un cuadro, una figura, una alegoría salvaje de la naturaleza, quizás una invención impensada, un sueño imposible de alcanzar, una tragedia, un patio de butacas vacío, un silencio y frío, demasiado frío para ser calmado por el oro sumiso de una joya triste, rota.

 
 

 

Homenaje al cuadrado (1964). Josef Albers (1888-1976)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 2. Fisonomía 2-La Jirafa Nubia. Antonio Florido

Cajón de rubores / 2

Fisonomía 2 
La Jirafa Nubia

Por Antonio Florido

       
Ware expresa la humildad que nace en su sentir como la comparación entre lo diminuto y lo fantástico. Tan así que el cuerpo alargado que mira impone su criterio derramando un castaño definido en la altura. De la nada surge, crece; yergue su figura hasta lo alto, donde en el cielo se percibe un cuello manso y poderoso, diríamos casi humano. Pasamos de la altivez inicial a la calma de la emoción, en una aquiescencia premeditada, o tal vez nacida del mundo para todos los tiempos. Más allá, vean, la cabeza se hunde en el mutismo. Observa silenciosa las tantas figuras trianguladas, como si el occidente buscase la respuesta a sus desvaríos. En otro lado de la historia un rey piensa en su obra, mira por la ventana del palacio y espera. El pintor, oculto tras una mancha azulada, lacea y muere de pronto, recuerda a su soberano, al requerimiento que apremia, y de tanto los colores van surgiendo, como por arte de magia, del extremo picudo, verde, azul, blanco…
          Bajo los hombres las sombras se quedan marcadas en unos verdes intensos, pintan obscuridades; así las patas del animal, en una fuga inevitable, hasta la rayana del cielo que luce un celeste tranquilo. 
          El animal confía en sí mismo, ajeno al trato y al porvenir. No es más que el secreto de Missiroli: El silencio, el maquillaje y Dios. Tres pilares, tres hombres, tres lecturas y tres sentimientos en la mente.
          Como si el tiempo se hubiese parado, incapaz de atravesar el vacío de la ventana por donde el rey continúa observando, en una ilusión que desaparece envuelta en sueños, la cosa se aquieta. Ahora, en la otra esquina de la ciudad, un sirviente desnuda a su amo. El hombre lo va despojando de los vestidos sucios y rotos. El artista aparece con los ojos cerrados, piensa en su obra. Tantos meses de caminatas le han servido para entender que todo tesoro permanece siempre oculto, detrás de la prisa y las obsesiones huecas. Recuerda cuando los indígenas le mostraron al animal. Manso, feliz, sonriente, con su cabeza inclinada, servil. En la trasera un matorral casi imperceptible (quizás imaginado), anticipa un bosque sin fin y, más allá, la meseta desierta perdida en el infinito llano. Pero ahora tenía ante él la oportunidad de comunicar con su paleta los demonios y santos que le mordían el alma…
         Hay algo de desconcierto en la obra nubia. No sabremos nunca dónde comienza y dónde acaba, ¿es, acaso, una leyenda, una trama, un entretenimiento fútil, un sueño pasajero, una necesidad innecesaria? Me refiero a todo. A la realidad más real, la que llamamos nuestra, a la realidad más pequeñita, la encuadrada por la geometría, como atributo de la sustancia que nos creó; ¿dónde empieza el color, dónde el sueño, dónde, insisto, la vida soñada en un sueño de vida, en un paisaje malva de vida, de muerte, de fin?
         La jirafa nubia permanece en silueta permanente, la hermosa jirafa, la coqueta jirafa salpicada de barro, la gigantesca jirafa de Sudán. Y, por encima, lo UNO, clavando sus ojos en las cabezas obtusas de los comerciantes. 
         Thoreau afirma que “en literatura sólo lo salvaje nos atrae”. También en la pintura, en el arte, en la vida; siempre lo salvaje se nos muestra con un mensaje ignoto y misterioso, recóndito, como el horror cósmico de Cthulhu, como las sombras volcadas sobre los blancos lienzos impacientes.
 
 

 

La jirafa nubia, Jacques-Laurent (1767- 1848)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 1. Fisonomía 1-Carro de Heno. Antonio Florido

Cajón de rubores / 1

Fisonomía 1 
Carro de Heno

Por Antonio Florido

Pasan los siglos en un tiempo relativo, continuo y disparatado y el hombre avanza incesante por el camino de lo absurdo. Se va deslizando por la estela del orgullo, de clase en clase, superando las posibles contingencias, pasa la vida en la madurez y las copas se le colocan delante, pero el hombre no ve otra cosa que su propio engreimiento, de eso hablan y cantan las crónicas de siempre.
          No es caso de ahora, no. 
          Se trata de la demolición, lucha eviterna de lo que es y lo que se ansía. Intentar escapar del arte engañoso del otro.
          El campesino viaja agachado, con el peso del mundo sobre la espalda cansada. Con la mano aleja al can que le provoca, avanza entre la multitud sin pensar y sin oír, tal vez en una escena muda, llena de grises y turbios, de nubes golosas sobre el techo de madera.
          Telas y ropas pobres y cestos de mimbre.
          ¡Fuera bandidos y danzas, fuera lujurias! 
          El viejo se ha detenido, observa detrás del paño al incipiente que escribe, piensa y sonríe, a veces grita en silencio, muere un poquito su vida. Lleva todos los años buscando el sentido, viaja y habla, queda y habla de nuevo, y sigue hablando sin llegar a la tediosa desesperanza.
          Le puede al hombre la espera, la toma con los dedos viejos y apelmaza con ella grumos de más vida.
          ¿Camino?
          La tarea densa de vivir. Ser y adelantar, esperar. 
          El hombre ha sido expulsado del paraíso del cielo por su gran pecado. (Moral dibujada en un azul y verde y amarillo). Ahora el asunto ingrato de volver la cabeza y pensar. Pero el hombre no ha sido puesto en la tierra para eso. Sólo debe obedecer al impulso, el rey del misterio, efímero elemento, perecedera angustia. Es tributario de la especie que prodiga y regala. 
          Desobedecer es cambiar. Buscar y encontrar la ruptura. Se levanta y observa el bullicio. Queda parado en una isla imprecisa. Alrededor juglares y danzantes, borrachos, demonios y perros, ángeles arrepentidos de haber sido buenos, mujeres en brazos extraños, éxitos florecidos, espigas quemadas.
          Ahora camina deprisa, busca la puerta, tropieza con los brazos y piernas, los perros le muerden y le desgarran y sigue luchando. 
          Pasan veloces los tiempos. Todos han envejecido. Los tonos son ahora más transparentes, como si el cuadro estuviese huyendo.
          Los personajes han detenido sus movimientos y miran al viejo con un interés malicioso. La puerta está muy cerca, la muerte llama, el anciano avanza unos pasitos. Todos se han llevado las manos a los ojos, algunos se tiran de los pelos, otros se lamentan y gritan, las mujeres lloran, los niños ríen con sus manecitas absurdas, perros que ladran como simples perros, locos más locos. 
          El viejo logra cruzar la puerta. El camino que sigue desaparece en un agujero ilógico. No puede avanzar, irse lejos, huir, se sabe cansado, inútil, yermo.
          Detrás continúan sonando canciones, las ruedas del carro chirrían. 
          Yo me alejo con el horror de entender. 
 

 

El carro de heno. El Bosco (Hieronymus Bosch o Jeroen van Aken). Museo del Prado.




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

La desgarradura. Por Antonio Florido

Por Antonio Florido*

La desgarradura

La infancia encajonada, atraída en la distancia que otorgan los años, un cuadro arriba, en apariencia sencillo, uno de esos cuadros por el que casi todo el mundo pasaría deprisa en un museo. El pintor ha inventado un gris, un tono difuso, apagado, melancólico, para mí, que me limito a mirar, a ver, a observar el dibujo tirando de mí, atrayente, en su esencia desprendida. Y de pronto me detengo, a pesar de que me queda poco tiempo y de que el museo es enorme, el dibujo me atrapa y me obliga a volcar la mirada, a sentirla. Dos tarros de vidrio, de ese vidrio antiguo que aún no conocía bien el plomo y su magia, traspasando dos cabezas cortadas, de venganza, de odio, o de tristeza y de añoranza por lo perdido sin remedio. Abajo, escrutando sonriente como sólo lo saben hacer la ignorancia y la envidia, un ser espantoso, risueño, que acapara la visión y la enmudece. Cuatro esquinas abandonadas sobre la pared del museo, pendiente la tela de unos hilos finísimos, casi invisibles.
          Hay muchas personas que, como yo, lo miran. Pero luego siguen su prisa en la comedia de esta vida que te empuja, como en un circo donde el espectáculo sigue y sigue, sin pausa, hasta la desmesura, hasta que sientes llegar las arcadas que anuncian tu derrota.

Un pintor se detuvo, antes que yo, frente al lienzo, cuando éste se mostraba desnudo. Intentó algún trazo después de unos días frenéticos y de unas noches olvidadas, un hombre insomne, imaginando la locura tomando la forma engañosa de la cordura, para que después, con el tiempo, los demás comprendan. Ese pintor, solamente esboza, traza, figura sobre la tela, es decir, pinta, sólo eso, sin más, con el terror aún en el cuerpo, incapaz de sacar al exterior toda la savia de lo misterioso. Así, su cuadro no ha dejado nunca de ser un mero cuadro más, como tantos y tantos miles y millones de dibujos de niños grandes que juegan a entretenerse.
          Sin embargo, en este lienzo que observo hay algo distinto, algo que huele a destello, tal vez un grito callado, un lamento con los labios cosidos, una desgarradura del alma cuando desea salirse del cuerpo. No se trata, pues de un simple cuadro. Es arte. Una obra de arte. Porque el arte debe nacer del sufrimiento, del dolor, de la duda certera y perseverante, de la incongruencia, de la exacerbación. El arte, la obra de arte, no está hecha para la ignorancia. Huye de ella, se esconde, disimula, se oculta, desdeña a las masas que no comprenden -en la estulticia y en la embriaguez de las cosas terrenales- el dolor del artista cuando busca la soledad para abrir la cremallera de su pecho.
          Niña con cabeza de burro que mira de soslayo. ¿Es ella la que observa o el bruto? ¿Quién? Y un niño escondido, temeroso, que también huye de la esencia de la pincelada porque sabe con la inocencia de sus años, que más tarde que pronto estará ahí para siempre, representado con su atuendo ridículo, enorme, monstruoso. La inocencia me clama aquellos años del recuerdo. Tal vez no se trate más que una quebradura del artista al que se le irá, al que se le va, al que se le fue el padre, hace tanto. Quizás aparezca el recuerdo de un vigilante que le intimida detrás de la ventana, no sé, no sé, de manera insistente, abstrusa, engreída, un vigilante de mirada incisiva, acaparadora. Pero esas cabezas a cuajo es la pura ejecución donde el arte se ha desprendido de la mano del artista. Imagino el esbozo y los trazos principales, la figurativa y hermosa simetría, la belleza buscada; imagino, digo, insisto, el pincel sobre la paleta cargada de colores, con las cerdas retorcidas, la mano y los dedos apretando rabiosos sobre los distintos matices que ansía, y después, el aire roto porque el pincel se acerca lentamente a la tela y la besa suavemente, en un amor callado, en un odio callado, y todo lo forma con el nervio de sus brazos, por no querer gritar, por no querer llorar ni lamentarse, por renunciar a la rajadura que se presenta, inesperadamente. El artista destroza el pincel sobre la tela buscando precisamente esa pincelada impar, la pincelada del desempate, de la tristeza sacada de dentro, en el estudio lleno de recuerdos que suspiran, que gimen, que ruegan porque ese artista sea capaz de expresarlos en una simple tela sin marco.
          Una realidad subsumida en la plena realidad no necesita límites, ni separaciones, ni simulacros. Es ella. Ella misma la que se manifiesta de manera inconcusa como desdoble de la plena realidad aparente. La gente sigue pasando delante del lienzo, apenas una ligera mirada, y el temor a quedarse parado delante porque tal vez imaginen que sentirán lo mismo que yo, cuando lo hago.
          No intento analizar la obra, eso lo dejo para los expertos, para los pintores, es decir, para esos artistas fracasados que lo único que saben es pintar. Yo me limito a observar, a sentir, a padecer la enfermedad crónica que ya entró en mí. No hay por tanto, remedio. Estoy infectado. El arte es eso. Y cuando alguien lo consigue, se separa de la masa, y se sabe liberado. Ya la obra es ella misma. Un ente distinto. Sin nombre. ¿Acaso se puede nombrar el latigazo de un rayo, o la hermosura de una puesta de sol, o una mañana que se encara y se despereza ante ti? Hay cosas innombrables. Y el arte es una de ellas.

Vale.
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Ilustración: Luis Camacho Campoy

Sobre Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta.

Antonio Florido Lozano nació en Carmona, España, en 1965. Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción perruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista del periódico digital español www.periodistadigital.com.

Sobre Luis Camacho Campoy

En la obra gráfica de Luis Camacho, ya sea en sus cuadros o dibujos, el óxido y la herrumbre, la suciedad y el metal se convierten en la pátina de la tristeza que cubre, absolutamente todo el universo agónico de un ser que espera; dejando, en larga agonía, habitaciones, puertas y pasillos vacíos sin retorno, sin un principio ni un fin, como ojos que al mirar exhalan angustia y olvido.

Soledad plúmbea habitada por una luz azulada y tibia, que tímidamente e inevitable ante las miradas, asoma por un escueto ángulo hacia la vida y la esperanza.

Lo puedes seguir en la Web: www.luiscamachocampoy.com

El iconoclasta de las apariencias. Por Antonio Florido

Por Antonio Florido*

El iconoclasta de las apariencias

Para comenzar nos basaremos en una premisa: Nadie sabe qué es el Arte. Esto es lo mismo que afirmar que cada uno tiene su propia opinión sobre este concepto. Sin embargo, curiosamente, todos ansiamos aprehender lo desconocido, como si agarrásemos una exquisita desenvoltura con la fuerza de un puño.
          Para Jorge Wagensberg (Ciencia Arte y revelación), «el arte es una forma de conocimiento cuyo método se basa en un único principio: El principio de la comunicabilidad de complejidades ininteligibles.»
          Empero, para el mismo Hegel (sí, el que todos estudiamos y que nadie comprendió en su momento), «el arte es la manifestación sensible (repito, sensible) de una idea.»
          Podríamos continuar con innumerables visiones, como la de J. L. Moraza (Arte y saber); G. Deleuze (Nietzsche y la filosofía); o la del mismo Séneca, cuando afirma que «En arte la forma es contenido y el contenido forma.»
          En fin…
 
La imagen que hoy comentamos ha causado cierto revuelo en pensamientos que parecen oscilar entre el conocimiento absoluto y su contrario. Hay quien sostiene que lo representado en la fotografía (composición reconocida como una Obra de Arte) es una simple mierda; otros, sin embargo, opinan de forma diferente. La cuestión no es lo que cada uno piense y exprese, sino el cómo se razona lo expresado. Es decir, dónde se encuentra la causa que motiva a una persona para comentar de forma arbitraria, irreflexiva y sin razonamiento alguno.
          No entraremos en la absurda opinión de algunos de que para criticar una obra artística hay que ser, inevitablemente, un perito en la materia. Se trataría, dado el caso, de una burda bajada al mundo de lo concreto, sin más recursos que la fácil pataleta propia y característica de la inexperiencia y de la ignorancia, también de los espíritus infantiles. No. Sigamos en otro nivel. La generalización cimentada en elementos cognoscibles, propios de los pensamientos que intentan ir más allá de lo meramente concreto. La abstracción como evidencia de la madurez, de lograr en poco tiempo lo que algunos tardan toda una vida.
          La supuesta obra de arte expuesta se compone, como puede apreciarse, de ocho botellas de plástico llenas de agua. Unidas unas a otras por un elemento que les impide cualquier posibilidad de movimiento, apoyadas en planos y sostenidas en su decadencia.
          Número, agua, plástico, atadura, curva de caída, elementos de apoyo…
          Cualquier persona con conocimientos elementales sabe, (hablo de instrucciones de colegio), que el agua es la sustancia que da y mantiene la existencia; sin ella no sería posible la presencia de eso que llamamos Vida y que nadie, de forma paradójica, es capaz de definirla sin temor a equivocarse. También es conocido que, de todas las materias, es la más extraña y anárquica en su comportamiento, la más estudiada a lo largo de las décadas. La más inquietante.
          Por otro lado, el plástico, al contrario que el agua, que la propia Naturaleza se encarga de fabricar, es un metamaterial (ningún árbol lo produce, no se siembra ni se recogen sus cosechas). Fruto del ingenio del hombre. La Naturaleza se encargó de crear la sustancia prima para que ahora, la especie que nos representa, pueda modificarla a su antojo y crear, así, ese elemento de largas cadenas moleculares al que llamamos plástico.
          El plano es un elemento ideal, como ya dejó apuntado la escuela filosófica que usted recuerda (no veo necesario citar algún nombre relevante para el caso).
          No digamos ya la curva, exactamente formulada por la ciencia estricta, que también cuenta en nuestra mente como un elemento ideal que la mantiene.
          Un hombre derrotado y extraño, hecho de agua, sostenido por su esperanza; un ser fracasado, que busca ampliar su espalda para que puedan palmear sobre ella de manera contundente; un hombre perdido entre el ego y el fuero interno que le confiesa que, haga lo que haga, nada es ni será importante (Camus); una tétrica (en la segunda acepción del término) idea de sí mismo, que le hunde al abismo oscuro donde se esconde su vida; la destrucción de la fachada; la pérdida frecuente de los aplausos; la soledad; la incapacidad para saberse y sentirse solo…
          El abismo que separa lo ininteligible de lo que sí es susceptible de ser comprendido. El ser manipulado e impedido, al que la sociedad le adoctrina, como esos elementos que agarran las botellas…
           Es fácil la palabra ligera y sin razón que ignora el esfuerzo que supone el detenimiento para reflexionar sobre lo que otro ha creado.
           Como obsesivo perseguidor de lo significado, escribo en un centro de fracaso. Sin otra perspectiva que alimentar y levantarme a cada párrafo, continúo en la brega.    Asumir la frustración y encarar el desafío que supone crear para sí. Esta asunción fortalece, te separa del ego, de la esclavitud de la adulación falsamente necesitada. Dejas de ser tú mismo; lo consigues cuando renuncias. Cuando tu creación cobra vida y queda aislada, sola, ajena a tu mano.
          «Te cortan el cordón umbilical, te dan una palmadita y ¡ya está¡, sales al mundo a la deriva, como un barco sin timón; ya eres un crack, un verdadero artista, un ser re-conocido al que todo el mundo rinde pleitesía» (Henry Miller en Trópico de Cáncer).
 
Da risa.
 
Y una gran pena por la miseria de todos nosotros.
 
Hay muchos que lo expresan mejor que yo, inmensamente mejor.
 
«No sé hacer nada a medias, no sé aceptar las ideas de los demás acerca de nada. Soy inventor a la fuerza (…) Soy un imbécil. No comprendo nada de lo que dice la gente, los autores. Tengo que volver a hacerlo en mi cabeza. Es penoso, pero tal vez eso sea la invención y la originalidad. (Henri Michaux).
 
En Diccionario de lugares comunes, Gustav Flaubert dice: «Burlarse de todo lo original, odiarlo, mofarse y si se puede, exterminarlo.»
 
¿Queremos otra opinión?
 
Odilón Redon afirma: «Toda mi originalidad consiste pues, en hacer vivir humanamente a seres inverosímiles conforme a las leyes de la verosimilitud, poniendo, en lo posible, la lógica de lo visible al servicio de lo invisible.»
 
Y todavía hay gente (el común que forma el mediocre mundo de la masa orteguiana) que se ríe y mofa de lo que otros, y no ellos, han creado.
 
Una vez escribí, y cada día que pasa la experiencia me lo afirma, que la sinceridad es un arma de destrucción masiva. Creo que la más potente que nunca el ser humano será capaz de fabricar.
          Pero como no soy nadie, termino con palabras de uno de mis ídolos (Chéjov): «Cambio de opinión cada día.»
 
Vale.
 
D.C.: No he querido entrar en la común opinión de que para que una creación pueda ser considerada una obra de arte ha de comunicar y brillar estéticamente: Lo he considerado superfluo, sobre todo para usted, que ha leído hasta aquí y que entiende.

Fotografía: Luis Camacho Campoy

Sobre Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta.

Antonio Florido Lozano nació en Carmona, España, en 1965. Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción perruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista del periódico digital español www.periodistadigital.com.