Cajón de rubores. 22. Niebla. Antonio Florido

Niebla

Por Antonio Florido

“En toda obra se unen un deseo, una idea, la acción y la materia”

Paul Valery
Se deriva un miedo personal del que pocos podrían dudar si se les diera el caso. Es un fuerte sobre la superficie que respira en los años atrasados de la historia. Aquello sucedió, y luego vino otro y sopló sobre la vela de su eco, porque los hechos se muestran, a veces, muy tozudos (alguien apuntó que demandantes); porque los acontecimientos divergentes nacen de la tragedia de querer artear con un pincel y ser dolido. Yo me lo figuro de un color como rojizo, hondo, triste, el que prieta mientras ves, en dos figuras arreciadas, en el centro definido, por un filo plateado que te inunda, arde. Es lo principal. Que qué representa, dice. Un reparto diminuto, perder poquita cosa, adueñar lo tuyo propio, amorear con el destino. Que qué dice, o representa, sigue. No más que una locura. La ilusión en plata, madero de la tierra argenta, el querer a toda costa extender el horizonte. No más que eso.
         (Por qué he de morir si la plana veladura de este abrazo seguirá viviendo).  
         -¿Podrías esculpir tus emociones?
         -Ni que lo pienses. Lo único que hago es buscar y no lo encuentro.
         -¿La concordia te refieres, un tacítisimo acuerdo?
         -Tus ojos. Tus ciegas intuiciones. Busco el alma tuya. El nido de tu nombre. Indago sin cesar, figurativa, alocadamente.
         -Pero ya no hay tiempo, ¡cucha! No hubo caso. Todos miran.
         -Sí. Quieren la opresión para estar allí, de pie, observando como búhos.
         -¿Crees que no servirá de nada? ¿Nuestro encuentro? ¿Nuestra muerte?
         -No. Englóbate. Muérete si es lo que deseas. Ellos decidirán, si acaso.
         (Mostrar un nivel de intensidad es necesario si lo que dedeas expresar es la narración dolorosa de lo que se relató en aquel cuadro)

           ¡Ahhhh!
         Por tanto, detén tu cavilar, observa, abre bien los brazos, hincha el pecho cuanto puedas, traga esa muerte que te adora, siente. Más allá sólo la cálida ternura de la sangre del rival. Emergió de la obscuridad, piensa en eso. Lo hizo con el lazo suave del silencio. Estuvo escondido lo que dura una vida de recelos. Incordió tras el árbol, sostuvo las quijadas, tomó su tiempo, aire. Después salió la luz sobre el agua en filo, lució el horizonte… Un hombre hierro, un ser de plata, gris, espejoso. Sonó como la lanza cuando se clava. Crujió el ansia, se hizo cuatro brazos en la zona inacabada de ese bosque. Uno hincó sus ojos, el otro reprendió lo que pudo. Los dos se fueron rejuntando en un amor incomprensible. 
         (No se sabe ¿? cómo terminó la riña. Tal vez ganara uno, tal vez el otro fuera). 
         Ahora ando, camino por las cuadras. Voy sabiendo en los demás la trágica tesitura acuñada por los años. Miro al niño que no habla, viejo sabio que se intuye, hombre adusto sobre la acera, mujer con la ira refrenada. En los ojos cristalinos nace el aura de un deseo. Yo camino, insisto, largo, voy sencillo, lento, sólo quiero eclectitud, medio giro en gesto. Hacer lo que se pueda, entrar y ver, sentir. 
          Un rojo intenso firma el trazo del olvido. Algunos piensan en el pasado, en lo que fue; otros, distraídos, quizás fabulen o traduzcan el sentido gesto del pintor. Por aquí el grito sordo del encuentro. Aparece la nostalgia, el color rosado que se riza. 
          Han salido. Nace la memoria, la quejura india que se nubla. Más allá, entre nieblas vespertinas, surge el alma, quema, duele.
	Deseo, Idea, Acción, Materia1.

El abrazo (1980). Jorge González Camarena (Jalisco, 1908-Ciudad de México, 1980)
Reflexión del nacimiento de la cultura mexicana, la búsqueda de reconciliación y el respeto a la riqueza indígena.
         Un guerrero águila entierra su lanza en un soldado español y éste, al mismo tiempo, clava su espada en el cuerpo del indígena.
        Una crítica a las divergentes propuestas ante las revisiones historicistas de tener un grupo llamado los hispanistas que menosprecian los logros alcanzados por las civilizaciones mesoamericanas y que establecen que la occidentalización de América representó no sólo modernidad sino la civilidad. Esas son formas que no están valorando la riqueza y la grandilocuencia de nuestras culturas ancestrales.

*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 21. Dolor. Antonio Florido

Dolor

Por Antonio Florido

    

Dicen, la creatividad, pero no saben que se trata de una lucha feroz y constante, un castigo irreductible que no acaba, donde el pensamiento navega al socaire de sus ansias; la creatividad, sí, como lucha para controlar las ideas y los medios al alcance. Ahora bien, uno observa con detenimiento y concluye que ese artilugio del infierno lo expresa ella con los nervios de sus ojos. Vean. La nacieron con la vida agotada, marcada a fuego, con un rostro definido. Es una mujer que matiza con el color desesperado de una angustia de vida.

Pinta, vive, ríe, llora…

Me asomo y la veo con el cuerpo inclinado. Trabaja tenaz, incansable, no se rinde. Levanta la cabeza de vez en cuando, como quien no quiere. De a poco abandona el trabajo, mira al exterior a través de la ventana, ralentiza sus maneras, reflexiona, acerca el pincel a la húmeda tela atirantada, retoca lo que rumia que no cumple. Así en el tiempo muerto de cada mañana. Ella, obcecada en ganarle la partida a este llanto que se acerca. Ni siquiera entiende que un día pintará con más garbo.

(Aquel día nadie quiso detenerla, nadie pudo, nadie supo. Tenía que suceder. Era necesario para el mundo).

Continúo dibujando su silueta, me sitúo en aquel pensamiento profundo, noto el dolor que se aproxima. Pero ella, ella, no transige. Es una hembra excesiva, paciente, delicada, toda realidad. Vean, si no. Uno sólo. Azul amarronado, triste, recta, seria. Oigan, digo. No es más que una circunstancia que nadie quiso, un recodo de la calle, el sonido incansable que retruena, horror en un grito fulgurado, luego…, luego cuerpos en el suelo, y esa mujer trazada en grueso, miren, vean, no se cansen, es el boceto que transpira, el dolor que nos llama. En la vida es difícil mantener la simetría, sin embargo, ahí está, plana, rebosante, forma la exclamación encarnada de toda mujer que se precie, el destello imparable sobre el lienzo que le cubre.

Deja los instrumentos sobre la mesa. Es así, créanme. Sale de la habitación alumbrando el pasillo con su pena. Pasa junto a mí y no me ve, no repara. Parece que no anda, vuela. Quiero apresar esa melena negra, quiero apartarla del camino, ser ella, camuflarme, cambiar mi vida toda por su vida, pero el tiempo pasa, es, sucede, como el desgarramiento al saber que nada puedo. Sí, observen, analicen, háganme caso. Pintó su vida para todos nosotros, para todas las letras y anhelos clarificados. Salúdenla, se lo merece. Su nombre sonará por mucho tiempo y los colores de sus días, de sus ansias, como el rubor de su trágica, triste elocuencia.

Es la noche. Ella, sobre la cama, duerme, sueña. Mañana volverá sobre lo mismo. Para qué, digo. Para todo. Para ser el mundo, el tiempo derretido sobre el amor de un padre que sospecha, que tal vez emerja en el sufrimiento de perder, de no ser posible aquello que sucede, que comienza en la rabia del error, que demuda en color de su risa. Aquella mar entre los dos. Aquel castigo, aquella pena. Bajo el cuello enterrada la columna de su vida. Sí, así fue. Una mordedura en la carne que comienza su existir.
 
Desde aquí clavo el rumor del mundo en los ojos del que pinta de esta forma. Sólo resta esperar. Ver el astro en el cisco de la noche. Esperanzar mi querencia, mi ser en pleno. Mientras tanto el tiempo irá gimiendo, las miradas, ausencias de comer en todo caso, recordar como lo hace el enfermo que no sana, y querer, a toda costa, y amar, incansablemente, y soñar, con que todo pasa, y vivir, aunque yo muera.


La columna rota (1944). Frida Kahlo (Coyoacán, 1907-ibid. 1954)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 20. El hombre que no podía estar de pie. Antonio Florido

Fisonomía 20 
El hombre que no podía estar de pie

Por Antonio Florido

     
“Caminar por el pasillo del hospital y escuchar los gritos desaforados del hombre al que le habían amputado…”.


D
e esta manera tan directa podría haber empezado esta historia si yo mismo no hubiese guardado en mi cerebro una tragedia distinta.

El hecho es indudable. Yulianov se ha tocado las piernas una vez más en un acto conocido y repugnante porque los dedos de sus manos se le hunden en las rodillas y penetran en el espacio de los huesos. Justo donde debería haber un cartílago, un ligamento, un tendón, un hueco requerido para asegurar el rozamiento, el giro, la doblez de la materia, no hay otra cosa que una masa amorfa y blanda, tan mórbida que las yemas de sus dedos amasan esta zona como si alguien se tocase los brazos carnosos y cálidos. Yulianov nació con la desconocida osteomalacia y como nadie sabía lo que le pasaba al niño, pronto comenzaron a darle de lado y a tratarle como a un pequeño ser miserable. Por las noches el niño, sentado sobre la cima de su sillón elevado, comía con ganas la sopa caliente que su madre le había preparado con esmero. Sin embargo, en el silencio espeso de la cena su padre y su madre se miraban de hito en hito y con los ojos se decían lo que con sus bocas callaban: “Este niño nuestro no llegará a ningún lado y lo peor es que no tenemos ninguna esperanza de sanación, ¡con lo que cuesta todo!” Las sombras enrarecidas de la casa de salud y los llantos desesperados, el sonido de las herramientas cortando miembros, huesos, carne, los hilos de sangre chorreando en aquel ambiente infernal, los chillidos, los temblores de los enfermos cuando veían acercarse las cuchillas afiladas, todo este cuadro de terror llegó a mi mente cuando vi por primera vez a Yulianov recostado sobre la cama del hospital. Y me acordé del soldado y de Amharat, el pequeño al que le habían dejado sólo dos muñones por piernas. Lo de Yulianov era distinto. Él sí tenía piernas, pero formadas por un hueco esponjoso y húmedo que año tras año ampliaba el espacio de sus extremidades, avanzando y avanzando inexorablemente en busca de un destino que le postraría pronto en una silla de ruedas. Lo mejor para este hombre, sin duda, era la ausencia de dolor. Por mucho que los niños se entretuvieran en pellizcar sus rodillas, sus tobillos o en pinchar con alfileres las plantas de sus pies, Yulianov no sentía nada, como si el dolor se hubiese rendido en aquella parte de su cuerpo. Los médicos le miraban y el único consuelo que le daban era una simple caricia o una falsa sonrisa de conmiseración y de humanidad.

A los veinte años Yulianov y su silla de ruedas, comprendiendo que a esa edad ya estaban los dos de más en su casa, les dijeron a sus padres: “Nos marchamos”. De esto han pasado ya veinticinco. Ahora Yulianov blanquea el espacio con el color de su cabello y cuenta sus arrugas mirando al espejo. Sus padres murieron de dolor y fueron enterrados en el fondo de una tierra rojiza y apelmazada y sus recuerdos se diluyeron en el aire de la historia para nunca más ser recuperados. Sólo el hijo pensaba en ellos de vez en cuando, en los momentos de soledad, cuando su alma se sabía rodeada de silencio y de desahogo. Y el hombre, ―Yulianov había heredado la envergadura del padre y la serenidad de la madre―, viajó de feria en feria con su silla de ruedas, su mochila abultada y sus huesos deshechos. Alquilaba su cuerpo por el dinero que la gente estuviese dispuesta a pagar. Simplemente compraba Tiempo. Un tiempo dilatado y sonoro, un tiempo absoluto donde esconder sus miserias, un tiempo, en fin, con sus días y sus noches, con sus silencios y sus anhelos.  Y con todas las horas que el de lo alto le había ofrecido él hacía negocio. Un negocio de vida y de muerte, de risas y de llantos.

Pero lo malo es que en esa función, y justo en la última caída, en el momento exacto en el que finalizaba la actuación de esa noche, Yulianov se había partido en dos los huesos propios de la nariz y de ésta, deformada grotescamente, chorreaba sangre sin cesar, con lo que el público salió de la sala sobrecogido y los encargados de la puesta en escena, tomando al hombre por debajo de las axilas, le llevaron hasta la sala de curas más cercana. Yulianov yacía boca arriba con la cara deshecha, los pómulos encerrados en dos enormes círculos cárdenos y con los ojos vidriosos. Pensaba el desgraciado en su futuro y en el silencio espeso de la habitación reconocía lo miserable que era su vida. Esa noche ―recordaba― la sala se encontraba llena de espectadores. La mayoría eran familias que habían llevado hasta allí a sus hijos pequeños, una forma cualquiera de educarlos en los sinsabores agrios de la vida. Pero también había señoras maduras entradas en años, en esos espacios rancios donde los recuerdos comienzan a llenar la soledad de las tardes inacabables; y hombres del campo, toscos, brutos, ignorantes y holgazanes, que acudían al espectáculo para apostar cuántas veces Yulianov soportaría el martirio de caer de bruces sobre la superficie del suelo. Cuatro, había apostado el mayor de todos ellos, y lo hacía con los labios estirados, sonriente, sabiendo de antemano que Yulianov no aguantaría una quinta caída. Esa noche el viejo perdió la partida y salió de la sala cabizbajo y maldiciendo al inválido y a toda su ascendencia. Era extraño que Yulianov hubiese llegado hasta ese extremo de sufrimiento. Normalmente a la segunda o a la tercera caída levantaba los brazos, inclinaba el torso y agradecía al público el hecho de que hubiese asistido. También agradecía los aplausos con los que unos y otros agasajaban al pobre desdichado. Luego los dos antebrazos fornidos sujetaban el cuerpo liviano y exhausto del hombre, lo colocaban sobre la silla portátil y lo llevaban hasta la puerta del establecimiento. De allí en adelante poco les importaba la suerte del infortunado.

Yulianov balbucea bajo la tenue luz de la lámpara. Sus labios se mueven, resecos y agrietados, y su garganta emite unos sencillos gruñidos de hombre acabado. En el silencio de la noche cuenta y recuenta el dinero que ha ido acumulando a lo largo de todos estos años de circo, de carpa en carpa, de pueblo en pueblo. Sus recuerdos se remontan entonces a aquella primera vez en que el encargado le dijo: “¿Y no se te ocurre algo mejor que ese disparate para entusiasmar a la gente?”. Yulianov sabía que al pueblo le gustaba eso, la sangre, lo grotesco, lo absurdamente elaborado. Y creyó atisbar un pequeño rastro de luz en su vida cuando alguien le susurró al oído: “Cáete…”. Yulianov miró hacia el pequeño engendro que pronunciaba esa palabra con un bisbiseo serpentino y entonces comprendió, tocándose las piernas, que además de esos muñones amorfos e insensibles, tenía un torso ancho y fornido, y unos brazos musculosos y una espalda que podía soportar el peso de tres hombres sobre ella. Luego se inclinó delante del viejo y le dijo con un tono desenvuelto que ya tenía la solución.

Aquella primera vez la sala se encontraba medio llena y medio vacía. Sólo algunos borrachos y algunas mujerzuelas de la vida sentadas al tresbolillo prestaban atención a lo que sucedía en el escenario. De pronto se encendieron las luces y se descorrieron las cortinas dejando pasar a Yulianov postrado como un idiota ante la desvergüenza de su ignorancia. El escaso público enmudeció, se soltaron las copas sobre las mesas, las cartas detuvieron sus movimientos y los hombres rudos comenzaron a sonreír esperando que en cualquier momento esa piltrafa de hombre soltara algún disparate. Pero Yulianov se limitó a sostener su hemiplejia delante de todos. Apoyando los brazos sobre los soportes de la silla elevó su figura hasta colocar las plantas de los pies sobre la tarima de madera. Luego soltó una mano y el cuerpo le tembló. Si me suelto de la otra todo está acabado―pensaba. Y en un gesto de audacia y de temeridad soltó también la otra mano. Con el torso semiderruido, formando un ángulo obtuso bajo las luces del escenario, las piernas de Yulianov comenzaron a crujir, rechinando hueso contra hueso, ampliando el espacio vacuo entre los tejidos de sus piernas. En sólo tres segundos situó sus manos detrás del cuerpo para evitar que cayeran delante y su cuerpo se desplomó sobre el escenario haciendo que una señora se desmayase del susto. Un viejo con voz aguardentosa se restregó los ojos y luego se echó a reír. Nadie comprendía el motivo del acto y ni siquiera el mérito del artista. Además, la duración del drama sólo había alcanzado apenas unos segundos… Pero el drama estaba allí, arruinado, deshecho, con los labios reventados por la fuerza del impacto y por la aspereza de las últimas tablas donde su cara había caído.

El número cobró pronto un éxito inesperado y el dueño del local le contrató por un mes ―de prueba, le dijo, afirmando el cigarro entre sus gruesos y brillantes labios―, de manera que durante esos treinta días, descontando los diez primeros en que tardó en cicatrizar el horror de su cara, Yulianov vivió feliz pensando en la suerte que había llegado por fin a su vida. Y pensó en su padre y en su madre, en aquellas cenas frugales a la luz de las mariposas, en su casa, dentro del cuadro de tristeza y de penuria donde vivió sus primeros años.
 
Le fue bien a partir de ese día. Cada noche acudían más curiosos a la sala donde Yulianov clavaba su número, superándose noche a noche. El hombre repetía una y otra vez la caída que tanta gracia levantaba entre el público y tenía cuidado de doblar el rostro en el momento exacto del impacto, para así proteger los huesos más débiles de su cara. Pronto comenzaron las apuestas y Yulianov se encontró cada vez más satisfecho de su hazaña diaria. Llegó a ganar una suculenta fortuna con las monedas de los espectadores. El número de caídas era de tres por noche. Pero Yulianov, cuando veía la bolsa repleta de monedas se atrevía con una cuarta caída para ganar en un día, en un solo episodio, lo que sus padres tardaron semanas o tal vez meses en recaudar a base de duros trabajos.

A partir del primer mes se corrió la voz por toda la ciudad y el público llegó a darse codazos para conseguir uno de los primeros asientos. Los padres colocaban a sus hijos entre sus piernas abiertas y les animaban a aplaudir cada vez que Yulianov golpeaba su rostro contra el suelo. A veces, en un descuido, el golpe era tan violento que un reguero de sangre salpicaba los primeros asientos y entonces los niños palmoteaban el aire con sus manitas y los padres, limpiándoles los cachetes de la sangre tibia, vociferaban exaltados para que Yulianov repitiera el espectáculo.
 
Una noche de primavera la sala había abierto sus puertas de par en par y la gente comenzó a entrar en el recinto hasta que ya no quedó ningún asiento vacío. En la puerta del edificio el viejo empresario había colocado un cartel anunciando a bombo y platillo que aquella noche el espectáculo habría de ser inolvidable, lo nunca visto, algo sencillamente extraordinario. Por el módico precio de unos pocos kopeks quién se atrevería a perderse la escena mortificante de un hombre derretido sobre sus piernas, de un ser humillado que estaba dispuesto a destapar el tarro de las risas sin fin y de los aplausos rabiosos. Yulianov había prometido esa noche una quinta caída. Sí, oyen ustedes bien, una quinta sacudida de sus miembros sobre el suelo. La gente se miraba con los rostros asombrados e incrédulos. Algunos vociferaron que Yulianov no era más que un simple embustero porque nadie se había dejado caer nunca de esa manera hasta cinco veces sin haber muerto en el intento. Otros sin embargo asentían con sus caras sonrientes y engalanaban su pensamiento con ufanos presentimientos de triunfo. El viejo entró en el camerino con el cigarro entre los labios. Las manos le temblaban y sus cortas y vivarachas piernas desplazaban al hombre de acá para allá, nervioso, alterado, hecho un flan. Yulio, sabes que no podrás―le decía a nuestro hombre. ¡Yulio, es una locura!―le gritaba en medio de las luces proyectadas en el camerino. Pero Yulianov sonreía mansamente, se arreglaba el cabello, embadurnaba sus pómulos con una ligera capa de aceites aromáticos y parecía el hombre más seguro y feliz del mundo. Cuando Yulianov irrumpió en el escenario los focos le apuntaron creando un trágico juego de sombras amorfas. La gente calló. Se hizo un silencio espeso y entonces todo se calmó, los asistentes dejaron de beber, de jugar, de sobarse por debajo de las mesas, todos abrieron sus bocas y clavaron sus ojos en el torso duro y ancho del hombre que en poco tiempo caería no una, ni dos, ni tres, ni siquiera cuatro veces al suelo, sino cinco, cinco terribles veces, cinco definitivas veces su cuerpo se iría destrozando delante de un público enfebrecido y anhelante. Las apuestas corrieron como la pólvora, a cinco, a diez, a veinte kopeks la caída. La quinta de ellas había alcanzado la tremenda cifra, la increíble cifra de cien kopeks. Si el hombre resistía, cosa que nadie pensaba, por supuesto, el ganador se embolsaría dinero para no tener que trabajar durante el resto de su vida. Y Yulianov también. También él ganaría una suculenta cifra, una bolsa repleta de monedas de oro, de tanto oro que valdría para retirarse del negocio para siempre.  

Comenzó el espectáculo a la hora prevista y Yulianov cayó la primera vez con la cara torcida hacia la derecha, de modo que la parte izquierda de su cabeza fue la que recibió el tremendo impacto inicial. Al golpear sus huesos contra el suelo la tarima tembló y las copas se levantaron al cielo, brindando, chocando unas con otras, corriendo el licor jubiloso entre los asistentes. Pronto le levantaron del suelo, le sentaron sobre la silla, le limpiaron los restos de madera adheridos a su piel y le permitieron recuperar el aliento durante unos instantes. Mas como tardara un poco más de lo acostumbrado en reaccionar el público comenzó a palmotear el aire, restallando sus dedos, silbando, tosiendo, profiriendo, en fin, todo tipo de sonidos para que Yulianov volviese a caer de nuevo. El viejo, que asomaba sus narices detrás de un biombo, se mordía los labios y ensalivaba sin querer el extremo de un ancho cigarro. La sala rebosaba de entusiasmo y el rumor se corría de boca en boca hasta llegar a la calle, hasta los que esperaban el codiciado desenlace con los ojos pendientes en las cifras apostadas. A los pocos minutos los dos hombres gigantes que trabajaban para el viejo levantaron a Yulianov sujetándolo por los brazos, le miraron esperando la señal de aprobación y le acercaron los pies a la línea marcada en el suelo. Yulianov estaba a punto de caer de nuevo. Y el hombre, mirando a través de las luces cegadoras, adivinó los ojillos de una pequeña rubita que se escondía entre las piernas de su padre. La chiquilla estaba atemorizada pero su padre la había llevado al espectáculo porque no tenían cosa mejor que hacer. Yulianov contó el tiempo, tragó saliva, se frotó el rostro con las manos ocultando brevemente su mirada de las punzantes ojeadas del público. Los hombres le sujetaban por debajo de las axilas sin el menor esfuerzo, pues Yulianov había ido perdiendo peso con el paso de los años. Cuando retiró sus manos de los ojos miró al fortachón que le sujetaba del brazo derecho y le dijo: Ya estoy listo. Así pues, de esta manera tan generosa Yulianov sostuvo su cuerpo en posición totalmente recta, intentando aguantar lo más posible antes de caer de bruces. La gente se impacientaba, todos deseaban fervorosamente que el cuerpo del hombre se desplomase sobre la madera y rebotase una, dos, tres veces, y ver de esta forma la sangre regando el suelo, los brazos del hombre derrotados, las piernas abiertas, sin dolor, blandas, tiernas, el cabello esparcido por el aire formando unas figuras imposibles. Todos anhelaban comprobar el sufrimiento del otro, del ser ajeno, del hermano en el dolor. Comprobar, en definitiva, que también la venganza sorda y cruda era necesaria para dormir a gusto hasta la mañana siguiente. Yulianov cerró los párpados, pensó en sus padres fallecidos y luego se dejó caer doblando en este caso su cabeza hacia la izquierda. El impacto fue colosal. El cuerpo del hombre, derramado sobre la tarima permanecía quieto como si se tratara de un cadáver. Al principio los espectadores quedaron enmudecidos porque todos pensaban que el espectáculo ya había terminado. Pero en escasos segundos alguien reparó en un leve movimiento de la cabeza de Yulianov y gritó con todas sus fuerzas: ¡Está vivo, el imbécil está vivo! De nuevo subieron las copas al aire y las risas dibujaron una nube sobre la escena donde esto sucedía. Del filo de la tarima corrió sigilosamente un hilillo de sangre emanado del corte que Yulianov se había hecho con una astilla levantada. La parte derecha de su rostro tomó entonces un matiz amoratado y el pómulo se hinchó como la vela de un barco abombada por el viento. Ya iban dos caídas. Tan sólo faltaban tres. Y en esta situación algunos espectadores salieron a la calle para vomitar la vergüenza que habían pasado. Otros, los menos sensibles, comenzaron a gritar al viejo para que Yulianov se levantase del suelo. Los hombres se miraron, después comprobaron los ademanes del viejo que les conminaban a que le levantasen y le colocasen de nuevo sobre la silla. Yulianov, sentado sobre la misma y sabiéndose derrotado, respiraba con trabajo. Sabía que estaba resistiendo como un héroe en plena batalla e imaginaba la bolsa abultada de monedas y veía así, en definitiva, más cercano el momento de la retirada. Pero la gente clamaba, los niños chillaban al hombre sin comprender en absoluto la tragedia que estaban contemplando. Por tercera vez el cuerpo inerme del hombre se encontró sostenido por las manos robustas de los guardianes del viejo. Izaron la masa de carne dolorida. Yulianov no sentía nada de cintura para abajo. Sólo un levísimo cosquilleo en las muñecas y un dolor sordo y profundo en los carrillos que habían sido golpeados. De pie, Yulianov rezó para sus adentros todo lo que pudo, su pecho se relajó aspirando ahora el aire de manera menos violenta. Sentía las pulsaciones disparadas pero el hombre tenía coraje y aguante y sobre todo mucho amor propio. No se rendiría jamás. Mejor morir delante de todos que renunciar a lo que la vida le había encargado, a lo que su desdichado destino le tenía escrito. Los camareros no cesaban en su trajín de llenar copas y más copas a las mujeres que hablaban sin parar al lado de sus maridos. Nadie comprendía lo absurdo de aquello pero lo cierto es que nadie tampoco estaba dispuesto a renunciar a tamaño espectáculo. Se renovaron las apuestas alcanzando cifras extraordinarias. La voz se corrió hacia la calle y pronto todos supieron que Yulianov caería de nuevo por tercera vez. Los hombres se pasaban de mano en mano los billetes y las monedas en un deseo alocado e irresponsable de apostar todo lo que tenían. El viejo chupó el extremo del cigarro, aspiró profundamente llenando sus pulmones de una densa madeja de humo y luego levantó su mano derecha, Los guardianes, al comprobar la señal, levantaron el maltrecho y casi exánime cuerpo de Yulianov y éste, con los ojos entornados, comprendió que pronto llegaría la tercera de las caídas. En efecto, sin esperar más de lo acostumbrado los dedos enormes de los dos hombres soltaron los brazos de Yulianov y éste quedó solo en el hueco del aire que le servía de apoyo. Mas pronto la inercia y el equilibrio inestable en el que el hombre se encontraba retiró sus fuerzas frente a la energía de la gravedad que ganaba la partida. Colocados sus brazos detrás de la cintura Yulianov no sabía bien qué parte de la cabeza debería ahora chocar contra el suelo, y por un leve pensamiento que corrió veloz por sus neuronas acertó inclinando su rostro como al principio. Se sucedieron las emociones exaltadas, la gente clamó con las manos en alto y se abrazaron en fraternal adorno de hipocresía. Ni siquiera se escuchó esta vez el tremendo cimbreo del cuerpo al caer sobre la tarima, tanta era la confusión que reinaba en la sala. El viejo frotó sus manos y rio comprendiendo que el negocio funcionaba como él quería. La sangre brotó de la cara de Yulianov y tuvieron que llamar al médico forense para que certificase si el espectáculo podía o no continuar. Éste, abriendo los párpados de Yulianov comprobó que aún había un rastro de vida en aquel cuerpo y decidió que la cuarta caída era posible. Los amigos entonces, al saber la noticia, abrazaron al médico felicitándole, y le llenaron el vaso de vodka. Yulianov, sentado en la silla de la tortura, había perdido el sentido de la orientación y reía con la boca abierta como un tonto que juega. Soñaba con sus padres y con sus piernas y las veía fuertes, huesudas, firmes sobre el suelo y se veía así mismo de niño corriendo por las calles sin parar derrochando un esfuerzo que le había resultado siempre esquivo. De pie sobre la tarima notó que su cuerpo flotaba en una nube cargada de humos y de voces, de risas y de sangre. Pronto echó su torso hacia delante y golpeó la tarima con la cara al completo. No había sido capaz de volver la cabeza a un lado para repartir el dolor del impacto. Fueron sus ojos, su nariz, su boca, su barbilla, las que reventaron el suelo en el tercer impacto de esa madrugada. La nariz, partida en dos, chorreaba sangre y trozos de carne desgarrada, sus labios, estallados, se abrieron como la corola de una flor en plena primavera y de su boca manó un líquido amarillo y denso que empapó el suelo formando un dibujo extraño y sombrío. Esta vez, sin embargo, todos bajaron las cabezas y comenzaron a salir del recinto sin levantar un murmullo pues todo el mundo entendió que Yulianov había muerto. Tan sólo quedó el silencio del tiempo, el brillo de unas monedas olvidadas por alguien sin nombre, la ceniza de un cigarro acabado y el cuerpo de un hombre desdichado que no había sabido o querido medir sus fuerzas. O tal vez había retado simplemente a la vida con la única fuerza de su convicción, la fuerza de un ser humano que renuncia a todo y da su generosidad por válida.

El murmullo fue descendiendo en intensidad conforme los clientes salían del local. Se les notaba que iban insatisfechos pues se les había prometido una hazaña sin parangón y resultaba que el hombre de la cara desfigurada había sido un verdadero fraude. Sólo había aguantado tres caídas. Y la gente, las mujeres, los hombres, los chiquillos juguetones querían más, deseaban ver de nuevo, aunque fuese por última vez, la caída lenta y emocionante de un hombre bajo su propio peso, dilatando el aire a su paso y ralentizando todo lo posible el tiempo para engrandecer, así, su acto de locura.

Yulianov aún respiraba echado sobre el suelo a todo lo largo de su cuerpo. Los guardianes le cogieron como si se tratase de un muñeco de trapo y le sentaron en la silla. Ni siquiera se les había ocurrido echarlo sobre un jergón a modo de cadáver que implora por un poco de silencio. Yulianov abrió los párpados y sólo atisbó la marea humana a través de las espaldas que se iban malhumoradas. Entonces, en un postrer acto involuntario, en un desmayo de su propia voluntad gimió algo ininteligible, pero lo suficientemente alto como para que los últimos asistentes se volvieran y comprendieran que todavía el cadáver resistía. Uno llamó al otro, éste tocó el hombro del vecino y la llamarada de rumores corrió velozmente sobre la muchedumbre hasta que alcanzó la calle sumida en la penumbra. Los que esperaban fuera no lo dudaron y confiando en la palabra del viejo empresario estaban seguros de que Yulianov aguantaría hasta el final. La sangre corría por su cara, la piel de sus labios, levantada, dejaba entrever una carne rojiza y húmeda, tierna y sin protección. Le limpiaron la nariz, los pómulos, la barbilla y luego le repasaron con una toalla mojada el cuello donde se amontonaban los afluentes rojizos. Alguien, sintiendo un fondo de piedad por el hombre, subió al escenario y le acarició el rostro. Luego se volvió a su asiento y esperó. El viejo sonreía desde su rincón y los dos enormes gladiadores levantaron el cuerpo exangüe de Yulianov. Una brisa refrescó su rostro con la entrada de los últimos espectadores. Éstos reían por la fortuna de poder ver lo mejor del espectáculo y se reían para sus adentros de los que se habían marchado creyendo que todo había ya terminado. Yulianov apretó los músculos del abdomen y con los dedos se agarró fuerte a los hombros de los guardianes. Pensó: Debo aguantar, debo resistir, aunque sólo sea por vosotros. Se refería a sus padres y a la desdicha que les había supuesto haber nacido con esa tara incurable. Yulianov se vio de pronto en el aire. Aguantó de pie sabiendo que sus huesos esponjosos no durarían mucho en ceder. Confió en sus escasas fuerzas y cuando notó el acolchamiento de sus rodillas llegar hasta al máximo volcó su cuerpo de lado para no dar de nuevo con los huesos partidos sobre la tarima. El cuerpo rebotó un par de veces y el hombro derecho salió disparado de su sitio. Chilló por primera vez. El dolor había sido tan intenso que el hombre nada más notar el crujido del hombro supo de veras lo que se le venía encima. El médico forense se llevó las manos a la frente, asustado. Los primeros espectadores encogieron sus estómagos y varios de ellos, sin poder evitarlo, vomitaron allí mismo, sin haber tenido tiempo de salir corriendo en busca del baño.

Iban cuatro caídas. Faltaba sólo una, la última, la definitiva. Yulianov se lo jugaba todo en ese último desprendimiento y pensaba en mil cosas a la vez, como si una cinta grabada desde su nacimiento pasase de pronto por su mente. Comprendió que la memoria es algo que tenemos anclado en el fondo de nuestro espíritu y que sólo en determinadas circunstancias aflora como por arte de magia. Yulianov había llegado muy lejos, encontrándose justo en la línea que separa la vida de la muerte. Y, cosa extraña, en ese mismo instante la luz clareó su memoria y su entendimiento y llegó a verse por fuera de su cuerpo, como si su carne, sus tejidos, sus huesos, como si toda la materia de la que estaba hecho, no fuese la suya. Se vio desde fuera y le dio lástima de sí mismo. Dejaron de importarle las monedas apostadas, la gloria y las sonrisas de los presentes, dejó de pensar en ellos y se centró por primera vez en su vida en sí mismo. Y decidió, en medio del gentío y de los aplausos, que ya no deseaba ser el hombre que cae derrotado sobre la tarima de mierda de un antro como aquel. Pero en el momento de abrir la boca, un coágulo de sangre le aprisionó los dientes y fue incapaz de articular las palabras. El tiempo corría veloz, la impaciencia de los espectadores emergía como la espuma violenta de las olas del mar y el viejo, masticando la punta del cigarro, se movía de un lado a otro como un león enjaulado. Yulianov se encontraba de nuevo de pie sobre las piernas incapaces de sostenerle. La fuerza, ¿dónde estaba? Entreabriendo los párpados miró a los asistentes más cercanos y rezó por ellos, por sus almas, por sus vidas derrotadas, tan derrotadas como la suya. Llenó sus pulmones con el humo del ambiente y antes de caer por última vez tragó saliva, escupió un trozo de sangre confundida con la carne desgarrada y se dejó ir. Había desistido de su propia voluntad. Dejaba, así, que la vida hiciese con él lo que le diese la gana. Se echaba de esa manera en manos del destino y comprendió en la soledad de su entendimiento que de nada sirve lo que hagas en la vida, pues es ésta la que te lleva como si fueses un tronco deslizando sobre las aguas. El dolor se había rendido antes que él mismo y notaba su cuerpo ligero como una pluma. Se dijo: ¿Estará llegando al cielo? ¿Será este placer que experimento la verdadera dicha que a todos nos espera?
 
Soltaron el cuerpo, los brazos detrás de su cintura, la cara al frente, los ojos abiertos. Y fue una caída hermosa, limpia, inocente, la que le acercó hasta el suelo manchado de sangre. Lo observó todo a cámara lenta, las manos de la gente en alto, de un lado a otro, le parecieron olas de un mar embravecido, las copas brillantes, las nubes de humo, las voces, dilatadas e incomprensibles, que llegaban hasta sus oídos sin formar mensajes concretos. El suelo se acercaba pero Yulianov seguía con el rostro derecho. No decidía doblarlo. No le importaba el silencio del golpe ni los regueros de sangre esparcidos en el aire, no le importaba el dolor que posiblemente llegara. Sólo la calma, la paz, la felicidad que embargaban a este pobre diablo formaban un cuenco de vida en el fondo de su ser. Lo suficiente como para dejarse arrastrar en el río de la masa informe y trágica.

Piedra del conocimiento espiritual (1962). Isamo Noguchi (Los Ángeles 1904-Nueva York 1988)
(Bronce, madera y metal)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 19. El cubo. Antonio Florido

Fisonomía 19 
El Cubo

Por Antonio Florido

     
                              
Observamos una mancha arenosa anticipo de un horizonte que se acerca. Sobre la arena cárdena y granulosa, un cubo, como todos los cubos del mundo, sin ninguna característica especial, sin ninguna arrogancia. El agua entró en él un día cualquiera, volcada por unas manos sin dueño.
         (El horizonte nos observa desde su lado, a su manera).
         La base del cubo está perfectamente encajada en la densidad de la tierra. Aprisionada. Equilibrada. Un escenario sin más. Como en una obra de teatro minimalista y absurda. Suspira una leve brisa que dibuja sobre el agua un rizo gracioso. El cubo podría ser de cinc. También podríamos imaginarlo hecho de plástico. O de carne. O de pereza, incluso. Porque en esta escena única todo podría ser convertido a nuestro antojo. Solamente dependerá de nuestra decisión. Y hoy, en la soledad de este paisaje, se nos ha antojado que las cosas sean de esta manera.
         Al final de la retina asoman dos figuras irreconocibles. Aún es mucha la distancia. Debemos esperar a que suceda el tiempo, a que pase lo que tenga que pasar. Y el tiempo, animado, corre como por arte de magia, sin que comprendamos muy bien su motivo.
         Las figuras de los hombres que caminan hacia nosotros (ya los hemos adivinado) van cobrando forma. Uno de ellos es alto, delgado, moreno, ligeramente extraña su manera de mover los miembros. Parece cansado. Sin embargo, a pesar de su rostro avejentado (lo vemos claro), el hombre es joven. Le echamos treinta años, acaso treinta y cinco. A su lado, como a dos metros, el otro. Más bajito y rechoncho. Y más viejo, sin duda. Por los cincuenta, quizás. Camina dando pequeños saltitos tratando de apurar la distancia que le separa del compañero. Los hombres avanzan sobre unas imaginadas líneas paralelas. Pero cada uno va a lo suyo.
        A lo suyo…
        Sus pies se hunden en la arena. Pisadas huecas donde el agua del mar, si la hubiese, se cobijaría. Es bonito y agradable imaginarnos rodeados de olas que van y vienen. Elevándose. Hundiéndose. Como si lloviera una capa de espuma que desaparece al instante. Pero en este nuestro paisaje no hay mar de agua. Solamente un mar de arena. Y un cubo en medio, solitario, sin objetivo aparente, dejado allí por unas manos olvidadas.
          Ya se encuentran a nuestro lado. Y ambos, al observar el objeto del que hablamos, detienen su peregrinaje. Se miran por vez primera. 
Uno de ellos, el más rechoncho, parece también algo exhausto. Se sienta sobre la arena con las piernas cruzadas. Como está excesivamente gordo la barriga se le ha hinchado. Se ha negado a seguir caminando. Y el compañero, para no ser menos, se sienta igualmente. La arena se ha hundido por el peso de ambos. El horizonte, para ellos, ha subido en el cielo. Y a lo lejos se adivinan unas manchas oscuras que se desplazan veloces hacia ellos.
La tormenta se anuncia. Pronto les cubrirá. Todo depende de múltiples factores, sobre todo del capricho de la naturaleza, que hay que ver quién la comprende. Entre ambos observamos el cubo del que ya hemos hablado. Equidistante. Simetría del absurdo.
         ¡Ja, del absurdo!
         Pongamos que estuviera medio lleno de agua.
A mira el cubo y sonríe creando unas pequeñísimas sombras alrededor de su nariz. B, extrañado y confuso, también sonríe. Porque si no lo hiciese se sentiría el hombre más solo del mundo. Y ninguno de los dos ama la soledad. Más aún, la temen. La repudian. E intentan apartarse de ella, cueste lo que cueste. La risa floja dura lo que dura. Lo absurdo de lo absurdo también dura lo que dura. Aunque hay ocasiones, (todos lo sabemos), en que esta dilatación de la incoherencia se torna insoportable. 
La brisa se ha transformado en un soplo tierno que choca en las mejillas de los hombres. A lo lejos vemos cómo las manchas grises de antes están ahora mucho más cerca. Y el cubo, hierático, continúa en medio de ambos sin decir esta boca es mía. 
         Pero sigamos…
         No podemos, sería imposible afirmar que el tiempo pasa porque todavía no hemos llegado a ese grado de entendimiento. Digamos simplemente que fluye. Con su armoniosa y rutinaria cadencia. Con esa característica tontura de cuando nos miramos al espejo y nos volcamos hacia atrás, asustados. 
          Suena una dulce y suave melodía que vibra en los corazones. De pronto un alto, muy alto, que duele en los oídos. Y luego, más allá de nuestra cordura, el silencio explayado sobre nuestros hombros.
Nos sentimos calmos. Conformes con nuestras conciencias. Libres de responsabilidades. Cuasi etéreos seres que vuelan sin peso.
          A giró la cabeza. Lo mismo hizo B. Han oído el gemido tibio de unos pasitos sobre la arena. Un pequeño camina torpemente. En un desequilibrio pasajero. Surgió de la nada. O tal vez siempre estuvo ahí y nosotros fuimos incapaces de verlo. Luce unos cachetitos abultados y rojos. Y una gracia innata expresada por unos ojos enormes, negros, hermosos. El niño se acerca. Sus piernas arqueadas apenas sostienen el peso. Va vestido de forma exquisita. Como los niños más puros del mundo. Como esos niños, ideales, con que todos hemos soñado alguna vez. Podría tratarse de nuestro propio hijo, si es que se diera el caso. Pero tanto A como B aún no tienen hijos.
          El pequeño vio el cubo desde lejos. Y le pareció tan hermoso que se le llenó la mente con el deseo de jugar con él. Ya está junto al círculo de metal. O de plástico. O de carne. O de pereza. Porque en su momento no decidimos de qué material podría estar hecho. Sus manitas se aferran al aro. La cabeza, de un cabello fino y encrespado, asoma sobre el borde. Casi al cuello le alcanza el límite. A y B observan callados. Luego, como si no fuesen capaces de soportar la armonía y la belleza del silencio que les rodea, comienzan a balbucir palabras con escasos sentimientos. 
         El tiempo, en su medida, continúa fluyendo.
         A habla con B. Intenta hilvanar el hombre un diálogo efímero. B, sin embargo, volcó sus ojos sobre el pequeño. Se siente atraído por él. A habla y habla como si nada. Poco le importa que B no le eche cuenta.
El pequeño ansía, necesita jugar con el agua del cubo. Pero el agua está muy lejos de sus dedos. El pequeñín se agacha de pronto, inesperadamente, y toma en su manita un puñado de arena. Ha pensado arrojarla al interior del cubo, sobre la superficie graciosa y rizada (en este momento no sabemos si el pequeño sabe qué es un cubo, ni tampoco si hay algo dentro de él, o, más aún, no sabemos siquiera si el chiquillo conoce el significado de dentro de él). Cuando eleva sus deditos muchos granos se le van escapando y crean una delicada lluvia de polvo. Y en un impulso nervioso, incomprensible para los que ya hemos dejado de ser niños, el pequeño abre sus deditos y suelta en el aire los escasos diamantes que recogió. Ahora su cara sonríe, y sus ojos oscilan muy abiertos. B permanece inmerso en la escena. No pierde el hombre detalle alguno. La cara del niñito quizás le recuerde a la del hijo que desde siempre hubo anhelado. Y en sus oídos golpea la cancioncilla ridícula y monótona de A, que sigue hablando sin parar, de cualquier cosa.
          El día sucede…
          Las nubes, esas nubes de antes, se encuentran en estos instantes sobre sus cabezas. Un gruñido del cielo anuncia el comienzo de la tormenta. Caerá, posiblemente, una cortina de agua. Y las gotas se hundirán en el suelo arenoso buscando cada una el hueco preciso.
         El niño se ha colocado de puntillas. Su cuerpecito, aunque pequeño y leve, ha hundido un poco el cubo que, ahora, aparece más clavado en la arena. Las manitas del pequeño rozan levemente el agua. Y los dedos del niño se estremecen y vibran furiosamente al contacto con el frío. Para él el agua no deja de ser más que una gelatina atrayente. El pequeño, de puntillas, intentará introducirse en el cubo, llegar todo él hasta el agua, fundirse en ella, tocarla, olerla. Todavía la vida no le dio la oportunidad de conocer el frío, el verdadero frío que encoge los cuerpos y los arruga.
Ha subido una pierna, pero al llegar al borde del aro, el pie le resbala y le cae de nuevo al suelo. Sólo ha sido un primer intento. Intento que B ha observado con el alma aturdida. En el pecho del hombre se abrió de pronto un paréntesis de temor al ver a la personita en ese atrevimiento. Sabe el peligro que el juego acarrea. Pero como A insiste en su locura de palabras, a B le da así como algo de pena y de vergüenza. Y entonces le vuelve los ojos y simula prestarle atención.
           La escena (posiblemente ya la hemos intuido) tiene que ocurrir. Está todo dispuesto. En una segunda intentona el pequeño, que ya ha aprendido, impulsa la pierna con más fuerza, poniendo toda su energía en el envite. Una ráfaga de aire vino en su ayuda. Y el niño, ahora, cayó, penetró al abismo.
            Dentro del cubo las cosas suceden de manera distinta. Sólo una pared infinita, una masa de líquido y un cuerpo que lucha por cobrar la vertical. Sobre la superficie rizada se ha levantado una ola repetida que moja y moja las ropas del pequeño. El frío gatea por sus brazos. Ya le inundó la carne. Si pudiésemos mirar adentro veríamos unos ojazos negros, abiertos, asustados, unos ojos que buscan nerviosos alguna salida, tal vez un diminuto saliente en la pared en redondo. Pero esa pared, además de no tener ni comienzo ni final, es lisa y resbalosa.
            Se aproxima una tragedia.
            Desde la sentada de ambos no pueden ver lo que ocurre. B piensa en el niño. El hombre imagina. Y un dolor agudísimo le punza en el centro, donde el corazón se dispara. Ha comenzado su respiración a cabalgar locamente. A le cuenta sus cosas con una cadena infinita de palabras, en un atrevimiento inocente, igual que si los significados los tuviese colgados del hilo que le une al compañero. B, sin embargo, espera a que los deditos del pequeño aparezcan de pronto agarrados al filo redondo. El niño se mueve en un juego inútil y casi ridículo. Pero consigue ponerse de pie en medio del charco encerrado. Hasta el pecho le alcanza la línea del frío. Y, asustado, sin comprender nada de lo que le ha sucedido, asoma la cabecita por encima del borde, hasta donde la arena se extiende, más allá del horizonte. B, al verle, respiró profundamente. Ha quedado el hombre tranquilo. Y ahora las palabras de A le llegan más altas, más claras, más desnudas en sus significados.
            Una nube ha gritado y comienzan a caer goterones. El pequeño siente miedo. La rajadura del cielo sonó tan fuerte que al niño le tembló todo el cuerpecito. A y B han mirado hacia arriba. Pero son tan viejos que ya el miedo les pasó por el lado.
El agua se está convirtiendo en una cascada, semeja una cortina impetuosa. El cubo, lentamente, silenciosamente, se va llenando. Al cuello llegó, del niño. Y el pequeño resiste la postura erguida a pesar de que sus fuerzas están escaseando, así como el frío, que le atora los movimientos, como una obliteración inesperada. B se pasa las manos por la frente. El agua resbala por sus palmas anchas. A dejó un instante el parloteo, el tiempo necesario para observar al natural elemento. Pero ahora continúa cosiendo sus labios a los oídos del compañero. En el pecho de B crece el nervio. Una desazón propia de las almas sensibles. Piensa que debería levantarse, abandonar al otro en su monótona retahíla, y acercarse al pequeño para ayudarle y sacarle del agua. El niño se colocó de puntillas, por el filo de la boca una línea de frío, como un cuchillo que lame la piel. Poco tiempo le queda de aguante. Pero B no acaba de decidirse. Porque cree que A también debería hacer lo mismo. Y, sin embargo, la voluntad de su compañero es tan tibia, tan indolente, tan asquerosamente apática…
         B sabe perfectamente que sólo de él depende el futuro del mundo. Oye los pequeños sollozos del niño, que ya ha comprendido en lo más profundo de su pequeña alma el destino que le espera. Empero, algo sucede dentro de B, algo desconocido, como una gasa de humo que le anestesia las decisiones. Las manos de B se han acolchado y el cuerpo se le hunde en la arena.
         Sigue cayendo la lluvia.
         Cesaron los sollozos.
         El filo del aro luce bajo las gotas en mil reflejos siniestros. A, con su cantinela estúpida, ha sonreído de pronto, ajeno a la tragedia. Solamente mira el hombre al cielo y abre la boca. Igual de nauseabundo que una babosa.
         Dentro, una carne blanca, aterida, adquiriendo rápidamente un tono azulado, como de muerte. Flota el niño en el agua, con el cuerpecito formando un círculo, con las piernas y los brazos hundidos, hacia abajo, y la cabecita empapada con el líquido que sube y sube, sin descanso ni prisa. Luego, el mismo cuerpo comienza a bajar hasta la profundidad del abismo, donde termina el destino, donde comienza la piel a arrugarse.
Frío…
         Soledad…
         Silencio…
         Nosotros, después de suspirar profundamente, nos apartamos. Nada podemos hacer. Es una escena que no nos concierne.
         (¿o sí?)
         Por la distancia vemos el rastro sobre la arena. La moral que huye. Callada. Destruida. Olvidada. Unas huellas dispares que se tornan pequeñas. 
          B camina solo. Cansado. Más cansado que nunca. ¿Arrepentido? Nadie lo sabe. Nadie lo sabrá jamás. Pero el hombre mira hacia su derecha, adonde la mar de arena inventada. Atrás le quedó el corazón roto.
          El cielo, en un último esfuerzo, ha lanzado un grito de horror, intenso, intensísimo, desgarrador. Luego un tímido hilo de luz en diagonal, sobre el cubo que fulge allá, en la línea del horizonte.

Concepto espacial (1962). Lucio Fontana (Santa Fe 1899-Varese 1968)
Espacialismo
(Fundador)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. Antonio Florido, un español muy latinoamericano. Roger Octavio Gómez

Antonio Florido, un español muy latinoamericano

Por Roger Octavio Gómez

La novela Quién vendrá a mi entierro me ha hecho pensar que su autor, Antonio Florido, escritor español de Carmona, es latinoamericano. Son varios los que hablan, mas una sola voz es la que teje la narración de una trama que es un rosario de tragedias ensortijadas en un sedal conductor hilado por un personaje que se hace llamar a sí mismo “Escribidor”, una historia que bien pudieran haber sucedido en la Hispanoamérica rural, donde la justicia se impartía con crudeza en medio de la anarquía, donde las pasiones tenían más valor que el amor, tierra de caciques y de enmendadores sin suerte. El Escribidor nos advierte que estamos ante una visión “encuadrada en un lugar desconocido, ancho y despoblado, salido de la nada” al que ha llenado con recuerdos, querencias y mentiras. ¿Comala, Santa María, Yoknapatawpha? No, La Camuña, un lugar que “huele a muerte y desperdicio de vidas”. 
         En la anarquía hay siempre un orden superior, similar al orden que imprime Florido en cada una de sus palabras y frases, pulidas y con una métrica que brinda el ritmo exacto con que se cuentan los hechos. Cada frase es una pincelada definida, con los colores exactos, pero es hasta contemplar la obra entera cuando se aprecia el universo donde mora Echandía Arsuaga, el personaje principal. Un hombre que arrastra un crimen, no cualquiera, un fratricidio; y un amor prohibido que no le permite amar a La Tana, la mujer que arrebató a otro, o a cualquier otra mujer, está enamorado de un hombre.
         Son varias las capas de lectura que ofrece Antonio Florido. Me llama la atención la intencionalidad que hay en El escribidor, quien opera como demiurgo, alter ego, quizá, del escritor. El Escribidor a veces recuerda al Melquiades de García Márquez, pero también a los profetas de religiones antiguas. Al Escribidor no se le escapa ni un gesto, construye en el aire y del aire, es capaz de concebir el mundo en que suceden los hechos e, incluso, borrar a su antojo la memoria de los pobladores de La Camuña. Una lectura es, como digo, la del demiurgo que juega a crear el mundo, la otra es la develación de los recursos que tienen las sociedades para negar la posibilidad de que las cosas diferentes existan. ¿Olvidan a un hombre por ser homosexual o por ser el posible asesino de El señorito? Tal vez por ambos motivos, damantio memoriae. 
          El que La Camuña esté tocada por un Paraná a donde llegan las tonadas de las trovas rosarinas no rompe con la tradición rescatada por Florido. ¿Acaso Comala no es una dimensión inexistente que brota de las tierras de Jalisco o Yoknapatawapha no tiene tintes del Misisipi?
	 Esta novela de Antonio Florido es también una historia de amor, un amor prohibido por un orden social que se parece al nuestro y si bien rememora a varias obras, estas no debilitan la trama, sino que nos hacen notar el gran acervo literario y cultural de su autor aunado a una habilidad estilística muy particular y lograda. 

He colocado Quién vendrá a mi entierro de Antonio Florido en el estante de mis libros favoritos.

Libro: Quién vendrá a mi entierro
Autor: Antonio Florido
Editorial: Kolaval por Hispanoamérica / 2021
     



Antonio Florido**




*Sobre el autor:

Roger Octavio Gómez Espinosa

Tuxtla Gutièrrez, Chiapas, 1974.

Tiene el grado de Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM y Máster en Creatividad Literaria por la Universidad de Salamanca, donde se graduó con mención honorífica.

Autor de La lluvia en las hojas del platanar (Ediciones Animal); Soltar las riendas (autor, 2019, Tifón). Anhelo de reposo. Antología poética (Coordinador editorial, Tifón, 2019). Bruñir la palabra frente a la hoguera (Autor antologado, Tifón, 2018). Mamá no va a llamar (Autor, Tifón, 2018). Su cuento El rostro de marina, obtuvo dos primeros lugares en su adaptación radiofónica en la Tercera Convención Internacional de Radio y Televisión 2018, Varadero, Cuba.

*Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 17. El general Obando. Antonio Florido

Fisonomía 17 
El general Obando

Por Antonio Florido

     
La carta llegó al campamento con la crecida silenciosa y traicionera del Putumayo, de modo que hasta transcurridas dos horas el General no pudo leerla; el Putumayo no juega y Obando lo sabe; cuando las aguas del río se remueven turbias y caprichosas junto a los juncos, todos en el campamento acuden como culebras, rápidos y resueltos, hasta dejar los alrededores más limpios que la cabeza del Gringo.

Obando abrió la esperada carta despacio hasta la desesperación; barruntaba desde días atrás que aquello se acababa; para su desgracia las cuatro primeras letras que leyó provocaron el latigazo involuntario de su codo izquierdo, la señal de que el General se ahogaba en la humillación.

Obando leyó hasta el final el papel sucio y amarillento y se quedó mirando las aguas del Putumayo que ya habían alcanzado los troncos más gruesos de la barraca; con el corazón lleno de mierda y de rabia arrugó la hoja y la arrojó donde nadie pudiera verla; llamó entonces al Cabo con su voz aguardentosa y desagradable; el Cojo apareció de la nada y al ver la cara del General supo que a la mañana siguiente abandonarían la maldita selva.
Aquel mismo día, bajo la penumbra de su choza y sin dar tiempo a que el vómito le traicionara, Obando ordenó preparar la marcha; esa noche, densa y misteriosa como pocas, las estrellas se le cruzaron entre ceja y ceja y no pegó ojo; después de treinta años en la trocha con el fusil al hombro, cuatro mujeres, once hijos conocidos y veintitantos hombres muertos a su costa, cómo podría vivir en adelante; Obando, Don José María Obando, hijo adoptivo de Don Ramón Obando del Campo, no sabía que la vida pudiera echársele encima con tanto peso, aplastando su orgullo y su destino antojadizo, y todo en nombre de la dichosa democracia.

 Los Yaguas caminaban de regreso con la caza de una semana, entre árboles centenarios, altos como el orgullo de sus ancianos, mientras el General pasaba revista a los pocos soldados de su regimiento; al cabo se despidió de todos, mirando a los ojos de cada uno; sólo se llevaba con él al Gringo, que conocía los senderos misteriosos de la selva y era medio indio. 
Mientras Obando y el Gringo enseñaban sus espaldas camino de Cali, en busca de la sinrazón del presidente José Ignacio de Márquez, el coronel Sarmientos Piedelobo, que se quedaba al mando del campamento, esbozó una sonrisa estúpida y pasajera que no contagió a ninguno de sus subordinados; ni el Chusco, ni el Chamizo, ni el Cojo, ni el Niño sonrieron; ni siquiera la Chana se alegraba de la marcha del General que maldito el día en que se iba quizás para siempre.

Cuatro semanas a lo más; eso fue lo que el General dejó dicho, pero ya habían pasado dos y lo único que se oía era la indomable Seca golpeando los rostros cansados por la lucha; los Yaguas no se divisaban desde el campamento, aunque más que por la distancia porque ver un Yagua y no ver nada era lo mismo; los ojos secos de los soldados alcanzaban hasta poco más allá de las aguas del Putumayo; la Chana cumplía años sin decir nada a nadie y se avergonzaba en silencio de su cara mustia y poco agraciada; a la mujer también se le acabarían los buenos tiempos, al menos eso es lo que todos se decían continuamente con la mirada; ninguno deseaba ver entrar al General por el camino de los charcos, porque verle entrar y acabar la lucha contra los insurgentes era cosa segura, pero ninguno deseaba tampoco que su General faltase para siempre, ninguno menos Sarmientos, para quien la ausencia de su superior era la mejor noticia que pudiera conocerse. 

El 11 de julio de 1841 amaneció sin avisar; en el cielo de la selva donde viven los Yaguas raras veces se ve el sol allá arriba, por entre los árboles; sólo donde las calvas han hecho de la arboleda un tapiz húmedo y verdoso florecen plantas caprichosas en busca de los tímidos y cálidos fuegos del cielo.

El 11 de julio de 1841, el mismo día en que el General Obando se negaba a pactar la rendición con el presidente José Ignacio de Márquez, el coronel Sarmientos Piedelobo se sentía con el mundo dentro del pecho y hacía y deshacía a su antojo; la Juárez le colocó bajo las narices el segundo plato de estofado que, aun ardiendo, el coronel relamía con sus ojuelos achinados; la Juárez se retiró y dejó a su coronel tranquilo en medio de aquel sofoco de verano, que maldito si llegó el calor aquel año; Piedelobo torció el gesto a la primera engullida y, con la cara roja como el tomate, escupió un trozo de carne; luego tomó la jarra de chicha, fría como el alma de una viuda, y bebió para dejar sitio a otro golpetazo de ardiente estofado; de cuando en cuando el coronel maldecía el día en que vio al de la Enara entrar por la puerta de su casa para decirle que se pusiera la charretera; desde entonces su maldito dolor de barriga le enredaba el vientre a golpes de bocado; el coronel llamó a la Juárez a voces: “¡Chana, venga usted acá con su amorcito!”; la Juárez o la Chana, como al coronel le gustaba clavarle al oído, aparecía de golpe y entonces el Piedelobo le frotaba el trasero delante de todos, como si nada; los demás, ante la ausencia de su General, callaban como muertos; hasta el Niño, pese a su juventud asquerosa y repulsiva callaba miserablemente y aguantaba el tirón.

   El calor húmedo de la selva del Tarapoto entraba a todos por los ojos, secando el alma cansada ya de tantos años de lucha sin causa y sin fin; el Piedelobo seguía estrechando con sus manazas las entrepiernas de la Juárez mientras mascaba como un cerdo el último bocado de carne; a ver quién era el guapo en levantarse sin el permiso del coronel, pero el guapo fue el Niño que harto ya de tragar bilis sacó la faca y amenazó con ella al dueño de la Chana; el silencio se espesó cuando los demás vieron pararse las quijadas del coronel; el Niño tragó la poca saliva que le quedaba y, de no estar la Chana todavía en la falda del Piedelobo, habría salido de allí como alma que se come la Seca, el parón cálido y salino de la selva; hasta las moscas dejaron de zumbar; el coronel, envalentonado, se quitó a la Chana de encima, dejó el cucharón sobre la mesa y levantó su enorme espinazo buscando la voz silbante de la faca en el aire; el Niño no tuvo tiempo de reaccionar cuando ya el coronel le aferraba la garganta con la fuerza de un arco de acero; pero no apretó para que los demás viesen el espectáculo de ver a un hombre morir a su voluntad; el Niño maldijo al coronel y fue lo último que hizo en su corta vida; el aire, espeso como la leche de la Facunda, humedecía los rostros del coronel, de la Chana y de los demás; el tiempo, temeroso de que a él también le tocase parte, paró su ritmo, hasta que un antojo del Piedelobo le hizo soltar el peso que cayó al suelo como un fardo.

   Sarmientos Piedelobo pidió a la Chana un cubo de agua y lo echó sobre la sangre vertida a dos palmos de sus botas; las moscas comenzaron de nuevo a revolotear; algunos disparos lejanos atronaron en los oídos de los hombres quienes aprovecharon la ocasión para salir de allí por patas; el coronel echó de nuevo sus manazas sobre las cachas de la Chana y, mirándola como un enamorado, comenzó a reír a carcajadas; la Chana le imitó por hacer algo y ambos acabaron enlazados en un juego sucio de sudor y sofocos; en la estancia calenturienta y húmeda del Tarapoto no había ocurrido nada en realidad; la lucha seguía como seguía el sofocante calor golpeando los rostros cobrizos de los Yagüas; fuera oíanse disparos de arcabuces cruzando el enrarecido aire de mediodía; el Piedelobo acabó su comida echado sobre una destartalada yacija, sucia como su alma gringa; pensaba qué suerte que aún faltase bastante para que por la puerta apareciera el maldito General; pero mientras tanto el mundo estaba dentro de su pecho y no había fuerza de la selva que se le opusiese a su coraje; la Chana continuó con su brega y, agachada en el suelo, sobre sus carnosas rodillas de hembra aún joven, restregaba con fuerza sobre la mancha rojiza de quien la quiso en mal día para ella; el Piedelobo miró a la Juárez y ambos sonrieron; Sarmientos Piedelobo escupió lejos el cigarro ensalivado y se dio la vuelta para dormir; las moscas continuaron revoloteando sobre los restos de sangre aún fresca.

Amaneció; la selva, aún en silencio, comenzó su acostumbrado carillón de trinos y gorjeos mientras los primeros clarores del día inundaban lentamente los poros de la tupida arboleda; el coronel Piedelobo roncaba; la Chana movía su denso cuerpo zambullida en un delirio de pesadillas, acordándose del Niño, aún caliente; los demás esparcían sus lacios y desmedrados cuerpos hasta que llegasen los primeros rayos del sol abrasador; el aire soplaba tímidamente, cobardemente, como todo lo que se movía allí, en el campamento, sin el beneplácito atrabiliario del Coronel.
Piedelobo abrió los ojos como pudo; la garganta, aprisionada por un cerco de hierro, no escupió ningún sonido inteligible; sólo sus pupilas y su escaso entendimiento llegaron a comprender que el General había llegado un par de semanas antes de lo previsto; al momento los hombres del campamento, pillados de medio pie, formaron con sus arcabuces, mirando al suelo; el General era el General y la cosa no era para bromas; varias gargantas tragaron salivas; la Chana acudió presta con una cesta de sonrisas y con las manos retorciendo su delantal en señal de servidumbre y nerviosismo; el General preguntó poco y a los mismos de siempre, a los de lengua mansa y dadivosa; sacaron entonces al Niño y arrojaron su cuerpo en medio de todos; el General, hombre al fin de pocas palabras, les miró uno a uno; esa era su forma de dar órdenes.

El coronel cruzó sus ojos con los ojos del General pero éste le aplastó con su mirada; en un acto fatal Sarmientos se postró de rodillas e inclinó su espalda como un perro estúpido y miedoso; los demás no respiraban; el destino estaba escrito y de allí a la noche alguien no llegaría; ese alguien lo sabía, como lo sabían muy bien todos los del campamento; el coronel izó sus manos rogatorias de dedos entrelazados sin levantar la cabeza; de sus labios salieron algunos lamentos que pronto se convirtieron en gemidos; Obando alzó su negra bota de cuero y con cara de profundo asco golpeó el costado del cobarde una vez y otra; a cada golpe Sarmientos Piedelobo retorcía sus fibrosos miembros, se echaba las manos a la cabeza y lloriqueaba como un cerdo pidiendo clemencia; el General, un militar que sólo había conocido el sonido ululante de las balas al cruzar sinuosas el aire, cesó en su furia y afirmó su gastado cuerpo recuperando el aliento perdido; la Chana le sirvió otra cesta de sonrisas adornada esta vez con un manojo de guiños; los demás, inmóviles, no cerraban los párpados; el General miró a uno de ellos y con un movimiento de su cabeza le indicó que aquella piltrafa estaba allí de más; entre todos levantaron el bulto de carne deshecha; el coronel, todo hinchado, comprendió que por esta vez llegaría al final del día y este pensamiento extrajo de su boca una leve y extraña mueca mezcla de felicidad, odio y rencor. 

La Chana tomó la mano yerta del Niño y la besó; sería la última vez; las moscas este año han venido a la selva más empalagosas que nunca; las moscas siempre traen malos aires; mientras, los Yagüas, ajenos a todo, hasta de los disparos de la sinrazón, continuaban con su afanosa tarea de desentrañar los misterios de la selva.

A las tres de la tarde las piedras sudaban en el campamento, tan espesa era la humedad que las frentes del Chamizo, del Chusco, del Cojo y del Gringo goteaban efluvios verdosos de cobardía y de miseria; cuando el Relamío y el Balas acabaron por fin de socavar el terreno la Seca, el parón cálido y salino de la selva, comenzó a levantar un fino hilo de brisa que relamió los silenciosos rostros de los presentes; la Chana se acercó al cuerpo del Niño y, para sorpresa de todos, escupió una, dos y hasta tres veces en la boca del desdichado; el coronel volvió a condenar el puto día en que al de la Enara le dio por decirle que se pusiera la charretera; la tierra húmeda cayó sobre el cuerpo del Niño a peso, como con odio; los presentes se fueron retirando lentos y perezosos; la Seca ululó, cansina, como si de verdad lamentase aquella pérdida.

El General, serio y con la cara desgastada y descosida por la guerra, echó la última mirada a la escena fúnebre y entornó de nuevo sus rugosos párpados adormilados.

Un poco más allá, apartados de la vista de los ojos maliciosos, el Peinao, el más joven ahora en el campamento tras la muerte del Niño, ha mirado a la Juárez con ojos de perro en celo; la Chana, embragada y sugerente, le ha devuelto la mirada a medias, pues debe asegurarse de que el General no se ha dado cuenta.

En el campamento la vida sigue como siguen los Yaguas viviendo en las entrañas de la selva del Tarapoto, sin descanso, en silencio, muellemente; pero algo ha cambiado; desde que llegó el General una nube negra le cubre la cara; no hay quien le hable, ni nadie se atreve a desentrañar los oscuros misterios de su rostro callado y serio; nadie sabe lo que ocurrió en Cali pero todos lo adivinan en su fuero interno; es un secreto a voces que el General se empeña en aplazar hasta el infinito; la guerra se ha acabado; se ha acabado por la cobardía del presidente José Ignacio de Márquez; el muy imbécil claudicó y llevó la deshonra a todos; en el campamento los soldados miran al General esperando una señal para abandonar ya la lucha eterna; todos lo esperan menos la Chana que sabe que su General no abandona.

Han pasado días, semanas; todo continúa igual, como si la guerra siguiera su curso inexorable; los soldados se mueven con desidia, de acá para allá; el Putumayo mueve sus aguas buscando el camino que nunca encuentra, entre los árboles compuestos y frondosos; es media mañana; el General ha llamado a reunión; todos acuden prestos; en medio de sus soldados comunica lo que todos desean oír; se marchan; abandonan el campamento; todo se ha terminado; Obando suelta las palabras como quien se desprende de un fardo de cincuenta kilos; la Chana se equivocó y siente que su General haya tomado esta decisión; la partida se hará a la mañana siguiente; el destino, la Chanca; una vez allí se dispersarán y cada uno buscará a su familia o hará lo que le venga en ganas.

El día siguiente no amaneció; una manta de agua caía sobre el campamento convirtiendo las aguas del Putumayo en una simple broma; el primero en abandonar el campamento fue el coronel, que lo hizo solo y cabizbajo; luego el Chusco, el Chamizo, el Cojo, el Gringo y el Peinao se despidieron del General y tomaron el camino de la trocha principal en dirección al sur, donde todos habían oído escuchar que se encontraba la Chanca; la última en salir de allí fue la Chana que miraba hacia atrás cada dos pasos para ver si su General tomaba el mismo camino que los demás; pero el General no se levantó de su sillón de madera vieja y nudosa; se quedó observando las espaldas de los que le habían acompañado y obedecido durante largos años; el agua caía como si fuesen chorros de plomo derretido, a peso, socavando la tierra y formando arroyos de aguas sucias y enlodadas; el día seguía sin amanecer, de oscuro que se mostraba; las nubes formaban una bóveda de agua en la selva del Tarapoto y sólo se oía el crujir horrísono de alguna rama o tronco que cedía a la fuerza del agua; la soledad y el General eran los únicos que permanecían en el campamento, bajo la barraca principal; los Yaguas estaban allí cerca, invisibles, quietos, callados, observando el agua que caía cada vez con más fuerza; los Yaguas sabían esperar pacientemente a que llegara la calma y comenzaran de nuevo a brotar la vida, las flores y los insectos; el General parecía una rama inmóvil y silenciosa; sentado en su sillón nudoso y de madera envejecida, rumiaba el sentido que había tenido su vida; años dedicados a la lucha contra la injusticia para nada; el presidente José Ignacio de Márquez le había decepcionado; Obando jamás aceptaría la democracia, eso quedaba para los de la ciudad, porque la ley de la trocha era su ley y nunca la cambiaría por una memez semejante.

La selva, obcecada en la pertinaz lluvia, parecía opinar como Obando y se mostraba rebelde, obstinada, meliflua, derramando sobre el campamento y sobre la barraca del General todas las aguas del planeta; el Putumayo continuaba su crecida gradual alimentado por miles de brazos acuosos y amenazaba con desbrozar la barraca; Obando se levantó de su sillón de madera envejecida y nudosa; allí solo, en medio del diluvio universal, levantó la cabeza, miró al frente, a los árboles viejos y mudos como él y, empapado como estaba hasta la médula de sus huesos, levantó los brazos al cielo y con su voz bronca y desagradable lanzó un grito atronador que enloqueció aún más los acordes de la selva. 

Joven en la ventana (1875). Gustave Caillebotte (Francia 1848-1894)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 16. Aún puedo vomitar. Antonio Florido

Fisonomía 16 
Aún puedo vomitar

Por Antonio Florido

     
Huele a tejido recién pintado, a trazos deshechos, rugosos, a líneas desleídas en el fondo del lienzo imitando una atmósfera de ceniza irrespirable; apesta a muerto ya descompuesto, a gente huida a toda prisa, a túneles cerrados por sorpresa y sin motivo aparente; los escalones se derriten en la cuesta que baja hasta el andén; mi cuerpo, absorto y desconocido, avanza solo, sin que nadie ⎯ni yo mismo⎯, se lo ordene, en un progreso hacia ninguna parte, hundiéndose en un ambiente lechoso de sofoco y de ausencia; llego al último escalón, un pasillo mugriento se abre a la derecha; otro, igual de sucio y pestilente, lo hace hacia el otro lado ⎯estúpida armonía de los pasillos callados, sosa simetría del mundo⎯, nada en el aire, solo silencio…y las pisadas ahuecadas en las losas podridas; avanzo tocando las paredes, rozando con la punta de mis dedos los últimos escombros de esta tierra que se hunde sin remedio; fuera quedan pocas cosas, acaso algún ser viviente que todavía no se ha enterado de qué va la película; hace frío, el viento del norte que desgaja las alheñas se convierte en un gélido aliento aquí adentro, bajo tierra, entre estos infinitos callejones por donde la gente solía caminar cabizbaja, ¡qué tiempos!

Antes éramos muchos, decenas, cientos, miles de personas las que caminábamos por aquí, cada uno a su destino, todos mirando hacia el suelo, cada uno apresado en su propia envoltura, como un cascabullo, igual que un cascarón que protege la individualidad y la sacraliza; todos íbamos deprisa, las bolsas colgadas de los hombros, los billetes en las manos cerradas, pintando un mosaico multicolor lleno de impaciencias y vacíos, pero esos días desaparecieron, ahora no me encuentro con los amigos ausentes de todos los días, soy el único que continúa esperando la llegada del tren de las 7:30, el que pasa por Candem y llega hasta Kennington para luego girar al oeste en busca de Morden; allí me bajaba a diario, tomaba el camino de las piedras brunas junto a las últimas casitas de madera y me iba al centro de la tierra para arañar los últimos restos de carbón; la tierra por dentro es dura como el alma de un desesperado; recuerdo que cavábamos todo el día sin parar, hasta llenar nuestros pulmones de humo negro, se oían toses por todos lados pero nadie hablaba, nadie cruzaba una sola palabra con el obrero de al lado porque, perder el tiempo en aquellos años, significaba desaprovechar toda esperanza de vida y de futuro; hoy ha pasado ya la hora, arrecia el aliento de la cueva, la brisa, dulcificada por las paredes gravitadas, acaricia mi rostro y una pincelada de pintura, de grumo acumulado en mi cara, se desliza hacia abajo borrando mi sonrisa; llego al andén; no hay nadie; en efecto, la soledad de este sitio es tan densa que hasta el sonido se atemoriza y huye de aquí; oigo el lamento de las paredes, de los techos curvos, de los pasillos infinitos, de las esquinas ansiosas; el desequilibrio de todo un mundo de estertores se funde con mi alma y me siento el ser más solo del planeta; por la derecha se abre una garganta oscura con el techo arqueado; parece que no puede con el peso de los años y por eso las líneas verticales, grises, opacas, se doblan hasta darse la mano por encima del cielo; en lo alto reina la oscuridad, nadie sube hasta allí para limpiar los hedores de los cientos de miles de personas que respiramos allí durante tanto tiempo; por el otro lado se abre una escalera transversal que en tiempos servía para que los pasajeros saliésemos al exterior, no sin antes cruzar infinidad de pasillos y escaleras eléctricas; hoy aparece tapiado; lo han hecho con ladrillos de cobre herrumbroso, verdes, ocres, rojizos; la pared asoma a medio acabar, ya no había tiempo para tan delicada tarea, ya nadie pasa por allí y ya ningún suspiro se quedará atrapado en las juntas de los azulejos; sin embargo, en el centro de la garganta sigue horadado el hueco con los raíles; me acerco y compruebo que las culebras continúan con la postura elegante de siempre, paralelas, calmas, cansinas, sin ganas de moverse y sin motivo tampoco para hacerlo; dos metros, casi, de espacio vertical insalvable que me separa de la pared de enfrente, un abismo abierto en el suelo a base de martillazos, arrancando los dolores de un parto que excavó esta línea de metro con miles de brazos sudorosos; me pregunto por qué sigo viniendo aquí todas las mañanas, y yo mismo me digo que tal vez sea para recordar la podredumbre que cubría la tierra por aquel entonces; luego, cuando el tiempo pasó, alguien cogió en sus manos un pincel alargado, de muelles hebras y con él dibujó el rostro y la silueta que me da la vida; ese pintor lo hizo sacando del alma el dolor que nos acompaña toda la vida, respirando quedamente, procurando con la muñeca giros misteriosos, alejándose, acercándose al lienzo, sonriendo cuando una cualquiera de esas pasadas quedaba a su agrado; parece que yo mismo le veo en su estudio, intentando expulsar de su pecho las contradicciones de sus días, dudando si seguir con el rostro o por un brazo, extraviando sus miradas en las líneas difusas lanzadas al lienzo que tiene delante; yo no soy más que un figurante de un cuadro ocre y mohoso, una escasa y diminuta efigie apenas trazada con cuatro o cinco pinceladas; no tengo cara, mi perfil es abierto, para que todo el que lo vea se imagine lo que quiera; me gusta así; no quiero destapar mi carne ante cualquier idiota que se detenga frente a mí a tratar de desnudarme; me gusta tanto que desde este plano misterioso le doy las gracias al artista y recojo los restos de hiel que él mismo desparrama por el lienzo; aunque me hubiera gustado estar acompañado ⎯no deseo negarlo⎯, quizás con alguien más joven, con alguien que aún tuviera algo que añadir a esta historia sin principio y sin final; quién sabe, al fin y al cabo, quién soy yo para decidir si este cuadro está acabado; puede que mañana, a las 7:30 en punto, se acerque mi tren y deba de nuevo llegar hasta el camino de piedras para seguir arañando con mis dedos los estratos podridos; oigo el latido del túnel, desde el banco donde me encuentro sentado percibo el zumbido ancestral de las capas del suelo, de esas alfombras dormidas que los hombres se afanaron un día en despertar; es un sonido sordo, profundo, armónico, acompasado con el latido de mi propio corazón; me distraigo olvidando a la gente que conocí allí afuera, intentando recordar una a una todas las caras cercanas para luego lanzarlas al mar del olvido, escupiendo cada vez que a mi mente se asoma un ser estúpido al que conocí un buen día; quizás por eso vengo aquí a diario; fuera, ¿qué hay que pueda servirme de algo?, ¿tal vez alguna esperanza sincera, algún anhelo diferente que llene más que todos los que pasaron por mi vida?; ya no resisto más a la gente ni aguanto la vulgaridad de sus risas, ni las locuras de sus pensamientos; ahora soy yo el que manda: lo he decidido.

Después de varias horas deambulando como un espectro por estos pasillos, asomándome a la fosa que tengo delante, esperando en vano la llegada del tren que no viene, salgo a la calle a respirar el aire frío del invierno; llueve, llueve en esta ciudad de cristal, de acero y de ladrillos; la atmósfera es rojiza, tenue, difuminada; no se ve a diez pasos de distancia pero me conozco cada uno de los edificios de memoria y sé, supongo, colijo y barrunto que están allí, altos, hieráticos, orgullosos, mirando desde lejos las diminutas hormigas que somos los hombres; algún despistado pasa junto a mí a toda prisa y continúa calle adelante; no se miran ya los hombres, todos callan, tal vez por la vergüenza de saberse semejantes; ese animal tan lacrado que nació como una excrecencia sobre la tierra, que se levantó vanidoso durante algunos años esperando la llegada de la vejez, ese mismo ser que volvió a la tierra y enmudeció para siempre…; no hay nadie más a mi alrededor, solamente la boca oscura del metro de donde salí hace unos momentos, el mismo orificio que me tragará pronto cuando vuelva a esconderme en las entrañas de la nada. 

De nuevo respiro la profunda emoción de este oculto subterráneo, mis nervios se agitan moviendo los brazos, las piernas, los músculos, en un intenso vaivén donde las contracciones son las que mandan y las que dirigen mis movimientos; las paredes, estáticas, me miran por los cuatro costados y experimento la soledad del huérfano, del que se sabe aislado de todos, del indolente que un buen día renunció a la vida y a esta sucia rutina que constituyen los días repetidos; oigo de nuevo el zumbido de la tierra bajo mis pies, de las piedras que se remueven, que se rozan unas a otras a cientos de metros hacia abajo, hacia la sima más profunda y oculta; ahora aguzo el oído y creo escuchar a mi lado unas pisadas suaves que avanzan hacia mí; mi cabeza se mueve y, aunque me faltan algunos trazos para poder reafirmarme, mi cuello voltea sobre mis hombros y observo con ansia el origen de estos sonidos; una luz difusa se contonea en el borde del último escalón, alguien se acerca, me tiembla el pulso, no quisiera por nada del mundo que la gente de fuera volviera a esta alcantarilla donde sólo las ratas, las miserias y yo mismo debemos estar; los sonidos aumentan, la luz se define, alguien está abandonando ya la bajada que le separa del mundo; pero lo primero que veo no son los pies o las manos de ese alguien; una escuadra de madera asoma suspendida en el aire, soportada por alguna fuerza desconocida, la forma se concreta, se vuelve definida, nítida, clara; es un rectángulo de tela extendida en un marco de pino; por el borde percibo unos dedos encorvados que sostienen el peso de esa masa extraña; en pocos instantes aparecen los pies bajo la tela inflamada; por encima vuelan cabellos ligeramente encrespados y morenos; es un hombre ⎯me digo⎯, un hombre el que transporta una especie de caballete al fondo mismo de la cueva ⎯algo totalmente sin sentido, la locura misma libremente expresada, el mundo excéntrico que retorna⎯; yo continúo sentado y ansioso, me extraña tanta elegancia en el porte del bulto; miro el reloj que anuncia la llegada de los trenes; nada, como siempre, parado en el mismo minuto, en el mismo segundo, eternamente esperando la llegada de un tren que nunca me llevará a mi destino; el desconocido se ha colocado a tres metros de mí; es relativamente joven, y sus manos son enérgicas, vivaces; todo su cuerpo se contorsiona mientras coloca el caballete a mi lado; luego coloca una bolsa sobre el extremo de mi banco y extrae de ella pinceles, botes de pintura irregulares, una paleta muy usada…

No cesa el misterio; espero a que por lo menos tenga la deferencia de saludarme, espero y espero y me cargo de paciencia, pero es como si estuviésemos en planos distintos, en universos diferentes, paralelos, aislados; el hombre se atusa el cabello y mira hacia los lados como si estuviese buscando algo, no sé si la inspiración que no llega o alguna sensación que sólo él conoce; de pronto se aparta a un lado igual que cuando alguien se cruza contigo y te toca sin querer un brazo, momento en el que sientes la violencia del que inunda tu espacio y te apartas, pero allí no hay nadie, nadie salvo él y yo; coloca ahora el caballete en la posición deseada, toma un pincel desnudo entre sus dedos, lo aleja, lo acota, como si estuviese midiendo alguna distancia, después mira hacia la escalera; se ha quedado observando la pared a medio levantar, seguro que los ladrillos herrumbrosos le causan, como a mí, desasosiego; deja el pincel en el banco y toma otro con su mano derecha; la paleta la sostiene con la otra mano, acerca las cerdas a la pintura y comienza a desplazar el pincel por el aire, después sobre la tela extenuada; de pronto y de manera muy suave la luz del túnel comienza a deshacerse en pequeñas fibras desnudas, observo las lámparas y compruebo que no son ellas las causantes de este nuevo colorido, todas siguen igual, pendientes del cielo, oteando desde la altura los sucesos del suelo,  las miserias de lo profundo y divisando desde la distancia la negrura que sale de las bocas del metro; todo se vuelve gris, un gris nauseabundo que inunda el espacio donde nos encontramos; los ladrillos de enfrente adquieren una tonalidad más rojiza, más real, como si unos obreros invisibles los estuviesen ahora mismo colocando, y los ojos del túnel nos observan ahora con más fulgor y con más hondura que antes; el hombre pinta un cuadro y lo hace con dolor, parando de vez en cuando para respirar, para apartar la mirada de las pinceladas marcadas a fuego sobre la tela, se ve que el artista sufre con su labor; me levanto, intento ver qué paisaje lleva entre manos, cuál es su estilo, por qué pintar en este sitio tan olvidado, pero cuando me acerco a su figura el artista parece alejarse y alejarse; y pienso que posiblemente sea una sensación mía, un efecto personal de mi propio ser ⎯de tanto tiempo como llevo esperando a que me saquen de aquí⎯, porque sin duda que sus dedos continúan dibujando extrañas figuras, densas capas, signos y líneas confusas; me retiro a un lado y trato de colocarme detrás de él para ver así mejor la obra; sobre sus hombros observo el mismo paisaje que tengo delante y que tanto conozco; a un lado el hueco perfecto del túnel que se expande como un sufrimiento hacia el otro lado, desapareciendo en lo negro; delante la pared infinitas veces analizada por mis ojos cansados, en medio la zanja insalvable y, además, todos los detalles que rodean el escenario de este cuento sin principio y sin final, de este cuento de la desesperación que intenta salvar un alma perdida de las inmundicias de lo que no comprende; el virtuoso ha expresado hasta el aire inerte que respiro, impregnando con extraña técnica todo el ambiente de un color ceniciento y sucio, como si toda la tela estuviese manchada por algo ruin y malévolo; admiro la destreza de esos dedos ágiles, de esas manos obedientes que se mueven al impulso del corazón, pero me desazonan sus ojos muertos, sus labios tirantes, su alma agrietada que intenta sepultar en la tela todo el odio que siente hacia el mundo; ¿seré acaso yo una figura más de su cuadro?, ¿es que la realidad no es más que eso, una farándula de colores donde nadie es libre y donde todo lo llevamos marcado en la sangre? 

Me duele la cara, la toco con los dedos y compruebo que mi silueta se disuelve, se ahoga en este aire gélido de realidad creada; siento miedo; por primera vez el terror invade mi alma y encoge mi cuerpo; quisiera poder hablar con este pintor para decirle que no me borre del mapa, que aunque yo sea solamente una figura, quiero seguir estando; que me conformo con ese poco de calor que me ofrece con sus suaves pinceladas; ¡quisiera decirle tantas cosas!, pero la realidad es la que es y el artista sigue pintando y yo continúo transformándome sin remedio.

Al cabo de un buen rato el pintor recoge todos sus bártulos y se va como vino, lanzando al aire sus suaves pisadas, sus tímidos coqueteos con el espacio, en un avance decidido y ligero; me duermo; el banco sostiene la parte de mi rostro que aún conservo, también mi espalda, mis brazos y mis piernas descansan; el túnel está iluminado e irradia una eterna vigilia sobre mis párpados; me duermo sin remedio, al fin, agotado por el cúmulo de emociones vividas; sueño con mi trabajo, me veo, desde fuera, bajando a la mina, erosionando con la pica y el martillo la frágil pared de azabache; y oigo toser a mis compañeros de fatigas; un cuerpo cae de pronto al suelo; el sonido es sordo, un cuerpo laxo no deja apenas huella cuando cae al fondo del esfuerzo, esas piernas y esos brazos no cavarán más las entrañas de la materia, no sufrirán más por todos nosotros; me duelen los huesos, cambio de postura y entonces, al girar la cara me hundo en el banco, despertándome; me falta ⎯lo noto⎯, un lado del rostro, apenas soy una silueta abstracta, una línea difusa, una pincelada obscena; mis ojos atraviesan los listones del asiento y veo perfectamente el suelo con las hormigas andando y alguna que otra cucaracha que busca un lugar para cobijarse; miro de nuevo el reloj y compruebo desesperado que no avanza, que el tiempo se ha detenido, que la infinitud me ha tomado en sus brazos y me lleva lejos de mi mundo; quiero morir, morir de una vez por todas, quizás para no mendigar un poco de vida sin sentido durante el resto de la eternidad. 

Aún me queda la boca para poder vomitar, y los recuerdos para conformar y rehacer el ambiente que me envuelve a su capricho; mientras nos queden bolsas de hiel que expulsar de nuestro interior seguiremos vivos, aunque este tipo de vida no sea más que una farsa, un problema sin solución, una esperanza quemada; ha transcurrido el tiempo; lo sé por la cantidad de desesperanza que llena mi alma; el reloj continúa parado en la hora eterna, las 7:30; pero ya he olvidado el día en que vivo, la semana, el año; ignoro si soy viejo o joven, porque en este esófago oscuro de hierro soy incapaz de valerme por mí mismo y camino de un lugar a otro como un recién nacido, desequilibrado y abstraído; lo único que parece real es la materia que me rodea y que da forma y sustancia al espacio concreto; si no fuera por la mecánica elasticidad de las formas nada tendría sentido, porque los pensamientos se esfuman, se moldean, se transforman, y en el mejor de los casos, desaparecen; ¡qué dolor! ¡qué dolor más infinito el de ver volar ante ti una esperanza que te cobijó durante toda la vida!; es el momento de enfrentarte a la existencia y al misterio de su fin, de su definida distancia, el momento de mirarte sin el espejo de siempre y de confesarte que has sido constantemente un iluso sin los pies en la tierra; por qué pensar cuando un simple pensamiento no es más que un jirón de tu propia piel, una tira arrancada que alimenta los sueños de los demonios; ¿quién ha querido que pensemos ⎯me pregunto⎯, que reflexionemos a lo largo de los años?, ¿quién puede haber deseado esta perversa ilusión de los deseos que nos embriagan y nos mienten?; tal vez la vida misma con sus grises matices, con sus grumos y pinceladas gratuitas; o quizás la imperiosa necesidad que todos hemos albergado de sabernos a salvo de la mediocridad, de ese insulso estado donde todo lo que hacemos o pensamos es semejante, armonioso, carente de originalidad, donde cualquier idea muere nada más haber nacido, sin haber tenido la oportunidad de rebelarse a los demás, sin haberse hecho un hueco en la masa mísera del mundo.

Dejo a un lado mis sueños recurrentes y me levanto del banco para comprobar una vez más que todo sigue igual y que las sombras recorren el túnel, los sonidos profundos continúan emergiendo de las entrañas de la tierra y que continúo estando solo, solo en medio de esta brisa amortiguada que entra por la escalera vecina; mi cuerpo eterniza la forma de una simple silueta dibujada con leves trazos confundidos en el aire; ¿es esto la muerte?, ¿una espera eterna?, ¿un vacío lleno de sollozos?; creo que ya no es hora de lamentarse sino de remontar el vuelo y vivir de nuevo, aunque esta vida sea creada por otro; y pienso en el artista, en su apartada distancia, en su trabajo obcecado, en la ilusión que acumula en cada trazo; pienso en él y le echo de menos y deseo que su cuerpo asome por la boca de entrada, rompiendo el equilibrio de luces y de sombras, creando, él mismo, una nueva realidad, una sustancia distinta, un momento diferente que anule todos los anteriores y me salve de esta eterna vigilia; espero sentado de nuevo sobre el banco; miro las lámparas altísimas, los techos ocultos en la negrura, la garganta del túnel que se acerca y se aleja formando con esta dicotomía una absurda paradoja de todo lo que es, de todo lo que se levanta para luego morir; y grito en medio de la nada, grito hasta que el pecho me duele, hasta que mis nervios se aploman y el aire se me acaba; luego llega el reposo y callo, miro hacia el suelo, observo las diminutas hormigas en procesión bajo mis pies, y me sacude una envidia terrible de no poder ser como ellas, civilizadas, trabajadoras, condenadas de por vida a un esfuerzo en el que no deben valorar nada más, sólo el trabajo, la tarea rutinaria, el pensamiento yermo y el sentido de sus días vacíos y sin esperanza; al menos ellas tendrán la oportunidad de morir aplastadas un buen día por cualquier trozo de materia o simplemente engullidas por otro ser de mayores dimensiones; pero tienen un último día, una postrera ráfaga de luz que entrará por sus ojillos y que será la señal tantas veces esperada; yo, sin embargo, sólo dispongo de la espera sin fin, del perpetuo incomprensible hecho realidad, materia, algo tangible; y por eso, la única esperanza que me queda es que el artista me salve; sólo él dispone de mi vida; lo único que necesito es que un buen día, mientras esté ultimando este cuadro inmundo y sin apenas sentido, decida que todo ha sido un sueño asqueroso; y en ese estado de comprensión y de generosidad ⎯un estado en el que las almas, cuando lo alcanzan, se muestran en plena disposición de amor hacia el hombre⎯, tome el pincel y deshaga todo lo hecho, rompiendo la tela en pedazos, destrozando las formas y disolviendo las líneas y los colores; sólo de esta manera mi realidad será liberada y podré descansar en paz, sin encarnar una pesadilla de nadie, sin dejar de ser yo mismo…

El artista pinta; no me he dado cuenta de nada; puede que lleve un buen rato coloreando las fantasías y los miedos de su alma; puede incluso que lleve allí de pie, junto a mí, toda una vida pintando y mostrando la vanidad y la arrogancia en cada pincelada; el experto deshace sus miedos en cada trazo, en cada vahído sacado de dentro; sus miedos, al fin, pueden ser expuestos plásticamente a la vista de todos; y luego, cuando la obra esté terminada, el pintor descansará como un niño hasta que de pronto otra angustia asalte su alma y se yerga sobre sí misma impidiéndole respirar, sembrando sus noches de pesadillas y de sueños insufribles; entonces habrá llegado el momento de bajar a la tierra con otro lienzo bajo el brazo para intentar recoger sobre la tela desmayada todas las miserias del hombre; asomo mis ojos de nuevo tras su figura; el corazón me late frenético; sus hombros mueven los brazos armados con el pincel azul de la desgracia; su mano perfila un ser anónimo sin ojos, sin rostro, sin figura donde la esperanza de ser reconocido pueda aferrarse; este ser mira hacia una mesa transversal donde cuatro o cinco siluetas examinan su paso por la tierra; un tribunal de odio y de herejía que abre sus fauces tragando la libertad y la cordura de los hombres; un episodio que se repite una vez y otra llenando las existencias terrenales de sombras alargadas, de nichos abiertos, de fosas húmedas, cálidas, vaporosas; son como tributos a un más allá venidos de pronto; los trazos se marcan suaves, rozando, acariciando la tela reticulada, apenas unas líneas difuminadas en forma de hombre; y cuando compruebo que ahora se trata de una obra nueva me echo a temblar y siento odio por este ser que me mata sin remedio, condenando mi espíritu, anclándolo en el seno mismo de unos hilos cruzados y sucios; siento odio por mí mismo, por todo lo que me rodea, por este hombre que busca en el arte una mejor forma de vivir y de morir, un camino expedito hacia la nada, una esencia sin fondo que le salve de la rutina que constituyen sus días y sus noches, una manera distinta de salvarse o al menos de intentarlo; y le aborrezco sobre todo por no darse cuenta de que lo que él crea con el color esparcido es otra materia real, con vida, con alma, con sabores dulces y amargos, por todo esto le odio y por saber que la ignorancia la lleva prendida en cada matiz expresado, en cada misterio que le procuran los colores con todos sus matices; miro de nuevo el reloj de mis noches a la luz tenue de los faroles encendidos, y me sorprendo pensando que ahora ya la eternidad se comprime en medio de su propio ser, ahora la infinitud deja un resquicio a la esperanza; el rectángulo numerado, vivo y elocuente ⎯con su plateada elegancia, con sus dígitos esquinados, rojos, dolientes, encendidos en medio del negro aroma de la muerte⎯, marca por fin la hora esperada: las 7:31.

El vuelo de las golondrinas (1913). Giacomo Balla (Turín 1871-Roma 1958)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 15. Tannhäuser. Antonio Florido

Fisonomía 15 
TANNHÄUSER

Por Antonio Florido

     
El señor Arthur acaba de despertar. Ya anda el día reclamando su despedida. Por lo azul de las nubes, que se vuelven grises al paso por la ciudad. El sol, escondido, disimula su cansancio y de vez en cuando asoma sus débiles y últimos rayos entre los huecos esponjosos. Una sombra adelantada y enorme va cubriendo las casas, resbalando por los infinitos tejados en declive, hasta tocar con sus flecos las puntas de los árboles. El olor de las aceras sube hasta las ventanas semiabiertas y entra en los hogares. Un aroma a viejo, como de moho enfurecido por el transcurso del tiempo. A esta hora de la tarde la criada suele cerrar los ventanales, corriendo las cortinas hacia el centro, adormeciendo las estancias. Y luego, cuando la oscuridad ciega los ojos enciende los candelabros, creando un espejismo de siete llamitas repetidas, en una doble escalera, hasta que todas alumbran al compás mientras la mujer viaja por los pasillos comprobando la aceptable armonía de la vivienda. A eso de las ocho la mesa primorosa con su vestido de gasa, calada en los extremos. Una cena en la esquina espera la llegada del viejo, que se roza los párpados, aún recostado. Sucede así todos los días. De lunes a lunes. Pero hoy, en la noche del sábado, los señores salieron al teatro. Ahora estarán en el palco, con los brazos sobre el borde en curva, rojo y aterciopelado. No se acuerdan, embelesados, del anciano que dejaron entre las sábanas, como un recién nacido, enroscado entre sus pliegues, los brazos arrugados, el cabello ligeramente rubio, aunque escasísimo, por la edad, que ya maduró hasta los noventa bien adentrados. El matrimonio respira hondo hinchando sus pechos cuando, al fondo, el telón comienza a subir lentamente. La orquesta silba sus primeros acordes y el silencio es total, sólo abortado por algún que otro inoportuno carraspeo. 
     Arthur abre por fin sus ojos viajeros, que tantas escenas han vivido. Está el hombre a punto de claudicar de la vida. Pero aún le quedan al anciano algunas ansias encerradas en lo más profundo de su mente. El filo de la cama se muestra arisco, elevado, formando una cresta alrededor del valle donde el cuerpo aviejado ha estado descansando toda la noche y buena parte del día. Huele a carne podrida, a cieno encalado en unas paredes floreadas, a ligerísima humedad en lo alto, donde el techo, lejano, permanece quieto en actitud esperanzada. Arthur no es capaz de hilvanar dos pensamientos seguidos. Eso era antes, cuando aún los años no habían descarnado su cuerpo. Ahora, en el retiro indolente, su pensamiento aparece alumbrado por unos escasos vaivenes inopinados, como en un sueño, adormecido en el transcurso de las horas. Esta tarde, sin embargo, el viejo soñó. Y en el sueño se notó fortalecido, como en sus tiempos mozos, viajando por esos países de lenguas extrañas, por esas modalidades irreconocibles, de gentes crudas en el rostro, encendidos algunos, atractivas las hembras que le miraban como al señor que vino desde tan lejos, con la maleta reservada, en una mano pendiente. A Arthur siempre le sedujeron los viajes en tren. Trenes llenos de gentes sin nombre, de niños raquíticos y de mujeres golosas, de hombres con sus hatillos, de perros ladrando, de revisores que no revisaban apenas, a él siempre, repito, le atrajeron esos viajes, como si fueran unas despedidas de mentira, ir y no ir, huyendo del trasiego de la rutina, que también ella se torna a veces resuelta y protestona. Esta tarde el viejo se esfuerza por sacar las piernas sin la ayuda de nadie. Sólo se trata de un esfuerzo simple, aunque gigante para sus años. Elvira estará en cualquier parte del mundo. Para Arthur la casa es enorme, inabarcable, despedida hacia lo lejos igual que el horizonte se nos adelanta cuando avanzamos. Siempre escuchó el rumor del uniforme cuando ella fregaba en la cocina o cuando caminaba lenta, salvajemente, por los pasillos. Hoy solo hay silencio. Roto ahora por el roce de sus piernas que doblan el ángulo buscando una posible salida. El suelo está tan bajo que al hombre se le dispara en lo que puede su débil corazón. Ya sus pies retorcidos apoyan el suelo. La alfombra le acaricia unos dedos conchosos, como los dedos de mi abuela, cuando vivía, recuerdos que no me abandonan, que los llevo prendidos hasta el fin, hasta que todo este misterio esté resuelto. El anciano siempre duerme con el pijama. Una sencilla camisa abotonada y unos pantalones que se le suben hasta las rodillas en el instante en que Elvira le cubre con la sábana. Ese detalle nadie lo averiguó jamás. Tampoco tuvo nunca su importancia. Porque hay minucias tan engreídas que alzan el cuello hasta alcanzar el límite exacto de su elasticidad, intentando subir en la escala, para pasar de pequeña insolencia a una pincelada más gruesa. Hoy, ya casi de noche, la sombra en la habitación. Encharcando los muebles, las paredes, el techo de fatigada lámpara, la puerta de molduras enervadas, el arcón, la cama, la percha, las sillas, el galán hierático y orgulloso. Arthur, el anciano, despega la sábana, retira esa piel que le cubre desde hace ya tanto y busca la perilla blanca. Sus dedos se muestran torpes, temblorosos, y por los labios, finos y cárdenos, fluye una baba transparente que nunca se atreverá a secar porque nunca se dará cuenta de su existencia. Hay características que son indudables. Ese peinado primerizo de los adolescentes, cuando embadurnan sus cuellos con el perfume que les regaló su amada. La postura erguida de los maduros, entrados en años, años disimulados porque todavía un bozo ligero de la pasada juventud asoma a sus rostros. Y la tímida inclinación, disimulada, de los viejos que apenas escuchan lo que otros declaman, por la sordera, que les entró lentamente, como un gusano ondulando sus movimientos por los oídos, hasta el fondo, hasta que logran sentir esa cálida ternura de los huecos ocultos. Arthur logró levantar el tronco. Ahora permanece sentado sobre el filo escarpado y rocoso de la cama, con la sábana a un lado, arrugada, caliente, callada. Descansa el viejo. Su respiración se va calmando poco a poco. La luz, ya encendida, marca unas sombras opuestas a las terribles realidades. Siempre tuvieron esos ángulos las mismas aberturas, desde el principio, cuando su hijo propuso lo que propuso. Ahora ya era un poco tarde para cambiar las cosas. Las piernas perdieron sus vellos. Flacas, colgadas hacia el suelo, por la piel que se le adormece. En la mente del viejo asoma en estos momentos un pensamiento fugaz. Se siente perdido, alejado de toda posible aquiescencia, lejos de todos, apartado como Elvira, cuando la mujer se oculta tras las puertas cerradas.
     Tal vez si pudiera…
     Agarrado al arco curvo de la cama el anciano se ha puesto de pie. Intenta mantener el equilibrio, recordando cómo lo conseguía cuando aquello de tan lejos. Ahora el cuello le respondía cruelmente. Si movía más de la cuenta la cabeza, o simplemente los ojos en direcciones cruzadas, el vértigo aparecía en redondo alrededor de su cuerpo, y luego la caída. Por eso Arthur se movía muy lentamente. No había prisa. Ninguna. Esa eterna compañera de la vida que se mueve empujándote, reclamando de ti una mayor desenvoltura, ahora estaba, como él, casi dormida. Los pantalones se le fueron cayendo desde la cintura estrecha. El viejo con la camisa doblada, los dos botones de arriba desabrochados, aparentaba una especie de decrepitud, sólo evaluada con los ojos de la renuncia y del recuerdo, cuando a mi cabeza llegan ahora esas otras imágenes perdidas en la consciencia de mi vida. Arthur pensaba caminar. Hacia alguna parte. Todavía no había decidido el destino, pero al viejo le apetecía cambiar el rumbo de sus rutinas, esparcir por el suelo su destino cercano, viajar de nuevo, conocer otra vez a esas gentes de antes con las que apenas cruzaba de vez en cuando una mirada furtiva, deseaba el hombre salir de su cuerpo, ser el señor Arthur de siempre… y el tren en su retina, con el sonido metálico de sus ruedas macizas, observando desde la ventanilla paisajes inventados, horizontes que nunca más volvería a ver, como todos esos ojos de enfrente, ojos dirigidos a los suyos, como de niños y de ancianos, tan lejos aún para él en la distancia, tanta osadía guardada en la frente de los otros, cuando se levantaba a estirar las piernas o simplemente cuando dejaba desocupado su asiento para una señora entrada en años. Añoraba así, de esta manera tan insospechada, esos viajes antiguos. Ahora el hombre, esta tarde de oscura presencia, necesitaba viajar de nuevo, sentirse útil en su desenvoltura, atravesar con sus piernas las lejanas praderas de los salones, salvar los puentes apasillados de puertas cerradas. Dejó la luz en una tenue fosforescencia crepuscular. Un ocaso en el interior de la habitación. Miró hacia atrás y sintió una leve pesadumbre al tener que abandonar el espacio de sus últimas tardes. Sin embargo, Arthur se había decidido al fin. Con sus dedos agarrotados sostuvo el picaporte que cedió rápidamente en una curva hacia el fondo, suave, silenciosa, un giro que le abrió quedamente la ancha planicie moldurada y blanca. 
     Mientras tanto…
     El señor Stepelton y su esposa aparecen sentados, extáticos, como ausentes de sus pensamientos cotidianos cuando el telón, sobrio y de un verde agua maravilloso, con algunas tesituras en declive, va subiendo lentamente frente a un público expectante. Un patio de butacas silencioso. Únicamente podríamos oír, de poder, los latidos incesantes por el comienzo de la obertura que claman ya las trompas, los fagots, los clarinetes impolutos en sus brillantes apariencias, todos los instrumentos cantando en grupo, una armonía in crescendo al principio, acelerando las pulsaciones de la gente embelesada, que no se atreven a mover sus cuerpos de los asientos. Luego alcanzan los oídos el decrescendo majestuoso que deja limpio el espacio, antesala de lo que pronto sucederá en el escenario. Y esos coros, a ambos lados, como presencia articuladora del drama, lanzando al aire las voces de Los Peregrinos, voces empastadas, dúctiles, explosivas… El matrimonio, como dos figuras de cera, ha vuelto al principio de todos los tiempos, cuando esta historia de la vida hubo comenzado. El anciano quedó atrás en sus pensamientos, absorbidos ahora por la dulzura y la presencia de las cuerdas, con sus sutiles y brillantes pasajes, y los metales, poderosos, deslumbrando por encima de los invitados, ya en el concertante. 
      Arthur ha movido uno de sus pies, adelantando el movimiento, atrevido en su esencia, con el carácter que le quedó al hombre de cuando entonces. El otro pie, observado desde la altura de sus ojos desea también seguir al primero y, en un arrebato juvenil, se adelanta hasta conseguir establecer un paralelismo casi patético. El cuerpo apijamado ya se encuentra en el pasillo, la puerta tras él quedó abierta, como si nada en su mundo estuviese sucediendo, solamente el sonido crujiente de los muebles encerados de caoba, y el polvo en el ambiente, cuando choca insensible con los planos inventados. Arthur se anima y el anciano repite el movimiento de antes, avanzando siempre su pie derecho, mientras sus manos, huesudas y articuladas, se aferran a la pared más cercana, la cabeza siempre al frente, con la mirada acompañando, el temblor de sus rodillas que, ante semejante singladura, se resisten al avance. Una pequeña infantería de tejidos y de arterias sofocadas camina ahora buscando al enemigo en la batalla, en su propia ofensiva comprendida, porque el viejo desea ser un hombre de nuevo, igual que al principio, cuando era un pequeño renacuajo enjuto y rubio, junto a la falda de su madre, en el olor grato de esos tules, ansiando aquellos días pasados en la tibieza de un hogar que le atrapaba. Sin embargo, el recuerdo viene y va de su mente, así como a lo tonto, jugando con el devenir de su dueño y el viejo pierde la consciencia de lo que hace y de lo que quiere. Mira a lo lejos, a esos reflejos en el suelo, donde las losas ajedrezadas alternan sus colores, y nota en el alma un miedo a lo lejano, dudando en ese instante si seguir con su locura, que le llora en los oídos, o si regresar y echarse otra vez en esa sepultura con forma de cama. Ahora se le apagó al viejo la cordura y la comprensión de los hechos y sus piernas le avanzan el cuerpo hasta la mitad del pasillo, cuando la criada se cruza con él y le roza con desgana, mirando la cara del anciano con asco y con un cierto regusto podrido, como avergonzado, y la mujer, rebosando una juventud insolente, entra en la habitación del señor y se cruza de brazos sin saber a ciencia cierta qué debería hacer en ese caso. La joven, en su noche libre, ha sido obligada a cuidar del anciano, solamente estando allí, que no hace falta ningún acto definitivo, porque todos saben que el viejo duerme como un niño cansado y la joven, pensando en la noche fugitiva que se escapa de sus manos, en las estrellas del paseo, donde seguro que los señores caminaron con las manos enlazadas, para hacer tiempo, allá en el Lenchenberg, bajo los tilos olorosos y mullidos, junto al teatro, al lado de otras parejas maduras, arrastrando ellas los velos de los vestidos y ellos con los cuatro dedos introducidos en los bolsillos de sus chaqués. Sin embargo, el tiempo sigue con su apático progreso y ya el anciano ha tocado el filo postrero del pasillo, donde se rompe la compostura y comienza lo doblado, formando un ángulo desconocido para él hasta ese momento, ya que Arthur lo ha olvidado casi todo, en su casa de tantos años, resuelto como él era no hacía mucho, tan joven, en sus viajes, cuando regresaba y la difunta señora le recibía con la alegría en los labios, ahora su hijo, el señor, el distinguido señor Stepelton, figura con el labio inferior colgando, de la mano inseparable de su esposa, embobados ambos con el primer acto en un andante majestuoso, con una estructura enrevesada pero grata para los oídos ignorantes. Ambos esposos embelesados, casi en una salvaje salida del alma, oyendo desde su palco las violas y los chelos que se afanan en lo cromático, en esa peregrinación antesala del perdón con el que termina la primera ofensiva, en sus ochenta compases clavados en los asistentes, cuando el telón del principio, ahora, con mayor majestuosidad si cabe, surge del cielo bajando con una lentitud exasperante, y la gente, en sus asientos, se llevan los pañuelos a los dedos, por si acaso, aunque los más mesurados han decidido la espera, por el qué dirán los compañeros de asiento, que ya se sabe.  
     El señor Arthur se aproxima al salón. La mesa dibuja un centro ovalado y sobre ella una sutil vestimenta preparada para la cena. Esta noche los señores, ausentes, abandonaron los asientos y las tres sillas de costumbre aparecen desocupadas, arrimadas a la mesa, bajo ella, casi escondidas. Solamente una de ellas, la del fondo derecho, muestra su ancha lamia figurada, suave y tersa.  Elvira espera sentada mientras observa la aventura de su amo en el trajín viajero de esa tarde. Nota la sirvienta un denso desajuste en su interior, como un pequeño temblor que comienza lentamente a surgir. Un temblor, casi mudo, que se va transformando en un tenso y agrio sentido del deber. Elvira imaginaba su paseo por el parque bajo la crepuscular escultura de las nubes, soñando con una vida pasajera, una vida inventada con el anhelo de salir corriendo hacia algún sitio desconocido. Mira al señor acercándose escandalosamente lento, y ese tardo y pausado avance enciende el rostro de la damita, tan bello y delicado. Elvira sabe que la sopa se enfría y que su trabajo apenas ha servido de nada. Pero los señores no están en casa y probablemente, por otros días similares, llegarían ya bien anochecido, cuando la madrugada abriera la puerta de la casa y se notaran por los pasillos las risas afortunadas de los pequeños burgueses, risas y caprichos de dos viejos bobos que creían a pies juntillas que habían conseguido comprender el verdadero secreto de sus vidas. Pero la doncella, ajustada como siempre a la rutina, sueña y sueña, en un viaje onírico, en mitad de la tarde que huye, que se fue, bajo la noche desesperada, mientras ella queda allí, junto al viejo, sepultada de por siempre, cuando sus padres le dijeron, la casa de esos señores es una de esas de cierto abolengo, hija mía, y ella por aquellos días, miraba el rostro de su madre que apartaba los ojos hacia un lado, y luego hacía lo propio oyendo los consejos de su padre, matices que en el centro de su adolescencia aún no comprendía. Sin embargo, asintió como una buena hija y desde aquel entonces el viejo señor Stepelton maduraba en su mente sin poder remediarlo, y soñaba con él, que se moría el viejo, en un arrebato de locura y en el centro de un horrible alarido. 
     El anciano se había quedado quieto. La abertura del salón le hubo tomado la escasa cordura y los recuerdos se le escaparon, evaporados en la estancia ricamente adornada. Elvira, sentada y esperando, volvió de pronto a la realidad y en un arranque inopinado, sin razón alguna que así lo justificara, en un volcán de su pecho que le había sacado la rabia del alma, se levantó bruscamente y tomó con descaro el cuerpo del viejo y lo arrastró, tirando de sus hombros, con arrojo y violencia, con un desconsuelo impropio, como si el viejo fuese sólo un saco de patatas. Tiró de él con un ímpetu rencoroso y vengativo, por la noche desertora enmarañada en sus pensamientos. El viejo abandonó las escasas fuerzas de sus pies, y las piernas comenzaron a desplazarse hacia la mesa como si fuesen dos ridículos hilos de carne. Deberíamos comprender la actitud de la doncella si, como ella, tuviésemos la certeza de que nuestra vida se nos va de las manos. Comprender sin justificar, por supuesto, aunque la moza, joven y fuerte, seguía con el cuerpo del anciano entre sus brazos y con un vaivén definitivo lo acomodó sobre la silla apoyando los pies del viejo en el suelo, poniéndole las zapatillas que tal vez el anciano nunca se había colocado, apoyando la espalda deshecha sobre el dibujo misterioso y enigmático de la lamia de caoba. Luego le colocó el babero, de una tela blanca, impoluta, hasta la cintura, apretado ligeramente a un cuello diminuto y con la cuchara en la mano comenzó a meterle el caldo a empujones, cucharada tras cucharada, con prisa, con la rabia todavía en el cuerpo, llorando quedamente por su desventura, mirando al viejo de rostro granulado, donde la nariz, respingona y las orejas enormes colgando de los lados, daban al señor una apariencia un tanto ridícula y esperpéntica. 
Comenzaron los sátiros, las sirenas y las ninfas en su clamoroso despliegue, creando una escena sensual y atractiva, en un despertar del Venusberg majestuoso. Los esposos, que ya habían descansado en el entreacto, se miraban de hito en hito, intentando cada uno aparentar un delicado y delicioso entendimiento de lo que en el escenario estaba sucediendo. Pero en el fondo de sus almas que, como todas las almas, permanecen siempre en completo mutismo, ambos eran conscientes de que su sitio no era aquel, y los dos se sentían desubicados y a destiempo, como en otra realidad creada para los entendidos, tal vez para esa otra clase de señoras y señores más ricos y más encopetados. Sin embargo, solamente se trataba de la pura ignorancia encarnada en la convicción de los señores Stepelton. Ahora sonaba en el teatro el coro de los peregrinos, a cuatro voces sobrias y fervorosas, hombres cantando a capella, en el extremo desconocido y más alejado de los esposos, pero hasta donde alcanzaba ese característico motivo sincopado donde la cuerda convierte al oyente en uno más de la ida y la venida, que se acerca y se aleja por el camino. El éxtasis más puro y sincero en los esposos. Casi un lloro disimulado. Él se quitó el guante de cabritilla y aferró con más fuerza los delicados deditos de la esposa, en una convulsión del alma, intentando comunicar a la señora Stepelton lo exagerado de su emoción. La esposa volvió la mirada hacia el marido cuando el coro femenino inoculó en ella los ecos idílicos y sensuales del sottovoce, cuando la entrada de los Invitados creó en el público la sensación de que los artistas pasaban por unos momentos comprometidos, pero luego, al final, cuando llegó la hora del concertante, la técnica impecable les mostró a todos la enorme y verdadera precisión del libreto de Wagner.
     Arthur Stepelton siente los labios abrirse por la presión de la cuchara. El caldo se le escurre por los filos arrugados buscando el cuello. Elvira ni siquiera le mira cuando toma del plato las repetidas y rutinarias cucharadas que introduce en la boca del viejo con una desgana incomprensible. Arthur no piensa en que el caldo le quema la lengua. No siente nada. Tampoco piensa en sus recuerdos, porque aquello tan lejano y tan denso, aquello que llenó toda su vida introduciéndose en el cerebro, ha desabrochado las emociones y, éstas, alocadas y libres, se alejan del anciano para no volver a él nunca más. Las manos le tiemblan y no es capaz de percibirlo. No logra controlar esos movimientos pequeños, ridículos, eléctricos, que dibujan a su alrededor una calcomanía grotesca. Un hedor sube a lo alto, mezcla de rencor y de insana alegría, de miedo y de ganas de salir corriendo, miedo a todo lo que a ambos ahora les rodea, con la insulsa y tal vez inútil tarea de alimentar a un viejo que pronto dirá adiós a este mundo. Ella lo sabe y lo sufre en silencio. Solamente se manifiesta esa terrible venganza en la boca y en el cuello del viejo que aparecen de un rojo intenso, ardiendo por el calor excesivo y despreocupado de la sustancia. El caldo se acaba. Casi todo cayó sobre el pecho hundido, empapando el babero, manchándolo, escurriendo por esas arrugas que ni siquiera los ojos de Arthur le prestan atención. Traga y traga desposeído casi de la vida. Ya se terminó la sopa. Pero todavía permanecen sobre la encimera de la cocina el puré de carne con tuétano de buey, solea u vin blanc, el faisán y la piña, manjares que Elvira elaboró con esmero sabiendo que ella misma sería la encargada de saborearlos. De pronto, el viejo, tal vez agarrado a un ligero y fugaz rayo de cordura, se levanta y comienza a dar vueltas a la mesa sin objetivo alguno, al menos sin ningún fin comprensible, salvo, quizás, rememorar ese vaivén cuando en los viajes el cuerpo se le iba de un lado a otro, en el pasillo, mientras caminaba alegremente, por aquellos entonces. Elvira, asediada por esa dura costra de coraje que de vez en cuando todos sentimos, también se levantó abandonando la mirada del viejo y se fue a la cocina para untar un poco de tuétano de buey sobre una porción de panecillo espolvoreado con sal.  La locura y la desidia anidaron desde ese instante en la casa de los señores Stepelton. Hasta que a la sirvienta se le cruzaron los panecillos en la frente y, en el seno de una furia descontrolada, asió al viejo que en esos momentos todavía caminaba pausadamente alrededor de la mesa y lo arrojó sobre el sofá de terciopelo azul. El cuerpo del anciano cayó sobre el mullido tejido y cerró los ojos, por las comisuras de la boca fluyó, entonces, un líquido viscoso, oscuro, de una compacta apariencia. El pijama totalmente arrugado frente al pecho de Elvira que de tanto subir y bajar, le estallaba en la conciencia. 
     En otra parte de esta historia, sin embargo, los señores Stepelton continuaban paladeando la ignorancia del arte que, sin entenderlo, intentaba introducirse en el pensamiento de ambos. Había comenzado ya el último acto. Casi terminada la obra. Wolfram contemplaba a Elisabeth que rezaba a la virgen. El amado no aparece. La resignación en un rostro bello, rosado, como de hada en sus sentidos. También, como en la casa, en el escenario ha caído ya la noche. Unos acordes sutilísimos del arpa, que surgen en el aire, invisibles y tímidos. Las luces se apagan y nace un cortejo, con el ataúd sobre los hombros… Ya el final. El coro de nuevo, esta vez acompañado por las bellezas de las maderas, otorgando a la escena una sonoridad más mística, si cabe. Los dos coros cantan ahora al unísono, en una explosión orquestal elevada y cautivadora. Y en este momento los dedos enlazados de los esposos aprietan con fuerza mientras el viejo Stepelton es apaleado por Elvira, en una violencia dulce, fina, elegante, en un canto divino como las voces de los coros, un tono voraz, el engendro y el desengaño, tal vez la propia apariencia de la eterna burguesía henchida de un gozo profundo. 
      La noche desleída obliga a que tanto la señora Stepelton como su marido, se abriguen bien a la salida del teatro. Van paseando bajo las luces tenues y tontas de las estrellas que el frío del cielo ha dejado al descubierto. Pronto llegarán a su destino. Y lo primero que harán será entrar donde el viejo Stepelton duerme. La sábana le cubrirá el cuerpo que poco a poco se va difuminando en el misterio al que nosotros llamamos vida.  Tal vez la luz del techo se haya quedado prendida. Pero ese diminuto detalle, insignificante en el mar de las dudas de nuestros días, sólo extraerá de ambos una leve sonrisa burguesa y hedionda de complicidad.



Plaza de Italia (1913). Giorgio de Chirico (Volos 1888-Roma 1978)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 14. La ciudad. Antonio Florido

Fisonomía 14 
La ciudad

Por Antonio Florido

      
(El autor de este texto, con su original modalidad literaria, expresa, sugiere, descubre a su manera sentimientos y sensaciones que ha dejado en él la obra de Mario Levrero, uno de los principales escritores uruguayos de las últimas décadas).



De escaparate, al fin. Mario Levrero muestra una irreductible capacidad para angustiar. De manera real. A su forma. Aunque el inconsciente se rebele. Me coloco al lado. Del hombre que sale de casa y camina. En la oscuridad de la tarde noche. Llueve. Un almacén escondido. Para el ser necesitado. El individuo cae. Ni me preocupo. O sí. No sé. Avanzamos y subimos al camión. Cuatro bultos apretujados. Una mujer, allí. Hermosa. Tibia. Morena. Cuchicheos a tres bandas. Y los pensamientos cruzando, veloces, sobre mi cabeza. Después dormitamos. El vehículo detiene su respirar. Y nos sacan a empujones. La hermosa abre las piernas. Coloca la juntura en la espalda del otro. Yo, detrás. Callado. Embobado. Esperando. La hembra ríe. El otro no lo percibe. Caminamos por la senda del desconsuelo. Levrero se afana en asfixiarnos. Torcemos a la izquierda. A la ciudad, vamos. Pero ella coquetea con el sueño de todo varón. Ambos enloquecemos. Antes no quiso, allí, sobre el suelo. Abrir su blusa emergente. Ahora la estación. El bar. La zapatería, que detiene su ambular por el mundo de lo trágico. Molina sospecha, sueño en lo de Mario. Echevarría ve difícil de presentar, la novela. Pero yo no. Porque la sufro. Viviéndola. Me sumergí en ella. En esta ciudad de mentira. Donde las cosas sencillas son apenas alcanzables. Me preocupo por ello. Por nimiedades. El tiempo avanza. Conozco a Giménez. De la mano de él. Ignoro su nombre y sus arrugas. Nadie lo dijo. Pero me preocupa el detalle. Y pienso en doña María componiendo los estantes desbocados. Y el hombre que mira, desde el bar, hacia la calle. Luego lo supimos. Nos odiaban. Nos temían. Ella en el lado. Con la mano en alto. El de azul la llamó. Sentí celos, con él. Quiero decir, con el otro. Como si el otro y yo fuésemos. La misma persona. Uno en dos. Mario. Del grupo de los raros. O sea, de los que no mienten. Levrero no escribe. Él siente. Luego, las palabras. Dibujadas ellas solas sobre la tela. De papel. De imprenta. Que busca. Unos ojos. Sencillos. Inocentes. Que lean de lo suyo. Nació en Montevideo, por el 40. Hasta el 2004 sintió en los libros. La ausencia del genio. En la mente de los entendidos. Hasta que te metes en la piel de Zapa. Y entiendes. A Kafka renacido. O a Levrero en Praga. Que lo mismo es. Lo uno que lo otro. Tras el descanso entramos en la oficina. Para escuchar una sonrisa afeminada. Aunque no tanto. Cenamos. De manera inconfundible. Unos platos hechos por manos. Ignoradas. Debemos abandonar las cauciones. De la vida que nos tocó. Y relajarnos. Y no esperar nada de lo que viene. De camino. No podremos cambiar. Nada. Esa es la asfixia. Tremenda. Del que vive soñando. O sueña leyendo. O lee viviendo. Y soñando. En un círculo oscuro. Tenebroso. El mismo que Levrero inoculó. En el ser desaprensivo. Que un día. Se atrevió a tomar. Uno de sus libros. En las manos. Y abrirlo. Y confundirse en él. Giménez. El absurdo reglamento. Tal vez no. Para absurdo habría que conocerlo. ¿Es así la vida? ¡Quiero escribir! ¡Quiero escribir! Anclar las ideas al papel. Leerlas mil veces. Tal vez un millón. Hasta que mis ojos se sequen. Luego la bicicleta. La oportunidad del trabajo. Sin fin. Y sin descanso. Lo despreciamos. Sólo el ansia nos puede. De encontrar a Ana. En la carnadura de la. Hembra que se fue. Como vino. La vereda cambió su reloj. Por la bicicleta. Por el viejo. Por su generosidad. El mismo viejo que juega a ser niño. Anduve deprisa. Tras él. Claro, yo iba a pie. El otro pedaleaba. Allí no estaba. A veces los sueños son insaciables. Inagotables. Como cuando corres. Perseguido por algo. Que te atrapa. Sabiéndolo desde antes. En el alma un clamor. Con la piel erizada. El mal nos distrae. Junto a los perros que chillan. Y los niños que ladran. Ana no está. Giménez no rio. Sólo se limitó. A tocar una pieza. Maravillosa. En el aire musical que vuela esplendente. Con los dedos regordetes. El hombre. Con la sensualidad rebosante. Esa excrecencia que alguien. Nos otorgó. Para nada. La plaza delante. Por decir algo. Y los borrachos danzando. Brincando. Poderosos. De ebrios. Ciegos. El pasillo. Las llaves encendidas. Menos la necesaria para cumplirse. El propósito. De evitar un desastre. El individuo caminó a ciegas. Millones de veces. Por ese pasillo. Con olor a la hembra. Indecisión. Una garganta, la mía, apretada. Hasta la extenuación. Después el sueño. Vívido. Abierto a la vida. Infame. Del que desea. Sin más. Ofender al destino. Las cosas se mofan de uno. De todos. Tal vez sea mejor la paciencia. Demorar. Posponer lo atrevido. Pisotear el tiempo. Como se pisa una mierda. Que apesta. A vacío. Levrero grita: ¡Mirad hacia vosotros mismos! Yo lo asumí hace tiempo. Desde antes de nacer. Por eso descubro en los demás. Lo que me falta de todo. Por lo tullido. Sintaxis narrativa de lo interior. Según el autor, esto es. Tomar un sueño. Retorcerlo. Comprimirlo. Y del jugo componer. Mi realidad. Eso dijo el maestro. En esta primera entrega. De su inicial trilogía. La ciudad. Cruel. Expansiva. Agobiante. Hasta que la joven rubia exclama: “¡No, aléjate!”. Todo termina con la ruina de la razón. En esa estación de lo absurdo. Donde viaja nadie. Salvo tú. Y tú. Y todos los que sigan. Las sendas. Marcadas. Por Mario. Un viaje barato. Sin pretensiones. Sin quimeras. Un viaje sin destino. Sólo en el alma. O en el amor a la vida. De cada día. Con una simple evanescencia del sol. Que más tarde se pudre. Y se aleja. De nuestra vista.
Quedamos abandonados. Por esa nostalgia. Y pesadumbre. De Levrero en las venas. Desde el principio. Lo habíamos intuido. Sin atrevernos. En verdad a reconocerlo. Somos Levrero repetidos. Un uruguayo de ojos despiertos.




Plaza de Italia (1913). Giorgio de Chirico (Volos 1888-Roma 1978)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Cajón de rubores. 13. Verde pantano al amanecer, crítica. Antonio Florido

Fisonomía 13 
Crítica de la novela Verde pantano al amanecer
Autor: Guille Paier (Argentina)

Por Antonio Florido

      

Leer Verde pantano es una necesidad en estos tiempos. Nace en la agonía existencial de un autor que corre por la vida con la mirada puesta en el posible detenimiento que ya se huele y que más tarde llegará. Pero ya se vislumbra, digo, ya el amanecer de los días eclosiona en el horizonte, más allá de las aguas, donde se mezclan los colores tullidos de esos tiempos de confusión.
Berti, Quique, Cora…

De sabrosa y gran narrativa. En la historia se definen unos personajes que apuntan las esquinas de unos compromisos audaces. No siempre cumplen el guion establecido y, entre ellos, se vuelca el tapiz de la confabulación y el consentimiento. Confianza del uno en el otro que se torna en una vertiginosa sospecha evidente. De vivas voces en los espacios más insospechados, surge el tono denso del agasajo y la disputa, en la voz del bonaerense, del puritito argentino que se jacta de serlo.

Una apuesta y un atrevimiento. ¿Qué saldrá de esta aventura compartida? Los hechos se suceden en un amasijo de palabras que corren con la velocidad del entendimiento de quien lee. A veces los mismos árboles se empeñan en ocultar, pero la médula pervive y se muestra en todo instante. Se percibe la desdicha, una sudestada implacable. Uno quiere la participación para encauzar los acontecimientos pero los actores son auténticos, crueles y soeces, sarcásticos, tristes y a veces cómicos, humanos. Aunque en todo caso el tema te queda de costado y te conformas con la lectura, sin mayor pretensión que el paso del tiempo saboreando, saboreando…

El Caras, Kat Silvera, Baigorrita…

Más allá de las puras descripciones, de personajes y de espacios, de emociones y futuros, la prosa es una yuxtaposición de cañizo, una estructura estructurada sobre sí misma, una paradoja de la creación en la que sin querer todos se expresan y todos se confunden. Se trata de un ejercicio en el que el idioma se hincha con la presión del invento. Sí, el español gana. Hay un rescate y una exposición clara de la palabra, como si la palabra se colocara en un altar y nos hincásemos de rodillas y le rezásemos, sí. Una frase cortada se apoya en la siguiente y se forma una articulada escritura de puntos que nunca serán capaces de caer. Se crece la propia organización, cruje el propio sentido del crecimiento.

Urbe, edificaciones, sueños, playa, viento, sexo, miradas, pausas…

Sintaxis, en la conjetura de una soñada expresión matemática. La misma se vuelve tonta al no entender por qué la tratan de esta manera. Un patrón único, particular del autor y que solamente él conoce, nos lleva al sentido exacto de la expresión que inocula un pensamiento que después se contradice y se solapa con otra perspectiva en un declive licencioso, en un marasmo y un querer que se prestan al compás de lo que uno desea y necesita. Pausas y gestos, nunca un autor dijo más con menos, nunca nadie supo hablar a medio pelo, con trabalenguas y suposiciones, no.

Paier…

Comienza la historia con un juego de luces en el cielo, en la explosión de las palabras a media banda. Uno, dos, tres hablando, cuatro llega, cinco mira, seis acepta, siete observa, anota, piensa. El lector duda de poder llegar hasta el final si la cosa sigue en este tono. Guille logra establecer un lazo entre los personajes y la sensible amistad de ese lector enceguecido. Uno se hace amigo de los pibes y de las minas que brotan como por arte de magia. Eso, ese milagro es obra sólo del autor, no lo olvidemos. Como un Tolstoi en medio de su heredad, labrando codo con codo con los mujiks del labrantío, asistimos al desbroce continuo de la epigrafía sobre la dureza del entendimiento, porque sólo estuvo acostumbrado a la dicción sencilla del occidente, pero ahora le llegó el Paier y le tomó de las solapas y le dijo: leé pibe, tomá, leé.

La eclosión y la locura de los artificios pincela toda la obra. El ritmo se mantiene, como el interés por continuar leyendo. Nunca decae. De vez en vez, entre el amasijo de indicaciones, de idas y venidas, de locuras y calmas, el lector encuentra un remanso de agonía donde el autor descansa. Le habla al cielo y al agua, a la esperanza y al remordimiento, a los dioses del augurio. Le vemos allí sentado con los ojos en alto hablando a esa conciencia que nunca detiene su dichosa costumbre de dudar, de poner en cuestión todos los hechos, de auditar hasta los suspiros, a esa gnosis que le dice que ya basta, que ya tuvo bastante, que la vida es más que eso, es otra cosa, otra bien distinta si se la entiende con la humildad de un nacido, con la sencillez de un paseante…

En síntesis, se puede afirmar que la obra Verde pantano al atardecer, es también un ejercicio de análisis heurístico, donde el autor nos muestra que comprende en profundidad los dos aspectos sustanciales de lo que estamos hablando, esto es, la realidad y la ficción, la quebrada tesitura de la materia y la angustia humana del ser perdido, la reverberación del alma que ansía encontrarse y llegar, la catarsis, la bruma despejada, el viento de la libertad más allá de la pura edificación pasajera y fútil. Dos mundos entendidos que Paier pone en comunicación, comparándolos.

Ese es el camino que uno entendió al leer, y tal vez la enseñanza si es que se trata de eso, de encontrar una posible simetría en la conciencia.

Verdaderamente encomiable.

Verdaderamente aconsejable su lectura.

Foto: Verde pantano al amanecer (2603x1319px, 2K)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.