Polvo del camino/ 5

La puerta amiga

Héctor Cortés Mandujano

El hombre, ese es el misterio…

Trabajo en este misterio, porque quiero ser hombre

Citado por Geir Kjetsaa,

en Dostoyevski, la vida de un escritor

Leo dos novelas breves de Fedor Dostoyevski: Noches blancas y El diario de Raskólnikov (Espasa-Calpe, 1990). La segunda es la extensión del clásico Crimen y castigo, y son los hechos y reflexiones de Raskólnikov, después de haber cometido sus crímenes y ocultado la evidencia, pero la primera la escribió Fedor cuando aún no padecía la tortura de la epilepsia, que lo acompañó toda su vida, ni había pasado los terribles años de encierro en la cárcel de Siberia, ni había sentido la desgastante pasión que experimentó por el juego.

            Noches blancas tiene una trama sencilla y ocurre en las calles de Petersburgo, durante cuatro noches y una mañana. El narrador se enamora de Nástenka en las cuatro noches y la pierde en un abrir y cerrar de ojos. Su vida ha sido tan desgraciada que se consuela con aquel instante (p. 86): “¡Dios mío! ¡Todo un momento de felicidad! Sí, ¿no es eso bastante para colmar una vida?…”.

            (Me gusta: una gota de alegría resulta mayor que una catarata de desgracias. En realidad, conozco a mucha gente con la visión contraria: han tenido una vida anodina, más o menos normal, que les daría, si quisieran, para intentar ser felices, pero se hallan varadas/varados en un hecho nimio que las/los hace infelices: un día se fue papá, mamá no me quería, el hombre/la mujer de quien me enamoré me dejó… Fruslerías, incapacidad emocional, disfunción, ganas de sufrir. Una gota de dolor echa a perder un océano de vida. Dostoyevski, según Kjetsaa, su biógrafo, vivió una vida de penurias y no se quejaba: lo pasado, pisado.)

            En el inicio, este pobre hombre (volvamos a Noches blancas), que no tiene ningún amigo, nadie que le consuele, siente amistad hasta por las casas. 

(Aquí debo hacer un apunte local, para que se entienda el punto final que he decidido compartir contigo lector, lectora: Hay países de colores pardos, oscuros, que homogeneizan las fachadas de las casas, los colores de puertas y ventanas. Nunca un verde eléctrico, un rojo pasión, un amarillo chillante. Camina nuestro hombre, pues, por una calle donde las casas se muestran gemelas, uniformadas y, por eso, como redil de ovejas, se sienten parte de un conglomerado: parecidas, similares.) 

Ve una de ellas en su recorrido solitario y piensa que es “su amiguita” y (p. 11) “he aquí que escucho un clamor lastimero: ‘¡Qué me han pintado de amarillo! ¡Qué bárbaros! ¡Qué perversos! ¡No respetan nada!’ ”.

Fotografía: Shitterphoto.