El sabor de la libertad
María Gabriela López Suárez

Para Andrea, mujer guerrera y amiga.

Esa mañana invernal de fin de semana era bella, el solecito estaba radiante, el cielo azul con sus nubecitas blancas y el aire frío le daban un toque especial. Cecilia había destinado su tiempo para ir al bosque a leer, se sentó en el piso, bajo árboles de pino. Tomó el texto que su colega Felipe le había compartido, era un ensayo creativo, se sintió contenta que le hubiera compartido su borrador del texto para comentarlo.

El viento soplaba fuertemente, se escuchaba el caer de las hojas, de las ramas pequeñas, los árboles se mecían al ritmo de la ventolera. El canto de los zanates acompañaba ese paisaje sonoro. Unas ardillas juguetonas también se asomaron a hacerle compañía, subían y bajaban de los árboles. Por algunos instantes una se posó frente a Cecilia, como observándola, luego siguió su carrera.

Cecilia levantó la vista al cielo, era inmenso, sin fronteras. Recordó la primera vez que fue a un centro de readaptación social femenil, jamás olvidaría esa impresión. El cielo le pareció distinto cuando en algunos puntos la vista se perdía y solo se veían los cercos de la prisión, rodeados por los alambres circulares que sobresalían de las altas bardas. Ese día sintió una opresión en el corazón, se había propuesto no llorar al ver a la compañera que había ido a visitar, no puedo cumplir su propósito. El sentimiento fue mayor y desde ese momento su aprecio por la libertad fue distinto. 

Al salir de ahí Cecilia se llevó un mar de pensamientos y sentimientos, visitar a Luisa le dejaba muchas reflexiones. La vida ahí no era fácil, se podía palpar y percibir, después comprendería que la libertad tiene muchos significados más que simplemente transitar de un lugar a otro. 

Siguió visitando a Luisa, fue compartiendo con ella reflexiones distintas. Con el paso del tiempo Cecilia se percató que aunque llegar y entrar en ese espacio de prisión seguía siendo de fuerte impresión por todo lo que implicaba, la sensación cambiaba cuando charlaba con Luisa. Percibía en ella su fortaleza, su madurez ante la vida, el valor que implicaba para ella la libertad estaba presente en su palabra, en su mirada, esa libertad era para la vida, más allá de las ataduras que podría significar la prisión. Una frase de Luisa le quedó grabada en su corazón y en su mente, romper el silencio nos da libertad.

Pensó la certeza de Luisa al decir esa frase, sobre todo porque en muchas ocasiones no se alcanza a dimensionar los alcances de la libertad y todo lo que implica para las personas. Luisa había alcanzado su libertad más allá de la prisión, eso le había dado la fortaleza para continuar en la lucha diaria hasta obtener la libertad  y salir de ese espacio.

Cecilia sintió con más fuerza el frío del viento, nuevamente vino a su mente que justo era una mañana como  ésa, cuando comenzó su aprendizaje sobre lo que significa el sabor de la libertad. Desde su corazón abrazó en la distancia a Luisa, amiga y maestra para la vida. 

El salto de una ardilla juguetona la hizo volver al presente, continuó leyendo el ensayo de Felipe, la historia la fue atrapando.

Fotografía: Jimmy Chan.