Coautoría 

Dámaris Disner


Mi gata no sabe de buenos modales ni de horarios. Maúlla afuera de la puerta de mi cuarto, mientras con sus extremidades delanteras la rasga para anunciarme su presencia. Cómo si no lo supiera. Su hora favorita es de una a dos de la madrugada, justo cuando puedo leer un poco. Debo ir al baño a expulsar los miedos que me provoca explorar mis lúgubres certezas en los textos leídos. Al salir del cuarto, como si nada ante la insistencia de dejarla entrar, me sigue para acompañarme. Dejo entreabierta la puerta. Maúlla. Salgo y me rebasa con sus siete kilos de peso distribuidos desde sus orejas hasta su ondulante cola. Me gustaría ser tan segura como ella. Entramos a la habitación. Intento leer de nuevo. De un salto se acomoda entre mis libros, justo encima de ellos. Nada es más importante que acicalarse su pelambre blanco y gris. Debería aprender de su egoísmo. La observo. Se da cuenta. Se detiene. Hojeo la única novela que dejó libre su pesado cuerpo. Es una estrategia para distraerla. Se lo ha creído. O eso me hace creer. Cambia de posición y sigue acicalándose. Vuelvo a perderme en ella. Tengo miedo que un día ya no la veré hacerlo, que los soles de su anguloso rostro se eclipsen para siempre. Como un tatuaje intento conservar su imagen. Emite un breve maullido, parece decirme -Ey, estoy aquí, no me despidas aún. Siento un escalofrío. La dejo hacerse un ovillo mientras el fantasma que se filtra con ella, en este ritual diario de madrugada, me dicta lo que ahora escribo.

Fotografía: Flickr.