Polvo del camino/ 6

Imagen y espejo*

Héctor Cortés Mandujano

Durante mucho tiempo, en Oriente y Europa las mujeres no se representaban a sí mismas en el teatro. No había actrices sino, en su lugar, actores. La razón, decían, es que quien conocía mejor el alma de las mujeres eran los hombres.

            Sobre esta costumbre se han hecho varias obras. M. Butterfly, de David Henry Hwang, por ejemplo, cuenta la historia real entre el diplomático francés Bernard Boursicot, que se enamoró del actor chino Shi Pei Pu, a quien vio representando a la Madame Butterfly, de Puccini. 

            Las varias heroínas de William Shakespeare (Rosalinda, Lady Macbeth, Julieta…) eran representadas en teatro por hombres jóvenes, llamados “boy actors”. Sobre ese equívoco hay una comedia hollywoodense, Shakespeare enamorado(1998, dirigida por John Madden), donde lo raro es que una muchacha, por amor, interpreta a Julieta como si fuera un hombre disfrazado de mujer. 

            Varios siglos después, para avanzar con pinceladas grandes, Virginia Woolf, en su célebre ensayo Una habitación propia (1929) terminó con la discusión diciendo que los escritores cuando desarrollan su trabajo deben ser ni hombres ni mujeres, sino andróginos. Ella escribió, en atención a su aserto, varios libros dando voz a personajes masculinos: La habitación de Jacobo, Las olas, Los años, Orlando

Hago todos estos prolegómenos porque la breve novela Años de carnaval (Tifón, 2019), de Alejandro Aldana Sellshopp, asume para contar una forma teatral, el monólogo, y porque su narradora, María Luisa Díaz del Castillo, y el personaje a quien dirige su discurso, la tía Maruca, son dos mujeres unidas en la pasión por un hombre.

            Contada en segunda persona y con protagonistas mujeres, una joven y una vieja, la primera influencia que salta es la famosa Aura, de Carlos Fuentes, pero la novela de Aldana parece ubicarse en su natal Yajalón, con sus chismes, los proverbiales abusos de los poderosos y la vida pacata de sus personajes populares, hasta la llegada del nuevo y joven piloto, Fernando Herrera, que desata el amor apasionado en Maruca y María Luisa; la una, vieja quedada, y la otra, de 25 años, que se queda en el pueblo cuando Fernando tiene que huir por haberse enfrentado a golpes con uno de los caciques, don Edelmiro, en defensa de una mujer indígena.

            En esta novela, como en otras del autor, se muestra de nuevo el choque entre los ladinos y los indígenas, si bien desde la perspectiva de una de las favorecidas de la fortuna (la económica, se entiende). Tiene como otras de Aldana, el estudio del pueblo y sus habitantes, la tensión racial, la rebelión, los muertos, que aquí son telón de fondo en la historia de estas mujeres enamoradas. 

            Para juntar más las personalidades femeninas, María Luisa da prestado su vestido de quinceañera para que Maruca se vista de novia, antes de morir en la revuelta, pero los dos destinos parecen unidos no sólo por esa prenda: una y la otra, imagen y espejo, son abandonadas por un hombre y viven solas, encerradas en mentes torturadas por la fantasía de creer que la realidad va a amoldarse a sus sueños.

            Alejandro Aldana ha hecho ya un estilo característico de escritura, ha creado un mundo particular para el trascurrir de sus tramas y es, sin dudas, uno de nuestros narradores imprescindibles. Hay que leerlo. Y Años de carnaval es una, otra de las oportunidades. Aprovéchenla.  

*Texto leído en la presentación de Años de carnaval, de Alejandro Aldana Sellshopp, el sábado 22 de febrero de 2020, en la Casa de la Cultura de Ocosingo, Chiapas.

Fotografía: Fotografierende.