Revista

Paso de fuego. Las ruinas de Troya. David Andrade

Por David Andrade*

Las ruinas de Troya

Todas las mañanas 
los pájaros me miran en los espejos, 
devoran mi sombra y mi negro destino;
dejan sobre la mesa el lápiz duro 
y la verdad muerta,
el canto disecado de las aves: 
¿sólo los caballos sabrán de mi muerte?
 
En el estudio donde todas las noches escribo
siguen los libros abiertos
en las mismas páginas,
en los mismos planos, 
las calles de la ciudad de altos muros. 
Ahora estoy postrado en la cama, 
no recuerdo nombres
ni fechas.
 
La luz se filtra entre las flores, 
las hiere 
hasta envejecerlas
                                y
arrancarles su perfume: 
fin último de la naturaleza.
 
 
La oscuridad es una vela que juega con el viento, 
quiere contarme el secreto de la geometría, 
imagen negándose
en la luz.
 
Ahora que no puedo ver
sólo existen las sombras 
de los objetos que nombro.
Todo dentro de mí gira:
estoy en Argos, 
soy la ciudad de Príamo; 
tengo las joyas de Helena,
estoy casado con una griega,
no me permiten seguir escavando en tu nombre      
                                                                                        Homero.  
 
¿Cuál es la medida exacta de mis ojos? 
Ahora me veo con el cuerpo herido 
lleno de llagas
a punto de morir.
Quién no ha muerto en el hilo de Ariadna,
en el violín ciego y oscuro;
tantas horas leyendo las mismas fojas,
buscando algo que me acercara a tu verdad;
pero tú te alejas como los albatros 
por el mar que borra huellas y ciudades. 
 
Nadie me recuerda, 
¿y si me recodaran? Qué sabrían de mí: 
¿todos los idiomas en que te busqué? 
¿Las figuras de barro? 
¿Esa sed de dromedario sin palabras?
¿En qué desierto me curé de tu piel? 
 
Agua y fuego el alfabeto
que marcó mi destino,
oráculo de noche sin estrellas,
días que calan los huesos.      
Fotografía: Shitterphoto.

*Sobre el autor:

David Andrade. Yajalón, Chiapas. Estudió en el VII Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores (SOGEM) en San Cristóbal de Las Casas en el 1999. Es coautor de libro Del Caos a la Palabra en 2001. Dirigió la revista Espejo Humeante. Autor del libro Encadenados al Fuego en 2019. Es miembro de los colectivos literarios Los Amorosos del Espacio y Abriendo Caminos José Antonio Reyes Matamoros.

**Sobre el poema:

«Las ruinas de Troya», poema de la colección Encadenados al fuego, 2019, editorial Tifón.

Voces ensortijadas. 14. ¡Paletas, paletas! María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 14

¡Paletas, paletas!

María Gabriela López Suárez

El calor en la temporada de abril era bastante seco, la lluvia no parecía querer asomarse. Eva y Julieta tenían muchas ganas de salir a comer helados a la plaza central de su ciudad. La cuarentena no se los permitía. No era fácil para Belén y Matías explicarles a sus hijas pequeñas que debían mantenerse en casa y esperar a que la contingencia sanitaria pasara. Hacían el intento por distraerlas, pero continuaban insistiendo.

A Belén se le ocurrió que jugaran a ir a la paletería, ante esa idea Julieta, la mayor de sus hijas, dijo,

—Pero juguemos de verdad. ¡Yo quiero comer paletas de hielo!

El rostro de Belén se puso rojo, mientras Matías sonreía disimuladamente. Acordaron que el juego sería una tarde de fin de semana. Matías se comprometió con Belén a que cuando fuera por la despensa, compraría frutas de temporada para que les hicieran a sus hijas las anheladas paletas. Y así fue, mangos, fresas, duraznos y moras fueron las frutas elegidas para preparar las paletas. No les dijeron nada a las niñas, sería su sorpresa.

El sábado por la tarde, mientras Julieta y Eva jugaba a armar rompecabezas, Belén y Matías prepararon las paletas, sin que ellas los vieran. Belén preguntó qué hora era, las 6 de la tarde le dijo Matías. Hora de tirar la basura, esta vez le tocaba a Belén esa tarea. Juntó las bolsas, se puso el cubrebocas y salió a la calle.

Aunque el sol comenzaba a ocultarse el calor era aún fuerte. Al llegar a la esquina se percató que las calles estaban desoladas. Mientras volteaba del otro lado, se dio cuenta que el único que iba a casi una cuadra de distancia de ella era un señor mayor empujando un carrito de  paletas de hielo. Un sombrero pequeño, como de palma, un pantalón color beige y una playera acompañaban la silueta y el andar cansado del vendedor.  Recordó que la mayor parte de quienes vendían paletas de hielo eran adultos mayores. En plena emergencia sanitaria seguro las ventas estaban muy bajas y ellos necesitaban el salario y tenían que vender. —De haber salido antes lo habría visto y comprado paletas para hacerle el gasto— pensó.

Regresó a la casa. Se lavó las manos, rocío su ropa y zapatos con gel antibacterial casero y fue a la cocina. Entusiasmado, Matías le mostró un letrero que había diseñado de manera creativa,  para jugar a la paletería con las niñas. Al observarlo Belén imaginó al señor paletero gritando: ¡Paletas, paletas! Y a mucha gente a su alrededor, comprándole para mitigar el calor de la temporada.

Fotografía:  Annelies Brouw.

Universo breve. 12. Pago por evento. Damaris Disner

Pago por evento

Por Damaris Disner

No era el tipo de película que le gustara ver pero se quedó hasta el final. Era la premier de su ópera prima como guionista.

Fotografía:  Roberto Nickson.

Polvo del camino. 14. Natividad y Lorenzo de Monteclaro. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 14

Natividad y Lorenzo de Monteclaro
Héctor Cortés Mandujano

Conservo el alma llena de grillos,
tengo canicas en los bolsillos
 
“La vida”,
canción de Alberto Cortez

 
 
Por unas reparaciones, hay albañiles en casa. Traen celulares con sus canciones favoritas y las oyen a todo volumen. En uno de esos días, en la mañana, cuando salí al trabajo, oían la clásica “Me dejaste abrazado de un poste”, con la maravillosa y campirana voz de Lorenzo de Monteclaro.
          Cuando era niño, en El Ciprés, la finca en que nací, sólo oía música ranchera, y me gustaban, claro, las canciones y las interpretaciones de Jorge Negrete, Pedro Infante, José Alfredo Jiménez, Lucha Villa, Lola Beltrán, Amalia Mendoza, Antonio Aguilar y una larga nómina. Pero mi favorito, por sobre todos ellos y ellas, era el gran Lorenzo de Monteclaro, de quien, además, ponían su versión de “La paloma” cada vez que alguien moría en el pueblo cercano, es decir, casi a diario. 
          También, como los albañiles, la soltaban a todo volumen y por la magia de la bocina nos llegaba hasta el rancho.  Esa canción, si la oyera de nuevo, con seguridad me daría tristeza. Como soy hedonista, no la oigo: siempre he preferido el placer al dolor.
 
Una de las presencias amadas de mi infancia fue mi prima Natividad. Me oía, conversaba conmigo, contestaba con paciencia mis preguntas y, cuando ya no estuvo en la finca, me escribía. Las cartas de Naty (las perdí en una de mis muchas mudanzas) son uno de los tesoros de mi memoria. 
          A ella le dije una vez, recuerdo, que Lorenzo era el mejor cantante del mundo. Naty me vio con atención y me dijo algo que a mí me pareció enigmático: “Eso piensas ahora; cuando seas grande vas a cambiar de opinión”.
Me pareció una idea horrible: ¿De modo que ser grande sería traicionar al niño que era? No, me dije, y le respondí a Naty: No, yo seguiré pensando que Lorenzo de Monteclaro es el mejor cantante del mundo.
          Mi amada prima sonrió: “Tal vez, pero para ese entonces habrás oído a muchos cantantes, habrás oído otros tipos de música y sentirás que Lorenzo de Monteclaro te gustaba, pero ya no. La mayoría de las veces, a los adultos ya no les gustan las cosas de la infancia. Cambiamos. Así es la vida, primito”. 
          Pues qué vida tan hija de la chingada, tan traidora, pensé, y me alejé de Naty, meditabundo, rumiando lo que me había dicho.
          Y ahora que oigo de nuevo a Lorenzo de Monteclaro (los albañiles se están clavando en los oídos y el alma “El señor de las canas”), me doy cuenta que muchas cosas de la infancia me siguen gustando mucho, que no me he alejado del niño que fui, que soy todavía aquel que se alegra con el viento, que le gusta ver la luna y las estrellas, que se siente feliz sólo con cerrar los ojos y soñar, y que también sueña con los ojos abiertos, fascinado del aire nomás, de la lluvia, de la vida…
          Y que sigo queriendo tanto, como cuando era niño, a mi prima Natividad, a quien abrazo en estas líneas.
Ilustración: HCM.

Parábolas del uroboro. 8. Verdad oculta en la ironía. Ilse Ibarra Baumann

Por Ilse Ibarra Bauman

“Yo no entiendo de esas cosas;

sólo sé que aquí me vine 

porque, si es que soy mujer,

ninguno lo verifique.”

Sor Juana Inés de la Cruz 

La ironía en el entorno

En esta ironía lo que interviene es el origen de un hecho concreto en un tiempo y un espacio preciso; sujeto al juego de la contradicción. Estas colocaciones se vuelven manipulables en el ámbito periodístico. El escenario que pudo ser lineal se trueca para ganar mayor público.

Hay frases que dentro de momentos inesperados aluden a mejorar estas contradicciones que pudieron ser propicias como: “no hay mal que por bien no venga”. 

Para Schoentjes, la ironía del destino (o situación) se encuentra en la vida cotidiana, sin embargo estas situaciones han dejado huellas trascendentales en muchos eventos: “Este sentimiento se observa hasta en las historias más simples que se pueden resumir en algunas palabras: desde Guillotin guillotinado (…) ladrón robado…” (Schoentjes, 2003, p. 47). 

Estos eventos se producen precisamente dentro de la línea de la fatalidad. Uno de los ejemplos que da Schoentjes en su libro de Poética de la ironía dentro de este contexto y, a su vez, intrínsecamente dentro de la narrativa, es el cuento de El patito feo de Andersen, que ha dejado su imagen grotesca para convertirse en un hermoso cisne. 

A lo largo de la historia de la literatura se encuentran estos accidentes o peripecias del destino: Edipo ReyDon Quijote de la ManchaLa vida del buscónLazarillo de Tormes… son algunos ejemplos que se encuentran dentro de la narrativa. 

la ironía de situación pervierte la relación entre el ser y el parecer de los personajes. Nuestra visión convencional del mundo nos demanda la identidad de apariencia y realidad y supone que lo que parece es. La ironía es precisamente la que desmiente esa verdad (…) para la ironía no es oro todo lo que reluce. (Schoentjes, 2003, p. 53)

El mal y el bien se mezclan en la vida cotidiana, los convencionalismos están diseñados para todas las sociedades y el bien común, pero ¿qué pasa cuando brincan destellos de simulación o de situación con el fin de gozar las carencias o caer en los yerros del destino? 

La persona, en este caso el autor, está consciente de su chanza y usa una técnica que está acostumbrado a manejar cotidianamente. Para manejar la ironía es necesario tener el pensamiento fijo a una base condicionada por el contexto social en donde se vive y requiere un desarrollo amplio de diferentes informaciones, incluyendo los significados del hablante que llevan una intención. Dentro de estos intercambios están las convenciones afectivas, sociales y culturales. Estas informaciones se complementan y crean una ironía más minuciosa.   

(Continúa en la siguiente entrega…)

Fotografía: cottonbro

Paso de fuego. Soñar Grecia. Alejandro Aldana Sellschopp

Soñar Grecia

Por Alejandro Aldana Sellschopp

para: Luz y Emiliano

La tragedia encendida de los hombres es al mismo tiempo un espacio expresivo: el poema, y un espacio geográfico: Grecia. Sin duda no hay una cultura más citada y reelaborada que la griega, Jorge Abarca regresa a Itaca para observar con sus modernos ojos el mundo de Pericles del siglo V a.C., camina por las empolvadas veredas de los pueblos donde surgió parte de la filosofía presocrática, relee sus preceptos, y escucha a lo lejos las rapsodias homéricas. 

            Jorge escribe sus poemas entendiendo que Occidente debe los puntales más profundos de su civilización a Grecia, por lo que ubica a los griegos como uno de los padres de las artes y las ciencias; pero sobre todo del humanismo. 

            Abarca explora los conceptos antiguos: poema y poeta. Si bien, para Platón el más grande poeta es Homero, Jorge posa su mirada tanto en la épica homérica, como en la  lírica de Arquíloco:  

“Su nombre lleva el peso de un demonio 

con la llama en la punta de su lanza, 

quemante partitura con que avanza 

en los inmensos mares de los Jonios».

            Vemos al poeta rebelde, su lanza mata al enemigo; pero también destila versos rabiosos, ahí va cruzando el mar de los Jonios dispuesto a contribuir a la colonización de tasos. Arquíloco es pieza fundamental en el libro, ya que conjuga los dos oficios que alimentan a su vena poética: Arquíloco fue a la vez soldado y poeta. 

            En Arquíloco podemos ubicar al poeta que se constriñe a su individualidad, canta su sentir desde su propia experiencia; sin embargo, Jorge Abarca nos muestra la otra cara, la voz épica en Homero:

“Soy Homero, la nota más brillante

del alfabeto y su música de aliento,

en los amaneceres palpitantes

de toda la amplitud del firmamento”.

  En ambos poemas, los versos fluctúan en aproximaciones silábicas al endecasílabo; los ritmos se modulan a partir de la temática y la naturaleza del lenguaje elegido. Al hablar de Arquíloco, el autor lo hace a través de una voz poética que se ubica en la omnisciencia, observa y retrata; por el contrario en Homero la voz enuncia desde la primera persona, su grandeza se describe en la fuerza de los versos. Homero se presenta como la nota más brillante del alfabeto, un alfabeto creado desde las florituras de los Fenicios; pero también a partir del lenguaje primigenio del poema.

            El soneto que abre el poemario centra su temática en la guerra, una constante en todo el libro. El poema lucha desde los recursos de la estética contra la inmisericorde guerra a grado tal que la convierte en sujeto, ésta se desenvuelve en toda su ferocidad, se yergue  en el ritmo de los versos para llenarse de contenidos semánticos. La Guerra es ahora un ser que se individualiza, adquiere personalidad y nueva fuerza. Abarca nos muestra el siguiente terceto: 

“Profundo es el latido de la Tierra,

del insaciable músculo de Guerra

encerrado en la música que nombro”.

            Jorge Abarca realiza sus prolegómenos anunciándonos la naturaleza estética de su libro, el músculo de Guerra está encerrado en la música de los poemas. Y es menester decir que nuestro autor construye su poesía desde una rigurosa elaboración de estructuras musicales, tonos y semitonos, metros clásicos y versos libres que se armonizan para conseguir excelentes pasajes poéticos. Sus sonetos y tercetos encadenados parten de tonos altos, rozando en muchas ocasiones los ecos del canto.

            Jorge Abarca escribe sobre Grecia sabiendo que los filósofos y héroes que aparecen en sus versos han sido soñados por miles de hombres y mujeres durante siglos, entiende que sus creaturas son parte de ese sueño inmemorial, y esa es su apuesta, invitarnos a soñarnos en la Grecia antigua.             En el poema Los minoicos  nos aproxima a la grandeza griega, es decir el poeta tiene una organización cronológica de su material, los minoicos aparecen como ese pueblo prehelénico que habitó la isla de Creta, la siguiente estrofa es ejemplar:

“En todo el esplendor del firmamento 

    de los antiguos cretenses, como Minos, 

una forma de luz su pensamiento: 

sobre el olivo, los vinos y el trigo”.

 Jorge Abarca encuentra su respiración “natural” en el endecasílabo, este tipo de verso lo encontremos en todo el poemario, por momentos recurre a las rimas asonantes y en otras a las consonantes. Abarca refiere a la cultura minoica como un momento de esplendor, Minos representa a los antiguos habitantes de la isla de Creta, y realiza la comparación trópica al decirnos que el pensamiento de dicho pueblo era luminoso, y el remate del cuarteto goza de singular belleza en su construcción de enumeración, colores y texturas, sonidos, tonos y semitonos. Los sustantivos: olivo, vinos y trigo, tienen la combinación fonética parecida, fijando los sonidos rectores en dos vocales, la i y o, el orden a su vez es preciso, primero la i y después la o.

            Jorge Abarca presenta al poema a la manera de Antonio Quillis, al comprender al poema como un texto lingüístico en el cual el lenguaje, tomado en su conjunto de significante y significado como materia artística, alcanza una nueva dimensión formal, que, en virtud de la intención del poeta, se realiza potenciando los valores expresivos del lenguaje por medio de un ritmo pleno. 

            La combinación de significante y significado y sus diversas implicaciones estéticas se encuentran sumamente cuidadas por Abarca, jamás pierde de vista que, a pesar de las rigurosas estructuras que utiliza, está frente a una materia artística, sentimiento, visión sensual y técnica logran acoplarse para generar una forma nueva de expresión. Abarca potencializa los valores expresivos del lenguaje mediante el cuidado de los ritmos. Nuestro autor marca su tonalidad en lo alto, la partitura se compone desde ese primer acorde.

            La tragedia encendida de los hombres es una invitación para viajar por un sueño, recorrer en la cresta del ritmo lugares ignotos y familiares, ver nuestro propio rostro en el brillante escudo de los héroes homéricos, observar a la humanidad en los ojos de Príamo y en el noble gesto de Aquiles, escuchar el eco de la luz en el profundo pensamiento de los filósofos y sus elucubraciones. Este libro es una puerta de excelentes versos hacia el infinito.  

Fotografía: Tobias Rehbein.

Paso de fuego. Encadenados al fuego. David Andrade

David Andrade*

Encadenados al fuego**
                              A Alejandro Aldana
 
 
El fuego se devora a sí mismo,
verdad encadenada rebelándose:
llama doble. 
                     
Sombras salen de las cavernas
del monte Helicón,
armonía de dioses ciegos
que saben y dominan todo.
 
Como los hombres ahogados
dejan su rastro en la noche,
asesinan el cielo, 
cazan buitres en la roca del Cáucaso:
naturaleza herida de nombrar las cosas,
vacío de llenar la oscuridad.
 
Nada los detiene, ni la misma Nada,
ni la tierra ni su nombre 
que niega sus pasos.
¿De qué dioses están hechos,
que siguen encadenados al fuego?
Fotografía: Shitterphoto.

*Sobre el autor:

David Andrade. Yajalón, Chiapas. Estudió en el VII Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores (SOGEM) en San Cristóbal de Las Casas en el 1999. Es coautor de libro Del Caos a la Palabra en 2001. Dirigió la revista Espejo Humeante. Autor del libro Encadenados al Fuego en 2019. Es miembro de los colectivos literarios Los Amorosos del Espacio y Abriendo Caminos José Antonio Reyes Matamoros.

**Sobre el poema:

«Encadenados al fuego», poema de la colección Encadenados al fuego, 2019, editorial Tifón.

Parábolas del uroboro. 7. Verdad oculta en la ironía. Ilse Ibarra Baumann

Por Ilse Ibarra Bauman

“Yo no entiendo de esas cosas;

sólo sé que aquí me vine 

porque, si es que soy mujer,

ninguno lo verifique.”

Sor Juana Inés de la Cruz 

Ironía

El siguiente capítulo se basa en el análisis de Pierre Schoentjes sobre la ironía La poética de la ironía, (2003), Ediciones Cátedra. Madrid.

De generación en generación

Al pretender el origen de la ironía se ha llegado a varias posibilidades de su significación. Se relacionó con el vocablo griego eironeía ya que eíron pudo ser el que interroga y eiró el que declara. 

Pero se está en un hilo sumamente delgado para dar legalidad a su formación. Ya que, como nombra Pierre Schoentjes en su libro La poética de la ironía publicado en el 2003 por la editorial Cátedra en el capítulo dos, para Aristófanes (450-385 a.C.) eíron se aplicó a personas no recomendables como también a un tipo de comedia antigua. 

Pero no importa cuál sea el más convincente de los términos, ya que éstos se bifurcan en el significado final de la palabra. 

Porque la ironía actúa como una burla que es declarada por alguien. Así que no representa respetabilidad una persona que ha tomado a un individuo para hacer uso de sus defectos o en todo caso de su ignorancia para ridiculizarlo. “La Retórica presenta al eíron como una persona a la que hay que someter por su hipocresía (…) y que puede excitar la cólera para su carácter despectivo (…) el irónico busca su propio placer; el bufón, el de los demás” (Schoentjes, 2003, p. 33).

            El irónico no busca agradar a los demás, sino que siente un placer lúdico ante la sombra que impera al descubrir la flaqueza del suceso o del individuo. No se da cuenta que esa flaqueza representa una verdad añorada.

            Aristóteles tomó como clave para el eíron el hecho de fingir. Pero al aparentar sabiduría se está muy cerca de la duda, aunque sea un poco. Sin embargo Sócrates aparece como un ignorante ante sus discípulos con los que dialoga haciendo preguntas de lo que él estaba consciente, esta ironía socrática únicamente compete a la dialéctica por lo tanto tiene lugar en las pláticas con sus alumnos. 

Como dice Schoentjes, “era irónico cuando decía que no sabía nada” (2003, p. 38). Así ante este análisis, cita a Fernando Pessoa, quien toma a la ignorancia de Sócrates como algo consciente: “La ironía es el primer indicio de que la conciencia se ha tornado consciente. (…) Desconocerse conscientemente, he ahí el camino. El desconocerse concienzudamente es el empleo activo de la ironía” (Schoentjes, 2003, p.38).

            El disimulo es una parte esencial de la ironía, es este disfraz del que se hace uso. Pero para que complete el círculo el artificio lúdico de la ironía, es necesario que sea descubierta. Al reconocerse, se vuelve sincera pero únicamente personifica el triunfo del irónico. 

Este doblez podría tomarse como uno de los ejemplos que da Octavio Paz de ahogo ante las formas y el sometimiento de la realidad en El laberinto de la soledad “una lucha entre formas y fórmulas en que se pretende encerrar a nuestro ser y las explosiones con que nuestra espontaneidad se venga” (Paz, Octavio, 1972, p. 29). 

Sin embargo, al hacer estos juegos entre una revelación de lo que es y de lo que se pretende que no sea, existe una duplicidad. Hay una verdad literal y una verdad subjetiva. René Schaerer, citado en el libro de La poética de la ironía, dice que: 

“… para que haya ironía, es preciso que un mismo objeto suscite dos opiniones contrarias (…) el dualismo fundamental de la ironía, dualismo en el que busca encontrar las implicaciones examinando los juegos de inversión que conducen a la paradoja y al equívoco” (Schoentjes, 2003, p. 40) 

La paradoja también es una figura de pensamiento que afecta la lógica. Reune dos ideas contrarias. Se aproxima al oxímoron, sin embargo, éste último actúa afectando dos palabras que son los antónimos. La paradoja es afectada por dos contraposiciones más amplias e ilógicas.

El irónico pretende ser lo que no es y sus hechos inciden en improvisar dentro de su sentido consciente elaborado a base de verdades y mentiras, de una contradicción, deslumbrar a su adversario. No se da cuenta que muchas veces al reflejar estas verdades ocultas se muestran las carencias o los apegos. 

(Continúa en la siguiente entrega…)

Fotografía: cottonbro

Beatus Ille. Banqueta. Luis Flores Romero

De Luis Flores Romero**

Banqueta*

El gris de la banqueta
nunca se sube al árbol y eso explica
que los pájaros no canten cenicientos y las hojas 
no sean hojas de periódico. Los vagabundos
no corrieron con la misma suerte. No fue el tiempo 
quien les decoloró la barba,
los cabellos y la piel. Fue la banqueta
quien dividió su gris en cinco sacos
pesados de abandono. Pasa un transeúnte
vestido de burócrata, los mira
con ojos de ojalá viniera
un enorme escarabajo pelotero
a llevárselos rodando. Más vale
rechazarlos, nadie quiere
ser el sexto. Se recargan o se echan
a la sombra del árbol y por más
que canten pájaros o el árbol sea frondoso,
no se les quitará lo vagabundo, no
se les desprenderá lo gris. No sé
qué maldición los ha dejado
con un olor a viernes. Hoy es lunes y no lejos
de aquí las colegialas
huelen a cereales. Un montón de ramas secas
son los vagabundos que descansan
bajo el árbol. De la mano de su madre
pasa un niño; caminan cerca de ellos,
los ven, se van de prisa. Todos los que pasen 
pasarán de prisa. La banqueta
dejó su gris en cada uno y eso explica 
que vivan cenicientos
y se cubran con periódico.

Fotografía:  Dave Morgan.

*Sobre el poema:

«Banqueta» es parte de la colección Lotería del baladro, Premio Nacional de Literatura Joven «Salvador Gallardo Dávalos» Poesía 2016. Editado por Instituto Cultural de Aguascalientes, 2017.

**Sobre el autor:

Luis Flores Romero . Nació en la Ciudad de México en 1987. Estudió Letras Hispánicas en la unam. Ha publicado poesía en algunas revistas impresas y electrónicas. Ha impartido talleres de versificación y creación poética. Es autor del poemario Gris urbano, publicado en 2013 por la uacm, y de Sonetos ñerobarrocos, publicado en 2016. Becario, en el área de poesía, de la Fundación para las Letras Mexicanas durante los periodos 2010-2011 y 2011-2012, y del fonca en el periodo 2015-2016. Desde 2014 conduce un programa de literatura en Radio unam. Premio Nacional de Literatura Joven «Salvador Gallardo Dávalos» Poesía 2016. Premio Nacional de Poesía «Ramón López Velarde» 2017. En redes sociales, con el heterónimo de Lufloro Panadero, comparte versos satíricos.

Polvo del camino. 13. Finales felices, finales desgraciados. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 13

 
 
Finales felices, finales desgraciados
Héctor Cortés Mandujano
 
Vi por tramos En busca de la felicidad (cinta dirigida por Gabrielle Muccino, en 2006, y con Will Smith a la cabeza del reparto), porque por curiosidad malsana quería saber hasta dónde podían exagerar la trama de este afroamericano a quien: a). la mujer deja con un hijo porque ya no soporta la pobreza, b). el casero desahucia y pone sus cosas en la calle, c). le roban los objetos que vende, d). no siempre dejan entrar a los hogares de vagabundos adonde llega a dormir con su hijo. 
            Antes, en este abecedario maldito de desgracias, en su descenso a los infiernos de la miseria, ha dormido en un sanitario de la terminal del metro… Lo atropellan, lo estafan, lo roban, todas las calamidades una tras otra. Uno se pregunta cómo le hace el actor para no soltar la risotada ante tanta exageración, porque hace con seriedad su chamba; incluso, me parece que protestó ante la Academia que no lo nominó al Oscar.
            No dudo que haya gente, en la vida real, que tenga tanta mala suerte como este personaje, pero visto en una película que busca burdamente tocar los sentimientos básicos del auditorio da penita ajena. Tiene final feliz, faltaba más.
            Verla me recordó una perla rara del cine mexicano, donde los actores principales eran cantantes: Javier Solís y Sonia López, acompañados de, él sí un actor con todas las letras, Fernando Soler. La película se llama Campeón del barrio (dirigida por Rafael Baledón, en 1964) y es una colección de problemas que nunca cuajan: el boxeador pobre se enamora de la hija de su entrenador; piensan que el papá se opondrá al romance y no, se alegra. No me extenderé en los tropiezos que se vuelven buenos sucesos, en el montón de dificultades que se van resolviendo como si fueran milagros. De eso va la peli. 
           Estaba emocionado, me acuerdo, de encontrarme un filme que desafiaba todos los cánones del melodrama, en su plena época cinematográfica. El boxeador, al final, hace la función donde, por lo que la película ha hecho hasta el momento e incluso por el título, se volverá con seguridad el campeón; sin embargo, en el momento cumbre, y esta es la última escena, cae muerto. La cámara toma algunos aspectos, hace un plano general, recuerdo, y aparece la palabra Fin. Qué cosa.
            Supongo que a las dos cintas les fue mal con la crítica, porque la colección de males que se vuelven felicidad y la sucesión de bonanzas que terminan en tragedias, parecen abortos de la compleja vida que nos da un poco de ambas, pero es de agradecer a esa gente que se lanza al vacío para contarnos algo que intentan pasar por real y que resulta la más pura fantasía…
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez.