Ingeniero en Comunicaciones y Electrónica por el IPN. Maestro en Finanzas Estratégicas por la UVG. Maestro en Estudios Humanísticos por el ITESM. Tiene estudios de Especialidad en Tecnologías de la Información por el ITTELMEX. Certificado como Co-Associated Project Manager por el PMI. Actualmente cursa el Master en Creatividad Literaria en Español en la Universidad de Salamanca. Promotor cultural y escritor. Ha publicado novela, cuento, artículos literarios y técnicos.
Lucina y su familia estaban en la sobremesa, Joaquina, su madre preguntó a Rogelio el hermano mayor de Lucina, un adolescente, que les contara sobre el libro que estaba leyendo. Vio que lo había dejado sobre un sillón de la sala. Rogelio empezó a relatar que el libro era interesante, le había llamado mucho la atención primero por el título El libro de los abrazos, apenas llevaba leyendo 25 páginas, pero le gustaban los relatos de su autor, Eduardo Galeano.
Joaquina dibujó una sonrisa en su rostro, ella le había recomendado leer esa obra. Mientras tanto Lucina escuchaba atenta lo que decían, para tomar parte en la conversación.
—¿Roge de qué hablan en ese libro?
En ese momento por la mente de Lucina pasó el anhelo de poder aprender a leer bien para que ella también pudiera entender mejor las conversaciones de la gente mayor.
–De muchas cosas Lucina, de la gente, de pueblos, de historias, de países. Hay cosas que no entiendo muy bien, pero vuelvo a leer y busco las palabras que no sé, más cuando habla de cosas históricas, así siento que voy aprendiendo. Pero el primer relato es uno de mis favoritos, dejen les leo.
Fue por el libro y comenzó la lectura.
“Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”.
Joaquina le felicitó por su interés en la lectura, compartió que a ella también le gustaba ese relato, El mundo, era uno de sus favoritos. Lucina se quedó callada, pensativa. Joaquina se percató y le preguntó.
—¿Qué pasó Lucina? ¿No te gustó el relato?
Los ojos de Lucina expresaban asombro.
—Es que me quedé pensando eso de los fuegos, ¿cómo puedo saber si tengo uno de esos fuegos que dice el libro? ¿Y si no lo tengo, qué pasa? —preguntó con preocupación.
Rogelio quería comentar pero observó a su mamá quien había tomado la iniciativa, se acercó y abrazó a Lucina.
—No tienes por qué preocuparte, conforme vayas creciendo te darás cuenta que todos somos un mar de fueguitos, tú ya tienes un fueguito que irá creciendo y cambiando con el paso del tiempo. Lo importante es que sepas que lo tienes y es muy valioso, por eso Galeano, el autor del relato nos recuerda que cada persona brilla con luz propia.
El rostro de Lucina sonrió y volteó a ver a Rogelio, quien estaba atento a ellas.
—Cuando aprenda a leer bien quiero que me prestes tu libro Roge.
—Sí, con mucho gusto Luci. Ahora qué les parece si comemos el postre. Hay helado de sabor napolitano.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Maurice, en El fin de la aventura, de Graham Greene
Por azar leí al hilo dos novelas, cuyas tramas son muy parecidas. Los títulos tienen, también, semejanza. Una es El fin de la aventura (Editorial Selecciones, 1955), de Graham Greene, traducida por Ricardo Baeza, y la otra El último encuentro (Ediciones Salamandra, 1999), de Sándor Márai, traducida por Judith Xantus Szarvas. Los autores no fueron nada cercanos. Graham Greene (1904-1991) fue inglés y publicó originalmente El fin de la aventura en 1951; Sándor Márai era húngaro, publicó originalmente El último encuentro en 1942, nació en 1900 y se quitó la vida en 1989. Las dos novelas tratan de dos hombres y una mujer casada con uno de ellos y amante del otro. La mujer se enferma y muere, en ambas ficciones, y los dos hombres, luego del deceso, se reúnen para hablar de ella. Ambos la amaban.
En El fin de la aventura Henry y Sarah son los casados, y Maurice el amante, cuyo oficio es escribir novelas. Comparto contigo lector, lectora algunas líneas que me interesaron. El epígrafe es de Léon Bloy y dice (p. 7): “El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor”. Cuando está lleno de dudas sobre el amor-odio que siente por Henry y por Sarah, Maurice escribe (p. 28): “¿Habríamos sido capaces de decir, sólo por sus actos, quién, del celoso Judas o del medroso Pedro, fue el que amó realmente a Cristo?”. Maurice, el amante, contrata a un detective para saber si Sarah lo engaña. El detective le consigue un diario de ella, que él lee y comparte con los lectores. Sarah, quien tiene otro amante, además de Maurice, escribe (p. 87): “Si soy una puta y una farsante, ¿no habrá nadie capaz de querer a una puta y una farsante?”. También escribe en una plegaria (p. 111): “Necesito a Maurice. Necesito el amor humano corriente y corrompido, Señor”. Hay una reflexión sobre el tiempo, que dice a Maurice un sacerdote (p. 164): “San Agustín se preguntaba de dónde venía el tiempo. Decía que venía del futuro, que aún no existía el presente, que no tenía duración e iba al pasado que había dejado de existir”.
En El último encuentro Henrik y Krisztina son los casados (en las dos novelas el cornudo se llama Enrique, qué coincidencia) y Konrád, el amante. Henrik y Konrád fueron amigos, casi hermanos, dejaron de verse por 41 años y se reúnen cuando cumplieron los 73. Son dos viejos militares. La novela es casi un largo monólogo de Henrik, quien dice (p. 94): “Las personas que entregan su alma y su destino a la soledad no tienen fe. Sólo esperan”. Cree que Konrád le envidiaba (p. 120): “El deseo de ser diferentes de quienes somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el corazón humano”. Filosofa (p. 151): “En la vida de un hombre no sólo ocurren las cosas […] Uno también construye lo que le ocurre”. Otra de las frases de Henrik, definen el destino de los dos hombres de esta novela, y también el de los otros personajes de Graham Green (p. 182): “Nosotros dos hemos sobrevivido a una mujer”.
*El título es una de línea del enorme poema “Muerte sin fin”, de José Gorostiza
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración Alejandro Nudding
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Ese jueves Lluvia se despertó temprano, era su cumpleaños y deseaba aprovechar al máximo cada minuto de ese día especial. Cumplía 11 años y no había pedido un regalo en específico, así que daría la bienvenida a los obsequios que le hicieran llegar sus familiares. Entre ellos aceptó la invitación que le hizo su mamá de llevarla a una reunión donde llegarían mujeres adultas, jóvenes, adolescentes y niñas para platicar sobre temas de interés para todas.
Aunque a Lluvia no le quedaba claro de qué hablarían en la reunión le hacía ilusión el que justo en su día de cumpleaños pudiera conocer a otras personas y que fueran de diversas edades. Además la reunión sería por la tarde y daría espacio a que la felicitaran en su casa con la partida de pastel por la noche.
Para la reunión pidieron llevar ropa cómoda y lo que las participantes quisieran compartir. Azucena, la mamá de Lluvia preparó un ramo de gerberas de diversos colores, unas peras y unas varitas de incienso, además de una bella vela aromática.
Lluvia se puso un pantalón de colores, que no solo era cómodo sino uno de sus favoritos, una playera en tono rojo carmín y sus tenis azules.
Llegaron puntuales a la reunión, Azucena saludó a algunas amigas y también Lluvia, así como a algunas de las hijas de ellas. Cuando inició la reunión les pidieron dirigirse al patio de la casa, ahí había una especie de ofrenda en el piso con flores haciendo la forma de un corazón y unas varitas de incienso que aromatizaban de manera agradable. Les pidieron depositar en la ofrenda lo que habían llevado y que se sentaran en el piso alrededor de ésta, formando un círculo.
Dinorah era la persona que guiaría la actividad. Se presentó y mencionó la intención del círculo de mujeres como un espacio para reflexionar entre ellas sobre diferentes temáticas. En esa ocasión el tema era el agradecimiento por la vida.
La primera ronda fue la presentación de cada una, luego la guía pidió que si alguien de ellas tenía una intención especial, mensaje o experiencia que compartir lo dijera en voz alta si así lo deseaba, o solo llevara las manos al corazón y desde su interior lo hiciera mientras las demás la acompañaban en silencio. Fueron participando algunas mujeres. Después de cuatro participaciones Lluvia, que estaba sentada al lado de Azucena, vio que su mamá levantó la mano, pidió la palabra. Le generó curiosidad sobre qué diría su mamá, sintió que su corazón empezaba a latir más rápido.
Azucena compartió que esa tarde quería agradecer el regalo de celebrar un nuevo año en la vida de Lluvia, su tono fue muy emotivo, tomó la vela aromática entre sus manos, la prendió y se la entregó a Lluvia para que la pusiera en el centro, donde estaban las ofrendas. Lluvia tomó la vela con las manos temblorosas, se sentía muy emocionada y a la vez con algo de timidez. Se levantó y la puso al lado de unas rosas amarillas. Mientras hacía eso, pasaban por su mente varios momentos, los alegres, los tristes, los de emoción y ahora ese cumpleaños.
En ese momento Lluvia sentía que los ojos se le llenaban de agua, sin duda era una experiencia muy emotiva. Al llegar a su lugar quiso externar el agradecimiento por esa intención, no sabía bien qué decir, pero tampoco pudo hacerlo verbalmente porque sintió varios nudos en la garganta. Se llevó las manos al corazón y cerró suavemente los ojos, sintiendo cómo las lágrimas fluían por sus mejillas. Esa tarde Azucena le había obsequiado el bello regalo de agradecer la vida.
Fotografía por Pexels
Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Retrato del pospretérito móvil
Héctor Cortés Mandujano
A Herminio y Carmen, por supuesto
Ella era delgada, tímida, blanca, con un corazón como diente de león deshaciéndose en el centro de un remolino, con la mudez que le fue impuesta por un padre muerto y una madre dominante e inmersa en la vorágine del himeneo incesante.
Él era risueño, cantador, mago, domador de caballos, con un corazón como la corriente de una cascada que dejaba con rapidez e indiferencia, detrás suyo, amores, hijos, lo que fuera, y vivía feliz un presente perpetuo, sin memoria.
Ella deambulaba por los terrenos cerriles de aquella finca, buscando un espacio de soledad humana para llorar, pues su llanto era la palabra que mejor sabía, que la interpretaba con mayor cabalidad, que más sacaba lo que no era capaz de explicitar con palabras.
Él iba a la aventura de comprar o vender semovientes, y también con el ojo puesto en los árboles y el cielo; con los oídos abiertos al canto de los pájaros, a las palabras del viento; con la anuencia implícita de aceptar todo aquello que el azar le pusiera enfrente.
Ella caminaba solitaria, silente.
Él montaba su caballo retinto y silbaba, alegre, la tonadilla de moda.
Ella era una rama tierna, pero ya seca de las puntas, con el tallo expuesto, las hojas caídas.
Él era una selva llena de bejucos, árboles inmensos y plantas floridas.
Ella, la luna cubierta con nubes negras.
Él, un sol en el descaro de la mitad del cielo, mostrándose en su consciente e inconsciente lubricidad.
Ella, la sombra que trataba de esconder el cuerpo real, la inmovilidad de la piedra.
Él, un retablo de maravillas en movimiento, lleno de focos multicolores, con regalos al pie y una estrella en la cúspide que sería capaz de alumbrar la más lóbrega de sus desgracias.
Él la vio y en ese momento, presentáneo como era, decidió que le gustaba, que la enamoraría, que le propondría huir con él. Cómo no, si era un ángel flotando sobre el camino polvoso, una ninfa del bosque de cabellos rubios, una aparición bella e inexplicable, una nueva mujer para su falo insaciable.
Ella lo vio y vio una orquesta de monos, un elefante de trompa inconmensurable y colmillos majestuosos, un centauro que con su lazo podía amarrar la luna en un árbol seco del patio, un río de variada corriente, un viento capaz de sacarla de esta realidad pacata y llevarla al cielo de las fantasías vastas e innúmeras.
Él tal vez le dijo:
—¿Quieres huirte conmigo, chula?
Y ella no respondió, bajó los ojos y estiró la mano para que él la jalara y la montara en las ancas de su retinto. Lo abrazó como si no fuera un hombre, sino un regalo largamente esperado.
Se fueron juntos. Yo comencé a latir en las bombas de dinamita de él, en la tierra ávida de ella. Algún día los vería, me verían, y les diría papá y mamá, y me llamarían con el nombre que firma esta página del móvil pospretérito que me hizo aparecer en el mundo.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Herminio y Carmen
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
La muerte de los héroesPara Luz y Emiliano
Carlos García Gual es conocido entre otras cosas por sus excelentes traducciones y los más de doscientos libros sobre los griegos, que ha coordinado para la Biblioteca Clásica Gredos. Es sin lugar a dudas uno de los mayores especialistas en la cultura griega y su influencia en el mundo occidental. En La muerte de los héroes se refrenda su erudición, sentido del humor y una prosa que se disfruta en cada momento de la lectura.
Carlos García estudia la muerte de veinticinco héroes, realiza una profunda búsqueda en fuentes antiguas y modernas. El concepto de muerte fue uno de los primeros misterios que los mitos trataron de expresar, unas veces se presentaba como solución a una vida tormentosa, en otras como una verdadera calamidad; sin embargo esos mitos ofrecían una estilización del fenómeno, mas no lograban convertirse en una verdadera respuesta a la pregunta: ¿qué es la muerte?
El acto de morir se convierte en el otro absoluto, como lo definió magistralmente Vernant, donde la alteridad permite conocer lo diverso desde la unidad. Los hombres y mujeres son mortales, pasajeros, efímeros, su existencia se esfuma en su contingencia, esa es su naturaleza; sin embargo, los hombres pueden trascender esa vida efímera, ya Homero refiere a lo que se denomina “la muerte heroica”, mediante la cual el hombre se eleva sobre su propia vida, para que en la muerte en el campo de batalla lo inmortalice.
Por extraño que pueda parecernos, la muerte de los héroes y los dioses en muchas ocasiones no son narradas, se prefiere contar las hazañas. Sabemos muy bien que en la Iliada no se dice casi nada sobre la muerte de Aquiles, tan sólo Héctor derrotado por el propio Aquiles y presto a morir predice la muerte del pélida; sin embargo no existe ningún canto que nos narre in extenso ese hecho tan importante.
Nuestro autor explora las diversas versiones de la muerte del héroe, Estacio dirá que fue asesinado por Paris con una flecha que le da en el talón, también se dice que lo mató con un cuchillo cuando Aquiles iba a visitar a una princesa troyana, otras versiones afirman que el dios Apolo guió la fecha para no fallar e incluso se llegará a mencionar que quien verdaderamente lo mata es el mismísimo Apolo.
Sirva esto como mero ejemplo de las interesantes búsquedas de Carlos García mediante una sensibilidad literaria digna de encomio. Nuevamente leemos la muerte de los héroes reescritos por la habilidad estilística de nuestro autor.
Para el mundo griego la muerte no hacía distingos, lo mismo murieron Aquiles y Ulises, Heracles y Edipo, sin embargo también fallecieron miles de esclavos, la diferencia se ubicaba en la forma de morir, el héroe sabía que para lograr la inmortalidad era tan importante la manera de vivir como de morir.
¿Cómo murieron los héroes griegos? Es la pregunta que guía el excelente trabajo de Carlos García Gual, ¿En qué condiciones perecieron? Veremos que no siempre las circunstancias fueron tan heroicas, algunas incluso presentan una mirada irónica, otras son francamente ridículas.
La muerte de los héroes es un verdadero agasajo de claridad, síntesis y amor por la cultura de los inmortales griegos.
Investigador, promotor cultural, editor, ensayista y narrador.
Ha sido becario de: FOESCA (Emisiones 1999-2000 y 2000-2001), PACMYC, fue becario del FONCA (2003-2004) en el programa de Jóvenes Creadores en la modalidad de novela. Está incluido en la antología del FONCA – Jóvenes Creadores generación 2003-2004.
Ha publicado: Tiempo a Contrapunto (UNAM- Espacio Cultural Jaime Sabines), Nudo de Serpientes (Novela). Su cuento Diario de un lobo está incluido en la antología Inventa la memoria (Alfaguara). La novela en Chiapas, antología (Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas en el 2018).
Josefina y Ricardo eran muy buenos amigos desde la adolescencia, desde ahí habían coincidido en compartir el gusto por el arte culinario. Esa coincidencia fue llevada al ámbito profesional y ambos decidieron estudiar Gastronomía.
Hasta donde la memoria de Josefina alcanzaba a recordar además de su amistad, siempre había hecho un buen equipo con Ricardo, no solo habían alcanzado excelentes resultados al cocinar platillos sino también compartido sugerencias, ideas, propuestas y las experiencias poco gratificantes de las que sin duda tenían aprendizajes.
Josefina decidió emprender su camino como chef en un restaurante, sabía que los retos eran grandes y estaba dispuesta a enfrentarlos, finalmente amaba su profesión y la ejercía con amor y pasión. Así que esa tarde que recibió la noticia que su solicitud de trabajo había sido aceptada no solo agradeció desde el corazón la buena nueva, era algo que deseaba tanto, sino que la compartió con su familia, incluido Ricardo que no solo era uno de sus mejores amigos sino que también formaba parte de ella.
Cuando habló con Ricardo no dudó en pedirle que le compartiera algunas sugerencias para llevar a cabo su nueva encomienda. La charla tardó más de lo que Josefina esperaba, en ella recordaron no solo anécdotas de sus primeras experiencias en la gastronomía sino que también Josefina fue encontrando en ella las sugerencias que le había pedido.
Una de las reglas de oro que le mencionó fue tener siempre presente la sencillez con todas las personas, en especial ponerlo en práctica con su equipo de trabajo.
—Recuerda Josefina, si algo hemos compartido es que ser sencillos no solo abre puertas sino que nos muestra la calidad de personas que somos y con las que podemos interactuar.
Después de haber escuchado atentamente a Ricardo, Josefina se quedó pensando que además de las reglas de oro que le había recordado, un ingrediente esencial en su nueva labor sería el trabajo en colectivo, ahí podría poner en práctica no solo las reglas que conocía sino parte de lo que había llevado a cabo desde sus inicios en la gastronomía.
Finalmente, dentro de su filosofía de vida contemplaba partir del reconocer los talentos de las demás personas, a través de eso creía que el trabajo no solo podía tener mejores resultados sino la posibilidad de interactuar y aprender de cada persona.
El sonido de su teléfono la hizo regresar a su momento actual. Era Angela, una de sus primas, seguro que se había enterado de su nuevo empleo.
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
No es que dedique mucho tiempo a eso, pero suelo darme cuenta de minucias, de pequeños cambios en versos o palabras en las canciones que oigo, aunque no sean mis favoritas. A veces, claro, se dan por simple ignorancia o desconocimiento del idioma (de esas hay muchas). Me llaman la atención cuando suponen una reconversión o un guiño. Hablaré de ello. Una canción popular, “Acaríciame”, de Alejando Jaén, por ejemplo, la compuso él para cantarla, pero la vendió a Manoella Torres y modificó sus versos finales, que decían: “Acaríciame y no importa que no sepa ni tu nombre, pues mañana puede ser quizá otro hombre el que esté en tu lecho haciéndote el amor”; en 1977 la grabó Manoella y sonaba fuerte para esos tiempos. No era el hombre el activo, sino la mujer, que volvía suyo el acto: “Y no importa que no sepa ni tu nombre, pues mañana puede ser quizá otro hombre el que esté en mi lecho haciéndome el amor”. De un tu a un mi, la canción se vuelve otra. Rocío Jurado grabó, en 1980, la canción “Señora”, de Manuel Alejandro, donde una amante le dice a la esposa que no puede dejar al hombre que comparten (“ahora es tarde, señora, ahora nadie puede apartarlo de mí”); años después, en 2005, Falete, un cantante abiertamente homosexual (su nombre artístico lo dice todo), la grabó y la diferencia es obvia: un hombre gay le dice a la mujer que no puede dejar al hombre que comparten (“Cuando supe que existía usted… ya llevaba dentro de mi ser su aroma”). En sentido contrario, y con buen humor, Chico Che tomó la “Macorina”, a quien le pide “ponme la mano aquí”, es decir, un hombre habla a una mujer y hace una petición sin referencia a lugar específico: “Aquí”. Cada escucha debe suponer dónde se pondrá la mano. La canción original y revolucionaria la compusieron Alfonso Comín, poeta asturiano, e Isabel Vargas. El poema hubiera sido “normal”, de un hombre a una mujer, si no la hubiera musicalizado Chabela Vargas, quien también la cantaba, la canta. Se volvió una canción lésbica, dicha de una mujer a otra, lo que supuso un escándalo cuando se cantó y se grabó, en 1956. Dice “Ponme la mano aquí, Macorina”, pero también dice: “Después el amanecer, que de mis brazos te lleva. Y yo sin saber qué hacer, de aquel olor a mujer, a mango y a caña nueva, con que llenaste el son caliente de aquel danzón”. Uno de los que más he oído que cambia (o le cambian) versos en sus canciones es Joaquín Sabina. En “Eclipse de mar”, por ejemplo, la versión de Guadalupe Pineda, en 1989, y la de él, en 1990, tienen un montón de cambios. Señalo algunos. Dice Sabina en el inicio: “Hoy dice el periódico que ha muerto una mujer que conocí, que ha perdido en su campo el Atleti y que ha amanecido nevando en París”; dice Guadalupe: “Hoy dice el periódico que ardió la casa donde yo nací, que falló de penalti Hugo Sánchez y que ha amanecido nevando en París”. Sabina: “Que han pillado un alijo de coca”; Pineda: “Que encontraron seis kilos de coca”. Sabina: “Que siguen las putas en huelga de celo en Moscú”; Pineda: “Que siguen los curas en huelga de celo en Moscú…”. Por cierto, la imagen “eclipse de mar” está aquí usada como algo feo: “Pero nada decía el programa de hoy de este eclipse de mar, de este salto mortal…”, y Juan Luis Guerra usa la misma expresión, en “Te regalo una rosa”, en el mismo 1990, como algo lindo: “Ay, amor, eres la rosa que me da calor, eres el sueño de mi soledad, un letargo de azul, un eclipse de mar”. También hay varios cambios en las versiones de “Peces de ciudad” que grabaron Ana Belén, en 2001, y Sabina, en 2002. Dice Sabina en el inicio: “Se peinaba a lo garçon la viajera que quiso enseñarme a besar…”; dice Ana Belén: “Se llamaba Alain Delon el viajero que quiso enseñarme a besar…”; la versión de Sabina alude al clásico mexicano Pedro Páramo, de Juan Rulfo: “En Comala comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”; la de Ana Belén hace referencia a Cien años de soledad, de García Márquez: “En Macondo comprendí que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Me podría pasar horas con esto, por supuesto, pero basten estas mínimas muestras…
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración HCM
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Esther había decidido que esa tarde terminaría sus pendientes de trabajo para que al día siguiente que era fin de semana pudiera recibir a sus amistades, tenía mucho tiempo que no se veían. Había varios temas sobre qué platicar y les apetecía una amena velada.
Colocó su computadora en un espacio que improvisó para trabajar, tenía ganas de escuchar los sonidos de la naturaleza. Al caer la tarde siempre había una especie de concierto que ese día quería disfrutar para hacer más llevadera la actividad.
Se consideraba muy afortunada de estar rodeada de vegetación en su casa, era como un oasis, después de un fraccionamiento vecino que no tenía ningún árbol. Esa tarde el clima se percibía muy agradable, un ligero viento soplaba.
Mientras terminaba de redactar su documento en la computadora, comenzó a percatarse que el ocaso se despedía, los rayos del sol se habían ocultado.
—Justo a tiempo —pensó.
Cerró la computadora. Revisó su reloj, eran las siete de la noche, Ernesto, su compañero no tardaba en llegar del trabajo. Movió su silla, se puso cómoda y comenzó a deleitarse con los cantos de la naturaleza. Se propuso ir identificando qué aves llegaban de visita. Distinguió el canto de cenzontles, luego el de otras aves que no logró reconocer. De pronto, entraron al escenario las chicharras, Esther estaba asombrada, pocas veces había escuchado que cantaran de noche. Sus cantos fueron de manera intermitente, con esa potencia que solo ellas tienen. Como en un cuarto plano, se escuchó el croar de las ranas, primero cantaba una y luego se unían otras a manera de coro. En realidad estaba ante un concierto de la naturaleza, cada una de los ejecutantes de sonidos se integraban de tal modo que era posible regocijarse ante su canto.
Observó el cielo, estaba despejado, mientras continuaba escuchando los cantos de la naturaleza. Por un instante cerró los ojos, respiró despacio y profundo, un respiro consciente, agradeció a la divinidad y al universo por ese regalo. Los ladridos de Solín y Dragón, sus perros, la hicieron abrir los ojos. Era el anuncio que Ernesto había llegado a casa.
El rostro de Esther dibujó una gran sonrisa, no solo por la presencia de Ernesto sino por la alegría de haberse dado un instante para detenerse y disfrutar del bello y preciado regalo que le daba la naturaleza.
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Sobre la autora:
Maria Gabriela López Suárez
Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.
Todo fue un sueño, un sueño que perdimos […] Un sueño breve y antiguo como el tiempo, que los espejos no pueden reflejar
M. Trejo y Astor Piazzola, en su canción “Pájaros perdidos”
Como la directora del zoológico y su invitada especial llevaban cosas frágiles en el Jeep y no íbamos a caminar más que unos 200 metros, me pidió que llevara abrazado a un león joven y flaco, que no era peligroso porque estaba más o menos enfermo, me dijo. ¿Más o menos?, me repetí en silencio. Recibí el costal de huesos y de inmediato puso una de sus garras sobre mi hombro y me encajó las uñas. Recordé que una de mis amantes me rasguñaba, estuviéramos o no en acción erótica. Ella era una maestra en encontrar el punto exacto. Sentí placer. Luego el león me mordió cerca del pecho, con una mordida floja, carente de energía. Otra de mis amantes me mordía. Era muy buena en eso. Sus mordidas en la espalda me hacían conocer otros mundos. Vi a los ojos al león y éste tenía una mirada triste. Me acordé de Amanda, de la última noche que pasamos juntos. Ella se iba a casar con otro, pero estaba enamorada de mí, me dijo. Tragamos nuestras lágrimas mientras hacíamos el amor. Acaricié al león enfermo y pensé en Nury, en su desnudez. Le gustaba dejarse acariciar, más que nada. Se desnudaba y dejaba que yo la recorriera. Era un monumento palpitante. Me di cuenta de que estaba cansado, que habíamos avanzado bastante, que yo sudaba a chorros. Decidí descansar y puse al león en el piso, luego de lograr, con cuidado, que no me encajara las uñas y dejara de morderme. Intentó ponerse de pie y no pudo. Recordé a la mujer que murió en mis brazos. Un accidente terrible, que siempre he intentado olvidar. Lo acomodé debajo de una sombra para que no se sofocara. Me senté a su lado y me acordé de la vez que vi amanecer en el mar con la mujer con quien pensé en casarme. También me acordé de la enorme estrella que vimos esa noche mágica. Era tan linda la noche, era tan linda ella. Respiré agitado, suspiré, como si acabara de terminar una relación sexual. Me puse de pie e intenté en concentrarme no en el pasado, sino en el ahora y me di cuenta de que el león agonizaba. Murió, sin que pudiera hacer nada por él. Pensé en los muchos amores que he tenido y han muerto para mí, y lloré por el león, por mí, por los amores perdidos. Y recordé a la directora del zoológico llorando, cuando pidió verme por última vez, porque se había enamorado de la visitante especial con la que iba muy adelante, quizás llegando a donde yo no llegaría porque decidí dejar allí al león e irme, y no volver nunca a este lugar tan lleno de recuerdos.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Apuntes de oído, 3Noel Nicola: ¿Qué hay delante de la vida, por detrás de la muerte, al lado del amor?
Héctor Cortés Mandujano
Cuando murió Noel Nicola (La Habana, Cuba, 1946-2005) escribí un texto que titulé, en alusión a una de sus canciones, “Para un imaginario Noel Nicola”. Admiraba no sólo sus letras, su música y sus interpretaciones, sino cómo había se había apartado de las luces, de la fama, cuando pudo brillar tal vez aún más que sus compañeros Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, quienes se convirtieron en el referente más conspicuo de la ya vieja Nueva Trova Cubana.
Noel, hijo de músicos, hizo un disco musicando poemas de César Vallejo (1986), y también puso música a un texto del Che Guevara (“Diciembre 3 y 4” ) de su diario en Bolivia (Así como soy, 1980); hizo un disco para niños, con niños (Tricolor, 1987); un poco antes de su muerte los trovadores cubanos, viejos y jóvenes, le hicieron el homenaje de cantar sus canciones y presumir con su arte de componer versos en voz alta: 37 canciones de Noel Nicola (2007). Ya había muerto Noel cuando el disco salió.
Su canto fue libre, con explosiones de voz aguda, y su guitarra se tomó todas las licencias. Exploró distintas maneras de componer canciones y no le interesó volverse internacional ni popular, no le interesó grabar discos ni salir de Cuba para hacer conciertos en otras partes. Sus discos, por eso, incluyendo el de niños, el de Vallejo y otro que grabó con Santiago Feliú (Entre otros, 2002), no llegan a diez. Es el rebelde de la trova.
Recuerdo que en la contraportada de mi viejo LP Así como soy, la nota de presentación decía que el disco era un acontecimiento, porque no era fácil convencer a Noel de que entrara a grabar las canciones que ya tenía años cantando. Cuando fui a Cuba (Noel aún vivía) traté de comprar algún nuevo disco suyo, en un mercadito de arte al aire libre. Me acerqué a un vendedor de discos pirata y le pedí me enseñara discos de él. Se río y me dijo: “Hermano, eso es underground. No tengo nada de él, pero sí de Silvio, Pablo, Amaury…”.
En “Detrás de esta guitarra” no sólo hay la pretensión conseguida de sacarle a la guitarra nuevos acordes y forzar la voz para llevarla a otros territorios. También busca bajar a la tierra al artista, que no se le piense especial, extraño: “Detrás de esta guitarra hay un tipo lleno de complejos, un tipo que no escapa a las leyes de nuestro universo, pegado a la tierra, urgente de besos”. Pero hay aliento poético: “Está la soledad, la compañía fiel, la muerte de papel, juguetes de peluche, alguna que otra herida chorreándole mujer.” Y la vuelta a la realidad: “Un tipo que camina y que hasta escupe, suda, come, traga”.
Me gustan las canciones breves de Noel. “Miedo a vivir” me parece filosófica y perfecta. Dura un minuto y dice más que muchas que se gastan en nada el tiempo. Toda la letra dice primero sobre la vida: “Miedo a vivir, luz encendida hasta la madrugada. En el sillón, frente a un espejo, sin ver la arruga que cruza tu cara. Un día de éstos viene la muerte y no ha pasado nada”. Luego sobre el amor: “Miedo al amor, cama tendida sin manchas en las sábanas. Sólo dos pies, sólo dos manos, un sólo rostro estrujando la almohada. Un día de éstos llega la muerte y no ha pasado nada”.
“Son oscuro” dura casi cinco minutos, algo muy raro en la producción de Noel. Es una canción de amor linda, compleja, poética. Parece referirse lo mismo a la patria (Cuba) que a una mujer, que a la manufactura de una canción. En todo caso muestra lo inaprensible que es la realidad con las palabras, lo difícil que es hacer una canción que domestique lo mágico, lo multidimensional de una experiencia: “Espeso viento te da en la cara, la vida aprisa, piedra rodante, y tú en tu calma mágica. Violento espejo, mi canto te habla, y en tus silencios tú te le quedas pálida. Cuando se estruja mi alma, añora palma y pulpa de mamey; y, conmovida en sus raíces, salta, volcando al agua un sueño de papel”. La segunda parte no aclara mucho la dulce oscuridad a que alude el título: “Avieso invento el que te amarra, abre su poza, viene y se posa, como una deuda inválida. Acento viejo de la palabra, el universo de lo que siento te hace una mueca trágica. Segunda patria la noche, cerró con broche de oro el sueño aquel, puso su oscuro en la palabra, pero así y todo alumbra lo que es”.
Comparto contigo lector, lectora, algunas líneas de sus canciones:
En “Yamile, la más bella flor” (Así como soy, 1980) es muy sutil su referencia al encuentro erótico: “Vamos a demostrar que estamos vivos la flor y yo, haremos que la palabra no necesite venir aquí”, y también su aserto sobre lo vagaroso que es el deseo masculino: “Quisiera poder dar más, ponerle un injerto aquí, pero un buen jardinero nunca lo hace así; si mira una bella flor, por bella que sea la flor, se lo come la ansiedad por mirar al jardín”.
En “Es más te perdono” (Comienzo el día, 1977): “Te perdono andar como tú andas, tus zapatos de nube, tus dientes y tu pelo. Te perdono los cientos de razones, los miles de problemas; en fin, te perdono no amarme. Lo que no te perdono es haberme besado con tanta alevosía”.
En “Por la vida juntos” (Así como soy, 1980): “Yo sólo te diré, sobre las cosas de esta hora, cómo es que siente aquí la inmensa mayoría: si somos igual que tú y tú no puedes feliz, ¿de qué nos valen todas nuestras alegrías?”.
En “De cierto modo” (Así como soy, 1980): “Murió un amor, pero veo a unos niños jugar, pero siento la brisa del mar, de cierto modo eso es amar”.
En “Ay, no sabes” (Dame mi voz, 2000): “Ay, no sabes cuánto duele, que salga el sol y me faltes, que falte el sol y te sueñe”.
En “Llueve en agosto de 1981” (Lejanías, 1985): “Llueve, se desmoronan las paredes de mi casa; el mundo buitre viene y se posa en mi espalda, con su antivida, su antiamor, su antipalabra. […] Llueve y ya la lluvia hoy es veneno, aunque llegaras; una canción atravesada en la garganta, un estallido de neutrones en el alma”.
En “Elvia, que te quiero verde” (Comienzo el día, 1977): “Está mi mano buscando el sitio donde creces, para poner mi voz, para poner mi mano, para poner mi amor. […] Al pie del árbol donde yo sé que te despiertas, voy a poner mi cuerpo, voy a poner un beso, voy a ponerme yo. Voy a poner mi mano tocando el sitio del amor”.
“Canción para un final razonable” (Así como soy, 1980): “Te vas sin sonreírme; total, ya no hace falta. Ya estamos convencidos de que el amor respira, de que estamos viviendo, de que existe la muerte”.
“Nube, agua, ala y brisa” (Lejanías, 1985): “¿Adónde me llevas agua, cantora del aguacero, acaso a un rosal de enaguas o acaso a un abismo fiero?”.
Mis discos favoritos: Así como soy (1980) y Lejanías (1985). Mis 10 canciones favoritas: “Cueca con tu nombre escondido”, “Son oscuro”, “Por la vida juntos”, “Tres estaciones”, “Llueve en agosto de 1981”, “Ay, no sabes”, “Cantiago desde cerca”, “Otro hombre, otra mujer”, “Canción para un final razonable” y “Nube, agua, ala y brisa”. El subtítulo de esta columna corresponde a la canción “Qué hay delante, detrás y al lado”.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración Alejandro Nudding
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).