Polvo del camino/ 72

Un león y muchas amantes
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Todo fue un sueño, un sueño que perdimos […]
Un sueño breve y antiguo como el tiempo,
que los espejos no pueden reflejar

M. Trejo y Astor Piazzola,
en su canción “Pájaros perdidos”

Como la directora del zoológico y su invitada especial llevaban cosas frágiles en el Jeep y no íbamos a caminar más que unos 200 metros, me pidió que llevara abrazado a un león joven y flaco, que no era peligroso porque estaba más o menos enfermo, me dijo. 
¿Más o menos?, me repetí en silencio.
Recibí el costal de huesos y de inmediato puso una de sus garras sobre mi hombro y me encajó las uñas. Recordé que una de mis amantes me rasguñaba, estuviéramos o no en acción erótica. Ella era una maestra en encontrar el punto exacto. Sentí placer.
Luego el león me mordió cerca del pecho, con una mordida floja, carente de energía. Otra de mis amantes me mordía. Era muy buena en eso. Sus mordidas en la espalda me hacían conocer otros mundos.
Vi a los ojos al león y éste tenía una mirada triste. Me acordé de Amanda, de la última noche que pasamos juntos. Ella se iba a casar con otro, pero estaba enamorada de mí, me dijo. Tragamos nuestras lágrimas mientras hacíamos el amor.
Acaricié al león enfermo y pensé en Nury, en su desnudez. Le gustaba dejarse acariciar, más que nada. Se desnudaba y dejaba que yo la recorriera. Era un monumento palpitante.
Me di cuenta de que estaba cansado, que habíamos avanzado bastante, que yo sudaba a chorros. Decidí descansar y puse al león en el piso, luego de lograr, con cuidado, que no me encajara las uñas y dejara de morderme.
Intentó ponerse de pie y no pudo. Recordé a la mujer que murió en mis brazos. Un accidente terrible, que siempre he intentado olvidar. Lo acomodé debajo de una sombra para que no se sofocara.
Me senté a su lado y me acordé de la vez que vi amanecer en el mar con la mujer con quien pensé en casarme. También me acordé de la enorme estrella que vimos esa noche mágica. Era tan linda la noche, era tan linda ella.
Respiré agitado, suspiré, como si acabara de terminar una relación sexual.
Me puse de pie e intenté en concentrarme no en el pasado, sino en el ahora y me di cuenta de que el león agonizaba.
Murió, sin que pudiera hacer nada por él.
Pensé en los muchos amores que he tenido y han muerto para mí, y lloré por el león, por mí, por los amores perdidos. Y recordé a la directora del zoológico llorando, cuando pidió verme por última vez, porque se había enamorado de la visitante especial con la que iba muy adelante, quizás llegando a donde yo no llegaría porque decidí dejar allí al león e irme, y no volver nunca a este lugar tan lleno de recuerdos.



Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com