Voces ensortijadas 72

Por María Gabriela López Suárez

Los cantos de la naturaleza



Esther había decidido que esa tarde terminaría sus pendientes de trabajo para que al día siguiente que era fin de semana pudiera recibir a sus amistades, tenía mucho tiempo que no se veían. Había varios temas sobre qué platicar y les apetecía una amena velada.

Colocó su computadora en un espacio que improvisó para trabajar, tenía ganas de escuchar los sonidos de la naturaleza. Al caer la tarde siempre había una especie de concierto que ese día quería disfrutar para hacer más llevadera la actividad.

Se consideraba muy afortunada de estar rodeada de vegetación en su casa, era como un oasis, después de un fraccionamiento vecino que no tenía ningún árbol. Esa tarde el clima se percibía muy agradable, un ligero viento soplaba.

Mientras terminaba de redactar su documento en la computadora, comenzó a percatarse que el ocaso se despedía, los rayos del sol se habían ocultado.

—Justo a tiempo —pensó.

Cerró la computadora. Revisó su reloj, eran las siete de la noche, Ernesto, su compañero no tardaba en llegar del trabajo. Movió su silla, se puso cómoda y comenzó a deleitarse con los cantos de la naturaleza. Se propuso ir identificando qué aves llegaban de visita. Distinguió el canto de cenzontles, luego el de otras aves que no logró reconocer. De pronto, entraron al escenario las chicharras, Esther estaba asombrada, pocas veces había escuchado que cantaran de noche. Sus cantos fueron de manera intermitente, con esa potencia que solo ellas tienen. Como en un cuarto plano, se escuchó el croar de las ranas, primero cantaba una y luego se unían otras a manera de coro.
En realidad estaba ante un concierto de la naturaleza, cada una de los ejecutantes de sonidos se integraban de tal modo que era posible regocijarse ante su canto.

Observó el cielo, estaba despejado, mientras continuaba escuchando los cantos de la naturaleza. Por un instante cerró los ojos, respiró despacio y profundo, un respiro consciente, agradeció a la divinidad y al universo por ese regalo. Los ladridos de Solín y Dragón, sus perros, la hicieron abrir los ojos. Era el anuncio que Ernesto había llegado a casa.

El rostro de Esther dibujó una gran sonrisa, no solo por la presencia de Ernesto sino por la alegría de haberse dado un instante para detenerse y disfrutar del bello y preciado regalo que le daba la naturaleza.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.