Polvo del camino/ 69

Sin remedio


Héctor Cortés Mandujano

Sueño a menudo el sueño sencillo y penetrante
de una mujer ignota que adoro y que me adora

Paul Verlaine (1844-1896),
en “Mi sueño familiar”


Durante años he soñado con una mujer –no se parece a alguien de la realidad–, que ha sido mi amante.
En mis sueños hemos tenido larguísimas sesiones eróticas y hemos explorado casi todas las posibilidades de ayuntamiento carnal. Es alta (más que yo), delgada, con un largo pelo negro y no ha envejecido desde que la sueño, hará unos veinte años.
Hemos terminado el romance algunas veces y llorado mucho; hemos hecho tríos y estado en orgías. Nos hemos hospedado en moteles de mala muerte: recuerdo uno donde llovía torrencialmente y nos caía una gotita en las espaldas, porque ella-yo estaba a veces arriba, a veces abajo. Nos reíamos y seguíamos besándonos, amándonos…
A veces nos hemos sentado en el pasto, bajo una frondosa sombra, y vemos hipnóticamente una laguna, con las manos enlazadas. Me gusta cómo juega con mi pelo y cómo es capaz de producirme torrentes de placer sólo con sus manos, sólo con su voz en mi oído, sólo con sus besos.
Era tan común vivir con ella mientras dormía, que me sorprendió mi sueño reciente: Estábamos atendiendo a unos amigos que habían llegado a visitarnos a nuestra casa de campo (llena de cristales, con bejucos floridos enredados a los altos árboles que convivían con la construcción) y a la mesa sin adornos llevábamos botellas de vino, vasos, platos… Nos sentamos, ella tronó los dedos y nuestros amigos desaparecieron.
Acostumbrado a esas magias oníricas, yo sonreí hasta que vi la expresión triste de ella, a quien por cierto nunca puse nombre.
—¿Te pasa algo?
—Sí, claro –me respondió.
Me vio con mirada dulce y me dijo sin temblores ni pausas:
—Esta es la última vez que estaré contigo.
Yo la vi, divertido:
—No sabes lo que dices, esto que estoy viviendo es un sueño y tú estás dentro de mí, porque yo te he construido del pelo al pie.
—Ay, Héctor, no sabes nada de los sueños, pobrecito. Lo que te digo es incontrovertible: nunca más estaré en tus sueños, me voy.
—¿Adónde?
—No importa. Llámalo cementerio de los sueños, tumbas de gloria, evanescencia, como quieras. Este es, querido, el último beso que recibirás de mi boca.
Me besó y de pronto sentí que ya no estaba. Abrí los ojos, me desperté y me di cuenta de que esa mujer me había acompañado durante tanto tiempo sin que nadie lo supiera. Y ya no estaría. Quedé triste.

En el desayuno, mi mujer (la real) me dijo:
—¿Y esa cara?
Le conté y mi mujer, que es toda tranquilidad, bondad y paciencia, me quedó viendo como se ve a los enfermos terminales que uno quisiera que sanaran, pero que ya no tienen remedio.




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración H.C.M




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com