Voces ensortijadas 69

Por María Gabriela López Suárez

Las primeras lluvias

Mientras iba a casa Imelda observó cómo el clima había cambiado, se percibía una ligera sensación de frescura, ni una pista en el cielo que indicara lluvia. Por el contrario, la Luna se vislumbraba como una especie de uña entre algunas nubes que le enmarcaban. Ese paisaje la relajaba, después de una jornada laboral que había estado medianamente pesada.

Observó a su derecha, las dos montañas que eran sus vecinas se asomaban, a modo de saludo. Las casas se divisaban por las luces, a manera de cucayos. En su imaginario no pensó que esa zona se poblaría tan pronto. Un tinte de nostalgia se hizo presente.

Llegó a casa. Ya la esperaban. Cenó con su familia. Conversaron un rato, de pronto, comenzaron a escuchar, además de los grillos, el canto de una rana que luego se dejó acompañar por una más, como a modo de coro. Ese canto era una especie de anuncio de la lluvia, que de un momento a otro llegó, primero como llovizna y luego, de manera abundante.

Imelda se sentó y abrió una ventana, el olor a tierra mojada se percibió de inmediato. Ese aromaba le encantaba, era señal de naturaleza viva. Las ráfagas de viento se escucharon por momentos. Hubo una pausa en la lluvia, eso hizo que las ranas retornaran a su canto. Imelda las imaginó muy contentas.

Cerró la ventana. Era hora de dormir. Los relámpagos y truenos comenzaron a hacer acto de presencia y el canto de las ranas cesó cuando la lluvia retornó con fuerza. Mientras intentaba conciliar el sueño Imelda agradeció las primeras lluvias. Sin duda alguna, las plantas, los árboles, la tierra las anhelaban y también agradecían.

Hizo memoria del significado que tenían las primeras aguas, como solían llamar en su familia a las primeras lluvias del mes de mayo. Además de ser una bendición, también las asociaban con la maduración de las frutas de temporada.

—Hay que aprovechar comer los mangos y jocotes antes que le caigan las primeras aguas, porque sino luego se llenan de gusano—, solía decir la tía Leonor.

Los truenos seguían sonando, Imelda los escuchó cada vez menos hasta que llegó el momento que se convirtieron en una especie de arrullo y se quedó dormida.

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Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.