Polvo del camino/ 74

Retrato del pospretérito móvil

Héctor Cortés Mandujano

A Herminio y Carmen, por supuesto



Ella era delgada, tímida, blanca, con un corazón como diente de león deshaciéndose en el centro de un remolino, con la mudez que le fue impuesta por un padre muerto y una madre dominante e inmersa en la vorágine del himeneo incesante.
	Él era risueño, cantador, mago, domador de caballos, con un corazón como la corriente de una cascada que dejaba con rapidez e indiferencia, detrás suyo, amores, hijos, lo que fuera, y vivía feliz un presente perpetuo, sin memoria.
	Ella deambulaba por los terrenos cerriles de aquella finca, buscando un espacio de soledad humana para llorar, pues su llanto era la palabra que mejor sabía, que la interpretaba con mayor cabalidad, que más sacaba lo que no era capaz de explicitar con palabras.
	Él iba a la aventura de comprar o vender semovientes, y también con el ojo puesto en los árboles y el cielo; con los oídos abiertos al canto de los pájaros, a las palabras del viento; con la anuencia implícita de aceptar todo aquello que el azar le pusiera enfrente.
	Ella caminaba solitaria, silente.
	Él montaba su caballo retinto y silbaba, alegre, la tonadilla de moda.
	Ella era una rama tierna, pero ya seca de las puntas, con el tallo expuesto, las hojas caídas.
	Él era una selva llena de bejucos, árboles inmensos y plantas floridas.
	Ella, la luna cubierta con nubes negras.
	Él, un sol en el descaro de la mitad del cielo, mostrándose en su consciente e inconsciente lubricidad. 
	Ella, la sombra que trataba de esconder el cuerpo real, la inmovilidad de la piedra.
Él, un retablo de maravillas en movimiento, lleno de focos multicolores, con regalos al pie y una estrella en la cúspide que sería capaz de alumbrar la más lóbrega de sus desgracias.

Él la vio y en ese momento, presentáneo como era, decidió que le gustaba, que la enamoraría, que le propondría huir con él. Cómo no, si era un ángel flotando sobre el camino polvoso, una ninfa del bosque de cabellos rubios, una aparición bella e inexplicable, una nueva mujer para su falo insaciable.
	Ella lo vio y vio una orquesta de monos, un elefante de trompa inconmensurable y colmillos majestuosos, un centauro que con su lazo podía amarrar la luna en un árbol seco del patio, un río de variada corriente, un viento capaz de sacarla de esta realidad pacata y llevarla al cielo de las fantasías vastas e innúmeras.
	Él tal vez le dijo:
	—¿Quieres huirte conmigo, chula?
	Y ella no respondió, bajó los ojos y estiró la mano para que él la jalara y la montara en las ancas de su retinto. Lo abrazó como si no fuera un hombre, sino un regalo largamente esperado.
	Se fueron juntos. Yo comencé a latir en las bombas de dinamita de él, en la tierra ávida de ella. Algún día los vería, me verían, y les diría papá y mamá, y me llamarían con el nombre que firma esta página del móvil pospretérito que me hizo aparecer en el mundo.




Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Herminio y Carmen




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com