Revista

Líneas de desnudo. 30. El oficio de editar IV. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 30

El oficio de editar IV
Por Manuel Pérez-Petit

Plantearse en serio como objetivo el conocimiento del oficio es un buen primer paso para ser llegar a ser un día editor.  Como venimos viendo, no es tarea sencilla y, además, supone, por una parte, un conocimiento teórico y, por la otra, un conocimiento práctico. Y qué decir que también implica una formación continua. En nada de esto este oficio se diferencia de cualquier otro, pues todos conllevan aprendizaje de toda índole y actualización permanente. ¿Qué pensaríamos de un médico, un economista o un fontanero si no hiciera lo mismo? Tan de perogrullo resulta que no merece la pena abundar en ello. Pero, entonces, ¿dónde está la particularidad del oficio del editor? Nos ponemos en las manos del médico en un acto de fe convencido, lo mismo que en las manos de nuestro contable o cuando acudimos a un fontanero. Sabemos lo que nos dará y eso nos transmite una seguridad suficiente como para categorizar su trabajo. Si no funcionara, siempre podemos buscar una segunda opinión, tan de moda en este mundo del todo vale, a veces para buscar excusas, a veces por no querer aceptar la realidad, a veces porque pensamos que sabemos más que el propio profesional o porque ideas prejuiciosas nos inundan la cabeza.
            ¿Y el editor?, ¿dónde se nos queda? En realidad nos trae sin cuidado. Con lo que el editor ha sido en la historia… Quién lo ha visto y quién lo ve. Generador de un producto residual en la cadena de consumo que, además, cobra más valor por la mercadotecnia y la publicidad que por la literatura en sí misma, el del editor es, hoy por hoy, un paria en la tierra de los oficios. Podríamos tener la tentación de caer en el romanticismo –¡qué horror!– y dotar al individuo que adopta este trabajo de un aura de misionero con sus ráfagas de luces y todo, e imaginarlo como ser transfigurado en el monte carmelo de la fertilidad, alimentándose de raíces y bayas silvestres o de las limosnas de los viandantes que, siendo escritores o no, vean en él a un eremita predicador en el desierto que dedique su vida a la oración –o sea, a decir a la gente que lea– y al sacrificio –la condena de nunca prosperar aunque difunda obras maestras–. Para eso, es mejor ser un escritor “maldito” –tan de moda aún, por otra parte–, oler a alcohol y a falta de higiene personal, llevar a cuestas las pulgas de una mala vida que al final tiene éxito hasta con las mujeres, y más aún si se autopublica en fotocopias “obras maestras” incontestables.
            A colación de todo esto, hoy quisiera detenerme en esa milonga de las campañas de promoción de la lectura. ¿De verdad se creen que es función del editor promover que la gente lea? O ustedes o yo, uno de ambos, ha perdido el último tornillo que le quedaba en la cabeza o vamos mal en todos los sentidos. A ver, hablando en serio: lo que tiene que promover el editor no es la lectura, sino que se vendan los libros que publica. Y la razón es sencilla: De la precariedad de la vida del editor depende su condición ética. Un editor que pasa hambre no puede ser un buen editor, del mismo modo que un editor sin principios éticos y morales no puede ser un buen editor. Lo demás es romanticismo de kiosko, lo más barato que puede encontrarse en los anaqueles de una profesión que, a pasos agigantados, va perdiendo su sentido conforme avanza el calendario y la tontez del mundo.
            El editor es un instrumento al servicio de la obra literaria. Pone, pues, todos los medios a su alcance, empezando por su aptitud y conocimientos, en favor de una obra que es de otro. En ese sentido, sí tiene este oficio un cierto halo de ejercicio de donación, filantropía, altruismo o generosidad sin medida, en la medida en que el editor se niega a sí mismo, aunque no es menos cierto que si el editor fuera lo que debiera ser no encontraría satisfacción real en ello –como suele ocurrir– sino en las ventas –la rentabilidad– de los libros que edita. Pero no, la mayor parte de los editores promueven de manera esencial la lectura –que es cosa de libreros, por ejemplo, o de bibliotecarios–, cayendo en la trampa que con mucha dulzura y convicción se pone a sí mismo. 
            De manera particular yo creo que sobran todas esas campañas públicas de fomento a la lectura, que hoy por hoy tienen un protagonismo directamente proporcional a su fracaso en la consecución de sus objetivos. ¿Qué es eso de leer 20 minutos al día? ¿Equivale a que uno debería cepillarse los dientes tres veces o comer cinco o dormir siete horas o hacer deporte? La solemne tontería de ese tipo de promociones institucionales tiene una justificación objetivable: sirven para gastar presupuesto público –o sea, aportado por todos y cada uno de nosotros con nuestros impuestos–, y así cubrir el presupuesto público, que es estupendo que lo haya, aunque yo me pregunto: ¿No tendría más sentido emplear ese presupuesto público en apoyar, subvencionar, promover y alentar proyectos de la sociedad civil –esto es, de la gente–, programas de empresas, editoriales, iniciativas de servicios culturales, asociaciones civiles…,  que sí fomentan, y no solo la lectura, sino la escritura y el libro, el desarrollo comunitarios, la vida de las personas?
            Visten mucho en las campañas institucionales los prescriptores, personalidades famosas –a veces incluso por su incultura– que por su fácil identificación por cualquiera –”artistas”, futbolistas, periodistas...– hacen bonitos los carteles –y cuestan al erario público un pastizal– diciéndole a la gente que lea…, y teniendo en realidad el mismo efecto que los truculentos anuncios de enfermedades pavorosas y fulminantes en las cajetillas de tabaco: ni nadie lee un minuto más por aquellas campañas ni nadie fuma un cigarrillo menos por éstas. Sin embargo, si ese presupuesto “cultural” se empleara en nuestras naciones para ayudar a proyectos como, sin ir más lejos, éste de Letras, ideaYvoz, o el de Kolaval, igual la gente sí leería, y hasta puede que fumara menos. Y no me digan que barro para casa, porque la verdad es que con tanta campaña pública de lectura inútil se me queda cara de tonto.
            En efecto, han conseguido inocularnos el suero de la tontez crónica. El editor en lugar de vender libros promueve que se lea –que no está mal, pero no es lo suyo–, poniendo esto por delante de lo otro y, por tanto, desvirtuando en cierto modo su trabajo y su proyección de futuro. Me dirán que ambas cosas van de la mano, pero en la próxima entrega de esta serie de El oficio de editor les demostraré que no. El ingeniero que promueve la lectura se las ve y se las desea tanto por la incomprensión de sus en su mayoría cuadriculados colegas como por lo costoso de mantener un proyecto de fomento a la lectura de esta envergadura y naturaleza, dado que no reditúa –ni mucho ni poco–, si solo nos atuviéremos a la cuenta de resultados. El inexistente hoy por hoy lector, mientras, se deja llevar por los dorados cabellos de la prescriptora –famosa por su papel estelar en la telenovela de moda o por ser la madre de los hijos de un famoso cantante, qué sé yo– de que lea para seguir sin saber siquiera qué es un libro… Y es que así estamos todos: tontos de capirote.
            Si no, que me lo digan a mí. Ayer por la mañana salí a comprar café, pues justo se me estaba acabando el que me quedaba. Como editor que soy –y, por lo mismo, pobre, dadas las circunstancias, que sobrevivir ya es mérito–, siempre suelo mirar precios y comparar unos productos con otros de la misma especie. Sin embargo, me detuve en la etiqueta de un frasco que tenía impresa una fotografía de un personaje: nada menos que Diego Lainez, gran promesa del fútbol mexicano y, sobre todo –para mí–, estrella futbolística emergente de mi equipo del alma, el Real Betis Balompié, que esta temporada va como un cohete con el objetivo de clasificarse en la liga española para competiciones europeas –olé–. Por su manera de sujetar la taza, este joven deportista e ídolo no me pareció muy cafetero, pero a mí me dio igual. Tontuno que soy de algún modo por contagio del aire respirable general, compré ese café, sin mirar el precio. Y no está nada mal, menos mal. En esto me he sentido afortunado, porque la cosa está como para fiarse de las campañas de mercadotecnia, que nos lavan la cabeza al punto de que a muchos editores les importa más que se lea que que se vendan sus libros.
   
Fotografía:  "Etiqueta del frasco de café que compré esta mañana (detalle)". ©M. P.-P., 2021

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 29. Distopía X: Un mundo mejor. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 29

Distopía X: Un mundo mejor
Por Manuel Pérez-Petit

Cuenta que te cuenta y aún con el peligro de convertir esta nueva entrega de mi serie acerca de la distopía en una novela-río –lo cual sería como obtener todas las papeletas del sorteo de un naufragio–, me lanzo a la aventura de reflexionar acerca de algo muy de nuestros días, tan pobres en buena literatura y tan ricos en mala vida, pese a que a veces parezca lo contrario, lo cual es una contradicción pues fue siempre ésta –la mala vida, en el buen sentido– la generadora de aquella –la buena literatura, al fin fruto de la vida vivida–, y esto me hace pensar una vez más y reafirmarme en el pensamiento de que vivimos un mundo peor, de manera independiente a la nueva realidad de la Era distópica que ya nos atrapó.
            Ya veníamos viviendo en un mundo peor y todo estaba siendo sometido aunque fuera al mercado, en que el egoísmo ya era la razón de ser de cada cual, en que mirábamos cada vez más y veíamos cada vez menos, en que los muertos paseaban por la calle y la depresión asentaba sus reales en nuestras vidas sin ni siquiera darnos cuenta. Un mundo vigilado, de la desconfianza, del dolor, del suicidio, de la autodestrucción, del ruido, del horror al vacío, del pánico al silencio. Un mundo en que se confundía al más agresivo con el más fuerte y en el que cada día tenían menos cabida los resistentes, que ni son fuertes ni son agresivos pero estaban desde siempre abocados a sufrir golpes por sistema –y lo sé por experiencia–. Un mundo de granito y acero inoxidable, árido y frío, de apariencia indestructible, de fuegos fatuos, lleno de emociones descontroladas. Un mundo que daba miedo. No loco sino desquiciado, esquizo e imprevisible. No puede sorprender, pues, que los de arriba aprovechen la pandemia para hacer su faena maestra.
                Un mundo en que todo el mundo escribía, por ejemplo, al punto en que era mejor no decirle a nadie que tú también lo hacías... De golpe acabo de recordar ahora una publicación de mi amigo Luis Bugarini de septiembre de 2016 en su blog “Asidero” de la revista mexicana Nexos, titulada “El auge del palabrero”, y de la que saco una cita literal: “Como nunca antes había sucedido, ahora la condición de escritor se otorga con apenas méritos”... En efecto, todo el que escribe líneas cortas es poeta y el que hace parrafadas es narrador –o lo que es peor: novelista–. Todo ingenioso tiene frases memorables que escribir y compartir con los demás, para que le aplaudan. Hay quien dice sin pudor que tiene fans... Oigan, que no. Que esto es un oficio, y nada fácil, por cierto. Que hay mucha gente con libros publicados que no son escritores, que no pueden serlo, que están a años luz de la posibilidad de convertirse en ello. Y pasa lo mismo con el periodismo. Por definición es periodista –y pactemos con la realidad– todo aquel que es contratado por un medio de comunicación. Pero eso no le hace periodista, como tampoco lo son los que aprovechan, que son mayoría, las redes sociales para dar “noticias”. Por esa misma razón, periodistas somos todos y, por tanto, carece de sentido el periodismo. Ser periodista, como ser escritor, no es fácil. Hay que tener disciplina, rigor, autocrítica… Sin embargo, la frivolidad se instaló ya hace mucho, a lo que parece de forma muy enraizada, en nuestras vidas, y estamos en una época como ninguna otra de la consagración del todo vale, elevada ya a la enésima potencia con la distopía que nos tiene en la burbuja, y por la que cobra especial y urgente relevancia la necesidad del verdadero arte y la verdadera literatura o el periodismo de verdad, tan grave cuestión que quizá por ello la vemos prescindible. Y creo de verdad que lo que falta en el mundo es imaginación, espíritu, valentía, capacidad de amar y conciencia, elementos sin los cuales no podremos llegar a ningún sitio pero que son los primeros que solemos tirar a la basura.  
            La verdad resulta incómoda o incluso nos parece más defecto que virtud. Sin conciencia –esto es, sin ella–, hacer lo que a cada uno nos venga en gana es muy fácil, sin tener en cuenta nada ni a nadie. Así, todos vamos a lo nuestro, sin importarnos en absoluto ninguna otra consideración ni límite. Y en esa tesitura, ganancia para pescadores: resulta que alguien, en nombre de un “bien superior”, nos pone los grilletes. 
            A la hora de transformar en positivo el estatuto de las cosas no se trata de aplicar una mala e insana interpretación de la solidaridad, esa palabra tan mal usada y tan vaciada de contenido y de tantas connotaciones hermosas como tiene. Lo primero que falta en el mundo es amor. En el incremento de nuestra capacidad de amar, de transmitir la luz, de hacerlo empezando por amarnos a nosotros mismos –que es otra cuestión fuera de moda y confusa–, estará la virtud más revolucionaria que pueda nadie imaginarse, la antesala de la fertilidad y la superación de este mundo nuevo espantoso que nos cerca. Claro que si consideramos esto una solemne tontería llegamos a donde estamos y, zas, lo que nos entra es ganas de morirnos –y hayh muchas maneras de hacerlo–, otra gigantesca consecuencia de lo que hay, porque tener ganas de morirse es, en realidad, un nuevo acto de soberbia, y como bien sabemos, la soberbia es el principio de la infelicidad.
            No seguiré por la vía filosófica. Al final lo que hay que hacer es pedagogía. El caso es que si nos amamos a nosotros mismos y alcanzamos la humildad tendremos la capacidad real de ver el mundo, y amarlo, y a través de ello ser sensibles a la realidad, observarla, analizarla, verla y transformarla. Deberíamos olvidarnos de posturas de rebeldía sin fundamento, tales como sentirse al margen de la sociedad, pues es un contrasentido, y nadie encuentra la libertad negando su condición de ciudadano. Y ahí es en donde entran en juego la imaginación, el espíritu y la valentía, teniendo conciencia de que los grandes esfuerzos son buenos si están acompañados de pequeños y cotidianos esfuerzos, si vivimos con plenitud y afrontamos el reto, sabiendo a ciencia cierta que no hay reto imposible por mucho que lo parezca. Para ello solo habría que apelar a la imaginación, a la capacidad de saber que la vida existe –y hasta en nosotros mismos, miren por dónde– y que nos invita a transformar el mundo, un mundo que no nos agrada y ante el que nos sentimos rebeldes, porque hoy se nos presenta carente de sentido y de esperanza. 
            Y como no hay nada peor que un mundo triste que niegue la esperanza, creo con sinceridad que nos deberíamos preguntar qué hacer, ¿sentarnos a oírnos a nosotros mismos?, ¿lamentarnos acaso y no hacer nada porque creemos que nada es posible? Espero que no. La observación de la sociedad actual nos invita a comprometernos aún más, a olvidar el miedo al fracaso y a pensar en positivo, porque solo triunfa el que se lo propone. Yo no sé ustedes, pero yo pienso hacerlo, y para ello me propongo, verbigracia, desterrar de mi vocabulario las palabras que suenen a desidia, a fracaso, a falta de ilusión o a ver el vaso medio vacío. 
            Si no, la novela-río en que puede convertirse nuestra vida se desbordará antes de llegar al mar, y el naufragio –que puede ser bonito verlo en películas pero que en la vida real es horripilante– nos apresará, y todo ello será la consagración de una realidad deleznable: estaremos viviendo de forma definitiva en un mundo peor sin solución posible. Un mundo ennegrecido con apenas sombras.
Fotografía:  "Un mundo ennegrecido con apenas sombras". ©M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 28. Distopía IX: “Yo soy tu padre”. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 21

Distopía IX: “Yo soy tu padre”
Por Manuel Pérez-Petit

Cierto es que el año p. 1 d.p., en éste su discurrir como cuchillo en mantequilla en nuestras existencias hacia la perdición de la Era distópica que se adueña de nosotros con la misma sutileza con que el canciller Palpatine se adueñó del joven padawan de jedi Anakin Skywalker, de alma, vida y corazón, todo lo ha trastornado como por ensalmo, generando un desconcierto sin precedentes en la historia. Pero hoy no hablaré de ello.
            Cierto es que hubo otras pandemias y catástrofes con anterioridad, y desde siempre, que generaron caos y luego reconversiones, transformaciones y radicalizaciones de todo tipo, pero no lo es menos que una vez pasada la tormenta todo volvió a ser igual, y así una y otra vez hasta nuestros días. Sin embargo, en este artículo no abordaré tampoco este asunto.
            Cierto es que esta pandemia de la tercera década del siglo XXI es, a lo que vemos, diferente a todas las anteriores, en esencia y en trascendencia. Ha venido para quedarse –qué duda cabe– y los poderosos del mundo han tomado, con agilidad de cancerbero mítico, la sartén por el mango de nuestras existencias, incluso como nunca antes, para ahogarnos en su bilis venenosa, aunque este tema lo dejaré para otro día.
            Cierto es que en mi Líneas de desnudo del pasado 5 de febrero, titulado “Distopía VI:  La nueva Era (1)” defendía que la Era distópica “es una regresión gigantesca para la Humanidad”, y añadía que de “más de doscientos años”, porque de algún modo nos regresa a la sociedad estamental y de control imperante desde la baja edad media hasta el siglo XVIII, y cierto es que si bien aquellas monarquías absolutas lo controlaban todo no sabían quién era cada cual –y en el fondo les daba lo mismo–, y, sin embargo, ahora, saben de todos y cada uno no solo fe de vida y penales sino si hasta si tenemos, por ejemplo, una incipiente caries en la parte interna del segundo molar superior permanente del lado izquierdo, pero no lo saben por la ficha del dentista –pues lo saben antes de que éste la certifique e incluso antes de que a uno le duela– sino por el chip que nos implantan –y hasta lo harán de manera física, y si no al tiempo– para saber, anclados a sus poltronas de poder en oscuros despachos con olor a azufre aunque muy desinfectados, quién es quién y cómo manejarlo por completo en la arácnida sociedad diseñada de manera oportuna en la que ejercen un control omnímodo del universo, cuestión que vengo abordando pero acerca de la cual hoy pido disculpas por no abordar.
            Cierto es que hoy ya hemos certificado por decreto la muerte real de la libertad en aras de un “bien común” abstracto y demagógico pero oportuno a sus intereses y de una nueva “libertad” en que controlan no solo nuestros pensamientos e intenciones sino hasta si nos hemos hecho recta o torcida la raya a la izquierda al peinarnos el cabello esta mañana, y lo hacen sin pudor, con luz y taquígrafos y sin necesidad de ponernos una pistola en la cabeza. Y hoy, de todos modos, tampoco me apetece hablar de esto.
            Cierto es que ya hemos certificado por decreto la abolición real de la persona mediante la potenciación interesada de conceptos tales como los de individuo o número –que ya se están imponiendo–, y que no tardará mucho en inaugurarse un mundo feliz para regocijo y solaz de unos pocos y el ordenamiento “eficiente” de todos los demás, nuevos parias de la tierra con códigos de barra y vigilancia continua, de lo que en esta ocasión me abstengo de hacer comentario alguno.
            Cierto es que el lado oscuro, el reverso tenebroso, es “más rápido, más fácil, más seductor”, como el maestro Yoda le dijo a Luke durante el entrenamiento de éste en el planeta Dagobah, y no lo es menos que los dirigentes del mundo no solo han caído en él –estaban más predispuestos que el Chavo del ocho a transgredir las normas, poniendo caras de tonto, dicho sea con todo el respeto al Chavo del ocho– sino que hasta los funcionarios intermedios del sistema se apuntan a ello en masa, pletóricos de alegría, pues el nuevo estatuto de las cosas así lo prescribe. Y a qué decirles que no comentaré esta realidad en la presente entrega.
            Cierto es que ya hemos certificado por decreto la muerte real de la democracia a manos del nuevo totalitarismo que ejerce de facto ya el gobierno –y los gobiernos– de la nueva sociedad, los nuevos monarcas absolutos, el nuevo estamento de los jefes del mundo, con su estrategia grabada en piedra ya de palo y zanahoria... , y, ahíto de dolor como me encuentro, tampoco quiero enfrentar esta materia en estas líneas... 
…
            Y lo cierto es que, entre mis tareas, mi arrastrar la bola de dolor que estoy hecho –solo por el hecho de ser persona y creer en la libertad– por los calendarios más duros que recuerdo de mi vida, mi torpe y escabroso atravesar el desierto que me toca –y en realidad nos toca a todos– y mi levantarme en cada momento con el alma llena de ciática –doblados por el espinazo como andamos–, ya ni recuerdo de lo que de verdad quería hablar en este artículo, pero lo que sé es que toca armarse de esperanza y amor y fe –lo cual es un trabajo hercúleo en esta tesitura en que todo es frío como el acero y difuso como niebla londinense– si no queremos vernos cara a cara con la nueva realidad –que son los nuevos dirigentes, nuestro smartphone, nuestras píldoras diarias de autocontrol y soma, ...– y ésta nos diga, mientras nos vence con su sable de luz de las tinieblas, con voz de ultratumba –lo cual sería ya nuestra perdición–: “Estás derrotado. Resistir es inútil. No te dejes derrotar como lo hizo Obi-Wan... No hay escapatoria. No me obligues a destruirte... Todavía no te has dado cuenta de tu importancia. Solo has empezado a descubrir tu poder. Únete a mí y yo completaré tu entrenamiento. Combinando nuestras fuerzas, podemos acabar con esta beligerancia, y poner orden... Yo soy tu padre... Juntos dominaremos el mundo como padre e hijo. Ven conmigo. Es el único camino...”

 
   
Fotografía:  ©M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Paso de fuego. Paulo Freire. 4. Alejandro Aldana

Por Alejandro Aldana*

¿Quién es ese hombre de la barba florida?

                                Para Luz y Emiliano



Actualidad del pensamiento de Paulo Freyre
 
 
Paulo Freire entendió que la educación representaba una espetera fundamental para la transformación de los pueblos que se encuentra en situación de pobreza. Ubicó que América Latina poseía una historia común que se establece desde las culturas mesoamericanas y adquieren una nueva cohesión a partir de la conquista española. Freire tiene una formación académica muy completa, pero su mundo vital sumó una visión nueva y más completa sobre la realidad. En sus diferentes trabajos y contacto con los barrios pobres y el proletariado de diversos países le permitió conocer al oprimido. Freire observa que el oprimido busca ser como su opresor, lo percibe como la realización excelente, la superación de su propio ser en el ser de ese otro que sin saber porque tiene mayores recursos económicos. 
	El oprimido se cosifica, pierde su pensamiento crítico, es por ello que necesita una educación que le permita remirarse, volver a develar el espejo de la conciencia que le muestre su verdadero rostro, en el fondo también se trata de un problema del origen y la identidad. 
	La relación oprimido-opresor se establece desde la colonialidad, el colonizado, el oprimido, busca “ascender” en una supuesta jerarquía social para parecerse cada vez más a su opresor. Es por ello que se desclasa, pretende pertenecer a una esfera social, política y económica a la que no pertenece, por lo tanto tiende a discriminar a sus iguales, en el entendido que si desprecia a sus compañeros de clase, este dejará de ser un oprimido. 
	Una de las aportaciones más importantes y de gran actualidad en el pensamiento de Freire es la búsqueda de conectar lo público con lo popular. ¿A qué se refería? Bueno, Freire comprende que las sociedades de América Latina se componen de una diversidad reinante, esa es su característica fundamental y Freire entiende que esa es su verdadera riqueza. Nuestros pueblos cuentan con una variedad importante de culturas, lenguajes, idiomas, danzas, tejidos, formas diferentes de ver el tiempo, el espacio, tienen su propia cosmovisión, esas miradas no caven en las percepciones del mundo occidental. 
	La educación durante años y años, incluso hoy mismo, tienden a jerarquizar esas percepciones, donde en la sima de la pirámide se encuentra la mirada occidental. La cultura de occidente se convierte en la autoridad única, la detentada de una verdad que se instituye desde un supuesto prestigio dado por su importancia. 
	Freire por el contrario pugna por una educación que contempla las visiones locales, regionales, comunitarias, pero también la visión occidental. Freire no niega la mirada occidental, más bien la comprende en su verdadera profundidad, no pretende negarla o erradicarla en el proceso de educación. Freire plantea un diálogo de las miradas, sin conceder jerarquía donde unas se entiendan como mejores o peores. 
	El oprimido, colonizado, se encuentra atrapado en un circulo vicioso, pretende ser como su propio opresor, pero no comprende del todo cómo esta establecida la relación de opresión. La escuela, según Freire, es un agente externo, que no está o no debe estar sometida a ese circulo vicioso, por el contrario la educación debe permitir la superación dialéctica de dicha relación de explotación. 
	Freire plantea que se debe contemplar de igual manera la experiencia de los estudiantes, sus formas de vida, sus intereses, las formas de socializar, su cosmovisión, su lengua, su cultura y el conocimiento institucionalizado, en una tendencia clara de retroalimentación. 
	En ocasiones algunos malos lectores de la obra de Freire hablan de una negación del conocimiento occidental, para priorizar los saberes y el conocimiento regional, de esta manera estamos simple y sencillamente traicionando pensamiento de Freire. Pretender que el conocimiento que es necesario para revertir una relación de colonización sea solamente el conocimiento local. Esto nos llevaría a dar la espalda al mundo, y Freire jamás propuso algo tan absurdo. 
	Freire hace hincapié en que es necesario conocer al otro, es una relación con la otredad, ese otro que nos es extraño, conocerlo implica comprenderlo y respetarlo. Solamente cuando conocemos al otro, puedo comenzar a saber quién soy yo. A partir del otro yo puedo ser. El otro me incluye, lo incluyo. Cuando veo que el otro observa el mundo de una manera diferente a la mía, yo entiendo que somos diferentes y que yo soy. 
	Para Freire el ser humano no es un ente terminado. Esto nos llevaría a entender que la persona es únicamente un ser pasivo. Por el contrario, Freire entiende que el ser humano es un ser en proceso de creación, se está formando a través e su vida, así es un sujeto activo, que decide e incide en la realidad. El educador no se ha terminado de constituir, por lo tanto no es el detentador de una verdad, en realidad sigue aprendiendo, se sigue completando en su propio ser y solamente puede lograrlo mediante su vida en comunidad.       
 
Photo by Skully MBa on Pexels.com

Fotografía:  Skully MBa , por Pexels

Sobre Alejandro Aldana Sellschopp

Investigador, promotor cultural, editor, ensayista y narrador.

Ha sido becario de: FOESCA (Emisiones 1999-2000 y 2000-2001), PACMYC, fue becario del FONCA (2003-2004) en el programa de Jóvenes Creadores en la modalidad de novela. Está incluido en la antología del FONCA – Jóvenes Creadores generación 2003-2004.

Ha publicado: Tiempo a Contrapunto (UNAM- Espacio Cultural Jaime Sabines),  Nudo de Serpientes (Novela). Su cuento Diario de un lobo está incluido en la antología Inventa la memoria (Alfaguara). La novela en Chiapas, antología (Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas en el 2018).

Voces ensortijadas. 59. Vas a encontrarte. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 59

Vas a encontrarte

Por María Gabriela López Suárez

El día en el campo le había sentado bien a Vanessa, estar en contacto con los árboles, las flores, escuchar el canto de diferentes aves y en particular ver a un colibrí era una manera de conectar con ella misma. Justo la parte en que menos ponía atención por estar siempre al pendiente de la agenda de actividades que tenía y en las demás que, normalmente, no podía negarse a participar.

Sin embargo, con el paso del tiempo había ido aprendiendo a reconocer su cuerpo, quien comenzaba a manifestar su cansancio de diferente manera, hasta llegar un punto en el que debía hacer pausa para retomar el paso.

Esa mañana despertó temprano y decidió regalarse ese día para disfrutar sin prisa. El parque al que asistió era una especie de pulmón del lugar donde vivía. Era un espacio mágico, así lo sentía ella.

Al llegar se percibía otro ambiente, los árboles frondosos daban la bienvenida, junto con el aroma a bosque, a plantas y la sensación de frescura que hace sentirse apapachado. La diversidad de flores eran como la cereza del pastel, a medida que caminaba en los andadores se encontraba una flor distinta en varios colores. 

Vanessa se dejó atrapar por el aleteo de un colibrí, ahí permaneció varios instantes, observando la rapidez con que movía las alas. Trajo a su mente lo que recordaba, quizá era la presencia de uno de sus seres queridos que había regresado a saludarle o también, como se pensaba en las culturas precolombinas, era un buen augurio para sí misma.

Sintió mucha paz y a la vez alegría, al tiempo que recordaba la letra de una de sus canciones favoritas, Vas a encontrarte,

Vas a encontrarte, vas a encontrarte...Porque todo se acaba colocando, aunque parezca que al puzzle le faltan piezas, o que las instrucciones de montaje estaban equivocadas. Finalmente, todo encaja, como se ensamblan las maderas, como se encuentran dos imanes, cuando es la hora, todo llega.

Sonrío mientras sentía que los ojos se le humedecían. El canto de los pájaros siguió acompañando el recorrido que retomó después de su pausa.
 
Photo by Djalma Paiva Armelin on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 59. ¿Por qué no te suicidas?. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 59

¿Por qué no te suicidas?
Héctor Cortés Mandujano

  
En “Conmoción”, el capítulo quinto de la quinta temporada de los Peaky Blinders (serie británica creada por Steven Knigh), Barney ha permanecido durante diez años en un manicomio, porque fue soldado, un gran tirador, y todas las terribles experiencias de la guerra le hicieron perder contacto con la realidad.
	Va a visitarlo Tommy Shelby, el líder brutal y complejo (actuado por el enorme actor Cillian Murphy) de los Peaky. Barney está confinado en una celda miserable y tiene puesta permanentemente una camisa de fuerza. Así ha estado por años.
	Tommy necesita su fría sangre asesina y su puntería para terminar con un enemigo poderoso. Antes le ofrece otra salida: una pastilla que combina el opio y el cianuro, que le dará sueño en un principio y lo matará después, sin dolor. Barney sabe que ese sería el fin de su vida inmunda, pero no quiere, no acepta la muerte como solución.
	Tommy le dice algo así: “Yo sé porque no quieres morir: recuerdas a aquella mesera francesa”. 
	Barney se lo confirma y agrega: “Y también creo que las cosas pueden cambiar”.
	La escena es breve y eficaz.
	Pero es ficción.

***

                                          ¡Qué bello podría ser el mundo!,

                                          citado por Victor E. Frankl

En El hombre en busca de sentido (se publicó por primera vez en 1946; mi edición es de Editorial Herder, 1999), el psicoanalista Vicktor E. Frankl cuenta cómo sobrevivió a los campos de exterminio nazi: tenía la certeza de que algo iba a cambiar, pese a que lo habían convertido en un número y ya no tenía emociones de asco, piedad u horror.
	Con su experiencia vital y profesional fundó la logoterapia, que busca justamente hallar un sentido a la vida (p. 138): “La logoterapia mira más bien al futuro, es decir, a los cometidos y sentidos que el paciente tiene que realizar en el futuro”. Gordon W. Allport, en el prefacio, asegura que Frankl preguntaba generalmente a los pacientes con múltiples padecimientos (p. 9), “¿por qué no se suicida usted?”, como la pregunta inicial para hallar el sentido de vivir.
	El psicoanalista, vuelto el animal más maltratado, más sobajado, aprendió mucho de su naturaleza (p. 72): “El ‘tamaño’ del sufrimiento humano es absolutamente relativo, de lo que se deduce que la cosa más nimia puede originar las mayores alegrías”.
	Dice Frankl (p. 101): “La pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra: ¿tiene algún sentido este sufrimiento, todas estas muertes? Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento”. Así (p. 110): “El prisionero que perdía la fe en el futuro -en su futuro- estaba condenado”.
	Otra pregunta (p. 126): “¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es”. Por eso (p. 147): “Los campos de concentración nazi fueron testigos […] de que los más aptos para la supervivencia eran aquellos que sabían que les esperaba una tarea por realizar”. Mucho que aprender.
 

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Ilustración: Juventino Sánchez
Ilustración: Juventino Sánchez

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Líneas de desnudo. 27. El elegido 3: Anakin Skywalker, víctima de sí mismo. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 27

El elegido 3: Anakin Skywalker, víctima de sí mismo
Por Manuel Pérez-Petit

“Aprender a liberarte de aquello que, precisamente, perder temes” fue el consejo que el maestro Yoda le dio al joven Anakin Skywalker, no en vano el miedo siempre ha sido una puerta al lado oscuro de la Fuerza. El joven padawan –aprendiz, para los legos en la materia– del maestro jedi Obi-Wan Kenobi se había enamorado en secreto de Padmé Amidala, a quien conoció siendo niño en Tatooine, en el límite exterior, desconocido hasta entonces y famoso en el futuro –y no solo por sus dos lunas–, su planeta de origen. Cuando la conoció le preguntó si era un ángel. Tiempos difíciles aquellos, pero muchos más complejos los que tuvieron lugar durante las guerras Clon, cuando surgió, contraviniendo las normas jedi –que prohíben de manera expresa apegarse a nadie–, el amor incontenible entre Padmé y Anakin, que se casaron en secreto en el planeta Naboo. 
            Después llegó lo inevitable, la otrora reina de Naboo –una monarquía no hereditaria sino electiva– y, en ese momento, representante de su propio planeta en el Senado de la República intergaláctica, queda en estado de buena esperanza. Anakin se enteró de la noticia a su regreso de una misión con su maestro en la que habían rescatado con gran riesgo al canciller Palpatine de las garras del conde Dooku, muerto en ese lance a manos del propio Anakin. Sin embargo, en lugar de dar lugar a la felicidad que suele provocar una noticia de tal calibre, esto generó en el joven pesadillas y ansiedades que le llevaron a consultar al maestro Yoda.
            Por entonces, hace mucho tiempo, en una galaxia lejana, muy lejana, se vivía una cruenta guerra civil que luego desembocaría en el terrible primer Imperio intergaláctico, maquinado por Lord Sith Sidious, cuya identidad en ese momento no se había desvelado y hasta se dudaba de su existencia, pues los jedi vivían convencidos de que los sith habían sido exterminados hace mil años, aunque eran conscientes de que en el proceso guerracivilista el enemigo eran gentes –no se puede decir personas porque había fauna de todo tipo y hasta cyborgs– que se habían pasado al lado oscuro. 
            Anakin era hijo de Shmi Skywalker, una esclava de origen desconocido que había sido llevada al planeta Tatooine y era propiedad de un comerciante de chatarra llamado Watto, espécimen de una raza de seres alados originarios de Toldaría y llamados toydarianos. Su concepción está envuelta en el misterio, pues Shmi afirmaba que Anakin no tenía padre. El niño creció y desarrolló una gran inteligencia y una notable vivacidad, al punto de estar construyendo en sus ratos libres sin la menor ayuda un androide de protocolo al que llamó C-3PO, capaz de dominar seis millones de formas de comunicación. 
            Cuando contaba con 9 años de edad conoció a Padmé. En aquel tiempo era esclavo, como su madre, de Watto. La entonces reina se encontraba huyendo de Naboo, que había sido invadida por la Federación de Comercio, acompañada de un reducido séquito personal, el maestro jedi Qui-Gon Jinn y su padawan Obi-Wan Kenobi y el droide astromecánico R2-D2. Por una avería en su nave, tuvieron que detenerse en Tatooine. Los jedi se dispusieron a ir a buscar las piezas que necesitaban con el droide y Padmé, en principio una doncella de la reina pero en realidad la reina misma de incógnito, pues, como ella dijo después, utilizaba señuelos que se hacían pasar por ella como medida de protección personal.
            Después de varias peripecias, los jedi obtuvieron la libertad de Anakin, y con más razón al descubrir que el niño poseía una cantidad nunca vista antes en sus células de midiclorianos, criaturas microscópicas simbióticas gracias a las cuales se puede entender los designios de la Fuerza y hasta es posible que dé la vida... Qui-Gon Jinn se llevó consigo al niño, con la promesa de convertirlo en un jedi, y cuando lo presentó al Consejo Jedi surgió entre sus integrantes la duda de que pudiera tratarse de el elegido. La leyenda contaba que un día un jedi llegaría para dar equilibrio a la Fuerza… 
            Así comenzó Anakin su entrenamiento como futuro caballero jedi, a manos de Obi-Wan, quien lo tuvo bajo su tutela durante diez años, al término de los cuales tuvo lugar su reencuentro con Padmé. Que no se vieran antes no se explica en esta saga que en realidad es un western en el que en lugar de fusiles winchester se usan sables de luz y en lugar de con revólveres se resuelven las batallas con pistolas de agua que disparan rayos. El reencuentro de Padmé y Anakin coincidió con una creciente amistad de éste con el canciller Palpatine, quien con mucha habilidad va consiguiendo de manera paulatina manipularlo. A eso ayuda la impulsividad y la falta de autocontrol –sobre todo en lo que se refiere la ira, la demora y la frustración– del joven todavía padawan, que le lleva a infringir en numerosas ocasiones –sin confesar incluso– las normas de los jedi, como todas las derivadas de la ira –que no son pocas en su caso– o, sin ir más lejos, la de enamorarse y apegarse a alguien, y en esto no tuvo medida, llegando a contraer matrimonio con su amada. 
            Palpatine lo nombró su representante en el Consejo Jedi, convirtiéndose en el miembro más joven de la historia del mismo, pero no obtuvo el reconocimiento de maestro, lo cual le produjo una fuerte frustración, con la que comenzó en realidad su viaje al lado oscuro. Sus pesadillas, que eran acerca de la muerte de Padmé fueron acrecentándose, a partir de lo cual se convirtió en su obsesión salvar la viuda de su esposa, cuestión que el canciller le prometió si seguía sus consejos, entre los cuales se encontraban enseñanzas sith. Poco después, el propio Palpatine se manifestó como Lord Sith Sidous, y aunque Anakin lo comunicó al Consejo, ya era tarde para él. Cuando fueron a detener al canciller, actuó a favor de él y se sometió a su enseñanza, siendo rebautizado como Lord Darth Vader. Ayudó entonces a su nuevo maestro a ejecutar la orden 66, que consistía en el exterminio absoluto de los jedi, de lo cual solo escaparon el maestro Yoda y Obi-Wan Kenobi. Una vez activada y en ejecución la orden, Anakin acudió al Templo jedi, donde vivían y aprendían las enseñanzas jedi numerosos niños, y los asesinó a todos, tal y como descubrieron poco después Yoda y Obi-Wan, cuando se reagruparon para analizar la situación.    
            El canciller Palpatine declaró en el Senado la ley marcial y la transformación de la República en el Imperio y se autonombró emperador. Poco después, Padmé supo de la deriva de Anakin, lo que la sumió en una gran tristeza, y viajó al planeta volcánico Mustafar, buscándolo. Su embarazo estaba muy avanzado, pese a lo cual discutieron y Anakin la agredió, dejándola inconsciente. En la nave en que ella fue en su búsqueda viajaba también de incógnito Obi-Wan, que se enfrentó en un duelo con sables de luz al que había sido hasta hace poco su aprendiz, venciéndolo, tras lo que llevó a Padmé a la base secreta de asteroides Polis Massa, en donde ella dió a luz gemelos a los que puso por nombre Luke y Leia, muriendo en el parto. Modificaron su cuerpo para que pareciera que seguía embarazada al momento de su muerte y Yoda y Obi-Wan decidieron separar a los niños. Leia fue adoptada por el senador Organa en el planeta Alderaan y Luke, llevado a Tatooine, donde sería criado por el hermanastro de Anakin, Owen Lars, y su esposa. 
            El emperador rescató a Anakin, ya Lord Vader, que había quedado malherido de su duelo con Obi-Wan, y lo sometió a una curación tecnológica espantosa, convirtiéndolo en un cyborg. Cuando se repuso, Vader preguntó por Padmé y recibió por respuesta que él mismo la había matado en un ataque de ira, lo que terminó de rematar su conversión profunda al lado oscuro.
            Es el caso de Anakin Skywalker, una víctima de sí mismo, de sus miedos, de sus heridas... Un elegido por causas biológicas, por lo que su naturaleza era inevitable, aunque si no lo hubieran descubierto los jedi en Tatooine en su día igual hubiera pasado desapercibido a la historia. Sin embargo, se lo llevaron en la esperanza de que fuera aquel al que se refería la leyenda, y, más tarde, sus limitaciones personales y su inmadurez le llevaron a elegir un camino no previsto en la leyenda del elegido que debía llevar el equilibrio a la Fuerza. Pero el apellido Skywalker y su árbol genealógico posterior dará mucho que hablar. Es cosa del destino, ese fatalismo en el que muchos creen, negando de paso la libertad, pues todo comenzó con una profecía acerca de la cual el maestro Yoda dijo en otro momento: “que mal interpretada pudo haber sido”.
 Máscara de Lord Darth Vader
Fotografía:  Máscara que impuso el emperador a Anakin Skywalker, ya convertido en Lord Darth Vader, en la intervención a la que lo sometió por las graves heridas derivadas del duelo que éste mantuvo con Obi-Wan Kenobi en el planeta volcánico Mustafar (la imagen es de dominio público).

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 26. El oficio de editar III. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 26

El oficio de editar III
Por Manuel Pérez-Petit

Igual que todo cabe en los libros, todo cabe en nuestra cabeza, en la de todos y cada uno. Otra cosa es que lo ejercitemos, que si no lo hacemos tampoco pasa nada. No estoy aquí para prescribir, menos mal. Pero la vida sigue su curso, y no podemos clavarnos solo en lo que nos acucia.
            Hablemos hoy de racionalidad, que es el atributo cognitivo en que se enmarca y desarrolla la capacidad de pensar, evaluar, entender y actuar de todos y cada uno. No debe confundirse con la inteligencia. Hay personas muy inteligentes que no tienen capacidad alguna de raciocinio. Doctores tiene la iglesia, como suele decirse, y no abundaré en temas que son más propios de científicos que de humanistas, dos cosas que no deberían tampoco confundirse, como ya deberíamos tener asumida la diferenciación de la trinidad información-conocimiento-sabiduría, aunque sea de manera intuitiva. La lógica, por su parte, además de una disciplina de la filosofía, es, por decirlo de algún modo, la forma en que se expresa la racionalidad de cada uno en cada uno. Por lo general, la mayoría de nosotros utilizamos la lógica racional –reconozco que en esta afirmación soy generoso–, que conforma lo que llamamos sentido común, mediante lo cual decidimos qué tiene sentido o qué no lo tiene. Pero con solo el uso de la lógica racional no se puede de ningún modo ser editor, pues hacen falta muchas más herramientas cognitivas e intelectivas para ejercer este oficio tan antiguo y complejo.
            Igual que se dice que todo está en los libros –y yo lo creo–, todo está en nuestra cabeza –así, dicho literal–. Otra cosa es sacar de nuestras mentes todo lo que se puede sacar. Nuestras capacidades cognitivas e intelectivas pueden entrenarse y desarrollarse. El ejercicio de la memoria –no confundir con la memorística, fruto de la capacidad de memorizar–, por ejemplo, se puede trabajar al punto de que todos tenemos capacidad de reconstruir nuestras propias historias de vida, incluso por encima de los recuerdos, los cuales, por lo general, vienen a distorsionar nuestra memoria, por cuanto son siempre subjetivos, en tanto la memoria es identitaria, y, por eso, tiende más hacia la objetividad. Es en nuestras capacidades cognitivas –relacionadas con el conocimiento– e intelectivas –relacionadas con el entendimiento– donde radica la clave. Un editor debe ejercitar y desarrollar ambas. 
            Para comprenderlo, debemos seguir abundando en los niveles superiores de la lógica, una vez visto que el nivel básico –el racional– no es suficiente. Si ascendemos por la escala, nos encontraremos con la lógica analógica, que nos permite poner en relación una cosa con otra. Es lo que conocemos por analogía, en realidad también un método simple de deducción que nos permite, por ejemplo, separar las obras literarias por géneros, no solo por narrativa, poesía, teatro…, sino por novela histórica, policíaca, de amor… Está bien poder poner en relación una obra literaria con otra y así tener un método, una categorización, pero esto es a todas luces insuficiente para ser editor, lo cual nos obliga a subir un nivel más en el desarrollo de la lógica: la silogística, mediante la cual se puede poner en relación una cosa con otra y sacar una conclusión, de carácter deductivo. Este nivel de la lógica no es tan simple como los anteriores, pero tampoco habilita a una persona para el oficio de editor, lo que nos obliga a acudir aún a un nivel superior: la lógica heurística, que nos pone en la situación no ya de relacionar una cosa con otra sino de conocerlas –comprenderlas– a fondo y establecer un debate. La heurística, conocida como ciencia del descubrimiento, permite resolver problemas y desarrollar la creatividad. Es el único nivel de la lógica en que puede moverse un editor, que, en el marco de la pragmática lingüística, debe interesarse en la interpretación de cada obra, por ejemplo, y su contexto, entendido éste en su conjunto –como situación, según dirían los expertos–, teniendo en cuenta los factores extraliterarios que condicionan al autor en cuanto hacedor de una obra, esto es, a todos los factores que no son en sentido estricto formales. Es en este nivel, ya digo, del desarrollo cognitivo e intelectivo en el que solo se puede ser de verdad editor. 
            Y esto no es teoría.  Es más, en la posibilidad de abrir las capacidades cognitivas e intelectivas a mucho más de lo habitual está la clave del desarrollo real y efectivo de este oficio desconocido que es el de editor. A ello se puede llegar con dinámicas, juegos, estrategias tendentes, en primer lugar, a romper las barreras mentales que, por motivos culturales y/o educacionales, se llevan, por decirlo de algún modo, “de fábrica”. En esa línea, se tendría que poder responder rápido a preguntas que nos rompen los esquemas. Y para empezar con ello no conozco nada mejor ni más adecuado que una obra de Gianni Rodari (1920-1980), escritor, pedagogo y periodista italiano, “Gramática de la fantasía”, subtitulada “Introducción al arte de contar historias”, publicada en 1973 por cierto por uno de los más notables editores de todos los tiempos, Einaudi. En “Gramática de la fantasía”, un ensayo pedagógico dirigido a docentes, padres y animadores, según sus propias palabras, para quien cree que es necesario que la imaginación tenga su lugar en la educación, para quien confía en la imaginación infantil, para quien conoce el poder de liberación que puede tener la palabra, Rodari exprime las posibilidades de la inventiva a través, en efecto, de la palabra, para lo cual comienza con romper las estructuras lógicas del lenguaje, que es en los términos en que se mueve la mente de las personas, y pasa del “qué pasaría si...” a proponer retorcimientos de la lógica en forma de ejercicios de lo que podríamos llamar “gimnasia intelectiva”, con técnicas hoy ya tan populares como la de “el binomio fantástico” –tomar dos palabras en nada relacionadas entre sí para inventar la manera de relacionarlas–, la “ensalada de cuentos” –mezclando cuentos tradicionales en uno solo– o “los cuentos al revés”.... Técnicas todas ellas eficaces, y lo digo también por experiencia, en la tarea de cualquier creador y, por ende, de cualquier editor, que debe tener las mismas condiciones que un autor y editar su obra sin intervenirla.
            Toda mente es maravillosa, pero toda mente ejercitada es incontenible. Si la mente del editor no es incontenible, no podrá ser nunca un buen editor.

   
Fotografía:  Portada de la primera edición de "Gramatica de la fantasía": GIANNI RODARI, Grammatica della fantasia. Introduzione all’arte di inventare storie. Giulio Einaudi editore, Torino, 1973 (prima edizione).

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 25. Hombre-Voluntad. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 25

Hombre-Voluntad
Por Manuel Pérez-Petit

La lucha de Manuel es como la de Sísifo: eterna, ciega, 
absurda, pero inmanente a su forma de entender el caos.
Antonio Florido

Vaya por delante mi agradecimiento a mi muy querido amigo, el escritor de Carmona –lo cual ya es un grado– Antonio Florido, quien, estoy seguro que motivado por su aprecio personal, tuvo a bien escribir acerca de mí, y, a colación de mi artículo publicado en Letras, ideaYvoz el pasado día 16 de febrero, titulado Vivir es amar, hasta en dos medios digitales españoles (periodistadigital.com y elcorreodeespana.com), se descolgó con una reproducción de mi ya mencionado texto como percha para una reflexión en que me define como Hombre-Voluntad. Y, en efecto, lo soy, como también es cierto que no pocas veces a lo largo de los años he querido mandar a la voluntad a freír gárgaras, reconozco que fracasando en cada intento.
            Voluntad de vivir, voluntad de amar, hasta convertirme en una especie de ejemplo del arquetipo –si es que existe, que, si no, debería existir– del que no se rinde nunca, dotado de ese tipo de constancia que nunca ceja en su o sus empeños, y cae cuesta abajo una y otra vez, y una y otra vez vuelve a levantarse y sube, sometido en todo caso siempre a las limitaciones de la racionalidad y el sentido común, cuestiones con las siempre estoy en disputa y que estoy seguro que no juegan limpio conmigo, con lo importante que es eso que llaman fair play, pero también a una fuerza interior y una visión del mundo  en la que nada es imposible –y acaso al ser diferente genera controversia–. Que conste que yo sí juego limpio, que siempre jugué limpio con todas y cada una de mis cosas, aunque tampoco es menos cierto que siempre tuve facilidad de hacer amigos de esos que, a las primeras de cambio, no te perdonan un estornudo, pero también a construir amistades de verdad, cimentadas en el conocimiento y el reconocimiento mutuos, que – ésas sí– siempre van conmigo. En definitiva, un tenaz, acaso algo torpe, que no malo, y puede que autolesivo en cierto modo; eso creo que soy en parte, con todos los matices que se quieran poner. 
            En una ocasión, un viejo amigo me dijo que yo tenía miedo al triunfo, y puede que algunas veces haya sido cierto. Mi tío Antonio, que en paz descanse, al que dediqué mi Líneas de desnudo del sábado pasado, me dijo varias veces, hace años, que no me metiera más a crear empresas, y ya ven cómo me ha ido por no haberle hecho caso. Me falta colmillo, por ejemplo, y la capacidad de decir no, y me sobran muchos síes, por no abundar en el asunto, pero, en líneas generales, acepto de buen grado mi deriva. Entre las muchas cosas que me aportó mi tío, aprendí a pactar con la realidad, pero una cosa es la teoría y otra la vida, y mira que me puso ejemplos. Aún así, a estas alturas del campeonato de mi existencia, pacto de manera decente con lo que me toca. Adquirí también, por otras vías, la capacidad de vivir cada momento como si fuera el primero y el último, lo cual es compatible con una visión que vaya más allá, mucho más allá, de lo inmediato. Soy de los que piensan que cada uno se busca lo que tiene. No le echo la culpa a nadie de nada, aunque me hayan fallado –yo también fallo en muchas ocasiones–, pues si ese alguien me falló fue porque yo, y solo yo, lo puse en la posición de hacerlo. Soy el único responsable de todos los errores cometidos por todas las personas en que he confiado a lo largo de mi camino, incluido yo mismo, y atribuyo los méritos acumulados siempre a los demás. No me gusta el escaparate, prefiero las bambalinas, y mi tendencia es a lamerme heridas en silencio y oculto y a ponerme mi dosis de Jean Paul Gaultier para salir a la calle, aunque se me esté cayendo el mundo encima. De todos modos, si eso ocurriera –que el mundo se me cayera encima– lo que habría que hacer es volver a levantar el mundo. ¿Dónde está el problema? Debo confesar, de todos modos, que poseo una clave que me lo da todo: la fe. Soy persona de fe, aunque en la práctica a veces pueda disimularlo. Me criaron en la fe, y vivo convencido de que la fe está en la base de mi capacidad. Y creo en los milagros, que son fruto solo de la voluntad, de la fe y del amor.
            Varios amables lectores han coincidido en estos días en sugerirme que siga escribiendo de amor. Que sí, que están muy bien mis series de la distopía, el elegido y tal, pero que en el mundo lo que hace falta es amor, y que, por lo visto, yo lo hago bonito. Sin embargo, más que en el amor creo en la voluntad. Amo, sobre todo debido a mi fe, que no puede darse sin amor. En mi capacidad de amar está también la base de mi resistencia. Creo, en cualquier caso, que la combinación buena está en unir el ejercicio de la voluntad y la capacidad de amar. 
            Dando en el clavo que más duele, dice Antonio en su artículo: “A lo que nos enfrentamos día a día en este indeseable mundo donde pareciera que el amar y el vivir estuviesen prohibidos”, y es que lo están, y no digamos Dios o los valores buenos –la honestidad, entre ellos, pero también la compasión, la integridad, el respeto, la empatía, la responsabilidad, la solidaridad, el perdón, la gratitud...–, que no es que estén de facto prohibidos, es que están desprestigiados y hasta denostados por la mayoría. Dice Antonio más adelante –y es el epígrafe con que he iniciado este Líneas de desnudo–: “La lucha de Manuel es como la de Sísifo: eterna, ciega, absurda, pero inmanente a su forma de entender el caos”. A Sísifo, hijo de Eolo y Enareta, marido de Mérope, posible padre de Odiseo –Ulises– con Anticlea, que luego fue esposa de Laertes, rey de Corinto, lo conocemos de primera mano por Homero. ¿Podría yo compararme con Sísifo? Con el personaje, imposible, pues tenía fama de ser astuto y sabio, condiciones que creo que no me alumbran en exceso. ¿Por su castigo? Ahí sí soy Sísifo. En el inframundo, en que Ares lo puso bajo su custodia, Sísifo fue obligado a cumplir su famoso castigo ejemplar:  empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, piedra que antes de llegar a la cima siempre rodaba hacia abajo, por lo que debía empezar de nuevo desde el principio una y otra vez, tal y como se cuenta en La Odisea, que no especifica la causa de tamaño castigo, aunque sí nos cuenta la habilidad que tuvo Sísifo para poder salir del inframundo, lugar al que al final se negó a regresar, muriendo de viejo en su casa. Y en esto último ya sí creo que me parezco algo a Sísifo, aunque no tanto como Heráclito, el protagonista de La lluvia en las hojas del platanar, novela de mi querido editor en este espacio de Letras, ideaYvoz, Roger Octavio Gómez Espinosa, que volvió del otro mundo para cumplir nada menos que su proyecto de amar... 
            En lo del castigo, desde luego parece el mío, pero yo no lo llamaría castigo, aunque sí acierta de pleno Antonio en que mi lucha tiene mucho de ciega y absurda pero “inmanente a su [mi] forma de entender el caos”, como cuando remata: “Tal vez el secreto que nuestro autor [yo] nos oculta es que este caos, además de simbolizar un esperpento ondulado, como lo previó Inclán en Luces de Bohemia, se nos presenta como la salvación para levantarte cada mañana y seguir con la eterna roca del mito”.
            Tengo claro que la piedra que me toca empujar, porque me toca empujarla, no podrá nunca conmigo. Es cuestión de voluntad, de amor... y de fe.
 __________
Nota del autor
Valga esta desnudez expresada aquí como celebración de mis simbólicas “bodas de plata” –mi artículo 25– en Letras, ideaYvoz, con gratitud y sin que sirva de precedente.
 
   
 ©Viviana Castillo, 2011.
Fotografía:  15 de abril de 2011. Manuel Pérez-Petit leyendo poemas de su libro Creo en los milagros. Antología personal 1985-2009 (Morvoz, 2011) en la celebración del Día Internacional del Libro en Tlalnepantla de Baz, Estado de México, en un acto organizado por la Casa del Poeta José Emilio Pacheco. Fotografía: ©Viviana Castillo.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 24. El elegido 2: Frodo, el tonto. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 24

El elegido 2: Frodo, el tonto
Por Manuel Pérez-Petit

Necesitamos arquetipos, pues con ellos nos entendemos mejor. El Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) incide en ello, otorgando a la voz ‘arquetipo’ nada menos que cinco definiciones, de las cuales se puede sacar un denominador común: un arquetipo es, de manera elemental, un modelo, tal y como indica en la primera definición: “Modelo original y primario en un arte u otra cosa”, aunque también matiza en las demás. Dice, por ejemplo, que es un “Punto de partida de una tradición textual”.
            Visto lo visto hasta el momento, podríamos concluir que un arquetipo es un elemento de ficción, pero nada más lejos de la realidad si seguimos consultando el DRAE. Para el ámbito de la psicología reserva hasta dos acepciones. Dice, primero, que es “Representación que se considera modelo de cualquier manifestación de la realidad”, y en la cuarta afirma: “Imágenes o esquemas congénitos con valor simbólico que forman parte del inconsciente colectivo”. Y hay que llegar a la quinta (“Tipo soberano y eterno que sirve de ejemplar y modelo al entendimiento y a la voluntad humanos”) para completar el cuadro y darme por completo la razón en la frase con la que he comenzado esta nueva entrega de mi Líneas de desnudo, esta vez perteneciente a la serie “El elegido”: Los arquetipos sirven para entendernos.
            Hay muchos arquetipos, pero aquí nos ocupa el del elegido. Un elegido no es un héroe y tampoco un redentor dotado de fuerza y capacidad fuera de lo normal. Al contrario, se trata de una persona corriente que, incluso, tiene mayores limitaciones que los demás. Veíamos el caso de Neo, en Matrix, un pirata informático en una sociedad controlada al que no le cuadran las cosas y busca respuestas para entender mejor lo que ocurre, tarea en la que descubre su misión, y hoy quisiera detenerme en el caso de Frodo Bolsón, al que cariñosamente llamo el tonto más tonto que pueda uno imaginarse. Porque lo es.
            Así que Bilbo se va y, aconsejado por el mago Gandalf, le deja a su sobrino Frodo el anillo que le ganara con acertijos a Gollum en la cueva de las montañas Nubladas, hace años, cuando formaba parte de la expedición de los enanos que iban a luchar por recuperar Erebor, como se cuenta en El Hobbit. Así arranca El señor de los anillos, obra cumbre de J. R. R. Tolkien, publicada en 1954 y llamada a convertirse desde el primer día en un clásico. Se trata de un anillo misterioso y mágico cuya importancia no tardará en conocerse: es el anillo único, forjado por Sauron, el señor oscuro, en Mordor, en los fuegos del monte del Destino, para dominar la tierra. El señor de los anillos es la historia de la destrucción del anillo único. Frodo lo lleva a Rivendel, donde tendrá lugar el Concilio de Elrond, en el que se decide –no sin arduos debates– que el anillo debe ser destruido en el mismo lugar en que fue creado, pues, además, es indestructible por cualquier otra vía. Nadie puede quedárselo dado que el anillo, que tiene voluntad propia, busca regresar a su dueño originario, y, por si fuera poco, tiene el poder de envilecer a quien lo posea. Como en principio parece el más inmune al poder del anillo de todos los presentes, se le encarga a Frodo la tarea y se constituye una cofradía o hermandad compuesta de ocho integrantes, representantes de distintas razas y pueblos, denominada “La comunidad del anillo”, que parte hacia Mordor a cumplir la encomienda. Lo demás, lo deberían conocer todos, no por las películas –que tampoco están mal, pero no cuentan de verdad la historia– sino por la lectura de este cuento largo maravilloso al que todos llaman novela, aunque para mí tiene más de lo primero que de lo segundo, sobre todo si nos atenemos al perfil de los personajes, siendo la mayoría de ellos planos –y arquetípicos en algunos casos–, y en el que, dicho sea de paso, el héroe no es de ningún modo Frodo. Pero aquí no estamos hablando de héroes sino de elegidos. A Frodo le toca como a cualquiera de nosotros nos puede tocar la cagadita de un pájaro echando una tarde de domingo en una terraza cualquiera. En su simpleza, a Frodo le engaña todo hijo de vecino. Pocos personajes he conocido en mis lecturas tan influenciables como este joven hobbit de La Comarca, al que, como es lógico, el anillo seduce y tortura, sin prisa y sin pausa, con una eficacia demoledora y terrible. Menos mal que siempre está con él Samsagaz Gamyi, un hobbit bueno y leal, que cuida de él y observa con agudeza todo lo que está pasando. Es su escudero en las duras y en las maduras. Sin él, la historia hubiera sido distinta, porque si hubiéramos dependido de Frodo estaríamos listos. Y me ahorro contar la de veces que Sam salva a Frodo.
            Al llegar al final de su camino, quedando solo como asunto arrojar el anillo a los fuegos, va Frodo y dice que no, que se lo queda, y Gollum, que los ha estado siguiendo en secreto a fin de recuperar su “tesoro”, se lanza sobre él y forcejea, consiguiendo arrancarle el anillo a Frodo de un mordisco en el que se lleva también el dedo del hobbit, pero en su festejo por haber conseguido lo que buscaba, se tropieza y cae al fuego, convirtiéndose de este modo en el ejecutor inconsciente del mandato del Concilio de Elrond. ¿Han visto ustedes un final más tonto alguna vez? No me hablen de la condición humana. Frodo no es humano, no me sirve que me digan que los seres humanos son débiles. Lo de Frodo no es debilidad, es tontez, y de la importante. Cierto es que a Frodo lo eligieron por simple, lo cual en apariencia le hacía menos vulnerable al poder del anillo que cualquier otro, como también lo es que Frodo fracasó en su misión. Sin Samsagaz no hubiera llegado a su destino, y cuando llegó se declaró poseído. Menos mal que estaba Gollum –un ser tampoco dotado de una inteligencia extrema–, casi tan tonto como él, que se cae en donde no debería celebrando haber conseguido su objetivo.
            Personaje plano y previsible como tablero de ajedrez, inadecuado como ninguno para la misión que se le encarga, dotado de una torpeza paradigmática al punto de que ni siquiera genera simpatía, en todo caso es, pues, Frodo, el más básico, limitado y tonto de los ejemplos del arquetipo de elegido, pero un buen personaje para la historia que se nos cuenta, un cuento para niños que debe tener como tal, peripecias, enredo y tropezones. Simple y funcional, un arquetipo con el que ni siquiera merecería la pena entenderse.
   
Fotografía:  Dibujo original de 'El señor de los anillos' (Ilustración: J.R.R. Tolkien). Donado en 2008 por Julian Blackwell, presidente de la cadena británica de librerías Blackwell, a la biblioteca de la Universidad de Oxford (Reino Unido). Fuente: https://www.elmundo.es/elmundo/2008/03/07/cultura/1204898375.html

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.