Líneas de desnudo/ 29

Distopía X: Un mundo mejor
Por Manuel Pérez-Petit

Cuenta que te cuenta y aún con el peligro de convertir esta nueva entrega de mi serie acerca de la distopía en una novela-río –lo cual sería como obtener todas las papeletas del sorteo de un naufragio–, me lanzo a la aventura de reflexionar acerca de algo muy de nuestros días, tan pobres en buena literatura y tan ricos en mala vida, pese a que a veces parezca lo contrario, lo cual es una contradicción pues fue siempre ésta –la mala vida, en el buen sentido– la generadora de aquella –la buena literatura, al fin fruto de la vida vivida–, y esto me hace pensar una vez más y reafirmarme en el pensamiento de que vivimos un mundo peor, de manera independiente a la nueva realidad de la Era distópica que ya nos atrapó.
            Ya veníamos viviendo en un mundo peor y todo estaba siendo sometido aunque fuera al mercado, en que el egoísmo ya era la razón de ser de cada cual, en que mirábamos cada vez más y veíamos cada vez menos, en que los muertos paseaban por la calle y la depresión asentaba sus reales en nuestras vidas sin ni siquiera darnos cuenta. Un mundo vigilado, de la desconfianza, del dolor, del suicidio, de la autodestrucción, del ruido, del horror al vacío, del pánico al silencio. Un mundo en que se confundía al más agresivo con el más fuerte y en el que cada día tenían menos cabida los resistentes, que ni son fuertes ni son agresivos pero estaban desde siempre abocados a sufrir golpes por sistema –y lo sé por experiencia–. Un mundo de granito y acero inoxidable, árido y frío, de apariencia indestructible, de fuegos fatuos, lleno de emociones descontroladas. Un mundo que daba miedo. No loco sino desquiciado, esquizo e imprevisible. No puede sorprender, pues, que los de arriba aprovechen la pandemia para hacer su faena maestra.
                Un mundo en que todo el mundo escribía, por ejemplo, al punto en que era mejor no decirle a nadie que tú también lo hacías... De golpe acabo de recordar ahora una publicación de mi amigo Luis Bugarini de septiembre de 2016 en su blog “Asidero” de la revista mexicana Nexos, titulada “El auge del palabrero”, y de la que saco una cita literal: “Como nunca antes había sucedido, ahora la condición de escritor se otorga con apenas méritos”... En efecto, todo el que escribe líneas cortas es poeta y el que hace parrafadas es narrador –o lo que es peor: novelista–. Todo ingenioso tiene frases memorables que escribir y compartir con los demás, para que le aplaudan. Hay quien dice sin pudor que tiene fans... Oigan, que no. Que esto es un oficio, y nada fácil, por cierto. Que hay mucha gente con libros publicados que no son escritores, que no pueden serlo, que están a años luz de la posibilidad de convertirse en ello. Y pasa lo mismo con el periodismo. Por definición es periodista –y pactemos con la realidad– todo aquel que es contratado por un medio de comunicación. Pero eso no le hace periodista, como tampoco lo son los que aprovechan, que son mayoría, las redes sociales para dar “noticias”. Por esa misma razón, periodistas somos todos y, por tanto, carece de sentido el periodismo. Ser periodista, como ser escritor, no es fácil. Hay que tener disciplina, rigor, autocrítica… Sin embargo, la frivolidad se instaló ya hace mucho, a lo que parece de forma muy enraizada, en nuestras vidas, y estamos en una época como ninguna otra de la consagración del todo vale, elevada ya a la enésima potencia con la distopía que nos tiene en la burbuja, y por la que cobra especial y urgente relevancia la necesidad del verdadero arte y la verdadera literatura o el periodismo de verdad, tan grave cuestión que quizá por ello la vemos prescindible. Y creo de verdad que lo que falta en el mundo es imaginación, espíritu, valentía, capacidad de amar y conciencia, elementos sin los cuales no podremos llegar a ningún sitio pero que son los primeros que solemos tirar a la basura.  
            La verdad resulta incómoda o incluso nos parece más defecto que virtud. Sin conciencia –esto es, sin ella–, hacer lo que a cada uno nos venga en gana es muy fácil, sin tener en cuenta nada ni a nadie. Así, todos vamos a lo nuestro, sin importarnos en absoluto ninguna otra consideración ni límite. Y en esa tesitura, ganancia para pescadores: resulta que alguien, en nombre de un “bien superior”, nos pone los grilletes. 
            A la hora de transformar en positivo el estatuto de las cosas no se trata de aplicar una mala e insana interpretación de la solidaridad, esa palabra tan mal usada y tan vaciada de contenido y de tantas connotaciones hermosas como tiene. Lo primero que falta en el mundo es amor. En el incremento de nuestra capacidad de amar, de transmitir la luz, de hacerlo empezando por amarnos a nosotros mismos –que es otra cuestión fuera de moda y confusa–, estará la virtud más revolucionaria que pueda nadie imaginarse, la antesala de la fertilidad y la superación de este mundo nuevo espantoso que nos cerca. Claro que si consideramos esto una solemne tontería llegamos a donde estamos y, zas, lo que nos entra es ganas de morirnos –y hayh muchas maneras de hacerlo–, otra gigantesca consecuencia de lo que hay, porque tener ganas de morirse es, en realidad, un nuevo acto de soberbia, y como bien sabemos, la soberbia es el principio de la infelicidad.
            No seguiré por la vía filosófica. Al final lo que hay que hacer es pedagogía. El caso es que si nos amamos a nosotros mismos y alcanzamos la humildad tendremos la capacidad real de ver el mundo, y amarlo, y a través de ello ser sensibles a la realidad, observarla, analizarla, verla y transformarla. Deberíamos olvidarnos de posturas de rebeldía sin fundamento, tales como sentirse al margen de la sociedad, pues es un contrasentido, y nadie encuentra la libertad negando su condición de ciudadano. Y ahí es en donde entran en juego la imaginación, el espíritu y la valentía, teniendo conciencia de que los grandes esfuerzos son buenos si están acompañados de pequeños y cotidianos esfuerzos, si vivimos con plenitud y afrontamos el reto, sabiendo a ciencia cierta que no hay reto imposible por mucho que lo parezca. Para ello solo habría que apelar a la imaginación, a la capacidad de saber que la vida existe –y hasta en nosotros mismos, miren por dónde– y que nos invita a transformar el mundo, un mundo que no nos agrada y ante el que nos sentimos rebeldes, porque hoy se nos presenta carente de sentido y de esperanza. 
            Y como no hay nada peor que un mundo triste que niegue la esperanza, creo con sinceridad que nos deberíamos preguntar qué hacer, ¿sentarnos a oírnos a nosotros mismos?, ¿lamentarnos acaso y no hacer nada porque creemos que nada es posible? Espero que no. La observación de la sociedad actual nos invita a comprometernos aún más, a olvidar el miedo al fracaso y a pensar en positivo, porque solo triunfa el que se lo propone. Yo no sé ustedes, pero yo pienso hacerlo, y para ello me propongo, verbigracia, desterrar de mi vocabulario las palabras que suenen a desidia, a fracaso, a falta de ilusión o a ver el vaso medio vacío. 
            Si no, la novela-río en que puede convertirse nuestra vida se desbordará antes de llegar al mar, y el naufragio –que puede ser bonito verlo en películas pero que en la vida real es horripilante– nos apresará, y todo ello será la consagración de una realidad deleznable: estaremos viviendo de forma definitiva en un mundo peor sin solución posible. Un mundo ennegrecido con apenas sombras.
Fotografía:  "Un mundo ennegrecido con apenas sombras". ©M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.