Líneas de desnudo. 81. Ya no clamo en el desierto. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 81

Ya no clamo en el desierto
Por Manuel Pérez-Petit

En respuesta a Manuel J. Petit i Caro, con gratitud y, en su caso particular, además, con mucho cariño

Muchas veces por mensajes personales y otras, las menos, en forma de comentarios, cada día recibo más correspondencia con motivo de mis artículos, y a veces ni puedo responder a todos los mensajes –que es lo que me gusta hacer–, pero a mi último ‘Líneas de desnudo’, “Estamos aviaos”, recibí un comentario por parte de Manuel J. Petit i Caro, a la sazón mi muy querido tío Manolo, hermano de mi añorado tío Antonio, al que dediqué, con motivo de su inesperado fallecimiento, hace ahora cerca de un año, mi celebrado “El sobrino del diablo”.
            Hace falta generar debate, y de verdad que es necesario, y más en este mundo que nos toca vivir. De frente y por derecho, sin retórica alguna. Yo no escribo para el aplauso o para los lectores benevolentes sino para la reflexión y para ser cuestionado, y, en ese sentido, es aún más valioso recibir comentarios de este tipo. Por ello es importante destacar aquellos diálogos que suponen poner en cuestión lo que afirmo.
            Pueden leerlo en “Estamos aviaos”. Comienza Manuel J. su comentario: “Muy bonito. Pero parte de dos premisas que habrían de demostrarse”, y las enumera, y no le falta razón. He intentado, por tanto, poner en orden algunas ideas expresadas en mis columnas, a fin de armar mi respuesta. Vamos a ello. La primera de las dos premisas que apunta Manuel J. es del siguiente tenor literal: “la A.- Muerte por Decreto de la cultura. Pero Decreto, ¿de quién?, ¿de cuándo?, ¿dónde está publicado para estudiarlo? Ya sé que es una mera metáfora, pero esa situación de muerte no natural, sino con violencia, premeditación y alevosía, esto es, asesinato, no sabemos cómo, cuando y en qué situación se ha producido o se está efectuando. Asesinar la cultura es desplazarla de la vida social para lo que hay muchos medios pero siempre desde los estrados de los poderes. Tal vez yo sea sordo de los dos ojos, pero ni lo siento, ni lo veo. Postura, además, ahistórica y antihistórica; ha habido grandes simas oscuras, pero la cultura siempre se ha comportado como Ave Fénix en todo lo conocemos de los últimos doscientos mil años, día más o día menos, del homo sapiens.” 
            Bien. Ojalá pueda demostrarse, pero mucho me temo que no será posible, al menos a plena satisfacción. El método intuitivo, que es el más uso, de manera fundamental fruto de la observación, tiene esas cosas. Aun así creo tener argumentos para el diálogo. Quizá mi visión de lo que hay es catastrofista, y así lo he hecho constar en varios de mis artículos, como en mi serie de la distopía: “No tan ficticio”, “No tan del pasado”, “Milenarismo”, “Lo indeseable”, “De antihéroes y líderes”, “La nueva era (1)”, “La nueva era (2)”, “La nueva era (3)” –y ojo con estos últimos tres, pues son un comentario a un famoso texto de veinte puntos basado en las opiniones de 50 expertos con que la revista The Economist, en noviembre de 2020, vaticinaba el nuevo mundo nacido de la pandemia–, “Yo soy tu padre” y “Un mundo mejor”, que ha sido un adelanto de un ensayo mucho más extenso que tengo inédito y espero que un día no muy lejano pueda ser publicado, razón por la cual dejé de publicar la serie, pues se trataba de dar noticia de la misma y adelantar en parte su contenido, y con el que pretendo expresar mi dolor al deducir que, en nuestro tiempo, la ficción no solo no es superada por la realidad sino que se convierte en modelo efectivo de la realidad misma. 
            En tiempos más recientes, otros artículos han venido a incidir  –o reincidir, si se prefiere– en lo mismo: que vivimos en un tiempo tendente a lo monolítico, como afirmaba en mi “Homogéneos”: “​​En esta Era distópica lo que está claro es que, en Occidente, estamos asistiendo a la muerte sin paliativos de la democracia, del estado de Derecho y de las libertades. En otras áreas, a la reafirmación del poder omnímodo y negador de la individualidad de unos pocos que, por derecho divino o la fuerza de las armas, se asentaron en la cúspide de la sociedad desde sabe Dios cuándo, pues cada caso es diferente. De este modo, los sistemas basados en la libre concurrencia de partidos, el parlamentarismo y las elecciones democráticas y las tiranías del más diverso tipo se han equiparado, volviéndose la misma cosa, tomando idénticas decisiones y aplicándolas con el mismo fervor y eficacia.” 
            En el sentido de lo anterior valga la defensa de mi teoría de la petrificación del mundo, de la cosificación de las personas, de los motivos para perder cierto tipo humano de esperanza, salvo que nos alcemos todos y cada uno en defensa de la vida. Sirva esta misma respuesta como respuesta a la segunda premisa de Manuel J.: “B.- Ante la petrificación del mundo. Desconcertante afirmación. Puede que toda mi extrañeza sea producto obligado de mi incultura. Pero nos surgen dos interrogantes, a saber: ¿en qué consiste esa “petrificación? y ¿qué se entiende por cultura y por incultura?.”
            No, no es usted inculto. Todo lo contrario. Es usted bueno y admirable, y tiene y vive un concepto de la justicia que no debiera haberse perdido nunca, pero que me temo que, de facto, hoy ya no existe o solo existe de manera residual e incluso casi testimonial. No porque usted sea mi tío sino porque su visión del mundo es una mezcla de visiones nobles –desde cierta perspectiva, casi de otro tiempo– y harían falta muchas personas como usted. Su humanismo –en el más amplio sentido de la palabra– es una especie en vía de extinción.
            Tiene usted razón también en que mi artículo le sobraba erudición, pero por desgracia ni es una “bella estatua conceptual” ni “sin siquiera pies de barro”, sino fruto de una observación detenida y larga, y puede que también de una visión personal mía desesperanzada ante el mundo y la vida, que no está en línea con los existencialismos sino más bien con un cierto estoicismo cuyo predicamento es “esto es lo hay”, y de ello también podríamos, si es su gusto, seguir conversando.
            Respecto a Venus, la que usted nombra y las demás, con sus miles de años y su actualidad a cuestas, debo remitirme a mi articulo “A la madre”, en que  concluyo: “(...) desde la más remota antigüedad, sea la madre la inspiración del arte universal”, y a mi “Brillar en la oscuridad”, en que, esta vez esperanzado, termino diciendo: “(...) podríamos proponernos ser luz, y brillar en la oscuridad como carbunclo, palabra con la que en tiempos antiguos designaban al rubí, esa piedra preciosa que por su color y forma se asemeja a nuestro corazón”.
            De igual modo, comparto, por cierto, también, su teoría del “Ave Fénix”. He vivido en propias carnes eso de resurgir de mis propias cenizas y creo en la sociedad civil y en su capacidad de repetirlo.
            En fin, seguro que no he sido convincente y hago votos para que este diálogo que ahora comienza sea fecundo, sobre todo porque creo que la única vía de salvación que tenemos es el amor, y amor es lo que nos sobra. Usted y yo lo sabemos, pero con tristeza y por la vía intuitiva me atrevo a afirmar –sin juzgar de ningún modo, y menos a nadie– que muchos lo tienen olvidado, confundido, escondido, apartado de sus vidas.
            Gracias de corazón porque con su comentario me ha hecho sentir más que nunca que no vivo clamando en el desierto.
M. P.-P. en la FIL de Guadalajara 2014.
Fotografía: ©Iván Vergara.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

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