Líneas de desnudo/ 23

El sobrino del diablo
Por Manuel Pérez-Petit

                     A la memoria de mi tío Antonio Petit Caro*

Me gusta redactar mis Líneas de desnudo justo el día antes de su publicación. Debo confesar que el cierre diario siempre fue mi debilidad y mi predilección, y aún con el riesgo que pudiera conllevar siempre hago lo mismo. Es una herencia de mi oficio de periodista, que tuve el honor de desarrollar, hace muchos años, en varias redacciones de periódicos en España y México.
          Ayer me encontraba en plena redacción de una nueva entrega de mi serie El elegido, dedicada esta vez a Frodo Bolsón, sobrino de Bilbo y portador del anillo en El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, cuando desde Sevilla me llamó mi madre para comunicarme una noticia que no por esperada era y es brutal para mí.
          —Manolo, tengo malas noticias…
          —Dime, mamá, sin preámbulos.
          —Es que me lo acaban de decir.
          —Pero dime ya –en realidad, yo ya sabía a qué se estaba refiriendo.
          —Tu tío Antonio ha muerto esta tarde.
          Colgué. A qué decir que al momento fui yo quien la llamó y continuamos conversando por un rato.
          De entrada, les voy a pedir disculpas por la naturaleza personal del presente texto, pero la verdad es que no podía no hacerlo. Bien. Desconozco si conocen la expresión de ser sobrino del diablo. Frodo y yo tenemos en común serlo –en su caso– o haberlo sido –en el mío–. Se dice que uno es sobrino del diablo cuando su tío es soltero, hasta donde sé. Y durante años, para mi tío Antonio yo fui un sobrino del diablo, y hasta de este modo se refería a mí.
          El escritor británico C. S. Lewis (1898-1963) publicó en 1942 el libro del que deviene tal expresión: “Cartas de un diablo a su sobrino” –dedicado, por cierto, a J. R. R. Tolkien–: recopilación de treinta y un artículos en forma de carta publicados en un diario inglés en los meses precedentes, escritas por un viejo y pérfido demonio, de nombre Escrutopo, a su sobrino Orugario, imberbe aún en las tareas que le correspondían como diablo. Se trata de una apología de las virtudes cristianas escrita en forma de sátira, de muy recomendable lectura, en la que el anciano Escrutopo imagina el infierno en el siglo XX: una gigantesca burocracia capaz de hacer el mal mejor que nunca… ¿No les suena? A mí, sí, desde luego, pues es uno de los factores principales de la nueva Era distópica que acaba de comenzar y se implanta a velocidad extrema ya desde este mismo p. año 1 (d.p.), en el que –y no es casualidad– acaba de fallecer el maestro "diablo" del que fui y seguiré siendo sobrino.
          Las cartas son lecciones que el anciano imparte al joven a fin de prepararlo para su tarea: cada ser humano es una potencial víctima –a la que denomina “el paciente”– que hay que sumir en el sumo mal a fin de conseguir su condenación y poder devorarlo y tomar posesión de su alma y su voluntad. Si el diablo en cuestión fracasa en la misión, el diablo viejo tendrá que intervenir y hacer él su tarea.
          Pero “Cartas de un diablo a su sobrino” no se queda en lecciones teóricas. La víctima objeto de la misión de Orugario es un londinense, a quien, por supuesto, hay que debilitar su fe. Se supone que si el joven diablo consigue que no practique valores o virtudes va a tener ganada buena parte de la batalla, dado el supuesto de que un acto bueno refuerza una virtud. Para ello, debe llevar a su paciente al terreno de las tentaciones, de promover en él la indolencia, la gula, la promiscuidad y/o la venganza, y conducirlo por una ruta gradual, casi sin que se dé cuenta, hasta que sea irreversible su perdición. Todo ello era posible merced tanto a la debilidad como a la influenciabilidad de los seres humanos. C. S. Lewis, conocido sobre todo esta obra y por “Las crónicas de Narnia”, por ejemplo, y de quien yo recomendaría, de igual modo, su ensayo “La abolición del hombre”, tenía la intención con esta compilación de epístolas de resaltar las virtudes humanas como vía para no llegar al pecado, poniéndolas aún en mayor valor por las tentaciones que cada persona debe soportar. 
          Mi tío Antonio fue así conmigo, y de nadie aprendí como de él, y aunque no tanto como hubiera debido sí lo bastante como ser buena persona y mejor profesional. Periodista de carrera y profesión, fue director del diario vizcaíno La Gaceta del Norte, hoy ya extinto, y fundó en Bilbao, España, con otros compañeros de profesión, la primera agencia española regional de noticias, VascoPress, que dirigió durante cerca de 20 años. En 1999 se trasladó a vivir a Madrid en que fue director de comunicación y relaciones externas de Unesa, la patronal eléctrica española, hasta 2010, fecha de su jubilación. En 1987 había sido nombrado presidente de la Asociación de Periodistas de Vizcaya, y en 1993 de la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), máximo órgano colegiado de los periodistas españoles. Bajo su presidencia fue creado el código deontológico de la profesión en España, siendo fundador y vocal del Comité de Quejas y Deontología de la FAPE durante años. A lo largo de su vida obtuvo muchos premios literarios y reconocimientos profesionales. Fue autor de media docena de libros. Gran amante de la tauromaquia, ámbito en que es reconocido como autoridad, gozó en general de un gran prestigio profesional.
          Ya me gustaría a mí tener muchas más cosas en común con él de las que al final tengo, pero entre las que sí teníamos estaba habernos formado como periodistas en la misma casa de estudios: la Universidad de Navarra, que es algo que marca, como sabrán los que conocen dicha institución, así como la fe –la suya más fuerte y estable que la mía, desde luego; un modelo para mí–, y el amor a la profesión, que ambos ejercimos –salvando las distancias, pues él era un profesional excepcional– con verdadera pasión. Con todo, nada de lo anterior es en realidad importante si no puedo destacar lo que fue –y seguirá siendo– para mí: el "diablo" mayor y sabio que a mí –su sobrino escuincle– me dio las claves principales para entender el mundo. Durante años ambos nos buscábamos y lo cierto es que muchas veces no respondí a sus expectativas acerca de mí. Él me ayudó en vida más –mucho más– de lo razonable, y yo lo necesitaba de manera sistemática por cuanto que sin su presencia en mi vida me sentía huérfano. Aunque se casó con mi querida tía Charo y tuvo cuatro hijos, para mí fue siempre como Escrutopo para Orugario. 
          Le debo casi todo, por eso le dedico este espacio. Fue mi modelo, mi guía, mi maestro, y quedarán para mí sus correcciones fraternales, muchas, que muchas veces dolían, y no poco. Podría escribir ahora algo así como las cartas de Antonio a su sobrino, pero mi testimonio profesional y de vida son más elocuentes en la mayor parte de los casos. Tardé en aprender y nunca aprendí del todo de su magisterio lleno de vida y sabiduría. Podría volverme de golpe hernandiano, y escribir, por ejemplo, que se me ha muerto como del rayo –lo cual es cierto, por otra parte– o aquello de que con él tanto quería…, pero también sé que dándome igual lo que piense cualquiera siempre seguirá conmigo. Y lo que sé es que sin sus lecciones y su benéfica y potente presencia en mi vida yo no estaría ahora aquí. Y casi ni siquiera sería yo.

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Nota de autor *
Publico este Líneas de desnudo en su homenaje. Escritor y periodista, nació en Sevilla en 1943, murió en Madrid en 2021. Sus restos volverán a Sevilla a descansar para siempre.
   
“Cartas de un diablo a su sobrino”, de C. S. Lewis. 1942.
Fotografía:  Ejemplar con sobrecubierta de la primera edición de "Cartas de un diablo a su sobrino", de C. S. Lewis. Geoffrey Bles publisher, 1942.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.