Líneas de desnudo/ 22

El oficio de editor II
Por Manuel Pérez-Petit
Lo venía hablando ayer mismo con un compañero de Kolaval. Todo el mundo cree que es escritor y todo el mundo cree que puede ser editor, y el caso es que todos los procesos históricos suponen una transformación fruto de lo cual llegamos a nuestro presente, el que nos toque, y las cosas no son tan fáciles como parecen. Esa evolución o complejización del proceso da en que hoy el editor tiene mucha menos importancia que nunca. Por el diletantismo imperante –pues todos creen creer que pueden ser editores–, por la desaparición del rigor –causado por el todo vale tan propio del legado de la Revolución francesa– o por la proliferación de la formación –todo el mundo recibe cursos sin parar como si ello les capacitara para formarse en profesión alguna o para poder presentarse ante posibles empleadores con un perfil cada vez más amplio, olvidando que el que vale para todo, en realidad, no vale para nada–. Decía un autor, José Joaquín León, gran periodista y editor de prensa, en un leve debate que se suscitó en el foro que tenemos de autores de nuestro modesto aunque ambicioso proyecto editorial: “Salvemos al editor, en trance de extinción”. Y en otra conversación –la primera a la que me refería en este artículo–, David Hidalgo, compañero desde España entre otras en las tareas editoriales de nuestra casa, me preguntaba: “¿Puede ser considerado el editor un superhéroe altruista de la cultura que lleva a cabo su labor (justiciero de los textos) en las sombras?”, a lo que yo contesté: “El editor, poéticamente hablando, es una especie de Indiana Jones del talento y, sobre todo, de la obra literaria, que puede ser hecha con el talento pero más que nada está hecha de voluntad y rigor”. Continuaron los debates, por lo que decidí adelantar en varios días esta segunda entrega de El oficio de editor. Luego, en nota de autor aparte, les anunciaré mi nuevo plan de publicación, una vez mi editor, Roger Octavio Gómez Espinosa, me lo ha aprobado. Sin embargo, el debate con David prosiguió, al punto de que le dije: “No se puede ser editor si se tiene mentalidad de funcionario. El editor es un emprendedor, alguien que rompe sus barreras mentales y es capaz de abrirse a lo inesperado…”
          Debo reconocer que me sorprendieron, y de manera grata, los diversos frentes de debate abiertos a colación de mi artículo de este martes, por estas y otras vías que no desglosaré acá para no agotar mi espacio disponible y entrar en materia a fondo, y lo cierto es que mientras el editor fue un gran motor del cambio en el mundo occidental durante el XVIII y el XIX hoy es un productor de objetos residuales en la cadena de consumo. Cuando no se entienden las Cortes de Cádiz de 1812 sin los doscientos periódicos que hubo en el proceso constitutivo gaditano, en una ciudad chiquitita, bien chiquitita; cuando no se entiende la gran literatura del siglo XVIII sin la prensa, porque Gulliver de Swift es una crónica parlamentaria, no una novela; cuando no se entiende el concepto de libelo sedicioso y los impresores los escribían y difundían en forma de panfletos periódicos tendenciosos para promover cambios en la sociedad, a fin de salvar la censura del sistema…, cuando no se conoce esto ni se comprende no nos puede sorprender –pues fue una constante en la historia– que, en la nueva sociedad que surgió tras la Revolución francesa, la censura fuera igual o peor que en la sociedad estamental previa, resultando además que el editor pasó de ser un protagonista del cambio social a convertirse en un elemento extraño e incómodo, pues acostumbrado ya a ser resistencia con mucha dificultad aceptaba el nuevo control. 
          A mí me recuerda aquello a Platón, en que la poesía se quedó al margen de la sociedad en Occidente, y, por tanto, ningún trabajo creativo o fruto del libre pensamiento tendría cabida en el concepto social por cuanto rompe con los esquemas que se pueden establecer como convencionales. Y así, a partir del siglo XIX, el concepto de artista romántico, que hace lo que quiere y rompe si quiere, supone una gran transformación y también un gran elemento de confusión, en el sentido de que altera el canon imperante. En nuestro tiempo –esto es, en los últimos dos siglos– el talento es un gran mal. Hasta finales del siglo XVIII se podía encauzar muy bien, pero ya a finales del XIX se convirtió en algo de libre disposición, pudiendo cada cual desarrollarlo a su mejor entender y surgiendo, en consecuencia, los problemas.  Yo he conocido mucho talento que no sirve para nada, muchas personas que tienen muchas ideas pero no desarrollan ninguna.  Y hoy el talento, en efecto, no sirve para nada. Es una fuente brutal de frustración, pues hay que tener una madurez personal muy sólida para poder manejarlo. Podríamos, no es menos cierto, analizar esta cuestión del talento, y es posible que lo haga en alguna de mis próximas entregas, pero a mi entender es, de entrada, un terrible mal de nuestro tiempo, y dejo aquí mi reflexión, para que no me digan que me encanta hacer amigos, no sin dejar de indicar que este problema es también hijo de la Revolución francesa, a su vez legataria, en última instancia, de Platón.
Cuando todo el mundo cree que puede hacer de todo, la mediocridad, o sea, la negación del talento, se sienta en el trono de la pirámide social. Su origen está en Platón, desde luego, y pasa por Santo Tomás de Aquino cuando a éste se le ocurrió sistematizar todo el conocimiento y, por si fuera poco, ponerlo al servicio de la fe, pues a partir de ahí surgió el debate en el barro del pensamiento que nos ha traído estos lodos de nuestro tiempo. Apenas un siglo después, Guillermo de Ockham lo revisó y –ojo al dato– negó la teoría de los Universales, que era aquello que sostenía y daba coherencia al pensamiento tomista, dando pie, un siglo después, a la Reforma protestante, rompimiento de la unidad de pensamiento de Europa, centro del universo incontestable de aquel tiempo.  No es casualidad que, también poco más de un siglo más tarde, surgieran dos figuras fundamentales para entender lo que hoy ocurre: John Locke y Thomas Hobbes. Es este último el que en su obra Leviatán escribe: “el hombre es un lobo para el hombre”, y sentencia que la sociedad es una “guerra de todos contra todos”, a partir de lo cual establece un orden social basado en celdas, en el que la libertad de uno termina donde empieza la libertad del otro, marcando el origen de la sociedad de solitarios que hoy existe.  
          Pareciera que estamos hablando de filosofía, pero estamos hablando de cosas reales.  De filósofos aferrados a la realidad que dictan la norma social. Hoy, sin embargo, un filósofo escribe algo y solo queda en el plano de los intelectuales. No sabemos qué pasará dentro de un siglo, pero es terrible lo del Leviatán, porque Thomas Hobbes diseña la sociedad que tenemos hoy, y aunque hay debates que revisan esto y dicen que la libertad de uno no termina donde empieza la libertad del otro, que nuestra sociedad no tendría que ser de solitarios, pues la libertad de uno termina donde empieza el deber que tiene uno de respetar la libertad del otro –si establecemos una secuencia lógica de que un derecho conlleva una obligación–, estos no dejan de ser pensamientos. Válgame dios de corregir a Thomas Hobbes, pero lo cierto es que está en el origen de la Revolución francesa, y en el de que a partir de cierto momento de la historia –finales del XVIII-principios del XIX– el concepto del artista y de las profesiones cambiara por completo y uno ya pudiera hacer lo que le diera la gana.  
Hoy por hoy todo el mundo escribe en una hiperinflación que tiene que ver con la confusión que nos invade.  No es lo mismo ser original que creativo.  Muchas veces nos basamos en nuestra capacidad de tener ocurrencias con las que escribir un libro que ofrecer a un editor… Y mi conclusión como tal es que el ochenta por ciento de la gente que escribe no sabe escribir. No es capaz, por ejemplo, de concebir una frase con sujeto, verbo y predicado. En fin. También hablaba hace un par de días de los diccionarios, que nacieron al calor de toda esa época convulsa.  Los diccionarios son el instrumento elemental tanto del escritor como del editor, pero nos encontramos con que la inmensa mayoría no los usa.
          ¿Cómo se separa hoy la función de editor de la del escritor? ¿Hasta qué punto, desde el ámbito profesional y/o moral, un editor tiene el poder o el permiso para entrar un poco, invadir un poco, lo que es la faceta de la obra creada por el  escritor o son compartimentos totalmente aparte? Bueno, son oficios diferentes. Normalmente un editor no debe ser escritor.  Hay una incompatibilidad de base. Otra cosa es que el editor pueda tener a otro editor para sus obras, porque la cuestión es que no puede editarse a sí mismo. Es mi caso, y funciona. Hay editores, desde luego, que son escritores. Los grandes editores de la historia, y un día hablaremos de varios de los más significativos, por ejemplo, no eran autores, o lo eran en secreto. El Impresor tampoco lo era, o, en todo caso, lo era de libelos que solían cocinarse en las trastiendas de las imprentas, en tertulias sediciosas con los autores de referencia de su casa. Pero el que es escritor tiene un texto que ha hecho con esfuerzo y rigor y voluntad y que pone en manos de un editor, de un productor de libros, y empieza a trabajar con él. Aquí no hay teoría, para la teoría se apunta uno a uno de esos cursos de formación que al final no sirven para nada. El editor tiene que tener suficiente cabeza para entender aquello sobre lo que no está de acuerdo, sin ir más lejos, y poder llevarlo a buen puerto.  No importa el gusto del editor sino la pertinencia del texto que está trabajando con el propio autor, que sea lo que tiene que ser. Lee en voz alta, pues la literatura entra por el oído y no por los ojos, y avanza con una lectura analítica a fin de dejar el texto en condiciones de ser reproducido, fino, lo cual es capital.
          (... Continuará…)

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Nota del autor
Sí, ya sé que hoy no es martes 2 de marzo, fecha para la que anuncié mi segunda entrega de El oficio de editor, pero, como he dicho, el debate suscitado antes de ayer me ha llevado a seguir en ello. Debo anunciar que esta semana habrá artículo mío, además de hoy, jueves, el sábado 25, y que a partir de la próxima semana, mi Líneas de desnudo en Letras, ideaYvoz aparecerán lunes, miércoles, viernes y domingo, no teniendo día fijo para ninguna de mis líneas. 
Portada del libro Leviathan, de Thomas Hobbes. 1651.
Fotografía: Portada del libro Leviathan, de Thomas Hobbes. 1651. La frase latina que aparece en la parte superior ("Non est potestas super terram quae comparetur ei", que se puede traducir como "No hay poder sobre la Tierra que se le compare") es una cita del Libro de Job. (La imagen es de dominio público)

Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.