Líneas de desnudo/ 50

Declaración de reconocimiento
Por Manuel Pérez-Petit

A don Francisco Mena Cantero y a la memoria de don Luka Brajnovic y mi tío Antonio Petit Caro.

La cofradía del olvido es la más nutrida de todas. Sus cofrades se denominan olvidadizos. Yo no pertenezco a ella. No solo me sería imposible por cómo estoy hecho de fábrica; es que no querría de ningún modo. Respeto, en cualquier caso, a quien sea miembro, e incluso militante. La libertad es el don más preciado que todo ser humano puede usar. Y aunque la libertad existe en exclusiva –se mire por dónde se mire– para hacer el bien, y parte de hacer el bien es la capacidad de ejercitar la gratitud, que a los olvidadizos es lo primero que se les olvida, puedo comprender que no la haya, no en vano la condición humana en la vida real se presenta con muchos claroscuros.
            Yo nunca olvidé lo bueno y durante mucho tiempo olvidaba lo malo, lo cual es un error, pues olvidar no es ni virtuoso ni sano. Lo que hay que hacer en los casos malos es perdonar, pero nunca olvidar, más que nada por la enseñanza. No entraré aquí ni ahora en la lucha entre la memoria y los recuerdos, que ya desarrollo de manera amplia en mi trilogía novelística El año de las tormentas –en los dos títulos publicados y en los dos que han de venir–, y que de manera básica se puede resumir en que la memoria –cosa objetivable– es identitaria y los recuerdos –asunto subjetivo– son su enemigo, pues la invaden, trastocan e intoxican. Uno es el que es por su memoria, no por sus recuerdos. Aprendí no sin sufrimiento a no olvidar, a pactar con la realidad, a querer a los demás por sus virtudes y a quererlos más todavía por sus defectos. A quererlos por encima de sus fallos, sus olvidos, sus deslealtades, sobre todo porque a mí me puede pasar lo mismo, por mucho que me empeñe en que no me pase. Quiero a muchas personas, y me da lo mismo que me quieran o que me odien, que yo les sea indiferente, y los quiero de verdad. Aprendo y me renuevo cada día. Sigo adelante contra viento y marea, con la carga de mis limitaciones. 
            La gratitud es un motor inagotable, y la fe –y soy creyente convencido– me da la fortaleza, a veces pienso que inhumana, para seguir en pie. Soy incansable, en efecto, y tengo honor y palabra, y pese a que en muchas ocasiones el cumplimiento de la misma me lleve a autolesionarme, nunca dejo de cumplir mis promesas ni compromisos. Así me hicieron, así quiero ser, y así será. Soy una persona de afectos. Un sentimental mas no un romántico, porque también he conseguido transformar mi enfermizo romanticismo en literatura; así, en mis novelas, que no tanto en mis poemas y mis ensayos. Todas mis obras literarias son expansivas y contenidas a la vez, arrebatadas y medidas, libres y canónicas. 
            Podría seguir hablando de mí pero me da pereza, y además he venido hoy a hablar de reconocimientos, del motor esencial de vida que me mueve y transforma: la gratitud. La más grande de mis gratitudes la siento para con mi tío Antonio Petit Caro (1943-2021), a quien, con motivo de su fallecimiento, escribí El sobrino del diablo. Pero hoy quiero centrarlo en las dos personas ajenas a mi familia que se me vienen a la cabeza en primer lugar: don Francisco Mena Cantero (n. 1934) y don Luka Brajnovic (1919-2001), mis primeros maestros literarios y de vida; uno en el bachillerato y el otro en la universidad. Pueden buscarse por internet; son figuras indiscutibles de las que tuve la fortuna de ser discípulo.
            Don Francisco Mena Cantero me dijo –tenía yo 15 años y escribía como loco– que dejara de hacer versitos, y me puso dos años a escribir sonetos. Yo iba a su casa con frecuencia y él revisaba con lupa y afecto mis iniciales intentos de poemas, la mayor parte de los cuales yo mismo terminaba tirando a la papelera, pues no era solo la técnica de los mismos sino su sentido. Nunca tendré suficiente gratitud hacia su magisterio ni su persona, porque, además, sus enseñanzas de vida fueron sin duda alguna superiores a las literarias. 
            Otro tanto pero de mayor magnitud me pasó con don Luka. Bien es cierto que yo ya era un joven universitario, y de esos a la antigua usanza que estudiaba de todo y leía de todo, sin atenerme necesariamente a un plan de estudios establecido para una carrera determinada, que era lo que debía hacer. Yo igual no estudiaba pero me leía completas todas las bibliografías, me ocupaba más en tertulias, debates y lecturas que en ir a clase, era irremediablemente indisciplinado; así, mi expediente académico no es apto para presumidos pero mi reconocimiento en el ámbito universitario fue excepcional, incluso inmerecido. En aquella Universidad de Navarra se valoraban cosas que no son objetivables, y hasta me consta que se me “perdonaron” y aprobaron asignaturas para que evitar que repitiera curso –con el riesgo que ello conllevaba de que yo me apagara–, dada la trascendencia de mi actividad. Mi trivium y mi quadrivium los cursé con resultados excelentes gracias a este croata maestro de periodistas y escritores que, en realidad era un gigantesco maestro de vida. A medio metro –que es la medida perfecta para conectarse o no–, don Luka y yo éramos la bomba. La mezcla de su autoridad y mi atrevimiento se convertía en cada momento en una fórmula alquímica inimaginable, llena de su sabiduría y mi explosividad, transformando todo en poesía. Él creía en mí y yo lo admiraba con devoción. 
            Ellos son –mi tío se fue casi sin aviso, dejando una herida incurable, a Mena Catero hace más de treinta años que no lo veo y don Luka se nos fue hace veinte al Cielo– los primeros y mejores maestros que nunca tuve. Nunca aproveché de verdad a fondo sus enseñanzas, y así mi vida: un cúmulo de errores y despropósitos inconcebible. ¿Cómo no iba a empezar, con motivo de mi 'Líneas de desnudo 50', esta necesaria para mí declaración de reconocimiento con la que en parte ajusto cuentas con mi vida al borde de mis 55 años?   
            Al fin y al cabo, amo que no imparto la justicia y es de justicia escribir estas líneas y las que vendrán, porque llegará el día en que me enfrente al momento de mi muerte, pero no corre prisa, y, en tanto, la vida sí que corre. 
            Nada nunca evitará que asuma que si soy algo, habiendo sido por mí, ha sido por lo que otros me aportaron, con su bondad y su fe en mí, y no lo olvido.
 Agosto de 2009, en la costa de Granada, España.
Fotografía:  © Antonio Ortiz

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.