Líneas de desnudo/ 6

Distopía III: Milenarismo

Manuel Pérez-Petit

A costa de mis amigos los dragones hice un inciso el pasado 25 de diciembre en la serie acerca de la distopía, y, como habrán observado –no ha faltado quien me lo haya echado en falta, y hasta me ha sorprendido la cantidad de mensajes recibidos al respecto–, el pasado viernes 1 de enero tampoco apareció mi Líneas de desnudo en este proyecto valiente de Letras ideaYvoz. Pero ya estoy de regreso, y con noticias frescas, pues a partir de la semana próxima incrementaré mi colaboración acá, con hasta dos artículos a la semana, de publicación los martes y los viernes, siendo este último día el dedicado a lo distópico. Sin embargo, ahora estoy con lo que estoy, y a vueltas ya de lleno con lo mismo, es bueno señalar que hay varios centenares de producciones cinematográficas circunscritas de algún modo u otro al concepto de distopía, por usar una distopía en su argumento o por ser distópicas en su conjunto, desde las más clásicas a las más recientes –en su mayor parte desarrolladas éstas últimas bajo el concepto de saga, esto es, que una película continúa en la siguiente, tan de moda en estos tiempos– del presente siglo XXI, que parece inmerso en un milenarismo de carácter fatalista y cuya máxima expresión ha sido este recién fenecido año 0 de la p. pandemia o, como la mayoría entiende, 2020 de la era cristiana. 
            A lo largo de la historia de la cinematografía el asunto distópìco ha sido recurrente, y más desde que en 1927 Fritz Lang elevara el género –o subgénero, si se prefiere– a categoría superlativa con Metrópolis, una producción de cine mudo de 153 minutos nada menos –más de dos horas y media– e inspirada en la novela homónima de Thea von Harbou, a la sazón coguionista del filme junto a su director, que retrata un hipotético 2000 con 73 años de antelación… Aún así tuvieron que pasar más de tres decenios para que recobrará popularidad lo distópico, pues no fue hasta la década de los sesenta del siglo pasado que regresó para quedarse. En 1966 apareció Fahrenheit 451, basada en la novela de Ray Bradbury, siendo la única película de lengua inglesa del cineasta francés François Truffaut. Esta cinta, por cierto, carece de títulos de crédito, no en vano en la obra está prohibida la escritura, como quizá en cierto modo en nuestros tiempos actuales está de algún modo prohibida la libertad de expresión. 
            Dos años después, en 1968 fue lanzada El planeta de los simios, otro hito del cine, basada en otra novela, esta vez de Pierre Boulle, cuya actualidad se ha mantenido viva hasta el presente, con multitud de secuelas, precuelas y remakes desde entonces: En el año 3978 una nave espacial se estrella en un planeta extraño tras 18 meses de hibernación y navegación interestelar a casi la velocidad de la luz. Los tripulantes de la misma salen de improviso de su hibernación y se encuentran con un mundo dominado por simios evolucionados que esclavizan a los seres humanos. La memorable escena final se convirtió de inmediato en un mito: el protagonista, el coronel Taylor, interpretado por Charlton Heston, se arrodilla en una playa mientras se lamenta de su descubrimiento, y es que en realidad han viajado en el tiempo. De fondo, la estatua de la libertad en ruinas yace medio enterrada: el planeta al que llegaron es la Tierra. Dos mil años después de su partida. 
          En esta película, como, en general en todas las de anticipación y, por supuesto, las distópicas, hay una carga filosófica y ética que va, según el caso, desde la elemental moraleja a la más profunda reflexión. En 1971 fue estrenada La naranja mecánica, obra maestra y polémica de Stanley Kubrick, basada en la novela del mismo nombre de Anthony Burguess, de una carga de profundidad que obliga a verla una y otra vez pese al estupor que causa, pues el gusto por la violencia, lo salvaje y lo grotesco alcanzan en ella un grado superlativo. Alex, líder de una banda criminal que adora el sexo, la ultraviolencia y la música de Beethoven, tras cometer sin descanso numerosas brutalidades, termina siendo detenido y sometido a una terapia experimental a fin de ser reinsertado en la sociedad, tras lo que debe afrontrar su pasado. En realidad, la cinta es una crítica social ambientada en Inglaterra en 1995, supuesto futuro por entonces que no está tan lejos de la violencia de todo tipo que el fin del siglo XX y lo que llevamos del XXI nos ha mostrado. ¿No recuerdan aquellos abusos de algunos soldados estadounidenses que torturaron, incluso con prácticas propias del sadomasoquismo, a prisioneros iraquíes durante la segunda guerra del Golfo y que fueron descubiertos e investigados a comienzos de 2003?
          El milenarismo, no tanto por su definición –la venida de Cristo para un reino en paz de mil años– sino por su sentido de utopía de carácter secular aunque también religioso, influenciado por el cambio de siglo, en que muchos veían el advenimiento del fin del mundo, y cuyo concepto fue desde los mismos años sesenta del siglo XX muy extendido y popularizado, ha tenido un protagonismo muy determinante desde entonces en todas las artes y ha condicionado incluso mentalidades, hábitos y modos de vida, sobre todo en Occidente. El totalitarismo, algo muy en boga hoy incluso en las democracias más avanzadas, es consecuencia, por ejemplo, de ello, y las artes cinematográficas así nos lo atestiguan. Como se puede ver, sin mayor abundamiento, en Stalker  (Andrei Tarkovsky, 1979), Doce monos (Terry Gilliam, 1995), Matrix (cuya saga comenzó en 1999) o Minority Report (Steven Spielberg, 2002), solo por nombrar algunos títulos emblemáticos aún no nombrados en este ensayo por entregas, e incluso de trascendencia mucho más allá de lo artístico en sentido estricto.
            A estas obras, entre otras, dedicaré el próximo artículo de esta serie acerca de la distopía que si bien fue anunciada para cuatro textos tendrá al final una docena que irán saliendo de viernes en viernes. En ellos seguiré abordando la materia desde las más diversas expresiones artísticas, literarias y filosóficas. Y lo inquietante es que de todos y cada uno de los casos se puede colegir un paralelismo con la realidad que nos está tocando vivir. Porque nuestro año 1 d. p., 2021 para entendernos, es en realidad el año 1 de la Era distópica.
 
(... Continuará…)


   
Fotografía: © M. P.-P., 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.