Líneas de desnudo/ 8

Distopía IV: Lo indeseable

Manuel Pérez-Petit

‘Distopía’ y ‘utopía’ son antónimos. El axioma, de entrada, no tiene discusión posible, pero aún así a mí me asaltan dudas, sobre todo a la luz que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (DRAE) arroja sobre ambas, estableciendo dos acepciones para la segunda de estas dos palabras: primera: “Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización” y segunda: “Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”, y una sola para la primera: ”Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”. El DRAE es el instrumento mediante el cual estamos de acuerdo en el uso de la lengua, la convención que nos ordena y orienta en nuestra comunicación, fruto del esfuerzo compilatorio, integrador y ordenador de la institución –hoy ya institución de instituciones– cuyo encargo es limpiar, fijar y dar esplendor al idioma... Y por esta razón, el topar con muro que supone poner en comparación la definición de ambas voces –’distopía’ y ‘utopía’– es seco y causa desconcierto. 
          El DRAE establece que, en ambos casos, se trata de un sistema de sociedad “futura”, aunque marca ‘utopía’ como “deseable” –en su primera acepción–, y “favorecedora del ser humano” –en su segunda–, y ‘distopía’ como negativa y causa de la “alienación” humana. Dice de ‘utopía’ que es una “representación imaginativa” –en la segunda– y “de muy difícil realización” –en la primera–, y de ‘distopía’ que es una “representación ficticia”, y señala que de “características negativas”, aunque no hace referencia alguna acerca de su probabilidad de existencia. Por otra parte y a fin de una mejor comprensión, según el propio DRAE, ‘imaginativo’ tiene cuatro acepciones, la cuarta de las cuales es “Facultad interior que recoge las impresiones de los sentidos exteriores”, y ‘ficticio’ tiene dos, siendo la primera “Fingido, imaginario o falso. Entusiasmo ficticio”, y esto nos da una clave: según el más alto instrumento de nuestro idioma, ‘utopía’, al ser fruto de “impresiones de los sentidos”, tendría una posibilidad de existencia, y ‘distopía’, al ser “falsa”, sería de naturaleza imposible. 
          Varias obras tanto de la literatura y la filosofía como cinematográficas conforman lo que podríamos definir el canon de las distopías, la mayor parte de ellas tecnológicas y basadas en políticas de control de la sociedad y hasta del pensamiento. Uno de los pilares canónicos del “género” distópico es Un mundo feliz, novela publicada en 1932, en que Aldous Huxley describe una realidad sin valores humanos, en el que la procreación tiene lugar en una especie de cadena de montaje y cada individuo es sometido a un control total y condicionado desde su genética hasta su utilidad social, llamado cada cual a ser miembro de una de las cinco castas en que se divide la población de las élites a los trabajadores elementales y antes, durante y después del proceso es sometido a revisión continua y vigilancia, hasta en los aspectos emocionales. No está muy lejos –me parece– de los regímenes totalitarios de cualquier color que han sido y son un denominador común en la historia del mundo desde siempre: monarquías absolutas, regímenes comunistas, tiránicos o dictatoriales, estados integristas de cualquier color… Pero aún hay más, en Un mundo feliz deprimirse está proscrito, y la solución es el soma, la droga que está en todas partes y que todo el mundo debe tomar para estar en equilibrio y tener una funcionalidad adecuada, lo que a mí me recuerda, de manera particular, al pan y circo de toda la vida: un placebo para amansar a la gente. Y, por si fuera poco, todo ocurre después de una gran guerra y el establecimiento de un estado único mundial, el cual recuerda un tanto a la hegemonía que sobre el resto del mundo –al menos, el conocido en su momento– han tenido sucesivamente algunas naciones desde tiempos inmemoriales, bien por la vía del dominio militar o cultural o económico o de todas ellas a la vez, considerando incluso lo no dominado como bárbaro. Lo de la gran guerra es capítulo aparte, porque no ha habido guerra que no haya establecido un desarrollo tecnológico y un cambio en el estatuto de las naciones. Hay un capítulo en esta serie dedicado a ello, que saldrá en pocas semanas y pone en relación las grandes guerras del siglo XX con el desarrollo integral del concepto de ‘distopía’.
            La historia de Huxley transcurre en el año 632 d. F. (2540 de la era cristiana), pues se cuentan los años desde 1908, fecha en que Henry Ford –de aquí la “F.”–  puso en marcha la primera cadena de montaje de su famosa fábrica de automóviles, creando el Ford T. A mí la verdad que esto me suena a que hace muchos años, al menos en algunas partes del planeta, esta realidad saltó de la ficción al plano terrenal. Podría discutirse –aunque no creo que mucho–, pero el mundo ante pandémico era, en parte, eso. Y digo “era”, porque lo que ha hecho posible la p. pandemia es la cristalización exacta –o casi– de la fantasía de Huxley en nuestras vidas, ¿o no es con casi precisión relojera –y quizá hasta suiza– la sublimación del sistema capitalista imperante hace decenios en Occidente o la colectivización a ultranza de las sociedades de inspiración y dirigencia comunista o, en ambos casos, la relación Norte-Sur de las naciones, o, por no abundar en exceso, unos de los pilares de la Era distópica: el teletrabajo, en que dando la sensación de libertad –¿soma quizá?– se controla incluso más y hasta mejor –y si no, al tiempo– a cada persona que nunca antes? 
          Más distopía es imposible que en esta obra, en la que en favor de la construcción de una “sociedad de características favorecedoras del bien humano” –utopía–, esto es, perfecta, han desaparecido, entre otras muchas cosas, la diversidad cultural, el arte y hasta el amor… E incluso hay solución para los que no se someten o no encajan del todo: Se les recluye en islas, para reformarlos, sin más, y adaptarlos al sistema. Pero en Un mundo feliz las guerras y la pobreza han sido erradicadas y todos viven en un indudable estado de felicidad. ¿Qué más puede quererse, incluso sin mirar el precio, si lo que tenemos como alternativa da, por ejemplo, en lo que ocurrió la semana pasada nada menos que en Estados Unidos, hechos con los que se nos han caído de golpe los palos del sombrajo y las últimas –o penúltimas, dicho sea por los optimistas– gotas de fe en lo que llamamos democracia? Si no fueran hechos ciertos y solo los conociéramos de oídas, diríamos que es “imaginativo” –utopía–, concediendo el beneficio de la duda a la noticia, y la verdad es que, por su naturaleza fáctica y tangible, no puede ser “ficción” –distopía–. Acontecimientos como los que han tenido y, con probabilidad, tendrán lugar en la nación estadounidense no son más que distopías hechas realidad, y siendo una consecuencia de lo distópico “la alienación humana”, aquello de lo que acabamos de ser espectadores solo puede ser un síntoma de la degradación que justifica cualquier idea utópico-distópica –al fin y al cabo lo mismo– que pueda pasársenos por la cabeza. Al coste que sea.
          No quisiera ahorita ponerme platónico, pero, ¿acaso alguien puede indicar qué régimen de libertades es real, aunque sea razonablemente, o en qué situación somos de verdad libres en nuestra sociedad, o qué tipo de libertad reivindicamos cuando reivindicamos nuestro derecho a la libertad? En nuestra tesitura, y no es por justificar nada, hay situaciones en las que se entiende, al menos, el desconcierto, generadas por supuestas “ficciones” capaces de entrar por la puerta trasera de nuestras vidas y hacerse realidad que son indeseables y nos hacen dudar, pues estamos sometidos –querámoslo o no– a “las impresiones de los sentidos exteriores”, por lo que de algún modo estamos residiendo ya en un mundo que es más “representación” que mundo. Y así nos va, que Dios nos pille “confesaos”.

(... Continuará…)


   
Fotografía: “Calle Feria 149” © Isabel Roblas, 2009

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.