Líneas de desnudo/ 25

Hombre-Voluntad
Por Manuel Pérez-Petit

La lucha de Manuel es como la de Sísifo: eterna, ciega, 
absurda, pero inmanente a su forma de entender el caos.
Antonio Florido

Vaya por delante mi agradecimiento a mi muy querido amigo, el escritor de Carmona –lo cual ya es un grado– Antonio Florido, quien, estoy seguro que motivado por su aprecio personal, tuvo a bien escribir acerca de mí, y, a colación de mi artículo publicado en Letras, ideaYvoz el pasado día 16 de febrero, titulado Vivir es amar, hasta en dos medios digitales españoles (periodistadigital.com y elcorreodeespana.com), se descolgó con una reproducción de mi ya mencionado texto como percha para una reflexión en que me define como Hombre-Voluntad. Y, en efecto, lo soy, como también es cierto que no pocas veces a lo largo de los años he querido mandar a la voluntad a freír gárgaras, reconozco que fracasando en cada intento.
            Voluntad de vivir, voluntad de amar, hasta convertirme en una especie de ejemplo del arquetipo –si es que existe, que, si no, debería existir– del que no se rinde nunca, dotado de ese tipo de constancia que nunca ceja en su o sus empeños, y cae cuesta abajo una y otra vez, y una y otra vez vuelve a levantarse y sube, sometido en todo caso siempre a las limitaciones de la racionalidad y el sentido común, cuestiones con las siempre estoy en disputa y que estoy seguro que no juegan limpio conmigo, con lo importante que es eso que llaman fair play, pero también a una fuerza interior y una visión del mundo  en la que nada es imposible –y acaso al ser diferente genera controversia–. Que conste que yo sí juego limpio, que siempre jugué limpio con todas y cada una de mis cosas, aunque tampoco es menos cierto que siempre tuve facilidad de hacer amigos de esos que, a las primeras de cambio, no te perdonan un estornudo, pero también a construir amistades de verdad, cimentadas en el conocimiento y el reconocimiento mutuos, que – ésas sí– siempre van conmigo. En definitiva, un tenaz, acaso algo torpe, que no malo, y puede que autolesivo en cierto modo; eso creo que soy en parte, con todos los matices que se quieran poner. 
            En una ocasión, un viejo amigo me dijo que yo tenía miedo al triunfo, y puede que algunas veces haya sido cierto. Mi tío Antonio, que en paz descanse, al que dediqué mi Líneas de desnudo del sábado pasado, me dijo varias veces, hace años, que no me metiera más a crear empresas, y ya ven cómo me ha ido por no haberle hecho caso. Me falta colmillo, por ejemplo, y la capacidad de decir no, y me sobran muchos síes, por no abundar en el asunto, pero, en líneas generales, acepto de buen grado mi deriva. Entre las muchas cosas que me aportó mi tío, aprendí a pactar con la realidad, pero una cosa es la teoría y otra la vida, y mira que me puso ejemplos. Aún así, a estas alturas del campeonato de mi existencia, pacto de manera decente con lo que me toca. Adquirí también, por otras vías, la capacidad de vivir cada momento como si fuera el primero y el último, lo cual es compatible con una visión que vaya más allá, mucho más allá, de lo inmediato. Soy de los que piensan que cada uno se busca lo que tiene. No le echo la culpa a nadie de nada, aunque me hayan fallado –yo también fallo en muchas ocasiones–, pues si ese alguien me falló fue porque yo, y solo yo, lo puse en la posición de hacerlo. Soy el único responsable de todos los errores cometidos por todas las personas en que he confiado a lo largo de mi camino, incluido yo mismo, y atribuyo los méritos acumulados siempre a los demás. No me gusta el escaparate, prefiero las bambalinas, y mi tendencia es a lamerme heridas en silencio y oculto y a ponerme mi dosis de Jean Paul Gaultier para salir a la calle, aunque se me esté cayendo el mundo encima. De todos modos, si eso ocurriera –que el mundo se me cayera encima– lo que habría que hacer es volver a levantar el mundo. ¿Dónde está el problema? Debo confesar, de todos modos, que poseo una clave que me lo da todo: la fe. Soy persona de fe, aunque en la práctica a veces pueda disimularlo. Me criaron en la fe, y vivo convencido de que la fe está en la base de mi capacidad. Y creo en los milagros, que son fruto solo de la voluntad, de la fe y del amor.
            Varios amables lectores han coincidido en estos días en sugerirme que siga escribiendo de amor. Que sí, que están muy bien mis series de la distopía, el elegido y tal, pero que en el mundo lo que hace falta es amor, y que, por lo visto, yo lo hago bonito. Sin embargo, más que en el amor creo en la voluntad. Amo, sobre todo debido a mi fe, que no puede darse sin amor. En mi capacidad de amar está también la base de mi resistencia. Creo, en cualquier caso, que la combinación buena está en unir el ejercicio de la voluntad y la capacidad de amar. 
            Dando en el clavo que más duele, dice Antonio en su artículo: “A lo que nos enfrentamos día a día en este indeseable mundo donde pareciera que el amar y el vivir estuviesen prohibidos”, y es que lo están, y no digamos Dios o los valores buenos –la honestidad, entre ellos, pero también la compasión, la integridad, el respeto, la empatía, la responsabilidad, la solidaridad, el perdón, la gratitud...–, que no es que estén de facto prohibidos, es que están desprestigiados y hasta denostados por la mayoría. Dice Antonio más adelante –y es el epígrafe con que he iniciado este Líneas de desnudo–: “La lucha de Manuel es como la de Sísifo: eterna, ciega, absurda, pero inmanente a su forma de entender el caos”. A Sísifo, hijo de Eolo y Enareta, marido de Mérope, posible padre de Odiseo –Ulises– con Anticlea, que luego fue esposa de Laertes, rey de Corinto, lo conocemos de primera mano por Homero. ¿Podría yo compararme con Sísifo? Con el personaje, imposible, pues tenía fama de ser astuto y sabio, condiciones que creo que no me alumbran en exceso. ¿Por su castigo? Ahí sí soy Sísifo. En el inframundo, en que Ares lo puso bajo su custodia, Sísifo fue obligado a cumplir su famoso castigo ejemplar:  empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada, piedra que antes de llegar a la cima siempre rodaba hacia abajo, por lo que debía empezar de nuevo desde el principio una y otra vez, tal y como se cuenta en La Odisea, que no especifica la causa de tamaño castigo, aunque sí nos cuenta la habilidad que tuvo Sísifo para poder salir del inframundo, lugar al que al final se negó a regresar, muriendo de viejo en su casa. Y en esto último ya sí creo que me parezco algo a Sísifo, aunque no tanto como Heráclito, el protagonista de La lluvia en las hojas del platanar, novela de mi querido editor en este espacio de Letras, ideaYvoz, Roger Octavio Gómez Espinosa, que volvió del otro mundo para cumplir nada menos que su proyecto de amar... 
            En lo del castigo, desde luego parece el mío, pero yo no lo llamaría castigo, aunque sí acierta de pleno Antonio en que mi lucha tiene mucho de ciega y absurda pero “inmanente a su [mi] forma de entender el caos”, como cuando remata: “Tal vez el secreto que nuestro autor [yo] nos oculta es que este caos, además de simbolizar un esperpento ondulado, como lo previó Inclán en Luces de Bohemia, se nos presenta como la salvación para levantarte cada mañana y seguir con la eterna roca del mito”.
            Tengo claro que la piedra que me toca empujar, porque me toca empujarla, no podrá nunca conmigo. Es cuestión de voluntad, de amor... y de fe.
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Nota del autor
Valga esta desnudez expresada aquí como celebración de mis simbólicas “bodas de plata” –mi artículo 25– en Letras, ideaYvoz, con gratitud y sin que sirva de precedente.
 
   
 ©Viviana Castillo, 2011.
Fotografía:  15 de abril de 2011. Manuel Pérez-Petit leyendo poemas de su libro Creo en los milagros. Antología personal 1985-2009 (Morvoz, 2011) en la celebración del Día Internacional del Libro en Tlalnepantla de Baz, Estado de México, en un acto organizado por la Casa del Poeta José Emilio Pacheco. Fotografía: ©Viviana Castillo.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.