Natividad y Lorenzo de Monteclaro Héctor Cortés Mandujano
Conservo el alma llena de grillos, tengo canicas en los bolsillos
“La vida”, canción de Alberto Cortez
Por unas reparaciones, hay albañiles en casa. Traen celulares con sus canciones favoritas y las oyen a todo volumen. En uno de esos días, en la mañana, cuando salí al trabajo, oían la clásica “Me dejaste abrazado de un poste”, con la maravillosa y campirana voz de Lorenzo de Monteclaro.
Cuando era niño, en El Ciprés, la finca en que nací, sólo oía música ranchera, y me gustaban, claro, las canciones y las interpretaciones de Jorge Negrete, Pedro Infante, José Alfredo Jiménez, Lucha Villa, Lola Beltrán, Amalia Mendoza, Antonio Aguilar y una larga nómina. Pero mi favorito, por sobre todos ellos y ellas, era el gran Lorenzo de Monteclaro, de quien, además, ponían su versión de “La paloma” cada vez que alguien moría en el pueblo cercano, es decir, casi a diario.
También, como los albañiles, la soltaban a todo volumen y por la magia de la bocina nos llegaba hasta el rancho. Esa canción, si la oyera de nuevo, con seguridad me daría tristeza. Como soy hedonista, no la oigo: siempre he preferido el placer al dolor.
Una de las presencias amadas de mi infancia fue mi prima Natividad. Me oía, conversaba conmigo, contestaba con paciencia mis preguntas y, cuando ya no estuvo en la finca, me escribía. Las cartas de Naty (las perdí en una de mis muchas mudanzas) son uno de los tesoros de mi memoria.
A ella le dije una vez, recuerdo, que Lorenzo era el mejor cantante del mundo. Naty me vio con atención y me dijo algo que a mí me pareció enigmático: “Eso piensas ahora; cuando seas grande vas a cambiar de opinión”.
Me pareció una idea horrible: ¿De modo que ser grande sería traicionar al niño que era? No, me dije, y le respondí a Naty: No, yo seguiré pensando que Lorenzo de Monteclaro es el mejor cantante del mundo.
Mi amada prima sonrió: “Tal vez, pero para ese entonces habrás oído a muchos cantantes, habrás oído otros tipos de música y sentirás que Lorenzo de Monteclaro te gustaba, pero ya no. La mayoría de las veces, a los adultos ya no les gustan las cosas de la infancia. Cambiamos. Así es la vida, primito”.
Pues qué vida tan hija de la chingada, tan traidora, pensé, y me alejé de Naty, meditabundo, rumiando lo que me había dicho.
Y ahora que oigo de nuevo a Lorenzo de Monteclaro (los albañiles se están clavando en los oídos y el alma “El señor de las canas”), me doy cuenta que muchas cosas de la infancia me siguen gustando mucho, que no me he alejado del niño que fui, que soy todavía aquel que se alegra con el viento, que le gusta ver la luna y las estrellas, que se siente feliz sólo con cerrar los ojos y soñar, y que también sueña con los ojos abiertos, fascinado del aire nomás, de la lluvia, de la vida…
Y que sigo queriendo tanto, como cuando era niño, a mi prima Natividad, a quien abrazo en estas líneas.
En esta ironía lo que interviene es el origen de un hecho concreto en un tiempo y un espacio preciso; sujeto al juego de la contradicción. Estas colocaciones se vuelven manipulables en el ámbito periodístico. El escenario que pudo ser lineal se trueca para ganar mayor público.
Hay frases que dentro de momentos inesperados aluden a mejorar estas contradicciones que pudieron ser propicias como: “no hay mal que por bien no venga”.
Para Schoentjes, la ironía del destino (o situación) se encuentra en la vida cotidiana, sin embargo estas situaciones han dejado huellas trascendentales en muchos eventos: “Este sentimiento se observa hasta en las historias más simples que se pueden resumir en algunas palabras: desde Guillotin guillotinado (…) ladrón robado…” (Schoentjes, 2003, p. 47).
Estos eventos se producen precisamente dentro de la línea de la fatalidad. Uno de los ejemplos que da Schoentjes en su libro de Poética de la ironía dentro de este contexto y, a su vez, intrínsecamente dentro de la narrativa, es el cuento de El patito feo de Andersen, que ha dejado su imagen grotesca para convertirse en un hermoso cisne.
A lo largo de la historia de la literatura se encuentran estos accidentes o peripecias del destino: Edipo Rey, Don Quijote de la Mancha, La vida del buscón, Lazarillo de Tormes… son algunos ejemplos que se encuentran dentro de la narrativa.
la ironía de situación pervierte la relación entre el ser y el parecer de los personajes. Nuestra visión convencional del mundo nos demanda la identidad de apariencia y realidad y supone que lo que parece es. La ironía es precisamente la que desmiente esa verdad (…) para la ironía no es oro todo lo que reluce. (Schoentjes, 2003, p. 53)
El mal y el bien se mezclan en la vida cotidiana, los convencionalismos están diseñados para todas las sociedades y el bien común, pero ¿qué pasa cuando brincan destellos de simulación o de situación con el fin de gozar las carencias o caer en los yerros del destino?
La persona, en este caso el autor, está consciente de su chanza y usa una técnica que está acostumbrado a manejar cotidianamente. Para manejar la ironía es necesario tener el pensamiento fijo a una base condicionada por el contexto social en donde se vive y requiere un desarrollo amplio de diferentes informaciones, incluyendo los significados del hablante que llevan una intención. Dentro de estos intercambios están las convenciones afectivas, sociales y culturales. Estas informaciones se complementan y crean una ironía más minuciosa.
La tragedia encendida de los hombres es al mismo tiempo un espacio expresivo: el poema, y un espacio geográfico: Grecia. Sin duda no hay una cultura más citada y reelaborada que la griega, Jorge Abarca regresa a Itaca para observar con sus modernos ojos el mundo de Pericles del siglo V a.C., camina por las empolvadas veredas de los pueblos donde surgió parte de la filosofía presocrática, relee sus preceptos, y escucha a lo lejos las rapsodias homéricas.
Jorge escribe sus poemas entendiendo que Occidente debe los puntales más profundos de su civilización a Grecia, por lo que ubica a los griegos como uno de los padres de las artes y las ciencias; pero sobre todo del humanismo.
Abarca explora los conceptos antiguos: poema y poeta. Si bien, para Platón el más grande poeta es Homero, Jorge posa su mirada tanto en la épica homérica, como en la lírica de Arquíloco:
“Su nombre lleva el peso de un demonio
con la llama en la punta de su lanza,
quemante partitura con que avanza
en los inmensos mares de los Jonios».
Vemos al poeta rebelde, su lanza mata al enemigo; pero también destila versos rabiosos, ahí va cruzando el mar de los Jonios dispuesto a contribuir a la colonización de tasos. Arquíloco es pieza fundamental en el libro, ya que conjuga los dos oficios que alimentan a su vena poética: Arquíloco fue a la vez soldado y poeta.
En Arquíloco podemos ubicar al poeta que se constriñe a su individualidad, canta su sentir desde su propia experiencia; sin embargo, Jorge Abarca nos muestra la otra cara, la voz épica en Homero:
“Soy Homero, la nota más brillante
del alfabeto y su música de aliento,
en los amaneceres palpitantes
de toda la amplitud del firmamento”.
En ambos poemas, los versos fluctúan en aproximaciones silábicas al endecasílabo; los ritmos se modulan a partir de la temática y la naturaleza del lenguaje elegido. Al hablar de Arquíloco, el autor lo hace a través de una voz poética que se ubica en la omnisciencia, observa y retrata; por el contrario en Homero la voz enuncia desde la primera persona, su grandeza se describe en la fuerza de los versos. Homero se presenta como la nota más brillante del alfabeto, un alfabeto creado desde las florituras de los Fenicios; pero también a partir del lenguaje primigenio del poema.
El soneto que abre el poemario centra su temática en la guerra, una constante en todo el libro. El poema lucha desde los recursos de la estética contra la inmisericorde guerra a grado tal que la convierte en sujeto, ésta se desenvuelve en toda su ferocidad, se yergue en el ritmo de los versos para llenarse de contenidos semánticos. La Guerra es ahora un ser que se individualiza, adquiere personalidad y nueva fuerza. Abarca nos muestra el siguiente terceto:
“Profundo es el latido de la Tierra,
del insaciable músculo de Guerra
encerrado en la música que nombro”.
Jorge Abarca realiza sus prolegómenos anunciándonos la naturaleza estética de su libro, el músculo de Guerra está encerrado en la música de los poemas. Y es menester decir que nuestro autor construye su poesía desde una rigurosa elaboración de estructuras musicales, tonos y semitonos, metros clásicos y versos libres que se armonizan para conseguir excelentes pasajes poéticos. Sus sonetos y tercetos encadenados parten de tonos altos, rozando en muchas ocasiones los ecos del canto.
Jorge Abarca escribe sobre Grecia sabiendo que los filósofos y héroes que aparecen en sus versos han sido soñados por miles de hombres y mujeres durante siglos, entiende que sus creaturas son parte de ese sueño inmemorial, y esa es su apuesta, invitarnos a soñarnos en la Grecia antigua. En el poema Los minoicos nos aproxima a la grandeza griega, es decir el poeta tiene una organización cronológica de su material, los minoicos aparecen como ese pueblo prehelénico que habitó la isla de Creta, la siguiente estrofa es ejemplar:
“En todo el esplendor del firmamento
de los antiguos cretenses, como Minos,
una forma de luz su pensamiento:
sobre el olivo, los vinos y el trigo”.
Jorge Abarca encuentra su respiración “natural” en el endecasílabo, este tipo de verso lo encontremos en todo el poemario, por momentos recurre a las rimas asonantes y en otras a las consonantes. Abarca refiere a la cultura minoica como un momento de esplendor, Minos representa a los antiguos habitantes de la isla de Creta, y realiza la comparación trópica al decirnos que el pensamiento de dicho pueblo era luminoso, y el remate del cuarteto goza de singular belleza en su construcción de enumeración, colores y texturas, sonidos, tonos y semitonos. Los sustantivos: olivo, vinos y trigo, tienen la combinación fonética parecida, fijando los sonidos rectores en dos vocales, la i y o, el orden a su vez es preciso, primero la i y después la o.
Jorge Abarca presenta al poema a la manera de Antonio Quillis, al comprender al poema como un texto lingüístico en el cual el lenguaje, tomado en su conjunto de significante y significado como materia artística, alcanza una nueva dimensión formal, que, en virtud de la intención del poeta, se realiza potenciando los valores expresivos del lenguaje por medio de un ritmo pleno.
La combinación de significante y significado y sus diversas implicaciones estéticas se encuentran sumamente cuidadas por Abarca, jamás pierde de vista que, a pesar de las rigurosas estructuras que utiliza, está frente a una materia artística, sentimiento, visión sensual y técnica logran acoplarse para generar una forma nueva de expresión. Abarca potencializa los valores expresivos del lenguaje mediante el cuidado de los ritmos. Nuestro autor marca su tonalidad en lo alto, la partitura se compone desde ese primer acorde.
La tragedia encendida de los hombres es una invitación para viajar por un sueño, recorrer en la cresta del ritmo lugares ignotos y familiares, ver nuestro propio rostro en el brillante escudo de los héroes homéricos, observar a la humanidad en los ojos de Príamo y en el noble gesto de Aquiles, escuchar el eco de la luz en el profundo pensamiento de los filósofos y sus elucubraciones. Este libro es una puerta de excelentes versos hacia el infinito.
Encadenados al fuego**
A Alejandro Aldana
El fuego se devora a sí mismo,
verdad encadenada rebelándose:
llama doble.
Sombras salen de las cavernas
del monte Helicón,
armonía de dioses ciegos
que saben y dominan todo.
Como los hombres ahogados
dejan su rastro en la noche,
asesinan el cielo,
cazan buitres en la roca del Cáucaso:
naturaleza herida de nombrar las cosas,
vacío de llenar la oscuridad.
Nada los detiene, ni la misma Nada,
ni la tierra ni su nombre
que niega sus pasos.
¿De qué dioses están hechos,
que siguen encadenados al fuego?.
Fotografía: Shitterphoto.
*Sobre el autor:
David Andrade. Yajalón, Chiapas. Estudió en el VII Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores (SOGEM) en San Cristóbal de Las Casas en el 1999. Es coautor de libro Del Caos a la Palabra en 2001. Dirigió la revista Espejo Humeante. Autor del libro Encadenados al Fuego en 2019. Es miembro de los colectivos literarios Los Amorosos del Espacio y Abriendo Caminos José Antonio Reyes Matamoros.
**Sobre el poema:
«Encadenados al fuego», poema de la colección Encadenados al fuego, 2019, editorial Tifón.
Al pretender el origen de la ironía se ha llegado a varias posibilidades de su significación. Se relacionó con el vocablo griego eironeía ya que eíron pudo ser el que interroga y eiró el que declara.
Pero se está en un hilo sumamente delgado para dar legalidad a su formación. Ya que, como nombra Pierre Schoentjes en su libro La poética de la ironía publicado en el 2003 por la editorial Cátedra en el capítulo dos, para Aristófanes (450-385 a.C.) eíron se aplicó a personas no recomendables como también a un tipo de comedia antigua.
Pero no importa cuál sea el más convincente de los términos, ya que éstos se bifurcan en el significado final de la palabra.
Porque la ironía actúa como una burla que es declarada por alguien. Así que no representa respetabilidad una persona que ha tomado a un individuo para hacer uso de sus defectos o en todo caso de su ignorancia para ridiculizarlo. “La Retórica presenta al eíron como una persona a la que hay que someter por su hipocresía (…) y que puede excitar la cólera para su carácter despectivo (…) el irónico busca su propio placer; el bufón, el de los demás” (Schoentjes, 2003, p. 33).
El irónico no busca agradar a los demás, sino que siente un placer lúdico ante la sombra que impera al descubrir la flaqueza del suceso o del individuo. No se da cuenta que esa flaqueza representa una verdad añorada.
Aristóteles tomó como clave para el eíron el hecho de fingir. Pero al aparentar sabiduría se está muy cerca de la duda, aunque sea un poco. Sin embargo Sócrates aparece como un ignorante ante sus discípulos con los que dialoga haciendo preguntas de lo que él estaba consciente, esta ironía socrática únicamente compete a la dialéctica por lo tanto tiene lugar en las pláticas con sus alumnos.
Como dice Schoentjes, “era irónico cuando decía que no sabía nada” (2003, p. 38). Así ante este análisis, cita a Fernando Pessoa, quien toma a la ignorancia de Sócrates como algo consciente: “La ironía es el primer indicio de que la conciencia se ha tornado consciente. (…) Desconocerse conscientemente, he ahí el camino. El desconocerse concienzudamente es el empleo activo de la ironía” (Schoentjes, 2003, p.38).
El disimulo es una parte esencial de la ironía, es este disfraz del que se hace uso. Pero para que complete el círculo el artificio lúdico de la ironía, es necesario que sea descubierta. Al reconocerse, se vuelve sincera pero únicamente personifica el triunfo del irónico.
Este doblez podría tomarse como uno de los ejemplos que da Octavio Paz de ahogo ante las formas y el sometimiento de la realidad en El laberinto de la soledad “una lucha entre formas y fórmulas en que se pretende encerrar a nuestro ser y las explosiones con que nuestra espontaneidad se venga” (Paz, Octavio, 1972, p. 29).
Sin embargo, al hacer estos juegos entre una revelación de lo que es y de lo que se pretende que no sea, existe una duplicidad. Hay una verdad literal y una verdad subjetiva. René Schaerer, citado en el libro de La poética de la ironía, dice que:
“… para que haya ironía, es preciso que un mismo objeto suscite dos opiniones contrarias (…) el dualismo fundamental de la ironía, dualismo en el que busca encontrar las implicaciones examinando los juegos de inversión que conducen a la paradoja y al equívoco” (Schoentjes, 2003, p. 40)
La paradoja también es una figura de pensamiento que afecta la lógica. Reune dos ideas contrarias. Se aproxima al oxímoron, sin embargo, éste último actúa afectando dos palabras que son los antónimos. La paradoja es afectada por dos contraposiciones más amplias e ilógicas.
El irónico pretende ser lo que no es y sus hechos inciden en improvisar dentro de su sentido consciente elaborado a base de verdades y mentiras, de una contradicción, deslumbrar a su adversario. No se da cuenta que muchas veces al reflejar estas verdades ocultas se muestran las carencias o los apegos.
El gris de la banqueta
nunca se sube al árbol y eso explica
que los pájaros no canten cenicientos y las hojas
no sean hojas de periódico. Los vagabundos
no corrieron con la misma suerte. No fue el tiempo
quien les decoloró la barba,
los cabellos y la piel. Fue la banqueta
quien dividió su gris en cinco sacos
pesados de abandono. Pasa un transeúnte
vestido de burócrata, los mira
con ojos de ojalá viniera
un enorme escarabajo pelotero
a llevárselos rodando. Más vale
rechazarlos, nadie quiere
ser el sexto. Se recargan o se echan
a la sombra del árbol y por más
que canten pájaros o el árbol sea frondoso,
no se les quitará lo vagabundo, no
se les desprenderá lo gris. No sé
qué maldición los ha dejado
con un olor a viernes. Hoy es lunes y no lejos
de aquí las colegialas
huelen a cereales. Un montón de ramas secas
son los vagabundos que descansan
bajo el árbol. De la mano de su madre
pasa un niño; caminan cerca de ellos,
los ven, se van de prisa. Todos los que pasen
pasarán de prisa. La banqueta
dejó su gris en cada uno y eso explica
que vivan cenicientos
y se cubran con periódico.
«Banqueta» es parte de la colección Lotería del baladro, Premio Nacional de Literatura Joven «Salvador Gallardo Dávalos» Poesía 2016. Editado por Instituto Cultural de Aguascalientes, 2017.
**Sobre el autor:
Luis Flores Romero . Nació en la Ciudad de México en 1987. Estudió Letras Hispánicas en la unam. Ha publicado poesía en algunas revistas impresas y electrónicas. Ha impartido talleres de versificación y creación poética. Es autor del poemario Gris urbano, publicado en 2013 por la uacm, y de Sonetos ñerobarrocos, publicado en 2016. Becario, en el área de poesía, de la Fundación para las Letras Mexicanas durante los periodos 2010-2011 y 2011-2012, y del fonca en el periodo 2015-2016. Desde 2014 conduce un programa de literatura en Radio unam. Premio Nacional de Literatura Joven «Salvador Gallardo Dávalos» Poesía 2016. Premio Nacional de Poesía «Ramón López Velarde» 2017. En redes sociales, con el heterónimo de Lufloro Panadero, comparte versos satíricos.
Finales felices, finales desgraciados
Héctor Cortés Mandujano
Vi por tramos En busca de la felicidad (cinta dirigida por Gabrielle Muccino, en 2006, y con Will Smith a la cabeza del reparto), porque por curiosidad malsana quería saber hasta dónde podían exagerar la trama de este afroamericano a quien: a). la mujer deja con un hijo porque ya no soporta la pobreza, b). el casero desahucia y pone sus cosas en la calle, c). le roban los objetos que vende, d). no siempre dejan entrar a los hogares de vagabundos adonde llega a dormir con su hijo.
Antes, en este abecedario maldito de desgracias, en su descenso a los infiernos de la miseria, ha dormido en un sanitario de la terminal del metro… Lo atropellan, lo estafan, lo roban, todas las calamidades una tras otra. Uno se pregunta cómo le hace el actor para no soltar la risotada ante tanta exageración, porque hace con seriedad su chamba; incluso, me parece que protestó ante la Academia que no lo nominó al Oscar.
No dudo que haya gente, en la vida real, que tenga tanta mala suerte como este personaje, pero visto en una película que busca burdamente tocar los sentimientos básicos del auditorio da penita ajena. Tiene final feliz, faltaba más.
Verla me recordó una perla rara del cine mexicano, donde los actores principales eran cantantes: Javier Solís y Sonia López, acompañados de, él sí un actor con todas las letras, Fernando Soler. La película se llama Campeón del barrio (dirigida por Rafael Baledón, en 1964) y es una colección de problemas que nunca cuajan: el boxeador pobre se enamora de la hija de su entrenador; piensan que el papá se opondrá al romance y no, se alegra. No me extenderé en los tropiezos que se vuelven buenos sucesos, en el montón de dificultades que se van resolviendo como si fueran milagros. De eso va la peli.
Estaba emocionado, me acuerdo, de encontrarme un filme que desafiaba todos los cánones del melodrama, en su plena época cinematográfica. El boxeador, al final, hace la función donde, por lo que la película ha hecho hasta el momento e incluso por el título, se volverá con seguridad el campeón; sin embargo, en el momento cumbre, y esta es la última escena, cae muerto. La cámara toma algunos aspectos, hace un plano general, recuerdo, y aparece la palabra Fin. Qué cosa.
Supongo que a las dos cintas les fue mal con la crítica, porque la colección de males que se vuelven felicidad y la sucesión de bonanzas que terminan en tragedias, parecen abortos de la compleja vida que nos da un poco de ambas, pero es de agradecer a esa gente que se lanza al vacío para contarnos algo que intentan pasar por real y que resulta la más pura fantasía…
Eloísa había terminado de hacer sus compras en el mercado, la emergencia sanitaria hacía que algunas personas como ella realizaran sus actividades de manera rápida en la calle. En la medida de lo posible trataba de quedarse en casa, solamente salía para abastecer la despensa por varios días.
Iba de regreso a casa cuando vio una señora que llevaba envueltas en papel periódico flores de coyol, propias de la temporada de Semana Santa. Las reconoció de inmediato, por la textura y también por el dulce aroma que estas flores desprendían. Pensó por un instante en comprar algunas para llevar y colocar en casa, buscó rápidamente con su vista y no halló.
Caminó unos pasos más y una deliciosa mezcla de aromas de flores hizo volver su vista, ahí estaba una señora y dos niñas vendiendo flores de jazmín, gardenias y collares de sicqueté. Eloísa había olvidado que era la temporada en que vendían las flores de sicqueté en forma de collares, así como las ensartas de flores de mayo. Aunque no vio estas últimas a la venta en el único puesto ambulante de flores.
No pudo resistir la tentación de comprar unos ramitos de gardenias, el aroma era tan agradable, que le hacía evocar la naturaleza, la frescura del campo y le dio una sensación de alegría. También se animó a llevar collares de sicqueté, estaban muy fresquitas, eso avivaba el color naranja y el tamaño pequeño de sus flores.
Mientras le envolvían sus gardenias Eloísa observó a la señora vendedora y a sus niñas, tenían sus bandejas con flores, listas para partir por si las autoridades las llegaban a mover del lugar donde estaban vendiendo. Ninguna usaba cubrebocas. La vendedora pidió a una de las niñas, Lupita, que pusiera los collares de sicqueté en una bolsita. Lupita, una niña con no más de diez años, estaba ataviada con un pequeño mandil de cuadritos donde colocaba las monedas de las ventas, tenía una sonrisa que le transmitió alegría, paz y entusiasmo a Eloísa, quien les agradeció los productos y se fue.
Rumbo a casa vino a su mente la imagen de Lupita y su familia, sin duda, no podían hacer caso a la petición de quedarse en casa, eso era un lujo. Y aunque quizá sabían que se exponían, necesitaban salir y vender para obtener ingresos, así como ellas, había muchas personas más. Agradeció la oportunidad de haber aportado al menos con un granito de arena en la economía de aquella familia.
Llegó a su domicilio, se lavó muy bien las manos, dejó las bolsas con el mandado y fue a colocar las flores de gardenias en un jarrón. Los collares de sicqueté los puso alrededor del jarrón y cerró los ojos para percibir de nueva cuenta el aroma de gardenias, jazmines y sicqueté.
Por su seguridad, no se recargue en la nostalgia;
todo eso que pasó, torpeza que pasó, tropiezo,
fracaso, malpaso que pasó, no sirve, no insista, no llore:
nada está detrás del subibaja imaginario del hubiera.
Si su pensamiento es un castillo de fantasmas,
girar hacia el presente es el único prudente movimiento:
lo anterior se borra, lo anterior se barre,
agárrese de aquí por más que sea difícil
apretar el botón de suprimir. Para nostalgiar,
oprima uno; para ilusionarse, oprima dos;
para no volver, oprima cero, oprímase las ganas;
para continuar trabado, cuelgue, cuélguese
de sus recuerdos: todavía no hay ahora.
Dejar caer el hoy en los desórdenes vividos
es como no querer quitarse los calzones
con los que alguna vez se fue dichoso. Y a pesar
de que la dicha ya se fue, el atormentado
se atornilla en su pasado, se ensucia en su silencio.
No se recargue en esa melancólica pared:
el pasado no se quiebra. No se azote:
puede quebrarse usted.
Fotografía: Pixabay.
Sobre el poema:
«Dañorante» es parte de la colección Estación Gentuza, Premio Nacional de Poesía «Ramón López Velarde» 2017. Editado por la Universidad Autónoma de Zacatecas, 2018.
Sobre el autor:
Luis Flores Romero (Lufloro Panadero). Nació en la Ciudad de México en 1987. Estudió Letras Hispánicas en la unam. Ha publicado poesía en algunas revistas impresas y electrónicas. Ha impartido talleres de versificación y creación poética. Es autor del poemario Gris urbano, publicado en 2013 por la uacm, y de Sonetos ñerobarrocos, publicado en 2016. Becario, en el área de poesía, de la Fundación para las Letras Mexicanas durante los periodos 2010-2011 y 2011-2012, y del fonca en el periodo 2015-2016. Desde 2014 conduce un programa de literatura en Radio unam. En redes sociales, con el heterónimo de Lufloro Panadero, comparte versos satíricos. Premio Nacional de Poesía «Ramón López Velarde» 2017.
Era domingo de Pascua, Alba se había propuesto cocinar ejotes capeados rellenos de quesillo. Abrió el refrigerador, sacó los ejotes que previamente había lavado y se dispuso a cortarles las orillas (siguiendo la receta de su mamá). Al terminar recordó que no había sacado el quesillo. Buscó al interior del refrigerador y se dio cuenta que no había. Sin embargo, al fondo vio un trozo cubierto con papel celofán amarillo que le salvó la comida, era queso crema.
Abrió el papel celofán, enseguida se topó con la capa de papel aluminio y después sacó el queso. No pudo evitar cortar una rebanada y saborearla antes de iniciar la labor de cocinar. El queso crema era de sus favoritos. Observó la etiqueta, provenía del municipio de Ocozocoautla, mejor conocido por la población chiapaneca como Coita.
Comenzó a preparar los ejotes, la parte que menos le parecía divertida era cuando tenía que costurarlos para evitar que el queso se saliera y el capeado quedara bien. En esa labor estaba cuando el papel celofán atrapó su atención. El color amarillo le traía muchos recuerdos.
Su memoria se remontó a la niñez, veía los quesos en casa, sus papás solían obsequiarlos a los familiares que les visitaban. Recordó las charlas que escuchaba, en ellas siempre mencionaban que los quesos chiapanecos eran deliciosos, por eso eran tan preciados por quienes los recibían. Había una diversidad de ellos, desde el queso fresco, el crema, el de doble crema, el quesillo, el que tenía verduras y chile, el queso asadero hasta el famoso queso bola. Entre los nombres de algunos municipios donde los producían recordó Cintalapa, Rayón, Pijijiapan, Villaflores, Villacorzo, Ocosingo, Ocozocoautla.
En su imaginario el celofán color amarillo con el que cubrían los quesos era representación de un sabor muy grato al paladar y un sabor para compartir con los seres queridos.
– Comprá el del papelito amarillo, del que viene de Pijijiapan, ése sale bueno – . Solía decir la tía Inés a doña Gloria, mamá de Alba, cuando ella le preguntaba qué queso le sugería comprar.
Alba se puso contenta de haber terminado de costurar los ejotes, capeó los huevos y bañó ahí cada montoncito de ejotes. Se dispuso a freírlos, los escurrió del aceite y luego los dejó cocinar en caldillo de tomate, agregó hierbas de olor para que la comida tomara sabor.
Mientras tapaba la olla y percibía el aroma de la comida se quedó pensando, cuántas historias tenían las cosas más comunes, como el celofán color amarillo.