«Las cosas que hacen los padres para entregar su comida. Si tan sólo las crías lo supieran». Lo escuchó en un documental sobre la vida de los pingüinos. Vio de reojo a su progenitor. Había olvidado desde cuándo lo aborrecía. Tantos documentales en la programación y tuvo que elegir el que la animó a vaciarle la olla de sopa hirviendo, mientras recordaba los años de su ausencia.
CaballosILa noche fuma el último hálito de la tarde,
el caballo de Troya en su imponente figura
sobre la tierra encendida de los hombres arde.
Con el fuego en las crines galopa con soltura
y crece con el canto de muerte en movimiento
de filas de guerreros lanzados con locura.
En la ciudad entera arrasada por el viento,
y el silencio en ruinas de las torres implacables
entre la sangre de héroes con gran deslumbramiento:
brilla el potro dorado con su aliento indomable. IIDesde Troya hasta el imperio de Kubla Khan
trotan los caballos con sus cascos luminosos,
su hermosura es un arma milenaria
en las inmensas praderas de la tarde.
Bellos y en manada, relinchan y piafan
dirigidos por la fuerza de un ejército,
que sueña con desolar ciudades
y hacer del firmamento una Guerra compartida.
IIIEl dios de los caballos,
surca los infinitos vientos de Ares,
estruendo que crece
para emboscar por la noche al universo.
Fotografía: Pixabay.
*Sobre el autor:
Jorge Abarca.
San Cristóbal de Las Casas; Chiapas. Egresado del Diplomado en Creación Literaria por El Espacio Cultural Jaime Sabines, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas 2009-2010. Miembro de la Organización Cultural “Abriendo Caminos: José Antonio Reyes Matamoros”. Ha sido antologado en Universo poético de Chiapas. Itinerario del siglo XX, CONECULTA, Chiapas 2017. Autor del libro La tragedia encendida de los hombres. Abriendo Caminos Editores, 2019.
**Sobre el poema:
«Caballos», poema de la colección La tragedia encendida de los hombres, Abriendo Caminos Editores 2019.
Hay un conjunto de signos que se involucran en la ironía, no sólo el discurso es el formador de ésta, también la mímica, la modulación de la voz, los gestos, las miradas de soslayo, las comillas, la puntuación, dirigirse de usted a alguien cercano, ser cortés, los desvíos en cuanto a la representación común de la realidad (el ejemplo de La poética de la ironía sobre los desvíos es un boletín meteorológico que da las coordenadas del tiempo, al parecer es malo, pero más adelante aclara lo obsoleto del método y lo termina con una agradable jornada de agosto), palabras de alerta, repeticiones…
Dentro de esos momentos la información se puede alternar: se da una revelación a unos escuchas creándoles una atmósfera de confidencia, mientras que a otros se les obstruye para crear este ambiente de conciencia e ignorancia con el que trabaja el irónico.
No existe un signo ortográfico como el de admiración o interrogación que enfatice en el enunciado su intención o expresión, sin embargo la modulación de la voz puede señalarla en muchas ocasiones.
Existen otras figuras que afectan el nivel semántico de la lengua y que se relacionan con la ironía como lo es el oxímoron (que transgrede el significado de la palabra), la litote (que afecta el sentido de la oración) y la hipérbole que representa la exageración retórica.
Para Pierre Schoentjes la ironía asida de una hipérbole hace posible decir más (o menos) para significar menos (o más). “el sólo hecho de añadir «muy» a cualquier adjetivo de valor basta para hacer cambiar un cumplido por una crítica. Es importante señalar aquí que la hipérbole irónica es la que apoya el rechazo por la alabanza y no al contrario” (Schoentjes, 2003, p. 150). Para que haya ironía debe existir una tensión entre los conocimientos e inteligencia de los actores.
Un foco clave está en los prólogos y epílogos que hacen más fácil al lector la interpretación de la obra; en ellos hay una justificación sobre la crítica y es ahí donde capta la otra cara que a simple vista no distingue.
Tener conocimiento del escritor, presupone un mayor cuidado sobre sus textos; el sentido que da a la mayoría de sus obras influirá en la interpretación del lector; este será más sensible a la correlación que existe entre ellas. Los títulos: “Una mujer amaestrada”, “El himen en México”, “Hastío de un casado al tercero día”; pueden abrir la puerta hacia un interior más consciente.
De manera irónica, en el primer título, Juan José Arreola le da a la mujer una existencia fuera de su Ser, la convierte en un animal irracional que pretende enseñar a base de técnicas elementales de disciplina.
En el segundo título hace uso de la membrana vaginal como conservación de la integridad femenina de esa época, haciendo un paralelismo sobre la decencia de su nación. Por último, el hastío es equiparable a la repugnancia; muestra la brevedad del gusto por el matrimonio de forma desagradable a un comienzo cuando se supone que el estreno es una celebración.
Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas. Actualmente cursa el Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.
Sobre el artículo:
Los textos de las serie corresponden al volumen <<La ironía, esencia de Juan José Arreola, con énfasis en La parábola del trueque>>.
Abrumada por la rutina pidió un giro a su vida. Se arrepintió cuando notó los ojos rasgados de Aladino. En ningún otro momento hubiera sido relevante leer previo Hecho en China.
Era domingo de convivencia familiar, Tabita había regresado de comprar lo que faltaba para el platillo de ese día. Mientras Meriem, su hermana mayor y Felipe, su sobrino, preparaban la comida, ella fue a abrir el portón de la casa. No tardaban en llegar la tía Clara y su familia.
Ataviada con una blusa color naranja, pantalón de mezclilla deslavada y sus tenis fue atravesando el camino que conducía al portón. El azul cielo de ese día le daba un toque especial al paisaje, mientras avanzaba observó que tenía el regalo de andar entre árboles de flores de mayo y bugambilias de colores que rodeaban el camino. Lucían espléndidas en primavera.
Llegó a la entrada, quitó el cerrojo y decidió quedarse ahí a esperar a la familia. Seguro no demoraban. Buscó un espacio y se acomodó bajó un árbol de flor de mayo, había sombra y se percibía el airecillo matutino, además del aroma de las flores y una linda vista del paisaje.
Se percató que las flores que habían caído decoraban el piso como una especie de alfombras matizadas. Tomó algunas piedras y les comenzó a buscar formas. Recordó que de niña le gustaba hacer eso. Escuchó el trinar de los pájaros; el canto de las chicharras se volvía intermitente. Este último indicaba que el calor estaba aumentando. Nunca había visto una chicharra pero le impresionaba la potencia del sonido que emitían, iba de menor a mayor volumen y hacían pausas.
Siguió buscando qué otros elementos la acompañaban, encontró mariposas que revoloteaban de vez en cuando. El cerro que estaba frente a la casa era un vecino impresionante. Él era el principal testigo de la puesta del sol cada atardecer. Para Tabita ese cerro era el gran afortunado de terminar de ver el sol cuando se ocultaba.
Bajó la vista y frente a ella vio pasar algunas hormigas que llevaban cargando hojas secas, siempre le llamaba la atención la organización que tenían. Iban en fila, con un ritmo incesante. Estaba ensimismada tratando de descubrir a dónde se dirigían cuando, a lo lejos, escuchó el ruido de un coche. Era un sonido conocido. Se levantó, abrió el portón y vio que era la tía Clara y compañía. Les saludo moviendo la mano derecha, al tiempo que se quedaba pensando qué rápido había pasado el tiempo. Siempre era necesario hacer una pausa en primavera para admirar los paisajes naturales y agradecer la vida.
Me dijeron que usted me podría curar de cualquier cosa.
Bueno, no, no de todo. ¿Qué tiene?
Me duelen las muñecas de los pies.
¿Los tobillos?
¿No se llaman muñecas?
Sólo se llaman así las de las manos. ¿Y qué más le duele?
Eso es más grave. Mi mujer no me quiere.
No entiendo. Le puedo curar algunas dolencias, pero no puedo hacer que su mujer lo quiera.
¿Qué me aconseja?
Que cambie de mujer.
¿Y si la otra tampoco me quiere?
No lo podemos saber de antemano, habrá que hacer la labor.
El hombre parecía desesperado. Su última pregunta múltiple fue:
¿Cómo se le hace para alguien lo quiera a uno, cómo se le hace para conseguir el amor y para provocar la pasión, cómo se le hace para vivir feliz y enamorado?
Lea, le dije.
Que lea qué.
Lea libros, lea el cielo, léase usted, lea el mundo. Y allí va a encontrar respuestas. Si se queda viendo con atención un árbol, por ejemplo, que es una forma de leerlo, poco a poco le van a aparecer palabras en el cerebro y ellas la llevarán a pensamientos que quizá le expliquen que el amor no existe afuera (bueno, sí, pero es incidental), sino adentro. Si usted no descubre sus maravillas, es que se las está ocultando. Cada cual –usted, yo– seremos diamantes, pero, como dice Martí, antes de luz somos carbón.
Me vio con desconsuelo. Se fue y nunca volvió.
Tal vez siga vivo.
La ironía tiene un ritmo y una elasticidad que van regidas entre la verdad literal y el disfraz con una fuerte atracción; se unen y se separan; se repelen y se reconocen y al hacerlo se han sometido a un roll subversivo: han roto las leyes de la realidad para convertirse, dentro de ella, en una ilusión. “La ironía exige flexibilidad y armonía perfecta con el entorno.” (Schoentjes, 2003, p. 118).
La ironía no deja de ser esto para convertirse en aquello sino que es los dos y vive gracias a las diferencias. “La realidad «objetiva» es imperfecta, pero el juicio «subjetivo» es lo contrario: mientras que se espera una condena a partir del ideal, vemos que se exalta la imperfección.” (Schoentjes, 2003, p. 122). Hay una relación solidaria entre las significaciones adversas; además, se desenvuelve en un entorno de sutileza. La agresión va arropada de elegancia, el acometido sin sentir la ofensa, es arremetido.
Las técnicas de controles en que se desarrolla el irónico representan el manejo de la información astutamente, digamos que el irónico es demasiado consciente de su realidad y ha elaborado a base de la ironía un mundo perfecto. Así, de tanto repetir esa idea falsificada, podrá pasar a la historia como un hecho verdadero abandonado su antigua ilusión. “Tenemos que observar que la ironía «no hace como sí» ni la «apariencia de» presentar un juicio favorable, lo expresa plenamente, pero pide, basándose en la contradicción con la realidad presente, que se vaya más allá.” (Schoentjes, 2003, p. 123).
El someter al presente, somete al pasado. La ironía ya sea que actúa a través de la lucha de la develación de la verdad o en su búsqueda de libertad, pero es, en cualquiera de las dos situaciones, una remembranza importante de los modelos de la constitución de la realidad social.
La ironía es un modo del discurso indirecto que se toma ciertas libertades con la verdad en la que el hombre se pone a prueba en sus relaciones con los demás. Si el ser y el parecer no coinciden como quiere la moral de la sinceridad, el irónico no es, con todo, un mentiroso. Lejos de intentar engañar y, por lo tanto, de mantener la ilusión creada por su mentira, el irónico quiere que sus ilusiones sean comprendidas y se cuidará de no bloquear el acceso al significado de su intención. (Schoentjes, 2003, p. 126)
Anteriormente se vio el lapso que transcurre entre el pastelazo y la toma de decisión que se da entre el Gordo y el Flaco; así se debe dejar una separación entre el lector y los ingredientes que componen la ironía, conviene tomar cautela y poner atención: pensar en la jerarquía de los seres y las cosas además de la intención que da a ellos el interlocutor.
Podría tomarse una oración emotiva: ¡Qué buen día! (pensando que todos esperan un día soleado) y al haber un día lluvioso lo contraponen con ésta negación. Pero no siempre se puede decidir por una mayoría. Un ejemplo puede tomarse dentro de la naturaleza humana, si una madre tiene calor, descubrirá a su bebé; si ésta tiene frío, lo cubrirá independientemente de las necesidades reales de su bebé.
Los juicios de valor que se dan en la ironía influyen de acuerdo al conocimiento e impresión que se tenga de ellos. La intención es presentar un sentimiento o resentimiento del que no se puede libertar y persiste en su fuero interno. El irónico tiene el privilegio, la capacidad y la inteligencia de saberlos exteriorizar disfrazados para desahogarlos en el lugar correcto, libres de sinceridad.
Ilse Ibarra Baumann. Es Licenciada en Lengua y Literatura Hispanoamericanas por la Universidad Autónoma de Chiapas. Actualmente cursa el Máster en Creatividad Literaria en Español por la Universidad de Salamanca, España.
Sobre el artículo:
Los textos de las serie corresponden al volumen <<La ironía, esencia de Juan José Arreola, con énfasis en La parábola del trueque>>.
Parménides
A Ulises Córdova
I
Dividí la verdad en dos mitades,
ruedas ardientes del hexámetro
que derrumba el mito de la cosmología.
Mi camino está marcado
por los días oscuros de la metafísica.
II
No existe la verdad absoluta,
anduve como salvaje
por tormentosos caminos de la Nada,
en el pensamiento errante de mortales.
III
Estoy encadenado al cielo,
al número eterno sin nombre.
IV
El signo de la noche es una esfera infinita,
espejo inmóvil que refleja la luz,
esencia indivisible del ser.
(Encadenados al fuego 2019).
Fotografía: Shitterphoto.
*Sobre el autor:
David Andrade. Yajalón, Chiapas. Estudió en el VII Diplomado en Creación Literaria en la Escuela de Escritores (SOGEM) en San Cristóbal de Las Casas en el 1999. Es coautor de libro Del Caos a la Palabra en 2001. Dirigió la revista Espejo Humeante. Autor del libro Encadenados al Fuego en 2019. Es miembro de los colectivos literarios Los Amorosos del Espacio y Abriendo Caminos José Antonio Reyes Matamoros.
**Sobre el poema:
«Parménides», poema de la colección Encadenados al fuego, 2019, editorial Tifón.
Quizá les haya sucedido, a veces una no presta tanta atención a lo que nos rodea, por ejemplo, a los momentos que tiene el día. Me refiero a lo que va caracterizando el amanecer, el mediodía, la tarde, la noche, la madrugada. Si nos detenemos a contemplar el cielo, hallaremos rasgos particulares, y también en todo el ambiente que nos rodea. Me he percatado que, normalmente, los gallos comienzan a cantar a eso de las seis de la mañana. Las aves trinan casi a esa hora. Y también es agradable escuchar las parvadas de loros por las mañanas o las tardes, cuando se acerca la puesta del sol. La algarabía de los loros es inmensa en ambos momentos.
La gente que ha crecido en el campo sabe distinguir la hora con ver la posición que tiene el sol. También es asombroso cuando al echar un vistazo al cielo saben si hará calor, si es segura o no la lluvia y si habrá frío o mal tiempo, como suelen decir.
Las tardes también tienen su encanto, las puestas de sol son un deleite. En cada espacio donde estemos tiene su elemento a destacar, aún cuando sean días de lluvia. Y qué decir de la noche, tiene magia que vale la pena descubrir, en algunos espacios urbanos aún se tiene la fortuna de escuchar el canto de los grillos, o en época de lluvias el croar de los sapos.
Sin embargo, estar en el campo o en la selva, alejado de los ruidos propios de espacios citadinos, hace que nuestros oídos puedan disfrutar o conocer otros paisajes sonoros y nuestras pupilas contemplen el cielo estrellado, o una noche llena de relámpagos después de la lluvia.
Entre los susurros en la noche además de los grillos, está el ladrido de los perros que toma cierto ritmo primero ladra uno, dos, luego más adelante se escuchan más. El sonido del viento crea atmósferas que dan efectos diversos, es una especie de silbido agudo que luego si se presta atención va cargado de mensajes, sumado a el movimiento de los árboles que se mecen a su compás. Los patos suelen ser animales nocturnos que no cesan de caminar y el crash crash de su paso sobre las hojas de los árboles puede hacernos pensar que hay alguien ahí deambulando en la noche. Y sí en efecto, son ellos que de vez en cuando aletean y emiten un sonido particular.
La noche tiene silencios que sumados a los susurros le dan un encanto especial. Esos sonidos que nos permiten descubrir lo bello de la naturaleza.
Cada que tengan oportunidad les invito a prestar atención e identificar qué les susurra la noche.
Era terroso, asimilado al piso donde pasaba su agonía. Y flaco, sarnoso, desdentado; un perro callejero a punto de morir.
Mi mujer lo notó al tomar la curva, en el coche, unas calles antes de llegar a casa.
Al día siguiente, en la mañana, nos detuvimos y ella bajó con dos trastos: comida y agua. Esperamos a que intentara comer, pero no tenía fuerza ni para eso. Por la tarde notamos que alguien se había llevado los trastos.
Le dejamos la comida en el piso, casi en su hocico.
Comenzó a comer y nosotros sonreímos cuando ya pudo ponerse en pie.
Su mejoría fue evidente con los días. Ya reconocía el ruido del carro y aceptaba nuestra cercanía.
Comenzó a engordar y a sanar de la sarna. Se volvió un perro hermoso.
Había días que no nos esperaba, pero al día siguiente lo veíamos pararse y menear la cola cuando oía el motor, nos veía llegar y detenernos. Para nosotros ya era costumbre verlo, alimentarlo, decirle palabras de cariño.
Notamos que no estaban ni él ni varios perros que solíamos ver por el camino. Hicimos conjeturas, hasta que alguien contó a mi mujer que un tipo de por ahí, loco, criminal, dio veneno a una veintena de perros, dentro del disfraz del alimento. Allí, en ese asesinato atroz y colectivo murió nuestro amigo, al que nunca pusimos un nombre.
Pasamos con él y por él bellos momentos. Lo quisimos, lo recordamos, todavía, alguna vez, en sus días felices.