Polvo del camino/ 16

Días felices
Héctor Cortés Mandujano
 

 
Era terroso, asimilado al piso donde pasaba su agonía. Y flaco, sarnoso, desdentado; un perro callejero a punto de morir. 
     Mi mujer lo notó al tomar la curva, en el coche, unas calles antes de llegar a casa.
     Al día siguiente, en la mañana, nos detuvimos y ella bajó con dos trastos: comida y agua. Esperamos a que intentara comer, pero no tenía fuerza ni para eso. Por la tarde notamos que alguien se había llevado los trastos.
     Le dejamos la comida en el piso, casi en su hocico. 
     Comenzó a comer y nosotros sonreímos cuando ya pudo ponerse en pie. 
     Su mejoría fue evidente con los días. Ya reconocía el ruido del carro y aceptaba nuestra cercanía. 
     Comenzó a engordar y a sanar de la sarna. Se volvió un perro hermoso. 
     Había días que no nos esperaba, pero al día siguiente lo veíamos pararse y menear la cola cuando oía el motor, nos veía llegar y detenernos. Para nosotros ya era costumbre verlo, alimentarlo, decirle palabras de cariño.
 
Notamos que no estaban ni él ni varios perros que solíamos ver por el camino. Hicimos conjeturas, hasta que alguien contó a mi mujer que un tipo de por ahí, loco, criminal, dio veneno a una veintena de perros, dentro del disfraz del alimento. Allí, en ese asesinato atroz y colectivo murió nuestro amigo, al que nunca pusimos un nombre. 
     Pasamos con él y por él bellos momentos. Lo quisimos, lo recordamos, todavía, alguna vez, en sus días felices.
Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez.