Un Niño *
Un niño mutila el aire de la calle,
A la orilla del hambre
vacía su tristeza.
Espera
Mientras su vida,
bajo el cielo,
se evapora en la ardiente ciudad.
Tut kerem
Jtujl tut kerem stuch’be yik’al xoral
Ta sti’ilal swi’nal
Sjojchobtes smel o’tan.
Smajli
K’alal skuxlejale,
Ta yajlanil ch’ujlchan,
Xtup’ bael ta sk’uxul sk’ajk’al jtejklum.
«Un niño» es parte de la colección Anhelo de reposo. Antología poética, Editorial Tifón, 2019, la cual reúne poemas bilingües de escritores de la zona altos de Chiapas, sur de México.
En esta revista estaremos compartiendo, en las próximas entregas, textos y poemas extraídos de dicha antología.
Sobre el autor:
Alberto Gómez Pérez. Escritor tseltal, Maestro en Cien- cias Sociales y Humanísticas por el CESMECA. Fue au- xiliar investigador en el Departamento de Investigación lingüística del CIESAS-Sureste. Ha sido ponente en Congresos Internacionales de Historia Oral en Managua, Nicaragua; Bogotá, Colombia, y en el Instituto Mora de la ciudad de México. Actualmente es profesor en la licenciatura en Historia en la FCS-UNACH, en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México.
«En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre…»
Jorge Luis Borges en «El puñal»
Hay ciertos rasgos que nos hacen distinguir de los demás, alguna manía, fanatismo, vestimenta o cualquier gusto que refleje la alteridad.
A mi padre le gustaban mucho los cuchillos, las plantas, los animales y los sombreros. Siempre o casi siempre andaba con un sombrero, recuerdo un día que hubo una especie de tianguis en el parque central de la ciudad, yo iba a hacer un mandado por ahí y mi papá trabajaba cerca, nos habíamos visto por la mañana cuando yo desperté y el salía hacia su trabajo.
Nos encontramos muy cerca del inicio de aquel bazar, como si hubiesen pasado meses de la última vez que nos vimos, nos saludamos:
–¡Hola! ¿Cómo estás?
–Hola, bien y, ¿tú cómo estás? ¿Cómo esta tu mamá? Hace tiempo que no te veía
Y entre unas cuantas risas nos abrazamos, me pregunto que estaba haciendo por ahí, tuvimos una pequeña charla mientras me tomaba de la mano y recorríamos los puestos. Había de todo un poco, desde collares y ropa hasta café y productos de cocina, nos detuvimos en unos cuantos hasta llegar a uno donde había sombreros, a él le había gustado uno color camel. No lo compró y no me ofrecí a comprarlo tampoco, me despedí de él diciéndole que seguramente mi mamá iba a decir que había tardado.
–Te veo en la casa
No lo tengo muy claro, una tarde tal vez, uno o dos días después, lo vi con aquel sombrero camel.
–Sí te lo compraste
–¡Claro!
No lo utilizó muchas veces, sus pertenencias las cuidaba mucho pero agradecida estoy de que al menos en vida le pedí un sombrero de palma para un personaje. Me lo regaló.
Será acaso que, como los cuchillos de Borges… ¿Algún secreto guardarán los sombreros?
Fotografía: pixabay
Sobre la autora*Bibiana B. López Álvarez
Comitán de Domínguez, estudiante de la licenciatura de Comunicación Intercultural en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), fue estudiante de intercambio en la Universidad Católica del Salvador (UNICAES) en Santa Ana, El Salvador.
Tallerista de teatro universitario.
Fue parte de la creación de la obra "Caites o el destiempo de oficios a olvidar".
Salió de su casa, le dijo el hombre de gorra, al señalar lo que parecía una cuerda gruesa enroscada. Lilith le replicó que en su hogar no había serpientes, mientras su lengua bífida se asomaba irreverente por su dentadura.
No veía a quienes estaban callados y atentos –eso suponía– en el pequeño auditorio, porque alguien dispuso que las luces potentes me dieran directamente en la cara.
Yo hablaba con rapidez, pero no era necesario decir palabras y por eso me concretaba a hilar, en una habilidad que me desconocía, letras y números.
Todos parecían entenderme, porque eventualmente, ante alguna letra, ante algún número dicho por mí, se oían asentimientos, exclamaciones en voz baja.
Terminé y no hubo aplausos. Lo sentí normal, porque los aplausos siempre los he pensado un subrayado gratuito sobre el que nadie reflexiona y hace mecánicamente. Vi que a uno de lados del escenario había surgido, mientras hablaba, una especie de círculo blanco, como si la duela de madera hubiera tornado –manejada por alguien desde alguna cabina de mando– al vidrio, al plástico circunferencial.
Ante el silencio de los espectadores, que seguían siéndolo, pues no escuchaba ruidos de incorporación y caminata, me dirigí a la rueda blanquecina y me paré en ella. De ese centro caían, habían caído, supuse, como si fueran pétalos de un lirio gigante, largas tiras. O así habían surgido del piso: como una flor en desmayo. No eran luces, pues, las que hacían aquella figura, sino una materia que no lograba descifrar, reconocer.
En cuclillas, toqué una de las tiras y ésta comenzó a levantarse. Me puse de pie y noté que ese extravagante pétalo rebasaba mi estatura. En eso pensaba cuando se levantó el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto, hasta dejarme encerrado en, eso pensé, una nave hecha a mi medida.
Todo encajó sin fisuras. No necesita aire. Cerré los ojos y sentí que esto era inevitable y bello.
No es que oyera el ruido de un motor ni nada por el estilo, pero sentí que nos elevábamos la nave y yo. Supongo que se abrió una parte del techo porque aquello ya era volar en toda forma. Tuve instantes de miedo. ¿Adónde iba, adónde me llevaban, quiénes? Noté entonces, como en un parpadeo de sabiduría, que a mi mente llegaban nuevas letras, nuevos números, que hacían en mi cerebro una nueva conferencia que dictaría quién sabe en qué nuevo mundo al que me llevaba esta nave-lirio de vuelo silencioso…
***
Hace tiempo dos amigos (René Morales y Eduardo Champo) tenían un programa que se llamaba, creo, Arte y cultura para pobres, en el que recomendaban cine, música, libros, etcétera, que podían conseguirse gratuitamente. Por ellos me enteré y pude ver gratis la joya del terror mexicano, de Carlos Enrique Taboada (¿de quién si no?), Veneno para las hadas (1984), que junto con Hasta el viento tiene miedo (1968), El libro de piedra (1968) y Más negro que la noche (1975), forman un cuadríptico imperdible de la cinematografía nacional. Las tres últimas ya tienen un remake, que no siempre les hace justicia; pero con Veneno para hadas no se han atrevido, porque trata de la maldad infantil, tema escabroso.
Los recordé porque en estas semanas he visto por segunda, tercera, cuarta vez, gratis, en Youtube, muchas películas de Buñuel, que están a la mano (yo soy el más perezoso de los buscadores): El río y la muerte, Susana (carne y demonio), El ángel exterminador, Simón del desierto, Él, Los olvidados, El bruto… Todo un tesoro al alcance de cualquiera.
Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración: Nadia Carolina Cortés Vázquez.
*Sobre el autor:
Héctor Cortés Mandujano
Narrador, dramaturgo y periodista cultural
Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.
Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.
Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).
Lolis entró corriendo a casa buscando a doña Patricia, su mamá. No la halló. Estaba tan emocionada que no sabía si buscar el delantal que usaba su mamá para cocinar o hablarle a su querida tía Jose. Optó por lo segundo. Marcó de inmediato.
—¡Holaaaa tía Jose!! Hoy aprenderé a hacer mi pastel favorito, el de zanahoria.
— Lolis, niña, no preguntas ni cómo estoy. ¿En serio perderás el tiempo en eso?
—¿Perder el tiempo? Me encanta el pastel de zanahoria, lo sabes y quiero aprender a prepararlo. Además, doña Rita que hace unos pasteles deliciosos en el barrio, me enseñará gratis.
—¡Ay, Lolis! Claro que es una pérdida de tiempo, aparte que te batirás toda y luego ni volverás a cocinarlo. Se te olvidará cómo se hace.
El rostro alegre de Lolis comenzaba a desdibujarse.
—Mmm, no lo veo así tía. Grabaré paso a paso la preparación, con el celular. No creo que doña Rita se enoje.
—¿Cómo sabes? ¿Ya le preguntaste? No, ¿verdad? La señora se ve medio especial, así como enojona. ¿Y cuándo es tu dichosa clase de cocina?
—En realidad no has puesto atención, te dije que hoy, por la tardecita.
—¡No vayas! Mejor te invito al cine, anda, a ti te encanta ir.
La voz de Lolis también iba cambiando de entonación.
—Pero, al cine puedo ir otro día. Doña Rita me reservó esta tarde.
—¿Prefieres a la señora Rita que a mí que soy tu tía? ¡Me desanimas Lolis! No solo eso, me partes el corazón…
—Tía Jose, no te pongas así. Sólo quiero que me entiendas.
El tono imperativo de Jose se enfatizó antes de concluir la llamada.
—La invitación sigue en pie. ¡Lolis te espero hoy a las cuatro de la tarde en la casa! Te veo al rato. Besos.
Lolis se sentó, estaba algo desanimada, comenzó a reflexionar en voz alta,
—¿Y por qué no hacer lo que me gusta? Si voy al cine es probable que a las siete esté de regreso y pueda ir con doña Rita, sin decirle a tía Jose, claro. Pero qué tal se le ocurre invitarme a cenar. Ya no llegaré a tiempo. ¿Cine o pastel de zanahoria?
*Este texto es un ejercicio realizado por la autora de esta columna en el taller Desde el tejado de la infancia, facilitado por la dramaturga Damaris Disner Lara, el pasado 5 de julio del año en curso.
**Muchas gracias al público lector de esta columna, que el 3 de julio cumplió su tercer aniversario. De igual manera, agradezco a la Revista Letras, idea y voz por el espacio que brinda para su divulgación
Paisaje de violines *
Contienes un paisaje de violines en tu boca
con la tristeza de los desamparados
que olvidamos al amanecer.
Escucho una sinfonía de cuerdas junto a tu cuello
para aprisionarte en los profundos cementerios
donde te espera la desolada mañana.
No te detengas,
si en las tinieblas de la noche
la música de violines
abre fosas y tu imagen emigra
hacia otras partes de la solitaria tierra.
Cuida tu ánimo y lleva en tu pecho
la canción de los suicidas.
Stakopal me ́olinetik
Noj ta rabeletik li avo´ntone
ja tey yatel yo´ntonik li me´onaletike
ta saku´bel osil.
Chka’i sk’eojal vo´obetik ta xokon anuk’e
k´alal ta o’lol bamukinal bajal cha kom
ta saku’bel osil te malabilot yu´unik.
Mu xa avikta aba
ta stokal ik’al osil
k´alal li sk’eojal me´olinetike
ta sjam li ch’ene xchi’uk ta xjel li atakopale
sventa cha xanav yu´unik ta yan teklumetik.
K’ela ba batel xchi’uk ich’o batel ta avo’nton
li sk’eojal namal lajelale.
(Traducción corregida por el autor)
«Paisaje de violines» es parte de la colección Ahelo de reposo. Antología poética, Editorial Tifón, 2019, la cual reúne poemas bilingües de escritores de la zona altos de Chiapas, sur de México.
En esta revista estaremos compartiendo, en las próximas entregas, textos y poemas extraídos de dicha antología.
Sobre el autor:
Miguel Pérez Sántiz. Chamula, Chiapas, 1985. Traductor y poeta. Curso el XV diplomado de creación literaria por la escuela de escritores de la SOGEM San Cristóbal de las Casas, Chiapas (2010); en el taller de poesía Óscar Oliva, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas CONECULTA (2016). Ha publicado en el libro “As- tilo” antología poética. Miembro del taller literario de la Organización Cultural Abriendo Caminos; José Antonio Reyes Matamoros.
Hace un rato que tengo el título de «la puerta vaivén», siempre me han llamado la atención por que en las casas en que he vivido siempre hay una de ellas.
La he relacionado con la existencia del ser humano, con la vida… cómo es que a veces va y viene de diferentes circunstancias, unas veces más caóticas, otras veces más en calma; siempre en movimiento aunque a veces sea tan leve que no nos damos cuenta que el tiempo avanza.
Pienso que hay que disfrutar y dejarnos sentir sea cuál sea el momento por el que se esté pasando. Cuando la vida se pone «complicada» empezamos a valorar más los pequeños detalles de la vida. Mi directora de teatro, una gran persona de la cual espero escribir también, cita mucho: «en los detalles está Dios», porque siempre los detalles son lo que hacen sobresalir la obra (sea teatral o no). Ahora entiendo un poco más esa idea, son en los pequeños pero más importantes detalles cuando recuerdas a las personas, sus frases, sus ideas, sus conocimientos, su acciones diarias y sus sentimientos.
La puerta vaivén me recuerda que un momento estás sonriendo y en otro estás llorando, pero, es eso, un momento. Y saldrás y regresarás a él cuando tenga que ser.
Leí la columna «La presencia del cenzontle», de una querida persona, y cuando lo hice espere y le dije a ella misma que ojalá la vida me regalara mensajes misteriosos.
Por la tarde del miércoles, a mi madre y a mí nos visitó un ser, y con el corazón deseé que fuera uno de esos «mensajes misteriosos»:
Sentadas en el mismo sillón un pequeño pajarito nos visitó.
–Mamá: ábrele la ventana para que pueda salir.
Me paré y abrí la puerta por si éste se iba hacia allá, mas voló hacia una ventana, nos volteó a ver por un instante y desapareció. La ventana estaba cerrada, no habría podido atravesarla. Lo buscamos, no dejó rastro.Alguna corriente de aire, no sé, la puerta vaivén de mi casa rechinó como si me recordara que ese era uno de esos momentos, instantes, que hay que valorar, vivir.
Fotografía: Harrison HainesSobre la autora*Bibiana B. López Álvarez
Comitán de Domínguez, estudiante de la licenciatura de Comunicación Intercultural en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), fue estudiante de intercambio en la Universidad Católica del Salvador (UNICAES) en Santa Ana, El Salvador.
Tallerista de teatro universitario.
Fue parte de la creación de la obra "Caites o el destiempo de oficios a olvidar".
Sólo le faltó un pedazo para restaurar el jarrón familiar. Lo buscó en el suelo, entre su ropa e incluso en la suela de sus zapatos. Parecía no ser de porcelana porque se evaporó entre botes y pinceles. Lu había pasado semanas resanando. Igualar colores y secar por horas, cada fragmento, era su tarea obsesiva de aquel invierno. Por más que intentó olvidar, siempre tuvo presente que era del mismo color del vestido que su tío subió hasta la cintura, esa vez que su abuela la dejó sola.
Era poco más de mediodía, los pájaros trinaban y el cielo estaba nublado, algo cálido. Clara estaba terminando de preparar la mezcla para el pedido de panqués con pasas que entregaría después de las seis de la tarde.
En los últimos moldes ya no le alcanzaron las envolturas de papel para poner, así que lo hizo de manera tradicional: colocó mantequilla y un poco de harina en cada molde. Estaba tan entrajinada que no había prestado atención que se acercaba la hora de la comida. Ese día su sobrina Luna había llegado de visita. Solía ser una niña muy curiosa y conversadora. Ya había tomado nota de qué ingredientes llevaban los panqués.
La cocina era un pequeño laboratorio donde la alquimia estaba presente. En ese momento era una mezcla de aromas de comida y postre. Mientras doña Leonor terminaba el guiso, Clara había llenado los moldes para luego ponerlos en el horno.
Cuando se dispuso a limpiar la mesa y lavar los trastes, prestó atención a la charla entre Luna y doña Leonor.
—Abuelita, ¿jugamos lotería?
—Bueno, un ratito porque ya vamos a comer. Pero no vayas a hacer trampa.
—No, yo iré leyendo las cartas.
Y así, en la voz entusiasta de Luna, empezó el desfile de cada una de las figuras integrantes de la lotería, la rana, la estrella, el nopal, el cantarito, el diablito, la dama, el tambor, la luna… y las jugadoras iban poniendo y quitando frijolitos a su carta. Cada una a su estilo, Luna quitaba, doña Leonor ponía. La mente de Clara viajó a la infancia, donde las tardes de verano eran el escenario perfecto para que mamá, papá, tíos, sobrinos, abuelitos, se pusieran en la mesa del comedor a jugar lotería y pasaran veladas hermosas. Había risas, enojos por los que se resistían a perder, venía la revancha, pero lo más lindo era compartir momentos en familia.
Clara regresó al presente al escuchar en coro: ¡Lotería! Ambas jugadoras habían ganado al mismo tiempo. Sonrió desde la cocina, la sobrina y la abuelita también lo hacían. El olor a panqué empezaba a invadir la cocina y el comedor. La hora de la comida había llegado.
Silencio y poesía *
Durante años la poesía escrita por hombres y mujeres indígenas permaneció en silencio para nosotros. Ellos permanecieron cantando en sus comunidades, bailando poemas, soñando ritmos y ritos. Sin poesía no hay celebración, se empobrece la ritualidad, enmudece la fiesta. Ese silencio fue en realidad una barrera construida por nosotros, nuestros oídos estaban atrofiados, aún no lograban limpiarse de la cochambre de la modernidad. Mientras tanto ellos arrullaban al maíz con cantos floridos, convocaban las lluvias con versos alados, enterraban a sus muertos con canciones ancestrales.
Nosotros seguimos levantando el muro del ruido, estaciones de radio vendiéndonos el último milagro, el rugido de los coches en las autopistas del supermercado, la tronante locución de televisores eternamente encendidos, el sonido del dinero cayendo metálico sobre nuestros huesos. Tuvieron que pasar algunas lunas para que poco a poco, lentamente, al ritmo del amor y el trabajo, fuéramos aprendiendo a escuchar. Una mañana, sin esperarlo, un colibrí chascó su lengua en nuestros oídos, las flores dejaron de solar en el agua y entonaron una dulce canción milenaria. Los poetas dijeron su palabra con ritmos novedosamente antiguos, el tseltal y el tsotsil se sometieron a la cadencia del abuelo fuego, el silencio dejó de ser una barrera, ahora era una nueva forma de hablar. El zoque, el ch´ol, el kanjobal, y todas las lenguas de los pueblos indígenas se escucharon en la luminosa noche de la poesía.
Este libro, es una pequeña muestra de ese canto liberado, libre para nuestros oídos, los poemas de estos autores y autoras nos hablan directamente a nosotros, se dejan escuchar para todo aquel quiera hacerlo. El silencio y el poema son Uno, el silencio que de tanto caminar se ha llenado de un profundo sentido, y el poema lo recibe en sus odres viejos.
«Silencio y poesía» es parte del prólogo de la colección Ahelo de reposo. Antología poética, Editorial Tifón, 2019, la cual reúne poemas bilingües de escritores de la zona altos de Chiapas, sur de México.
En esta revista estaremos compartiendo, en las próximas entregas, textos y poemas extraídos de dicha antología.
Sobre Alejandro Aldana Sellschopp
Investigador, promotor cultural, editor, ensayista y narrador.
Ha sido becario de: FOESCA (Emisiones 1999-2000 y 2000-2001), PACMYC, fue becario del FONCA (2003-2004) en el programa de Jóvenes Creadores en la modalidad de novela. Está incluido en la antología del FONCA – Jóvenes Creadores generación 2003-2004.
Ha publicado: Tiempo a Contrapunto (UNAM- Espacio Cultural Jaime Sabines), Nudo de Serpientes (Novela). Su cuento Diario de un lobo está incluido en la antología Inventa la memoria (Alfaguara). La novela en Chiapas, antología (Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas en el 2018).