Polvo del camino/ 25

Lirio
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

 

No veía a quienes estaban callados y atentos –eso suponía– en el pequeño auditorio, porque alguien dispuso que las luces potentes me dieran directamente en la cara.
            Yo hablaba con rapidez, pero no era necesario decir palabras y por eso me concretaba a hilar, en una habilidad que me desconocía, letras y números. 
            Todos parecían entenderme, porque eventualmente, ante alguna letra, ante algún número dicho por mí, se oían asentimientos, exclamaciones en voz baja.
            Terminé y no hubo aplausos. Lo sentí normal, porque los aplausos siempre los he pensado un subrayado gratuito sobre el que nadie reflexiona y hace mecánicamente. Vi que a uno de lados del escenario había surgido, mientras hablaba, una especie de círculo blanco, como si la duela de madera hubiera tornado –manejada por alguien desde alguna cabina de mando– al vidrio, al plástico circunferencial.
            Ante el silencio de los espectadores, que seguían siéndolo, pues no escuchaba ruidos de incorporación y caminata, me dirigí a la rueda blanquecina y me paré en ella. De ese centro caían, habían caído, supuse, como si fueran pétalos de un lirio gigante, largas tiras. O así habían surgido del piso: como una flor en desmayo. No eran luces, pues, las que hacían aquella figura, sino una materia que no lograba descifrar, reconocer. 
            En cuclillas, toqué una de las tiras y ésta comenzó a levantarse. Me puse de pie y noté que ese extravagante pétalo rebasaba mi estatura. En eso pensaba cuando se levantó el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto, hasta dejarme encerrado en, eso pensé, una nave hecha a mi medida.
            Todo encajó sin fisuras. No necesita aire. Cerré los ojos y sentí que esto era inevitable y bello.
            No es que oyera el ruido de un motor ni nada por el estilo, pero sentí que nos elevábamos la nave y yo. Supongo que se abrió una parte del techo porque aquello ya era volar en toda forma. Tuve instantes de miedo. ¿Adónde iba, adónde me llevaban, quiénes? Noté entonces, como en un parpadeo de sabiduría, que a mi mente llegaban nuevas letras, nuevos números, que hacían en mi cerebro una nueva conferencia que dictaría quién sabe en qué nuevo mundo al que me llevaba esta nave-lirio de vuelo silencioso…  
 
***
 
Hace tiempo dos amigos (René Morales y Eduardo Champo) tenían un programa que se llamaba, creo, Arte y cultura para pobres, en el que recomendaban cine, música, libros, etcétera, que podían conseguirse gratuitamente. Por ellos me enteré y pude ver gratis la joya del terror mexicano, de Carlos Enrique Taboada (¿de quién si no?), Veneno para las hadas (1984), que junto con Hasta el viento tiene miedo (1968), El libro de piedra (1968) y Más negro que la noche (1975), forman un cuadríptico imperdible de la cinematografía nacional. Las tres últimas ya tienen un remake, que no siempre les hace justicia; pero con Veneno para hadas no se han atrevido, porque trata de la maldad infantil, tema escabroso.
            Los recordé porque en estas semanas he visto por segunda, tercera, cuarta vez, gratis, en Youtube, muchas películas de Buñuel, que están a la mano (yo soy el más perezoso de los buscadores): El río y la muerteSusana (carne y demonio)El ángel exterminadorSimón del desiertoÉlLos olvidadosEl bruto… Todo un tesoro al alcance de cualquiera.
            Contactos: hectorcortesm@gmail.com 
Ilustración: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com