Revista

Líneas de desnudo. 83. La deriva. Manuel Pérez-Petit

La deriva

Líneas de desnudo/ 83

La deriva
Por Manuel Pérez-Petit

“(...) somos cada vez menos persona y más individuo, más cosa, más número, más nada. (...)” decía en mi aún caliente “Musculados pero muertos” y la frase parece no haber dejado indiferente a casi nadie. Me escribía en privado mi amiga la pedagoga Maru Reyes al respecto: “Me llama la atención la relación que haces de menos persona y más individuo”, y lo enfatizaba con varios signos de admiración para, a renglón seguido, preguntarme: “¿La idea es inversa?, ¿menos individuo y más persona para dejar de ser número o nada?, ¿el concepto de individuo no degrada al de persona o sí?”
            Lo cierto es que esta mañana me he levantado algo forense, entre otros motivos porque aún pudiendo ser catastrofista no me gustaría que, además de pesimista –y es que no se puede ser otra cosa en nuestra tesitura–, me tilden de agorero. El Diccionario de la Lengua Española (DLE) cuenta con varios significados tanto para la voz ‘persona’ como para la de ‘individuo’. Al respecto de la primera, ‘persona’, exhibe quince formas compuestas y diez acepciones, de las cuales, nos interesan ahora, y por este orden, la séptima (“f. Fil. Supuesto inteligente”), la cuarta (“f. Hombre o mujer prudente y cabal. U. t. c. adj. Es muy persona), la segunda (“f. Hombre o mujer distinguidos en la vida pública”) y la primera (“f. Individuo de la especie humana”). En relación a la segunda, ‘individuo’, solo cuenta con siete acepciones, de las que de manera especial nos llaman la atención la tercera (“m. y f. coloq. Persona cuyo nombre y condición se ignoran o no se quieren decir), la cuarta (“m. y f. despect. Persona despreciable) y la séptima (“m. coloq. Persona, con abstracción de las demás. Tomás cuida bien de su individuo). Como curiosidad, cabe destacar que de la última de ‘individuo’ (“Persona, con abstracción de las demás”) y la primera de ‘persona’ (“f. Individuo de la especie humana”) podríamos llegar a la conclusión de que se trata de voces sinónimas, pero nada más lejos de la realidad, o, al menos, por la vía intuitiva. 
            Verán por qué. Si hablamos de personas hablamos de seres humanos con alma, corazón y vida, sociales, y si hablamos de individuos hablamos también de seres humanos, pero carentes de valores en la convivencia, solitarios, insolidarios y, en consecuencia, venidos a menos. Para ello, para pasar de persona a individuo, hay que realizar un trayecto que podría ser más o menos inducido pero que, en todo caso, lo veamos como lo veamos, es fruto de la deshumanización de la humanidad. La persona se relaciona y el individuo niega la conexión con los demás.  En el fondo es el cumplimiento del sueño de aquellos filósofos ingleses que, en el siglo XVII, diseñaron –y yo diría que hasta con saña, aunque sus intenciones eran otras- el mundo en que vivimos: John Locke y, sobre todo, Thomas Hobbes, quien en su libro “Leviatán”, publicado en 1651, acuñó la frase que está en la raíz de todo esto: “el hombre es un lobo para el hombre”, y sentenció que la sociedad es una “guerra de todos contra todos”, a partir de lo cual estableció un orden social basado en celdas*, en el que la libertad de uno termina de manera necesaria donde empieza la libertad del otro, marcando el origen de la sociedad de solitarios, de individuos, de seres humanos con cada vez más menos rostro, cada vez menos persona, más cosa, más número, más nada, en una deriva hacia el vacío, un trayecto que es el que hoy más que nunca existe.
            (Continuará, pues la cosa tiene miga...)
 __________
*Acerca de ello he publicado muchos artículos en mi 'Líneas de desnudo', pero sobre todo me remito en esta ocasión a "El oficio de editar II".
«El nuevo rostro no-rostro» (archivo de M. P.-P.)
Año de la fotografía: 2013.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 82. Musculados pero muertos. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 82

Musculados pero muertos
Por Manuel Pérez-Petit

A Adriana Labardini, con afecto y gratitud

La expresión “mens sana in corpore sano”, de tanto predicamento, tanto para bien como para mal, durante siglos, y que se ha venido entendiendo por mucho tiempo como ‘mente sana en un cuerpo sano’, hoy es un chiste, tal y como fue tomada en su tiempo –el Imperio romano– cuando en su Sátira X el poeta romano Décimo Junio Juvenal (60-128), probable discípulo de Marco Fabio Quintiliano (circa 35-circa 95), amigo de Marco Valerio Marcial (40-104) y seguidor de Cayo Lucilio (180 a. C.-103 a.C.), creador éste de la sátira como género literario y al que dedicó Lucio Anneo Séneca (4 a.C.-65 d.C.) sus famosas “Cartas a Lucilio”, la escribiera.
            Dice el verso original –el 356 del poema, casi al final del mismo–: “(...) orandum est ut sit mens sana in corpore sano. (...),” –traducido al español, “(...) [hay] que rezar para que en un cuerpo sano haya mente sana (...)”–, y se expresa en términos de que se debería pedir en ese orar un “alma valiente, carente del temor a la muerte”, para poder poner una distancia entre los dones de la naturaleza y la vida, “que sea capaz de soportar toda clase de trabajos, que no sepa enfadarse, que nada desee” y que crea que las penalidades que uno sufra no son tanto en comparación con otras –y pone el ejemplo de las de Hércules, hijo del dios Zeus y la mortal Alcmena, famoso por los doce trabajos impuestos por Euristeo, predilecto de Hera, esposa de Zeus, que tuvo que afrontar como penitencia por haber matado en un ataque de ira, propiciado por la propia Hera, a su mujer, sus hijos y dos sobrinos suyos– y advirtiendo de que el abuso de la fiesta lo convierte a uno en un monstruo –como Sardanápalo, el decadente y autocomplaciente ficticio último rey de Asiria, que murió en una orgía–, para llegar a la conclusión de que “el camino de la tranquilidad es ciertamente evidente a través de la vida única de la virtud”.
            No me cabe duda de que, desde la perspectiva imperante hoy, Juvenal es, sin duda, un ñoño, un anticuado que propone con sus “sermones” cosas de viejo, desfasadas. Lo digan o no, muchos pensarán: ¿Qué es eso del “camino de la tranquilidad”, el equilibrio, la vida de la virtud? Y es realmente triste, porque si observamos la realidad aterra darse cuenta de la incapacidad generalizada de establecer relaciones que sean libres de cualquier finalidad, de disfrutar del silencio y de la quietud, de vivir sin objetivos de rendimiento, de reconocerse en el otro…, pues la verdad es que vivimos una sociedad llena de individuos agotados, frustrados y deprimidos, del hedonismo y el culto a la personalidad, en tanto somos cada día menos libres, estamos más dominados, somos cada vez menos persona y más individuo, más cosa, más número, más nada. 
            Lo plantea en su obra el filósofo surcoreano Byung-Chul Han (1959), al que acabo de descubrir –dicho sea de manera literal, hace apenas tres días–, gracias a mi amiga la abogada y activista social Adriana Labardini, que me lo ha empezado a dar a conocer con un inquietante “quizá tengas razón”. Tengo que escribir acerca de ello pronto, porque este experto en estudios culturales, influenciado por los también filósofos Michel Foucault (1926-1984) y Giorgio Agamben (1942), me quita la palabra de la boca –o quizá sea yo quien le lea la mente y lo venga haciendo hace decenios-, y ya verán ustedes por qué. Y me quedo no más tranquilo sino con un peso de intraquilidad aplastante, ya no solo porque soy consciente de no estar clamando en el desierto sino porque resulta que mi modesto pensamiento “quizá tenga razón”. 
            Y es que, como decía, “Estamos aviaos”, y me reafirmo en lo mismo. En relación a esos versos de Juvenal, hace poco he leído en algún sitio que “un estudio universitario asegura que no es necesario orar, sino que practicar alguna disciplina ayuda a nivel cognitivo y cerebral”. En realidad, es parte del chiste, como verán en próximas entregas de mi 'Líneas de desnudo'.
            Es desolador pero es lo que hay: culto al cuerpo, afán por diferenciarse, autoexplotación y esclavitud, sacralización de la información, olvido del conocimiento, desprecio de la sabiduría, olvido total de la mente y del espíritu. Y aunque algunos no lo hagamos, es el decreto que debemos cumplir para el triunfo definitivo del neoliberalismo, clave de este desastre de la nueva Era distópica... 
            Ok, me centro. No me gusta predecir pero predigo: en un futuro no muy lejano, en un planeta sano como una pera, frondoso y vital, sobreviviremos, como ya le pasa a demasiados, muy musculados pero muertos.
«Lo que queda de esperanza». En el patio de los Naranjos de la catedral de Córdoba, España, en 2009.
Fotografía: ©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Voces ensortijadas 107. Valorar lo que se tiene. María Gabriela López Suárez

Valorar lo que se tiene

Por María Gabriela López Suárez

Después de tres días de intenso frío y cielo nublado, ese jueves el sol se asomó con todo su esplendor. Jazmín salió a su patio, su corazón se alegró, ya ansiaba tener días soleados. Regresó a la casa, fue a la cocina y tomó un montón de tortillas, las colocó sobre una charola y las sacó a asolear. Ese día cocinaría chilaquiles en salsa roja para la comida. Era uno de los platillos favoritos de Samuel, su pequeño hijo y de ella.

Buscó un rincón donde la luz del sol llegara con más intensidad, colocó un bote y sobre él puso la charola con tortillas. Se puso en cuclillas para estar cómoda y poder ir despegando las tortillas y acomodarlas en todo el espacio de la charola. 

Mientras hacía esto se observó en la postura, rodillas flexionadas, sin que tuviera sensación de dolor. Fue sintiendo cada parte de su cuerpo en acción, huesos, músculos, articulaciones, venas. Les agradeció estar sanos. Hizo memoria de unos meses atrás en que una situación de salud le había dejado sin poder mover bien las piernas. La recuperación había sido poco a poco, por instantes había sentido desesperación, miedo y tristeza. Nunca le había pasado por la mente que podría tener una situación de salud que le impidiera caminar de manera normal, sentarse, moverse. Sin embargo, Jazmín no se dio por vencida, probó varias opciones de tratamiento, ahora veía los resultados.
 
Permaneció en la postura, los rayos del sol le llegaban directamente y lejos de incomodarla los disfrutó mucho. Fue como una especie de apapacho del universo y una oportunidad para reflexionar sobre la importancia de valorar lo que se tiene, en este caso, la salud, su salud. Era tan feliz de poder mover sus piernas sin que el dolor le acompañara, lo agradeció desde el corazón. Se puso de pie y fue hacia la casa.

Samuel salió a su encuentro, le preguntó qué hacía. Jazmín le dijo que ese día comerían chilaquiles. Los ojos del niño brillaron más que de costumbre.

—¿Puedo ayudarte a cocinar, anda déjame?
 
Jazmín le acarició el cabello al tiempo que lo abrazaba.
 
—Ya sabes que sí, vamos a cortar el epazote, ese ingrediente le da un toque delicioso.

—¿Le llevaremos a la tía Sofi? A ella le gustan los chilaquiles con mucho epazote. 

—Muy buena idea, pero mejor le llamaré para que venga a comer a casa.

Fue hacia el teléfono, ese día también era una oportunidad de comer en familia, de valorar lo que se tiene.


Photo by Pixabay on Pexels.com

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Cajón de rubores. 14. La ciudad. Antonio Florido

Fisonomía 14 
La ciudad

Por Antonio Florido

      
(El autor de este texto, con su original modalidad literaria, expresa, sugiere, descubre a su manera sentimientos y sensaciones que ha dejado en él la obra de Mario Levrero, uno de los principales escritores uruguayos de las últimas décadas).



De escaparate, al fin. Mario Levrero muestra una irreductible capacidad para angustiar. De manera real. A su forma. Aunque el inconsciente se rebele. Me coloco al lado. Del hombre que sale de casa y camina. En la oscuridad de la tarde noche. Llueve. Un almacén escondido. Para el ser necesitado. El individuo cae. Ni me preocupo. O sí. No sé. Avanzamos y subimos al camión. Cuatro bultos apretujados. Una mujer, allí. Hermosa. Tibia. Morena. Cuchicheos a tres bandas. Y los pensamientos cruzando, veloces, sobre mi cabeza. Después dormitamos. El vehículo detiene su respirar. Y nos sacan a empujones. La hermosa abre las piernas. Coloca la juntura en la espalda del otro. Yo, detrás. Callado. Embobado. Esperando. La hembra ríe. El otro no lo percibe. Caminamos por la senda del desconsuelo. Levrero se afana en asfixiarnos. Torcemos a la izquierda. A la ciudad, vamos. Pero ella coquetea con el sueño de todo varón. Ambos enloquecemos. Antes no quiso, allí, sobre el suelo. Abrir su blusa emergente. Ahora la estación. El bar. La zapatería, que detiene su ambular por el mundo de lo trágico. Molina sospecha, sueño en lo de Mario. Echevarría ve difícil de presentar, la novela. Pero yo no. Porque la sufro. Viviéndola. Me sumergí en ella. En esta ciudad de mentira. Donde las cosas sencillas son apenas alcanzables. Me preocupo por ello. Por nimiedades. El tiempo avanza. Conozco a Giménez. De la mano de él. Ignoro su nombre y sus arrugas. Nadie lo dijo. Pero me preocupa el detalle. Y pienso en doña María componiendo los estantes desbocados. Y el hombre que mira, desde el bar, hacia la calle. Luego lo supimos. Nos odiaban. Nos temían. Ella en el lado. Con la mano en alto. El de azul la llamó. Sentí celos, con él. Quiero decir, con el otro. Como si el otro y yo fuésemos. La misma persona. Uno en dos. Mario. Del grupo de los raros. O sea, de los que no mienten. Levrero no escribe. Él siente. Luego, las palabras. Dibujadas ellas solas sobre la tela. De papel. De imprenta. Que busca. Unos ojos. Sencillos. Inocentes. Que lean de lo suyo. Nació en Montevideo, por el 40. Hasta el 2004 sintió en los libros. La ausencia del genio. En la mente de los entendidos. Hasta que te metes en la piel de Zapa. Y entiendes. A Kafka renacido. O a Levrero en Praga. Que lo mismo es. Lo uno que lo otro. Tras el descanso entramos en la oficina. Para escuchar una sonrisa afeminada. Aunque no tanto. Cenamos. De manera inconfundible. Unos platos hechos por manos. Ignoradas. Debemos abandonar las cauciones. De la vida que nos tocó. Y relajarnos. Y no esperar nada de lo que viene. De camino. No podremos cambiar. Nada. Esa es la asfixia. Tremenda. Del que vive soñando. O sueña leyendo. O lee viviendo. Y soñando. En un círculo oscuro. Tenebroso. El mismo que Levrero inoculó. En el ser desaprensivo. Que un día. Se atrevió a tomar. Uno de sus libros. En las manos. Y abrirlo. Y confundirse en él. Giménez. El absurdo reglamento. Tal vez no. Para absurdo habría que conocerlo. ¿Es así la vida? ¡Quiero escribir! ¡Quiero escribir! Anclar las ideas al papel. Leerlas mil veces. Tal vez un millón. Hasta que mis ojos se sequen. Luego la bicicleta. La oportunidad del trabajo. Sin fin. Y sin descanso. Lo despreciamos. Sólo el ansia nos puede. De encontrar a Ana. En la carnadura de la. Hembra que se fue. Como vino. La vereda cambió su reloj. Por la bicicleta. Por el viejo. Por su generosidad. El mismo viejo que juega a ser niño. Anduve deprisa. Tras él. Claro, yo iba a pie. El otro pedaleaba. Allí no estaba. A veces los sueños son insaciables. Inagotables. Como cuando corres. Perseguido por algo. Que te atrapa. Sabiéndolo desde antes. En el alma un clamor. Con la piel erizada. El mal nos distrae. Junto a los perros que chillan. Y los niños que ladran. Ana no está. Giménez no rio. Sólo se limitó. A tocar una pieza. Maravillosa. En el aire musical que vuela esplendente. Con los dedos regordetes. El hombre. Con la sensualidad rebosante. Esa excrecencia que alguien. Nos otorgó. Para nada. La plaza delante. Por decir algo. Y los borrachos danzando. Brincando. Poderosos. De ebrios. Ciegos. El pasillo. Las llaves encendidas. Menos la necesaria para cumplirse. El propósito. De evitar un desastre. El individuo caminó a ciegas. Millones de veces. Por ese pasillo. Con olor a la hembra. Indecisión. Una garganta, la mía, apretada. Hasta la extenuación. Después el sueño. Vívido. Abierto a la vida. Infame. Del que desea. Sin más. Ofender al destino. Las cosas se mofan de uno. De todos. Tal vez sea mejor la paciencia. Demorar. Posponer lo atrevido. Pisotear el tiempo. Como se pisa una mierda. Que apesta. A vacío. Levrero grita: ¡Mirad hacia vosotros mismos! Yo lo asumí hace tiempo. Desde antes de nacer. Por eso descubro en los demás. Lo que me falta de todo. Por lo tullido. Sintaxis narrativa de lo interior. Según el autor, esto es. Tomar un sueño. Retorcerlo. Comprimirlo. Y del jugo componer. Mi realidad. Eso dijo el maestro. En esta primera entrega. De su inicial trilogía. La ciudad. Cruel. Expansiva. Agobiante. Hasta que la joven rubia exclama: “¡No, aléjate!”. Todo termina con la ruina de la razón. En esa estación de lo absurdo. Donde viaja nadie. Salvo tú. Y tú. Y todos los que sigan. Las sendas. Marcadas. Por Mario. Un viaje barato. Sin pretensiones. Sin quimeras. Un viaje sin destino. Sólo en el alma. O en el amor a la vida. De cada día. Con una simple evanescencia del sol. Que más tarde se pudre. Y se aleja. De nuestra vista.
Quedamos abandonados. Por esa nostalgia. Y pesadumbre. De Levrero en las venas. Desde el principio. Lo habíamos intuido. Sin atrevernos. En verdad a reconocerlo. Somos Levrero repetidos. Un uruguayo de ojos despiertos.




Plaza de Italia (1913). Giorgio de Chirico (Volos 1888-Roma 1978)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Polvo del camino. 107. Hojas y flores de la vida y la muerte. Héctor Cortés Mandujano

Hojas y flores de la vida y la muerte
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Para hacer una pradera

toma un trébol

y una abeja

Emily Dickinson (1830-1886), en «Para hacer una pradera»



De las entrañas terrestres salía un geiser imparable que, quién sabe cómo, lograron meter en amplias y complicadas tuberías que caían a los cuatro puntos cardinales –ver los chorros brillar al sol o a la luz lunar era un espectáculo de impresionante belleza– y volvían húmedos muchos terrenos a la redonda.
	Por eso había tantos árboles frutales en incesante producción; largos campos de verduras y plantas disímbolas; trozos anchos de flores que, un poco al azar, mostraban los distintos colores con sus eclosiones regidas por las estaciones: un hervidero de existencia forestal, cultivada y silvestre; una jungla de incontables animales.
	Ver aquello desde la alta punta del cerro hacía confiar en la eternidad de la vida.
	Era un vergel, un oasis, una montaña de maravillas, y luego un valle de sucesivas sorpresas que se traducían en infinitos trabajos y pingües ganancias, y el agua imparable formaba cuatro ríos que, además, estaban poblados de variada fauna acuática.
	Cuando llegué allí, mi primo, el administrador, me enseñó los vericuetos donde entraba por mis ojos tanta belleza y salía de mis labios tanta exclamación de asombro.
	Me guardaba para el final lo más curioso.
	Había un quinto río caudaloso que venía de quién sabe dónde y que, dijo mi primo, a veces traía como agregado un cadáver: una vaca, un perro, un animal imposible de identificar, y mujeres, niños, hombres, ancianos. 
Los cadáveres llegaban con mucha frecuencia y, aquí lo curioso, daban vueltas en un remolino que luego los tiraba a un hoyo natural de donde fue naciendo, saliendo, creciendo hasta alcanzar gigantescas proporciones un árbol de extrañas y enormes hojas de tres colores: verdes, negras y rojas, con unas flores blanquísimas que duraban vivas varios días. Era un árbol de absoluta belleza, de misterio irresoluble, de espanto trágico.
	—¿Y no avisan a la policía de los cadáveres?
	—Lo hacíamos al principio, pero llegan desfigurados, porque los peces les comen la cara, las manos, los pies. No es posible reconocerlos. En ocasiones ni siquiera puede notarse si es animal o gente, y aunque no cesan de llegar a este remolino, nunca han logrado llenar el hueco. Es un árbol vivo, alimentado por la muerte.
	—¿Qué tiempo tiene de vida este árbol?
	—Unos diez años y muchísimos cadáveres a sus pies, en sus raíces.
	—No se alcanzan a ver.
	—No, el cadáver llega, pongamos en la mañana, lo ves allí tendido un rato, no mucho, y luego ya, desaparece, como si la tierra se lo tragara. Por eso, respira profundo, no tiene más olores que el delicioso de sus flores. Mira, ahí viene uno, ahora verás. De hecho, te voy a dejar porque, si quieres ver, tendrás mucha materia de contemplación y, mientras tú ves, yo voy a trabajar en unos pendientes.
	Llegó el cadáver al cercano remolino y lo vi dar vueltas. Parecía lo mismo un hombre que un perro sin pelos. Llegado el momento brincó de la corriente al hoyo que rodeaba el anchísimo tronco. Se estuvo allí y luego, como si le hubieran espolvoreado algún polvo mágico, se volvió gelatinoso y comenzó a trasminar hacia las raíces. Y después nada, ningún rastro.
	Vi el árbol con sus hojas y flores como una conversión, como un tránsito: el verde de la naturaleza se volvía rojo por la sangre que alguna vez estuvo viva en un cuerpo, después trocaba en el negro como el color de la tragedia con que a veces se asocia a la muerte y finalmente se volvía el blanco de la pureza y la espiritualidad.
	Dejé de ver admirado el árbol y vi otra vez hacia la corriente; venía veloz, a su destino final, otro cadáver…



Contactos: hectorcortesm@gmail.com.     

Ilustración: Juan Ángel Esteban Cruz




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Absenta 3. Interior. Erik García Briones

Interior

Por Erik García Briones

 

EGB

Sobre el autor:

Erik García Briones

Tapachula, Chiapas, México, 1983

Ilustrador, artista visual y diseñador gráfico

Soy un fuerte creyente de que el conocimiento es Poder y de que el cambio está en la autogestión, no solo para un cambio en nuestro interior sino en el medio que nos rodea llegando a cada persona. He explorado la pintura, la ilustración y el diseño desde el 2013 con mi primera explosión en resonancia con los oficios; la creación de la marca Chiapas Wo’oj me permitió mostrar los colores típicos de Chiapas a través de diseño.

Poco a poco la escritura fue enriqueciendo las formas en las que me expresaba, ahora experimento con la narrativa gráfica y los cómics porque me parece que el texto y la imagen establecen un fuerte vínculo que proporciona variedad y riqueza a mi narrativa.

Cajón de rubores. 13. Verde pantano al amanecer, crítica. Antonio Florido

Fisonomía 13 
Crítica de la novela Verde pantano al amanecer
Autor: Guille Paier (Argentina)

Por Antonio Florido

      

Leer Verde pantano es una necesidad en estos tiempos. Nace en la agonía existencial de un autor que corre por la vida con la mirada puesta en el posible detenimiento que ya se huele y que más tarde llegará. Pero ya se vislumbra, digo, ya el amanecer de los días eclosiona en el horizonte, más allá de las aguas, donde se mezclan los colores tullidos de esos tiempos de confusión.
Berti, Quique, Cora…

De sabrosa y gran narrativa. En la historia se definen unos personajes que apuntan las esquinas de unos compromisos audaces. No siempre cumplen el guion establecido y, entre ellos, se vuelca el tapiz de la confabulación y el consentimiento. Confianza del uno en el otro que se torna en una vertiginosa sospecha evidente. De vivas voces en los espacios más insospechados, surge el tono denso del agasajo y la disputa, en la voz del bonaerense, del puritito argentino que se jacta de serlo.

Una apuesta y un atrevimiento. ¿Qué saldrá de esta aventura compartida? Los hechos se suceden en un amasijo de palabras que corren con la velocidad del entendimiento de quien lee. A veces los mismos árboles se empeñan en ocultar, pero la médula pervive y se muestra en todo instante. Se percibe la desdicha, una sudestada implacable. Uno quiere la participación para encauzar los acontecimientos pero los actores son auténticos, crueles y soeces, sarcásticos, tristes y a veces cómicos, humanos. Aunque en todo caso el tema te queda de costado y te conformas con la lectura, sin mayor pretensión que el paso del tiempo saboreando, saboreando…

El Caras, Kat Silvera, Baigorrita…

Más allá de las puras descripciones, de personajes y de espacios, de emociones y futuros, la prosa es una yuxtaposición de cañizo, una estructura estructurada sobre sí misma, una paradoja de la creación en la que sin querer todos se expresan y todos se confunden. Se trata de un ejercicio en el que el idioma se hincha con la presión del invento. Sí, el español gana. Hay un rescate y una exposición clara de la palabra, como si la palabra se colocara en un altar y nos hincásemos de rodillas y le rezásemos, sí. Una frase cortada se apoya en la siguiente y se forma una articulada escritura de puntos que nunca serán capaces de caer. Se crece la propia organización, cruje el propio sentido del crecimiento.

Urbe, edificaciones, sueños, playa, viento, sexo, miradas, pausas…

Sintaxis, en la conjetura de una soñada expresión matemática. La misma se vuelve tonta al no entender por qué la tratan de esta manera. Un patrón único, particular del autor y que solamente él conoce, nos lleva al sentido exacto de la expresión que inocula un pensamiento que después se contradice y se solapa con otra perspectiva en un declive licencioso, en un marasmo y un querer que se prestan al compás de lo que uno desea y necesita. Pausas y gestos, nunca un autor dijo más con menos, nunca nadie supo hablar a medio pelo, con trabalenguas y suposiciones, no.

Paier…

Comienza la historia con un juego de luces en el cielo, en la explosión de las palabras a media banda. Uno, dos, tres hablando, cuatro llega, cinco mira, seis acepta, siete observa, anota, piensa. El lector duda de poder llegar hasta el final si la cosa sigue en este tono. Guille logra establecer un lazo entre los personajes y la sensible amistad de ese lector enceguecido. Uno se hace amigo de los pibes y de las minas que brotan como por arte de magia. Eso, ese milagro es obra sólo del autor, no lo olvidemos. Como un Tolstoi en medio de su heredad, labrando codo con codo con los mujiks del labrantío, asistimos al desbroce continuo de la epigrafía sobre la dureza del entendimiento, porque sólo estuvo acostumbrado a la dicción sencilla del occidente, pero ahora le llegó el Paier y le tomó de las solapas y le dijo: leé pibe, tomá, leé.

La eclosión y la locura de los artificios pincela toda la obra. El ritmo se mantiene, como el interés por continuar leyendo. Nunca decae. De vez en vez, entre el amasijo de indicaciones, de idas y venidas, de locuras y calmas, el lector encuentra un remanso de agonía donde el autor descansa. Le habla al cielo y al agua, a la esperanza y al remordimiento, a los dioses del augurio. Le vemos allí sentado con los ojos en alto hablando a esa conciencia que nunca detiene su dichosa costumbre de dudar, de poner en cuestión todos los hechos, de auditar hasta los suspiros, a esa gnosis que le dice que ya basta, que ya tuvo bastante, que la vida es más que eso, es otra cosa, otra bien distinta si se la entiende con la humildad de un nacido, con la sencillez de un paseante…

En síntesis, se puede afirmar que la obra Verde pantano al atardecer, es también un ejercicio de análisis heurístico, donde el autor nos muestra que comprende en profundidad los dos aspectos sustanciales de lo que estamos hablando, esto es, la realidad y la ficción, la quebrada tesitura de la materia y la angustia humana del ser perdido, la reverberación del alma que ansía encontrarse y llegar, la catarsis, la bruma despejada, el viento de la libertad más allá de la pura edificación pasajera y fútil. Dos mundos entendidos que Paier pone en comunicación, comparándolos.

Ese es el camino que uno entendió al leer, y tal vez la enseñanza si es que se trata de eso, de encontrar una posible simetría en la conciencia.

Verdaderamente encomiable.

Verdaderamente aconsejable su lectura.

Foto: Verde pantano al amanecer (2603x1319px, 2K)




*Sobre el autor:

Antonio Florido Lozano

Narrador, ensayista y poeta

Carmona, España, 1965.

Desde 2011 ha publicado ocho novelas y tres libros de cuentos. Su obra ha merecido una docena de premios nacionales en España. Su novela Blattaria (2015) fue llevada al cine en 2019 en una coproducción peruana-española. Afirma ser “un autor neoexistencialista que aborda asuntos éticos y de actualidad, como la violencia (interior, de contexto y doméstica), el maltrato a los ancianos, la muerte digna, la intolerancia hacia la homosexualidad, la decadencia moral del ser humano…”, y le gusta ser considerado “un escritor vertical y conceptual”.

Colaborador habitual de numerosas revistas de arte y literatura de varios países hispanoamericanos, desde hace quince años es también columnista en diversos medios de comunicación.

Líneas de desnudo. 81. Ya no clamo en el desierto. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 81

Ya no clamo en el desierto
Por Manuel Pérez-Petit

En respuesta a Manuel J. Petit i Caro, con gratitud y, en su caso particular, además, con mucho cariño

Muchas veces por mensajes personales y otras, las menos, en forma de comentarios, cada día recibo más correspondencia con motivo de mis artículos, y a veces ni puedo responder a todos los mensajes –que es lo que me gusta hacer–, pero a mi último ‘Líneas de desnudo’, “Estamos aviaos”, recibí un comentario por parte de Manuel J. Petit i Caro, a la sazón mi muy querido tío Manolo, hermano de mi añorado tío Antonio, al que dediqué, con motivo de su inesperado fallecimiento, hace ahora cerca de un año, mi celebrado “El sobrino del diablo”.
            Hace falta generar debate, y de verdad que es necesario, y más en este mundo que nos toca vivir. De frente y por derecho, sin retórica alguna. Yo no escribo para el aplauso o para los lectores benevolentes sino para la reflexión y para ser cuestionado, y, en ese sentido, es aún más valioso recibir comentarios de este tipo. Por ello es importante destacar aquellos diálogos que suponen poner en cuestión lo que afirmo.
            Pueden leerlo en “Estamos aviaos”. Comienza Manuel J. su comentario: “Muy bonito. Pero parte de dos premisas que habrían de demostrarse”, y las enumera, y no le falta razón. He intentado, por tanto, poner en orden algunas ideas expresadas en mis columnas, a fin de armar mi respuesta. Vamos a ello. La primera de las dos premisas que apunta Manuel J. es del siguiente tenor literal: “la A.- Muerte por Decreto de la cultura. Pero Decreto, ¿de quién?, ¿de cuándo?, ¿dónde está publicado para estudiarlo? Ya sé que es una mera metáfora, pero esa situación de muerte no natural, sino con violencia, premeditación y alevosía, esto es, asesinato, no sabemos cómo, cuando y en qué situación se ha producido o se está efectuando. Asesinar la cultura es desplazarla de la vida social para lo que hay muchos medios pero siempre desde los estrados de los poderes. Tal vez yo sea sordo de los dos ojos, pero ni lo siento, ni lo veo. Postura, además, ahistórica y antihistórica; ha habido grandes simas oscuras, pero la cultura siempre se ha comportado como Ave Fénix en todo lo conocemos de los últimos doscientos mil años, día más o día menos, del homo sapiens.” 
            Bien. Ojalá pueda demostrarse, pero mucho me temo que no será posible, al menos a plena satisfacción. El método intuitivo, que es el más uso, de manera fundamental fruto de la observación, tiene esas cosas. Aun así creo tener argumentos para el diálogo. Quizá mi visión de lo que hay es catastrofista, y así lo he hecho constar en varios de mis artículos, como en mi serie de la distopía: “No tan ficticio”, “No tan del pasado”, “Milenarismo”, “Lo indeseable”, “De antihéroes y líderes”, “La nueva era (1)”, “La nueva era (2)”, “La nueva era (3)” –y ojo con estos últimos tres, pues son un comentario a un famoso texto de veinte puntos basado en las opiniones de 50 expertos con que la revista The Economist, en noviembre de 2020, vaticinaba el nuevo mundo nacido de la pandemia–, “Yo soy tu padre” y “Un mundo mejor”, que ha sido un adelanto de un ensayo mucho más extenso que tengo inédito y espero que un día no muy lejano pueda ser publicado, razón por la cual dejé de publicar la serie, pues se trataba de dar noticia de la misma y adelantar en parte su contenido, y con el que pretendo expresar mi dolor al deducir que, en nuestro tiempo, la ficción no solo no es superada por la realidad sino que se convierte en modelo efectivo de la realidad misma. 
            En tiempos más recientes, otros artículos han venido a incidir  –o reincidir, si se prefiere– en lo mismo: que vivimos en un tiempo tendente a lo monolítico, como afirmaba en mi “Homogéneos”: “​​En esta Era distópica lo que está claro es que, en Occidente, estamos asistiendo a la muerte sin paliativos de la democracia, del estado de Derecho y de las libertades. En otras áreas, a la reafirmación del poder omnímodo y negador de la individualidad de unos pocos que, por derecho divino o la fuerza de las armas, se asentaron en la cúspide de la sociedad desde sabe Dios cuándo, pues cada caso es diferente. De este modo, los sistemas basados en la libre concurrencia de partidos, el parlamentarismo y las elecciones democráticas y las tiranías del más diverso tipo se han equiparado, volviéndose la misma cosa, tomando idénticas decisiones y aplicándolas con el mismo fervor y eficacia.” 
            En el sentido de lo anterior valga la defensa de mi teoría de la petrificación del mundo, de la cosificación de las personas, de los motivos para perder cierto tipo humano de esperanza, salvo que nos alcemos todos y cada uno en defensa de la vida. Sirva esta misma respuesta como respuesta a la segunda premisa de Manuel J.: “B.- Ante la petrificación del mundo. Desconcertante afirmación. Puede que toda mi extrañeza sea producto obligado de mi incultura. Pero nos surgen dos interrogantes, a saber: ¿en qué consiste esa “petrificación? y ¿qué se entiende por cultura y por incultura?.”
            No, no es usted inculto. Todo lo contrario. Es usted bueno y admirable, y tiene y vive un concepto de la justicia que no debiera haberse perdido nunca, pero que me temo que, de facto, hoy ya no existe o solo existe de manera residual e incluso casi testimonial. No porque usted sea mi tío sino porque su visión del mundo es una mezcla de visiones nobles –desde cierta perspectiva, casi de otro tiempo– y harían falta muchas personas como usted. Su humanismo –en el más amplio sentido de la palabra– es una especie en vía de extinción.
            Tiene usted razón también en que mi artículo le sobraba erudición, pero por desgracia ni es una “bella estatua conceptual” ni “sin siquiera pies de barro”, sino fruto de una observación detenida y larga, y puede que también de una visión personal mía desesperanzada ante el mundo y la vida, que no está en línea con los existencialismos sino más bien con un cierto estoicismo cuyo predicamento es “esto es lo hay”, y de ello también podríamos, si es su gusto, seguir conversando.
            Respecto a Venus, la que usted nombra y las demás, con sus miles de años y su actualidad a cuestas, debo remitirme a mi articulo “A la madre”, en que  concluyo: “(...) desde la más remota antigüedad, sea la madre la inspiración del arte universal”, y a mi “Brillar en la oscuridad”, en que, esta vez esperanzado, termino diciendo: “(...) podríamos proponernos ser luz, y brillar en la oscuridad como carbunclo, palabra con la que en tiempos antiguos designaban al rubí, esa piedra preciosa que por su color y forma se asemeja a nuestro corazón”.
            De igual modo, comparto, por cierto, también, su teoría del “Ave Fénix”. He vivido en propias carnes eso de resurgir de mis propias cenizas y creo en la sociedad civil y en su capacidad de repetirlo.
            En fin, seguro que no he sido convincente y hago votos para que este diálogo que ahora comienza sea fecundo, sobre todo porque creo que la única vía de salvación que tenemos es el amor, y amor es lo que nos sobra. Usted y yo lo sabemos, pero con tristeza y por la vía intuitiva me atrevo a afirmar –sin juzgar de ningún modo, y menos a nadie– que muchos lo tienen olvidado, confundido, escondido, apartado de sus vidas.
            Gracias de corazón porque con su comentario me ha hecho sentir más que nunca que no vivo clamando en el desierto.
M. P.-P. en la FIL de Guadalajara 2014.
Fotografía: ©Iván Vergara.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 80. Estamos aviaos. Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 80

Estamos aviaos
Por Manuel Pérez-Petit

Vengo reflexionando hace días. Frente a la muerte por decreto de la cultura, la poesía –y, con ella, por extensión, todo el arte– debería ser esa vía de salvación que anhelamos encontrar ante la petrificación del mundo, ese fuego purificador y tantas veces olvidado –el que reside en todos y que aunque apaguemos no desaparece– que se reclama en el campo de batalla de la propia vida, en ese mismo en el que habremos de dilucidar si volvemos a la luz o nos volvemos de ceniza, si vivimos nuestro tiempo o lo consumimos a secas, tal y como Michael Ende (1929-1995) plantea en “Momo”. Pero esto no es popular, y los que gobiernan el mundo desde cualquier poltrona de poder no solo se niegan a darle importancia alguna al asunto sino y lo destierran de su agenda sino que lo proscriben.
            En la antigüedad, el arte era fruto de un asombro ingenuo ante el mundo y era magia, pero ya Giambattista Vico (1668-1744) en tiempos modernos aclaró que esa ingenuidad se perdió aunque a través de la poesía se podría volver a ella, e Italo Calvino (1923-1985) en su “Seis propuestas para el próximo milenio” afirmó: “Hay cosas que solo la literatura puede dar con sus medios específicos”. Estoy convencido de que en esto consiste la fe en el futuro de la literatura y el arte, y es su reto. Un reto que debe tener en cuenta su deuda con Hermes-Mercurio, el dios que bajo el nombre de Toth inventó la escritura, y es el motivo de la defensa de la poesía, que no está ya en una separada e inaccesible “torre de marfil”. Su torre es “la piedra del tiempo”, pero, por algo inexplicado aún, trasciende también el tiempo. Es ahistórica y suprapolítica, no histórica, política o apolítica. Es libre. Las naciones son históricas, son políticas. El arte no entiende de mayorías ni de consensos ni de democracias o dictaduras. Y por esa grieta puede evitar las consecuencias de la tiranía adoquinada y aplastante de la Era distópica.
            Pero no existe, no obstante, arte sin artistas. Con un grado de inconsciencia aterrador a día de hoy nuestra narcotizada sociedad sigue sin reclamarlos, que eso también hay que tenerlo en cuenta, pero cuando los identifica se levanta sobre sí misma y está en condiciones de afrontar los terribles retos que existen. El poeta Pere Gimferrer (1945) dijo: “Todo arte no es sino un punto de vista para ver el mundo –un instante solo–, no como idea vivida día a día, sino como presencia que, de súbito, estalla ante nuestros ojos”.  
            Y así como ninguno de nosotros puede ni debe estar determinado tampoco por su pasado no es menos cierto que tampoco podemos obviarlo, y en este sentido se entiende la afirmación de Octavio Paz (1914-1998): “la indiferencia respecto a la propia historia es un índice de madurez”. En su libro “La derrota del pensamiento”, que despertó muchas conciencias a finales de los años ochenta del siglo XX, el filósofo francés Alain Finkielkraut, defendiendo el espíritu de la Ilustración, desarrolló la historia del “Volksgeist”, maldito espíritu por el que los seres humanos están determinados por su pasado, lo que impide la instauración definitiva del universal, libre y progresista espíritu ilustrado. Sin embargo, la espada que lanza se vuelve contra él y sus planteamientos, porque es en concreto el espíritu que defiende la causa de la atomización del saber de la que se queja, en una sociedad en la que da igual un videojuego que una ópera de Verdi. No creo de verdad que la solución esté en recuperar el espíritu del siglo XVIII, sino más bien en valores más perennes, acerca de los cuales hablaremos pronto. 
            La necesidad del arte, que es fruto de la pérdida de nuestra condición original, al menos en el mundo Occidental, urgiendo hoy quizá más que nunca está también hoy más aletargada que nunca, casi nulificada. O sea, que el panorama es de terror. O nos ponemos en marcha o estamos, como diría el clásico, aviaos.
Acebuche en Córdoba, España, 2009.
Fotografía: ©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.

Líneas de desnudo. 79. «Ser como dioses». Manuel Pérez-Petit

Líneas de desnudo/ 79

"Ser como dioses"
Por Manuel Pérez-Petit

(…) Cuando el ciego orgullo racionalista fue capaz de renovar en los espíritus ilustrados la tentación bíblica, la sentencia última que prometía, “Seréis como dioses”, no tuvo en cuenta que el ser humano había conseguido ya ir mucho más lejos por ese camino. Las miserias y los orgullos que habían jalonado durante siglos la tarea de volverse como dioses había ya enseñado a los hombres una lección mejor: que mediante el esfuerzo y la imaginación podían llegar a ser como hombres. Y no puedo dejar de proclamar, con orgullo, que en esa tarea, por cierto pendiente en una parte bien considerable, la fábula literaria ha resultado ser una herramienta decisiva en todo tiempo y en cualquier circunstancia: un arma capaz de enseñarnos a los hombres por dónde puede seguirse en la carrera sin fin hacia la libertad.

(Camilo José Cela, Elogio de la fábula, Discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura, 
10 de diciembre de 1989.)
La palabra es el motor del mundo. El mundo fue creado del verbo, en un acto libérrimo. Lo dice San Juan (circa 10 d.C.-c. 98-117 d.C.) al comienzo de su evangelio: “Al principio fue el verbo”, y añade: “Todo fue hecho por el verbo y sin el verbo no se hizo nada de cuanto llegó a existir. En el verbo estaba la vida y la vida era la luz de los hombres; la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la sofocaron”. No en vano, el primer encargo que Dios le hizo al hombre fue el de nombrar las cosas...
            El campo no tiene puertas, aun por mucho que le pongan muros y hasta parezcan infranqueables. Decía en mi ‘Líneas de desnudo’ anterior, “Leer”: “Hacen falta poetas en el más amplio sentido de la palabra”... Decir ‘poeta’ y ‘ser humano’ es decir lo mismo. Todos estamos llamados a ser creadores, pero en los tiempos actuales hacemos falta quizá más que nunca, y hace falta que estemos en la calle, mirando y sobre todo viendo y observando la verdad de las cosas de frente, respondiendo con valentía las preguntas inevitables, poseídos por los dioses o en una actitud lógica, constructiva, racional, como planteaba en tiempo –que es el nuestro, pues en realidad no deja de ser uno de nuestros más ilustres contemporáneos– Platón (circa 427-347 a. C.), pero también en tiempos modernos los poetas William Butler Yeats (1865-1939), Paul Valéry (1871-1945) o Juan Ramón Jiménez (1881-1958), en su afán no solo por la pureza sino por la identidad propia. Porque el arte nunca acaba y la experiencia del arte “es una revelación de nuestra condición original”, como afirmó Octavio Paz (1914-1998), la única en que podemos ser nosotros mismos.
            Existe la creencia de que los artistas son gente rara, pero la realidad es bien distinta. Gloria Fuertes 
(1917-1998), en su memorable  “Historia de Gloria”, afirma que no es necesario escribir versos para ser poeta y que solo el poeta puede no escribirlos y serlo. Entendamos la palabra ‘poeta’ en un sentido amplio: poetas, en puridad poetas, esto es, artistas, personas de carne y hueso, con sentimientos y pasiones, verdades y contradicciones, cabeza, tronco y extremidades, capaces de recrear el mundo y crearlo sin descanso, de asombrarnos con la luz de cada día y con el fuego, somos todos, y podemos concluir sin dudar que los raros son los otros. 
            La poesía, la literatura, el arte, y también en este sentido, cauterizan en el sentido de que corrigen con eficacia los errores. Son señal de la limitación humana, y no es función suya definir, explicar o sistematizar sino completar la creación del mundo. En consecuencia, hacer un mundo mejor. Su universo sabe más de lo intangible y mágico que de tautologías, silogismos o entimemas. Y por eso es medio de salvación. 
            El arte puede caer en el vacío, y con él, el propio ser humano, pese a que de la fidelidad del arte, que es tarea del conocimiento y en tanto ello también perteneciente a la moral, a sí mismo depende y dependerá en buena medida el futuro del espíritu humano, de manera tan dramática en juego hoy. De este modo, podemos salvarnos, incluso de la implacable tiranía de la Era distópica, y podremos emprender el camino que nos lleva a ese momento definitivo, a esa intensidad de intensidades, en que “un no sé qué que queda balbuciendo” –parafraseando a San Juan de la Cruz (1542-1591)– lo ilumina todo, al hacer presente todo el existir, y en todos y en cada uno de nosotros. Que al final, como al principio, todo es solo verbo, esto es, fábula, y, en consecuencia, vida, y con mayúsculas. Por tanto, libertad, en el más amplio sentido de la palabra. Incluso para “ser como dioses”.
Fotografía de un emparrado tomada en Granada, España, en septiembre de 2009.
©M. P.-P.

*Sobre el autor:

Manuel Pérez-Petit

Editor, escritor y gestor cultural

Sevilla, España, 1967.

Periodista de carrera, lo dejó todo para dedicarse profesionalmente a la gestión cultural y el mundo editorial hace 15 años. En 2010 se trasladó a México, fundó Sediento Ediciones. Ha dirigido diversos proyectos editoriales y culturales de ámbito latinoamericano en los siguientes años y dictado conferencias y cursos en países de Europa y América. Es profesor invitado en la Bluefields Indian & Caribbean University (BICU), de Bluefields, Nicaragua. La biblioteca de Yolotepec, comunidad indígena otomí de Santiago de Anaya, Hidalgo, México, lleva su nombre desde 2011. En 2017 fundó la causa Libros por Yolotepec, enfocada en la recolección de libros en donación para bibliotecas y la promoción de espacios de lectura de los ámbitos rural y marginal urbano de México. Autor de nueve libros individuales en poesía y narrativa, su obra ha sido publicada, antología o premiada en media docena de países. En 2020 fundó Kolaval, plataforma, agencia literaria y editorial de ámbito hispanoamericano.