Polvo del camino. 26. La ética de los asesinos. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 26

La ética de los asesinos

Héctor Cortés Mandujano

 

La primera película que vi del director inglés Ben Wheatley (1972) fue El rascacielos (High-Rise, 2015), con el popular Tom Hiddleston –Loki, malvado hermano de Thor, en las películas de superhéroes– a la cabeza del reparto.
            Me llamó la atención la certeza, el firme trazo del director detrás del entramado de este rascacielos como metáfora de las clases sociales. Supe que tenía varias películas más y me lancé a verlas. 
            Sightseers (Turistas, 2012) supuso una sorpresa para mí, porque fue cuando comencé a disfrutar su estilo. Vaya que lo tiene: inicia de la cotidianidad más superflua hasta llegar a la hondura de, en su mayor parte, el corazón lóbrego de los asesinos en el que este director parece especializarse. Uno ve una peli que parece muy simple, cuando de pronto nos mete al remolino de lo siniestro, lo sanguinario, lo cruel. Esta cinta fue escrita por los propios protagonistas y no sólo vale la pena por todos los minutos en que nos tienen alucinados, sino también por el final que, en segundos, nos da un bofetón en la cara.
            Free Fire (Fuego cruzado, 2016) lo puso en las grandes ligas, pero le quitó bastante de su alma independiente. Es su película a lo Tarantino (los dos son muy buenos en la violencia gráfica, no exenta de humor negro), con Scorsese en la producción y un reparto multiestelar. Es la que menos me gusta.
            Down Terrace (La mafia, 2009) fue su debut en largometraje y es una cinta tremenda, genial. En una de las escenas, un verdugo es citado a un hogar donde padre e hijo son delincuentes, para que torture (le quite una oreja) a un hombre que suponen traidor. Llega el verdugo, pero con su hijo de tres años en brazos, a quien no pudo encargar con nadie. Ni siquiera lleva cuchillos y la madre es quien ofrece a su elección, de su cocina, el que guste. Humor de la más concentrada negrura. La madre tiene otra gran escena: uno de los matones, luego de comer algo que ella le preparó, muestra signos de alarma y le dice: “Me va a dar una embolia, Maggie, llama a una ambulancia”, y ella le contesta, con un gesto de hastío, de aburrimiento: “Te envenené, Eric”. 
            Vi también A Field in England (2013), en blanco y negro, extraña, violenta, genial, pero a la que quiero referirme es a Kill List (creo que por obviedad no le pusieron título en español, 2011), porque en ella hay también asesinos. Cuando los dos sicarios protagonistas cumplen sus encargos, uno de ellos nota que la víctima de la lista tiene abierta una página en su computadora y que algo veía. El asesino se enfurece por lo que ve y le pregunta sobre quién es el que hace eso. El otro se lo dice, antes de ser ultimado. Y el asesino se siente con la obligación moral de matar a quien es responsable de lo que ha visto en pantalla. Es un criminal a sueldo, pero el siguiente asesinato lo hará gratis, por su cuenta, por ética. Y eso hará que su destino se tuerza. 
            Hay que ver a Wheatley.
***
 
Dos queridos amigos me han dado sorpresas agradables en estos días: 
          1). Mónica Alejandra Robles Corzo (Mona Robot, como ha decidido llamarse artísticamente), a quien conozco y admiro desde que ella era adolescente, está a punto de estrenar la serie Onyx Equinox, que se transmitirá por la plataforma Crunchy Roll, especializada en anime. Moni hizo en Onyx el arte conceptual, el desarrollo visual y la investigación (la serie está ubicada en la mesoamericana precolombina y las letras de las canciones, en maya); 
          2). Roger Octavio Gómez Espinosa ha sido invitado oficialmente a presentar la ponencia La flama y la cicuta, en el IV Congreso Internacional Autores en busca de Autor, a celebrarse los próximos 17 y 18 de septiembre de 2020 (él estará el 17, a las 16:45), en el salón de actos de la Facultad de Filología, de la Universidad Complutense de Madrid. Su charla girará en torno a tres libros: Los viajeros al otro mundo, de Domingo de la Torre y Anselmo Pérez; Los últimos dioses, de Marceal Méndez, y a su propia novela: La lluvia en las hojas del platanar.
            Lo que más me gusta es que estos dos jóvenes, talentosos e inteligentes amigos míos han conseguido esto sin cobijarse en ninguna institución, sin que los proponga ninguna instancia gubernamental o universitaria, sino desde la independencia. Qué maravilla. ¡Felicidades! Como dicen en Villaflores: Nadita somos ve.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com
Ilustración: H. C. M.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 26. Resistir desde el amor. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 26

Resistir desde el amor

Por María Gabriela López Suárez

Celeste despertó, se asomó a la ventana, el paisaje aún estaba cargado de neblina densa, y como dijera coloquialmente, ni las luces del solecito.  Miró el reloj, las siete de la mañana. Fue a la cocina, se preparó un café y se dispuso a beberlo mientras contemplaba el paisaje.

La semana había sido ardua, así lo percibía. Por instantes se había sentido abrumada, triste, abatida, algo así como estar gris. Con todo y que el gris puede ser un color lindo, para Celeste era el tono que definía parte de  su sentir esa semana. El canto de los pájaros le hizo recordar que también estaban los destellos de esperanza y amor que había tenido. Se le vinieron a la mente los colores amarillo, naranja y verde para asociar a la otra parte de su sentir, colores de vida, motivación y alegría. 

Mientras daba sorbos a su café seguía observando el amanecer, poco a poco se iba despejando. Le pareció que algo así era en la vida, cuando sentía no poder más porque había nubarrones que impedían ver, el universo enviaba señales a manera de luz en el camino,  para recordar que la lucha debe ser constante, sin claudicar. Antes de darse por vencida, valía la pena luchar desde el corazón.

Se puso a reflexionar en una imagen que un amigo suyo le había enviado, el ojo de una ballena, al inicio le había causado incertidumbre, nervios, miedo. Después de varios días volvió a verla y con todo lo que había pasado, le halló otro sentir, más profundo, la importancia de la autobservación en la vida. Ejercicio que podría resultar complejo por implicar una vuelta al interior pero que podría ser muy útil para el día a día. Sobretodo si se hacía desde el amor.

Esbozó una sonrisa al recordar que, entre vicisitudes, la presencia de la naturaleza era  uno de los regalos en esa semana, sus plantas eran destellos de luz, el canto de los pájaros que alegraban los  momentos del día, así como el amor de sus seres queridos a quienes percibía a través de la distancia.  Vino a su  mente el poema que años atrás escribiera una amiga suya  y le obsequiara, Si una rosa de oriente llorara

Inhaló profundamente y exhaló, sus ojos se llenaron de brillo. El sol la saludaba con sus rayos matutinos. El café había estado delicioso; ese espacio de reflexión le había hecho sentir mucho mejor. Ahora había que seguir caminando y resistir desde el amor.

 





Fotografía: Cole Keister  .

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Paso de fuego. Un niño. Tut kerem. Alberto Gómez Pérez

Por Alberto Gómez Pérez*

 

Un Niño *
Un niño mutila el aire de la calle, 
A la orilla del hambre
vacía su tristeza.
Espera
Mientras su vida,
bajo el cielo,
se evapora en la ardiente ciudad.


Tut kerem
Jtujl tut kerem stuch’be yik’al xoral 
Ta sti’ilal swi’nal
Sjojchobtes smel o’tan. 
Smajli
K’alal skuxlejale,
Ta yajlanil ch’ujlchan,
Xtup’ bael ta sk’uxul sk’ajk’al jtejklum.



Fotografía: Johannes Plenio.

*Sobre el texto:

«Un niño» es parte de la colección Anhelo de reposo. Antología poética, Editorial Tifón, 2019, la cual reúne poemas bilingües de escritores de la zona altos de Chiapas, sur de México.

En esta revista estaremos compartiendo, en las próximas entregas, textos y poemas extraídos de dicha antología.

Sobre el autor:

Alberto Gómez Pérez. Escritor tseltal, Maestro en Cien- cias Sociales y Humanísticas por el CESMECA. Fue au- xiliar investigador en el Departamento de Investigación lingüística del CIESAS-Sureste. Ha sido ponente en Congresos Internacionales de Historia Oral en Managua, Nicaragua; Bogotá, Colombia, y en el Instituto Mora de la ciudad de México. Actualmente es profesor en la licenciatura en Historia en la FCS-UNACH, en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México.

La cuarta pared. 2. El sombrero. Bibiana López

El sombrero

Por Bibiana López

«En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre…»

Jorge Luis Borges en «El puñal»

Hay ciertos rasgos que nos hacen distinguir de los demás, alguna manía, fanatismo, vestimenta o cualquier gusto que refleje la alteridad.

A mi padre le gustaban mucho los cuchillos, las plantas, los animales y los sombreros. Siempre o casi siempre andaba con un sombrero, recuerdo un día que hubo una especie de tianguis en el parque central de la ciudad, yo iba a hacer un mandado por ahí y mi papá trabajaba cerca, nos habíamos visto por la mañana cuando yo desperté y el salía hacia su trabajo.

Nos encontramos muy cerca del inicio de aquel bazar, como si hubiesen pasado meses de la última vez que nos vimos, nos saludamos:

–¡Hola! ¿Cómo estás?

–Hola, bien y, ¿tú cómo estás? ¿Cómo esta tu mamá? Hace tiempo que no te veía

Y entre unas cuantas risas nos abrazamos, me pregunto que estaba haciendo por ahí, tuvimos una pequeña charla mientras me tomaba de la mano y recorríamos los puestos. Había de todo un poco, desde collares y ropa hasta café y productos de cocina, nos detuvimos en unos cuantos hasta llegar a uno donde había sombreros, a él le había gustado uno color camel. No lo compró y no me ofrecí a comprarlo tampoco, me despedí de él diciéndole que seguramente mi mamá iba a decir que había tardado.

–Te veo en la casa

No lo tengo muy claro, una tarde tal vez, uno o dos días después, lo vi con aquel sombrero camel.

–Sí te lo compraste

–¡Claro!

No lo utilizó muchas veces, sus pertenencias las cuidaba mucho pero agradecida estoy de que al menos en vida le pedí un sombrero de palma para un personaje. Me lo regaló. 

Será acaso que, como los cuchillos de Borges… ¿Algún secreto guardarán los sombreros?

Fotografía: pixabay

Sobre la autora*
Bibiana B. López Álvarez
Comitán de Domínguez, estudiante de la licenciatura de Comunicación Intercultural en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), fue estudiante de intercambio en la Universidad Católica del Salvador (UNICAES) en Santa Ana, El Salvador.
Tallerista de teatro universitario. 
Fue parte de la creación de la obra "Caites o el destiempo de oficios a olvidar".

Universo breve. 19. Origen. Damaris Disner

Origen

Por Damaris Disner

Salió de su casa, le dijo el hombre de gorra, al señalar lo que parecía una cuerda gruesa enroscada. Lilith le replicó que en su hogar no había serpientes, mientras su lengua bífida se asomaba irreverente por su dentadura.

Fotografía: Lucas Ricardo Ignacio.

Polvo del camino. 25. Lirio. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 25

Lirio
(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

 

No veía a quienes estaban callados y atentos –eso suponía– en el pequeño auditorio, porque alguien dispuso que las luces potentes me dieran directamente en la cara.
            Yo hablaba con rapidez, pero no era necesario decir palabras y por eso me concretaba a hilar, en una habilidad que me desconocía, letras y números. 
            Todos parecían entenderme, porque eventualmente, ante alguna letra, ante algún número dicho por mí, se oían asentimientos, exclamaciones en voz baja.
            Terminé y no hubo aplausos. Lo sentí normal, porque los aplausos siempre los he pensado un subrayado gratuito sobre el que nadie reflexiona y hace mecánicamente. Vi que a uno de lados del escenario había surgido, mientras hablaba, una especie de círculo blanco, como si la duela de madera hubiera tornado –manejada por alguien desde alguna cabina de mando– al vidrio, al plástico circunferencial.
            Ante el silencio de los espectadores, que seguían siéndolo, pues no escuchaba ruidos de incorporación y caminata, me dirigí a la rueda blanquecina y me paré en ella. De ese centro caían, habían caído, supuse, como si fueran pétalos de un lirio gigante, largas tiras. O así habían surgido del piso: como una flor en desmayo. No eran luces, pues, las que hacían aquella figura, sino una materia que no lograba descifrar, reconocer. 
            En cuclillas, toqué una de las tiras y ésta comenzó a levantarse. Me puse de pie y noté que ese extravagante pétalo rebasaba mi estatura. En eso pensaba cuando se levantó el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto, hasta dejarme encerrado en, eso pensé, una nave hecha a mi medida.
            Todo encajó sin fisuras. No necesita aire. Cerré los ojos y sentí que esto era inevitable y bello.
            No es que oyera el ruido de un motor ni nada por el estilo, pero sentí que nos elevábamos la nave y yo. Supongo que se abrió una parte del techo porque aquello ya era volar en toda forma. Tuve instantes de miedo. ¿Adónde iba, adónde me llevaban, quiénes? Noté entonces, como en un parpadeo de sabiduría, que a mi mente llegaban nuevas letras, nuevos números, que hacían en mi cerebro una nueva conferencia que dictaría quién sabe en qué nuevo mundo al que me llevaba esta nave-lirio de vuelo silencioso…  
 
***
 
Hace tiempo dos amigos (René Morales y Eduardo Champo) tenían un programa que se llamaba, creo, Arte y cultura para pobres, en el que recomendaban cine, música, libros, etcétera, que podían conseguirse gratuitamente. Por ellos me enteré y pude ver gratis la joya del terror mexicano, de Carlos Enrique Taboada (¿de quién si no?), Veneno para las hadas (1984), que junto con Hasta el viento tiene miedo (1968), El libro de piedra (1968) y Más negro que la noche (1975), forman un cuadríptico imperdible de la cinematografía nacional. Las tres últimas ya tienen un remake, que no siempre les hace justicia; pero con Veneno para hadas no se han atrevido, porque trata de la maldad infantil, tema escabroso.
            Los recordé porque en estas semanas he visto por segunda, tercera, cuarta vez, gratis, en Youtube, muchas películas de Buñuel, que están a la mano (yo soy el más perezoso de los buscadores): El río y la muerteSusana (carne y demonio)El ángel exterminadorSimón del desiertoÉlLos olvidadosEl bruto… Todo un tesoro al alcance de cualquiera.
            Contactos: hectorcortesm@gmail.com 
Ilustración: Nadia Carolina Cortés Vázquez.

*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 25. ¿Cine o pastel de zanahorias? María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 25

¿Cine o pastel de zanahorias?

María Gabriela López Suárez

Lolis entró corriendo a casa buscando a doña Patricia, su mamá. No la halló. Estaba tan emocionada que no sabía si buscar el delantal que usaba su mamá para cocinar o hablarle a su querida tía Jose. Optó por lo segundo. Marcó de inmediato.

—¡Holaaaa tía Jose!! Hoy aprenderé a hacer mi pastel favorito, el de zanahoria.

— Lolis, niña, no preguntas ni cómo estoy. ¿En serio perderás el tiempo en eso?

—¿Perder el tiempo? Me encanta el pastel de zanahoria, lo sabes y quiero aprender a prepararlo. Además, doña Rita que hace unos pasteles deliciosos en el barrio, me enseñará gratis. 

—¡Ay, Lolis! Claro que es una pérdida de tiempo, aparte que te batirás toda y luego ni volverás a cocinarlo. Se te olvidará cómo se hace.

El rostro alegre de Lolis comenzaba a desdibujarse.

—Mmm, no lo veo así tía. Grabaré paso a paso la preparación,  con el celular. No creo que doña Rita se enoje.

—¿Cómo sabes? ¿Ya le preguntaste? No, ¿verdad? La señora se ve medio especial, así como enojona. ¿Y cuándo es tu dichosa clase de cocina?

—En realidad no has puesto atención, te dije que hoy, por la tardecita.

—¡No vayas! Mejor te invito al cine, anda, a ti te encanta ir.

La voz de Lolis también iba cambiando de entonación.

—Pero, al cine puedo ir otro día. Doña Rita me reservó esta tarde.

—¿Prefieres a la señora Rita que a mí que soy tu tía? ¡Me desanimas Lolis! No solo eso, me partes el corazón…

—Tía Jose, no te pongas así. Sólo quiero que me entiendas.

El tono imperativo de Jose se enfatizó antes de concluir la llamada.

—La invitación sigue en pie. ¡Lolis te espero hoy a las cuatro de la tarde en la casa! Te veo al rato. Besos.    

Lolis se sentó, estaba algo desanimada, comenzó a reflexionar en voz alta, 

—¿Y por qué no hacer lo que me gusta? Si voy al cine es probable que a las siete esté de regreso y pueda ir con doña Rita, sin decirle a tía Jose, claro. Pero qué tal se le ocurre invitarme a cenar. Ya no llegaré a tiempo. ¿Cine o pastel de zanahoria?

*Este texto es un ejercicio realizado por la autora de esta columna en el taller Desde el tejado de la infancia, facilitado por la dramaturga Damaris Disner Lara, el pasado 5 de julio del año en curso.

**Muchas gracias al público lector de esta columna,  que el 3 de julio cumplió su tercer aniversario. De igual manera, agradezco a la Revista Letras, idea y voz por el espacio que brinda para su divulgación

Fotografía: mali maeder 

Paso de fuego. Paisaje de violines. Stakopal me’olinetik. Miguel Pérez Santis

Por Miguel Pérez Santis*

 
Paisaje de violines *
Contienes un paisaje de violines en tu boca 
con la tristeza de los desamparados
que olvidamos al amanecer.

Escucho una sinfonía de cuerdas junto a tu cuello 
para aprisionarte en los profundos cementerios 
donde te espera la desolada mañana.

No te detengas,
si en las tinieblas de la noche
la música de violines
abre fosas y tu imagen emigra
hacia otras partes de la solitaria tierra.

Cuida tu ánimo y lleva en tu pecho 
la canción de los suicidas.

Stakopal me ́olinetik
Noj ta rabeletik li avo´ntone
ja tey yatel yo´ntonik li me´onaletike
ta saku´bel osil.
 
Chka’i sk’eojal vo´obetik ta xokon anuk’e
k´alal ta o’lol bamukinal bajal cha kom 
ta saku’bel osil te malabilot yu´unik.
 
Mu xa avikta aba
ta stokal ik’al osil
k´alal li sk’eojal me´olinetike
ta sjam li ch’ene xchi’uk ta xjel li atakopale
sventa cha xanav yu´unik ta yan teklumetik.
 
K’ela ba batel xchi’uk ich’o batel ta avo’nton
li sk’eojal namal lajelale.


(Traducción corregida por el autor)



Fotografía: Johannes Plenio.

*Sobre el texto:

«Paisaje de violines» es parte de la colección Ahelo de reposo. Antología poética, Editorial Tifón, 2019, la cual reúne poemas bilingües de escritores de la zona altos de Chiapas, sur de México.

En esta revista estaremos compartiendo, en las próximas entregas, textos y poemas extraídos de dicha antología.

Sobre el autor:

Miguel Pérez Sántiz. Chamula, Chiapas, 1985. Traductor y poeta. Curso el XV diplomado de creación literaria por la escuela de escritores de la SOGEM San Cristóbal de las Casas, Chiapas (2010); en el taller de poesía Óscar Oliva, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas CONECULTA (2016). Ha publicado en el libro “As- tilo” antología poética. Miembro del taller literario de la Organización Cultural Abriendo Caminos; José Antonio Reyes Matamoros.

La cuarta pared. 1. Puerta vaivén. Bibiana López

Puerta vaivén

Por Bibiana López

Hace un rato que tengo el título de «la puerta vaivén», siempre me han llamado la atención por que en las casas en que he vivido siempre hay una de ellas.

La he relacionado con la existencia del ser humano, con la vida… cómo es que a veces va y viene de diferentes circunstancias, unas veces más caóticas, otras veces más en calma; siempre en movimiento aunque a veces sea tan leve que no nos damos cuenta que el tiempo avanza.

Pienso que hay que disfrutar y dejarnos sentir sea cuál sea el momento por el que se esté pasando. Cuando la vida se pone «complicada» empezamos a valorar más los pequeños detalles de la vida. Mi directora de teatro, una gran persona de la cual espero escribir también, cita mucho: «en los detalles está Dios», porque siempre los detalles son lo que hacen sobresalir la obra (sea teatral o no). Ahora entiendo un poco más esa idea, son en los pequeños pero más importantes detalles cuando recuerdas a las personas, sus frases, sus ideas, sus conocimientos, su acciones diarias y sus sentimientos.

La puerta vaivén me recuerda que un momento estás sonriendo y en otro estás llorando, pero, es eso, un momento. Y saldrás y regresarás a él cuando tenga que ser.

Leí la columna «La presencia del cenzontle», de una querida persona, y cuando lo hice espere y le dije a ella misma que ojalá la vida me regalara mensajes misteriosos.

Por la tarde del miércoles, a mi madre y a mí nos visitó un ser, y con el corazón deseé que fuera uno de esos «mensajes misteriosos»:

Sentadas en el mismo sillón un pequeño pajarito nos visitó.

–Mamá: ábrele la ventana para que pueda salir.

Me paré y abrí la puerta por si éste se iba hacia allá, mas voló hacia una ventana, nos volteó a ver por un instante y desapareció. La ventana estaba cerrada, no habría podido atravesarla. Lo buscamos, no dejó rastro.Alguna corriente de aire, no sé, la puerta vaivén de mi casa rechinó como si me recordara que ese era uno de esos momentos, instantes, que hay que valorar, vivir.

Fotografía:  Harrison Haines

Sobre la autora*
Bibiana B. López Álvarez
Comitán de Domínguez, estudiante de la licenciatura de Comunicación Intercultural en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH), fue estudiante de intercambio en la Universidad Católica del Salvador (UNICAES) en Santa Ana, El Salvador.
Tallerista de teatro universitario. 
Fue parte de la creación de la obra "Caites o el destiempo de oficios a olvidar".

Universo breve. 18. Linaje. Damaris Disner

Linaje

Por Damaris Disner

Sólo le faltó un pedazo para restaurar el jarrón familiar. Lo buscó en el suelo, entre su ropa e incluso en la suela de sus zapatos. Parecía no ser de porcelana porque se evaporó entre botes y pinceles. Lu había pasado semanas resanando. Igualar colores y secar por horas, cada fragmento, era su tarea obsesiva de aquel invierno. Por más que intentó olvidar, siempre tuvo presente que era del mismo color del vestido que su tío subió hasta la cintura, esa vez que su abuela la dejó sola.

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Fotografía: Suzy Hazelwood