Polvo del camino. 84. Palabras como el corazón, como el mundo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 84

Palabras como el corazón, como el mundo


Héctor Cortés Mandujano

No condeno yo las palabras que son como vasos selectos y preciosos,

sino el vino del error que en ellos nos servían ebrios maestros

San Agustín en Las Confesiones

Las palabras están hechas para transformarnos. 
        Digo soy millonario y de inmediato sé que tengo yates, un castillo, muchas cuentas de inversión, varios viajes pendientes a escogidos puntos del planeta y tal vez cierto tedio por tenerlo todo.
	Digo soy pobre y mi pantalón se llena de orificios y mi camisa está rota y sucia, camino con hambre y sed por las calles, y la gente se asusta de mi aspecto. Pero quizás, si la nombro, tengo esperanza.
	Vuelo, digo, y siento el aire sobre mi rostro y casi enfrente el pico de la montaña con la que estoy a punto de estrellarme porque, por la emoción, no he puesto la atención debida en mi trayectoria.
	Soy un pez y soy un anciano y luego una niña y después el pasto que crece y se come el caballo, que también soy yo.
	Digo que soy el cielo y siento en la panza como me crecen las estrellas, me quema el sol y me acaricia la luna.
	Y digo mundo…

Las palabras nos pueden hacer desgraciados o felices, nos alejan y nos acercan, hieren y acarician. 
        Por eso, es mejor decir aquellas que más nos cobijan, que más nos hacen falta, que más nos vuelven humanos, fraternos; que nos convierten en la misma vida, el mismo mundo, el mismo corazón: en amor y en paz.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Nadia Carolina Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 83. Tomar un respiro. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 83

Por María Gabriela López Suárez

Tomar un respiro


El sol estaba en su máximo esplendor ese mediodía del sábado, a Josefina le había tocado ir por el mandado. Leonor, su hermana había salido de comisión y regresaría por la noche. A Josefina no le apeteció ir hasta el mercado, se había despertado tarde y lo caluroso del clima poco le animaba para ir. Vio como un gran beneficio que cerca de su casa hubiera una verdulería.

Después de un tomar un baño se dispuso a arreglarse. Luego, escribió la lista de cosas a comprar, la revisó cuidadosamente para que no se le olvidara algo. Jaló su sombrero de palma, su bolsa de tela, su monedero, sin olvidar sus lentes para el sol. Guardó las llaves de la casa en la bolsa izquierda de su pantalón y salió.

La bienvenida que le dio el sol le hizo recordar que, aunque el calor estaba intenso, le vendría bien ese baño de sol para terminar de despertarla y le ayudaría a que se produjera más serotonina en su organismo. Algo había leído sobre eso. En pocas palabras, asolearse un poco le traería beneficios.

Se dirigió a la verdulería, caminó alrededor de 8 cuadras. Llegó a su destino. Antes de comenzar por la búsqueda de verduras, legumbres y frutas, observó la manera en que estaban colocados cada uno de los productos. La organización de las verduras y frutas era algo que solía gustarle, hallaba armonía en la colocación y mezcla de colores que se apreciaba, además de los olores que predominaban. En el apartado donde estaban las legumbres y especias sucedía lo mismo, cada producto se dejaba ver sobre una muestra cuidadosamente colocada sobre costales abiertos.

Surtió la lista del mandado, guardó su compra en la bolsa y se dispuso a regresar a casa. A tan solo un par de cuadras para llegar decidió tomar un atajo. En su colonia tenían la fortuna de contar con algunas calles con aceras arboladas que, en días como esos, eran una especie de oasis. Eligió una que le invitaba a transitar por ella, tenía una especie de caminito lleno de hojarasca, antes de mitad de la calle un bello árbol de almendra daba cobijo a quien pasara por ahí.
Inició su caminar y observó que era la única transeúnte, luego se percató que había un señor sentado en unas graditas, afuera de una casa, bajo un árbol de guayaba. El sol seguía intenso, Josefina se felicitó por haber llevado su sombrero de palma, aparte de gustarle mucho, le hacía imaginar que le daba un carácter de misterio, sumado a sus gafas de sol.

Ya quería llegar a casa, su mente no dejaba de hacer ruido con las actividades pendientes que tenía. Cuando estuvo más cerca del señor, observó que tenía a su lado una mochila, como de trabajo, y una gorra. Infirió que se había detenido a descansar un instante, no era para menos el calor estaba sofocante. Josefina dio las buenas tardes y pasó a su lado. El señor le respondió, degustaba tranquilamente una guayaba. Se veía que disfrutaba ese momento.

El ruido de la mente de Josefina pareció apaciguarse un poco, la imagen del señor le hizo darse cuenta que siempre es importante tomar un respiro. Le contagió no solo tranquilidad, sino que le recordó la paz y alegría que se tiene al estar en contacto con la naturaleza. Cuando se percató ya estaba a unos pasos de su casa. Esa salida le había dejado la tarea de que ella también necesitaba tomar un respiro.


Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 83. ¿Quieres que te dé atole con el dedo? Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 83

¿Quieres que te dé atole con el dedo?


Héctor Cortés Mandujano

La mentira es, si no la madre, la nodriza de la bondad.

[…] La simulación, a la larga, se suprime a sí misma, y

los nuevos órganos e instintos son los frutos inesperados

del jardín de la hipocresía

Federico Nietzsche, en Aurora


Sueño incesantemente y suelo recordar con precisión lo que sueño. Por eso, varias de mis novelas, obras de teatro, cuentos y textos no son más que trascripciones de mi actividad onírica.
	En ocasiones, alguien a quien he dado llamar mi maestro (a veces es joven, a veces viejo; hablamos en un castillo, en la selva, en la playa), me da charlas sobre la vida y la muerte, cuyos conceptos aparecen aquí y allá en lo que escribo.  
	Hago este prolegómeno porque ayer por la noche (este ayer sin fecha sobre el que suelo escribir) soñé que daba una clase de tres horas sobre un concepto que yo inventé en mi sueño, a partir de dos palabras (una cinematográfica, otra teatral) y que explicaba a mis oyentes: “Corte escénico –les decía– es cualquier párrafo que podemos aislar de una narración, en el que se pueden identificar el tiempo, el espacio, el tipo de narrador y varias instancias más de la técnica narrativa usada para construir el relato”.
	Ponía como ejemplo a mis alumnos un texto mío (que no he escrito en la realidad) que se llama “¿Quieres que te dé atole con el dedo?”, y era sobre dos amigos –un hombre y una mujer– que por distintas circunstancias tienen que pasar la noche juntos. Se acuestan en camas separadas y luego de desearse buenos sueños, ella le dice a él –ya están a oscuras– que siempre ha querido tener una noche apasionada con alguien que le finja amor con promesas y palabras encendidas, que no tengan que ser ciertas, pero que sean convincentes; y que si él puede hacerlo ella también lo hará, sin que al día siguiente la amistad sufra variaciones.
	Él acepta incondicionalmente y se besan, se juran amor, se dicen y escuchan todo lo que alguna vez hubieran querido oír, decir a alguien, y tienen una noche maravillosa.
	Cuando desperté, mi memoria caprichosa, como si pensara sola en un posible epígrafe para el cuento que no he escrito, recordó el bolero “Miénteme”, de Armando Domínguez Borrás, quien nació en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, en 1921. Según mi top de canciones 2020, que hace en forma automática Spotify, el servicio electrónico donde generalmente oigo música, fue mi tercera canción favorita del año pasado. Me gusta mucho, en especial porque creo que la verdad exacta sobre el amor, la amistad, los cariños familiares no la podremos saber nunca, y tenemos que conformarnos con las mentiras bien hechas, es decir, aquellas que se dicen y tienen perfecta o aceptable concordancia con los actos. No querría ni quiero que alguien me diga que me quiere y me trate mal, por ejemplo.
	Yo, como en el bolero, suelo tener la convicción de que no hay diferencia entre la mentira (“Te quiero”) que es complementaria con el acto, porque ello parece “verdad” o es la verdad más aproximada que podemos conocer, es lo mejor a lo que podemos aspirar, porque si nos empeñáramos en pedirle juramentos irreprochables de amor, amistad o fidelidad a nuestros cercanos sería una pesadez y tal vez, eso sí, escucharíamos muchas mentiras flagrantes.
	Yo, como don Armando, si alguien le da “a mi vivir la dicha con su amor fingido”, no tengo empacho en pedirle “miénteme más”…

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Daniel Dávila




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Paso de fuego. La mente del escritor. Alejandro Aldana

La mente del escritor

Para Luz y Emiliano

Por Alejandro Aldana*



Bruno Estañol fue un excelente escritor tabasqueño, eminente médico neurólogo, investigador incansable, novelista, cuentista y ensayista. Cada vez que termino de leer cualquiera de sus obras, me pregunto una y otra vez, ¿cómo es posible que se conozca tan poco su obra? ¿A caso es indispensable la cada vez más denigrante actitud de vedette para figurar en las marquesinas literarias? Estañol estaba tan lejos de todo ese bullicio mundano. 
	Nuestro autor se inscribe en una tradición, cada vez más escasa, de escritores que lo mismo estudian al mundo desde una mirada científica, además de poseer una profunda vocación humanista. Para estos pensadores la filosofía es tan necesaria como la poesía y la historia. Bruno Estañol nos habla desde la aparente sencillez que imprime la sabiduría, es sin duda un filosofo al que le interesa sobremanera la forma de decir las cosas, no teme tener ideas, contrastarlas, confrontarlas y recuperarlas provistas de nuevas posibilidades cognitivas. 
	La mente del escritor es un libro apasionante desde muchos frentes. Nos deslumbra por la erudición del autor, su capacidad expresiva y la belleza con la que establece las más extraordinarias relaciones entre diversas esferas del conocimiento. El lector podrá ver al científico indagando sobre una variedad importante de temas, al filósofo disertando y preguntándose sin el más mínimo temor. Estañol conoce el alma humana, se asoma a ese precipicio con valentía, aún sabiendo que es probable que al final no encuentre nada. Encontrar no es el objetivo, de lo que se trata es de buscar. Lo importante es el proceso de la búsqueda, el placer de hallar nuevas puertas y ventanas para volver al principio, siempre recomenzar, como un Sísifo de la ciencia y el arte. 
	Bruno Estañol trata de responder a las preguntas que por años se han hecho fisiólogos, neurólogos, médicos y psicólogos con respecto al funcionamiento del cerebro; pero nuestro autor va un poco más allá, intenta establecer ese funcionamiento cerebral con la extrañeza de la creación poética, y me refiero al proceso creativo en su más amplia expresión. 
	El neurólogo estudia al cerebro en su más pura materialidad, pero a su vez el filósofo y el narrador se doblegan frente al misterio de la creación. El ser humano es entendido desde su bipolaridad, su dualismo, por un lado tenemos al cuerpo y sus implicaciones fisiológicas, pero además se contempla al espíritu, comprendiendo que es precisamente esa combinación la que nos permite observarnos como seres capaces de producir belleza. 
	El propio Estañol nos cuenta que Freud, otro hombre de ciencia, además de escritor y filósofo, intentó acercarse al núcleo del proceso creador. Escribió brillantemente sobre Dostoyevsky, Leonardo Da Vinci y otros artistas, para finalmente reconocer que el proceso creativo es algo que el psicoanálisis no puede conocer. 
	Estañol, novelista y neurólogo, afirma que es muy probable que el inconsciente participa directamente en la elección de los temas, que en muchas ocasiones tienen que ver con el mundo interior del escritor, la historia de una novela no se escoge deliberadamente, más bien se devela o si se quiere, se revela al creador. La consciencia participa del proceso creativo cuando dicho escritor arremete a la formalidad de la obra. 
	Nuestro autor hace hincapié en las posibilidades de la memoria, su utilidad, la necesidad de la expresión de sus contenidos, aún cuando estos no se presenten de manera consciente. Los recuerdos sufren una transformación óntica, se convierten en material de los sueños y las pesadillas, para que en el momento del acto creativo reaparezcan transformados en símbolos y detonadores emocionales. Contenidos que en muchas ocasiones, ni el propio escritor logra comprenderlos del todo. 
	Estañol nos dice que todo ese cúmulo de ideas, sensaciones, impresiones se revelan como algo profundamente significante, es decir, la polisemia se compone de esas pasiones, dolores y obsesiones. Es ahí donde podemos ubicar el origen de lo que se ha dado en llamar la obra maestra. 
	La mente del escritor  es un tour de force sobre el misterio de la creación humana. 
  
Photo by Rodrigo Santos on Pexels.com

Sobre Alejandro Aldana Sellschopp

Investigador, promotor cultural, editor, ensayista y narrador.

Ha sido becario de: FOESCA (Emisiones 1999-2000 y 2000-2001), PACMYC, fue becario del FONCA (2003-2004) en el programa de Jóvenes Creadores en la modalidad de novela. Está incluido en la antología del FONCA – Jóvenes Creadores generación 2003-2004.

Ha publicado: Tiempo a Contrapunto (UNAM- Espacio Cultural Jaime Sabines),  Nudo de Serpientes (Novela). Su cuento Diario de un lobo está incluido en la antología Inventa la memoria (Alfaguara). La novela en Chiapas, antología (Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas en el 2018).

Voces ensortijadas. 82. Incienso de copal. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 82

Por María Gabriela López Suárez

Incienso de copal



Esa mañana Eduviges estaba terminando de acomodar algunas cosas en la sala de su casa cuando percibió un agradable aroma a incienso, tenía tiempo que no sentía ese aroma. Intentaba acordarse qué aroma sería, era intenso pero a la vez relajante. El olor se colaba a través de las ventanas, supuso que quizá provenía de casa de sus vecinos, a Joaquín y Azucena les gustaban las velas aromáticas y los inciensos.

El sentido del olfato hizo conexión con la memoria y la remontó a las celebraciones que solían hacían hacer en casa, el aroma le resultaba muy familiar. Mientras seguía intentando acordarse del nombre del incienso su mirada se detuvo en una fotografía de sus ancestras, parte de su linaje materno. En esa imagen, en blanco y negro, estaba su bisabuelita, su abuelita y dos tías abuelas. Tomó la fotografía de la mesa de los retratos y observó detalladamente cada elemento, el escenario se veía como en el patio de una casa, las mujeres estaban sentadas, juntas. Ninguna sonreía, estaban serias pero los rostros se veían apacibles, los rasgos de cada una eran tan claros.

Aunque esa imagen la había visto otras ocasiones no se había detenido para identificar elementos como los que ahora observaba. Calculó el año de la fotografía, al ver el reverso se llevó la sorpresa al hacer la sumatoria, tenía en sus manos un tesoro, más de 8 décadas transcurridas. Se sintió agradecida de poder tener la oportunidad de conocer a algunas de sus ancestras a través de esa imagen.

Intentó imaginar los retos a los que se enfrentaron en la vida. Recordó anécdotas que su mamá le había contado. Los esfuerzos de la bisabuelita y la abuelita para sacar adelante a su familia. Luego se quedó pensando, ¿qué evento sucedió para que se tomaran esa fotografía? ¿Cómo accedieron las mujeres mayores a hacerlo? Supuso que había sido algo importante.

Mientras estaba concentrada ahora en ese tema seguía percibiendo el aroma a incienso, y como una especie de chispazo se le vino a la mente, es incienso de copal. Sí, el bello aroma era de copal, pero cómo se le había pasado el nombre, desde su niñez lo había percibido; ese aroma era parte de las tradiciones, el que acompañaba las celebraciones de Todos santos y Día de los fieles difuntos, los rezos de la familia y también las ocasiones especiales para agradecer la vida.

Regresó nuevamente la vista a la fotografía, sintió como si hubiera una conexión especial entre el recuerdo de las ancestras y ese aroma a copal que continuaba percibiendo. Dejó la imagen sobre la mesa de los retratos. Se dirigió a la puerta para ir a casa de sus vecinos, además de agradecerles el regalo aromático, quería preguntarles, ¿dónde podría conseguir el incienso de copal?


Fotografia: Pexels

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 82. Enamorados de la nada. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 82

Enamorados de la nada


Héctor Cortés Mandujano

Dormir y no llamarme Luis Daniel Pulido,

de verdad ser Tom Brady o Lio Messi

en «Sin islas para descansar», de Luis Daniel Pulido


¿Qué sé yo de nadie?, de Luis Daniel Pulido –editado este año por Editorial Arboleda, de San José, Costa Rica– ha sido para mí en primer término un boomerang. Hace tiempo escribí una obra de teatro, Trascripción, palimpsesto, que representamos este año, y en ella un poeta –cuyo modelo era Luis Daniel– se convertía en la ficción teatral en poco menos que un monstruo. Pedí permiso a Luis Daniel para dedicársela, porque evidentemente no tenían sus vidas más paralelismos que escribir poesía. Mi poeta escribía versos y en uno de ellos, al darse cuenta del profundo misterio que somos para nosotros mismos se preguntaba: “Qué sé yo de mí” y luego, ante el pasmo del enigma de la naturaleza humana se preguntó: “Qué sé yo de nadie” (Miguel de Cervantes también asegura el aserto en Don Quijote de la Mancha II, de 1615: “Que no sabe nadie el alma de nadie”).
	Luis Daniel me pidió permiso para titular así su poemario y aquel poeta, aquel verso me llegan de nuevo, en las olas de la amistad, en el título de este libro. 
	¿Qué sé yo de nadie? ha sido una relectura, porque al ser una antología de poemas ya publicados en libros o en el blog del autor, los he leído antes y ahora, reagrupados de otra manera, parecen postales de lugares visitados y queridos (“El regreso del halcón milenario, p. 34): “No creo en la paz como medida de agua mineral o porción de tierra, creo en los grandes barcos anclados de los apagones, en los bombarderos de sedantes, en el vaho que arroja cosas al vacío”.
	Es también el regreso a los años en que el poeta y yo no nos conocimos, y fue armando cada cual sus personalísimas mitologías, dado que escribir es darle patadas a la realidad o, lo que es lo mismo, enamorarnos de la nada (“¿Y si ella nadara conmigo?”, p. 29): “En el amor se tiene siempre esa sensación inestable de cuando se camina sobre la línea borrosa de un viejo cuaderno lleno de notas, seguro de que los resultados no se tratan de un original griego, una calca natural de la bondad, el misterio de las estampas orientales, la piedra donde florece el girasol y el iceberg”.
	¿Qué sé yo de nadie? es la muestra de cómo el tiempo tira y crea certezas, derrumba y construye muros, quita y pone panoplias, nos derrota y nos otorga pírricas victorias (“Kralice”, p. 14): “Cómo olvidar tu falda, tu pequeña falda contra el viento y yo mirando cómo te untabas yogurt en las piernas, las que luego abriste para perderme de por vida en ese bosque trenzado de cerezas”. 
	También es la vuelta de los héroes míticos –el Halcón Milenario, Spider Man, Kung Fu Panda, el Caballero de la Noche, el Gran Jefe Apache- que saltan de los versos para darnos la certeza de que el mundo, por lo menos el mundo que inventa Luis Daniel Pulido, aún puede ser salvado del desastre (“Jao contra Jao. Canto al pie de tu montaña”, p. 31): “Mujer se va a marchas con mujeres inmortales; amigas de mujer no tener miedo a Manitú, oso Grizzli, SAT, notificaciones de Hacienda”.
	¿Qué sé yo de nadie? es admirar la metamorfosis del Luis Daniel cada vez más Pulido, que se vuelve las muchas cosas que dicen sus poemas, las varias palabras que están nombrando múltiples mundos y que, por tanto, abren senderos que se bifurcan interminablemente; ¿Qué sé yo de nadie? es estar al tanto de que este libro-Pulido no es su autobiografía ni la de alguno que se llame y se apellide como él, porque la literatura –desde los vedas, los griegos, los romanos, las edades de piedra, y perdón por mi brochazo monumental– se ha desprendido de la certidumbre que llaman, desde este lado de la realidad, vida; de las veleidades que llaman, desde la fisicalidad y los matrimonios eternos, amor; de la mentira infinita que llaman yo, y ha instaurado la desconfianza como método, las preguntas que nadie nunca podrá responder plausiblemente: Qué sé yo de mí, qué sé yo de nadie, qué sé yo de nada. 

. Palabras leídas en la presentación de ¿Qué sé yo de nadie?, de Luis Daniel Pulido. Casa Disner. Viernes 30 de julio de 2021. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com





*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 81. Los encuentros en el caminar. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 81

Por María Gabriela López Suárez

Los encuentros en el caminar

A mi estimada Concha, con cariño y admiración.

María Gabriela López Suárez
 



Seguramente les ha pasado que tienen la fortuna y bendición de haber conocido personas que dejan huella profunda en su vida. Hoy les compartiré sobre una de las personas a la que recuerdo con mucho cariño y que trascendió el pasado mes de junio en Alicante, España, la escritora  Concha López Sarasúa. De ella tuve la oportunidad de conocer sus facetas como escritora y como persona.

Fue en un verano, a través de un evento académico cerca del Mediterráneo que brindó la oportunidad de coincidir y conocer a Concha, primero como escritora. Originaria de Mieres, Asturias, vivió dos décadas en Marruecos, lo que influyó de manera decisiva en su literatura. En su obra, Concha nos deja un legado de cómo los encuentros interculturales se hacen presentes y qué elementos son claves en ellos. Su literatura brinda un importante aporte a textos escritos para el público infantil, con fines didácticos, entre ellos destacan Meriem y la ruta fantástica, Los mil y un cuentos de Meriem, En el país de Meriem. Así como también, la autora a través de su mirada, sus vivencias y su estilo particular para la narrativa nos transporta al mundo marroquí, de ello da cuenta en sus novelas como Secretos que dan al mar, Celanova 42, ¿Por qué tengo que emigrar?, La daga turca y otros relatos mediterráneos, A vuelo de pájaro sobre Marruecos,  Cita en París, La llamada del Almuédano, ¿Qué buscabaís en Marrakech?

Les comparto que me dejé atrapar por las obras de Concha y parte de mi interés por la cultura del mundo árabe se reforzó al leer algunos de sus textos. Sin embargo, además de su valiosa labor como escritora, uno de los recuerdos más preciados es su faceta como persona. Si he de recordar a alguien con gran amor y alegría por la vida es a Concha. Su rostro radiante y su sonrisa contagiosa eran de las características más notorias, qué decir de sus gustos por el baile, la música, el canto y sus habilidades como conversadora y anfitriona. La sencillez en ella fue de las características que también me cautivó, al igual que su conocimiento por nuestra música mexicana.

Tiene rato que no veía a Concha físicamente, sin embargo, traerla a mi memoria con  su imagen y su pasión por la vida, recordar anécdotas, releer algunos fragmentos de sus textos o preguntar por ella, me daban la sensación de tenerla cerca. Hace unos días, me enteré de su partida por medio de las redes sociales. No se nos hizo que vinieras a Chiapas a convivir por estas tierras con tus amigos mexicanos, como nos comentaste en alguna ocasión. Comparto estas líneas a manera de un reconocimiento no solo por el legado que Concha deja en la literatura sino por brindarme la oportunidad de su amistad, como uno de los regalos obtenidos en los encuentros en el caminar. 
 
 



Fotografía: MGLS

Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Polvo del camino. 81. Apuntes de oído, IV. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 81

Apuntes de oído, IV
Amaury Pérez: Y nos amamos, pese a nada


Héctor Cortés Mandujano

Amaury Pérez Vidal (La Habana, 1953), quien no usa su segundo apellido más que para diferenciarse de su padre, es hijo de dos personalidades televisivas, muy conocidas en su natal Cuba. Su bautizo, por eso, se hizo en vivo, en televisión.
	Su primera canción, “Vuela pena”, escrita cuando era un adolescente, se la cantó la gran Omara Portuondo y su disco debut, Acuérdate de abril, de 1976, ya tiene canciones distanciadas en música y letra del famoso trío de cantautores conocido como Nueva Trova Cubana: Silvio Rodríguez, Pablo Milanés y Noel Nicola, que pertenecen a una generación anterior de la de Pérez. Amaury, ni en ese primer trabajo ni en los otros, usa guitarra sola, sino orquestaciones más cercanas al bolero, a la balada, al pop (arreglos neobarrocos, de Mike Porcel, escribió Amaury en “Mis recuerdos”, en 2013), y sus letras no hablan de la revolución, sino de amores, desamores, amistad.
	[Es curioso, pero el tema de la amistad ha sido constante en su trabajo musical. Cito sólo tres ejemplos: “Murmullos” (en su primer álbum), “Yo tengo un amigo” (en No lo van a impedir, 1979) y “Amigos como tú y yo”, que grabó a dúo con Silvio Rodríguez (en Encuentros, 1993), quien le produjo, después, el álbum Trovador, en 2004; Alberto Cortez, con quien también tuvo amistad, le compuso a Amaury una canción: “Amaury”, en 1999.]
	Su segundo disco, donde musicaliza al poeta nacional José Martí (Martí en Amaury, 1978), también con Mike Porcel, se aleja de las clásicas guitarras, con que la mayoría de sus colegas se acompañan; elude los discursos políticos, que Martí tiene por montones, y se concentra en los poemas amorosos. Es decir, es un músico, un cantante, un compositor que hace su propio camino.
	No lo van a impedir, 1979, que apareció como Aguas en Cuba, es ya un disco redondo, con canciones de letras poéticas y música de talentosa orquestación: “fusión entre el jazz, el rock más progresivo, el pop, la balada romántica y la canción de autor”, según Amaury. Gran disco. Ya teníamos a alguien que decía cosas y sabía decirlas, con un agregado que tenía que ver con su pedigrí y que hizo levantar las cejas a los que vestirse bien les parecía antirrevolucionario: se vestía a la moda, como había visto en la farándula que conoció, por sus padres, de niño: Olga Guillot, Benny Moré, Celia Cruz, etcétera. Luego de varios avatares, incluso una detención, fue expulsado del movimiento de la Nueva Trova Cubana.
	En 1982 grabó Abecedario. Las aguas volvieron a su nivel, luego de terremotos y olas altas, y en 1985 grabó su disco Mitades, con arreglos más o menos básicos, pero ya era un cantautor popular, con un timbre personal, un discurso inteligente, poético, y sin haber necesitado parecerse a nadie ni contar con la aprobación oficial. Con su siguiente trabajo, De vuelta, de 1987, metió a sus canciones la computadora y la música secuenciada que fue marca, ya, en su siguiente trabajo: Estaciones de vidrio, de 1988.
	Ha grabado más de una veintena de discos; ha sido productor y conductor de exitosos programas televisivos, especialmente de entrevistas; ha publicado el volumen de cuentos El dorso de las rosas (2004) y las novelas El infinito rumor del agua (2006), y Diez meses y veintinueve días (2008).

“No lo van a impedir”, del disco homónimo, es una “canción multipropósito” como le dijo a Amaury Santiago Feliú y, entre otras cosas, en ello radica su riqueza. Puede referirse al amor (“No lo van a impedir ni andén ni esquina, ni el temor de la virgen si oscurece, ni el humo de las calles si llovizna, ni el canto del otoño que anochece”), a la justicia (“No la van a impedir ni el falso amigo, ni el que alimenta el cepo y la tortura, ni el pequeño ladrón de mano fría, ni el temible donjuán de cara dura”) o a la revolución (“No lo van a impedir del valle al cielo, ni reyes del honor ni periodistas, ni antiguos comediantes ni embusteros, ni estudiantes de leyes ni alquimistas”). No se puede impedir aquello que no pueden vencer ni las fuerzas contrarias ni el otoño, es decir, el tiempo: “A pesar del otoño: creceremos”.
         “Abecedario”, del disco homónimo, de 1982, es una canción no del todo lograda, pero con la ambición de hablar sobre el amor, de la letra a a la z (pongo en mayúsculas y negritas los inicios para hacer más explícito el ejercicio): “Amor, lo que nos lleva hasta el Barranco; barranco, lo que depara una Caricia; caricia es la antesala del Deseo…”, etcétera.
          “Amor difícil” (De vuelta, 1987) es muy atrevida para su tiempo, pues habla del amor de un hombre por un hombre, aunque la letra es ambigua y podría tomarse como un discurso de amor heterosexual: “Yo tengo un amor difícil contigo, aunque me pese lo contendré para siempre, porque más vale la oscuridad para un cariño que no tolera la gente diferente”. Amaury, sin embargo, explicitó lo implícito. Lo acusaron de gay, por supuesto. Una de las virtudes de la canción es esa, justamente: que un heterosexual, como Amaury, no limite su punto de vista por miedo a la torpe acusación de quienes, como dice Vargas Llosa (en su obra de teatro La Chunga), creen tener “el honor en el culo”.  

En síntesis, comparto algunas líneas de sus muchas canciones:
“Acuérdate de abril” (del disco homónimo, 1976): “Acuérdate de mí, si abril te viera tendida, fiel y amada en otros brazos; acuérdate de mí, si abril volviera con nuevo traje y nuevo lazo. […] Acuérdate de mí, si el pensamiento te libra del amor que te sujeta”.
         “Hacerte venir” (No lo van a impedir, 1979): “Si yo pudiera… enamorarte a media voz, cuando ni el viento me pueda oír. […] Tener tu boca y tu corazón cuando el deseo me quiera hervir; si yo pudiera de donde estoy, ay, amor, hacerte venir” (Amaury se sorprendió cuando vino a México y le explicaron que significa “venir” y “hacerte venir” en nuestro país. “Madre mía”, dijo).
         “Olvídame muchacha” (No lo van a impedir, 1979): “Bien pude haberte dicho que sin ti la lluvia no tiene otra tarea que golpear el polvo; bien pude haberte dicho que sin ti me asusta hasta el ruido del mar sereno, vivo y hondo”.
        “Dame el otoño” (No lo van a impedir, 1979): “Dame el otoño si apagué la llama urgente de un sueño atado al cinturón de la caricia, y la ansiedad cual penitencia, eternamente, si es que el deseo me robó la maravilla”.
          “Hay días” (Abecedario, 1982): “Es día de pulirse los anteojos, de atarse la cordura al calzoncillo. […] Se pueden confundir caricia y náusea, cadalso y oficina, hierro y trigo, embuste y trasparencia, piedra y grama, verdugo y confesor, sollozo y río…”. 
          “La ansiedad” (De vuelta, 1987): “Yo siento la ansiedad del fruto que le nace al árbol casi moribundo. Yo tengo la ansiedad del cielo, poniendo la rabia para el aguacero.”
        “Canción del miedo” (Estaciones de vidrio, 1988): “Por eso no tengo miedo a lo que traiga el día y, así, sostengo las rabias de mis mejores años; tenemos que refrescar la caballería, porque esta vez el combate parece largo.”

Mis dos discos favoritos: No lo van a impedir (o Aguas) y De vuelta. Mis diez canciones favoritas: “Hacerte venir”, “No lo van a impedir” (en la versión de Guadalupe Pineda y Caíto), “Dame el otoño”, “Para cuando me vaya” (en especial la versión de Nacha Guevara), “Amor difícil”, “Canción del miedo”, “Encuentros”, “Cuando miro tus ojos” (la versión de Sara González), “Opiniones” y “Tu nombre”. El subtítulo de esta columna corresponde a una línea de la canción “Opiniones”, de Amaury.


Contactos: hectorcortesm@gmail.com

Fotografía: Nadia Cortés Vázquez




*Sobre el autor:

Héctor Cortés Mandujano

Narrador, dramaturgo y periodista cultural

Finca El Ciprés, Villaflores, Chiapas, 1961.

Sus publicaciones, una amplia colección, abarcan varios géneros: Cuento, dramaturgia, novela, relato, ensayo y varias coautorías. Ha sido antologado en libros y revistas especializadas.

Aunque desde hace varios años se ha abstenido de participar en concursos y convocatorias, tiene varios premios y reconocimientos por su actividad literaria, mencionamos algunos: Premio Puerta 2010 al Mejor Dramaturgo, otorgado por la Asociación de Periodistas Culturales de Chiapas “Trozos de sol”; Premio Nacional de Novela Breve Rosario Castellanos, con Aún corre sangre por las avenidas (2005); Premio Estatal de Novela Breve Emilio Rabasa, con Vanterros (2004).

Lo puedes seguir en su columna Casa de citas.

Correo electrónico: hectorcortesm@gmail.com

Voces ensortijadas. 80. Tilín tilín. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 80

Por María Gabriela López Suárez

Tilín tilín

 

Esa tarde veraniega estaba resultando eterna para Rubí; se había ido la luz en su casa desde la mañana y ella, acostumbrada a ver televisión y jugar con su celular, no encontraba en qué más podía entretenerse. Fue con su mamá y le preguntó en tono desesperado:

—Mami, ¿a qué hora vendrá la luz? Desde la mañana no hay y tú dijiste que no tardaría en volver, ya casi dan las cinco de la tarde.

Ruth, que estaba avanzando en pegar etiquetas en los recipientes de postres que vendía le respondió:

—Quizá sea un problema más grande, por eso se han tardado, pero no te preocupes no solo es en casa, también le pregunté a tu abuelita Bertha y me dijo que es en toda la manzana. Así que lo más probable es que hoy quede resuelto. ¿Quieres venir a ayudarme?

—Gracias, prefiero ir a visitar a la abuelita Bertha, a ver qué hace sin luz.

—Ve, con cuidado, iré por ti al rato.

Doña Bertha, la mamá de Ruth, vivía a dos casas de Rubí. Cuando estuvo afuera de la casa la niña jaló con fuerza la campana que hacía la función del timbre. Enseguida se escuchó una voz:

—¿Quién toca con tal desesperación?

—¡Abuelita, soy Rubí!

Apenas había entrado cuando doña Bertha sintió el abrazo apretado de la niña, quien le besó las mejillas. Y ella respondió a tan cariñoso saludo. Antes que Rubí pudiera preguntar por qué tenía tierra en las manos, doña Bertha la invitó a que la acompañara a donde estaba consintiendo a sus flores.

Los ojos de Rubí se abrieron más de costumbre cuando vio que las macetas no solo estaban relucientes, sino que las flores lucían más bonitas. Doña Bertha le explicó que había que apapachar a las flores, cuidarlas, cambiarles de tierra, ponerles abono y platicar con ellas, para que se sintieran queridas.

Aprovechando que no había luz eléctrica, ese día había decidido brindarles el tiempo a sus flores. Terminó de acomodar la maceta que faltaba, se lavó muy bien las manos y se fue con la niña a la sala.

Rubí no supo qué responder cuando doña Bertha le preguntó, qué había hecho ella toda la mañana, sintió algo de pena. Finalmente, le dijo que se la había pasado aburrida, no sabía qué hacer, la luz era la culpable.

Doña Bertha sonrió, aprovechando que aún había luz del sol le propuso a Rubí que leyeran un rato juntas, la niña aceptó. El cuento sugerido por la abuelita fue De cómo Sherezade evitó que el rey le cortara la cabeza, uno de los cuentos de Las mil y una noches. Ambas se pusieron cómodas y doña Bertha inició mientras Rubí mantenía atenta la escucha al cuento.

—Hace muchísimos años, en las lejanas tierras de Oriente, hubo un rey llamado Shariar, amado por todos los habitantes de su reino. Sucedió sin embargo que un día, habiendo salido de cacería, regresó a su palacio antes de lo previsto...
En plena lectura estaban cuando se escuchó el tilín tilín de la campana.

—¡Abuelita, seguro es mi mamá, dijo que vendría por mí! No me quiero ir hasta que termines de leer el cuento y si ya no hay sol, en la casa tenemos velas.
Doña Bertha sonrió, estaba contenta que su nieta se había olvidado por un momento de la desesperación porque no había luz. Mientras respondía al llamado de la campana.

—¡Ya voy!




Sobre la autora:

Maria Gabriela López Suárez

Doctora en Estudios Regionales por la Universidad Autónoma de Chiapas y Doctora en Dirección y Planificación del Turismo por la Universidad de Alicante. Docente investigadora en la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Es integrante  de la Red Internacional de Investigadores en Turismo, Desarrollo y Sustentabilidad (RITURDES), del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), del Colectivo Fotográfico Tragameluz y del Colectivo Reminiscencia, este último aborda el tema de los feminicidios. Desde 2008 colabora en diferentes medios en Chiapas. Fue corresponsal en Chiapas de la Agencia Informativa Conacyt. Actualmente es productora del programa radiofónico de la UNICH, Los Colores de la Voz; colabora también en la Red de Comunicadores Boca de Polen. A.C.

Paso de fuego. ¿Quién vendrá a mi entierro? Alejandro Aldana

Por Alejandro Aldana*

¿Quién vendrá a mi entierro?
Breve historia del neoliberalismo

                                Para Luz y Emiliano







La reciente novela de Antonio Florido, publicada por la editorial española “Kolaval”, es una verdadera invitación a la subversión, no desde el punto de vista de la trama narrativa, que hay que decirlo, está estructurada con un cuidado de relojero, sino desde el limpio trabajo del lenguaje. Antonio nos conduce a un callejón con salidas metafísicas, parece que el autor comprende muy bien lo veía Heidegger respecto a que lo verdaderamente importante no es el individuo sino el ser; un ser que se desenvuelve en cada una de las oraciones y párrafos de ¿Quién vendrá a mi entierro? Más que una relación cognitiva, lo que sufrimos en la historia que nos cuenta, se apuntala desde algo que está más allá del mundo físico. 
	El verdadero drama se ubica en la unidad de impresión que nos deja, cual sello troquelado en la parafina caliente de una vela, que es al mismo tiempo nuestra alma. Antonio prefiere subvertir la tradición metafísica de occidente que separa al objeto y al sujeto, digamos que objetiviza al ser. Para Heidegger y Antonio Florido es menester regresar al tiempo en el que objeto y sujeto formaban una unidad. La apuesta de Florido es mostrarnos el ser como un todo abarcador. Es por ello que su novela es al mismo tiempo una elegía, un romance y un poema.
	Nuestro autor recurre a la metaficción. Un escritor llamado el escribidor, que no es otro que el mismísimo Juan Carlos Onetti, nos dice cómo está escribiendo la novela, esa historia que nace de él hasta superarlo. ¿Quién vendrá a mi entierro? es una aproximación al alma del ser humano. La realidad objetiva simplemente es un pretexto para llevarnos a un mundo trascendente. Más allá de personajes y acciones sentimos un mundo. Antonio sabe escuchar la existencia, más que ver escucha, oye el ritmo de los espíritus, sus penas, su dolor, ese sufrimiento necesario para vernos con mayor claridad.
	Antonio es un maestro del lenguaje, frases y párrafos enteros nos develan un estado de cosas. Florido es capaz de escuchar a las piedras, a las montañas silenciosas y expectantes, oye los ríos de aguas portentosas, los pasos de los hombres y mujeres. Para nuestro autor no hay nada que sea diminuto o intrascendente; por el contrario el foco narrativo escudriña tanto en los personajes como en las cosas.
	Foucault afirma en Las palabras y las cosas: “En el siglo XVI, el lenguaje real no es un conjunto de signos independientes, uniforme y liso en el que las cosas vendrían a reflejarse como en un espejo a fin de enunciar, una a una, su verdadera singularidad. Es más bien una cosa opaca, misteriosa, cerrada sobre sí misma, masa fragmentada y enigmática punto por punto, que se mezcla aquí o allá con las figuras del mundo y se enreda tanto y tan bien que, todas juntas, forman una red de marcas en la que cada una puede desempeñar, y desempeña en efecto, en relación con todas las demás, el papel de contenido o de signo, de secreto o de indicio”.
	Y es que la novela de Antonio Florido recurre a una significación donde el lenguaje no es una cosa donde el mundo se refleja, por el contrario, es el propio lenguaje el que crea el mundo. Su lenguaje es vital, se relaciona inmediatamente con lo esplendoroso del mundo, alcanza tal nivel de plasticidad que el lector no sólo ve, sino que siente y específicamente sufre con los personajes. El poder de evocación es sublime, ¿cómo es posible que pueda imprimir tanta significación, tanta vida en una o dos líneas? Sus palabras no son un espejo opaco donde se refleja la vida objetivada, más bien son un elementos más en la creación de ese mundo ficcinalizado con maestría. En la novela de Antonio las palabras no reflejan, crean, fundan un universo. Nos lleva hacia el centro de nosotros mismos, si somos capaces de vernos ahí, no es por mero proceso de refracción, sino porque es capaz de recrearnos en sus personajes y situaciones. 
	¿Quién vendrá a mi entierro? es pues una novela recomendable sin lugar dudas. 
  
Fotografía: Jeremy Bishop en Pexels.com

Sobre Alejandro Aldana Sellschopp

Investigador, promotor cultural, editor, ensayista y narrador.

Ha sido becario de: FOESCA (Emisiones 1999-2000 y 2000-2001), PACMYC, fue becario del FONCA (2003-2004) en el programa de Jóvenes Creadores en la modalidad de novela. Está incluido en la antología del FONCA – Jóvenes Creadores generación 2003-2004.

Ha publicado: Tiempo a Contrapunto (UNAM- Espacio Cultural Jaime Sabines),  Nudo de Serpientes (Novela). Su cuento Diario de un lobo está incluido en la antología Inventa la memoria (Alfaguara). La novela en Chiapas, antología (Consejo Estatal para las Culturas y las Artes de Chiapas en el 2018).