Revista

Voces ensortijadas. 10. Puros cuentos los de José. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas 10

Puros cuentos los de José

María Gabriela López Suárez

El calor se dejaba sentir desde la mañana, la primavera había llegado desde hace algunos días, el sol alumbraba con intensidad y el trinar de los pájaros era más alegre. 

Mónica tenía destinado el fin de semana para leer por placer, lo necesitaba, eso alimentaría su espíritu, ansioso de conocer otras historias. Tenía varios días que en casa solo estaban pendientes por lo que publicaban los medios  de comunicación sobre la pandemia del Covid-19, Coronavirus.

El viento comenzó a soplar sin que por eso disminuyera el calor, Mónica fue al estante de los libros, comenzó a buscar por títulos. Halló varios. Eligió uno de narrativa, de un autor paisano, chiapaneco, el maestro José Francisco Nigenda Pérez. El título de la obra Puros cuentos los de José, había sido editado por la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. 

Se sintió atrapada por el texto desde el inicio al leer el mensaje del autor, “Representa la oportunidad de expresar evocación y sentimiento, una manera íntima de externar lo profundamente guardado en el corazón. Y es así porque cada suceso es real. Porque cada acontecimiento forma parte de mi vida personal. Porque cada línea me sigue produciendo felicidad o dolor. El título no es más que una manera de decir que los textos son cotidianos de una persona común y corriente, de vivencia  nada extraordinaria, de personajes como tú o yo, como cualquier persona que ha vivido a plenitud la vida, sin que esto signifique ausencia de dolor y de extravíos en las emociones del alma”.

Mónica buscó su rincón favorito para leer, se acomodó e inició la lectura de los cuentos. A medida que avanzaba fue sintiéndose identificada con algunos escenarios y personajes, recordó algunos sitios que había visitado desde niña, la calidez de la gente de la zona costa de Chiapas, su manera tan peculiar de hablar, las expresiones coloquiales. Vino a la mente una de sus tías que había vivido en Arriaga, la alegría que siempre tenía ella y sus amigas, acompañadas del sentido del humor tan característico de la gente de esa región chiapaneca.

Cada cuento estaba impregnado del sentir de experiencias personales del autor, encontró también historias que le hicieron varios nudos en la garganta; algunas más  exponían datos históricos, esos que hallan su riqueza cuando son compartidos a través de la literatura. La descripción y narrativa en cada cuento daba un toque peculiar a la obra,  invitaba a quien leía a situarse en las historias y espacios donde se vivían. 

Se sintió muy afortunada de saber leer y escribir, la lectura era una manera de adentrarse en conocer y reconocer historias, mundos, personajes, sentimientos, sueños, nostalgias, alegrías, tristezas. Indudablemente Puros cuentos los de José, había dejado en Mónica un grato sabor de boca.  La tarde se asomaba y el viento ahora se percibía con frescura, qué mejor regalo de fin de semana.

Fotografía: UNICACH.

Universo breve. 10. Amnesia. Damaris Disner

Amnesia

Por Damaris Disner

Un grito seco se filtró por el vecindario. Gumaro corría por las calles, desnudo, con un dogal alrededor del cuello cuando todos se asomaron a ver. Juraba que no podría vivir sin él: ese día se mataría. Se le olvidó que el otro lado de la soga se cuelga en alguna viga.

Fotografía: Elina Krima.

Parábolas del uroboro. 4. Juan José Arreola, contexto literario. Ilse Ibarra Baumann

Juan José Arreola, contexto literario

Por Ilse Ibarra Bauman

A Juan José Arreola se le considera uno de los escritores en lengua española con una vasta cultura. A temprana edad empezó a apiñar sus conocimientos, profundamente autodidácticos, sino sociales entre personas símiles en sabiduría. 

Uno de los primeros amigos y compañeros de la escuela desde que tenía cuatro años fue José Luis Martínez: ensayista, historiador, diplomático, académico. Director del Fondo de Cultura Económica 1977-1982. Su biblioteca era la más grande del país sobre temas mexicanos.

El suceso de conocer a Jorge Luis Borges ocurrió en 1942 y 1943 en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Ahí se encontraban Arturo Rivas Sáinz  y Antonio Alatorre , también estuvo Juan Rulfo  quien en ese momento no escribía. Estos hombres representaron una parte de su crecimiento literario, entre ellos intercambiaron libros que sirvieron para mejorar su obra.

“Hizo el bien mientras vivió” (está en su libro Varia invención de 1949) fue publicado por la revista Eos fundada por Antonio Rivas Sáinz. 

Antes me había permitido unos sentimentalismos en el periódico de mi pueblo. (“El vigía”). Pero para publicar un texto en Guadalajara o en México, lo pensé mucho, y necesité el aval de gente seria como Arturo Rivas Sáinz y Octavio G. Barreda . No di un paso en falso… será la época más productiva en el terreno de la lectura. (Campos, 1986, p.132)  

La idea de la revista era que cada ejemplar llevara un texto monográfico. Antonio había leído el cuento y así lo cita Arreola: “se atrevió a fundar una revista sólo para publicar mi cuento. Al tercero o cuarto números ya no había un texto clave suficientemente extenso que hiciera monografía y la revista se acabó.” (Campos, 1986, p.130) 

Al poco tiempo fundan, Juan José Arreola y Antonio Alatorre la revista Pan, el objetivo de su revista fue darse a conocer y que personas como Octavio G. Barreda, Alí Chumacero  o Alfonso Reyes  los tomaran en cuenta. Tenían una tirada de cien ejemplares, decidieron no poner anuncios, además no cobraban por ella. No había nada para solventarla. 

Les sucedió lo mismo que a la revista Eos. En ésta revista se publicó el primer cuento de Juan Rulfo y el segundo y tercero de Arreola. “Un Pacto con el diablo” se editó gracias al apoyo de Octavio G. Barreda en la revista Letras de México. Todos estos sucesos ocurren antes de que Arreola parta hacia París.

A su regreso de Francia, con un acervo más experimentado, ya no sirvió en empleos de mostrador; ingresó, gracias a Antonio Alatorre, al Fondo de Cultura Económica. (Carballo, 1994, p. 431)

Tomando como base el Diccionario de literatura mexicana siglo XX de Armando Pereira señala que a finales de los años cuarenta surge un grupo al que llamaban “Los presentes”, entre ellos estaba Juan José Arreola (contaba con veintiséis años), Ernesto Mejía Sánchez , Henrique González Casanova  y Jorge Hernández Campos . 

Estos jóvenes se dedicaron a difundir la literatura del momento que florecía en el país. Crearon una colección que se fundamentó en dos propuestas: buena calidad y bajo costo. Ernesto Mejía Sánchez publicó, El retomo, poesía; Francisco Tario, Yo de amores qué sabía, cuentos, y Breve diario de un amor perdido, novela corta; Carlos Pellicer, Sonetos; Juan José Arreola, Cuentos; Rubén Bonifaz Nuño, Poética; Juan Soriano, Homenaje a Sor Juana, cuatro grabados; Jaime García Terrés , El hermano menor, poesía; Augusto Monterroso , Cuentos; Andrés Henestrosa , El retrato de mi madre, relato. Fue una empresa de amigos que se dedicó a publicaba sus obras.

 Como fue de esperar, las ediciones se suspendieron por falta de ingresos. Arreola decidió continuar personalmente con la colección y en los seis meses siguientes publicó veinticinco obras, la primera de ellas fue una novela corta Likus Kikus de Elena Poniatowska entre otras nacientes estaba la de Carlos Fuentes con Los días enmascarados y Ricardo Garibay. 

Juan José quería dar a conocer las obras de los nuevos escritores. Compró una impresora y él mismo se dispuso a imprimir. Le llegaron muchos manuscritos (siempre ha habido muchos más escritores que editores) entre ellos uno de Julio Cortázar y otro de Gabriel García Márquez. La colección llegó a cincuenta títulos, pero, finalmente en 1956 se suspende por asuntos económicos (Pereira, 2004, p.p. 86 y 87). 

Ese mismo año lo conoce José Agustín, primero lo vio actuar en el Teatro del Caballito representando el papel de Rapaccini en la obra de Octavio Paz dirigida por Héctor Mendoza como parte del programa de “Poesía en voz alta”. 

Es gracias a Carlos Monsiváis que estimulado por él “va a publicar una nueva serie para jóvenes”, llevó algunos de sus cuentos para ver si eran aptos. 

La vida lo puso de amigo del estridentismo entre ellos estuvo Arqueles Vela Salvatierra y de Germán List Arsubide. Este movimiento post revolucionario que había nacido en 1920, absorbió ese choque de manifestaciones: por un lado estaba el pesimismo de un grupo amplio en perpetuo abandono que exponía la escasa clase cultural de México y por otro estaba el auge mundial con nuevas vanguardias (el futurismo, el cubismo y el dadaísmo). Parte de este movimiento multifacético responde a la obra de Juan José Arreola.

En la Casa del lago, estando como director en 1959. Congregó a artistas y escritores que innovaban el panorama cultural del país. Inauguró torneos de ajedrez, lectura en voz alta con poetas como León Felipe  y Carlos Pellicer; el ballet, con Amalia Hernández ; el teatro con actores como Elda Peralta, Martha Verduzco, Enrique Lizalde (hermano del escritor Eduardo Lizaled), Luis Antonio Camargo y Gastón Melo, entre otros. 

Para el año 1958-1959 continuó con el proyecto de “Los presentes” pero en la nueva colección “Cuadernos del unicornio”, en esta compilación se les publicó a: Eduardo Lizalde, Sergio Pitol , José Emilio Pacheco, José Alvarado, Beatriz Espejo, Gastón Melo, Raymundo Ramos y Fernando del Paso  entre otros. (Pereira, 2004, p. 87) Con el apoyo del impresor Manuel Casas se hizo posible la publicación de los «Cuadernos del Unicornio». 

Otras de las colecciones que se le atribuyeron son: la colección de Breviarios del Fondo de Cultura Económica y la serie Nuestros Clásicos de la Universidad Nacional Autónoma de México.  

Recibió una beca de la Fundación Rockefeller, ahí tuvo acercamiento con Margaret Shedd quien fue una de las promotoras del Centro Mexicano de Escritores. De principio no daban ayuda económica, únicamente otorgaban talleres donde los escritores participaban y escuchaban críticas de especialistas sobre su trabajo. Así inicia con sus primeros talleres de literatura. Continuó con la idea de los talleres y en 1958 fundó en su casa de Río Elba 32 otro taller de literatura. 

Volvió a su trabajo en el Centro Mexicano de Escritores después de un periodo de convalecencia por su operación. Trabajó con Juan Rulfo y Francisco Monterde, en ese periodo tuvieron como becarios a escritores como Fernando del Paso, Salvador Elizondo  y Jaime Sabines.

Surgió el taller de Mester en 1964. Posteriormente algunos de los talleristas continuaron yendo a su casa como: Elsa Cross, José Agustín, Jorge Arturo Ojeda, Andrés González, Cesar Horacio Juván, Federico Campbell entre otros. Esta pasión por enseñar la recuerda José Agustín en la revista Tierra Adentro:

“Arreola no cobraba un centavo por impartirnos su sabiduría. Dudo también de que hubiéramos podido pagárselo. Creo que su único sostén, aparte de los escasos derechos por sus libros, era la beca de 500 pesos que Alfonso Reyes había logrado que El Colegio de México diera a unos cuantos escritores. Llegó Daniel Cosío Villegas  y suprimió las becas. Arreola se quedó sin nungún medio para mantener a su esposa, a sus dos hijas, Claudia y Fuensanta, y a su hijo Orso y pagar el departamento de Elba y Lerma”

Después de leer  la afluencia de escritores que acudieron a sus talleres y que con el tiempo se convirtieron en personajes triunfadores y, además, en las bases de la literatura mexicana; no cabe más que decir que la lógica, la transformación y la renovación de Juan José Arreola hacen el maestro ideal para explicar el sentido de la literatura. 

Juan José Arreola y Carlos Fuentes fueron dos escritores que impulsaron la literatura hacia la modernidad. Dejaron los temas del mexicano y su vida en torno a la post revolución y se preocuparon por crear obras que se internaran en el ámbito internacional ensanchando la narrativa mexicana hacia una cultura más desarrollada. Con la diferencia que el gran sentido del humor de la obra de Arreola no se encuentra en la de Carlos Fuentes. 

            Juan José Arreola amó la sonoridad desde su más tremprana edad. Eran estos nombres diferentes a su lenguaje cotidiano los que inspiraron la primera etapa de su obra. Cada palabra, sola: está vacía, sin alma; tiene la cualidad de representar una idea. Es la suma y aleación de ellas la que forma una frase completa, llena, imborrable. Pareciera que el lenguaje es intangible, sin embargo, Arreola, lo transforma en “una materia plástica ante todo” (Carballo, 1994, p. 431). Al darles cuerpo a las palabras, para volverlas limitadas e indivisibles, lo toman por formalista.

            La maravilla de un buen escritor es el arte de acomodar palabras. Hacerlas que revienten y salpiquen emociones en el momento en que se juntan. “el acto de escribir conciste en violentar las palabras, ponerlas en predicamento para que expresen más de lo que expresan” (Carballo, 1994, p. 431)  

El universo creado por Dios, las cosas hechas por el hombre, todo tiene un sentido de formación y de ser, lleva un orden. Generan meditación, beneficio, placer. Esta necesidad del hombre por comunicarse a travás de los sentidos lo vuelve un imitador de la obra de Dios. Por eso, para Juan José Arreola, no existe una belleza absoluta hecha por el hombre (literatura, pintura, escultura…); su invención es, sólo, una aproximación a la belleza de Dios y su creación. 

(Continúa en la siguiente entrega…)

Foto: Breakingpic

Polvo del camino. 10. Anagrama. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 10

Anagrama

Héctor Cortés Mandujano

Si el amor es pasajero, yo soy autobús

 “El amor es pasajero”,

canción de Jaime López

Veo un calendario y pienso en ti. 

No estás de manera obvia en el anagrama de todos los días, pero tuerzo significados para hallarte.

            Estás claramente en el “Une” (“El amor une cuerpos”, escribió el poeta) del Lunes, y en el “Arte” (tus ojos, tu amor) del Martes.

            Las “Mieles” (tus besos) se hallan en el Miércoles.

            “Ese” encuentro en el Jueves y ese es tu cuerpo: el tuyo-mío, el mío-tuyo, el que hacemos juntos, el “animal de dos espaldas”.

            Tu “Ser” está en el Viernes.

            El Sábado tiene, con falta ortográfica, el “Ado” que nos ha unido, y sin la hache está el “Domingo” con el “Imno”, las fanfarrias del triunfo por el tesoro hallado, la melodía épica, triunfal, que llega a mi corazón cuando te veo.

Fotografía: Alejandro Nudding.

Universo breve. 9. Escarabajo posmoderno. Damaris Disner

Escarabajo posmoderno

Por Dámaris Disner

Nadie tocó la puerta de su habitación. Tampoco hubo necesidad de pegarse al techo. Le bastaba revisar las notificaciones de su Facebook para dejar de sentirse insecto.

Fotografía: j.mr_photography.

Voces ensortijadas. 9. Té de limón. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas

Té de limón

María Gabriela López Suárez

La vista de Roberta estaba posada sobre las llamas de las quince veladoras blancas que hacían una especie de semicírculo, depositadas frente al féretro de su vecino. Alrededor había flores de distintos colores.

Se sentía perpleja, estaba consciente que la muerte era una etapa de la vida en toda persona. Sin embargo, esos instantes repentinos del fallecimiento de alguien cercano siempre le hacían recordar lo efímero de la vida terrenal y le traían de vuelta el ejercicio obligado de vivir al máximo cada instante.  Ejercicio que ella solía olvidar al entrar en el ajetreo cotidiano.

Esta ocasión no pensó en el dolor que siempre le asomaba ante la sola idea de imaginar a sus seres queridos en ese estado, esta vez pensó en cómo sería su funeral. En eso estaba cuando le ofrecieron té o café, aceptó el té, era de sus favoritos, de limón.

Mientras su vista permanecía frente a las veladoras, dio un sorbo al té y el sabor la hizo regresar a distintos momentos en su vida. El primero fue el de la infancia, en su casa el té de limón era conocido como té de zacate. Así le llamaba su familia. A ella le gustaba tomarlo con dulce, desde esa época le pareció un sabor tan agradable, suave, aromático, relajante.

Los momentos con sus abuelitos estaban también impregnados del sabor y olor del té de zacate, esos instantes tan cálidos con la familia, sentados alrededor  del fogón de la cocina eran acompañados de esta bebida con pan o tortillas hechas a mano.

La infusión era parte de los recuerdos que tenía de las salidas con sus amistades, cuando iban a acampar. No faltaban los termos con café y té de limón para la noche o por la mañana.

El sabor del té de zacate con canela lo había conocido gracias a su suegra, cuando le ofreció por vez primera esa mezcla de sabores que gustó a Roberta, endulzada ligeramente con miel de abeja.

Di otro sorbo a su bebida, no cabía duda que los sentidos del olfato y el gusto eran evocadores de memorias. El olor del té de limón la hizo regresar al presente, en ese instante comenzaría la oración en el funeral. Dejó su vaso en el piso y se dispuso a escuchar con atención, sin perder de vista los destellos de luz de las veladoras.

Fotografía: Sankalpa Joshi.

Polvo del camino. 9. El marqués y yo. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 8

El marqués y yo

(Minificción)

Héctor Cortés Mandujano

Tal vez en algún siglo de los que siguen las desigualdades sociales ya no sean tan brutales como en éste en que vivo, en estos años, en estos días.

            El marqués nada sabía de mi existencia. Creo que si me ha visto antes me vio como ve la campiña de su propiedad, a un animal de los suyos, a una mujer a su servicio. Soy el palafrenero, el cuidador de caballos.

            Su esposa es tan pálida, tan frágil, que nunca pensé que quisiera montar el caballo imponente que su marido compró para ella. Me ordenó una de sus doncellas que cuidara del ejemplar, lo montara y aprendiera sus mañas para que la señora no corriera peligro.

            Puse una de las monturas con manzana de plata y con los jaeces más exquisitos “vestí” al equino. La mujer vino, enfundada en veste de amazona, y se subió sin hesitación alguna. Yo la acompañé en otro caballo, a prudente distancia.

Luego de un tiempo, ella se sentaba en mi miembro y parecía correr, volar, en mi humanidad ardiente como cabalgadura. No me hablaba ni antes ni después de desnudarme y subirse en mi verga erecta. Alguien nos vio, supongo.

            Recibí la noticia de que estaba despedido sin mayor sorpresa. Me extrañó, sí, que cuando a punto de salir de la propiedad sin más equipaje que mi cuerpo, ella llegara con un caballo y me entregara sus riendas.

            Es tuyo –dijo–, por tus buenos servicios.

            Se fue.

            No sé si el marqués estuvo pendiente de lo que haría su mujer, pero apareció unos minutos después y bajó de su cabalgadura. No entendí por qué vino a solas y por qué supuso que yo me dejaría azotar. Cuando levantó la mano con la fusta, yo le clavé el puñal que es para mí casi una mano más. Moví con fuerza el arma para que no hubiera posibilidad de que sobreviviera. 

Limpié el puñal en sus ropas finas, monté en mi caballo y me fui, sin volver la vista…

Fotografía: Mark Elliot.

Parábolas del uroboro. 3. Juan José Arreola, Algunos datos biográficos. Ilse Ibarra Baumann

Juan José Arreola, Algunos datos biográficos

Por Ilse Ibarra Bauman

La vida de Juan José Arreola, su nacimiento, su niñez, su juventud y su edad adulta invita a conocer un poco más sobre su entorno: su familia, sus amigos, sus experiencias, fracasos, logros, gustos, deseos personales para poder desentrañar, partiendo de fuera, parte de su identidad. Y así lograr un enfoque más puntual en su narrativa. Hablar de sus sentimientos a través de sus entrevistas, en su narrativa, es muy riesgozo; ya que él es el maestro de la ironía y, por lo tanto, se puede especular y caer en lo contrario: espejismo de una demostración verosímil. 

El 21 de septiembre de 1918 nace el cuarto hijo de Felipe Arreola y Victoria Zúñiga: Juan José Arreola. La Revolución Mexicana estaba llegando a su fin. Zapotlán el Grande hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, fue la cuna que lo vio nacer. Un pueblo católico ubicado en las faldas del Nevado de Colima. 

El lector se acerca a su biografía al leer De memoria y olvido ( ), tomarla al pie de la letra es dejar que el autor dé el recorrido de lo que fue el inicio de su historia a la que ficcionaliza; aunque se corre el riesgo de caer en una ironía. 

A diferencia de Juan Rulfo, él pinta a su pueblo en tonos tenues, se antoja tanto por el olor y el color, como por el sonido de su gente. Es una sinestesia musical donde converge la raíz indígena y las usanzas contemporáneas: “Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño. Desde mayo a diciembre, se ve la estatura pareja y creciente de las milpas.” (Arreola, 2012, p. 47). 

El primer cronistas que hubo en Zapotlán, poco tiempo después de la llegada de los españoles, se refiere a esa zona como “Una tierra de buen temperamento”. Juan José cuenta que uno de los conquistadores fue Alvar Núñez Cabeza de Vaca quien escribió el libro Naufragios. No hubo dificultades con los indígenas de ese territorio, eran pacíficos, no tenían minerales y debían trabajar en la siembra. (Entrevista Juan José Arreola en la Universidad de Granada, España, 1993)

Don Felipe Arreola tuvo la sabia prudencia de no obligar a sus hijos a leer, sino que les leía fragmentos de lo que le gustaba como párrafos del Quijote, las décimas de Gaspar Núñez de Arce, los versos de Manuel Gutiérrez Nájera, de Gustavo Adolfo Bécquer entre otros. 

Estas formas verbales (a lo que muchos años después llamó Jorge Luis Borges “objetos verbales”) hicieron que Juan José amara el ritmo del verso o de la prosa antes que la letra. Los nombres extravagantes en lengua castellana, tan sonoros llamaron su atención  desde temprana edad. Las palabras que eran incomprensibles a la vez se volvían exequibles en su sonoridad. Como dijo, las letras me entraron por los oídos.

Algunos de sus personajes dan la pauta para entender el gusto que tuvo en adoptarse a nombres poco comunes en su lengua: Arpad Niklaus (de En verdad os digo), Heinz Wölpe (de Eva), Nabónides entre otros. Como bien lo dijo en la entrevista de la Universidad de Granada: la literatura empezó por la sonoridad verbal. Entre estas oraciones cotidianas como un “buenos días”, “¿qué tal amaneció?”; aparecía este otro lenguaje acompasado en lengua castellana. 

El aporte de la madre también tuvo otro sabor a su ya acentuado y creciente conocimiento, con canciones vernáculas como: “Soy un pobre venadito que habita en la serranía” o  “Ya la Marcela, ya entristecida porque el galán que ella quiere traidor le ha sido”, este otro lenguaje le arrullaba y lo ponía feliz. 

En su casa tuvieron la sabia virtud de comunicarse, como lo cuenta en la entrevista de la Universidad de Granada. Antes de saber leer, a los cuatro años, ya recitaba el poema “El Cristo de Temaca” del padre Plasencia (cura errante que su poesía era brusca con un dejo a Cesar Vallejo). 

El gusto por las letras se le hacía melodioso, entre más intrincado estaba el nombre, más encanto le tenía a la sonoridad. En sus primeros años no conocía la significación de la palabra, pero sí su armonía y la conjunción de unas entre otras. Su arte, sin saberlo, venía formándose entre una mixtura de voces. 

Aprendí el poema como un loro, oyéndoselo a los muchachos de quinto año, quienes, a su vez, se empeñaban en memorizarlo. Sentado en el mesabanco de la escuela (no estaba ni siquiera inscrito, me llevaban mis hermanos mayores) escuché aquellas palabras armoniosas, aquel lenguaje distinto al que oía en las calles. (…) adquirí la manía de memorizar los pasajes que me entusiasman. Me acuerdo que curiosamente yo no aprendí a leer: las letras me entraron por los oídos. (…) me encantaban los nombres extraños (…) nombres extranjeros, nombres que amé por su sonoridad. (Carballo, 1994, p. 430)

A los cuatro años conoció a José Luis Martínez . Era el mejor escritor en prosa de toda la escuela. A muy corta edad, a los cinco o seis años, Juanito (como cita Arreola que lo llamaban de pequeño), asistía a las funciones de cine, junto con su hermano Rafael, que daban en casas de familias dueñas de películas francesas o por el cinema Tour (ellos le decían el Cine Matour). 

La pasión que tuvo por la pantalla grande lo hizo faltar a clases (tiempo después al trabajo). Como lo menciona Ignacio Ortiz Monasterio en “Juan José Arreola: vida, lenguaje y espectáculo.” en la revista Tierra Adentro, agosto-septiembre de 1998. 

Estudió en el colegio San Francisco que era de monjas francesas. La madre Bertha le dejó un aura poética aunque no de santidad. Una de las hermanas de Juan José lleva su nombre. 

La forma tradicional de la educación fue un tormento. Sintió que el método firme divide y separa el placer del conocimiento; lo vuelve impersonal. Ese tipo de enseñanza nunca va al ritmo y al deseo de cada individuo. En Memoria y olvido (conversación con Fernando del Paso) Juan José revela su repugnancia a la escuela:

Me negué a regresar a la escuela. Y no hubo manera de llevarme. Me pegaban y me pegaban una y otra vez y yo nada, me rebelaba y pateaba y era inútil que volvieran a pegarme… Mi padre me agarró un día y me llevó arrastrando a la escuela, sí, materialmente arrastrando delante de toda la gente. Entre el maestro y mi padre me metieron a la fuerza a la escuela y cerraron las puertas con aldabas de cruz. (1994, p.33)  

Para los ocho y diez años ya manejaba a la perfección la idea del “objeto verbal”. El primer libro que le lleva su padre fue “Cantos de vida y esperanza” de Rubén Darío. De niño se mecía en esa música de palabras. Se aprende de memoria:

Yo soy aquel que ayer no más decía

el verso azul y la canción profana,

en cuya noche un ruiseñor había

que era alondra de luz por la mañana.

Al repetir estos versos sólo por el placer de la sonoridad, pues carecían de significado, crea un símil en la entrevista que da en la Universidad de Granada con una anécdota de un general de la Revolución Mexicana cuando le citan una estrofa del “Responso a Verlaine” de Rubén Darío cuando dice: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto” y el general dijo, “de esto sólo entiendo el que”. Su hermana Elena y él aprendían los textos pero no el sentido. 

Gracias a ella y a su padre, que amaban la lectura y la leían en voz alta, se hace buen lector. Igualmente influyó en su formación literaria el profesor José Ernesto Aceves. También leyó “Corazón diario de un niño” de Edmundo de Amicis. 

Eran varios hermanos, primos y tíos que juntaban entre todos una colección numerosa. En cada ciclo escolar adquirían una media docena de libros de lectura que abarcaban distintos grados, aproximadamente unos cien autores. Entre ellos estaba: José Gorostiza, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet. Para esa edad ya había leído un número considerable de escritores.

Tuvo dos tíos curas liberales. Su tío José María que dejó la iglesia para ser científico y Librado, de Tamazula, que siguió de sacerdote bajo los cánones de los agustinos sin espantarse del “Cantar de los Cantares” pero con un gran amor a la poesía. 

A esa misma edad (diez años) uno de sus tíos lleva a su casa La Divina Comedia de Dante Alighieri, todos la leyeron pero no pasaron del infierno. Él aprendió a citarlo en italiano. Después, a sus doce años, el tío Librado le pone a leer la biblia. Cuando se entera su tía, la hermana del sacerdote, le dice ¡pero qué monstruosidad es esta! A lo que el tío le responde Si Juanito va a vivir, de una vez que empiece. En alguno de sus sermones decía aquí está mi sobrino Juanito y sabe recitar muy bien. Lo subió al púlpito y recitó “Los motivos del lobo” de Rubén Darío. Otra vez recitó (lo mismo en el púlpito que en el presbiterio) “La suave patria” de Ramón López Velarde.  

A la edad de once o doce años influenciado por su tía, a la que la edad la había imposibilitado como oradora, la reemplazó como declamador oficial de Zapotlán. Y así empezó su carrera de recitador, no sólo en el templo, también en las fiestas cívicas y escolares. La vena familiar: el padre, los tíos, la tía, la hermana, el hermano y más, fueron sus precedentes para forjarlo.

            Comenzó un nuevo conflicto político-religioso: la Guerra Cristera que dejó marcados a los pueblos de México. El llamado de los pueblos católicos era “¡Viva Cristo Rey!”. Hubo una guerra civil donde se vivían fusilamientos, asaltos, ahorcados y más atrocidades. Para generar sumisión el gobierno se secundó en sucesos trágicos: exhibían la cabeza de algún hombre para que tuvieran miedo de su porvenir. Las exigencias que aplicó la constitución de 1917 para con el clero fueron drásticas y afectaron a una gran parte de la sociedad mexicana, entre ellos estaba Juan José.  

Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. No pude seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la revolución Cristera. Cerradas las iglesias y los colegios religiosos, yo, sobrino de señores curas y de monjas escondidas, no debía ingresar a las aulas oficiales so pena de herejía. (Arreola, 2012, p. 48)

En estos años tiene uno de los recuerdos inaugurales de su primer acercamiento con la poesía. Al no ir a la escuela, don Felipe Arreola que, como señala el escritor en De memoria y olvido “Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela de gobierno, me puso sencillamente a trabajar” (Arreola, 2012, p. 48). Los mandó a trabajar en el campo a todos los hijos. Un día su madre los puso a barrer, a Juan José y a uno de sus hermanos. Este oficio le molestó, pues debía recaer la escoba en manos de mujer, sin embargo lo hizo. El aburrimiento de este trabajo mecánico le arrancó el primer verso:

Mirad al buen sultán

contemplando las currucas

compungido y derrotado

por el ejército alemán.

Su hermano lo escuchó y le dijo: “esos son versos, tú eres un poeta, Juan”. No tuvo límites para seguir absorbiendo y mejorando sus conocimientos de forma autodidacta. A los doce años leyó a Baudelaire, Henrik Ibsen, Walt Whitman, Marcel Schwob, Silvio Pellico, Alessandro Manzoni, Giuseppe Giusti, Anatole France, Jean Lorrain, Catulle Mendes, Paul Fort, Gabriela Mistral entre otros.

Como se ha señalado anteriormente, desde los trece años comenzó a buscarse una ocupación y con esto le sobrevino un ingreso “Desde 1930 hasta la fecha he desempeñado más de veinte oficios y empleos diferentes… He sido vendedor ambulante y periodista: mozo de cuerda y cobrador de banco. Impresor, comediante y panadero. Lo que ustedes quieran.” (Arreola, 2012, p. 49). 

A sus quince años, actuó en varias obras teatrales, fiestas civiles y religiosas de su pueblo. El espectáculo taurino también influyó en su vida personal, fueron costumbres que quedaron ligadas a su obra. 

En 1934 partió a Guadalajara, donde estuvo dos años y aprendió a sacarle provecho a la biblioteca del estado. En esta estadía compra su primer libro adquirido con su sueldo de empleado de mostrador en una tienda de abarrotes; le costó $50 centavos, este libro ya no pertenece a la colección de los escolares que pertenecieron a sus hermanos y primos, es de cuentos de Leónidas Andréiev que inicia en sus lecturas a la par de Giovanni Papini y van marcando sus 17, 18 y 19 años de edad. 

Al regresar a su tierra natal en el treinta y seis, volvió a sentarse detrás de un mostrador en la tienda de ropa el “Puerto de Veracruz” de don José Guizar Torres, no le duró mucho. Ese periodo de tiempo lo llenó de ocupaciones laborales y lo aprovechó para darle un sentido a lo que lo rodeaba, el vivir de las cosas lo hizo que las relacionara a otras para dotarlas de forma y libertad. 

En la entrevista que le hace Emmanuel Carballo cuenta que estando detrás del mostrador dio rienda suelta a sus primeros versos escritos en el papel que servía de envoltorio a los comestibles. “en un cuarto de kilo de piloncillo se fueron mis primeros trabajos literarios” (Carballo, 1994, p. 431). 

En 1937 parte a la Ciudad de México, para pagar el viaje vendió su máquina Olivetti (que tiempo después recuperó) por $13 pesos y una escopeta Remington calibre 24 en $18. De los $31 pesos se gastó $15.5 en el camión. Se hospedó en casa de Rosita (hermana de Roberto Montenegro) que estaba en la avenida Cinco de Mayo, el mes le salía en 12 pesos. Era un cuarto lleno de agujeros que pronto reparó (con periódico y engrudo) gracias a uno de sus anteriores oficios: de encuadernador. Estas escaseces las cuenta Juan José Arreola en “Con Juan José Arreola” en De viva voz (entrevistas con escritores):

Viendo el diario El aviso oportuno hallé un empleo de vendedor ambulante. Me alimentaba mal. Desayunaba cualquier cosa, comía con 10 centavos dos tacos, y en la noche, una cocinera maravillosa que tenía Rosita, me deslizaba un pan y un vaso de leche. (Campos, 1986, pp.130-131) 

Ese mismo año, 1937, se inscribió en la Escuela Nacional de Teatro en el Palacio de Bellas Artes (INBA) con el director Fernando Wagner  (le descubrió a Rilke) quien le decía que le iba a dar un par de cachetadas para que dejara de hablar; sin embargo Arreola se justifica y lo puntualiza en su entrevista “yo hablo para pensar, no pienso para hablar”. 

Ahí conoce, trabaja y representa piezas, también bajo la dirección de Rodolfo Usigli  y Xavier Villaurrutia. Ganaba su sueldo de maestro de teatro pagado por el Sindicato Nacional de Electricistas. Daba clases en el sótano de su casa. También tuvo contacto, aunque no directo, con Octavio Paz, Alí Chumacero, Alberto Quintero Álvarez entre otros.

            De 1931 a 1955 ha representado piezas teatrales de Anton Chéjov, Upton Sinclair, Xavier Villaurrutia, Rodolfo Usigli, Luis G. Basurto y Neftalí Beltrán. Antes que dedicarse al cuento de lleno, escribió teatro en 1940. 

Después de esa experiencia de cuatro años, a principios de los cuarenta regresó a su Zapotlán sintiéndose desamparado de amor y sin fortuna. Se gana la vida como maestro de secundaria. Ahí escribirá su primer cuento: “Sueño de navidad” publicado por el periódico local El vigía. Está inspirado en Leónidas Andréiev . 

Arreola vivió a lo largo de su vida con un sentimiento de culpabilidad. La razón y la educación religiosa estarán siempre presentes para juzgarlo. De esta época recordará el mayor tiempo que le dedicó a la literatura y con mejor resultado. En este periodo aprende a jugar ajedrez y no por su padre (que le gustaba), al que le reprocha su experiencia tardía. Fue gracias al papá de una de sus primeras conquistas. 

Era el padre de una muchacha a la que yo pretendía: iba a su casa diario con el pretexto del ajedrez, y en una ocasión me lo encontré frente al tablero. “¿Tú no juegas ajedrez?”, me dijo. Contesté que no, “pues yo te enseño”. Dicho y hecho, la señora y la muchacha desaparecieron casi de la escena y él y yo nos pusimos a jugar ajedrez. El hombre me ganaba todas las noches, interminablemente; hasta que encontré la forma de defenderme y empezar a ganarle, a tal grado, que nunca volvió a ganarme una sola partida. (“Desde la torre del Rey, la dama escucha. Arreola y el ajedrez.” En la revista Tierra Adentra)

Si le hubieran preguntado “¿qué quieres ser de grande?” hubiera dicho que ajedrecista. Llegó a ser un gran jugador, mas no notable, para llegar a ese nivel debió de aprender de niño. Años después le ganaría a su padre.

            Conoció a Jorge Luis Borges en 1942 y 1943 en Guadalajara, Jalisco, junto a Arturo Rivas Sáinz y Antonio Alatorre, ahí se encontraba Juan Rulfo quien en ese momento no escribía. En ese año, 1943, publica en la revista Eos, de Guadalajara “Hizo el bien mientras vivió” (está en su libro Varia invención de 1949). Al poco tiempo fundan, Juan José Arreola y Antonio Alatorre la revista Pan. Todo esto sucede antes de que Arreola se marche a París. 

Estando en Guadalajara conoce a Luis Jouvet  (actor, director y escenógrafo francés) en 1943. La primera vez que habló en francés lo hace con él. Lo había escrito, pero la necesidad de expresarse lo hace hablar (entrevista Universidad de Granada). Jouvet lo incita a irse con la compañía pero viaja a París hasta 1945, justo cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial. Para partir tuvo que deshacerse de sus libros y poder comprar ropa de invierno. (“Conversación con Antonio Alatorre”, en la revista Tierra Adentro, p. 17). Ahí estudió declamación y actuación; también fue acompañamiento en comedias francesas.    

“De París volví prematuramente: enfermé de una dolencia capital en mi vida, tan importante como el amor. He sido durante más de veinte años un enfermo imaginario. De las características y altibajos de mi enfermedad han dependido el tono de mi vida y el tono de mi obra. Ya en México, no serví en empleos de mostrador: ingresé, gracias a Antonio Alatorre, al Fondo de Cultura Económica” (Carballo, 1994, p. 431)

Estando en el Fondo de Cultura se hizo amigo de Alfonso Reyes, quien lo trataba como a un hijo, incluso lo reprendía como tal y lo ayudaba económicamente. Fue becario del Colegio de México ayudado por Alfonso Reyes. 

En 1952 apareció su primera obra Confabulario editada por el Fondo de Cultura Económica. El quince de diciembre de 1958 entrega los textos en la Universidad Nacional Autónoma de México para la edición de Bestiario

A finales de los cuarenta, Juan José Arreola forma parte del grupo Los presentes. Al quedarse solo frente a la colección, decide continuar y en los seis meses siguientes a su apertura, publicó veinticinco obras. Más tarde cambiará el nombre a Cuadernos del unicornio.

Recibió el Premio del Festival Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes en 1955. En 1956-1959 se integró a la Casa del Lago, fue su director fundador. 

Por parte de la Fundación Rockefeller recibió una beca. Tuvo acercamiento a Margaret Shedd. Ella era una de las promotoras del Centro Mexicano de Escritores. Ahí inicia con sus primeros talleres literarios, más tarde continuará dándolos en su casa de Río Elba 32. 

Viajó a Cuba y a su regreso se reincorporó a la escuela de Teatro del INBA y al Centro Mexicano de Escritores (CME). En 1963 lo operan del píloro y le quitan medio estómago. “Lástima que no hayan operaciones para quitar los males de la cabeza. Estos ningún psiquiatra me los ha podido quitar” (“Memorias de Juan José Arreola. La revista Mester” en Tierra Adentro, agosto-septiembre, 1998, p.21). 

A su regreso al CME trabajó con Juan Rulfo y Francisco Monterde, en ese periodo tuvieron como becarios a escritores como Fernando del Paso, Salvador Elizondo y Jaime Sabines. En 1963 recibió el Premio Xavier Villaurrutia con su obra La feria.

En 1964 imparte talleres para el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana (INJUVE) aunque sólo fueron tres o cuatro clases por el espacio inadecuado, pero de ese taller surgió el de Mester; posteriormente algunos de los talleristas continuaron yendo a su casa. También fueron algunos que iban de la escuela de teatro y del Instituto Politécnico. 

Pronto se integraron más y más interesados en la literatura. Hubo como cincuenta aspirantes a escritores, algunos lo lograron; entre ellos se publicó la revista Mester que salía a la luz cada tres meses. 

Uno de los recuerdos que cuenta Orso Arreola sobre las memorias de su padre en la revista Mester de esa época es: “Algunos de los talleristas, en lugar de llevarme cada semana una botellita de vino, se bebían a escondidas mi vino”. 

Los talleres (en la Universidad Nacional Autónoma de México, en el Instituto Politécnico Nacional, del Departamento del Distrito Federal y de la Secretaría de Relaciones Exteriores) fueron un aliciente a lo largo de su vida. 

Dirigió seminarios de escritores cubanos en la Casa de la Américas. Consideró que el maestro no debe forzar el conocimiento, más bien debe provocar con una dialéctica sutil para agitar las ideas, debe ser un gran conversador. Tenía una capacidad de comprensión y de memoria que dejaba sorprendidos a los que lo escucharan. 

Dio clases en la Facultad de Filosofía y letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, fue maestro en la Universidad de California, en Berkeley. De 1961-1966 estuvo a cargo de la coordinación de ediciones de la Presidencia de la República. 

Ganó numerosos premios, entre ellos están: el “Azteca de Oro” en 1975; el Premio Nacional de Periodismo en 1977; el Premio Nacional de Ciencias y Artes (Lingüística y Literatura) en 1979; el Premio Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1987, por su aportación artística y extensión de la cultura; el Premio Jalisco de Letras en 1989; el Premio Internacional de Literatura Juan Rulfo en 1990; el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en 1992; el Premio Internacional Alfonso Reyes en1995. 

También le entregaron el Doctor honoris causa en 1996, por la Universidad de Colima y por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) en el 2000. Recibió una de las 17 medallas a los sabios de fin del siglo XX por la Universidad del Claustro de Sor Juana, Casa Lamm y por el Centro Universitario de Integración Humanística y de Estudios Universitarios de Londres. 

Actuó y dirigió programas culturales televisivos y de radio como “Vida y voz”, “Aproximaciones” y “Sábados con Saldaña”. Fue jefe de circulación de “El Occidental”. Tradujo del francés temas artísticos como la importante traducción de Francis Thompson.

Hablar de su vida privada es eso, en vista y oídos de pocos. De manera muy escasa se hace referencia de su esposa Sara, como lo menciona José Agustín en la revista Tierra Adentro “era la mujer más misteriosa del mundo y que muy raras veces se aparecía por ahí” (P. 11). Tuvo tres hijos: Fuensanta, Claudia y Orso. Éste último escribe parte de las memorias de su padre para la revista Mester. Ve a la vida como una serie de tropiezos que más que saltarlos los percibe como errores de la ingenuidad “el alma se me ha ido envenenando poco a poco pero sin resentimiento” (Carballo, 1994, p. 443). 

Algunos detalles que nos marcan la vida del escritor y que se mezclan dentro de su línea del tiempo citado por: “Juan José Arreola por José Agustín. Retrato hablado” en la revista Tierra Adentro, dan una muestra clara de lo que en Juan José se llama retentiva:

“Una vez estábamos en Bogotá y dejó estúpido a todo el mundo citando de memoria poemas enteros de autores colombianos del siglo pasado, poemas que ni los mismos colombianos se sabían de memoria. Así me ha tocado verle muchos prodigios memoriosos increíbles” (p. 15) 

Estar enfermo, para Arreola es ese llamado de la enfermedad, un temor a la muerte. No sólo se refleja en el cuerpo sino en el más allá que incita la vida. Como si el quejarse fuera el grito desesperado de decir ¡Estoy vivo! Sus padecimientos (muchos imaginarios) son la exaltación del cuerpo humano, de su achacoso espíritu. Esta llamada de atención se hizo latente en los que estuvieron cerca de él, como lo señala Juan Enrique Espinoza en “Juan José Arreola, el escritor-maestro de las letras mexicanas, conversación con Antonio Alatorre.” en la revista Tierra Adentro:

Cuando yo conocí a Juan José, hace más de cincuenta años, siempre andaba quejándose de mala salud. Ahora sigue igual: se queja de mala salud, pero él sigue platicador y entusiasta y está muy metido en la vida. Por eso la respuesta sería que el Juan José Arreola es el mismo de antes. Naturalmente uno se hace viejo (…). Juan José tiene una cierta pose de quejumbroso, pero en el fondo tiene muy buena salud, yo diría que él tiene una forma de salud muy extraña, pues a sus ochenta años se encuentra muy bien (p. 20)   

Hizo una de sus confesiones en “Juan José Arreola: vida, lenguaje y espectáculo.” en la revista Tierra Adentro: “soy un hombre que busca siempre un confidente y que muchas veces a una persona que acaba de conocer le arroja todo el tonelaje, como un camión de volteo, de lo que lleva adentro y ya no puede tolerar”. Este confidente cambia, puede ser uno o múltiples, también la necesidad de contar traspasó su lengua materna. Dio una conferencia en la Sorbona que estaba programada en cuarenta y cinco minutos y él la hizo en dos horas.  

Arreola murió el 3 de diciembre del 2001 de ochenta y tres años por un paro respiratorio. Vivió tres años de enfermedad siendo víctima de una hidrocefalia. Ese lapso de padecimiento lo salvó en casa de su hija Claudia.   

A temprana edad estuvo rodeado de esa aura celestial que desprende su familia y repica en su obra: siempre Dios, siempre el diablo;  el pecado latente. Más tarde, al salir de su pueblo y recorrer Guadalajara, la capital, París…; al conocer a más gente con nuevas ideas, con mayores aperturas, desarrollará una narrativa donde convergan sus deseos prohibidos y sus dogmas de fe. Tiene la sensibilidad de intuir y mezclar estos incompatibles sentimientos.

Su vida fue un variar de trabajos, de ideas. La falta de interés por un empleo fijo, al que siente monótono, donde el soñar no tienen cabida, hacen que su economía esté en vilo. La salud, pese a vivir tantos años, también se hace notar en el cuerpo y en el alma. Siempre imaginando un amor eterno pese a dominar el sentimiento humano. 

Vivió con ésta incertidumbre del soñador absorto en una vida de fantasía que pudo recrear a través del teatro y de la narrativa.

(Continúa en la siguiente entrega…)

Foto: Breakingpic

Cotidianidades. No pasamos de los diez años. Luis Antonio Rincón García

Cotidianidades…

No pasábamos de los diez años, cuando mi hermano y yo nos retamos para imaginar qué era lo peor que podría haber dentro de una caja. Éramos unos niños del siglo pasado, en esa época hasta los delincuentes actuaban con cierto pudor, y nosotros, viviendo en un entorno pacífico, más que pensar que en objetos capaces de provocar horror, especulábamos con hechizos, maldiciones o plagas desconocidas.

El juego duró varios meses, quizá años, y cuando comencé a crear literatura infantil, recuperé esa anécdota para escribir una historia que se llama “La caja en la estación”, la cuál es parte del libro “Ábrase en noches de tormenta”.

La anécdota principal del cuento es bastante sencilla: una señora llega con una caja extraña a una estación de tren, advirtiendo a quien se le acerque que nunca nadie debe ver el interior. A parte de ella, sólo una persona más ve el contenido. De esa manera se le requiere al lector que participe en la historia, pues debe imaginar qué hay ahí adentro.

El final abierto no les ha gustado a muchos de mis jóvenes lectores, quienes se han acercado a exigirme les aclare qué había ahí, y si bien algunos se despiden elucubrando la probable respuesta, otros se alejan molestos, preguntándose por qué hay seudo escritores que se ponen a escribir cuentos, si luego no van a ser capaces de terminarlos.

Hace poco fui invitado a una escuela primaria donde alumnos y alumnas de quinto grado son consumados lectores. Habían trabajado con mi libro y varios de ellos también sufrieron por el final abierto. La profesora atrapó al aire la inquietud y los retó a construir su propia caja, así como a proponer qué podía ser ese contenido tan temible que nadie debería ver.

Esa mañana tuve el honor de abrir las veintisiete cajas y el privilegio de sorprenderme con cada una de ellas. Hubo quien, por ejemplo, colocó monedas de chocolate, collares, aretes y anillos dorados, los cuales representaban la máxima riqueza universal. Pero entre el tesoro también había una serpiente de oro, cuyo veneno provocaba la ambición sin límites.

Un niño abrió una caja de zapatos para mostrarme los principales males que el ser humano le ha provocado a la humanidad. En las paredes había pegado fotos de las guerras mundiales, de los incendios en Australia, del mar contaminado y también una ilustración apocalíptica de cómo terminaría el planeta si se desatara la tercera guerra.

Otra niña colocó dentro de un huacal un álbum con fotos de niños pequeños. Ella asumía que dentro de la caja en la estación estaban los momentos más dolorosos y tristes vividos por algunos adultos en su infancia, y precisamente por ser tan terribles y hasta vergonzosos, no querían que nadie los viera nunca. 

A su lado, una chica me mostró un frasco precioso con un contenido rosa, brillante. Era el elíxir de la impunidad. 

—Eso no debe tenerlo nadie nunca —me dijo la niña—. Pues quien lo posea, tarde o temprano terminará haciéndole daño a todos bajo la certeza de que no lo alcanzará ningún castigo.

Hubo cajas con pesadillas, con insectos y animales ponzoñosos, otra tenía la intención de iluminar —o quizá deslumbrar— por medio de la insoportable verdad, y también hubo una caja con todos los temores que llega a sentir un niño, nada más que su dueña, incapaz de tolerar sólo lo malo, decidió plantar sobre la tapa un árbol que en cada rama llevaba el antídoto a cada mal. 

Fue una mañana espléndida que me iluminó la semana, pues me dejó la certeza de que, efectivamente, los niños y las niñas están informados de cuanto ocurre a su alrededor, saben hacia dónde debería virar el timón y, sobre todo, ya están construyendo mentalmente el mundo que desean habitar, muy alejado del entorno de violencia en el cual, gracias a los adultos, están creciendo.

Hasta la próxima.

Fotografía: kaboompic.com

Paso de fuego. 4. Cuentos de mar. Luz Helena Horita

Cuentos del mar de Luis Antonio Rincón

por Luz Helena Horita Pérez

Cuentos del mar es el libro de la Editorial Tifón en su Colección Pinolillo, que esta tarde nos convoca, y agradezco a Juventino Sánchez la invitación a compartir mi experiencia de lectura, y a todos ustedes por acompañar el viaje.  

El mar como fondo, música, estridencia que atraviesa un breve libro de 63 páginas en formato de bolsillo, se convierte en escenario y actor para tres cuentos del narrador Luis Antonio Rincón. El efecto KenoEl hijo del mar y Embravecido son textos de diferente aliento, a partir de los cuales el autor nos va acercando a un universo marino si no mareño, dibujando trazos del imaginario que lo circunda, recuperando mitos y presentando personajes relacionados íntimamente con esa inmensidad, tan generosa como implacable, que es el mar.

En El efecto Keno, el autor nos presenta la premisa que atraviesa el libro: el mar como seducción. Aquí es esa obsesión de aprehenderle, de enfrentarle y vencerle, nadando a través de él, es lo que explica la existencia de Keno en un mundo de fantasías. Aquí, Luis Antonio elige un narrador en primera persona que recuerda a este personaje de la infancia, el loco del pueblo, con una voz adulta que evoca desde el hoy; en esta actualización del pasado, Keno se convierte en signo vivo de todos aquellos que alguna vez hemos encontrado vagando en sus propias fantasías, y cuya condición explicamos por el alcohol, drogas o condiciones de salud mental; sin embargo, nos dice Rincón, no es sino el mar lo que habita y arroba a estas personas. La voz de la primera persona es natural, reflexiva y confidente, nos presenta a Keno recuperando apreciaciones del niño, pero explicando desde la experiencia del adulto; es inevitable conectar experiencias que hemos tenido con otros Kenos en otros espacios y momentos de nuestras historias. Y esta cercanía con la voz narrativa se afianza con un giro hacia la segunda persona, en el que nos habla directamente, y en un guiño nos deja la pregunta de si “Luisito” es quien hoy nos convoca a conversar sobre aquel “loco de mar”.

El hijo del mar, es el segundo relato que nos presenta Luis Antonio, también desde la primera persona, nuevamente un adulto en la reconstrucción de sus memorias. Aquí el narrador se rememora a sus ocho años, cuando un niño desconocido llega al pueblo pesquero, casi de su misma edad, con cabellos amarillos (que no rubio, sino la cabellera quemada de sol), piel tostada y ojos azules: Lo único que traía consigo era un short de mezclilla, que le quedaba grande, y un pedazo de nombre: Nun

En dos líneas logra la impresión de abandono en el niño que, con la naturalidad infantil, se integra a una comunidad que lo recibe, para descubrir poco a poco su vínculo especial con el mar. En este cuento la voz narrativa comparte espacio con breves fragmentos de diálogo que permiten escuchar eco del habla de la costa, escenas significativas en que se toca el tema de la pesca, el hambre, el amor, el despecho y la muerte. Quienes tenemos historia vinculada al mar, el texto de Luis Antonio nos regala la oportunidad de evocar también vivencias, reconocer la inocencia Nun ajena a preocupaciones más allá del juego, la comida, el sueño, y el disfrute de la pesca. En el breve cuento la evolución de Nun se plantea desde la relación y cariño que manifiesta el narrador: la distancia desde la cual el adulto recupera sus memorias permite de forma efectiva hacer observaciones sobre los hechos, enfatiza la peculiaridad del joven en que se convierte Nun, los intereses que se construyen alrededor de él y la resolución desde la cual recupera finalmente su libertad. Y es que finalmente es el mar como símbolo de libertad lo que subyace en el libro de Luis Antonio Rincón, cuya atracción de fuerza centrípeta nos llama, a pesar de cualquier advertencia sobre sus riesgos.

Embravecido es el relato en el cual Luis Antonio nos sumerge en su universo, en una aproximación a la vida de la costa chiapaneca. El tercer texto del libro se trata de una quimera que difícilmente dejará ceñirse a cualquier etiqueta que queramos colgarle, ya que el género de cuento sólo lo justifica en función de que narra algo en un espacio breve de “texto” (este en su concepción semiótica como generador de sentido). Rincón completa la presentación de su tesis sobre el mar a través de una narrativa híbrida. Algunos podrán apreciarlo como un ejercicio hipertextual, término que hace referencia a la construcción de textos que pueden ser abordados sin tener un orden preestablecido, y que es el lector quien decide la ruta en la cual accede a lo escrito. Este es el tipo de textos a los cuales accedemos vía nuestros dispositivos, donde existen diferentes ligas que proporcionan información sobre el tema de interés. 

Así la pregunta, ¿Embravecido es un hipertexto? No necesariamente, ya que no existe una pauta estructural que transgreda la lineal, es decir, a diferencia de la novela hipertextual por excelencia, Rayuela de Julio Cortázar, en el cuento de Luis Antonio no hay una invitación expresa para hacer la lectura en un orden distinto al que se presenta el texto, a pesar de presentar información fragmentada en formatos de diversa naturaleza: narración lineal, guion cinematográfico, gráfico (dibujos), diagramación de Prensa, pronunciamiento oficial y diálogos, que de manera independiente logran unidades de sentido, pero que al articularlas en un todo, proporcionan pistas para completar el relato. 

Así, lo que caracteriza al texto es la diversidad de formatos o soportes en los cuales corre la historia; la selección de cada uno de estos formatos no es fortuita, proporcionan información desde diferentes perspectivas y personajes, nos acercan al lenguaje local y temas cotidianos, plásticamente conectan con experiencias cercanas y entrañables, y en conjunto alcanzan la verosimilitud tan buscada por los narradores comprometidos con el trabajo creativo.

Podemos identificar entonces el tercer texto como una narrativa transmedia, vigente en diferentes propuestas metatextuales que incluyen video, plástica, montaje escénico, producción literaria y aplicaciones digitales, cuyo impacto radica en la creación de puntos de contacto entre los universos creados y la realidad en que transitamos. Robert Pratten enfatiza que la naturaleza de este tipo de narrativa no radica en la diversidad de medios en que se presenta la información, sino en la travesía emocional en la cual se involucra el lector a través del acceso al texto. 

Los diferentes soportes en que Rincón construye el relato permiten intensificar la experiencia de lectura, exigiéndonos como lectores una re-construcción de la realidad que nos presenta el autor. Compartimos el discurrir de pensamientos de Perico ante el hambre y la pobreza, lo acompañamos junto a Chema en su travesía, alternativa al negocio de mula tan frecuente en la zona; apreciamos los dibujos hechos por un hijo y leemos sus textos infantiles ante la ausencia paterna, observamos la representación escénica de cómo se vive la tragedia de los perdidos en el mar por todos los que quedan varados en su cotidiano, somos informados oficialmente de los resultados de las búsquedas y rescates, asistimos a la extrañeza de los reporteros ante un reencuentro no esperado y, finalmente, nos quedamos con un relato cuya conclusión parimos.

De esta forma cada uno de los “segmentos” son unidades de sentido, hilos cuya urdimbre no existe sino hasta el momento en que, al leer, tejemos. Experiencia en que nos reconocemos participantes a través del sentido generado, y donde una sensación nos deja suspendidos con el ¿acaso final? del cuento Embravecido.

Cuentos del mar es un libro en formato de bolsillo con 10×13 cm. Texto compacto, sintético, cuya unidad de impresión está innegablemente asociada al mar, a la seducción que ejerce sobre muchos de nosotros, su fuerza e inmensidad, donde las posibilidades del viaje nos las obsequia Luis Antonio Rincón en 63 páginas. 

¡Enhorabuena! Querido Luis Antonio.

14 de marzo de 2020, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.

Fotografía: Juventino Sánchez Vera.