Juan José Arreola, Algunos datos biográficos

Por Ilse Ibarra Bauman

La vida de Juan José Arreola, su nacimiento, su niñez, su juventud y su edad adulta invita a conocer un poco más sobre su entorno: su familia, sus amigos, sus experiencias, fracasos, logros, gustos, deseos personales para poder desentrañar, partiendo de fuera, parte de su identidad. Y así lograr un enfoque más puntual en su narrativa. Hablar de sus sentimientos a través de sus entrevistas, en su narrativa, es muy riesgozo; ya que él es el maestro de la ironía y, por lo tanto, se puede especular y caer en lo contrario: espejismo de una demostración verosímil. 

El 21 de septiembre de 1918 nace el cuarto hijo de Felipe Arreola y Victoria Zúñiga: Juan José Arreola. La Revolución Mexicana estaba llegando a su fin. Zapotlán el Grande hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, fue la cuna que lo vio nacer. Un pueblo católico ubicado en las faldas del Nevado de Colima. 

El lector se acerca a su biografía al leer De memoria y olvido ( ), tomarla al pie de la letra es dejar que el autor dé el recorrido de lo que fue el inicio de su historia a la que ficcionaliza; aunque se corre el riesgo de caer en una ironía. 

A diferencia de Juan Rulfo, él pinta a su pueblo en tonos tenues, se antoja tanto por el olor y el color, como por el sonido de su gente. Es una sinestesia musical donde converge la raíz indígena y las usanzas contemporáneas: “Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño. Desde mayo a diciembre, se ve la estatura pareja y creciente de las milpas.” (Arreola, 2012, p. 47). 

El primer cronistas que hubo en Zapotlán, poco tiempo después de la llegada de los españoles, se refiere a esa zona como “Una tierra de buen temperamento”. Juan José cuenta que uno de los conquistadores fue Alvar Núñez Cabeza de Vaca quien escribió el libro Naufragios. No hubo dificultades con los indígenas de ese territorio, eran pacíficos, no tenían minerales y debían trabajar en la siembra. (Entrevista Juan José Arreola en la Universidad de Granada, España, 1993)

Don Felipe Arreola tuvo la sabia prudencia de no obligar a sus hijos a leer, sino que les leía fragmentos de lo que le gustaba como párrafos del Quijote, las décimas de Gaspar Núñez de Arce, los versos de Manuel Gutiérrez Nájera, de Gustavo Adolfo Bécquer entre otros. 

Estas formas verbales (a lo que muchos años después llamó Jorge Luis Borges “objetos verbales”) hicieron que Juan José amara el ritmo del verso o de la prosa antes que la letra. Los nombres extravagantes en lengua castellana, tan sonoros llamaron su atención  desde temprana edad. Las palabras que eran incomprensibles a la vez se volvían exequibles en su sonoridad. Como dijo, las letras me entraron por los oídos.

Algunos de sus personajes dan la pauta para entender el gusto que tuvo en adoptarse a nombres poco comunes en su lengua: Arpad Niklaus (de En verdad os digo), Heinz Wölpe (de Eva), Nabónides entre otros. Como bien lo dijo en la entrevista de la Universidad de Granada: la literatura empezó por la sonoridad verbal. Entre estas oraciones cotidianas como un “buenos días”, “¿qué tal amaneció?”; aparecía este otro lenguaje acompasado en lengua castellana. 

El aporte de la madre también tuvo otro sabor a su ya acentuado y creciente conocimiento, con canciones vernáculas como: “Soy un pobre venadito que habita en la serranía” o  “Ya la Marcela, ya entristecida porque el galán que ella quiere traidor le ha sido”, este otro lenguaje le arrullaba y lo ponía feliz. 

En su casa tuvieron la sabia virtud de comunicarse, como lo cuenta en la entrevista de la Universidad de Granada. Antes de saber leer, a los cuatro años, ya recitaba el poema “El Cristo de Temaca” del padre Plasencia (cura errante que su poesía era brusca con un dejo a Cesar Vallejo). 

El gusto por las letras se le hacía melodioso, entre más intrincado estaba el nombre, más encanto le tenía a la sonoridad. En sus primeros años no conocía la significación de la palabra, pero sí su armonía y la conjunción de unas entre otras. Su arte, sin saberlo, venía formándose entre una mixtura de voces. 

Aprendí el poema como un loro, oyéndoselo a los muchachos de quinto año, quienes, a su vez, se empeñaban en memorizarlo. Sentado en el mesabanco de la escuela (no estaba ni siquiera inscrito, me llevaban mis hermanos mayores) escuché aquellas palabras armoniosas, aquel lenguaje distinto al que oía en las calles. (…) adquirí la manía de memorizar los pasajes que me entusiasman. Me acuerdo que curiosamente yo no aprendí a leer: las letras me entraron por los oídos. (…) me encantaban los nombres extraños (…) nombres extranjeros, nombres que amé por su sonoridad. (Carballo, 1994, p. 430)

A los cuatro años conoció a José Luis Martínez . Era el mejor escritor en prosa de toda la escuela. A muy corta edad, a los cinco o seis años, Juanito (como cita Arreola que lo llamaban de pequeño), asistía a las funciones de cine, junto con su hermano Rafael, que daban en casas de familias dueñas de películas francesas o por el cinema Tour (ellos le decían el Cine Matour). 

La pasión que tuvo por la pantalla grande lo hizo faltar a clases (tiempo después al trabajo). Como lo menciona Ignacio Ortiz Monasterio en “Juan José Arreola: vida, lenguaje y espectáculo.” en la revista Tierra Adentro, agosto-septiembre de 1998. 

Estudió en el colegio San Francisco que era de monjas francesas. La madre Bertha le dejó un aura poética aunque no de santidad. Una de las hermanas de Juan José lleva su nombre. 

La forma tradicional de la educación fue un tormento. Sintió que el método firme divide y separa el placer del conocimiento; lo vuelve impersonal. Ese tipo de enseñanza nunca va al ritmo y al deseo de cada individuo. En Memoria y olvido (conversación con Fernando del Paso) Juan José revela su repugnancia a la escuela:

Me negué a regresar a la escuela. Y no hubo manera de llevarme. Me pegaban y me pegaban una y otra vez y yo nada, me rebelaba y pateaba y era inútil que volvieran a pegarme… Mi padre me agarró un día y me llevó arrastrando a la escuela, sí, materialmente arrastrando delante de toda la gente. Entre el maestro y mi padre me metieron a la fuerza a la escuela y cerraron las puertas con aldabas de cruz. (1994, p.33)  

Para los ocho y diez años ya manejaba a la perfección la idea del “objeto verbal”. El primer libro que le lleva su padre fue “Cantos de vida y esperanza” de Rubén Darío. De niño se mecía en esa música de palabras. Se aprende de memoria:

Yo soy aquel que ayer no más decía

el verso azul y la canción profana,

en cuya noche un ruiseñor había

que era alondra de luz por la mañana.

Al repetir estos versos sólo por el placer de la sonoridad, pues carecían de significado, crea un símil en la entrevista que da en la Universidad de Granada con una anécdota de un general de la Revolución Mexicana cuando le citan una estrofa del “Responso a Verlaine” de Rubén Darío cuando dice: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto” y el general dijo, “de esto sólo entiendo el que”. Su hermana Elena y él aprendían los textos pero no el sentido. 

Gracias a ella y a su padre, que amaban la lectura y la leían en voz alta, se hace buen lector. Igualmente influyó en su formación literaria el profesor José Ernesto Aceves. También leyó “Corazón diario de un niño” de Edmundo de Amicis. 

Eran varios hermanos, primos y tíos que juntaban entre todos una colección numerosa. En cada ciclo escolar adquirían una media docena de libros de lectura que abarcaban distintos grados, aproximadamente unos cien autores. Entre ellos estaba: José Gorostiza, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet. Para esa edad ya había leído un número considerable de escritores.

Tuvo dos tíos curas liberales. Su tío José María que dejó la iglesia para ser científico y Librado, de Tamazula, que siguió de sacerdote bajo los cánones de los agustinos sin espantarse del “Cantar de los Cantares” pero con un gran amor a la poesía. 

A esa misma edad (diez años) uno de sus tíos lleva a su casa La Divina Comedia de Dante Alighieri, todos la leyeron pero no pasaron del infierno. Él aprendió a citarlo en italiano. Después, a sus doce años, el tío Librado le pone a leer la biblia. Cuando se entera su tía, la hermana del sacerdote, le dice ¡pero qué monstruosidad es esta! A lo que el tío le responde Si Juanito va a vivir, de una vez que empiece. En alguno de sus sermones decía aquí está mi sobrino Juanito y sabe recitar muy bien. Lo subió al púlpito y recitó “Los motivos del lobo” de Rubén Darío. Otra vez recitó (lo mismo en el púlpito que en el presbiterio) “La suave patria” de Ramón López Velarde.  

A la edad de once o doce años influenciado por su tía, a la que la edad la había imposibilitado como oradora, la reemplazó como declamador oficial de Zapotlán. Y así empezó su carrera de recitador, no sólo en el templo, también en las fiestas cívicas y escolares. La vena familiar: el padre, los tíos, la tía, la hermana, el hermano y más, fueron sus precedentes para forjarlo.

            Comenzó un nuevo conflicto político-religioso: la Guerra Cristera que dejó marcados a los pueblos de México. El llamado de los pueblos católicos era “¡Viva Cristo Rey!”. Hubo una guerra civil donde se vivían fusilamientos, asaltos, ahorcados y más atrocidades. Para generar sumisión el gobierno se secundó en sucesos trágicos: exhibían la cabeza de algún hombre para que tuvieran miedo de su porvenir. Las exigencias que aplicó la constitución de 1917 para con el clero fueron drásticas y afectaron a una gran parte de la sociedad mexicana, entre ellos estaba Juan José.  

Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. No pude seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la revolución Cristera. Cerradas las iglesias y los colegios religiosos, yo, sobrino de señores curas y de monjas escondidas, no debía ingresar a las aulas oficiales so pena de herejía. (Arreola, 2012, p. 48)

En estos años tiene uno de los recuerdos inaugurales de su primer acercamiento con la poesía. Al no ir a la escuela, don Felipe Arreola que, como señala el escritor en De memoria y olvido “Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela de gobierno, me puso sencillamente a trabajar” (Arreola, 2012, p. 48). Los mandó a trabajar en el campo a todos los hijos. Un día su madre los puso a barrer, a Juan José y a uno de sus hermanos. Este oficio le molestó, pues debía recaer la escoba en manos de mujer, sin embargo lo hizo. El aburrimiento de este trabajo mecánico le arrancó el primer verso:

Mirad al buen sultán

contemplando las currucas

compungido y derrotado

por el ejército alemán.

Su hermano lo escuchó y le dijo: “esos son versos, tú eres un poeta, Juan”. No tuvo límites para seguir absorbiendo y mejorando sus conocimientos de forma autodidacta. A los doce años leyó a Baudelaire, Henrik Ibsen, Walt Whitman, Marcel Schwob, Silvio Pellico, Alessandro Manzoni, Giuseppe Giusti, Anatole France, Jean Lorrain, Catulle Mendes, Paul Fort, Gabriela Mistral entre otros.

Como se ha señalado anteriormente, desde los trece años comenzó a buscarse una ocupación y con esto le sobrevino un ingreso “Desde 1930 hasta la fecha he desempeñado más de veinte oficios y empleos diferentes… He sido vendedor ambulante y periodista: mozo de cuerda y cobrador de banco. Impresor, comediante y panadero. Lo que ustedes quieran.” (Arreola, 2012, p. 49). 

A sus quince años, actuó en varias obras teatrales, fiestas civiles y religiosas de su pueblo. El espectáculo taurino también influyó en su vida personal, fueron costumbres que quedaron ligadas a su obra. 

En 1934 partió a Guadalajara, donde estuvo dos años y aprendió a sacarle provecho a la biblioteca del estado. En esta estadía compra su primer libro adquirido con su sueldo de empleado de mostrador en una tienda de abarrotes; le costó $50 centavos, este libro ya no pertenece a la colección de los escolares que pertenecieron a sus hermanos y primos, es de cuentos de Leónidas Andréiev que inicia en sus lecturas a la par de Giovanni Papini y van marcando sus 17, 18 y 19 años de edad. 

Al regresar a su tierra natal en el treinta y seis, volvió a sentarse detrás de un mostrador en la tienda de ropa el “Puerto de Veracruz” de don José Guizar Torres, no le duró mucho. Ese periodo de tiempo lo llenó de ocupaciones laborales y lo aprovechó para darle un sentido a lo que lo rodeaba, el vivir de las cosas lo hizo que las relacionara a otras para dotarlas de forma y libertad. 

En la entrevista que le hace Emmanuel Carballo cuenta que estando detrás del mostrador dio rienda suelta a sus primeros versos escritos en el papel que servía de envoltorio a los comestibles. “en un cuarto de kilo de piloncillo se fueron mis primeros trabajos literarios” (Carballo, 1994, p. 431). 

En 1937 parte a la Ciudad de México, para pagar el viaje vendió su máquina Olivetti (que tiempo después recuperó) por $13 pesos y una escopeta Remington calibre 24 en $18. De los $31 pesos se gastó $15.5 en el camión. Se hospedó en casa de Rosita (hermana de Roberto Montenegro) que estaba en la avenida Cinco de Mayo, el mes le salía en 12 pesos. Era un cuarto lleno de agujeros que pronto reparó (con periódico y engrudo) gracias a uno de sus anteriores oficios: de encuadernador. Estas escaseces las cuenta Juan José Arreola en “Con Juan José Arreola” en De viva voz (entrevistas con escritores):

Viendo el diario El aviso oportuno hallé un empleo de vendedor ambulante. Me alimentaba mal. Desayunaba cualquier cosa, comía con 10 centavos dos tacos, y en la noche, una cocinera maravillosa que tenía Rosita, me deslizaba un pan y un vaso de leche. (Campos, 1986, pp.130-131) 

Ese mismo año, 1937, se inscribió en la Escuela Nacional de Teatro en el Palacio de Bellas Artes (INBA) con el director Fernando Wagner  (le descubrió a Rilke) quien le decía que le iba a dar un par de cachetadas para que dejara de hablar; sin embargo Arreola se justifica y lo puntualiza en su entrevista “yo hablo para pensar, no pienso para hablar”. 

Ahí conoce, trabaja y representa piezas, también bajo la dirección de Rodolfo Usigli  y Xavier Villaurrutia. Ganaba su sueldo de maestro de teatro pagado por el Sindicato Nacional de Electricistas. Daba clases en el sótano de su casa. También tuvo contacto, aunque no directo, con Octavio Paz, Alí Chumacero, Alberto Quintero Álvarez entre otros.

            De 1931 a 1955 ha representado piezas teatrales de Anton Chéjov, Upton Sinclair, Xavier Villaurrutia, Rodolfo Usigli, Luis G. Basurto y Neftalí Beltrán. Antes que dedicarse al cuento de lleno, escribió teatro en 1940. 

Después de esa experiencia de cuatro años, a principios de los cuarenta regresó a su Zapotlán sintiéndose desamparado de amor y sin fortuna. Se gana la vida como maestro de secundaria. Ahí escribirá su primer cuento: “Sueño de navidad” publicado por el periódico local El vigía. Está inspirado en Leónidas Andréiev . 

Arreola vivió a lo largo de su vida con un sentimiento de culpabilidad. La razón y la educación religiosa estarán siempre presentes para juzgarlo. De esta época recordará el mayor tiempo que le dedicó a la literatura y con mejor resultado. En este periodo aprende a jugar ajedrez y no por su padre (que le gustaba), al que le reprocha su experiencia tardía. Fue gracias al papá de una de sus primeras conquistas. 

Era el padre de una muchacha a la que yo pretendía: iba a su casa diario con el pretexto del ajedrez, y en una ocasión me lo encontré frente al tablero. “¿Tú no juegas ajedrez?”, me dijo. Contesté que no, “pues yo te enseño”. Dicho y hecho, la señora y la muchacha desaparecieron casi de la escena y él y yo nos pusimos a jugar ajedrez. El hombre me ganaba todas las noches, interminablemente; hasta que encontré la forma de defenderme y empezar a ganarle, a tal grado, que nunca volvió a ganarme una sola partida. (“Desde la torre del Rey, la dama escucha. Arreola y el ajedrez.” En la revista Tierra Adentra)

Si le hubieran preguntado “¿qué quieres ser de grande?” hubiera dicho que ajedrecista. Llegó a ser un gran jugador, mas no notable, para llegar a ese nivel debió de aprender de niño. Años después le ganaría a su padre.

            Conoció a Jorge Luis Borges en 1942 y 1943 en Guadalajara, Jalisco, junto a Arturo Rivas Sáinz y Antonio Alatorre, ahí se encontraba Juan Rulfo quien en ese momento no escribía. En ese año, 1943, publica en la revista Eos, de Guadalajara “Hizo el bien mientras vivió” (está en su libro Varia invención de 1949). Al poco tiempo fundan, Juan José Arreola y Antonio Alatorre la revista Pan. Todo esto sucede antes de que Arreola se marche a París. 

Estando en Guadalajara conoce a Luis Jouvet  (actor, director y escenógrafo francés) en 1943. La primera vez que habló en francés lo hace con él. Lo había escrito, pero la necesidad de expresarse lo hace hablar (entrevista Universidad de Granada). Jouvet lo incita a irse con la compañía pero viaja a París hasta 1945, justo cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial. Para partir tuvo que deshacerse de sus libros y poder comprar ropa de invierno. (“Conversación con Antonio Alatorre”, en la revista Tierra Adentro, p. 17). Ahí estudió declamación y actuación; también fue acompañamiento en comedias francesas.    

“De París volví prematuramente: enfermé de una dolencia capital en mi vida, tan importante como el amor. He sido durante más de veinte años un enfermo imaginario. De las características y altibajos de mi enfermedad han dependido el tono de mi vida y el tono de mi obra. Ya en México, no serví en empleos de mostrador: ingresé, gracias a Antonio Alatorre, al Fondo de Cultura Económica” (Carballo, 1994, p. 431)

Estando en el Fondo de Cultura se hizo amigo de Alfonso Reyes, quien lo trataba como a un hijo, incluso lo reprendía como tal y lo ayudaba económicamente. Fue becario del Colegio de México ayudado por Alfonso Reyes. 

En 1952 apareció su primera obra Confabulario editada por el Fondo de Cultura Económica. El quince de diciembre de 1958 entrega los textos en la Universidad Nacional Autónoma de México para la edición de Bestiario

A finales de los cuarenta, Juan José Arreola forma parte del grupo Los presentes. Al quedarse solo frente a la colección, decide continuar y en los seis meses siguientes a su apertura, publicó veinticinco obras. Más tarde cambiará el nombre a Cuadernos del unicornio.

Recibió el Premio del Festival Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes en 1955. En 1956-1959 se integró a la Casa del Lago, fue su director fundador. 

Por parte de la Fundación Rockefeller recibió una beca. Tuvo acercamiento a Margaret Shedd. Ella era una de las promotoras del Centro Mexicano de Escritores. Ahí inicia con sus primeros talleres literarios, más tarde continuará dándolos en su casa de Río Elba 32. 

Viajó a Cuba y a su regreso se reincorporó a la escuela de Teatro del INBA y al Centro Mexicano de Escritores (CME). En 1963 lo operan del píloro y le quitan medio estómago. “Lástima que no hayan operaciones para quitar los males de la cabeza. Estos ningún psiquiatra me los ha podido quitar” (“Memorias de Juan José Arreola. La revista Mester” en Tierra Adentro, agosto-septiembre, 1998, p.21). 

A su regreso al CME trabajó con Juan Rulfo y Francisco Monterde, en ese periodo tuvieron como becarios a escritores como Fernando del Paso, Salvador Elizondo y Jaime Sabines. En 1963 recibió el Premio Xavier Villaurrutia con su obra La feria.

En 1964 imparte talleres para el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana (INJUVE) aunque sólo fueron tres o cuatro clases por el espacio inadecuado, pero de ese taller surgió el de Mester; posteriormente algunos de los talleristas continuaron yendo a su casa. También fueron algunos que iban de la escuela de teatro y del Instituto Politécnico. 

Pronto se integraron más y más interesados en la literatura. Hubo como cincuenta aspirantes a escritores, algunos lo lograron; entre ellos se publicó la revista Mester que salía a la luz cada tres meses. 

Uno de los recuerdos que cuenta Orso Arreola sobre las memorias de su padre en la revista Mester de esa época es: “Algunos de los talleristas, en lugar de llevarme cada semana una botellita de vino, se bebían a escondidas mi vino”. 

Los talleres (en la Universidad Nacional Autónoma de México, en el Instituto Politécnico Nacional, del Departamento del Distrito Federal y de la Secretaría de Relaciones Exteriores) fueron un aliciente a lo largo de su vida. 

Dirigió seminarios de escritores cubanos en la Casa de la Américas. Consideró que el maestro no debe forzar el conocimiento, más bien debe provocar con una dialéctica sutil para agitar las ideas, debe ser un gran conversador. Tenía una capacidad de comprensión y de memoria que dejaba sorprendidos a los que lo escucharan. 

Dio clases en la Facultad de Filosofía y letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, fue maestro en la Universidad de California, en Berkeley. De 1961-1966 estuvo a cargo de la coordinación de ediciones de la Presidencia de la República. 

Ganó numerosos premios, entre ellos están: el “Azteca de Oro” en 1975; el Premio Nacional de Periodismo en 1977; el Premio Nacional de Ciencias y Artes (Lingüística y Literatura) en 1979; el Premio Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1987, por su aportación artística y extensión de la cultura; el Premio Jalisco de Letras en 1989; el Premio Internacional de Literatura Juan Rulfo en 1990; el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en 1992; el Premio Internacional Alfonso Reyes en1995. 

También le entregaron el Doctor honoris causa en 1996, por la Universidad de Colima y por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) en el 2000. Recibió una de las 17 medallas a los sabios de fin del siglo XX por la Universidad del Claustro de Sor Juana, Casa Lamm y por el Centro Universitario de Integración Humanística y de Estudios Universitarios de Londres. 

Actuó y dirigió programas culturales televisivos y de radio como “Vida y voz”, “Aproximaciones” y “Sábados con Saldaña”. Fue jefe de circulación de “El Occidental”. Tradujo del francés temas artísticos como la importante traducción de Francis Thompson.

Hablar de su vida privada es eso, en vista y oídos de pocos. De manera muy escasa se hace referencia de su esposa Sara, como lo menciona José Agustín en la revista Tierra Adentro “era la mujer más misteriosa del mundo y que muy raras veces se aparecía por ahí” (P. 11). Tuvo tres hijos: Fuensanta, Claudia y Orso. Éste último escribe parte de las memorias de su padre para la revista Mester. Ve a la vida como una serie de tropiezos que más que saltarlos los percibe como errores de la ingenuidad “el alma se me ha ido envenenando poco a poco pero sin resentimiento” (Carballo, 1994, p. 443). 

Algunos detalles que nos marcan la vida del escritor y que se mezclan dentro de su línea del tiempo citado por: “Juan José Arreola por José Agustín. Retrato hablado” en la revista Tierra Adentro, dan una muestra clara de lo que en Juan José se llama retentiva:

“Una vez estábamos en Bogotá y dejó estúpido a todo el mundo citando de memoria poemas enteros de autores colombianos del siglo pasado, poemas que ni los mismos colombianos se sabían de memoria. Así me ha tocado verle muchos prodigios memoriosos increíbles” (p. 15) 

Estar enfermo, para Arreola es ese llamado de la enfermedad, un temor a la muerte. No sólo se refleja en el cuerpo sino en el más allá que incita la vida. Como si el quejarse fuera el grito desesperado de decir ¡Estoy vivo! Sus padecimientos (muchos imaginarios) son la exaltación del cuerpo humano, de su achacoso espíritu. Esta llamada de atención se hizo latente en los que estuvieron cerca de él, como lo señala Juan Enrique Espinoza en “Juan José Arreola, el escritor-maestro de las letras mexicanas, conversación con Antonio Alatorre.” en la revista Tierra Adentro:

Cuando yo conocí a Juan José, hace más de cincuenta años, siempre andaba quejándose de mala salud. Ahora sigue igual: se queja de mala salud, pero él sigue platicador y entusiasta y está muy metido en la vida. Por eso la respuesta sería que el Juan José Arreola es el mismo de antes. Naturalmente uno se hace viejo (…). Juan José tiene una cierta pose de quejumbroso, pero en el fondo tiene muy buena salud, yo diría que él tiene una forma de salud muy extraña, pues a sus ochenta años se encuentra muy bien (p. 20)   

Hizo una de sus confesiones en “Juan José Arreola: vida, lenguaje y espectáculo.” en la revista Tierra Adentro: “soy un hombre que busca siempre un confidente y que muchas veces a una persona que acaba de conocer le arroja todo el tonelaje, como un camión de volteo, de lo que lleva adentro y ya no puede tolerar”. Este confidente cambia, puede ser uno o múltiples, también la necesidad de contar traspasó su lengua materna. Dio una conferencia en la Sorbona que estaba programada en cuarenta y cinco minutos y él la hizo en dos horas.  

Arreola murió el 3 de diciembre del 2001 de ochenta y tres años por un paro respiratorio. Vivió tres años de enfermedad siendo víctima de una hidrocefalia. Ese lapso de padecimiento lo salvó en casa de su hija Claudia.   

A temprana edad estuvo rodeado de esa aura celestial que desprende su familia y repica en su obra: siempre Dios, siempre el diablo;  el pecado latente. Más tarde, al salir de su pueblo y recorrer Guadalajara, la capital, París…; al conocer a más gente con nuevas ideas, con mayores aperturas, desarrollará una narrativa donde convergan sus deseos prohibidos y sus dogmas de fe. Tiene la sensibilidad de intuir y mezclar estos incompatibles sentimientos.

Su vida fue un variar de trabajos, de ideas. La falta de interés por un empleo fijo, al que siente monótono, donde el soñar no tienen cabida, hacen que su economía esté en vilo. La salud, pese a vivir tantos años, también se hace notar en el cuerpo y en el alma. Siempre imaginando un amor eterno pese a dominar el sentimiento humano. 

Vivió con ésta incertidumbre del soñador absorto en una vida de fantasía que pudo recrear a través del teatro y de la narrativa.

(Continúa en la siguiente entrega…)

Foto: Breakingpic