Voces ensortijadas. 8. Aires de primavera. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Aires de primavera

Isis se apresuró a elegir la ropa que llevaría esos días de vacaciones, sus familiares vivían en un lugar con clima cálido. Guardó sus blusas de manta, mientras las doblaba observó los bordados, qué hermosos tejidos, bella combinación de colores y formas. Se quedó pensando en el tiempo que invertían las mujeres bordadoras para hacer cada prenda y que su trabajo, en la mayoría de ocasiones, no era valorado, cayendo en el regateo constante.

Echó un vistazo a la gama de colores de blusas de manta que tenía en el guardarropa, cada una le era significativa, las que ella compró, las de obsequio, las de ocasiones especiales. Algunas eran de regiones que no conocía, otras de producción local. Recordó la primera blusa de manta que se compró, era color blanca, manga larga y muy fresca. Desde pequeña se sintió atraída por ese tipo de prendas.
Escuchó que su familia la llamaba, ya estaban por salir, cerró su mochila y se dirigió a la sala. Tomaron dos taxis que los llevaron a la terminal de autobuses. Percibió el aire que corría, ya se avizoraba el atardecer.

Abordaron y el recorrido comenzó. Isis se sentó en la ventanilla, negoció con su primo Humberto que le cambiara el asiento, inicialmente ella tenía pasillo.
Aún iba acalorada, la mañana había sido intensamente calurosa, deseó que el camión tuviera la ventana abierta y seguir percibiendo ese aire tan agradable. Observó los tonos en naranja muy tenue con los que se coloreaba el cielo.

Recordó esas tardes en las que le tocaba llevar a sus mascotas caninas en la ventanilla del carro, les fascinaba sacar la cabeza y que el aire acariciara sus orejas, podían permanecer así gran rato. Suspiró profundamente. Vinieron a su mente lindos atardeceres como el que ahora apreciaba, indudablemente esos paisajes y el vientecillo que se dejaba sentir eran las señales que los aires de primavera estaban llegando y habría que darse el tiempo para disfrutarlos.

Humberto la sacó de su contemplación, estaban proyectando uno de los documentales que Isis tenía pendiente por ver, Llévate mis amores. Isis volteó nuevamente a la ventana, el sol se había ocultado, era hora de ver el documental.

Fotografía: Roxanne Shewchuck.

Voces ensortijadas. 7. El reto cotidiano. María Gabriela López Suárez

El reto cotidiano
María Gabriela López Suárez

A mis amigas, compañeras, colegas, estudiantes, maestras en la vida,

 en especial a mi mamá y abuelitas.

Romelia decidió que esa tarde llegaría puntual a su cita, salió de casa y se dirigió a la zona centro de la ciudad. Como llevaba tiempo a su favor fue caminando sin prisa,  deseaba disfrutar el paisaje.

El clima era muy frío, a lo lejos Romelia alcanzaba a observar las montañas,  no tardaría mucho en bajar la neblina; alzó la vista y parecía que las nubes viajaban con prisa, qué contradicción, justo el día en que ella iba con calma. Ya casi se acercaba la primavera.

– No cabe duda, febrero loco y marzo otro poco-  pensó.

En la calle principal por la que transitaba iba una diversidad de personas, por un lado, la gente local como transeunte, por otro, los comerciantes informales locales y externos, así como los turistas nacionales y extranjeros. En ese mar de gente de todas las edades se percató que,  la mayoría, eran mujeres. 

En cada una de esas mujeres había un mundo de historias, sueños, necesidades,  alegrías, tristezas, miedos, esperanzas, luchas internas, luchas colectivas. Recordó que pronto sería 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, un día de conmemorar las luchas que otras mujeres habían iniciado con anterioridad y que se continuaba haciendo para la reivindicación de los derechos de las mujeres.

Llegó al punto de reunión, se sentó en una banca a esperar a Liliana,una de sus mejores amigas. Ella siempre era puntual. Revisó el reloj, faltaban diez minutos para la hora fijada del encuentro. Una señora vendiendo pastelitos caseros le ofreció su vendimia, Romelia, preguntó el precio de uno con relleno de fresa, lo compró y le dio las gracias. Observó el rostro de la vendedora, sus ojos se habían alegrado cuando le hizo la compra, siguió su camino cargando su canasta, le faltaban muchos por vender, al momento de tomar su pastelito Romelia se percató de ello.

Mientras llevaba el pastel a su boca, Romelia se quedó pensando cuántas mujeres luchaban a diario, de manera distinta, unas en silencio, callando por miedo a más violencia, mujeres en contextos y dinámicas diferentes; algunas mujeres sin saber siquiera la existencia de la conmemoración de un 8 de marzo, pero resistiendo a sus situaciones, sin darse por vencidas; otras más con la ardua tarea de visibilizar los derechos de las mujeres y la violencia ejercida por una sociedad machista y quizá algún grupo con cierto grado de indiferencia ante estas luchas. 

Vinieron a su mente sus ancestras, las abuelitas que habían resistido expresiones de violencia, mujeres fuertes a las que admiraba y que también eran maestras en su vida. Visualizó a su mamá, un ejemplo de fortaleza en medio de la tempestad, sin saber del feminismo le había inculcado valores que Romelia llevaba presentes, el respetarse, el amarse, el valorar su ser mujer, el luchar por sus metas, el no callar ante el menor indicio de violencia, el saber alzar la voz. 

Para Romelia era indudable que las tareas de estas luchas no estaban resueltas, menos en la sociedad actual con la violencia desbordada en diversos sectores. El 8 de marzo no era el único día en que se debía visibilizar esta situación sino que era el reto cotidiano para trabajar desde lo individual, en colectivo, en lo institucional, en cada sector de la sociedad. Una sociedad que buscara ser incluyente, que respetara los derechos de todas las personas y garantizara una vida libre de violencia, con justicia, más allá de los discursos. Era una tarea de todas las personas.

Su mirada siguió el trayecto de la vendedora de pastelitos, había caminado casi una cuadra y se había detenido, otra chica se acercaba a comprarle.  La reconoció de inmediato, era Liliana con su inconfundible boina color ladrillo y su cabello suelto.

-¡Hey Lili!! Esta vez llegué antes que tú. – Gritó desde la banca Romelia.

– Esa Rome. ¡Una vez al año no hace daño!- Le respondió Liliana sonriente.

Fotografía: Agung Pandit Wiguna.

Voces ensortijadas. 6. Vamos tejiendo redes. María Gabriela López Suárez

Vamos tejiendo redes
María Gabriela López Suárez

A mis colegas de Comitán, gracias.

Josefina observó con detenimiento el entramado de su rebozo multicolor, le encantaba, cada hebra  de hilo había sido tejida tan cuidadosamente que el resultado estaba en la prenda que portaba. Se sintió contenta de usar una prenda tan significativa.

Por instantes había olvidado que estaba en año bisiesto y era el cierre del mes de febrero. El tejido de su rebozo la remontó a la experiencia en la que había compartido aprendizajes y enseñanzas, interactuado con diversas culturas e intercambiado vivencias personales y profesionales en su última sesión de trabajo en otro terruño cercano a su lugar de origen.

Su corazón guardaba muchas emociones, la primera era el agradecimiento por hallar en su caminar a personas que, como ella, seguían en la búsqueda de otras formas de convivencia con las que pudieran aportar su grano de arena, cada quien desde su trinchera, a la sociedad en que vivían. 

– Nadie dijo que esto es fácil. Sin embargo, heme aquí cerrando el mes con mucho para reflexionar y repensar-, pensó para sí Josefina.

Otra de las emociones que había percibido era el asombro. Recordó que desde la niñez le encantaba estar en esa constante expresión ante lo novedoso y que atrapa la atención. Justo se sentía así, asombrada al recordar que cuando cada persona lo quiere puede ser creativa y partir de experiencias cotidianas y sencillas para trabajar temas distintos. 

También se sentía entusiasmada e inspirada para continuar la travesía de la vida. Qué importante era la interacción personal y el diálogo con las personas para conocer  que podemos tener experiencias en común que nos pueden ser útiles al compartirlas en grupo y, con la escucha y el intercambio de la palabra, poder hallar posibles propuestas para llevar a cabo proyectos, acuerdos y hasta resolución de conflictos.

Siguió buscando en su corazón, qué más había vivido ese día, la coincidencia de hacer con gusto, pasión y compromiso  la labor a la que cada persona se dedicaba. Se sintió afortunada, agradecida y con el ánimo fortalecido. La tarea que les quedaba a todas las personas ese día era seguir sembrando semillas para que pudieran germinar en su tiempo. 

Josefina se apresuró a tomar su transporte para el regreso a casa. Ya rumbo a su destino fue contemplando el paisaje que la rodeaba, al tiempo que iba acariciando su rebozo y pensando que cada persona en la vida es como un hilo de color diferente y que en el trayecto del caminar, cada quien va tejiendo su propio entramado multicolor. Sonrió. -Vamos tejiendo redes, redes para la vida-  musitó.

Fotografía: Agung Pandit Wiguna.

Voces ensortijadas. 5. La ventana del bus. María Gabriela López Suárez

Fotografía: Quang Nguyen Vinh

La ventana del bus
María Gabriela López Suárez

El clima era frío, las nubes grises cubrían el cielo de la tarde. Amparo subió al autobús que la llevaría con destino a su casa. Buscó el asiento número ocho, se sentó y abrochó el cinturón de seguridad. Corrió la cortina de la ventana y se dispuso a esperar su salida.

Hizo un breve repaso de su día de trabajo, el taller que había facilitado resultó de interés a su grupo de colegas. La lectura y escritura era tarea diaria y lo sabían. Por eso, los resultados del taller se verían a mediano plazo con la redacción de cuentos y poesías que cada participante eligió trabajar.

El camión inició su recorrido, Amparo observó un paisaje diverso en el cielo, por un lado las nubes grises, por otro, el azul celeste con nubecitas blancas. Fue hallando formas en cada nube, una de tamaño grande le pareció un tiburón, otra un perro, una más una rosa, hasta que su vista se posó en el verde de los cerros.

De pronto, la neblina comenzó a cubrir el paisaje y gotas de lluvia asomaron sobre el vidrio de la ventana. Escuchó unas  palabras en alemán y esto la hizo volver la vista al televisor, prestó atención, era una historia que rememoraba los crímenes en Auschiwtz, uno de los campos de concentración y centros de exterminio durante la Alemania nazi.

El naranja resplandeciente del ocaso le llegó de frente a Amparo, esto la hizo contemplar de nuevo el paisaje. Ahora podía apreciar el azul del cielo, la sombra que comenzaba a caer sobre los cerros. La noche fue cubriendo la atmósfera, empezaron a titilar las estrellas y a verse los foquitos de las casas que, de manera dispersa, aparecían en la carretera.

Siguió atenta viendo las imágenes de pequeñas tiendas de abarrotes, artesanías, venta de frutas, perros deambulando cerca de puestos de comida, asomaron también los anafres con elotes asados, las mujeres y niñas reunidas en pequeños círculos.

En un abrir y cerrar de ojos el paisaje se había transformado, ya era de noche. Amparo disfrutaba tanto esos momentos cotidianos al viajar en carretera, por ello, le gustaba ver a través de la ventaba del bus.  

Por un instante cerró sus ojos, imaginó el concierto del canto de los grillos que solía acompañar las noches en el campo. Decidió terminar de ver la película, la trama era muy interesante y aún le faltaba un poco de tiempo para llegar a su destino.

Fotografía: Quang Nguyen Vinh.

Voces ensortijadas. 4. El sabor de la libertad. María Gabriela López Suárez

El sabor de la libertad
María Gabriela López Suárez

Para Andrea, mujer guerrera y amiga.

Esa mañana invernal de fin de semana era bella, el solecito estaba radiante, el cielo azul con sus nubecitas blancas y el aire frío le daban un toque especial. Cecilia había destinado su tiempo para ir al bosque a leer, se sentó en el piso, bajo árboles de pino. Tomó el texto que su colega Felipe le había compartido, era un ensayo creativo, se sintió contenta que le hubiera compartido su borrador del texto para comentarlo.

El viento soplaba fuertemente, se escuchaba el caer de las hojas, de las ramas pequeñas, los árboles se mecían al ritmo de la ventolera. El canto de los zanates acompañaba ese paisaje sonoro. Unas ardillas juguetonas también se asomaron a hacerle compañía, subían y bajaban de los árboles. Por algunos instantes una se posó frente a Cecilia, como observándola, luego siguió su carrera.

Cecilia levantó la vista al cielo, era inmenso, sin fronteras. Recordó la primera vez que fue a un centro de readaptación social femenil, jamás olvidaría esa impresión. El cielo le pareció distinto cuando en algunos puntos la vista se perdía y solo se veían los cercos de la prisión, rodeados por los alambres circulares que sobresalían de las altas bardas. Ese día sintió una opresión en el corazón, se había propuesto no llorar al ver a la compañera que había ido a visitar, no puedo cumplir su propósito. El sentimiento fue mayor y desde ese momento su aprecio por la libertad fue distinto. 

Al salir de ahí Cecilia se llevó un mar de pensamientos y sentimientos, visitar a Luisa le dejaba muchas reflexiones. La vida ahí no era fácil, se podía palpar y percibir, después comprendería que la libertad tiene muchos significados más que simplemente transitar de un lugar a otro. 

Siguió visitando a Luisa, fue compartiendo con ella reflexiones distintas. Con el paso del tiempo Cecilia se percató que aunque llegar y entrar en ese espacio de prisión seguía siendo de fuerte impresión por todo lo que implicaba, la sensación cambiaba cuando charlaba con Luisa. Percibía en ella su fortaleza, su madurez ante la vida, el valor que implicaba para ella la libertad estaba presente en su palabra, en su mirada, esa libertad era para la vida, más allá de las ataduras que podría significar la prisión. Una frase de Luisa le quedó grabada en su corazón y en su mente, romper el silencio nos da libertad.

Pensó la certeza de Luisa al decir esa frase, sobre todo porque en muchas ocasiones no se alcanza a dimensionar los alcances de la libertad y todo lo que implica para las personas. Luisa había alcanzado su libertad más allá de la prisión, eso le había dado la fortaleza para continuar en la lucha diaria hasta obtener la libertad  y salir de ese espacio.

Cecilia sintió con más fuerza el frío del viento, nuevamente vino a su mente que justo era una mañana como  ésa, cuando comenzó su aprendizaje sobre lo que significa el sabor de la libertad. Desde su corazón abrazó en la distancia a Luisa, amiga y maestra para la vida. 

El salto de una ardilla juguetona la hizo volver al presente, continuó leyendo el ensayo de Felipe, la historia la fue atrapando.

Fotografía: Jimmy Chan.

Voces ensortijadas. 3. Conciertos naturales. María Gabriela López Suárez

Foto: Andrés Chaparro.

Conciertos naturales
María Gabriela López Suárez

El fin de semana llegó, para Pilar y su familia era lo más esperado, irían a acampar al bosque. Salieron temprano de casa, el sol apenas despertaba; llegaron alrededor de las nueve de la mañana al parque donde acamparían. Había poca gente. El verde de los pinos regocijaba la vista.

Fernando y Pilar instalaron la casa de campaña, pidieron a Clara y Rogelio buscaran un espacio cercano para sentarse a desayunar. El canto de los pájaros estaba en su máximo esplendor. Había distintos tipos de aves, a Pilar le habría gustado saber más de ellas para identificar a cuáles pertenecía cada canto. Lo cierto era que disfrutaba esos paisajes sonoros.

Clara, la hija mayor, dijo que estaba muy contenta de haber ido al bosque, el paisaje la relajaba. Rogelio, el hijo menor le pidió a su papá, le ayudara a colocar la hamaca que habían llevado. Después, sentados en el pasto todos se dispusieron a jugar lotería. Quien ganara primero sería la persona que ocuparía el espacio en la hamaca para leer o tomar siesta.

Mientras jugaban, Pilar recordaba las veces que de niña salía con su familia a casa de sus abuelitos que vivían fuera de la ciudad. El canto de los pájaros no solo le gustaba sino que le alegraba el corazón. Era como el ingrediente que le daba sabor a las mañanas y tardes. Vino a su memoria el despertar con la algarabía de los cantos, era un despertar muy bonito, con alegría, emoción y animaba a iniciar el día con entusiasmo.

En la casa de sus papás también había conciertos matutinos, a esos se sumaba el de la parvada de loros que solía pasar todos los días, por las mañanas, casi a la misma hora. Esos loros eran una banda sonora que no podía pasar desapercibida, con vuelo sincronizado. Pilar siempre admiraba la organización con la que iban.

La sirena- dijo Clara.

-¡Lotería!- Gritó Fernando.


-¡No se vale!- señaló Rogelio. ¡Yo quería estar primero en la hamaca!

Mientras seguían en el alegato, Pilar sonreía, ya imaginaba que algo así sucedería. Su vista se perdió en la contemplación de los diferentes pinos que daban cobijo a las aves que continuaban su cantar. Nada mejor que escuchar los conciertos naturales en compañía de la familia, pensó para sí.

Fotografía: Andrés Chaparro.

Voces ensortijadas. 2. Voces, sonidos y experiencias. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas


Voces, sonidos y experiencias
María Gabriela López Suárez


Hace varias entregas les compartí en esta columna, datos sobre la magia que se produce a través de la cajita de sonidos, como me gusta llamarle a la radio. Ese medio que nos acompaña, permite compartir historias, divulgar información y echar a volar la imaginación con la voz, música y efectos que son sus elementos básicos.


En esta ocasión retomo el tema porque quiero comentarles sobre un proyecto radiofónico que este mes llega a su catorce aniversario de estar al aire, el programa Los Colores de la Voz, producción de la Universidad Intercultural de Chiapas.
Este programa se transmite desde sus inicios a través de la radiodifusora XERA, Radio Uno, del Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía (SCHRTVyC). Este proyecto, al que me integré hace alrededor de tres años y del que me siento contenta de formar parte y aprender, nació hace catorce años; es producto de un trabajo en equipo donde se ha contado con la participación de estudiantes y docentes de la institución en la producción y conducción, a lo largo de su trayectoria.

Hacer radio implica varios elementos, no solo es estar frente a un micrófono y decir lo que nos viene a la mente, significa investigación, compromiso, entusiasmo, creatividad, constancia, responsabilidad y sobre todo, pasión para comunicar y fomentar en el público el interés por los temas que se abordan. Recordemos que una de las tareas fundamentales de la radio es educar y es parte de nuestros retos.

Los Colores de la Voz, es un espacio que nos ha permitido aprender en distintos ámbitos, por un lado, con las diversas temáticas que se han divulgado, por otro, del compartir de la gente entrevistada que ha brindado sus conocimientos locales, académicos, datos sobre literatura, lenguas originarias, cine, videodocumental, ciencia, culturas, género, derechos, música, entretenimiento, entre muchos temas más.

De igual manera, hemos aprendido con quienes han colaborado en intercambios radiofónicos al interior de la universidad, así como de manera interinstitucional y con otras radios universitarias, comunitarias, a nivel local, nacional e internacional con las que hemos ido tejiendo redes de colaboración.

Los aprendizajes han sido también parte de las experiencias que nos han brindado estudiantes de diversas generaciones de la Licenciatura en Comunicación Intercultural, así como docentes, quienes han sido pilares fundamentales en la realización de materiales radiofónicos, conducción y producción del programa.

Va mi reconocimiento y felicitaciones a todas las personas que han hecho posible Los Colores de la Voz, desde autoridades académicas, personal del SCHRTVyC, entrevistados y especialmente, a mis colegas radialistas apasionadas y apasionados, como suele llamarnos el maestro José Ignacio López Vigil, que semana tras semana nos hemos sumado a aportar nuestro granito de arena en el quehacer radiofónico para compartir voces, sonidos y experiencias.

Voces ensortijadas. 1. Estoy aquí y ahora. Maria Gabriela López

Estoy aquí y ahora

María Gabriela López Suárez

Ximena revisó su reloj, ya estaba sobre la hora en que se llevaría a cabo la actividad a la que su amiga Catalina la había invitado, el círculo de mujeres. Encontró el domicilio que refería el mensaje de la invitación y tocó el timbre, estaba nerviosa y emocionada. Era la primera ocasión que participaba en esa actividad. Desde la puerta percibió el aroma a copal que se desprendía del interior. Eso le agradó.

El rostro sonriente de Estela le dio la bienvenida. Ximena la saludó, ya se encontraban ahí otras mujeres, de diversas edades, entre ellas Catalina. Estela le dijo que ocupara el espacio que gustara, en el salón habían varios cojines en el piso, acomodados de tal forma que hacían un círculo, aún había lugares por ocupar.  Ximena optó por sentarse cerca de una esquina, quedó frente a su amiga, la saludó de lejos.

Al centro había un altar, también de forma circular, estaban ahí elementos de la tierra como maíz de colores amarillo, blanco, azul y rojo, un corazón de cuarzo, flores y un corazón de tela que representaba la palabra. Estela, la chica que guiaría la actividad dijo que ésta daría inicio en unos minutos, estaban haciendo tiempo por si alguna compañera más se integraba. 

Mientras esperaban les indicó que depositaran alrededor del altar sus ofrendas, ahí pusieron frutas, semillas, flores, velas e incienso. El círculo de mujeres dio inicio con la explicación de Estela que les hizo saber que ése era un espacio para reencontrarse con su ser mujer, con lo sagrado femenino, así como para escucharse, compartir sus historias y acompañarse entre mujeres.

La respiración de Ximena comenzó a relajarse, escuchaba atenta los mensajes de la guía. Observaba los rostros de las demás mujeres, se veían contentas, también relajadas. Cada una le fue proyectando paz. Vino el momento de la meditación y Ximena se dejó guiar, el mundo de afuera que irrumpía con los sonidos de coches, música, murmullos de conversaciones, paso de personas, fue quedando en último plano hasta que solo escuchaba y sentía su respiración y la voz de Estela.

Al término de la meditación el ambiente se percibía con mucha armonía, los inciensos habían hecho su labor, sus aromas estaban presentes. Llegó el momento de compartir la palabra, cada participante fue haciendo uso del corazón de tela.  Ximena ahora le iba encontrando más sentido a la frase que había escuchado algunas veces, estar aquí y ahora. 

Al finalizar la ronda de compartires, Estela continuó compartiendo la importancia del acompañamiento en ese círculo de mujeres. El corazón de Ximena estaba contento, seguía escuchando con atención, ya no solo con la mente sino desde su sentir. En su interior ahora resonaba estoy aquí y ahora.