Cotidianidades. Por qué leer. Luis Antonio Rincón García

Por qué leer

Una perspectiva utilitarista y a ras de suelo 

Hace unos días tuve la oportunidad de visitar la telesecundaria de una comunidad indígena de los Altos de Chiapas. El pueblo se llama Yutniotik, la lengua materna es el tsotsil[1], y la gran mayoría de los niños adquiere sus primeros conocimientos de español al entrar a la escuela. Llegamos ahí para presentar la reedición de uno de mis libros dirigido al público infantil.

Varios alumnos hombres se ofrecieron para realizar una lectura de mi texto en voz alta. A cada uno se le obsequiaba un libro. Al final, cuando ya quedaban menos de la mitad de los libros por regalar, debimos frenar la participación masculina: a partir de ese momento únicamente podían participar las mujeres. Sólo las más jóvenes en ese patio se atrevieron a levantar la mano. 

Curiosamente, los estudiantes de mayor edad fueron quienes más tartamudearon al leer, y me quedó la duda de si realmente estaban comprendiendo la historia. Sin embargo, fueron esos mismos alumnos quienes más interés mostraron por otros libros que llevé en una caja, e incluso me convencieron de dejarles un título que les resultaba interesante: “Te amo mil”. 

Las mujeres otra vez estaban lejos y no hubo manera de lograr que se acercaran. Sólo una de ellas susurró unas palabras en tsotsil, que de inmediato tradujo un chico a mi lado:

—Dice que ellas también lo quieren.

Esa chica, en representación de las demás, se acercó con pasos arrastrados y la mirada baja a recibir el libro “para las mujeres”. 

—Quizá no debería dejar sus libros —dijo ella en un arranque de sinceridad— ¿Qué caso tiene leer?

Una moto escandalosa interrumpió la conversación. Desde que llegamos, unas dos horas antes, era el primer vehículo que pasaba por ahí. Apenas terminó el ruido le contesté:

—Les traigo libros porque leer nos ayudará a transformar la realidad.

Entonces les leí el fragmento de un libro mío, en el que una chica, espada en mano, lucha contra seres de la mitología griega. 

Al final les pregunté a las mujeres qué les había llamado la atención.

—Que una niña sea tan poderosa —dijeron tres, una respuesta que también fue repetida por algunos hombres. 

También coincidieron en que una historia leída sin tartamudeos, aun cuando fuera en español, les resultaba mucho más fácil de comprender. Juntos concluimos que, para leer de manera fluida, no había más que ejercitarse, precisamente, leyendo.  Ese fue el primer punto que establecimos en común: Hay que leer para aprender a leer correctamente y entender lo que leemos

La siguiente pregunta que les hice a estos chicos fue sobre los escenarios. Dijeron varios que sí habían logrado imaginarlos y que no había ningún lugar así cerca de donde ellos vivían. Otro trajo a colación la lectura anterior, que hablaba sobre la selva y no sobre un espacio inventado, y dijo que preferiría visitar ese lugar real. Esa participación me permitió plantear un segundo punto: Leemos para viajar a mundos reales y ficticios, y aún para conocer cómo viven y se comportan personas distintas a nosotros, sin tener que movernos de nuestra casa

Tuve menos suerte ante la pregunta de si habían aprendido una nueva palabra. No las conocían todas, pero no recordaban una que pudiera servirnos como ejemplo. No obstante, y producto de la casualidad, mientras la traductora me presentaba en tsotsil, entendí que no todos recordaban cómo decir el número once en su lengua (desde hace un par de generaciones los números los aprenden en español), así que tomé ese caso para mostrarles que, si no conociéramos números arriba del diez, no costaría mucho explicar que alguien tiene veintisiete ovejas o cuatrocientos mangos. Incluso sería complicado imaginar cualquier cosa que tuviera una cantidad superior a diez. Y nadie puede aspirar a construir o tener lo que no puede nombrar e imaginar. 

Así llegamos a un tercer punto: Leemos para imaginar el mundo que queremos, y para tener las palabras para nombrarlo

Entonces di un salto al vacío. 

Ofrecí algo que no sé si pueda ser totalmente cierto, aunque encerraba en su concepción, al menos, una esperanza. 

Les dije que cuando podemos nombrar e imaginar algo distinto, estamos sembrando las semillas para transformar nuestra realidad y construirla de acuerdo con nuestros deseos, necesidades e intereses. Y si bien imaginar y desear no es suficiente, es también leyendo distintos libros y textos que encontraremos las rutas, las herramientas, las técnicas, para que ese cambio ocurra.  

Es decir: Leemos para transformar el mundoo al menos, para transformar nuestro mundo

Luis Antonio Rincón García


[1] Es una lengua de origen maya que intenté aprender hace ya casi una década, pero me resultó harto difícil incluso por su pronunciación. Sin embargo, apoyándome en el contexto, a veces puedo entender algunas conversaciones. 

Fotografía: Connor Danylenko

Voces ensortijadas. 4. El sabor de la libertad. María Gabriela López Suárez

El sabor de la libertad
María Gabriela López Suárez

Para Andrea, mujer guerrera y amiga.

Esa mañana invernal de fin de semana era bella, el solecito estaba radiante, el cielo azul con sus nubecitas blancas y el aire frío le daban un toque especial. Cecilia había destinado su tiempo para ir al bosque a leer, se sentó en el piso, bajo árboles de pino. Tomó el texto que su colega Felipe le había compartido, era un ensayo creativo, se sintió contenta que le hubiera compartido su borrador del texto para comentarlo.

El viento soplaba fuertemente, se escuchaba el caer de las hojas, de las ramas pequeñas, los árboles se mecían al ritmo de la ventolera. El canto de los zanates acompañaba ese paisaje sonoro. Unas ardillas juguetonas también se asomaron a hacerle compañía, subían y bajaban de los árboles. Por algunos instantes una se posó frente a Cecilia, como observándola, luego siguió su carrera.

Cecilia levantó la vista al cielo, era inmenso, sin fronteras. Recordó la primera vez que fue a un centro de readaptación social femenil, jamás olvidaría esa impresión. El cielo le pareció distinto cuando en algunos puntos la vista se perdía y solo se veían los cercos de la prisión, rodeados por los alambres circulares que sobresalían de las altas bardas. Ese día sintió una opresión en el corazón, se había propuesto no llorar al ver a la compañera que había ido a visitar, no puedo cumplir su propósito. El sentimiento fue mayor y desde ese momento su aprecio por la libertad fue distinto. 

Al salir de ahí Cecilia se llevó un mar de pensamientos y sentimientos, visitar a Luisa le dejaba muchas reflexiones. La vida ahí no era fácil, se podía palpar y percibir, después comprendería que la libertad tiene muchos significados más que simplemente transitar de un lugar a otro. 

Siguió visitando a Luisa, fue compartiendo con ella reflexiones distintas. Con el paso del tiempo Cecilia se percató que aunque llegar y entrar en ese espacio de prisión seguía siendo de fuerte impresión por todo lo que implicaba, la sensación cambiaba cuando charlaba con Luisa. Percibía en ella su fortaleza, su madurez ante la vida, el valor que implicaba para ella la libertad estaba presente en su palabra, en su mirada, esa libertad era para la vida, más allá de las ataduras que podría significar la prisión. Una frase de Luisa le quedó grabada en su corazón y en su mente, romper el silencio nos da libertad.

Pensó la certeza de Luisa al decir esa frase, sobre todo porque en muchas ocasiones no se alcanza a dimensionar los alcances de la libertad y todo lo que implica para las personas. Luisa había alcanzado su libertad más allá de la prisión, eso le había dado la fortaleza para continuar en la lucha diaria hasta obtener la libertad  y salir de ese espacio.

Cecilia sintió con más fuerza el frío del viento, nuevamente vino a su mente que justo era una mañana como  ésa, cuando comenzó su aprendizaje sobre lo que significa el sabor de la libertad. Desde su corazón abrazó en la distancia a Luisa, amiga y maestra para la vida. 

El salto de una ardilla juguetona la hizo volver al presente, continuó leyendo el ensayo de Felipe, la historia la fue atrapando.

Fotografía: Jimmy Chan.

Polvo del camino. 4. El cielo es el mar. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 4

El cielo es el mar

Héctor Cortés Mandujano

Nado en un calmado mar abierto. 

Decido zambullirme y entro en el agua como si fuera mi elemento. 

No necesito respirar y voy cada vez más hacia el fondo. 

Llego hasta el limo suave y busco algo que sé que existe: una entrada hacia el otro lado del mar. 

La encuentro.

Mágicamente penetro, con rapidez, como si estuviera acostumbrado a hacerlo, sin que caiga agua. 

Estoy en el otro lado del mar. 

Hay una soga que tomo y por la que bajo hasta la tierra. 

Entonces veo hacia arriba y me doy cuenta de que el cielo azul es el fondo del mar…

Fotografía: Engin Akyurt.

Universo breve. 4. Extranjeros. Damaris Disner

Foto: Luis Quintero

Extranjeros 

Dámaris Disner

Caminamos por las calles de una ciudad en llamas, sofocadas por la mísera memoria de quien olvida a sus mujeres hechas cenizas, a favor de un turismo miope. Extranjeros de nosotros mismos en el Distrito Miraflores. Compradores de arte en el parque Kennedy. Coleccionistas de mapas turísticos. Han pasado meses de nuestro viaje a Lima, me confirman que hay recuerdos que no se compran en las tiendas, la política exterior los ha quitado del inventario.

Fotografía: Luis Quintero.

Universo breve. 3. Resistencia. Damaris Disner

Foto: InstaWalli

Resistencia 

Dámaris Disner


Él dice a menudo que le gusta dejarse llevar por mí, aunque desde sus ojos verdes cuestiona la posibilidad de un error. Su acento extranjero casi provoca corto circuito pero me desplazo segura por el hotel. Me sigue embelesado en todos los pasillos hasta la habitación. Le confiaría por dónde me conecto pero soy la robot con más visitas al taller de reparación, sufro de inexplicable humedad.

Fotografía: InstaWalli.

Voces ensortijadas. 3. Conciertos naturales. María Gabriela López Suárez

Foto: Andrés Chaparro.

Conciertos naturales
María Gabriela López Suárez

El fin de semana llegó, para Pilar y su familia era lo más esperado, irían a acampar al bosque. Salieron temprano de casa, el sol apenas despertaba; llegaron alrededor de las nueve de la mañana al parque donde acamparían. Había poca gente. El verde de los pinos regocijaba la vista.

Fernando y Pilar instalaron la casa de campaña, pidieron a Clara y Rogelio buscaran un espacio cercano para sentarse a desayunar. El canto de los pájaros estaba en su máximo esplendor. Había distintos tipos de aves, a Pilar le habría gustado saber más de ellas para identificar a cuáles pertenecía cada canto. Lo cierto era que disfrutaba esos paisajes sonoros.

Clara, la hija mayor, dijo que estaba muy contenta de haber ido al bosque, el paisaje la relajaba. Rogelio, el hijo menor le pidió a su papá, le ayudara a colocar la hamaca que habían llevado. Después, sentados en el pasto todos se dispusieron a jugar lotería. Quien ganara primero sería la persona que ocuparía el espacio en la hamaca para leer o tomar siesta.

Mientras jugaban, Pilar recordaba las veces que de niña salía con su familia a casa de sus abuelitos que vivían fuera de la ciudad. El canto de los pájaros no solo le gustaba sino que le alegraba el corazón. Era como el ingrediente que le daba sabor a las mañanas y tardes. Vino a su memoria el despertar con la algarabía de los cantos, era un despertar muy bonito, con alegría, emoción y animaba a iniciar el día con entusiasmo.

En la casa de sus papás también había conciertos matutinos, a esos se sumaba el de la parvada de loros que solía pasar todos los días, por las mañanas, casi a la misma hora. Esos loros eran una banda sonora que no podía pasar desapercibida, con vuelo sincronizado. Pilar siempre admiraba la organización con la que iban.

La sirena- dijo Clara.

-¡Lotería!- Gritó Fernando.


-¡No se vale!- señaló Rogelio. ¡Yo quería estar primero en la hamaca!

Mientras seguían en el alegato, Pilar sonreía, ya imaginaba que algo así sucedería. Su vista se perdió en la contemplación de los diferentes pinos que daban cobijo a las aves que continuaban su cantar. Nada mejor que escuchar los conciertos naturales en compañía de la familia, pensó para sí.

Fotografía: Andrés Chaparro.

Polvo del camino. 3. Polvo. Héctor Cortés Mandujano

Foto: Anugrah Lohiya

Polvo del camino/ 3

Polvo

Héctor Cortés Mandujano

Pero cuando aparece el peligro

ahí crece también el poder de la salvación

Hölderlin, citado por Heidegger

Uno de mis ensayistas de cabecera, George Steiner, escribió el libro Heidegger (Fondo de Cultura Económica, 1983), cuyo título no deja lugar a dudas: explora y trata de explicar una parte, básicamente El ser y el tiempo, de la vasta obra filosófica de Heidegger.

            Lo hace, como suele hacerlo, con la claridad de que está exponiendo no la verdad incontrovertible, sino su lectura (p. 52): “Hay tantos ‘Platones’ como metafísicas, epistemologías y posiciones políticas existen”.

            Es difícil hacer citas breves de algo complejo que, además, requiere adentrarse a la reelaboración de un lenguaje, pero algo puede compartirse (p. 219): “Heidegger proclama la absoluta primacía del lenguaje: ‘El lenguaje es la casa del ser. El hombre mora en esta casa. Los que piensan y los que crean poesía son los custodios de esta morada’ ”.  Los poetas son, para Heidegger, al menos tres: Hölderlin, Sófocles y Rilke.

            Y dice también, citado por Steiner (p. 226): “El artista es la fuente de la obra. La obra es la fuente del artista. No hay uno sin el otro”.

            En este volumen dice Steiner que (p. 159) la palabra “humano” viene de humus, “tierra” en latín. De allí el bíblico “Polvo eres y en polvo te convertirás”; de allí también el tajante dicho de Nuevo México, colonia de Villaflores donde cursé parte de mis estudios primarios, que se dice a quien presume mucho: “Chocante puño de tierra”. Ah, el conocimiento global que relaciona a este brillante ensayista (muerto recientemente), con los autores de la Biblia y con los campesinos de la frailesca chiapaneca.

Fotografía: Anugrah Lohiya.

Voces ensortijadas. 2. Voces, sonidos y experiencias. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas


Voces, sonidos y experiencias
María Gabriela López Suárez


Hace varias entregas les compartí en esta columna, datos sobre la magia que se produce a través de la cajita de sonidos, como me gusta llamarle a la radio. Ese medio que nos acompaña, permite compartir historias, divulgar información y echar a volar la imaginación con la voz, música y efectos que son sus elementos básicos.


En esta ocasión retomo el tema porque quiero comentarles sobre un proyecto radiofónico que este mes llega a su catorce aniversario de estar al aire, el programa Los Colores de la Voz, producción de la Universidad Intercultural de Chiapas.
Este programa se transmite desde sus inicios a través de la radiodifusora XERA, Radio Uno, del Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía (SCHRTVyC). Este proyecto, al que me integré hace alrededor de tres años y del que me siento contenta de formar parte y aprender, nació hace catorce años; es producto de un trabajo en equipo donde se ha contado con la participación de estudiantes y docentes de la institución en la producción y conducción, a lo largo de su trayectoria.

Hacer radio implica varios elementos, no solo es estar frente a un micrófono y decir lo que nos viene a la mente, significa investigación, compromiso, entusiasmo, creatividad, constancia, responsabilidad y sobre todo, pasión para comunicar y fomentar en el público el interés por los temas que se abordan. Recordemos que una de las tareas fundamentales de la radio es educar y es parte de nuestros retos.

Los Colores de la Voz, es un espacio que nos ha permitido aprender en distintos ámbitos, por un lado, con las diversas temáticas que se han divulgado, por otro, del compartir de la gente entrevistada que ha brindado sus conocimientos locales, académicos, datos sobre literatura, lenguas originarias, cine, videodocumental, ciencia, culturas, género, derechos, música, entretenimiento, entre muchos temas más.

De igual manera, hemos aprendido con quienes han colaborado en intercambios radiofónicos al interior de la universidad, así como de manera interinstitucional y con otras radios universitarias, comunitarias, a nivel local, nacional e internacional con las que hemos ido tejiendo redes de colaboración.

Los aprendizajes han sido también parte de las experiencias que nos han brindado estudiantes de diversas generaciones de la Licenciatura en Comunicación Intercultural, así como docentes, quienes han sido pilares fundamentales en la realización de materiales radiofónicos, conducción y producción del programa.

Va mi reconocimiento y felicitaciones a todas las personas que han hecho posible Los Colores de la Voz, desde autoridades académicas, personal del SCHRTVyC, entrevistados y especialmente, a mis colegas radialistas apasionadas y apasionados, como suele llamarnos el maestro José Ignacio López Vigil, que semana tras semana nos hemos sumado a aportar nuestro granito de arena en el quehacer radiofónico para compartir voces, sonidos y experiencias.

Universo breve. 2. Recordatorio oportuno. Damaris Disner

Recordatorio oportuno 

La gata café se acurrucó sobre la mesa. En esa posición era tan parecida al gato blanco. Recordó que desde que él murió no se sentaba a escribir en la terraza. Una notificación de Facebook le hacía saber que esa noche se colocaban las veladoras para las mascotas muertas. El golpe seco en el techo fue idéntico al que se oía en sus salidas nocturnas. No tuvo duda, fue su reclamo por pensar que regresaría en una gata; lo machista nunca se le iba a quitar. 

Polvo del camino. 2. Chiapas’s. Héctor Cortés Mandujano

Foto: The Lazy Artist

Polvo del camino/ 2

Chiapa’s

Héctor Cortés Mandujano

Chiapas se encuentra en el extremo sur de México. Ha sido parte durante más años de Guatemala que de la República Mexicana, a la que se incorporó en último lugar, cuando México ya estaba aparentemente completo, delimitado. 

El lenguaje, la comida, las costumbres de su gente (no en todos los estratos, claro) son más centroamericanas que mexicanas. Tiene, junto con otros estados del sureste, un alto porcentaje de población indígena y es uno de los más pobres; durante muchos, muchos años ha “ganado” el deshonroso primer lugar en analfabetismo.

Tuxtla Gutiérrez es su capital. Se supone que su origen fue un asentamiento zoque. En esta ciudad trabajo y por las mañanas, cuando atravieso su avenida central rumbo a mis labores, me llama la atención cómo este lugar tan atrasado, tan pluriétnico, tan ignorante de su historia (quizá por eso), ha borrado de sus anuncios todo vestigio ya no digamos del zoque, sino del español.

Me sorprende cuando la gente parece enfurecida con Trump, porque me sorprenden los nacionalismos hipócritas: el nuestro es el país de la Coca Cola, de las hamburguesas, del hot dog. EUA nos ha colonizado. La población chiapaneca, en general, no ha leído ni a Paz ni a Borges ni siquiera a Sabines, pero trata de incluir (o incluye sin que lo sepa), en su lenguaje cotidiano, el inglés básico que también usan los locutores de radio, de televisión, la gente que ha sido hipnotizada por las redes.

Y eso se nota en los negocios. Paso frente a la Universidad de Chiapas y me fijo en los nombres de los negocios de las siguientes cuadras y son, uno tras otro, los siguientes: Good Year, Domino’s (el apóstrofe y la ese final se usan en inglés, no en español, para indicar pertenencia), Holiday Inn, Vips, Citibanamex, Chedraui, Liverpool, Sanborns, Sears…

Pero estas cuadras no son la excepción, sino la regla. Tal vez pronto los de Chiapa de Corzo no escriban “soy de Chiapa”, sino “Chiapa’s”.