Parábolas del uroboro. 3. Juan José Arreola, Algunos datos biográficos. Ilse Ibarra Baumann

Juan José Arreola, Algunos datos biográficos

Por Ilse Ibarra Bauman

La vida de Juan José Arreola, su nacimiento, su niñez, su juventud y su edad adulta invita a conocer un poco más sobre su entorno: su familia, sus amigos, sus experiencias, fracasos, logros, gustos, deseos personales para poder desentrañar, partiendo de fuera, parte de su identidad. Y así lograr un enfoque más puntual en su narrativa. Hablar de sus sentimientos a través de sus entrevistas, en su narrativa, es muy riesgozo; ya que él es el maestro de la ironía y, por lo tanto, se puede especular y caer en lo contrario: espejismo de una demostración verosímil. 

El 21 de septiembre de 1918 nace el cuarto hijo de Felipe Arreola y Victoria Zúñiga: Juan José Arreola. La Revolución Mexicana estaba llegando a su fin. Zapotlán el Grande hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, fue la cuna que lo vio nacer. Un pueblo católico ubicado en las faldas del Nevado de Colima. 

El lector se acerca a su biografía al leer De memoria y olvido ( ), tomarla al pie de la letra es dejar que el autor dé el recorrido de lo que fue el inicio de su historia a la que ficcionaliza; aunque se corre el riesgo de caer en una ironía. 

A diferencia de Juan Rulfo, él pinta a su pueblo en tonos tenues, se antoja tanto por el olor y el color, como por el sonido de su gente. Es una sinestesia musical donde converge la raíz indígena y las usanzas contemporáneas: “Es un valle redondo de maíz, un circo de montañas sin más adorno que su buen temperamento, un cielo azul y una laguna que viene y se va como un delgado sueño. Desde mayo a diciembre, se ve la estatura pareja y creciente de las milpas.” (Arreola, 2012, p. 47). 

El primer cronistas que hubo en Zapotlán, poco tiempo después de la llegada de los españoles, se refiere a esa zona como “Una tierra de buen temperamento”. Juan José cuenta que uno de los conquistadores fue Alvar Núñez Cabeza de Vaca quien escribió el libro Naufragios. No hubo dificultades con los indígenas de ese territorio, eran pacíficos, no tenían minerales y debían trabajar en la siembra. (Entrevista Juan José Arreola en la Universidad de Granada, España, 1993)

Don Felipe Arreola tuvo la sabia prudencia de no obligar a sus hijos a leer, sino que les leía fragmentos de lo que le gustaba como párrafos del Quijote, las décimas de Gaspar Núñez de Arce, los versos de Manuel Gutiérrez Nájera, de Gustavo Adolfo Bécquer entre otros. 

Estas formas verbales (a lo que muchos años después llamó Jorge Luis Borges “objetos verbales”) hicieron que Juan José amara el ritmo del verso o de la prosa antes que la letra. Los nombres extravagantes en lengua castellana, tan sonoros llamaron su atención  desde temprana edad. Las palabras que eran incomprensibles a la vez se volvían exequibles en su sonoridad. Como dijo, las letras me entraron por los oídos.

Algunos de sus personajes dan la pauta para entender el gusto que tuvo en adoptarse a nombres poco comunes en su lengua: Arpad Niklaus (de En verdad os digo), Heinz Wölpe (de Eva), Nabónides entre otros. Como bien lo dijo en la entrevista de la Universidad de Granada: la literatura empezó por la sonoridad verbal. Entre estas oraciones cotidianas como un “buenos días”, “¿qué tal amaneció?”; aparecía este otro lenguaje acompasado en lengua castellana. 

El aporte de la madre también tuvo otro sabor a su ya acentuado y creciente conocimiento, con canciones vernáculas como: “Soy un pobre venadito que habita en la serranía” o  “Ya la Marcela, ya entristecida porque el galán que ella quiere traidor le ha sido”, este otro lenguaje le arrullaba y lo ponía feliz. 

En su casa tuvieron la sabia virtud de comunicarse, como lo cuenta en la entrevista de la Universidad de Granada. Antes de saber leer, a los cuatro años, ya recitaba el poema “El Cristo de Temaca” del padre Plasencia (cura errante que su poesía era brusca con un dejo a Cesar Vallejo). 

El gusto por las letras se le hacía melodioso, entre más intrincado estaba el nombre, más encanto le tenía a la sonoridad. En sus primeros años no conocía la significación de la palabra, pero sí su armonía y la conjunción de unas entre otras. Su arte, sin saberlo, venía formándose entre una mixtura de voces. 

Aprendí el poema como un loro, oyéndoselo a los muchachos de quinto año, quienes, a su vez, se empeñaban en memorizarlo. Sentado en el mesabanco de la escuela (no estaba ni siquiera inscrito, me llevaban mis hermanos mayores) escuché aquellas palabras armoniosas, aquel lenguaje distinto al que oía en las calles. (…) adquirí la manía de memorizar los pasajes que me entusiasman. Me acuerdo que curiosamente yo no aprendí a leer: las letras me entraron por los oídos. (…) me encantaban los nombres extraños (…) nombres extranjeros, nombres que amé por su sonoridad. (Carballo, 1994, p. 430)

A los cuatro años conoció a José Luis Martínez . Era el mejor escritor en prosa de toda la escuela. A muy corta edad, a los cinco o seis años, Juanito (como cita Arreola que lo llamaban de pequeño), asistía a las funciones de cine, junto con su hermano Rafael, que daban en casas de familias dueñas de películas francesas o por el cinema Tour (ellos le decían el Cine Matour). 

La pasión que tuvo por la pantalla grande lo hizo faltar a clases (tiempo después al trabajo). Como lo menciona Ignacio Ortiz Monasterio en “Juan José Arreola: vida, lenguaje y espectáculo.” en la revista Tierra Adentro, agosto-septiembre de 1998. 

Estudió en el colegio San Francisco que era de monjas francesas. La madre Bertha le dejó un aura poética aunque no de santidad. Una de las hermanas de Juan José lleva su nombre. 

La forma tradicional de la educación fue un tormento. Sintió que el método firme divide y separa el placer del conocimiento; lo vuelve impersonal. Ese tipo de enseñanza nunca va al ritmo y al deseo de cada individuo. En Memoria y olvido (conversación con Fernando del Paso) Juan José revela su repugnancia a la escuela:

Me negué a regresar a la escuela. Y no hubo manera de llevarme. Me pegaban y me pegaban una y otra vez y yo nada, me rebelaba y pateaba y era inútil que volvieran a pegarme… Mi padre me agarró un día y me llevó arrastrando a la escuela, sí, materialmente arrastrando delante de toda la gente. Entre el maestro y mi padre me metieron a la fuerza a la escuela y cerraron las puertas con aldabas de cruz. (1994, p.33)  

Para los ocho y diez años ya manejaba a la perfección la idea del “objeto verbal”. El primer libro que le lleva su padre fue “Cantos de vida y esperanza” de Rubén Darío. De niño se mecía en esa música de palabras. Se aprende de memoria:

Yo soy aquel que ayer no más decía

el verso azul y la canción profana,

en cuya noche un ruiseñor había

que era alondra de luz por la mañana.

Al repetir estos versos sólo por el placer de la sonoridad, pues carecían de significado, crea un símil en la entrevista que da en la Universidad de Granada con una anécdota de un general de la Revolución Mexicana cuando le citan una estrofa del “Responso a Verlaine” de Rubén Darío cuando dice: “Que púberes canéforas te ofrenden el acanto” y el general dijo, “de esto sólo entiendo el que”. Su hermana Elena y él aprendían los textos pero no el sentido. 

Gracias a ella y a su padre, que amaban la lectura y la leían en voz alta, se hace buen lector. Igualmente influyó en su formación literaria el profesor José Ernesto Aceves. También leyó “Corazón diario de un niño” de Edmundo de Amicis. 

Eran varios hermanos, primos y tíos que juntaban entre todos una colección numerosa. En cada ciclo escolar adquirían una media docena de libros de lectura que abarcaban distintos grados, aproximadamente unos cien autores. Entre ellos estaba: José Gorostiza, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet. Para esa edad ya había leído un número considerable de escritores.

Tuvo dos tíos curas liberales. Su tío José María que dejó la iglesia para ser científico y Librado, de Tamazula, que siguió de sacerdote bajo los cánones de los agustinos sin espantarse del “Cantar de los Cantares” pero con un gran amor a la poesía. 

A esa misma edad (diez años) uno de sus tíos lleva a su casa La Divina Comedia de Dante Alighieri, todos la leyeron pero no pasaron del infierno. Él aprendió a citarlo en italiano. Después, a sus doce años, el tío Librado le pone a leer la biblia. Cuando se entera su tía, la hermana del sacerdote, le dice ¡pero qué monstruosidad es esta! A lo que el tío le responde Si Juanito va a vivir, de una vez que empiece. En alguno de sus sermones decía aquí está mi sobrino Juanito y sabe recitar muy bien. Lo subió al púlpito y recitó “Los motivos del lobo” de Rubén Darío. Otra vez recitó (lo mismo en el púlpito que en el presbiterio) “La suave patria” de Ramón López Velarde.  

A la edad de once o doce años influenciado por su tía, a la que la edad la había imposibilitado como oradora, la reemplazó como declamador oficial de Zapotlán. Y así empezó su carrera de recitador, no sólo en el templo, también en las fiestas cívicas y escolares. La vena familiar: el padre, los tíos, la tía, la hermana, el hermano y más, fueron sus precedentes para forjarlo.

            Comenzó un nuevo conflicto político-religioso: la Guerra Cristera que dejó marcados a los pueblos de México. El llamado de los pueblos católicos era “¡Viva Cristo Rey!”. Hubo una guerra civil donde se vivían fusilamientos, asaltos, ahorcados y más atrocidades. Para generar sumisión el gobierno se secundó en sucesos trágicos: exhibían la cabeza de algún hombre para que tuvieran miedo de su porvenir. Las exigencias que aplicó la constitución de 1917 para con el clero fueron drásticas y afectaron a una gran parte de la sociedad mexicana, entre ellos estaba Juan José.  

Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. No pude seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la revolución Cristera. Cerradas las iglesias y los colegios religiosos, yo, sobrino de señores curas y de monjas escondidas, no debía ingresar a las aulas oficiales so pena de herejía. (Arreola, 2012, p. 48)

En estos años tiene uno de los recuerdos inaugurales de su primer acercamiento con la poesía. Al no ir a la escuela, don Felipe Arreola que, como señala el escritor en De memoria y olvido “Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela de gobierno, me puso sencillamente a trabajar” (Arreola, 2012, p. 48). Los mandó a trabajar en el campo a todos los hijos. Un día su madre los puso a barrer, a Juan José y a uno de sus hermanos. Este oficio le molestó, pues debía recaer la escoba en manos de mujer, sin embargo lo hizo. El aburrimiento de este trabajo mecánico le arrancó el primer verso:

Mirad al buen sultán

contemplando las currucas

compungido y derrotado

por el ejército alemán.

Su hermano lo escuchó y le dijo: “esos son versos, tú eres un poeta, Juan”. No tuvo límites para seguir absorbiendo y mejorando sus conocimientos de forma autodidacta. A los doce años leyó a Baudelaire, Henrik Ibsen, Walt Whitman, Marcel Schwob, Silvio Pellico, Alessandro Manzoni, Giuseppe Giusti, Anatole France, Jean Lorrain, Catulle Mendes, Paul Fort, Gabriela Mistral entre otros.

Como se ha señalado anteriormente, desde los trece años comenzó a buscarse una ocupación y con esto le sobrevino un ingreso “Desde 1930 hasta la fecha he desempeñado más de veinte oficios y empleos diferentes… He sido vendedor ambulante y periodista: mozo de cuerda y cobrador de banco. Impresor, comediante y panadero. Lo que ustedes quieran.” (Arreola, 2012, p. 49). 

A sus quince años, actuó en varias obras teatrales, fiestas civiles y religiosas de su pueblo. El espectáculo taurino también influyó en su vida personal, fueron costumbres que quedaron ligadas a su obra. 

En 1934 partió a Guadalajara, donde estuvo dos años y aprendió a sacarle provecho a la biblioteca del estado. En esta estadía compra su primer libro adquirido con su sueldo de empleado de mostrador en una tienda de abarrotes; le costó $50 centavos, este libro ya no pertenece a la colección de los escolares que pertenecieron a sus hermanos y primos, es de cuentos de Leónidas Andréiev que inicia en sus lecturas a la par de Giovanni Papini y van marcando sus 17, 18 y 19 años de edad. 

Al regresar a su tierra natal en el treinta y seis, volvió a sentarse detrás de un mostrador en la tienda de ropa el “Puerto de Veracruz” de don José Guizar Torres, no le duró mucho. Ese periodo de tiempo lo llenó de ocupaciones laborales y lo aprovechó para darle un sentido a lo que lo rodeaba, el vivir de las cosas lo hizo que las relacionara a otras para dotarlas de forma y libertad. 

En la entrevista que le hace Emmanuel Carballo cuenta que estando detrás del mostrador dio rienda suelta a sus primeros versos escritos en el papel que servía de envoltorio a los comestibles. “en un cuarto de kilo de piloncillo se fueron mis primeros trabajos literarios” (Carballo, 1994, p. 431). 

En 1937 parte a la Ciudad de México, para pagar el viaje vendió su máquina Olivetti (que tiempo después recuperó) por $13 pesos y una escopeta Remington calibre 24 en $18. De los $31 pesos se gastó $15.5 en el camión. Se hospedó en casa de Rosita (hermana de Roberto Montenegro) que estaba en la avenida Cinco de Mayo, el mes le salía en 12 pesos. Era un cuarto lleno de agujeros que pronto reparó (con periódico y engrudo) gracias a uno de sus anteriores oficios: de encuadernador. Estas escaseces las cuenta Juan José Arreola en “Con Juan José Arreola” en De viva voz (entrevistas con escritores):

Viendo el diario El aviso oportuno hallé un empleo de vendedor ambulante. Me alimentaba mal. Desayunaba cualquier cosa, comía con 10 centavos dos tacos, y en la noche, una cocinera maravillosa que tenía Rosita, me deslizaba un pan y un vaso de leche. (Campos, 1986, pp.130-131) 

Ese mismo año, 1937, se inscribió en la Escuela Nacional de Teatro en el Palacio de Bellas Artes (INBA) con el director Fernando Wagner  (le descubrió a Rilke) quien le decía que le iba a dar un par de cachetadas para que dejara de hablar; sin embargo Arreola se justifica y lo puntualiza en su entrevista “yo hablo para pensar, no pienso para hablar”. 

Ahí conoce, trabaja y representa piezas, también bajo la dirección de Rodolfo Usigli  y Xavier Villaurrutia. Ganaba su sueldo de maestro de teatro pagado por el Sindicato Nacional de Electricistas. Daba clases en el sótano de su casa. También tuvo contacto, aunque no directo, con Octavio Paz, Alí Chumacero, Alberto Quintero Álvarez entre otros.

            De 1931 a 1955 ha representado piezas teatrales de Anton Chéjov, Upton Sinclair, Xavier Villaurrutia, Rodolfo Usigli, Luis G. Basurto y Neftalí Beltrán. Antes que dedicarse al cuento de lleno, escribió teatro en 1940. 

Después de esa experiencia de cuatro años, a principios de los cuarenta regresó a su Zapotlán sintiéndose desamparado de amor y sin fortuna. Se gana la vida como maestro de secundaria. Ahí escribirá su primer cuento: “Sueño de navidad” publicado por el periódico local El vigía. Está inspirado en Leónidas Andréiev . 

Arreola vivió a lo largo de su vida con un sentimiento de culpabilidad. La razón y la educación religiosa estarán siempre presentes para juzgarlo. De esta época recordará el mayor tiempo que le dedicó a la literatura y con mejor resultado. En este periodo aprende a jugar ajedrez y no por su padre (que le gustaba), al que le reprocha su experiencia tardía. Fue gracias al papá de una de sus primeras conquistas. 

Era el padre de una muchacha a la que yo pretendía: iba a su casa diario con el pretexto del ajedrez, y en una ocasión me lo encontré frente al tablero. “¿Tú no juegas ajedrez?”, me dijo. Contesté que no, “pues yo te enseño”. Dicho y hecho, la señora y la muchacha desaparecieron casi de la escena y él y yo nos pusimos a jugar ajedrez. El hombre me ganaba todas las noches, interminablemente; hasta que encontré la forma de defenderme y empezar a ganarle, a tal grado, que nunca volvió a ganarme una sola partida. (“Desde la torre del Rey, la dama escucha. Arreola y el ajedrez.” En la revista Tierra Adentra)

Si le hubieran preguntado “¿qué quieres ser de grande?” hubiera dicho que ajedrecista. Llegó a ser un gran jugador, mas no notable, para llegar a ese nivel debió de aprender de niño. Años después le ganaría a su padre.

            Conoció a Jorge Luis Borges en 1942 y 1943 en Guadalajara, Jalisco, junto a Arturo Rivas Sáinz y Antonio Alatorre, ahí se encontraba Juan Rulfo quien en ese momento no escribía. En ese año, 1943, publica en la revista Eos, de Guadalajara “Hizo el bien mientras vivió” (está en su libro Varia invención de 1949). Al poco tiempo fundan, Juan José Arreola y Antonio Alatorre la revista Pan. Todo esto sucede antes de que Arreola se marche a París. 

Estando en Guadalajara conoce a Luis Jouvet  (actor, director y escenógrafo francés) en 1943. La primera vez que habló en francés lo hace con él. Lo había escrito, pero la necesidad de expresarse lo hace hablar (entrevista Universidad de Granada). Jouvet lo incita a irse con la compañía pero viaja a París hasta 1945, justo cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial. Para partir tuvo que deshacerse de sus libros y poder comprar ropa de invierno. (“Conversación con Antonio Alatorre”, en la revista Tierra Adentro, p. 17). Ahí estudió declamación y actuación; también fue acompañamiento en comedias francesas.    

“De París volví prematuramente: enfermé de una dolencia capital en mi vida, tan importante como el amor. He sido durante más de veinte años un enfermo imaginario. De las características y altibajos de mi enfermedad han dependido el tono de mi vida y el tono de mi obra. Ya en México, no serví en empleos de mostrador: ingresé, gracias a Antonio Alatorre, al Fondo de Cultura Económica” (Carballo, 1994, p. 431)

Estando en el Fondo de Cultura se hizo amigo de Alfonso Reyes, quien lo trataba como a un hijo, incluso lo reprendía como tal y lo ayudaba económicamente. Fue becario del Colegio de México ayudado por Alfonso Reyes. 

En 1952 apareció su primera obra Confabulario editada por el Fondo de Cultura Económica. El quince de diciembre de 1958 entrega los textos en la Universidad Nacional Autónoma de México para la edición de Bestiario

A finales de los cuarenta, Juan José Arreola forma parte del grupo Los presentes. Al quedarse solo frente a la colección, decide continuar y en los seis meses siguientes a su apertura, publicó veinticinco obras. Más tarde cambiará el nombre a Cuadernos del unicornio.

Recibió el Premio del Festival Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes en 1955. En 1956-1959 se integró a la Casa del Lago, fue su director fundador. 

Por parte de la Fundación Rockefeller recibió una beca. Tuvo acercamiento a Margaret Shedd. Ella era una de las promotoras del Centro Mexicano de Escritores. Ahí inicia con sus primeros talleres literarios, más tarde continuará dándolos en su casa de Río Elba 32. 

Viajó a Cuba y a su regreso se reincorporó a la escuela de Teatro del INBA y al Centro Mexicano de Escritores (CME). En 1963 lo operan del píloro y le quitan medio estómago. “Lástima que no hayan operaciones para quitar los males de la cabeza. Estos ningún psiquiatra me los ha podido quitar” (“Memorias de Juan José Arreola. La revista Mester” en Tierra Adentro, agosto-septiembre, 1998, p.21). 

A su regreso al CME trabajó con Juan Rulfo y Francisco Monterde, en ese periodo tuvieron como becarios a escritores como Fernando del Paso, Salvador Elizondo y Jaime Sabines. En 1963 recibió el Premio Xavier Villaurrutia con su obra La feria.

En 1964 imparte talleres para el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana (INJUVE) aunque sólo fueron tres o cuatro clases por el espacio inadecuado, pero de ese taller surgió el de Mester; posteriormente algunos de los talleristas continuaron yendo a su casa. También fueron algunos que iban de la escuela de teatro y del Instituto Politécnico. 

Pronto se integraron más y más interesados en la literatura. Hubo como cincuenta aspirantes a escritores, algunos lo lograron; entre ellos se publicó la revista Mester que salía a la luz cada tres meses. 

Uno de los recuerdos que cuenta Orso Arreola sobre las memorias de su padre en la revista Mester de esa época es: “Algunos de los talleristas, en lugar de llevarme cada semana una botellita de vino, se bebían a escondidas mi vino”. 

Los talleres (en la Universidad Nacional Autónoma de México, en el Instituto Politécnico Nacional, del Departamento del Distrito Federal y de la Secretaría de Relaciones Exteriores) fueron un aliciente a lo largo de su vida. 

Dirigió seminarios de escritores cubanos en la Casa de la Américas. Consideró que el maestro no debe forzar el conocimiento, más bien debe provocar con una dialéctica sutil para agitar las ideas, debe ser un gran conversador. Tenía una capacidad de comprensión y de memoria que dejaba sorprendidos a los que lo escucharan. 

Dio clases en la Facultad de Filosofía y letras en la Universidad Nacional Autónoma de México, fue maestro en la Universidad de California, en Berkeley. De 1961-1966 estuvo a cargo de la coordinación de ediciones de la Presidencia de la República. 

Ganó numerosos premios, entre ellos están: el “Azteca de Oro” en 1975; el Premio Nacional de Periodismo en 1977; el Premio Nacional de Ciencias y Artes (Lingüística y Literatura) en 1979; el Premio Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1987, por su aportación artística y extensión de la cultura; el Premio Jalisco de Letras en 1989; el Premio Internacional de Literatura Juan Rulfo en 1990; el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en 1992; el Premio Internacional Alfonso Reyes en1995. 

También le entregaron el Doctor honoris causa en 1996, por la Universidad de Colima y por la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) en el 2000. Recibió una de las 17 medallas a los sabios de fin del siglo XX por la Universidad del Claustro de Sor Juana, Casa Lamm y por el Centro Universitario de Integración Humanística y de Estudios Universitarios de Londres. 

Actuó y dirigió programas culturales televisivos y de radio como “Vida y voz”, “Aproximaciones” y “Sábados con Saldaña”. Fue jefe de circulación de “El Occidental”. Tradujo del francés temas artísticos como la importante traducción de Francis Thompson.

Hablar de su vida privada es eso, en vista y oídos de pocos. De manera muy escasa se hace referencia de su esposa Sara, como lo menciona José Agustín en la revista Tierra Adentro “era la mujer más misteriosa del mundo y que muy raras veces se aparecía por ahí” (P. 11). Tuvo tres hijos: Fuensanta, Claudia y Orso. Éste último escribe parte de las memorias de su padre para la revista Mester. Ve a la vida como una serie de tropiezos que más que saltarlos los percibe como errores de la ingenuidad “el alma se me ha ido envenenando poco a poco pero sin resentimiento” (Carballo, 1994, p. 443). 

Algunos detalles que nos marcan la vida del escritor y que se mezclan dentro de su línea del tiempo citado por: “Juan José Arreola por José Agustín. Retrato hablado” en la revista Tierra Adentro, dan una muestra clara de lo que en Juan José se llama retentiva:

“Una vez estábamos en Bogotá y dejó estúpido a todo el mundo citando de memoria poemas enteros de autores colombianos del siglo pasado, poemas que ni los mismos colombianos se sabían de memoria. Así me ha tocado verle muchos prodigios memoriosos increíbles” (p. 15) 

Estar enfermo, para Arreola es ese llamado de la enfermedad, un temor a la muerte. No sólo se refleja en el cuerpo sino en el más allá que incita la vida. Como si el quejarse fuera el grito desesperado de decir ¡Estoy vivo! Sus padecimientos (muchos imaginarios) son la exaltación del cuerpo humano, de su achacoso espíritu. Esta llamada de atención se hizo latente en los que estuvieron cerca de él, como lo señala Juan Enrique Espinoza en “Juan José Arreola, el escritor-maestro de las letras mexicanas, conversación con Antonio Alatorre.” en la revista Tierra Adentro:

Cuando yo conocí a Juan José, hace más de cincuenta años, siempre andaba quejándose de mala salud. Ahora sigue igual: se queja de mala salud, pero él sigue platicador y entusiasta y está muy metido en la vida. Por eso la respuesta sería que el Juan José Arreola es el mismo de antes. Naturalmente uno se hace viejo (…). Juan José tiene una cierta pose de quejumbroso, pero en el fondo tiene muy buena salud, yo diría que él tiene una forma de salud muy extraña, pues a sus ochenta años se encuentra muy bien (p. 20)   

Hizo una de sus confesiones en “Juan José Arreola: vida, lenguaje y espectáculo.” en la revista Tierra Adentro: “soy un hombre que busca siempre un confidente y que muchas veces a una persona que acaba de conocer le arroja todo el tonelaje, como un camión de volteo, de lo que lleva adentro y ya no puede tolerar”. Este confidente cambia, puede ser uno o múltiples, también la necesidad de contar traspasó su lengua materna. Dio una conferencia en la Sorbona que estaba programada en cuarenta y cinco minutos y él la hizo en dos horas.  

Arreola murió el 3 de diciembre del 2001 de ochenta y tres años por un paro respiratorio. Vivió tres años de enfermedad siendo víctima de una hidrocefalia. Ese lapso de padecimiento lo salvó en casa de su hija Claudia.   

A temprana edad estuvo rodeado de esa aura celestial que desprende su familia y repica en su obra: siempre Dios, siempre el diablo;  el pecado latente. Más tarde, al salir de su pueblo y recorrer Guadalajara, la capital, París…; al conocer a más gente con nuevas ideas, con mayores aperturas, desarrollará una narrativa donde convergan sus deseos prohibidos y sus dogmas de fe. Tiene la sensibilidad de intuir y mezclar estos incompatibles sentimientos.

Su vida fue un variar de trabajos, de ideas. La falta de interés por un empleo fijo, al que siente monótono, donde el soñar no tienen cabida, hacen que su economía esté en vilo. La salud, pese a vivir tantos años, también se hace notar en el cuerpo y en el alma. Siempre imaginando un amor eterno pese a dominar el sentimiento humano. 

Vivió con ésta incertidumbre del soñador absorto en una vida de fantasía que pudo recrear a través del teatro y de la narrativa.

(Continúa en la siguiente entrega…)

Foto: Breakingpic

Cotidianidades. No pasamos de los diez años. Luis Antonio Rincón García

Cotidianidades…

No pasábamos de los diez años, cuando mi hermano y yo nos retamos para imaginar qué era lo peor que podría haber dentro de una caja. Éramos unos niños del siglo pasado, en esa época hasta los delincuentes actuaban con cierto pudor, y nosotros, viviendo en un entorno pacífico, más que pensar que en objetos capaces de provocar horror, especulábamos con hechizos, maldiciones o plagas desconocidas.

El juego duró varios meses, quizá años, y cuando comencé a crear literatura infantil, recuperé esa anécdota para escribir una historia que se llama “La caja en la estación”, la cuál es parte del libro “Ábrase en noches de tormenta”.

La anécdota principal del cuento es bastante sencilla: una señora llega con una caja extraña a una estación de tren, advirtiendo a quien se le acerque que nunca nadie debe ver el interior. A parte de ella, sólo una persona más ve el contenido. De esa manera se le requiere al lector que participe en la historia, pues debe imaginar qué hay ahí adentro.

El final abierto no les ha gustado a muchos de mis jóvenes lectores, quienes se han acercado a exigirme les aclare qué había ahí, y si bien algunos se despiden elucubrando la probable respuesta, otros se alejan molestos, preguntándose por qué hay seudo escritores que se ponen a escribir cuentos, si luego no van a ser capaces de terminarlos.

Hace poco fui invitado a una escuela primaria donde alumnos y alumnas de quinto grado son consumados lectores. Habían trabajado con mi libro y varios de ellos también sufrieron por el final abierto. La profesora atrapó al aire la inquietud y los retó a construir su propia caja, así como a proponer qué podía ser ese contenido tan temible que nadie debería ver.

Esa mañana tuve el honor de abrir las veintisiete cajas y el privilegio de sorprenderme con cada una de ellas. Hubo quien, por ejemplo, colocó monedas de chocolate, collares, aretes y anillos dorados, los cuales representaban la máxima riqueza universal. Pero entre el tesoro también había una serpiente de oro, cuyo veneno provocaba la ambición sin límites.

Un niño abrió una caja de zapatos para mostrarme los principales males que el ser humano le ha provocado a la humanidad. En las paredes había pegado fotos de las guerras mundiales, de los incendios en Australia, del mar contaminado y también una ilustración apocalíptica de cómo terminaría el planeta si se desatara la tercera guerra.

Otra niña colocó dentro de un huacal un álbum con fotos de niños pequeños. Ella asumía que dentro de la caja en la estación estaban los momentos más dolorosos y tristes vividos por algunos adultos en su infancia, y precisamente por ser tan terribles y hasta vergonzosos, no querían que nadie los viera nunca. 

A su lado, una chica me mostró un frasco precioso con un contenido rosa, brillante. Era el elíxir de la impunidad. 

—Eso no debe tenerlo nadie nunca —me dijo la niña—. Pues quien lo posea, tarde o temprano terminará haciéndole daño a todos bajo la certeza de que no lo alcanzará ningún castigo.

Hubo cajas con pesadillas, con insectos y animales ponzoñosos, otra tenía la intención de iluminar —o quizá deslumbrar— por medio de la insoportable verdad, y también hubo una caja con todos los temores que llega a sentir un niño, nada más que su dueña, incapaz de tolerar sólo lo malo, decidió plantar sobre la tapa un árbol que en cada rama llevaba el antídoto a cada mal. 

Fue una mañana espléndida que me iluminó la semana, pues me dejó la certeza de que, efectivamente, los niños y las niñas están informados de cuanto ocurre a su alrededor, saben hacia dónde debería virar el timón y, sobre todo, ya están construyendo mentalmente el mundo que desean habitar, muy alejado del entorno de violencia en el cual, gracias a los adultos, están creciendo.

Hasta la próxima.

Fotografía: kaboompic.com

Paso de fuego. 4. Cuentos de mar. Luz Helena Horita

Cuentos del mar de Luis Antonio Rincón

por Luz Helena Horita Pérez

Cuentos del mar es el libro de la Editorial Tifón en su Colección Pinolillo, que esta tarde nos convoca, y agradezco a Juventino Sánchez la invitación a compartir mi experiencia de lectura, y a todos ustedes por acompañar el viaje.  

El mar como fondo, música, estridencia que atraviesa un breve libro de 63 páginas en formato de bolsillo, se convierte en escenario y actor para tres cuentos del narrador Luis Antonio Rincón. El efecto KenoEl hijo del mar y Embravecido son textos de diferente aliento, a partir de los cuales el autor nos va acercando a un universo marino si no mareño, dibujando trazos del imaginario que lo circunda, recuperando mitos y presentando personajes relacionados íntimamente con esa inmensidad, tan generosa como implacable, que es el mar.

En El efecto Keno, el autor nos presenta la premisa que atraviesa el libro: el mar como seducción. Aquí es esa obsesión de aprehenderle, de enfrentarle y vencerle, nadando a través de él, es lo que explica la existencia de Keno en un mundo de fantasías. Aquí, Luis Antonio elige un narrador en primera persona que recuerda a este personaje de la infancia, el loco del pueblo, con una voz adulta que evoca desde el hoy; en esta actualización del pasado, Keno se convierte en signo vivo de todos aquellos que alguna vez hemos encontrado vagando en sus propias fantasías, y cuya condición explicamos por el alcohol, drogas o condiciones de salud mental; sin embargo, nos dice Rincón, no es sino el mar lo que habita y arroba a estas personas. La voz de la primera persona es natural, reflexiva y confidente, nos presenta a Keno recuperando apreciaciones del niño, pero explicando desde la experiencia del adulto; es inevitable conectar experiencias que hemos tenido con otros Kenos en otros espacios y momentos de nuestras historias. Y esta cercanía con la voz narrativa se afianza con un giro hacia la segunda persona, en el que nos habla directamente, y en un guiño nos deja la pregunta de si “Luisito” es quien hoy nos convoca a conversar sobre aquel “loco de mar”.

El hijo del mar, es el segundo relato que nos presenta Luis Antonio, también desde la primera persona, nuevamente un adulto en la reconstrucción de sus memorias. Aquí el narrador se rememora a sus ocho años, cuando un niño desconocido llega al pueblo pesquero, casi de su misma edad, con cabellos amarillos (que no rubio, sino la cabellera quemada de sol), piel tostada y ojos azules: Lo único que traía consigo era un short de mezclilla, que le quedaba grande, y un pedazo de nombre: Nun

En dos líneas logra la impresión de abandono en el niño que, con la naturalidad infantil, se integra a una comunidad que lo recibe, para descubrir poco a poco su vínculo especial con el mar. En este cuento la voz narrativa comparte espacio con breves fragmentos de diálogo que permiten escuchar eco del habla de la costa, escenas significativas en que se toca el tema de la pesca, el hambre, el amor, el despecho y la muerte. Quienes tenemos historia vinculada al mar, el texto de Luis Antonio nos regala la oportunidad de evocar también vivencias, reconocer la inocencia Nun ajena a preocupaciones más allá del juego, la comida, el sueño, y el disfrute de la pesca. En el breve cuento la evolución de Nun se plantea desde la relación y cariño que manifiesta el narrador: la distancia desde la cual el adulto recupera sus memorias permite de forma efectiva hacer observaciones sobre los hechos, enfatiza la peculiaridad del joven en que se convierte Nun, los intereses que se construyen alrededor de él y la resolución desde la cual recupera finalmente su libertad. Y es que finalmente es el mar como símbolo de libertad lo que subyace en el libro de Luis Antonio Rincón, cuya atracción de fuerza centrípeta nos llama, a pesar de cualquier advertencia sobre sus riesgos.

Embravecido es el relato en el cual Luis Antonio nos sumerge en su universo, en una aproximación a la vida de la costa chiapaneca. El tercer texto del libro se trata de una quimera que difícilmente dejará ceñirse a cualquier etiqueta que queramos colgarle, ya que el género de cuento sólo lo justifica en función de que narra algo en un espacio breve de “texto” (este en su concepción semiótica como generador de sentido). Rincón completa la presentación de su tesis sobre el mar a través de una narrativa híbrida. Algunos podrán apreciarlo como un ejercicio hipertextual, término que hace referencia a la construcción de textos que pueden ser abordados sin tener un orden preestablecido, y que es el lector quien decide la ruta en la cual accede a lo escrito. Este es el tipo de textos a los cuales accedemos vía nuestros dispositivos, donde existen diferentes ligas que proporcionan información sobre el tema de interés. 

Así la pregunta, ¿Embravecido es un hipertexto? No necesariamente, ya que no existe una pauta estructural que transgreda la lineal, es decir, a diferencia de la novela hipertextual por excelencia, Rayuela de Julio Cortázar, en el cuento de Luis Antonio no hay una invitación expresa para hacer la lectura en un orden distinto al que se presenta el texto, a pesar de presentar información fragmentada en formatos de diversa naturaleza: narración lineal, guion cinematográfico, gráfico (dibujos), diagramación de Prensa, pronunciamiento oficial y diálogos, que de manera independiente logran unidades de sentido, pero que al articularlas en un todo, proporcionan pistas para completar el relato. 

Así, lo que caracteriza al texto es la diversidad de formatos o soportes en los cuales corre la historia; la selección de cada uno de estos formatos no es fortuita, proporcionan información desde diferentes perspectivas y personajes, nos acercan al lenguaje local y temas cotidianos, plásticamente conectan con experiencias cercanas y entrañables, y en conjunto alcanzan la verosimilitud tan buscada por los narradores comprometidos con el trabajo creativo.

Podemos identificar entonces el tercer texto como una narrativa transmedia, vigente en diferentes propuestas metatextuales que incluyen video, plástica, montaje escénico, producción literaria y aplicaciones digitales, cuyo impacto radica en la creación de puntos de contacto entre los universos creados y la realidad en que transitamos. Robert Pratten enfatiza que la naturaleza de este tipo de narrativa no radica en la diversidad de medios en que se presenta la información, sino en la travesía emocional en la cual se involucra el lector a través del acceso al texto. 

Los diferentes soportes en que Rincón construye el relato permiten intensificar la experiencia de lectura, exigiéndonos como lectores una re-construcción de la realidad que nos presenta el autor. Compartimos el discurrir de pensamientos de Perico ante el hambre y la pobreza, lo acompañamos junto a Chema en su travesía, alternativa al negocio de mula tan frecuente en la zona; apreciamos los dibujos hechos por un hijo y leemos sus textos infantiles ante la ausencia paterna, observamos la representación escénica de cómo se vive la tragedia de los perdidos en el mar por todos los que quedan varados en su cotidiano, somos informados oficialmente de los resultados de las búsquedas y rescates, asistimos a la extrañeza de los reporteros ante un reencuentro no esperado y, finalmente, nos quedamos con un relato cuya conclusión parimos.

De esta forma cada uno de los “segmentos” son unidades de sentido, hilos cuya urdimbre no existe sino hasta el momento en que, al leer, tejemos. Experiencia en que nos reconocemos participantes a través del sentido generado, y donde una sensación nos deja suspendidos con el ¿acaso final? del cuento Embravecido.

Cuentos del mar es un libro en formato de bolsillo con 10×13 cm. Texto compacto, sintético, cuya unidad de impresión está innegablemente asociada al mar, a la seducción que ejerce sobre muchos de nosotros, su fuerza e inmensidad, donde las posibilidades del viaje nos las obsequia Luis Antonio Rincón en 63 páginas. 

¡Enhorabuena! Querido Luis Antonio.

14 de marzo de 2020, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.

Fotografía: Juventino Sánchez Vera.

Parábolas del uroboro. 2. Juan José Arreola, contexto histórico /2. Ilse Ibarra Baumann

Juan José Arreola. Contexto histórico

Ilse Ibarra Bauman

Contexto histórico 

La historia de México lleva un desarrollo que se amalgama entre una imitación y una creación ondulante. Para llamarse mexicanos y representarse como tal han tenido que negar su estado anterior sin separarse definitivamente de él. Es por eso que el mexicano busca señalar en su historia los abusos y las faltas que marcan su desigualdad, pero no se pueden comprender sin el trasfondo pese a su ignorancia indígena con sus usos y costumbres, con sus leyendas y sus mitos. Un ejemplo de esto está en La feria

Antes la tierra era de nosotros los naturales. Ahora es de las gentes de razón. La cosa viene de lejos. Desde que los de la Santa Inquisición se llevaron de aquí a don Francisco de Sayavedra, porque puso su iglesia aparte en la Cofradía del Rosario y dijo que no les quitaran la tierra a los tlayacanques. (Arreola, 1995, p. 471)

El movimiento más significativo previo y durante el nacimiento de Juan José Arreola fue La Revolución Mexicana; a principios del siglo XX, el país avanza discriminadamente, por un lado estaba la clase alta y media que crecían apuntaladas al progreso de empresas que venían del extranjero y recreaban un panorama de crecimiento. 

Por el otro lado, estaban los obreros que trabajaban numerosas horas por míseros sueldos en estas nuevas industrias y los campesinos que habían quedado abandonados en manos de los caciques. 

Las demandas de educación, de salud, de tierras, de desarrollo en el campo, de democracia, de justicia social entre tantas, se hicieron notar. Huelgas como la de Cananea y Río Blanco (1906 y 1907) representan estas injusticias aunque fueron acalladas por la fuerza. Los acontecimientos de marcada desigualdad se hacían presentes en los estudiantes, es cuando surge la clase media. El pueblo necesitaba reconstruirse, estaban cansados de una dictadura a la francesa con Porfirio Díaz, como lo señala Octavio Paz: 

Y más tarde los obreros decidirían uno de los episodios más importantes de la lucha civil: sus líderes se alían con Carranza (…) A cambio de una legislación obrera, se ligaba el proletariado a una de las facciones en que se dividió el movimiento revolucionario. Desde entonces la clase obrera ha dependido, más o menos estrechamente, de los gobiernos revolucionarios, circunstancia de capital importancia para entender al México de nuestros días. (1972, p.p. 124 – 125)

Dentro de la historia mexicana, Madero representa una democracia menos cruenta. La solución que ponía a tantos años de despotismo era conservar la paz de su patria encaminándola a unas elecciones limpias. Pero el idealismo de Madero es inútil para otros aspirantes al poder. 

La Revolución dejó un país más desequilibrado. No sólo existe una pérdida de vidas en un periodo de diez años (1910-1920) de lucha armada, sino que quedó cercenado en todos sus aspectos: político, religioso, económico y social. 

El desánimo se volvió notorio e inminente ante tanta arbitrariedad como lo hace ver Javier Garciadiego en Introducción Histórica a la Revolución Mexicana, publicado por la SEP y El Colegio de México: 

“… la desilusión de las clases medias… con el cambio y las rebeliones zapatista y orozquista, terminaron por hacer insostenible el gobierno de Madero. En rigor, Madero fracasó porque destruyó el régimen porfiriano pero fue incapaz de crear un gobierno nuevo que pudiera alcanzar la estabilidad mediante un proyecto adecuado para el país: su propuesta política –la democracia– resultó prematura, y su proyecto socioeconómico –liberal– era insuficiente. (S/A, 52)

El panorama social, extinto dentro de la beligerancia política, queda inscrito en las novelas de la Revolución. El papel de la literatura es fundamental, se unen tres factores que se vuelven inseparables: lo político, lo social y lo cultural. Grandes intelectuales fundan el Ateneo de la juventud, entre ellos está Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Pedro Henriques Ureña, Antonio Caso entre otros.  

Si las huelgas y revuelta campesinas minaban la estructura social de la Dictadura y la inquietud política en las ciudades hacía vacilar la confianza de Díaz en el apoyo popular, en la esfera de las ideas dos jóvenes, Antonio Caso y José Vasconcelos, emprendían la crítica de la filosofía del régimen. Su obra forma parte de la vasta renovación intelectual iniciada por el grupo llamado Ateneo de la Juventud. (Paz, Octavio, 1972, p.p.125 – 126)

La historia dio material trágico para edificar una nueva literatura regionalista, indigenista y de vanguardia. Para adentrarse a esa etapa nada mejor que Martín Luis Guzmán con su texto La fiesta de las balas, una de las hazañas de la División del Norte comandada por Francisco Villa con su lugarteniente Rodolfo Fierro. En este país tan disímil y en aquellos momentos de guerra civil se funda este grupo que observa. Unos señala los errores sin embargo otros no se adhieren a ésta crítica, pero ninguno se escapa de la influencia que ha dejado en ellos la tragedia de la Revolución.  

            El Ateneo fue el crisol en el que se forja un brillante grupo de ensayistas, pensadores, críticos y creadores mexicanos cuya contribución es decisiva, aunque la entidad sólo durase poco para el desarrollo intelectual del país moderno. 

“Entre los fuegos iniciales de la Revolución y el estallido de la Primera Guerra Mundial, se forman allí las mentes más claras, hondas y creativas de la hora. Su aparición fue estimulada por el clima nacionalista que empezaba a sentirse por esos años” (Oviedo, 2001, p. 128)

            El gobierno de Venustiano Carranza no disminuyó las necesidades del pueblo, paradójicamente se incrementaron a las del dictador. La inflación, el desempleo, los bajos salarios se extendieron como peste en el país. Las privaciones eran muchas, los obreros de la capital se declararon en huelga. La solución de Carranza fue la pena de muerte para el que se levantara contra su poder. El país se encontró inestable y para rectificar el rumbo que tomaba, Carranza elaboró una nueva constitución donde formuló cuatro artículos: 3°, 27, 123 y 130 que caracterizaban su espíritu liberal y revolucionario. Pese a que el poder recaía a última instancia sobre el ejecutivo.

Se vivía en total confusión, por un lado estaban los estudiantes liberales, por otro los porfiristas, los zapatistas, los huertistas, los carrancistas. Al poner en uso estos florecientes artículos dieron lugar a nuevos abusos. 

Ejemplos de estas arbitrariedades están marcados en la literatura mexicana. Juan José Arreola marca puntualmente en “La feria”, Obras (FCE), muestras  que no pueden ser ignoradas:

El señor don Cristóbal se nos ha introducido arbitrariamente de un año acá, y nosotros sin poderle impedir. Él, valiéndose de la Revolución, pidió al señor juez que lo pusiera en posesión. Y visto él que no le impedimos nada, nos cerró la entrada de la laguna, y reconoció años de rentas de tierras de nuestras propiedades. Se valió del gobierno actual diciendo que nada nos debía, y nos hizo infelices sin tener de que echar mano. Nos quitó las sementeras de este año y no nos deja ni sembrar. (Arreola, 2012, p. 490) 

En materia de culto religioso, Carranza tenía cierta consideración. Estableció los artículos en la nueva constitución aunque los que estaban relacionados con el clero no se pusieron en vigor. La religión era algo delicado en un país altamente católico y en suma: fervoroso. Esto será el inicio de lo que más tarde llegaría a ser la Guerra Cristera. “El primer brote ocurrió en Jalisco a mediados de 1918. Ante la restricción oficial a los ministros religiosos, se organizó un vasto y efectivo boicot comercial.” (Krauze, 2014, p. 249). Ante esta hostilidad anuló el precepto y volvió a la paz. Quedó latente el conflicto para más tarde. Ese mismo año nace Juan José Arreola.

            En 1920 reinician las revueltas al lanzar el Plan de Agua Prieta donde se señala que se desconoce el gobierno de Carranza. Álvaro Obregón se aloja en la silla presidencial. México permanecía atado, silenciado; como si la Revolución fuera el momento naciente en que se le ha dado voz. “toda revolución pretende crear un mundo en donde el hombre, libre al fin de las trabas del viejo régimen, pueda expresarse” (Paz, Octavio, 1972, p.129). 

Obregón coloca a Vasconcelos en la Secretaría de Educación Pública, ese momento es fundamental para la historia, organizan una campaña mesiánica para alfabetizar la Nación. La mentalidad de ambos dirigentes era tan divergente que muchas veces Obregón no se explicaba el para qué serviría leer a los antiguos griegos en un mundo como ese, donde lo que se necesitaba era aprender ingeniería, matemáticas, su identidad nacional entre otras. Se crearon escuelas rurales, técnicas, indígenas y elementales. Así lo cita Krauze: 

Daniel Cosío Villegas, uno de los escuderos intelectuales de Vasconcelos en aquella cruzada de la cultura y la educación, escribiría mucho tiempo después, con nostalgia: <Entonces sí que hubo ambiente evangélico para enseñar a leer y escribir al prójimo; entonces sí se sentía, en el pecho y en el corazón de cada mexicano, que la acción educadora era tan apremiante y tan cristiana como saciar la sed o matar el hambre. (…) Fundar una biblioteca en un pueblo pequeño y apartado parecía tener tanta significación como levantar una iglesia (…) Entonces el teatro fue popular, de libre sátira política, pero, sobre todo, espejo de costumbres, de vicios, de virtudes y de aspiraciones>. (2014, p. 300 y 3001)

Además de crecer en el terreno de la educación, se sumaron a ésta las bellas artes. En literatura, Ramón López Velarde fue profesor en la Escuela Nacional Preparatoria. Se mantuvo apartado del ajetreo revolucionario que vivía el país, y claramente se lee en sus poemas la influencia católica de su formación. Tras la muerte de Madero se opuso al gobierno de Victoriano Huerta, conocido como “El usurpador”. “Asistió a la violencia revolucionaria y vio morir a su tío cura como consecuencia de ella.” (Oviedo, 2001, p. 40). 

Al final de su corta vida escribe el poema Suave Patria “Sin traicionar su propios modos, el poeta alcanzó a crear un canto de exaltación autóctona que refleja bien la ola nacionalista que agitaba a la cultura mexicana.” (Oviedo, 2001, p. 54). 

En la pintura surgieron los grandes muralistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros entre otros y dan muestra de lo que está ocurriendo en la Nación. Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central es el retrato explícito de lo que se vivía en el país.

En el ámbito social, Obregón, intentó continuar la obra de Carranza y se apegó a la constitución. Se mantuvo firme en los artículos que afectan al clero. Aunque no fue tan severo como su ex ministro de Gobernación, Plutarco Elías Calles, que sostuvo una tensa avenencia. Franqueó el compromiso para con el clero y se dedicó a que el gobierno americano lo reconociera, en buenos términos, como el mandatario del gobierno mexicano para no tener que enfrentarse más tarde con el país vecino. 

             Para el General Calles no existió libertad de religión. Tenía aberración hacia el culto religioso, él sí hizo cumplir la constitución en lo referente a la iglesia católica, pese a que representaba a la madre de la mayoría de los mexicanos, con esto da paso a la Guerra Cristera que duró tres años. Los cristeros operaban como un ejército de guerrillas y el ejército federal no podía entrar a cada pueblo establecido en un rincón del país. Morrow, quien fue embajador de los Estados Unidos en México durante la Guerra Cristera dice “los pobres no tienen casi otra cosa que el consuelo de la Iglesia” (Krauze, 2014, p. 352)  

Los pueblos de México estaban constituidos en torno al perímetro de la iglesia, desde su construcción hasta su vida litúrgica que dictaba cada día del calendario. Era esta fe la que dirigía sus acciones más que el régimen político. 

Durante la Guerra Cristera los pueblos pequeños fueron evacuados y los concentraron en los más grandes (como lo menciona Juan Rulfo en la entrevista hecha por Joaquín Soler en 1977), muchas familias perdieron todos sus bienes. 

Ante las exigencias que aplicaba la constitución de 1917 para con el clero, hubo disconformidad de parte de los sacerdotes y cerraron las iglesias y con ellas el culto. El pueblo protestó y se levantó en armas a defender “la Santa causa de Dios”. Las nuevas bases que se habían puesto en marcha influyeron en todos los ámbitos. Así lo recuerda Juan José Arreola en “De memoria y olvido”, Obras (FCE)

“Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. No puede seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la Revolución cristera. Cerradas las iglesias y los colegios religiosos, yo, sobrino de señores curas y de monjas escondidas, no debía ingresar a las aulas oficiales so pena de herejía. Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela de gobierno, me puso sencillamente a trabajar.”(Arreola, 1995, p. 48) 

El origen de esta guerra fue matriarcal, como lo describe Juan Rulfo en la entrevista. Fueron ellas las que dentro de la familia le decían al hermano, al hijo, al padre “ve a luchar por la causa de Dios”, no hacerlo era un ultraje. Tuvo gran parte la mujer en esta guerra. Los federales lucharon contra hombres, sin embargo las mujeres anduvieron entre el campo repartiendo armamento, fue una cruzada difícil de acabar. Todos se levantaron en armas. 

Todas las puertas cerradas en nombre de Dios. Toda la locura y la terquedad del mundo en nombre de Dios. Dios de los ejércitos; Dios de los dientes apretados; Dios fuerte y terrible, hostil y sordo, de piedra ardiendo, de sangre helada. Y eso era ahí y en todo lugar porque Él, según una vieja y enloquecedora maldición, está en todo lugar (Revueltas, 1979, p. 11)

Fue una guerra absurda, si se observa a distancia el conflicto, el gobierno no derogó sus leyes por pretensión de un grupo que había mantenido al pueblo en total control e ignorancia. Los obispos tuvieron la esperanza de que Calles pasara por alto la constitución, su intención fue arrancar de raíz el fanatismo.

            Había cerca de cincuenta mil cristeros alzados en armas. Otros veinticinco mil habían muerto en combate. Aquella guerra no sólo costaría a México, en total, setenta mil vidas; sobrevendía, además, una caída fulminante de la producción agrícola (el 38 por ciento entre 1926 y 1930) y la emigración de doscientas mil personas. <Fue>, en palabras de Luis González, <una guerra sangrienta como pocas, el mayor sacrificio humano colectivo en toda la historia de México.> (Krauze, 2014, p. 351)

            Putarco Elías Calles fundó el Partido Nacional Republicano (PNR) que será lo que hoy se conoce como el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Manifestó su apoyo y controló tanto a candidatos como al gabinete. 

De 1928–1930 gobernó Emilio Portes Gil bajo el amparo del ex presidente Calles. De 1930–1932 continuó Pascual Ortiz Rubio bajo la misma tutela protectora. A estos años de dominio se les conoce como el Maximato. Para que se cumpliera la democracia, que es uno de los grandes pilares de la Revolución, pasaron diez años y se formó un partido opositor, el Partido Acción Nacional (PAN). Lo encabezó Manuel Gómez Morín. 

            La plataforma revolucionaria que tomó Cárdenas en su gobierno en gran medida estuvo influenciadas por Francisco J. Múgica. Una de estas bases es el socialismo. Declaró que “resolver el problema de la tierra es una necesidad nacional y un impulso al desarrollo agrícola” (Krauze, 2014, p. 402).

            La reforma agraria, la expropiación petrolera, la protección al obrero, fueron los puntos en que forjó su estructura gubernamental. Pero no sólo de buenas intenciones vive el hombre. Un pueblo fanático e ignorante restará a su bienintencionada causa en más de una ocasión. Trató de liberar a la población de esa formación espiritual tan enquistada apoyado por el socialismo y el comunismo, pero fue imposible. ¿Cuántos siglos le había llevado a la iglesia conquistar el espíritu mexicano para que llegaran hacer a un lado su labor? 

‘Nosotros no habíamos pedido eso del ejido, ni sabíamos qué era eso. Por eso cuando llegaron los del gobierno pensamos que otra vez andaban buscando cristeros y no les creíamos nada y no queríamos aceptar lo del ejido … Pero ellos ahí estuvieron hable y hable, cantándola finito, que si el gobierno era esto, que si el gobierno era esto otro … Hasta dos o tres días se quedaron y nos dejaron los papeles’ …

‘Vino a un convivio y les habló que qué era lo que querían; pero como aquí todos éramos católicos, rehusaron ese reparto de tierras, sin saber si serían beneficiarios o no … La gente lo trató bien pues en realidad la gente no sentía odio … el pueblo aclamó mucho a don Lázaro y la gente estaba quieta … Frente a él no se vido [sic] ninguna manifestación mala … [aunque era natural que] toda la gente que trabaja a gusto tenía que estar disconforme con la proposición, con lo que venía a ofrecer él (…) la multitud en los pórticos gritaba: Nosotros no queremos tierra sino culto.’ (Krauze, 2014, p. 415-416)

El mundo se volvía poco a poco capitalista, mientras que ellos habían regresado al origen de hombre-naturaleza cumpliendo sus necesidades básicas en un mundo lleno de tradiciones donde se bifurcaba su sincretismo religioso. Encerrados en su ignorancia, el desalojo de haciendas y de la repartición de éstas vino a deteriorar la productividad del país. 

Los grandes pintores muralistas se venían abajo, su obra maestra ya había pasado. Y los jóvenes que venían despuntando comenzaron a brillar: Rufino Tamayo, Pedro Coronel entre otros. 

Sin embargo, en este espacio de paz revolucionaria volvió a brillar la literatura. Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas dirigían El Colegio de México y daba acogida a los exiliados españoles. Entre los mexicanos jóvenes estaba José Revueltas, Efraín Huerta, Octavio Paz. 

Los sindicatos se volvieron un fracaso para el obrero y para el país. La Confederación de Trabajadores de México (CTM) era liderada por Vicente Lombardo Toledano y más tarde por Fidel Velázquez. Estos acabaron favoreciendo su bolsillo y el de sus líderes y no las necesidades de los obreros. El país había quitado la hegemonía militar pero ahora se enfrentaba a estas confederaciones.

1942 es el momento del cine de oro mexicano. María Félix, Dolores del Río, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, Arturo de Córdova, Mario Moreno Cantinflas entre otros fueron los que se encontraban en la cúspide. “El cine se realizaba con lo que ahora puede considerarse verdadera inocencia (…) La industria no se hallaba tan contaminada por la vulgaridad de la búsqueda de la máxima ganancia a través de la mínima inversión” (Ramírez, 2006, p. 28) En música florecía Agustín Lara, Lucha Reyes, Pedro Infante, Pedro Vargas, Cri-crí entre otros.

A raíz de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) las exportaciones aumentaron y el país se encontró en una holgura que propició gran desarrollo en el país. Pero no por ello las comunidades alejadas pudieron disfrutar de ese progreso. Los pueblos aún se observaban arcaicos contra el esplendor. 

El “dogma” revolucionario de la entrega de tierras aún era “sagrado” y Ávila Camacho también hizo sus repartos, sólo que estos fueron de tierras pésimas, cerriles, o de plano inservibles. Por si fuera poco, los trámites de acreditación llegaban a demorarse hasta 35 años. Muchos campesinos de plano rechazaban los predios otorgados. (…)

En cambio fortaleció la oficina de la Pequeña Propiedad, y con esto regresó, cada vez con más fuerza, el latifundismo: bastaba con dividir una inmensa extensión en pequeños predios y ponerlos a nombres de familiares o prestanombres. Estos “pequeños propietarios” pronto crearon sus propias guaridas blancas, en el más puro estilo Pedro Paramo (Ramírez, 2006, p. 51)

Las fiestas religiosas seguían siendo el alma y júbilo del pueblo. México vivía al amparo de los Estados Unidos, al declararse éstos en contra del comunismo, el gobierno y todo lo que dentro de él se gestionaba, tuvo que ser radicalmente anticomunista.

            La devaluación que más tarde golpea al país es el producto de estas decisiones hechas sin antes hacer un análisis: el reparto de tierras careció de visión; los líderes estaban faltos de un razonamiento justo, equitativo y lógico para sus obreros y campesinos; y además estaba el cáncer de todo político: la corrupción, que siempre había existido, con Miguel Alemán se desencadenó más. Favoreció a los empresarios que muchas veces sus negocios estaban fuera de la ley, hizo caso omiso. Sin embargo, los más necesitados, siguieron inadvertidos.

Pedro Infante se vuelve el ídolo de México. Tin Tan representa al pachuco en El rey del barrio, El ceniciento, Calabacitas tiernas…que como dice Paz es: 

este obstinado querer ser distinto, en esta angustiosa tensión con que el mexicano desvalido –huérfano de valedores y valores– afirma su diferencia frente al mundo. El pachuco ha perdido toda su herencia: lengua, religión, costumbres, creencias. Sólo le queda un cuerpo y un alma a la intemperie, inerme ante todas las miradas. Su disfraz lo protege y, al mismo tiempo, lo destaca y aísla: lo oculta y lo exhibe. (Paz, Octavio, 1972, p. 14) 

En todos los salones se bailó el mambo de Pérez Prado. Luis Buñuel participa en el festival de Cannes e impacta con su película: Los olvidados. En el teatro figura Emilio Carballido con Los signos del zodiaco. Pablo Neruda llega a México desterrado. Salvador Novo arrastrado por el capitalismo crea eslóganes para empresas extranjeras. José Revueltas critica a los líderes del comunismo mexicano. Octavio Paz continuó su trascendencia con Águila o sol

En 1949 apareció un nuevo y dotadísimo autor, Juan José Arreola, que con Varia invención hizo ver que México contaba con un estilista sofisticado, cosmopolita, que se hallaba al día y que hablaba un francés irreprochable. Actor, mimo, declamador, Arreola lucía sus sacos-de-pana-gastados-por-la-luna (faltaban muchos años para que el Maestro apareciera en las pantallas televisivas con lucidores casimires) e introdujo un aire enteramente nuevo en la literatura mexicana. (Ramírez, 2006, p. 98)

Las siguientes elecciones fueron arregladas para que el PRI resultara ganador. Y así llegó a la silla presidencial Adolfo Ruíz Cortines. Durante los años cincuenta a la mujer se le permitió votar; no por ello la ceguedad social cambió las costumbres, la jerarquía del hogar y su autoritarismo recaía en el patriarca. 

Nacieron los melodramas televisivos que cautivaron y entorpecieron el razonamiento en la vida de un gran número de mexicanos. En los años sesenta se institucionalizaron en cada familia, las pocas empresas publicitarias, que hasta hoy dominan la vida política, social y económica del país. “Los campesinos manifestaron su descontento (…) sólo se acordaba de ellos cuando requería grandes contingentes de acarreados, y a cambio de una torta y un refresco” (Ramírez, 2006, p.155)     

El rasgo característico de México contemporáneo, el que lo distingue del pasado reciente, es la constitución de un grupo social que domina el Estado y, a través del Estado, a la vida política, económica y cultural de la nación. Este grupo está compuesto por políticos, tecnócratas e intelectuales. Surgió después de que cesó la lucha armada entre las facciones revolucionarias; su involuntario fundador fue un caudillo, Plutarco Elías Calles, con el que comienza el México contemporáneo. (Paz, Octavio, 1989, p. 159)

Han pasado los años y el control de México aún sigue estando en manos de pocas empresas. Gobiernan al país junto con el Estado. El narcotráfico, el crimen organizado permanecen enredados entre las esferas más altas del gobierno. La impunidad es parte de la historia de este país. Nada se condena. México es un país libre de protección. Ellos hacen de este México actual una nación cada vez más corrupta, más desigual y con menos principios.  

(Continúa en la siguiente entrega…)

Foto: Breakingpic

Universo breve. 8. Tal para cual. Damaris Disner

Tal para cual 

Dámaris Disner

Él admira mi desbordante imaginación. Yo, su lengua de infinitas habilidades. Es mi políglota traductor.

Fotografía: Darcy Delia.

Voces ensortijadas. 8. Aires de primavera. María Gabriela López Suárez

Voces ensortijadas

María Gabriela López Suárez

Aires de primavera

Isis se apresuró a elegir la ropa que llevaría esos días de vacaciones, sus familiares vivían en un lugar con clima cálido. Guardó sus blusas de manta, mientras las doblaba observó los bordados, qué hermosos tejidos, bella combinación de colores y formas. Se quedó pensando en el tiempo que invertían las mujeres bordadoras para hacer cada prenda y que su trabajo, en la mayoría de ocasiones, no era valorado, cayendo en el regateo constante.

Echó un vistazo a la gama de colores de blusas de manta que tenía en el guardarropa, cada una le era significativa, las que ella compró, las de obsequio, las de ocasiones especiales. Algunas eran de regiones que no conocía, otras de producción local. Recordó la primera blusa de manta que se compró, era color blanca, manga larga y muy fresca. Desde pequeña se sintió atraída por ese tipo de prendas.
Escuchó que su familia la llamaba, ya estaban por salir, cerró su mochila y se dirigió a la sala. Tomaron dos taxis que los llevaron a la terminal de autobuses. Percibió el aire que corría, ya se avizoraba el atardecer.

Abordaron y el recorrido comenzó. Isis se sentó en la ventanilla, negoció con su primo Humberto que le cambiara el asiento, inicialmente ella tenía pasillo.
Aún iba acalorada, la mañana había sido intensamente calurosa, deseó que el camión tuviera la ventana abierta y seguir percibiendo ese aire tan agradable. Observó los tonos en naranja muy tenue con los que se coloreaba el cielo.

Recordó esas tardes en las que le tocaba llevar a sus mascotas caninas en la ventanilla del carro, les fascinaba sacar la cabeza y que el aire acariciara sus orejas, podían permanecer así gran rato. Suspiró profundamente. Vinieron a su mente lindos atardeceres como el que ahora apreciaba, indudablemente esos paisajes y el vientecillo que se dejaba sentir eran las señales que los aires de primavera estaban llegando y habría que darse el tiempo para disfrutarlos.

Humberto la sacó de su contemplación, estaban proyectando uno de los documentales que Isis tenía pendiente por ver, Llévate mis amores. Isis volteó nuevamente a la ventana, el sol se había ocultado, era hora de ver el documental.

Fotografía: Roxanne Shewchuck.

Polvo del camino. 8. Del dibujo a la resolución compleja, al texto ergódico. Héctor Cortés Mandujano

Polvo del camino/ 8

Del dibujo a la resolución compleja, al texto ergódico
Héctor Cortés Mandujano

Dibujo rápido y preciso es “El efecto Keno”, primero de los tres textos que integran Cuentos del mar (Tifón, 2020), del prolífico y multipremiado narrador chiapaneco Luis Antonio Rincón.
“El efecto Keno” pareciera, incluso, una anécdota personal cerrada con la circularidad de la serpiente que se muerde la cola.
“El hijo del mar” podría en cambio, sin esfuerzo, postularse como ejemplo de la brevedad que sugería Ítalo Calvino en sus célebres propuestas, porque este cuento no se mueve más que hacia adelante en su espíritu de flecha en el aire. Si volvemos al símil inicial, sería éste una acuarela donde el pintor con experiencia ha planeado con cuidado la puesta del color en el papel, para que no haya la gota perversa y desobediente que resbale y eche a perder la imagen pensada y llevada a su perfecta resolución.
Los dos cuentos primeros, por otra parte, pueden compartir genealogía, pues Keno y el narrador de Nun, “El hijo del mar”, sin merma de sus diferencias, podrían ser el mismo personaje.
“Embravecido” es el cuento mayor de este breve volumen y me parece que se hermana con “Tegenaria doméstica”, de Roger Octavio Gómez Espinosa (Roger y Luis son amigos y se leen), con el cual comparte una serie de técnicas (polifonía, dibujos, nota periodística, guion de cine), aplicadas a la fragmentariedad con que se cuenta la historia de Pedro Catalán Leyva, Perico, y de los varios personajes que son importantes en su vida (Chagoya, Samuel, Martha, Pedrito, la vieja que urde su venganza), que el lector debe complementar porque el final se prefigura, pero no se explicita.
Este cuento ergódico –dado que necesita la participación activa del lector para su consumación fáctica– se aleja mucho del dibujo y de la acuarela, y se instaura como una pintura compleja, de matices diversos, de significaciones distintas, que nos muestran al pintor, al autor, Luis Antonio Rincón, como un artista en plena posesión de sus materiales artísticos, en pleno dominio de su oficio. Felicidades y un abrazo, querido Luis Antonio.

*Texto leído en la presentación de Cuentos del mar, de Luis Antonio Rincón, en Telar Teatro, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, el viernes 6 de marzo de 2020.

Fotografía: Juventino Sánchez Vera.

Paso de fuego. 3. El lenguaje proteico como espacio dialógico. Alejandro Aldana Sellschopp

La poesía como conocimiento/ Parte 3

El lenguaje proteico como espacio dialógico  

Alejandro Aldana Sellschopp

para: Luz y Emiliano

David Andrade escribe su poesía desde una perspectiva muy interesante, nos habla de un mundo que deviene después de la separación entre el hombre y el lenguaje, no pretende regresar al lenguaje primigenio, por el contrario se reafirma en la propuesta de Michael Foucault que en su libro Las palabras y las cosas afirma la separación lenguaje-hombre, imposibilitando a éste la natural representación del mundo, a partir de ahí el lenguaje adquiere su contenido analógico, y Andrade escribe sus versos en esa vertiente de aproximación, sabe que no toca al mundo antiguo, lo propone, lo acerca y su aproximación es siempre fugas. Es por ello que los versos son polisémico en la medida que son inevitablemente un bosquejo de lo real, los poemas son abiertos desde su propia composición semántica, no poseen la verdad de nada, tan solo la invitación a la intencionalidad. 

            Andrade parece decirnos que la poesía es una de las fuentes del conocimiento, entiende que la imaginación y el mundo emotivo generan conocimiento, que en el poema se perfeccionan en el lenguaje poético. Es decir, que el lenguaje poético es lo suficientemente flexible que se convierte en receptáculo de estas posibilidades expresivas como ningún otro lenguaje puede permitírselo.  

Fotografía: Vincent Gerbouin.

Voces ensortijadas. 7. El reto cotidiano. María Gabriela López Suárez

El reto cotidiano
María Gabriela López Suárez

A mis amigas, compañeras, colegas, estudiantes, maestras en la vida,

 en especial a mi mamá y abuelitas.

Romelia decidió que esa tarde llegaría puntual a su cita, salió de casa y se dirigió a la zona centro de la ciudad. Como llevaba tiempo a su favor fue caminando sin prisa,  deseaba disfrutar el paisaje.

El clima era muy frío, a lo lejos Romelia alcanzaba a observar las montañas,  no tardaría mucho en bajar la neblina; alzó la vista y parecía que las nubes viajaban con prisa, qué contradicción, justo el día en que ella iba con calma. Ya casi se acercaba la primavera.

– No cabe duda, febrero loco y marzo otro poco-  pensó.

En la calle principal por la que transitaba iba una diversidad de personas, por un lado, la gente local como transeunte, por otro, los comerciantes informales locales y externos, así como los turistas nacionales y extranjeros. En ese mar de gente de todas las edades se percató que,  la mayoría, eran mujeres. 

En cada una de esas mujeres había un mundo de historias, sueños, necesidades,  alegrías, tristezas, miedos, esperanzas, luchas internas, luchas colectivas. Recordó que pronto sería 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, un día de conmemorar las luchas que otras mujeres habían iniciado con anterioridad y que se continuaba haciendo para la reivindicación de los derechos de las mujeres.

Llegó al punto de reunión, se sentó en una banca a esperar a Liliana,una de sus mejores amigas. Ella siempre era puntual. Revisó el reloj, faltaban diez minutos para la hora fijada del encuentro. Una señora vendiendo pastelitos caseros le ofreció su vendimia, Romelia, preguntó el precio de uno con relleno de fresa, lo compró y le dio las gracias. Observó el rostro de la vendedora, sus ojos se habían alegrado cuando le hizo la compra, siguió su camino cargando su canasta, le faltaban muchos por vender, al momento de tomar su pastelito Romelia se percató de ello.

Mientras llevaba el pastel a su boca, Romelia se quedó pensando cuántas mujeres luchaban a diario, de manera distinta, unas en silencio, callando por miedo a más violencia, mujeres en contextos y dinámicas diferentes; algunas mujeres sin saber siquiera la existencia de la conmemoración de un 8 de marzo, pero resistiendo a sus situaciones, sin darse por vencidas; otras más con la ardua tarea de visibilizar los derechos de las mujeres y la violencia ejercida por una sociedad machista y quizá algún grupo con cierto grado de indiferencia ante estas luchas. 

Vinieron a su mente sus ancestras, las abuelitas que habían resistido expresiones de violencia, mujeres fuertes a las que admiraba y que también eran maestras en su vida. Visualizó a su mamá, un ejemplo de fortaleza en medio de la tempestad, sin saber del feminismo le había inculcado valores que Romelia llevaba presentes, el respetarse, el amarse, el valorar su ser mujer, el luchar por sus metas, el no callar ante el menor indicio de violencia, el saber alzar la voz. 

Para Romelia era indudable que las tareas de estas luchas no estaban resueltas, menos en la sociedad actual con la violencia desbordada en diversos sectores. El 8 de marzo no era el único día en que se debía visibilizar esta situación sino que era el reto cotidiano para trabajar desde lo individual, en colectivo, en lo institucional, en cada sector de la sociedad. Una sociedad que buscara ser incluyente, que respetara los derechos de todas las personas y garantizara una vida libre de violencia, con justicia, más allá de los discursos. Era una tarea de todas las personas.

Su mirada siguió el trayecto de la vendedora de pastelitos, había caminado casi una cuadra y se había detenido, otra chica se acercaba a comprarle.  La reconoció de inmediato, era Liliana con su inconfundible boina color ladrillo y su cabello suelto.

-¡Hey Lili!! Esta vez llegué antes que tú. – Gritó desde la banca Romelia.

– Esa Rome. ¡Una vez al año no hace daño!- Le respondió Liliana sonriente.

Fotografía: Agung Pandit Wiguna.

Parábolas del uroboro. 1. Sobre Juan José Arreola /1. Ilse Ibarra Baumann

Antecedentes de Juan José Arreola

Ilse Ibarra Bauman

Para hablar de Juan José Arreola es necesario detenerse en precedentes históricos de México, que si bien él no vivió, han servido para certificar la influencia de éstos en su obra. Enlaza a sus personajes con un pasado basado en tradiciones religiosas, políticas y sociales, así marca su mexicanidad. 

Estos modelos del ser humano instituyen distintos roles y dan forma a su trayectoria literaria. El mexicano hizo la independencia por su emancipación; cansados de la hegemonía española, decepcionados de la desigualdad ellos se liberaron. 

Las expectativas de esta actual nación para separase del viejo mundo, obraron como dice Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México, publicado por Espasa Calpe mexicana, en 1979: “No hacíamos otra cosa que emanciparnos de España a la española.” (Ramos, 1979, p. 32) 

Esta lucha contumaz, reincidió. México ha tenido años de reposo más no de una apacible dignidad humana. Los vencedores gobernaron y dilapidaron por cincuenta años con cierta moderación hasta culminar las pugnas entre liberales y conservadores. Las guerras de Reforma dieron paso a Porfirio Díaz hasta culminar las pugnas. 

La herencia católica con la que contaron los mexicanos representaba el dogma de fe sobre el que se edificó la familia mexicana. El clero era una fuerza política inmanente al estado, su participación conjunta (político-religioso) pugnaba en la dirección del país. 

El abuso del poder se instaló como base, pocos fueron los favorecidos y muchos ignorantes cayeron en la trampa. En relación con esto, “La feriaObras publicado por el Fondo de Cultura Económica (FCE), Juan José Arreola nos da un ejemplo:

“–¿Vender? ¿Vender, señor cura? ¿Pero qué es lo que yo tengo aquí para vender? Ni modo que venda la casa en que nacimos ni la del santuario que nos viene desde quién sabe cuántas generaciones. ¿Vender? Con todo respeto, sépalo usted, señor cura, desde que yo tengo uso de razón nosotros no hemos vendido nada… Nada que no sean las cosechas, el queso y los puercos gordos. (2021, p. 512) 

Ante esto los liberales debían frenar la fuerza de la iglesia. Leopoldo Zea en El positivismo en México: nacimiento, apogeo y decadencia, menciona a los que representan el grupo triunfador: “los liberales, los que encabezaron el movimiento llamado de Reforma, fueron hombres pertenecientes a una determinada clase social que Sierra llama burguesía.” (Zea, 2011, p. 46). 

Este grupo selecto había alcanzado su status quo durante el porfirismo, se hacían llamar los jacobinos y es en esta clase  “Comprendiendo (Juárez) –nos dice Sierra– que las burguesías, en que forzosamente se recluta la dirección política y social del país, por la estructura misma de la sociedad moderna” (Zea, 2011, p. 47) donde, “los hombres de ciencias” importaban una nueva ideología para México: el positivismo. 

Este grupo burgués que venció a los conservadores (clero y milicia), impuso un pensamiento imitado sobre esta plataforma pluricultural. No favorecía en nada a la clase desamparada, al contrario, la alejaba más. “La Reforma es, ante todo, una negación y en ella reside su grandeza. Pero lo que afirma esa negación –los principios del liberalismo europeo–eran ideas de una hermosura precisa, estéril y, a la postre, vacía.” (Paz, Octavio, 1972, p.p. 115–116). 

El mexicano tiende a mimetizarse en otras culturas, adoptó nuevas maneras según su circunstancia política, social y cultural. Continuó edificando sobre lo que los países modernos habían decretado viable: París los cautivó. Como lo cita Samuel Ramos: 

El espíritu revolucionario de Francia ofrece a la juventud avanzada de México los principios necesarios para combatir el pasado. Contra la opresión política, el liberalismo; contra el Estado monárquico, la república democrática; contra el clericalismo, el jacobinismo y el laicismo.  (1979, p. 42)

París fue, es y será el culmen donde muchos autores alcanzaron una nueva visión que se suma a su origen; entre estos escritores estaban Amado Nervo, José Juan Tablada, entre otros. Ellos se establecieron en Europa por un tiempo. Otros escritores como Manuel Gutiérrez Nájera y Ramón López Velarde nunca estuvieron en París sin embargo se advierte la influencia francesa en su obra. 

(Continúa en la siguiente entrega…)

Felicidades, hás leído 2 cuartillas.

Foto: Breakingpic