Juan José Arreola. Contexto histórico

Ilse Ibarra Bauman

Contexto histórico 

La historia de México lleva un desarrollo que se amalgama entre una imitación y una creación ondulante. Para llamarse mexicanos y representarse como tal han tenido que negar su estado anterior sin separarse definitivamente de él. Es por eso que el mexicano busca señalar en su historia los abusos y las faltas que marcan su desigualdad, pero no se pueden comprender sin el trasfondo pese a su ignorancia indígena con sus usos y costumbres, con sus leyendas y sus mitos. Un ejemplo de esto está en La feria

Antes la tierra era de nosotros los naturales. Ahora es de las gentes de razón. La cosa viene de lejos. Desde que los de la Santa Inquisición se llevaron de aquí a don Francisco de Sayavedra, porque puso su iglesia aparte en la Cofradía del Rosario y dijo que no les quitaran la tierra a los tlayacanques. (Arreola, 1995, p. 471)

El movimiento más significativo previo y durante el nacimiento de Juan José Arreola fue La Revolución Mexicana; a principios del siglo XX, el país avanza discriminadamente, por un lado estaba la clase alta y media que crecían apuntaladas al progreso de empresas que venían del extranjero y recreaban un panorama de crecimiento. 

Por el otro lado, estaban los obreros que trabajaban numerosas horas por míseros sueldos en estas nuevas industrias y los campesinos que habían quedado abandonados en manos de los caciques. 

Las demandas de educación, de salud, de tierras, de desarrollo en el campo, de democracia, de justicia social entre tantas, se hicieron notar. Huelgas como la de Cananea y Río Blanco (1906 y 1907) representan estas injusticias aunque fueron acalladas por la fuerza. Los acontecimientos de marcada desigualdad se hacían presentes en los estudiantes, es cuando surge la clase media. El pueblo necesitaba reconstruirse, estaban cansados de una dictadura a la francesa con Porfirio Díaz, como lo señala Octavio Paz: 

Y más tarde los obreros decidirían uno de los episodios más importantes de la lucha civil: sus líderes se alían con Carranza (…) A cambio de una legislación obrera, se ligaba el proletariado a una de las facciones en que se dividió el movimiento revolucionario. Desde entonces la clase obrera ha dependido, más o menos estrechamente, de los gobiernos revolucionarios, circunstancia de capital importancia para entender al México de nuestros días. (1972, p.p. 124 – 125)

Dentro de la historia mexicana, Madero representa una democracia menos cruenta. La solución que ponía a tantos años de despotismo era conservar la paz de su patria encaminándola a unas elecciones limpias. Pero el idealismo de Madero es inútil para otros aspirantes al poder. 

La Revolución dejó un país más desequilibrado. No sólo existe una pérdida de vidas en un periodo de diez años (1910-1920) de lucha armada, sino que quedó cercenado en todos sus aspectos: político, religioso, económico y social. 

El desánimo se volvió notorio e inminente ante tanta arbitrariedad como lo hace ver Javier Garciadiego en Introducción Histórica a la Revolución Mexicana, publicado por la SEP y El Colegio de México: 

“… la desilusión de las clases medias… con el cambio y las rebeliones zapatista y orozquista, terminaron por hacer insostenible el gobierno de Madero. En rigor, Madero fracasó porque destruyó el régimen porfiriano pero fue incapaz de crear un gobierno nuevo que pudiera alcanzar la estabilidad mediante un proyecto adecuado para el país: su propuesta política –la democracia– resultó prematura, y su proyecto socioeconómico –liberal– era insuficiente. (S/A, 52)

El panorama social, extinto dentro de la beligerancia política, queda inscrito en las novelas de la Revolución. El papel de la literatura es fundamental, se unen tres factores que se vuelven inseparables: lo político, lo social y lo cultural. Grandes intelectuales fundan el Ateneo de la juventud, entre ellos está Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Pedro Henriques Ureña, Antonio Caso entre otros.  

Si las huelgas y revuelta campesinas minaban la estructura social de la Dictadura y la inquietud política en las ciudades hacía vacilar la confianza de Díaz en el apoyo popular, en la esfera de las ideas dos jóvenes, Antonio Caso y José Vasconcelos, emprendían la crítica de la filosofía del régimen. Su obra forma parte de la vasta renovación intelectual iniciada por el grupo llamado Ateneo de la Juventud. (Paz, Octavio, 1972, p.p.125 – 126)

La historia dio material trágico para edificar una nueva literatura regionalista, indigenista y de vanguardia. Para adentrarse a esa etapa nada mejor que Martín Luis Guzmán con su texto La fiesta de las balas, una de las hazañas de la División del Norte comandada por Francisco Villa con su lugarteniente Rodolfo Fierro. En este país tan disímil y en aquellos momentos de guerra civil se funda este grupo que observa. Unos señala los errores sin embargo otros no se adhieren a ésta crítica, pero ninguno se escapa de la influencia que ha dejado en ellos la tragedia de la Revolución.  

            El Ateneo fue el crisol en el que se forja un brillante grupo de ensayistas, pensadores, críticos y creadores mexicanos cuya contribución es decisiva, aunque la entidad sólo durase poco para el desarrollo intelectual del país moderno. 

“Entre los fuegos iniciales de la Revolución y el estallido de la Primera Guerra Mundial, se forman allí las mentes más claras, hondas y creativas de la hora. Su aparición fue estimulada por el clima nacionalista que empezaba a sentirse por esos años” (Oviedo, 2001, p. 128)

            El gobierno de Venustiano Carranza no disminuyó las necesidades del pueblo, paradójicamente se incrementaron a las del dictador. La inflación, el desempleo, los bajos salarios se extendieron como peste en el país. Las privaciones eran muchas, los obreros de la capital se declararon en huelga. La solución de Carranza fue la pena de muerte para el que se levantara contra su poder. El país se encontró inestable y para rectificar el rumbo que tomaba, Carranza elaboró una nueva constitución donde formuló cuatro artículos: 3°, 27, 123 y 130 que caracterizaban su espíritu liberal y revolucionario. Pese a que el poder recaía a última instancia sobre el ejecutivo.

Se vivía en total confusión, por un lado estaban los estudiantes liberales, por otro los porfiristas, los zapatistas, los huertistas, los carrancistas. Al poner en uso estos florecientes artículos dieron lugar a nuevos abusos. 

Ejemplos de estas arbitrariedades están marcados en la literatura mexicana. Juan José Arreola marca puntualmente en “La feria”, Obras (FCE), muestras  que no pueden ser ignoradas:

El señor don Cristóbal se nos ha introducido arbitrariamente de un año acá, y nosotros sin poderle impedir. Él, valiéndose de la Revolución, pidió al señor juez que lo pusiera en posesión. Y visto él que no le impedimos nada, nos cerró la entrada de la laguna, y reconoció años de rentas de tierras de nuestras propiedades. Se valió del gobierno actual diciendo que nada nos debía, y nos hizo infelices sin tener de que echar mano. Nos quitó las sementeras de este año y no nos deja ni sembrar. (Arreola, 2012, p. 490) 

En materia de culto religioso, Carranza tenía cierta consideración. Estableció los artículos en la nueva constitución aunque los que estaban relacionados con el clero no se pusieron en vigor. La religión era algo delicado en un país altamente católico y en suma: fervoroso. Esto será el inicio de lo que más tarde llegaría a ser la Guerra Cristera. “El primer brote ocurrió en Jalisco a mediados de 1918. Ante la restricción oficial a los ministros religiosos, se organizó un vasto y efectivo boicot comercial.” (Krauze, 2014, p. 249). Ante esta hostilidad anuló el precepto y volvió a la paz. Quedó latente el conflicto para más tarde. Ese mismo año nace Juan José Arreola.

            En 1920 reinician las revueltas al lanzar el Plan de Agua Prieta donde se señala que se desconoce el gobierno de Carranza. Álvaro Obregón se aloja en la silla presidencial. México permanecía atado, silenciado; como si la Revolución fuera el momento naciente en que se le ha dado voz. “toda revolución pretende crear un mundo en donde el hombre, libre al fin de las trabas del viejo régimen, pueda expresarse” (Paz, Octavio, 1972, p.129). 

Obregón coloca a Vasconcelos en la Secretaría de Educación Pública, ese momento es fundamental para la historia, organizan una campaña mesiánica para alfabetizar la Nación. La mentalidad de ambos dirigentes era tan divergente que muchas veces Obregón no se explicaba el para qué serviría leer a los antiguos griegos en un mundo como ese, donde lo que se necesitaba era aprender ingeniería, matemáticas, su identidad nacional entre otras. Se crearon escuelas rurales, técnicas, indígenas y elementales. Así lo cita Krauze: 

Daniel Cosío Villegas, uno de los escuderos intelectuales de Vasconcelos en aquella cruzada de la cultura y la educación, escribiría mucho tiempo después, con nostalgia: <Entonces sí que hubo ambiente evangélico para enseñar a leer y escribir al prójimo; entonces sí se sentía, en el pecho y en el corazón de cada mexicano, que la acción educadora era tan apremiante y tan cristiana como saciar la sed o matar el hambre. (…) Fundar una biblioteca en un pueblo pequeño y apartado parecía tener tanta significación como levantar una iglesia (…) Entonces el teatro fue popular, de libre sátira política, pero, sobre todo, espejo de costumbres, de vicios, de virtudes y de aspiraciones>. (2014, p. 300 y 3001)

Además de crecer en el terreno de la educación, se sumaron a ésta las bellas artes. En literatura, Ramón López Velarde fue profesor en la Escuela Nacional Preparatoria. Se mantuvo apartado del ajetreo revolucionario que vivía el país, y claramente se lee en sus poemas la influencia católica de su formación. Tras la muerte de Madero se opuso al gobierno de Victoriano Huerta, conocido como “El usurpador”. “Asistió a la violencia revolucionaria y vio morir a su tío cura como consecuencia de ella.” (Oviedo, 2001, p. 40). 

Al final de su corta vida escribe el poema Suave Patria “Sin traicionar su propios modos, el poeta alcanzó a crear un canto de exaltación autóctona que refleja bien la ola nacionalista que agitaba a la cultura mexicana.” (Oviedo, 2001, p. 54). 

En la pintura surgieron los grandes muralistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros entre otros y dan muestra de lo que está ocurriendo en la Nación. Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central es el retrato explícito de lo que se vivía en el país.

En el ámbito social, Obregón, intentó continuar la obra de Carranza y se apegó a la constitución. Se mantuvo firme en los artículos que afectan al clero. Aunque no fue tan severo como su ex ministro de Gobernación, Plutarco Elías Calles, que sostuvo una tensa avenencia. Franqueó el compromiso para con el clero y se dedicó a que el gobierno americano lo reconociera, en buenos términos, como el mandatario del gobierno mexicano para no tener que enfrentarse más tarde con el país vecino. 

             Para el General Calles no existió libertad de religión. Tenía aberración hacia el culto religioso, él sí hizo cumplir la constitución en lo referente a la iglesia católica, pese a que representaba a la madre de la mayoría de los mexicanos, con esto da paso a la Guerra Cristera que duró tres años. Los cristeros operaban como un ejército de guerrillas y el ejército federal no podía entrar a cada pueblo establecido en un rincón del país. Morrow, quien fue embajador de los Estados Unidos en México durante la Guerra Cristera dice “los pobres no tienen casi otra cosa que el consuelo de la Iglesia” (Krauze, 2014, p. 352)  

Los pueblos de México estaban constituidos en torno al perímetro de la iglesia, desde su construcción hasta su vida litúrgica que dictaba cada día del calendario. Era esta fe la que dirigía sus acciones más que el régimen político. 

Durante la Guerra Cristera los pueblos pequeños fueron evacuados y los concentraron en los más grandes (como lo menciona Juan Rulfo en la entrevista hecha por Joaquín Soler en 1977), muchas familias perdieron todos sus bienes. 

Ante las exigencias que aplicaba la constitución de 1917 para con el clero, hubo disconformidad de parte de los sacerdotes y cerraron las iglesias y con ellas el culto. El pueblo protestó y se levantó en armas a defender “la Santa causa de Dios”. Las nuevas bases que se habían puesto en marcha influyeron en todos los ámbitos. Así lo recuerda Juan José Arreola en “De memoria y olvido”, Obras (FCE)

“Como casi todos los niños, yo también fui a la escuela. No puede seguir en ella por razones que sí vienen al caso pero que no puedo contar: mi infancia transcurrió en medio del caos provinciano de la Revolución cristera. Cerradas las iglesias y los colegios religiosos, yo, sobrino de señores curas y de monjas escondidas, no debía ingresar a las aulas oficiales so pena de herejía. Mi padre, un hombre que siempre sabe hallarle salida a los callejones que no la tienen, en vez de enviarme a un seminario clandestino o a una escuela de gobierno, me puso sencillamente a trabajar.”(Arreola, 1995, p. 48) 

El origen de esta guerra fue matriarcal, como lo describe Juan Rulfo en la entrevista. Fueron ellas las que dentro de la familia le decían al hermano, al hijo, al padre “ve a luchar por la causa de Dios”, no hacerlo era un ultraje. Tuvo gran parte la mujer en esta guerra. Los federales lucharon contra hombres, sin embargo las mujeres anduvieron entre el campo repartiendo armamento, fue una cruzada difícil de acabar. Todos se levantaron en armas. 

Todas las puertas cerradas en nombre de Dios. Toda la locura y la terquedad del mundo en nombre de Dios. Dios de los ejércitos; Dios de los dientes apretados; Dios fuerte y terrible, hostil y sordo, de piedra ardiendo, de sangre helada. Y eso era ahí y en todo lugar porque Él, según una vieja y enloquecedora maldición, está en todo lugar (Revueltas, 1979, p. 11)

Fue una guerra absurda, si se observa a distancia el conflicto, el gobierno no derogó sus leyes por pretensión de un grupo que había mantenido al pueblo en total control e ignorancia. Los obispos tuvieron la esperanza de que Calles pasara por alto la constitución, su intención fue arrancar de raíz el fanatismo.

            Había cerca de cincuenta mil cristeros alzados en armas. Otros veinticinco mil habían muerto en combate. Aquella guerra no sólo costaría a México, en total, setenta mil vidas; sobrevendía, además, una caída fulminante de la producción agrícola (el 38 por ciento entre 1926 y 1930) y la emigración de doscientas mil personas. <Fue>, en palabras de Luis González, <una guerra sangrienta como pocas, el mayor sacrificio humano colectivo en toda la historia de México.> (Krauze, 2014, p. 351)

            Putarco Elías Calles fundó el Partido Nacional Republicano (PNR) que será lo que hoy se conoce como el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Manifestó su apoyo y controló tanto a candidatos como al gabinete. 

De 1928–1930 gobernó Emilio Portes Gil bajo el amparo del ex presidente Calles. De 1930–1932 continuó Pascual Ortiz Rubio bajo la misma tutela protectora. A estos años de dominio se les conoce como el Maximato. Para que se cumpliera la democracia, que es uno de los grandes pilares de la Revolución, pasaron diez años y se formó un partido opositor, el Partido Acción Nacional (PAN). Lo encabezó Manuel Gómez Morín. 

            La plataforma revolucionaria que tomó Cárdenas en su gobierno en gran medida estuvo influenciadas por Francisco J. Múgica. Una de estas bases es el socialismo. Declaró que “resolver el problema de la tierra es una necesidad nacional y un impulso al desarrollo agrícola” (Krauze, 2014, p. 402).

            La reforma agraria, la expropiación petrolera, la protección al obrero, fueron los puntos en que forjó su estructura gubernamental. Pero no sólo de buenas intenciones vive el hombre. Un pueblo fanático e ignorante restará a su bienintencionada causa en más de una ocasión. Trató de liberar a la población de esa formación espiritual tan enquistada apoyado por el socialismo y el comunismo, pero fue imposible. ¿Cuántos siglos le había llevado a la iglesia conquistar el espíritu mexicano para que llegaran hacer a un lado su labor? 

‘Nosotros no habíamos pedido eso del ejido, ni sabíamos qué era eso. Por eso cuando llegaron los del gobierno pensamos que otra vez andaban buscando cristeros y no les creíamos nada y no queríamos aceptar lo del ejido … Pero ellos ahí estuvieron hable y hable, cantándola finito, que si el gobierno era esto, que si el gobierno era esto otro … Hasta dos o tres días se quedaron y nos dejaron los papeles’ …

‘Vino a un convivio y les habló que qué era lo que querían; pero como aquí todos éramos católicos, rehusaron ese reparto de tierras, sin saber si serían beneficiarios o no … La gente lo trató bien pues en realidad la gente no sentía odio … el pueblo aclamó mucho a don Lázaro y la gente estaba quieta … Frente a él no se vido [sic] ninguna manifestación mala … [aunque era natural que] toda la gente que trabaja a gusto tenía que estar disconforme con la proposición, con lo que venía a ofrecer él (…) la multitud en los pórticos gritaba: Nosotros no queremos tierra sino culto.’ (Krauze, 2014, p. 415-416)

El mundo se volvía poco a poco capitalista, mientras que ellos habían regresado al origen de hombre-naturaleza cumpliendo sus necesidades básicas en un mundo lleno de tradiciones donde se bifurcaba su sincretismo religioso. Encerrados en su ignorancia, el desalojo de haciendas y de la repartición de éstas vino a deteriorar la productividad del país. 

Los grandes pintores muralistas se venían abajo, su obra maestra ya había pasado. Y los jóvenes que venían despuntando comenzaron a brillar: Rufino Tamayo, Pedro Coronel entre otros. 

Sin embargo, en este espacio de paz revolucionaria volvió a brillar la literatura. Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas dirigían El Colegio de México y daba acogida a los exiliados españoles. Entre los mexicanos jóvenes estaba José Revueltas, Efraín Huerta, Octavio Paz. 

Los sindicatos se volvieron un fracaso para el obrero y para el país. La Confederación de Trabajadores de México (CTM) era liderada por Vicente Lombardo Toledano y más tarde por Fidel Velázquez. Estos acabaron favoreciendo su bolsillo y el de sus líderes y no las necesidades de los obreros. El país había quitado la hegemonía militar pero ahora se enfrentaba a estas confederaciones.

1942 es el momento del cine de oro mexicano. María Félix, Dolores del Río, Jorge Negrete, Pedro Armendáriz, Arturo de Córdova, Mario Moreno Cantinflas entre otros fueron los que se encontraban en la cúspide. “El cine se realizaba con lo que ahora puede considerarse verdadera inocencia (…) La industria no se hallaba tan contaminada por la vulgaridad de la búsqueda de la máxima ganancia a través de la mínima inversión” (Ramírez, 2006, p. 28) En música florecía Agustín Lara, Lucha Reyes, Pedro Infante, Pedro Vargas, Cri-crí entre otros.

A raíz de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) las exportaciones aumentaron y el país se encontró en una holgura que propició gran desarrollo en el país. Pero no por ello las comunidades alejadas pudieron disfrutar de ese progreso. Los pueblos aún se observaban arcaicos contra el esplendor. 

El “dogma” revolucionario de la entrega de tierras aún era “sagrado” y Ávila Camacho también hizo sus repartos, sólo que estos fueron de tierras pésimas, cerriles, o de plano inservibles. Por si fuera poco, los trámites de acreditación llegaban a demorarse hasta 35 años. Muchos campesinos de plano rechazaban los predios otorgados. (…)

En cambio fortaleció la oficina de la Pequeña Propiedad, y con esto regresó, cada vez con más fuerza, el latifundismo: bastaba con dividir una inmensa extensión en pequeños predios y ponerlos a nombres de familiares o prestanombres. Estos “pequeños propietarios” pronto crearon sus propias guaridas blancas, en el más puro estilo Pedro Paramo (Ramírez, 2006, p. 51)

Las fiestas religiosas seguían siendo el alma y júbilo del pueblo. México vivía al amparo de los Estados Unidos, al declararse éstos en contra del comunismo, el gobierno y todo lo que dentro de él se gestionaba, tuvo que ser radicalmente anticomunista.

            La devaluación que más tarde golpea al país es el producto de estas decisiones hechas sin antes hacer un análisis: el reparto de tierras careció de visión; los líderes estaban faltos de un razonamiento justo, equitativo y lógico para sus obreros y campesinos; y además estaba el cáncer de todo político: la corrupción, que siempre había existido, con Miguel Alemán se desencadenó más. Favoreció a los empresarios que muchas veces sus negocios estaban fuera de la ley, hizo caso omiso. Sin embargo, los más necesitados, siguieron inadvertidos.

Pedro Infante se vuelve el ídolo de México. Tin Tan representa al pachuco en El rey del barrio, El ceniciento, Calabacitas tiernas…que como dice Paz es: 

este obstinado querer ser distinto, en esta angustiosa tensión con que el mexicano desvalido –huérfano de valedores y valores– afirma su diferencia frente al mundo. El pachuco ha perdido toda su herencia: lengua, religión, costumbres, creencias. Sólo le queda un cuerpo y un alma a la intemperie, inerme ante todas las miradas. Su disfraz lo protege y, al mismo tiempo, lo destaca y aísla: lo oculta y lo exhibe. (Paz, Octavio, 1972, p. 14) 

En todos los salones se bailó el mambo de Pérez Prado. Luis Buñuel participa en el festival de Cannes e impacta con su película: Los olvidados. En el teatro figura Emilio Carballido con Los signos del zodiaco. Pablo Neruda llega a México desterrado. Salvador Novo arrastrado por el capitalismo crea eslóganes para empresas extranjeras. José Revueltas critica a los líderes del comunismo mexicano. Octavio Paz continuó su trascendencia con Águila o sol

En 1949 apareció un nuevo y dotadísimo autor, Juan José Arreola, que con Varia invención hizo ver que México contaba con un estilista sofisticado, cosmopolita, que se hallaba al día y que hablaba un francés irreprochable. Actor, mimo, declamador, Arreola lucía sus sacos-de-pana-gastados-por-la-luna (faltaban muchos años para que el Maestro apareciera en las pantallas televisivas con lucidores casimires) e introdujo un aire enteramente nuevo en la literatura mexicana. (Ramírez, 2006, p. 98)

Las siguientes elecciones fueron arregladas para que el PRI resultara ganador. Y así llegó a la silla presidencial Adolfo Ruíz Cortines. Durante los años cincuenta a la mujer se le permitió votar; no por ello la ceguedad social cambió las costumbres, la jerarquía del hogar y su autoritarismo recaía en el patriarca. 

Nacieron los melodramas televisivos que cautivaron y entorpecieron el razonamiento en la vida de un gran número de mexicanos. En los años sesenta se institucionalizaron en cada familia, las pocas empresas publicitarias, que hasta hoy dominan la vida política, social y económica del país. “Los campesinos manifestaron su descontento (…) sólo se acordaba de ellos cuando requería grandes contingentes de acarreados, y a cambio de una torta y un refresco” (Ramírez, 2006, p.155)     

El rasgo característico de México contemporáneo, el que lo distingue del pasado reciente, es la constitución de un grupo social que domina el Estado y, a través del Estado, a la vida política, económica y cultural de la nación. Este grupo está compuesto por políticos, tecnócratas e intelectuales. Surgió después de que cesó la lucha armada entre las facciones revolucionarias; su involuntario fundador fue un caudillo, Plutarco Elías Calles, con el que comienza el México contemporáneo. (Paz, Octavio, 1989, p. 159)

Han pasado los años y el control de México aún sigue estando en manos de pocas empresas. Gobiernan al país junto con el Estado. El narcotráfico, el crimen organizado permanecen enredados entre las esferas más altas del gobierno. La impunidad es parte de la historia de este país. Nada se condena. México es un país libre de protección. Ellos hacen de este México actual una nación cada vez más corrupta, más desigual y con menos principios.  

(Continúa en la siguiente entrega…)

Foto: Breakingpic